Crítica: Thor Ragnarok

A pesar de la fuerza y grandiosidad que caracteriza al personaje, Thor siempre ha sido uno de los eslabones más débiles del Universo Cinemático Marvel. El personaje interpretado por Chris Hemsworth ha brillado junto a Los Vengadores, pero sus entregas en solitario, Thor (2011) y Thor: El mundo oscuro (2013), no han tenido tan buena acogida por parte de público y crítica como las de otros héroes de este cosmos de ficción. Seguramente por esta razón, Marvel ha decidido que a la tercera va la vencida y le ha dado a la franquicia del Dios del Trueno un significativo lavado de cara con Thor: Ragnarok.

La película número 17 de Marvel es en cierto modo un reboot de Thor (muy metafórico corte de pelo incluido), un volantazo con el que Kevin Feige se aleja del tono serio y grandilocuente implantado por Kenneth Branagh en la primera entrega y emprende un nuevo rumbo, sin por ello sacrificar la épica intrínseca de la historia del hijo de Odín. Como se pudo ver en sus adelantos promocionales y como se confirma al ver el film, el modelo a seguir para realizar este reset ha sido Guardianes de la Galaxia. Adoptando el patrón de la franquicia de James Gunn, la nueva Thor tiene más comedia, más acción estrambótica y sobre todo, más color. La psicodelia, los sintetizadores, los láseres y la paleta cromática más chillona y cegadora se apoderan de los Nueve Reinos para darnos una aventura más ligera y completamente imbuida del espíritu de los 80 (el de Golpe en la pequeña China Flash Gordon), hermanando así a Thor con Starlord y su banda de forajidos intergalácticos.

Tras las cámaras se encuentra Taika Waititi (director de joyas como Lo que hacemos en las sombrasHunt for the Wilderpeople), una elección a priori chocante por parte de Marvel, que sin embargo se revela completamente acertada, además de coherente con la nueva estrategia creativa de Feige. La peculiar personalidad y el humor excéntrico de Waititi se pueden detectar a lo largo de toda la película, pero más allá de dejar su sello inconfundible, el realizador neozelandés ha sabido adaptar el idiosincrásico estilo de su cine al esquema general de Marvel. Es decir, Thor: Ragnarok es clara e inequívocamente un trabajo de Taika Waititi (como atestiguan entre otras cosas los cameos y secundarios interpretados por los habituales de su cine, como Rachel House, Sam Neill o él mismo), pero también es una película de Marvel. Esta vez, director y estudio han hallado el equilibrio y entendimiento adecuados para que la visión de uno no ahogue la del otro, como ha pasado ya en varias ocasiones (Ant-ManVengadores: La era de Ultrón), y que la voz individual del cineasta le dé una nueva capa de barniz a la franquicia sin que esta quede irreconocible (algo que, por otra parte, Feige no permitiría).

Siguiendo asimismo la estela de las más recientes secuelas de Marvel, Thor: Ragnarok es una película repleta de ideas, sorpresas, easter eggs y cameos (incluido el Doctor Strange en una aparición un poco metida con calzador), con numerosas tramas entrelazadas que conectan la historia con el pasado y el futuro del UCM. El film arranca con Thor preso al otro lado del universo, intentando escapar para evitar que la profecía del Ragnarok se cumpla y destruya su planeta natal, suponiendo el fin de la civilización asgardiana. Allí, Loki (Tom Hiddleston) continúa haciendo de las suyas, mientras Heimdall (Idris Elba) está desaparecido y los Tres Guerreros custodian las puertas del reino. Asgard entra en crisis con la aparición de Hela (Cate Blanchett), una poderosa nueva amenaza que busca hacerse con el control del universo. Tras su primer enfrentamiento con ella, Thor va a parar a Sakaar, un recóndito planeta en el que deberá sobrevivir a una competición letal de gladiadores, donde tendrá que luchar contra su “amigo del trabajo”, el Increíble Hulk, con quien protagoniza el reencuentro más esperado por los fans de Marvel. Junto a él y su nueva aliada, Valquiria (Tessa Thompson), Thor intentará huir de las garras del Gran Maestro (Jeff Goldblum) y regresar a Asgard para acabar con Hela.

