It – Capítulo 2: Somos nuestros recuerdos

Pennywise volvió a causar estragos en 2017, exactamente 27 años después de que Tim Curry lo inmortalizase en la miniserie original de It. Haciendo honor a la profecía, el terrorífico payaso salido de la mente de Stephen King regresaba a nuestras pesadillas, convirtiendo la nueva adaptación del de Maine en la película de terror más taquillera de la historia. Para nosotros dos años después, para el Club de los Perdedores otros 27, volvemos a Derry para presenciar el enfrentamiento definitivo contra Pennywise en It – Capítulo 2, la secuela y conclusión de la película dirigida por Andy Muschietti.

La pandilla de inadaptados que conquistó el corazón de la audiencia en la primera película ha crecido. Todos menos Mike se marcharon de Derry en un intento de dejar el pasado atrás y superar lo vivido allí. Con el tiempo, el recuerdo de Pennywise y los horrores acontecidos en el pequeño pueblo de Maine se va difuminando, pero cuando el payaso regresa de su letargo para volver a matar, el Club de los Perdedores se ve obligado a cumplir la promesa que se hicieron hace casi tres décadas y reunirse de nuevo para enfrentarse a su doloroso pasado y acabar con su enemigo de una vez por todas. Lo queramos o no, todos somos nuestros recuerdos y en algún momento hay que encararse con ellos.

Uno de los mayores aciertos de It fue su reparto adolescente, diseñado a imagen y semejanza de las películas juveniles de pandillas de los 80 (Los Goonies, Cuenta conmigo), al igual que Stranger Things. La segunda parte se centra en sus versiones adultas, pero a través de flashbacks (y usando la técnica de rejuvenecimiento digital para infantilizar a los que han crecido más rápido), los adolescentes siguen estando muy presentes en la película. Algo que no podía ser de otra manera teniendo en cuenta cómo su tema principal es la memoria y la necesidad de enfrentarse a los traumas del pasado para seguir avanzando.

El reparto adulto de It – Capítulo 2 es una de las mejores labores de casting del Hollywood reciente. James McAvoy (Bill), Jessica Chastain (Beverly), Bill Hader (Richie), Isaiah Mustafa (Mike), Jay Ryan (Ben), James Ransone (Eddie) y Andy Bean (Stanley) se convierten en los personajes de forma convincente, reproduciendo sus rasgos, voces y personalidades impecablemente y haciéndonos creer que son las mismas personas que conocimos hace dos años. Todos ellos realizan un trabajo excelente, tanto por separado como en grupo, mientras que Muschietti les saca partido, dando énfasis una vez más a la mayor baza de estas películas: los personajes tan bien caracterizados y la amistad que existe entre ellos.

Al igual que la primera parte, It – Capítulo 2 se apoya fuertemente en las emociones, rascando en la superficie para hablarnos de cómo el miedo y el trauma nos paraliza y no nos deja vivir, convirtiendo los monstruos interiores en monstruos literales a los que debemos sobrevivir. Evidentemente, no es casual que Pennywise, que simboliza el miedo más arraigado y se alimenta de él, solo elija víctimas débiles, niños, personas dañadas, inadaptados sociales, minorías desamparadas ante el odio… De hecho, la película comienza con un brutal y devastador crimen homófobo que (aviso) puede herir la sensibilidad de más de uno, y que nos recuerda una de las ideas más importantes de la primera película: los peores monstruos a veces son “humanos”.

Tras este contundente arranque, la violencia explícita es una de las constantes que también se repiten en la secuela. Muschietti compone una fantasía ambiciosa y desbordante en la que vuelve a recrearse profusamente en la sangre y el gore, atreviéndose entre otras cosas a mostrar más muertes de niños, algo que las películas de terror comercial (Rated R o PG-13) suelen evitar. Las escenas violentas se multiplican, y los pasajes se llenan además de deformidades macabras y fluidos repugnantes que recuerdan al terror de serie B y la primera etapa de Sam Raimi o Peter Jackson. Pero claro, los valores de producción se alejan mucho de aquel terror barato de los 80, de hecho, una de sus mayores virtudes es también uno de los mayores defectos de la película, su abuso y dependencia del CGI para las escenas de terror.

Por un lado, Muschietti compone set pieces impresionantes e imaginativos, pesadillas excelentemente filmadas y con un acabado muy pulido en todos los aspectos que rivalizan con las secuencias de acción de los mejores blockbusters. Pero por otro, hay un exceso de criaturas digitales que, por muy bien hechas que estén (que lo están), restan impacto y realismo, rompiendo a menudo la atmósfera y haciendo que la película no llegue a ser todo lo terrorífica que podría haber sido. A esto también contribuye la presencia constante del humor y la necesidad de hacer chistes (alguno que otro bastante machista, además) incluso en las escenas más dramáticas, lo que menoscaba constantemente el terror.

