Glass (Cristal): La película perfecta para la era de los superhéroes

La trayectoria de M. Night Shyamalan es como una historia llena de altibajos y plot twists. Tras varios éxitos, el aclamado director de El sexto sentido (1999) fue perdiendo el favor del público y la crítica hasta tocar fondo con su vapuleada adaptación de Airbender (2010) y la que es con diferencia la peor película de su filmografía hasta la fecha, After Earth (2013). Aparentemente condenado al ostracismo tras una serie de fracasos comerciales, Shyamalan resurgió cual Ave Fénix con la ayuda de Jason Blum, que produjo su nuevo film, La visita (2015), por cuatro duros (como todas las películas de Blumhouse), revitalizándolo creativamente y catapultándolo de nuevo a lo más alto.

Conocido popularmente por los giros sorpresa al final de sus películas, Shyamalan nos dio el más impactante con su siguiente trabajo, estrenado solo un año después, Múltiple (2016). En un alarde de fan-service que no era sino la materialización de sus propios planes y deseos, Shyamalan incluyó a Bruce Willis en una escena post-créditos, uniendo así su nueva película y El protegido (2000) bajo el mismo universo de ficción. Sin ser conscientes de ello, estábamos viendo una secuela spin-off de El protegido, y esto no podía significar sino la existencia de una tercera parte, un crossover 18 años en desarrollo que llega a nuestras pantallas en 2019.

Glass (Cristal) es el acontecimiento que los fans de Shyamalan llevaban esperando con ansias desde que se descubrió el pastel. O incluso antes. La película en la que convergen las historias de David Dunn, Elijah Price y Kevin Wendell Crumb, un trío de personas con habilidades sobrehumanas que se unen para hacernos reflexionar sobre la naturaleza de los superhéroes y su impacto en la sociedad. Además de Willis, Samuel L. Jackson retoma su papel de El protegido y James McAvoy vuelve a ponerse en la piel del asesino en serie con personalidad múltiple, uniendo así las narrativas de estos tres extraordinarios y peligrosos seres, y aquellas personas que orbitan a su alrededor: el hijo de David, Joseph (Spencer Treat Clark), la madre de Price (Charlayne Woodard) y una de las víctimas de Kevin que sobrevivió a su cautiverio, Casey (Anya Taylor-Joy).

Sus caminos se cruzan gracias a la intervención de la Dra. Ellie Staple (Sarah Paulson), una psicóloga especializada en personas que creen ser superhéroes, y que logra atrapar a los tres y reunirlos bajo el mismo techo de una institución psiquiátrica; una decisión que, obviamente, desembocará en desastre. El trío maravillas posee fuerzas e intenciones muy distintas que chocan entre sí: Dunn es el justiciero moral que utiliza sus poderes para hacer el bien y castigar a los malhechores, David es el monstruo incapaz de controlar sus habilidades, y Price, también conocido como Mr. Glass, es la mente maestra que maneja los hilos. Juntos conforman el triángulo básico de todo cómic de superhéroes.

Porque tal y como esperábamos, Glass nos da al Shyamalan más meta de su carrera. El director realiza un homenaje-decontrucción al medio gráfico y el género de los superhéroes en una época en la que estos vuelven a ocupar el Olimpo de la cultura popular gracias al cine y la televisión. Con varias referencias a Marvel y DCGlass se presenta orgullosa como un decálogo de los superhéroes que trata de explicar por qué tienen tanto éxito y cómo reflejan nuestra realidad. Y lo hace con buenas dosis de suspense, acción y espectáculo, pero también con mucho humor autorreflexivo y referencial, con guiños y bromas que aluden a los cómics y a la propia carrera de Shyamalan (que en esta ocasión protagoniza el que quizá es su cameo más simpático y autoconsciente). Porque es fácil tomarse la película en serio y abrazar su lado más dramático, pero en el fondo Shyamalan se lo está pasando en grande dejándonos easter eggs y haciendo comentarios jocosos sobre los tebeos y su propia creación. Y se nota.

El gran problema al que se enfrenta Glass es el desmedido hype con el que nos adentramos en ella los fans de su director, y de las anteriores entregas. La decepción va a ser inevitable para muchos, pero una vez ajustadas las expectativas, es posible (y recomendable) apreciar lo que Shyamalan ha querido hacer con la película. Glass es una más que acertada culminación a la trilogía que nos cuenta todo lo que necesitábamos saber de sus tres protagonistas, uniendo las piezas de su puzle de manera impresionante (utiliza metraje de El protegido con suma inteligencia y habilidad) a la vez que cierra su relato. Pero también abre la puerta a la posibilidad de una continuación o la creación de un universo cinematográfico, lo cual, vayan adelante con ello o no, forma parte del ADN de los cómics que analiza la película.

