Crónica: 16ª Muestra SYFY de cine fantástico (2019)

Dieciséis años, y contando. La Muestra SYFY de cine fantástico de Madrid ha celebrado este año su “sweet sixteen”, y lo ha hecho por todo lo alto, con una de sus mejores programaciones hasta la fecha. Del 7 al 11 de marzo, los asistentes a la Muestra hemos podido disfrutar de una cuidada selección de cine fantástico y de ciencia ficción organizada por la cadena SYFY España, que como suele ser habitual, ha compilado una selección de títulos de lo más variopinto y extravagante.

La Muestra 2019 marcaba también la reaparición de Leticia Dolera como anfitriona, después de la polémica de su serie para Movistar+. La actriz, escritora y directora aprovechó la ocasión para volver a la normalidad, y a las redes sociales, después de tres meses de ausencia (casi) total. Su trabajo fue el de siempre, presentaciones divertidas, espontáneas y sí, feministas. Coincidiendo la Muestra con el Día de la Mujer, no podía ser de otra manera.

Controversias aparte, centrémonos en lo que nos importa de la Muestra. El cine, y la experiencia de verlo acompañado de aficionados al género fantástico. El público de la Muestra es de los más entusiastas que se conocen. Es por ello que se ha convertido en tradición desde hace años comentar las películas y hacer chistes en voz alta durante las proyecciones. Esto forma parte de la experiencia, pero afortunadamente, desde hace poco, la organización ha duplicado (o triplicado) las sesiones para diferenciar entre “Sala Mandanga” y “Sala del Silencio”. En la primera, el público es libre de armar todo el jaleo que quiera, en la otra se va a ver las películas en silencio.

Y sin más dilación, paso a comentaros las películas que he visto este año en la Muestra SYFY. Desafortunadamente no me ha sido posible verlas todas como otros años, pero de lo que he visto, me llevo un par de peliculones para la posteridad. Y alguno de ellos se estrena en salas comerciales pronto, así que tomad nota.

Capitana Marvel (Anna Boden, Ryan Fleck, 2019) – Inauguración

La Muestra SYFY comenzó el jueves con la premiere de Capitana Marvel en Madrid, película de apertura con la que empezamos esta edición “más alto, más lejos, más rápido”. La primera entrega de Marvel protagonizada enteramente por una mujer llegaba ensombrecida por una campaña de odio en Internet y un boicot por parte de los trolls que no les salió como esperaban: 455 millones de dólares recaudados en su primer fin de semana, convirtiéndola en el estreno mundial más taquillero protagonizado por una mujer y el segundo de superhéroes detrás de Vengadores: Infinity War. El público de la Muestra se entregó por completo a la historia de origen de Carol Danvers (estupenda Brie Larson), una película con todas las señas de identidad de Marvel y muchas conexiones con el resto de su Universo, concretamente con Vengadores: Endgame. La película se ha confirmado como un nuevo triunfo para el estudio, y así se sintió en la premiere. Risas, emoción con el cameo de Stan Lee, aplausos al final y un gran revuelo generalizado con las escenas post-créditos. Ah, y como era de esperar, la gata Goose conquistó a todo el mundo. Chupaos esa, troll. Si queréis saber más, os cuento mis impresiones sobre la película (que disfruté mucho más la segunda vez, conociendo de antemano los giros del argumento) aquí.

Elizabeth Harvest (Sebastián Gutiérrez, 2018)

La primera jornada propiamente dicha arrancaba para mí con Elizabeth Harvest, fábula de ciencia ficción dirigida por el venezolano Sebastián Gutiérrez. A medio camino entre Cincuenta sombras de Grey y un capítulo de La dimensión desconocidaElizabeth Harvest se desarrolla como una historia de clones con (sospechosos) ecos a Ex Machina (tienen muchos elementos en común y el final es calcado) y mucha comedia involuntaria. Protagonizan Abbey Lee (Mad Max: Furia en la carretera), Ciarán Hinds (que no sabemos cómo ha ido a parar ahí) y Carla Gugino, que le hace un favor al director (su marido) agraciando la película con su presencia. Pero ninguno de ellos (ni Dylan Baker, que también se pasa por ahí) es capaz de salvar la película. Su historia promete, pero una trama enrevesada y llena de pseudociencia acaba haciéndola cada vez más tediosa, confusa y absurda. Cuesta mucho tomársela en serio, pero claro, para eso estamos en la Muestra, cuyo público se encarga de que ninguna película aburra.

