El Rey León: Mismo animal, piel nueva

Hay pocas cosas seguras en esta vida y una de ellas es que El Rey León es una de las mejores películas de animación de la historia. Otra sería que, tarde o temprano, Disney le haría un remake. Justo cuando se cumplen 25 años del estreno del clásico original, el estudio presenta su nueva versión, un espectáculo enteramente digital dirigido por Jon Favreau, quien hace tres años ya se enfrentase al reto de dar vida a animales realistas parlantes con El Libro de la Selva

Sin embargo, en esta ocasión, Favreau y Disney no han llevado a cabo una relectura como sí hicieron con el clásico de los 60 (cuyo escuálido guion tuvieron que modificar y ampliar necesariamente), sino que han optado por mantenerse lo más fiel posible a la original. Y es que si algo no está roto, no lo arregles, debieron pensar. El Rey León es una de las películas de Disney más queridas y está grabada a fuego en la memoria colectiva, así que, teniendo en cuenta que el público por lo general prefiere las adaptaciones literales, estaba claro que esa era la senda a seguir con este remake. Pero, ¿tiene sentido hacer la misma película otra vez?

La nueva versión de El Rey León es prácticamente una reproducción plano a plano de la original, un ejercicio de duplicación similar al Psycho de Gus Van Sant, solo que en este caso, el público sí tiene interés en verlo. Desde el sol que amanece sobre la sabana al compás de los míticos cantos tribales africanos hasta la última escena en la Roca de la manada, Favreau ha calcado las icónicas imágenes del film de Roger Allers y Rob Minkoff, respetando además su estructura narrativa, su ritmo, sus diálogos, su score (que el propio Hans Zimmer revisiona) y sus canciones, con la principal diferencia de que está realizada en imagen digital fotorrealista, lo que le confiere un aspecto de documental de naturaleza de National Geographic.

Aunque no asume ningún riesgo, sí hay pequeños cambios y novedades que se añaden de forma orgánica y en ningún caso modifican la trama o la esencia de los personajes que conocemos desde los 90. Por ejemplo, algunos diálogos se amplían, sobre todo los de Timón y Pumba, que protagonizan los momentos más divertidos (y más meta) del film; y cómo no, hay una nueva canción cuyo único propósito es competir en los Oscar, ‘Spirit’, interpretada por Beyoncé durante una escena de transición que en el clásico original no contenía diálogo, por lo que en ese caso realmente tampoco cambia nada. Por lo demás, se apoya en todo momento en la original, hasta el punto de que uno puede recitarla.

Las diferencias más sustanciosas tienen lugar durante los números musicales, que, a excepción de ‘El ciclo de la vida’, que es exactamente igual, pierden ese toque mágico y simbólico de la animación tradicional para ajustarse al realismo que condiciona, y en gran medida, constriñe a la película. ‘Yo voy a ser el rey león’ funciona, porque encuentra la manera de respetar el número original sin cambiar la animación y ‘Hakuna Matata’ cumple su cometido gracias sobre todo al humor que brindan Timón y Pumba. Pero ‘Preparaos’ o ‘Es la noche del amor’ se quedan escasas, a pesar de contar con excelentes actualizaciones (producidas por Pharrell Williams) que insuflan nueva vida a los temazos inmortales de Tim Rice Elton John que nos sabemos de memoria.

En este sentido, uno de los mayores aciertos de la película es su impresionante reparto original, a cada cual más perfecto para su personaje. El cálido juego de voces de Donald Glover y Beyoncé como Simba y Nala es exquisito, Billy Eichner y Seth Rogen se mimetizan por completo con los tronchantes Timón y Pumba (risas garantizadas con ellos), el presentador John Oliver borda a Zazú, Chiwetel Ejiofor ofrece un auténtico recital dramático con Scar, haciendo más que justicia a uno de los mejores villanos del cine, y James Earl Jones repite como Mufasa, para gozo nostálgico de los que prefieran la versión original (los que la vean doblada no podrán evitar echar de menos a Constantino Romero).

No obstante, el buen hacer de su reparto no hace sino subrayar el principal problema de la película, que la riqueza en matices de sus interpretaciones se ve lastrada por la necesidad de mantener el realismo en la representación de los animales. Es decir, lo que transmiten las voces no se ve reflejado en los rostros inexpresivos de los leones, lo que hace que el remake caiga a menudo en el valle inquietante y, por tanto, pueda provocar desconexión emocional. Por muy mono que sea Simba (y lo es, mucho), si no vemos en su semblante el mismo dolor y miedo ante la muerte de su padre que vimos en su análogo 2D, es muy difícil emocionarse como lo hicimos entonces.

