Crítica: Déjame salir (Get Out)

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No cabe duda de que vivimos buenos tiempos para el terror. El cine de miedo es oficialmente el más rentable en la taquilla y en los últimos años está demostrando que además goza de muy buena salud creativa, ya sea con producciones más grandes (el universo compartido de Expediente Warren o el remake de It, la película de terror más taquillera de la historia) o con películas más modestas y experimentales que están ampliando sus fronteras y dando mayor cabida a la hibridación con otros géneros.

La productora Blumhouse está a la cabeza de esta interesante ola de terror moderno, encadenando taquillazos como si no les costara nada (porque de hecho les cuesta muy poco), con un margen de fracaso mínimo, ya que manejan presupuestos muy bajos y por lo general no trabajan con grandes estrellas. El estudio responsable de sagas como InsidiousParanormal ActivityThe Purge y hogar del renacimiento de M. Night Shyalaman (La visita, Múltiple) lleva unos cuantos años apostando por las ideas originales y la visión de autor. Y en ese contexto es donde se enmarca una de las mejores películas que han hecho, si no la mejor, Déjame salir (Get Out).

La mente detrás de Déjame salir es la del cómico Jordan Peele, que se ha convertido con la que es su primera película en el primer guionista y director afroamericano en superar los 100 millones de taquilla en Estados Unidos, pasando a ser uno de los mayores talentos en alza de un Hollywood muy necesitado de voces que renueven los géneros desde perspectivas diferentes (de género, etnia u orientación sexual). Con esta fábula perversa y oscura que ha calado hondo en la audiencia norteamericana, Peele ha querido hacer una afiladísima crítica social en torno al racismo contando una historia inquietante y sorprendente que bien podría ser un capítulo de una versión moderna de La dimensión desconocida.

Déjame salir parte de una situación muy familiar: el temido momento en el que tenemos que conocer a los padres de nuestra pareja. Chris (Daniel Kaluuya) se dispone a pasar un fin de semana en el campo con su novia, Rose (Allison Williams), y sus suegros (Catherine Keener y Bradley Whitford). El comportamiento de los padres de Rose desata las alarmas de Chris, que cree que su excesiva complacencia es reflejo de la tensión creada por el hecho de que su hija esté en una relación interracial (Rose es blanca, Chris negro). Pronto, sus sospechas se verán confirmadas cuando empiece a hacer descubrimientos cada vez más extraños en la propiedad, que le llevarán a destapar un espeluznante secreto.

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Aunque no faltan los sustos, Déjame salir es sobre todo un thriller y una comedia (muy) negra (de hecho, competirá en los Globos de Oro como comedia, muy convenientemente). Peele está más interesado en remover conciencias que estómagos, en provocar el escalofrío destapando el racismo históricamente arraigado en la sociedad norteamericana, haciendo más uso de la tensión psicológica que de los habituales trucos para sobresaltar al espectador. Pero el director no solo recurre al suspense más enervante, sino también al humor, creando situaciones deliciosamente perversas y retorcidas y diálogos de una acidez muy satírica que no funcionarían tan bien sin el excelente trabajo del reparto (especialmente de Kaluuya y Williams), y que dan lugar a una película más divertida de lo esperado.

Por último, Déjame salir también nos depara fuertes estallidos de violencia y locos giros argumentales que sumen a la película en la paranoia, sobre todo durante su reveladora recta final -por otra parte algo decepcionante, como suele ocurrir cuando una historia que juega tanto con la mente del espectador acaba descubriendo el pastel y dando más detalles explicativos de los que hacen falta. Aun así, con su ingeniosa opera prima, Peele ha conseguido realizar una película audaz, provocadora y fascinante, un trabajo inteligente y entretenido que además de poner de los nervios, se mete en la cabeza, convirtiendo la realidad más terrorífica en pesadilla cinematográfica.

Nota: ★★★★

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Déjame salir ya está a la venta en España, disponible en varias ediciones: DVD, Blu-ray, 4K Ultra HD y Blu-ray edición especial en caja metálica para coleccionistas.

Las ediciones en DVD y Blu-ray cuentan con los siguientes contenidos adicionales:

• Final alternativo
• Escenas inéditas
• “Revelando el terror en Déjame salir
• Entrevista con Jordan Peele y el reparto
• Comentarios con el director/guionista Jordan Peele

La edición 4K UHD incluye la película en resolución 4K y el Blu-ray estándar con todos sus extras. La edición especial en caja metálica, disponible en todos los puntos de venta hasta fin de existencias, nos ofrece la película en Blu-ray y todos sus extras en un steelbook de elegante diseño.

Girls: Crecer duele

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Girls nunca fue una serie tradicional. Por eso es lógico que su final tampoco lo haya sido. La serie de Lena Dunham siempre ha seguido sus propias normas, y una de las más importantes es no darle al espectador lo que quiere, sino lo que la historia necesita, aunque esto suponga enfadar o frustrar a la audiencia (de eso se trata, de ver cómo sus protagonistas toman las peores decisiones una y otra vez). Y si el último capítulo de Girls necesitaba dejar atrás a la mitad del cuarteto protagonista (Jemima Kirke y Zosia Mamet no aparecen) para centrarse en Hannah y Marnie, será por algo.

