‘Vengadores: Infinity War’: Un acontecimiento de proporciones titánicas

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Todo está conectado y todo ha conducido hasta aquí. El principio del fin. El final de un principio. Después de una década, tres fases y 18 películas, da comienzo la culminación del Universo Cinematográfico Marvel tal y como lo conocemos con Vengadores: Infinity WarAunque técnicamente sea la tercera entrega de Vengadores (la cuarta si contamos Capitán América: Civil War), esta vez es distinto, y se siente en cada fotograma. Se trata del clímax de todo un universo de ficción construido con admirable paciencia y planificación, un desenlace que promete sacudir fuertemente sus cimientos antes de iniciar la siguiente etapa.

Si La era de UltrónCivil War ya contaban con repartos multitudinarios, lo de Infinity War es la macro-reunión más impresionante que nos ha dado el cine de superhéroes hasta la fecha. Parecía imposible, pero Marvel lo ha conseguido. A Los Vengadores se suman los Guardianes de la Galaxia y otros muchos aliados para enfrentarse a la mayor amenaza de su historia, Thanos. El Titán Loco planea hacerse con las Gemas del Infinito para llevar a cabo su ambicioso plan de transformar y dominar el cosmos entero. Los héroes deberán proteger las Gemas de su familia de secuaces, la Orden Negra, para evitar que su enemigo se convierta en un ser todopoderoso y ponga fin al universo.

Un argumento relativamente sencillo para describir una historia que lleva desarrollándose a lo largo de tanto tiempo con múltiples frentes y ramificaciones. Los hermanos Russo, que dirigieron las dos anteriores entregas del Capitán América, El soldado de invierno y Civil War, se hacen cargo del reto más complicado de los diez años de Universo Marvel, unificar todo lo visto hasta ahora y hacer que confluya en dos horas y media de película. El resultado es sin duda satisfactorio, en especial para aquellos que hayan seguido devotamente el Universo Marvel (los espectadores casuales probablemente no se enterarán de nada). En recompensa a la fidelidad de los marvelitas, Infinity War les da todo lo que querían. Y después mucho más.

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Porque en realidad, más que una película, Infinity War es un evento. Uno orquestado para hacer que los fans de Marvel se queden pegados a su asiento y no pestañeen ni una vez, por miedo a perderse algo importante. Infinity War redefine el término “épico”. Es grande. Enorme. Tanto que puede ser difícil abarcar todo lo que pasa en ella y acabar siendo una experiencia abrumadora. Pero eso es justo lo que esperábamos, un acontecimiento como ninguno otro en el cine reciente, un aluvión de información y sensaciones, el crossover para acabar con todos los crossovers.

En Infinity War coinciden por primera vez (casi) todos los personajes principales de Marvel a los que hemos conocido en anteriores películas. Los Vengadores, los Guardianes, Spider-Man, Doctor Strange, Black Panther… La historia transcurre en multitud de emplazamientos, recorriendo toda la galaxia conocida para (re)introducir a los héroes, conducirlos los unos hacia los otros y formar varios grupos con ellos. A pesar de que esto causa la inevitable fragmentación y el amontonamiento que suele lastrar este tipo de reuniones superheroicas, los Russo consiguen que todo encaje, conservando los estilos individuales y las voces de los personajes, lo cual ayuda a unificar un todo disperso y muy bullicioso. Además, gran parte de la acción transcurre en el espacio o alejada de núcleos urbanos, dando a la película una dimensión cósmica aglutinadora y ya de paso evitando volver a caer en el hastiado recurso de la destrucción de una ciudad.

Por supuesto, tantos personajes y tramas entrelazadas provocan los consabidos problemas: unos héroes quedan irremediablemente desplazados por otros (sorprende el poco peso que tienen Capitán América y Viuda Negra, seguramente reservados para la próxima) y el constante ajetreo al viajar de un rincón a otro de la galaxia puede llegar a agotar. Además, algunas escenas de batalla, por muy espectaculares que sean (y lo son, mucho), son tan vertiginosas y abarrotadas que corren el riesgo de saturar al espectador -nada a lo que no estemos habituados, por otro lado.

