Crítica: El silencio de la ciudad blanca

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A finales de la década pasada fuimos arrasados por el vendaval que supuso la publicación de las traducciones de los tochos de Stieg Larsson (creador de la saga Millennium). La nueva novela negra nórdica copó la lista de ventas y trajo consigo la llegada de mil y un impronunciables escritores y escritoras con infinidad de consonantes en sus nombres a los estantes de nuestras librerías. Tiempo después, Gillian Flynn (Perdida, Heridas abiertas) siguió saciando esa hambre de secretos y miserias del lado más oscuro de la psique humana al tiempo que se convertía en la reina del plot twist, y la francesa Fred Vargas se hacía con el mismísimo Premio Princesa Asturias de las Letras por la calidad de su producción literaria dentro de este género habitualmente denostado.

Este renacer del thriller se ha visto reflejado igualmente en la producción patria con los éxitos de ventas de autoras como Julia Navarro (La Hermandad de la Sábana Santa) o Dolores Redondo (su Trilogía del Baztán), así como nuevas entregas de las longevas sagas policiacas ideadas por Alicia Giménez Barlett (Petra Delicado) y Lorenzo Silva (Bevilacqua y Chamorro) … y de todos es sabido, que todo éxito editorial, salvo honrosas excepciones, termina contando con su adaptación cinematográfica correspondiente. Mientras esperamos la llegada de Legado en los huesos (secuela de la exitosa El guardián invisible y basada en la segunda novela de la saga de Dolores Redondo), abrimos un nuevo capítulo en otra nueva trilogía literaria trasladada a la gran pantalla, en esta ocasión la creada por Eva Gª Sáenz de Urturi. Ha llegado el momento de romper de una vez por todas El silencio de la ciudad blanca.

Unai (Javier Rey, Fariña) es el mejor perfilador criminal de todo Vitoria, aunque lleva casi un año en el dique seco por asuntos familiares. Alba (Belén Rueda, El orfanato) es la nueva subcomisaria que se hará cargo de la investigación de una serie de crímenes rituales que siguen los mismos patrones que los acontecidos hace veinte años en esa misma villa. Un caso que parecía cerrado tras el encarcelamiento de Tasio Ortiz de Zárate (Álex Brendemühl, Las horas del día), mediático arqueólogo y presentador televisivo cuya curiosidad e interés por el ser humano le terminó convirtiendo en un asesino en serie. Pero si el hombre malo está entre rejas, ¿cómo puede ser que hayan aparecido dos nuevas víctimas desnudas en la cripta de la Catedral Vieja?

Daniel Calparsoro (Cien años de perdón) vuelve a intentarlo con el thriller tras el arriesgado y extremadamente fallido experimento que fue El aviso el año pasado. Aunque logre un resultado mucho más respetable que con los viajes temporales de Raúl Arévalo, el director de Asfalto no logra transmitir del todo la tensión y el suspense existentes en las páginas de la novela. Ni de lejos consigue acercarse al ritmo del material original, viéndose este El silencio de la ciudad blanca cinematográfico lastrado por una dirección demasiado conservadora, alguna que otra reiteración explicativa durante la investigación y alguno de los giros que no hace sino infravalorar en demasía al espectador. Como viene siendo habitual, pero no por ello igual de loable, Belén Rueda vuelve a brillar con diferencia sobre sus compañeros de reparto, a pesar de contar con un personaje un pelín desdibujado. Salvan la papeleta igualmente Javier Rey, Manolo Solo (Tarde para la ira), Álex Brendemühl, aunque caigan en el histrión (especialmente este último con sus aires de Hannibal Lecter) en alguna escena que otra. Una verdadera pena volver a ver cómo Calparsoro vuelve a desaprovechar las dotes interpretativas de Aura Garrido (Stockholm) tras su experiencia en El aviso.

Aunque no llegue a ser tan entretenido como El guardián invisible, El silencio de la ciudad blanca es el (no tan) trepidante thriller que te puede arreglar una buena tarde lluviosa otoñal de las que se avecinan.

David Lastra

Nota: ★★½

Crítica: Ismael

Mario Casas Ismael

Crítica escrita por David Lastra

¡Terror! ¡Pavor! Por si tuviésemos poco con el atracón de turrones y mazapanes, tenemos que aguantar la plaga de películas sentimentaloides que copan la cartelera estos días. El mismísimo día de Navidad nos ataca una cinta de esas. Una de esas que nos narra las peripecias de un pequeñuelo que busca a su padre ausente… y lo encuentra, claro, porque el que busca encuentra… pero también en el camino conoce a su superabuela y al final, al más puro estilo Hayley Mills arrejunta a los padres… ¡EH, PARA EL CARRO! Nada de eso es Ismael, Bueno, tiene el componente Marco, pero no cae en ningún momento en la temida sobredosis de lloros y azúcar que suelen manifestar estos filmes.

