Todos los capítulos de ‘Modern Love’ ordenados de peor a mejor

Amazon se está poniendo las pilas en lo que se refiere a su plataforma de streaming, Prime Video. Tras el éxito de La maravillosa Sra. Maisel y la coproducción de BBC Fleabag, ambas triunfadoras recientes de los Emmy en la categoría de comedia, el estudio de Jeff Bezos se ha propuesto hacerle frente a Netflix y Disney+ con superproducciones como la serie de El señor de los anillos y nuevas propuestas de contenido original que, según ellos, dan prioridad a la calidad por encima de la calidad y buscan entrar en la conversación online.

En este sentido, una serie que no ha pasado desapercibida como le ha ocurrido a otras ficciones de Amazon anunciadas a bombo y platillo es Modern Love, que desde su estreno el pasado 18 de octubre ha conquistado a la audiencia, que ha caído rendida ante sus encantos. Aunque lejos de la repercusión de otras series de streaming, Modern Love se ha ganado un hueco en el corazón de los espectadores. Tanto es así que su respuesta mayoritariamente positiva llevó al estudio a anunciar su segunda temporada apenas una semana después del estreno.

Con John Carney, director de las muy queridas Once, Sing Street y Begin Again, como principal responsable, Modern Love es una serie romántica de formato antológico que se basa en la popular columna semanal del mismo nombre publicada en el New York Times. Cada episodio cuenta una historia de amor autoconclusiva con personajes distintos, con el punto en común de que todas se desarrollan en la Gran Manzana. La serie, que cuenta con un impresionante reparto estelar que incluye a Anne Hathaway, Dev Patel, Tina Fey, Catherine Keener, Andy García, John Slattery, Sofia Boutella y Andrew Scott entre muchos otros, aborda el amor en sus muchas formas -romántico, amistoso, familiar, sexual o platónico-, con la intención de formar un mosaico de las relaciones en el siglo XXI.

Sin embargo, como ocurre con todas las series antológicas, no todos los episodios están al mismo nivel. De hecho, Modern Love arranca con tres episodios magníficos para desinflarse con los tres siguientes y remontar el vuelo en su recta final. La serie rebosa encanto y emoción por los cuatro costados, y todos sus capítulos, en mayor o menor medida, nos aportan algo que merece la pena, pero está lejos de ser perfecta. Su problema principal (además de una selección musical empalagosamente cursi) es la falta de diversidad, sobre todo en el perfil de los personajes, la mayoría blancos, heterosexuales, ricos y con pisos fabulosos (el único personaje pobre lo es por decisión propia, para que os hagáis una idea). Esto hace que en ocasiones cueste conectar con sus problemas, ya que nos ofrece una visión del amor y la vida absolutamente privilegiada e idealista.

A pesar de esto, Modern Love consigue emocionar (en mayor o menor medida) con la mayoría de sus relatos, aprovechando la media hora que dura cada capítulo para contar más que muchas películas en dos horas y tocando la fibra sensible en numerosas ocasiones a lo largo de la temporada. Pero para profundizar un poco más en cada historia, os dejo con mi ranking personal de los episodios de la primera temporada, ordenados de peor a mejor.

8. ‘So He Looked Like Dad. It Was Just Dinner, Right?’ (1×06)

Unánimemente considerado el peor episodio de la temporada, esta historia de una joven con daddy issues que desarrolla una inapropiada y enfermiza relación con uno de sus jefes (de más de 50) que le recuerda a su padre, resulta incómoda la mayor parte del tiempo. El episodio (dirigido por la actriz Emmy Rossum) tiene sus momentos, y las interpretaciones de Julia Garner y Shea Whigham son excelentes (en realidad, en la serie no hay ni una sola mala actuación), pero el factor creepy empaña una historia que no tenemos muy claro hacia dónde va o qué quiere contarnos. Afortunadamente, el capítulo evita meterse del todo en el fango manteniendo la relación entre los protagonistas en el terreno platónico. Aun así, cuesta imaginar que a alguien le pareciera buena idea incluir este capítulo en la antología.

7. ‘Rallying to Keep the Game Alive’ (1×04)

Después de tres primeros capítulos fantásticos, Modern Love da un considerable bajón con el cuarto, centrado en un matrimonio acomodado que atraviesa una crisis de pareja. Sharon Horgan escribe y dirige un episodio que recuerda inevitablemente a su serie Catastrophepero no logra reproducir su gracia y encanto, resultando algo frío. Aunque acierta a la hora de retratar cómo el paso del tiempo afecta a las parejas y destaca por las interpretaciones de Tina Fey y John Slattery (tan buenos en drama como en comedia), ‘Rallying to Keep the Game Alive’ no deja huella.

