True Blood (2008-2014): Descansemos en paz

Sookie y Bill

Sookie: Bill, I’ll never forget you.
Bill: I wish I could say the same,
but I don’t know what happens next.

Al contrario de lo que la mayoría opina, las dos últimas temporadas de True Blood han sido un acierto para mí. La sexta temporada suponía el estreno como showrunner del productor ejecutivo Brian Bruckner, tras la marcha del creador de la serie, Alan Ball. La serie llevaba ya un par de temporadas dando palos de ciego, sin saber qué nos estaba contando (¿lo supo alguna vez?) y rellenando capítulos con las tramas más infames y prescindibles. Así que Bruckner tenía dos opciones: seguir dejando que el caos reinase o intentar que la serie se centrase. Afortunadamente, eligió la segunda opción. Así, la sexta temporada sirvió para hacer reconectar a los personajes y entrelazar sus tramas, hasta ese momento horriblemente desconectadas entre sí, y poner orden al embrollo que Ball había dejado como herencia a Bruckner. La séptima y última temporada ha continuado por este camino, centrándose principalmente en los personajes, dejándolos simplemente hablar, abrirse los unos a los otros (esta vez no necesariamente de piernas), estrechar lazos. Estos últimos diez episodios de True Blood han sido una celebración de Bon Temps, de Sookie Stackhouse y su “familia creada”, y por supuesto, una oda a los que sobreviven.

La temporada final empezó con mal pie, y no fue hasta el cuarto episodio cuando despegó realmente. A partir de ahí, Bruckner se dedicó a dialogar con los personajes, y preguntarles qué esperaban exactamente de la vida, y cuáles eran sus asuntos pendientes y sus sueños. Generalmente, Bruckner los escuchó, y fue dando clausura narrativa a todos los habitantes de Bon Temps a medida que la temporada se acercaba a su fin. Fueron los personajes humanos los que, sorprendentemente o no, nos proporcionaron los finales más emotivos, concretamente Arlene Flower y Andy Bellefleur, secundarios que esta temporada se han revelado como los personajes más consistentes, dos de los pilares más sólidos de True Blood, y que nos han dejado las escenas más hermosas de la serie en mucho tiempo. También Jason Stackhouse, al que le ha tenido que salir una novia casi de la nada para que nos demos cuenta de que en cierto modo ha sido siempre el corazón de la serie. Otros personajes recibieron finales más cómicos, como Ginger -que por fin se sentó en el trono (encima de Eric)-, discretos, como Sam, o más abruptos, como Alcide o Tara -aunque en el caso de la segunda, esta permaneció en la serie como fantasma y antes del último episodio obtuvo su pase hacia el cielo en forma de la reconciliación definitiva con su madre (Adina Porter se merece todos los premios). Por último, la recta final de True Blood recuperó a la mejor pareja de la serie, Jessica y Hoyt, para darles un final feliz -aunque la serie nos tenía reservada una última sorpresa en forma de boda, porque ya sabemos que no hay series finale que valga sin una boda. En todo caso, es evidente que Bruckner ha ido cerrando historias de manera que para el final solo quedaran dos grandes asuntos por resolver: Bill y Sookie y la trama de Sarah Newlin y la New Blood.

Jessica y Hoyt

Y entonces llegamos a “Thank You” (7.10), y comprobamos que esto no era suficiente para construir un final satisfactorio, y que ir despojando poco a poco a la serie de camp para dotarla de mayor dramatismo y, digamos, elegancia, quizás no ha tenido el efecto deseado. Entendemos que para cerrar el ciclo el final se centre en Bill y Sookie, la pareja con la que comenzó todo, pero hace tiempo que a la audiencia dejó de importarle esta pareja, y por tanto hacía falta más. Sobre todo más emoción, más… vida. True Blood fue conocida durante sus siete temporadas por sus altas dosis de sexo y violencia gráfica, y su cualidad de “serie pajillera” por excelencia. “Thank You” (en el que no hay ni una escena de sexo, por cierto) se olvida por completo de esta vertiente de la serie para no distraernos de los personajes; pero es que nunca ha hecho falta desvincularlos de la esencia perturbada y demencial de la serie para hacerlo. El resultado es un episodio final correcto, “humano”, pero terriblemente conservador, insulso y olvidable, algo que una serie como esta no se podía permitir, y en definitiva, lo último que esperábamos de True Blood.

