Mi verano de serie (Primera parte)

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El verano se acaba, y con él los días de libertad. No solo para aquellos que regresan a la rutina laboral o estudiantil después de unas merecidas vacaciones, sino también para los seriéfilos que hemos aprovechado la tranquila temporada estival para ponernos al día con nuestras series. Las altas temperaturas, la escasa oferta cultural y la cartelera más pobre que se recuerda en varios veranos han contribuido a que muchos nos quedemos en casa pegados a la(s) pantalla(s). Aunque la verdad es que no nos hacen falta esas excusas para hacerlo.

Hace unos años, el verano era sinónimo de sequía catódica. Tanto en Estados Unidos como en España, las cadenas suelen programar repeticiones o volcar series de relleno o de menor prestigio en su parrilla. Pero de un tiempo a esta parte, los veranos también albergan series de calidad y productos que no palidecen ante los estrenos de temporada alta. En la era de la Peak TV no hay descanso para el seriéfilo, como ha demostrado sobre todo la poderosa presencia de Juego de Tronos Twin Peaks. Aun así, la cosa sigue estando más serena en los meses de julio y agosto, lo que me ha permitido alternar estas y otras ficciones de estreno con series que llevaba tiempo queriendo ver/continuar/terminar. En algún caso, más de una década.

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Aunque los termómetros nos contasen otra historia, este verano ha sido el más invernal de la historia. Juego de Tronos ha acaparado casi toda la conversación seriéfila de los últimos dos meses. La serie de HBO ha batido récords de audiencia y nos ha tenido en vilo durante siete semanas en las que se ha librado una batalla campal no solo en Poniente, sino también entre sus divididos fans en Internet. Yo ya expresé mi opinión sobre la “nueva” Juego de Tronos en este artículo para eslang, y he hablado tanto del tema en redes sociales y en la vida real que lo doy por zanjado hasta que la serie vuelva con su última temporada. Antes, solo una cosa: FINALAZO. No, espera, dos: CULAZO.

El buque insignia de HBO se ha hecho tan grande que apenas ha dado oportunidad al regreso televisivo más importante de los últimos años (de la historia si me apuras), el de Twin Peaks. Sobre los primeros capítulos del revival de la serie de David Lynch y Mark Frost ya hablé largo y tendido aquí, y lo cierto es que, dos meses después, me reafirmo en todas y cada una de las palabras que escribí.  Si estas últimas semanas han servido para algo es para recordarnos que no hay (y no habrá nunca) nada como Twin Peaks, ni nadie como David Lynch. La recta final de “The Return” está siendo monumental, una descarga eléctrica para los sentidos en la que no está faltando el magnífico humor lynchiano, el terror más inquietante o la emoción a flor de piel. Y es que Lynch sabe cómo jodernos la cabeza, cómo provocarnos pesadillas, pero también cómo enternecernos y hacernos llorar (“Goodbye, Margaret”). A falta de ver el final de “The Return”, solo me queda darle de nuevo las gracias por todo lo que me ha dado este verano, y toda la vida.

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Otra serie de estreno que he llevado al día este verano es Preacher, la ficción de AMC que adapta (libremente) el cómic de Vértigo, y que en su segunda temporada ha dejado el pueblo de Annville para emprender un viaje en carretera y poco después reubicarse en Nueva Orleans. La primera temporada de Preacher estuvo bastante bien, pero en realidad no fue más que un largo preámbulo, una introducción a la serie que este año por fin ha empezado. Esta temporada tiene más humor, más acción y una trama más retorcida y cercana a los cómics, pero a pesar de esto sigue sin encontrar su voz del todo. Aunque empezó con buena letra, la serie ha vuelto a quedarse estancada y perder un poco el norte, con capítulos que difieren bastante en calidad (está claro que es hora de dejar Nueva Orleans), pero su continuado empeño en sorprender y provocar, y sobre todo la presencia de Joe Gilgun, hacen que salga siempre a flote. El vampiro Cassidy es lo mejor de Preacher y mientras él esté en la serie, no importa tanto que esta no logre ubicarse.

Este verano también ha sido el de The Defenders, el esperadísimo crossover de las series de Marvel y Netflix que se ha saldado con un recibimiento más bien tibio por parte de crítica y público, y ha sido eclipsado en la conversación online por Juego de Tronos. En mi entusiasta crítica a los primeros cuatro episodios os conté lo mucho que había disfrutado la primera mitad de la serie, pero vista entera, he de reconocer que pierde fuelle a medida que avanza, y termina con un desenlace correcto pero demasiado light para toda la expectación que había depositada en ellaThe Defenders ha sido más bien como una temporada breve de Daredevil, solo que con el aliciente de ver a los superhéroes juntos en pantalla. Aun así, yo la he disfrutado mucho. Me ha parecido entretenida, compacta (qué bien que no haya apenas relleno), repleta de buenas secuencias de acción y peleas para quitarnos el mal sabor de Iron Fist, y con Jessica Jones siendo básicamente lo mejor. Puede que esperásemos más, pero se ha mantenido fiel al estilo de las series individuales y nos ha dado un producto final más que digno. Ah, una cosa más: no sé vosotros, pero yo sigo esperando a que ese ascensor caiga…

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La comedia también ha tenido cabida en mis tardes pegado al televisor y al aire acondicionado. El verano empezó con GLOW, serie de las creadoras de Orange Is the New Black (por cierto, qué atrasada la llevo y qué pereza me da retomarla) que no ha sido un knockout en su primera temporada, pero tiene potencial de sobra para serlo más adelante (os cuento más aquí). De Netflix también he visto Wet Hot American Summer: Ten Years Later, y me ha parecido la mejor entrega de esta saga absurda y excesiva hasta la fecha. Nunca fui fan de la película (como muchos otros, descubrí su existencia a raíz de que Netflix anunciara su precuela en forma de serie), y a pesar de sus puntazos, First Day of Camp no me hizo demasiada gracia, pero esta secuela ha subido el listón y me lo he pasado en grande. Merece una mención especial ese magnífico desenlace con 80 finales falsos. Deliciosamente meta.

People of Earth ha vuelto con su segunda temporada, y aunque le pasa como a Brooklyn Nine-Nine, que no logra sacar todo el provecho que debería a su premisa, es una serie muy curiosa que merece un poco más de atención. Teniendo detrás a los responsables de The OfficeParks and Recreation, sorprende que esta serie no sea tan abiertamente cómica y ponga más énfasis en el misterio y el drama de los personajes, pero supongo que es lo que pide la historia. Podría ser más interesante, pero es lo suficientemente buena y original como para mantenerme enganchado, y totalmente recomendable para los fans de las series mencionadas. Un buen acompañamiento para otra comedia reciente de similares características, The Good Place.

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Y hablando de enganches… Tenemos que hablar de Younger, comedia del creador de Sexo en Nueva York, Darren Star, que va ya por su cuarta temporada y que estoy seguro de que a muchos y muchas os encantaría si supierais de su existencia (para eso estamos aquí). La historia va sobre una madre divorciada de 40 años (la gran Sutton Foster) que se hace pasar por millennial para conseguir trabajo en una importante editorial de Nueva York y debe mantener su fachada de veinteañera para evitar quedarse en la calle. Dejémoslo claro, Younger es una gran tontería, pero es de esas tonterías que le alegran a uno el día, ya sea por su humor desenfadado y picante, por sus adictivas tramas románticas o por la agradecida presencia del encantador Nico Tortorella, siempre dispuesto a quitarse la camiseta y siempre exudando química con cualquiera que se le ponga por delante. Younger es la definición del (mal llamado) placer culpable, un dulce que no amarga a nadie y que siempre apetece.

También me he puesto al día con otras comedias más “serias”, o más de prestigio, que al fin y al cabo son sinónimos (“¿Desde cuándo las comedias son dramas de 30 minutos?”-Billy Epstein). Insecure, la serie de HBO creada por Issa Rae, está arriesgando más y como consecuencia dejándonos una tanda de capítulos más irregular que el año pasado. Algunos alcanzan cotas altísimas de brillantez y otros (como el de la mamada) nos muestran que todavía le queda para afianzarse. Aun con todo, Insecure es una de las series más frescas, divertidas y atrevidas que hay actualmente en antena.

Todo lo contrario que Casual, una de esas dramedias sobre treinta y cuarentañeros a la deriva que no ofrece absolutamente nada que no hayamos visto en cientos de ocasiones. Lo siento, Casual, pero no eres tan profunda e interesante como crees. Dentro de este mismo subgénero se encuentra Amigos de la universidad, y aunque esta opinión va a ser impopular, me parece bastante superior a Casual, sobre todo porque es menos pretenciosa. Sí, es tremendamente inconsistente y un caos tonal, pero también lo suficientemente divertida como para verla en una o dos sentadas con facilidad, y además, tiene un reparto fantástico. Netflix la ha renovado para una segunda temporada y no os voy a engañar, tengo ganas de seguir conociendo a este tóxico sexteto de adultos estancados y ver en qué disfuncionales aventuras se meten el próximo verano.