6. ‘The Race Grows Sweeter Near Its Final Lap’ (1×08)

El puesto de este capítulo en el ranking es simbólico, ya que técnicamente debería estar al margen al tratarse más bien de un epílogo que ejerce como nexo de unión de los siete episodios anteriores. En él nos encontramos a dos viudos que se conocen corriendo una maratón y deciden emprender una relación amorosa en el crepúsculo de sus vidas. La historia en sí es preciosa, y a pesar de su brevedad se las arregla para contar algo redondo y hacer llegar su mensaje sobre el amor en la tercera edad. Pero si el capítulo destaca es sobre todo por la forma en la que une todos los relatos de la temporada en una línea temporal definida, completando las historias que hemos visto hasta ese momento, ya sea mostrándonos cómo empezaron o lo que pasó después. Este capítulo pone broche al homenaje que Carney dedica a Nueva York, su gente y las maravillosas coincidencias que la convierten en una ciudad tan mágica.

5. ‘At the Hospital, an Interlude of Clarity’ (1×05)

El quinto episodio de Modern Love es un bonito relato de primera cita con clarísimos ecos a la trilogía Before de Richard Linklater. En este capítulo protagonizado por Sofia Boutella y John Gallagher Jr., una pareja ve su velada interrumpida por un accidente que los lleva a pasar la noche juntos en el hospital. De personalidades y formas de ver la vida muy distintas, los dos se van abriendo el uno al otro a través de conversaciones honestas que sirven para saltarse los rodeos y preámbulos de las primeras citas y así empezar a conocerse de verdad. Este capítulo está lleno de diálogos que dan que pensar y ofrece un mensaje sobre las redes sociales y la imagen que proyectamos de nosotros mismos con el que es fácil sentirse identificado. La química entre Boutella y Ghallager Jr. es la guinda del pastel.

4. ‘Hers Was a World of One’ (1×07)

El único capítulo que cuenta una historia de amor LGBT+ es también uno de los mejores de la temporada, gracias sobre todo al buen hacer de su trío protagonista, Andrew Scott, Brandon Kyle Goodman y Olivia Cooke. ‘Hers Was a World of One’ sigue a Andy y Tobin, una pareja estable y acomodada que ha decidido tener un hijo. Entra Karla, una joven antisistema embarazada que ha decidido dar a su hijo en adopción porque no encajaría en su estilo de vida itinerante. En los últimos meses de su embarazo, la chica se muda con la pareja, poniendo su mundo patas arriba. Con un divertido cameo de Ed Sheeran (que va camino de convertirse en un chiste recurrente de la comedia romántica tras pasar también por Yesterday), este episodio es uno de los más divertidos, cálidos y emotivos de la temporada. La carismática interpretación de Cooke es uno de los highlights de la serie, y Andrew Scott vuelve a demostrar -después de Sherlock Fleabag-, que es uno de los actores británicos del momento.

3. ‘Take Me as I Am, Whoever I Am’ (1×03)

Anne Hathaway era uno de los mayores reclamos de Modern Love y la oscarizada actriz de Los miserables Princesa por sorpresa no decepciona. ‘Take Me as I Am, Whoever I Am’ narra la historia de una mujer exitosa y atractiva que vive con trastorno bipolar, pero decide no contárselo a nadie. El capítulo nos muestra cómo la enfermedad afecta a su día a día y condiciona sus relaciones, componiendo así un retrato de la enfermedad mental poderoso y conmovedor. Hathaway lleva a cabo una interpretación portentosa, como cabe esperar de ella, mostrándonos su lado más divertido y glamuroso (protagoniza una secuencia musical en el supermercado que delata a Carney detrás de las cámaras en el que es uno de los cuatro episodios que dirige), y también el más crudo y descarnado. Pero lo mejor del capítulo es el mensaje que nos deja en un precioso final que cambia el cliché romántico del final feliz en pareja por la importancia de la amistad.

2. ‘When the Doorman Is Your Main Man’ (1×01)

Modern Love empieza por todo lo alto, con una tierna y original carta de presentación que curiosamente no se centra en una pareja romántica. El primer capítulo explora los lazos paternofiliales que se forman entre una joven crítica literaria y el sobreprotector portero de su edificio, un hombre que vela por ella día y noche y se encarga personalmente de tomar las decisiones en la vida amorosa de la chica (suena controlador y tóxico, pero sorprendentemente no lo es). La dinámica entre Maggie (Cristin Milioti) y Guzmin (Laurientiu Possa) es la más bonita y entrañable de toda la serie y nos deja una de las mejores frases de la temporada: “Nunca miraba al hombre, miraba tus ojos”. Para empezar la serie llorando.