Upgrade (Leigh Whannell, 2018)

Primera gran sorpresa de la Muestra. Incomprensiblemente, esta curiosa cinta de ciencia ficción de la factoría Blumhouse no ha llegado a estrenarse en cines españoles, por lo que agradecemos a SYFY que la haya recuperado para el disfrute de su público objetivo. Leigh Whannell (guionista de Saw Insidious, y director de Insidious 3) se pasa al sci-fi con un oscuro thriller futurista a medio camino entre el policíaco, el noir y la acción pura que tiene mimbres de película de culto. En ella, un hombre tetrapléjico vuelve a andar gracias a la implantación de un chip llamado Stem, que toma el mando de sus funciones motoras y lo lleva al límite de sus capacidades, tras lo cual irá en busca de los hombres que mataron a su mujer, aprovechando sus nuevas habilidades. Logan Marshall-Green (el Tom Hardy de Hacendado) realiza una fantástica interpretación física en una película que casualmente también va de un hombre que habla con una voz en su cabeza que controla su cuerpo. Aunque recuerda a muchas películas anteriores (Minority ReportHerCrank, Lucy, Venom), Upgrade logra ser original. Engancha, tiene escenas de acción brutales y madera para saga. Muy disfrutable.

Gintama (Yûichi Fukuda, 2017)

Incorporación de última hora, Gintama se proyectaba en la Muestra a la vez que El año de la plaga, para gozo de fans del anime y el cine fantástico japonés. Se trata del largometraje en acción real del popular manga de Hideaki Sorachi, que ya ha tenido múltiples adaptaciones en diferentes formatos, incluida una longeva serie de animación. La película opta por la adaptación literal, conservando el estilo anime con un aspecto visual colorista, ritmo frenético, un “argumento” en el que todo vale e hilarantes efectos digitales de tercera. Lo mejor de la película son los chistes meta y las referencias a otros títulos de la cultura pop japonesa (el cameo de Nausicaä es genial), pero más allá de eso, cualquiera que no esté acostumbrado a este tipo de productos, puede salir completamente espantado por su estridencia y su absurdo sin fin. Sin ir más lejos, a mí me dejó el cerebro frito y mató las pocas neuronas que me quedaban. No apta para todos los públicos.

Prospect (Christopher Caldwell, Zeek Earl, 2018)

Christopher Caldwell y Zeek Earl dirigen esta personal propuesta de ciencia ficción que comienza como un drama paternofilial ambientado en el espacio (con el referente indie Jay Duplass) y acaba convirtiéndose en un competente thriller de supervivencia que se vuelve más y más extraño e intenso conforme avanza. Con un simple escenario principal (un bosque) y mediante diálogos que dan mucha información sin sobreexplicar demasiado, la película da forma a un detallado universo ficticio, demostrando que no hace falta un gran despliegue de efectos para crear mundos fantásticos creíbles en el cine. En el centro de la historia, una relación muy interesante y muy bien interpretada por la prometedora Sophie Thatcher y un genial Pedro Pascal. Una de las sorpresas más gratas de este año.

Dragged Across Concrete (S. Craig Zahler, 2018)

El sábado nos encontrábamos con un viejo conocido, S. Craig Zahler. Sus dos películas anteriores, Bone TomahawkBrawl in Cell Block 99 se habían proyectado en la Muestra con gran éxito de público, por lo que su tercer largo como director no podía faltar en la programación de este año. Para su nuevo trabajo ha vuelto a contar con Vince Vaughn, que esta vez está acompañado nada más y nada menos que de Mel Gibson, con el que lidera un gran reparto. Dragged Across Concrete (qué gran título) es un thriller policíaco sórdido y ultraviolento en la tradición de Zahler, que sigue insistiendo en hacer un tipo de cine que recuerda inevitablemente al de Tarantino. Con leves pero constantes pinceladas de humor y dos horas y media de duración, el director casa el exceso de sus imágenes con una narración y una realización muy calculadas que, afortunadamente, no aburre a pesar de su metraje gracias a su buen pulso. Lo malo es que en su tercera película ya se le empiezan a ver las costuras. Zahler peca de pretencioso, repite esquemas y su discurso atufa a rancio, con personajes femeninos que son el paradigma del sexismo en el cine y Gibson interpretando a un personaje a su medida: un poli corrupto anticuado, racista, machista y homófobo. Dragged Across Concrete es de esas películas que te hace simpatizar tanto con ese tipo de personajes que te acabas preguntando si es solo el personaje o la película también defiende esas ideas tan primitivas.