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Para terminar, tengo que recomendar encarecidamente otra comedia, Difficult People, una joya absoluta que por desgracia todavía no emite ninguna cadena o plataforma en España (lo cual se entiende, porque es una serie muy localista y llena de referencias a cosas poco conocidas fuera de Estados Unidos). Creada por Julie Klausner y protagonizada por ella y Billy Eichner (aquí rebajando el histrionismo de su trabajo en Parks and Recreation Billy on the Street), Difficult People es actualmente la comedia más irreverente, salvaje y cáustica que hay en televisión. Klausner y Eichner dan vida a dos cómicos en paro que intentan triunfar en la escena neoyorquina, pero se autoboicotean constantemente con su actitud ponzoñosa y despreciable. Ellos se han definido en varias ocasiones como Will y Grace, pero en peores personas (que ya es decir, porque Will y Grace son bastante lo peor), y no podía ser una descripción más certera. Klausner y Eichner no dejan títere con cabeza con sus venenosas pullas a los famosos (Woody Allen, Ryan Murphy y Kevin Spacey se llevan golpes sin piedad en casi todos los capítulos) o sus críticas a otras series y películas (Julie escribe recaps de televisión, así que imaginaos), haciendo de la serie uno de los análisis más sinceros y certeros de la cultura popular. Claro que puede que a mí me guste tanto porque en el fondo me veo reflejado en ellos. Quizá no sea algo de lo que presumir, pero Difficult People es todo lo que se me pasa por la cabeza hecho serie, y Julie y Billy son la voz de mi peor yo, lo cual resulta en una experiencia televisiva egocéntrica y divertidísima.

Hasta aquí mi primera parte del repaso a las series que he visto estos meses. Sí, han sido tantas que me he visto obligado a dividir el especial en dos partes para no desesperaros. En breve publicaré la segunda parte. Mientras, contadme qué series habéis visto vosotros para evitar salir a la calle y/o socializar este verano.

Preacher: Predicando una promesa

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Preacher era uno de los estrenos televisivos más esperados de la temporada. Rodeada de mucha expectación, tanto por parte de los fans del género fantástico y los cómics, como de los serieadictos, la nueva serie fantástica de la cadena AMC por fin se ha manifestado en su forma corpórea. Preacher llega para inaugurar por todo lo alto la temporada estival y la cadena tiene muchas esperanzas depositadas en ella, ya que necesita encontrar un éxito que no esté directamente relacionado con su buque insignia The Walking Dead. ¿Conseguirá AMC la repercusión esperada con Preacher? De momento su piloto no tuvo malos índices de audiencia, pero tampoco fueron para tirar cohetes, así que queda esperar a ver si es capaz de atraer a un público fiel, para que el boca-oreja haga el resto. Ingredientes para conseguirlo no le faltan, eso seguro.

Preacher está basada libremente en los cómics de Garth Ennis y Steve Dillon pertenecientes al sello Vertigo de DC, y conocidos en España bajo el título de Predicador. Detrás de la serie se encuentra el tándem creativo formado por Seth Rogen y Evan Goldberg, que cambian considerablemente de tercio después de haber trabajado juntos en numerosas comedias ‘gamberras’, desde Lío embarazoso hasta la próxima La fiesta de las salchichas, pasando por 50/50Juerga hasta el fin. Con Preacher Rogen y Goldberg abandonan el humor fumado y la crisis de los 30-40 para contar la historia de Jesse Custer, pastor de un pequeño pueblo de Texas que regresa a su comunidad después de haberle fallado varias veces y es poseído por un ente demoníaco que lo convierte en un ser todopoderoso.

El piloto de Preacher plantea la historia y los personajes de forma un poco deslavazada y con un ritmo irregular, pero es normal, se trata de un primer capítulo, una introducción a un universo del que todavía nos queda mucho por saber. Y la experiencia nos dice que es preferible que un piloto nos deje con ganas de más a que una serie despliegue todo su arsenal demasiado pronto. De momento se nos ha dado a conocer la premisa y se nos ha presentado a los personajes principales, Custer, un religioso poco convencional interpretado por un Dominic Cooper ‘humeante’ y muy atinado (hemos visto poco, pero de momento parece todo un acierto de casting), su ex, Tulip (Ruth Negga), que tiene la presentación más explosiva (literalmente) del episodio, y Cassidy (muy divertido Joseph Gilgun), vampiro irlandés que aporta el alivio cómico principal de la serie (qué ganas de verlos a los tres juntos en acción). Claro que, además de este trío de ases, el piloto de Preacher nos da la bienvenida a la sofocante Annville, Texas, en la que sus habitantes forman un microcosmos que recuerda en cierto modo a la entrañable Bon Temps de True Blood, y no solo por el acento redneck de Texas, similar al de Louisiana, o el ambiente caluroso del pueblo (aquí árido y asfixiante), sino también por el tono, la violencia y la manera de introducir los elementos fantásticos de la historia. Solo faltan los desnudos y el sexo, pero tiempo al tiempo (aunque mejor no esperar demasiado de AMC en este sentido).

Preacher 2

Está claro que Preacher no aspira a la locura camp de True Blood, pero a juzgar solo por el piloto tampoco se queda muy lejos, postulándose como un pasatiempo veraniego brutal e irreverente, como lo fue durante un tiempo la serie de HBO, solo que mucho más ambicioso y adaptado a la imagen de AMC. La primera hora de Preacher nos deja altas dosis de violencia gráfica, sangre, vísceras y huesos rotos, una llamativa fauna de personajes (qué adorable Caraculo), y mucho estilo en la puesta en escena. Todo lo que cabe esperar de una serie basada en una novela gráfica ‘para adultos’ como Predicador, sin entrar a valorar su grado de fidelidad al material de referencia -algo que debería darnos igual si la serie funciona, y de momento, Preacher funciona. Como decía, la historia da sus primeros pasos de una forma algo caótica, pero esto es habitual en la mayoría de series (especialmente las de esta cadena), que tardan unos cuantos capítulos en enderezarse y encontrar su voz definitiva. Lo importante es que la serie tiene potencial de sobra para enganchar, y su carta de presentación promete un producto muy potente y divertido.

Algo me dice que Jesse Custer va a darnos muchas alegrías, y que la serie nos va a dejar con la boca abierta en más de una ocasión. Si juega bien sus cartas, Preacher podría tener mucha cuerda y convertirse en una serie fantástica imprescindible. Esperemos que sepa aprovechar su materia prima para darnos algo más que shock value y nos deje un producto con el que merezca la pena sermonear a los demás para que lo vean.

Cuatro nuevos dramas televisivos que merecen vuestra atención

No todo en este mundo va a ser Jessica Jones. Este artículo debería haberse titulado “Cinco nuevos dramas…”, pero he preferido dedicarle una entrada aparte al pelotazo de Marvel/Netflix (para la semana que viene, que me quedan unos pocos episodios). Como Jessica Jones ya la habéis visto, la estáis viendo o la conocéis pero no os interesa, hoy os cuento mis primeras impresiones sobre cuatro series dramáticas recientes de las que no se está hablando tanto y que merece la pena descubrir. Cuatro series con premisas muy interesantes, facturas excelentes y potencial para convertirse en dramas muy a tener en cuenta esta temporada. Pasen y lean.

London Spy

London Spy

Se trata de uno de los dramas británicos más destacados del año, una serie que no está haciendo demasiado ruido, pero está generando un fandom muy dedicado y apasionado. Y es que London Spy tiene los dos ingredientes principales para encantar al público fan: es de BBC y tiene un romance gay. Con lo que le gusta a la audiencia más shipper imaginar historias de amor entre sus personajes masculinos favoritos (Will y Hannibal, Sherlock y Watson, Steve y Bucky), aquí el trabajo se da ya hecho, con una de las relaciones entre dos hombres más interesantes y cautivadoras de la televisión actual.

London Spy cuenta la historia de Danny (Ben Whishaw), un muchacho hedonista con pasado atormentado que frecuenta la noche del exceso londinense, y Alex (Edward Holcroft), un joven superdotado y antisocial que trabaja en una banca de inversiones, dos hombres de vidas opuestas que se enamoran y viven una hermosa y ardiente aventura (que experimentamos con toda su pasión y erotismo en el primer episodio). Hasta que un día Alex desaparece sin dejar rastro. En su búsqueda por descubrir qué le ha ocurrido y por qué lo ha abandonado, Danny destapa un secreto que cuestionará todo lo que sabía de su pareja: Alex es en realidad un espía del Servicio de Inteligencia Secreta y su desaparición es solo una pieza de un gran puzle. Sin embargo, lo que Danny nunca cuestionará es el amor de Alex (por mucho que el servicio secreto se empeñe en desacreditarlo), el motor que hará que se adentre cada vez más en el peligroso mundo del espionaje para descrifrar la retorcida conspiración que hay tras la desaparición de Alex.

Con la factura impecable que se espera de un drama de BBC, London Spy es una historia oscura y absorbente en la que el espectador permanece en la sombra junto a su protagonista y vive el complejo enigma poniéndose en su piel. En este sentido, no hay suficientes elogios para Ben Whishaw, que transmite de forma magistral la vulnerabilidad y desorientación del personaje a medida que va destapando capas del misterio en el que se ve envuelto. Una interpretación sublime complementada por el excelente trabajo de Jim Broadbent como Scottie, un ex espía también gay que es el único amigo de Danny. London Spy es una de las series imprescindibles de 2015, una experiencia aturdidora, desconcertante, a ratos sórdida y deprimente, de la que es imposible salir aunque no sepas lo que está ocurriendo.

Duración: 5 episodios de aprox. 60 minutos.

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The Man in the High Castle

Amazon sigue aumentando su oferta de ficción original con el drama The Man in the High Castle, adaptación de la novela El hombre en el castillo (1962) de Philip K. Dick. La serie, producida por Ridley Scott y Frank Spotnitz (Expediente X) es sin duda la más ambiciosa de Amazon hasta la fecha. Forma parte de su programa de pilotos, y el suyo fue el más visto de la temporada pasada, por lo que dio lugar a una primera temporada de diez episodios que acaba de estrenarse en la plataforma. En ella se nos plantea una ucronía fascinante, una historia alternativa que nos sitúa en una década de los 60 en la que Alemania ha ganado la Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos ha sido dividida en tres zonas: por un lado, el estado japonés de los Pacific States of America (que comprende el territorio al oeste de las Montañas Rocosas), por otro, el territorio nazi, que ocupa la mitad este del país, y una zona neutral que ejerce como parachoques entre las dos, llamada Rocky Mountain States.

