Sorry to Bother You: Un delirio surrealista que hay que ver para creer

Boots Riley se dio a conocer el año pasado con su opera prima, Sorry to Bother You, una película muy aclamada por la crítica que, sin embargo, tuvo un estreno muy discreto en Estados Unidos, y apenas vida comercial fuera de su país. En su día, el director se quejó en Twitter de que nadie estaba interesado en distribuir la película en el resto del mundo, a pesar de haber conseguido una taquilla bastante respetable en su país (17 millones de dólares) teniendo en cuenta lo pequeño y arriesgado del proyecto, ya que según le habían dicho, “las películas negras no funcionan bien internacionalmente”. Afortunadamente para nosotros, Universal Pictures Home Entertainment ha decidido rescatar la película del limbo comercial para lanzarla directamente a vídeo en nuestro país. Una oportunidad perfecta para descubrir por fin y de manera legal uno de los films más originales de los últimos años.

Sorry to Bother You transcurre en una versión alternativa de Oakland, Estados Unidos. La historia sigue a Cassius Green (Lakeith StanfieldAtlanta), un joven sin rumbo y con problemas de autoestima que vive en un garaje y no llega a fin de mes. Cuando un día encuentra un trabajo como teleoperador, Cassius descubre lo difícil que es trabajar en ventas siendo un hombre negro, por lo que decide poner “voz de blanco”, con sorprendentes resultados. A partir de ahí, iniciará un meteórico ascenso en la empresa, mientras sus colegas luchan por mejorar las precarias condiciones de su trabajo, lo que lo distanciará de sus amigos y su novia, Detroit (Tessa ThompsonThor: Ragnarok), una carismática artista y activista política. Al subir la escalera empresarial, Cassius se verá envuelto en un mundo cada vez más extraño y perturbador, donde deberá replantearse lo que está haciendo para detener los siniestros planes del horrible director de la compañía, Steve Lift (Armie Hammer).

Junto a un reparto estupendo (a los ya mencionados se suman Terry Crews, Seven YeunJemaine Fowler y Danny Glover), interpretaciones muy afinadas por parte de Stanfield y Thompson y una inventiva visual y estética irresistible, Boots Riley realiza uno de los debuts más prometedores y extravagantes de los últimos años. Sorry to Bother You es como un cruce entre Dear White PeopleBrazil, un excéntrico y divertido viaje al corazón de la América corporativa en el que la comedia se transforma en pesadilla y la crítica al capitalismo y el racismo adopta las formas más absurdas y creativas. La voz de Riley es contundente y da forma a una propuesta muy estimulante que no deja indiferente, una ácida sátira social llena de hallazgos y rebosante de personalidad que nos sume en un viaje psicotrópico surrealista y provocador. Esta es una de esas películas de las que es mejor saber lo menos posible, especialmente sobre su loquísima recta final, en la que nos zambulle en la fantasía más perturbadora y salvaje.

Junto a Jordan Peele, Ari Aster, David Robert Mitchell o Robert Eggers, Boots Riley se erige como uno de los cineastas más interesantes del panorama cinematográfico actual, en el que las ideas originales y las nuevas perspectivas para abordar el terror, la ciencia ficción y la fantasía son más valiosas que nunca.

Sorry to Bother You ya está a la venta en España en formato DVD, editada por Universal Pictures Home Entertainment. El DVD incluye los siguientes contenidos adicionales: Audiocomentario con el director; Featurette ‘El maravilloso desorden con el director Boots Riley’; Galería de fotos.

Reseña: Call Me by Your Name – Edición Limitada Blu-ray

¿Qué más se puede decir sobre Call Me by Your Name? Los que me leéis habitualmente conocéis de sobra mi obsesión por la película de Luca Guadagnino. Algunos incluso habréis dejado de leerme por mi insistencia a lo largo del último año en hacer referencia al film o a sus actores protagonistas, algo que entendería perfectamente.

Claro que también espero que vosotros me entendáis a mí. ¿Nunca habéis visto una película que os llegue tan adentro, que os cale tanto, que se convierta instantáneamente en una de las películas de tu vida? Esta es una de las mías y eso es Call Me by Your Name, una de esas películas tan especiales que solo aparecen muy de vez en cuando, una historia con un poder arrollador, que ha enamorado, incluso transformado a miles de personas en todo el mundo, suscitando un culto automático y apasionado de un público que la ha acogido de forma muy personal. Es una experiencia que invita a sumergirse en el idílico y romántico verano durante el que transcurre, a soñar con un pasado que nunca tuvimos o reimaginar el que sí tuvimos, a sentirse identificado y vivirlo en primera persona, a desear y morir de amor con sus protagonistas. En definitiva, una película de la que es imposible salir después de los créditos finales.

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Como he dicho en muchas ocasiones, conocer a Elio (Timothée Chalamet) y Oliver (Armie Hammer) es quedarse con ellos para siempre. Una de las claves principales por las que el público se ha volcado de forma tan profunda con la película es la conexión real que se ha establecido entre ambos actores. Los dos viajaron a Crema, Italia meses antes del inicio del rodaje para familiarizarse con la vida de pueblo, con la naturaleza, y para conocerse el uno al otro. Se desarrolló entre ellos una amistad y una complicidad tan grande que hizo sino beneficiar a su historia de amor en la pantalla. Chalamet y Hammer se entregan el uno al otro de tal manera que es difícil creer que ese amor es ficción.

