Crítica: El Libro de la Selva

THE JUNGLE BOOK

El libro de la selva (1967) es uno de los Clásicos Disney más queridos por varias generaciones. Pero también uno de los más difíciles de adaptar para el público actual. Sin embargo, en la Casa de Mickey Mouse, que está viviendo una gran época de esplendor, han debido pensar que no hay reto lo suficientemente grande para ellos. Porque todo queda en familia, el estudio cuenta con Jon Favreau (director de las dos primeras Iron Man) para orquestar un proyecto de gran envergadura, una película ambiciosa y muy complicada de realizar que podría haber salido muy mal, y sorprendentemente funciona a todos los niveles.

La película animada original, más que una historia propiamente dicha, es una serie de viñetas que nos muestran los encuentros de Mowgli con los diversos animales que pueblan la selva donde se ha criado junto a los lobos. El remake de El Libro de la Selva conserva esa misma estructura fragmentada, heredada sin lugar a dudas del material original, la colección de relatos escritos por Rudyard Kipling, pero posee un hilo argumental más definido que mantiene más o menos cohesionada una historia con tendencia a irse por las ramas (nunca mejor dicho). El guion de Justin Marks se apoya más en la obra de Kipling que el clásico de los 60, pero también se encarga de rendir continuo homenaje a la película animada, rehaciendo las escenas clave de la misma (de las que Disney no habría permitido prescindir) y rescatando sus canciones más populares. Como ocurría con CenicientaEl Libro de la Selva es la misma película, pero a la vez es distinta.

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Y hablamos de “remake en acción real”, pero en realidad El Libro de la Selva podría contar como película de animación casi al 100%, en la que prácticamente lo único “real” en ella es el niño protagonista, el torbellino de energía Neel Sethi (un Mowgli muy propio, más niño de verdad que niño actor). Los escenarios naturales de la película están realizados casi íntegramente por ordenador, con un hiperrealismo tan conseguido que será difícil creer que lo que tenemos ante nuestros ojos no existe (asombrosamente, no se le ven las costuras). Y si los escenarios fotorrealistas quitan el hipo, la animación de los personajes que acompañan a Mowgli en su aventura es de otro mundo, tanto que se olvida pronto que son animales realistas parlantes. Sin miedo a exagerar, El Libro de la Selva supone un nuevo hito tecnológico en el cine, un testimonio de su gran avance en los últimos años. Las texturas y los movimientos de Bagheera, Baloo o la manada de lobos de Mowgli (qué adorables los cachorros), unido a la increíblemente orgánica integración de las creaciones CGI con el protagonista (cuando Mowgli toca a un animal, lo está haciendo de verdad), hacen que El Libro de la Selva suponga una experiencia visual sin igual.

El elemento tecnológico y el énfasis en la acción podrían haber jugado en detrimento de todo lo demás, pero El Libro de la Selva no deja que el espectáculo engulla su corazón, que late bien fuerte en todo momento. La película rebosa emoción, y, aunque ya hemos dejado claro que narrativamente es muy dispersa, se las arregla para que su frágil estructura y sus vaivenes tonales (del humor más simpático al puro terror en dos sencillos pasos) funcionen en todo momento. Solo hay un par de salidas de tono en el film, algún que otro chiste anacrónico y el número musical del Rey Louie, sin duda impresionante a nivel técnico y visual, pero completamente fuera de lugar. Por lo demás, un Favreau bastante solvente consigue que nada resulte excesivamente disparatado, que nada rechine, lo cual es un logro enorme teniendo en cuenta lo ambicioso y rocambolesco que es el proyecto si nos paramos a pensarlo, y lo difícil que era convertir el material original en una superproducción disneyana del siglo XXI.