Así, la serie plantea un what if de los gordos, una detallada realidad alternativa en la que Estados Unidos vive una constante opresión por parte de los alemanes (atención al personaje de Rufus Sewell), y las tensiones entre estos y los japoneses generan su propia Guerra Fría dentro del territorio norteamericano. Por su parte, los alemanes atraviesan su propio conflicto interno, ya que Hitler está enfermo y Himmler y Goebbels están empezando a planear sus estrategias para sucederlo en el poder. Este tenebroso nuevo orden mundial (en el que todos los martes se incinera a los inválidos y enfermos terminales de los hospitales para ir purgando la sociedad) se nos da a conocer a través de Julianna (Alexa Davalos), una joven que recoge el testigo de su hermana y se adentra en la zona neutral para llevar a cabo una misión de la resistencia cuyos detalles ni siquiera ella conoce. En Rocky Mountain States conoce a Joe (Luke Kleintank), que se ofrece a acompañarla en su aventura, mientras oculta un secreto: pertenece al partido nazi.

Sin duda una interesante premisa semi-sci-fi que engancha desde el primer capítulo, tanto por lo elaborado de su planteamiento (que puede que no sea más que un pretexto para hablarnos de la historia que sí ocurrió y de cómo funciona nuestra sociedad actual) como por su excelente factura estética y atmósfera opresiva.

Duración: 10 episodios de aprox. 60 minutos.

Into the Badlands

Into the Badlands

Que AMC lleva varios años necesitando otro éxito es algo que sabemos de sobra. Con Breaking BadMad Men finalizadas, la cadena ha intentado encontrar la próxima ficción que le ayude a conservar su prestigio, pero no lo ha conseguido (la excepción sería Better Call Saul, pero esa tenía medio trabajo hecho)Así que les queda confiar en que la audiencia responda a productos más afines a su pelotazo The Walking Dead, series fantásticas y comiqueras para la audiencia más joven y geek. Antes de que Preacher irrumpa en su programación, AMC acaba de estrenar Into the Badlands, drama de acción libremente basado en la popular novela china del siglo XVI Viaje al Oeste.

Into the Badlands propone una curiosa mezcla de géneros. Se podría definir como una serie de aventuras y artes marciales, pero también contiene elementos de noir, fantasía y drama dinástico. Todo envuelto en un paquete muy vistoso. Into the Badlands recuerda a muchas cosas: tiene algo de Sons of Anarchy, algo de Spartacus, una pizca de Juego de Tronos, y mucho de los modernos clásicos chinos de acción. Pero a la vez resulta única en su especie por la hibridación tan particular que hace de los géneros y el universo tan concreto y pormenorizado que levanta desde su piloto.

Un héroe atormentado (llamado Sunny, ojo), un aprendiz adolescente, un villano con complejo de Dios o una misteriosa guerrera perteneciente a la nobleza son algunas de las piezas del tablero; una sociedad feudal fortificada donde se somete a los más jóvenes a un duro entrenamiento para convertirse en asesinos para el barón. Este es el punto de partida de una historia que plantea mil y una ramificaciones y un amplio universo más allá del Fuerte. Desde el primer minuto, Into the Badlands empieza a dibujar una enrevesada mitología que crecerá exponencialmente conforme avanza la historia. Y aunque el trabajo de diseño (narrativo y de producción) es loable, lo más destacable de la serie son sin duda sus escenas de acción, impresionantes luchas de artes marciales con coreografías vertiginosas y violencia pasada de rosca con un punto de comedia y descaro (al estilo Miike). Eso es lo que hace que Into the Badlands sea una de las series más atractivas de este otoño. Esperamos que no se pierda demasiado en el mundo que está creando.

Duración: 6 episodios de aprox. 45 minutos.

Deutschland 83

Deutschland 83

Deutschland 83 no es tan reciente como las tres anteriores, pero está de actualidad en España porque su primera temporada se estrena esta semana en Yomvi. El caso de este thriller de espías es muy especial por varias razones. Ha sido la primera serie alemana en estrenarse en Estados Unidos (en el canal Sundance concretamente) y se proyectó en el pasado Festival de Berlín, que desde hace unos años lleva dedicando un hueco de su programación a la ficción televisiva. Con estas credenciales y habiendo recibido muy buenas críticas, Deutschland 83 aterriza en nuestro país dispuesta a demostrar que Alemania también está interesada en destacar como importadora de series de calidad.

La serie nos traslada a la Alemania de 1983 (lógicamente) y nos presenta a Martin (Jonas Nay), un joven de 24 años nativo de la Alemania del Este, que es reclutado por la Stasi (el Ministerio para la Seguridad del Estado) para infiltrarse como espía en la Alemania Occidental. Reticente al principio, Martin acepta la misión coaccionado por su propia tía (Maria Schrader), que trabaja para el ministerio, desde donde le promete que moverá los hilos para que su madre enferma suba en la lista de espera para transplantes de riñón. A partir de ahí, Martin se somete a un entrenamiento para convertirse en Moritz Stamm, nombre en clave Kolibri.

Al igual que The AmericansDeutschland83 nos traslada a una de las etapas más tensas de la Guerra Fría, en la que un nuevo conflicto mundial amenaza con estallar y las desavenencias entre las dos Alemanias divididas por el muro crecen a diario. Pero mientras que la ficción estadounidense opta por el drama puro y un tono más crudo, la alemana posee bastante humor y hace gala de un ritmo más juvenil y animado (estilo coming-of-age), gracias en parte a la importancia que la música de la época cobra en la serie, éxitos internacionales de David Bowie, New Order o Eurythmics y temas de la “Nueva Ola Alemana” (Neue Deutsche Welle) como el “99 Luftballons” de Nena, cuyo productor, Reinhold Heil, se encarga del score de la serie. Un juego de contrastes cuanto menos llamativo.

Duración: 8 episodios de aprox. 45 minutos.

Mad Men 7.08 “Severance”

Diner Mad Men Severance

La vida no vivida

Hacia el comienzo de “Severance“, el primero de los siete episodios finales de Mad Men, Don Draper llega a su apartamento vacío por la noche, enciende la luz desde la entrada y contempla durante apenas dos segundos su casa vacía. A continuación apaga la luz para adentrarse en ella en penumbra. Es un pequeño instante que en cualquier otra serie pasaría desapercibido o no cumpliría otra función más que la de transición entre escenas. Sin embargo, estamos hablando de una ficción en la que, como hemos comprobado a lo largo de ocho años, nada, absolutamente nada, está ahí por azar. Este efímero momento que se diluye en los siguientes minutos esconde una de las claves del episodio: Durante unos segundos, Don recuerda la vida que tuvo, para más tarde visitar la que pudo tener y no tuvo. Y no es el único.

“Severance” es técnicamente un episodio central en la temporada final de Mad Men, y como tal, los acontecimientos que tienen lugar en él no tienen excesiva importancia dentro del gran esquema narrativo de la serie. Sin embargo, este capítulo marca un antes y un despuésya que dentro de la historia han pasado aproximadamente los mismos meses que han transcurrido entre la emisión de “Waterloo” y “Severance”, lapso tras el que Mad Men ingresa oficialmente, y como el que no quiere la cosa, en la década de los 70. Como de costumbre, conocemos el momento histórico exacto en el que tienen lugar los acontecimientos gracias a los importantes marcadores cronológicos dispuestos a lo largo del episodio. Primero, los meticulosos estilismos de los personajes -Sterling rockea un mostacho canoso, Ted también se apunta a la moda del bigote, los peinados de ellas se alborotan ganando altura, y en general, la moda se libera de corsés para convertirse en una forma de expresión individual. Segundo, el discurso de Nixon que suena mientras Don yace semi-inerte en su cama (cómo no), y que nos ayuda a situar “Severance” concretamente en el 30 de abril de 1970. Así, sin hacer un gran acontecimiento de ello, Matthew Weiner da el salto de una década a otra.

Don Ken Severance

En los meses transcurridos, la agencia se asienta tras los cambios acontecidos el año pasado, y los publicistas se acomodan en sus puestos dentro de la empresa. Además de devolvernos a Don en plena forma (reafirmándose en su autoridad durante la sublime escena de apertura en la que no hay nadie más que tú y él en la habitación), “Severance” se centra concretamente en tres personajes secundarios. En primer lugar, recuperamos el dilema existencial de Ken Cosgrove, que se plantea abandonar la agencia para perseguir su sueño de convertirse en escritor (“No escribas sobre este mundo, es aburrido, escribe una aventura”, le aconseja Pete Campbell en un guiño muy meta a la percepción que muchos tienen de Mad Men). Kenny piensa en la vida que no decidió perseguir, en lo bien que quedaría una foto suya en la contraportada de una novela, y justo cuando está a punto de tomar una decisión, es despedido. Y entonces, en un giro inesperado, Ken abandona (o pospone, no lo sabemos) su sueño para trabajar con uno de los clientes más importantes de SC&P, pasando a ser el jefe de los que lo repudiaron, a los que promete hacerles la vida imposible. A decir verdad, con ese parche, no nos extraña que Ken no haya tenido más remedio que convertirse en megalómano con sed de venganza.