Ese es el argumento muy a grandes rasgos de Thor: Ragnarok. Si creéis que he desvelado algo importante, no os preocupéis, no lo he hecho. Como decía, la película está llena de giros, y descubrirlos es uno de sus mayores alicientes (siempre que Marvel no los estropee todos antes de tiempo). Aunque también es cierto que su ajetreada y ramificada trama puede llegar a jugar en su contra. A Thor: Ragnarok le ocurre como a otras entregas marvelianas, pasan tantas cosas y hay tantos frentes abiertos que esto provoca por momentos falta de cohesión narrativa y una fragmentación que afecta al ritmo, a lo que contribuye además un metraje quizá excesivamente largo. Si una película de Marvel pedía una aventura de hora y media, como Waititi había bromeado (“90 minutos de película y 40 de créditos”), era esta. Esa habría sido su mayor osadía.

Y ese es el mayor problema de una película que, no obstante, funciona con la eficacia probada de casi todas las entregas de Marvel. Thor: Ragnarok da lo que se espera de la Casa de las Ideas, pero también es su película más alocada y marciana hasta la fecha. Desde las impresionantes batallas y escenas de acción (hay planos épicos para enmarcar, además de mucha comedia física), al hilarante humor (80% improvisado, según Waititi, y lleno de golpes geniales), pasando por la electrizante banda sonora de Mark Mothersbaugh (el primer score realmente memorable de Marvel, aunque no sea nada que no hayamos escuchado en Stranger Things Turbo Kid) y su estrafalario diseño de producción, maquillaje y peluquería, la película se zambulle en lo retro de forma más desenfadada si cabe que Guardianes de la Galaxia y, a su manera, también más arriesgada.

Otro de los puntos fuertes de Thor: Ragnarok es su fabuloso reparto. Hemsworth lleva a cabo su interpretación más afinada como Thor, gracias sobre todo al impulso de Waititi para que dé rienda suelta a su fantástica vis cómica y haga el ganso con Ruffalo y Hiddleston, que también se prestan a pasarlo en grande. Así, Thor, Hulk y Loki nos dan dos divertidas buddy films por el precio de una, con la novedad de que en esta ocasión el Gigante Esmeralda habla, lo que Waititi utiliza para hacer reír mientras explora la dualidad del personaje.

Por otro lado, las nuevas incorporaciones son inmejorables. De hecho, aquí no hay un robaescenas como suele ser habitual, sino un reparto formado por robaescenas. Tessa Thompson es una de las grandes revelaciones de la película, dejándonos una Valquiria inesperada pero muy carismática. Jeff Goldblum brilla interpretando a un chiflado divertidísimo que hará las delicias de sus admiradores, ya que se limita a ser él mismo (y no hay nadie más guay que Goldblum). El propio Waititi da vida a un secundario hecho para conquistar al público (sobre todo a su publico), Korg, un adorable (sí, adorable) guerrero extraterrestre que bien podría ser un personaje de una hipotética versión alenígena de Lo que hacemos en las sombras. Y por último, Cate Blanchett, ante la que es imposible cerrar la boca cada vez que aparece en pantalla. Después de su madrastra de Cenicienta, la actriz australiana vuelve a explotar su registro más exagerado con una malvada de presencia, sensualidad y elegancia arrebatadoras y una vertiente burlesca muy desarrollada. Sin embargo, la película no escapa de la maldición de los villanos desaprovechados, dejándonos con la sensación de que podía haber hecho mucho más con ella.