Nación Salvaje (Sam Levinson, 2018)

Y tras la saturación machirula de Dragged Across Concrete llegaba un film diametralmente opuesto, Assassination Nation, incendiaria sátira feminista sobre cuatro chicas adolescentes que se convierten en el blanco de la ira de su instituto y una pequeña comunidad idílicamente suburbana que ha sido víctima de un escandaloso hackeo masivo. Una reflexión hiperbólica pero afiladísima sobre el papel de Internet en nuestras vidas, el linchamiento social, la hipocresía y la doble moral, y el juicio de una comunidad conservadora ante la liberación de la mujer y la expresión de su sexualidad (es de todo menos casual que transcurra en Salem). Es decir, una historia completamente actual y oportuna que se propone provocar y lo consigue. Es como si Sofia Coppola, David Robert Mitchell y Harmony Korine se hubieran unido para hacer una película. Moderna, pop, autoconsciente, violenta, visual y estéticamente gloriosa, y con una recta final demencial, Assassination Nation es una de esas propuestas radicales que dividen fuertemente a la audiencia. Los varios egos masculinos que salieron heridos de la proyección demostraron que la película logra su propósito de remover conciencias e incomodar a aquellos que se sienten amenazados por el feminismo y el poder de la mujer.

Escape Room (Adam Robitel, 2019) – Clausura

La Muestra SYFY concluía el domingo con Escape Room, película de clausura que esta semana llega a las salas comerciales de toda España. Adam Robitel (The Taking of Deborah LoganInsidious. La última llave) dirige la nueva vuelta de tuerca de las sagas de terror juvenil que ya se ha convertido en todo un éxito en Estados Unidos. Escape Room es como una fusión entre Cube, Saw La cabaña en el bosque, un juego retorcido en el que seis desconocidos se enfrentan a una escape room de la que deberán salir con vida usando su ingenio. Aunque no es original y requiere suspender la incredulidad considerablemente, es una película muy efectiva en lo que se propone, además de tremendamente entretenida. Destaca por su creatividad a la hora de diseñar los puzles y por lo bien que maneja la tensión. Una nota positiva para terminar la Muestra y dejarnos con ganas de más el año que viene.

Crítica: It

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A pesar de que las novelas de Stephen King siempre han tenido una marcada sensibilidad cinematográfica, su voluminosa obra es una de las que más problemas ha causado a la hora de ser traducida de las páginas a la pantalla. Pocas adaptaciones han dado con la clave, y para muestra, dos de las más recientes: La niebla, serie de Netflix que ha obtenido un recibimiento bastante negativo, y La Torre Oscura, la decepcionante adaptación al cine de la extensísima saga fantástica del mismo nombre que se ha dado un brutal batacazo en taquilla. Afortunadamente, parece que se ha conseguido romper la maldición de las adaptaciones de King con la nueva versión de una de las novelas más populares del de Maine, ItSu primera parte llega a los cines dispuesta tanto a convencer a los nostálgicos que tienen grabado a fuego en la retina a Tim Curry en la miniserie de los 90, como a conquistar a las nuevas generaciones de aficionados al terror.

Dirigida por Andy Muschietti (que debutó en el largo con Mamá), It narra la historia siete jóvenes inadaptados que viven un verano inolvidable en el pequeño pueblo de Derry, Maine a finales de los 80. A los miembros de este “Club de los perdedores”, como ellos se autodenominan, los une ser el blanco de la pandilla de los matones del instituto y haber sido marginados por diversos motivos: problemas familiares, abusos, o en el caso de Bill (Jaeden Lieberher), la pérdida de su hermano. Desde que el pequeño Georgie (Jackson Robert Scott) se desvaneció una tarde lluviosa que salió a perseguir su barco de papel hasta colarse en un desagüe, se han sucedido en Derry numerosas desapariciones de niños en extrañas circunstancias. Todas tienen en común al siniestro payaso Pennywise (Bill Skarsgård), una entidad que emerge desde las alcantarillas cada 27 años para alimentarse de los temores de sus presas. Los Perdedores deberán unir fuerzas para superar sus miedos y poner fin a la pesadilla enfrentándose a “Eso”.