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Y por supuesto, hay que elogiar el excelente trabajo de doblaje de la película, que justifica por sí solo la creación de una categoría a Mejor Interpretación de Doblaje en los Oscar. El reparto de voces en inglés es inmejorable, y más allá de las maravillas informáticas del film, son sus formidables interpretaciones las que hacen que los animales cobren vida de verdad: Ben Kingsley, Lupita Nyong’o, Giancarlo Esposito, Christopher Walken, Scarlett Johansson (con una participación muy breve, aunque al menos tiene una preciosa canción en los créditos), y sobre todo Idris Elba, cuya voz hace que el ya de por sí imponente tigre Shere-Khan resulte más terrorífico aun, y un pletórico Bill Murray, que vuelca toda su personalidad en el papel para convertirse en el Baloo perfecto. Sería un crimen perdérsela en versión original.

El Libro de la Selva es un espectáculo cinemático muy calibrado, una película tremendamente física (y sonora) que invita a sumergirse en sus preciosas imágenes, pero no se olvida de la importancia de compensar la pirotecnia con la emoción (ya sabéis, fórmula Disney). El déficit de atención de su argumento hace que a ratos se tambalee, pero nunca llega a ser un problema grave gracias a un guion que pone la excelencia técnica a su servicio, para favorecer el drama y la comedia siempre que es necesario. En definitiva, otro triunfo de una Disney imparable.

Nota: ★★★★

Crítica: Aprendiendo a conducir

Aprendiendo_a_conducir

Chicos, voy a recomendaros una película de Isabel Coixet. No, no me he vuelto majara. Aprendiendo a conducir (Learning to Drive), el nuevo largo de nuestra internacional directora catalana, es su mejor propuesta en bastante tiempo. Una cinta amable y sencilla, sin pretensiones, que se puede disfrutar si no se le exige demasiado (algo fácil, gracias a su naturaleza relajada). Como leéis. Una película de Isabel Coixet sin pretensiones. Parece mentira, pero no lo es. Quizás por eso, porque Aprendiendo a conducir no es la quintaesencia coixetiana, me ha resultado más digerible.

La película continúa el recorrido internacional que la directora lleva realizando desde que estrenase su aclamada Mi vida sin mí, y que le ha llevado a Irlanda, París, Vancouver, Tokio o Gales (esta última para dirigir a Sophie Turner en la fallida Mi otro yo), con un aparte en forma de “regreso al futuro” ambientado en nuestro país en la atroz Ayer no termina nunca (que para eso, no vuelvas). En Aprendiendo a conducir Coixet regresa a las ajetreadas calles de Nueva York después de Elegy, para seguir explorando el enigma de las relaciones interpersonales en el Siglo XXI, y lo hace junto a dos pesos pesados de la interpretación, Sir Ben Kingsley y la omnipresente Patricia Clarkson.

Los actores dan vida a dos personalidades muy dispares, Darwan, taxista e instructor de autoescuela de origen indio, y Wendy, neurótica e impulsiva escritora de Manhattan. Todo comienza con un encuentro fortuito entre ambos (estar en el lugar adecuado en el momento justo, la magia de Nueva York), cuando Wendy toma el taxi de Darwan después de que su marido (Jake Weber) le haya APRENDIENDO_A_CONDUCIR_-_postercomunicado que da carpetazo a su matrimonio para irse con otra más joven. Neoyorquina de pura cepa, de clase alta y con marido con carnet de conducir, Wendy nunca ha necesitado sacarse el permiso. Cuando se presenta la oportunidad de mudarse con su hija (Grace Gummer) a un entorno rural para empezar un nuevo capítulo de su vida, Wendy decide recibir clases de conducir de Darwan.

Mientras conducen por las calles de Manhattan, instructor y alumna desarrollan una amistad especial con la que Coixet explora los conceptos de la soledad, la dependencia (e independencia) emocional o las diferencias culturales, todo bajo el incomparable marco de diversidad y mezcolanza que es Nueva York. Las clases de conducir son un pretexto para sumir a Wendy en un proceso de aprendizaje que la pondrá en contacto directo con la vida y las costumbres del inmigrante neoyorquino, víctima de la hipervigilancia post-11-S y los prejuicios raciales, le ayudará a poner sus problemas en perspectiva y en última instancia le servirá para tomar el control de su vida.

