Crítica: El tiempo contigo (Tenki no Ko)

S U K I – M E   G U S T A S

El amor es infinito.

El amor es una mera convención social.

 D A I S U K I – T E   Q U I E R O

Querer a alguien es la acción más desinteresada que existe.

Querer a alguien en es el mayor acto de sumisión posible.

A I S H I T E R U – T E   A M O

Decir te amo es lo más puro que hay.

Decir te amo es una puñetera trampa.

Desde que llegó a la gran ciudad, Hodaka malvive en la calle de lo que encuentra tirado por ahí o de cualquier cosa que pudiese gorronear a quien se cruce con él. Un golpe de suerte hizo que Natsume y Keisuke se cruzasen en su camino y consiguiese un pequeño trabajo de ayudante en su editorial. Pero Hodaka seguía sintiendo una rabia irremediable… hasta que Hina apareció como un flash en vida. El amor de Hina y Hodaka no mueve montañas, pero sí que tiene un poder bastante sorprendente. Hina es una mujer que tiene el poder de jugar con los fenómenos meteorológicos a su antojo. Ella, literalmente, hace que las nubes se disipen y salga el Sol. El tiempo contigo (Tenki no Ko) es la nueva bomba emocional que nos trae Makoto Shinkai tras la generacional your name. (Kimi no Na wa).

Puede que Mamoru Hosoda se haya labrado con creces el título no oficial de discípulo de Hayao Miyazaki gracias a su labor en films como Wolf Children (Ōkami Kodomo no Ame to Yuki) o Mirai, mi hermana pequeña (Mirai no Mirai), pero ningún nombre ha movido tantas pasiones en la última década como Makoto Shinkai. Sus amores imposibles entre adolescentes y sus desgracias apocalípticas bastante surrealistas, le han convertido en el rey de la taquilla nipona. Ya con El lugar donde nos conocimos (Kumo no Mukō, Yakusoku no Basho) y 5 centímetros por segundo (Byōsoku Go-Senchimētoru) supo presentarnos su propuesta cinematográfica. Una autoría que quedaría sublimada en your name., largometraje que despertó un fenómeno fan sin igual entre adolescentes, y no tan adolescentes, de todo el planeta. Taki Tachibana y Mitsuha Miyamizu se convirtieron en referentes absolutos del amor puro y sin límites en esta segunda década del siglo XXI.

Con El tiempo contigo, Shinkai repite paso por paso su modelo patentado de romance entre jóvenes cisgénero heterosexuales. Sus mismos personajes de siempre con una vida absurda y vacía que ven cómo todos sus problemas existenciales se arreglan con el encuentro fortuito con su alma gemela. El amor como única solución posible a todos nuestros problemas. Una reflexión extremadamente pacata que comulga a la perfección y perpetúa el código moral de una sociedad tan conservadora como la nipona, una actitud que también podemos observar en otros coetáneos como es el caso de Shin’ichirô Ushijima y su extremadamente tóxica Quiero comerme tu páncreas (Kimi no Suizō o Tabeta).

Resulta algo tedioso ver cómo se repiten ese tipo de patrones y modelos de conducta, siendo su mayor traba la ausencia (casi) total de novedades en el desarrollo y conflictos de la historia de amor entre la joven pareja. Pero no todo en El tiempo contigo roza los límites del sopor, un tercer acto más cercano al género fantástico anima el cotarro, aunque todo sea consecuencia a una decisión extremadamente egoísta que provocaría terrores nocturnos a la mismísima Greta Thunberg. Es en este ambiente más distópico donde Shinkai alcanza cotas notables y algún que otro momento visual de altura.

El tiempo contigo podrá ser otro triunfo en taquilla para Shinkai, pero supone una verdadera muestra de agotamiento y estancamiento en su progresión creativa que esperemos logre enmendar en futuros proyectos.

David Lastra

Nota: ★★½

Quiero comerme tu páncreas: Muerte con extra de azúcar

Imaginad a ese espectador despistado que llega al cine sin tener muy claro qué quiere ver, y lee lo siguiente en la lista de películas en cartelera: Quiero comerme tu páncreas. Lo primero que le vendrá a la mente es una cinta de zombies o un festival de terror gore, probablemente en clave de comedia. Pero nada más lejos de la realidad. Los aficionados al anime y el manga saben desde hace tiempo que detrás de ese título tan macabro se encuentra una de las historias más románticas que se ha exportado desde Japón en mucho tiempo.

Quiero comerme tu páncreas se basa en la novela de Yoru Sumino, y ha sido adaptada a todos los formatos posibles. Nació como web-novela serializada en 2014, un año más tarde fue editada en papel, en 2016 tuvo adaptación al manga y en 2017 fue llevada al cine de acción real con una película dirigida por Shô Tsukikawa. La inevitable versión en largometraje animado llegó tan solo un año más tarde, cosechando una gran acogida por parte del público y llevando una historia que se había contado varias veces en muy poco tiempo a la audiencia internacional consumidora de anime.

La película llega ahora a España y los que ya saben de qué va, avisan: preparad los kleenex. Quiero comerme tu páncreas es la historia de Sakura Yamauchi, una risueña y enérgica estudiante de secundaria que oculta un secreto: padece una enfermedad terminal que afecta su páncreas. Sakura está prendada de “Yo”, un compañero de su instituto de carácter apagado y asocial, que se pasa el día leyendo libros. Un día, Yo lee el diario de Sakura por error y descubre su secreto. La chica le pide que no lo desvele, ya que quiere exprimir al máximo el tiempo que le queda de vida sin que los demás se preocupen por ella. El secreto les lleva a forjar una relación marcada por el tiempo y el destino.

Después de conocer el argumento, el título adquiere sentido. Su origen es la creencia popular que dice que, cuando el órgano de una persona enferma, esta debe comer el mismo órgano de un animal para sanarlo. A Sakura le gustaría comerse el páncreas de Yo para curarse, pero en el fondo sabe que solo es una superstición, así que lo único que le queda es aceptar su destino y hacer del carpe diem su lema. Un lema que se debería aplicar cualquier persona, no solo aquellas que saben que sus días están contados, ya que la muerte nos puede llegar en cualquier momento y sin esperarlo.

El argumento de Quiero comerme tu páncreas es similar al de otro romance adolescente con la muerte (y cómo ser consciente de ella afecta a la vida) como telón de fondo, Bajo la misma estrella. Solo que la cinta animada eleva considerablemente las cantidades de almíbar con respecto a la película protagonizada por Shailene Woodley y Ansel Elgort. Que ya es decir. Quiero comerme tu páncreas se recrea en la cursilería sin ningún tipo de reparo o cortapisas, lo que puede echar para atrás a los más cínicos (y a los menos habituados al anime). La película va por buen camino a la hora de aproximarse a un tema tan difícil como la muerte con optimismo y luminosidad, pero sus diálogos empalagosos, su tendencia a la poesía barata y su sensiblera (y algo problemática) historia de amor la acaban haciendo descarrilar.