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Aun así, hay que elogiar de nuevo a los Russo porque, pese a todo esto, logran mantener el interés de principio a fin y que la película no tenga bajones de ritmo. Lo hacen cumpliendo a rajatabla el decálogo de Marvel, combinando acción, humor, épica y emoción de forma infalible. En Infinity War no hay minutos desaprovechados ni pasos en falso. Acierta dosificando bien la comedia (aunque sobra el product placement de los diálogos), sacando partido de las interacciones (y choques) entre personajes para dejarnos chistes verdaderamente inspirados y momentos muy divertidos a pequeña escala que suponen un respiro en contraposición a la magnitud de la película, y siempre teniendo en cuenta los vínculos que los unen y los motivan. De hecho, los héroes tienen el poder de derrotar a Thanos, pero es la lealtad y el amor que se profesan lo que dificulta su tarea de acabar con el villano y salvar el universo. Y ese es quizá el mayor acierto del film. Y del Universo Marvel en general. Que nunca pierde de vista el corazón que lo bombea y la importancia de anclar la acción en los personajes y sus relaciones.

Otro aspecto en el que Infinity War se salda con éxito es en la construcción del villano. Llevábamos mucho tiempo esperando ver a Thanos en acción y lo cierto es que no defrauda. Josh Brolin (a quien se puede identificar claramente tras el CGI) crea un antagonista grandioso y carismático cuyas apariciones en pantalla transmiten la tensa amenaza e imprevisibilidad que caracteriza al gigante púrpura, magnificadas por el impactante realismo de su rostro, fruto de un excelente trabajo de efectos digitales. Aunque no deja de ser el clásico monstruo con ansias de poder y control, el guion asocia su comportamiento a la compleja relación familiar que tiene con Gamora, lo que hace que presente muchas más capas que otros malos de Marvel. No tanto su séquito, la Orden Negra, que con excepción de Ebony Maw, están desdibujados y parecen personajes de World of Warcraft que se han perdido y han ido a parar a los pies del villano.

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Volviendo a Gamora, es necesario destacar la interpretación de Zoe Saldana, que comparte con Brolin el peso de la trama central, dándole un enfoque inesperadamente conmovedor a su personaje. Aunque en general, el trabajo de todo el reparto es sólido, con cada actor y actriz repitiendo aquello que tan buenos resultados les dio en películas anteriores. El descaro de Robert Downey Jr., la inocencia entusiasta de Tom Holland, la nobleza de Chris Evans, la fuerza de Elizabeth Olsen y su conexión con Paul Bettany, la afabilidad cercana de Mark Ruffalo, la fusión de gracia tontorrona y dramatismo imponente de Chris Hemsworth, la chispa impredecible de Dave Bautista… El dominio que tienen sobre sus personajes y lo definidos que estos están confirma una vez más cuál es el gancho real de estas películas, haciendo que los momentos individuales sean mejores que la suma de las partes.

En definitiva, y aun con sus defectos, Infinity War supone otra victoria para la Casa de las Ideas, una experiencia intensa, emotiva, visceral, visualmente desbordante y llena de sorpresas, en la que, por primera vez en el Universo Marvel, tenemos la sensación de que puede ocurrir cualquier cosa (y cuando lo hace, golpea tan fuerte que cuesta recuperarse). Estaremos hablando durante mucho tiempo de su escalofriante final, un cliffhanger que deja la impresión de haber visto solo la primera mitad de algo, pero también dispara hacia las estrellas la expectación y el miedo por saber qué nos deparará la segunda.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Detroit

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Kathryn Bigelow es una de las cineastas más comprometidas y valientes de Hollywood. Así lo evidencian sus dos películas más aclamadas, En tierra hostil (por la que se convirtió en la primera mujer en ganar el Oscar a mejor dirección) y La noche más oscura (Zero Dark Thirty), y así vuelve a demostrarlo con su nuevo trabajo, Detroit, una desgarradora reconstrucción histórica que se adentra (hasta el cuello) en los violentos disturbios raciales de la Norteamérica de los años 60.