En segundo lugar, tenemos a Joan y Peggy, ambas en posiciones privilegiadas dentro de la jerarquía de la agencia, cada una de ellas habiendo llegado hasta donde están de forma distinta, pero separadas por diferencias y enemigos que en teoría deberían unirlas. Un tenso enfrentamiento en el ascensor hace salir a la luz reproches mutuos que ensanchan la brecha entre las dos mujeres más importantes de SC&P (con permiso de Meredith). Una brecha ya de por sí amplia, como hemos comprobado minutos antes durante la incómoda reunión con los representantes de una empresa de medias (en la que Joan sale peor parada, mientras Peggy disfruta de cierta “inmunidad” ante los babosos empresarios). Peggy es la cabeza visible de la corriente de pensamiento que viene a decir “las mujeres podemos hacer el trabajo de los hombres” y que en cierto modo quiere decir “para triunfar, las mujeres podemos (y quizás debemos) comportarnos como los hombres” (aunque como es el caso, esto no es suficiente para ganarse el respeto del sexo opuesto); por esta razón, Peggy logra camuflarse en ese mundo masculino, desde el que excusa el comportamiento de sus “colegas” juzgando la forma de vestir de Joan. Por otro lado, Joan simboliza (lo quiera o no) el feminismo que, entre otras cosas, lucha por derrotar los obstáculos de la mujer con atributos tradicionalmente asociados a la feminidad, para ser tomada en serio como autoridad sin necesidad de alterar su aspecto o su comportamiento (al contrario de lo que piensa Peggy, es posible vestir así y “tener ambas cosas”). A continuación, cada una lidia a su manera con la realidad que han escogido o les ha tocado vivir, afectadas por la discusión más de lo que quieren reconocer: Joan se reafirma en su postura derrochando su fortuna en fabulosos vestidos de alta costura y la “inconformista, pero divertida y valiente” Peggy acude a una cita a ciegas en busca de validación y del amor que ha dejado a un lado por el trabajo, es decir, para tratar de encontrar un atajo hacia su vida no vivida.

Peggy Joan Severance

Quien sigue oponiendo resistencia al cambio al que invita la nueva década es Don, el enigmático y sofisticado caballero que solo se desgomina ante una mujer en la cama (o en el callejón oscuro detrás de un diner). Nuestro habitualmente sombrío protagonista atraviesa una etapa de dicha y laxitud impropia de él. Disfruta de la compañía femenina como siempre, pero con la diferencia de que esta vez está soltero y es totalmente libre para ir de flor en flor sin tener que esconderse (no es que antes se le diera muy bien ocultar sus devaneos adúlteros, pero ya me entendéis). Incluso le ha cogido el gusto a contar batallitas sobre su pasado, es decir, sobre el de Dick Whitman. Sin embargo, la sombra de la muerte siempre está presente en Mad Men y Don es un hombre con demasiados fantasmas, uno que además es un fantasma en sí mismo, alguien que vio morir al verdadero Don Draper y asumió la identidad de un muerto. Por eso, aun cuando Don está contento, Don parece triste y perdido.

Mad Men lleva varias temporadas insistiendo en explorar la realidad de su protagonista y el mundo en el que habita haciendo uso de la lógica y el lenguaje onírico. En este sentido, las escenas de Don en “Severance” poseen un aire de surrealismo y fatalidad propio de los sueños (de los sueños draperianos concretamente) que vuelve a empujar la serie hacia La dimensión desconocida (como admite el propio Weiner en esta entrevista). No es la primera vez que los muertos se comunican con Don, de hecho lo llevan haciendo desde hace mucho tiempo (Adam Whitman, Anna Draper, Bertram Cooper). Al fin y al cabo, como hemos dicho ya, su condición de “muerto en vida” le proporciona línea directa con el Más Allá. Pero en esta ocasión, la visita de un fantasma posee un carácter premonitorio (recordad que Don también ha visto a Megan en estos instantes de parálisis del sueño).

Don Draper Severance

Rachel Katz (Maggie Siff), una de las primeras mujeres con la que vemos a Don Draper fuera de su matrimonio con Betty durante la primera temporada, se le aparece en un sueño. Al día siguiente, Don descubre que Rachel ha fallecido, y visita a su familia durante el periodo de Shiv’ah (duelo de siete días propio de la religión judía). Allí, la hermana de Rachel le presenta con resentimiento y hostilidad su “vida no vivida“, una dimensión alternativa en la que Don observa cómo podría haber sido su futuro (su presente) si Rachel, la primera persona a la que le confió el secreto de su pasado, hubiera aceptado su proposición de huir juntos. Don regresa así a su forma natural de aturdimiento y confusión, deambulando como siempre en estado de trance, tratando de encontrar sentido a la muerte, y por tanto a la vida, moviéndose entre escenarios en los que cada vez es más difícil discernir sueño y realidad (es muy posible que tanto ese diner tan “Nighthawks” de Edward Hopper como la camarera solo existan en su mente, que ahora busca a Rachel, ¿o a Megan?, en todas las mujeres). Y mientras Don se plantea si es posible vivir la vida que decidimos no vivir, si esto es todo y no hay más oportunidades, Weiner nos ofrece la respuesta solo a nosotros, en forma de canción, “Is That All There Is?” de Peggy Lee: “Si eso es todo lo que hay, amigos míos, sigamos bailando, saquemos la bebida y celebremos una fiesta”.

 

Halt and Catch Fire: Una revolución en ciernes

Halt and Catch Fire

“I wanna build something that makes people fall in love” -Cameron Howe

El mismo año que HBO ha puesto en marcha Silicon Valley, afilada sátira sobre un grupo de jóvenes visionarios intentando triunfar en la Meca tecnológica de Los Ángeles, AMC ha estrenado Halt and Catch Fire, drama que se remonta a comienzos de la década de los 80 para contarnos una historia en cierto modo análoga, un relato de emprendedores, de locos con el sueño de cambiar el mundo (o de aprovecharse de esos cambios para hacerse millonarios). Ambientada en el umbral de la era informática moderna, Halt and Catch Fire nos cuenta el origen del ordenador portátil y su papel en la revolución del PC durante los 80.

Lo hace a través de Cardiff Electric, compañía ficcional de software ubicada en Dallas, Texas, que compite por el mercado con el gigante IBM, prácticamente ajena al avance del Apple de Steve Jobs. En el centro de la historia nos encontramos a tres personajes que representan los tres aspectos principales de la industria tecnológica: el yupi salido de un libro de Bret Easton Ellis Joe MacMillan (Lee Pace) es la vertiente mercantil y publicitaria, la punk Cameron Howe (Mackenzie Davis) personifica la importancia de las ideas, el riesgo y la perspectiva de futuro, mientras que el hombre de familia Gordon Clark (Scoot McNairy) es la viva imagen de la experiencia y el trabajo duro. Durante su primera temporada, Halt and Catch Fire nos muestra cómo estos tres aspectos se conjugan y colisionan entre sí para dar lugar a un producto con la capacidad para cambiar la sociedad para siempre, el ordenador portátil Cardiff Giant.

Con la estilización y elegancia visual que caracteriza a los productos de AMC, una ambientación excelente y una banda sonora de escándalo Halt and Catch Fire se postula (muy deliberadamente) como la sucesora de Mad Men, haciendo con la informática exactamente lo mismo que aquella hace con el mundo de la publicidad. Y aunque la serie se esfuerza demasiado en que pensemos esto, lo cierto es que tiene potencial para al menos merecer la comparación. Estamos ante otra pieza de época que pretende ilustrarnos una decisiva etapa de transformación que resultará en el mundo tal y como lo conocemos hoy en día. La serie de Christopher Cantwell y Christopher C. Rogers coquetea ocasionalmente con el tecno-thriller y puede resultar algo inaccesible para aquellos que desconozcan la jerga informática, pero al final esta no es más que otra historia de superación, de personas que suplen un déficit personal con la búsqueda del éxito, y también, por qué no, de los geeks que acabarán dominando el mundo (y los señores trajeados detrás de ellos), lo que la convierte en un drama vigente y universal, en la línea de La red social, que más gente debería estar viendo.

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Los diez episodios que conforman la primera temporada de Halt and Catch Fire abarcan quizás más de lo que deberían, y como ya hemos dicho, están diseñados para facilitar el elogio de la crítica, en lugar de dejar que sean los demás los que descubran por sí solos sus muchas virtudes. Esta falta de modestia hace que precisamente nos fijemos más en los defectos (lo anacrónico e implausible de algunos conflictos y roles de género, la falta de profundidad en algunos personajes, la dudosa utilización del sexo, la sobreactuación de Lee Pace). Sin embargo, no hay nada demasiado grave que impida disfrutar del envolvente drama de estos interesantes personajes que, gracias a la sorprendente decisión de AMC de renovar la serie a pesar de sus trágicos índices de audiencia (astuta estrategia que esperemos surta efecto), tienen la oportunidad de convertirse en fascinantes (atención, porque Donna Clark es, literalmente, “el arma secreta” de la serie).

Halt and Catch Fire rebosa potencial y merece mayor reconocimiento. Es un drama inteligente, estimulante, provocativo, lleno de matices y sumergido en el simbolismo y la fatalidad, al más puro estilo Mad Men, pero necesita tiempo y requiere de paciencia para desarrollarse debidamente. A pesar de sus glitches y sus bugs, es uno de los estrenos más destacados del año, pero es que puliendo estas imperfecciones podría convertirse en una de las series imprescindibles del momento. Solo tiene que dejar de preocuparse tanto por la impronta que quiere dejar en la televisión y, en lugar de construir algo para impresionar, esforzarse en construir algo de lo que la audiencia pueda enamorarse.