En cuanto a su factura animada, la película presenta un estilo preciosista pero más bien corriente y una animación que tiende a lo estático y se acerca por momentos al anime televisivo, donde se suele recurrir mucho al plano sin movimiento con diálogos de fondo para ahorrar. Lo bueno es que en estos diálogos suele haber acertados destellos de humor negro (“No me hace gracia que me incineren”, “¿Y me lo dices mientras comemos carne asada?”), que hacen más llevadera la relación de polos opuestos que se atraen de Sakura y Yo. Una relación que sirve para dejarnos alguna que otra valiosa lección, que no obstante se acaba anulando al llevar la historia hacia terreno tóxico (con agresión sexual incluida). Sakura cree que “relacionarte con los demás es lo que te hace sentir vivo”, y estamos de acuerdo, pero hay que dejar que esas relaciones surjan de manera natural, no a base de forzarlas.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Mirai, mi hermana pequeña: Costumbrismo mágico

La evolución como cineasta de Mamoru Hosoda es una de las más fértiles de la animación japonesa reciente. Los comienzos del realizador japonés están ligados al anime televisivo, con DigimonOne Piece y Samurai Champloo entre sus proyectos tempranos. Tras sus primeros largometrajes, adaptaciones cinematográficas de los dos primeros títulos, Hosoda dio paso a una nueva etapa con proyectos propios que hicieron que el mundo se fijase en él. La chica que saltaba a través del tiempo suponía su gran descubrimiento, y con sus siguientes trabajos, Summer WarsWolf ChildrenEl niño y la bestia, no ha hecho más que afianzarse como uno de los autores más personales e interesantes de la animación japonesa.

El cine de Hosoda ha despertado frecuentes comparaciones con las películas de Estudio Ghibli, y más concretamente con las de Hayao Miyazaki. Lo cierto es que contraponer a ambos artistas es tan fácil como inevitable. Hosoda, que estuvo a punto de dirigir El castillo ambulante para Ghibli, ha seguido un sendero artístico y temático muy afín a la visión fantástica de Miyazaki, pero manteniendo su identidad propia y una voz muy particular. Su estilo encuentra la sublimación en su película más reciente, Mirai, mi hermana pequeña, fábula familiar que fue nominada al Globo de Oro, el Critics’ Choice y el Oscar a Mejor Película de Animación.

Mirai, mi hermana pequeña es un cuento contemporáneo que gira en torno a Kun, un niño de cuatro años que deja de ser el centro de atención de sus padres cuando nace su hermana pequeña, Mirai. La llegada del bebé altera las vidas tanto de sus padres, que con su segundo hijo deciden intercambiar roles (ella va a trabajar y él se queda en casa cuidando de los niños), como del primogénito, que se siente desplazado y amenazado por la presencia de su hermanita. Cada vez más irritado (e irritante) por los cambios que están aconteciendo en su vida, Kun descubre en su jardín un mundo mágico donde conocerá a la versión adolescente de su hermana, que ha viajado desde el futuro para llevarlo en una aventura que le hará verlo todo de otra manera.

En poco más de una década, Hosoda ha creado una filmografía sólida y cohesiva en todos los aspectos. Mirai, mi hermana pequeña vendría a ser como un compendio temático y estilístico de su cine, que aquí adopta una forma aparentemente más sencilla, pero igualmente rebosante de ideas y detalles. Con la entrañable historia de Kun, el director incide en los temas que suele tratar (la familia, la maduración, la percepción de la realidad, el paso del tiempo) y lo hace volviendo a recurrir a los contrastes: costumbrismo y fantasía, pasado y futuro, tradición y modernidad, complejidad y simplicidad, hiperrealismo y cartoon. El resultado, con excepción de algún altibajo en el ritmo, es su obra más pulida hasta la fecha, y también la más madura y personal.

Hosoda aúna la imaginería fantástica de sus trabajos anteriores con el realismo del cine de Yasujirō Ozu y sus sucesores para hablarnos con ternura, melancolía y sentido del humor de la educación, las costumbres japonesas y las relaciones fraternales y paternofiliales. Entre la belleza y la magia de sus imágenes fantásticas se puede encontrar una preciosa y tierna reflexión sobre la infancia y la familia que culmina en un plano final perfecto en su sencillez que se queda con nosotros para siempre.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crónica: 16ª Muestra SYFY de cine fantástico (2019)

Dieciséis años, y contando. La Muestra SYFY de cine fantástico de Madrid ha celebrado este año su “sweet sixteen”, y lo ha hecho por todo lo alto, con una de sus mejores programaciones hasta la fecha. Del 7 al 11 de marzo, los asistentes a la Muestra hemos podido disfrutar de una cuidada selección de cine fantástico y de ciencia ficción organizada por la cadena SYFY España, que como suele ser habitual, ha compilado una selección de títulos de lo más variopinto y extravagante.

La Muestra 2019 marcaba también la reaparición de Leticia Dolera como anfitriona, después de la polémica de su serie para Movistar+. La actriz, escritora y directora aprovechó la ocasión para volver a la normalidad, y a las redes sociales, después de tres meses de ausencia (casi) total. Su trabajo fue el de siempre, presentaciones divertidas, espontáneas y sí, feministas. Coincidiendo la Muestra con el Día de la Mujer, no podía ser de otra manera.

Controversias aparte, centrémonos en lo que nos importa de la Muestra. El cine, y la experiencia de verlo acompañado de aficionados al género fantástico. El público de la Muestra es de los más entusiastas que se conocen. Es por ello que se ha convertido en tradición desde hace años comentar las películas y hacer chistes en voz alta durante las proyecciones. Esto forma parte de la experiencia, pero afortunadamente, desde hace poco, la organización ha duplicado (o triplicado) las sesiones para diferenciar entre “Sala Mandanga” y “Sala del Silencio”. En la primera, el público es libre de armar todo el jaleo que quiera, en la otra se va a ver las películas en silencio.

Y sin más dilación, paso a comentaros las películas que he visto este año en la Muestra SYFY. Desafortunadamente no me ha sido posible verlas todas como otros años, pero de lo que he visto, me llevo un par de peliculones para la posteridad. Y alguno de ellos se estrena en salas comerciales pronto, así que tomad nota.

Capitana Marvel (Anna Boden, Ryan Fleck, 2019) – Inauguración

La Muestra SYFY comenzó el jueves con la premiere de Capitana Marvel en Madrid, película de apertura con la que empezamos esta edición “más alto, más lejos, más rápido”. La primera entrega de Marvel protagonizada enteramente por una mujer llegaba ensombrecida por una campaña de odio en Internet y un boicot por parte de los trolls que no les salió como esperaban: 455 millones de dólares recaudados en su primer fin de semana, convirtiéndola en el estreno mundial más taquillero protagonizado por una mujer y el segundo de superhéroes detrás de Vengadores: Infinity War. El público de la Muestra se entregó por completo a la historia de origen de Carol Danvers (estupenda Brie Larson), una película con todas las señas de identidad de Marvel y muchas conexiones con el resto de su Universo, concretamente con Vengadores: Endgame. La película se ha confirmado como un nuevo triunfo para el estudio, y así se sintió en la premiere. Risas, emoción con el cameo de Stan Lee, aplausos al final y un gran revuelo generalizado con las escenas post-créditos. Ah, y como era de esperar, la gata Goose conquistó a todo el mundo. Chupaos esa, troll. Si queréis saber más, os cuento mis impresiones sobre la película (que disfruté mucho más la segunda vez, conociendo de antemano los giros del argumento) aquí.