1. ‘When Cupid Is a Prying Journalist’ (1×02)

Lo cierto es que los tres primeros episodios están más o menos al mismo nivel, pero si he decidido colocar el segundo en primer puesto es porque me parece el más completo en todos los sentidos. Como decía en la introducción, Modern Love puede contar más en media hora que muchas películas enteras, y este es el capítulo que mejor lo ilustra. En él, una periodista (Catherine Keener) entrevista al creador de una app de citas (Dev Patel). La pregunta “¿Has estado enamorado alguna vez?” da lugar a una conversación que cambiará el curso de sus vidas. Este es el capítulo más cinematográfico de la serie, el que más encaja en el cliché de “es una película de media hora”. Con una estructura impecable y un guion lleno de perlas y reflexiones valiosas, ‘When Cupid Is a Prying Journalist’ nos habla del amor perdido, de las decisiones que tomamos y el camino en el que nos llevan, de la vida que podíamos haber tenido, y de la que podemos tener si aceptamos las segundas oportunidades. El capítulo más inspirado y trascendental de la temporada y el que incluye una de las frases más románticas que he escuchado jamás: “El amanecer es para los amantes y los panaderos”.

Fleabag: Una experiencia religiosa

Se suele abusar mucho del tópico, pero en este caso, su uso está más que justificado: Phoebe Waller-Bridge es una de las voces más frescas e interesantes del panorama audiovisual actual. Después de varios años buscando un hueco como actriz en la televisión británica (tuvo un papel recurrente en Broadchurch), se centraba en el guion y la producción creando dos series en 2016.

La primera, Crashing, una suerte de actualización millennial de la sitcom de amigos sobre un grupo de jóvenes que viven en un hospital abandonado, solo tuvo una temporada (disponible en Netflix). La segunda, Fleabag, la puso en el mapa y la convirtió en una de las creadoras jóvenes a seguir más de cerca del Reino Unido. Basada en su aclamado y premiado monólogo teatral del mismo título, Fleabag gira en torno a una joven londinense de gran ingenio y apetito sexual que utiliza el humor y el sexo para enmascarar el profundo dolor y la confusión que siente.

Dicho así, suena convencional. Comedias millennial urbanas sobre jóvenes perdidos que tratan de buscar su sitio en la vida las hay a patadas. Pero Fleabag conseguía desmarcarse de todas ellas gracias a la afiladísima escritura de Waller-Bridge, su enorme carisma como actriz y su manera de jugar con la narración. Por ejemplo, la protagonista (a la que conocemos como Fleabag, ya que nunca se llega a decir su nombre en la serie) emplea el sobreexplotado recurso de la ruptura de la cuarta pared mirando directamente a cámara, pero lejos de parecer un truco fácil, eleva la serie de nivel, haciendo partícipe al espectador de la vida Fleabag como ninguna otra serie lo había hecho antes.

Tras la primera temporada, Waller-Bridge decidió pasar a otros proyectos y aseguró que no habría más capítulos. En los dos años siguientes creó la serie de moda Killing Eve, fue chica Disney con un pequeño papel en Christopher Robin, se unió al universo Star Wars interpretando a la droide L3-37 en la fallida Han Solo: Una historia de Star Wars. Pero los espectadores de Fleabag seguían pegados a la pantalla esperando que Waller-Bridge les devolviera la mirada una vez más.

Nuestras plegarias (pun intended) fueron atendidas con el anuncio de una segunda temporada. Los nuevos capítulos (seis, como en la primera temporada) llegan a España en exclusiva a través de Amazon Prime Video, la encargada de estrenar la primera en nuestro país. Y no podemos sino recurrir a otro tópico manido: la espera ha merecido la pena.

La segunda temporada de Fleabag es la prueba fehaciente de que es mejor cuando los creadores no fuerzan la máquina para llegar a un plazo. Los tres años que han pasado entre una temporada y otra han servido para que Waller-Bridge se vuelva incluso más sólida como guionista, y también como observadora del comportamiento humano y las interacciones sociales. Estos nuevos capítulos siguen explorando el crecimiento de la protagonista a través de sus relaciones con los hombres y con su familia (con especial énfasis en el frágil lazo que la une a su hermana Claire, sin duda la historia de amor más bonita de la serie), pero incorporan además una trama central inesperada: Fleabag se enamora de un cura. *Se santigua*

Andrew Scott, conocido sobre todo por dar vida a Moriarty en Sherlock, interpreta al atractivo sacerdote que va a casar al padre de Fleabag (entrañable Bill Paterson) y su nueva mujer (la recientemente oscarizada y siempre genial Olivia Colman). Deslenguado, moderno, humano e irresistiblemente sexy, el cura se convierte en el pecaminoso objeto de deseo de la protagonista, y lo mejor (o lo peor, según se mire) es que su atracción es correspondida.

El personaje de Scott sirve para mostrar una conexión romántica más profunda que hace a Fleabag más vulnerable, pero también más fuerte. La química entre los dos actores es una cosa de otro mundo y sus diálogos son auténticas lecciones de guion de comedia romántica. Pero lo más llamativo es cómo el cura presenta una oportunidad para que Waller-Bridge lleve la ruptura de la cuarta pared un paso más allá.

