Crítica: Moonlight

Moonlight

“No dejes que los demás decidan quién eres”. Esta es la idea que recorre Moonlight, de Barry Jenkins, una conmovedora e inteligente historia sobre el amor, las raíces y el perdón que se ha erigido como una de las mejores películas del año. Avalada por críticas espectaculares y 8 nominaciones a los OscarMoonlight representa un cambio en el panorama de Hollywood, un cine mayoritario más abierto e inclusivo, que ha situado una cinta de “temática gay” protagonizada por un reparto casi íntegramente negro entre lo más destacado de la temporada de premios. Pero que no nos engañe este dato, Moonlight no está ahí para cumplir una cuota o enmendar errores del pasado, sino que ha llegado adonde está por méritos propios, por ser uno de los films más arrebatadoramente bellos y sensuales que hemos podido ver recientemente.

Moonlight es la historia de una vida. De una vida definida por los demás. La de Chiron, un muchacho negro de los suburbios de Miami que busca su lugar en el mundo mientras crece rodeado de problemas: una madre drogadicta, un padre ausente y acoso escolar por ser gay, mucho antes de que él mismo sea consciente de lo que esa palabra significa. Moonlight es la crónica de una vida, un viaje de autoconocimiento de la infancia a la adultez en el que observamos cómo alguien va moldeando su personalidad según sus experiencias, según las conexiones que realiza a través del camino, y siempre condicionada por el pasado, por la familia, la biológica (el lastre de una madre enferma) y la elegida (el refugio que supone encontrar a Juan -Mahershala Ali- y Teresa -Janelle Monáe). Contada en tres secciones que corresponden a tres etapas distintas de la vida de Chiron (infancia, adolescencia, vida adulta), Moonlight lleva a cabo una inspirada reflexión sobre la identidad y la masculinidad cargada de poesía y emoción.

La forma en la que Jenkins trata a la historia y los personajes denota un profundo respeto y amor por lo que está contando. Salta a la vista que se trata de un trabajo personal, un relato procedente de las entrañasMoonlight nos da a conocer a un cineasta de una sensibilidad a flor de piel, un director con tanta buena mano para profundizar en los sentimientos de sus personajes como para exteriorizarlos a través de una puesta en escena que acaricia los sentidos. Todo en la película está cuidado con sumo cariño para arropar al espectador en una experiencia profundamente íntima y reveladora. La vibrante fotografía de James Laxton, que juega con los tonos cromáticos (azules y violetas asaltándonos en la oscuridad) para regalarnos unas noches cinematográficas de ensueño, la magnífica banda sonora de Nicholas Brittell, salpicada de momentos musicales que remiten al mejor cine de Almodóvar y Wong Kar-wai, y una cámara que sabe siempre dónde ponerse para hacernos sentir, componen un sobresaliente ejercicio de estilo que nunca sacrifica lo que está contando a favor de la estética. En parte gracias también a la increíble labor de su reparto: la magnética presencia de Mahershala Ali, la calidez reconfortante de Janelle Monáe y la desgarradora interpretación de Naomie Harris. Sin desmerecer a los actores jóvenes, en cuyas interpretaciones descansa la mayor parte de la película.

En Moonlight acompañamos a Chiron, excelentemente encarnado en respectivas etapas biográficas por Alex R. HibbertAshton Sanders y Trevante Rhodes, en un recorrido que le lleva de la desorientación y el desamparo de una infancia difícil hasta una juventud criminal, resultado directo de sus vivencias. Y en el centro, una historia de amistad, deseo y exploración. Una cuya aceptación con todas sus implicaciones representa el final de un trayecto y el inicio de otro. Jenkins nos narra la relación entre Chiron y Kevin a base de momentos casuales, enriquecida por los silencios y los roces, por una desbordante tensión sexual, y culminante en una escena final entre Trevante Rhodes y André Holland en la que las miradas y el lenguaje corporal cuentan lo que miles de palabras no son capaces de expresar. Una conclusión que, si bien parece contenerse demasiado al privarnos de una catársis romántica, resume perfectamente el camino de Chiron y el discurso de la película sobre la identidad.