No cabe duda de que El Rey León es una gran proeza técnica y un espectáculo visual y sonoro increíble. El remake lleva la animación CGI a un nuevo nivel, con imágenes preciosas y un detallismo completamente apabullante. Pero a la vez que nos asombra con sus avances y la verosimilitud de sus personajes digitales, pone de manifiesto las limitaciones dramáticas de la técnica fotorrealista aplicada a los animales y, como consecuencia, acaba resultando más fría de lo que debería. Al final, es lo mismo, pero no es lo mismo. Está todo, pero falta algo. Parece real, pero cuesta encontrar el alma.

El Rey León halla su razón de ser en su naturaleza de experimento técnico y ejercicio nostálgico. Se trata de una historia que ya se ha contado más de una vez, que de hecho se cuenta una y otra vez en formato musical en varias ciudades del mundo con enorme éxito, y que ahora se vuelve a contar en el cine, tanto para las nuevas generaciones como para los que crecieron con el clásico de dibujos. Al margen de lo señalado, no se le puede reprochar mucho más al remake, porque es prácticamente la misma película. Es la misma obra maestra, con piel nueva, una que luce muy bien pero no arropa tanto. Por supuesto que podemos cuestionar la necesidad que había de hacerla, pero las cifras de taquilla nos darán la respuesta. Era inevitable, así es el ciclo de la vida.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

American Horror Story – Apocalypse: Regreso al futuro

Con ocho temporadas ya en su haber, American Horror Story es una de las mayores instituciones e impulsoras de la nueva antología televisiva. La serie de Ryan Murphy y Brad Falchuk regresa cada otoño puntual a la cita con sus entregados fans, a los que no les importa las veces que la serie los ha decepcionado o se ha desinflado después de un inicio prometedor. Después del declive que empezó a experimentar con Freak Show Hotel y la división que provocaron las diferentes (y en mi opinión infravaloradas) Roanoke Cult, AHS ha vuelto a sus raíces con uno de los mayores eventos televisivos del año, el crossover entre dos de sus temporadas más populares, Murder HouseCovenAHS Apocalypse es la temporada de los fans, la que recompensa su fidelidad incondicional dándole lo que más deseaban.

Con los primeros dos episodios de AHS Apocalypse, Murphy y Falchuk empezaban despistando. La temporada comenzaba con el fin de mundo, literalmente, planteando un futuro postapocalíptico en el que los supervivientes son en su mayoría mujeres y homosexuales (gracias por tanto), y una trama que no era exactamente lo que nos imaginábamos al pensar en ese prometido crossover. Tras esta suerte de prólogo, el tercer capítulo daba un giro para revelarse como lo que era realmente: una secuela directa de Coven, con elementos temáticos y personajes de Murder House entrelazados. Los gays y las mujeres seguían dominando la temporada (como toda la serie), y esta arrancaba de verdad con la fantasmagórica aparición de Cordelia Goode, Myrtle Snow y Madison Montgomery, que orquestaban el retorno de las brujas más queridas del universo AHS. Y con ellas, el humor más autoconsciente, las frases lapidarias y una mitología fantástica y folklórica que desde que fue introducida hace cinco años, necesitaba desarrollarse más a fondo.

Sin embargo, la trama central de Apocalypse no se construye solo alrededor de las brujas, sino principalmente de un personaje de Murder House, Michael Langdon. El niño diabólico que se dedicaba a masacrar niñeras ha crecido para convertirse en el mago más poderoso del mundo (conocido como el Alfa), y ahora amenaza con hacerse con el título de Supreme, nunca antes ostentado por un hombre (no hace falta explicar la metáfora). A lo largo de la temporada y a través de continuos saltos en el tiempo, asistimos al fascinante desarrollo de un ser de profunda oscuridad y ambición que ha enamorado a la audiencia. La irresistible interpretación de Cody Fern, que ya nos había conquistado meses antes con su participación en otra antología de Murphy, The Assassination of Gianni Versace: American Crime Story, convierte a este perturbado personaje en el plato fuerte de Apocalypse. Con permiso de las brujas, tan divinas como cuando las conocimos (o más).

La temporada ha sido concisa, y su brevedad (diez episodios, la mayoría de menos de 40 minutos) ha evitado que se vaya demasiado por las ramas o descarrile de mala manera como le ha pasado muchas veces a la serie en el pasado. Aunque precisamente por eso también da la sensación de que esta vez se han quedado cortos y podían haber hecho más. No habrían venido mal un par de capítulos más para desarrollar más a fondo ese Apocalipsis con todas sus implicaciones y preparar la batalla final épica que parecía prometer al principio; y ya de paso darle más momentos para brillar a las brujas (sobre todo a las jóvenes, que por momentos parecen figurantes).