Glass está repleta de momentos emocionantes y escenas impactantes, de giros narrativos que cuestionan constantemente las reglas del género y sacan a relucir el tejido meta de la película. Aunque sobre decirlo, la película es técnica y visualmente impecable. Las secuencias de acción están perfectamente ejecutadas, el uso de los colores es una pasada, los efectos digitales están muy bien empleados y la cámara de Shyamalan es, como siempre, intuitiva y nos cuenta mucho más de lo que parece a simple vista.

Pero por supuesto, el alma de la película son sus personajes, en especial David y sus personalidades múltiples. Un Willis desganado y con menos presencia de lo que esperábamos queda eclipsado por la perversamente divertida interpretación de Jackson y, sobre todo, el tour de force de McAvoy, que vuelve a darlo todo. Y más. El intérprete escocés hace reír, impone con su presencia y conmueve con su historia personal y su turbia relación con el personaje de Taylor-Joy. Una de las quejas más extendidas sobre Múltiple fue que nos mostraba muy poco de los 23 alter egos que viven en la cabeza de Kevin. En este caso (los he contado) desata hasta 20 personalidades a lo largo de la película. Y es increíble, un espectáculo en sí mismo. El trabajo interpretativo de McAvoy es tan rico, tan brutal, tan matizado y descarnado, y su transformación (transformaciones) física tan asombrosa, que a él también deberían llamarlo La Bestia.

Aunque peque de obvia y sobreexplicativa en sus conclusiones sobre los cómics y la creación de héroes y villanosGlass tiene muy claro lo que nos quiere contar, y esta claridad en su propósito hace que Shyamalan triunfe redondeando la historia. Una que comenzó hace casi dos décadas, y cuya conclusión llega en el momento exacto. A través de sorpresas, giros, secretos y conexiones personales, la película conecta y da sentido a su universo con astucia, equilibrado el humor, el drama y el terror psicológico mientras aumenta la acción. Su propuesta, y en concreto su desenlace, dividirá a la audiencia. Pero ¿no es eso lo que llevamos tiempo pidiendo? Queríamos una película de superhéroes que arriesgase, y eso es exactamente lo que nos da Glass. Etcétera.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Joyas de autor: ‘Purasangre’, ‘Las horas pasadas’ y ‘No dejes rastro’

Para empezar el año con una buena dosis de cine llegan tres nuevos estrenos que Sony Pictures y Universal Pictures añaden a su catálogo doméstico. Tres títulos inéditos en cines o que tuvieron un paso limitado por salas comerciales y ven la luz en formato DVD, sumándose a su creciente colección de joyas de autor modernas. Se trata de la aclamada comedia negra Purasangre, y los dramas familiares Las horas pasadas y No dejes rastro, filmes que pasaron injustamente desapercibidos el año pasado y merece la pena recuperar, ya que ofrecen propuestas refrescantes con puntos de vista muy personales e interesantes.

Purasangre (Thoroughbreds)

Purasangre es la opera prima de Cory Finley, una perversa comedia negra adolescente que le ha granjeado críticas muy positivas y lo ha situado como uno de los cineastas recién llegados más prometedores de Estados Unidos.

La película está protagonizada por dos jóvenes portentos, Olivia Cooke (Yo, él y RaquelReady Player One) y Anya Taylor- Joy (La bruja, Múltiple), que dan vida a Amanda y Lily, dos chicas de clase alta que recuperan su amistad de la infancia después de años de distanciamiento, encontrando la conexión en sus tendencias más sociópatas y su odio hacia el padrastro de la segunda. Finley ofrece una versión retorcida de la comedia adolescente en la que las protagonistas se ven envueltas en un plan criminal tan macabro como divertido, lo que ha despertado las inevitables comparaciones con el clásico generacional Escuela de jóvenes asesinos.

Con irresistible malicia, gran sentido de la estética y buen gusto para el encuadre, Finley narra la curiosa y disfuncional amistad de dos almas perdidas que encuentran la conexión en su aversión a la normalidad. Junto al tristemente fallecido Anton Yelchin, en uno de sus últimos papeles, Cooke y Taylor-Joy dan forma a una comedia irreverente, descarada y con mucha personalidad. Aunque sus diálogos puedan pecar de artificiales, delatan a un autor astuto y seguro de su visión, lo que da lugar a uno de los debuts más estimulantes que nos ha dejado el indie norteamericano recientemente. La película fue nominada a mejor guion en los Independent Spirit Awards, y no es para menos.