Pero lo más grave de todo no es el hecho de que una serie como True Blood se haya despedido de manera tan sosa y convencional, sino que estos dos últimos años dedicados a recuperar el norte de la historia no han servido para nada, porque al final ha quedado más que evidente que Bruckner en realidad tampoco sabía muy bien hacia dónde se dirigía la historia o qué hacer con sus personajes principales. Para levantar su discurso final en “Thank You”, True Blood insiste en (de manera demasiado evidente) en la idea con la que comenzó la serie: la metáfora entre los vampiros y la otredad oprimida, concretamente los homosexuales (“El estado de Louisiana no reconoce este matrimonio”). Lo utiliza para reforzar la ilusión de ciclo completo, pero en realidad hace mucho tiempo que la serie perdió su sentido del propósito. No hay más que ver el desenlace de Sookie y Bill. Es un detalle bonito y significativo hacer a Sookie la principal representante de esa otredad, incluso por encima de los vampiros, y que acabe aceptando su diferencia, su “monstruosidad”, como parte de sí misma, y no como un inconveniente para llevar a cabo una “vida normal”. Pero las circunstancias y motivaciones para llegar a esta conclusión no podían ser más fortuitas y contradictorias.

Eric y Pam bolsa

Por encima de todas esas incongruencias destaca la absurda petición de Bill, que nos plantea mil y una preguntas y pone en evidencia todos los agujeros de la historia -¿por qué ahora? ¿por qué no se estaca él mismo?, y sobre todo, ¿por qué sus motivos para morir y dejar libre a Sookie no se aplican a Jessica? El “ahora sí, ahora no” antes de que Sookie estaque a Bill en su ataúd solo sirve para retrasar el momento de la verdad y malgastar tiempo que se podía haber empleado en darle aunque fuera una maldita escena a Lafayette, personaje fijo desde el principio, que no tiene diálogos en el episodio y solo aparece en el plano grupal durante la comilona de la escena final. Es indignante e inexplicable que después de todo este tiempo, el personaje no reciba el cierre que merece.

Lo mismo, aunque de manera menos lacerante, ocurre con Eric y Pam, sin duda los personajes favoritos de la audiencia, cuya historia termina completamente descolgada de la del resto. De acuerdo, siempre fueron a su bola. Claro que no nos los imaginamos a la mesa junto a los habitantes de Bon Temps, y nos alegra saber que seguirán siendo socios (y algo más) durante el resto de su eternidad (“Oh, I am so fucking with you”), pero qué menos que una última escena entre Eric y Sookie (¿quizás una visita final de la Stackhouse a Fangtasia? Seguro que habría tenido más emoción que la última secuencia con Bill). Ya no es que nos hiciera ilusión ver a Sookie y Eric juntos una última vez, es que era necesario. Agentes externos y una mala gestión narrativa han dado como resultado un desenlace enormemente desestructurado e inconcluso, un episodio que dedica demasiado tiempo a algunas escenas que podían y debían haber durado menos (la despedida de Bill y Sookie, la boda de Jessica y Hoyt, Sarah Newlin en el sótano), en detrimento de otros personajes, impidiendo así la sensación general de final de serie.

True Blood cena

Sorprende que una serie que se ha caracterizado por su gran compromiso con el fan service (nos ha dado todo lo que queríamos y más, sobre todo en cuanto a escenas cochinas) no sea capaz de superar los problemas de incompatibilidad de agendas (al parecer, Skarsgard y Bauer no estaban disponibles para grabar escenas a la vez que el resto de actores) y no sepa exactamente qué hacía falta para dar un final satisfactorio a sus fieles seguidores, a los truebies que han permanecido “true to the end“. No me malinterpretéis, no hay nada que me guste menos que un final que atiende mucho más a las necesidades del espectador que a las de la propia historia y los personajes. El problema es que el de “Thank You” no es ninguno de los dos casos. Es un final en teoría adecuado, un final feliz, pero no un final estimulante, es el final de otra serie, no el de True Blood. Y si por algo se ha caracterizado esta serie, además de por ser una de las más inconsistentes de la televisión, es por saber estimularnos, de todas las maneras. “Thank You” es un trabajo desganado, desapasionado, agridulce (en el mal sentido), una chapuza que ha dejado a muchos completamente indiferentes (solo el plano que cierra esta entrada logró provocar reacciones) y a otros enfurecidos tras siete años defendiendo lo que para muchos era indefendible. En fin, como suele ocurrir en estos casos, quedémonos con lo bueno que nos ha dado True Blood, es decir, las horas incontables de despelote, gore y exceso que han amenizado nuestros veranos. Por lo demás, echemos tierra por encima de este final y descansemos en paz.