Haciendo uso una vez más del estilo cinéma vérité, Bigelow nos lleva al pasado con Detroit para hacernos reflexionar sobre un tema que, tristemente, sigue tan de actualidad hoy como hace cincuenta años: el racismo sistémico, institucional y estructural, y uno de sus síntomas más evidentes, la brutalidad policial en contra de las minorías raciales, males que se han visto magnificados en los últimos años en torno a la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump.

Detroit transcurre durante el verano de 1967 en la malograda ciudad de Michigan, y está basada en hechos reales muy poco conocidos de la historia estadounidense, sobre los que Bigelow arroja luz (mediante unas cuantas licencias dramáticas, todo hay que decirlo). La película sigue a los miembros de un elenco coral mientras en las calles de Detroit se empieza a fraguar uno de los mayores levantamientos civiles del país, y culmina en la redada policial del motel Algiers, en la que un grupo de jóvenes, en su mayoría afroamericanos, sufrieron todo tipo de vejaciones por parte de los agentes locales.

Bigelow, y su guionista habitual, Mark Boal, construyen una durísima historia que se cuece a fuego lento, que comienza de forma relativamente pausada para acabar transformándose durante su bloque central (en el que tiene lugar la redada) en una de las experiencias cinematográficas más intensas, incómodas y demoledoras que vamos a vivir en mucho tiempoDetroit busca la veracidad en su manera de aproximarse a la historia, potenciando el realismo con imágenes documentales y propiciando la inmersión del espectador, que de cumplir su objetivo, se verá completamente abordado por el terror, la rabia y la impotencia a medida que los acontecimientos se van desencadenando.

Una de las mayores bazas de Detroit es su excelente reparto, del que destacan John Boyega (Star Wars: El despertar de la fuerza), que transmite con gran contención dramática la rectitud moral, la inteligencia y el dolor de un personaje profundamente humano, y especialmente un soberbio Will Poulter, que interpreta al agente de policía que convierte la redada en el motel en su sádico juego de tortura. Si existe la justicia, Poulter será debidamente reconocido en la temporada de premios, ya que ostenta el honor de haber creado a uno de los personajes más despreciables y enervantes, y por tanto inolvidables, del cine reciente. Pero es que el resto del cast brilla igualmente: la revelación Algee Smith (en cierto modo, el corazón de la película), una estupenda Hannah Murray (Skins, Juego de Tronos) o Anthony Mackie (Los Vengadores) en un papel pequeño pero intenso son solo ejemplos de la gran labor interpretativa que recorre toda la película, en la que todos están al 100%.

Sin embargo, la verdadera protagonista de Detroit es la magistral dirección de Bigelow, un trabajo audaz, de pulso increíble, que debería garantizarle otra nominación al Oscar. El único inconveniente que se le puede poner a la directora (y a su guionista) es el sensacionalismo con el que recargan algunas escenas, que queda de alguna manera expuesto cuando en los créditos finales se explica que hay muchas lagunas en los documentos sobre la noche del Algiers que Bigelow y Boal se han encargado de rellenar a su antojo. A pesar de esto (o quizá en parte por esa razón), Detroit consigue con creces su propósito de impactar, remover conciencias y estómagos e incitar el debate. Puede que su valor documental no sea el más riguroso, pero su poder como pieza de ficción es enorme y la convierte en la primera película obligatoria de la temporada.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Capitán América – Civil War

