Man in an Orange Shirt: La miniserie LGBTQ que todo el mundo debería ver

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Como parte de los festejos para conmemorar el 50º aniversario de la descriminalización parcial de la homosexualidad en Inglaterra y Gales, la cadena BBC organizó recientemente la Gay Britannia season, programación especial alrededor de la comunidad LGBTQ compuesta de documentales, especiales informativos y series de ficción. De entre todos ellos destaca la miniserie Man in an Orange Shirt, una conmovedora historia de amor en dos partes que, tras arrebatarme por completo, me he propuesto, como reto personal, contribuir a que no se quede solo en la tele británica, sino que llegue al mayor número posible de espectadores fuera de su país.

Man in an Orange Shirt está dirigida por Michael Samuels (Any Human Heart) y escrita por el novelista Patrick Gale, basándose ligeramente en su propia experiencia al descubrir la verdad sobre la relación de sus padres. En la primera parte, la miniserie cuenta el apasionado romance furtivo entre dos soldados británicos de la Segunda Guerra Mundial, Michael (Oliver Jackson-Cohen) y Thomas (James McArdle), y el efecto que causa su relación en la mujer del primero, Flora (Joanna Vanderham en los 40, Vanessa Redgrave en el presente), que decide continuar casada con él tras descubrir su secreto. En una Gran Bretaña en la que, como en el resto del mundo, la homosexualidad se pena con cárcel y el divorcio todavía está estigmatizado (y mucho más si es por ese motivo), Flora y Michael deciden mantener la fachada de un matrimonio feliz mientras él sigue perdidamente enamorado de Thomas.

La segunda parte lleva la historia al Londres actual para presentarnos al nieto de Flora y Michael, Adam (Julian Morris), un joven que se refugia en las apps de sexo y las relaciones con extraños, incapaz de abrir su corazón a nadie hasta que conoce a Steve (David Gyasi), un arquitecto con el que entabla una bonita pero complicada relación mientras trabajan juntos en las reformas de la casa de campo donde el abuelo de Adam vivía su romance secreto. Con su segunda hora, y a través de la relación entre Adam y su abuela, que ignora que su nieto es gay, Man in an Orange Shirt nos muestra lo mucho que ha cambiado la experiencia homosexual en setenta años, oponiendo dos periodos históricos separados por décadas de transformaciones sociales para hablarnos de las consecuencias de la represión del pasado y de la imposibilidad de ser feliz cuando se nos niega (o cuando nos negamos) la oportunidad de ser nosotros mismos.

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Gale realiza un trabajo exquisito con diálogos sutiles y poderosos, condensando en dos horas las múltiples ramificaciones emocionales de la historia y componiendo caracterizaciones redondas con gran sensibilidad. Pero es el reparto el que eleva el material a otro nivel. El trabajo de Oliver Jackson-Cohen y Julian Morris encabezando cada una de las partes de la miniserie es soberbio, lleno de matices, elocuencia en sus miradas y conexión verdadera con sus no menos excelentes parejas. Pero quien acaba destrozándonos por completo es Vanessa Redgrave. La poderosa interpretación de Joanna Vanderham en la primera parte nos hace entender a Flora de joven, mientras que la inconmensurable Redgrave se deja la piel y el corazón en un personaje muy complejo, una mujer atrapada en un matrimonio sin amor que, tras toda una vida de rencor, silencio y represión sexual, se encara al pasado y descubre cómo perdonar a su marido gracias a su nieto.

Man in an Orange Shirt no es solo una pieza de época de elegante factura a la altura de lo que se espera de BBC, es también un relato muy valioso con el poder de acercar la comunidad LGBTQ a todas las audiencias y mostrar las adversidades e injusticias que esta ha atravesado a lo largo de los años. Y también, por supuesto, se trata de una preciosa historia de amor, melancólica, triste pero optimista, profundamente humana y cargada de sensualidad. Mi más sincero agradecimiento a BBC por mostrar las relaciones sexuales entre hombres con naturalidad y realismo, sin reducirlas a un casto beso con la boca cerrada y un fundido a negro, y sin que esto convierta a la miniserie en un producto “para mayores” (su calificación es NR-15). Esperemos que llegue el día en que nuestra televisión pública se atreva a seguir los pasos de la mucho más integradora y progresista cadena británica, y refleje también (y tan bien) la difícil historia de una comunidad, que, a pesar de los avances, continúa oprimida, atacada y poco representada en los medios generalistas. Mientras tanto, celebremos la existencia de Man in an Orange Shirt, y hagamos lo posible por hacerla llegar a todo el mundo.

Hasta que alguna cadena o plataforma nos la traiga a España (espero que así sea), Man in an Orange Shirt está disponible en la web de BBC (con bloqueo geográfico) y sale a la venta en DVD en el Reino Unido el 18 de septiembre.

*Actualización: Ya tenemos fecha de estreno en España. Man in an Orange Shirt llega a Filmin el 28 de noviembre.

Cuatro nuevos dramas televisivos que merecen vuestra atención

No todo en este mundo va a ser Jessica Jones. Este artículo debería haberse titulado “Cinco nuevos dramas…”, pero he preferido dedicarle una entrada aparte al pelotazo de Marvel/Netflix (para la semana que viene, que me quedan unos pocos episodios). Como Jessica Jones ya la habéis visto, la estáis viendo o la conocéis pero no os interesa, hoy os cuento mis primeras impresiones sobre cuatro series dramáticas recientes de las que no se está hablando tanto y que merece la pena descubrir. Cuatro series con premisas muy interesantes, facturas excelentes y potencial para convertirse en dramas muy a tener en cuenta esta temporada. Pasen y lean.

London Spy

London Spy

Se trata de uno de los dramas británicos más destacados del año, una serie que no está haciendo demasiado ruido, pero está generando un fandom muy dedicado y apasionado. Y es que London Spy tiene los dos ingredientes principales para encantar al público fan: es de BBC y tiene un romance gay. Con lo que le gusta a la audiencia más shipper imaginar historias de amor entre sus personajes masculinos favoritos (Will y Hannibal, Sherlock y Watson, Steve y Bucky), aquí el trabajo se da ya hecho, con una de las relaciones entre dos hombres más interesantes y cautivadoras de la televisión actual.