Para muchos, el verdadero final de Girls llegó con los dos capítulos previos al último, “What Will We Do This Time About Adam?”, en el que nos despedimos de la pareja romántica más importante de la serie, la formada por Adam (Adam Driver) y Hannah, con la media hora más agridulce de la serie, una fantasía romántica que se desintegra con el diálogo sin palabras más desarmante de la serie (si creíais que acabarían juntos, no sé qué serie estabais viendo), y “Goodbye Tour”, donde asistimos a la última “reunión” de las chicas y nos damos cuenta de que Girls nunca nos quiso hablar de la amistad del grupo, sino de su desamistad. Es decir, de cómo Hannah, Jessa, Marnie y Shoshanna nunca fueron realmente amigas, sino conocidas que mantenían sus relaciones por cumplir con las normas sociales o esquivar la soledad y el miedo al futuro. De esta manera, “Latching” (6.10) es más bien una coda, un epílogo que nos muestra la vida de Hannah meses después de dar a luz, ya alejada de la fantasía de Nueva York, de la fantasía de los 20.

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La serie podía haber terminado con aquel emotivo montaje de la protagonista observando a sus amigos en la fiesta de compromiso de Shoshanna, pero quedaba un último capítulo, y había que rendir homenaje a la única relación que puede asemejarse a una amistad real dentro de la serie, la de Hannah y Marnie. Por eso “Latching” comienza con un guiño a los inicios, ese traveling que recorre la cama para mostrarnos a las dos amigas acostadas, esta vez con Marnie abrazando a Hannah por detrás. Marnie ha decidido irse a vivir con Hannah para ayudarla a criar a su hijo, Grover, y esto la convierte automáticamente en la mejor amiga de la protagonista. “Estoy aquí. He ganado”, le dice satisfecha y agresivamente. Nada de lo que hace Marnie es natural, todo es auto-impuesto y artificial, pero la decisión de ayudar a su mejor amiga es sincera, aunque no sea precisamente desinteresada (Marnie no sabe dónde encontrar su propósito y se aferra al de Hannah).

“Latching” incluye un tercer personaje principal, Loreen (la maravillosa Becky Ann Baker), que reaparece para ayudar a Hannah a dar ese último empujón hacia la madurez, hacia la realidad, aunque sea a base de gritos. Lena Dunham realiza así una despedida íntegramente femenina, centrada en tres personajes pertenecientes a dos generaciones distintas con las que lleva a cabo una cruda y sencilla reflexión sobre la maternidad. Si al comienzo de la serie nos hubieran dicho que esta terminaría con Hannah en el campo luchando con(tra) su nueva condición de madre no nos lo habríamos creído. Pero como decía, Girls nunca nos llevó por los derroteros más esperados, y mucho menos por los más complacientes. Estaba claro que esta no era la típica serie en la que todo se iba a cerrar de forma impecable y con un lazo (aunque si lo pensamos, las despedidas de los demás personajes centrales, por muy abiertas o repentinas que fueran, no podían ser más adecuadas según cada uno).

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Dunham no iba a decir adiós a la serie que le dio la fama y la convirtió en la voz más debatida y detestada de su generación con un happy ending al uso (esto no es Friends). Ella ha preferido darnos un final que es un principio, otro relato breve, casi independiente, con el que su personaje por fin deja atrás su narcisismo para poner las necesidades de otra persona por encima de las suyas. Puede que, paradójicamente, la carta de la maternidad sea lo más tradicional que ha hecho Dunham en la serie, pero convertirlo en el motor de su desenlace es lo que ha hecho que sea fiel a sí misma y su libre albedrío hasta su último minuto. Y hasta su última imagen, uno de esos preciosos primeros planos de Hannah con los que a Dunham le gusta tanto acabar los capítulos, y un mensaje final de esperanza para el personaje y el espectador después de tanta amargura: todo va a salir bien.

¿Y qué pasa con Marnie? El personaje de la infravaloradísima Allison Williams ha sido el más importante de la serie después de Hannah, y dejar que comparta el último capítulo con ella es el detalle más bonito y justo que se le podía regalar. El papel de Marnie en “Latching” es ilustrar la complejidad de la amistad, en concreto, ese momento de transición (normalmente a los veintitantos) en el que dos personas que lo han compartido todo o bien se separan para siempre o aprenden a ser amigos de forma adulta. “Latching” no nos enseña el futuro, pero por lo que vemos en el presente (esa tranquilizadora escena en el porche), podemos pensar que todo va a salir bien también para Marnie, que por primera vez en la serie se plantea un objetivo realista (estudiar Derecho). Seguramente, Hannah y Marnie aprenderán a ser amigas sin depender la una de la otra, a darse el espacio necesario sin alejarse para siempre, a estar en sus vidas sin tener que compartir el mismo techo o verse todos los días. Necesitamos creer que Shoshanna estaba equivocada, y que al menos lo que hay entre ellas dos sí es real, y podrán conservarlo en una versión más madura y equilibrada de su amistad.