Thor: Ragnarok tiene sus problemas, como todas las de Marvel (el citado exceso de tramas, un abarrotado tercer acto, un CGI algo inconsistente en las cortas distancias) y esta heterodoxa e hipercómica reinvención del Dios el Trueno no casará con muchos fans (por no hablar de los detractores de Marvel), pero hay que felicitar al estudio por atreverse a salirse del molde y dejar que el director lleve realmente las riendas del proyecto. Visualmente, el film es una absoluta gozada (la espectacular fotografía corre a cargo de nuestro Javier Aguirresarobe, por cierto) y nos da el infalible cóctel de acción, humor y emoción que ha encumbrado a Marvel a lo más alto, pero gracias a ese enfoque tan personal de Waititi y a que no se toma tan en serio como sus predecesoras, Ragnarok deja mucho margen para la sorpresa, convirtiéndose así no solo en la mejor y más divertida entrega de Thor, sino también en la película más extraña y diferente de Marvel.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

‘Transformers: El último caballero’ es tan mala que es casi buena

Diez años después de que la primera Transformers reventara la taquilla mundial, ya vamos por la quinta entrega de la exitosa franquicia basada en los juguetes de Hasbro, Transformers: El último caballero (Transformers: The Last Knight). Michael Bay vuelve a la silla del director en la que podría ser su última película como realizador de la saga, mientras que Mark Wahlberg repite como Cade Yeager, protagonista de otro explosivo espectáculo de acción y efectos digitales made in Bay que ofrece exactamente lo mismo que las anteriores películas de la saga.

Solo que en esta ocasión se agitan los cimientos de la historia (por llamarlo de alguna manera) mediante la muy socorrida continuidad retroactiva, recurso con el que se sigue reescribiendo la mitología de los Transformers. En esta ocasión nos trasladamos a la Europa de las cruzadas para descubrir no solo que las leyendas del Rey Arturo y Merlín son ciertas, sino que sus aventuras contaron con la ayuda de una legendaria raza de Transformers, que formaron parte de los Caballeros de la Mesa Redonda. Fast forward al futuro, nuestro presente, donde los humanos y los Transformers están en guerra y un Optimus Prime convertido en villano ha desaparecido. La salvación de la Tierra depende de una clave enterrada en nuestro planeta, y una alianza imposible entre Yeager, un Lord inglés (Anthony Hopkins) y una profesora de Oxford (Laura Haddock), que deberán unir fuerzas con los Autobots para impedir que una gran amenaza acabe destruyendo el mundo para siempre.

Si esta breve sinopsis os parece una locura, esperad a ver la película. El anterior párrafo solo rasca la superficie de lo que es Transformers: El último caballero, un inconcebible batiburrillo de ideas, leyendas y tramas que marean más que las vertiginosas escenas de acción de la saga. El último caballero es mil películas en una, un caos narrativo en el que todo tiene cabida: acción postapocalíptica, trama militar, cine de catástrofes, Camelot, dinosaurios, dragones, viajes intergalácticos, secuencias bélicas, invasiones extraterrestres, nazis, profecías milenarias, ¡Pangea! ¡Stonehenge! ¡Submarinos! Parece que estamos citando elementos al azar, pero no, todo esto forma parte de la película. Ver para creer.

En un momento de la película, Vivian, el personaje interpretado por la nueva Megan Fox de la saga, Laura Haddock (una profesora universitaria directamente salida de una fantasía porno hetero), dice “La lógica ha abandonado el edificio”. Ese es uno de los muchos guiños que hace la película al absurdo que la recorre de principio a fin. Seamos sinceros, Transformers: El último caballero no pretende engañar a nadie. Si vamos a ver esta película habiendo visto las cuatro anteriores es porque sabemos exactamente lo que quiere darnos: acción ruidosa y mareante, destrucción, explosiones, vorágine de efectos digitales, argumento sin sentido y humor tontorrón. Eso es Transformers, y eso es El último caballero. Pedirle otra cosa sería estúpido.