Eso no quiere decir que la resolución, el enfrentamiento final del aquelarre contra Michael, no haya sido satisfactoria. Al contrario. Este año, Murphy y Falchuk han sabido conducir la historia hacia un único objetivo y cerrarla con eficacia y trascendencia, que ya es más de lo que se puede decir de muchas temporadas. Aunque el episodio estrella haya sido el sexto (“Return to Murder House”), donde asistimos al esperado regreso de Jessica Lange y otros veteranos de la serie, el último capítulo ha sido el broche de oro a una temporada hecha para los seguidores. Murphy ha abrazado por completo la autorreflexividad y el autohomenaje en la entrega menos independiente de la serie, donde los regresos se han sucedido uno detrás de otro para gozo de la audiencia y las diferentes partes de su caótico universo han convergido para dar lugar a una narrativa más ambiciosa e interconectada, a la que había empezado a apuntar hace unos años.

Tan irreverente, excéntrica, descarada y petarda como en sus mejores momentos, pero ahora además con la gran Joan Collins robots satanistas con la forma de Kathy BatesAHS Apocalypse ha sacado provecho de la cualidad icónica que han alcanzado sus personajes (me atrevería a decir que Myrtle Snow es el verdadero corazón de la serie) y la presencia emblema de su camaleónico reparto (Sarah Paulson y Evan Peters siguen compitiendo por ver quién interpreta más personajes diferentes en una sola temporada y una excelente Billie Lourd se postula como una de las nuevas reinas murphyanas). Con todos ellos ha llevado a cabo el mayor alarde de fan service de la serie hasta la fecha, haciendo que presente, pasado y futuro se den la mano en una celebración del poder femenino.

Apocalypse ofrece clausura, y además lo hace con emoción, pero aun así sabe a poco. La serie está renovada para (al menos) dos temporadas más, y solo queda esperar que una de ellas sea una continuación de este Apocalypse. Llegados a este punto, no puede llegar a su fin sin otro gran crossover que termine por unir definitivamente todas sus temporadas.

American Horror Story Cult: Una nación, bajo el miedo, dividida

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Después de seis temporadas, American Horror Story se mete en política. No es que la serie de Ryan Murphy y Brad Falchuk no haya sido una ficción comprometida y abiertamente liberal antes, pero este año, la política se convierte en uno de los motores principales de la serieAHS Cult arranca con una escalofriante escena que tiene lugar durante la fatídica y surrealista noche de las más recientes elecciones presidenciales de Estados Unidos, en la que Donald Trump se alzó con la victoria por encima de Hillary Clinton, inaugurando así una nueva era marcada por el miedo y la incertidumbre. Este es el desencadenante de una historia de terror que, por ahora, prescinde del elemento sobrenatural para situarse en un contexto muy familiar. Ya sabéis, la realidad supera a la ficción, y lo de Trump es la pesadilla definitiva.

Las caras oficiales de AHS, Evan Peters y Sarah Paulson, protagonizan la nueva temporada, representando con sus respectivos personajes las dos vertientes de la nueva Norteamérica, una nación partida por la mitad en la que ha emergido una nueva ola de odio y donde la extrema derecha se ve respaldada por la propia Casa Blanca. Peters interpreta a Kai Anderson, un activista político con los cables cruzados y ansias de poder que ve la victoria de Trump como la oportunidad perfecta para poner en práctica su ideología, mientras que Paulson da vida a Ally Mayfair-Richards, una demócrata lesbiana cuyas mayores fobias afloran a raíz del resultado electoral. Alrededor de ellos, un atroz crimen y un misterio que involucra a una secta de payasos siniestros que se dedican a sembrar el terror en las calles de Michigan.

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Como de costumbre, Murphy y Falchuk llenan la batidora de temas, ideas y referentes para a continuación darle al botón de máxima potencia: las fobias personales (a los payasos, a la oscuridad, a los agujeros), el culto a los líderes mediáticos, la división de la sociedad, la xenofobia, el fanatismo político, la insensibilización que provoca estar constantemente expuestos a la violencia en nuestras pantallas… Cult abarca muchos asuntos, pero encuentra su hilo conductor en el miedo, cómo este nos condiciona y cómo se puede convertir en el arma definitiva para sumir el mundo en las tinieblas. AHS nunca ha sido precisamente sutil a la hora de exponer su discurso, pero Cult va un paso más allá y no tiene miedo a cruzar el límite, construyendo una sátira sobre la situación actual de Norteamérica tan burda y exagerada como valiente y ocasionalmente brillante.

Y esa es una de las mayores virtudes de esta serie, y de toda la obra de Murphy en general, que no se anda con rodeos, sino que dispara a matar, sin importarle en absoluto lo que los demás piensen, con carta blanca para provocar y escandalizar a discreción. No hay filtro, y el personaje de Peters es la prueba. En el primer capítulo, “Election Night”, vemos a Kai follándose a su televisor y pintándose la cara con un “batido” de Cheetos para celebrar el triunfo de Trump (recordemos que al presidente se le conoce “cariñosamente” como Human Cheeto por la característica naranjez de su rostro), lindeces que de ninguna manera impedirán que los fans del actor, más carismático que nunca, vuelvan a babear con su presencia en la serie. Pero no creáis que Cult solo ridiculiza a los republicanos, el liberalismo y el privilegio blanco que va asociado en muchas ocasiones a él también son objeto de burla, en especial esos social justice warriors hasta arriba de egocentrismo y autocomplacencia.

