Love Life: La encantadora búsqueda del amor de Anna Kendrick

La nueva plataforma de streaming HBO Max fue lanzada a bombo y platillo el pasado 27 de mayo en Estados Unidos. El servicio se abastece del fondo de catálogo del conglomerado WarnerMedia y HBO, y además incluye programas originales desarrollados en exclusiva para ella, bautizados como Max Originals. A nuestro país por ahora no está previsto que llegue, por eso sus títulos de estreno (no todos) de momento podrían ir a parar a HBO España, como ha sido el caso de Love Life, la nueva serie de Anna Kendrick.

HBO Max busca satisfacer al público joven adulto, a quien se dirige especialmente con Love Life, una de las ficciones que ha usado como carta de presentación para sus Max Originals. Se trata de una dramedia romántica sobre una mujer en busca del amor en Nueva York. Creada por Sam Boyd (In a Relationship) y coproducida y protagonizada por la musa millennial Anna Kendrick, la serie se presenta como una variación de la antología televisiva en la que cada episodio se centra en una relación y una etapa diferente de la vida de la protagonista, Darby, una veinteañera luchando por escalar en el mundo del comercio de arte mientras busca pareja.

A lo largo de los diez capítulos de media hora que componen la primera temporada, Love Life traza el camino de Darby de su primer amor al más reciente, saltando constantemente en el tiempo con historias autoconclusivas pero interconectadas que nos muestran cómo las personas que se cruzan en su camino influyen en quien ella se acabará convirtiendo. Aunque la mayoría de capítulos nos cuentan una relación de Darby con un hombre distinto, la serie juega con el formato para hablarnos también de la importancia de sus amistades, su trabajo y su familia en su evolución como persona; unificándolo todo través de la acogedora narración de la británica Lesley Manville (El hilo invisible).

Love Life, que también cuenta entre sus productores con Paul Feig (La boda de mi mejor amigaUn pequeño favor) y Dan Magnante (Zoey’s Extraordinary Playlist), es una comedia romántica empedernida que existe en un punto intermedio entre lo clásico y lo moderno. La serie oscila entre la tradicional (y poco realista) sitcom urbana sobre amigos compartiendo pisos fabulosos en la Gran Manzana, como FriendsCómo conocí a vuestra madre, y visiones más actuales y sofisticadas como GirlsModern Love. Todas ellas, en mayor o menor medida, ambientadas en un Nueva York idealizado que la televisión nos ha vendido como el lugar donde se cumplen todos los sueños.

A pesar de ahondar en el complicado mundo de las relaciones en el siglo XXI, puede resultar algo anticuada y cliché al principio. Que la premisa de la serie gire en torno a encontrar al hombre de tu vida parece perpetuar una idea muy equivocada: que solo con otra persona que nos “complete” podremos alcanzar la felicidad (que esté creada por un hombre a lo mejor tiene algo que ver). No obstante, a medida que avanza, la historia va incorporando matices que ayudan a verla de otra manera y que, en última instancia, hacen que llegue a una conclusión satisfactoria. Es decir, aunque el amor sea el tema principal, la serie va de mucho más que eso.

Pero si Love Life acaba sobresaliendo es sobre todo por Kendrick. La actriz nominada al Oscar por Up in the Air hace lo que mejor se le da: ser absolutamente encantadora. Aunque está acompañada de un reparto secundario estupendo (del que destacan Zoe Chao y Hope Davis), el peso de la serie descansa casi entero sobre sus hombros, y ella la eleva con su carisma y naturalidad como si no le costara nada. Además de estar divertidísima, Kendrick insufla vida y profundidad emocional a Darby, convirtiéndola en un personaje muy humano y real.

Y no solo eso, sino que la actriz tiene una química indudable con todos y cada uno de sus compañeros de reparto, no solo con las parejas de Darby (un desfile de personajes masculinos que van de lo adorable a lo absolutamente tóxico), sino también con su mejor amiga, Sara, bala perdida con tendencias autodestructivas que se resiste a madurar, y su crítica madre, con la que nunca ha sentido una verdadera conexión. De hecho, dos de los mejores episodios de la temporada son los que aparcan el romance para centrarse en su relación con ambas. Por otro lado, también hay que destacar a la actriz que interpreta a Darby de adolescente en el también notable capítulo flashback sobre su primer amor, Courtney Grosbeck, un absoluto acierto de casting.