El trabajo que realizan ambos actores es digno de elogio y admiración, pero lo de Chalamet en particular es prodigioso. El joven actor neoyorquino pasó del anonimato a ser proclamado una de las mayores promesas del cine de los últimos años gracias a su interpretación como Elio. Chalamet personifica de forma sublime la impaciencia, la confusión y el delirio del primer amor, así como el insoportable dolor de perderlo, se abandona a su compañero de reparto en cuerpo y alma (literalmente, se fusiona con él), y nos hace partícipes del recorrido emocional que atraviesa (y que condensa en el sobrecogedor y ya icónico primer plano de los créditos finales). Podría seguir hablando de él eternamente, del atractivo y carisma de Hammer (¿Quién no se enamoraría de Armie Hammer?), de Michael Stuhlbarg y su ya mítico discurso final, de la profunda sensualidad y belleza de las imágenes, del melocotón… Pero lo cierto es que sería repetirme. Os dejo mejor con la crítica que escribí con motivo del estreno en cines, completamente desbordado y embriagado por la experiencia.

Call Me by Your Name: Un clásico moderno que se queda con nosotros para siempre

Aunque no se ha librado de las quejas por la diferencia de edad de los protagonistas (Elio tiene 17 años, Oliver 24) o la supuesta mojigaería a la hora de mostrar escenas de sexo homosexuales, Call Me by Your Name ha conquistado al público y la crítica, culminando su largo trayectoria promocional y comercial en los pasados Oscar, donde se llevó el premio a mejor guion adaptado para James Ivory (un año después del triunfo de otro film con protagonistas gays, Moonlight).

Pero la temporada de premios no fue el final para la película, sino un punto y seguido. Call Me by Your Name se ha ganado en poco tiempo el título de clásico moderno, y su efecto seguirá durando muchos años. Guadagnino ya está preparando la segunda parte junto al autor de la novela en la que se basa la película, André Aciman, en la que veremos a Elio y Oliver viajando por el mundo. Hasta entonces, regresaremos a 1983, al pequeño pueblo de Italia donde todo comenzó, y volveremos a vivir el principio de su historia una y otra vez.

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Sobre la edición

Sony Pictures Home Entertainment ha puesto a la venta Call Me by Your Name en España en Blu-ray, DVD y digital. Además de las ediciones sencillas en Blu-ray y DVD, lanza una edición limitada exclusiva para fnac. Ni que decir tiene que esta es la edición ideal para aquellos que, como yo, están obsesionados con la película, y por tanto, esta es la edición que hoy nos ocupa. En otros países, como Estados Unidos o Reino Unido solo ha habido ediciones simples, así que se agradece que Sony España haya pensado en nosotros y le haya dado un tratamiento más especial.

La edición viene presentada en funda de plástico clásica con slipcover de cartón glossy. El título de la película viene en relieve sobre la funda, lo cual hace que resalte más lo que ya de por sí es una portada preciosa. Además, contrario a otras ediciones internacionales, la portada no viene abarrotada de citas de la crítica, todo un acierto (los carteles llenos de citas mejor para las revistas o la campaña de premios). En el interior, un libreto exclusivo con mensaje del director, notas de producción y entrevistas a Luca Guadagnino, Timothée Chalamet y Armie Hammer. Son 32 páginas de texto que incluyen numerosas imágenes de la película y el rodaje. Un extra que nos hace el apaño mientras esperamos a que se decidan a editar un (obligatorio) libro sobre el rodaje con los cientos de imágenes que se tomaron en Italia.

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En cuanto los contenidos adicionales, la edición no es abundante, pero lo que incluye es bastante jugoso. Un imprescindible making of de 10 minutos de duración con imágenes del rodaje y entrevistas al equipo, que desgrana la relación de Elio y Oliver y el proyecto en todas sus fases, una charla de 25 minutos con Armie Hammer, Timothée Chalamet, Michael Stuhlbarg y Luca Guadagnino, y el precioso videoclip de la canción nominada al Oscar ‘Mystery of Love’, de Sufjan Stevens. Pero lo mejor de los extras es sin duda el magnífico y muy personal audiocomentario con Chalamet y Stuhlbarg, sobre todo por los comentarios del primero, que nos permite entrar en su proceso interpretativo y vuelve a dejar patente su conexión con Hammer, y la admiración que siente por él. Volver a ver la película escuchándolos sirve para descubrir muchos más detalles y resolver dudas que nos puedan surgir viéndola.

Sabemos que hay muchas escenas que se quedaron fuera del montaje final, por lo que resulta algo decepcionante que no se haya incluido ninguna, aunque también es comprensible, porque cabe la posibilidad de que acaben en la secuela a modo de flashbacks. Aun así, contamos con que dentro de unos años aparezca una edición conmemorativa en la que se vierta todo el material que hay. Porque no parece que la pasión por Call Me by Your Name vaya a desaparecer con el tiempo, sino todo lo contrario.