Moonlight

Moonlight nos cuenta una historia de crecimiento y superación con la particularidad de situarla en la comunidad negra, donde la homosexualidad encuentra más obstáculos que en otros entornos. A través de Chiron y de las personas que dan forma a su personalidad, interpretados por un elenco de talento inconmensurable, Jenkins nos habla de los corsés que oprimen y de la necesidad de liberarnos de los prejuicios, de perdonar a quienes nos fallaron (incluidos nosotros mismos) para decidir ser quienes queremos ser, y no quienes los demás esperan que seamos. Una valiosísima lección de vida convertida en la más hermosa de las experiencias cinematográficas.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

American Horror Story Roanoke: Una nueva pesadilla

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Este año pocos artículos tipo “Todo lo que sabemos de…” os habréis encontrado con respecto a la sexta temporada de American Horror Story. Y si habéis visto alguno, poco o nada os habrá desvelado de la nueva iteración de la exitosa serie de FX, porque toda información sobre su historia, reparto, personajes, subtítulo y tema central se ha mantenido bajo estricto secreto hasta la mismísima noche del estreno en Estados Unidos. Esa ha sido la ingeniosa base de la campaña promocional del regreso de AHS, hecha este año más que nunca para confundir y despistar. Hasta 36 teasers con un centenar de referencias a películas de terror que han hecho que Internet se estruje la sesera para adivinar de qué iba este año la serie. Un esfuerzo en vano, porque como decía, todo ha sido un señuelo, un juego para aumentar la expectación y obligar al espectador a acudir a la inauguración para ser testigo de la retirada del velo.

La sexta temporada de American Horror Story se estrenó el pasado 14 de septiembre, y para sorpresa de todos los que esperábamos una nueva locura desfasada al estilo de las anteriores, la serie de Ryan Murphy y Brad Falchuk regresaba con un formato novedoso, muchos cambios, y un título… que no nos quedaba claro de buenas a primeras: American Horror Story: My Roanoke NightmareMy Roanoke Nightmare: An American Horror Story, o como la conoceremos oficialmente American Horror Story: Roanoke. La confusión reinaba durante la season premiere, porque nos encontrábamos con algo radicalmente distinto a lo que habíamos visto en las decepcionantes Freak ShowHotel. Además del cambio de estilo, esta temporada tendrá menos episodios, diez en concreto, haciendo que la historia se cierre antes de Acción de Gracias y evitando así el parón de Navidad. Por otro lado, los episodios se titulan simplemente “Chapter 1”, “Chapter2″… y no hay títulos de crédito propiamente dichos. Está claro que después del exceso de las anteriores temporadas, Murphy y Falchuk han optado por simplificar, por el “menos es más” (les habrá costado la vida), y el resultado, aunque desorientador, es muy refrescante dentro del universo AHS.

Al menos esto es lo que ocurre en el primer episodio de la temporada, que viene con un formato interesante. Roanoke está rodada al estilo del falso documental, en la tradición de los seriales de crímenes reales. En ella, los protagonistas “reales” de la historia narran su terrorífica experiencia en la colonia de Roanoke, con testimonios mirando a cámara, mientras que por otro lado vemos una reconstrucción ficticia de los hechos con actores. Los primeros están interpretados por Lily Rabe, André Holland y Adina Porter, mientras que sus alter egos ficticios están encarnados respectivamente por Sarah Paulson, Cuba Gooding Jr. y Angela Bassett, que protagonizan la recreación de los eventos para el documental My Roanoke Nightmare. Al principio puede resultar bastante desconcertante ver a estas parejas de actores interpretando al mismo personaje, pero eh, aunque venga con un envoltorio distinto, esto es American Horror Story, y no sería la misma serie sin su buena dosis de meta.

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Roanoke es en realidad un sencillo regreso a los orígenes de AHS que nos recuerda a la primera temporada de la serie, Murder House, la que (nunca mejor dicho) puso los cimientos de este universo en constante expansión y cada vez más conectado. La historia de Roanoke también parte de una mudanza, la de un matrimonio que se va a vivir a Carolina del Norte, concretamente a un viejo caserón situado en medio de un tenebroso bosque y cuyos vecinos más cercanos son una familia de rednecks que no les dan la bienvenida más cálida precisamente. Es decir, el destino ideal para empezar una nueva vida. Allí, Shelby Miller (Paulson), prototípica blanca privilegiada yogamaníaca, empieza a experimentar acontecimientos extraños en ausencia de su marido, amenazas terroríficas y presencias fantasmales fuertemente ligadas a la tormentosa historia del lugar. Comienza el clásico dilema: huir de allí o reclamar el lugar como “nuestra casa” y no dejarse intimidar (para que la serie continúe). Se han gastado todos sus ahorros en ella, así que la decisión se toma sola. Está claro: nos quedamos.

