Crítica: Sicario – El día del soldado

En 2015, Sicario sirvió para cimentar la buena reputación de Denis Villeneuve como cineasta, antes de invadir el mundo con la magistral La llegada y hacerse con las riendas de uno de los mayores clásicos de la ciencia ficción en Blade Runner 2049. El film protagonizado por Emily Blunt, Josh Brolin y Benicio del Toro golpeó fuerte a la audiencia por su crudeza, intensidad y pesimismo, y fue nominada a tres premios Oscar. A pesar de esto, Sicario no es la típica película de la que uno espera una secuela, y mucho menos una franquicia. Pero aun así, aquí la tenemos.

En Sicario: El día del soldado (Sicario: Day of the Soldado) comienza un nuevo capítulo de lo que Sony Pictures ya describe como “serie” (están preparando la tercera parte), una nueva pesadilla centrada en los personajes de Brolin y Del Toro, que regresan sin Blunt. Junto a ellos, el director Stefano Sollima (que sucede a Villeneuve) introduce nuevos personajes que ramifican una historia compleja y descorazonadora que nos sumerge de nuevo en el corazón de la guerra de las drogas.

“Esta vez no hay reglas”. Los cárteles han comenzado a traficar con terroristas en la frontera entre México y Estados Unidos, provocando atentados y esparciendo el rastro de muerte mientras los inmigrantes ilegales intentan pasar al otro lado, arriesgando sus vidas por una remota oportunidad de mejorarlas. El agente federal Matt Graver (Brolin) pide ayuda a Alejandro (Del Toro), cuya familia fue asesinada por un capo del cártel en la primera entrega, para provocar la guerra entre cárteles, Para ello, tiene que secuestrar a la hija del asesino de su familia, con el objetivo de desatar el conflicto. Sin embargo, cuando la niña es vista como un daño colateral, la misión se complica y Alejandro se ve envuelto en una situación sin escapatoria, mientras se cuestiona de qué lado está y por qué está luchando.

Sicario: El día del soldado no es tan magistral como la primera, pero al menos tampoco es una mera copia. Sí, Sollima continúa sus temas y trata de replicar el tono intenso, angustioso y desesperanzado de Villeneuve, pero la secuela toma su propia forma aumentando las dosis de acción y violencia, con lo que se construye como una peli sobre terrorismo más (relativamente) convencional, acercándose ligeramente al cine de acción espectáculo de los 90, con sus abundantes tiroteos y baños de sangre. En este sentido, El día del soldado incurre en ocasiones en la violencia por la violencia, con ensañamiento y crueldad para impactar a un espectador que está de vueltas de todo. Claro que el efecto (o el efectismo) funciona, porque la película acaba metiéndose dentro lo quieras o no.

Con El día del soldadoSicario se orienta hacia un público más mayoritario, planteándose menos como un thriller arthouse o una parábola reflexiva y más como una “película de Hollywood”. Claro que su intensidad, aridez, la estimulante ambigüedad moral que la recorre y lo tristemente relevante a la actualidad que es la acaban distanciando del típico thriller de acción desechable. Por otro lado, El día del soldado se beneficia enormemente de las interpretaciones de su reparto. Del Toro y Broslin realizan trabajos excelentes y descarnados, complementados por la entrega y fiereza de la joven promesa Isabela Moner (Transformers: El último caballero, la futura Dora, la exploradora de carne y hueso).

Dominando el ritmo cinematográfico y filmando con pulso e inteligencia, Sollima firma una secuela más que competente, un thriller asfixiante y oscuro repleto de escenas impactantes que no dejan indiferente. A pesar de que es inevitable compararla con su antecesora (lo que hace que echemos de menos el interesantísimo y necesario contrapunto que aportaba Blunt a los protagonistas masculinos), en realidad Sicario: El día del soldado se sostiene por sí sola, reorientando la franquicia y sembrando con sus giros y desenlaces la semilla para una tercera parte que de repente se vuelve necesaria.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Star Wars – Los últimos Jedi