London Spy cuenta la historia de Danny (Ben Whishaw), un muchacho hedonista con pasado atormentado que frecuenta la noche del exceso londinense, y Alex (Edward Holcroft), un joven superdotado y antisocial que trabaja en una banca de inversiones, dos hombres de vidas opuestas que se enamoran y viven una hermosa y ardiente aventura (que experimentamos con toda su pasión y erotismo en el primer episodio). Hasta que un día Alex desaparece sin dejar rastro. En su búsqueda por descubrir qué le ha ocurrido y por qué lo ha abandonado, Danny destapa un secreto que cuestionará todo lo que sabía de su pareja: Alex es en realidad un espía del Servicio de Inteligencia Secreta y su desaparición es solo una pieza de un gran puzle. Sin embargo, lo que Danny nunca cuestionará es el amor de Alex (por mucho que el servicio secreto se empeñe en desacreditarlo), el motor que hará que se adentre cada vez más en el peligroso mundo del espionaje para descrifrar la retorcida conspiración que hay tras la desaparición de Alex.

Con la factura impecable que se espera de un drama de BBC, London Spy es una historia oscura y absorbente en la que el espectador permanece en la sombra junto a su protagonista y vive el complejo enigma poniéndose en su piel. En este sentido, no hay suficientes elogios para Ben Whishaw, que transmite de forma magistral la vulnerabilidad y desorientación del personaje a medida que va destapando capas del misterio en el que se ve envuelto. Una interpretación sublime complementada por el excelente trabajo de Jim Broadbent como Scottie, un ex espía también gay que es el único amigo de Danny. London Spy es una de las series imprescindibles de 2015, una experiencia aturdidora, desconcertante, a ratos sórdida y deprimente, de la que es imposible salir aunque no sepas lo que está ocurriendo.

Duración: 5 episodios de aprox. 60 minutos.

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The Man in the High Castle

Amazon sigue aumentando su oferta de ficción original con el drama The Man in the High Castle, adaptación de la novela El hombre en el castillo (1962) de Philip K. Dick. La serie, producida por Ridley Scott y Frank Spotnitz (Expediente X) es sin duda la más ambiciosa de Amazon hasta la fecha. Forma parte de su programa de pilotos, y el suyo fue el más visto de la temporada pasada, por lo que dio lugar a una primera temporada de diez episodios que acaba de estrenarse en la plataforma. En ella se nos plantea una ucronía fascinante, una historia alternativa que nos sitúa en una década de los 60 en la que Alemania ha ganado la Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos ha sido dividida en tres zonas: por un lado, el estado japonés de los Pacific States of America (que comprende el territorio al oeste de las Montañas Rocosas), por otro, el territorio nazi, que ocupa la mitad este del país, y una zona neutral que ejerce como parachoques entre las dos, llamada Rocky Mountain States.

Así, la serie plantea un what if de los gordos, una detallada realidad alternativa en la que Estados Unidos vive una constante opresión por parte de los alemanes (atención al personaje de Rufus Sewell), y las tensiones entre estos y los japoneses generan su propia Guerra Fría dentro del territorio norteamericano. Por su parte, los alemanes atraviesan su propio conflicto interno, ya que Hitler está enfermo y Himmler y Goebbels están empezando a planear sus estrategias para sucederlo en el poder. Este tenebroso nuevo orden mundial (en el que todos los martes se incinera a los inválidos y enfermos terminales de los hospitales para ir purgando la sociedad) se nos da a conocer a través de Julianna (Alexa Davalos), una joven que recoge el testigo de su hermana y se adentra en la zona neutral para llevar a cabo una misión de la resistencia cuyos detalles ni siquiera ella conoce. En Rocky Mountain States conoce a Joe (Luke Kleintank), que se ofrece a acompañarla en su aventura, mientras oculta un secreto: pertenece al partido nazi.

Sin duda una interesante premisa semi-sci-fi que engancha desde el primer capítulo, tanto por lo elaborado de su planteamiento (que puede que no sea más que un pretexto para hablarnos de la historia que sí ocurrió y de cómo funciona nuestra sociedad actual) como por su excelente factura estética y atmósfera opresiva.

Duración: 10 episodios de aprox. 60 minutos.

Into the Badlands

Into the Badlands

Que AMC lleva varios años necesitando otro éxito es algo que sabemos de sobra. Con Breaking BadMad Men finalizadas, la cadena ha intentado encontrar la próxima ficción que le ayude a conservar su prestigio, pero no lo ha conseguido (la excepción sería Better Call Saul, pero esa tenía medio trabajo hecho)Así que les queda confiar en que la audiencia responda a productos más afines a su pelotazo The Walking Dead, series fantásticas y comiqueras para la audiencia más joven y geek. Antes de que Preacher irrumpa en su programación, AMC acaba de estrenar Into the Badlands, drama de acción libremente basado en la popular novela china del siglo XVI Viaje al Oeste.

Into the Badlands propone una curiosa mezcla de géneros. Se podría definir como una serie de aventuras y artes marciales, pero también contiene elementos de noir, fantasía y drama dinástico. Todo envuelto en un paquete muy vistoso. Into the Badlands recuerda a muchas cosas: tiene algo de Sons of Anarchy, algo de Spartacus, una pizca de Juego de Tronos, y mucho de los modernos clásicos chinos de acción. Pero a la vez resulta única en su especie por la hibridación tan particular que hace de los géneros y el universo tan concreto y pormenorizado que levanta desde su piloto.

Un héroe atormentado (llamado Sunny, ojo), un aprendiz adolescente, un villano con complejo de Dios o una misteriosa guerrera perteneciente a la nobleza son algunas de las piezas del tablero; una sociedad feudal fortificada donde se somete a los más jóvenes a un duro entrenamiento para convertirse en asesinos para el barón. Este es el punto de partida de una historia que plantea mil y una ramificaciones y un amplio universo más allá del Fuerte. Desde el primer minuto, Into the Badlands empieza a dibujar una enrevesada mitología que crecerá exponencialmente conforme avanza la historia. Y aunque el trabajo de diseño (narrativo y de producción) es loable, lo más destacable de la serie son sin duda sus escenas de acción, impresionantes luchas de artes marciales con coreografías vertiginosas y violencia pasada de rosca con un punto de comedia y descaro (al estilo Miike). Eso es lo que hace que Into the Badlands sea una de las series más atractivas de este otoño. Esperamos que no se pierda demasiado en el mundo que está creando.

Duración: 6 episodios de aprox. 45 minutos.

Deutschland 83

Deutschland 83

Deutschland 83 no es tan reciente como las tres anteriores, pero está de actualidad en España porque su primera temporada se estrena esta semana en Yomvi. El caso de este thriller de espías es muy especial por varias razones. Ha sido la primera serie alemana en estrenarse en Estados Unidos (en el canal Sundance concretamente) y se proyectó en el pasado Festival de Berlín, que desde hace unos años lleva dedicando un hueco de su programación a la ficción televisiva. Con estas credenciales y habiendo recibido muy buenas críticas, Deutschland 83 aterriza en nuestro país dispuesta a demostrar que Alemania también está interesada en destacar como importadora de series de calidad.