Call Me by Your Name: Un clásico moderno que se queda con nosotros para siempre

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[Aviso: Este artículo contiene detalles de la trama que se pueden considerar spoilers]

Muchos leíamos su sonoro título por primera vez en verano de 2016. Call Me by Your Name. Se quedaba en la mente y reverberaba augurando algo muy especial. La nueva película de Luca Guadagnino (Yo soy el amor, Cegados por el sol), basada en la novela homónima de André Aciman publicada en 2007, entraba en nuestro radar como una de las cintas más apetecibles de la siguiente temporada. Su exitoso paso en otoño del mismo año por el festival de Sundance daba comienzo a la apasionada relación que el público está viviendo con ella. Call Me by Your Name encandiló en Sundance, y allá donde se proyectaba (Berlín, Toronto, San Sebastián, Palm Springs…), y su estreno comercial en Estados Unidos y el Reino Unido a finales de 2017 no hizo más que sellar su destino. Por eso, Call Me by Your Name llega a España (una de sus últimas paradas) ya convertida en un clásico moderno.

Pero, ¿qué tiene la película de Guadagnino que levanta tantas pasiones? Principalmente, el poder de transportar, transfigurar y transformar al espectador con su arrebatadora historia de amor y su idílica ambientaciónCall Me by Your Name transcurre durante el verano de 1983 en un pequeño pueblo al norte de Italia. En una de sus ociosas villas conocemos a Elio (la revelación Timothée Chalamet), un chico de 17 años que pasa las vacaciones bañándose, leyendo, componiendo música y flirteando con su amiga, Marzia (Esther Garrel). La llegada de Oliver (Armie Hammer, puro magnetismo), un atractivo estudiante de posgrado que viaja a Italia para trabajar junto al padre de Elio (Michael Stuhlbarg) en su tesis doctoral, convierte un verano más en los meses más importantes de su corta vida. La atracción de Elio por Oliver, la confusión que esto provoca, y las evasivas de su objeto de deseo dan paso a un intenso vals de sentimientos que culminará en uno de los romances más embriagadores que hemos visto en una pantalla de cine.

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Call Me by Your Name es la crónica de un amor de verano, pero no uno cualquiera. La historia de Elio y Oliver tiene un componente claramente universal, ya que cuenta, con suma cadencia y sensibilidad, algo en lo que toda persona puede verse reflejada sin importar su entorno u orientación sexual: ese primer amor que lo cambia todo, el despertar sexual y el insoportable dolor que supone enfrentarse a la idea de que quizá no sea un amor para siempre. Pero estas vivencias son magnificadas por el hecho de que se trata de dos hombres, lo que añade un emocionante componente furtivo y de secretismo que solo las personas LGBT+ pueden entender en su totalidad. Afortunadamente, James Ivory, el guionista del film, y Guadagnino se mantienen muy fieles a la novela (exceptuando un par de escenas clave) y dejan atrás los clichés más aciagos del cine gay, limitándose a explorar las emociones de unos personajes que se están descubriendo a sí mismos sin que estos tengan que enfrentarse a contratiempos trágicos como una enfermedad, una paliza homófoba o el rechazo de su comunidad. De hecho, es todo lo contrario.

En los padres de Elio, interpretados magistralmente por Michael Stuhlbarg y Amira Casar, encontramos un modelo de comportamiento ideal, figuras paternas comprensivas y tolerantes que ofrecen soporte a su hijo, haciendo que muchos deseemos haber tenido ese tipo de apoyo durante nuestro años de formación, pero también llenándonos de esperanza al pensar que quizá las nuevas generaciones cuenten cada vez más con padres como los Perlman. Muy célebre es ya la escena cerca del final en la que, tras la marcha de Oliver, el padre de Elio consuela a su hijo animándole a abrazar su dolor, y por encima de todo, a ser él mismo. Ese sobrecogedor discurso, que contiene las palabras que tantas personas homosexuales hubieran querido escuchar a esa edad, es lo que pone en perspectiva todo lo vivido hasta el momento, lo que convierte esta película en una obra con la capacidad de cambiar a quien la ve.

Por eso Call Me by Your Name es mucho más que cine. No es solo una película preciosa que se ve y tras lo cual se pasa a lo siguiente. Es una experiencia de gran calado personal que se vive con todos los sentidos, en la que se entra de la cabeza a los pies, y de la que es imposible salir una vez terminados los (ya icónicos) créditos finales: ese arrollador primer plano sostenido de Timothée Chalamet en el que observamos el mapa emocional de Elio mientras revive su verano con Oliver y sopesa sus consecuencias. Una escena que, aunque no sea más que el broche a una interpretación portentosa de principio a fin, por sí sola justifica todas las nominaciones que ha recibido el actor.

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La dedicación de Chalamet y la increíble capacidad que tiene para expresar el mundo interior de Elio con su rostro facilita la inmersión de un espectador que vive su verano en primera persona, que comparte su intimidad, que se excita, se ilusiona y siente a través de él. Pero no se trata de un ejercicio que nos convierte en voyeurs, sino de uno de los actos cinematográficos más generosos de la historia. Nos enamoramos de Oliver junto a él (¿Quién no se enamoraría de Armie Hammer?, como el mismo Chalamet ha dicho en incontables entrevistas), lo acompañamos en sus dudas, en sus miedos y frustraciones, en sus exabruptos inmaduros, en el éxtasis del deseo correspondido, los nervios y la exaltación sexual, en el anhelo de la piel y el olor del otro, y en última instancia, creemos morir por tener que decir adiós. Porque dejar de ver Call Me by Your Name es efectivamente como despedirse del primer amor tras un verano inolvidable juntos, el dolor que deja en el pecho es casi tan punzante y el vacío casi tan grande. De ahí que la película esté provocando obsesión en un sector de la audiencia que necesita volver a ella una y otra vez.