Y eso es lo que salva esta película (por los pelos), a pesar del despropósito continuo que es, su autoconsciencia, que Bay sabe perfectamente lo que está haciendo. Lo vemos en el humor, muy autorreferencial y bobalicón, lo vemos en los diálogos, generalmente insufribles, pero con destellos de agudeza que hacen referencia jocosa a los defectos más reconocibles de Bay: el machismo, la incoherencia narrativa, la forma en la que “roba” de otros… En esta entrega en concreto, salta a la vista la influencia de Star Wars: Episodio VII – El despertar de la fuerza, con la incorporación de la joven Isabela Moner, que interpreta a una suerte de Rey infantil, con su propia versión de BB-8, un Transformer Vespa llamado Sqweeks. Y la inspiración en la saga galáctica de George Lucas en la nueva Transformers no se detiene ahí, porque otro nuevo robot, el mayordomo con demencia y problemas de control de ira (insisto, no me estoy inventando nada) Cogman, es una copia de C-3PO, como reconoce la propia película en uno de sus diálogos más meta.

Estos detalles son los que invitan a que tratemos a Transformers: El último caballero con más indulgencia. Esto y la presencia de Sir Anthony Hopkins, que se presta (aparentemente) encantado a la locura de la propuesta y nos deja algunos de los mejores momentos cómicos de la película (ver a Hopkins aguantando el tipo y riéndose de sí mismo en medio de este remolino de fuego y metal suma puntos al film). Pero no es solo él, todos parecen formar parte conscientemente de la broma, Wahlberg, Haddock (que por cierto, no hacen mala pareja cómica), John Turturro… Si hasta hay un cachondísimo guiño a Shia LaBeouf, el protagonista original de la saga, que no ha tenido reparos en criticarla en numerosas ocasiones. En definitiva, Transformers: El último caballero es tan chiflada y pasada de rosca en todos los sentidos y se toma tan poco en serio que es fácil disfrutarla si uno decide dejarse llevar. Es eso o morir en el intento.

Huelga decir que todos los defectos de la franquicia siguen ahí, y además aparecen multiplicados por cinco. La confusión de tonos y estilos, la objetificación femenina (esta vez suavizada, y compensada por abajo con un chistoso momento de cosificación masculina), el product placement, las incongruencias y los deus ex machina, fragmentación excesiva de la historia (no hay guión, solo momentos amontonados), tramas que no aportan nada (los personajes de Josh Duhamel y John Turturro no podrían sobrar más) o no van a ninguna parte (la banda de Decepticons malotes, presentados con rótulos al estilo Escuadrón Suicida para desaparecer enseguida), los chistes pueriles, y por encima de todo, su excesiva duración. De nuevo, no debería sorprendernos si hemos visto las anteriores películas, pero habría ayudado mucho que en esta ocasión se hubieran recortado unos 30 minutos del metraje, los que hacen que el clímax se alargue hasta el paroxismo y toda la diversión que se puede haber experimentado durante las dos disparatadas horas anteriores se disipe. Transformers: El último caballero es un espectáculo desenfadado y muy distraído, hasta que se convierte en lo más plomizo que uno pueda imaginar.

Y a pesar de dejar exhausto y con mal sabor de boca, la película cumple su cometido la mayor parte del tiempo. Ofrece la acción descerebrada y sobrecargada sin descanso que esperamos de la saga, con batallas épicas y stunts imposibles que desafían la lógica y la gravedad en pos del espectáculo, realiza otro despliegue digital asombroso (diréis lo que queráis sobre Transformers, pero los efectos casi siempre son brutales), y su irregular sentido del humor lo mismo te hace morir de vergüenza ajena que soltar una carcajada. El pobre resultado de taquilla de la película en Estados Unidos indica que la audiencia ya se ha cansado de Transformers, y es perfectamente lógico, el agotamiento ya era inevitable. Pero El último caballero es tan fascinantemente absurda y delirante que puede llegar a resultar muy divertida si se ve con la predisposición adecuada, una película tan ridícula que roza lo sublime.