Al igual que en las anteriores temporadas, AHS Cult deja al descubierto sus referentes e influencias. Según vemos en el primer episodio, la serie se apoya claramente en el género de las invasiones domésticas y recuerda inevitablemente a la saga The Purge, sobre todo en las apariciones de los payasos. Por otro lado, Cult también parece estar preparando su propia versión de La mano que mece la cuna con el personaje de Billie Lourd (atención, que podría sorprendernos con su interpretación), que encarna a la nueva niñera del hijo de Ally y su mujer (Alison Pill), una universitaria demócrata despechada por haber malgastado un año haciendo campaña para Hillary que se somete al plan de Kai para infiltrarse en casa del enemigo.

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Para reflejar la histeria que reina en Estados Unidos (y el resto del mundo), Murphy se ha propuesto con la séptima temporada de American Horror Story apelar a uno de los miedos más extendidos (y más de moda), la coulrofobia, haciendo competencia a Pennywise cerca del fin de semana del estreno de It con el regreso del payaso Twisty (John Carroll Lynch). Y además de provocar, muy deliberadamente, la ira de los espectadores que no quieren política en sus series (la mayoría, republicanos), también se la tiene jurada a los que sufren de tripofobia (la aversión a los agujeros pequeños aglomerados en un mismo sitio, una fobia mucho más masiva de lo que creíamos). Es decir, hay munición para todos, y Cult promete ser una de las experiencias, si no más terroríficas, al menos más desagradables e incómodas del año.

AHS está decidida a atormentarnos con la imaginería más siniestra, pero tengo la sensación de que esta va a ser la temporada más cómica y más loca hasta la fecha (Chaz Bono como radical de Trump, ¿cómo te quedas?). Me lo dicen sobre todo las interpretaciones de Paulson y Evans, histriónicos, irritantes y divertidos, las idas de olla marca de la casa y los diálogos llenos de pullas y mala baba. Esta premiere no ha sido de las mejores de la serie, pero con suerte, esto podría dar lugar a una temporada que vaya de menos a más (crucemos los dedos), en lugar de mostrar todas sus cartas en el primer capítulo y desinflarse durante las siguientes semanas, que es lo que suele pasar con esta serie. Por si acaso, porque conocemos a Murphy, es mejor no hacerse demasiadas ilusiones, pero una cosa que está clara es que AHS Cult va a ser la temporada que más va a dividir a su audiencia, lo cual sería muy apropiado teniendo en cuenta que así es precisamente la realidad de la que nos quiere hablar.

Mi verano de serie (Primera parte)

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El verano se acaba, y con él los días de libertad. No solo para aquellos que regresan a la rutina laboral o estudiantil después de unas merecidas vacaciones, sino también para los seriéfilos que hemos aprovechado la tranquila temporada estival para ponernos al día con nuestras series. Las altas temperaturas, la escasa oferta cultural y la cartelera más pobre que se recuerda en varios veranos han contribuido a que muchos nos quedemos en casa pegados a la(s) pantalla(s). Aunque la verdad es que no nos hacen falta esas excusas para hacerlo.

Hace unos años, el verano era sinónimo de sequía catódica. Tanto en Estados Unidos como en España, las cadenas suelen programar repeticiones o volcar series de relleno o de menor prestigio en su parrilla. Pero de un tiempo a esta parte, los veranos también albergan series de calidad y productos que no palidecen ante los estrenos de temporada alta. En la era de la Peak TV no hay descanso para el seriéfilo, como ha demostrado sobre todo la poderosa presencia de Juego de Tronos Twin Peaks. Aun así, la cosa sigue estando más serena en los meses de julio y agosto, lo que me ha permitido alternar estas y otras ficciones de estreno con series que llevaba tiempo queriendo ver/continuar/terminar. En algún caso, más de una década.

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Aunque los termómetros nos contasen otra historia, este verano ha sido el más invernal de la historia. Juego de Tronos ha acaparado casi toda la conversación seriéfila de los últimos dos meses. La serie de HBO ha batido récords de audiencia y nos ha tenido en vilo durante siete semanas en las que se ha librado una batalla campal no solo en Poniente, sino también entre sus divididos fans en Internet. Yo ya expresé mi opinión sobre la “nueva” Juego de Tronos en este artículo para eslang, y he hablado tanto del tema en redes sociales y en la vida real que lo doy por zanjado hasta que la serie vuelva con su última temporada. Antes, solo una cosa: FINALAZO. No, espera, dos: CULAZO.