Él es el único que se percata de los apartes que Fleabag hace para hablar con nosotros y expresar algo a través de una mirada cómplice. En un momento de la temporada, el cura le dice “¿Qué ha sido eso? ¿Adónde has ido?” al verla girar la cabeza hacia la cámara (invisible). Fleabag siente pánico y confusión; alguien, además del espectador, ha conseguido entrar en su mundo y parece empezar a conocerla de verdad. Es desconcertante para ella, pero fascinante para nosotros, que vemos cómo Waller-Bridge reescribe los códigos narrativos fusionando ficción y realidad para hacernos parte de su vida.

Guiñándonos, pidiéndonos auxilio en una situación embarazosa, buscando nuestro apoyo y aprobación, nos reconoce constantemente al otro lado de la pantalla y dentro del relato, nos convierte en sus confidentes y amigos, como le llega a sugerir a su psicóloga en otro escalofriante momento meta de la temporada. Por eso duele tanto cuando el humor da paso al dolor, cuando su tormento interior sale a la luz y la tristeza nos golpea. Y por eso, cuando Fleabag se despide de nosotros, es como si nos clavaran un puñal en el estómago.

Tras la segunda temporada, Waller-Bridge ha asegurado que esto es todo, que no habrá más Fleabag. Y aunque hizo lo mismo tras la primera, algo nos dice que esta vez es definitivo. Si es así, quedémonos con la satisfacción de haberla conocido, de haber disfrutado de dos temporadas absolutamente brillantesFleabag es sin lugar a dudas una de las mejores comedias generacionales que nos ha regalado la televisión, una obra prodigiosa, con diálogos sublimes, humor en constante estado de gracia (no me suelo reír en voz alta con las series, pero con esta, a carcajadas) y personajes inolvidables. Ya que estamos con los tópicos, un auténtico milagro.

Fleabag dice adiós. Pero como ocurre siempre que termina una serie, la vida sigue. En este caso, la nuestra y la suya continuarán en el mismo universo. Y aunque ya no la veamos, sabremos algo a ciencia cierta: Fleabag estará bien. Y nosotros también.

Crítica: Spectre

Daniel Craig

Daniel Craig vuelve a ponerse en la piel del agente 007, James Bond, después de tres entregas que han agitado la mitología alrededor del famoso personaje creado por Ian Fleming. Cuando da comienzo Spectre, la 24ª entrega de Bond, el personaje ya no trabaja “al servicio de su majestad”, sino que opera de forma independiente, ignorando las órdenes del nuevo M (Ralph Fiennes). Bond siempre se ha caracterizado por hacer las cosas a su manera, y en una época del cine de acción como la actual, en la que se imponen los supergrupos y el trabajo en equipo, él sigue insistiendo en ser un héroe solitario -sin contar la compañía femenina a la que necesita recurrir entre misiones, claro. Da igual el tiempo que pase y las reencarnaciones que experimente, Bond siempre será Bond.

Spectre es una película continuista. El director Sam Mendes y los cuatro (sí, cuatro) guionistas que han escrito el film han decidido convertir la historia en una especie de colofón de la era Craig. Esto no quiere decir que cierren la puerta a una quinta participación del rubio actor (aunque él ya se haya encargado de boicotearla en entrevistas). Es como cuando una serie clausura una temporada con un final lo suficientemente cerrado como para que sirva de conclusión en caso de ser cancelada y lo suficientemente abierto por si recibe una nueva temporada. De lo que no cabe duda es de que “James Bond regresará“, pero no sabemos hasta qué punto la siguiente entrega supondrá un nuevo reboot de la saga. Por eso, Spectre de momento funciona bien como desenlace, ya que en ella convergen las líneas argumentales de las tres anteriores, a través del enfrentamiento definitivo de Bond contra Spectre, la organización criminal detrás de los villanos de sus anteriores aventuras, presidida por el supervillano Franz Oberhauser, un Christoph Waltz en su salsa (eufemismo de “haciendo lo mismo de siempre”) eclipsado por Andrew Scott, que debería haber sido el Big Bad de la película.

Andrew Scott

Como es de esperar, Spectre está repleta de guiños y homenajes al universo Bond, no solo a las películas recientes, sino a sus más de 50 años en el cine. Esto hará las delicias de los fans del agente con licencia para matar, por supuesto, pero más allá de eso, la película ofrece pocos reclamos. Después de la oscuridad y la intensidad emocional de Skyfall, Mendes lleva a cabo una película más fría y mecánica, en la que, paradójicamente, no parece haber tanto en juego. Se trata de dos horas y media de lo mismo de siempre, pero esta vez con menos vida. La repetición de la fórmula no suele ser un problema en una saga tan asentada como esta, pero sí lo es que se ponga en práctica sin pasión. Y aquí falta pasión, falta la energía y el ardor de Casino Royale Skyfall. En ese sentido, Spectre se asemeja más a Quantum of Solace, al ser una historia menos trabajada y más ejecutada por inercia.