Lo mejor: Su autoconsciencia y sentido del humor, y que no tiene miedo de hacer el ridículo. Anthony Hopkins haciendo el ganso. Y los efectos digitales.
Lo peor: Su trama, tan confusa y enrevesada que llega un momento que uno se satura con tanta información, objetos mágicos y profecías sin sentido conectadas al azar. Y sobre todo la duración. El clímax se hace insoportablemente largo.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Westworld: “No hemos reparado en gastos”

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[Esta entrada contiene spoilers del primer episodio de Westworld]

Lo habéis leído en millones de titulares, tweets y comentarios en los últimos meses. Westworld es la próxima Juego de Tronos. Obviamente son cosas del marketing, una estrategia para generar hype que puede funcionar o salir mal (de momento la audiencia del piloto ha sido una de las mejores de los últimos años para HBO). Quizá la serie llegue a hacer por la ciencia ficción lo que Juego de Tronos ha hecho por la fantasía, pero no adelantemos acontecimientos, dejemos que Westworld sea por ahora Westworld.

¿Y qué es Westworld? Pues entre otras cosas, se trata de una de las series más caras de HBO (100 millones de presupuesto para los diez primeros episodios, de los que se rumorea que 25 han sido para el piloto), uno de esos espectáculos televisivos por los que la Home Box Office es conocida. La serie está creada por Jonathan Nolan y Lisa Joy Nolan, con el incombustible y omnipresente J.J. Abrams en la producción ejecutiva, y se basa en la película de 1973 Westworld, almas de metal, escrita y dirigida por el autor Michael Crichton. Cuenta con un reparto estelar formado entre otros por James Marsden, Rachel Evan Wood, Jeffrey Wright, Thandie Newton, Luke Hemsworth, Ingrid Bolsø Berdal, Ben Barnes, Rodrigo Santoro, Ed Harris y Anthony Hopkins (total ná).

La historia transcurre en un parque temático (idea que Crichton recuperaría casi 20 años después en Parque Jurásico) orientado a visitantes con gran poder adquisitivo que ofrece una experiencia inmersiva en el viejo oeste. “Westworld” está poblado por androides sintéticos hiperrealistas conocidos como “Hosts”, que se encargan de interactuar con los visitantes (“Newcomers”) mientras “existen” en un bucle temporal en el que se repite una y otra vez la misma historia, con espacio para pequeñas improvisaciones por parte de los robots. Sin embargo, los Hosts empiezan a mostrar un comportamiento errático, síntomas de autoconsciencia y voluntad propia que contradicen los parámetros escritos en su código digital por los expertos programadores del parque.

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Aunque tiene un ritmo algo irregular y es decididamente confuso, el piloto de Westworld funciona muy bien como carta de presentación. Afortunadamente, estamos ante una serie de HBO, lo que quiere decir que no se va a intentar condensar una temporada entera en un solo episodio, sino que se va a desarrollar con paciencia y visión a largo plazo (o eso esperamos). “The Original”, que es como se titula el piloto, es eso, un comienzo, un planteamiento que dispone los elementos, los jugadores y las reglas básicas sin gastar demasiados cartuchos, con las suficientes dosis de drama, acción, violencia y tetas (si no, no sería HBO) para enganchar y que queramos saber qué pasa a continuación. Con una duración de casi 70 minutos (como suele acostumbrar la cadena con los arranques y cierres de temporada de sus dramas) y un guion bastante redondo (las moscas se encargan de acotarlo y a la vez vaticinar lo que está por venir), “The Original” parece una película, pero es solo una introducción. Una muy larga, eso sí. La historia se cuece a fuego lento, a su propio ritmo, su premisa puede resultar algo chocante y cuesta un poco acostumbrarse al universo fragmentado que nos presenta, sin embargo, sabemos que esto no ha hecho más que empezar.