Elizabeth Harvest (Sebastián Gutiérrez, 2018)

La primera jornada propiamente dicha arrancaba para mí con Elizabeth Harvest, fábula de ciencia ficción dirigida por el venezolano Sebastián Gutiérrez. A medio camino entre Cincuenta sombras de Grey y un capítulo de La dimensión desconocidaElizabeth Harvest se desarrolla como una historia de clones con (sospechosos) ecos a Ex Machina (tienen muchos elementos en común y el final es calcado) y mucha comedia involuntaria. Protagonizan Abbey Lee (Mad Max: Furia en la carretera), Ciarán Hinds (que no sabemos cómo ha ido a parar ahí) y Carla Gugino, que le hace un favor al director (su marido) agraciando la película con su presencia. Pero ninguno de ellos (ni Dylan Baker, que también se pasa por ahí) es capaz de salvar la película. Su historia promete, pero una trama enrevesada y llena de pseudociencia acaba haciéndola cada vez más tediosa, confusa y absurda. Cuesta mucho tomársela en serio, pero claro, para eso estamos en la Muestra, cuyo público se encarga de que ninguna película aburra.

Upgrade (Leigh Whannell, 2018)

Primera gran sorpresa de la Muestra. Incomprensiblemente, esta curiosa cinta de ciencia ficción de la factoría Blumhouse no ha llegado a estrenarse en cines españoles, por lo que agradecemos a SYFY que la haya recuperado para el disfrute de su público objetivo. Leigh Whannell (guionista de Saw Insidious, y director de Insidious 3) se pasa al sci-fi con un oscuro thriller futurista a medio camino entre el policíaco, el noir y la acción pura que tiene mimbres de película de culto. En ella, un hombre tetrapléjico vuelve a andar gracias a la implantación de un chip llamado Stem, que toma el mando de sus funciones motoras y lo lleva al límite de sus capacidades, tras lo cual irá en busca de los hombres que mataron a su mujer, aprovechando sus nuevas habilidades. Logan Marshall-Green (el Tom Hardy de Hacendado) realiza una fantástica interpretación física en una película que casualmente también va de un hombre que habla con una voz en su cabeza que controla su cuerpo. Aunque recuerda a muchas películas anteriores (Minority ReportHerCrank, Lucy, Venom), Upgrade logra ser original. Engancha, tiene escenas de acción brutales y madera para saga. Muy disfrutable.

Gintama (Yûichi Fukuda, 2017)

Incorporación de última hora, Gintama se proyectaba en la Muestra a la vez que El año de la plaga, para gozo de fans del anime y el cine fantástico japonés. Se trata del largometraje en acción real del popular manga de Hideaki Sorachi, que ya ha tenido múltiples adaptaciones en diferentes formatos, incluida una longeva serie de animación. La película opta por la adaptación literal, conservando el estilo anime con un aspecto visual colorista, ritmo frenético, un “argumento” en el que todo vale e hilarantes efectos digitales de tercera. Lo mejor de la película son los chistes meta y las referencias a otros títulos de la cultura pop japonesa (el cameo de Nausicaä es genial), pero más allá de eso, cualquiera que no esté acostumbrado a este tipo de productos, puede salir completamente espantado por su estridencia y su absurdo sin fin. Sin ir más lejos, a mí me dejó el cerebro frito y mató las pocas neuronas que me quedaban. No apta para todos los públicos.

Prospect (Christopher Caldwell, Zeek Earl, 2018)

Christopher Caldwell y Zeek Earl dirigen esta personal propuesta de ciencia ficción que comienza como un drama paternofilial ambientado en el espacio (con el referente indie Jay Duplass) y acaba convirtiéndose en un competente thriller de supervivencia que se vuelve más y más extraño e intenso conforme avanza. Con un simple escenario principal (un bosque) y mediante diálogos que dan mucha información sin sobreexplicar demasiado, la película da forma a un detallado universo ficticio, demostrando que no hace falta un gran despliegue de efectos para crear mundos fantásticos creíbles en el cine. En el centro de la historia, una relación muy interesante y muy bien interpretada por la prometedora Sophie Thatcher y un genial Pedro Pascal. Una de las sorpresas más gratas de este año.

Dragged Across Concrete (S. Craig Zahler, 2018)

El sábado nos encontrábamos con un viejo conocido, S. Craig Zahler. Sus dos películas anteriores, Bone TomahawkBrawl in Cell Block 99 se habían proyectado en la Muestra con gran éxito de público, por lo que su tercer largo como director no podía faltar en la programación de este año. Para su nuevo trabajo ha vuelto a contar con Vince Vaughn, que esta vez está acompañado nada más y nada menos que de Mel Gibson, con el que lidera un gran reparto. Dragged Across Concrete (qué gran título) es un thriller policíaco sórdido y ultraviolento en la tradición de Zahler, que sigue insistiendo en hacer un tipo de cine que recuerda inevitablemente al de Tarantino. Con leves pero constantes pinceladas de humor y dos horas y media de duración, el director casa el exceso de sus imágenes con una narración y una realización muy calculadas que, afortunadamente, no aburre a pesar de su metraje gracias a su buen pulso. Lo malo es que en su tercera película ya se le empiezan a ver las costuras. Zahler peca de pretencioso, repite esquemas y su discurso atufa a rancio, con personajes femeninos que son el paradigma del sexismo en el cine y Gibson interpretando a un personaje a su medida: un poli corrupto anticuado, racista, machista y homófobo. Dragged Across Concrete es de esas películas que te hace simpatizar tanto con ese tipo de personajes que te acabas preguntando si es solo el personaje o la película también defiende esas ideas tan primitivas.

Nación Salvaje (Sam Levinson, 2018)

Y tras la saturación machirula de Dragged Across Concrete llegaba un film diametralmente opuesto, Assassination Nation, incendiaria sátira feminista sobre cuatro chicas adolescentes que se convierten en el blanco de la ira de su instituto y una pequeña comunidad idílicamente suburbana que ha sido víctima de un escandaloso hackeo masivo. Una reflexión hiperbólica pero afiladísima sobre el papel de Internet en nuestras vidas, el linchamiento social, la hipocresía y la doble moral, y el juicio de una comunidad conservadora ante la liberación de la mujer y la expresión de su sexualidad (es de todo menos casual que transcurra en Salem). Es decir, una historia completamente actual y oportuna que se propone provocar y lo consigue. Es como si Sofia Coppola, David Robert Mitchell y Harmony Korine se hubieran unido para hacer una película. Moderna, pop, autoconsciente, violenta, visual y estéticamente gloriosa, y con una recta final demencial, Assassination Nation es una de esas propuestas radicales que dividen fuertemente a la audiencia. Los varios egos masculinos que salieron heridos de la proyección demostraron que la película logra su propósito de remover conciencias e incomodar a aquellos que se sienten amenazados por el feminismo y el poder de la mujer.

Escape Room (Adam Robitel, 2019) – Clausura

La Muestra SYFY concluía el domingo con Escape Room, película de clausura que esta semana llega a las salas comerciales de toda España. Adam Robitel (The Taking of Deborah LoganInsidious. La última llave) dirige la nueva vuelta de tuerca de las sagas de terror juvenil que ya se ha convertido en todo un éxito en Estados Unidos. Escape Room es como una fusión entre Cube, Saw La cabaña en el bosque, un juego retorcido en el que seis desconocidos se enfrentan a una escape room de la que deberán salir con vida usando su ingenio. Aunque no es original y requiere suspender la incredulidad considerablemente, es una película muy efectiva en lo que se propone, además de tremendamente entretenida. Destaca por su creatividad a la hora de diseñar los puzles y por lo bien que maneja la tensión. Una nota positiva para terminar la Muestra y dejarnos con ganas de más el año que viene.