Star Wars: El despertar de la Fuerza marcó el inicio en 2015 de la nueva etapa de la saga galáctica de George Lucas bajo el techo de Disney. Distanciándose de la anterior trilogía de precuelas, J.J. Abrams dirigía una película que se apoyaba fuertemente en la primera entrega de la saga original, recuperando así el espíritu y el estilo del Episodio IV. Claro que, como inevitablemente va a ocurrir siempre con un estreno de tal magnitud, El despertar de la Fuerza no convenció a todo el mundo. El mismo uso de la nostalgia que conquistó a tantos no casó con tantos otros, que acusaron a Abrams de falta de riesgo y originalidad al limitarse a reproducir el esquema narrativo de Una nueva esperanza.

Pues bien, seguramente Lucasfilm y Disney acometieron la secuela de El despertar de la Fuerza con esto muy presente. Si el anterior Episodio transcurría por terrenos conocidos y dejaba un contradictorio sabor a déjà vu, Star Wars: Los últimos Jedi opta por el camino contrario, llevando la historia hacia lugares inesperados, pulverizando expectativas y arriesgando constantemente para sorprender al espectador, todo sin separarse nunca de lo que es Star Wars. Bajo la batuta de Rian Johnson (Brick, Looper), la saga Skywalker se dirige irrefrenablemente hacia el lado oscuro con una aventura mucho más osada en la que por fin sabemos por qué Luke Skywalker ha estado desaparecido todo este tiempo. El personaje de Mark Hamill se convierte en el centro de una trama muy fragmentada que nos muestra a nuestros héroes, los de siempre y los nuevos, luchando por sobrevivir y mantener viva la llama de la esperanza ante el asedio de un Imperio bajo el mando del Líder Supremo Snoke (Andy Serkis), que desea acabar por todos los medios con los últimos resquicios de la Resistencia, liderada por la general Leia Organa (Carrie Fisher).

Como decía, la historia se divide en numerosos frentes. Por un lado tenemos a Rey (Daisy Ridley), que viaja hasta el remoto planeta de Ach-To para convencer a Luke Skywalker de que regrese; por otro a Leia aguantando el fuerte mientras el malvado general Hux (Domhnall Gleeson) le pisa los talones; Finn (John Boyega) y Poe Dameron (Oscar Isaac) se separan para llevar a cabo sendas misiones con el objetivo de escapar del Imperio, el primero emparejándose con Rose (nueva heroína del pueblo interpretada por la encantadora Kelly Marie Tran) y el segundo chocando por sus métodos poco ortodoxos con las dirigentes de la Resistencia, Leia y la almirante Holdo (una Laura Dern, como siempre, inolvidable); y finalmente, se continúa explorando la compleja relación de Kylo Ren (Adam Driver) con el lado oscuro, lo que llevará a desvelar secretos del pasado que sacuden fuertemente los cimientos de la saga.

Uno de los puntos fuertes de esta nueva trilogía es sin duda su reparto, que en esta ocasión brilla con especial intensidad. Mark Hamill nunca ha estado mejor, Daisy Ridley vuelve a demostrar el gran talento dramático que posee, al igual que Adam Driver, con el que comparte algunas de las escenas más escalofriantes de la película. El carismático Oscar Isaac desempeña un papel mucho más extenso que en el anterior film, lo cual es todo un acierto (aunque mantengan a su irresistible Poe separado de Finn casi todo el metraje para decepción de los fans de StormPilot), mientras que Dern, como hemos adelantado, se come la pantalla y compone a un personaje redondo en muy poco tiempo (no hay papeles pequeños, solo actores pequeños). Y por último, todas las intervenciones de Carrie Fisher (que también tiene más tiempo en pantalla que en El despertar de la Fuerza) son conmovedoras, en concreto una escena que pasa instantáneamente a la historia como uno de los momentos más icónicos de los 40 años de saga y con la que es físicamente imposible no romper a llorar (sabréis enseguida a cuál me refiero). Sin duda, la perfecta despedida a nuestra querida princesa y mamá espacial, que nos dejó el año pasado.