El nexo de unión que se forma entre Wendy y Darwan vertebra una película agradable y bienintencionada que, a pesar de transcurrir a base de tópicos del “cine emocional” y estar llena de obvias metáforas, evita caer en excesos melodramáticos (véase por ejemplo la comedida pero potente despedida de Wendy y Darwan). Coixet (que no escribe el guion, y ahí puede estar la clave) compone un film equilibrado y elocuente, y lleva a cabo en él una estimable dirección de actores, sacando el máximo partido a Kingsley y Clarkson, que encuentran el punto medio exacto entre el drama y la comedia para dar vida a sus personajes. Aprendiendo a conducir aborda temas importantes de forma liviana, con naturalidad, respeto y ante todo, optimismo.

En definitiva, estamos ante una película de Coixet descargada de los vicios que hacen su cine reconocible a la legua, y que podría ir firmada por cualquier director del club Sundance. Que esto sea algo positivo o negativo depende de nuestra relación con la directora y su cine.

Valoración: ★★★½

Crítica: Exodus – Dioses y reyes

Exodus Moisés y Ramsés

“Todo esto ha pasado, y volverá a pasar”. No cabe duda de que estamos condenados a vivir la misma historia una y otra vez. Las ideas originales escasean, y Hollywood se abastece de remakes y reinterpretaciones (que no son tal cosa) de relatos clásicos llevados al cine en numerosas ocasiones. Es más, los ciclos son cada vez más cortos -¿cuántas veces nos van a contar las historias de Spider-Man, Peter Pan o Batman, lo que ocasiona una constante sensación de déjà vu y consecuente hastío en el espectador. Por eso, de entrada la nueva película de Ridley ScottExodus: Dioses y reyes, se nos antojaba a todos innecesaria. ¿Por qué contar una vez más el relato bíblico de Moisés y Ramsés si no es para proponer algo distinto que justifique pasar por la enésima iteración de la historia? Sobre todo cuando ya existen películas como Los diez mandamientosEl príncipe de Egipto (o aquel genial episodio de historias de la Biblia según Los Simpson). Pues bien, después de ver la película, esa pregunta sigue sin respuesta. Aunque eso no quiere decir que Exodus sea un desastre, nada más lejos de la realidad, solo significa que no tiene razón de ser.

Scott, que a estas alturas no necesita ningún tipo de validación artística por sus decisiones profesionales (total, generalmente se le niega por defecto antes de ver sus películas), se ha limitado a orquestar con mano maestra una superproducción clásica, muy clásica, un péplum de los de toda la vida, sin cuestionarse por qué. Exodus es un espectáculo cinematográfico totalmente desprovisto de riesgo y originalidad que sin embargo funciona porque sus aspiraciones se circunscriben exclusivamente a las del blockbuster complaciente y digerible. Esto no se asemeja Exodus_Posterni remotamente al Noé de Darren Aronofsky, sino que propone un regreso a lo conocido, a la seguridad del Hollywood de los estudios y el Star System. Claro que a pesar de esto, Scott y los cuatro guionistas acreditados en Exodus (sí, cuatro, y se nota) se permiten ciertas licencias con respecto a cómo se ha trasladado tradicionalmente el segundo libro de la Biblia a la pantalla. Los cambios más significativos son la manifestación de Dios como un niño (estupendo el actor infantil, chocante la decisión), la separación del Mar Rojo, que tiene lugar de manera natural en lugar de por arte de “magia”, y básicamente que Moshé no obra milagros, sino que se comporta como un guerrero, un líder militar, incluso un héroe. Generalmente, Scott opta por cimentar el film en la historia y la ciencia, evitando el género fantástico al que sí se entregó la mencionada Noé, y dejándose en el camino ciertos pasajes y elementos de la Biblia (una espada sustituye a la Vara de Moisés), con la intención de realizar una película más cercana a Gladiator que a Los diez mandamientos.