En resumen, puede que al principio Love Life parezca una serie del montón, pero si se le da una oportunidad, comprobaremos que hay mucha vida más allá de la (elegante) superficie y que, afortunadamente, la vida de Darby no gira solo en torno a los hombres. Con emotividad, un buen equilibrio entre drama y comedia, acertados momentos de introspección y sin huir de la tristeza, la serie va rompiendo (aunque no del todo) la fantasía aspiracional para ir posando los pies en la tierra y volverse cada vez más real, madurando al compás de su protagonista en el transcurso de sus diez episodios.

Love Life está renovada para una segunda temporada, pero esta no seguirá a Darby (su trama queda cerrada), sino que contará una historia totalmente nueva centrada en otra persona. Eso sí, Kendrick seguirá en la serie como productora y Darby aparecerá “de vez en cuando” en los nuevos capítulos, al igual que otros personajes de la primera temporada. Aunque principalmente es ella quien hace que la experiencia de ver Love Life sea tan agradable, la serie acaba ganándose el beneficio de la duda de cara a futuras nuevas historias de amor. Y si no funcionan, siempre nos quedará Darby.

Crítica: Los Hollar

los-hollar

A John Krasinski lo conocemos principalmente por dar vida a Jim Halpert durante las nueve temporadas de The Office. Después del final de la comedia de NBC, el actor se ha centrado el cine (donde trabaja principalmente su mujer, Emily Blunt), no solo delante de las cámaras (Aloha13 horas: Los soldados secretos de Bengasi), sino también detrás. Su ópera prima como director, Brief Interviews with Hideous Men (2009), pasó sin pena ni gloria, y ahora, justo antes de volver a la televisión para protagonizar el reboot de Jack Ryan, Krasinski presenta su segunda película como realizadorLos Hollar (The Hollars), dramedia indie que él mismo protagoniza junto a un reparto de excepción.

Los Hollar nos lleva una vez más hacia uno de los lugares comunes más explorados del cine independiente norteamericano: el regreso a casa; contextualizado y magnificado por la actual situación económica y laboral que encuentra a muchos treinta y cuarentañeros sin rumbo. Krasinski da vida a John Hollar, un dibujante de novelas gráficas en horas bajas que se ve obligado a marcharse de Nueva York para volver a su ciudad natal, al enterarse de que su madre padece de cáncer. Para ello, John tiene que dejar en Manhattan a su novia (Anna Kendrick), que está a punto de dar a luz al primer hijo de la pareja. Perdido y sin futuro profesional en Nueva York, este se ve obligado a regresar a la vida que se esforzó por dejar atrás, reencontrándose con su disfuncional familia, su ex novia y el marido de esta, que no es otro que su rival del instituto. Una vez allí, John reconectará con todos ellos y hará balance de su vida para recordar de dónde viene y averiguar hacia dónde se dirige.

Otra cosa no, pero Los Hollar es una prueba fehaciente de que Krasinski sabe lo que hace. Su sensibilidad como director no es precisamente novedosa u original, pero sí consistente. Estamos ante un crowd-pleaser de manual, una (de muchas) comedias con tintes dramáticos que tanto gustan en Sundance (en muchas ocasiones solo allí) y que los yanquis hacen como churros. Krasinski controla los mecanismos narrativos y las argucias sentimentales propias del género, explorando con confianza, melancolía y sensibilidad las ideas de las que se suele nutrir este tipo de cine (se nota que hay mucho de autobiográfico en la historia). Ahora bien, que Los Hollar sea el trabajo de alguien que tiene las ideas claras o un ejemplo paradigmático de su género no lo convierte en un film excepcional. De hecho, es todo lo contrario, una película que hemos visto en infinidad de ocasiones, y que nos ofrece exactamente las mismas reflexiones y conclusiones sobre la vida, la familia y el paso del tiempo que tantas otras.