El amplio reparto (a los personajes ya mencionados se suman un sinfín de secundarios y algún que otro cameo que hará estallar de felicidad a más de uno), junto al gran número de tramas que se entrelazan sin descanso en Los últimos Jedi dan lugar a la película más larga de la saga, y esto se nota sobre todo en su tramo final, con un clímax impresionante, pero excesivamente alargado. La historia no deja en ningún momento de saltar, los acontecimientos y revelaciones importantes se suceden uno detrás de otro, y el guion está lleno de giros y vueltas de tuerca con los que se busca desconcertar a un espectador que se las sabe todas, y que quizá en esta ocasión no pueda predecir todo lo que va a suceder en la película. Esto resulta en una experiencia consistentemente satisfactoria, inesperada y emocionante, pero también agotadora, a pesar de los abundantes (y a menudo muy geniales) golpes de humor que alivian la tensión. Pasan tantas cosas en el transcurso de dos horas y media que cuando Los últimos Jedi acaba, es difícil digerir todo lo que se ha visto. Ojo, esto no es necesariamente negativo (si acaso, multiplica por mil su ya de por sí intrínseco valor de revisionado), aunque es muy posible que el hecho de que la saga tome otra dirección contraríe a muchos espectadores y divida a la audiencia. Si El despertar de la Fuerza era demasiado igual a la trilogía original, quizá Los últimos Jedi sea demasiado distinta.

Ahora, la valentía con la que Johnson y el equipo de Lucasfilm continúan la mitología (homenajeando mucho, pero mirando siempre al futuro, destruyendo para crear algo nuevo) y preparan a sus personajes para el Episodio final da como recompensa una película grandiosa, en todos los sentidos y de principio a fin; un espectáculo increíblemente épico e intenso, tanto en el apartado técnico y visual como a nivel dramático y emocional, en el que las historias personales de nuestros héroes son tan excitantes como las explosivas batallas en las que se ven envueltos.

Cada recoveco de Los últimos Jedi está cuidado hasta el milimétrico detalle, dejándonos momentos de creatividad y plasticidad desbordante (el uso de la luz y el color, en concreto los contrastes rojo-blanco-negro, es brutal), impecables e inmersivas secuencias de acción e incontables planos de una belleza absoluta. La película hace gala de un refinadísimo sentido de la estética para presentarnos extraordinarias nuevas localizaciones, criaturas insólitas (muchas de ellas marionetas y animatronics, continuando el revival de lo analógico que llevó a cabo El despertar de la Fuerza) y un sinfín de imágenes para enmarcar -como por ejemplo las de la batalla en las minas de sal roja, de las secuencias de acción más asombrosas de toda la saga-, resultado de una nivelada fusión de los efectos digitales más punteros y una dirección artística magistral.

Pero lo que mantiene en pie la descomunal estructura de Los últimos Jedi es el perfecto equilibrio que existe entre la acción y la evolución psicológica (y mística) de unos personajes que están grabados a fuego en el imaginario colectivo, y cuyos tumultuosos conflictos internos y relaciones nunca dejan de ser el (enorme) corazón de la película. A través de ellos y de la guerra que protagonizan, Los últimos Jedi cuenta una historia que, como Rogue One, se antoja muy pertinente a nuestra realidad presente, una versión de Star Wars más multicultural y empoderadora (aunque desilusione al no atreverse todavía a dar visibilidad a la comunidad LGBT) que celebra la humanidad y la dualidad de sus imperfectos héroes, nos vuelve a hablar de la lucha contra el sistema que oprime y nos inspira a pelear hasta el final para impedir su avance y legar la opción de un futuro mejor a las nuevas generaciones.