Se evidencia también una tendencia a la repetición que las casi tres horas de metraje no hacen sino subrayar, como se puede ver en el abuso del jumpscare, sobresaltos que se repiten con el mismo esquema una y otra vez a lo largo de la película (anticipación y tensión, falsa alarma, calma y susto fácil con golpe estridente de sonido). Llega un momento en el que los sustos son tan seguidos y tan iguales, que es inevitable desensibilizarse.

Pero como decía antes, lo más importante de It – Capítulo 2 siguen siendo sus personajes, y afortunadamente Muschietti sabe hacerles justicia. Con ellos, la película compensa sus carencias (o excesos) y nos recuerda constantemente que en el centro de la historia está su viaje personal. Los lazos que unen al Club de los Perdedores, y la conexión que se establece entre ellos y el espectador, es lo que eleva el film, aunque por momentos el almíbar supere a la sangre y esté a punto de ahogarse en su propia sensiblería (algo que ya estaba presente en el material original, todo hay que decirlo). Al final, más allá del perturbador Pennywise de Bill Skarsgård (que suele quedar en segundo plano mientras sus proyecciones demoníacas actúan), lo que nos quedará de estas dos películas son ellos, los Perdedores, y lo mucho que queremos que triunfen sobre el mal y sus cicatrices emocionales dejen de doler.

It – Capítulo 2 es una película imperfecta. Como experiencia de terror no está a la altura de su ambición creativa y visual, y su estructura episódica (también presente en la primera parte) se hace repetitiva y lastra el ritmo. Pero por otro lado sabe perfectamente cómo jugar su mejor carta más allá de la sangre y la violencia: su magnífico reparto y plantel de personajes. Ellos son los que hacen de It – Capítulo 2 mucho más que una casa del terror de feria, los que la convierten en una película profunda y emotiva sobre el paso del tiempo, el trauma y la amistad, los que consiguen que la historia tenga un cierre trascendental y satisfactorio.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: It

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A pesar de que las novelas de Stephen King siempre han tenido una marcada sensibilidad cinematográfica, su voluminosa obra es una de las que más problemas ha causado a la hora de ser traducida de las páginas a la pantalla. Pocas adaptaciones han dado con la clave, y para muestra, dos de las más recientes: La niebla, serie de Netflix que ha obtenido un recibimiento bastante negativo, y La Torre Oscura, la decepcionante adaptación al cine de la extensísima saga fantástica del mismo nombre que se ha dado un brutal batacazo en taquilla. Afortunadamente, parece que se ha conseguido romper la maldición de las adaptaciones de King con la nueva versión de una de las novelas más populares del de Maine, ItSu primera parte llega a los cines dispuesta tanto a convencer a los nostálgicos que tienen grabado a fuego en la retina a Tim Curry en la miniserie de los 90, como a conquistar a las nuevas generaciones de aficionados al terror.

Dirigida por Andy Muschietti (que debutó en el largo con Mamá), It narra la historia siete jóvenes inadaptados que viven un verano inolvidable en el pequeño pueblo de Derry, Maine a finales de los 80. A los miembros de este “Club de los perdedores”, como ellos se autodenominan, los une ser el blanco de la pandilla de los matones del instituto y haber sido marginados por diversos motivos: problemas familiares, abusos, o en el caso de Bill (Jaeden Lieberher), la pérdida de su hermano. Desde que el pequeño Georgie (Jackson Robert Scott) se desvaneció una tarde lluviosa que salió a perseguir su barco de papel hasta colarse en un desagüe, se han sucedido en Derry numerosas desapariciones de niños en extrañas circunstancias. Todas tienen en común al siniestro payaso Pennywise (Bill Skarsgård), una entidad que emerge desde las alcantarillas cada 27 años para alimentarse de los temores de sus presas. Los Perdedores deberán unir fuerzas para superar sus miedos y poner fin a la pesadilla enfrentándose a “Eso”.

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La historia la conocemos de sobra, tanto si hemos leído la novela como si nos zampábamos las más de tres horas de miniserie cada dos días (no la veáis ahora, es mucho peor de lo que recordáis). Y por eso es todo un alivio y una alegría comprobar que la nueva versión le hace justicia. Con It, Muschietti ha creado una robusta pieza de terror clásico en la que lo más importante y lo mejor no son los monstruos o los sobresaltos, sino los personajes, un excelente grupo de niños cuyo casting está a la altura del de Stranger Things (el film en general, como ya nos adelantaron en su día, está bastante influenciado por el fenómeno de Netflix). Ellos son el alma de una película que, además de ser un eficaz cuento de terror, es una emocionante y emotiva disección de la amistad, los miedos y los traumas de la infancia, así como un relato impregnado de nostalgia sobre los primeros años de la adolescencia y el proceso de madurez con el que se va dejando la niñez atrás.