Lo que nos encontramos aquí es otra película de estructura episódica, construida a base de set pieces y “fases” de una gran misión que nos lleva de un lado a otro del mundo. De México D.F. durante el Día de los Muertos (fantástica secuencia de apertura de la que se obtiene la estética calaveritas de la campaña de marketing, pero que nada tiene que ver con el resto de la película) a Marruecos, pasando por Roma para una divertida persecución en coche y por supuesto Londres, donde tiene lugar el clímax. La acción es sobresaliente, como siempre, y algunas secuencias, como el prólogo o la brutal pelea de Bond contra Dave Bautista en un tren en marcha, elevan las cotas de adrenalina y espectacularidad. Sin embargo, el guion de Spectre está hecho a base de retales que se mantienen unidos a duras penas por un arco transversal algo confuso. Además, la historia resulta más superficial y previsible de lo que querríamos, dejando siempre a simple vista la tramoya que hay detrás del escenario. Se ven los trucos en todo momento, esa red que está en el sitio exacto para recoger a Bond de una caída mortal, ese coche pasando por la escena en el momento adecuado, esos personajes moviéndose en el tablero de la forma más conveniente. Cuando es para hacer comedia, funciona (Bond cayendo en el sofá), pero como ardid para resolver conflictos se le acaba viendo demasiado el plumero (se confían muchas cosas al azar, y al final no sentimos que haya verdadero peligro).

Daniel Craig;Lea Seydoux

Como decía al principio, Bond es un héroe solitario, deshumanizado, y Mendes ha respetado esta característica del personaje, como tantas otras que definen su universo. Sin embargo, sería interesante ver las reglas del mismo alteradas de verdad alguna vez. En Spectre se intenta explorar el lado vulnerable del agente hurgando en su pasado, pero no llega muy al fondo. Y esto ocurre en cierto modo porque esta vez los vínculos emocionales entre personajes no son tan importantes (uno de los puntos fuertes de Skyfall era la relación Bond-M/Judi Dench) y porque las chicas Bond de esta entrega vuelven a quedarse cortas comparadas con Eva Green. Léa Seydoux cumple con un personaje a medio camino entre la princesa en peligro y la chica de acción, pero cansa ver de nuevo a otro personaje femenino que al final solo está ahí para que Bond se haga el héroe y salve a la enésima mujer de su vida. Y no me hagáis hablar del papel de Monica Bellucci, que apenas sale en pantalla dos minutos para hacer de trozo de carne. La actriz italiana ha calificado a su personaje de “revolucionario”, porque, atención, esta vez Bond no se acuesta con una jovencita, sino con una mujer madura (casi de su edad, vamos). Qué triste. Vale que la misoginia, el edadismo y el carácter mujeriego forman parte de la personalidad y la leyenda del personaje, pero estaría bien que esto empezara a compensarse de verdad, escribiendo mejor a los personajes femeninos de la saga (Naomie Harris tampoco hace mucho) y rebajando el machismo redomado de Bond, que en Spectre alcanza cotas inaceptables para 2015.

En definitiva, Spectre ofrece todo lo que cabe esperar de una película de James Bond (elegancia, distinción y acción contundente por encima de todo) pero en esta ocasión hay menos cohesión en la historia y resulta todo demasiado rutinario, y en consecuencia, aburrido. Diálogos, desarrollo de personajes, giros argumentales, todo deja entrever cierto agotamiento y desgana, lo que pone de manifiesto la necesidad de renovarse una vez más. Craig ha sido (es) un gran Bond, pero ya es hora de pasar el testigo y darle un giro a la saga. Propongo un spin-off de Q, el (desaprovechado) personaje de Ben Whishaw, para hacer tiempo hasta que se dé con la forma de rescatar a Bond de las garras del cansancio.

Valoración: ★★★

Crítica: Locke

locke-tom-hardy

Con Dogville, Lars Von Trier desnudaba su cine de decorados y otros elementos de la puesta en escena, con un planteamiento que favorecía la imaginación del espectador, aproximándolo así más a la experiencia del lector que forma en su cabeza las imágenes que “lee”. Steven Knight, guionista de Promesas del Este, va un paso más allá con Locke, película que transcurre única y exclusivamente en una localización (un coche en marcha) y con un solo personaje físicamente presente, Ivan Locke (Tom Hardy). Solo a través de conversaciones por teléfono (manos libres) entre el protagonista y sus interlocutores, Knight construye un thriller inusual y arriesgado en la línea de Buried, un relato que se desarrolla casi íntegramente en la mente del espectador.