True Blood (2008-2014) RIP

Ginger es el corazón (y los pulmones) de True Blood y la séptima por fin arranca

Ginger Pam

Nos estábamos empezando a preocupar mucho. La última temporada de True Blood estaba siendo todo lo contrario a lo que debería ser la temporada final de una serie como esta, o de cualquier serie que ha estado con nosotros siete años. La de Alan Ball siempre ha sido una serie altamente irregular, pero tras una sexta temporada sorprendentemente centrada y bien orientada hacia la recta final, uno esperaba de esta última entrega un poco más de pasión y emoción, un poco más de épica. En su lugar hemos obtenido tres primeros episodios más bien desganados, mediocres, y muy olvidables de no ser por las anticlimáticas muertes que más que conmover o impactar a los fans, los han enfadado por lo deprisa que han ocurrido -aceptamos que por ser la última temporada tengan que caer tantos, pero no de esa manera- y porque no han hecho justicia a los personajes fallecidos. Ah, y este tramo inicial de la temporada también nos ha dejado una de las escenas más memorables de toda la serie, el encuentro erótico de Eric y Jason, un acto de fan service total, gratuito hasta para ser True Bloodpero oye, que no me estoy quejando, que conste. A lo que iba, el caso es que mí ya se me ha olvidado todo lo demás.

Bill 7x04

Todo esto cambia en el cuarto capítulo, “Death Is Not the End“, con el que por fin arranca de verdad la última temporada. Las muertes de Tara, Alcide y la Sra. Fortenberry (además de otros personajes menores) han ocurrido en un abrir y cerrar de ojos, sí. Pero ese no es el problema en realidad (deberíamos estar acostumbrados a que los personajes desaparezcan así), sino todas las circunstancias que las rodean y en general la poca pasión con la que se han acometido. Pero llegados a “Death Is Not the End”, y ya desde su prólogo (que aporta la clausura necesaria), nos damos cuenta de estas muertes no han sido en vano (también narrativamente hablando), que su impacto en los habitantes de Bon Temps, y en especial en Sookie Stackhouse, ha servido como catalizador, para hacerles caminar entre el fuego y adentrarse en la batalla sin pensar en las consecuencias. Ya lo dice el título del capítulo, “la muerte no es el final”. Pero para estos personajes, si lo fuera, no pasaría nada, siempre que esta llegue mientras están luchando. El resultado: Un capítulo intenso y relevante que conjuga humor, drama, acción y camp como mejor se le ha dado siempre a esta serie.

Lafayette Jessica

Pero no todo en “Death Is Not the End” es destacable. No sería un capítulo de True Blood sin sus escenas de relleno, y sus subtramas injustificadamente estiradas. Sobran completamente las escenas de Jason y Sam, y en concreto la interminable secuencia en la que visitan a Rosie (who?) para decirle que su marido, Kevin (who?), ha muerto. No podría importarnos menos, y no podría aportar menos a la historia. Si nos quitásemos esas escenas, y ya de paso a Willa (incluso un poco de Jessica), podríamos tener capítulos de 40 minutos, que le habrían venido muy bien a esta serie. En fin, menos mal que tenemos a Sookie, a quien la muerte de su novio (al que nunca quiso tanto como él a ella) le ha empujado a tomar el mando para rescatar a Arlene. Amiga, estratega y líder, Sookie vertebra este episodio, yendo de casa en casa (con esa camiseta roja enorme y esos pelos de no ducharse en una semana) ayudando a cerrar heridas, a recapacitar, y a quitarles la tontería a todos para que se unan a ella en la operación rescate, o para simplemente dejen de ser un estorbo. Es la hora de la verdad, y no se puede estar perdiendo el tiempo en la cama.