Así comienza Roanoke, una temporada que, a priori, parece haberse acordado de que también puede dar miedo y recurrir al terror tradicional, un elemento que en los tres años anteriores ha brillado por su ausencia en la serie la mayor parte del tiempo. En “Chapter 1” hay claros (por no decir atronadores) ecos de El proyecto de la bruja de BlairLa matanza de Texas, películas que, como Roanoke, hunden sus raíces en la América más profunda, la del folklore colonial y los paletos de dentaduras carniceras rodeados de moscas, y en las que la serie se inspira para definir su imaginería decididamente macabra (el hombre con cabeza de cerdo, cadáveres de animales, la lluvia de dientes). Es decir, aunque sea muy pronto para sacar conclusiones, Roanoke es por ahora la temporada de AHS más “American” y más “Horror”. Pero es que se podría decir que es incluso la más “Story” en mucho tiempo. Ya sabemos que las series de Murphy suelen divagar my pronto y, con alguna excepción, acaban perdiendo el norte. Pero Roanoke parece más interesada en narrar la historia de forma más tradicional, ciñéndose únicamente a lo necesario. El buen resultado de American Crime Story y la decepción del público ante las anteriores temporadas de AHS parece haber empujado a Murphy a reformular su serie antológica de forma inteligente y oportuna. Quizá por eso la carta de presentación de Roanoke es tan austera y la temporada comienza con solo tres personajes principales (con breve y contundente primera toma de contacto con los de Kathy Bates y Denis O’Hare, que prometen), sin violentos saltos temporales o geográficos, sin número musical (todavía). Lineal, sobria, contenida.

Aunque la confusión aun nos dure y no debamos comernos de vista a la serie con un solo capítulo, el primer episodio de Roanoke ha hecho algo de manera formidable: presentar una historia atractiva sin gastar demasiados cartuchos, recordarnos que se puede pasar miedo viendo una serie y dejarnos con ganas de saber qué pasa después. Un arranque sólido e intrigante para una serie que necesitaba urgentemente un cambio de dirección.

The Knick: Observando las entrañas de la quality television

The Knick

Llevamos muchos años hablando de Edad Dorada de la Televisión, cuando está más que claro que ya no hay necesidad de referirnos a/defender la televisión con esa coletilla. La ficción de calidad es norma, y lleva siéndolo de forma ininterrumpida 15 años. Además, en 2014, la frontera entre cine y televisión está más difusa que nunca. No solo porque ambos medios ya gozan por lo general de similar nombradía, sino porque los formatos se están intercambiando (temporadas breves, binge-watching, remakes, miniseries y sagas de cine en capítulos, con cliffhangers, etc.), dando lugar a una era de total simbiosis entre los dos. En este panorama llega The Knick. Y esta serie de Steven Soderbergh para el semi-desconocido canal de WB/HBO Cinemax no es solo una perfecta representante de estas tendencias, sino también la prueba fehaciente de la enorme sofisticación que ha alcanzado la televisión. Este año nombramos True DetectiveFargo para hablar de nueva quality television, y la estela de Breaking Bad sigue viva, por supuesto, cuando lo cierto es que The Knick es quizá la ficción que más ha hecho avanzar al medio en 2014.

