‘Aquaman’ es la película que DC necesita, pero eso no quiere decir que sea buena

Arthur, escúchame. Ese mundo está muy mal. La vida bajo el mar es mucho mejor que el mundo allá arriba. ¿No ves que tu propio mundo no tiene comparación? Además, tú eres el verdadero rey de Atlantis y tienes todo el derecho a reclamar el trono, que tu hermano va de mal en peor. Aquaman, tu reino te necesita… y el Universo DC mucho más.

Situada cronológicamente después de los acontecimientos de Liga de la Justicia, Aquaman nos introduce en los orígenes del personaje titular. Desde el romance a lo Un, dos, tres… Splash de sus padres (interpretados por Nicole Kidman y Temuera Morrison, Guerreros de antaño) hasta sus primeros pasos como superhéroe local. Su apacible existencia como levantador de submarinos se resquebraja cuando ve cómo su ciudad es arrasada por una ola gigantesca, al igual que le ocurría a Sosuke en Ponyo en el acantilado. Aunque muchos lo quieran catalogar como desastre natural, esta no es sino una de las primeras acciones de su hermano, que cual líder de extrema derecha no solo quiere elevar el proteccionismo de su villa de las profundidades, sino también arrasar y someter a la población del mundo seco. Para intentar frenarle, Aquaman deberá encontrar el Tridente de Atlán, legendaria arma de su abuelo que le serviría para reclamar su derecho legítimo al trono de Atlantis.

Tras la debacle de crítica y público que supuso Liga de la Justicia, DC mandó al banquillo a su cabeza visible, Zack Snyder, y depositó su confianza en todo un valor en esto de las resurrecciones: James Wan. Máximo artífice del renacer del cine de terror de las últimas décadas gracias a las sagas Saw, Insidious y Expediente Warren. Su nombre está asociado a una cadencia y a un ritmo perfecto hecho por y para el disfrute (o el mal rato voluntario y los sustos) del espectador. Esa ausencia total de ritmo y de equilibrio entre el componente épico y el humorístico eran los puntos más débiles del Universo DC, por lo que la elección de Wan no solamente era una buena apuesta de cara a la taquilla, sino una decisión in extremis para intentar salvar un emporio cinematográfico de capa caída.

¿Ha sido Wan capaz de salvar la papeleta? El resultado es bastante agridulce. No llega a fracasar estrepitosamente como Snyder o David Ayer (Escuadrón Suicida), pero ni de lejos llega al digno trabajo que realizó Patty Jenkins (Monster) con Wonder Woman. Aquaman es ambiciosa en la creación de su universo subacuático, que cobra vida de la forma más asombrosa y exuberante, y además tiene la actitud adecuada, pero acaba incurriendo en todos y cada uno de los errores marca de la casa.

Volvemos a enfrentarnos a una innecesariamente elevadísima duración (que no cuenten conmigo para el director’s cut), exceso de tramas mal conectadas, una historia extremadamente genérica (lo cual no sería un problema realmente si estuviese bien estructurada), una colección de personajes planos y faltos de desarrollo interesante (un saludo en especial para Black Manta, uno de los villanos más insulsos de DC en cine), unos efectos digitales inconsistentes que hacen que la película parezca por momentos un videojuego, otro sobrecargado clímax apocalíptico (cuando de verdad se acabe el mundo no vamos a asustarnos, vamos a bostezar), gags de humor infantiloide y cambios bruscos de tono (no sabe si tomarse en serio o no), unos cuantos momentos de vergüenza ajena (¿Qué le pasa a DC con las madres?) y cierta sensación de tijera a última hora en el montaje (trama recortada de Black Manta recortada, y una sola referencia a la pertenencia e Aquaman a la Liga de la Justicia) seguramente para hacer borrón y cuenta nueva.

