[Crítica] Liga de la Justicia: Make DC Great Again

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Que DC se ha encontrado con todos los problemas habidos y por haber para hacer despegar su universo cinematográfico es algo sabido por todos. El caos detrás de las cámaras ha servido como combustible inagotable para titulares alarmistas y sensacionalistas (la mayoría por desgracia ciertos, como hemos ido comprobando), pero no se ha quedado ahí, sino que también, y esto es lo peor, se ha visto reflejado en las películas, pruebas fehacientes de todo lo que ha ido mal durante la producción.

El tibio recibimiento a El hombre de acero la acabó convirtiendo en un falso comienzo. Batman v Superman fue aniquilada por la crítica y dividió a la audiencia, exactamente igual que Escuadrón Suicida, que fue montada y remontada según Warner oía llover. El rayo de esperanza que DC necesitaba llegó con Wonder Woman, la primera película de la etapa moderna del estudio que recibía aplausos casi unánimes. La princesa amazona marcaba el ejemplo a seguir para las siguientes entregas del DCEU: más luz, más humor, y más corazón. Y así llegamos a Liga de la Justicia (Justice League), la esperadísima primera reunión en el cine de acción real de los icónicos héroes de DC, un sueño para tantos fans de los cómics y una película que, aun con sus muchas trabas, sitúa a la saga en el camino correcto.

El problema de DC siempre fue querer empezar la casa por el tejado. Eso, sumado a una falta de visión a largo plazo, actores que no se comprometen del todo con sus personajes, su apuesta por la perspectiva de autor para luego anularla según vire el mercado o la opinión en Internet, y un caprichoso calendario de proyectos que no hace más que cambiar, ha provocado que Liga de la Justicia nazca en las peores condiciones posibles. Por no hablar del ajetreo en la silla del director. Debido a una tragedia personal, Zack Snyder tuvo que abandonar el proyecto hacia el final, siendo sustituido por Joss Whedon, que acudía a DC después de su periplo en Marvel para terminar el trabajo de Snyder y añadir nuevas escenas (a la vez que desechaba muchas otras) con el objetivo de reestructurar la película y modificar el tono. Por todo esto, vaticinábamos un desastre de proporciones mayúsculas, pero lo cierto es que podría haber sido mucho, pero que mucho peor.

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De hecho, Liga de la Justicia es todo lo que cabe esperar de una película de superhéroes clásica, ni más ni menos: épica, ensordecedora, repleta de acción, y sobre todo, muy divertida. Pero lo más sorprendente es que además es narrativamente coherente, un auténtico logro teniendo en cuenta las circunstancias. Unir los dispares universos de Superman, Batman y Wonder Woman a la vez que se introducen (ahora sí de verdad) a los miembros restantes de la Liga, Flash, Aquaman y Cyborg (los tres todavía sin su propia película en solitario) era una tarea complicada, y Snyder, con la ayuda de Whedon, ha salido airoso en la medida de lo posible.

Para hacer converger todos los frentes de la historia se recurre al villano Steppenwolf, del que ya tuvimos un adelanto en Batman v Superman, otra criatura digital sin personalidad que no es más que un catalizador para desarrollar la acción (busca reunir las Cajas Madre para hacerse con su poder infinito) y una excusa para juntar a nuestros héroes. El esquema es muy similar al de Los Vengadores, con Bruce Wayne (Ben Affleck) haciendo las veces de Nick Fury al reclutar uno a uno, con la ayuda de Diana Prince (Gal Gadot), a los componentes de este variopinto equipo de metahumanos.