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“Nadie dijo que esto sería fácil”, le dice Loreen a su hija, Hannah. Es la mejor píldora de sabiduría que podía darle. Y la que resume a la perfección lo que ha sido la serie, el camino que han recorrido estos personajes, concretamente Hannah y Marnie (“la verdadera historia de amor de Girls“, según su productora, Jenni Konner). Del egoísmo y el autoengaño a la madurez que conlleva darse cuenta de que efectivamente, ni es fácil, ni somos tan especiales como creíamos (Hannah no es la voz de su generación, es una más entre tantos, y darse cuenta de eso en los últimos capítulos es lo que la sitúa en el camino correcto), y en definitiva de dejar de pensar en uno mismo para atender a los que nos necesitan. Ha sido un camino repleto de golpes, desengaños y decepciones, pero es necesario atravesar por esto para acabar descubriendo ese “sentimiento de pertenencia”, para “ser alguien”, como dice la canción de Tracy Chapman con la que se despide la serie. Por eso, por haber sabido explicar tan bien ese sentimiento, recordaremos Girls como el retrato más fidedigno, honesto y comprometido de la juventud del cambio de milenio.

Girls: “Pánico en Central Park”

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Llevaba mucho tiempo sin escribir sobre Girls por aquí. No entendáis este abandono de mis menesteres recaperos como una pérdida de interés por mi parte hacia la serie de Lena Dunham. Todo lo contrario. Precisamente si he de dar una razón por la que no he vuelto a escribir nada sobre ella en más de un año es porque, a día de hoy, es mi serie favorita de las que hay actualmente en antena. La conexión que siento con esta ficción de HBO está a otro nivel, por eso me cuesta más escribir sobre ella. Y por eso he preferido limitarme a verla y absorber todo lo que Dunham me eche, dejándolo dentro, donde me apetece que se quede cada vez que termino un episodio. Pero resulta que este año, Girls nos ha dado uno de los mejores episodios de sus cinco años de emisión, y una de las piezas más excepcionales escritas por Dunham, “The Panic in Central Park” (5.06), por lo que esta vez me veo obligado abandonar mi retiro. Tenemos que hablar de este capítulo. Tenemos que hablar de Marnie.

Evocando al ya mítico “One Man Trash” de la segunda temporada (el episodio en el que Hannah pasaba un fin de semana romántico junto a Patrick Wilson alejada de la realidad), “The Panic in Central Park” es otro capítulo (aparentemente) separado del resto, una película de media hora. Así es como Dunham y los demás guionistas de Girls se aproximan casi siempre a la escritura de guiones, como unidades independientes que se preocupan más de contener una narrativa propia que de servir a un todo. Sin embargo, esta quinta temporada está siendo ligeramente distinta a las anteriores, y quizá por eso, esté siendo la mejor en mucho tiempo. La clave está en que la trayectoria de los personajes está más definida, sus tramas son más lineales y por tanto, la serie está adoptando una dirección más concreta, seguramente de cara al final el año que viene. Eso hace que episodios como el que nos atañe sobresalgan aun más. “The Panic in Central Park” sigue respondiendo al afán de Dunham de realizar mini-películas dentro de su serie, pero a la vez que explota su naturaleza autónoma, supone un punto de inflexión coherente y definitivo en el recorrido personal de Marnie, en la que el episodio se centra exclusivamente, así como de la serie en general.

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Marnie ha sido quizá el personaje más maltratado por la Dunham guionista a lo largo de toda la serie, pero que Girls no es una serie complaciente ya lo deberíamos saber todos (cuánto agradezco esto), y todo tiene un porqué, todo converge en este episodio, una auténtica oda al personaje. Apenas unos meses después de casarse con Desi (probablemente el personaje masculino más insoportable de toda la serie), Marnie está atrapada en su matrimonio, confinada entre cuatro paredes que, si ya la oprimían, ahora limitan más su espacio gracias a las reformas de Desi en el apartamento (la metáfora está clara, ella quiere espacio, él intenta dárselo, pero lo que está haciendo es encerrarla aun más). Después de una pelea con los consiguientes lloriqueos teatreros y pataletas infantiles de Desi, Marnie se marcha a dar un paseo para despejarse. En su camino se encuentra con un fantasma del pasado: Charlie. Su primer instinto es huir rápidamente de ahí. No puede ser que justo en ese momento, vestida de andar por casa, con un moño mal recogido y en uno de sus peores momentos personales, se vaya a encontrar con la persona que la abandonó sin dar explicaciones, la insultó y le rompió el corazón. Pero Charlie la convence de que se vaya con él. Marnie decide dejarse llevar -al fin y al cabo no tiene nada que perder- y la tarde se convierte en una noche romántica en Nueva York, en la que ella se libera no solo de las cadenas de su marido, sino de las suyas propias. A simple vista, Marnie es la girl más juiciosa, la que está constantemente preocupada por lo que los demás pensarán de ella, por la imagen que proyecta, por el comportamiento de los otros y cómo este se refleja en ella (en realidad, Marnie solo quiere conectar e importar a los demás, y no sabe cómo hacerlo). Pero esta noche con Charlie se ha propuesto descansar de Marnie. Por eso se enfunda en un vestido rojo supuestamente elegante pero en realidad poco favorecedor que le ha elegido su ex, por eso le sigue el rollo y le saca 600 dólares a un señor que la confunde con una prostituta, por eso se sube a una barca ajena en un estanque de Central Park y pasea por las calles de Nueva York empapada y descalza, y por eso le dice a Charlie: “No voy a intentar cambiarte”.