“The Original” utiliza los temas propios de la ciencia ficción distópica y la inteligencia artificial, revistiéndolos de un aura de thriller y misterio, para construir una historia que (por ahora) nos habla en el fondo de los deseos más oscuros del ser humano. El parque está creado como escape de una realidad que aun no conocemos, un paraíso cinematográfico de turismo sexual y criminal confeccionado para satisfacer estas pulsiones violentas, la adrenalina de matar, de profanar un cuerpo (sintético pero asombrosamente realista), de estar en peligro sin estarlo, y actuar sin consecuencias. Sin embargo, el énfasis narrativo no está en los Newcomers, sino en los Hosts, las marionetas manipuladas desde arriba por los programadores e inversores que, tras una actualización masiva en el parque, empiezan a ganar consciencia de la fantasía digital en la que habitan; androides que, en el momento que muestran un “glitch” que pueda comprometer el proyecto, acaban almacenados desnudos en un pesadillesco hangar desde el que nos miran sin mirarnos para avisarnos de que algo muy oscuro se acerca.

Westworld presenta una hibridación de géneros muy interesante que puede recordar a Carnivàle o Firefly, pero su historia está principalmente arraigada en la ciencia ficción, en los relatos clásicos sobre robots que se rebelan contra sus creadores. Por eso, cabe esperar que a lo largo de la primera temporada asistamos al inicio de una revolución, de un levantamiento por parte de los Hosts, profetizado por la promesa de venganza del androide defectuoso Peter Abernathy (impresionante Louis Herthum) y por esa mosca que se posa en la mejilla de su hija Dolores (Wood) y acaba aplastada por su mano (algo que un robot se supone que no debe hacer). Esta es la manera en la que los Nolan nos avisan de que lo mejor está por llegar, de que solo hemos visto una pequeña parte de este mundo y hay que dejar que la historia se desenvuelva y las piezas empiecen a encajar antes de sacar conclusiones definitivas.

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Sí, Westworld está claramente diseñada para captar la atención de los seguidores de Juego de Tronos (no en vano, ahí está el ubicuo Ramin Djawadi componiendo la ya memorable música de la serie o esos lustrosos títulos de crédito que, sin parecerse a los de GoT, recuerdan inevitablemente a ellos; además de a “All Is Full of Love”, el icónico videoclip de Björk). Pero como decía, es una estrategia comercial que debemos (y debe) superar para que la serie se afiance y se gane el título que se le ha impuesto antes de tiempo. Dándonos la bienvenida por todo lo alto y sin reparar en gastos (impresionantes paisajes, fotografía, efectos visuales, diseño de producción…), la experiencia que supone adentrarse en Westworld es extraña, fascinante, desorientadora, sus personajes pueden resultar irritantes (que un Host mate ya a Lee, por favor), su propuesta te recuerda a demasiadas cosas a la vez, da la sensación de que estás viendo algo que ya has visto mil veces y también algo que no has visto nunca (lo cual no tiene por qué ser malo, al contrario). Pero ante todo y a pesar de todo, “The Original” es un comienzo prometedor, un piloto que, sin enseñar todas sus cartas, nos deja ver todo el potencial que hay en la serie. Que es mucho. Muchísimo.

Crítica: Red 2

En los tiempos que corren, la tendencia de toda película de acción que se precie es acabar convirtiéndose en Los mercenarios. Lo hemos comprobado con la saga Fast & Furious, o con el reboot de G.I. Joe, ambas estrenadas este año. Red 2, secuela del moderado éxito de 2010, no es una excepción. Sobre todo teniendo en cuenta que la premisa de la franquicia basada en los cómics de DC es la de un grupo de veteranos reuniéndose para luchar contra un enemigo común, y que Bruce Willis -imprescindible si queremos algo de notoriedad en el género- ya formaba parte del proyecto desde el principio. Como manda la ley de las segundas partes, Red 2 es más grande, más numerosa, más internacional y más ruidosa que Red. Sin embargo, esta también cumple a rajatabla la norma más difícil de seguir: Red 2 es mejor, mucho mejor que la primera parte.