Los Hollar acumula clichés hasta quedarse sin espacio para más (“adorable” y “espontáneo” momento musical incluido), pero su calidez y sus buenas intenciones compensan que todo sea tan predecible y hacen más llevadero el déjà vu. Eso sí, lo que salva la película de caer en las redes del hastío no es eso, sino su excelente reparto, del que destacan los veteranos Margo Martindale (siempre magnífica) y Richard Jenkins (no hay papel que este brillante actor no pueda elevar), y que también cuenta con un notable Sharlto Copley (habitualmente oculto bajo capas de CGI, como en Distrito 9Chappie), Anna Kendrick, Mary Elizabeth Winstead, Josh Groban, Randall Park y Charlie Day, la mayoría protagonistas de subtramas que recuerdan a las de una sitcom (lo que es en el fondo la película).

A pesar de los numerosos tópicos que la componen -y que la despojan de cierta naturalidad-, y de lo forzado de algunos de los momentos más emotivos (la música subraya a base de bien), la película resulta entrañable la mayor parte del tiempo, y en ocasiones realmente divertida, en especial gracias a un acertado elenco que parece muy cómodo a las órdenes de Krasinski. Los Hollar no descubre América,  desde luego, pero la vuelve a presentar como ese lugar reconfortante al que a algunos nos gusta regresar de vez en cuando, aunque sea para vivir un par de horas agradables y olvidarlas nada más terminar.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Trolls

trolls-1

Trolls es la nueva marca de juguetes/moda nostálgica que se convierte en película de animación en Hollywood. Los simpáticos y omnipresentes muñequitos con puntiagudos pelos de colores de los 90 se convierten en protagonistas de su propia aventura animada gracias a DreamWorks y 20th Century Fox, que trasladan el imaginado universo de estas dicharacheras criaturas a la gran pantalla. A primera vista, Trolls parece la enésima cinta de dibujos de Happy Meal, y hasta cierto punto es exactamente eso, pero si miramos más de cerca nos daremos cuenta de que es un producto mucho más cuidado de lo que parece, y definitivamente mejor de lo que debería haber sido.

La película dirigida por Walt Dohrn (Bob Esponja) y Mike Mitchell (Sky HighShrek, felices para siempre) crea toda una mitología alrededor de estos personajes, que reciben un moderno lavado de cara a base de purpurina y pieles multicolor a juego con su pelo. La historia de los Trolls se asemeja a la de Los Pitufos, una comunidad muy unida que vive en armonía hasta que una amenaza exterior rompe su pacífica existencia. La diferencia es que la historia comienza con los Trolls ya en manos de sus antagonistas, los Bergens, una raza de ogros que creen que la única manera de hallar la felicidad es alimentándose de estos pequeños seres. De esta manera, todos los años celebran la festividad que conocen como el “Trollsticio”, donde eligen a varios Trolls del árbol donde viven (enjaulado y custodiado por ellos en el reino) para zampárselos en una gran comilona ritualística. Hasta que un día los Trolls se escapan a través de un túnel y rehacen su vida en el bosque. Allí permanecen ocultos hasta que una de las macro-fiestas de la troll más feliz del mundo, Poppy (Anna Kendrick), atrae la atención de sus captores, que encuentran el nuevo emplazamiento de la aldea y raptan a la mitad de su población. A partir de ahí, Poppy se embarcará en una odisea para rescatar a su amigos, con la ayuda a regañadientes del cascarrabias Branch (Justin Timberlake).

trolls-2

Trolls sigue los dictados del cine de dibujos diseñado para reventar la taquilla y vender juguetes. Pero no hay que comérsela de vista. O mejor dicho, no hay que comérsela solo de vista. La película es todo un estallido de luz y color técnicamente sobresaliente y repleto de imágenes golosas y acción hiperactiva, pero también es una aventura infalible y con muy buen ritmo (nunca mejor dicho), una relectura del cuento clásico de superación y compañerismo convertido en cuento de hadas moderno inyectado de música y distracciones continuas para la generación EDM. Esto último puede sonar mal, lo sé, pero Trolls no llega a empachar o a convertirse en el despropósito que estaba llamada a ser gracias a un humor muy afinado y a una actitud desenfadada y autoconsciente que hace que, cuanto más tonta es, más encantadora y adorable se vuelve. El humor espídico que recorre la película está, salvando las distancias, en la línea de lo que vimos en La LEGO Película, y sus chistes y gags, en especial los musicales, son sorprendentemente ingeniosos.