El primer acto intercala las distintas historias individuales esforzándose al máximo por no atropellarse en exceso con tanta trama, y aunque le cuesta, lo consigue, manteniéndose centrada la mayor parte del tiempo en el objetivo de unir a la Liga para impedir que una nueva invasión extraterrestre acabe con el planeta. Un planeta, por cierto, sumido en la desesperanza, la discriminación y el odio que necesita urgentemente nuevos héroes tras la muerte de Superman (un evidente símil con la Norteamérica de Trump que, tristemente, se queda en nada). En el segundo acto, que arranca con un impresionante primer enfrentamiento con el villano, el supergrupo empieza a tomar forma mientras sus miembros se van conociendo, con el obligatorio choque de egos, pero también mucho sentido del humor y chascarrillos para aligerar de peso la película. Finalmente, el clímax, más precipitado, nos depara otra ruidosa y aturdidora vorágine de destrucción digital como en las anteriores entregas de DC. No obstante, en esta ocasión (sorpresa) no se alarga hasta la desesperación y no desvirtúa lo que se ha visto hasta ese momento.

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Ante todo, lo mejor de Liga de la Justicia son sus héroes, como debe ser, encarnaciones esta vez más atinadas de los populares personajes del cómic. El reparto funciona a las mil maravillas, en especial gracias a las incorporaciones del imponente Jason Momoa y ese nervio puro que es Ezra Miller, dos de los mayores aciertos de DC hasta la fecha. Ellos proporcionan algunos de los momentos más simpáticos del filme (sobre todo Barry Allen, que tiene las mejores frases, aunque también los momentos más vergonzosos, todo hay que decirlo), pero quien funciona como ancla del grupo es Gadot, robando escenas y aportando a la película y al grupo todo lo que hizo de Wonder Woman un triunfo (emoción, motivación, baliza moral), hasta el punto de hacer despertar a Affleck, que no solo ofrece una interpretación sólida, sino que además por momentos hasta parece estar pasándoselo bien. El Batman de Liga de la Justicia supone una mejora enorme con respecto al de Batman v Superman, es más humano, un personaje más definido y congruente, por lo que sería una pena que ahora que se está haciendo con él, Affleck abandonase su compromiso con el Hombre Murciélago. Por último, Cyborg es quizá el eslabón más débil del equipo, pero no por el guion o por la interpretación de Ray Fisher (más que correcta), sino porque es el menos conocido, y por ahora el menos interesante.

Mención aparte merece Superman. Lo de El Hombre Acero podríamos llamarlo “el secreto peor guardado de DC” si en algún momento hubiéramos creído que el estudio deseaba mantenerlo oculto. Clark Kent regresa de entre los muertos cuando más se le necesita. Y no podría ser de otra manera. Superman tenía que formar parte de la primera gran aventura de La Liga de la Justicia como fuera. No desvelaré nada sobre su regreso, porque al menos eso sí se lo han guardado, solo diré que, aunque Henry Cavill siga siendo un Superman ideal y esta vez se haya captado mucho mejor la esencia del personaje, el bigotegate está a punto de estropearlo todo. Como sabéis, el actor británico estaba en pleno rodaje de Misión imposible 6 cuando Warner lo llamó para grabar escenas adicionales de Liga de la Justicia bajo la batuta de Whedon. Este acudió al rescate, pero Paramount (el estudio detrás de MI:6) le prohibió por contrato afeitarse el mostacho que lucía para su película. ¿Cuál fue la solución? Borrarlo digitalmente en las nuevas secuencias de Liga de la Justicia. ¿Y el resultado? Una auténtica debacle. El efecto para eliminar el vello facial es tan chapucero, llama tanto la atención, queda tan mal que no solo sirve para identificar las escenas rodadas a posteriori, rompiendo bastante el fluir de la película, sino que distrae sobremanera de la historia. Para reír por no llorar.

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Además de los seis héroes principales, la película cuenta con secundarios de cada una de sus franquicias individuales (Amy Adams, Jeremy Irons, Connie Nielsen y un largo etcétera), más nuevas incorporaciones, como Amber Heard en el papel de Mera o J.K. Simmons como el comisario Gordon, buenos aperitivos de las próximas entregas en solitario de la franquicia. El reparto es tan numeroso que es inevitable que muchos personajes se queden como “meras” anotaciones a pie de página, pero no importa demasiado, ya que el guion establece claramente desde el principio quiénes son los protagonistas, y Snyder (y Whedon) se encarga de darles a cada uno muchos momentos individuales y en grupo para brillar. Así, Liga de la Justicia logra un equilibrio que parecía imposible, y que, aunque corre el riesgo de romperse en cualquier momento, se mantiene hasta el final.