La banda de sexagenarios ex agentes especiales que se niega a retirarse regresa al completo en esta segunda entrega. Willis haciendo de Willis por enésima vez, John Malkovich como Marvin el marciano, Helen Mirren, la glamurosamente letal Victoria, y la inconmensurable Mary-Louise Parker, como Sarah, una niña al lado de todos estos abueletes culo-inquieto. Sarah, ya pareja estable de Frank Moses (Willis), comparte el espíritu aventurero de los RED (Retired: Extremely Dangerous): se niega a convertirse en la esposa paciente que espera junto a la ventana a su marido mientras este se juega la vida. El primer gran acierto de Red 2 es doblar el reparto y que ningún personaje salga escaldado. Todos brillan con fuerza, viejos y nuevos, viejos y viejos. Se incorporan varios personajes que elevan las dosis de riesgo y humor. Byung-hun Lee, héroe de acción surcoreano que ejerce de archinemesis de Moses, Catherine Zeta-Jones, una viperina y peligrosa ex amante de Moses, y Anthony Hopkins como el doctor chiflado que esconde la clave para salvar el mundo. El resultado de este cóctel de talentos físicos y cómicos es uno de los elencos con mayor química que recordamos en mucho tiempo.

Desde los créditos iniciales nos damos cuenta de que Dean Parisot -que releva a Robert Schwentke en las labores de dirección- busca ampliar el radio de público objetivo. En esta ocasión, no se oculta el referente gráfico, y se nos recuerda constantemente que estamos ante la adaptación de un cómic. Es más, la acción se implementa teniendo en cuenta esto en todo momento. Muchos planos se construyen como viñetas (magnífico el tiroteo de Victoria en el coche), y la aventura pasa a ser bigger-than-life, con bomba atómica incluida. Claro que a pesar de la enrevesada (y a ratos confusa, todo hay que decirlo) trama, el humor es el principal motor de la historia, como ocurría en la primera película. Los chistes van de lo bobo a lo exquisito, pero no fallan ni una sola vez, demostrando un infalible timing para la comedia, y convirtiendo la película en una de las más divertidas de lo que llevamos de año.

La mayor virtud de Red 2 es saber no tomarse demasiado en serio, pero tampoco llegar en ningún momento a subestimar el género que se está trabajando o al público al que este va dirigido. Estos actores, con unos enormes Anthony Hopkins y Helen Mirren a la cabeza, dan lecciones de interpretación con la misma dedicación que dan los mamporros, y van a por el Oscar, aunque sepan de sobra que no optarían a él por algo como Red, ni en un millón de años. Pero esto es lo que hace que Red 2 sea tan disfrutable, tan loable. No hay nada más fresco y entrañable que ver a estos reputados actores enfundarse en los disfraces más ridículos, sabiendo reírse de sí mismos sin perder en ningún momento la dignidad, y sobre todo, poniendo el mismo esfuerzo en una cinta de acción como esta que en los dramas que los han convertido en leyendas del cine.

Crítica: Hitchcock

Rara vez una película contemporánea sobre el mundo del cine acaba recibiendo el calificativo de ‘gran cine’. Sobre todo si el filme en cuestión es un biopic, la recreación de un rodaje famoso, o ambas cosas: sin ir más lejos, Mi semana con Marilyn (My Week With Marilyn, 2011).[1] También es el caso de Hitchcock (2012), la película que nos enseña el accidentado proceso de creación de Psicosis, entre 1959 y 1960. Si acaso, la cinta de Sacha Gervasi sería una buena TV movie de HBO -de hecho, la cadena ya hizo una el año pasado: The Girl, sobre la problemática relación del director con Tippi Hedren. Puede que Gervasi fuera consciente de esto desde el principio, y por ello optase por convertir el libro de Joseph Rebello, Alfred Hitchcock and the Making of Psycho, en un melodrama con grandes dosis de comedia sobre el matrimonio Hitchcock, y una oda a la gran mujer detrás de la oronda silueta del maestro del suspense, Alma Reville.