El buque insignia de HBO se ha hecho tan grande que apenas ha dado oportunidad al regreso televisivo más importante de los últimos años (de la historia si me apuras), el de Twin Peaks. Sobre los primeros capítulos del revival de la serie de David Lynch y Mark Frost ya hablé largo y tendido aquí, y lo cierto es que, dos meses después, me reafirmo en todas y cada una de las palabras que escribí.  Si estas últimas semanas han servido para algo es para recordarnos que no hay (y no habrá nunca) nada como Twin Peaks, ni nadie como David Lynch. La recta final de “The Return” está siendo monumental, una descarga eléctrica para los sentidos en la que no está faltando el magnífico humor lynchiano, el terror más inquietante o la emoción a flor de piel. Y es que Lynch sabe cómo jodernos la cabeza, cómo provocarnos pesadillas, pero también cómo enternecernos y hacernos llorar (“Goodbye, Margaret”). A falta de ver el final de “The Return”, solo me queda darle de nuevo las gracias por todo lo que me ha dado este verano, y toda la vida.

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Otra serie de estreno que he llevado al día este verano es Preacher, la ficción de AMC que adapta (libremente) el cómic de Vértigo, y que en su segunda temporada ha dejado el pueblo de Annville para emprender un viaje en carretera y poco después reubicarse en Nueva Orleans. La primera temporada de Preacher estuvo bastante bien, pero en realidad no fue más que un largo preámbulo, una introducción a la serie que este año por fin ha empezado. Esta temporada tiene más humor, más acción y una trama más retorcida y cercana a los cómics, pero a pesar de esto sigue sin encontrar su voz del todo. Aunque empezó con buena letra, la serie ha vuelto a quedarse estancada y perder un poco el norte, con capítulos que difieren bastante en calidad (está claro que es hora de dejar Nueva Orleans), pero su continuado empeño en sorprender y provocar, y sobre todo la presencia de Joe Gilgun, hacen que salga siempre a flote. El vampiro Cassidy es lo mejor de Preacher y mientras él esté en la serie, no importa tanto que esta no logre ubicarse.

Este verano también ha sido el de The Defenders, el esperadísimo crossover de las series de Marvel y Netflix que se ha saldado con un recibimiento más bien tibio por parte de crítica y público, y ha sido eclipsado en la conversación online por Juego de Tronos. En mi entusiasta crítica a los primeros cuatro episodios os conté lo mucho que había disfrutado la primera mitad de la serie, pero vista entera, he de reconocer que pierde fuelle a medida que avanza, y termina con un desenlace correcto pero demasiado light para toda la expectación que había depositada en ellaThe Defenders ha sido más bien como una temporada breve de Daredevil, solo que con el aliciente de ver a los superhéroes juntos en pantalla. Aun así, yo la he disfrutado mucho. Me ha parecido entretenida, compacta (qué bien que no haya apenas relleno), repleta de buenas secuencias de acción y peleas para quitarnos el mal sabor de Iron Fist, y con Jessica Jones siendo básicamente lo mejor. Puede que esperásemos más, pero se ha mantenido fiel al estilo de las series individuales y nos ha dado un producto final más que digno. Ah, una cosa más: no sé vosotros, pero yo sigo esperando a que ese ascensor caiga…

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La comedia también ha tenido cabida en mis tardes pegado al televisor y al aire acondicionado. El verano empezó con GLOW, serie de las creadoras de Orange Is the New Black (por cierto, qué atrasada la llevo y qué pereza me da retomarla) que no ha sido un knockout en su primera temporada, pero tiene potencial de sobra para serlo más adelante (os cuento más aquí). De Netflix también he visto Wet Hot American Summer: Ten Years Later, y me ha parecido la mejor entrega de esta saga absurda y excesiva hasta la fecha. Nunca fui fan de la película (como muchos otros, descubrí su existencia a raíz de que Netflix anunciara su precuela en forma de serie), y a pesar de sus puntazos, First Day of Camp no me hizo demasiada gracia, pero esta secuela ha subido el listón y me lo he pasado en grande. Merece una mención especial ese magnífico desenlace con 80 finales falsos. Deliciosamente meta.

People of Earth ha vuelto con su segunda temporada, y aunque le pasa como a Brooklyn Nine-Nine, que no logra sacar todo el provecho que debería a su premisa, es una serie muy curiosa que merece un poco más de atención. Teniendo detrás a los responsables de The OfficeParks and Recreation, sorprende que esta serie no sea tan abiertamente cómica y ponga más énfasis en el misterio y el drama de los personajes, pero supongo que es lo que pide la historia. Podría ser más interesante, pero es lo suficientemente buena y original como para mantenerme enganchado, y totalmente recomendable para los fans de las series mencionadas. Un buen acompañamiento para otra comedia reciente de similares características, The Good Place.