Con este sublime ejercicio de minimalismo, Knight propone una experiencia cinematográfica cruda, desprovista de las triquiñuelas visuales de las grandes producciones, un viaje imprevisible que requiere de una participación más activa por parte de la audiencia, poniendo a prueba su nivel de abstracción. Del éxito del experimento depende no solo la pericia narrativa del autor o su capacidad para atrapar la atención del espectador y no soltarla a pesar de las limitaciones que se autoimpone (ambos retos superados con creces), sino también de la predisposición y la paciencia de aquel que se suba al coche con Tom Hardy sin saber adónde va.

posterPEste enigmático y claustrofóbico road trip de Brighton a Croydon, sin paradas y en medio de la noche, es el viaje de una persona cuya vida da un giro de 180 grados durante el trayecto. Mientras Ivan, un jefe de construcción que supervisa una de las obras más importantes del país, comprueba inmóvil desde dentro de su vehículo cómo el mundo a su alrededor se desmorona, el espectador es testigo de las constantes transformaciones de la película. Esta comienza con el potencial de convertirse en cualquier cosa, y acaba quizás no como se esperaba, subvirtiendo las expectativas y disponiendo capas a la historia que acabarán desvelando cuál es el verdadero misterio de la película: el hombre que es Ivan Locke.

La intensidad que caracteriza a Locke se debe en gran medida a la ingeniosa ejecución de Knight, que se abastece de la esencia del suspense para realizar un trabajo brillante e hipnótico de drama e introspección psicológica. Pero sin duda, no funcionaría con tal precisión de no ser por la soberbia interpretación de Tom Hardy y un fantástico reparto de voces (Olivia Colman, Andrew Scott, Ruth Wilson, Tom Holland), que además de ayudar al espectador a proyectar el relato hacia fuera del coche para completar el puzle de Locke, aportan exquisitas notas de comedia y melodramaLocke se revela de esta manera como una obra íntegra y fascinante, un inquietante thriller que logra crear una intriga envolvente aun prescindiendo de los artificios propios del género.

Valoración: ★★★★

Sherlock – “His Last Vow” (3.03): Algo pasa con Mary

Sherlock

Sabíamos que Sherlock se marcharía este año con un gran bang. Y de hecho se ha marchado con dos. Para el tercer episodio de la temporada, “His Last Vow“, Steven Moffat acapara todo el trabajo de guión y firma un libreto cargado de referencias (más de lo habitual) al canon de historias de Sir Arthur Conan Doyle, y por supuesto, unas cuantas a su Doctor Who (en un momento del episodio, Sherlock llama a Mary “la mujer del doctor” por ejemplo). “His Last Vow” es todo lo que esperamos de un final de temporada de esta serie: giros, golpes de efecto, más giros y sorpresas, tramas retorciéndose y saltando, una filigrana narrativa que no es tan genial como Moffat cree, pero sí lo suficientemente efectiva como para tenernos en vilo una hora y media.

Después de dos capítulos decididamente cómicos (y caóticos), Moffat se pone un poco más serio, se centra y descarga de humor la tercera y última entrega de la temporada para adentrarse en territorio farragoso. El de los traumas y el origen de las patologías psicológicas (vemos a Sherlock de pequeño varias veces a lo largo del episodio), los miedos y los puntos débiles de sus personajes. “His Last Vow” trata en gran medida sobre la adicción, no solo la de Sherlock Holmes a las drogas, sino también su adicción a John Watson (su droga de reemplazo), y cómo no, la de John Watson a las personas psicológicamente dañadas que le engañan y lo ponen en peligro. En la secuencia inicial de los créditos (después del estupendo prólogo con Lars Mikkelsen y Lindsay Duncan) vemos a un Watson que no estamos acostumbrados a ver, al soldado, al experto en el combate cuerpo a cuerpo, al súper héroe que todos menos él sabemos que es. Para luego verlo retomar su puesto como sidekick de Sherlock y finalmente constatar -una vez más- que es un ser humano prácticamente perfecto en todos los sentidos (sí, como Mary Poppins). No hay suficientes elogios para Martin Freeman, que lo borda en todos los registros, siempre con una naturalidad y carisma que hace que su trabajo parezca el más fácil del mundo.

Sherlock

En “His Last Vow”, el pasado vuelve para atormentar a los protagonistas (hasta el último minuto, ya sabéis de qué hablo), pero también para consolarlos y ofrecerles refugio. Como si del Rosebud de Ciudadano Kane se tratase, se nos desvela el misterio de Redbeard, uno de los puntos débiles de Holmes que podemos leer en las gafas de Magnussen (este año han sacado el mejor provecho de los rótulos sobreimpresos en pantalla y otras argucias visuales). Y al igual que el trineo de Charles Foster Kane, este mcguffin de Sherlock nos lleva a la infancia del protagonista. Redbeard resulta ser el perro de nuestro detective, su “ancla” antes de conocer a John, que es otro tipo de cachorro. Mucho más oscuro y desconcertante es el gran secreto de Mary: la mujer de Watson es una ex asesina que trabajaba para la CIA y que planea matar a Charles Augustus Magnussen, el villano del episodio, para evitar que este destape sus secretos y arruine su nueva vida con John. Este impactante giro que cambia por completo la percepción que tenemos de Mary no está en el canon (obviamente Mary no era una agente de la CIA a finales del siglo XIX), pero sí está construido a partir de los datos biográficos, o más bien de la ausencia de datos y el misterio alrededor del pasado del personaje que ideó Conan Doyle.

