Crítica: La librería

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Han pasado ya unos cuantos años y todavía no he logrado saber en qué preciso momento todo cambió entre nosotros. Puede que haya sido culpa mía o acaso el inmenso sopor que me produjeron Elegy o ese maremágnum llamado Mapa de los sonidos de Tokio. No sé, Isabel, siempre te tendré cierto cariño y guardaré cierta esperanza. Porque, a pesar de lo extremadamente mala que era Mi otro yo y la vergüenza ajena que me hiciste pasar con Ayer no termina nunca, sigo pensando que existe alguna posibilidad por pequeña que sea de salvar lo nuestro. Aquí estamos una vez más, intentándolo con La librería.

El punto de partida de este film pintaba bien para nuestro reencuentro: una adaptación literaria de una premiada novela escrita por Penelope Fitzgerald. La librería suponía un retorno a esa atmósfera intimista que tan buenos resultados le dio en el pasado (y en la reciente Nadie quiere la noche). Esta es la historia de Florence Green (Emily Mortimer, Match Point), una mujer que decide montar una pequeña librería en una coqueta población inglesa. La llegada de esta emprendedora supone un revulsivo en la comunidad acomodada de Hardborourgh, especialmente en la cabecilla de todas las cotillas: doña Violet Gamart, interpretada por Patricia Clarkson, chica Coixet en Aprendiendo a conducir y Elegy y secundaria en cualquier comedia, drama o distopía que se haya rodado en el transcurso de las últimas tres décadas.

Además del frío húmedo y las consiguientes reformas para acondicionar el local, Florence se tiene que enfrentar a la curiosidad transformada en inquina de Violet, ya que la Hedda Hopper de la campiña inglesa tiene otros planes para el edificio donde la recién llegada quiere montar su librería. La reina del pueblo quiere montar un centro cultural donde realizar recitales y lecturas. Este gran conflicto sobre el que se levanta la película no tendría sentido en nuestros días, ya que en 2017 ambas cooperarían y montarían una librería con un pequeño espacio polivalente donde realizar presentaciones, conciertos y demás. Puede que hasta colocasen una pequeña barra para servir cafés y algún que otro piscolabis. Una solución en clave de sororidad muy actual que no tiene cabida en una pequeña ciudad inglesa de los años cincuenta.

Coixet construye una de esas típicas películas que rellenan la cartelera otoñal, que ni hace daño, ni mucho menos calan en la retina del espectador. La librería es una película realizada de manera adecuada pero con menos corazón del que cree. Se agradece el solvente trabajo de Mortimer, más que el de una Clarkson un poco más desbocada de lo habitual y el de un Bill Nighy (Love Actually) poco más que correcto, y, especialmente, cierto retorno de elementos puramente coixetianos, como son las disertaciones poéticas en off, que aunque pequen de reiterativas son lo mejor de la película ya que están locutadas por la insigne Julie Christie (la mismísima Lara de Doctor Zhivago, y que ya coincidió con Coixet en La vida secreta de las palabras).

Puede que la nueva Isabel Coixet no esté hecha para mí, o que nunca lo haya estado y haya sido yo el que ha cambiado. Por lo menos esta última vez no ha estado tan mal, ¿no?

David Lastra

Nota: ★★½

Crítica: Su mejor historia

Se apagan las luces del cine y comienza la cabecera del noticiario. Una estridente voz nasal empieza a gritar el texto sobre unas imágenes en blanco y negro de sonrientes mujeres vestidas con unos gastados monos de trabajo que saludan a cámara

– ¡Mujeres! Ellas han tomado las cadenas de montaje de nuestras potentes fábricas y los pasillos de nuestras oficinas cuando nuestros hombres han tenido que marchar al frente para defendernos de la amenaza nazi. Ellas han arrimado el hombro como nadie para que nuestro país no sucumba y siga prosperando en estos duros tiempos de contienda. Ellas han copado el mundo laboral…