Pero por supuesto, la cinta también tiene sus problemas, como hemos adelantado. Y no son precisamente insignificantes. Ya hemos mencionado a Steppenwolf (que a pesar de no llegar al nivel de despropósito de los malos de Escuadrón SuicidaWonder Woman, no está a la altura de la ocasión), y al verdadero villano de la película, el no-bigote de Henry Cavill. Pero también hay que criticar la objetificación sexual a la que se somete a Wonder Woman de nuevo bajo la mirada masculina (los planos recreándose en sus nalgas y escote son frecuentes), especialmente indignante después de lo que Patty Jenkins hizo con el personaje -aunque no lo suficientemente grave como para estropear todo lo que la convierte en uno de los puntos más fuertes de la película. Y por encima de todo, está la inconsistencia formal que tanto ha mermado las anteriores producciones de DC, y que aquí se ve magnificada por la presencia de dos directores cuyo trabajo no se ha podido unir sin costuras. La paleta cromática, el CGI, el aspecto de los actores y la iluminación difieren tanto entre escenas que hacen que el acabado visual sea mucho menos atractivo de lo deseable.

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Aun con todo, Liga de la Justicia es mucho mejor de lo que debería. El reparto está fantástico y la química salta a la vista, la acción es brutal (agotadora, sí, pero mucho menos embarullada y confusa que de costumbre), no se cae en el exceso de solemnidad ni se abusa demasiado de la cámara lenta (es decir, el snyderismo se ha rebajado, afortunadamente), los diálogos son acertados tanto a nivel cómico como dramático la mayor parte del tiempo, y con dos horas justas de duración, el metraje no se alarga innecesariamente, dejando poco espacio para el aburrimiento.

El éxito de Wonder Woman ha ayudado a establecer un tono más equilibrado, más ligero, lo que debería animar a ser menos exigente con ella, y los aportes de Whedon (si los hemos identificado bien) ayudan a humanizar a los personajes y estrechar sus vínculos cuando más hace falta, redibujando el itinerario de la franquicia hacia un futuro más optimista. Liga de la Justicia es un espectáculo muy imperfecto, pero también tremendamente divertido y explosivo, puro cine de superhéroes y puro cómic. No es la película de DC definitiva, pero sí una señal de que quizá no todo esté perdido y algún día podamos tenerla.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Batman v Superman – El amanecer de la justicia

Batman v Superman

Hace tres años, Warner Bros. lanzaba oficialmente su nuevo Universo Cinematográfico DC con el estreno de El hombre de acero (Man of Steel). Sin embargo, la película de Zack Snyder no recibió el beneplácito unánime de la audiencia (ni de la crítica, aunque eso sobre decirlo), por lo que quedó más bien como un prólogo a la macro-historia que iba a empezar a contar, ahora de verdad, con Batman v Superman: El amanecer de la justicia (Batman v Superman: Dawn of Justice). Con excepción de la trilogía del Caballero Oscuro dirigida por Christopher Nolan -que no pertenece a esta nueva etapa de DC pero ha marcado su personalidad- Warner no ha sido capaz de afianzarse en su estilo, como sí ha hecho la competencia, Marvel StudiosEl hombre de acero ponía de manifiesto los problemas de su aproximación (la de Snyder y David S. Goyer) al cine de superhéroes, y hacía necesario que estos fueran erradicados de cara a la inminente expansión de su universo de ficción. Por eso, Batman v Superman es un amanecer en más de un sentido. Es un nuevo comienzo, una oportunidad para enmendar errores y situarse en el camino correcto. ¿Ha aprendido Snyder de la experiencia? ¿Arregla Batman v Superman lo que supuestamente rompió o no supo construir El hombre de acero? Sí… Pero no.