Alita – Ángel de combate: Una maravilla visual que se queda a medias

El visionario cineasta James Cameron lleva años ocupado en las secuelas de Avatar que parecen no llegar nunca. Entretanto, el director de Titanic también dedica su tiempo al documental y a producir otras películas, como las últimas (y fallidas) entregas de la saga Terminator. El trabajo más reciente que llega avalado por su nombre es Alita: Ángel de combate, adaptación del popular manga GUNNMde Yukito Kishiro, que dirige Robert Rodríguez (Spy KidsPlanet Terror), con quien Cameron también escribe el guion, junto a Laeta Kalogridis (Shutter Island).

Alita: Ángel de combate es la producción de mayor envergadura que Rodríguez ha dirigido hasta la fecha, un carísimo y lustroso espectáculo al servicio de una historia de ciencia ficción clásica. La película nos traslada varios siglos en el futuro, concretamente hasta 2563. La humanidad sobrevive en un entorno post-apocalíptico tras los devastadores efectos de la catastrófica guerra conocida como La Caída. Buscando entre la chatarra que se acumula alrededor de Iron City, situada bajo Zalem, la única ciudad aérea que sigue en el cielo, el Dr. Dyson Ido (Christoph Waltz), cirujano especialista en híbridos de humano y robot, encuentra el cuerpo destrozado de una cyborg, a la que restaura y nombra como a su hija fallecida, Alita. Al despertar, la chica no recuerda nada de su vida pasada, pero a medida que se enfrenta a diversos peligros, los recuerdos empezarán a aflorar, descubriendo que sus impresionantes habilidades esconden un secreto muy importante. Es por ello que un malvado empresario de Zalem, Vector (Mahershala Ali), y la ex mujer de Ido, Chiren (Jennifer Connelly), harán lo posible por acabar con ella.

Alita: Ángel de batalla es sin lugar a dudas una de las superproducciones de Hollywood más ambiciosas del cine reciente. Salta a la vista que Cameron está detrás del proyecto, ya que se puede detectar su impronta visionaria en cada uno de sus planos. El despliegue técnico de la película es impresionante, desde la detallada creación de un universo propio con una mitología compleja e intrincada (incluido un deporte propio a lo Quidditch, el Motorball), hasta el cuidado apartado visual y su irresistible ambientación cyberpunk. Pero el mayor logro de Alita es su protagonista, creación digital que recoge los últimos avances en el terreno de la captura del movimiento, dando resultados absolutamente increíbles. Gracias a su aspecto hiperrealista, un movimiento físico sorprendentemente natural y una integración impecable con su entorno y los actores de carne y hueso, Alita (tras la que se encuentra la interpretación de Rosa SalazarEl corredor del laberinto) es sencillamente una de las creaciones digitales más alucinantes de la historia del cine, con una expresividad facial y corporal que no deja de asombrar.

Viendo Alita es inevitable recordar otros títulos sci-fi con los que guarda muchas similitudes, como Ghost in the ShellA.I. Inteligencia ArtificialBlade Runner, Astroboy o la Metrópolis de RintaroComo todos ellos, la de Rodríguez levanta una sociedad futura que se rige por normas propias (a menudo reflejo de nuestra propia sociedad actual) y trazan un entramado de especies, clases sociales y ocupaciones lleno de posibilidades discursivas. La primera hora y media de la película sirve para establecer las reglas de este universo, mientras nos da a conocer a Alita, caracterizada como una adolescente inocente, curiosa y bondadosa que está descubriendo el mundo y a sí misma. Uno de los mayores aciertos de la película es enfocar su trama principal hacia el relato coming-of-age, lo que añade humanidad a un género que en muchas ocasiones carece de ella.

Sin embargo, Alita acaba descartando la reflexión filosófica y moral de otras historias similares en favor del entretenimiento y el espectáculo más puro, ofreciendo grandes dosis de acción vistosa y trepidante, y un argumento que, a pesar de rebosar emotividad, prefiere quedarse en la superficie de las (interesantes) cuestiones morales que plantea. Esto responde quizá a su naturaleza de preámbulo, de primer capítulo de una historia que promete desarrollarse mejor más adelante, algo que juega indudablemente en su contra sobre todo durante su último acto, en el que la expectación por algo que se promete durante toda la película (la visita a la ciudad aérea Zalem) desemboca en un final anticlimático y un cliffhanger que deja la película literalmente inacabada, incompleta.

Aunque Alita cumple perfectamente como cine escapista y espectáculo de acción, con set pieces y combates extraordinarios, acaba hundiéndose conforme avanza, lastrada por la necesidad constante de explicar su funcionamiento y un evidente exceso de subtramas, que no hacen sino retrasar algo que no llega nunca. Tampoco ayudan sus diálogos, más bien torpes y sobreexplicativos, y una trama romántica adolescente que roza el crepusculismo y nos deja algunas escenas con las que es difícil no sonrojarse. Por todo esto, Alita: Ángel de combate acaba desaprovechando una oportunidad magnífica en un producto tan visualmente prodigioso como narrativamente irregular.

Pedro J. García

Nota: ★★★

 

Crítica: Mary y la flor de la bruja

Después del enésimo anuncio de (falsa) retirada del maestro Hayao Miyazaki tras el estreno de El viento se levanta, los amantes del anime sentimos una punzada en mitad de nuestros corazones. Un dolor que se fue disipando rápidamente al ver que, a pesar del gran vacío que iba a dejar el padre de El viaje de Chihiro, seguiríamos disfrutando de nuevas creaciones de otros cineastas de calidad como Mamoru Hosoda (Wolf Children) o Makoto Shinkai (your name.). Incluso el maestro Isao Takahata (La tumba de las luciérnagas) nos regaló una preciosa El cuento de la princesa Kaguya antes de despedirse de nosotros para siempre.

Junto a estos directores más curtidos, otro nombre comenzó a despuntar: Hiromasa Yonebayashi. Su debut en largo con su tristona y deliciosa Arrietty y el reino de los diminutos fue toda una revelación, que terminó por convertirse en toda una realidad con la llegada de la pequeña y bonita El recuerdo de Marnie, con la que confirmó que su capacidad de emocionar no era flor de un día. Yonebayashi es el encargado de inaugurar con Mary y la flor de la bruja la producción fílmica de Studio Pocno. Nuevo estudio de animación formado por gran parte de los animadores y cabezas pensantes de las últimas obras de Studio Ghibli. Este es el mundo de Mary Smith, donde las niñas son brujas vengadoras y los niños pequeñas damiselas en apuros… o a lo mejor no tanto.

Aburrida como una ostra, así sobrevive Mary como puede a los últimos días de verano en casa de su tía. No es que el ambiente sea hostil, todo lo contrario, pero el tedio domina las horas diurnas… y las nocturnas también. Todo cambia de buenas a primeras, cuando tras el penúltimo picnic del verano, Mary comienza a seguir a un gato mágico que cambia de color (o no), que cual conejo de Alicia le guiará hasta unas flores bastante peculiares. Sin comerlo, ni beberlo (pero sí tocarlo), aquí comienza la transformación de una malospelos pelirroja en una poderosísima bruja preadolescente. Tamaña es su maestría que no tarda mucho en ser reclutada por Madam Mumblechook para su Hogwarts particular.