La serie nos traslada a la Alemania de 1983 (lógicamente) y nos presenta a Martin (Jonas Nay), un joven de 24 años nativo de la Alemania del Este, que es reclutado por la Stasi (el Ministerio para la Seguridad del Estado) para infiltrarse como espía en la Alemania Occidental. Reticente al principio, Martin acepta la misión coaccionado por su propia tía (Maria Schrader), que trabaja para el ministerio, desde donde le promete que moverá los hilos para que su madre enferma suba en la lista de espera para transplantes de riñón. A partir de ahí, Martin se somete a un entrenamiento para convertirse en Moritz Stamm, nombre en clave Kolibri.

Al igual que The AmericansDeutschland83 nos traslada a una de las etapas más tensas de la Guerra Fría, en la que un nuevo conflicto mundial amenaza con estallar y las desavenencias entre las dos Alemanias divididas por el muro crecen a diario. Pero mientras que la ficción estadounidense opta por el drama puro y un tono más crudo, la alemana posee bastante humor y hace gala de un ritmo más juvenil y animado (estilo coming-of-age), gracias en parte a la importancia que la música de la época cobra en la serie, éxitos internacionales de David Bowie, New Order o Eurythmics y temas de la “Nueva Ola Alemana” (Neue Deutsche Welle) como el “99 Luftballons” de Nena, cuyo productor, Reinhold Heil, se encarga del score de la serie. Un juego de contrastes cuanto menos llamativo.

Duración: 8 episodios de aprox. 45 minutos.

Jonathan Strange & Mr. Norrell: entre la fantasía y la subversión [Otro cine de tacitas es posible]

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La miniserie de siete capítulos, basada en la novela de Susanna Clarke de 2004, se estrenó en BBC1 el 17 de mayo de 2015 y ha obtenido excelentes críticas.

Texto escrito por Aerys Munis

Jonathan Strange and Mr. Norrell (BBC, 2015) no es una serie británica de época cualquiera, aunque comparte con éstas los altos niveles de producción que se reflejan en la escenografía, vestuario, fotografía e iluminación, y logran transportarnos a la Inglaterra de comienzos del siglo XIX. Es un escenario fácil de reconocer, que ha aparecido innumerables veces en nuestras pantallas (la referencia a Jane Austen es ineludible): un lugar donde la frivolidad y formalidad de las clases acomodadas bebedoras de té desentona radicalmente con la cruda y sucia realidad del mundo que los rodea y que la buena educación insiste en ignorar. El contraste es especialmente marcado en la Inglaterra de la época de Regencia, gobernada por un rey loco confinado en Windsor e inmersa en la guerras napoleónicas. La guerra y la locura son dos de los temas fundamentales que sirven como marco a la lucha de poder –a todos los niveles- que conforma el nudo de la historia. Como los espectadores averiguarán muy pronto, la ambientación histórica es sólo un escenario para desarrollar una ucronía cuyo eje fundamental es la existencia de la Magia – una Magia extraña y poderosa que, aunque una vez reinó en territorios ingleses, se considera hoy extinta y mero objeto de estudio para intelectuales apolillados. La historia arranca precisamente con una reunión de la Sociedad de Magos de York en la que el tímido pero vehemente señor Segundus (Edward Hogg – Anonymous, Misfits, Jupiter Ascending) pregunta por qué la Magia práctica ha dejado de existir.

Sin dejarse amilanar por las risas de sus compañeros, Segundus trata de acceder a textos mágicos que le permitan practicar el arte, pero pronto descubre que todos han sido acaparados por un misterioso señor Norrell, que vive recluido en una abadía del norte de Yorkshire. Segundus, héroe improbable de vocecilla aguda y voluntad inquebrantable consigue entrevistarse con Norrell y convencerle de que muestre a los miembros de la Sociedad de Magos de Yorkshire de que aún es posible hacer Magia en Inglaterra.

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Aunque físicamente Gilbert Norrell (Eddie Marsan – Ray Donovan) se aleja bastante del estereotipo del mago poderoso y misterioso (no os dejéis confundir por su peluca sobredimensionada), su capacidad para ejercer la Magia va más allá de cualquier expectativa, como vemos a mediados del primer episodio.

El principal problema de Norrell es su introversión y su incapacidad para tratar en sociedad, beber té con educación y hablar de frivolidades, que como bien sabemos los aficionados al género, es el requisito indispensable para prosperar en la Inglaterra de comienzos del siglo XIX. Su ayudante, Childermass (Enzo Cilenti – Game of Thrones, Wolfhall) es oficialmente el encargado de sus asuntos públicos, aunque según avanza la trama su protagonismo va en aumento, y su mirar avieso y sarcástico desde la distancia se convierte en el punto álgido de cada episodio.

Para poder llevar a cabo su objetivo, que no es ni más ni menos que ayudar al gobierno británico en su guerra contra Napoleón, Norrell deberá congraciarse con el ministro de turno, sir Walter Pole (Samuel West – Howards End), que desgraciadamente no está muy por la labor de escucharle y además acaba de perder a su prometida, Emma Wintertowne (Alice Englert – Beautiful Creatures),  a unos días de su boda, cuando su herencia era justo lo que necesitaba para poder seguir prosperando en su campaña política. Muy a su pesar, Norrell hace lo único posible para poder captar la atención del político (y con ello, el beneplácito del gobierno) y con su decisión atraerá una nueva e imprevisible forma de Magia a Inglaterra, cuyas consecuencias deberá afrontar durante el resto de la serie.

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El segundo protagonista, o realmente, el primero, aunque sea el segundo en aparecer, es Jonathan Strange (Bertie Carvel – laureado actor teatral), toda una fuerza interpretativa que, a medio camino entre el héroe austeniano y el antihéroe byroniano, cautiva pronto a la audiencia. Habiendo accedido a la Magia proféticamente pero casi por casualidad – después de ser instado por su prometida, Arabella Woodhope (Charlotte Riley, Peaky Blinders) a buscarse una ocupación y dejar de gandulear – a través de su personaje vamos aprendiendo más sobre los claroscuros del mundo de la Magia inglesa.

La comarca de Yorkshire, a través de sus acentos y sus paisajes, es el tercer protagonista de la historia. En ella se rodaron buena parte de las escenas (salvo algunos exteriores bélicos en Croacia y en Canadá)  y la mayoría de sus personajes proceden de la zona o acaban confluyendo en sus páramos misteriosos, donde parece rasgarse el tejido que separa la realidad del mundo de la fantasía. Precisamente con un pie a cada lado de esta frontera están personajes como Vinculus (Paul Kaye, Game of Thrones), Stephen Black (Ariyon Bakare – A respectable trade, Doctors) o  el caballero “con el cabello como el vilano del cardo” (Marc Warren –Band of Brothers, The Good Wife), el villano más carismático al este de los reinos del Infierno.