– Por lo que también merecen su espacio dentro de la industria del ocio – piensa para sus adentros el director centroeuropeo que se encuentra en el lateral del patio de butacas – pero nada de ‘chick-flicks’, ni mucho menos una cinta de esas que pasa por los pelos el test de Bechdel o el de Pitufina. ¡Lo que necesitamos son monsergas! Tonterías de esas de las que hablan las mujeres cuando se juntan entre ellas. Ya sé que no contratamos a un perro para escribir ladridos, pero necesitamos a una mujer para que escriba todas esas chorradas…

El noticiario sigue, pero ya no logramos diferenciar nada de lo que dice… el público se desespera y no para de hablar. La película por la que religiosamente han pagado está a punto de comenzar… Abandonamos la sala junto al director…

Tras sus años de correrías junto a sus amigotes del movimiento Dogma (Italiano para principiantes), Lone Scherfig se reconvirtió al melodrama con películas como la aplaudida (y sosa) An Education y la fallida One Day (Siempre el mismo día), un género en el que sigue afianzándose con Su mejor historia: una correcta cinta de época cuya protagonista femenina eclipsa todos los agujeros dramáticos del film, algo parecido a lo que hizo Carey Mulligan en An Education.

Catrin Cole es la mujer elegida para ser la voz femenina del cine británico durante la II Guerra Mundial… pero sin ningún cariz revolucionario, ella ha sido contratada para escribir los diálogos de chicas. Todos los episodios románticos, con sus correspondientes besos castos y miradas de cordero degollado. ‘The Nancy Starling’ está llamada a ser el taquillazo de la temporada y la película que levante los ánimos a los habitantes de un Londres asesiado por los bombardeos. Cole se une al equipo de guionistas formado por el correcto y talludito Raymond Parfitt (Paul Ritter, Inferno) y el joven y talentoso Tom Buckley (Sam Claflin, Los juegos del hambre)… No hace falta decir con cuál de los dos hombres comenzará la bella Catrin un bonito toma y daca romántico… ¿Sorprendente? No. ¿Tópico? Sí. ¿Es justamente lo que queremos que pase? ¡Por supuesto! Su mejor historia se construye en base a los tópicos más universales del cine, tanto como la propia película que Cole y compañía están escribiendo. Una decisión lógica ya que ambas están buscando crear un sentimiento de esperanza en tiempos oscuros.

El optimismo de Su mejor historia es tremendamente idealista y contagioso, pero la directora danesa no pierde de vista tampoco la tragedia, ya que como buena historia basada en tópicos, esta tiene sus episodios más o menos siniestros. Ya sea de la mano de la pareja oficial de Catrin, un egocéntrico pintor herido en la Guerra Civil española (Jack Huston, Ben-Hur) o con algún que otro choque con Buckley. Pero ante esos momentos dramáticos, tenemos el consiguiente alivio cómico, personificado en el ‘comic relief’ británico por excelencia: Bill Nighy (Love Actually). Con sus altos y bajos, Su mejor historia destaca sobre la media de la cartelera gracias al trabajo de una de las mejores actrices británicas de su generación: Gemma Arterton (Byzantium). Una vez más, ella vuelve a ser lo mejor de una película en la que participa y sigue haciendo que nuestras esperanzas por verla recoger un gran premio no se pierdan por el momento. Lo único que le queda es encontrar un proyecto a su altura, tener un poco más de suerte cuando se pone a hacer superproducciones (Quantum of Solace, Ira de titanes, Prince of Persia…) y saber torear a los mirones y cuñaos que tanto abundan en el cine.

Su mejor historia no es simplemente un canto de amor al cine, sino toda una declaración de amor a la mujer trabajadora desde una óptica optimista y feminista. Vamos, como tiene que ser.

David Lastra

Nota: ★★★

Crítica: Yo, Frankenstein

Yo Frankenstein

Alérgicos al cine y la televisión que os cambia por completo los mitos que conocéis y amáis de toda la vida, manteneos alejados de Yo, Frankensteinla revisión en clave moderna del ya de por sí moderno Prometeo, creada por los responsables de Underworld (ahí es ná). Alérgicos al cine videojuguero y palomitero que no ofrece nada más que mamporros y efectos digitales, evitad a toda costa esta película, porque luego os quejaréis, y no os faltarán razones, pero a quién se le ocurre, sabiendo lo que hay.