 

Breaking Bad: Consecuencias

Breaking Bad 1

Breaking Bad es la mejor serie de la historia de la televisión”. Durante estos dos últimos meses ha sido imposible no encontrarse con esta aseveración en todos los medios, en conversaciones, en redes sociales. Lo que está claro es que la recta final de la serie creada por Vince Gilligan ha marcado el pulso seriéfilo este año. No sé si será realmente la mejor serie de la historia (y no creo que debamos preocuparnos demasiado por esta cuestión que no nos va a llevar a ninguna parte), pero lo que sí podemos asegurar es que Breaking Bad ha supuesto el perfeccionamiento del formato serial televisivo. Que no es lo mismo, pero casi.

Lo que ha contribuido en mayor medida a que Breaking Bad se gane su merecido lugar en el panteón de la televisión es que se ha marchado en su punto más álgido. Es algo de lo que la mitad de las series se vanaglorian al concluir su emisión, pero que casi nunca es cierto. La última temporada de Breaking Bad (dividida en dos tandas que se han emitido en 2012 y 2013) ha sido la culminación de un impresionante trabajo de planificación narrativa de cinco años, un desenlace perfecto (quizás el adjetivo que más leeréis en relación a ella) para una serie que empezó de manera discreta y ha acabado consumiéndonos por completo. La audiencia ha demostrado su pasión por la serie pulverizando semana tras semana todos los récords de audiencia. Y no es que Breaking Bad haya sabido cuándo parar antes de que fuera demasiado tarde, es que Gilligan y su equipo han tenido localizado en todo momento su final, demostrando que lo que los ha movido todo el tiempo ha sido única y exclusivamente la historia.

Breaking Bad 3

Como The Wire (David Simon, HBO), Breaking Bad es mucho más que una serie, es un macrorrelato que aprovecha el formato por entregas para contar de la manera más exhaustiva posible una historia compleja, sin perder de vista en ningún momento la visión de conjunto, el big picture que dirían los angloparlantes. A pesar de las ramificaciones, Breaking Bad siempre ha sido la historia de Walter White, el truculento viaje de un hombre normal y corriente que se convierte en capo de la droga, el retrato de una deshumanización progresiva, del nacimiento y crecimiento de un monstruo en el que Gilligan ha proyectado todos nuestros males. Hemos visto pocas cosas en televisión tan centradas, tan capaces de involucrar emocionalmente a la audiencia de esta manera.

Si algo salta a la vista es que Breaking Bad está hecha con pasión. La atención al detalle, la cuidada fotografía, la selección musical, los juegos cromáticos, la incansable búsqueda de nuevos y originales puntos de vista. Cada uno de los planos de esta serie rezuma amor, no solo por la historia que se está contando, y sus personajes, sino también por el medio televisivo -algo que no nos debe extrañar viniendo de uno de los responsables de otro gran ejercicio de pasión de/por la tele, Expediente X. Es obvio que Gilligan se ha asegurado por todos los medios de que su serie deje huella en la cultura y la memoria colectiva. El icónico atuendo y apariencia física de Heisenberg, la importancia de los objetos (la caravana, el oso de peluche, los monos de trabajo amarillo y las máscaras de gas, el cigarrillo), y las frases célebres (“I am the one who knocks”, “I am the danger”, “Say my name”, “yo, bitch”) manifiestan este deseo por perdurar en la historia. Dentro de unos años comprobaremos si lo ha conseguido, y hasta dónde alcanzará su legado.

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Breaking Bad ha sido una serie arriesgada, y aunque la experimentación no siempre ha dado los mejores resultados (a veces cuesta justificar el vicio videoclipero de Gilligan), se la ha jugado, y ha salido victoriosa. Como Mad Men, otra serie de AMC, Breaking Bad puede alardear de haber prosperado en todo momento, de haber sabido cambiar. Ha esquivado el mal del “progreso estancado” que afecta a todas las series, sin miedo a avanzar, a tirarse a la piscina, transcendiendo así los límites del formato serial. En definitiva, Breaking Bad ha supuesto un in crescendo de cinco temporadas que ha demostrado a los ejecutivos de la tele que la clave del éxito no reside en ofrecer siempre lo mismo, sino en saber evolucionar.

Breaking Bad también se caracteriza por su capacidad para afectar a su audiencia a niveles físicos. Gilligan ha establecido una férrea conexión con sus espectadores, a los que ha tenido atados de pies y manos durante años. Cuando llegan capítulos como “Ozymandias” (5.14) ya no podemos (ni queremos) escapar. Llevamos a Walter y a todas sus víctimas muy dentro, y el dolor es inevitable. Con esa inolvidable hora de televisión estalla un clímax emocional y psicológicamente agotador que culmina en “Felina” (anagrama de finale). Con magnífico temple y tensión contenida, todos los frentes en la historia de Walter White encuentran su cierre. Y todo, absolutamente todo, se reduce a dos frases dirigidas a su mujer, Skyler, durante su último encuentro con ella: “Lo hice por mí” y “Estaba vivo”. La confesión de Walter nos descarga a todos de esa insoportable presión en el pecho que llevábamos mucho tiempo sintiendo. No cabe duda, Breaking Bad ha terminado.

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Breaking Bad nos ha hablado sobre todo de decisiones y consecuencias, así como de la naturaleza misma del bien y del mal, a través de un hombre cuyo diagnóstico de cáncer lo libera del yugo de la cotidianeidad para desatar en última instancia a un monstruo que destruye todo lo que le rodea. Y paralelamente, de un joven mártir que representa la esperanza de que ese monstruo no resida aletargado en todos nosotros. Así, la fascinante relación entre estos dos personajes (y la constante colisión de esos dos conceptos) engloba la esencia de Breaking Bad. Pero esto no es todo, por supuesto. Son demasiadas las implicaciones morales y los vericuetos psicológicos en los que se ha adentrado esta serie junto a estos personajes tan excelentemente caracterizados. Claro que estos no habrían adquirido tal profundidad y repercusión si no fuera por unos actores que han correspondido la enorme pasión por la obra de su creador con encarnizadas y magistrales interpretaciones (nunca habrá suficientes elogios para Bryan Cranston, Aaron Paul y Anna Gunn). Ellos forman parte esencial del enorme poder icónico de una serie que será recordada no solo por la transformación de sus personajes, sino por haber supuesto una pieza clave en la transformación misma de la televisión. Esa es la mayor consecuencia de Breaking Bad.

Mad Men 6.01-2 “The Doorway”

 

Have you fear’d the future would be nothing to you?
Is to-day nothing? is the beginningless past nothing?
If the future is nothing they are just as surely nothing.

Walt Whitman, “To Think of Time” 

Muerto en vida

Una guadaña asoma amenazante y burlona a cada esquina -y sobre todo en cada umbral- de la flamante nueva oficina de Sterling Cooper Draper Pryce. Una de las constantes temáticas que articularon la quinta temporada de Mad Men fue la muerte, manifestándose en sus múltiples y variados rostros -y presente desde el comienzo de la serie. Don Draper observando por el hueco del ascensor el oscuro vacío en el que parece estar destinado a sumergirse, varios crímenes infames de la historia de Estados Unidos agitando a los personajes, y por supuesto, el suicidio de Lane Pryce hacia el final de la temporada. La visita que la muerte hizo el año pasado a la agencia de publicidad de la avenida Madison se ha prolongado más de la cuenta, concretamente hasta Navidad de 1967, año hacia el que Mad Men ha saltado con el primer episodio de la sexta temporada, “The Doorway”.

Como ocurrió en “A Little Kiss”, el tiempo transcurrido en las vidas de los personajes nos invita a preguntarnos una vez más quiénes son exactamente. El lapso entre el 66 y el 67 es muy evidente en la ahora duplexada oficina de SCDP: mayor diversidad, más ajetreo, y un ambiente más bohemio y distendido, reflejo de una sociedad en ebullición que sigue transformándose, y sobre la que acecha el mayo del 68. Aunque en el recién estrenado piso de arriba se mantiene el carácter almidonado de los contables y demás ejecutivos, abajo las barbas y las patillas inician su reinado, anticipando una década de los setenta que está a la vuelta de la esquina.

Matthew Weiner nos devuelve a los personajes de Mad Men siendo consecuente con los cambios que han acontecido en sus vidas, y como de costumbre, con esa fuerte insistencia en lo simbólico, en la metáfora y la alegoría, que define la serie. Los diferentes reencuentros con ellos no podrían ser más elocuentes en este sentido. A Roger Sterling lo vemos en el diván del psicólogo, haciendo chistes y hablando de rubias y morenas. A Peggy Olson nos la encontramos ejerciendo de Don Draper, y no solo porque ocupe un puesto similar al de su ex jefe en su nueva empresa, sino porque en su dicción, en la resolución al expresarse y la manera de dirigirse a sus empleados reconocemos trazas inconfundibles de Don. A Betty Francis la interrumpimos mientras recibe una multa por conducir “como una loca”. Joan Holloway solo tiene una escena, pero no podría resumir mejor a su personaje: a pesar de ser socia de la agencia sigue recibiendo trato de mujer florero. Y a nuestro pequeño trepa Pete Campbell lo vemos por primera vez este año subido a una escalera, posando altivo y orgulloso. Más claro imposible.

Pero, ¿dónde está Don? ¿Está solo? ¿Está vivo? “The Doorway” abre con una extraña y ligeramente perturbadora escena en la que vemos a un hombre aplicar primeros auxilios a una persona en el suelo. El velo de fatalismo que cubre a la serie hace que nos traslademos a los delirios febriles de Don en la temporada anterior, y que en lugar de auxilio percibamos amenaza. La muerte está en todas partes, y todos los caminos llevan a ella. Don y Megan están pasando unas vacaciones en Hawaii, y como suele ocurrir con las escapadas vacacionales del señor Draper, la epifanía es su más fiel compañera de viaje. ¿Es Hawaii el purgatorio al que llega Don Draper después de morir en la barra de un bar?