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Queda poco para que el Universo Cinemático de Marvel cumpla sus primeros diez años de vida. En este tiempo, Marvel Studios se ha afianzado como uno de los valores más seguros de la taquilla y ha perfeccionado una fórmula hasta ahora infalible. Además de crear una narrativa serializada que ha resultado en la fidelización de millones de espectadores, Marvel ha dotado de identidad propia a las sagas individuales de sus superhéroes. Así, las películas de Iron Man son acción pura, las de Thor fantasía épica, Ant-Man se presentó en una película de robos, y Capitán América se consolidó como un thriller político de espías con su excelente segunda entrega. Rodeada de la fanfarria que suele acompañar a todo estreno de Marvel, llega la tercera parte de las aventuras de Steve Rogers (Chris Evans), Capitán América: Civil War, la cinta que inaugura la Fase 3 del UCM. Y esta vez Rogers viene acompañado de la mayoría de superhéroes que hemos ido conociendo a lo largo de estos años, formando el reparto más multitudinario de Marvel hasta la fecha. Los hermanos Anthony y Joe Russo se vuelven a poner tras las cámaras para continuar el fantástico trabajo que realizaron en El soldado de invierno y además hacer una mejor película de Los Vengadores que La era de Ultrón (que me perdone Whedon, que él ya se autoflagela lo suficiente).

Pero Civil War no solo ejerce como Vengadores 2.5, sino que también continúa la senda marcada por la anterior película del Capi, incidiendo en lo que hizo de ella una de las entregas más sobresalientes del UCM: intriga política, espionaje y un tipo de acción más física, más pegada a la tierra (figuradamente). Con la premisa de los Acuerdos de Sokovia, equivalente al Acta de Registro de Superhumanos del cómic en el que se basa la película, y la idea de abordar las verdaderas consecuencias de todo lo visto hasta ahora, Civil War se construye meticulosamente como la crónica del enfrentamiento entre dos facciones de superhéroes divididos por esta iniciativa, que propone que los individuos con poderes desvelen sus identidades secretas a las autoridades y trabajen para el Gobierno. La fricción que esto provoca entre las filas de los Vengadores da lugar a que salgan a la luz las tensiones, las inseguridades y también las afinidades personales entre los superhéroes. Para indagar en este interesante concepto y sus numerosas ramificaciones, los Russo trazan una historia abarrotada de elementos, con multitud de personajes, tramas entrelazadas y giros argumentales, a lo que se suma la presentación de nuevos superhéroes. Y a pesar del berenjenal, de alguna manera hacen que todo encaje, que todo funcione con la precisión y fluidez de una máquina bien engrasada, llevando a su vez el UCM hacia un terreno más serio y adulto.

Civil War puede resultar excesivamente larga (porque con 147 minutos técnicamente lo es) y es quizá la película de Marvel que más precisa de un conocimiento previo de la macro-historia que se ha desarrollado durante estos años (todo lo que hemos visto anteriormente converge en este capítulo), pero a la vez constituye una pieza individual íntegra y bien estructurada teniendo en cuenta las circunstancias, un Marvel de mayor madurez narrativa y coherencia temática y emocional. Sin abandonar el humor característico de la Casa de las Ideas, pero afinándolo y dosificándolo mejor que en UltrónCivil War halla el equilibrio adecuado entre drama, intriga, acción y desarrollo de personajes, para desgajar el conflicto moral que marca un antes y un después en este universo de ficción. Porque Civil War supone claramente un punto de inflexión (el que pedían tanto la historia como la audiencia), pero en lugar de esclavizarse al gran esquema de Marvel, pone la serialidad a su servicio, para narrar su propia historia a la vez que allana el terreno para una nueva etapa, una de mayor incertidumbre, caracterizada por la destrucción de lo ya establecido (a partir del clásico dilema comiquero “Superhéroes: ¿Salvación o amenaza?”) para dar paso a lo nuevo. Y lo nuevo en este caso viene personificado en dos flamantes superhumanos: Black Panther y Spider-Man.