Sin embargo, aun cuando no está siendo ella intencionadamente, Marnie está tan centrada en sí misma, en su visión del mundo (“Yo pensaba que ya no se atracaba a la gente en la calle”), que no ha sido capaz de ver las señales, de darse cuenta de lo que tiene delante de las narices. La noche termina en el cochambroso apartamento de Charlie. La Marnie de siempre lo habría criticado, pero esta se da una ducha en el baño comunitario del edificio, destaca lo caliente que sale el agua y le da un beso cariñoso a Charlie, que aun dormita. Pero entonces Marnie encuentra una jeringuilla en el pantalón de Charlie y las piezas empiezan a encajar (el título del episodio hace referencia a la película de 1971 The Panic in Needle Park, sobre una pareja de heroinómanos interpretados por Al Pacino y Kitty Winn). Su aspecto desmejorado, su nueva actitud despreocupada y temeraria, sus nuevas amistades, la visita al club exclusivo donde desaparece para hacer negocios en el baño, las mentiras sobre su padre y su trabajo. Que ella haya dejado de ser Marnie por una noche y haya parado de sobreanalizarlo todo ha impedido que se dé cuenta de que algo no iba bien. No basta con salir de su autoengaño, Marnie también se da cuenta de que debe dejar de vivir en el engaño de los demás y decide de huir de allí. Y así es como llega a la conclusión de que su matrimonio ha acabado. Cuando llega a su apartamento, Desi la está esperando en las escaleras. Él intenta negociar (suciamente) para que Marnie no lo abandone, pero ella ha tomado una decisión, probablemente la más difícil y a la vez la más fácil de su vida. Marnie se ha liberado de una responsabilidad que no debería ser tan dificultosa, y lo más importante, se ha liberado de sí misma.

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“The Panic in Central Park” termina como empieza, con un primer plano de Marnie pensativa, pero la del principio no es la misma que la del final. Después de dejar a Desi, Marnie acude a Hannah y se acuesta en la cama junto a ella y Fran (que la acogen con cariño y naturalidad), un gesto que evoca a la primera temporada, a momentos como el abrazo final de uno de los episodios definitorios de Girls, “All Adventurous Women Do” (1.03), y nos recuerda la importancia de seguir explorando los vínculos de estos personajes para darles una conclusión. Las tramas de la quinta temporada de Girls están más centradas que nunca, y, aunque todavía queda una temporada y media, van sin duda encaminadas hacia su final, donde las protagonistas probablemente tendrán que aprender a ser amigas de verdad o dejarán de serlo para siempre (si es que alguna vez lo fueron). “The Panic in Central Park” es un episodio descomunal, conmovedor, desarmante, media hora de televisión a flor de piel. Nos regala una de las mejores interpretaciones de Allison Williams en la serie, secundada por un magnífico Christopher Abbott (al que no esperábamos ver nunca más en Girls, lo que hace que el capítulo sea aun más sorprendente y especial), y deja constancia del refinamiento de Dunham a la hora de escribir historiasGirls nunca ha dejado de ser extraordinaria, pero con “The Panic in Central Park” alcanza un nuevo nivel de trascendencia y sofisticación narrativa (la serie nunca ha sido tan radiantemente triste). Gracias a este episodio, a partir de ahora no podremos ver a Marnie de la misma forma, y a la vez seremos más capaces de ver el mundo a través de sus ojosGirls está cambiando, está evolucionando como lo haría una persona, y no podría hacerme más feliz ser testigo de esta preciosa transformación.

Girls: Coke’s Fun!

¡Es miércoles noche, nena, y estoy viva!

Llegó el desfase a Girls. El exceso, el desenfreno. Girls Gone Wild. Lena Dunham ha hecho caso a la regla universal de las segundas partes y ha doblado todo en su serie para este año: la velocidad con la que Shoshanna habla, la rapidez con la que Hannah pasa de un hombre a otro, su ignorancia, egolatría y auto-inconsciencia. Hannah al cuadrado. Y como hemos visto en “Bad Friend”, Girls se ha vuelto el doble de loca y de caprichosa, y en consecuencia el triple de divertida. Después de dos episodios que han dividido a la audiencia incluso más que la primera temporada, e incluso peor (esta vez son los fans los que han caído en el desencanto), la serie de Dunham golpea fuerte con media hora de éxtasis de la amistad, un viaje sudoroso y en pelotas hacia la noche brooklyniana, y una celebración de la libertad creativa, sin vergüenza y sin complejos. ¿Que os molesta verle las tetas a Lena? Pues tomad tetas. O sea, un fuck you, haters en toda regla. Pero lo cierto es que, a pesar de este histérico y sobreexcitado episodio, Girls no ha cambiado demasiado, sigue siendo la misma serie que el año pasado. Es más, sus personajes han continuado sus recorridos personales justo donde los dejaron al final de “She Did” -al menos Hannah y Marnie, porque a Shoshanna y Jessa las hemos visto más bien poco. Pero todos sabemos que lo que rápido sube rápido baja, y que el siguiente paso en la cadena hype-backlash es el backlash procedente de los propios seguidores. Es ley de hipster.