Por mucho que este Episodio VIII se adentre en rincones sombríos y ponga duras pruebas a sus personajes (y con ellos al espectador), la esperanza siempre prevalece. Por eso, Los últimos Jedi no es solo una de las mejores entregas de Star Wars y un evento cinematográfico sin igual, también es una gran película de y para nuestro tiempo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Sicario

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Incendies puso a Denis Villeneuve en el mapa. Prisioneros Enemy lo confirmaron como uno de los nombres más a tener en cuenta del actual panorama cinematográfico internacional. Con estas tres películas, el realizador quebequés ha demostrado un pulso muy particular a la hora de hacer cine, haciendo gala de un robusto estilo personal con el que industria, crítica y público no han tenido más remedio que fijarse en él. Tanto es así que, cuando se anunció que sería el encargado de dirigir la secuela tardía de Blade Runner, muchos empezamos a tener esperanza en el temido proyecto de Ridley Scott. Pero antes de seguir contando la historia de Rick Deckard (o eso esperamos), Villeneuve se afianza en Hollywood con el narco-thriller Sicario, una de las cintas que suenan con más fuerza para la próxima temporada de premios. Y con razón.

La película nos pone en la piel de Kate Macer (Emily Blunt), una agente del FBI que es reclutada por un oficial de las fuerzas de élite gubernamentales, Matt Graver (Josh Brolin), para que ayude en la guerra contra las drogas en la zona fronteriza sin ley entre Estados Unidos y México. Kate acepta el puesto sin apenas información sobre la misión clandestina que Graver pretende llevar a cabo, como tampoco sobre el enigmático consultor mexicano que lidera el equipo, Alejandro (Benicio del Toro). Con un fuerte sentido de la justicia y el protocolo, hasta el punto de caer en el idealismo ingenuo, Kate se adentra en el oscuro y violento universo de los carteles de la droga de Ciudad Juárez para descubrir que existe una realidad que no funciona según las normas en las que cree.

cartel final SICARIOVilleneuve compone una descorazonadora reflexión sobre los múltiples rostros del crimen organizado y el mundo de las drogas que toma forma en un viaje cinematográfico intenso y pesadillesco. En Sicario no hay héroes y villanos, solo personas abandonadas en el área gris donde las fronteras que definen la legalidad y la moralidad se difuminan por completo y el horror forma parte de la rutina diaria. Emily Blunt personifica con absoluta maestría emocional y medida contención lo que supone poner un pie en esa zona conflictiva, compartiendo con nosotros su angustia y haciéndonos partícipes directos de sus dilemas internos -hasta que el personaje de Del Toro asume el punto de vista principal durante el desenlace, con el que Villeneuve cambia de registro para darnos un clímax algo más hollywoodiense. Pero a lo que íbamos, la actriz británica construye un interesantísimo personaje, una mujer en un mundo de hombres que el guion de Taylor Sheridan se afana en deconstruir, oponiéndola continuamente a los protagonistas masculinos (magníficamente interpretados por Brolin y Del Toro) y obligándola a poner en duda su percepción de la realidad en una lucha constante por sobrevivir. En definitiva, un soberbio estudio de personajes que permite a Blunt dar rienda suelta a su enorme talento.

El trío de ases que la actriz forma junto a Brolin y Del Toro es la mayor baza de Sicario, pero hay mucho más. La película es un trabajo afinado, profundo y lleno de matices en todos los departamentos (la atmosférica fotografía de Roger Deakins y la magistral banda sonora de Jóhann Johannsson, que merece un estudio aparte, deberían llevarse una buena tajada en los premios). Desde su impactante secuencia inicial, con la que Villeneuve establece sin reservas el tono opresivo del film, Sicario propone un descenso a los infiernos del que es difícil escapar, una experiencia agobiante, cruda y salpicada de brutales momentos de violencia (contenida y explícita) que se erige como una de las películas del año.

Valoración: ★★★★

Crítica: Un día perfecto

un día perfecto

Texto escrito por David Lastra

Se podría decir que el 14 de diciembre de 1995 fue uno de aquellos días que podemos denominar como perfecto. En esa fecha se firmaron los Acuerdos de Dayton, el tratado de Paz que supuso el final de la Guerra de Bosnia. Contienda que en no menos de tres años, se saldó con más de cien mil muertos, miles de mujeres violadas y casi dos millones de desplazados. Aunque ignorada (por no decir manejada) por las grandes potencias en su época, este acontecimiento bélico ha provocado unas cuantas obras fílmicas notables (la oscarizada En tierra de nadie de Danis Tanović y el Oso de Oro de Jasmila Žbanić por Grbavica) o En tierra de sangre y miel de Angelina Jolie. El último en unirse a este selecto club ha sido Fernando León de Aranoa con Un día perfecto.