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Y hablando de enganches… Tenemos que hablar de Younger, comedia del creador de Sexo en Nueva York, Darren Star, que va ya por su cuarta temporada y que estoy seguro de que a muchos y muchas os encantaría si supierais de su existencia (para eso estamos aquí). La historia va sobre una madre divorciada de 40 años (la gran Sutton Foster) que se hace pasar por millennial para conseguir trabajo en una importante editorial de Nueva York y debe mantener su fachada de veinteañera para evitar quedarse en la calle. Dejémoslo claro, Younger es una gran tontería, pero es de esas tonterías que le alegran a uno el día, ya sea por su humor desenfadado y picante, por sus adictivas tramas románticas o por la agradecida presencia del encantador Nico Tortorella, siempre dispuesto a quitarse la camiseta y siempre exudando química con cualquiera que se le ponga por delante. Younger es la definición del (mal llamado) placer culpable, un dulce que no amarga a nadie y que siempre apetece.

También me he puesto al día con otras comedias más “serias”, o más de prestigio, que al fin y al cabo son sinónimos (“¿Desde cuándo las comedias son dramas de 30 minutos?”-Billy Epstein). Insecure, la serie de HBO creada por Issa Rae, está arriesgando más y como consecuencia dejándonos una tanda de capítulos más irregular que el año pasado. Algunos alcanzan cotas altísimas de brillantez y otros (como el de la mamada) nos muestran que todavía le queda para afianzarse. Aun con todo, Insecure es una de las series más frescas, divertidas y atrevidas que hay actualmente en antena.

Todo lo contrario que Casual, una de esas dramedias sobre treinta y cuarentañeros a la deriva que no ofrece absolutamente nada que no hayamos visto en cientos de ocasiones. Lo siento, Casual, pero no eres tan profunda e interesante como crees. Dentro de este mismo subgénero se encuentra Amigos de la universidad, y aunque esta opinión va a ser impopular, me parece bastante superior a Casual, sobre todo porque es menos pretenciosa. Sí, es tremendamente inconsistente y un caos tonal, pero también lo suficientemente divertida como para verla en una o dos sentadas con facilidad, y además, tiene un reparto fantástico. Netflix la ha renovado para una segunda temporada y no os voy a engañar, tengo ganas de seguir conociendo a este tóxico sexteto de adultos estancados y ver en qué disfuncionales aventuras se meten el próximo verano.

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Para terminar, tengo que recomendar encarecidamente otra comedia, Difficult People, una joya absoluta que por desgracia todavía no emite ninguna cadena o plataforma en España (lo cual se entiende, porque es una serie muy localista y llena de referencias a cosas poco conocidas fuera de Estados Unidos). Creada por Julie Klausner y protagonizada por ella y Billy Eichner (aquí rebajando el histrionismo de su trabajo en Parks and Recreation Billy on the Street), Difficult People es actualmente la comedia más irreverente, salvaje y cáustica que hay en televisión. Klausner y Eichner dan vida a dos cómicos en paro que intentan triunfar en la escena neoyorquina, pero se autoboicotean constantemente con su actitud ponzoñosa y despreciable. Ellos se han definido en varias ocasiones como Will y Grace, pero en peores personas (que ya es decir, porque Will y Grace son bastante lo peor), y no podía ser una descripción más certera. Klausner y Eichner no dejan títere con cabeza con sus venenosas pullas a los famosos (Woody Allen, Ryan Murphy y Kevin Spacey se llevan golpes sin piedad en casi todos los capítulos) o sus críticas a otras series y películas (Julie escribe recaps de televisión, así que imaginaos), haciendo de la serie uno de los análisis más sinceros y certeros de la cultura popular. Claro que puede que a mí me guste tanto porque en el fondo me veo reflejado en ellos. Quizá no sea algo de lo que presumir, pero Difficult People es todo lo que se me pasa por la cabeza hecho serie, y Julie y Billy son la voz de mi peor yo, lo cual resulta en una experiencia televisiva egocéntrica y divertidísima.

Hasta aquí mi primera parte del repaso a las series que he visto estos meses. Sí, han sido tantas que me he visto obligado a dividir el especial en dos partes para no desesperaros. En breve publicaré la segunda parte. Mientras, contadme qué series habéis visto vosotros para evitar salir a la calle y/o socializar este verano.

Cómo Parks and Recreation nos ha hecho ser mejores

Parks and Recreation

Parks and Recreation dio comienzo en 2009 como un reemplazo tardío de midseason, y se postuló con tan solo 6 episodios (al más puro estilo British) como la nueva The Office. Las comparaciones eran lógicas e inevitables: se trataba de una workplace comedy sobre la vida oficinil de los empleados del departamento de parques y tiempo libre de una pequeña ciudad de Indiana, Pawnee; estaba rodada al estilo falso documental y su humor se basaba en gran medida en la observación del comportamiento humano, con extrañas interacciones sociales y momentos de “tierra trágame” (aunque nunca tan incómodos como los que tenían lugar en Scranton); por si eso fuera poco, su protagonista, Leslie Knope (la incomensurable Amy Poehler) era una especie de Michael Scott en versión mujer, una jefa bienintencionada y entusiasta que solía ponerse a sí misma en situaciones ridículas todo el tiempo. Ah, una cosa más, el creador de Parks and Recreation es Greg Daniels (junto a Michael Schur), que también produjo The Office. Qué casualidad, ¿no? Sin embargo, en el transcurso de las siguientes temporadas, Parks and Recreation salió progresivamente de la sombra de su “hermana” de NBC para encontrar su propia identidad y dar con su fiel audiencia, convirtiéndose en una de las series más queridas de los últimos años.