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Ganadora de los premios Locus, Hugo, World Fantasy,  Mythopoeic (y finalista del Nebula, Manbooker, Whitbread y Guardian), Jonathan Strange & Mr. Norrell es una novela que cautivó entre muchos otros a Neil Gaiman (varios de sus libros han sido llevados al cine o la televisión, destacamos American Gods, que se estrenará pronto en Starz) y muy pronto se convirtió en novela de culto, estatus que no va camino de perder ya que todo indica que nunca habrá una continuación y seguirá siendo una rara avis que fascine a los lectores que se atrevan con su casi mil páginas.  Cuando la novela fue publicada, allá por 2004, hubo una intensa campaña que buscó promocionarla como el Harry Potter para adultos, pero los parecidos entre ambas historias se reducen a la ambientación inglesas y la existencia de la magia, ya que se trata de una historia adulta, subversiva y bastantes grados más oscura incluso en su adaptación para las pantallas. Se trata de una serie peculiar, que atrapará por igual a los aficionados a la literatura fantástica, al cine de tacitas o a las guerras napoleónicas. Aunque hay espacio – y mucho- para beber delicadamente tazas de té mientras se conversa con medias verdades y muchos rodeos, el mundo tacitero no es sino un escenario para desarrollar sutilmente una muy acertada crítica a las estrictas convenciones sociales inglesas del siglo XIX (con especial atención a las desigualdades de clase, raza y género) mientras nuestra atención se distrae con el despliegue de luces y egos enfrentados de los dos magos protagonistas.

Aerys Muniz es filóloga y lectora ávida de fantasía y clásicos decimonónicos. Actualmente compagina sus estudios de doctorado en literatura comparada con la visión y revisión de demasiadas series y películas. Para su tesis de máster estudió la narrativa de Susanna Clarke desde la perspectiva de los estudios de género e identidad nacional.

Sherlock – “His Last Vow” (3.03): Algo pasa con Mary

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Sabíamos que Sherlock se marcharía este año con un gran bang. Y de hecho se ha marchado con dos. Para el tercer episodio de la temporada, “His Last Vow“, Steven Moffat acapara todo el trabajo de guión y firma un libreto cargado de referencias (más de lo habitual) al canon de historias de Sir Arthur Conan Doyle, y por supuesto, unas cuantas a su Doctor Who (en un momento del episodio, Sherlock llama a Mary “la mujer del doctor” por ejemplo). “His Last Vow” es todo lo que esperamos de un final de temporada de esta serie: giros, golpes de efecto, más giros y sorpresas, tramas retorciéndose y saltando, una filigrana narrativa que no es tan genial como Moffat cree, pero sí lo suficientemente efectiva como para tenernos en vilo una hora y media.

Después de dos capítulos decididamente cómicos (y caóticos), Moffat se pone un poco más serio, se centra y descarga de humor la tercera y última entrega de la temporada para adentrarse en territorio farragoso. El de los traumas y el origen de las patologías psicológicas (vemos a Sherlock de pequeño varias veces a lo largo del episodio), los miedos y los puntos débiles de sus personajes. “His Last Vow” trata en gran medida sobre la adicción, no solo la de Sherlock Holmes a las drogas, sino también su adicción a John Watson (su droga de reemplazo), y cómo no, la de John Watson a las personas psicológicamente dañadas que le engañan y lo ponen en peligro. En la secuencia inicial de los créditos (después del estupendo prólogo con Lars Mikkelsen y Lindsay Duncan) vemos a un Watson que no estamos acostumbrados a ver, al soldado, al experto en el combate cuerpo a cuerpo, al súper héroe que todos menos él sabemos que es. Para luego verlo retomar su puesto como sidekick de Sherlock y finalmente constatar -una vez más- que es un ser humano prácticamente perfecto en todos los sentidos (sí, como Mary Poppins). No hay suficientes elogios para Martin Freeman, que lo borda en todos los registros, siempre con una naturalidad y carisma que hace que su trabajo parezca el más fácil del mundo.

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En “His Last Vow”, el pasado vuelve para atormentar a los protagonistas (hasta el último minuto, ya sabéis de qué hablo), pero también para consolarlos y ofrecerles refugio. Como si del Rosebud de Ciudadano Kane se tratase, se nos desvela el misterio de Redbeard, uno de los puntos débiles de Holmes que podemos leer en las gafas de Magnussen (este año han sacado el mejor provecho de los rótulos sobreimpresos en pantalla y otras argucias visuales). Y al igual que el trineo de Charles Foster Kane, este mcguffin de Sherlock nos lleva a la infancia del protagonista. Redbeard resulta ser el perro de nuestro detective, su “ancla” antes de conocer a John, que es otro tipo de cachorro. Mucho más oscuro y desconcertante es el gran secreto de Mary: la mujer de Watson es una ex asesina que trabajaba para la CIA y que planea matar a Charles Augustus Magnussen, el villano del episodio, para evitar que este destape sus secretos y arruine su nueva vida con John. Este impactante giro que cambia por completo la percepción que tenemos de Mary no está en el canon (obviamente Mary no era una agente de la CIA a finales del siglo XIX), pero sí está construido a partir de los datos biográficos, o más bien de la ausencia de datos y el misterio alrededor del pasado del personaje que ideó Conan Doyle.

La revelación de Mary (muy bien hilada y justificada a base de detalles que no percibimos en los dos episodios anteriores) nos desarma, nos enfada y nos decepciona (no queremos que le pase nada malo nunca a John), pero en última instancia sirve para reforzar los lazos de los tres personajes principales. La clave está en la escena más compleja e intrincada visual y narrativamente de lo que llevamos de serie, la del disparo de Mary a Sherlock (¿no os encantaría ver esta serie en el cine?) En ella Sherlock nos lleva a su “mind palace” (un lugar que, sorprendentemente, o no tanto, está habitado por personas a las que quiere), donde descubre no sólo que está en su mano burlar a la muerte siguiendo la lógica científica que ha aprehendido de Molly (grande Molly), sino también que Mary Morstan es una espía y el disparo era su única manera de salvar a dos personas por las que siente genuino amor. Esto lleva a John a perdonar a Mary por haberle ocultado su pasado, el cual no tiene interés en conocer. “Los problemas de tu pasado son asunto tuyo. Los problemas de tu futuro son privilegio mío”. Para, John. Por favor. Deja de ser tan perfecto. Duele.

