Crítica: Nueva vida en Nueva York

CASSE_TETE_CHINOIS

El francés Cédric Klapisch fue el responsable de uno de los mayores éxitos sleeper del cine europeo a comienzos de siglo, Una casa de locos (L’auberge espagnole, 2002). Aquella película retrataba de manera fresca, realista y pertinente la vida del estudiante europeo durante la experiencia Erasmus, una idea que Klapisch utilizaba para conectar con miles de jóvenes que se sentían profundamente identificados y que además le servía para reflexionar sobre algo más grande: la nueva Europa, representada por un hogar políglota, policultural y en caótica armonía.

Tres años después, el director continuaba la historia de Xavier Rousseau, encarnado por un perfecto Romain Duris, en una segunda entrega, Las muñecas rusas (Les poupées russes). Aunque la premisa era la reunión de los amigos que se habían conocido durante el año de Erasmus, la película se desviaba del tema, evolucionando al compás de sus protagonistas. Sin dejar de hablar en todo momento de lo que significa ser europeo para gran parte de la juventud -red de amistades y relaciones intercomunitarias, conversaciones en dos o tres lenguas, predisposición nomádica, incertidumbre general-, Kaplisch decidió con la secuela empezar a hablarnos de la vida de Xavier, a grandes rasgos. Y esa es la senda que ha continuado en la tercera parte de sus aventuras, Nueva vida en Nueva York (Casse-tête chinois).

Siguiendo el modelo de Antoine Doinel o de Jesse y Céline, Klapisch parece interesado en establecer una estrecha relación emocional entre su protagonista y el espectador, con el que (si hemos seguido su historia desde que comenzó, y si no también) hemos madurado a lo largo de más de una década. La ausencia de un hilo conductor que vertebrase las dos Nueva vida en Nueva York cartelentregas anteriores (caóticas, descentradas, repletas de ramificaciones, rodeos y tiempos muertos) es lo que da sentido a este inspirado último capítulo, y a la estructura, o más bien a la ausencia de estructura, de la trilogía. Xavier tampoco ha tenido nunca un hilo, un plan que le indique por dónde ir. Como gran parte de los jóvenes que ingresan en la mediana edad en Europa, no está donde se imaginaba que estaría a sus años, o lo que es peor, no sabe exactamente dónde quería estar, o hacia dónde quiere ir.

Por eso, Nueva vida en Nueva York es la más relevante, y también la más reveladora, de las tres películas de Xavier Rousseau. Su vida ha cambiado -separaciones, hijos, un futuro laboral incierto a los 40-, pero él sigue siendo el mismo, y es entonces cuando las grandes cuestiones existenciales ya no se pueden acallar. Nos obligamos a hacer balance, a echar la vista atrás y recordar cómo era nuestra vida antes de que las cosas se pusieran serias, antes de que se esperase de nosotros que fuéramos adultos, y a pensar si deberíamos haber hecho todo de otra manera. Como adelanta su título en español, la película transcurre en Nueva York, símbolo del sueño americano moderno, y a la vez la ciudad más europea de Estados Unidos. Una nueva vida, una nueva oportunidad para Xavier, en una historia sobre oportunidades y decisiones en un mundo de fronteras cada vez más difuminadas.

El año de Erasmus queda muy lejano en el tiempo, pero Kaplisch nos muestra, de manera muy certera, emotiva y con el sentido del humor más afinado que nunca, que este tipo de experiencias de juventud nos acompañan de alguna manera para siempre, estemos donde estemos, porque somos la suma de nuestras experiencias, y de las personas que conocemos. Xavier ya no tiene contacto con la mayoría de sus ex compañeros de piso -otro toque realista que se agradece-, pero algunas de esas personas de su pasado ya forman parte de su vida para siempre. Nueva vida en Nueva York es la historia de Xavier y sus mujeres: Martine (Audrey Tatou), Isabelle (Cécile De France) y Wendy (Kelly Reilly). Las tres mujeres de su vida. Y ellas, que son la mujer perfecta repartida en tres, le aportan esa “línea” que necesita, y que no sabía que tenía desde hace más de diez años.

Valoración: ★★★

Crítica: La espuma de los días (Michel Gondry)

La espuma de los días

Con The We and the I (2012) el francés Michel Gondry parecía por fin darse cuenta de que su carrera no iba a ninguna parte y había que ponerle remedio. Aquella película, ambientada en un autobús neoyorquino donde coincidían los estudiantes de un colegio público, no obtuvo reconocimiento alguno (tampoco se lo merecía demasiado), pero al menos situó a Gondry en una nueva senda artística, más cruda, ligeramente más madura y descargada de florituras visuales. Un año después le cae del cielo la novela de Boris Vian La espuma de los días, inadaptable para los demás mortales (e inmortales), pero anillo hecho a medida para Gondry. Con su nueva película, el director de Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004) recula, recuperando sus señas de identidad estéticas y narrativas, y abandonando cualquier intención de evolucionar.

La espuma de los días pósterComo la de Joel y Clementine, o Stéphane y Stéphanie (La ciencia del sueño, 2006), la historia de amor de Colin (Romain Duris) y Chloé (Audrey Tatou) es decididamente marciana, ingenua, y está contada de entrañas para fuera. Gondry no cree que el diálogo sea la manera más efectiva de manifestar los sentimientos de sus personajes. Como de costumbre, confía en que las manualidades de primaria -papel maché, algodón, tejidos de colores, marionetas- y las aberraciones psicodélicas del espacio y el cuerpo hagan el trabajo. En La espuma de los días Gondry se entrega una vez más al poder y la “poética del asombro“, y satura su relato de excentricidad y estulticia, de infancia e idealismo, construyendo un mundo fantástico basado en la realidad de nuestros subconscientes, en la realidad de los sueños de Colin y Chloé (y hay pocas cosas tan reales como un sueño).

Gondry regresa a terreno onírico, que es donde se siente más cómodo, para contarnos un romance de la misma manera que el padre o la madre le cuentan un cuento a su hijo antes de dormir. Y como en todos los cuentos, de este también acaba apoderándose la crueldad y la oscuridad. Sin embargo, Gondry no es capaz de ir más allá de la superficie, distanciándose peligrosamente de un espectador que a estas alturas exige algo más de su exuberante y surrealista teatro de títeres. El realizador se ha quedado más tiempo del que debía en un universo infantil que ha acabado por tragarse su capacidad para reflexionar de verdad sobre el amor y la vida. La espuma de los días es un ejercicio estético cuya razón de ser se acaba perdiendo entre las tonterías de un autor que ha abandonado su voluntad revolucionaria para hacer lo mismo de siempre. Gondry parecía interesado en ser enfant terrible, pero a estas alturas ya sabemos que no es más que un enfant.