Guadagnino ha realizado una obra cautivadora en todos los aspectos, una película tierna y a la vez valiente, evocadora y profundamente romántica y sensual, en la que todo está cuidado con un mimo absoluto y una visión artística muy medida. La exquisita ambientación que reproduce con precisión la estética y la atmósfera de los 80 en Europa; la bellísima fotografía que envuelve el relato en un halo atemporal sacando el máximo partido de los hermosos parajes en los que tiene lugar; la acertadísima banda sonora, que incluye dos temas originales de Sufjan Stevens (más una nueva versión de una canción antigua que parece haber sido escrita para la película), en los que el cantautor se pone en la piel de Elio para ejercer como narrador temporal; el uso de la cámara, con la que Guadagnino transmite estados de ánimo y atrapa al espectador, jugando con los encuadres, la luz o el desenfocado para construir el universo de Elio y Oliver. Y sobre todo, Chalamet y Hammer, dos actores entregados en cuerpo y alma a sus personajes, al amor que los consume y los convierte en un solo ser (“Llámame por tu nombre y yo te llamaré por el mío”), hasta el punto de que es completamente imposible imaginarse a otros en su lugar. No hay elogios suficientes para ellos.

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Las palabras son un tema recurrente en la película. “¿Es mejor hablar o morir?”. La canción “Words” de F.R. David suena varias veces a lo largo del metraje, y “Futile Devices” de Sufjan Stevens, replica el sentimiento que personifica a Elio en este momento de su vida: “Hablar me cuesta. ¿Cómo voy a encontrar la manera de decir que te quiero?” / “Te diría te quiero, pero decirlo en voz alta es difícil, así que no lo diré”. En Call Me by Your Name, las palabras son importantes, pero no lo dicen todo. Las miradas, los silencios y los gestos entre Elio y Oliver, los de la noble Marzia a Elio cuando comprende lo que está ocurriendo en el interior de su amigo, la complicidad visible de los Perlman, que observan el crecimiento de su hijo sin que este se percate; todo eso comunica lo que los diálogos no expresan, una sinfonía de matices que nos invita a estar alerta para no perdernos todo cuanto acontece.

Call Me by Your Name es una de las películas sobre el paso de la adolescencia a la adultez más sinceras y conmovedoras que hemos visto, una historia de maduración contada con pasión, libertad y el desbordante erotismo que caracteriza a Guadagnino -y que aquí alcanza su máxima expresión en escenas tan comentadas como la del melocotón, o mediante los desnudos entrelazados de sus protagonistas, análogos a las esculturas greco-romanas con las que el realizador compone una oda al cuerpo masculino y el deseo. Conocer a Elio y Oliver es quedarse con ellos para siempre, es dejarles una parte de nosotros mismos. El efecto de la película perdura, sus imágenes no desaparecen de la retina y su mensaje de tolerancia propone un mundo en el que necesitamos creer. Por todo ello, Call Me by Your Name no es solo un triunfo artístico incontestable, sino también una de las películas más importantes de esta generación.

Pedro J. García

Nota: ★★★★★

Crítica: Final Portrait (El arte de la amistad)

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París, 1964. El artista suizo Alberto Giacometti queda con el joven escritor y marchante de arte estadounidense James Lord en el emblemático café Les Deux Magots (punto de encuentro para artistas como Picasso, Hemingway o Simone de Beauvoir), donde le propone hacerle un retrato. Lord, fascinado por la personalidad y la obra de Giacometti, acepta halagado, dando lugar a uno de los cuadros más famosos del artista, Retrato de James Lord, así como un año después al libro Un retrato de Giacometti, escrito por Lord a partir de su experiencia posando para el pintor durante 18 interminables sesiones.

Ese es el punto de partida de Final Portrait, drama biográfico dirigido por el actor Stanley Tucci en el que podemos contemplar el intrigante y caótico proceso artístico de un genio creativamente caprichoso y continuamente asaltado por la duda, mientras se forja una bonita amistad entre el artista y el sujeto de su obra que dota de nueva dimensión a la estática y gris imagen del famoso cuadro en cuestión. Tucci hace gala de gran sensibilidad, mesura y delicadeza a la hora de componer el fresco de esa amistad, revistiendo la historia con un sentido del humor muy fino, dosificando el drama con inteligencia, y dejando que sus excelentes protagonistas hagan el resto.

A pesar de ser originario de la costa oeste y haberse criado en ambientes tropicales, Armie Hammer personifica a la perfección la figura del neoyorquino sofisticado y cultivado. Su James Lord es la viva imagen del “amigo americano”, un hombre atractivo, magnético y fuertemente carismático en su sencillez. Es decir, totalmente idóneo como objeto de admiración y musa (temporal) de un artista tan idiosincrásico como Giacometti, que en el actor de Call Me by Your Name encuentra un homólogo de carne y hueso de sus emblemáticos hombres de extremidades interminables.

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Pero es Geoffrey Rush quien realiza el trabajo más inspirado del film, mediante una brillante interpretación llena de vida y rebosante de matices con la que frustra, confunde y conmueve, humanizando así a un artista complicado (los de verdad), cuya vida bohemia y relaciones siempre han sido un enigma. Rush y Hammer forman una pareja artística muy interesante, pero también están secundados por los no menos fantásticos Sylvie Testud como la sufrida pero comprensiva mujer del artista, el infravalorado Tony Shalhoub como su hermano, y una efervescente Clémence Poésy como su amante prostituta. Un estupendo elenco dirigido con pulso firme por un cineasta que se muestra claro y seguro en lo que quiere sacar de la historia y de sus actores.