En lugar de abordar alguno de los grandes hitos del conflicto, como podrían ser la masacre de Srebrenica o las violaciones masivas de mujeres musulmanas por parte de las fuerzas serbias, Un día perfecto se centra en un hecho cotidiano, que no nimio: un cadáver de un hombre gordo (el tamaño de la mole es un dato argumental importante) aparece en el fondo de un pozo; si en menos de un día no se saca el cuerpo, quedará contaminado, dejando sin suministro de agua a varias poblaciones de la región. En vez de idear una investigación sobre las causas del asesinato o las identidades de la víctima y el asesino, Fernando León de Aranoa sigue fiel a su perfil de cronista de historias mínimas. Tan ágil como el primer día (o como en su primer largometraje), demuestra que lo suyo es construir historias de ficción con una tremenda base real. En esta ocasión se sirve de la labor de los cooperantes en zona de conflicto que ha conocido de primera mano y, especialmente, en la novela de Paula Farias sobre el conflicto de Kosovo. En esta ocasión, el cambio geográfico no importa, ya que estamos ante la misma mierda de guerra con distinto nombre.

Los cooperantes de Un día perfecto ven la evacuación del gordo como un mero trámite en su agenda. La acción transcurre sin imprevistos hasta que la cuerda con la que han construido la polea se rompe. Es justo en ese momento en el que los espectadores nos unimos a la historia. A priori, la solución parece fácil: encontrar una cuerda nueva y así poder continuar con la evacuación del cabrón del gordo (sic). A lo largo de estas veinticuatro horas, nuestros protagonistas verán que no están en un lugar cualquiera, sino en medio de un(os) país(es) roto(s). Un dato conocido por ellos, pero que no por ello deja de sorprenderles.

Pese a estar situados en un contexto internacional, los personajes de Un día perfecto siguen los cánones del cine de León de Aranoa. Estos cooperantes comparten el sustrato irónico ante las adversidades de los parados de Los lunes al sol, la esperanza idealista de las princesas de Princesas o el mismo rechazo a las convicciones de las autoridades de los chavales de Barrio. Estos ingredientes comunes desembocan en una de las marcas de autor más loables del realizador: la creación de un sentimiento de comunidad entre sus personajes tremendamente creíble para el espectador. Esta creación ficticia, pero puramente real, hace que los personajes esta película funcionen, sino a la perfección (calificativo que vendría a cuento por el título), sí de manera notable siendo estos momentos de unión (y confrontación) de los miembros del equipo lo más certeros del film.

un día perfecto

Ni una sola gota de sangre se muestra durante el metraje, si acaso algún resto sanguinolento reseco. León de Aranoa prefiere mostrarnos los restos del naufragio. Las ruinas, los perros hambrientos, los cuerpos en descomposición. El realizador defiende la necesidad de mostrarnos el horror de la guerra a través de un ejercicio de ficción realista, alejada del recurso poético. Una decisión loable si no fuese por el empeño de acompañar una escena dramática con otra contemplativa con un hit musical .Un esquema demasiado burdo y que repite a lo largo del film.

La naturaleza internacional del reparto de Un día perfecto queda como un simple dato anecdótico, ya que León de Aranoa no cambia ni un ápice su manera de hacer cine ante ese dato. De todos es sabido que un gran nombre al frente del cartel (o dos actores oscarizados, como es este caso), suele hacer que el modus operandi del director español de turno se tambalee y roce la prostitución fílmica. Este no es el caso, y se agradece. Los citados oscarizados actores son Benicio del Toro (Traffic) y Tim Robbins (Mystic River), que encarnan a los perros viejos, cooperantes curtidos en varios conflictos que no les tiemblan las manos ante los horrores de la guerra, pero que no han perdido su toque idealista y sensible. Completan la expedición una cooperante recién llegada (Mélanie Thierry, objeto de deseo en el último Terry Gilliam hasta la fecha, The Zero Theorem), un intérprete (Fedja Stukan, que ya apareció en En tierra de sangre y miel), una analista de conflictos (Olga Kurylenko, chica Bond en Quantum of Solace y chica Cruise en Oblivion) y un niño en busca de un balón nuevo.