Más allá de la polémica por la caracterización de Kal-El, para muchos una traición al personaje de los cómics, dos de las quejas principales con respecto a la primera película sobre el hombre de Krypton (y a la ouvre comiquera de Snyder en general) se referían a su tono excesivamente serio y grandilocuente (oscuridad no equivale a profundidad), y a su tendencia a la acción desmedida, lo que jugaba en detrimento de la historia. Afortunadamente, Snyder ha escuchado las quejas y ha intentado ponerles remedio. O al menos eso parece. En primer lugar, Batman v Superman sigue siendo muy solemne (al fin y al cabo, es DC), pero se permite bastantes momentos de humor que hacen que la historia respire y el espectador obtenga el alivio cómico tan necesario en este tipo de películas (se rumoreaba que el estudio iba a prohibir los chistes en sus producciones, y nos alegramos de que sea incierto o haya cambiado de parecer). Y en segundo lugar, la película sirve al principio para compensar los fallos del apoteósico clímax de El hombre de acero, hasta el punto de redimirla e invitar a los que se sintieron contrariados por ella a mirarla con otros ojos.

En gran medida, Batman v Superman lidia con las consecuencias de lo ocurrido en la anterior película, para la que funciona como secuela directa, especialmente durante la primera hora y media. Después de un prólogo en el que volvemos a ver morir a los padres de Bruce Wayne (sí, otra vez, aunque afortunadamente se quite esto de en medio enseguida), el film entronca con el clímax de El hombre de acero, mostrándonoslo desde la perspectiva del Hombre Murciélago. A partir de ahí, Snyder nos ofrece reflexiones sobre la responsabilidad del héroe que sirven para completar de forma retroactiva lo visto en El hombre de acero y dan forma a uno de los temas principales de Batman v Superman, que también es uno de los lugares comunes más socorridos del género y en especial de la creación de Jerry SiegelJoe Shuster: la idea del superhéroe como amenaza para la humanidad. Un “falso Dios” que debe aprender a usar su poder en un mundo que por un lado lo venera ciegamente mientras que por otro aquellos en el poder pretenden politizarlo.

Henry Cavill Batman v Superman

Batman v Superman es uno de los blockbusters más ambiciosos jamás realizados, y no solo en lo que se refiere al factor espectacular, sino también en lo que respecta al discurso filosófico/teológico/existencial que ofrece y a su potente propuesta cosmética (en el caso de Snyder ambas cosas fuertemente ligadas). No obstante, la película peca de querer abarcar demasiados temas y Snyder, como de costumbre, acaba tratándolos de forma simplista y aturullada, anteponiendo la metáfora, la iconografía y la solemnidad lapidaria al desarrollo de personajes, a los que no se molesta en dar motivaciones claras. Claro que esto no impide que BvS esté repleta de escenas y diálogos que pondrán los vellos de punta a los fans de los personajes del cómic, a los que se recompensa (o engatusa) con multitud de easter eggs y guiños, como viene siendo ya obligado en este tipo de cine expansivo y transmedia. Y es que lo que más salta a la vista viendo Batman v Superman es cómo está hecha para servir al futuro (ya presente) Universo DC, cómo está constantemente dando “forma” al universo compartido que inaugura, haciendo referencia a lo que veremos en próximas películas, especialmente al crossover en el que todo convergerá siguiendo el patrón de Los Vengadores (y antes que ella, de todos los cómics de superhéroes), La Liga de la Juticia. Así, Batman v Superman introduce, a menudo con calzador y una acuciante falta de ideas (mejor no hablar de esos sueños…), la información y los cameos necesarios para poner los cimientos de las próximas películas, para seguir las líneas del plan maestro y asegurarse la fidelización del público que ya no consume (consumimos) superproducciones, sino superseries cinematográficas.