Salta a la vista que Final Portrait está hecha con cariño. La cinta desprende amor por el trabajo del artista, adentrándose en la atribulada mente de Giacometti desde el respeto y el interés humanista, sin realizar grandes aspavientos melodramáticos o caer en el sentimentalismo prefabricado y manipulador del biopic. Es decir, una película concisa (dura 90 minutos) y discreta en ambición, pero grande en resultados.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Free Fire

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¡BANG! Boston no está situado en la costa oeste, pero el lema de su estado no tiene nada que envidiar a ninguna de las máximas pos las que se regía el lejano oeste: “con la espada buscamos la paz bajo la libertad”. ¡BANG! Tampoco estamos en el siglo XIX, sino a finales de los setenta, pero mal que nos pese, algunos siguen pensando que las diferencias se arreglan a palos en vez de dialogando. ¡BANG! Después de hacer que nos devanásemos la sesera con su polémica High-Rise, Ben Wheatley (Turistas) desenfunda para dispararnos a bocajarro una bala de adrenalina y despiporre que tiene grabada nuestro nombre. ¡BA…! (la bala se encasquilla) Bienvenido al lejano oeste bostoniano y setentero de Free Fire! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

De todos es sabido que un almacén abandonado es el lugar más idóneo para llevar a cabo los trapicheos más chungos. Aunque si algo nos ha enseñado el cine sobre este tipo de encuentros noctámbulos es que, a pesar de las condiciones favorables del emplazamiento (privacidad, oscuridad, silencio absoluto…), los planes siempre suelen salir mal. Sino que se lo digan a los pintorescos señores de Reservoir Dogs, cinta con la que esta Free Fire se encuentra hermanada. Pero a pesar de que no rueden orejas, la explosión de violencia de Free Fire supera con creces a la de la ópera prima de Quentin Tarantino, tanto en términos de duración, como de volumen y veracidad.

free-fire-posterCasi sin querer, Wheatley monta un O.K. Corral entre una banda de terroristas irlandeses (en ningún momento se nombra la organización a la que pertenecen, pero presumiblemente estamos ante miembros del actualmente extinto IRA) y los traficantes de armas con los que se han citado. Tras una media hora de tensa calma y humor cafre que exuda testosterona, da comienzo el tiroteo. Durante su hora de duración, este intercambio de balas es una lección magistral de cómo entretener al respetable haciendo que este no pierda la atención ni un solo segundo. Wheatley completa las líneas de diálogo de sus personajes con balas, teniendo éstas tanto valor o más que las propias palabras que salen de sus bocas.

Estas balas divierten, pero también agobian. Desde Green Room, no se sentía un agobio tan puro viendo la película. Pero mientras que el nerviosismo provocado por la obra de Jeremy Saulnier nos provocaba miedo y asco (en el buen sentido), la congoja de la de Wheatley nos provoca carcajadas y cierto interés por ver quién es el próximo en palmarla. Todo lo contrario de lo que sentíamos con cada muerte de Green Room, que dolían y mucho.

Nuestros padrinos principales en el duelo son dos pistoleros que nunca decepcionan: Brie Larson (La habitación) y Cillian Murphy (Peaky Blinders), pero que en esta ocasión se dejan ganar la partida interpretativa por un bellísimo y socarrón Armie Hammer (Operación UNCLE) y un bocazas e insoportable Sharlto Copley, el chico Blomkamp por excelencia. Otras destacables caras conocidas que se dejan disparar son la de Sam Riley (Control) y la del futuro novio de Hollywood Jack Reynor (Sing Street).

Free Fire ni carga, ni apunta, solo dispara… dispara, dispara y dispara hasta que no queda nadie sin una bala entre pecho y espalda.

David Lastra

Nota: ★★★½

Crítica: Cars 3

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Desde que cambiara para siempre el cine de animación con Toy Story en 1995, Pixar ha tenido muy pocos baches comerciales (se podría decir que El viaje de Arlo es lo más parecido a un fracaso en taquilla para la compañía, y aun así recaudó 332 millones de dólares en todo el mundo), pero sí podemos distinguir unos cuantos bajones creativos a lo largo de sus 20 años de trayectoria. Casi todos coinciden con la llegada de una secuela de uno de sus grandes éxitos originales, continuaciones que, con la excepción de Toy Story 3, palidecen comparadas con sus predecesoras, y se distancian considerablemente de la originalidad y creatividad de películas como Up, WALL-E o Del revés (títulos todavía si secuela).

La saga Cars es sin lugar a dudas la mayor representante de esta faceta más comodona de Pixar. Aunque para muchos supone romper con la idea romántica que se tiene del estudio, lo cierto es que no podemos culparles de seguir exprimiendo la franquicia de los coches parlantes, ya que es enormemente lucrativa, sobre todo gracias a las ventas de juguetes. Lo que sí podemos reprocharles es haber bajado tanto el listón para su primera secuela. Cars 2 sigue siendo lo más bajo que ha caído Pixar, su peor título con diferencia. Por eso, el anuncio de Cars 3 se encontró con la lógica desconfianza del público adulto (los niños encantados, y estas películas son sobre todo para ellos, así que callaos un poco, y dejadlos disfrutar), y por tanto, la necesidad de hacer algo para que esta vez no se notase tanto que la película es un mero vehículo para seguir vendiendo juguetes. Es decir, esta vez había que encontrar una buena historia que contar, y afortunadamente, lo hicieron.