Los diez primeros minutos del episodio transcurren sin que Don diga una sola palabra. Solo lo hemos oído al comienzo, su voz en off leyendo el Infierno de Dante Alighieri: “A mitad del camino de la vida / en una selva oscura me encontraba / porque mi ruta había extraviado”. A través de las palabras de La Divina Comedia, la crisis de identidad de Don cobra mayores proporciones. Sumergido en el Infierno de Dante, Don no se percata de que el Sol le está quemando la piel. Como siempre, se mueve de un lado a otro de su existencia en golpes de inconsciencia. Y sin saber cómo ni por qué, ha acabado dejando su traje y zapatos en la orilla, para huir nadando mar adentro. Como el “Canto primero” del Infierno prosigue, “Yo no sé repetir cómo entré en ella / pues tan dormido me hallaba en el punto / que abandoné la senda verdadera”.

Y del sueño que es Hawaii a la transfiguración de Don Draper. Su breve encuentro con un soldado de las Fuerzas Armadas despierta a Don de su letargo casi extático, dando por concluida su huelga de voz. Del enésimo enfrentamiento con Dick Whitman resurge el pánico a la muerte, la amenaza del pasado, y en última instancia, el terror de sí mismo. Don se lleva por equivocación el mechero del soldado, y con él el fantasma de Dick, que, a pesar de los esfuerzos de Don por deshacerse de él, se empeña en reaparecer una y otra vez con la intención de destruir la valla publicitaria en la que vive. Con el final de “The Doorway” se confirma: el Don Draper que conocimos al comienzo de la serie ha vuelto, y con él, el adulterio, la autodestrucción y la verdadera senda: la que lleva a la perdición.

“The Doorway”, además de entregarse por completo a lo macabro, parece a simple vista un episodio algo caótico y desorganizado, pero nada más lejos de la realidad. El discurso de Roger sobre el carácter transitorio de la vida unifica los dispersos relatos de los personajes. Nos limitamos a atravesar puertas, ventanas, puentes, umbrales, hasta que un día encontramos a la muerte al otro lado. Todos estos personajes se encuentran sumidos en un estado de transición, casi de huída, condicionado por el miedo, la incertidumbre y el tiempo que pisa los talones. Don se halla suspendido en un estado de insatisfacción mientras su mujer se convierte en una cuasi-celebridad catódica -Weiner se permite hacer un pequeño guiño a todos los detractores del personaje-, y continúa alejándose de ella, y de la cultura a la que pertenece, rechazando lo que han construido juntos –“Todo lo que tiene que ver con el matrimonio es paleolítico”. Roger se mueve por inercia, ignorando su realidad: la soledad y la obsolescencia entierran al hombre carismático y ajetreado que todo el mundo cree conocer. Sorprendentemente, la primera en reaccionar es Betty, que se tiñe el cabello de moreno en un ejercicio metafórico muy tradicionalmente televisivo. Como bien sabe Angela Chase, cambiar de pelo es cambiar de vida, y Betty, que se pasó la temporada anterior comportándose como una niña, madura así hacia su adolescencia emocional.

Como si se tratara de una composición musical, en concreto el “Nocturno en mí bemol mayor P. 9 nº2” de Chopin que Sandy toca para los Francis antes de desaparecer, “The Doorway” dispone los elementos narrativos a modo de variaciones sobre un mismo motivo -la muerte y la pérdida- que confluyen en el funeral de la madre de Roger, donde Don hace recuento de las ausencias en su vida, desde la más lejana -su madre murió después de darle a luz- a la más reciente -la de Lane Pryce, por la que se siente en parte responsable. Su incapacidad para expresar verbalmente lo que le atormenta encuentra una vía de escape física a través del vómito, algo que los demás observan como un síntoma de decadencia o una simple falta de respeto, pero cuya verdadera causa no se nos escapa ni a él ni a nosotros: Don Draper no atraviesa puertas hasta llegar a la muerte, Don Draper se encuentra con la muerte detrás de cada puerta.

Las claves del póster de la sexta temporada de Mad Men

Los episodios de la sexta -y casi seguro penúltima- temporada de Mad Men están a la vuelta de la esquina. El próximo 7 de abril, la serie de Matthew Weiner vuelve a AMC con un estreno de dos horas, al igual que el año pasado.

Esta semana se ha dado a conocer el que es el póster oficial de la temporada (y si ocurre como el año pasado, la portada del DVD). Habituados a imágenes sugerentes llenas de sentido oculto o a pósters minimalistas como aquel de la silueta cayendo en el vacío absoluto, el nuevo cartel de Mad Men ha sorprendido a todos con una imagen colorista hecha a mano. Eso es, el póster es una ilustración, y está realizada por un verdadero ad man de los 60, el británico Brian Sanders, que ahora tiene 75 años.

La idea de realizar un póster al estilo 60s por primera vez en 6 años de una serie precisamente ambientada en ese mundo provino -cómo no- del propio Weiner, en concreto de un recuerdo de la infancia sobre una carta de menú en un vuelo con la T.W.A. (Trans World Airlines). El creador de la serie realizó una labor exhaustiva de recopilación de libros de ilustraciones de los 60 y 70 y las mandó al equipo de marketing de la serie. Sin embargo, este no supo dar con lo que Weiner quería exactamente.

El equipo de Weiner se remontó a la fuente, y dio con la persona que había llevado a cabo la mayoría de estas ilustraciones que obsesionaban al productor -muchas de ellas vistas en el libro Lifestyle Illustration of the 60s. Y afortunadamente para todos, Brian Sanders aun estaba en activo a pesar de su edad. El ilustrador aceptó encantado el encargo de Weiner, firmó la estricta cláusula de confidencialidad que hasta ahora ha respetado, y se puso manos a la obra.

Para el “anuncio”, Sanders ha sabido adaptar las ideas de otros pósters de Mad Men a un estilo casi comic book que remite directamente a la década en la que se ambienta la serie. Al igual que el póster del año pasado -Don Draper mirando a dos maniquíes en un escaparate-, la de esta temporada es una imagen sugerente llena de guiños y detalles que nos permiten elucubrar mil y una teorías. ¿Quién es la mujer que da la mano a Don? ¿Megan? ¿Betty? ¿Otra? ¿Qué están mirando los policías al fondo? La temporada transcurre durante el tumultuoso 1968, por lo que es lógico que Weiner vaya a reflejar los acontecimientos de mayo de ese año en los nuevos episodios -tema que ya introdujo en la quinta temporada. ¿Por qué hay dos Don Draper? (Esta es la más compleja pero la más evidente de las preguntas, puesto que la dicotomía Don/Dick siempre ha estado ahí). Y, ¿la importancia de la revolución llevará la serie en algún momento hacia las bulliciosas calles de Manhattan, que parecen replegarse sobre Don en la ilustración? Esperemos que sí. Si hay algo que suelo echar de menos en Mad Men son los exteriores.

Sanders confiesa que llevaba muchos años sin utilizar el estilo que Weiner le pedía para el póster, acuñado por su colega Roger Coleman como “bubble and streak” -básicamente consiste en hacer burbujas con los acrílicos sobre el papel. El artista confiesa que gracias a este encargo volvió 50 años atrás en el tiempo. “Ya no trabajo de esa manera, pero me sorprendió lo rápido que regresó todo a mí, la habilidad para utilizar de nuevo esa técnica”, confiesa Sanders.

El artista ya había realizado trabajos de cartelería para el cine durante la década de los 60. De hecho, el mismísimo Stanley Kubrick, fascinado por sus trabajos menos comerciales, le pidió que se acercara al rodaje de 2001: una odisea del espacio y buscase inspiración para hacer un póster ilustrado de la película. Sus imágenes no fueron usadas finalmente, pero esta experiencia de hace cinco décadas aun es valiosa para Sanders, que la retoma para crear una nueva imagen que combina abstracción y concreción.

Volviendo a Mad Men, Sanders confiesa que había visto la serie anteriormente, y que aunque “fue una sorpresa agradable” no pudo evitar sentir reservas cuando los productores de la serie le ofrecieron el trabajo -puede que simplemente no se lo creyera. Sin embargo, Weiner asegura que utilizar a un ilustrador para la promoción de la serie es en cierto modo una reivindicación del trabajo artesano que estaba desapareciendo a finales de los 60, eclipsado por la fotografía. Sanders se las arregló en su momento para permanecer siempre empleado, a pesar de que la época dorada de las ilustraciones en las portadas de revista tocaba a su fin. En el fondo, el dibujante sabía que no podía rechazar la oportunidad de volver a ver su trabajo en marquesinas, autobuses, edificios, en el metro y en páginas web.

Al final, la experiencia de Sanders colaborando con la serie de AMC fue muy satisfactoria, e incluso tremendamente nostálgica. Como dice Weiner, Mad Men refleja un mundo al que él pertenecía”. Ver la serie a la vez que realizaba la ilustración devolvió al artista a las oficinas en las que trabajaba en los 60. Estas no estaban en Nueva York, pero el artista reconoce que en Gran Bretaña estaba ocurriendo lo mismo que allí, y que por eso le gusta la serie. Aunque Sanders confiesa que desde el principio evitó el alcohol a la hora de hacer su trabajo, por primera vez en 30 años tuvo la tentación de fumarse un cigarrillo.