Las horas pasadas (The Keeping Hours)

La exitosa productora Blumhouse, responsable de sagas de terror como Insidious La noche de las bestias y la última entrega de La noche de Halloween, lleva unos años intentando expandir horizontes con ideas originales y nuevos enfoques para el género fantástico. En este sentido, dieron en la diana con Déjame salir, una de las grandes sorpresas de 2017, y esta tendencia continúa con sus siguientes estrenos, incluyendo Las horas pasadas, con la que el estudio de Jason Blum se decanta por el drama.

Diez años después de la muerte de su hijo, una pareja divorciada se reúne tras un suceso sobrenatural que les brinda una segunda oportunidad: el regreso del niño en forma de fantasma. Karen Moncrieff dirige este drama fantástico con tintes de terror que da un giro de 180º al subgénero de casas encantadas. Lee Pace (Halt and Catch Fire) y la omnipresente y siempre excelente Carrie Coon (The Leftovers) elevan la película con sendas interpretaciones profundamente emotivas e inspiradas.

Ganadora del premio del público en el festival de cine de Los Ángeles, Las horas pasadas no ha tenido un recorrido comercial a la altura de lo que merecía. Salpicada de momentos de tensión y algún que otro sobresalto que evidencia a la productora que hay detrás, la película sobresale más bien por su acertada aproximación al drama psicológico, erigiéndose como un melancólico y conmovedor relato sobre el perdón, protagonizado por dos personas rotas en busca de la conexión perdida y un nuevo comienzo.

No dejes rastro (Leave No Trace)

Debra Granik se dio a conocer en 2010 con Winter’s Bone, la película por la que Jennifer Lawrence obtuvo su primera nominación al Oscar (de cuatro en total que se llevó el film). A continuación, la realizadora se volcó en el documental, y años después regresa con su segundo largometraje de ficción, No dejes rastro, drama familiar en el que su tendencia a la no-ficción se vuelve a hacer más que evidente.

La película narra la relación entre un padre (Ben Foster) y una hija (Thomasin McKenzie) que viven escondidos en Forest Park, una gran reserva natural situada cerca de Portland. Tras varios años sobreviviendo en el bosque con recursos limitados, un pequeño error desvela su situación y pone sus vidas patas arriba. La niña pasa entonces a manos de los servicios sociales, y padre e hija se ven obligados a reajustar sus costumbres para adaptarse a la vida en sociedad, lo que provocará el distanciamiento entre ellos.

Sin caer en la sensiblería o el dramatismo facilón, Granik compone una historia cruda pero sentimental que no ofrece soluciones fáciles. Sencilla en apariencia, pero enormemente compleja en la dinámica paternofilial que retrata y el dilema que plantea (reminiscente de películas como Hacia rutas salvajes Captain Fantastic), No dejes rastro destaca por su tacto y sutilidad, mientras que las interpretaciones de Foster y McKenzie la dotan de rebosante humanidad, sobre todo durante su triste recta final.

Crítica: Múltiple (Split)

Split

Mucho se ha escrito sobre M. Night Shyamalan, su cine y su accidentada trayectoria profesional. El que fuera hace más de una década uno de los realizadores más populares de Hollywood estuvo a punto de caer en el ostracismo después de encadenar varios proyectos fallidos y perder el favor de un público que ya no comulgaba con sus trucos narrativos. Hace un par de años, Shyamalan orquestó su comeback asociándose con la casa de éxitos del todopoderoso Jason BlumBlumhouse Productions (la productora detrás de InsidiousThe Purge), y sorprendió con su visión personal de un género aparentemente moribundo, el found footageLa visita nos devolvió al genio del suspense que conocimos gracias a El sexto sentido, pero bajo un envoltorio digital aparentemente desnudo de adornos estilísticos. Con su nueva película, Múltiple (Split), Shyamalan continúa fiel a sus designios pero deja la cámara en mano para volver a fijar su cine de meticulosos encuadres, fueras de campo y simbolismo visual.

Es decir, aunque no llegue al nivel de sus títulos más celebrados, Múltiple supone un regreso a la forma en toda regla. Este intenso thriller psicológico no pierde el tiempo en preámbulos y prácticamente nos introduce de lleno en la acción, el secuestro de tres adolescentes a manos de Kevin (James McAvoy), un hombre de mente fracturada que padece el trastorno de identidad disociativa y en cuya cabeza habitan hasta 23 personalidades diferentes. Con su identidad primaria enmudecida por la guerra dialéctica interna que su sufrida psicóloga (magnífica Betty Buckley) trata de moderar, son varios álter ego en concreto los que toman el control de su cuerpo y llevan sus pulsiones más oscuras hasta las últimas consecuencias. Mientras las chicas hacen lo posible por intentar escapar, una última identidad amenaza con emerger en Kevin, un ser monstruoso conocido como La Bestia que pretende dominar a las otras 23.