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Uno de los mayores defectos de Steven Moffat como guionista es abarcar mucho más de lo que debe. Sí, este es un problema que encontramos en todos los episodios de Sherlock (mejor eso que un “desarrollo estancado” de 90 minutos), pero resulta especialmente molesto y confuso en “His Last Vow”, saturado de flashbacks, capas de información y giros de guión. Aunque claro, si un episodio de Sherlock fuera sencillo y estuviera contado sin efectismo y engaño no sería Sherlock. Y seguramente no nos gustaría tanto. Además, lo mejor de esto es que todo acaba encajando de tal manera que los episodios anteriores adquieren nuevo sentido y la temporada mucho más empaque, por lo que la serie se presta enormemente a los revisionados.

Como no puede ser de otra manera, “His Last Vow” se guarda un gran giro para el final (y no, todavía no me refiero a eso). La cámara de los secretos de Charles Augustus Magnussen (actualización del villano sherlockiano Charles August Milverton interpretado a las mil maravillas por el hermano de Mads Mikkelsen) está en realidad en su mente, por lo que no hay manera de destruir las pruebas sobre el pasado de Mary si no es matándolo. Después de una escena incómoda y enervante como pocas he visto (Magnussen dando golpecitos con el dedo en la cara de John), Sherlock mata a su archinémesis de la semana, lo que lo convierte en un criminal (en la historia original simplemente no hacía nada por evitar su muerte). En manos de las autoridades (o sea, de su hermano Mycroft y su amigo Lestrade), Sherlock se ve obligado a aceptar una misión suicida como espía (y yo creía que se me habían acabado los espías con Nikita). La despedida de Sherlock y John resulta demasiado contenida pero cargada de emoción. Afortunadamente solo están separados 4 minutos. La próxima vez que vayáis a despediros para no veros nunca más, ¡arrimaos!

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¿Cuál es la razón para que Sherlock se baje del avión (cual Rachel Green) antes de despegar hacia su final? Ahora sí. Jim Moriarty. ¡Qué sorpresa! (ironía). Es prácticamente un hecho que Moriarty sigue muerto (nos lo aseguraron Moffat y Gatiss, aunque ya sabéis que de esos hay que creerse poco), y esto no es más que una provocación del villano de la cuarta temporada (los entendidos dicen que podría tratarse de Sebastian Moran), una distracción de Moffat para llamar la atención y asegurarse nuestro regreso, como si hiciera falta. Claro que con esta serie nunca se sabe qué retorcido y mágico plan nos aguarda a la vuelta de la esquina. Ahora ya sabéis lo que toca: mono. ¿Y cómo se sobrelleva el síndrome de abstinencia impuesta después de estos cortos pero intensos 12 días de Sherlock? Por mi parte yo recurriré a la droga de reemplazo de Holmes: Me voy a mirar gifs de John Watson muriéndose de celos porque su Sherlock se ha echado novia (qué alivio que lo de Janine fuera solo el despiadado plan de un psicópata, ¿verdad?). A ver si así aguanto hasta 2015. Nos vemos el año que viene en el 221b de Baker Street. Toodles!

Sherlock – “The Sign of Three” (3.02): La boda del año

The Sign of Three Sherlock

Después de irrumpir en 2014 llevándose todo y a todos por delante, el huracán Sherlock amaina con la segunda entrega de la tercera temporada del pelotazo de BBC, que lleva por título el premonitorio “The Sign of Three”. Igualmente rebosante de escenas memorables pero un poco menos escrito por y para Tumblr que The Empty Hearse, el episodio central (o sea, el ojo del huracán) de la tercera de Sherlock es tan apasionado y divertido como caótico y descentrado, y se puede resumir en dos ideas: la celebración oficial (y de etiqueta) de la amistad inquebrantable de Sherlock y John, y el ingreso definitivo de Mary Morstan en la coalición Johnlock, lo que altera ligeramente la dinámica de la serie.

Pero la altera para bien, porque Amanda Abbington no podría ser más idónea para el personaje de Mary, aportando estabilidad a nuestros dos queridos “drama queens“, y ganándose en tiempo récord el beneplácito de la audiencia. Mary, lejos de ser la tercera en discordia, es (por ahora, claro está) una fuerza unificadora, una fuente de equilibrio emocional y contrapunto realista para la pareja principal de la serie (“Ni tú ni yo fuimos el primero”), más inmersos que nunca en la fantasía de su estrafalaria vida en común (como muestra el genial montaje de sus casos más locos). Mary tiene calado a Sherlock desde el primer minuto (“Yo no soy John”, le deja caer con toda la naturalidad del mundo) y en lugar de aprovechar esta ventaja para quitárselo de en medio, la usa para construir una relación sana dentro de sus posibilidades, asumiendo desde el principio que deshacerse de la persona más importante en la vida de su marido no es una opción si quiere que su matrimonio funcione. En “The Sign of Three” asistimos como invitados de excepción a la boda de John Watson y Mary Morstan. Mark Gatiss y Steven Moffat están manejando con destreza el tiempo en esta temporada. Las elipsis y los saltos en el tiempo durante este capítulo funcionan muy bien porque todos los personajes, incluida Mary (es más, especialmente Mary), están muy asentados en el relato, y además se parte con la ventaja de que la audiencia conoce la historia de antemano. Tenemos tan solo tres capítulos por temporada, y es mejor no perder el tiempo.

Otra cosa es que también sepan disponer con la misma habilidad los incontables elementos de la historia. “The Empty Hearse” ya pecaba de abarcar demasiado, pero sorprendentemente lograba hacer encajar todo a las mil maravillas. Sin embargo, “The Sign of Three” adolece de una convulsa sobrecarga de información y sale perjudicado por un exceso de tramas, interludios y apartes que Steve Thompson (guionista del episodio), Gatiss y Moffat no saben hilar. Más bien convierten el episodio en una gran madeja de historias y escenas que lanzan al espectador. Curiosamente, muchas de estas escenas parecen estar alargadas en exceso, haciendo que “The Sign of Three” sea uno de los episodios de Sherlock más perjudicados por su extensa duración. En él nos encontramos con tres casos aparentemente desconectados (con homicidio en cuarto cerrado incluido, con lo que a mí me gustan) que Holmes no ha logrado descifrar. Unos más interesantes que otros, todos ligeramente predecibles y finalmente resueltos a base de los dei ex machina y las coincidencias imposibles que tanto gustan a los creadores de la serie, estos enigmas plantean demasiadas preguntas que ponen en duda la verosimilitud de los mismos. No es que no estemos acostumbrados, pero nos gusta que un caso de Sherlock termine con las piezas encajando tras un satisfactorio proceso de deducción y reconstrucción (por muy enrevesado que sea) y no después de lanzarlas al aire para que encajen mágicamente.