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Cars 3, dirigida por Brian Fee, supone un regreso al estilo y el espíritu de la primera entrega, y por tanto un distanciamiento del concepto con el que se reinventó la saga en su segunda parte. Olvidaos de las tramas de espías y la acción bondiana a escala internacional. Volvemos a Radiador Springs (aunque sea para dejarla pronto atrás), volvemos a las carreras de siempre, volvemos al pasado para preguntarnos qué nos depara el futuro. Esa es la idea que vertebra la muy nostálgica Cars 3, un viaje divertido, pero también melancólico, en el que Rayo McQueen se enfrenta a su peor enemigo: la obsolescencia. El famoso bólido de carreras sigue triunfando en los mejores circuitos, pero un día se ve sorprendido por una nueva generación de corredores, más jóvenes y mucho más rápidos que él. Cuando un aparatoso accidente en la pista (la escena más impactante del film) lo obliga a retirarse temporalmente, el número 95 trazará un plan para volver a las carreras a tiempo para probar su valía en la Copa Pistón y superar en velocidad a los nuevos coches. Para ello requerirá los servicios de Cruz Ramírez (Cristela Alonzo), una joven mecánica de carreras que se dedica a entrenar a los competidores empleando las técnicas más modernas, después de haber abandonado su sueño de convertirse en corredora.

No era difícil superar a la segunda parte, pero Cars 3 no solo lo hace, sino que consigue que la carrocería de la saga vuelva a brillar como en la película original, una de las cintas más infravaloradas del estudio. Lo mejor de Cars 3 es que podemos encontrar en ella un sentido del propósito, un rumbo fijado, uno que nos lleva de vuelta hasta el principio para cerrar ciclo. Como Toy Story 3Cars 3 nos habla del paso del tiempo, de la necesidad de hacer hueco a las nuevas generaciones mientras celebramos nuestros triunfos, nuestro legado. Esta es la idea que recorre toda la película, un homenaje a la historia original, en el que volvemos a ver a Doc Hudson -y a escuchar a Paul Newman en la versión original (por arte y magia digital)-, mentor y modelo a seguir de Rayo McQueen, así como su inspiración para convertirse en una leyenda como él.

Cars 3 no deja de ser Pixar en horas bajas y con el piloto automático (lo siento, era necesario), pero hay que reconocer que, a pesar del agotamiento, esta vez han puesto empeño y corazón en la historia, que es justo lo que faltaba en la anterior película, y lo que en esta ayuda a amortiguar la secuelitis. Además (y esto es quizá lo más importante), en esta ocasión han relegado a Mate a un papel muy secundario, así que los que no soportan al Jar Jar Binks de Cars (como yo) están de enhorabuena. Los nuevos vehículos que ocupan su lugar aportan frescura a la saga, como el villanesco Jackson Storm (Armie Hammer), la salvaje Miss Fritter (Lea DeLaria) y especialmente Cruz, la nueva estrella y verdadera protagonista de la película, con permiso de McQueen. Ya era hora de que un personaje femenino desempeñara un rol destacado en esta franquicia tan eminentemente masculina.

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Para ser una película infantil, Cars 3 lleva a cabo reflexiones bastante adultas (básicamente trata sobre hacerse viejo), pero no abandona nunca su estupendo sentido del espectáculo, ni su deber para con los más pequeños de la casa. La película se ve beneficiada por el lavado de cara (o sea, un considerable upgrade técnico) que apuesta por el hiperrealismo de los entornos, hace que los personajes luzcan aun más radiantes y le da una apariencia más estilizada y sofisticada. Por la misma razón, las escenas de acción, las carreras (sobre todo la que tiene lugar en el barro), los muy diversos escenarios naturales y el humor físico resultan más contundentes en el apartado visual, el mayor punto fuerte del film.

Contra todo pronóstico, y aun estando por debajo de la media de Pixar, Cars 3 no solo no es una mala continuación, sino que es la entrega más madura de la saga, una película entrañable, acogedora y divertida que compensa el horroroso traspiés de su predecesora y supone un cierre muy apropiado a la historia de Rayo McQueen, una digna última vuelta (no se descarta que sigan estirando la propiedad, claro, pero a nivel narrativo, se ha completado el circuito). En resumen, para ser la secuela que nadie pidió de la saga peor considerada de Pixar, Cars 3 llega victoriosa a la meta.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Animales nocturnos

Actores que se meten a estrellas de pop, cantantes que persiguen el Oscar en interpretación, novelistas que prueban a ser guionistas… La industria del espectáculo, como cualquier otro ámbito, siempre ha estado llena de gente que intenta salir de su zona de confort profesional para probar a ver si puede hacer lo mismo que los demás. Intrusismo, nepotismo, oportunismo… Muchos de ellos no nos dan razones para justificar el salto a lo “desconocido” más allá del mero capricho, pero hay unos pocos que lo argumentan con pruebas convincentes. Sería el caso de Tom Ford, el famoso diseñador de moda que en 2009 sorprendió gratamente con su primera película como director, Un hombre soltero (A Single Man), una obra sensible y profunda que atestiguaba que, además de su evidente talento para lo estético, Ford tenía muy buena mano para contar historias y caracterizar personajes.