Sookie Eric 7x04

Los dos principales apoyos para Sookie son Bill y Eric. Con el regreso del vampiro vikingo, la Stackhouse vuelve a encontrarse en el centro del triángulo amoroso más importante de True Blood. Pero cuando comparamos sus escenas con uno y otro nos damos cuenta de que el triángulo no es equilátero. Aunque siga sintiendo algo por Bill, es Eric el que la convierte en enferma de amor. A Bill le ofrece su sangre para que este reponga fuerzas de cara a la batalla, y le dice “solo es comida”. Lo suyo queda muy atrás, y aunque haya residuos de aquel gran romance, Sookie no pertenece a Compton. Con Northman es distinto. No hay más que verla cuando este aparece ante sus ojos. Ella apenas se puede controlar (ni quiere), y se precipita a sus brazos demostrando que el vínculo que la une a Eric es más profundo e incontrolable. Sin embargo, Sookie tampoco es de Eric, Sookie no pertenece a nadie. Si algo está aprendiendo después de todo este tiempo (y sobre todo después de la muerte de su novio-por-no-estar-sola) es a valerse por sí misma, a descubrir el alcance de sus poderes (no solo los mágicos), a tomar la iniciativa cuando es necesario, y a no ser una víctima. En el anterior episodio vimos a Sookie silenciando las voces que insistían en condenarla por sus errores, por su “asociación” a los vampiros. En “Death Is Not the End” la vemos elevarse por encima de todo y de todos, y ponerse al frente desafiando a su vieja amiga, la muerte, como haría una verdadera heroína.

Arlene Sookie

Los últimos diez minutos de “Death Is Not the End” son True Blood en estado puro. La operación rescate se convierte en un baño de sangre hepática y vísceras en el que, por primera vez este año, tememos de verdad por la vida de los personajes. Y lo mejor de todo es que ninguno de ellos muere en la batalla. Demostrando que no hace falta cargárselos como moscas para transmitir esa sensación de fatalidad apocalíptica. Basta con hacernos creer que un personaje querido podría pasar a mejor vida para ponernos al filo de nuestro asiento. Es lo que ocurre con Arlene, que con el paso de los años, y sin hacer nada especial ni poseer ningún poder sobrenatural, se ha revelado como uno de los pilares de la serie, y una de las mayores constantes en la vida de Sookie. La escena en la que Sookie pide socorro para salvar a su amiga es la más potente de lo que llevamos de temporada, gracias sobre todo a la interpretación de estas dos mujeres. Además, nos da el último cameo del episodio, Terry Bellefleur, después de otros estupendos homenajes a personajes del pasado, que vuelven para contribuir a ese cierre de ciclo que toda serie longeva debe realizar: Hoyt Fortenberry (Jason le dice “Bubba” y yo me quiero morir) y the Magister, que nos remite directamente a la primera temporada.

Ginger 7x04

Y a pesar de todo este torrente de emociones, lo mejor de “Death Is Not the End” no es su excelente clímax, sino los flashbacks que salpican el episodio de humor, y nos dan a conocer más sobre la historia de los personajes más enigmáticos, magnéticos e interesantes de True Blood: Eric y Pam. Y por extensión, de la mayor diva de la serie (con permiso de Lafayette), el verdadero corazón (y sobre todo los pulmones) de True Blood, Ginger.

A medida que el fin se acerca para Eric, tanto él como su progenie se están ablandando. Y no hay nada mejor que Eric y Pam demostrándose lo mucho que se quieren, algo que beneficia mucho a la serie en general. Los flashbacks de “Death Is Not the End” nos cuentan “La historia de Fangtasia“, y abarcan desde 1986, cuando the Magister convierte a los dos vampiros en regentes de un videoclub local (bravo, bravo, BRAVO) hasta 2006, cuando Ginger tiene la idea de convertir ese palacio del VHS en un palacio de verdad: Fangtasia, la fortaleza de los vampiros en Shreveport (genial Pam lloriqueando: “I hate Shreveport”) con su gran Rey Vikingo Eric Northman sentado en el trono. Con estas fantásticas escenas se brinda homenaje a uno de los personajes recurrentes más divertidos de la serie, y se hace dándole no solo un pasado de lo más jugoso -Ginger como nerd ochentera fan del cine de vampiros y como lolita punk es de lo mejor que me ha dado la serie en estos siete años-, sino otorgándole, en retrospectiva, gran peso en el universo de la serie. Nadie se merecía esto más que ella. Y lo más curioso es que Ginger no grita en “Death Is Not the End”. Sin embargo, la actriz que la interpreta, Tara Buck, lo ha compensado con este genial agradecimiento a los fans de la serie por estos siete años de amor hacia la camarera asustadiza del Fangtasia y hacia esa música celestial que son sus chillidos de terror. Te queremos, Ginger.