Como suele ocurrir con las mejores series, si Parks and Rec se convirtió en una de las comedias favoritas de la audiencia fue sobre todo gracias a sus personajes, uno de los repartos corales mejor compenetrados de la televisión. Y sobre todo gracias a su entrañable e hiperactiva protagonista, Leslie, icono catódico y modelo a seguir que nos ha proporcionado un pulso moral y ha marcado el camino para muchos y muchas a lo largo de 7 temporadas (tanto dentro como fuera de la serie). Pero tampoco podemos olvidar al resto de ciudadanos, funcionarios y “profesionales” de Pawnee, que han conformado un impresionante plantel de personajes recurrentes y han contribuido a que la ficticia ciudad de Pawnee (la mejor ciudad del mundo) pase a la historia de la televisión junto a Cicely, Stars Hollow o Springfield. Por eso, como no podía ser de otra manera, el final de Parks and Rec, “One Final Ride” (7.012-13), es un homenaje a los habitantes de Pawnee y la “familia” de Leslie Knope, una emotiva despedida en la que nuestra heroína (y aquí me estoy refiriendo tanto a Knope como a Poehler) se toma la molestia de decir adiós a todos, uno a uno, con lágrimas en los ojos; un “hasta pronto” lleno de abrazos y caricias que nos ha provocado un enorme nudo en el estómago.

Parks and Recreation

“One Final Ride” es prácticamente un “clip show” en forma y fondo, solo que los clips están formados por flash-forwards. Al más puro estilo Six Feet Under (salvando las distancias), el final de Parks and Rec nos conduce de la mano hacia el futuro de sus personajes, los principales y los secundarios más importantes, para desvelarnos el destino que les aguarda a todos. Este emocionante viaje nos lleva más lejos de lo que esperábamos y nos depara muchas sorpresas: April y Andy se convierten en papás (brillante gag el del parto de April maquillada para Halloween), Ann y Chris regresan con buenas noticias, Ron halla su trabajo ideal como solitario guarda del parque natural de Pawnee gracias a Leslie, Garry (¡Girgich!) es elegido alcalde de Pawnee hasta el final de sus días, Tom se convierte en orador motivacional y escritor de éxito, y mención aparte merece Craig -que estuvo a punto de cargarse la serie el año pasado, y ha sido reenfocado con éxito gracias a su terapia para controlar la ira. A lo que iba, Craig se casa con Typhoon, junto al que pasa el resto de su vida. No sé si sabíamos que era gay, pero lo dábamos por sentado. Y el hecho de que los personajes no se lo hayan cuestionado abiertamente ni se haya hecho referencia explícita al tema, para pasar directamente a su historia de amor con el peluquero de Ron, es uno de los detalles más fáciles de pasar por alto (porque se ha hecho bien, de forma totalmente natural), y por tanto más encomiables de la serie.

Esta series finale es sin duda el broche de oro perfecto para una historia que nos ha dado momentos inolvidables, lecciones de vida y reaction gifs para parar el mundo. “One Final Ride” está repleto de guiños (“I’m ready”), cameos (Joe Biden, el borracho del tobogán del piloto) y “huevos de pascua” (¡Star-Lord!), referencias ocultas y no tan ocultas a la trayectoria de la serie y el universo que ésta ha creado (Treat Yo Self, Gryzzl), que conforman un elaborado agradecimiento a sus seguidores y con el que se cierra ciclo tras una temporada que se ha dedicado casi exclusivamente a despedirse. Y es que la séptima no ha llevado el sobrenombre de “Farewell Season” a la ligera. Siguiendo el espíritu de Leslie Knope, Parks and Rec ha organizado los 13 episodios de la última temporada con “binders” e itinerarios estudiados minuciosamente, para llevarnos, con la excusa de una última misión del equipo de Parks, en un recorrido final por Pawnee en el que hemos podido ver por última vez al concejal Jamm, Joan Callamezzo, Jean-Ralphio y Mona-Lisa, Jennifer Barkley, Brandi Maxxxx, Shauna Malwae-Tweep, Perd Hapley, Ethel Beavers, etc; sin olvidar a Johnny KarateBurt Macklin Janet Snakehole.