Aunque la elección de Jason Momoa (Juego de tronos) como Aquaman chocase a los fans de DC, el aperitivo que tuvimos en Liga de la Justicia hizo pensar que quizá esta versión macarra y socarrona del personaje podría funcionar. Pero de la misma manera que Henry Cavill parecía el Superman perfecto o Jared Leto un potencial buen Joker, a Momoa le falta talento para ir más allá de la superficie. Claro que esto no es completamente culpa suya, sino de un personaje que está escrito así, simple, acartonado y sin ningún tipo de profundidad, reducido a los estereotipos del héroe y aderezado con latiguillos y gracietas irrisorias. Errores que en ocasiones incluso aparecen subrayados con unos riffs de guitarra espantosos (en un intento de emular a Wonder Woman). Pero no es Momoa el único en caer en la maldición de DC: dos intérpretes de la valía de Nicole Kidman y Willem Dafoe (The Florida Project) parecen más preocupados en cobrar sus cheques que en dar vida a sus personajes (aunque vuelva a ser culpa igualmente de lo desdibujados que son sus roles) y Amber Heard (y su peluca) no da la talla, siendo incapaz de hacer creíbles unos diálogos de lo más torpe. Quien sale más airoso es Patrick Wilson (Expediente Warren), chico Wan por excelencia. Aunque su villano no sea más que un Loki de Hacendado, el actor sabe medir el histrionismo necesario para su personaje y aporta aplomo a la película.

Aunque no llegue a ser un despropósito como Escuadrón Suicida y de hecho incluya algunas de las secuencias más épicas que hemos visto en el cine últimamente (el descenso a la fosa es espectacular y el clímax, aunque abarrotado, tiene planos brutales), Aquaman supone otra oportunidad perdida para DC, que esta vez se ha aventurado a hacer un placer culpable con la esperanza de que sea lo que el público busca (y oye, quizá en eso haya acertado). En esta ocasión duele especialmente porque creíamos en que este viaje al fondo del mar tenía mucho potencial para elevar el universo DC, pero aquí estaremos dando oportunidades hasta que el estudio consiga enderezar su rumbo más allá de la Mujer Maravilla.

David Lastra

Nota: ★★½

[Crítica] Liga de la Justicia: Make DC Great Again

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Que DC se ha encontrado con todos los problemas habidos y por haber para hacer despegar su universo cinematográfico es algo sabido por todos. El caos detrás de las cámaras ha servido como combustible inagotable para titulares alarmistas y sensacionalistas (la mayoría por desgracia ciertos, como hemos ido comprobando), pero no se ha quedado ahí, sino que también, y esto es lo peor, se ha visto reflejado en las películas, pruebas fehacientes de todo lo que ha ido mal durante la producción.

El tibio recibimiento a El hombre de acero la acabó convirtiendo en un falso comienzo. Batman v Superman fue aniquilada por la crítica y dividió a la audiencia, exactamente igual que Escuadrón Suicida, que fue montada y remontada según Warner oía llover. El rayo de esperanza que DC necesitaba llegó con Wonder Woman, la primera película de la etapa moderna del estudio que recibía aplausos casi unánimes. La princesa amazona marcaba el ejemplo a seguir para las siguientes entregas del DCEU: más luz, más humor, y más corazón. Y así llegamos a Liga de la Justicia (Justice League), la esperadísima primera reunión en el cine de acción real de los icónicos héroes de DC, un sueño para tantos fans de los cómics y una película que, aun con sus muchas trabas, sitúa a la saga en el camino correcto.

El problema de DC siempre fue querer empezar la casa por el tejado. Eso, sumado a una falta de visión a largo plazo, actores que no se comprometen del todo con sus personajes, su apuesta por la perspectiva de autor para luego anularla según vire el mercado o la opinión en Internet, y un caprichoso calendario de proyectos que no hace más que cambiar, ha provocado que Liga de la Justicia nazca en las peores condiciones posibles. Por no hablar del ajetreo en la silla del director. Debido a una tragedia personal, Zack Snyder tuvo que abandonar el proyecto hacia el final, siendo sustituido por Joss Whedon, que acudía a DC después de su periplo en Marvel para terminar el trabajo de Snyder y añadir nuevas escenas (a la vez que desechaba muchas otras) con el objetivo de reestructurar la película y modificar el tono. Por todo esto, vaticinábamos un desastre de proporciones mayúsculas, pero lo cierto es que podría haber sido mucho, pero que mucho peor.

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De hecho, Liga de la Justicia es todo lo que cabe esperar de una película de superhéroes clásica, ni más ni menos: épica, ensordecedora, repleta de acción, y sobre todo, muy divertida. Pero lo más sorprendente es que además es narrativamente coherente, un auténtico logro teniendo en cuenta las circunstancias. Unir los dispares universos de Superman, Batman y Wonder Woman a la vez que se introducen (ahora sí de verdad) a los miembros restantes de la Liga, Flash, Aquaman y Cyborg (los tres todavía sin su propia película en solitario) era una tarea complicada, y Snyder, con la ayuda de Whedon, ha salido airoso en la medida de lo posible.