La sensibilidad de los 80 no solo se ve reflejada en la estética de la película, sino también en su manera de retratar la infancia sin hipervigilancia paternal y la amistad entre los personajes, evocadora de las películas de pandillas de aquella época, y concretamente de otra basada en King, Cuenta conmigoIt saca provecho de su calificación para mayores de 18 años con diálogos cargados de palabras malsonantes y alusiones al sexo (los niños dicen más tacos que en una de Tarantino y es fascinante) que pintan un dibujo de la pubertad más acorde a lo que se hacía (y se vivía) hace 30 años que a lo que se suele ver en el cine protagonizado por preadolescentes hoy en día. Lo mismo ocurre con la violencia, mucho más contundente, más gráfica y sangrienta de lo habitual en el cine mainstream. It contiene imágenes ciertamente impactantes, sobre todo al estar protagonizadas por menores, pero la violencia y la imaginería macabra de la película no se antoja gratuita, sino que es esencial para el desarrollo de los personajes, al servir para manifestar sus miedos, el principal motor de la historia.

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It funciona a todos los niveles, como aventura de terror, como alegoría de crecer, como adaptación, como pieza cinematográfica independiente (la escisión de la novela en dos partes permite dejar bien cerrado este primer capítulo). Es aterradora, divertida, entrañable. Pero esto no quiere decir que sea redonda. Sus virtudes son indudables, pero sus defectos también saltan a la vista. Algunos provienen del material original y otros son exclusivamente achacables a la película. En cuanto a lo primero, aunque no se puede dudar que King creó una gran historia, es difícil pasar por alto su lamentable tratamiento de la única niña del club de los perdedores, Beverly, víctima de abusos, objeto de deseo de sus compañeros y casi siempre asociada al sexo. Muschietti, por su parte, trata de mejorarlo pero no es suficiente, llegando incluso a sexualizarla él también en alguna escena (eso sí, Sophia Lillis está perfecta, que eso quede claro, y Beverly es, a pesar de todo, el personaje más valiente de la película).

El otro problema principal de It es narrativo. Su estructura argumental es más que nada una yuxtaposición de momentos o viñetas, de escenas de suspense que conducen hacia el típico golpe de efecto, y que no forman un todo fluido hasta la parte final, lo que afecta inevitablemente al ritmo. Además, los sustos en los que culminan estas escenas son los de siempre. Sí, cumplen su misión de hacer saltar en la butaca, pero no brillan por su ingenio, abusando de la trampa y las criaturas digitales (excepciones serían la escena de las diapositivas o la visita en grupo a la casa abandonada, geniales). Y en relación a esto, solo queda hablar de Pennywise. Skarsgård cumple. El sueco inquieta e hipnotiza bajo el maquillaje del Payaso Bailarín, pero el efecto no dura demasiado y este acaba pasando a segundo plano, relegado a simple truco y eclipsado por los demás personajes (“Ven por el payaso, y quédate por los niños”). De hecho, el verdadero monstruo de la película no es él, sino los agresores que hacen la vida imposible a los Perdedores, principalmente el líder de los matones, Henry Bowers (Nicholas Hamilton), y el padre de Beverly (Stephen Bogaert), dos odiosos personajes que protagonizan escenas más crueles, enfurecedoras y terroríficas que el payaso.

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A pesar de los problemas citados, It sale a flote en todo momento. Muschietti acierta de pleno creando la atmósfera de Derry, reproduciendo y actualizando los elementos más icónicos de la historia y diseñando con suma atención al detalle imágenes espeluznantes y de gran plasticidad que alimentarán las pesadillas de más de uno (y que crearán una nueva ola de coulrofobia). Además, la película pone muy difícil aburrirse con su acertada combinación de suspense, aventura, drama y comedia. Ya quiera asustarnos, hacernos reír o conmocionarnos, siempre está pasando algo que impide que quitemos ojo de la pantalla.