The Sign of Three 3.02

La celebración del enlace Watson-Morstan es el escenario perfecto para seguir diseccionando a la extraña pareja formada por Sherlock y John. Y, a pesar de constituir el discurso de boda más largo y ramificado de la historia, “The Sign of Three” sale triunfante al cumplir su propósito principal: articular en palabras las psiques de sus protagonistas y la naturaleza de su relación, lo que se consigue a través de los desconcertantes, conmovedores y brillantes soliloquios de Sherlock durante el brindis. Así que al fin y al cabo, los casos del episodio se mantienen casi en todo momento en un segundo plano, sobresaliendo por encima de ellos todas las escenas en las que Sherlock y John se profesan su amor incondicional. Lo mejor de “The Sign of Three” es que Gatiss y Moffat se reafirman en su modo de representar la amistad de los protagonistas: sin medias tintas y desde el corazón. John le dice a Sherlock que es su mejor amigo, y Sherlock le dice a John que le quiere y que le tendrá para toda la vida. Con esas palabras exactas (sniff, se me siguen saltando las lágrimas). Hoy por hoy es una tontería recurrir a dobles sentidos o declaraciones veladas (otra cosa es la TSNR). Lo mucho que se quieren estos dos está ahí (¿de dónde iba a salir si no el enternecedor estrés de Sherlock preparándose para la boda?), es dominio público, y resulta emocionante verlos a ambos entregados a él y cantándolo a los cuatro vientos.

Por eso “The Sign of Three” es otro gran episodio de Sherlock. Por eso y porque Benedict Cumberbatch y Martin Freeman están mejor que nunca. Imborrable la escena en la que John le pide a Sherlock que sea su padrino de boda, y mucho más inolvidable aún la sección del episodio en la que los dos amigos se emborrachan haciendo un tour al más puro estilo The World’s End, juegan a adivinar los personajes de su frente (probablemente una de las escenas mejor escritas e interpretadas de toda la serie), atienden a un caso “clueing for looks” y se despiertan en una celda con la peor resaca de la historia. Salta a la vista que Cumberbatch y Freeman no pueden estar más cómodos en sus personajes. Los dos están entregados al 150%, y resultan inconmensurables tanto en las escenas cómicas como en las emotivas (que a menudo serán lo mismo). “The Sign of Three” supone el nacimiento oficial de la trifecta John-Sherlock-Mary, pero después de escenas así, para nosotros es como si hubiéramos asistido a la boda de Sherlock Holmes y John Watson, los novios más impolutos, gallardos y tiernos de la Gran Bretaña.

Sherlock – “The Empty Hearse” (3.01): He’s Alive! ALIVE!!!

Sherlock Holmes BBC

Se me ocurren pocas cosas tan autoconscientes como Sherlock. Pocas series tan hábiles, pícaras y descaradas en el uso de lo meta como esta. Los dos eternos años que han transcurrido entre el final de la segunda temporada y el estreno de la tercera, “The Empy Hoarse”, han servido no solo para que el fandom de la serie se confirme como uno de los más insistentes, entregados y obsesivos de la tele, sino para que sus creadores, Mark Gatiss y Steven Moffat orquesten el regreso perfecto a costa de los fans. “The Empty Hearse” está diseñado meticulosamente, plano a plano, palabra por palabra, gif a gif con un único propósito: romper Internet. Y vaya si lo ha hecho.

Pero primero quitémonos de en medio lo menos importante, el caso de la semana, que ocupa la segunda parte de este primer episodio. Sherlock y Watson y la amenaza terrorista contra Londres. Si habéis visto el episodio, poco se puede decir. Todos los agujeros posibles, todos los errores e incongruencias, todo está previsto y cubierto. ¿Por qué no llama Sherlock a la policía? ¿Por qué hace falta tanta deducción para concluir que el atentado va a tener lugar en el Parlamento durante la votación de una legislación importante? “No os creáis tan listos”, piensan Gatiss y Moffat atusándose el bigote imaginario, todo forma parte de otro plan maestro, de otra broma macabra del travieso Holmes. Al igual que Sherlock y el plan para fingir su muerte, nada se deja al azar. ¿O sí? Es difícil saberlo porque incluso aquellas piezas del puzle que encajan por obra y gracia del destino son tan importantes como las demás. Piezas de un enervante y endiabladamente divertido juego de despiste en el que Gatiss y Moffat siembran la duda tanto con las respuestas concretas a los enigmas como con las imprecisas. Un juego mucho más elaborado y tramposo que el Operación de MB, desde luego.

Sherlock 3x01

Pero al igual que a nuestro querido Watson, lo que nos importa a nosotros no es tanto el cómo sino el porqué. Y más nos vale, porque la solución a uno de los enigmas más grandes de la tele actual, el del salto de Sherlock, ha sido poco más que un “Elige tu propia aventura” (pero claro, qué esperábamos). Mucho mejor que el entramado de teorías y conspiraciones de Moffatis es el subtexto (y texto) gay más importante de la tele desde Xena y Gabrielle -“Prefiero que mis doctores estén bien afeitados” es la frase más erótica que se ha pronunciado jamás en la serie. Y por encima de eso, la insana, disfuncional y apasionadamente codependiente amistad de estos dos fascinantes personajes (que como cabía esperar, habitan perennemente en el cuerpo de sus intérpretes), un hombrecillo roto que necesita ser leal y amar a toda costa y el sociópata más hijo de puta y entrañable de este lado del Támesis. La primera mitad de “The Empty Hearse” está bien cargada emocionalmente, pero también cómicamente, suponiendo un inmejorable arranque para la temporada: el duelo de Watson -que más que la pérdida de un amigo ha experimentado la viudedad-, la introducción de Mary -por ahora perfecta porque acepta que su marido esté enamorado de otro hombre-, el papel de Santa Molly Hooper en el duelo particular (y en la vida) de Sherlock, la sincera alegría de la Sra. Hudson porque John ha encontrado a otro hombre, y por último la escena del reencuentro en el restaurante. Mucho más grande que cualquier cosa que nos hubiéramos imaginado (con excepción de la tarta). “Are you really going to keep that?”