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La historia la conocemos de sobra, tanto si hemos leído la novela como si nos zampábamos las más de tres horas de miniserie cada dos días (no la veáis ahora, es mucho peor de lo que recordáis). Y por eso es todo un alivio y una alegría comprobar que la nueva versión le hace justicia. Con It, Muschietti ha creado una robusta pieza de terror clásico en la que lo más importante y lo mejor no son los monstruos o los sobresaltos, sino los personajes, un excelente grupo de niños cuyo casting está a la altura del de Stranger Things (el film en general, como ya nos adelantaron en su día, está bastante influenciado por el fenómeno de Netflix). Ellos son el alma de una película que, además de ser un eficaz cuento de terror, es una emocionante y emotiva disección de la amistad, los miedos y los traumas de la infancia, así como un relato impregnado de nostalgia sobre los primeros años de la adolescencia y el proceso de madurez con el que se va dejando la niñez atrás.

La sensibilidad de los 80 no solo se ve reflejada en la estética de la película, sino también en su manera de retratar la infancia sin hipervigilancia paternal y la amistad entre los personajes, evocadora de las películas de pandillas de aquella época, y concretamente de otra basada en King, Cuenta conmigoIt saca provecho de su calificación para mayores de 18 años con diálogos cargados de palabras malsonantes y alusiones al sexo (los niños dicen más tacos que en una de Tarantino y es fascinante) que pintan un dibujo de la pubertad más acorde a lo que se hacía (y se vivía) hace 30 años que a lo que se suele ver en el cine protagonizado por preadolescentes hoy en día. Lo mismo ocurre con la violencia, mucho más contundente, más gráfica y sangrienta de lo habitual en el cine mainstream. It contiene imágenes ciertamente impactantes, sobre todo al estar protagonizadas por menores, pero la violencia y la imaginería macabra de la película no se antoja gratuita, sino que es esencial para el desarrollo de los personajes, al servir para manifestar sus miedos, el principal motor de la historia.

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It funciona a todos los niveles, como aventura de terror, como alegoría de crecer, como adaptación, como pieza cinematográfica independiente (la escisión de la novela en dos partes permite dejar bien cerrado este primer capítulo). Es aterradora, divertida, entrañable. Pero esto no quiere decir que sea redonda. Sus virtudes son indudables, pero sus defectos también saltan a la vista. Algunos provienen del material original y otros son exclusivamente achacables a la película. En cuanto a lo primero, aunque no se puede dudar que King creó una gran historia, es difícil pasar por alto su lamentable tratamiento de la única niña del club de los perdedores, Beverly, víctima de abusos, objeto de deseo de sus compañeros y casi siempre asociada al sexo. Muschietti, por su parte, trata de mejorarlo pero no es suficiente, llegando incluso a sexualizarla él también en alguna escena (eso sí, Sophia Lillis está perfecta, que eso quede claro, y Beverly es, a pesar de todo, el personaje más valiente de la película).

El otro problema principal de It es narrativo. Su estructura argumental es más que nada una yuxtaposición de momentos o viñetas, de escenas de suspense que conducen hacia el típico golpe de efecto, y que no forman un todo fluido hasta la parte final, lo que afecta inevitablemente al ritmo. Además, los sustos en los que culminan estas escenas son los de siempre. Sí, cumplen su misión de hacer saltar en la butaca, pero no brillan por su ingenio, abusando de la trampa y las criaturas digitales (excepciones serían la escena de las diapositivas o la visita en grupo a la casa abandonada, geniales). Y en relación a esto, solo queda hablar de Pennywise. Skarsgård cumple. El sueco inquieta e hipnotiza bajo el maquillaje del Payaso Bailarín, pero el efecto no dura demasiado y este acaba pasando a segundo plano, relegado a simple truco y eclipsado por los demás personajes (“Ven por el payaso, y quédate por los niños”). De hecho, el verdadero monstruo de la película no es él, sino los agresores que hacen la vida imposible a los Perdedores, principalmente el líder de los matones, Henry Bowers (Nicholas Hamilton), y el padre de Beverly (Stephen Bogaert), dos odiosos personajes que protagonizan escenas más crueles, enfurecedoras y terroríficas que el payaso.