Yo, Frankenstein, segunda película de Stuart Beattie (guionista de la saga Piratas del Caribe, 30 días de oscuridad G.I. Joe) es una desbarrada hiperdigital que solo adquiere algo de sentido cuando comprobamos que se trata de la adaptación de una novela gráfica -medio libérrimo en el que cabe toda alteración posible de los clásicos-, concretamente del cómic homónimo de Kevin Grevioux, que además se encarga del guión de la película. En esta suerte de secuela no oficial de la historia de Mary Shelley nos encontramos con un “monstruo” completamente distinto al que estamos acostumbrados, un atormentado y corpulento galán rompebragas con ínfulas de Batman, abdominales de infarto y gusto por el eyeliner al que da vida (es una expresión) Aaron Eckhart. A pesar del despropósito, no se puede decir precisamente que sea un error de casting. Eckhart es una gran presencia inerte, pero supongo que de eso se trata, ¿no?

El ser sobrehumano creado por el doctor Víctor Frankenstein, rebautizado oficialmente como Adam por la Reina de las Gárgolas (Miranda Otto, ¿dónde te habías metido?), se adapta al futuro después de siglos autoexiliado, y se ve envuelto en una guerra entre los demonios, liderados por un desaprovechado Bill Nighy, y el mermado ejército de gárgolas -liderado por el eye-candy Jai Courtney-, que amenaza con destruir el mundo. Eso es a grandes rasgos Yo, Frankenstein. No es tanto la chiflada premisa lo que falla, como la forma en la que se malgasta un material que podría haber dado para un producto verdaderamente loco, de esos que son tan tan irredentamente malos que no nos queda otra que aplaudir. Pero no ha habido suerte esta vez.

Yo Frankenstein Jai Courtney

En su lugar, lo que obtenemos es una película simplemente estúpida. Yo, Frankenstein está terriblemente contada, es tan literal y explícita en sus planteamientos que demuestra cero confianza en que el espectador sea capaz de sumar dos más dos. “El público que va a ver esto será rematadamente tonto”, debieron pensar los productores. Si no, no se entiende la descacharrante trama “científica” con la que se intenta dotar de rigor (jajaja) al historial médico del machote Adam, y que sirve para forzar la subtrama romántica con una love interest de saldo, Yvonne Strahovski. Además, huelga decir que el film es técnicamente deficiente, tal y como nos adelantaban los trailers. Los efectos digitales son de pena (solo aprueban con nota las transformaciones de los humanos en gárgolas), los monstruos de látex parecen sacados de Embrujadas, y por si fuera poco, el montaje es tan insólitamente desastroso que hace que parezca que faltan la mitad de escenas. Sin duda, da la sensación de que todo en Yo, Frankenstein se ha hecho con prisas para acabar cuanto antes y como sea.

Este cuento de terror gótico moderno y/o fantasía mitológica estaba condenado al fracaso desde que se empezó a gestar. Las películas de este corte (Hansel y Gretel: Cazadores de brujas, Abraham Lincoln: Cazador de vampiros) no funcionan, porque la audiencia masiva no comulga con el aire camp y de serie B que las rodea. Aunque está claro que si uno se deja llevar, estas películas pueden llegar a tener su gracia. Son productos descerebrados, de rápido consumo y que no aspiran a mucho más de lo que consiguen. Sin embargo, en el caso de Yo, Frankenstein, hay un halo de seriedad y grandilocuencia que estropea la diversión (síntoma de autor de cómics que se toma demasiado en serio a sí mismo). Un par de momentos de humor involuntario, el diseño de las gárgolas y algún que otro notable combate compensan el aburrimiento, pero al final, Yo, Frankenstein no sirve ni para matar hora y media en un domingo de apatía.