Han tenido que pasar unos años para que el modisto/realizador se aventure con su segunda película, Animales nocturnos (Nocturnal Animals), pero la espera ha merecido la pena, ya que con ella demuestra que lo suyo no fue la suerte del principiante, sino que efectivamente Ford tiene verdadero talento cinematográfico. Oscura, sensual y elegantemente imperfecta, Animales nocturnos continúa la disección que Ford inició de las esferas más altas de la sociedad con su opera prima, de la gente distinguida y refinada que se ahoga en sus jaulas de diseño y deambula en sus acomodados vacíos existenciales (ya sabéis lo que dicen, “escribe sobre lo que conoces”). Pero amplía sus horizontes como autor añadiendo un componente de suspense que al final (y afortunadamente) acaba dominando la película.

Basada en la novela Tony and Susan de Austin WrightAnimales nocturnos se centra en Susan Morrow, una exitosa galerista de Los Ángeles interpretada por Amy Adams (este año de nuevo en racha gracias a esta y La llegada) que comparte su privilegiada vida con su segundo marido, un empresario y heredero con aspecto de príncipe azul moderno (Armie Hammer). Un fin de semana en el que este se encuentra en uno de sus viajes de negocio, Susan recibe un paquete en el correo. Se trata de un borrador de la novela escrita por su ex marido, Edward Sheffield (Jake Gyllenhaal), del que lleva diecinueve años sin saber nada. Susan comienza a leer el libro, que Edward le ha dedicado personalmente, y se ve inmediatamente atrapada y devastada por su contenido. La novela, titulada Animales nocturnos, es un thriller violento y demoledor que obliga a Susan a recordar su historia de amor con el autor, truncada por la diferencia de clases y la ambición, y revivir las decisiones que la han llevado hasta el lugar en el que se encuentra. Así, Susan descubrirá que las palabras que ha escrito Edward son en realidad dardos envenenados dirigidos hacia ella, el resultado de un plan vindicativo gestado a lo largo del tiempo.

Animales nocturnos es dos películas en una. Por un lado un drama psicológico centrado en explorar la psique de una mujer arrepentida en plena crisis de mediana edad y la confeccionada realidad en la que vive, y por otro un crudo e intenso thriller de venganza clásico. El choque de estilos provoca un contraste muy interesante, aunque también desconcertante. Y es que a Ford le cuesta dar cohesión a los dos segmentos entrelazados del film, resultando en un ritmo descompasado y una mayor dificultad para conectar con la historia de su protagonista. Pero en el fondo, se trata de eso precisamente: las escenas que transcurren en la realidad se experimentan como interrupciones de la asfixiante historia de ficción que la condiciona, poniendo en perspectiva los problemas de Susan. Es decir, Animales nocturnos (el libro) es un castigo para ella, una horrible tragedia vivida por una familia de clase media creada no solo para hacer daño a Susan (Isla Fisher, siempre comparada con Adams, interpreta en un giro muy astuto y meta a su “alter ego” en el libro), sino también para hundirla aun más en sus rich people problems. Y eso es lo que, en última instancia, da coherencia al film, que sus dos partes, por muy dispares que sean, hablan de lo mismo, que ambas forman una inquietante historia de venganza.

Para pertenecer al 1%, Tom Ford tiene una visión muy autoconsciente del mundo privilegiado en el que vive y una gran capacidad como observador social. Aunque a veces sea difícil distinguir entre la pretensión y la autocrítica, la película posee cierta maliciacualidad satírica que se manifiesta en los pequeños detalles. Un iPhone hecho añicos que no hace ni pestañear a su dueña, compañera de la galería de Susan interpretada por Jena Malone (“Da igual, de todos modos mañana salía el nuevo”), un discurso sobre la relatividad de la tragedia según la posición social que suena tan autocomplaciente como cínico (que seamos ricos no quiere decir que no suframos por nuestras cosas), un rostro esperpénticamente modificado por la cirugía estética que se convierte en objeto de burla, o la impactante exposición con la que Ford abre la película, ¿provocación sublime o arrogante? En realidad no importa, ya que resulta igualmente fascinante.

En cualquier caso, el verdadero golpe que Ford asesta al espectador ocurre durante la parte “ficticia” del film. Como hemos dicho, el director lleva a cabo una película dentro de otra, un intenso y grotesco thriller, que, como no podía ser de otra manera, se ambienta en la América profunda (Texas para ser más concretos), ese decadente e insalubre escenario en el que se desarrollan los crímenes más atroces, las cacerías más sanguinarias, donde la locura es tan común como la obesidad mórbida. Allí, Ford lleva a cabo un sobresaliente ejercicio de tensión narrativa y puesta en escena con el que sume al (segundo) personaje de Gyllenhaal, Tony (y por ende al de Adams, y al espectador), en una horrible pesadilla sin salida. Le acompañan un mayúsculo Michael Shannon y un explosivo Aaron Taylor-Johnson, que apunta directamente a los nervios dando vida a un paleto desquiciado en la que es una de sus mejores interpretaciones hasta la fecha. La historia de Tony (desgarrador Gyllenhaal) es tan absorbente e implacable, que cada vez que Susan tiene que dejar el libro desbordada por sus páginas, debería suponer un respiro para el espectador, pero en realidad nos saca violentamente de lo que verdaderamente nos interesa.