Un día perfecto es una fábula que aunque diste de ser perfecta y pueda o no gustar, es completamente necesaria, como toda la filmografía de Fernando León de Aranoa.

Valoración: ★★

Crítica: Escobar – Paraíso perdido

Josh Hutcherson Escobar

Un pequeño pueblo costero de Colombia, una playa de ensueño, arenas blancas, mar cristalino y olas perfectas, el lugar ideal para alguien como Nick (Josh Hutcherson), surfero canadiense que viaja con su hermano y su cuñada a este paraíso que parece a todas luces aún virgen. Allí, Nick conoce a María (Claudia Traisac), chica autóctona de sonrisa irresistible y encanto natural. Es amor a primera vista para Nick, y para ella también, aunque tarda un poco más en darse cuenta. Ambos inician una bonita relación, lo que lleva a Nick a entrar a formar parte de la familia de María y conocer a su tío, el líder popular Pablo Escobar (Benicio del Toro). Todo marcha bien hasta que Nick descubre los trapicheos de Escobar y se adentra en su red de narcotráfico sin saber hasta qué punto llegan los crímenes de su tío político. El paraíso colombiano en el que Nick se enamora se transforma en un infierno del que parece no poder escapar.

Escobar Paraíso perdido cartelEscobar: Paraíso perdido es la ópera prima del actor italiano Andrea Di Stefano, un trabajo de sorprendente temple narrativo e introspección que escapa hábilmente de las garras del biopic común. Escobar no está concebida como una biografía cinematográfica al uso, sino como un thriller con elementos de romance protagonizado por otra persona, en este caso el muy solvente Josh Hutcherson. El mayor acierto de Escobar es por tanto haber relegado al capo de la mafia colombiana a un segundo plano, en lugar de ponerlo en el diván del psicoanalista para humanizarlo y darle sentido a su salvaje comportamiento (tendencia habitual de este tipo de películas). Así, el personaje interpretado con precisión mimética por Benicio del Toro se convierte en una amenaza en la sombra, el hombre detrás del telón, lo que aumenta la sensación de desasosiego y temor hacia él. Escobar opera a través de sicarios mientras él no se mancha de sangre y se dedica a cultivar su imagen pública como político del pueblo y para el pueblo y hombre de familia, lo que brinda una oportunidad de oro para cultivar el suspense en la película.

Situándonos en todo momento en el punto de vista de Nick, Di Stefano logra transmitir el terror de la incertidumbre y la desesperación tras descubrir por fin quién es en realidad Pablo Escobar Gaviria. Después de una primera mitad de exposición e idilio romántico, Escobar estalla en una serie de escenas en las que El Patrón nunca está de cuerpo presente, pero se siente en cada uno de los planos de la película, como si fuera el mismísimo diablo (a destacar la visita a la mina en la que el protagonista recibe un encargo imposible). A medida que Nick trata de salir de las fauces del lobo, su implicación en el Cartel de Medellín es aún mayor, sin que él pueda hacer nada por evitarlo. Esto resulta en un intenso e impactante tramo final en el que Josh Hutcherson hace un gran trabajo luchando para salir de la pesadilla y nosotros deseamos salir con él.

Valoración: ★★★½

Crítica: Guardianes de la Galaxia

Guardians of the Galaxy Star Wars

No es un secreto que Marvel llevaba ya mucho tiempo apuntando hacia las estrellas. Con las dos partes de Thor, el Universo Cinematográfico de Marvel se trasladaba a los reinos de la mitología nórdica, y con Los Vengadores echábamos un vistazo interdimensional a los confines del espacio con la amenaza Chitauri y Thanos (aunque en ambos casos pasábamos más tiempo en la Tierra). Pero este año, la Casa de las Ideas se expande oficialmente hacia el cosmos, y lo hace con una aventura absoluta y extraordinariamente marciana, una entrega del UCM que, más que una de superhéroes, es una auténtica epopeya espacialGuardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy. Con la película dirigida muy eficazmente por el cachondo James Gunn (Slither, Super), las posibilidades de esta macro-historia que comenzó en 2008 (y que no tiene final a la vista) se amplían de manera exponencial. Si una película con un mapache parlante y un extraterrestre-planta, basada además en un cómic desconocido por el gran público, se ha convertido en otro mastodóntico éxito de Marvel (hasta ahí llega la fidelidad de la audiencia), a partir de ahora todo es posible.