True Blood: El último verano (7.01 “Jesus Gonna Be Here”)

True Blood Jesus Gonna Be Here

Tranquilos, a pesar del título de la entrada, este año no os voy a decir aquello de que True Blood es sinónimo de verano, o a soltar el típico rollo para explicar por qué la serie vampírica de Alan Ball es uno de nuestros guilty pleasures favoritos o a enumerar las maravillas de la anatomía de Joe Manganiello (bueno, quizás eso sí lo haga después). Este año voy a empezar la temporada estival de reviews yendo directamente al grano: El regreso de True Blood ha sido decepcionante, aburrido y demasiado disperso hasta para ser True Blood, que es probablemente la serie más descentrada y caótica de la historia. Es preocupante, teniendo en cuenta que es la última temporada, pero no demasiado si pensamos que los comienzos de temporada de muchas series son simplemente un ejercicio de reajuste, o si lo comparamos con las muchas horas de coñazo absoluto que nos hemos llegado a tragar felizmente con esta serie.

Porque True Blood puede divagar, ramificarse innecesariamente y dar continuos palos de ciego, pero siempre nos acaba devolviendo a lo mismo: la chulería de Pam, el paletismo de Sookie, el palotismo de Jason, el sudor, la sangre, el sueño húmedo de una noche de verano. Sin embargo, todos esos elementos que hacen de True Blood una gozada casi pornográfica están desinflados en este “Jesus Gonna Be Here“, como si para volver se hubieran puesto las pilas medio cargadas, como si estuvieran encerrados todos (literalmente) en el mismo sótano de siempre, y tuvieran ya ganas de escapar de una vez. La sexta temporada terminó con un salto hacia el futuro que nos brindaba la trama central para la recta final de la serie: La sangre sintética se ha acabado, una cepa de hepatitis V afecta a la mitad de la población vampírica, convertida en zombies de The Walking Dead, y en Bon Temps, uno de los muchos pueblos pequeños de la América profunda olvidados por el gobierno, Sam Merlotte, ahora alcalde, promueve el emparejamiento de humanos y vampiros para recibir protección a cambio de comida. De momento, los enfrentamientos político-bélicos de Sam, Andy y Bill con la resistencia de vigilantes de Bon Temps no podrían ser más soporíferos (esperemos que Vince, el señor que perdió las elecciones contra Merlotte no sea un villano oficial esta temporada). Pero al menos nos alegramos al comprobar que la serie regresa a Bon Temps, y centra la mayor parte de su acción en el pueblo (¡Jane Bodehouse!), como en un intento de regreso a los orígenes para cerrar ciclo.

Jessica Adilyn

El mayor problema de esta season premiere es quizás el hecho de que el humor brilla por su ausencia. A excepción de un par de momentos contados, “Jesus Gonna Be Here” es un capítulo decididamente serio, y la seriedad no sienta del todo bien a True Bloodque suele brillar más cuanto más alocada y rocambolesca es. La irregular carga dramática del episodio es eso, una carga, un lastre que hace que los más de 50 minutos que duran los capítulos acaben pasando factura, y que tengamos la sensación de que ni los actores ni el equipo están al 100% en lo que hay que estar. Mirad por ejemplo a Anna Paquin (a la que siempre defenderé de los haters), que nos dejó un panegírico precioso en el 6×09, y que cierra este 7×01 con otro discurso a los habitantes de Bon Temps. Pero esta vez no nos lo creemos, Paquin no está ahí, y sus palabras, por muy importantes que sean, suenan desganadas e impuestas. Como las de Pam, que siempre clava sus one-liners, y en este capítulo suenan forzados, como demasiado Pam hasta para ser Pam (“I’ll be in hell having a threeway with the devil”). O como Jessica y Adilyn Bellefleur. Deborah Ann Wol está mejor que la Paquin en este capítulo, pero esa escena de conexión adolescente entre Jessica y su protegida -mientras la zorra de su novio liga con Lafayette-, por muy bonita que fuera en teoría (visualmente lo mejor del capítulo), resulta artificiosa en la práctica. True Blood no es conocida precisamente por su sutilidad, pero en “Jesus Gonna Be Here” llevan la obviedad a otro nivel.