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A pesar de los problemas citados, It sale a flote en todo momento. Muschietti acierta de pleno creando la atmósfera de Derry, reproduciendo y actualizando los elementos más icónicos de la historia y diseñando con suma atención al detalle imágenes espeluznantes y de gran plasticidad que alimentarán las pesadillas de más de uno (y que crearán una nueva ola de coulrofobia). Además, la película pone muy difícil aburrirse con su acertada combinación de suspense, aventura, drama y comedia. Ya quiera asustarnos, hacernos reír o conmocionarnos, siempre está pasando algo que impide que quitemos ojo de la pantalla.

Pero por encima de todo, It merece los mayores elogios por el magnífico trabajo de su reparto juvenil (todos están fantásticos, pero hay que aplaudir especialmente a Jack Dylan Grazer y Finn Wolfhard, dos robaescenas en toda regla). Al utilizar el terror para hablarnos de los personajes y cómo estos se encaran a sus traumas, It consigue una conexión emocional con ellos que se encuentra en pocas películas de miedo. Nos ponemos en la piel de los Perdedores para ver el mundo a través de sus ojos (los adultos, que son idiotas y en muchos casos los responsables de esos traumas, no ven a Pennywise o las estremecedoras visiones que Eso crea), regresamos a la infancia, revivimos nuestros temores y nos armamos de valor para superarlos con ellos. Ese vínculo, esa celebración de la amistad y el compañerismo ante la adversidad, es lo que hace que la película acabe siendo un triunfo. Y lo que hace que nos preguntemos si el Capítulo Dos será tan bueno como este, sabiendo que ya no estarán los niños.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Atómica

Coldest City, The

Los 80, la Guerra Fría, espías, sicarios, mamporros, Charlize Theron y James McAvoy. Combinación ganadora. Con esos ingredientes, es imposible resistirse a los encantos de Atómica (Atomic Blonde), thriller de acción que viene a ser la réplica con protagonista femenina de John Wick. No en vano, la película es la opera prima de David Leitch, uno de los especialistas de escenas de acción más solicitados de Hollywood, y productor y director de algunas escenas de la saga protagonizada por Keanu Reeves (además de realizador de la esperada secuela de Deadpool).

Basada en la novela gráfica La ciudad más fría, de Antony Johnston y Sam Hart, Atómica presenta en sociedad a la nueva gran heroína de acción de la gran pantalla, Lorraine Broughton, agente del servicio de inteligencia británica que es enviada a Berlín para investigar la muerte de uno de sus colegas y recuperar una lista con la identidad de otros agentes secretos que podría acabar con el MI6 de caer en las manos equivocadas. Con los últimos coletazos de la Guerra Fría como telón de fondo, y a un mes de la caída del muro de Berlín, Lorraine llevará a cabo su peligrosa misión en la dividida ciudad alemana con la ayuda de otro agente encubierto, el pintoresco David Percival (McAvoy), embarcándose en una desenfrenada y sangrienta cacería en la que no podrá confiar en nadie.

Parte John Wick, parte James Bond, parte Nikita y 100% Charlize Theron, la letal Lorraine es la principal atracción de Atómica, un personaje con el que la actriz surafricana se consolida en su condición de estrella de acción después de su inolvidable Imperator Furiosa de Mad Max: Furia en la carretera. Theron está simplemente espectacular. Sensual, feroz, carismática, inteligente, absolutamente brutal en las escenas más físicas, una actriz que llena la pantalla y tiene el control de la película en todo momento. Ella es Atómica, y Atómica es ella, una femme fatale por la que volverse loco y un icono instantáneo del cine de acción. Pero Theron está acompañada de un secundario de excepción, James McAvoy, quien vuelve a demostrar que es uno de los mejores actores de su generación con otra interpretación memorable, llena de nervio y sentido del humor.

Eso sí, que quede claro que Atómica no inventa nada, y lo sabe. Lo que hace Leitch es reproducir todos los clichés del cine testosterónico y darles la vuelta poniendo a una mujer al frente, para que veamos lo de siempre, y a la vez algo completamente distinto. Lo mismo que hace con el irresistible estilo (perdón, estilazo) y la atmósfera retro de la película, para lo que utiliza muchos “samples” de otros. La estética y el sonido punk y pop de los 80, con una banda sonora de escándalo, el argumento intrincado y lleno de engaños y giros sorpresa del agente 007 o Misión imposible, el trasfondo político de los thrillers de la Guerra Fría, la violencia extrema de John Wick, y el acabado en neón al que tanto recurren los directores de género últimamente y que da lugar a una fotografía muy atractiva.