Efectivamente, Trolls es también, y quizá por encima de todo, un musical. La película incluye versiones de clásicos del pop y el rock desde los 80 hasta nuestros días, imbuidos de ese sonido dance y electropop que domina las listas de éxitos, e interpretados por unos más que eficientes Justin Timberlake y Anna Kendrick, que se encuentran como pez en el agua durante toda la película (acompañados de un reparto de voces que incluye a Gwen Stefani, James Corden o Zooey Deschanel). Los números musicales (incluido el pegadizo “Can’t Stop the Feeling” de Timberlake, aquí interpretado a dueto durante el fantástico clímax) son la estrella de la función, ágiles, divertidos, bien interpretados y usados con inteligencia para avanzar la historia o complementar las caracterizaciones de sus personajes; como el otro tema original, la muy BroadwayGet Back Up Again“, donde Kendrick nos convence de que nos dejemos llevar por la película, o la preciosa cover de “True Colors” de Cyndi Lauper, con la que el film se vuelve oportunamente emotivo.

Trolls

Y ahí está la clave, en entregarse a la propuesta, abandonarse a su irresistible optimismo y su contagioso sentido del humorTrolls no es comparable a Pixar, ni incluso a los mejores títulos de DreamWorks, pero es que no tiene por qué serlo. No debemos subestimar el poder de una película como esta, que, en primer lugar, es un espectáculo mucho más calibrado y digno de lo que parece, y en segundo, está hecha para divertir y poner de buen humor, sin más. El problema es cuando una cinta de estas características menoscaba o se olvida de la inteligencia de sus espectadores, y afortunadamente, Trolls no lo hace, sino que se preocupa en conectar con ellos, y hacerles reír con algo más que el típico humor para pre-escolares. Con su bonito discurso sobre la búsqueda de la felicidad, algo con lo que tanto niños y mayores pueden conectar personalmente, Trolls acaba conquistando su propósito y nos invita a soltarnos el pelo y menear las piernas. Cuidado, imposible resistirse.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Dando la nota – Aún más alto

Kendrick Bellas

Dando la nota (Pitch Perfect) fue uno de los éxitos sorpresa de 2012, un sleeper pop que no solo funcionó mucho mejor de lo que se esperaba en taquilla, sino que pasó rápidamente a convertirse en película de culto para la generación Tumblr. Aunque su acción transcurre en la universidad, Dando la nota es en esencia una película de instituto, por eso muchos no dudaron en coronarla como la Mean Girls de los 2010’s o describirla como “Glee bien hecha” (yo mismo en la crítica que escribí en su día, antes de que Pitch Perfect se convirtiera en un fenómeno).

La película consagró a Anna Kendrick como nueva novia/It girl/amiga friki/ídolo tuitero/icono cool de América y convirtió a Rebel Wilson (Amy la Gorda) en una estrella. Había que darse prisa para generar una secuela aprovechando el momento. La popularidad de estas actrices está en lo más alto y varios éxitos recientes (LucyCincuenta sombras de Grey) han demostrado que el cine hecho y protagonizado por mujeres también puede triunfar en taquilla (duh!). Teniendo esto en cuenta, Universal ha demostrado tener reflejos muy “afinados” y ha hecho las cosas bien. Tanto que en su primer fin de semana, la secuela de Pitch Perfect dirigida por Elizabeth Banks, Dando la nota: Aún más alto (en USA simplemente Pitch Perfect 2), ha recaudado más que la primera película en todo su recorrido comercial en cines estadounidenses, rompiendo unos cuantos récords y asegurando una tercera entrega.

Dando la nota es un pelotazo es indiscutible y debemos celebrar que una película protagonizada casi íntegramente por mujeres en la que la rivalidad es sana (nunca por un hombre) y donde se celebra la camaradería (entre ambos sexos) y el trabajo en equipo haya cosechado tanto éxito, sobre todo teniendo en cuenta cómo está el panorama. El cine de Hollywood promete un cambio para los próximos años, y en parte se lo debemos a las Barden Bellas. Ahora bien, Dando la nota: Aún más alto no supone ninguna revolución en sí misma. Se trata de una clásica secuela fabricada (con prisa) aprovechando el tirón del éxito, que reproduce casi al pie de la letra a su predecesoraAún más alto es una segunda parte de manual. Es más espectacular y numerosa, traslada su acción al contexto internacional -el campeonato mundial de acapella que tiene lugar en Copenhague-, aumenta aun más la variedad del repertorio musical (hits actuales, éxitos de siempre, hip hop, country, temas de los 90…), y pone mucho más en juego. Pero a pesar de esto, el factor sorpresa se desvanece y lo que en la primera funcionó por su frescura (los susurros de Hana Mae Lee, las marcianadas de Wilson) aquí suena repetitivo y por tanto pierde gran parte de su gracia.