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Pantera Negra supone una adición importante al equipo, presentando a Chadwick Boseman como un superhéroe diplomático y solemne, arraigado en la tradición y el folclore de su pueblo, y una fisicalidad felina muy vistosa, mientras que el Trepamuros se cuela para ejercer como alivio cómico (al igual que Scott Lang), protagonizando junto a Tony Stark (Robert Downey Jr.) un divertidísimo entreacto que hace que la historia, de una densidad considerable, respire justo cuando hace falta. A pesar de las dudas, la introducción de Tom Holland como Spider-Man no podría ser más exitosa. Aunque lo vemos poco tiempo en pantalla, podemos afirmar que el joven actor británico es un Peter Parker perfecto, y la juventud e inexperiencia del personaje, lejos de ser una traba, es un auténtico soplo de aire fresco. El juego que da con los adultos (atención al muy oportuno chiste a costa de Star Wars) respalda la decisión de Marvel de reencarnarlo en un adolescente (esta vez de verdad) y aumenta exponencialmente la expectación por ver Spider-Man: Homecoming, lo cual, teniendo en cuenta lo hastiado que había quedado el personaje después de su anterior reboot, tiene mucho mérito.

Aunque algunas intervenciones saben a poco, en general Civil War otorga el tiempo adecuado a cada personaje teniendo en cuenta su relevancia en la trama (esta sigue siendo una película de Capitán América, a pesar de Iron Man, y esta vez los villanos son secundarios porque tienen que serlo), lo próxima que está su siguiente entrega en solitario (Ant-Man por ejemplo sale poco, pero sus escenas son muy grandes, y los personajes nuevos solo suponen un aperitivo), o su afinidad con el estilo y la propuesta de los Russo (Visión y Bruja Escarlata vuelven a sobresalir, pero desde un segundo plano, seguramente para mantener la Marvel mágica separada de la más terrenal y realista de las películas del Capi, misma razón por la que faltan Hulk y Thor). Al igual que El soldado de inviernoCivil War destaca por sus impresionantes coreografías de acción, combates cuerpo a cuerpo de una fuerza brutal (donde la Viuda Negra y la Agente 13 tienen su oportunidad para brillar más), con los que se recurre lo menos posible a lo supernatural (incluso se prescinde bastante de los trajes de superhéroe), sobre todo hasta que llega el primer clímax, la batalla en el aeropuerto. La pieza estrella que involucra a todos los superhéroes, previa al emocionante showdown final entre Tony y Steve, es un enfrentamiento espectacular que da lo que se espera de Marvel y además lo hace sin apenas recurrir al destruction porn ni caer en la saturación visual (aunque el CGI canta demasiado en ocasiones y eso es inaceptable), apoyándose en las habilidades de sus personajes y cómo estas chocan para dejarnos una pelea clara, imaginativa y contundente.

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Pero más allá del espectáculo propio de un blockbuster ejemplar (que a estas alturas se puede dar por sentado), lo más importante de estas películas, y concretamente de la saga del Capitán América, siguen siendo los vínculos entre los personajes, ya bien definidos y asentados -gracias en gran medida a unos actores en perfecta sintonía con ellos, de los que hay que destacar aquí las sólidas interpretaciones de Evans y Downey Jr. Con pulso firme, los Russo evitan que Civil War se pierda en sus abundantes escenas de acción y su enrevesado argumento gracias a esos momentos entre personajes, con los que se nos deja claro que para narrar el conflicto y darle el peso que le corresponde es prioritario explorar los orígenes de cada uno, cómo encajan como grupo, lo que los une y los separa (Steve y Bucky están en el centro, pero no se reduce a ellos), quiénes son y cómo son percibidos por el resto del mundo, y en consecuencia definir sus motivaciones, es decir, lo que les llevará a elegir un bando u otro. En este sentido, Civil War no deja nada al azar, se cuida de que todo cuanto ocurre tenga una razón de ser y se compromete a no buscar la salida más fácil, lo que da como resultado un relato marveliano de madurez que inaugura triunfalmente y con firmeza esta nueva fase. El único pero en este sentido es que la cinta promete un UCM diferente, pero todavía no lo muestra (Marvel sigue teniendo miedo a la muerte, por ejemplo). Tiempo al tiempo, de momento los Russo han sabido capear el temporal para manejar de forma satisfactoria los muchísimos elementos que debían ensamblar, dando como resultado otra muy consistente entrega del Capitán América que invita al revisionado para abarcar todo lo que cuenta y que, sorprendentemente, deja con ganas de más. Una película diseñada no solo para contentar a los fans de Marvel, sino para legitimar el cine de superhéroes como algo más que un pasatiempo palomitero.