Para hacer converger todos los frentes de la historia se recurre al villano Steppenwolf, del que ya tuvimos un adelanto en Batman v Superman, otra criatura digital sin personalidad que no es más que un catalizador para desarrollar la acción (busca reunir las Cajas Madre para hacerse con su poder infinito) y una excusa para juntar a nuestros héroes. El esquema es muy similar al de Los Vengadores, con Bruce Wayne (Ben Affleck) haciendo las veces de Nick Fury al reclutar uno a uno, con la ayuda de Diana Prince (Gal Gadot), a los componentes de este variopinto equipo de metahumanos.

El primer acto intercala las distintas historias individuales esforzándose al máximo por no atropellarse en exceso con tanta trama, y aunque le cuesta, lo consigue, manteniéndose centrada la mayor parte del tiempo en el objetivo de unir a la Liga para impedir que una nueva invasión extraterrestre acabe con el planeta. Un planeta, por cierto, sumido en la desesperanza, la discriminación y el odio que necesita urgentemente nuevos héroes tras la muerte de Superman (un evidente símil con la Norteamérica de Trump que, tristemente, se queda en nada). En el segundo acto, que arranca con un impresionante primer enfrentamiento con el villano, el supergrupo empieza a tomar forma mientras sus miembros se van conociendo, con el obligatorio choque de egos, pero también mucho sentido del humor y chascarrillos para aligerar de peso la película. Finalmente, el clímax, más precipitado, nos depara otra ruidosa y aturdidora vorágine de destrucción digital como en las anteriores entregas de DC. No obstante, en esta ocasión (sorpresa) no se alarga hasta la desesperación y no desvirtúa lo que se ha visto hasta ese momento.

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Ante todo, lo mejor de Liga de la Justicia son sus héroes, como debe ser, encarnaciones esta vez más atinadas de los populares personajes del cómic. El reparto funciona a las mil maravillas, en especial gracias a las incorporaciones del imponente Jason Momoa y ese nervio puro que es Ezra Miller, dos de los mayores aciertos de DC hasta la fecha. Ellos proporcionan algunos de los momentos más simpáticos del filme (sobre todo Barry Allen, que tiene las mejores frases, aunque también los momentos más vergonzosos, todo hay que decirlo), pero quien funciona como ancla del grupo es Gadot, robando escenas y aportando a la película y al grupo todo lo que hizo de Wonder Woman un triunfo (emoción, motivación, baliza moral), hasta el punto de hacer despertar a Affleck, que no solo ofrece una interpretación sólida, sino que además por momentos hasta parece estar pasándoselo bien. El Batman de Liga de la Justicia supone una mejora enorme con respecto al de Batman v Superman, es más humano, un personaje más definido y congruente, por lo que sería una pena que ahora que se está haciendo con él, Affleck abandonase su compromiso con el Hombre Murciélago. Por último, Cyborg es quizá el eslabón más débil del equipo, pero no por el guion o por la interpretación de Ray Fisher (más que correcta), sino porque es el menos conocido, y por ahora el menos interesante.

Mención aparte merece Superman. Lo de El Hombre Acero podríamos llamarlo “el secreto peor guardado de DC” si en algún momento hubiéramos creído que el estudio deseaba mantenerlo oculto. Clark Kent regresa de entre los muertos cuando más se le necesita. Y no podría ser de otra manera. Superman tenía que formar parte de la primera gran aventura de La Liga de la Justicia como fuera. No desvelaré nada sobre su regreso, porque al menos eso sí se lo han guardado, solo diré que, aunque Henry Cavill siga siendo un Superman ideal y esta vez se haya captado mucho mejor la esencia del personaje, el bigotegate está a punto de estropearlo todo. Como sabéis, el actor británico estaba en pleno rodaje de Misión imposible 6 cuando Warner lo llamó para grabar escenas adicionales de Liga de la Justicia bajo la batuta de Whedon. Este acudió al rescate, pero Paramount (el estudio detrás de MI:6) le prohibió por contrato afeitarse el mostacho que lucía para su película. ¿Cuál fue la solución? Borrarlo digitalmente en las nuevas secuencias de Liga de la Justicia. ¿Y el resultado? Una auténtica debacle. El efecto para eliminar el vello facial es tan chapucero, llama tanto la atención, queda tan mal que no solo sirve para identificar las escenas rodadas a posteriori, rompiendo bastante el fluir de la película, sino que distrae sobremanera de la historia. Para reír por no llorar.