Y para obvio, el hecho de que Tara NO está muerta, a pesar de que en la increíblemente mal ejecutada secuencia inicial de la temporada (dirige Stephen Moyer, ejem) se nos quiere convencer muy torpemente de que sí -mirándolo por el lado bueno, si para algo nos sirve esta infame escena es para disfrutar de otra gran interpretación de Adina Porter como Lettie Mae Thornton. Tara es un personaje protagonista que lleva en la serie desde el primer capítulo, la única excusa para matar a un protagonista en off es para engañarnos. Si no la hemos visto morir, no está muerta. Además, si Tara hubiera caído de verdad, Pam lo habría sentido (su sire amenazó con dejarla libre, pero sigue inevitablemente conectada a ella). Se mire como se mire, no es más que otra muestra de lo tosco y desganado que ha sido todo en este arranque de temporada (nos gusta que True Blood sea cutre, pero no tanto). O han despedido a un personaje importante de la manera más anticlimática posible (improbable), o nos tienen preparada la sorpresa menos sorprendente de la serie. Y es una pena, porque si algo sabe hacer True Blood, a parte de humedecernos y lubricarnos, es sorprendernos.

True Blood Lettie Mae Tara

Que “Jesus Gonna Be Here” ha tenido su dosis mínima de despelote, pero como las cosas están tan serias y hay una revolución gestándose, no hay tanto tiempo para retozar -aunque ya sabemos que en Bon Temps no importa que el armaggedon se acerque, hay que follar. Así, tenemos una escena de cama de Sookie y Alcide, la pareja más aburrida de la tele. Y esta vez ella enseña más que él, algo raro teniendo en cuenta que la carnaza masculina es lo que vende en esta serie. No nos quejaremos. Ya que la Paquin está desganada interpretativamente hablando, por lo menos enseña las tetas. Y por otro lado tenemos a Jason Stackhouse, que eleva de nivel el episodio enseñando su trasero fibrado y bubbilicious, lo único interesante de su también aburridísima y repetitiva trama con la pesada de la vampira dominatrix (el emparejamiento de Jason y Jessica funcionaba muy bien, este no). Por lo demás, no hay mucho más que destacar de “Jesus Gonna Be Here”, un capítulo (esperamos) de transición hacia (ojalá) tramas más divertidas y emocionantes. Coño, ¡que es el final! Esperemos que las historias presentadas en este episodio se transformen y den lugar a otras más atractivas, porque lo que hemos visto por ahora ha sido bastante poco alentador. Y por supuesto, confiemos en que Pam encuentre pronto a Eric Northman y este haga acto de presencia para animar el cotarro, que su ausencia nos ha confirmado hasta qué punto él se ha convertido en el protagonista de la serie.

True Blood 6.09 “Life Matters”

El noveno episodio de la sexta temporada de True Blood nos ha dado todo lo que nos hizo enamorarnos de la serie hace ya unos cuantos años. Y mucho más. De acuerdo, quizás lo único que faltó fue algo de desnudez (no cuentan miembros viriles no pegados al cuerpo), pero en los demás aspectos “Life Matters” nos devolvió por completo la ilusión por una serie cuyas anteriores temporadas nos habían desencantado. La sexta temporada se confirma así como un nuevo comienzo para la serie de Alan Ball, haciendo que nos preguntemos si quizás habría sido mejor que se hubiese marchado mucho antes.

Como seguidores de True Blood, estamos más que acostumbrados a recibir una de cal y otra de arena. Finales impactantes para rematar episodios soporíferos, el mayor número de personajes de relleno que hemos visto en una serie contra fan favourites que por sí solos merecen la pena cualquier suplicio. Pocas series adolecen tanto de un desequilibrio e inestabilidad tan evidente. Pero pocas tienen la capacidad de hacer saltar los ojos de las órbitas como True Blood. Con “Life Matters” se nos demostró que aun hay mucha vida en la serie, que todavía podemos ilusionarnos con ella, emocionarnos, gritar, reír y torcer el morro ante las escenas más bizarras y excesivas que se pueden ver en televisión. En definitiva, “Life Matters” nos recordó por qué True Blood Matters.