Nota: Capitán estrellas copia

Crítica: Los tres reyes malos

Joseph Gordon Levitt;Seth Rogen;Anthony Mackie

Érase una vez tres amigos de toda la vida, Ethan (Joseph Gordon-Levitt), Isaac (Seth Rogen) y Chris (Anthony Mackie), que se reunían todas las vísperas de Navidad para pasar juntos una noche de diversión y desenfreno en Nueva York. Mientras Isaac y Chris encuentran la plenitud familiar y profesional (o eso parece), Ethan sigue atascado a los 33, trabajando como elfo de Santa Claus en el centro comercial y sin novia después de que el miedo al compromiso boicotease su relación con ella (Lizzy Caplan). Ahora que los tres amigos se han convertido en adultos (técnicamente), la tradición llega a su fin y se disponen a pasar la última Nochebuena juntos. Y para despedir la tradición de la forma más memorable, están decididos encontrar de una vez por todas la legendaria “Nutcracka Ball“, una fiesta secreta que levan buscando todas las Nochebuenas desde que empezaron a salir juntos.

Con ese argumento, no os sorprenderá saber que detrás de Los tres reyes malos (The Night Before) se encuentran los responsables de películas como Juerga hasta el fin (This Is the End) o Malditos vecinos (Neighbors). Dirigida por Jonathan Levine (50/50, Memorias de un zombie adolescente), y escrita a cuatro bandas por los guionistas y productores de prácticamente todas las cintas protagonizadas por Seth Rogen y su troupeLos tres reyes magos es exactamente lo que parece, otra comedia gamberra digna de esta pandilla de humoristas, con bien de sal gruesa, humor de fumetas y ese toque de ternura y reflexión sobre la adultez que no puede faltar en ninguno de sus títulos. Desde que Judd Apatow implantó el modelo a seguir con SuperbadPineapple Express, estas películas han repetido una y otra vez el mismo patrón: un grupo de adultos que se niegan a crecer viven una aventura alucinada repleta de encontronazos de la que su amistad saldrá reforzada. Es el triunfo del bromance en la comedia USA, la clave de una fórmula tonta pero inteligente que sigue resultando infalible a la hora de desatar carcajadas.

Los Tres Reyes MalosPorque Los tres reyes malos no deja de ser lo mismo de siempre, pero se las arregla para mantener el interés y divertir de principio a fin. Es más, la película mejora conforme avanza y las pesquisas de estos tres buenos amigos se vuelven cada vez más disparatadas y bizarras. El secreto está en dibujar a unos personajes que despierten simpatía, que transmitan un halo de perdedores pero a la vez nos hagan desear vivir esta rocambolesca Jo, ¡qué noche! con ellos. Y eso es justo lo que hacen Gordon-Levitt, Rogen y Mackie, tres actores que dan rienda suelta a su encanto bobalicón y se crecen en la torpeza social de sus personajes (que ni son malos, ni hacen de reyes, ni siquiera mencionan a los Magos de Oriente, de hecho son tres trozos de pan, pero vamos a obviar la chapuza de título en español para evitar una pataleta).

Gordon-Levitt está perfecto como el “amigo normal” con el que es más fácil identificarse y Mackie da rienda suelta a su vis cómica (de la que ya tuvimos un adelanto en Capitán América: El soldado de invierno) con un personaje gracioso y adorable a partes iguales. Pero es Rogen en particular quien se erige como el alma de la película, derrochando energía desquiciada en descacharrantes escenas de colocón (especial atención a la del móvil y sobre todo a la misa de medianoche). Ahora bien, aunque la excelente química del trío es lo que sostiene la película, lo mejor de Los tres reyes malos es el genial y continuo desfile de cameos, rostros (y voces) populares de la comedia americana actual (tanto en cine como en televisión) y alguna que otra estrella pop, que es mejor no desvelar para no estropear la sorpresa. Apariciones estelares (y espectrales) de las que destaca una cuyo nombre sí debemos escribir (ya que no es técnicamente cameo, sino secundario): Michael Shannon. Es más, volveremos a escribirlo, esta vez en mayúsculas, para que quede bien claro lo que queremos decir: MICHAEL SHANNON. A sus pies.