Narrativamente, Exodus sale perjudicada por un evidente exceso de tijeretazos en la sala de montaje (¿pensando quizás en el Director’s Cut?), sobre todo en el apresurado desenlace, en el que las Tablas de la Ley son introducidas con calzador. Es obvio que faltan escenas (el personaje de Aaron Paul queda reducido a un par de intervenciones sin apenas diálogo, a pesar de su peso en la historia), y sobran otras tantas (la mitad de tiempo en pantalla de María Valverde es para nada). Esto hace flaco favor a un guión ya de por sí anémico, en el que los personajes son entes planos (Ben Kingsley y Sigourney Weaver no tenían nada mejor que hacer) y los vínculos que los unen apenas existen. Salta a la vista sobre todo en la relación entre Moisés y Ramsés, (supuestamente) el núcleo de la película. Christian Bale y Joel Edgerton llevan a cabo un trabajo interpretativo notable (Edgerton más del lado de la caricatura), pero ni así son capaces de extraer la vida necesaria de un libreto que no sabe plasmar las verdaderas implicaciones psicológicas y familiares de la historia -como vemos también en la nula relación de Seti (John Turturro) con sus hijos. Y a pesar de todo esto, es Ridley Scott, alzándose por encima de las circunstancias, quien sí logra exprimir las posibilidades cinematográficas que brinda la liberación del pueblo hebreo de los egipcios, para enarbolar un producto técnica y visualmente impresionante con cierto aire a cine de catástrofes, una gran epopeya en la que las impecables secuencias de las Siete Plagas y el Mar Rojo (¡un tsunami!), así como su excelente factura (diseño de producción, vestuario y la música de Alberto Iglesias), nos ayudan a obviar las carencias del guión.

Valoración: ★★★

Crítica: Los Boxtrolls

Boxtrolls

Texto escrito por Daniel Andréu

Hemos llegado a un punto en el cine de animación en el que las películas realizadas por ordenador y en 3D cada vez consiguen parecer más reales, dando a veces la sensación de que se está viendo una película en la que los personajes están ahí de verdad y podemos tocarlos. Por eso cuando llega una realizada mediante la técnica tradicional del stop-motion, en la que los personajes realmente están ahí, uno espera encontrarse con algo totalmente distinto también desde el punto de vista narrativo, cuando no suele ser así. Es el caso de lo nuevo del Estudio Laika, Los Boxtrolls (Graham Annable y Anthony Stacchi), que cuenta la historia de un bebé adoptado y criado por unos adorables monstruitos que viven metidos en cajas en su mundo bajo el subsuelo. La película no esconde ningún secreto ni se complica más allá de esta premisa de cuento infantil, sin embargo, con ella los responsables de Coraline y ParaNorman logran un nuevo prodigio técnico en el arte de esta técnica de animación.

Como decía, y no es por restarle mérito al loable trabajo artesano del estudio, Los Boxtrolls no ofrece nada que no nos hayan dado ya el resto de películas stop-motion recientes, es decir, un apartado artístico inmejorable: La ciudad levantada para ambientar este cuento consigue tener entidad propia, contribuyendo a la sensación de locura y desorden que reina en el largometraje. El diseño, tanto de esa ciudad como de los personajes, es correcto y coherente, realizado con una mezcla de feísmo grotesco, estilo victoriano y con bastantes dosis de steampunk