Fuentes: New York Times, The Guardian

Antología Mad Men: “Far Away Places” (5.06)

En su excelente artículo “Did The Sopranos do more harm than good?: HBO and the decline of the episode“, Ryan McGee expone las diferencias entre ‘episodio’ y ‘entrega’ (instalment –no usamos la palabra ‘capítulo’ porque, a pesar de ser apropiada, se usa como sinónimo de ‘episodio’ en el ámbito televisivo) para explicar el modelo narrativo representativo de la quality television que HBO ha impuesto durante la última década, y por qué esto ha viciado la mirada del espectador. Reservando para otro momento mi opinión al respecto, me quedaré con su definición de ambos términos: “Un episodio funciona por sí mismo como unidad de entretenimiento, ya que posee un flujo narrativo que puede disfrutarse independientemente. Una ‘entrega’ está al servicio de la trama general de una temporada, y no está interesada en lograr nada concreto mientras dura”.

HBO ha hecho de las ‘entregas’ la norma en sus dramas actuales. Juego de tronos o True Blood -ambas basadas en sagas literarias- presentan esa estructura novelesca que facilita la entrega semanal de capítulos de un libro a un espectador que no obtendrá una visión completa hasta que acabe la temporada. Esto provocará que muchos capítulos dejen al espectador con la sensación de no haber avanzado, de haber asistido a 50 minutos de transición que, por muy imprescindibles que sean para la historia general, fallan como producto televisivo de periodicidad semanal. La cadena AMC toma el modelo por ‘entregas’ y lo fusiona convenientemente con contenidos altamente episódicos. Sus prestigiosos dramas Breaking Bad y Mad Men se pueden disfrutar semana a semana como textos relativamente cerrados, de los que se pueden sacar conclusiones -que probablemente cambiarán más adelante, por supuesto- y extraer motivos concretos. A su vez, estos ‘episodios’ siempre funcionarán como piezas imprescindibles de un macro-relato que se irá desgranando a lo largo de las semanas.

En Mad Men hay una innegable influencia de la literatura, pero es un producto mucho más -tradicionalmente- televisivo de lo que parece a primera vista. En ella no observamos la suspensión del relato que lastra a Juego de tronos, desapareciendo así la sensación de estar viendo una historia cortada en trozos de manera casi arbitraria. Sobre todo en sus dos últimas temporadas, Matthew Weiner construye para cada episodio historias susceptibles de análisis como piezas conclusivas, que a su vez adquirirán sentido más completo una vez recibidas todas las entregas. La primera mitad de la presente temporada no solo ha explotado el modelo de episodio centrado en uno o dos personajes -no es algo nuevo en Mad Men, pero se está recurriendo más a él este año-, sino que ha llevado un paso más allá el carácter puramente episódico de la serie. El ejemplo más claro es el capítulo de esta semana.

“Far Away Places” se divide en tres partes, tres historias simultáneas protagonizadas por Peggy Olson, Roger Sterling y Don Draper. Dejando a un lado la fragmentación habitual que ocasionan las tramas entrelazadas, este episodio nos conduce sin interrupciones a lo largo de tres breves incursiones en las mentes de estos personajes. Las historias de Roger y Don tienen lugar lejos de la oficina, mientras que la de Peggy se centra inevitablemente en la crisis existencial que le provoca su trayectoria en SCDP. Al igual que Pete en el episodio anterior, Peggy tiene problemas ajustándose al papel que se ha empeñado en adoptar. Su indiscreción en el cine puede verse como un acto liberador, pero es todo lo contrario: Peggy también huye de su vida por la senda de Don Draper. Una conversación con Ginsberg -de espaldas a ella, reflejado en una ventana-, un ser mucho más extraño que ella, le devuelve a casa. “I always need you”, le dice a su novio después de darse cuenta de que ella no es de Marte.

Por otro lado, Roger y su mujer, Jane, acuden a una cena con unos amigos de ella. La velada se transforma en un viaje psicotrópico -toman LSD en grupo- hacia lo más profundo de la mente de Roger, que llega a la conclusión de que ya es hora de poner fin a lo que no funciona desde hace más tiempo del que recuerda: su matrimonio. Por último, Don lleva a Megan a pasar un día en Howard Johnsons -famosa cadena de restaurantes y hoteles en auge en los 60-, a pesar de la reticencia de ella, que prefiere quedarse en SCDP para asistir a una importante presentación. No es justo que a él se le permita gustarle su trabajo y a ella no. Una brutal discusión entre ambos desvela de nuevo las motivaciones de los personajes: Megan no quiere ser ama de casa -ese restaurante familiar es para ella “una parada en el camino hacia un destino final”-, ni “la mujer del jefe”. Don necesita una nueva Betty.

Los paralelismos entre las tres historias no son solo formales -el reflejo de Michael y Roger; Don y Megan/Roger y Jane tumbados en el suelo. “Far Away Places” nos habla de tres personajes que, frente a las verdades que están provocando su desdicha, deciden mirar directamente o apartar la cara. Mientras Peggy y Roger han asumido el cambio necesario -“I have an announcement to make! It’s going to be a beautiful day!” exclama un liberado Roger a la mañana siguiente-, Don aún no ha decidido si hacer algo con respecto a Megan -ya sea en el trabajo o en casa- o seguir con la farsa.

“Far Away Places” confirma la idea de que estamos ante una temporada de Mad Men en la que las rupturas se están convirtiendo en lo normal. La temporada comenzaba con un número musical, y en estas seis semanas hemos asistido a una alucinación en la que Don se convertía en un personaje de Bret Easton Ellis -hay una réplica de aquel momento en este episodio, con un enloquecido Don persiguiendo a Megan por el apartamento- y a una pelea a puñetazos entre Pete y Lane. “Far Away Places” sigue explorando este terreno en cada uno de sus tres segmentos, incorporando momentos de suma violencia -sexual, visual, física- en un relato cuya intensidad se había buscado hasta ahora por otros medios. De esta manera, la serie está generando, más que nunca, el clásico ‘debate del día siguiente’ que caracterizó a la ficción televisiva hace una década. Mad Men deja de ser “la gran novela americana” para convertirse esta semana en un libro de relatos cortos que sigue explorando la acertada hibridación de ‘episodio’ y ‘entrega’ a la que nos tiene acostumbrados la serie. Y es así como Mad Men pasa a ser un producto esencialmente televisivo.

 

Aquel maravilloso tiempo: Mad Men, “A Little Kiss” (5.01-02)

Matthew Weiner es un perro muy astuto, además de un guionista de excepción, y así lo demuestra el estreno de la quinta temporada de Mad Men. El uso que hace Weiner del tiempo, un elemento evidentemente esencial en su serie, es extraordinario. No solo han pasado 17 meses desde que vimos el anterior episodio de la serie, sino que por las vidas de Don Draper y sus satélites de Sterling Cooper Draper Pryce también ha transcurrido un tiempo considerable. Tanto que hasta alguno de esos personajes ha dejado de girar a su alrededor. El estreno de doble duración, “A Little Kiss”, está claramente formado por dos episodios distintos -se emitirán por separado en sindicación. La escisión toma lugar en la calle, en la misma puerta del edificio donde se alojan las oficinas de SCDP. La primera parte se centra en la nueva vida de Don Draper como hombre casado (en segundas nupcias). La segunda nos vuelve a abrir -oficialmente- las puertas de la agencia de publicidad de la calle Madison y nos muestra cómo ha afectado este año a sus empleados. No importa que una parte nos haga testigos de lo que ocurre en los hogares de los protagonistas y otra nos devuelva a la oficina, ambas nos hablan de lo mismo.

Donald Draper tiene 40 años. Los tiene desde hace medio año, pero eso no es importante, porque como dice su nueva mujer, Megan -que ya nos gustaba, pero ahora nos ha enamorado-, solo lo sabe él. ¿Se equivoca? Por supuesto. Precisamente importa más porque solo lo sabe él. Si hemos aprendido algo de Don Draper es que su vida está casi íntegramente definida por lo que únicamente él sabe. La primera hora de “A Little Kiss” es un pausado pero hábil relato centrípeto que nos conduce hasta la fiesta sorpresa que Megan prepara para Don. En él observamos recelosos un cambio en el protagonista en el que el resto de personajes incide en varias ocasiones: Don ha cambiado, Don es más feliz. Al principio no sabemos si es cierto o es pura cortesía e ignorancia. Al final, como sospechábamos, descubrimos que se trata de lo segundo. Don sigue siendo un hombre atormentado e infeliz. El cambio que Megan -y su nuevo y luminoso apartamento en la ciudad- introduce en su vida es solo un espejismo. No importa que sonría en su fiesta, da igual que su nueva mujer tenga las piernas más largas de Nueva York, se maneje de maravilla con sus hijos y le cante un tremendamente sensual y pizpireto “Zou Bisou Bisou” -inesperado momento musical en Mad Men que nos deja a todos boquiabiertos-, Donald Draper sigue siendo el mismo. Si para algo le ha servido el tiempo a él es para saber esconder mejor su malestar.

De momento, La Reina de Hielo no hace acto de presencia en “A Little Kiss”. Si pensamos en temporadas anteriores, la desagradable y fascinante ex mujer de Don siempre aparece cuando el relato ya empieza a madurar. Betty Francis sabe cuándo es el momento de hacer su entrada. Y yo lo espero ansioso.

Volviendo a los personajes que sí hemos visto en “A Little Kiss”, no es Don el único que no avanza en su nueva vida. En ausencia de su marido, Joan se enfrenta a la maternidad con la ayuda de su madre -primero M.J. y ahora Martha Huber, Mad Men se ha convertido en una reunión de actores de Mujeres desesperadas. El cambio se hace evidente en su aspecto físico. Conocemos a la nueva Joan de andar por casa: ropas anchas, pelo alborotado y cara de amargura. Pero no tardamos en reconocer a nuestra Joan Harris: asertividad y agresividad felina, mezcladas con una pizca de inseguridad. Joan necesita volver a SCDP. Por último, Pete Campbell es el tercer personaje utilizado para mostrar el reverso tenebroso del paso del tiempo. La desdicha de Pete también tiene que ver con lo que ocurre en casa. De momento, Weiner nos quiere hacer pensar que Pete se está convirtiendo en Don Draper. Al menos en el Don Draper que los demás conocen.