Pero “Bad Friend” es el “All Adventurous Women Do” de esta temporada, el episodio que termina por enganchar a los reacios y convencer a los detractores. ¿Que Lena Dunham no se merecía el Globo de Oro? Dímelo otra vez después de ver este capítulo. “Bad Friend” se centra en Hannah, Eli y Marnie. Como he dicho antes, Shoshanna y Jessa se mantienen en segundo plano, prácticamente ausentes (yo creo que las intervenciones de Shoshanna se deben dosificar cuidadosamente, para no saturar y no cargarse al personaje). En “Bad Friend” se pueden encontrar varios paralelismos con el inolvidable 1×03. “All Adventurous Women” suponía la introducción de Eli, el ex novio gay de Hannah, y también profundizaba en la amistad entre Hannah y Marnie. En este “Bad Friend” la fabulosa, ideal y disneychanneliana relación de la protagonista y su nuevo compañero de piso alcanza su cénit -Hannah nos avisa al principio de que tiene problemas para fijar su atención en una sola persona, y por eso no hace tríos. Si el final del capítulo es indicio, quizás tengamos que despedirnos de Elijah -una pena, porque se ha ganado con méritos quedarse en la serie para siempre. Este le confiesa que mantuvo algo-parecido-a-sexo con su mejor amiga, lo que provoca la ira encocada de Hannah contra Marnie.  Al final, después de la bronca del siglo (Hannah no se podía quedar con la culpa de todo), y con la sartén de nuevo por el mango, le da permiso para volver a ser su BFF: “Podemos seguir siendo amigas siempre que sepas que tú eres la mala”. Pero a nosotros nos sigue quedando la duda razonable de quién es verdaderamente la “Bad Friend”. Y ahí está la gracia. La dualidad de estos personajes es infinita.

Hannah se sale de su elemento en busca de la magia, con el propósito de escribir un artículo “que explore todas sus vulnerabilidades a todo el mundo a través de Internet” (lo que hace Dunham todos los días). La magia en este caso la proporciona la coca, que no había probado antes porque tiene “las fosas nasales raras”. Solo por eso. Bien. Lo que viene a continuación son 20 minutos de comedia destructiva en estado de gracia que expone la brutal química entre Dunham y Andrew Rannells: “¡Somos la pareja no-sexual más sexy que este club ha visto jamás!” El “I Love It” de Icona Pop sustituye al ya mítico “Dancing On My Own” de Robyn como banda sonora de una amistad. Pero es otro rollo completamente distinto. Eli y Hannah bailan como si no hubiera mañana, flequillos descontrolados, ¡más coca! ¡cambio de camisetas! “Te quiero” “Yo te quiero más”. Y los pezones de Lena asomando rebeldes por la ya icónica camiseta amarilla de rejilla, desde el minuto 15 hasta el final (en serio, ¿qué os molesta tanto de verla desnuda?) Provocación y total ausencia de sentencia moral, al margen de la habitual contra Hannah. Todo esto ocurre mientras Marnie vive una experiencia pseudo-catártica con el capullo entre capullos Booth Jonathan, que incluye instalación artística y sexo fetichista (una muñeca de porcelana, tiene sentido). ¿Odia Dunham a Allison Williams? Si es así, bienvenido sea, porque Marnie está luciéndose esta temporada. Bravo por su carcajada después del sexo con Booth. Y bravo por Dunham, que pasa de abrazar cachorritos en el parque a esnifar en un baño público, todo en pro de la comedia y el libre albedrío artístico. Para nosotros es imposible no juzgar a estos personajes, no poner en duda la lógica sus acciones, pero es eso precisamente lo que pretende Dunham con todo este extraño experimento. Está claro que haters gonna hate. Pero no te preocupes, Lena, I don’t care! I love you!