Rebel Wilson Pitch Perfect 2

La estructura de la secuela es prácticamente idéntica a la de la primera. Aún más alto comienza con una actuación que se convierte en un desastre (en lugar de vómito aquí tenemos un escándalo tipo nipplegate de Janet Jackson, pero mucho más bruto y con testigos presenciales de excepción, los Obama y Shonda Rhimes), continúa con la lucha de las Bellas por recuperar su voz (un reset que obliga al grupo a empezar de nuevo), tiene un intermedio en forma de batalla acapella (con David Cross como bizarro anfitrión) que palidece en comparación con la de la primera película, y termina con la gran competición. Afortunadamente, para compensar lo mecánico del argumento, los personajes evolucionan satisfactoriamente y sus conflictos internos, ambiciones, traumas y sueños se convierten en el corazón de la película.

Vemos cómo algunas Bellas se han graduado (Anna Camp, que ya tenía 30 años en la primera película no colaba ya como universitaria), cómo otras se niegan a salir al mundo real y se refugian en el grupo (Brittany Snow está estupenda), y cómo Beca (una Kendrick más cómoda desatando su lado más tontorrón) persigue su sueño de ser productora musical -divertida subtrama que cuenta con el genialísimo Keegan-Michael Key. Así que, aunque Dando la nota 2 sea un calco de la primera, tiene muchas armas para evitar el estancamiento y alicientes de sobra para mantener nuestro interés por saber qué les ocurre a estas chicas, más definidas y más unidas que la primera vez que las vimos. Además de las Bellas originales, tenemos nuevas incorporaciones que aumentan la diversidad y rejuvenecen al grupo, Flo (Chrissie Fit) y Emily, interpretada por la ubicua Hailee Steinfeld, “heredera” de las Bellas (Legacy en inglés) que sigue los pasos de Kendrick. De hecho, para intentar repetir la jugada de “Cups” (el nº1 discográfico que surgió de Pitch Perfect), Sia ha compuesto “Flashlight” para el personaje de Steinfeld, que acaba de fichar por una discográfica para grabar su primer álbum.

Kendrick Steinfeld

Y es que Dando la nota: Aún más alto se ha empezado a convertir en un musical tradicional. No solo hay más números (excelentemente dirigidos por Banks), sino que esta vez no se limitan al escenario, incorporando canciones narrativas, como la serenata en barca que dedica Rebel Wilson (con diferencia la peor cantante de la película) a Adam DeVine, y temas originales, como la mencionada “Flashlight”. Los momentos más estelares siguen teniendo lugar en las competiciones, pero no extrañaría que la progresión natural de la saga llevara la tercera parte por la senda del musical de Broadway (sería una buena forma de evitar o enmascarar el estancamiento en la misma fórmula).

En cuanto al humor, Aún más alto repite chistes y gags de la primera y explota las señas de identidad de sus personajes, en cierto modo haciendo que todo pierda un poco de magia. Hay muchas bromas que no llegan, especialmente las que protagoniza Flo, la latina (hondureña concretamente) que, como Sofía Vergara en Modern Family, perpetúa/se ríe de los estereotipos asociados con los inmigrantes hispanoamericanos en Estados Unidos (no es que sea ofensivo, es que no tiene mucha gracia). Este es uno de los recursos principales del guión, que a través del tronchante personaje del comentarista John Michael Higgins, se ríe de todas las razas y nacionalidades, y carga con especial inquina contra las mujeres. Pero sería absurdo acusar a Pitch Perfect de intolerante (lo saco a colación porque ya lo he leído en varios sitios), sobre todo porque el objeto de la burla es el propio personaje de Higgins (caricatura del republicano machista, misógino y racista), y por extensión, el ala conservadora de Norteamérica (“Todo el mundo nos odia”, reconoce el personaje de Elizabeth Banks, fantástica como siempre). El libreto vuelve a estar escrito por Kay Cannon, una de las guionistas de 30 Rock, serie conocida por no dejar títere con cabeza y satirizar la obsesión de Estados Unidos con la corrección política y la doble moral (Banks sabe mucho de esto porque interpretó a la ultra-conservadora y ultra-americana Avery Jessup en la comedia de Tina Fey). Además, Aún más alto es una película esencialmente feminista e inclusiva (y muy orgullosa de ello, “¡Somos un grupo de mujeres racialmente diverso!”), por lo que se puede permitir este tipo de humor corrosivo sin que se deba poner en duda su ideología.