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Shyamalan lleva a cabo una filigrana de guion repleta de pasajes retorcidos, rincones sombríos y detalles semi-ocultos que dan lugar a un relato de misterio que atrapa de principio a fin. Y si lo lleva a buen puerto es gracias a unos diálogos bien construidos y dosificados para mantener la incertidumbre y la confusión sin que se pierda el hilo, a su excelente aprovechamiento del claustrofóbico espacio (similar a Calle Cloverfield 10) y a su capacidad para generar terror sin recurrir a sustos baratos (curioso teniendo en cuenta el estudio que lo avala). Shyamalan vuelve a transcurrir en los márgenes del fantástico, jugando a sembrar la duda en el espectador sobre si lo que está viendo tiene su base en la ciencia (se cree que algunos casos llegan a manifestar atributos físicos únicos correspondientes a cada personalidad) o si nos estamos adentrando en el terreno de lo sobrenatural. Ese tira y afloja es una de las máximas del cine de Shyamalan y lo que hace que Múltiple sea tan absorbente. No importa si las respuestas a los enigmas que plantea no son excesivamente sorprendentes, o si la explicación de la naturaleza del trastorno decepciona a quienes buscaban una respuesta u otra. Lo importante es que para llegar hasta ahí, Shyamalan nos ha sumergido en un juego perverso que nos ha mantenido en vilo, planteándonos un puzle adictivo y guiándonos hacia la resolución sin caer en las obviedades o las sobre-explicaciones, dejando que el espectador se encargue de unir las últimas piezas por sí mismo.

Pero este viaje al fondo de la mente no sería ni la mitad de fascinante si no se hubiera escogido al actor adecuado para ponerse en la piel de Kevin. Y en este sentido, el mayor acierto de Múltiples su protagonista, James McAvoy, talento todoterreno que ofrece un brillante recital interpretativo al saltar de una personalidad a otra (a veces en la misma escena y en cuestión de segundos), valiéndose tanto de su amplio abanico de registros como de su capacidad física para transformarse y su soltura con los acentos. McAvoy desconcierta, seduce, divierte, enerva, y en definitiva resulta absolutamente convincente haciéndonos creer en la existencia separada de un psicópata, una señora estirada fan del cuello vuelto, un gay experto en moda (esos estrereotipos, Shyamalan…) o un niño inocente con frenillo que, sorprendentemente, comparten la misma cara.

Y si lo de McAvoy es antológico (nunca mejor dicho), no hay que obviar el trabajo de Anya Taylor-Joy, la revelación de La bruja, una actriz de mirada expresiva y fuerte magnetismo que ejerce como contrapunto perfecto a Kevin. A través de una serie de flashbacks que nos llevan hacia la infancia de Casey (Taylor-Joy), Shyamalan nos muestra la conexión que existe entre ella y su captor, un vínculo primario y visceral que tiene su razón de ser en el tema central de la película: la lucha contra los propios monstruos que se originan a partir de un evento traumático del pasado. Si bien los flashbacks, esparcidos a lo largo del metraje, funcionan a medias (interrumpen la acción para aportar información que se podía haber añadido con menos incursiones en el pasado), sirven para completar el discurso de Shyamalan y conducirnos hacia ese clímax en el que todo cobra sentido. A su manera.

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Un desenlace en el que es aconsejable intentar no pensar demasiado durante la película. A pesar de su indudable talento para la construcción del suspense, la puesta en escena y la narración visual, el aspecto más definitorio del cine de Shyamalan sigue siendo el ya obligatorio “giro final”. En este caso, más que un giro argumental, se trata de una puntilla que lo cambia todo sin cambiar nada de lo que hemos visto durante las dos horas anteriores. Así que lo ideal, aunque sea complicado, es dejarse llevar por la experiencia y disfrutar (o sufrir) del camino sin obsesionarse con el destino.