GIRLS: Un repaso a la primera temporada

Vuelve la serie más adorada y odiada pero sobre todo más comentada de 2012. El estreno que redefinió los términos hype y backlash, e ilustró mejor que nada ni nadie la relación que hay entre ellos. La Lana Del Rey de las series. Vuelve GIRLS. Y lo hace envuelta en una promoción brutal (3 de cada 5 artículos de la New York Magazine son sobre la serie) y tras 9 meses de avasalladora sobreexposición de su creadora, Lena Dunham. Su cambio de look, la inminente publicación su primera novela, sus ensayos en las publicaciones más prestigiosas, lo que le gusta y lo que no (le gusta Taylor Swift, Katy Perry, y no le gustas tú por criticar a estas dos grandes artistas), lo que come o deja de comer, su cuerpo, su mente, su c**o. Todo esto ha sido increíblemente relevante en el mundo del entretenimiento durante el pasado 2012. Lena ha logrado mantenerse en el candelero a base de trabajo constante, pero también de falta de contención, de ensayo y error, y de subírsele peligrosamente a la cabeza eso de que es “la voz de su generación” -que lo es, por supuesto. Recientemente contó a Vanity Fairconcretamente en el número especial de comedia editado por su colega Judd Apatow– lo que ha aprendido de todo esto: “La vanidad y la autocrítica van de la mano. Si se utilizan correctamente, hacen que sigas adelante”; “La gente siempre va a encontrar algo que criticar en tu trabajo. Acostúmbrate a que te pongan los pies en la tierra, a ensordecer el ‘ruido’, a cuestionarte a ti mismo, y a darte cuenta de que uno de cada seis de esos cretinos tendrá razón”. Lena no es humilde, eso está claro, pero lo suyo no es despotismo, nada más lejos de la realidad. Lena está en sus años de formación, y a ver quién es capaz de mantenerse totalmente humilde habiéndose convertido a los 26 en una de las personalidades más influyentes del negocio del espectáculo. A Lena la tenemos hasta en la sopa (¿veremos en 2013 la Lena Dunham edition del crucigrama del Times?), y es así como saltan a la vista los defectos de una persona que se vendió desde el principio como un ser imperfecto pero que nunca se ha culpado a sí misma de nada, y que, de hecho, se comporta como una diva -una de andar por casa. Un proyecto de mujer que, a pesar de no atinar siempre con sus declaraciones y sus bromas, nos ha dado a todos en las narices con la incómoda realidad: lo que no nos gusta de Lena es probablemente lo que menos nos gusta de nosotros mismos.

Antes del estreno de la segunda temporada de GIRLS me gustaría hacer un repaso por los diez episodios que conformaron la primera. De la perfección formal y la elocuencia discursiva del piloto al catártico y conmovedor libre albedrío de la season finale. Diez bloques que dan cuenta del breve pero completo recorrido creativo de Dunham hasta la fecha y que nos presentan a estas cuatro chicas que aun no conocemos bien del todo (ni ellas, claro está), pero de las que estamos deseando saber más.

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Entramos de lleno en el mundo de Hannah Horvath. Autoindulgente, autoconsciente e inconsciente, a partes iguales, tan presuntuosa como insegura, una niña de papá que vive el sueño de Nueva York sin habérselo ganado. Hannah es una veinteañera de las afueras con ínfulas de Carrie Bradshaw y una distorsionada percepción de la realidad. Quiere ser escritora, ser la voz de todos los jóvenes de su edad que están en la misma situación que ella (precaria en teoría, viviendo por encima de sus posibilidades en la práctica). Los padres de Hannah se cuestionan la dirección que lleva su hija en la vida y deciden cortar todo tipo de ayuda económica y así dejar de costearle su fantasía burguesa. Hannah se refugia en la situación económica actual y se niega a trabajar en McDonalds porque está sobrecualificada. Por otro lado tenemos a Marnie Michaels (Allison Williams), que trabaja en un museo y es la mejor amiga de Hannah, la supuesta voz de la razón, algo estirada y muy aburrida de su vida, de su novio, y de todo en general. Shoshanna Shapiro (Zosia Mamet), estudiante que representa la fase inmediatamente anterior a la que atraviesa Hannah, universitaria que vive sola en un piso y se pasa el día viendo series y películas en el sofá, y en consecuencia comparando toda su existencia con ellas. Una persona que tiene la vida solucionada desde el principio y que tarde o temprano comprobará que la realidad no es tal y como la pintan en Sexo en Nueva York. Por último está Jessa Johansson (Jemima Kirke), prima de Shoshanna, espíritu libre y bohemio, y a la vez una chica completamente desorientada y a la deriva. Esta es la historia de una generación perdida, no por ser la más preparada cuando menos se la necesita, sino por no estar lo suficientemente preparada para valerse por sí misma en este mundo cruel. Si queréis leer un análisis en profundidad sobre el piloto de GIRLS, os dejo con mi artículo GIRLS: Madame Dunham.

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El segundo episodio de GIRLS se sumerge en la controversia sin dar rodeos. En su momento, “Vagina Panic” escandalizó a muchos y sorprendió gratamente a otros tantos por la casi inaudita franqueza con la que se aproxima a la siempre polémica cuestión del aborto en televisión. Marnie planea un ‘día especial’ en una clínica para mujeres: aborto para Jessa y examen vaginal para Hannah. Jessa no se presenta, lo que indigna y enfurece profundamente a Marnie. Hannah le contesta con una de las mejores frases de la primera temporada: “¿Cómo ha podido arruinar esta preciosa fiesta del aborto que le has organizado?” Ella está en la clínica porque se ha enterado de que Adam (Adam Driver), el chico con el que mantiene una extraña pseudo-relación, no es monógamo. Durante el examen, Hannah da rienda suelta a su jodida visión de la vida, como si estuviera en un confesionario, solo que sin bragas y con las piernas abiertas. Su miedo al SIDA proviene de Forrest Gump, pero planteándose la posibilidad de haber contraído el VIH, se da cuenta de que quizás no tenga miedo al virus, sino que en el fondo lo quiera contraer, porque “así nadie te preguntaría si has encontrado trabajo o si has hecho un curso de html”. Entonces, la doctora le dice “eso es una gilipollez muy grande”, y en ese momento es ella la que se convierte en nuestra voz. Hannah, eres imbécil. Por último, pero no por ello menos importante, Shoshanna revela que es virgen, a lo que Marnie responde “No sé qué decir. Una vez atropellé a un cachorro con el coche”. Lena, eres un genio. Y no podemos olvidar que en “Vagina Panic” está la que es quizás una de las mejores escenas de 2012: la épica “We’re the Ladies“.