El resultado es un espectáculo que entra tan bien por los ojos y los oídos que no importa tanto que en ocasiones se pase de fardona o inverosímil (los malos siempre son más tontos, las balas nunca dan en su blanco, y si son tres contra una, se esperan amablemente a que la heroína acabe con el otro para atacar), como tampoco que la mayor parte del tiempo parezca que estamos viendo un muy sofisticado y larguísimo anuncio de tabaco o que su argumento sea tan tonto y rice tanto el rizo al final que acabe desafiando toda lógica.

Sus defectos no pesan tanto porque sus virtudes nos distraen con eficacia. Atómica es salvaje, elegante, erótica, visceral, una orgía fetichista de puñetazos y patadas que no deja apenas hueco para que pensemos demasiado. Y por encima de todo, una imparable exhibición de acción en la que Leitch saca todo el partido a su dilatada experiencia para ofrecernos las mejores coreografías de lucha (atención a las cosas tan loquísimas que puede hacer Lorraine con una manguera), y alguna que otra de sexo (Theron y Sofia Boutella en la cama, ahí es nada). De hecho, Atómica tiene la que es probablemente la escena de acción más impresionante del año, un prolongadísimo y agotador (falso) plano secuencia en unas escaleras donde todo está planificado, filmado y editado a la perfección, y que por sí solo ya amortiza la entrada. Se sienten tanto los golpes, que cuando termina la escena hay que darse un repaso por si nos ha salido algún moratón.

Si el epílogo de la película es indicio de algo, y si la taquilla acompaña, volveremos a ver a Lorraine Broughton en acción. La secuela de Atómica es inevitable, y la historia de Lorraine tiene mimbres para saga. A ver quién se atreve a decirle que no a la furia de Charlize Theron.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Hemlock Grove (T2): ¿Qué acabo de ver?

Roman Godfrey

No debería sorprendernos ya nada al ver la segunda temporada de Hemlock Grove, porque si nos hemos atrevido a seguir después de aquella indescriptible primera temporada (aquí hago lo posible por describirla), es porque sabemos exactamente lo que la serie de terror de Netflix nos puede ofrecer. Y aún así, es increíble comprobar cómo en estos nuevos 10 episodios las dosis de absurdo aumentan exponencialmente y el caos absoluto que es esta historia (por llamarla de alguna manera) alcanza nuevos límites.

No voy a tratar de resumir la temporada, porque es mejor adentrarse como si nada, y porque no hay sinopsis que valga para que, si no habéis visto esta serie, os hagáis una idea de qué va. Porque nadie sabe de qué va Hemlock Grove, ni los que la vemos, ni los que la hacen. Sabemos que es un cocktail de ingredientes que por separado suenan de lo más atractivo (sexo, poder, vísceras, juventud ociosa y viciosa, divas crepusculares, experimentos genéticos, upirs y vargulfs), pero que juntos conforman el pastiche más extraño e indefinido de la televisión. Como ya sabéis, la serie viene de la mano de Eli Roth, jefazo del torture porn (Cabin Fever, la franquicia Hostel) y auteur de terror (produce mientras duerme, 2001 maníacos, El último exorcismo, etc.). Y se nota, vaya si se nota.

Hemlock S2

Si True Blood (la serie con la que es más fácil compararla) es cerda y cochina, Hemlock Grove es sucia y asquerosa. Y ojo, no lo digo como si fuera algo malo. Si por algo es llevadera Hemlock Grove es por sus altas cotas de gore y su loable empeño en provocar arcadas en el espectador con aberraciones varias (se recomienda no ver la serie comiendo). Hemlock Grove puede ser sensual -ahí están Famke Janssen y Bill Skarsgard para dejarlo patente- pero lo suyo no es la sutilidad o lo sugerente, lo suyo es dar asco, sin motivo, sin explicación, porque quiere y porque puede.