Aunque el cómic en el que se basa se remonta a finales de los 60, no cabe duda de que Guardianes de la Galaxia hunde sus raíces en la saga Star Wars, referente indiscutible tanto en lo que se refiere a su argumento como en su vibrante apartado visual. Pero también es fácil detectar en ella elementos de series sci-fi como Farscape o Firefly. De la primera sobre todo esa variopinta y colorida fauna extraterrestre, de las dos el hecho de que los protagonistas sean un ecléctico grupo de forajidos espaciales con pasados oscuros que unen sus fuerzas con un objetivo común. Pero si se trata de encontrar influencias, la más evidente no es otra que Los Vengadores, el éxito que proporcionó el patrón a seguir por el estudio, y que se repite una vez más con Guardianes. No falta nada: historia en tres actos, épica batalla final (con nave gigante desplomándose sobre la ciudad), énfasis en la coralidad del reparto y dosis elevadas de comedia. De hecho, Guardianes es la primera película de Marvel Studios que se puede catalogar abiertamente como “comedia de acción”.

Chris Pratt GotG

La primera parte del filme -tras el nostálgico y melodramático prólogo que nos transporta a los 80 de E.T.– resulta un tanto problemática y atropellada. La culpa la tiene un elevado número de personajes y localizaciones, entre los que la historia va saltando sin (aparente) orden ni concierto, solo cumpliendo la función de aportar los datos necesarios para cimentar la trama. Hay que decir que Gunn lo tenía más difícil que Joss Whedon. Las historias individuales de los Vengadores ya eran conocidas por todos. Las de los Guardianes no. Por eso, Gunn -y antes que él Nicole Perlman, que escribió el primer boceto del guión- tenía la complicada tarea de presentar a un puñado de personajes desde cero, desarrollarlos, enfrentarlos y finalmente convertirlos en un equipo cohesionado, sin la ventaja de contar con medio trabajo ya hecho. Teniendo esto en cuenta, y a pesar de la fragmentación que lastra el primer acto, Gunn ha salido más que airoso. Algo que sin duda se confirma al ver a los cinco héroes juntos en acción durante la segunda mitad del metraje, cuando el filme por fin coge el ritmo y no lo suelta.

Guardianes grupo

Una vez establecido el quién es quién de la galaxia y definido el macguffin de la historia (otra Gema del Infinito que no debe caer en las manos equivocadas), el relato empieza a tomar forma, y los Guardianes se apoderan de él. Lo más destacable de Guardianes de la Galaxia es que, a pesar de contar con un claro protagonista, el encantador sinvergüenza Peter Quill, no se descuida nunca al resto de personajes. Es más, en un momento u otro todos se las arreglan para eclipsar al achuchable Chris Pratt, que sí, es un Star-Lord ideal (porque básicamente es Andy Dwyer en el espacio, y eso nunca podría ser malo), pero no puede evitar que en ocasiones la superproducción le venga un poco grande. Nada que no se solvente con un buen plantel de personajes con el que complementarse:

Gamora -perfecta Zoe Saldana-, letal y robótica extraterrestre de piel verde (una Elphaba alienígena, vaya) que nos proporciona algunos de los instantes más emocionantes y entrañables de la película cuando se entrega a sus impulsos humanos (ella, Peter y Footloose); Drax, un gigante “destructor” que se ríe, literalmente (como todo lo que hace), en la cara del peligro -el luchador Dave Bautista es la verdadera revelación interpretativa de la película, con una precisión cómica sorprendentemente; Groot, adorable criatura árbol que se comunica exclusiva y muy elocuentemente usando únicamente la frase “Yo soy Groot”; y Rocket -doblado excelentemente por Bradley Cooper-, un mapache alterado genéticamente, cascarrabias y aficionado a gastar bromas pesadas, que, lejos de ser reducido a alivio cómico (que no haría falta además), está plenamente definido y tiene tanta o más entidad que sus colegas no realizados íntegramente por ordenador.