Sherlock The Empty Hearse

Por eso, los primeros 40 minutos de “The Empty Hearse” son la verdadera bomba del capítulo, un inspiradísimo recital de autorreferencias y metahumor pensado para desatar aún más la pasión desmedida de los sherlocked, para los que está hecho sin duda el episodio. Pero Sherlock es mucho más que un producto hecho para fans. Sherlock no es El Hobbit. Los fans son recipientes, pero también piezas centrales de la maquinaria creativa y publicitaria de la serie. A las incontables y autorreflexivas pruebas me remito: “Dos años y las teorías son cada vez más estúpidas”, “Ahora todo el mundo es crítico”; “I believe in Sherlock Holmes”; Ese plano del club de fans de Sherlock Holmes (con nuestra Rae Earl poniendo voz a los fans dentro de la propia serie) y los hashtags tipo #SherlockLives superpuestos en la pantalla; Los innumerables chistes a costa del bigote de John; Y los momentos en los que Moffat y Gatiss rompen la cuarta pared sin que sus personajes miren a cámara: “Me voy a presentar en Baker Street saliendo de una tarta” es en realidad “Fans, haced muchos fan arts de Sherlock sorprendiendo a Watson saliendo de una tarta”; Y  bueno, el “I don’t shave for Sherlock Holmes” (“You should put that on a T-shirt”) es un caso de product placement. Sí, podéis comprar la camiseta oficial en la tienda online de BBC, pero que eso no os impida hacer las vuestras para subir a TeeFury. Conclusión: Nunca antes se había fusionado con tanta argucia la entrega a los fans y los intereses comerciales. Y vaya, nos encanta que nos utilicen así.

Pero, ¿por qué Sherlock no sale damnificada por el desorbitado hype y el hecho de que el fandom sea hoy en día el principal artífice creativo de la serie? Porque Sherlock cumple. Porque en el fondo sigue siendo una comedia de altura. Y porque se sigue sustentando en la arrolladora química entre sus dos protagonistas, y la relación amistosa, férrea y frágil, fraternal y romántica a partes iguales, que mantienen. Después de dos años de ausencia, esto permanece intacto. Es más, se ha reforzado. El tira y afloja entre John y Sherlock nos sigue proporcionando los mejores momentos de la serie. Los celos, los pequeños instantes que confirman el alcance de su amor mutuo (como esta ahogada sonrisa de Watson mirando hacia el apartamento de Sherlock) y la ineptitud de ambos a la hora de ocultar que no piensan en otra cosa que no sea en el otro. “The Empty Hearse” es un regalo a los fans desbordado de momentos calculadamente icónicos, de guiños burlones, de memes en potencia (a razón de tres por plano), como Doctor Who. En definitiva, todo un ejercicio de autoafirmación. Mark Gatiss y Steven Moffat te están viendo en tu cuarto, y saben que vas a estar pensando mucho tiempo en esto:

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You’ve been sherlocked.

Estrenos navideños 2013

La vida secreta de Walter Mitty

La vida secreta de Walter Mitty (The Secret Life of Walter Mitty, Ben Stiller)

No hay nada más navideño que la publicidad. Que la nueva película como director de Ben Stiller se haya estrenado el 25 de diciembre (tanto en Estados Unidos como en España) es toda una declaración de intenciones. Al igual que a comienzos del año Vince Vaughn y Owen Wilson (como Stiller, desesperados por gustar a todo el mundo) nos vendieron esa utopía aspiracional que es Google en Los becarios, con La vida secreta de Walter Mitty (el regalo de Ben Stiller al mundo) se nos taladra con el lema de la revista LIFE para enseñarnos que todo es posible y uno debe lanzarse a la aventura para descubrirlo (si no tenéis dinero para viajar por el mundo os jodéis y os dais una vuelta por el barrio, que seguro que os esperan mil y una aventuras a la vuelta de cada esquina). Carl Fredricksen doesn’t approve.

La vida secreta de Walter Mitty es un panfleto motivacional encantado consigo mismo. Llega un momento en el que, si no fuera por la saturación de efectos digitales, pensaríamos que estamos viendo un publirreportaje. A partir de un relato de James Thurber, Stiller levanta una película artificial y artificiosa, cargada de buenas intenciones pero construida desde la falsedad y la manipulación emocional. Al pequeño Ben se le ve el naipe debajo de la manga en todo momento. Recurre a los trucos más descarados (canciones sobreutilizadas de Arcade Fire y David Bowie para marcar las emociones, ensoñaciones manufacturadas para engordar el ego de Stiller, lecciones de vida para privilegiados), y es su falsa modestia lo que desvela desde el primer minuto lo confeccionado y calculado de la propuesta. Pero si hay algo peor que querer vendernos la moto, es tener a Kristen Wiig para hacerlo y desaprovechar su presencia trágicamente. Hay varias escenas en las que Stiller consigue emocionarnos, pero es a base de tanto esfuerzo y planificación que uno empieza a preguntarse si lo que siente es real o le acaban de lavar el cerebro.

Valoración: ★★

El médico

El médico (The Physician, Philipp Stölzl)

No hay vacaciones de Navidad que valgan sin el estreno de una súper producción. Las más importantes nos llegan un par de semanas antes de las fiestas. Y este año, Papá Noel nos ha dejado a los españoles en exclusiva la esperada adaptación de la célebre novela de Noah GordonEl médicoestreno simultáneo con Alemania, país de origen de este blockbuster europeo. Con varios videoclips de Madonna y Rammstein y algún que otro thriller de acción de tercera, Philipp Stölzl capitanea un proyecto arriesgado que tiene todas las de perder y sin embargo sorprende por su naturaleza centrada y su gran entendimiento de lo que debe ser una épica histórica para todos los públicos.

Dejando a un lado las inevitables polémicas que conlleva la adaptación de un best-seller leído por más de medio mundo (que si han cortado este capítulo importante, que si se han inventado esto, que si no me imaginaba al protagonista con esa cara), El médico triunfa a la hora de trasladar a la pantalla la esencia del libro tras un competente ejercicio de condensación y reorganización narrativa. El metraje es extenso (y más lo será cuando se estrene como miniserie de televisión), pero no se hace interminable. Cuenta muchas cosas y abarca un longevo periodo de tiempo, pero no da la sensación de que está calzando escenas a la fuerza, acelerando o mutilando la historia para que encaje en menos tiempo (aunque sepamos que lo está haciendo). En definitiva, El médico logra ser una película en sí misma, un trabajo cinematográfico más que correcto, con valores de producción excelentes, ausencia de remilgos en los aspectos más escabrosos de la historia y buen casting (destacan Ben Kingsley y el joven protagonista, Tom Payne) que cumple de sobra el papel del cine-espectáculo para las vacaciones.