Es cierto que, a pesar de filmar con un gusto indudablemente exquisito, Ford no hila ambas partes de la historia de la manera más fluida, además de que la de Adams puede resultar excesivamente fría, incluso superficial, por no hablar de los numerosos clichés que la componen. Sin embargo, aun con sus problemas, Animales nocturnos es una obra cinematográfica profundamente estimulante y embriagadora, un trabajo de altura con el que Ford deja clara su ambición y desvela que su talento solo es equiparable a su crueldad.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Operación U.N.C.L.E.

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Durante la década de los 60 el cine de espías alcanzaba su cénit gracias a la figura de James Bond. El género ya gozaba de popularidad desde muchos años atrás, gracias a las incursiones en el noir de directores afamados como Hitckcock, Wilder o Lang. Sin embargo, es a partir del icono creado por Ian Fleming cuando el espionaje se pone de moda y da el salto definitivo a la televisión, ya por aquel entonces reflejo fiel de los cambios de la sociedad y representante de las tendencias culturales imperantes. Las series de espías abundan en esta década, que nos deja clásicos catódicos como Misión: Imposible, Superagente 86, o las británicas The Prisoner Los vengadores. Entre 1964 y 1968 se emitía en Estados Unidos uno de los mayores éxitos del momento, The Man from U.N.C.L.E., conocida en España como El Agente de C.I.P.O.L. El británico Guy Ritchie recupera esta serie de NBC (en la que curiosamente participó Fleming como asesor creativo) para adaptarla al cine con Operación U.N.C.L.E., remake actualizado que aúna el clasicismo del género y el particular estilo del director de SnatchSherlock Holmes.

De entrada, el mayor acierto de Ritchie es haberse quedado en los 60 para ambientar la historia, en lugar de haberla llevado a nuestros días. Ciertamente, no habría tenido mucho sentido modernizar un producto así, estrechamente ligado a la realidad sociopolítica en la que fue creado. U.N.C.L.E. se sitúa en el telón de fondo del auge de la Guerra Fría y nos introduce en un mundo de tensiones políticas y organizaciones secretas que operan bajo la constante amenaza nuclear. La película recupera a los dos protagonistas de la serie original, el agente de la CIA Napoleon Solo (Henry Cavill) y el de la KGB Illya Kuryakn (Armie Hammer), dos espías de métodos y caracteres opuestos (ya sea en tácticas de infiltración, maneras de pelear o cuestiones de moda) que se ven obligados a colaborar en una misión para evitar que una misteriosa organización criminal se haga con el armamento nuclear. La única pista con la que cuentan para dar con los terroristas es la hija de un científico alemán desaparecido, Gaby Teller (Alicia Vikander), pieza clave del puzle que les llevará hasta Roma, donde se verán las caras con la distinguida Victoria Vinciguerra (Elizabeth Debicki), gélida villana que pondrá en jaque a los agentes.

583180Operación U.N.C.L.E. es una oda vintage a los 60, una película de intriga que más que por su trama o sus secuencias de acción destaca sobre todo por su acabado estético. Ritchie ha llevado a cabo un impecable ejercicio de estilo en el que todo está cuidado al detalle: las impresionantes localizaciones europeas, el minimalismo arquitectónico, las Vespas y los coches deportivos, la magnífica banda sonora (utilizada además como recurso cómico contrastando jazz o canción italiana con secuencias de acción y violencia), y sobre todo las tendencias en moda de la época (el eslogan de la película no miente en cuanto a lo que vende: “Salvar el mundo siempre está de moda“). Operación U.N.C.L.E. es el lujo y la elegancia de la puesta en escena, con una ambientación de primera (solo flaquea en su más bien torpe uso del CGI) y un cuarteto de actores que aportan la percha perfecta para recomponer la irresistible imagen de la década prodigiosa. Y es que el apartado de vestuario y peluquería por sí solo ya hace que la película merezca la pena. Pero U.N.C.L.E. es más que un bello envoltorio vacío.

Es cierto que Ritchie parece más preocupado por demostrar que su película es el colmo de la clase y la distinción (no cabe duda de que lo ha conseguido), y en ocasiones esto nubla su capacidad como cineasta (por ejemplo, las persecuciones están montadas únicamente para alardear de estilo y por tanto resultan confusas), dando como resultado un trabajo algo más superficial de lo que querríamos (“style over substance”, ya sabéis). Sin embargo, para compensar esto, a la película no le faltan armas de seducción. Además de dar buen uso sus aguerridas presencias y sus imponentes voces (por favor, ved la película en V.O.), Henry Cavill y Armie Hammer forman un dúo cómico excelente (U.N.C.L.E. es el fondo una buddy film clásica). Pero la química de los personajes estalla especialmente gracias a la tercera en discordia, la deslumbrante Alicia Vikander, convirtiendo la dinámica entre este trío de ases en el centro de un film que rebosa carisma y personalidad.

Operación U.N.C.L.E. es un espectáculo enormemente sofisticado que además divierte con diálogos pícaros y una socarronería canalla que delata a quien está tras las cámaras. Ritchie se centra más en las relaciones interpersonales y pone menos énfasis en el artilugio y la ciencia ficción propia del género (siguiendo el camino opuesto a M:I), para llevar a cabo una película de espías “analógica”, un tipo de cine más ligero, pero no por ello menos sólido o inteligente. De naturaleza más bien efímera (como la belleza misma), Operación U.N.C.L.E. no se convertirá en un clásico moderno, desde luego, pero su arrebatador atractivo y encanto chic garantizan una burbujeante velada de primera clase.

Valoración: ★★★★