La revelación de Mary (muy bien hilada y justificada a base de detalles que no percibimos en los dos episodios anteriores) nos desarma, nos enfada y nos decepciona (no queremos que le pase nada malo nunca a John), pero en última instancia sirve para reforzar los lazos de los tres personajes principales. La clave está en la escena más compleja e intrincada visual y narrativamente de lo que llevamos de serie, la del disparo de Mary a Sherlock (¿no os encantaría ver esta serie en el cine?) En ella Sherlock nos lleva a su “mind palace” (un lugar que, sorprendentemente, o no tanto, está habitado por personas a las que quiere), donde descubre no sólo que está en su mano burlar a la muerte siguiendo la lógica científica que ha aprehendido de Molly (grande Molly), sino también que Mary Morstan es una espía y el disparo era su única manera de salvar a dos personas por las que siente genuino amor. Esto lleva a John a perdonar a Mary por haberle ocultado su pasado, el cual no tiene interés en conocer. “Los problemas de tu pasado son asunto tuyo. Los problemas de tu futuro son privilegio mío”. Para, John. Por favor. Deja de ser tan perfecto. Duele.

John Watson His Last Vow Martin Freeman

Uno de los mayores defectos de Steven Moffat como guionista es abarcar mucho más de lo que debe. Sí, este es un problema que encontramos en todos los episodios de Sherlock (mejor eso que un “desarrollo estancado” de 90 minutos), pero resulta especialmente molesto y confuso en “His Last Vow”, saturado de flashbacks, capas de información y giros de guión. Aunque claro, si un episodio de Sherlock fuera sencillo y estuviera contado sin efectismo y engaño no sería Sherlock. Y seguramente no nos gustaría tanto. Además, lo mejor de esto es que todo acaba encajando de tal manera que los episodios anteriores adquieren nuevo sentido y la temporada mucho más empaque, por lo que la serie se presta enormemente a los revisionados.

Como no puede ser de otra manera, “His Last Vow” se guarda un gran giro para el final (y no, todavía no me refiero a eso). La cámara de los secretos de Charles Augustus Magnussen (actualización del villano sherlockiano Charles August Milverton interpretado a las mil maravillas por el hermano de Mads Mikkelsen) está en realidad en su mente, por lo que no hay manera de destruir las pruebas sobre el pasado de Mary si no es matándolo. Después de una escena incómoda y enervante como pocas he visto (Magnussen dando golpecitos con el dedo en la cara de John), Sherlock mata a su archinémesis de la semana, lo que lo convierte en un criminal (en la historia original simplemente no hacía nada por evitar su muerte). En manos de las autoridades (o sea, de su hermano Mycroft y su amigo Lestrade), Sherlock se ve obligado a aceptar una misión suicida como espía (y yo creía que se me habían acabado los espías con Nikita). La despedida de Sherlock y John resulta demasiado contenida pero cargada de emoción. Afortunadamente solo están separados 4 minutos. La próxima vez que vayáis a despediros para no veros nunca más, ¡arrimaos!

Sherlock 3x03 His Last Vow

¿Cuál es la razón para que Sherlock se baje del avión (cual Rachel Green) antes de despegar hacia su final? Ahora sí. Jim Moriarty. ¡Qué sorpresa! (ironía). Es prácticamente un hecho que Moriarty sigue muerto (nos lo aseguraron Moffat y Gatiss, aunque ya sabéis que de esos hay que creerse poco), y esto no es más que una provocación del villano de la cuarta temporada (los entendidos dicen que podría tratarse de Sebastian Moran), una distracción de Moffat para llamar la atención y asegurarse nuestro regreso, como si hiciera falta. Claro que con esta serie nunca se sabe qué retorcido y mágico plan nos aguarda a la vuelta de la esquina. Ahora ya sabéis lo que toca: mono. ¿Y cómo se sobrelleva el síndrome de abstinencia impuesta después de estos cortos pero intensos 12 días de Sherlock? Por mi parte yo recurriré a la droga de reemplazo de Holmes: Me voy a mirar gifs de John Watson muriéndose de celos porque su Sherlock se ha echado novia (qué alivio que lo de Janine fuera solo el despiadado plan de un psicópata, ¿verdad?). A ver si así aguanto hasta 2015. Nos vemos el año que viene en el 221b de Baker Street. Toodles!

Dates: Deseando amar

“Pregúntame algo. Lo que sea. Y te contestaré”.

La premisa es aparentemente sencilla. Dos personas quedan para una cita a ciegas a través de una web de contactos. Cada uno de los nueve episodios de Dates, serie de la británica Channel 4 creada por Brian Elsley (Skins), transcurre casi a tiempo real, con un formato similar al de In Treatment o la más próxima Him & Her. Veinte minutos en los que asistimos sobre todo a primeras, pero también a segundas citas, a encuentros, reencuentros y desencuentros, en los que somos testigos de la búsqueda (en muchos casos desesperada) del amor por parte de unos personajes que ya han ajustado sus expectativas al mundo real, que viven y luchan en el siglo XXI, que han comprobado que Cuando Harry encontró a Sally o Algo para recordar son, y siempre fueron, ciencia ficción.