Con una excelente escena inicial (el incendio del laboratorio mágico es una de las mejores secuencias de acción en animación de la última década), Mary y la flor de la bruja nos mete en su zurrón y hace que las ansias por estar ante un nuevo clásico se disparen. ¿Estará Mary a la altura de otras heroínas como Ponyo o Mononoke? ¿Estamos ante la nueva Nicky? La respuesta ante ambas cuestiones es la misma: no. No se asusten, el único problema es que Mary y la flor de la bruja no está a la altura de lo que esperamos de los magos que trabajaron en Ghibli (y sus hijos).

La mayor fortaleza de la cinta es su liviandad a la hora de contarnos la historia. Los acontecimientos se suceden de manera rápida, haciendo que el espectador los viva como si de una película de fantasía clásica se tratase. Mary entretiene y no aburre, pero tampoco fascina, ni arrebata. Yonebayashi opta (deliberadamente o no) por trivializar las aventuras de esta pequeña bruja, despojándola del esqueleto de diferentes niveles de interpretación al que nos tienen acostumbrados sus antiguos compañeros de Ghibli. Algo en lo que pensábamos él era bastante docto, viendo la maestría que había profesado a la hora de mostrar los últimos estertores de inocencia en Arrietty o la nostalgia de Marnie.

Otro pequeño resbalón en Mary es el diseño y acabado de los personajes. No en el caso de la niña protagonista, ya que sus facciones y gesticulación son bastante notables, sino en la de los apagados personajes secundarios, más cercanos a la caricatura de antiguos conocidos que a la originalidad que deberíamos esperar. Completamente desdibujados, planos y faltos de carisma. Ausencia de carisma que también es patente en el personaje protagonista. Es muy poco probable que Mary termine convirtiéndose en un modelo de conducta al uso, ya que no transmite enseñanza alguna. Ni valores feministas, ni machistas, ni ecológicos, ni capitalistas, ni nada. Más flagrante es la deficiente utilización de efectos sonoros (una de las excelencias de Arrietty) o la incapacidad de hacer visualmente apetitosa una comida. Un crimen imperdonable.

Mary y la flor de la bruja es un entretenido divertimento que abusa de lugares comunes hartamente conocidos por cualquier espectador de anime. Bastante Miyazaki, algo de Takahata y hasta un poco de Katsuhiro Otomo. Primer strike para Studio Pocno y Yonebayashi.

David Lastra

Nota: ★★★

Crítica: Death Note

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Netflix continúa elevando el listón de su producción propia con películas originales cada vez más ambiciosas y claramente diseñadas para hacer la competencia directa a las salas de cines. Después de su polémica visita a Cannes con Okja, la plataforma estrena una película que si nos hubieran dicho hace unos años que estaba en desarrollo, habríamos dado por sentado que era para la gran pantalla, y no para ver directamente en el salón de casa. Se trata de Death Note, adaptación norteamericana de uno de los mangas y animes más populares de todos los tiempos.

El largometraje está dirigido por Adam Wingard, un cineasta que en su corta carrera ya ha demostrado que es capaz de hacer cosas muy interesantes (Tú eres el siguienteThe Guest) y cosas, digamos, menos dignas (Blair Witch). Mi curiosidad hacia Death Note no se enfocaba tanto a la manera en la que se ha adaptado el material, sino a si la película entra en la primera o la segunda categoría del cine de Wingard. Vaya por delante que no he leído el manga en el que se basa Death Note, pero sí he visto el anime, por lo que estoy bastante familiarizado con el fenómeno (y su apasionado fandom). Digo esto para aclarar que esta crítica no está escrita por un fan ofendido por los cambios que se han hecho al original, por la americanización de la historia, porque L sea negro o Kira no se parezca a la versión de carne y hueso del personaje que había idealizado en mi mente. Esas cosas no podían importarme menos. Esta es una crítica de la película como pieza audiovisual, de su rendimiento como producto al margen, en la medida de lo posible, de su referente. Y como tal, Death Note es un despropósito.

Empecemos con el argumento, aunque la mayoría seguramente lo conozcáis de sobra. Basada en el manga de Tsugumi Ohba y Takeshi ObataDeath Note narra la historia de un estudiante de instituto, Light Turner (Nat Wolff), que un día se encuentra con un cuaderno sobrenatural que esconde un inmenso poder. Cuando el dueño del cuaderno escribe el nombre de alguien en sus páginas mientras imagina su rostro, esa persona muere. La aparición del cuaderno conlleva la irrupción en la vida de Light de Ryuk (Willem Dafoe), un shinigami o dios de la muerte que le empuja a explorar las siniestras posibilidades de su nuevo poder. Asqueado por su día a día y decidido a cambiar el mundo, Light acabará con la vida de aquellas personas que cree que deben morir, contando con el apoyo de Mia (Margaret Qualley), la chica de sus sueños, y enfrentándose a la oposición del cuerpo de policía y el misterioso L (Lakeith Stanfield), joven detective que oculta su cara para evitar ser aniquilado por su enemigo.

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Death Note es una adaptación estadounidense, y como tal, traduce la historia original, ambientada en Japón, a la idiosincrasia de su país. Para ello, Wingard la concibe como una película de instituto de fantasía y terror en la tradición del cine de adolescentes norteamericano, con un pie en los clásicos del género, otro en cintas de culto como Donnie Darko y la cabeza en el slasher moderno. Tenemos todo lo que define al cine teen, el inadaptado enamorado de la chica popular, los bullies, la presión social, y un pre-clímax que tiene lugar, cómo no, en el “homecoming dance”. Por supuesto, tampoco falta ese toque ochentero y nostálgico que tanto le gusta al director (y a Netflix), y que se manifiesta en una banda sonora electrónica con fuerte presencia del sintetizador y las ubicuas luces de neón como herramienta indispensable para diseñar el acabado cosmético de la película, como ya hiciera con The GuestEl resultado es un trabajo indudablemente jugoso y atractivo, una película que, nos convenza o no narrativamente, cumple a nivel técnico y visual, aunque esté un peldaño o dos por debajo de muchas de las producciones de Hollywood que llegan a los cines.

Lo que la desmarca principalmente de otros films adolescentes es su calificación Rated-R, de la que se saca partido para manifestar la rabia adolescente en forma de violencia extrema. Las muertes de Death Note son brutalmente gráficas, sobre todo las que tienen lugar en la primera mitad de la película, que se recrean atrevidamente en el gore y parecen llevar un paso más allá la perversidad de la saga Destino final. Pero no nos confundamos, que Death Note sea para mayores de 18 años y no tenga miedo a volverse realmente macabra no quiere decir que sea una película adulta, nada más lejos de la realidad. De hecho, es todo lo contrario.

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Apropiadamente, Death Note tiene un tufo emo muy de hace una década. Su pareja protagonista se pasea por el instituto lánguidamente, haciendo reflexiones nihilistas de baratillo, mirando con desdén a sus compañeros, a los que definen como “un rebaño de ovejas”, y lo peor de todo, sin apenas atisbo de humor o ironía. La realidad es que Death Note no es tan reivindicativa como cree, y su provocación es infantil y carece de una base sólida (más allá de V de Vendetta, a la que imita como un adolescente impresionable en busca de guía). El simplismo a la hora de acometer un relato tan moralmente complejo indica que no se ha sabido cómo enfocar los dilemas que este plantea, lo cual desemboca en una película que parece estar hecha a medias.