Dejamos las casas de los protagonistas -menos la de Don, que sigue en la cama, supuestamente porque “es feliz”- y tomamos un tren con Pete y un taxi con Lane Pryce para dirigirnos a su verdadero hogar: Sterling Cooper Draper Pryce. Allí también podemos observar cambios. Para empezar, la oficina parece prosperar -a pesar de los perennes problemas económicos-, como señala la sinfonía de teléfonos y máquinas de escribir que nos recibe. En contraste, Peggy Olson está algo estancada. A lo largo de “A Little Kiss”, vemos a una Peggy más relajada y confiada, con su disfraz de copywriter ya asimilado en la piel. Ha bajado la guardia y se encuentra en un lugar cómodo. Don ya no ejerce la misma presión sobre ella, y en consecuencia, ella no parece exigirse a sí misma como antes. Por el contrario, Pete canaliza en la oficina su desgracia como esposo y padre de familia. Con unos Draper, Sterling, Pryce y Cooper apiñados en el sofá de su oficina y reducidos a chiste, Pete da una lección: no necesita un despacho enorme para impresionar a nadie.

Y así es, en definitiva, cómo Mad Men hace de la elipsis un arte en sí misma. Con un pulso ejemplar -sobre todo en el segundo episodio, en el que destaca la agilidad cómica de las escenas en la oficina-, la serie estrella de AMC -récord de audiencia en este primer episodio, por cierto- nos re-introduce en su relato, con los cambios pertinentes y sin descuidar en ningún momento todo lo que nos fascinó de las temporadas anteriores. Las nuevas tramas y las transformaciones en los personajes abren muchos frentes sin dejar de contar la misma historia en ningún momento. “A Little Kiss” concluye  con la introducción de un tema que aún no ha tenido el mismo peso que otras cuestiones sociales en la serie: la segregación racial. Dejemos que el tiempo nos siga desgranando esta gran novela que inaugura un nuevo capítulo con aire certero.

Mad Men: la cura para la serie común

A lo largo de un lustro, la ficción televisiva puede experimentar numerosas transformaciones, así como generar gran cantidad de modas y tendencias. Y lo normal es que lo haga. Mantenerse en el candelero durante una temporada es fácil para algunas producciones seriales, en permanente búsqueda de la vanguardia y la innovación –Heroes, Prison Break. Hacerlo durante varios años sitúa a algunas ficciones como referentes incontestables de una etapa de la televisión –Perdidos. Pero, ¿qué ocurre cuando una serie está a punto de estrenar su quinta temporada y el mundo entero le sigue prestando la misma atención que al principio? Sin duda, estamos ante el eslabón definitivo del nuevo drama televisivo, pieza central del ya inabarcable fenómeno de la quality television: Mad Men. La serie creada por Matthew Weiner para AMC -avanzadilla de la televisión de calidad, plantando cara a la todopoderosa HBO- ha logrado ganarse el beneplácito de la crítica y la etiqueta de obra de culto, gracias a cuatro temporadas que, lejos de mermar su calidad con el paso del tiempo, han ido superándose una tras otra. ¿Cuál es el secreto del éxito de Mad Men? Exactamente el mismo que el de su protagonista, Don Draper: una más que atractiva fachada, un enigmático trasfondo y la más sofisticada de las campañas de márketing. Con esta serie tenemos la garantía de que no nos están vendiendo humo, aunque pueda parecerlo en ocasiones. Nunca antes habíamos estado tan encantados de sucumbir a las embaucadoras estrategias de la mejor publicidad. Así es, estamos más que preparados para los nuevos episodios de Mad Men.

Tomando los elementos constituyentes del melodrama y la telenovela, Mad Men deconstruye los géneros presentando un modelo narrativo que recupera la tradición novelísica de la primera mitad del siglo XX, combinada con elementos del cine clásico de Hollywood, para abrazar el nuevo modelo de ficción seriada. La regresión como vehículo hacia la novedad. El abandono del contenido episódico en favor del entramado serial y la autorreflexividad absoluta es lo que caracteriza principalmente a la nueva televisión norteamericana -llámese meta o hipertelevisión, da igual, pronto prescindiremos de etiquetas-, y Mad Men no es sino la última expresión de esta idea. Se habla mucho de “la gran novela americana” para describir este tipo de ficciones que han venido a revolucionar los esquemas narrativos de la televisión. Los Soprano, The Wire y ahora Mad Men nos adentran en un extenso y absorbente relato que, aprovechándose de la periodicidad semanal, desafía los preceptos institucionales. Sin embargo, esto no es lo que diferencia la serie de AMC del resto de productos televisivos. En mayor o menor medida, todas las series -incluidas las comedias- están completamente sumidas en esta nueva forma de hacer televisión. Entonces, ¿qué hace que Mad Men destaque por encima de todas ellas?

De un lado, no cabe duda de que la factura técnica y el apartado estético de la serie es una de sus características más diferenciadoras. Hablábamos antes de modas, y si hay una serie que ha marcado tendencia durante estos últimos años es Mad Men -las networks NBC y ABC han adoptado sus postulados estéticos con sonados fracasos: The Playboy Club y Pan Am respectivamente. Otro de los rasgos principales de la nueva ficción televisiva es la creación de la imagen de marca y las etiquetas vinculadas a una serie, y en este sentido Mad Men es la marca que engloba a todas las demás: principalmente la de autor -Weiner fue guionista de Los Soprano– y la de la cadena -la AMC se ha consolidado en pocos años como garante de calidad. El mimo con el que está tratada la apariencia de la serie salta a la vista en todo momento. A través de una meticulosa reconstrucción histórica de la década de los 60, Weiner elabora un detallado y riguroso documento sobre una época de transformación en la sociedad norteamericana -ese siempre fue el objetivo principal del productor. El éxito de tamaña empresa es evidente: Mad Men se ha convertido en piedra de toque de la historia televisiva, alcanzando cotas inauditas de perfección formal. Sin embargo, no es su diseño de producción, vestuario o peluquería lo que ha hecho que la serie conserve su trascendencia en el medio durante cinco temporadas. Al menos no exclusivamente.

Es la hábil combinación de entereza visual y contenido lo que ha provocado que Mad Men sea reconocida año tras año -un pleno de cuatro Emmys a mejor serie dramática la avalan- además de convertirse en el objeto de investigación más esencial de los más recientes Estudios Televisivos. La complejidad narrativa de Mad Men radica principalmente en el rupturista manejo que hace de los acontecimientos más telenovelescos. Infidelidades, embarazos indeseados, traiciones, conflictos familiares. Ninguno de estos elementos desencadena reacciones grandilocuentes ni excesos dramáticos. En lugar de eso se opta por una emotividad contenida, y la intensidad de las tramas descansa en el malestar de una mirada que casi pasa desapercibida. Algunos conflictos quedan sin resolver, o más bien se terminan de desarrollar en el interior de los personajes, confiando al espectador el cierre de los mismos -muchas gracias. No es hasta que finaliza un episodio, o una temporada, cuando hacemos uso de todos los elementos puestos en juego para terminar de conocer a los personajes de Mad Men. Esto genera una relación entre personaje y espectador que pocas veces hemos experimentado. Los sentimientos de los personajes se ven a menudo coartados por la realidad de la interacción humana, extraña, pausada y llena de silencios y elocuciones inacabadas o indescifrables por los protagonistas. Somos nosotros, testigos de excepción y cómplices de las vidas de estos personajes, los que tenemos la labor de guardar secretos, leer entre líneas y comprender lo que ocurre en su interior. De esta manera se alcanza una plenitud como espectador que puede llegar a resultar abrumadora. Quizás el episodio que mejor ilustra esta idea sea “The Beautiful Girls” (4.09) -aunque cualquiera nos sirve en realidad. En él asistimos a un íntegro desnudo psicológico de tres mujeres (Joan, Peggy y Faye), pero no es hasta el último plano, en el que vemos sus -ya transparentes- rostros desapareciendo tras las puertas de un ascensor, cuando llegamos a conclusiones definitivas sobre ellas. Es a aquel precioso y sobrecogedor instante -confieso que me hizo llorar durante un buen rato después de los créditos- al que me remito habitualmente para recordar por qué Mad Men no es como el resto de series.

Para hacer converger todos estos elementos y obtener un producto de calidad -como es el caso-, hace falta un complejo trabajo de escritura. Y Mad Men puede jactarse de haber perfeccionado el arte del guión para televisión. La exhaustiva labor de documentación y la envidiable construcción de personajes se ve reforzada por un riesgo que ignora todo convencionalismo y un compromiso artístico con la obra que escapa de soluciones acomodaticias y no busca necesariamente la satisfacción del espectador por la vía fácil. A esto hay que añadir el exquisito juego metalingüístico que hace coincidir discurso interno y la propia maquinaria publicitaria de la serie. Así, Don Draper representa la estrategia de márketing definitiva. Explotando su indudable magnetismo y su misterioso pasado se elabora un pretexto a partir del cual desarrollar una historia protagonizada por mujeres. Peggy Olson es el verdadero corazón de Mad Men y a través de su personaje asistimos al desarrollo de una historia que está a punto de entrar en un nuevo -y seguramente apasionante- capítulo. Enciendan un cigarrillo, sírvanse un whisky, o imagínense en alguno de los vestidos que las protagonistas lucen en la serie, y  a continuación prepárense para dejar todo eso de lado y seguir descubriendo lo que se esconde tras el humo que llena la habitación. Mad Men ha vuelto.