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Además de los seis héroes principales, la película cuenta con secundarios de cada una de sus franquicias individuales (Amy Adams, Jeremy Irons, Connie Nielsen y un largo etcétera), más nuevas incorporaciones, como Amber Heard en el papel de Mera o J.K. Simmons como el comisario Gordon, buenos aperitivos de las próximas entregas en solitario de la franquicia. El reparto es tan numeroso que es inevitable que muchos personajes se queden como “meras” anotaciones a pie de página, pero no importa demasiado, ya que el guion establece claramente desde el principio quiénes son los protagonistas, y Snyder (y Whedon) se encarga de darles a cada uno muchos momentos individuales y en grupo para brillar. Así, Liga de la Justicia logra un equilibrio que parecía imposible, y que, aunque corre el riesgo de romperse en cualquier momento, se mantiene hasta el final.

Pero por supuesto, la cinta también tiene sus problemas, como hemos adelantado. Y no son precisamente insignificantes. Ya hemos mencionado a Steppenwolf (que a pesar de no llegar al nivel de despropósito de los malos de Escuadrón SuicidaWonder Woman, no está a la altura de la ocasión), y al verdadero villano de la película, el no-bigote de Henry Cavill. Pero también hay que criticar la objetificación sexual a la que se somete a Wonder Woman de nuevo bajo la mirada masculina (los planos recreándose en sus nalgas y escote son frecuentes), especialmente indignante después de lo que Patty Jenkins hizo con el personaje -aunque no lo suficientemente grave como para estropear todo lo que la convierte en uno de los puntos más fuertes de la película. Y por encima de todo, está la inconsistencia formal que tanto ha mermado las anteriores producciones de DC, y que aquí se ve magnificada por la presencia de dos directores cuyo trabajo no se ha podido unir sin costuras. La paleta cromática, el CGI, el aspecto de los actores y la iluminación difieren tanto entre escenas que hacen que el acabado visual sea mucho menos atractivo de lo deseable.

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Aun con todo, Liga de la Justicia es mucho mejor de lo que debería. El reparto está fantástico y la química salta a la vista, la acción es brutal (agotadora, sí, pero mucho menos embarullada y confusa que de costumbre), no se cae en el exceso de solemnidad ni se abusa demasiado de la cámara lenta (es decir, el snyderismo se ha rebajado, afortunadamente), los diálogos son acertados tanto a nivel cómico como dramático la mayor parte del tiempo, y con dos horas justas de duración, el metraje no se alarga innecesariamente, dejando poco espacio para el aburrimiento.

El éxito de Wonder Woman ha ayudado a establecer un tono más equilibrado, más ligero, lo que debería animar a ser menos exigente con ella, y los aportes de Whedon (si los hemos identificado bien) ayudan a humanizar a los personajes y estrechar sus vínculos cuando más hace falta, redibujando el itinerario de la franquicia hacia un futuro más optimista. Liga de la Justicia es un espectáculo muy imperfecto, pero también tremendamente divertido y explosivo, puro cine de superhéroes y puro cómic. No es la película de DC definitiva, pero sí una señal de que quizá no todo esté perdido y algún día podamos tenerla.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Magic Mike XXL es mucho mejor de lo que parece (en serio)

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En 2012 vi Magic Mike (¡en el cine!), motivado por la curiosidad y sobre todo por la entrepierna. A juzgar por la picante campaña promocional, la película prometía un espectáculo de striptease masculino orientado sobre todo a pandillas de mujeres con ganas de fiesta y cachondeo. Pero su director, Steven Soderbergh, no concibió la película como una despedida de soltera cinematográfica, sino que sus intenciones eran algo más serias. Bajo la apariencia de producto ligero para una noche loca de verano, Magic Mike escondía voluntad de melodrama social de personajes. Y ahí es donde Soderbergh cometió el primer errorUna película de estas características pedía menos drama, menos intensidad, y más diversión, y el inconsistente acabado final lo confirmaba. Afortunadamente, esto sirvió para reajustar el tono de la imprevisible secuela (donde Soderbergh delega la dirección en uno de sus productores y guionistas habituales Gregory Jacobs) y hacer reset con la intención de ofrecer, esta vez sí, lo que la primera película había prometido sin cumplir.