Gracias a una buena colección de títulos, el realizador argentino Marcelo Piñeyro se ha hecho con un lugar cuanto menos privilegiado dentro del ¿malogrado? cine español. Su Plata quemada le colocó en el mapa internacional y golosinas envenenadas como El método le hicieron conocido para el gran público. Piñeyro es un camaleón fílmico, sintiéndose cómodo tanto en el drama (dramón) familiar (político) en Kamchatka, como en las cintas policíacas del comienzo de su carrera, Caballos salvajes o la citada Plata quemada, así como la comedia con Las viudas de los jueves. En esta su primera película en cinco años, Piñeyro ha decidido volver al drama relatándonos la susodicha búsqueda de Ismael, un niño de 8 años que decide montarse en un AVE de Madrid a Barcelona para conocer a su padre biológico. Esta ilusión en la búsqueda contrasta con la indignación de la madre y la sorpresa del fantasma paterno. Este choque entre la visión infantil conciliadora  y despreocupada ante los problemas del mundo adulto es uno de los trances en los que Piñeyro demuestra mejor su buen hacer. Si en Kamchatka los infantes se preocupaban más por la dinámica de un juego de estrategia que por las purgas que la dictadura estaba llevando a cabo y sabían disfrutar de esa calma, en Ismael tenemos la inocencia y entereza (que no laciedad y pasividad) del chico que da título al film, encarnado a la perfección por el debutante Larsson do Amaral, y la pureza de su búsqueda. Sapere aude, como la expresión latina que reza su chapa, nada más.

Belén Rueda Ismael

Pero antes de conocer a su padre, le llega el turno a su abuela. Una correcta Belén Rueda, a la que no se le caen los anillos al aparecer catalogada como abuela en la gran pantalla. Eso sí, no esperéis ver a Belén caracterizada como un vejestorio. Su Nora es el arquetipo de la mujer moderna. Empresaria, dura, muy atractiva y de vuelta de todo. Un personaje muy agradecido que la actriz de Mar adentro sabe llevar muy  bien, aunque en más de una escena caiga en la reproducción mimética de una de las mujeres favoritas de este blog: Jessica Lange. Es cuanto menos gracioso ver cómo Belén fuma, fusila con su mirada, camina y supura desdén por todos los costados. La química entre Nora e Ismael es otro de los grandes aciertos de la película (y van…, y quedan…).

La gran parada de este viaje es el padre, encarnado por Mario Casas. Respeto, hermanos y hermanas. Casas está llamado a ser el actor español por excelencia para las próximas décadas. Este señor es un animal actoral en potencia, que bajo una buena dirección puede dar mucho de sí. No obstante, ya hemos podido disfrutar de más que notables interpretaciones en películas como Grupo 7 de Alberto Rodríguez, Las brujas de Zugarramurdi de Álex de la Iglesia, La mula de Michael Radford y, por qué no decirlo, Mentiras y gordas de Albacete y Menkes. Dejando aparte esta defensa, centrémonos en su labor en Ismael. Félix es el padre ausente. Un niño grande que se vio con un vástago y no vio otra solución que soltar una bomba de humo y salir por patas (no se admiten chistes sobre la cojera del personaje). ¿Culpable? Un rato largo. ¿Humano? Una jartá. Casi diez años después, Félix es un profesor guayón de jóvenes con problemas… pero lejos de ser un santo, Félix tiene una doble cara: la del solitario, la de la venganza y la envidia, la del pene antes del corazón. Esa dualidad y el consiguiente desencanto ante los actos de Félix dota a Ismael (película) de una sorprendente amargura. Aquí no hay “Let’s Get Together posible, aquí hay refrotes y culpa por doquier. Casas puede (y debería dar) bastante guerra en el apartado a mejor interpretación masculina en los próximos Goya.

MARIO CASAS BELÉN RUEDA ISMAEL

La válvula de escape cómica viene de la mano de un Sergi López que con el piloto automático o no, siempre sabe cómo hacer que sus personajes funcionen a la perfección. En esta ocasión, su bonachón Jordi, creador de un one-hit-wonder y propietario de un hotelito, es el contrapeso a la estresante existencia de Nora, creando ambos una pareja cómica de lo más simpática.  Igualmente correctos están Ella Kweku (espectacular su rabia y desesperación en la escena de la playa con Ismael) y Juan Diego Botto, como su pareja y padre oficial del pequeño.

Ismael acierta de lleno en la acotación dramática de los personajes, así como en la representación de conflictos familiares. El trabajo sobre las emociones, tanto por parte del realizador como de los intérpretes, es clave para que este largometraje no se acerque lo más mínimo al campo de los telefilms de sobremesa (en el sentido casposo y despectivo del término), dotándole de una humanidad realista tremendamente conmovedora.

Valoración: ★★★½