Rocket

En el apartado de villanos, Guardianes de la Galaxia no sale tan bien parada, a pesar de la divertida presencia de Michael Rooker como Yondu (que técnicamente no es un villano, solo un paleto amoral). El verdadero malo de la función es Ronan el AcusadorLee Pace le ha cogido el gusto al transformismo-, con Nebula en destacado segundo plano –Karen Gillan sobreactuada en un proyecto en el que no debería chirriar estar sobreactuado. Pero la película cuenta con más enemigos, tantos que es inevitable que estos parezcan desdibujados o desaprovechados, algo que también ocurre con la organización Nova Corps (Glenn Close, John C. Reilly). Esto, más que un problema interno, es un efecto de la acusada serialidad que caracteriza a las películas de Marvel. Estas funcionan cada vez más como una serie de televisión, y es habitual que no se nos presente a personajes “completos” y que se incluyan únicamente pequeñas píldoras de una historia que se desarrollará en posteriores capítulos. De ahí que Thanos aparezca apenas un minuto, o El Coleccionista (Benicio del Toro) protagonice una escena de transición y desaparezca sin más. Y de la misma manera, con Kevin Feige y Marvel actuando como showrunners del UCM, salta a la vista que el director, por mucha voz que haya tenido, ha debido ajustarse a una fórmula testada. Y esto es lo que más chirría de la película, que transcurre sobre seguro, repitiendo lo que ya les ha funcionado anteriormente y dejando poco espacio narrativo para la sorpresa. Aún con todo, Guardianes de la Galaxia es todo lo cerrada, uniforme e independiente que puede ser, sobre todo gracias a su fuerte personalidad y el increíblemente detallado universo que nos presenta.

Gamora y Star-Lord

Guardianes de la Galaxia es un continuo estallido lumínico y multicromático, una fantasía irresistible tanto para los fans de los cómics como para los espectadores más casuales. Conjuga con acierto el fan service propio del estudio (Howard el Pato, Cosmo, el cameo oculto de Nathan Fillion y otros tantos easter eggs) con la pleitesía al gran público, para dar como resultado una película de Marvel que es exactamente como las anteriores, y a la vez es totalmente distinta. Rebosante de descaro gamberro, carisma y socarronería, aderezada con temazos míticos de los 70 y 80 interpretados por Jackson 5, David Bowie, The Runaways…, y un altísimo contenido en one-liners y chistes bobos (algunos graciosos, otros simplemente graciosetes), Guardianes de la Galaxia se presenta como una obra exultantemente viva, musical, y sobre todo iconoclasta.

Para enmarcar planos como el de Peter y Gamora con el walkman y la galaxia como paisaje de fondo, Rocket acribillando a los malos con una metralleta a lomos de Groot, el paseo bailongo de Peter durante los créditos iniciales (y cada vez que alardea de “magia pélvica”), o una de las escenas finales, en la que la película se adentra en terreno sentimental y nos remite a una secuencia clave de Toy Story 3, con resultados igualmente efectivos (Marvel, más Disney que nunca, me vuelve a hacer derramar lágrimas de emoción). Además de todo esto, con el elogio de lo analógico y lo vintage que lleva a cabo (que no os extrañe que el cassette se ponga de moda),  Guardianes de la Galaxia nos devuelve en cierto modo a la infancia y nos recuerda lo que es ver una película de Spielberg por primera vez -no en vano, la primera secuencia en el espacio es un claro homenaje a Indiana Jones y el arca perdida. No estoy seguro de si las nuevas generaciones adoptarán Guardianes de la Galaxia como su Star Wars  (tal y como se ha empeñado la prensa en que ocurra), pero si así fuera, no seré yo quien se oponga.

Valoración: ★★★★½