Por eso, Magic Mike XXL constituye una muy grata sorpresa, una película que mejora la fórmula considerablemente, deshaciéndose del desubicado aire de autoimportancia y drama independiente de autor de la primera entrega para convertirse en una simple comedia de colegas con un único objetivo: divertir al respetable. Sin un solo minuto de aburrimiento, Magic Mike XXL se estructura como una road movie a lo Little Miss Sunshine o Priscilla, reina del desierto, en la que Mike (Channing Tatum), retirado desde hace tres años del mundo del baile, reúne a los Reyes de Tampa (su grupo de strippers, o mejor dicho, “male entertainers”, que es el término menos ofensivo) para una última performance en Myrtle Beach. En un principio dispuestos a tirar la toalla, el grupo de amigos (menos Matthew McConaughey, que se desentendió del proyecto, y Alex Pettyfer, que tuvo un encontronazo con Tatum y no repite) acaba subiéndose a bordo de la autocaravana con Mike, para jubilarse con un último espectáculo legendario en la mayor de las convenciones de strippers. En el camino, los chicos de Mike hacen paradas en varios lugares, donde se reencontrarán con viejas amistades, forjarán nuevas relaciones y examinarán sus frustraciones personales y sueños de futuro más allá del mundo del baile erótico.

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Como decía, sin más pretensión que la de hacer reír y propagar buen rollo, Magic Mike XXL es una fiesta continua, una celebración a la que es imposible resistirse. Su aire relajado y desenfadado es contagioso, e invita a emular a sus intérpretes y dejarse llevar. Los actores se lo están pasando bien y se nota, no hay drama en el ambiente y no hay mucho en juego, de ahí que la película acabe resultando tan fresca y natural. Pero es que además, Magic Mike XXL puede presumir de otros aciertos: principalmente el mensaje de positividad del cuerpo que recorre todo el film, de respeto y compañerismo (sin moñadas), una mayor integración y diversidad (más mujeres con un espectro mayor de edades, razas y físicos, una escena en un club gay), y la práctica ausencia de sexismo o mal gusto. Teniendo en cuenta el tipo de película que es, tiene más mérito todavía.

Ni que decir tiene que, a pesar de todas estas virtudes, lo que el público va a ver principalmente en esta película es a los actores meneando trasero y delantera, y contorsionando sus cuerpazos depilados ante los gritos extasiados de hordas de damas desatadas. Y en ese sentido, Magic Mike XXL tampoco decepciona, claro está. Imposible hacerlo cuando vuelve a contar con las mismas “armas” que ya fueron infalibles en la primera parte (con excepción de los dos desertores mencionados, que tampoco se echan de menos). Nos alegra ver nuevas incorporaciones como la de Donald Glover (en su fase de autobúsqueda artística, dando vida a un DJ/cantante/animador/stripper?), nos divierten las escenas en las que aparecen Andy McDowell (hilarante encuentro entre generaciones) y Jada Pinkett Smith (no por ella, que es muy mala actriz, sino porque sus escenas en el club de Rome son de una exuberancia embriagadora), y nos gusta ver a la omnipresente Elizabeth Banks y a la cada vez más destacable Amber Heard, que por suerte sustituye a aquel palo de una sola expresión que era Cody Horn. Pero aquí el centro del escenario lo sigue ocupando muy merecidamente Channing Tatum, que desprende su habitual carisma de andar por casa y sigue moviendo el cuerpo como nadie (lo suyo es hipnótico). Tatum inaugura la película por todo lo alto, protagonizando una cómplice secuencia de baile espontáneo en su taller que destaca por lo exquisitamente ridícula y autoconsciente que es. Al igual que la (larguísima) traca final, un agotador espectáculo camp que de nuevo, hace que nos preguntemos en qué estaban pensando para no estrenar la película en 3D.