Pero todo esto debería estar ya asumido. Es la nueva forma de hacer cine comercial, y si funciona, será por algo. Y en este sentido, Batman v Superman funciona, es el espectáculo formulaico que cabía esperar, una superproducción épica, explosiva, y por lo general, satisfactoria (incluso a ratos emocionante) a pesar de su falta de estructura y dirección. Al menos hasta que llega su tercer acto (o cuarto, en realidad es fácil perder la cuenta con dos horas y media de metraje). Hasta entonces, la película ha logrado que el exceso de frentes abiertos y la necesidad de presentar a tantos personajes de peso no juegue demasiado en su contra (aunque haya tramos descentrados y aburridos por esta razón), y se preocupa por mantener una coherencia dentro del disparate intrínseco al género. Sin embargo, después del primer clímax, la impresionante (y breve) batalla de Batman contra Superman en Gotham (una secuencia de gran intensidad y contundencia que podría, y quizá debería haber sido el desenlace), Snyder nos tiene preparado un alargadísimo tramo final que echará tierra sobre todo lo que ha levantado hasta ese momento, y en cierto modo revocará la redención conseguida con respecto a El hombre de acero. Estos cuarenta últimos minutos caen otra vez en el error de la destrucción excesiva (aunque esta vez eviten las bajas civiles) y los deus ex machina, con lo que la película se vuelve repetitiva, confusa y agotadoraBatman v Superman también acaba insensibilizando con su descerebrada violencia cartoon (sin sangre) y sus caóticas imágenes digitales (qué feo el acabado del CGI) en las que es muy difícil, a veces casi imposible, distinguir lo que está pasando. Para cuando la destrucción ha terminado, la exaltación ha dado paso al entumecimiento, y Snyder aprovecha para colar una serie de falsos finales muy torpemente hilados en los que vuelca toda la información necesaria (la que no ha habido manera de encajar antes) para adelantar los siguientes capítulos de la historia. Así, Batman v Superman va de más a menos, trabajando correctamente los elementos individuales para luego no otorgar unidad al conjunto y ahogarse en las incongruencias, prometiendo una cosa para darnos otra vez lo mismo. Va a ser que Snyder no ha aprendido tanto como creíamos.

Lex Luthor

La inconsistencia de la película también se ve reflejada en el reparto. Dice mucho que el intérprete más destacado de Batman v Superman sea Henry Cavill (que no es mal actor, pero tampoco suele destacar por su enorme talento interpretativo), de nuevo perfecto como Clark Kent/Superman. En cuanto a las nuevas incorporaciones, Ben Affleck da el perfil para el Batman de Frank Miller (los fans de su iteración del Hombre Murciélago babearán con su caracterización) y propone una versión madura del personaje que aporta novedad a su hiper-familiar mito, pero la inexpresividad absoluta del actor hace que el personaje (que ya sabemos que no es la alegría de la huerta) roce el tedio (atención a la nula química que tiene con Diana Prince). A Gal Gadot es muy pronto para juzgarla como Wonder Woman, ya que su participación es más bien un aperitivo de lo que podremos ver en su película en solitario, pero de momento da buenas vibraciones. Pero sobre Jesse Eisenberg como el megalómano Lex Luthor sí podemos pronunciar ya un veredicto: fallido. Su personaje sufre por la tendencia del actor a la caricatura y el abuso de los tics, en una interpretación desmesurada y sobreactuada que roza el ridículo en varias escenas. Por otro lado, Jeremy Irons no es un mal Alfred Pennyworth, ejerciendo (junto a otro secundario, Laurence Fishburne) como responsable de la mayor parte de chistes de la película, pero no está a la altura de Michael Caine (que disimulaba mucho mejor lo poco que le importaba estar ahí). Y por último, hay que destacar a una muy digna Diane Lane, y a Holly Hunter en un papel breve pero muy contundente, que nos deja una de las secuencias más impactantes y memorables de la película, la que transcurre en el Capitolio de Washington.