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Muchos de los espectadores más reticentes a GIRLS sucumbieron con este episodio, que profundiza en la amistad entre Hannah y Marnie, desde el comienzo uno de los objetivos principales de Dunham. Sin dejar de lado la sátira y la autocrítica en ningún momento, GIRLS muestra un lado más amable y liviano a pesar de la seriedad de los acontecimientos: Hannah ha adquirido una enfermedad de transmisión sexual (el VIH no, el VPH), pero resulta que no ha sido Adam el que la ha contagiado, así que decide informar a Elijah (Andrew Rannells), su antiguo novio de la universidad. En “All Adventurous Women Do” se alcanza una armonía absoluta entre drama y comedia que se puede comprobar en excelentes escenas como el tórrido encuentro entre Marnie y un arrogante artista, la conversación entre Hannah y Elijah en la que ella descubre que él es gay (“Me largo. Tu padre es gay”) o la secuencia final, en la que Hannah y Marnie bailan al ritmo de “Dancing On My Own” de Robyn. Hannah abraza a Marnie por la espalda y los créditos aparecen. No nos hace falta nada más.

1×04 Hannah’s Diary

El teaser de este episodio muestra claramente la clase de compromiso que Lena Dunham mantiene con su serie. Hannah recibe una foto del pene de Adam por error. Al descubrir que ella no era la destinataria, reacciona mandándole una foto desnuda. Es la primera vez que le vemos los pechos a Dunham, que a partir de aquí no tendrá reparo alguno en volver a enseñarlos, como tampoco en ponerse a ella y sus compañeras de reparto en las situaciones sexuales más bizarras, crudas y en definitiva, más realistas. Con su comportamiento, Hannah muestra un tipo de sumisión que no es sino un mecanismo de defensa. No quiere salir escaldada de una relación por involucrarse más de la cuenta, a pesar de que finalmente comprende que eso es precisamente lo que quiere: tener un novio. Y que este solo se acueste con ella. Hace falta un amago de ruptura para que Adam le haga saber que él también está dispuesto a tener una relación exclusiva con ella. Hannah se muestra por fin tal y como es ante él. Y es entonces cuando ella, y el espectador, comienza a conocer de verdad a Adam. Por otro lado, Shoshanna tiene un encuentro con un antiguo amigo del campamento de verano, Matt (Skylar Astin), con el que se propone perder la virginidad. Todo sale mal cuando Matt descubre que Shoshanna no lo ha hecho nunca y la deja tirada a medias; Jessa se cuestiona el mero sentido de trabajar ahora que hace de niñera: “¿Sabes qué es lo más raro de tener un trabajo? Que tienes que ir todos los días, incluso los que no te apetece“. Hannah también tiene nuevo trabajo, donde su jefe se propasa con las empleadas mostrándose demasiado afectivo, e incluso dándole pellizcos en el culo. Dunham reflexiona así sobre los límites que imponemos a los demás en nuestras vidas privadas y profesionales, lo que es aceptable y lo que no, lo que debería serlo y lo que no. Y hablando de límites, Charlie (Christopher Abbott) y Ray (Alex Karpovsky) encuentran el diario de Hannah, lo leen y convierten una de sus entradas en una canción, “Hannah’s Diary”. Al oírla en directo, con público y sus amigas presentes, Marnie descubre lo que Hannah piensa realmente de ella y de su relación con Charlie: “Marnie tiene que dejar de quejarse y romper con él de una vez. Por supuesto que será doloroso, pero ella ya vive sumida en la agonía, encerrada en la prisión de su bondad”.

1×05 Hard Being Easy

Después de que Charlie rompa con ella, Marnie intenta volver con él, para posteriormente darse cuenta de que la llama se ha apagado y lo único que quería era sentir que controlaba la situación de algún modo (tanto tiempo pensando en dejarlo para que al final sea él el que te deja a ti, qué rabia, tía). Somos transportados mediante un flashback al momento en el que se conocieron, en una fiesta de la universidad, y comprobamos que la relación comenzó con un profundo afecto, que se iban a necesitar el uno al otro; pero también que todo se acaba. “Hard Being Easy” nos muestra a las girls en situaciones en las que su juicio está fuera de servicio. Marnie se arrastra con intención de manipular egoístamente a Charlie, Jessa flirtea con su jefe y acaba tirándose a un chico con novia, y Hannah se plantea llevar a cabo las fantasías que supuestamente tiene su jefe con ella, para a continuación amenazarlo con demandarlo por acoso -“Hannah, apenas posees la capacidad de llegar al trabajo a las 10:00. Y mucho menos de demandar a alguien. No tienes aplicación para poner demandas en el iPhone”. En la escena final, Hannah observa a Adam masturbándose en la cama para a continuación insultarlo y humillarlo al ver que este se excita ante la dominación de una mujer. Dunham abandera el girl power en su forma más radical y justifica el comportamiento de sus personajes femeninos convirtiéndolos en víctimas de los masculinos, poniéndolos en su sitio, o sea, debajo de sus zapatos. Aunque no es todo tan blanco o negro. En este power play nadie es peor o mejor, todos son víctimas y todos son verdugos. Estas chicas no son malas personas, simplemente tienen que vivir de acuerdo una serie de exigencias y convenciones que por lo general no se imponen a los hombres, y esto las lleva a comportarse de manera errática. Con el final de “Hard Being Easy”, Dunham pone a cada uno en su sitio. Girls just wanna have fun. Que se jodan los hombres.