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Mención aparte merece el robaescenas oficial del film, Joe Manganiello, cuya imponente presencia da para momentos de impresión con los que se lleva la película de calle, especialmente la descacharrante secuencia que tiene lugar en la gasolinera a ritmo de los Backstreet Boys, sin duda la más divertida y memorable de la película. De hecho, cuando la vi en el cine, esta escena provocó aplausos y risas como nunca había oído en una sala, y lo mismo ocurrió con otros momentos de humor, que fueron celebrados con carcajadas y vítores. Y ojo, creo que no eran solo las hormonas desatadas del público (con el pavo) al ver los cuerpazos en movimiento o el primer plano de Tatum que abre la película (que desató un suspiro colectivo con el que aun me estoy riendo, por cierto), sino también un sentimiento genuino de diversión, generado por un tipo de comedia muy simple pero efectiva, y una acertada camaradería entre personajes que resulta muy orgánica (con la excepción quizá del personaje de Matt Bomer, arruinado al ser convertido en algo completamente irritante y caricaturesco, tanto que no queda más remedio que acabar riéndose).

Magic Mike XXL es un pasatiempo estupendo, hace gracia, rebosa encanto y, lo mejor de todo, tiene corazón. No es tan fácil hacer una comedia para adultos así (mirad si no el 90% de las que se estrenan al año), y es injusto que su impopularidad default o su naturaleza de producto ligero le reste mérito. Os recomiendo liberaros de prejuicios y darle una oportunidad. Da igual si sois hombre o mujer, o cuál es vuestra orientación sexual. El buen rato está garantizado. Y por si acaso quedaba alguna duda: sí, estoy hablando en serio en todo momento.

Valoración: ★★★★

Crítica: La chica danesa

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Lili Elbe nació en Dinamarca en 1882. Identificada como varón, recibió el nombre de Einar Mogens Wegener, con el que tuvo que vivir gran parte de su vida, dedicada con éxito a la pintura y la ilustración. Antes de adoptar su nueva identidad, Einar conoció a Gerda Wegener en la Escuela de Arte de Copenhague, y se casó con ella en 1904. Einar desarrolló su gusto por la ropa femenina al posar para Gerda reemplazando a una modelo ausente. A partir de ahí, Gerda ganó notoriedad en los círculos artísticos por los retratos de una bella figura femenina que no era otra que Lili, que comenzaba a vestirse de mujer asiduamente, se paseaba por las calles sin que la gente supiera que era una persona transgénero e incluso aparecía en sociedad como la prima de su esposa. Con Gerda siempre a su lado apoyándola en su transición, Einar fue desapareciendo gradualmente para dar lugar a Lili, la mujer que siempre había vivido dentro.

La historia de Lili Elbe resuena con fuerza en nuestros días, en los que la lucha por los derechos de las personas LGTBQ se encuentra en uno de sus momentos más decisivos, en general, y particularmente en lo que se refiere a la comunidad transgénero. Elbe fue una pionera en la cirugía de cambio de sexo, al ser la primera persona conocida que se sometió a una operación de reasignación genital, en 1930. Tom Hooper, el director de El discurso del rey Los miserables, es el encargado de contarnos esa historia y otorgarle la universalidad e inmortalidad que proporciona el cine, con La chica danesa, inspirada en la novela homónima de David Ebershoff, que a su vez relata libremente la vida de Lili. La chica danesa es una cinta biográfica de corte clásico que sin embargo aborda con osadía (me sorprende que la mayoría de la crítica opine lo contrario), respeto y suma delicadeza un tema que aun a día de hoy puede resultar incómodo o polémico para el gran público, un film que se desnuda por completo, exponiéndose tanto a los que comparten su causa como a los que no la entienden o se burlan de ella. Y es que la ocasión lo merece, si una sola de esas mentes cerradas consigue abrirse entre las risas de otros gracias a esta película, ya habrá servido para algo.

La chica danesa pósterDespués de lograr (merecidamente) el Oscar por interpretar a Stephen Hawking en La teoría del todo, Eddie Redmayne vuelve a llevar a cabo una impresionante transformación física y emocional para convertirse en Lili Elbe. El actor británico realiza un trabajo absolutamente conmovedor, un recital lírico de gestos y matices con una finura quebradiza en consonancia con el resto de la película (atención a la sobrecogedora escena en la cabina del “peep show”). Pero no sería lo mismo de no ser por Alicia Vikander haciendo de contrapunto, de la misma manera que Felicity Jones ejercía de sufrida partenaire en La teoría del todo. Si La chica danesa trasciende el mero biopic -evidentemente confeccionado para los Oscar- es sobre todo por la labor interpretativa de estos dos portentos escénicos, tan jóvenes y tan llenos de vida, que nos regalan los más hermosos primeros planos, imágenes ahogadas en lágrimas de una fuerza dramática arrebatadora. Gracias a ellos, La chica danesa constituye una experiencia profundamente íntima y reveladora, algo similar a ser observado en tu momento más desnudo y vulnerable, y salir reforzado de ello.