The Knick transcurre en el Nueva York de comienzos del siglo XX y nos abre las puertas del hospital real The Knickerbocker, fundado en 1894, donde el doctor John Thackery -un entregado Clive Owen– lleva a cabo innovaciones científicas en pos del avance de la medicina moderna y la gloria profesional. En “El Knick”, el apelativo cariñoso que recibe el hospital, asistimos como público a operaciones quirúrgicas (carnicerías en muchos casos) que se caracterizan por las condiciones rudimentarias de las instalaciones y el aparataje médico de funcionamiento manual, y que resultan en su mayoría en la muerte del paciente (nada que ver con lo que suele ocurrir en las series de médicos actuales). Sin embargo, los avances de principios de siglo, incluyendo la implantación de la luz eléctrica, alumbran una nueva era para la medicina. En este contexto de cambio y ebullición científica del salto de un siglo a otro se desarrollan también transformaciones sociales relacionadas con el racismo y la segregación, el aborto clandestino, la precariedad y el sistema de clases, o el papel de la mujer en la sociedad, temas que The Knick también aborda con espectacular osadía y precisión.

Owen da vida a un personaje que se acomoda en el arquetipo del antihéroe televisivo en la tradición de Walter White o Don Draper (o Gregory House, con el que guarda más de una similitud), un doctor brillante con complejo de Dios y adicto a la cocaína (empleada legalmente como medicamento en aquella época), cuyo turbio descenso a los infiernos servirá como arco central para la temporada. Sin embargo, Thackery posee pocas cualidades redentoras más allá de su brillantez y el punto de vista desde el que está construido no facilita la admiración del espectador, lo que lo convierte en un personaje desprovisto de heroísmo. Esta cualidad es reservada para otros personajes, como el doctor Algernon Edwards (fantástico André Holland), médico negro del mismo rango profesional que Thackery (y más habilidoso que él), relegado al sótano del hospital, donde atiende a pacientes negros de forma clandestina. La tensión entre el personal médico del Knick y el doctor Holland va in crescendo a lo largo de la temporada, hasta que estalla durante una revuelta racial en la que es una de las horas más apasionantes y enervantes que nos ha dado la televisión este año (“Get the Rope”, 1.07).

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Podemos encontrar lirismo en las imágenes de The Knick, así como en sus diálogos. También hay sórdidos pasajes que reproducen fielmente la sensación real de estar atrapado en una pesadilla. Sin embargo, la mayor parte del tiempo, la serie transcurre sin florituras excesivas, con personajes que esconden más de lo que muestran y una constante e insoportable tensión contenida, a la que contribuye la magnífica banda sonora anti-nostálgica de Cliff Martinez (Drive), formada por opresores cortes electrónicos que funcionan como pulsaciones cardíacas. El contraste anacrónico de la música de sintetizadores con las imágenes de Soderbergh da resultados excelentes, y atribuye gran empaque e identidad a la serie, pero éste es solo uno más de los elementos de una obra tan sobria como técnicamente imponente: iluminación natural habilidosamente utilizada para representar los claroscuros de la historia, oscilación entre planos detalle (con los que la serie nos muestra las operaciones más realistas de la tele, para desmayo de los aprensivos) y sostenidos planos generales que nos alejan a los personajes y desplazan la atención exclusivamente a los diálogos; y sobre todo unos apabullantes planos secuencia (True Detective se lleva la fama y The Knick carda la lana) en los que la prodigiosa cámara de Soderbergh (su escalpelo particular) se mueve de manera orgánica e inquisitiva, siguiendo la acción e introduciéndonos en el relato como pocas series lo han hecho hasta ahora.

The Knick lleva el término “televisión de autor” hacia otro nivel, ya que los diez episodios que conforman su primera temporada están dirigidos por Soderbergh (siguiendo el ejemplo de True Detective). En otras series, el showrunner orquesta a un equipo que se encarga de mantener la uniformidad de la serie a lo largo de sus capítulos, normalmente sin importar quién esté en la silla del director. En The Knick, Soderbergh rueda los diez episodios como si fueran realmente diez partes de una larga película. De la misma manera, el guión de casi todos los capítulos está escrito por los creadores de la serie, Jack Amiel y Michael Begler (Steven Katz se ocupa de dos mientras que el tándem escribe el resto), lo cual imprime a la obra una cohesión y unidad narrativa que sin duda salta a la vistaThe Knick es una serie austera, cruda, de impecable ambientación en contraste con los minimalismos dramáticos de los personajes, una obra que antepone el realismo a la pompa y la sobre-escritura de algunas series actuales, sin sacrificar por ello el virtuosismo técnico, hallando en su parco y contundente lenguaje la clave para el siguiente capítulo de la ficción televisiva.