Pero eso no es lo peor de Death Note. Lo peor es que está muy mal contada. Todo va demasiado rápido, no hay apenas contextualización, y mucho menos caracterización de personajes (algunos de estos defectos los comparte con la serie, todo hay que decirlo). Antes de que haya pasado la primera media hora ya se ha desarrollado la trama a escala global de Kira. Apenas hay tiempo para profundizar, quedándose en la superficie en todos los aspectos, una superficie, por cierto, llena de agujeros y absurdos que hacen que la historia haga aguas por todos lados. Además, los guionistas (tres en total) no saben condensar una mitología enmarañada y una historia con tantas reglas (“¡Hay demasiadas putas reglas!”, y a cada cual más aleatoria) en una hora y cuarenta minutos, lo que hace pensar que quizá habría sido mejor realizarla como serie en lugar de un largometraje.

Y luego está el tema ya mencionado de su reparto, en especial la errática elección de Nat Wolff como Light. El actor simplemente no funciona en el papel, su interpretación es ortopédica, plana y acartonada. Y ya no es que esté haciendo de adolescente pasmado y rarito, es que es imposible empatizar con él. Margaret Qualley (que ya nos enamoró en The LeftoversDos buenos tipos) le saca las castañas del fuego, sobre todo al principio, pero tampoco es suficiente para salvar la película, ya que su química con el protagonista es nula, su relación forzadísima (“Soy una puta animadora, nada importaba hasta que te conocí”, le dice ella a él cerca del final, pero en ningún momento hemos visto o sentido tal cosa) y su personaje es igual de estúpido que el resto del film (una pena, porque es el que más potencial tiene).

Death Note tiene aciertos que la redimen por momentos, sobre todo si no le exigimos demasiado (lo cual es recomendable). Ya hemos mencionado la factura, su mejor cualidad. Otra cosa no, pero Wingard sabe ganarnos creando atmósfera con secuencias iconoclastas y llamativos momentos musicales (consuela saber que no lo hemos perdido del todo). Además, la película cuenta con buenos efectos especiales, entre los que destacan la escena final en la noria (de lo más espectacular que ha hecho Netflix) y la presencia de Ryuk, demonio realizado mediante una fusión de CGI, captura del movimiento y animatronic. Aunque no es una criatura todo lo terrorífica que debería haber sido, el Ryuk de Dafoe (y Jason Lilies, el actor que prestó su cuerpo al personaje), supone una presencia lo suficientemente inquietante como para que uno no deje de mirar a la pantalla.

Eso sí, aunque la película consiga entretener, se acaba yendo al garete por culpa de un guion escuálido y sin pies ni cabeza, un desenlace ridículamente retorcido y confuso, unas interpretaciones muy escasas (o dramáticamente exageradas sin venir a cuento, que no sé qué es peor) y una torpeza inusitada en algunas escenas de acción. Todo ello hace de Death Note un descarrilamiento creativo destinado a enfurecer a los fans del material original y dejar indiferentes (como poco) a los espectadores casuales.

Pedro J. García

Nota: ★★

Crítica: your name.

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Después de arrasar en Japón, llega a España la mayor sensación anime del cine reciente, your name. (Kimi no na wa.), de Makoto Shinkai. La película, basada en el manga del mismo autor, aterriza precedida de excelentes críticas, y habiendo superado en taquilla a la que era hasta ahora la cinta de animación japonesa más taquillera de la historia, El viaje de ChihiroEl revuelo alrededor del fenómeno your name. es mayúsculo. Todo amante del anime ya ha hecho lo posible por verla, y el resto llega a ella atraído por la buena acogida que ha tenido en los círculos no especializados (muchas publicaciones de cine la nombraron mejor película de animación de 2016 por encima de las nominadas al Oscar). Pero. ¿es justo tanto elogio y reconocimiento? Lo cierto es que a simple vista, your name. no es más que el típico anime para adolescentes que tanto triunfa en Japón, pero la película es más que eso. Hay en ella una magia y un encanto difícil de describir, pero muy fácil de ver y sentir.

your name. es una historia de amor a través del tiempo y el espacio, la de Mitsuha y Taki, dos jóvenes japoneses que un día despiertan para descubrir que están conectados de una manera extraordinaria. Ha pasado un mes desde que el país pudo avistar un cometa que visita la Tierra cada mil años. Mitsuha es una estudiante que vive en un pequeño pueblo de montaña, Itomori, con su abuela, su hermana pequeña y su padre, un político al que nunca ve. La chica se lamenta de la vida en el campo y de las costumbres de su familia, y sueña con poder vivir algún día en la cosmopolita Tokio. Por otro lado, Taki vive en la capital nipona. Además de ir al instituto, trabaja a tiempo parcial en un restaurante italiano, y tampoco está del todo satisfecho con su familia, de la que desea alejarse. Una noche, Mitsuha sueña que es Taki, y Taki sueña que es Mitsuha. O eso creen. Cada varios días, ambos se intercambian sus cuerpos para vivir la vida del otro, manteniendo el contacto a través de un diario en el móvil. Cuando por fin llega el momento de conocerse en persona, descubrirán un secreto que les empujará a buscarse desesperadamente, por imposible que parezca conseguirlo.

Este llamativo argumento, muy similar al de In Your Eyes (película de 2014 escrita por Joss Whedon) y con ecos a otro famoso animeLa chica que saltaba a través del tiempo, es toda una fuente de ideas creativas y situaciones divertidas. Shinkai aprovecha la premisa para desarrollar un relato cargado de acontecimientos, que salta y se retuerce continuamente, explorando con inteligencia y sentido del humor sus posibilidades para llevar a cabo un certero retrato de ese periodo de búsqueda y confusión que es la adolescencia. Si bien es cierto que llega un momento en el que empieza a dar demasiadas vueltas y puede marear, la película mantiene en todo momento el rumbo, haciendo gala de una audaz construcción narrativa que invita al revisionado periódico (parte de su éxito se debe a que es por naturaleza de ese tipo de películas que queremos ver más de una vez). Y si su historia es imaginativa, su apartado visual no lo es menos. La animación de personajes de your name. es correcta (más Mamoru Hosoda que Hayao Miyazaki), pero en lo que se refiere a fondos y ambientación, la película destaca por una estupenda integración de la animación digital, un memorable score a piano, magistralmente detallados escenarios urbanos y de naturaleza, esos suculentos plano de comida que solo los japoneses saben dibujar, y en general una desbordante inventiva que hacen de ella todo un caramelo audiosivual.

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Por todas estas razones, your name. ha enamorado al público, que se ha rendido ante la romántica e ingeniosa historia de Mitsuha y Taki. Aunque no llega a la grandeza del estudio Ghibli, peque a veces de cursi y ñoña (algo a lo que estamos acostumbrados si hemos visto animación japonesa) y a ratos se acerque más al anime televisivo (sensación que aumenta por la insistencia del director en insertar “openings” musicales en medio del metraje), your name. es uno de los productos más atractivos que han salido recientemente de Japón. Y esto se también debe a que, más allá del marco localista donde tiene lugar esa danza entre la tradición y la modernidad que caracteriza a la cultura japonesa, la película cuenta una historia universal con la que todo tipo de espectadores pueden sentirse identificados, una emocionante aventura que cualquiera puede soñar con protagonizar.

