Crítica: La maldición (The Grudge)

Hace unos 20 años se originó en Japón un fenómeno cinematográfico que traspasó todas las fronteras: el J-Horror. Las películas de terror sobre fantasmas atormentados (y sus largas cabelleras negras) que aterrorizan a inocentes mortales se multiplicaron en muy pocos años, siendo The Ring la película que ha quedado como mayor exponente de aquella moda. Si hubiera que dar una medalla de plata a la popularidad esa sería para La maldición (Ju-onThe Grudge), película que, a pesar de ser realmente la tercera de la serie, catapultó a la fama a su director, Takashi Shimizu. Su éxito llevó a desarrollar varias secuelas y remakes, entre ellas uno americano protagonizado por Sarah Michelle Gellar, que el propio Shimizu dirigió.

En esta época de remakes y reboots en la que los estudios no dejan de rescatar franquicias del pasado, en 2020 vuelve Ju-on. La nueva versión viene de la mano de Nicolas Pesce, que dirige y escribe el guion. Viniendo de dirigir la muy interesante adaptación de la novela de Ryu Murakami Piercing (premio a la mejor interpretación masculina en el festival Nocturna 2018), y con el mismísimo Sam Raimi como productor, aumentaban las esperanzas de que la franquicia fuera relanzada con acierto.

En esta ocasión, no se trata de un remake plano a plano como con las versiones yanquis, sino que el film expande el universo de las películas originales conectando directamente con ellas al llevar la maldición a Estados Unidos a través de una persona que vuelve de una estancia en Japón a su hogar en Estados Unidos. Esto dará lugar a una serie de macabros asesinatos cuyas víctimas son los inquilinos que van ocupando el hogar a lo largo de dos años. La detective Muldoon (Andrea Riseborough), desoyendo los consejos de su compañero Goodman (Demián Bichir), empieza a investigar esos crímenes, acabando ella misma siendo acechada por los fantasmas del edificio.

A pesar de un arranque esperanzador, la película va perdiendo fuelle conforme avanza. Si bien Pesce cambia la dinámica narrativa que ya se ha repetido tantas veces, lo cual se agradece, la historia sigue siendo tan escuálida como en las originales japonesas. Empezando por las innecesarias sobreexplicaciones para despistados, siguiendo por el recurso fácil de la investigación policial, y terminando por que al final no deja de ser la misma película de siempre con los mismos sustos de siempre, acompañados de estridentes golpes de sonido con apariciones repentinas y efectos de suspiros cada vez que un fantasma pasa por detrás del plano. Lo hemos visto tantas veces que ya no surte efecto.

Y no solo no es original en ese sentido, sino que en su insistencia en el flashback, acaba resultando confusa y desorganizada, saltándose muchas reglas y dejando muchos agujeros a lo largo de sus escasos 90 minutos. Por el lado bueno, su apartado artístico sobresale especialmente. Los personajes, aunque basados en clichés, están interpretados por actores solventes que les sacan el máximo partido. La fotografía y el diseño de producción tienen un tono oscuro y sucio muy adecuado. Pero sin lugar a dudas, lo mejor y que hace que merezca la pena ir a verla, son los efectos de maquillaje, que por suerte, se alejan del acabado barato y amateur de las japonesas. Cuando no es digital por las exigencias de algunas escenas concretas, la violencia es muy cruda y realista, digna de los mejores momentos de Sam Raimi, quien sin duda imprime su personalidad en este aspecto. Gracias a esto, la gran Lin Shaye nos da las mejores escenas, que merecen ser vistas en la pantalla grande porque (sin desvelar más) son bastante bestias.

En definitiva, esta nueva Maldición es disfrutable, pero deja la sensación de oportunidad desaprovechada, ya que con sus elementos y el equipo que hay detrás, podría haber salido algo mucho más divertido y mejor. Una pena Raimi no la haya llevado un paso más allá como sí hizo con el brutal reboot de Evil Dead.

Daniel Andréu

Nota: ★★½

Mandy: El viaje lisérgico de Nicolas Cage

Hasta hace aproximadamente una década, Nicolas Cage era uno de los actores más populares y ubicuos del mainstream, pero tanto su carrera como su imagen pública se han ido transformando en algo inclasificable. Ya es un tópico, pero Nicolas Cage se ha convertido en un género en sí mismo. Excéntrico y autoconsciente en la elección de sus proyectos más recientes, el actor se ha labrado su reputación como icono del cine raro, resultando en un renacimiento artístico muy distinto al de Liam Neeson o Keanu Reeves, que se han reinventado como héroes de acción.

Cage ha abrazado al público del fantástico y la serie B con los brazos abiertos, potenciando así su naturaleza de personaje extravagante, cuya mera presencia ya desata vítores enfervorizados entre los aficionados al cine de género. Tras el desvarío irreverente y violento de Mom and Dad, a nueva Era Cage alcanza su máxima expresión con Mandy, de Panos Cosmatos, una auténtica experiencia sensorial que ha recibido el beneplácito más entusiasta por parte de la crítica y los fans del cine fantástico.

La historia gira en torno a Red Miller (Cage), un leñador que vive alejado de la civilización en medio del bosque junto a su mujer, Mandy (Andrea Riseborough). Su apacible existencia se ve interrumpida por la llegada de una secta ambulante, cuyo líder desarrolla una obsesión insana con Mandy. Dispuesto a hacerse con ella, él y su “familia” invocan a una banda de motoristas del infierno para raptarla. Es entonces cuando Red decidirá enfrentarse a la secta y sus secuaces demoníacos armándose hasta las cejas, para a continuación sumirse en una espiral de sangrienta venganza de la que no estará dispuesto a salir hasta acabar por completo con sus enemigos.

Mandy es dos películas en una. La primera mitad se podría describir como una tensa y alucinógena cinta de terror sobrenatural, mientras que la segunda se transforma en un thriller ultraviolento de venganza. Ambas partes juntas conforman la definición de “película de medianoche“, una pesadilla febril, intensa, extraña con espíritu heavy metal y un Nicolas Cage desatado en su recta final, en la que Cosmatos sube el volumen tanto de la acción como del humor. El resultado es una película que parece directamente sacada de un videoclub de los 80.

Lo más destacable de Mandy es sin duda su envolvente e inquietante atmósfera, que sume al espectador en un estado onírico del que se sale a golpe de motosierra. En este sentido juega un papel esencial la brillante banda sonora del tristemente fallecido Jóhann Jóhannsson (Sicario, La llegada), que crea un estado de ánimo permanente subrayando la intensidad y el desconcierto de lo que estamos viendo en pantalla. También marca un ritmo muy pausado, que puede volverse bastante pesado, sobre todo durante el primer acto.

Llegados al clímax de Mandy, el Nicolas Cage más loco y desenfrenado se ha hecho con la película, para descender a los infiernos bautizado en sangre. Aquí es donde Cosmatos descansa demasiado en el chiste fácil que la sola presencia del actor en su faceta más desquiciada proporciona. “Mira, Nicolas Cage ha cogido una sierra mecánica”, “Mira, Nicolas Cage se ha encendido un cigarro con ese cadáver en llamas”, “Mira, Nicolas Cage ha empuñado una espada legendaria“. Tiene su gracia, claro, pero no tanto mérito. Al final, Mandy se convierte en un festival violento de one-liners que opta por lo predecible. Es impactante, turbadora, delirante… hasta que decide darle al público justo lo que se espera de una película de Nicolas Cage.

Pedro J. García

Nota: ★★★