Valoración: ★½

Crítica: Una cuestión de tiempo

Una cuestión de tiempo

Richard Curtis es uno de los reyes de la comedia romántica, género que a priori no suele tomarse demasiado en serio, y mucho menos despertar alabanzas. Desde Cuatro bodas y un funeral (1994), el director neozelandés de nacimiento, pero británico hasta la médula, ha hecho carrera de películas que combinan el low-brow y el buen gusto British, dignificando el género y sacándose de la manga algún que otro clásico contemporáneo (Love Actually). Curtis es uno de los guionistas de rom-com más respetados de Inglaterra, y sus películas tienen ese je ne sais quoi que conecta con más de un tipo de público -quizás sea solo un caso de “no es bueno, solo es británico”, pero no importa. Para su tercer largometraje como director, Una cuestión de tiempo (About Time), Curtis deja atrás los elencos corales, la influencia de Robert Altman y el formato de micro-tramas para contarnos una “sencilla” historia de amor, la de Tim (Domhnall Gleeson) y Mary (Rachel McAdams). Aunque el abandono de las vidas cruzadas no le impide seguir practicando la narración episódica.

Una cuestión de tiempo es a la vez la comedia romántica de siempre y una propuesta diferente y atractiva. Una película de viajes en el tiempo que no se preocupa en absoluto por explorar las paradojas e implicaciones morales que suelen venir de serie con el género (“No puedes matar a Hitler ni tirarte a Helena de Troya”). En su lugar, lo fantástico está dispuesto como un elemento más del engranaje romántico. En Una cuestión de tiempo, Tim descubre a los 21 años que todos los hombres de su familia pueden viajar en el tiempo, pero solo a instantes y lugares en los que ya hayan estado. Cuando su padre le pregunta qué piensa hacer con sus poderes, Tim responde convencido: encontrar el amor. No hay más que hablar. Esto no es sci-fi, y por tanto, no son oportunas las preguntas del tipo “¿por qué no usa Tim su poder para arreglar esto o lo otro?” o “¿por qué, si según las reglas de la mecánica cuántica…?” Simplemente no serán respondidas, porque no deberían ser preguntadas.

Una cuestión de tiempo Cartel españolUna vez tenemos claro lo que Una cuestión de tiempo es, ya solo nos queda relajarnos y disfrutar. Y sinceramente, es muy difícil no hacerlo con algo tan entrañable, dulce y emotivo como esta película. Aunque nos resistamos, una fuerza nos empuja hacia el corazón de la historia, un corazón que late fuertemente y nos atrapa sin remedioDejar de sonreír es físicamente imposible y que se caiga más de una lágrima tremendamente fácilUna cuestión de tiempo es enormemente cursi y transcurre de la manera más predecible, siguiendo un esquema ABC (o un ABCACBABCD) y agotando todos los tópicos del género. Y aún así resulta cálida y fresca a la vez, gracias sobre todo a la excelente pareja protagonistaDomhnall Gleeson y Rachel McAdams son insoportablemente adorables, los principales responsables de que la película nos encandile desde un primer momento. Sin desmerecer al reparto de personajes secundarios, en especial al espléndido Bill Nighy.

Una cuestión de tiempo es un insistente carpe diem de dos horas que repara en todas las lecciones vitales que hemos de esperar de una película así, pero las entrelaza con una perspicacia a la que no estamos habituados en el género. Es como si viéramos una de esas fotos que la gente comparte en Facebook con mensajes motivacionales y consejos tipo “aprovecha los pequeños instantes”, “el amor de una madre lo es todo” o “quien te quiere doblega el tiempo por ti”, y no quisiéramos borrar (o matar) a quien las ha compartido. De hecho nos los creemos y nos impregnamos de esta filosofía optimista gracias a momentos de comedia realmente inspirados. Curtis consigue que el carpe diem y el “párate a oler las rosas” no suene a vacuo mensaje publicitario por una vez, y aunque sea durante unas horas (o unos minutos), nos proponemos ponerlo en práctica. Puede que el efecto dure poco (la realidad no tarda en bajarte de las nubes) pero se agradece que nos hagan pensar que el mundo es, o puede ser, un lugar mucho más bonito de lo que en realidad es. Y tampoco viene mal que nos recuerden que no hay nada más extraordinario que un día normal.

Valoración: ★★★★