Por eso, además de los contoneos de la Janssen cantando (este año la han convertido en diva de jazz/karaoke) o la fijación por los labios de Skarsgard, esta temporada de Hemlock Grove se ha superado con escenas y bizarradas para el recuerdo: la gigante desfigurada Shelley regalando uno de sus dedos podridos a un niño, Miranda (horrible nuevo personaje) emanando sangre por los pechos, o siendo devorada por Roman (que sigue siendo lo mejor de la serie) provocando una descomunal y preciosa fuente de sangre (sin duda la mejor secuencia de la temporada); todas las veces que Roman se alimenta (y en concreto aquella en la que engulle órganos mutantes en líquido amniótico), o cuando se somete al tratamiento para volver a ser humano (¡agujas en los ojos!); y por supuesto, cuando Peter se transforma en hombre lobo. Extremo, bestia, alucinante. Con diferencia la mejor transformación monstruosa que hemos visto en la tele. Pero la que es sin duda mi escena favorita de la temporada es el cold open en el que ese irresistible Lord Byron que es Roman (atención, la serie es más autoconsciente de lo que parece), acude a un motel de mala muerte y se come las sanguijuelas del torso de un señor mayor como si no hubiera mañana. Precioso. Eso es Hemlock Grove.

Por desgracia, esta segunda temporada ha fallado con el whodunit, ha aburrido con los nuevos personajes, y peor aún, ha dado más peso a la trama de experimentación genética que tiene lugar en la Torre Blanca de los Godfrey, irrisoriamente excesiva hasta para una serie como esta. Hemlock Grove ha rizado el rizo con el regreso de Shelley (que ahora es interpretada por Madeleine Martin de Californication), a la que el doctor Johann Pryce (otro personaje horrible entre tantos, aunque el mejor pronunciando nombres rusos) ha intentado “salvar” trasladando su consciencia al cuerpo de una animadora rubia. Pero bueno, ya hemos visto que con esta serie, todo vale. Sin ir más lejos, en la primera escena de Olivia Godfrey esta temporada, Famke Janssen ha cambiado su acento (antes era supuestamente británico y ahora es yanqui), y se explica como secuela de una operación de lengua. Solo se puede aplaudir.

Hemlock lobo

Hemlock Grove es avariciosamente mala, una producción de tan bajo presupuesto que nunca hay extras y los efectos digitales en 3D parecen hechos en los 90. La seña definitiva de que estamos ante una serie de presupuesto trágicamente ajustado son esas vitrinas Detolf de Ikea decorando las oficinas de la supuestamente vanguardista y multimillonaria White Tower. Pero todo esto forma parte de su encanto, claro. Más que hermana de True BloodHemlock Grove es la respuesta catódica al cine fantástico que vemos en festivales temáticos como Sitges o Nocturna. Un excéntrico cuento gótico, una orgía de nueva carne, un culebrón dinástico (porque en el fondo la serie es toda una telenovela de los 80) sin pies ni cabeza, en el que es inevitable perderse (porque no hay lógica interna para orientarnos), pero que resulta extrañamente magnético. Después de terminar estos nuevos diez episodios -y especialmente después de esa locura de secuencia final en la Torre-, no sé qué he visto exactamente, pero sé que ahora mismo no hay nada igual en televisión, y creo que quiero más.

Hemlock Grove: ¿Por qué me cuesta tanto dejarte?

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De los estrenos originales de Netflix durante 2013, hubo una serie que pasó desapercibida entre los vítores a House of Cards, la expectación alrededor de Arrested Development y la revelación que fue Orange Is the New Black. El servicio norteamericano de VOD estrenó Hemlock Grove, serie de terror creada por Eli Roth, sin obtener demasiada repercusión. Y lo cierto es que es totalmente lógico, porque de toda su oferta de ficción original esta es sin lugar a dudas la más problemática y la que tiene un público objetivo más limitado.

Hemlock Grove es algo así como la True Blood de Netflix. Una historia de terror pseudo-gótico ambientada en un pequeño pueblo de Norteamérica en el que todo el mundo se conoce y todos guardan secretos, en muchos casos relacionados con lo sobrenatural. Como la serie de Alan Ball, Hemlock Grove se regodea en sus escenas de sexo y violencia, con constantes desnudos, una fuerte carga erótica perturbada (con dosis de incesto) y alto contenido en (soft) gore. No cabe duda de que estamos ante una producción del responsable de Cabin Fever y la saga torture porn Hostel. Sin embargo, el formato serial de Hemlock Grove obliga a que la sangre y demás fluidos salpiquen la historia solo en momentos puntuales, dedicando la mayor parte de los episodios a descifrar las tumultuosas relaciones entre las dos familias protagonistas, los Godfrey y los Rumancek.

