Crítica: Nunca apagues la luz

Con las sagas Saw, InsidiousExpediente Warren, James Wan ha dado forma al terror comercial de hoy en día, y mientras él concentra sus esfuerzos actuales en el cine de acción (dirigió Fast & Furious 7 y está a cargo de Aquaman), deja que sus acólitos continúen su labor terrorífica. Lo comprobamos en Nunca apagues la luz (Lights Out), producida por el solicitado director australiano. Se trata del primer largometraje de David F. Sandberg, en el que el director (cuyo siguiente proyecto es Annabelle 2) convierte su propio corto viral de 2013 en una nueva cinta de terror estilizado con mimbres para saga. Es decir, Nunca apagues la luz lleva el sello Wan, que en este caso es lo mismo que decir que lleva el sello de cualquier cinta de miedo diseñada para multisalas.

Estamos ante otra historia de fantasmas con asuntos pendientes que atormentan a una familia y aterrorizan al respetable con mil y un sobresaltos atronadores. En este caso, la familia es el paradigma de lo disfuncional, lo que da pábulo al componente melodramático que últimamente tampoco puede faltar en el terror mainstream. Rebecca (Teresa Palmer) se fue de su casa hace años, huyendo de sus miedos de la niñez y de los problemas con su madre (Maria Bello), que sufre trastornos mentales desde muy joven. Cuando su hermano pequeño, Martin (Gabriel Bateman), experimenta los mismos sucesos inexplicables que ella cuando era pequeña, Rebecca revive su terrorífico pasado y decide proteger a su hermano de un ente aterrador que tiene una conexión muy estrecha con su madre.

Lo que hace que Nunca apagues la luz se desmarque del resto de títulos similares es lo que los angloparlantes llaman su “gimmick“, es decir, una particularidad o un truco que la define y (en un principio) la distingue de entre un mar de clones. En este caso, la gracia de la película es que su monstruo o fantasma solo puede verse y materializarse para atacar a sus víctimas en la oscuridad. Es decir, Diana, que es como se llama la dulce criatura, queda impedida por la luz, principal arma que los protagonistas usarán para defenderse de ella. Esto proporciona a Sandberg un campo de juego muy interesante, que desafortunadamente no aprovecha del todo. Sobre todo al principio, el truco de apagar y encender las luces una y otra vez hasta dar el susto de muerte resulta efectivo y deja un par de imágenes espeluznantes y momentos ingeniosos, pero a la larga no es suficiente para sostener una película que de base no tiene mucho más que ofrecer.

Donde Nunca apagues la luz sale más airosa es en la construcción de personajes y la labor interpretativa de su reparto (Palmer y Bello están estupendas). Aunque Rebecca y su familia no dejan de ser clichés a la altura del mismo misterio de siempre, al menos Sandberg se esfuerza por trabajar a sus protagonistas, algo en lo que la mayoría de películas de miedo actuales no destacan (y una de las características que ha hecho que Expediente Warren sea un éxito de público y crítica). Al hacer énfasis en la vulnerabilidad de una familia desintegrada y no caer en el esquema del slasher (donde las víctimas intercambiables van cayendo una a una), Nunca apagues la luz busca una conexión con el espectador que consigue por momentos (a pesar de ese niño insoportable, sobreactuado y empalagoso que demuestra la importancia de elegir bien a los actores infantiles). Sin embargo, aun con sus loables esfuerzos, Sandberg no puede evitar que su atractiva premisa se convierta en el enésimo cuento de miedo cortado exactamente por el mismo patrón de casi todas sus coetáneas, un déjà vu fílmico que bebe del J-Horror para construir otra película-casa del terror o mejor dicho, el equivalente cinematográfico a uno de esos vídeos con susto que se solían mandar por Whatsapp.

Nunca apagues la luz va por buen camino al concretar los demonios personales de la familia protagonista (como Babadook, pero más de diseño), mientras apela al miedo irracional a la oscuridad, a esa silueta que nos asusta y desaparece cuando encendemos la luz y, como Freddy Kruger, nos mantiene desvelados toda la noche. Sin embargo, en lugar de emplear estos interesantes elementos para crear un producto que de verdad se nos meta en la piel, cae en el convencionalismo del terror en cadena (que da mini-infartos, pero no miedo) y nos deja un film a medio cocer que sí, puede servir para pasar un rato, pero se olvida nada más terminar. Algo ha fallado cuando, la noche después de ver la película, uno no necesita encender la luz para dormir.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Alerta nueva mejor peor serie: ZOO

ZOO

Pues nada, otro verano seriéfilo que toca a su fin. La cosecha televisiva estival de este año nos ha deparado un par de sorpresas, pero en general han sido unos meses más bien tranquilos (algo que yo he aprovechado para ponerme al día con muchas series atrasadas y hacer maratón de otras pendientes; seguro que vosotros también). Mientras True Detective decepcionaba hasta a los que no ven True Detective, eran dos cadenas menores, no conocidas precisamente por la calidad de sus ficciones, las que daban el campanazo con dos de las mejores nuevas ficciones del año: Mr. Robot (USA) y UnREAL (Lifetime). Estos grandes descubrimientos nos han alegrado la temporada, pero no sería verano sin una de esas series que son tan tan malas, que, como dirían Rebecca y Enid:

Y este año esa serie es Zoo, thriller de aventuras y ciencia ficción que ha emitido CBS en su temporada baja, porque en la alta habría sido despellejada viva. Zoo se ha estrenado esta semana en España (concretamente en Cuatro), así que, aunque yo no veo la tele, me ha parecido oportuno hablaros de ella, ya que los que hemos seguido la serie al día (cuatro gatos, nunca mejor dicho), estamos en su recta final y tenemos una visión más completa de ella (tranquilos, no hay spoilers en la entrada). El último episodio de la primera temporada de Zoo se emite la semana que viene en Estados Unidos, y yo ya lo tengo claro: estamos ante la nueva mejor peor serie del verano, un producto tan increíblemente ridículo que no queda más remedio que disfrutar de él sin complejos. Es una modalidad algo más sana que la del hate-watching y menos auto-excusadora que el guilty pleasure, ver algo que sabes que es un desastre, y apreciarlo precisamente por eso. Zoo es camp sin ser tan consciente de ello como True Blood, pero lo suficiente como para que no le importe que la veamos irónicamente.

Billy Burke Kristen Connolly Zoo

Zoo está basada en la novela homónima de James Patterson y Michael Ledwidge, y nos narra el inicio de una revolución animal a escala mundial durante la que un joven biólogo de misión en África, Jackson Oz (James Wolk), se une a un equipo de especialistas para investigar e intentar detenerla. Pero mejor que os lo cuente con sus propias palabras su camarada, Abraham Kenyatta (Nonso Anozie), que se encarga de la narración del opening, muy a lo años 90 (como Xena, Farscape o la primera temporada de Buffy), una premisa que explicada así (y encima tan en serio, con voz grave y solemne) ya provoca la risa:

“Durante siglos, la raza humana ha sido la especie dominante. Hemos domesticado a los animales, los hemos enjaulado, matado por deporte. Pero, ¿y si a lo largo y ancho del mundo, los animales decidieran que YA BASTA? [con el “no more” siempre me río, no falla] Por eso fuimos contratados para formar un equipo de personas de diferentes procedencias, con habilidades distintas: un experto en comportamiento animal, una periodista, un guía de safari, una agente del servicio exterior de inteligencia y un patólogo veterinario. Nuestra misión: averiguar qué les está pasando a los animales, por qué está ocurriendo, y cómo detenerlo”.

Resumiendo, Zoo es una mezcla entre Los pájarosJurassic Park, una historia muy noventera de ciencia ficción con toques de aventura, acción y terror que en su primera temporada plantea un desastre global empleando los lugares comunes propios del subgénero de pandemias: la propagación de un virus y la conspiración detrás del mismo. Pero además posee ese aire CBS a historia de investigación procedimental, con un equipo de especialistas muy Marvel de saldo (los Animal Avengers que los llaman ya algunos) que cada semana lidian con el ataque de un animal diferente (leones, murciélagos, pájaros, osos) mientras intentan destapar la verdad sobre Reiden Global (la compañía biotecnológica detrás del virus) en el arco principal de la serie. Por otro lado, Zoo también puede recordar a la corriente de series que versan sobre un inexplicable evento ¿natural? que afecta a una comunidad y/o a la humanidad al completo, como Under the Dome (de la misma cadena) o The Leftovers.

James Wolk

Pero Zoo se distancia de otras series de naturaleza similar por haberse arriesgado a colocar a los animales en el centro del relato, aun a sabiendas de que esto es algo que solo puede salir bien en el cine. CBS no se ha achantado por las dificultades que esto conlleva, y a pesar del insistente mensaje ecológico y animalista de la serie, ha recibido las esperables quejas de PETA y otros defensores de los derechos de los animales. La preocupación es normal, pero a excepción de un par de escenas ligeramente cuestionables, Zoo emplea sobre todo animales creados por ordenador. Y esta es precisamente una de las fuentes de comedia involuntaria más infalibles de la serie, que con su triste despliegue CGI (mejor que hace años, pero todavía escaso) y torpes trucos de cámara y montaje para simular los ataques animales a los humanos nos deja escenas muy divertidas que provocan el efecto contrario al deseado.

La caspa reina en Zoo, pero como adelantaba antes, hay un leve aroma a autoparodia sobrevolando la serie. La mayor parte del tiempo se toma en serio a sí misma, pero de vez en cuando se permite hacer chistes que, no sabemos si intencionadamente, nos parecen estar diciendo: “Eh, que sabemos que esto es una chorrada y nos lo estamos pasando muy bien, apuntaos a la fiesta”. Y es que Zoo es un absurdo continuo, repleto de giros rocambolescos, agujeros de guion y deus ex machina, con terribles diálogos expositivos y situaciones sin sentido. Todo rematado por unas interpretaciones muy acartonadas, especialmente las de Nora Arnezeder (francesa irritante como pocas) y el leading man James Wolk, que me da pena porque es muy (muy) guapo, pero tiene la expresividad de una goma de borrar -se salvan un simpático Billy Burke, que suele tener las mejores líneas de guion, y en menor medida Kristen Connolly, con la que tiene bastante química. Sin embargo, Zoo compensa sus taras cumpliendo la primera máxima del cine (que no la TV) de catástrofes, no importa lo malo que sea: entretener (como cuando ves un accidente, es imposible apartar la mirada de Zoo). ¡Es el Apocalipsis Animal! La idea da miedo, de acuerdo, pero la han convertido en tal mamarrachada que es imposible no reírse.