La primera temporada de Dates presenta una estructura capicúa. En el primer episodio conocemos a Mia y David (Oona Chaplin y Will Mellor), con los que nos volvemos a reunir en el último. En los siete episodios que transcurren en medio, tanto ellos dos como el resto de protagonistas tienen varias citas con distintas personas, y por regla general estas acabarán yendo por el camino más sorprendente. Los personajes que aparecen en varios episodios (Mia, David, Stephen, Erica y Jenny) aportan una especie de hilo argumental que unifica la temporada, aunque cada uno de los capítulos es altamente independiente del resto. Sin duda un formato original y llamativo que se ajusta perfectamente a las ideas que pretende explorar y expresar la serie. A pesar de que no todos los episodios mantienen el nivel del primero (inmejorable carta de presentación), Dates supone un retrato muy agudo y completo de las relaciones en la era 2.0.

La mayoría de personajes de Dates son personas rotas, hastiadas, resignadas. Necesitan a alguien que les pregunte “por algo, por lo que sea”, que quiera verlos y aceptarlos por lo que son. Sin embargo, todos mienten y se ocultan tras un ‘disfraz de primera cita’. Mia (una magnética y fascinante Oona Chaplin, razón de sobra para ver la serie), por ejemplo, no usa su nombre verdadero, sino que se hace llamar Celeste. David dice que es abogado, pero en realidad es camionero. Ellie tiene 19 años, pero dice que tiene 25. Jenny es cleptómana, y obviamente, no se presenta dando esta información. Erica es lesbiana pero tiene citas con hombres para contentar a su familia. Claro que pronto todos ellos muestran esa imperiosa necesidad de despojarse de la máscara, de ser ellos mismos, y en última instancia, ser aceptados a pesar de sus defectos, y sus pasados. Para todos apremia el tiempo, y cuanto antes descubran si la otra persona es merecedora de una segunda cita, o una vida en común, mejor.

“Smartphones. Magia, ¿verdad? Hace unos años no podíamos saber que tú estabas equivocada y yo tenía razón”.

Este abrumadoramente sencillo pero certero comentario hace alusión a la pérdida de la espontaneidad que hemos sufrido por culpa de los teléfonos móviles. Recurrimos a ellos para responder preguntas y consultar dudas en un par de segundos, aniquilando así cualquier oportunidad de debate e intercambio de opiniones. Tenemos mucho que decir, pero vertemos todos nuestros conocimientos y pensamientos en el ciberespacio, dejándonos sin palabras en nuestros intercambios en el mundo real. En todos, absolutamente todos los episodios de Dates, las citas son interrumpidas por alguien que llama o escribe por el móvil a los personajes, en varias ocasiones poniéndolos en la disyuntiva de atenderlos o ignorarlos, y dejando caer así una sutil pero insistente reflexión sobre nuestra dependencia total del teléfono y cómo esto ha modificado por completo la experiencia social. En Dates, casi siempre el acompañante animará a que se atienda al móvil, pero será a regañadientes, juzgando, pensando “preferiría no estar aquí, conmigo, preferiría estar con la persona que le habla desde el otro lado”. O simplemente le parecerá una falta de educación, pero una recíprocamente aceptada, y tan asimilada por la sociedad que no tendrá mayor importancia pasados unos segundos. El móvil evita que nos perdamos de camino al restaurante donde hemos quedado, pero una vez hemos llegado, se convierte en nuestro peor enemigo.

Este es uno de los grandes aciertos de Dates, uno de los elementos que más claramente nos indican que estamos ante un producto contemporáneo que documenta nuestro tiempo con detallismo y ojo clínico. Una serie minimalista (pero muy cuidada estéticamente) que araña la superficie de las comedias románticas y se propone reinventar el género en un ejercicio de naturalidad y honestidad como pocos hemos visto últimamente. Dates da cuenta del nuevo cinismo y escepticismo con el que nos aproximamos a todos los aspectos de nuestra vida, y en concreto a la búsqueda del amor, de cómo han cambiado las cosas en veinte años (¿eran los 90 una burbuja que hemos explotado en el siglo XXI o lo de Friends pasó de verdad en algún sitio?). En una gran ciudad como Londres, llena de oportunidades y experiencias, millones de almas a la deriva buscan a alguien que ocupe el vacío que ni el éxito profesional ni Tumblr pueden llenar. Aunque el 3G lo haya jodido todo, Internet sigue siendo un buen lugar para dejar de estar solo. La ficción audiovisual nos ha inculcado el concepto de las “citas”, y en concreto el de las “primeras citas”, como algo puramente ficcional, sobre todo en España. Dates nos sugiere la posibilidad de convertirlo en algo real, de acudir a un encuentro y arrepentirnos de haberlo hecho, en lugar de lamentarnos por no haberlo intentado.