Banks Higgins

Pero dejando a un lado estas cuestiones polémicas, Dando la nota: Aún más alto cumple con creces su cometido como película. Divierte, emociona, atrapa con sus espectáculos musicales y lo hace transmitiendo valores de compañerismo femenino en un contexto de competición sin caer en la moralina (en sus hilarantes encontronazos con la líder alemana del equipo rival de las Bellas, Beca no puede insultarla, solo elogiar su perfección como espécimen humano), y sin enfrentar al género opuesto en ningún momento (la representación masculina está en buenas manos con los encantadores DeVine y Skylar Astin). Aún más alto nos devuelve a los personajes de los que nos enamoramos hace tres años, estrecha los lazos que hay entre ellos (atención a la adorable escena en la tienda de campaña), y nos recuerda por qué queremos que triunfen en todo. Banks y Cannon han conseguido aumentar la dimensión humana de las Bellas, conservando la dulzura, el carisma y la locura que las caracteriza, en una película que ante todo es una celebración por todo lo alto de la hermandad femenina.

Valoración: ★★★½

Crítica: Into the Woods

INTO THE WOODS

Antes de que Disney sacase el proyecto adelante en 2012, Into the Woods llevaba más de veinte años en preproducción. Llegó a tener varias casas (Columbia y la Henson Company se encargaron de las primeras versiones), varios directores, y repartos completos que fueron sustituidos con cada (falsa) puesta en marcha, hasta que finalmente quedó en parón durante 15 años. La adaptación del popular musical de Broadway escrito por Stephen Sondheim (canciones) y James Lapine (libreto) parecía condenada a permanecer en el limbo de Hollywood hasta que fue rescatada por la compañía de Mickey Mouse, donde el proyecto encajaba como zapato de cristal. El renacimiento de los cuentos de hadas (ya oficialmente empacho y saturación) en la Disney y sus afiliadas televisivas (Disney Channel y ABC a la cabeza) propiciaba el panorama idóneo para que Into the Woods por fin viese la luz más allá de los árboles. Y así ha sido, bajo la nueva línea comercial de la compañía, y la dirección del veterano Rob Marshall (Chicago, Nine), los amantes de Broadway por fin pueden (podemos) disfrutar del célebre musical en su deslumbrante versión cinematográfica.

Into the Woods practicaba el meta-humor, la reinvención de estereotipos, la autoparodia, el crossover, el mash-up y otras estrategias postmodernas mucho antes de que estas estuvieran tan en boga. La película entrelaza los cuentos de los hermanos Grimm en una historia donde los personajes de Caperucita Roja, Rapunzel, Jack y las habichuelas mágicas y La Cenicienta comparten el mismo espacio narrativo, con el propósito de explorar las consecuencias de sus deseos y sus actos (algo así como un “y qué pasó después”). Para juntarlos a todos, el musical parte de dos personajes originales, el Panadero (James Corden) y su mujer (Emily Blunt), dos humildes campesinos que no pueden tener hijos a causa de la maldición de una Bruja (Meryl Streep), que regresa para devolverles la fertilidad a cambio de que estos le consigan una lista de objetos mágicos del bosque: el zapato de Cenicienta, un mechón dorado de Rapunzel, la capucha roja de Caperucita y una vaca blanca. Esta premisa da lugar a una comedia de enredos cuya acción principal tiene lugar en el bosque, un espacio de sueño y pesadilla (casi una representación onírica del subconsciente en la que todo puede pasar), reconvertido en escenario donde las “fábulas” entran y salen de escena, se cruzan y desaparecen entre la maleza, conservando así el espíritu teatral de la obra.