Los que deberían ser los absolutos protagonistas de la película, los boxtrolls (esa especie de Raving Rabbids de época), dan muchísimo juego, pero están algo desaprovechados a favor de lo que es el principal lastre de la película, el arco narrativo central. La historia del “Mowgli” que vuelve al mundo “real” se ha contado demasiadas veces y en este caso se le da un peso excesivo, llegando el filme tener un tramo central en el que casi no hay rastro de las adorables criaturas. Por suerte hay también otros Boxtrolls cartelpersonajes que merecen la pena, como el rastrero villano deseoso de poder, o Lord Portley-Rind obsesionado con el queso hasta la alienación, y sobre todo los esbirros de ese villano, que hacen unas reflexiones sorprendentemente interesantes sobre la dualidad del bien y del mal. A estos personajes les debemos además una de las mejores escenas post-créditos que he visto nunca, tan sencilla como genial, y de la que no desvelaré nada porque merece la pena descubrirla. Otro aspecto interesante que introduce el lord de una forma intrigante en la película es la homosexualidad (algo que no pillará de nuevas a los que vieron ParaNorman), aspecto del personaje que, lejos de quedar en mera anécdota, entronca directamente con una de las moralejas de la película: “hay que salir de la caja y ser uno mismo”.

Los Boxtrolls deja entrever unos cuantos referentes perfectamente integrados en el conjunto, de manera que no resultan toscos y evidentes, como suele ocurrir en el cine infantil reciente. Además de la citada influencia steampunk, o de las reminiscencias a los Rabbids, comparte algunos aspectos estéticos con otra serie de videojuegos, la saga del Profesor Layton. No podemos pasar por alto tampoco la canción de los boxtrolls, escrita por el Monty Python Eric Idle, ese “¡EXTERMINAR!” tan dalekiano, el arma definitiva del malo de la película que es como un hijo del Castillo Ambulante de Miyazaki, o ese momento en el que el inventor aparece montado en un vehículo y parece literalmente una versión en 3D del Profesor Locovich de los Autos Locos.

Por último, el buen trabajo de un doblaje profesional en la versión española, sin invitados famosetes, consigue que duela menos no disfrutar en el cine de la versión inglesa, que cuenta con nombres como Ben Kingsley, Richard Ayoade o Elle Fanning entre muchos otros.

Los Boxtrolls merece la pena aunque sea solo por su presentación y desenlace. Si bien cuenta con una parte central irregular, el tramo final consigue remontar el vuelo a lo grande, transformando la película en una locura frenética y extremadamente divertida, a lo que contribuye la conclusión que se le da al personaje malvado, que no puede ser más épica, incluso grotesca y violenta. A pesar de no suponer ninguna revolución, Los Boxtrolls es una auténtica delicia de visionado obligatorio para niños y aficionados al género, cuyo espíritu confiamos en que permanezca vivo en la industria del cine gracias a futuros proyectos de Laika.

Valoración: ★★★★

Estrenos navideños 2013

La vida secreta de Walter Mitty

La vida secreta de Walter Mitty (The Secret Life of Walter Mitty, Ben Stiller)

No hay nada más navideño que la publicidad. Que la nueva película como director de Ben Stiller se haya estrenado el 25 de diciembre (tanto en Estados Unidos como en España) es toda una declaración de intenciones. Al igual que a comienzos del año Vince Vaughn y Owen Wilson (como Stiller, desesperados por gustar a todo el mundo) nos vendieron esa utopía aspiracional que es Google en Los becarios, con La vida secreta de Walter Mitty (el regalo de Ben Stiller al mundo) se nos taladra con el lema de la revista LIFE para enseñarnos que todo es posible y uno debe lanzarse a la aventura para descubrirlo (si no tenéis dinero para viajar por el mundo os jodéis y os dais una vuelta por el barrio, que seguro que os esperan mil y una aventuras a la vuelta de cada esquina). Carl Fredricksen doesn’t approve.