Pero por encima de todo, It merece los mayores elogios por el magnífico trabajo de su reparto juvenil (todos están fantásticos, pero hay que aplaudir especialmente a Jack Dylan Grazer y Finn Wolfhard, dos robaescenas en toda regla). Al utilizar el terror para hablarnos de los personajes y cómo estos se encaran a sus traumas, It consigue una conexión emocional con ellos que se encuentra en pocas películas de miedo. Nos ponemos en la piel de los Perdedores para ver el mundo a través de sus ojos (los adultos, que son idiotas y en muchos casos los responsables de esos traumas, no ven a Pennywise o las estremecedoras visiones que Eso crea), regresamos a la infancia, revivimos nuestros temores y nos armamos de valor para superarlos con ellos. Ese vínculo, esa celebración de la amistad y el compañerismo ante la adversidad, es lo que hace que la película acabe siendo un triunfo. Y lo que hace que nos preguntemos si el Capítulo Dos será tan bueno como este, sabiendo que ya no estarán los niños.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Mamá

No es lo mismo asustar que dar miedo (del de verdad, del que provoca congoja, desazón, angustia). Y si no que se lo digan al argentino Andrés Muschietti, que debuta en la dirección de largometrajes con Mamá (Mama, 2013), irregular cinta de terror hispano-canadiense basada en su corto homónimo de 2008. Le acompañan en el guion su hermana y socia Barbara Muschietti y Neil Cross (Doctor Who, Luther), y viene avalado desde la producción ejecutiva por el mecenas del género fantástico Guillermo del Toro -que advierte en todas las entrevistas que uno no debe esperar de ella un producto made in Del ToroMamá es puro terror de diseño. Tras solo cinco minutos de metraje salta a la vista que los principales responsables de la película provienen del mundo de la publicidad. Estilo y estética que se anteponen a la coherencia narrativa y dan como resultado un producto industrial y prefabricado, que sin embargo cumple su principal cometido: sobresaltar al espectador.

Mamá agota por completo el catálogo de clichés del género: cabaña en el bosque, psiquiátrico abandonado, presencia fantasmal de cabellos largos y oscuros, siniestra canción de cuna, criaturas que se retuercen por escaleras y paredes como si tuvieran ‘huesos de cristal’, monstruos en el armario, luces parpadeantes y espíritus con asuntos pendientes. La de Muschietti es una película de terror japonés en toda regla, un remake que en realidad no lo es. Mezcla exacta entre La maldición (Ju-on), Dark Water y The Ring (Ringu) -los títulos más populares e influyentes del ya desinflado fenómeno-, que viene a contestar a las más recientes tendencias del género, como el torture porn, o el resurgimiento del slasher. No hay en el filme un solo ápice de originalidad, sino más bien una labor de recopilación de lugares comunes y recursos argumentales que conforman un greatest hits del J-HorrorPero el filme no solo hunde sus raíces en el cine japonés. Mamá evoca ocasionalmente al trabajo del realizador de videoclips Chris Cunningham, y a muchos también recordará por momentos a la española [REC]. En definitiva, todo un festival de ideas recicladas y triquiñuelas visuales que ponen en evidencia a Muschietti y revelan sus carencias como narrador.

En el apartado interpretativo, Jessica Chastain da un tropezón en su imparable carrera, con un personaje tan forzado y desdibujado como la película en sí. Su Annabel es una chica dura que toca en una banda de punk, dice “fuck you” en su mensaje del buzón de voz y viste con camisetas rockeras de H&M. Mención aparte merece esa desafortunada peluca -la Chastain canalizó a la líder del grupo Crystal CastlesAlice Glass, para construir al personaje. Todo en consonancia con el sintético estilo de la película, en la que hay secuencias que bien podrían ser un anuncio de coches. Acompaña a Chastain Nikolaj Coster-Waldau (Juego de Tronos), que se pasa toda la película tumbado. Son las interpretaciones de las niñas protagonistas, Victoria (Megan Carpentier) y Lilly (Isabelle Nélisse), las que merecen el mayor reconocimiento, sobre todo la de la pequeña, entrañable y espeluznante a partes iguales.

Como ocurre a menudo con este tipo de thrillers sobrenaturales, la historia está repleta de agujeros narrativos e incongruencias que impiden que la película vaya más allá de los sustos y las imágenes asépticamente perturbadoras. De esta manera, la conexión psicológica con el espectador es difícil de establecer, lo cual resulta especialmente lamentable en una película que insiste en explorar un poderoso vínculo como el materno-filial. La fábula de Mamá pierde fuelle a medida que se van desvelando los detalles de la trama, el CGI pasa a primer plano y la historia va tomando forma (es un decir). Las cuestiones se acumulan y la coherencia interna termina por abandonarse en favor de un clímax melodramático e incluso poético. No importa mucho, para cuando esto ocurre, uno tiene claro que lo que busca Muschietti no es revolucionar el género, sino crear una pieza visualmente atractiva y provocar algún que otro infarto. Si la miramos exclusivamente desde ese prisma, Mamá hasta podría considerarse un éxito. Por desgracia, esto no subsana su mayor defecto: que ya no estamos en 2004.