INTO THE WOODS

Y es que el punto fuerte de Into the Woods no son las canciones (si me lo permitís, con excepción de una o dos, fáciles de olvidar), sino la comedia. Es cierto que vista hoy en día, la historia ha perdido parte de la cualidad transgresora y originalidad, lo que la convertía en una obra rompedora y única a finales de los 80. Sin embargo, el material sigue siendo excelente y ha logrado aguantar el tiempo, sobre todo gracias a un sentido del humor irreverente, con un punto oscuro y perverso, e incluso un poso de tristeza, que nos deja números y diálogos para el recuerdo (o el trauma, según se mire): el encuentro del Lobo (Johnny Depp a punto de cargarse la película) y Caperucita, reimaginado como el incomodísimo cortejo de un pederasta a su víctima (definitivamente trauma); “Agony!”, el tronchante duelo de egos en el arroyo entre los dos Príncipes (divertidísimos Chris Pine y Billy Magnussen); o la muy millenial “On the Steps of the Palace”, en la que la indecisa Cenicienta (Anna Kendrick) se convierte básicamente en Shoshanna Shapiro. Todo va viento en popa, hasta que un giro inesperado cerca del final produce un impasse a partir del cual el ritmo decae dramáticamente, provocando que la última media hora de la película parezca un epílogo interminable (a pesar de un par de números sobresalientes).

Into the Woods es un film técnica y artísticamente impecable, pero también irregular. Uno capaz de darnos secuencias soberbias, como el prólogo -cuyo espectacular montaje ya le valía la nominación al Oscar que le han negado-, pero también de perderse (nunca mejor dicho) en sus numerosos y repetitivos rizos argumentales. Al final, es el reparto lo que aporta la unidad necesaria en una obra con tantos flancos abiertos que es imposible no perder el norte. Los actores están espléndidos (y sus cuerdas vocales a la altura), en especial los niños, Lilla Crawford y Daniel Huttlestone (reencarnación de Pedro, el del dragón Elliott) y las esperpénticas Christine Baranski y Lucy Punch (carcajadas aseguradas con ellas). Pero sin duda alguna, la robaescenas oficial de Into the Woods es Emily Blunt -quien merecía la nominación tanto o más que Streep, aunque fuera solo por sus encuentros con el Príncipe. Ya la teníamos más que fichada, pero con esta película confirma lo que sabíamos: posee uno de los talentos más completos y polivalentes del Hollywood actual. Blunt se revela como el alma de Into the Woods, proyectando luz propia en una historia que no tiene miedo a adentrarse en los vericuetos más oscuros del bosque, y que en última instancia nos proporciona una moraleja agridulce sobre la responsabilidad y la familia que corona una película más fiel en forma y espíritu a los cuentos originales de los Grimm que cualquier otra de Disney.

Valoración: ★★★½

Crítica: Dando la nota (Pitch Perfect)

¡Acatotal!

Mean Girls es intocable, irremplazable, insustituible. Así que, a pesar de que Dando la nota (Pitch Perfect, 2012) se adscribe al género que perfecciona la cinta escrita por Tina Fey, es más adecuado hablar de “la nueva A por todas (Bring It On, 2000), otro clásico esencial del cine para adolescentes y no tan adolescentes. Sin ir más lejos, los propios productores de la película protagonizada por la emergente estrella Anna Kendrick (La saga Crepúsculo, Up in the Air) reconocen que la cinta de animadoras de Kirsten Dunst fue una de las principales inspiraciones para Dando la nota. Claro que el germen directo de la película se encuentra en el libro de Mickey Rapkin titulado Pitch Perfect: The Quest for Collegiate A Capella Glory. Sea como fuere, Dando la nota es en fondo y forma una comedia de instituto que, curiosamente, se ambienta en la universidad. No importa, se sigue jugando según las reglas del género teen a pesar de que algunas de las protagonistas alcancen la treintena- para construir una historia de superación, autodescubrimiento y alianzas imposibles -sí, lo habéis adivinado, hay referencias a El club de los 5– que da como resultado un clásico de culto en potencia. Una de esas películas que nos encontramos un domingo por la tarde en la tele, y a pesar de haberla visto ya muchas veces, nos quedamos viéndola hasta el final.