Los tres reyes malos no revolucionará el panorama de la comedia USA actual, pero es una película navideña sorprendentemente sólida, una “distinguida” adición al catálogo de Rogen & co. que satisfará a los que suelan disfrutar de sus gamberradas con corazón (La entrevista no cuenta).

Valoración: ★★★½

Crítica: Capitán América – El soldado de invierno

Capitán América El soldado de invierno

Capitán América: El primer vengador era en forma y esencia toda una película de aventuras en la tradición de Indiana Jones. Tan solo tres años después de aquella primera entrega hay mucho más en juego. Al igual que “La batalla de Nueva York” lo cambió todo en el Universo Cinematográfico de Marvel, Los Vengadores supuso un gran punto de inflexión para estas películas. Capitán América: El soldado de invierno deja a un lado la aventura y se convierte en una explosiva y monumental cinta de acción, altamente influenciada por la de Joss Whedon.

Resulta paradójico que Thor: El mundo oscuro, que estaba dirigida por una sola persona (Alan Taylor), parecía un trabajo de poliautoría, la obra resultante de muchas voces participantes poniendo sus ideas en común, mientras El soldado de invierno, que cuenta con dos directores, Joe y Anthony Russo (productores de Community), es una película tremendamente centrada y excelentemente estructurada (también en tres actos), en la que ni una sola escena sobra o parece insertada a posteriori.

A pesar de que el núcleo del relato sea obviamente Steve Rogers (Chris Evans), la cinta de los Russo acentúa la coralidad del reparto, de manera que, a ratos, El soldado de invierno parece Los Vengadores pero con los miembros del equipo cambiados. Esto no la perjudica en ningún momento, todo lo contrario. Todos los personajes tienen peso en la historia, y todos brillan de manera que ninguno eclipsa a los demás, sin que por ello el filme deje de ser la segunda entrega de lo que ahora sabemos que va a ser una trilogía. Es decir, un nuevo capítulo en las aventuras por separado del Capi, tan independiente como supeditado a la apabullante macroestructura narrativa de Marvel.

Capitán América Mackie Evans

Los Vengadores dejó la historia de Rogers en la reserva, y en El soldado de invierno obtenemos lo que no pudimos ver en aquella. Sobre todo en lo que respecta a su proceso de adaptación al mundo actual, después de saltarse 60 años de historia. En la divertida secuencia que abre El soldado de invierno, el personaje de Evans explica a Sam Wilson (estupendo Anthony Mackie) que no lo lleva tan mal (“Internet es muy útil”), y le está cogiendo el gustillo a la era moderna; incluso lleva encima una libreta donde apunta las cosas importantes que se ha perdido desde los 50 (no reproduciré la lista, pero no tiene desperdicio).

Sin embargo, Rogers está comprobando que el mundo no ha cambiado tanto en algunos aspectos, que sigue habiendo dictadores y megalómanos, pero ahora se esconden mejor. Tras convertirse en “el mejor soldado del mundo“, y después de su servicio en La Batalla de Nueva York, Capitán América es un miembro más de S.H.I.E.L.D., un agente al servicio del Gran Hermano. Desde dentro de la organización -de la que descubrimos mucho más en dos horas que en más de media temporada de Agents of S.H.I.E.L.D.-, Rogers destapa sus alarmantes secretos, así como sus planes para “proteger” a la Tierra y establecer un nuevo orden (marcial). El soldado de invierno se permite hacer una reflexión bastante bien planteada sobre el estado de terror y la pantomima de la seguridad nacional en Estados Unidos, y en este sentido, la presencia de Robert Redford como Alexander Pierce es clave. De no ser por las piruetas sobrehumanas de Rogers, los hombres voladores o los ordenadores con consciencia, podríamos decir que El soldado de invierno es básicamente un thriller político de acción y espionaje. Y uno bastante emocionante, además.