Aun con todo, la película contiene suficientes aciertos como para no tirar la toalla con el Universo DC (yo destaco además de los ya mencionados la banda sonora de Hans ZimmerJunkie XL). La mayor parte del tiempo, Snyder controla sus pulsiones extremistas y machistas (aunque algo se le escapa), y en momentos de lucidez pone su fuerte sentido de la estética al servicio de la historia (algo que no suele ocurrir). Como resultado, tanto los acontecimientos y sorpresas de su copioso argumento, como el jugoso simbolismo de la historia darán a los espectadores bastantes momentos para disfrutar y debatir durante mucho tiempo (aunque las conclusiones que ofrece Snyder no estén a la altura). Batman v Superman responde a su naturaleza de cine evento y sin duda satisfará (incluso enloquecerá) a muchos fans del cómic y el cine de superhéroes, aunque a la vez dará más argumentos para que sus detractores o escépticos sigan hablando de ‘superhero fatigue‘ (aunque no esté tan claro que exista tal cosa) y menospreciando el género. Si algo nos enseña esta película es que, al igual que le ocurre a Superman, no se puede contentar a todo el mundo.

Valoración: ★★★

Crítica: Perdida (Gone Girl)

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¿Leer el libro antes de ver la película o ver la película virgen? He ahí la cuestión. En el caso de Perdida, la adaptación al cine de la célebre novela de Gillian Flynn Gone Girl, la cosa es más difícil, porque estamos ante una de esas historias que descansan hasta cierto punto en el factor sorpresa, en no saber qué nos espera tras cada giro -y aviso para navegantes, Gone Girl es un viaje loco, loco, loco del que es mejor no saber nada de antemano. Claro que si digo “hasta cierto punto” es porque tanto el libro de Flynn como el film de Fincher poseen alicientes de sobra para funcionar también como “segundo viaje”. Por eso, al final se reduce al medio que el usuario considere predilecto para experimentar la historia por primera vez. Yo elegí hacerlo en la oscuridad de la sala de cine. Por eso, las palabras que a continuación escribo se refieren a mi primer viaje dentro del fascinante mundo de Amazing Amy.

Pocas veces se da una sinergia tan absoluta y fructífera como la que tenemos en Gone Girl. El material de Flynn se adapta como anillo al dedo a la sensibilidad artística de Fincher, provocando una perfecta comunión creativa que salta a la vista en todo momento y que da como resultado una obra vibrante, contundente e inspirada. Gone Girl empieza como un thriller más o menos convencional, el misterio de la desaparición de Amy Dunne (Rosamund Pike), la investigación policial que se lleva a cabo y el circo mediático que se forma a su alrededor (en cierto modo, este film bebe bastante del episodio de la Venus de Milo de gominola de Los Simpson), y que señala a su marido, Nick (Ben Affleck), como el principal sospechoso del crimen. Pero Gone Girl no es lo que parece. ¿O sí?

No cabe duda de que estamos ante una película de Fincher. Así lo atestigua el impecable trabajo de sus colaboradores habituales, Jeff Cronenweth al cargo de esa gélida y oscura fotografía que nos hace sentir como en casa o Trent Reznor y Atticus Ross, que firman otro score electrónico para el recuerdo (invasivo y enervante en su primera mitad, funcional y catártico en la segunda). Sin embargo, hay algo raro en el ambiente durante la primera sección de la película, un desconcertante aire de farsa (en especial durante las incómodamente almibaradas escenas románticas, narradas por Amy desde su diario), de tramoya cuidadosamente dispuesta por un tándem director-guionista que esconde un secreto y prepara una función inolvidable. Efectivamente, Flynn y Fincher se dedican a plantar las semillas de una historia que, hacia la mitad, da un violento giro de 180 grados y se convierte en algo completamente distinto a lo que era. Este punto de inflexión reconfigura la película para invitarnos a fisgar en los vericuetos más oscuros y macabros de los Dunne, convirtiéndose así en un hiperbólico y desquiciado retrato del progresivo declive del matrimonio. El mago (o los magos) desvela su truco, y lejos de desvanecerse la magia, comienza de verdad el espectáculo.