La aventura de your name. no es tanto la que tiene lugar ente Tokio e Itomori y a lo largo del tiempo, sino la que transcurre en el interior de Mitsuha y Taki. “Es como si siempre estuviera buscando algo o a alguien”, dice el segundo en un momento clave de la película. Y eso es lo que hace que your name. conecte tanto con su audiencia, que todos estamos buscando algo o a alguien, y por unos instantes, puede que lo encontremos en ella.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Ghost in the Shell – El alma de la máquina


La animación japonesa, y concretamente el anime de ciencia ficción, vivió una auténtica época de esplendor desde finales de los 80 hasta el cambio de siglo, con el auge y consagración de autores cinematográficos de renombre como Katsuhiro Ôtomo, Rintaro, Satoshi Kon o Mamoru Oshii. A este último pertenece una de las cintas japonesas de culto más veneradas de los 90, Ghost in the Shell, basada en el no menos aclamado manga escrito e ilustrado por Masamune Shirow. Más de veinte años después del estreno del anime, se ha llevado a cabo una nueva adaptación en acción real con la que el universo futurista creado por Shirow cobra nueva vida en una gran superproducción hollywoodiense.

Sostiene las riendas del remake Rupert Sanders (Blancanieves y la leyenda del cazador), que dirige un espectáculo de acción e intriga protagonizado por Scarlett Johansson y un reparto internacional en el que figuran Juliette Binoche y Takeshi Kitano. La famosa actriz se pone en la piel (sintética) de Mayor, un híbrido cyborg y humano único en su especie. No sabemos si de manera intencionada o no, Johansson continúa interpretando personajes que desafían o se cuestionan su propia condición humana (LucyHerUnder the Skin), estableciendo así un discurso sobre su propia imagen (distante, idealizada y a menudo deshumanizada) como estrella de Hollywood.

Pero a lo que íbamos, Mayor es un ser sintético cuya avanzada cáscara artificial alberga el espíritu y la mente de una persona real. Esta está al cargo de un grupo de élite llamado Sección 9, junto al que se encarga de detener a los criminales más peligrosos de la ciudad. Tras un año llevando a cabo operaciones con éxito, Mayor se encuentra con un amenazante enemigo decidido a acabar con los avances de Hanka Robotic, la compañía que le dio su nueva vida cuando su anterior cuerpo ya no podía mantenerla. En su búsqueda de este misterioso adversario, Mayor empezará a recordar su pasado, lo que le llevará a enfrentarse a la horrible verdad sobre su creación.

La influencia de Blade Runner en las anteriores versiones de Ghost in the Shell es indudable, pero en la película de Sanders se hace incluso más evidente, con numerosos planos aéreos de la urbe futurista dominada por gigantes hologramas publicitarios, que nos transportan directamente al clásico de Ridley Scott. Y como Blade Runner, y todas las historias sobre robots e inteligencia artificial, Ghost in the Shell explora los claroscuros morales de la creación sintética, los peligros del avance tecnológico, la esclavitud de y a la máquina, y por encima de todo, lo que nos hace humanos -no nuestro pasado, ni el material del que esté hecha nuestra piel, sino nuestros actos, lo que diferencia a los héroes (sintéticos) de los villanos (de carne y hueso) de la película. Ideas que se condensan en la figura de Mayor y su lucha interior, personificada a la perfección por Johansson. La actriz manifiesta la presencia y fortaleza de las mejores heroínas de acción, la fría precisión de un arma letal como Mayor, así como la vulnerabilidad y confusión necesarias para dar vida a alguien que desconfía constantemente de aquellos a su alrededor y duda tanto de la realidad como de sí misma.

Ante todo, Ghost in the Shell es una maravilla técnica y visual. Ya desde su prólogo (que precisamente remite a la mencionada Under the Skin), muy bien acompañado de la música de Clint Mansell y Lorne Balfe, queda claro que estamos a punto de asistir a una exhibición portentosa. Y eso es justo lo que recibimos: imágenes de gran belleza y plasticidad, asombrosos efectos digitales de última generación, brutales secuencias de acción y acrobáticos combates cuerpo a cuerpo, una puesta en escena elegante y sofisticada que acentúa la estética japonesa y una atmósfera envolvente que transmite la melancolía y la oscuridad del futuro distópico que el film representa. Claro que, aunque pueda parecerlo, Ghost in the Shell no es solo una cáscara reluciente. Debajo hay un cerebro inteligente y un alma que evitan que la película se estanque en el mero alarde digital.

A esto contribuye el hecho de que la historia se haya hecho más accesible. Se ha criticado mucho la elección de Johansson como Mayor, en lugar de una actriz asiática, cuando en realidad la mayor occidentalización que se lleva a cabo en la película es narrativa, con un guion simplificado y más comprensible (reconozcamos que el anime puede ser bastante denso). En cuanto a la polémica del supuesto whitewashing, es perfectamente lógico que haya críticas por la falta de representación y oportunidades, pero precisamente en el contexto de Ghost in the Shell, el hecho de que Mayor sea un modelo basado en una mujer no oriental (al igual que en el manga y el anime) resulta coherente con el discurso (posible spoiler: ella es el producto de una corporación malvada liderada por un científico blanco que busca crear al humano perfecto, a sus ojos occidental, aunque esto suponga borrar su origen asiático. Una alegoría, seguramente involuntaria, de la supremacía blanca. Fin del spoiler). Controversias aparte, la película maneja acertadamente los dilemas éticos de la historia, empleándolos para reflexionar sobre la deshumanización de un futuro “artificial” en el que el hombre (blanco) juega a ser Dios y los individuos se preguntan hasta qué punto son reales. En este sentido poco se le puede reprochar.

Ghost in the Shell funciona mejor cuanto menos se compare con su referente (o cuanto más lejos quede una de otra en la experiencia del espectador). Aunque la nueva versión se mantiene fiel y respetuosa en esencia, recreando escenas clave, reproduciendo meticulosamente su ambientación (los edificios superpoblados, el entorno cibernético, los artilugios) y conservando sus cuestiones filosóficas (la búsqueda del yo, la existencia del espíritu, lo que nos convierte en personas), también se construye de forma autónoma, efectuando cambios sustanciales (entre ellos el origen de Mayor) para adaptarla al lenguaje del blockbuster de acción moderno.

Sin embargo, que la historia se haya “traducido” para un público más amplio no quiere decir que se hayan borrado todas sus señas de identidad o sus consideraciones metafísicas, las mismas que la conectan a otros relatos distópicos sobre inteligencia artificial. Aunque se haya perdido complejidad en la traducción, esta relectura ha ganado en claridad y profundidad emocional, gracias sobre todo al alma que aporta su actriz protagonista. Ghost in the Shell podría haber sido un desastre, pero nada más lejos de la realidad. Se trata de una película estimulante, enigmática y visualmente alucinante que sabe aprovechar las posibilidades de la ciencia ficción como espectáculo cinematográfico.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: El niño y la bestia

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De un tiempo a esta parte, Mamoru Hosoda se ha ganado el apelativo del “Nuevo Hayao Miyazaki“, y su obra (antes para Madhouse y ahora en el Estudio Shizu, que él dirige) empieza a ser considerada como la mejor alternativa al emblemático Estudio Ghibli. Hosoda se estrenó en el largometraje de animación en 2000, con Digimon: La película (que en realidad era más bien una recopilación de cortometrajes), y dirigió una entrega cinematográfica de One Piece, pero el japonés tenía aspiraciones más ambiciosas para el cine. En 2006 se postuló como uno de los directores de animación más interesantes, con la revelación La chica que saltaba a través del tiempo. Le siguieron Summer WarsWolf Children (quizá su mejor película hasta la fecha, y la más similar a Ghibli), que se ganaron el favor del público (las tres ganaron en Sitges) y consagraron a Hosoda como un de los talentos más imaginativos de la animación japonesa.