Pero no debemos pasar por alto la labor de Hooper, que ha convertido una historia introspectiva y furtiva en una obra llena de luz, que se debe mirar y admirar (y escuchar, porque el omnipresente Alexandre Desplat vuelve a firmar una partitura digna de mención). A esos poderosos primeros planos a los que me refería se añade una composición y puesta en escena exquisita, con la que el director encuadra a sus personajes en lo que sin duda son pinturas fílmicas. En interiores, cuadros llenos de capas y profundidad gracias a la meticulosa disposición de los personajes, el aire a su alrededor y el juego de marcos de puertas que se establece junto a ellos, y en exteriores, pasteles de aspecto brumoso con los que Hooper nos presenta un idílico paisaje europeo de los años 20, en contraste con el tumulto interior de sus protagonistas. Así, el emocionante viaje y la historia de amor incondicional de Lili y Gerda dan lugar a una película abiertamente preciosista que no se queda en la superficie del lienzo, una obra frágil, transformadora y, por encima de todo, necesaria.

Valoración: ★★★★

Crítica: 3 días para matar

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Está claro que Kevin Costner está deseando encontrar el comeback perfecto para reubicarse en Hollywood como el héroe de acción entrado en años que estaba llamado a ser. Lo hemos visto recientemente como padre de Clark Kent en El hombre de acero y como supervisor de Chris Pine en la fallida Jack Ryan: Operación sombra. Pero lo que a él le hacía falta no era un personaje comparsa o de mentor, sino protagonizar su propio thriller. Para cumplir esa función llega 3 días para matar (3 Days to Kill), comedia de acción dirigida por McG (Los ángeles de Charlie) y basada en una historia original de Luc Besson, que además co-escribe el guión.

3 días para matar tiene el sello Besson en cada uno de sus planos (torpemente montados, por cierto). En ella se respira su peculiar sentido del humor, que se ajusta como anillo al dedo a ese subgénero del cine de acción protagonizado por hombres duros y letales haciendo Cartel 3 días para matarmonerías y/o rudos cowboys americanos chocando con toda persona y cultura con la que interactúen. Ese es a grandes rasgos Ethan Renner (no se me ocurre nombre más idóneo para un personaje así), agente de la CIA cincuentón que descubre que tiene un tumor cerebral y le queda poco tiempo de vida. Esta noticia le lleva a aceptar una misión suicida supervisada por una femme fatale –Amber Heard demostrando una vez más que no tiene talento-, a la vez que intenta reconectar con su hija adolescente, interpretada muy correctamente por Hailee Steinfeld, protegiéndola durante la ausencia de su madre, la noventera Connie Nielsen. Después de conocer el argumento, debemos plantearnos eso de “historia original”. 3 días para matar se columpia constantemente entre la comedia familiar, el espionaje y el melodrama sentimentaloide sin escatimar en clichés. Pero el pastiche, por muy tópico que sea, cumple su función a las mil maravillas.

3 días para matar es sorprendentemente divertida y emocionante, y está llena de chistes y gags eficaces y algún que otro momento de acción trepidante (que a ratos recuerda a Crank, salvando las locas distancias), contribuyendo a un ritmo más que agradecido. Aunque navegue constantemente en las peligrosas aguas de la inverosimilitud y se pase un poco con el almíbar, se mantiene a flote gracias a ese tono paródico con el que Besson impregna todo lo que toca -y, todo sea dicho, que no siempre le da buenos resultados, como hemos visto recientemente en Malavita. Costner está espléndido como héroe gruñón, y muy convincente como padre arrepentido y sobreprotector (la química con Steinfeld es indudable). El actor de Bailando con lobos no es ningún virtuoso, pero su talento suele infravalorarse. En 3 días para matar, Costner domina perfectamente su rango interpretativo, y explota con precisión su galantería, ternura o aspereza dependiendo de la situación o la compañía. El resultado es un personaje tan carismático como cercano con el que es fácil simpatizar, y al que seguimos con gusto a través de un filme con aroma inconfundible a cine de acción de los 90, donde Besson parece vivir eternamente.

Valoración: ★★★