Valoración: ★★★

Caminando entre dinosaurios

Caminando entre dinosaurios (Walking with Dinosaurs 3D, Barry Cook, Neil Nightingale)

Esta producción de la BBC es la propuesta más esencialmente infantil de la cartelera. Caminando entre dinosaurios es casi una atracción de museo de ciencia para los más pequeños. Una extensión cinematográfica de todos esos programas de la cadena inglesa (y algún que otro spin-off teatral) que han acercado la paleontología a los más pequeños convirtiendo a los dinosaurios en objeto de asombro y admiración. La película de Barry Cook y Neil Nightingale está entre el documental educacional y el cuento de antes de irse a dormir, y la tecnología 3D es el reclamo definitivo para los niños que desean con todas sus fuerzas caminar entre dinosaurios.

El problema, como cabía esperar, es que no hay nada que pueda interesar mínimamente al padre que acompaña al niño, o al adulto dinófilo. La historia de Caminando entre dinosaurios pellizca de varios éxitos de animación y recuerda inevitablemente al clásico de los 80 En busca del valle encantado, pero no hay verdaderas aspiraciones más allá del aspecto visual. Una pena teniendo en cuenta que el despliegue es enorme. Claro que Caminando entre dinosaurios está hecha exclusivamente para menores de 10 años, y aunque sepamos que es posible un cine “infantil” sin límite de edad, ellos disfrutarán sin duda de las peripecias de Patchi y sus amigos.

Valoración: ★★

In the Flesh: A flor de piel

In the Flesh Kieran

No cabe duda, vivimos en la era Z. El género zombie lleva casi una década siendo una de las mayores obsesiones del cine y la televisión. Desde que aquella pequeña joya de la comedia que fue Shaun of the Dead (Edgar Wright, 2004) reescribiese las normas del género, los zombies y todas sus variantes se han convertido en los grandes protagonistas del fantástico del siglo XXI, incluso desbancando a los sempiternos vampiros. A estas alturas de la película, parece que queda poco espacio para la innovación. The Walking Dead triunfa en televisión con una perspectiva más dramática, mientras que en el cine seguimos recibiendo comedietas (Cockneys vs. Zombies) que practican el ya anticuado humor gamberro con el que Wright enlustró la Z. A comienzos de 2013 pudimos ver una vuelta de tuerca en clave romanticona y adolescente, Warm Bodies (titulada en España Memorias de un zombie adolescente), con la que descubrimos que todavía se podía ser original a la hora de retratar al zombie en la pantalla. Y este verano hemos sido testigos de la comercialización definitiva del no-muerto, convirtiéndolo en carne (podrida) de blockbuster con Guerra Mundial Z. A la sombra de la sorprendente Warm Bodies nacía también este año en televisión la serie In the Flesh, que, a grandes rasgos, podría parecer su secuela catódica.

In the Flesh es una miniserie británica emitida originalmente por BBC Three. Consta tan solo de tres episodios de una hora de duración, funcionando perfectamente como relato autoconclusivo en tres actos. La cadena prepara una segunda temporada extendida (en teoría de 6 episodios), pero lo cierto es que In the Flesh, tal y como está, es absolutamente perfecta. Como decíamos, la serie parte de la premisa que sirve como conclusión a Warm Bodies, pero descarga la propuesta de toda la comedia y el crepusculismo que caracterizaba a la película de Jonathan Levine.

In The Flesh

In the Flesh nos propone un Reino Unido post-apocalíptico en el que los zombies no son tal cosa, sino personas que viven con el estigma del “Síndrome del Fallecimiento Parcial”, enfermos crónicos que tras recibir tratamiento médico en instalaciones hospitalarias son reinsertados en la sociedad. Sin embargo, el rechazo y la hostilidad de los ciudadanos no infectados convierte a los no-muertos en apestados, incluso perseguidos. Ningún enfermo de muerte parcial puede volver a vivir de verdad. A pesar de la medicina para reprimir el virus que los convierte en monstruos, el maquillaje que cubre la putrefacción de su piel y las lentillas que ocultan sus ojos deshumanizados, para los “normales” siguen siendo asesinos, engendros desviados de la naturaleza.

La historia de In the Flesh es la historia de Kieren Walker (Luke Newberry), un joven infectado que regresa a su hogar, un pequeño pueblo de Lancashire, después de pasar años en las instalaciones gubernamentales de rehabilitación para enfermos de PDS (Partially Deceased Syndrome). La vuelta de Kieren supone para él un reencuentro con sus demonios, un regreso al infierno del que había intentado huir hacía años. A través de la metáfora zombie, In the Flesh enarbola, de manera sutil y progresiva, un relato sobre la intolerancia, sobre la ignorancia y el integrismo religioso que condena al diferente como anti-natura. Según esta serie, ser un no-muerto en un pueblo pequeño es lo mismo que ser homosexual en un pueblo pequeño. Es más, la comunidad cerrada es la prisión del adolescente, sea de la condición que sea. Hay que salir de ahí por todos los medios, o condenarse a estar muerto en vida. Kieren lo sabe, porque ya había sucumbido a la presión, y ahora está condenado a revivir la experiencia.

In the Flesh

A lo largo de los tres episodios que dura In the Flesh, la historia de Kieren va sumando capas de profundidad, sin explicitar en ningún momento el pasado en común que condiciona a todos los personajes, pero haciendo que este se manifieste en cada mirada y cada gesto, en los que el espectador ve claramente todas las heridas abiertas. Las del padre que escoge engañarse a sí mismo a pesar de tener la evidencia delante de sus narices (cicatrices en el rostro que son caricias furtivas), las de la madre que se siente culpable por no haber podido salvar a su hijo, las del chico que ha perdido al primer amor, es decir, al amor de su vida -porque In the Flesh es también una velada pero desgarradora historia de amor. Y las de padres e hijos que conviven con lo que no se cuentan, sin mostrarse nunca la verdadera piel.

In the Flesh, como bien indica su título, es un relato en carne viva. Parece mentira que un género que ya muestra inevitables síntomas de desgaste, y una premisa vista recientemente, pueda generar un producto tan único y valioso. In the Flesh nos conmueve porque rasca en la superficie y se adentra en terreno virgen para el género. Ni survival horror ni parodia. Nos golpea con el drama y la tragedia humana de unas personas que ya estaban rotas antes del Apocalipsis, que ya sufrían “enfermedades” demonizadas por la sociedad, cuyos corazones ya habían dejado de latir hacía tiempo. Pero nos deja con un mensaje de esperanza, nos habla de la existencia de segundas oportunidades (para víctimas y verdugos, que por lo general siempre serán únicamente víctimas). Y nos proporciona cobijo, un seno materno en el que llorar, una cueva donde vivir nuestra diferencia aislados del mundo y aprender a convivir con las mayores enfermedades crónicas de la humanidad: el miedo y la tristeza.

I’d love you with all my heart even if you came back as a goldfish!