Perdida_PosterY ese espectáculo tiene nombre propio: Rosamund Pike. Si bien es cierto que cuesta un poco ajustar la mirada después de que Gone Girl decida adentrarse abruptamente en terreno Brian de Palma (aclaración: esta es la película de De Palma que De Palma nunca supo hacer), la actriz londinense -cuyo talento era conocido por muchos pero aún tenía que encontrar el proyecto para demostrarlo al gran público- se adueña del relato de tal manera que no queda más remedio que entregarse ciegamente a los brazos de la “Increíble Amy” para que haga con nosotros lo que quiera. Además de ella, Gone Girl cuenta con uno de los repartos mejor escogidos y más aprovechados del cine reciente. Desde un Ben Affleck más que adecuado en el papel de marido “impecable” y verdugo pasivo (lo que en parte ha empujado a muchos a catalogar la película como misógina) hasta los perfectos secundarios, sobre todo un osado Neil Patrick Harris y las especialmente soberbias Carrie Coon y Kim Dickens. Sin embargo, es Pike la que merece todos los laureles por llevar a cabo una inolvidable interpretación, siempre al servicio de un apasionante estudio psicológico del complejo personaje que es Amy Elliott Dunne.

Volviendo al giro, y con el rostro de Pike imborrable en la retina, Gone Girl se va transformando a partir de ahí en una bomba de relojería fílmica, una experiencia demencial y perversa en la que los espectadores somos atados de pies y manos y sometidos a los más retorcidos juegos mentales (en La guerra de los Dunne nosotros somos las verdaderas víctimas). Para cuando los créditos finales de esta Vértigo moderna comienzan, después de 149 minutos que parecen 90, es difícil sacudirse los nervios, es imposible no reír para liberar tensión. Gone Girl no da tregua desafiando constante y deliberadamente la suspensión de la incredulidad, asumiendo riesgos a cada paso, sin miedo alguno a la exageración y la teatralidad (véase la presentadora y la vecina), retorciéndose lo imposible en su recta final. Precisamente por eso, el film de Fincher va más allá que cualquier thriller de Hollywood. Gone Girl es sorprendente, endiabladamente divertida e inteligente (Fincher también es un maestro haciendo comedia), rebosante de planos magistrales, escenas icónicas (esa sacudida de pelo “post-coital”), detalles visuales para el recuerdo (un “beso”, o dos) y diálogos brillantes, una película llamada a ingresar automáticamente  y por derecho propio en el imaginario popular del cine moderno.

Valoración: ★★★★½

Crítica: Runner Runner

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Más que una película, Runner Runner es la idea de una película. Pero ni siquiera es una idea definida (y mucho menos una buena idea). La de Brad Furman (director de varias cintas de acción sin repercusión alguna) es una propuesta amorfa que recoge tópicos y estilos sin ton ni son para conformar un trabajo tan impersonal como olvidable. Los primeros diez minutos de Runner Runner no son más que una descarada imitación de La red social (planificación, diálogos, score, todo recuerda indudablemente a la película de Fincher), pero tan pronto como la acción comienza (es un decir), a Furman se le olvida por completo a quién está intentando copiar.

runner_runner_posterLa película sigue un esquema preestablecido (y visto en infinidad de ocasiones) que lleva a sus personajes por los derroteros más predecibles. Es la insípida historia de Richie Furst (Justin Timberlake), un brillante universitario que se paga sus estudios atrayendo clientes a una web de póker online. Cuando la universidad le corta su única fuente de ingresos, Richie decide encararse con el empresario que creó la web que le ha hecho perder el poco dinero que le quedaba. Así comienza un supuestamente emocionante viaje que le mostrará la cara oculta del negocio bajo el mecenazgo de uno de los hombres más poderosos de Costa Rica, el americano Ivan Block (Ben Affleck).

Con una absoluta y deprimente falta de aspiración artística y narrativa, Runner Runner desaprovecha las (pocas) posibilidades que ofrece la historia y transcurre a la deriva durante 90 minutos (en este caso la corta duración no juega en su favor) hasta que se detiene bruscamente, sin habernos contado nada, en el más anticlimático de los desenlaces. Nada justifica la existencia de este mediocre thriller, ni la cara bonita (y los numerosos descamisamientos) del niño mimado de los USA Justin Timberlake, ni el descacharrante español de Ben Affleck, ni la siempre agradable presencia de Gemma Arterton (aquí sustituible por un croissant). En caso de toparse con Runner Runner, será mejor correr correr.