Parks and Recreation

Lo cierto es que Parks and Rec se ha preocupado tanto este año de sellar el destino de sus personajes y no dejar ningún cabo suelto que le ha quedado una temporada algo deslavazada y distraída desde el punto de vista narrativo (muchas ideas y golpes geniales como siempre, pero poca forma en las historias), a lo que no ha ayudado que NBC la haya despachado en un abrir y cerrar de ojos, a razón de dos episodios por semana. El (brillante) final de la sexta temporada daba un salto hacia el futuro, y la séptima ha transcurrido principalmente en el año 2017 (geniales las perlas sobre el futuro de nuestra tecnología y cultura), una decisión arriesgada que no ha terminado de dar los frutos que se esperaba. Lo más curioso es que entre una temporada y otra, parece que también han pasado 3 años en la vida real. Sobre todo en los primeros episodios, en los que da la sensación de que Parks se está esforzando demasiado en ser Parks (como le ocurrió a Community sin Dan Harmon), o, en sus peores momentos, que regresa para una temporada de gracia después de ser cancelada hace tiempo (como Arrested Development). 2014 fue un año muy importante para varios actores de la serie, sobre todo para Poehler y en especial para Chris Pratt, que ha saltado al estrellato mundial gracias a Guardianes de la Galaxia. Tanto ha pasado fuera de Pawnee en un año, que a Parks se le ha olvidado un poco cómo ser Parks y a Pratt cómo ser Andy Dwyer. Afortunadamente, la temporada va recuperando poco a poco la magia (el precioso “Leslie and Ron”, 7.04, empieza a corregir la trayectoria), para despedirse de nuevo desde lo más alto, impidiendo que la serie acabe desvirtuándose, como le ocurrió a la propia The Office y tantas otras series.

Entre otras cosas, Parks nos ha hablado durante siete temporadas sobre la realización personal a través del trabajo, y las conclusiones principales del desenlace tienen que ver directamente con esto. Uno de los objetivos de la temporada final ha sido situar a todos sus personajes en el camino profesional adecuado. Y para ello, April, Andy o Ron se han puesto en manos de su/nuestra gurú, Leslie Knope. Ojalá todos tuviéramos una Leslie que nos dijera por dónde tenemos que ir para cumplir nuestros sueños y encontrarnos a nosotros mismos en el trabajo que realizamos. Si lo pensamos bien, esto es un arma de doble filo. El ambicioso mensaje aspiracional de Parks and Rec es muy valioso, pero también se puede malinterpretar en ocasiones: si no llegáis a lo más alto, no sois nadie. Afortunadamente, la serie nos sugiere diversos modos de triunfo a distintas etapas de la vida, y nos viene a decir que nunca es tarde para reencauzar nuestra carrera. Y lo hace además sin moralina, dejando que sus personajes resuelvan sus destinos por iniciativa propia -o eso es lo que ellos creen, Leslie maneja los hijos y los lleva a todos donde ella cree que tienen que ir, que, por supuesto, es siempre la decisión correcta.

Parks and Recreation

Porque todos pondríamos nuestro futuro en manos de Leslie Knope, una de las mujeres más fascinantes de la historia de la televisión. Como decía al principio de este texto, Leslie pasó de pazguata hiper-entusiasta que nadie se tomaba demasiado en serio a infalible modelo de comportamiento, una heroína moral que nos ha proporcionado ideales de conducta y ejemplo a seguir en todos los aspectos de nuestra vida, incluida la alimentación (todos sabemos que los gofres son la base alimenticia más imprescindible y las ensaladas son el mal). Como dicen, “Sé la Leslie Knope de todo lo que hagas“. Gracias a la trayectoria ascendente de Leslie (a pesar de los absurdos obstáculos y ridículos obstructores que trataban de achicarla), Parks and Rec se convirtió una de las series más feministas de la televisión, pero esto no ha impedido que sus lecciones vitales se apliquen a todos y cada uno de nosotros. Lo más destacable del discurso de Parks es que la serie ha encontrado la manera de “educar” al espectador sin resultar sermoneadora o condescendiente en ningún momento. No hay “agenda política” en su mensaje liberal, solo una propuesta: enriquecer nuestra sociedad fomentando la igualdad, el entendimiento y la colaboración, y apostando por encima de todo por la senda del bien: Parks no es la victoria de la mujer trabajadora que puede tenerlo todo (porque eso se sobreentiende), es simplemente el triunfo de las buenas personas.

Por eso, nos encomendamos a la filosofía Parks and Rec para ser la mejor versión posible de nosotros mismos y abogar por un mundo más justo y equilibrado. Aunque suene exagerado, Parks nos ha regalado una guía para la vida y una baliza moral en la figura de Leslie Knope, empleémosla a partir de ahora. El final de Parks and Rec deja abierta una cuestión que nos llevamos planteando desde hace tiempo: ¿Llegará Leslie a ser presidenta de los Estados Unidos? La respuesta es ambigua (si lo fuera Ben, también estaría bien, puesto que el respaldo mutuo es esencial en el knopismo), pero nosotros sabemos a ciencia cierta que su destino no es otro que la Casa Blanca. Porque queremos pensar que un mundo gobernado por Leslie Knope es posible.