La historia da comienzo con el asesinato de una joven del pueblo a manos de lo que parece un animal salvaje. A partir de este gastadísimo lugar común, Hemlock Grove genera un gran número de tramas, en su mayor parte inconexas y a la deriva. El factor fantástico de la serie se manifiesta más en su lisérgico e hipnotizador aspecto visual (uno de sus puntos fuertes) que en la propia presencia de criaturas sobrenaturales. Estas se mantienen ocultas bajo fachadas humanas la mayor parte del tiempo, dejando que la mitología se desarrolle a base de insinuaciones, sueños, y con grandes lagunas para que el espectador se pierda en ellas.

Hemlock Grove Bill Skarsgard

Hemlock Grove no puede definirse como una serie de vampiros o de hombres lobo, a pesar de que en técnicamente lo es. Aquí lo que tenemos son variaciones menos conocidas de estos mitos fantásticos, asociadas a los folclores ruso, rumano y escandinavo. Así, en lugar de vampiros tenemos al Upir, y conocemos a la versión más salvaje de los hombres lobo, los Vargulf. Pero estos no pasan a primer plano en ningún momento. Se prefiere mantener un halo de misterio (o de desorientación y confusión como es el caso) hasta la impactante recta final de la temporada, en la que descubrimos quién es el asesino de Hemlock Grove a la vez que lo álter egos monstruosos de los personajes toman forman.

El componente whodunit de Hemlock Grove es lo que hace que la serie pierda el norte en muchas ocasiones. La investigación a manos del sheriff del pueblo y una doctora especializada en animales salvajes -reunión de actores de Battlestar Galactica, Aaron Douglas y Kandyse McClure– es lo que hace que algunos episodios de la serie rocen lo insoportable, ya sea por la ineptitud absoluta a la hora de desenlazar el caso como por el desarrollo del peor personaje de la serie (y de la televisión en 2013), la doctora Clementine Chasseur. La interpretación de McClure es el acto de violencia más estomagante que podemos ver a lo largo de los 13 episodios de Hemlock Grove.

Hemlock Grove Roman Peter

Los actores de Hemlock Grove cumplen con las expectativas del género. Claro que nadie espera interpretaciones dignas de Emmy en una serie como esta. Lo que tenemos aquí es exceso y extravagancia. La nota más afectada la ponen los Godfrey, ociosos herederos agonizando en un pueblo de paletos: la matriarca Olivia Godfrey, una Famke Janssen idónea en el papel de diva camp, con un acento británico de carnaval, y una presencia viperina tan ridícula y aparatosa como fascinante; Su hijo Roman, un galán adolescente desgarbado y hedonista, Bill Skarsgård en un papel que evoca al de su hermano Alex en True Blood, y que es indiscutiblemente uno de los puntos más fuertes de la serie, en parte gracias a su interesante relación amistosa (con tintes homoeróticos) con otro bad boy, el joven Vargulf gitano Peter Rumancek (Landon Liboiron); Y luego está su hermana, Shelley (Nicole Boivin), una adolescente mutante gigante muda sin manos (sí, todo eso). También está por ahí la musa del terror Lili Taylor (lo raro sería que no saliera en algún sitio), haciendo de mamá piquillo; y una adolescente preñada de un ángel, una niña lunática obsesionada con los hombres lobo que se lía con un cadáver cercenado, y un científico loco que dirige experimentos poco ortodoxos en la compañía de los Godfrey. Vamos, una locura sin pies ni cabeza.

Como habréis comprobado, es bastante complicado resumir esta serie, o contar a grandes rasgos lo que uno se puede encontrar en ella. Pero ese es el mayor atractivo de esta ficción guarra y sucia de espíritu Serie B, completamente inmersa en lo bizarro, que dispara sin ton ni son a ver si acierta en algo, desprovista de cualquier tipo de dirección o autocontrol. Sin embargo, como suele ocurrir con muchos productos audiovisuales de dudosa calidad, hay algo que nos atrapa y no nos deja salir. Ya sea por culpa de los suculentos labios de un irresistiblemente autoconsciente Skarsgård, de las truculentas transformaciones físicas que hacen competencia a las muertes de vampiros en True Blood, los increíbles cromas cuando los personajes van en coche, o las húmedas y vibrantes secuencias oníricas, Hemlock Grove es todo un accidente televisivo, una serie mala de la que cuesta apartar la mirada.