Viuda Negra Capitán América

Los hermanos Russo (sin parentesco con Blossom) enhebran con pericia una trama en la que casi todos los personajes dudan en algún momento de la lealtad de los demás (“Trust No One”), resultando en un ejercicio conspiranoico de suspense del que emergen las verdaderas alianzas de la película. El Capitán cuenta con la inestimable ayuda de Natasha Romanoff (Scarlett Johansson), el mencionado Sam Wilson, alias Halcón, Nick Furia y Maria Hill (Cobie Smulders), que forman un equipo cohesionado y eficiente, como el explosivo acto final del film demuestra. Al contrario que en Los Vengadores, este súper grupo no se ve afectado por ningún choque de egos.

El soldado de invierno explora en mayor profundidad a la Viuda Negra, que se ha convertido en lo más parecido a una mejor amiga para Steve Rogers. Aunque existe cierta tensión sexual no resuelta, afortunadamente la película no convierte al personaje de Scarlett Johansson en un mero interés romántico para el protagonista -quizás porque el corazón de Rogers todavía pertenece a Peggy Carter. Romanoff sigue siendo una espía letal, sin escrúpulos, una asesina que acepta las misiones que nadie quiere, pero su química con Rogers y la bonita amistad que nace entre ellos contribuye a la humanización del personaje, del que Johansson se ha adueñado completamente.

Por otro lado, la incorporación de Anthony Mackie al Universo Marvel es uno de los mayores aciertos de El soldado de invierno. El Halcón desprende carisma por los cuatro costados, y se compenetra magníficamente con el resto de intérpretes, sobre todo con Evans, junto al que nos da algunas de las escenas más divertidas. Maria Hill es el miembro del equipo con menos peso en la trama, aunque ella también tiene su gran escena -de la Agente 13 no hablaremos, puesto que el personaje de Emily VanCamp sale tan poco como Lady Sif en El mundo oscuro. Y por último, después de aparecer en cinco películas y limitarse a su estático papel de autoridad, Nick Furia entra por fin en acción. Ya era hora de que Samuel L. Jackson protagonizara algún set piece, y El soldado de invierno cubre ese déficit en el Universo Marvel con una memorable persecución en carretera durante el primer acto.

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Por supuesto, huelga decir que Evans sigue siendo el perfecto Capitán América, porque es básicamente el americano ideal, el súper hombre por antonomasia, tan rubio y apolíneo, tan noble y leal. En esta entrega, el Capi se enfrenta a lo que los Russo han calificado como “el alter ego oscuro de Rogers“, El Soldado -cuya identidad no desvelaré, aunque es un secreto a voces que la película tarda demasiado en destapar. Sus encontronazos con este villano nos proporcionan las mejores batallas cuerpo a cuerpo que hemos visto en una película de Marvel. Y no solo ellos, Natasha Romanoff también protagoniza la acción más sofisticada e impresionante que nos ha dado el género en los últimos años.

Este componente físico da paso en el clímax a la imprescindible vorágine de destrucción, que esta vez se antoja excesiva por momentos (no llega al nivel de El hombre de acero pero en ocasiones lo roza). Eso sí, los Russo saben muy bien cómo armonizar todos los elementos marvelianos para no caer en el espectáculo pirotécnico descerebrado: los sorprendentes giros, los cameos, el desarrollo de los personajes (que cuando no están luchando, están teniendo diálogos siempre esenciales para su caracterización), y sobre todo ese fantástico sentido del humor, cada vez más inspirado y seguro de sí mismo. El soldado de invierno supone por tanto el perfeccionamiento de la fórmula Marvel, y junto a Los Vengadores, es sin lugar a dudas la mejor película del estudio hasta la fecha.

Valoración: Capitán estrellas copia