Pero Pitch Perfect no es perfecta ni de lejos. Y aunque no es algo que se le deba exigir en ningún momento, la coherencia interna brilla por su ausencia a lo largo de toda la película. Empecemos por ejemplo por la protagonista. Beca (Kendrick) es una chica socialmente inadaptada, huraña, descreída, y definitivamente alternativa. Pero su “músico” de cabecera es David Guetta y se dedica casi profesionalmente a realizar mash-ups. Algo falla, ¿no? Por si esas extrañas credenciales no fueran suficientes, a Beca no le gusta el cine. Es más, actúa como si nunca en su vida hubiera visto una película. ¿De qué va todo eso? No lo entendemos, pero insisto, da igual. Como también deberíamos pasar por alto a todos esos personajes borrosos al fondo del plano -de hecho, se hace alguna referencia jocosa a su invisibilidad hacia el final de la película- o esos conflictos introducidos con calzador. En Dando la nota, lo más importante es la música. No sorprende en este sentido que el realizador del filme sea Jason Moore, responsable de algunos éxitos musicales de Broadway como Avenue Q, además de experimentado director de dramas televisivos (eminentemente adolescentes) como Dawson crece o One Tree Hill. Dando la nota pone énfasis en el componente espectacular de los números musicales y brilla especialmente cada vez que las protagonistas se suben al escenario o salen a la calle a librar batallas a capela -una las secuencias más memorables de la película-, haciendo que temas de una variedad enorme de artistas -de Ace of Base a Rihanna, pasando por Miley Cyrus, Gloria Estefan o Bruno Mars– suenen de maravilla. Sin excepción. Y fuera de bromas.

Dando la nota es como Glee -comparación inevitable-, pero mucho mejor hecha -algo que no es muy difícil, la verdad sea dicha. Es el perfeccionamiento del lipdub, y toda una cantera de talentos vocales y cómicos. Destaca entre todos ellos la revelación Rebel Wilson (Amy la Gorda), que a pesar de sus evidentes limitaciones como cantante, logra desviar la atención hacia su persona en todo momento gracias a ese peculiar sentido del humor basado en la improvisación y un -muy autoconsciente- marcianismo. Wilson es la estrella involuntaria de Dando la nota –¿cuánto la quiere Tumblr?, pero el resto de actrices y actores desempeñan un trabajo igualmente ejemplar, sobre todo a la hora de ponerse bajo los focos. Kendrick demuestra que su nominación al Oscar no fue un hecho aislado (no es que lo merezca por esta, ni de lejos, pero lo suyo es talento y lo demás son tonterías), Hana Mae Lee nos regala un personaje incluso más excéntrico y absurdo que el de la robaescenas Wilson. Y el talento masculino también cuenta con una buena representación gracias a un rompecorazones geek como Skylar Astin y un tronchante Adam DeVine, ambos cantantes de primera. Por último, y aunque no canten, no podemos olvidar a Elisabeth Banks y Paul Brooks -también productores de la película- los comentaristas de las competiciones musicales que aportan impagables momentos ala Very Important Perros.

El guion de Dando la nota viene firmado por Kay Cannon, responsable de varios de los libretos nominados al Emmy de 30 Rock y co-productora ejecutiva de New GirlViendo esta película, queda patente que el cine todavía le viene algo grande a la guionista, que no siempre da con el timing adecuado para sus chistes -una criba mayor de bromas habría beneficiado al ritmo de la película sin duda. Dando la nota es tremendamente irregular en el apartado cómico, y aunque es fácil y conveniente aproximarla a otras comedias femeninas como Bridesmaids, solo domina el arte del gag en contadas ocasiones. Sin embargo, Cannon sí logra una hazaña que casi ningún representante de la comedia norteamericana actual consigue: que su guion no decaiga en la recta final. Más bien todo lo contrario. La desternillante gran pelea entre las Bellas -el vómito, ese gran recurso- y la espectacular competición final conforman un clímax in crescendo que termina por levantar los ánimos del más reacio -el crítico más implacable y cínico se odia a sí mismo al descubrirse sonriendo y marcando el ritmo con los pies. Al final, Dando la nota nos invita a despojarnos de todo prejuicio y autorrestricción, y a “levantar las manos porque está sonando nuestra canción”. Yeah-Eh-Yeah-Eh-Yeah-Eh, it’s a party in the USA.