La vida secreta de Walter Mitty es un panfleto motivacional encantado consigo mismo. Llega un momento en el que, si no fuera por la saturación de efectos digitales, pensaríamos que estamos viendo un publirreportaje. A partir de un relato de James Thurber, Stiller levanta una película artificial y artificiosa, cargada de buenas intenciones pero construida desde la falsedad y la manipulación emocional. Al pequeño Ben se le ve el naipe debajo de la manga en todo momento. Recurre a los trucos más descarados (canciones sobreutilizadas de Arcade Fire y David Bowie para marcar las emociones, ensoñaciones manufacturadas para engordar el ego de Stiller, lecciones de vida para privilegiados), y es su falsa modestia lo que desvela desde el primer minuto lo confeccionado y calculado de la propuesta. Pero si hay algo peor que querer vendernos la moto, es tener a Kristen Wiig para hacerlo y desaprovechar su presencia trágicamente. Hay varias escenas en las que Stiller consigue emocionarnos, pero es a base de tanto esfuerzo y planificación que uno empieza a preguntarse si lo que siente es real o le acaban de lavar el cerebro.

Valoración: ★★

El médico

El médico (The Physician, Philipp Stölzl)

No hay vacaciones de Navidad que valgan sin el estreno de una súper producción. Las más importantes nos llegan un par de semanas antes de las fiestas. Y este año, Papá Noel nos ha dejado a los españoles en exclusiva la esperada adaptación de la célebre novela de Noah GordonEl médicoestreno simultáneo con Alemania, país de origen de este blockbuster europeo. Con varios videoclips de Madonna y Rammstein y algún que otro thriller de acción de tercera, Philipp Stölzl capitanea un proyecto arriesgado que tiene todas las de perder y sin embargo sorprende por su naturaleza centrada y su gran entendimiento de lo que debe ser una épica histórica para todos los públicos.

Dejando a un lado las inevitables polémicas que conlleva la adaptación de un best-seller leído por más de medio mundo (que si han cortado este capítulo importante, que si se han inventado esto, que si no me imaginaba al protagonista con esa cara), El médico triunfa a la hora de trasladar a la pantalla la esencia del libro tras un competente ejercicio de condensación y reorganización narrativa. El metraje es extenso (y más lo será cuando se estrene como miniserie de televisión), pero no se hace interminable. Cuenta muchas cosas y abarca un longevo periodo de tiempo, pero no da la sensación de que está calzando escenas a la fuerza, acelerando o mutilando la historia para que encaje en menos tiempo (aunque sepamos que lo está haciendo). En definitiva, El médico logra ser una película en sí misma, un trabajo cinematográfico más que correcto, con valores de producción excelentes, ausencia de remilgos en los aspectos más escabrosos de la historia y buen casting (destacan Ben Kingsley y el joven protagonista, Tom Payne) que cumple de sobra el papel del cine-espectáculo para las vacaciones.

Valoración: ★★★

Caminando entre dinosaurios

Caminando entre dinosaurios (Walking with Dinosaurs 3D, Barry Cook, Neil Nightingale)

Esta producción de la BBC es la propuesta más esencialmente infantil de la cartelera. Caminando entre dinosaurios es casi una atracción de museo de ciencia para los más pequeños. Una extensión cinematográfica de todos esos programas de la cadena inglesa (y algún que otro spin-off teatral) que han acercado la paleontología a los más pequeños convirtiendo a los dinosaurios en objeto de asombro y admiración. La película de Barry Cook y Neil Nightingale está entre el documental educacional y el cuento de antes de irse a dormir, y la tecnología 3D es el reclamo definitivo para los niños que desean con todas sus fuerzas caminar entre dinosaurios.

El problema, como cabía esperar, es que no hay nada que pueda interesar mínimamente al padre que acompaña al niño, o al adulto dinófilo. La historia de Caminando entre dinosaurios pellizca de varios éxitos de animación y recuerda inevitablemente al clásico de los 80 En busca del valle encantado, pero no hay verdaderas aspiraciones más allá del aspecto visual. Una pena teniendo en cuenta que el despliegue es enorme. Claro que Caminando entre dinosaurios está hecha exclusivamente para menores de 10 años, y aunque sepamos que es posible un cine “infantil” sin límite de edad, ellos disfrutarán sin duda de las peripecias de Patchi y sus amigos.

Valoración: ★★