La filmación de una de las películas más importantes de la historia del cine, -y probablemente las más universal y reconocible de la filmografía del realizador británico-, es el pretexto que el director londinense utiliza para sumergirnos en la retorcida mente de Hitchcock: la malsana y voyeurista obsesión con sus actrices protagonistas, su determinación y voluntad artística, su kamikaze ojo comercial, pero sobre todo la absoluta dependencia de su esposa en todos los aspectos de su vida profesional y personal. En Hitchcock no faltan las anécdotas conocidas por todo cinéfilo que se precie, ni se nos priva de echar un vistazo a los entresijos de celebérrimas secuencias como la de Janet Leigh en la ducha o a la sala de montaje. Sin embargo, la película se centra principalmente en lo que ocurre fuera del plató, haciendo que al final echemos en falta una mirada algo más profunda a la relación de Hitchcock con los actores de Psicosis, y dejando inexplorados los personajes de Anthony Perkins (James D’Arcy), Vera Miles (Jessica Biel), y en menor medida, Leigh.

Hitchcock es la crónica de un loco visionario tratando de sobrevivir en el encorsetado sistema de los estudios de Hollywood. Reconociéndose su estatus como cineasta en peligro (“la tele me ha rebajado”), el realizador busca desesperadamente su próximo proyecto, el último financiado por la major a la que está atado desde hace años. La elección de la novela de Robert Bloch inicia un recorrido por algunos de los recodos más oscuros su mente, llegando a flirtear con el terror en cada una de las -excesivas- apariciones de Ed Gein. No obstante, las perversiones de Hitch nunca llegan a transcender sus truculentas ensoñaciones. Gervasi se las arregla para mantener en todo momento un halo de respeto por el maestro, al que dibuja como un sociópata simpático, un viejo verde gracioso y genial, a pesar de todo. Un ser no exento de defectos (sería absurdo ocultarlos cuando todos estamos de sobra familiarizados con el mito), en todo momento amortiguados por la enorme fuerza orientadora y pacificadora de Alma.

A pesar del buen trabajo de mímesis de Anthony Hopkins, es Helen Mirren la mayor virtud de Hitchcock. La interpretación de Hopkins recae en la categoría de imitación y está condicionada inevitablemente por el maquillaje -que, a excepción de un par de planos en los que más bien parece el Pingüino de Burton, es excelente. Sin embargo, Mirren tiene mucha más libertad para construir un personaje más cercano y real, uno que ejerza de vínculo entre el espectador y Alfred. Alma no solo supervisa la dieta de Hitch y mantiene a raya su temperamento, sino que también acude al rescate del director cuando se encuentra en apuros durante el rodaje, o cuando necesita consejo profesional, manteniendo en todo momento el rumbo de su carrera cinematográfica. Alma es todo sacrificio y devoción, pero también resignación y hastío. Y Mirren se las arregla para que admiremos a la Sra. Hitchcock sin llegar a demonizar completamente al hombre que la subestima. El resto del reparto cumple con su tarea de permanecer en todo momento en un segundo, o más concretamente, tercer plano. Tan solo Scarlett Johansson es capaz de hacerse notar (cómo no, si destacar forma parte de su naturaleza), a pesar de que sigue sin deshacerse de los mohínes que impiden que la crítica se la tome en serio como actriz.

Las visitas al set de Psicosis sirven para examinar con tino la maquinaria creativa de un genio que defiende y ejemplifica la idea de que todos somos capaces de albergar violencia y terror -“¿Y si un director realmente bueno hiciera una película de terror?” Los viajes a los despachos de los grandes ejecutivos y censores (ambas especies ridiculizadas en el filme) documentan una curiosa faceta de la industria hollywoodiense. Pero el mayor interés de Gervasi reside en el dormitorio de los Hitchcock, donde conocemos realmente al hombre detrás del mito, y a la mujer que lo mantuvo a raya. Hitchcock se adentra de puntillas en lo macabro, evita la casquería amarillista, y a pesar de lo que pudo ser y no fue, nos ofrece un luminoso y divertido retrato de uno de los capítulos más conocidos de la historia del cine.

 

[1] Es más habitual encontrar grandes películas sobre el cine dentro del cine cuando estas no se basan en rodajes cinematográficos reales: De La noche americana a Mulholland Drive, pasando por la infravalorada Tristam Shandy: A Cock and Bull Story.