Aunque Múltiple suponga hasta cierto punto una reversión a los días de El sexto sentidoEl protegido, la película muestra claros síntomas de evolución en un cineasta que con su anterior película había dinamitado las expectativas sobre lo que es “una película de Shyamalan”. La visita nos introdujo a un director renovado, más libre y dispuesto a volverse loco. En Múltiple nos reencontramos con el Shyamalan de siempre, seguro de sí mismo y de lo que está haciendo a cada paso, pero también con el nuevo, el que ha encontrado un filón en el humor negro y la sátira, el que se permite sumergirse en el exceso para divertir a la vez que inquieta (Múltiple es a ratos una comedia borderline, cuyo humor puede ser percibido como una debilidad cuando es una de sus mayores fortalezas) y quiere que no sepas hasta qué punto debes tomarlo en serio o no. Y lo más importante es que este Shyamalan híbrido no se ha olvidado de lo esencial, de la emoción que suele impregnar todos sus relatos y la humanidad que define a sus personajes. Incluso a los que son monstruos.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: La bruja

La bruja

La bruja (The VVitch) no es una película de terror al uso. Y por “al uso” entendamos lo que uno se puede encontrar hoy en día en la cartelera de cualquier cine de centro comercial (una acepción reductiva, pero necesaria para entender qué ha pasado con esta película). ¿El problema? Que quizá se ha percibido -porque se ha vendido- como eso mismo. Una cinta de miedo orientada comercialmente a pandillas de adolescentes y espectadores con ganas de sobresaltos. Nada malo en buscar esto, pero La bruja no ofrece este tipo de experiencia terrorífica, sino otra completamente opuesta, la de la atmósfera, la incertidumbre y lo desconocido por encima del susto o la acción, la de lo sugerente, lo extraño, incluso lo libidinoso… Terror, sí, aunque muchos lo nieguen (erróneamente), pero no del que los estudios han convertido en normativo. De ahí la confusión e indignación por parte de un sector del público ante una película que no es lo que creía.

Habiendo dejado claro lo que no es La bruja, centrémonos en lo que es. El primer largometraje de Robert Eggers supone un excelente ejercicio de estilo y ambientación, pero no nos lo comamos de vista. Además de recrear con enorme detallismo la Nueva Inglaterra del siglo XVII, esta es una historia rebosante de significado y contada con suma inteligencia, un relato que planta constantemente la duda en el espectador, jugando con lo que puede ser real y lo que puede ser fantasía, dosificando la información de manera que no haya conclusiones precipitadas y la historia tome vida propia en la mente de cada uno. Si se entra en la propuesta de Eggers, La bruja tiene el potencial de convertirse en una de las experiencias cinematográficas más inmersivas y envolventes de los últimos años, una de la que cuesta tiempo salir después de su final.

La bruja cartelCon ciertas reminiscencias a El bosque de M. Night Shyamalan, La bruja nos cuenta la fascinante historia de una familia que subsiste a duras penas en una granja junto al aterrador bosque que hay a las afueras del pueblo, del que han sido exiliados por una misteriosa razón (una que, precisamente por no conocerla, influye en cómo percibimos la historia y tratamos de sacar conclusiones). El film nos lleva a la época previa de los juicios de las brujas de Salem en 1692, y nos presenta su folclore de forma realista, con un naturalismo que hace que lo que vemos (o intuimos) sea aun más sobrecogedor. Alrededor de los conceptos de la magia negra y la posesiónLa bruja traza un absorbente relato sobre el miedo y la ignorancia, un retrato que pretende ser fidedigno (no en vano se usaron transcripciones reales de la época para escribir los diálogos) de la histeria de la época y el fanatismo religioso que conducía hacia la violencia y el horror. Todo visto a través de los ojos de una adolescente, Thomasin (fantástica Anya Taylor-Joy), junto a la que vivimos la progresiva destrucción de su familia en una serie de acontecimientos que exploran la naturaleza del mal en relación al paso de la adolescencia a la vida adulta de una mujer.

Todos los elementos que conforman La bruja están meticulosamente construidos para dar como resultado una opera prima de gran pulsión cinematográfica: las impactantes y perturbadoras imágenes que recorren todo el film (bellamente fotografiado por Jarin Blaschke), la increíble banda sonora de Mark Korven, las interpretaciones (de adultos y niños, inolvidable la escena de posesión del pequeño Harvey Scrimshaw), los diálogos, cadencias y acentos, la imponente voz de Ralph Ineson, ese poderosísimo clímax que redefine la historia y obliga a revisitar todo lo acontecido para saber qué nos ha estado contando en realidad, sin olvidar la inquietante (omni)presencia de la cabra Black Phillip, animal en el que confluyen todos los miedos y angustias que sostienen el film. Todo esto hace que La bruja presente una visión escalofriante y hermosa de un terror que pocas veces se nos manifiesta de forma tan lúcida y sugestiva, y se postule seriamente como un clásico moderno del género.

Nota: ★★★★★