Su último trabajo, El niño y la bestia (Bakemono no ko), fue uno de los mayores éxitos del año pasado en Japón y la película más taquillera de Hosoda, además de ser la primera película de animación en participar en la Sección Oficial a Competición de San Sebastián (de donde se fue de vacío). El film continúa en la senda creativa que Hosodu se ha labrado en la última década, planteando una aventura épica rebosante de color que presenta un universo y una mitología abundante. En cierto modo, la película podría ser descrita como una versión moderna y ‘retorcida’ de El Libro de la Selva. En ella, Kyuta, un niño solitario que deambula por las calles de Shibuya, encuentra un portal hacia un reino imaginario. Allí es criado por Kumatetsu, una criatura sobrenatural que habita en este mundo paralelo de animales antropomorfos. Kyuta y Kumatetsu desarrollan una amistad más allá de su vínculo maestro-discípulo, de la que ambos se beneficiarán para su crecimiento personal. Mientras, se fragua una épica batalla por el poder en el Reino de las Bestias, donde los humanos no están permitidos, ya que según las bestias todos esconden una oscuridad en su interior que podría ponerlo en peligro.

nullEl niño y la bestia es una aventura coming-of-age, un relato de maduración, la de un niño y la de un adulto que buscan la armonía y la disciplina necesaria para (sobre)vivir. Y también una historia sobre los lazos familiares que se generan más allá de los vínculos biológicos, los de la familia creada que Kyuta encuentra en el Reino de las Bestias. Pero ante todo, la película de Hosoda es una fantasía de acción y artes marciales que disfrutarán especialmente los más pequeños y los fans de la animación japonesa. En este sentido, El niño y la bestia puede pecar de ser demasiado genérica, de amasar muchos clichés del género (incluida la mascota adorable y otros elementos metidos con calzador), y complicarse demasiado para contar algo muy poco complejo. Hosoda se esfuerza en otorgar profundidad emocional a la historia, pero esta no deja de ser la típica aventura formulaica de artes marciales, sin más, un anime tópico que no aporta demasiado al género.

El niño y la bestia posee una enorme fuerza visual y secuencias espectaculares que harán las delicias de los fans de la animación, pero esta vistosa exhibición de la que hace gala acaba jugando en detrimento de la historia, que carece del sentido que hace falta para explorar satisfactoriamente los temas que plantea. Hosoda sigue siendo uno de los talentos más destacados del panorama nipón actual, pero puede hacerlo mucho mejor.

Nota: ★★★

Crítica: El viento se levanta

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Nausicaä sobrevolando a los Oms en estampida, Sheeta cayendo del cielo en las manos de Pazu, Nicky y Jiji volando en su escoba, Chihiro surcando el cielo a lomos del dragón Haku, incluso Ponyo corriendo sobre las olas, tan altas que se funden con las nubes. Desde que comenzó su carrera, Hayao Miyazaki ha dejado patente en todas y cada una de sus películas que una de las grandes pasiones de su vida es volar. El gran sueño del hombre ha sido para el mítico realizador japonés una de las constantes de su filmografía, una obsesión que ha incorporado en sus historias de una manera u otra. En todos sus filmes encontramos como mínimo una escena de altos vuelos, ya sea a bordo de aeronaves, globos, criaturas míticas, o bien románticas secuencias de vuelo a cuerpo descubierto. No es de extrañar pues que para despedirse definitivamente del cine, Miyazaki haya realizado una obra dedicada específicamente a su pasión por el aire y la aviación, El viento se levanta.

No es la primera vez que el director de La princesa Mononoke realiza una película cuyo argumento está directamente relacionado con los aviones –Porco Rosso en 1992 era la historia de un piloto durante la primera guerra mundial-, pero sí es la primera vez que una película suya prescinde completamente del componente fantástico y se puede catalogar por tanto dentro de la corriente del realismo histórico. Claro que estamos hablando de una de las mentes más desbordantemente imaginativas del cine, así que no sorprende que el relato de El viento se levanta se vea constantemente aderezado por secuencias oníricas en las que Miyazaki canaliza su creatividad -como el bellísimo prólogo. Sin embargo, estas escenas quedan muy lejos del exultante imaginario fantástico y surrealista al que nos tiene acostumbrados. Están ahí sobre todo para manifestar las emociones y expresar los anhelos y pasiones de un protagonista que, de no ser por sus sueños, no sabríamos muy bien qué siente.

El-viento-se-levanta-Poster-EspañaEse es el mayor problema de El viento se levanta, un protagonista construido a duras penas para quedar en segundo plano mientras Miyazaki se centra en lo que verdaderamente le interesa: los entresijos de la ingeniería aeronáutica durante la Segunda Guerra Mundial. El director dibuja en Jirô Horikoshi, el hombre (real) que diseñó los cazas de combate japoneses que lucharon en la guerra, como un personaje unidimensional, a pesar de identificarse claramente con él. Esta aproximación al personaje y a la historia revelan las intenciones de un director que quiere que su pasión no se tome a la ligera. Por eso acomete el relato desde la seriedad desapasionada y el respeto, no exento de poesía, por supuesto, pero con una contención expresiva que rompe únicamente en su tramo final. Es entonces cuando la historia de amor entre Jirô y Nahoko va ganando terreno a la aviación, y Miyazaki nos ofrece escenas de una ternura e intimismo que solo Ozu podría darnos -como aquella en la que ella le pide a él que trabaje cerca de la cama donde yace convaleciente.

Hasta la última media hora, El viento se levanta funciona casi como una bildungsroman, en la que somos testigos del crecimiento profesional de Horikoshi, y de las relaciones interpersonales que establece a lo largo de su juventud. Miyazaki dedica más de la mitad del metraje a la gestación del caza Mitsubishi A5M, centrándose en los aspectos más técnicos del proceso y los trámites burocráticos. Esto da como resultado una sección central de la película, compuesta por escenas de taller y conversaciones entre señores trajeados, que desafiará el aguante de más de uno – quien esto escribe incluido.

Está claro que Miyazaki desea compartir con nosotros el origen de sus sueños y la fuente de su imaginación, y que quiere despedirse con su proyecto más íntimo, en el que más ha volcado su personalidad. Para ello despliega sus armas infalibles, entre otras el apabullante impresionismo de sus imágenes, su empeño en dibujar los besos más hermosos del cine, y una de las más espléndidas partituras de Joe Hisaishi. Aún con todo, el director no logra trasladar a la pantalla la historia de Horikoshi de manera que resulte tan apasionante como él la ve. Con la premura que suele caracterizar a sus finales, el desenlace de El viento se levanta se adentra abruptamente en el terreno del melodrama. Es entonces cuando Miyazaki permite que sus emociones tomen el control.  Así, El viento se levanta concluye con una (endeble) tesis a título personal sobre el amor por la aviación, desvinculándolo de los horrores de la guerra, y equiparándolo a otras de las grandes pasiones de su cine: la mujer. Aunque sea solo durante un segundo, antes de que se lo lleve todo el viento.

Valoración: ★★★½