Y si True Blood ha arreglado con maña el entuerto que dejó la(s) anterior(es) temporada(s) -fantasma humeante de la guerra, no te olvidamos, aunque queramos- es gracias a que por fin se está haciendo caso al fan que lleva años quejándose de lo que no funciona en la serie. Lo dicho, a ver si va a resultar después de todo este tiempo, que lo mejor que le podía ocurrir a True Blood es que su creador delegase sus responsabilidades como showrunner en otro. Brian Bruckner, que lleva desde la primera temporada como productor y guionista, estaba esperando su turno para poner orden en la serie.

Así, para esta temporada, Bruckner se ha deshecho de algunos de los eslabones más débiles de la serie. Ha reducido la presencia por capítulo de los lobos y los cambiaformas (aunque sigue siendo demasiada, todo hay que decirlo), y ha realizado una interesante purga de personajes. Todo para cumplir con los planes en su agenda: “Corregir la desproporción entre humanos y seres sobrenaturales, y situar a todos estos personajes que viven en el mismo lugar bajo una sola trama y una sola amenaza”. A la irritante Nora, hermana de Eric, se le ha unido recientemente en el Más Allá Terry Bellefleur. “Life Matters” es a la vez panegírico para despedirse de uno de los pocos personajes humanos de la serie, a la vez clímax desquiciado en el que se descarga toda la artillería pesada, como si de un capítulo 9 de Juego de Tronos se tratase. Al fin y al cabo, esta temporada de True Blood cuenta con tan solo 10 episodios, como el otro exitazo de HBO, y visto lo visto, este recorte se revela como otra gran decisión.

En “Life Matters” no hay un solo minuto de descanso. Ni siquiera los numerosos flashbacks recordando a Terry interrumpen la fluidez del relato, como sí suelen hacerlo las escenas descolgadas de humanos y otras especies no vampíricas. Las secuencias son más cortas, están mejor intercaladas, interrelacionadas, y por fin obtenemos la tan preciada y necesitada sensación de unión y cohesión. Nada de veinte tramas sin conexión y personajes desperdigados. Todos convergen por fin en dos frentes. Por un lado los habitantes de Bon Temps reunidos para el funeral de Terry. ¡Qué alegría volver a ver a Lettie Mae Thornton, a Jane Bodehouse y a la señora Fortenberry, y además tener noticias de Hoyt! Y por otro todos los vampiros de la serie apelotonados en el Vamp Camp, liberados al fin por un Eric que es una versión viciosa y sanguinaria de la Dark Willow de Buffy. Pam, Tara, Jessica & co. danzan arrebatadas por el éxtasis de Santa Billith, como salidas de una escena de The Wicker Man o una película de Rob Zombie, después del mayor Vísceras-Fest de la historia de la serie. Una gozada. Resulta algo extraño entrelazar lacrimógenos discursos funerarios con desmembramientos varios, pero sorprendentemente funciona.

Bravo, bravo, bravo. Por dejar a la demencia y la libertad apoderarse del relato como no ocurría desde los tiempos de las orgías de Maryann. Por devolvernos el verdadero espíritu de Bon Temps y conseguir que entendamos -aunque sea por un momento- la importancia de los personajes humanos en la serie. Por la inconmensurable Sarah Newlin, el personaje revelación de la temporada, y su emocionante confrontación ¿final? con Jason. Pura catarsis. Por Tara disparando una metralleta. Por Anna Paquin volviendo a merecerse el Emmy. Por el gore más brutal (ese pene estirpado, ¿lo enseñarán? ¿no lo enseñarán? ¡TOMA PENE!). Por cumplir la promesa de devolver la serie a sus raíces. Y finalmente, por un humor en absoluto estado de gracia. No recuerdo haberme reído tanto con un episodio de True Blood en años. Resumiendo: “¡¡¡Te quiero… Jason Stackhouse!!!” ¡¡Te amo… True Blood!! Y sobre todo: AaaaaaaaAAAAAAAHHHHHHHH!