1×06 The Return

El guion “The Return” está co-escrito por Judd Apatow, que le da a todo un aire muy Freaks and Geeks -de hecho estamos en Michigan, donde se ambientaba la serie de Paul Feig. Hannah vuelve a casa de sus padres para celebrar su 30º aniversario de casados. Alejada de la burbuja de Brooklyn, se plantea si fue un error mudarse a la gran ciudad para perseguir su sueño profesional. ¿No sería mejor que todos regresáramos a los barrios y los pueblos donde nos criamos y abandonásemos el sueño de una ciudad que no nos quiere? Hannah experimenta una regresión total a través de una serie de encuentros con antiguos amigos del instituto. También vemos su habitación, que está intacta –los padres de las nuevas series ya no convierten las habitaciones de sus hijos en gimnasios, los tiempos han cambiado. Nos imaginamos cómo fue su vida antes de inventarse a una nueva Hannah. Y conocemos un poco mejor a sus padres -para descubrir que su madre sobreprotege a su niña aun más que su padre. Ellos le proponen la posibilidad de un empleo en el pueblo, pero ella responde implacable “si vais a hacer esto todo el fin de semana, mejor parad”. Pobre Hannah.

Ella tiene una idea muy definida de lo que le gustaría ser en la vida, y opta por buscar su propio camino, a pesar de que las expectativas choquen violentamente con la realidad. Y ellos no son capaces de poner cortapisas a su ilusión, de detener su autoengaño. La fantasía y el espejismo de Nueva York impide ver las verdaderas posibilidades que se le brindan. Ya no se trata de conseguir un trabajo y subsistir, sino de conseguir un trabajo para el que supuestamente nos han preparado, uno a nuestra altura. En efecto, se nos caen los anillos. Nos negamos a que la generación más preparada se tenga que conformar con menos. Menos es digno, pero no es justo. Y ese es el problema de Hannah, y de una parte de su generación. Que se cree mejor que los demás. Una generación que se engaña buscando el grial de la profesionalidad, que persigue lo que ha visto en el cine y la televisión. Queremos ser profesionales y esperamos que nos caiga todo del cielo por haber estudiado una o más carreras. La crisis tiene la culpa, claro, pero en el momento en el que esta se convierte en una excusa, en la única excusa, la culpa deja de ser exclusivamente de ella. “Me preocupa realmente. ¿En qué se convierte una persona como ella?” -se plantea Tad Horvath (Peter Scolari)- “¿En qué momento se dará cuenta de que no va a ser lo que quiere ser de mayor? ¿Y si de repente se despierta un día, con 30 años, y no sabe cómo hacer nada?” Por si fuera poco, estas personas solo son capaces de reconocer este defecto en otros. Como Hannah en su ex amiga del instituto que, al igual que ella, manifiesta grandes aspiraciones artísticas. No oses juzgarme, no me digas cómo tengo que vivir mi vida, pero yo tengo todo el derecho a hacerlo contigo. “¿No crees que se está engañando a sí misma?” -le dice a su ligue del fin de semana- “No bailaba mal si la mides en términos amateur, pero Heather se muda a California para convertirse en bailarina profesional. En teoría debería hacernos sentir mal con nosotros mismos, pero es muy ridículo. Y nadie se lo va a decir. Se va a ir a Los Ángeles, va a vivir en un apartamento de mierda, sola, asustada y triste. Tiene una buena vida aquí. A mí me gustaría tener su vida. Quizás debería mudarme aquí”. A lo que él responde con una oferta de trabajo en la floristería. “Esto… no, yo querría tener un trabajo de verdad, como profesora o algo así”.

Hannah vive en Nueva York. Eso ya es un logro, la convierte en alguien: “Eres de Nueva York” -se dice mirándose al espejo- “por tanto eres interesante por defecto. No es tu responsabilidad llenar los silencios. Lo peor que digas va a sonar mejor que lo mejor que los demás digan”. Hannah se muestra así más vulnerable que nunca. Se pone en evidencia, pero solo ante nosotros. Es en esta escena donde vemos al personaje más desnudo. Los del pueblo la consideran una persona de éxito, y ella actúa como tal, pero en el fondo es perfectamente consciente de su fracaso. Hannah prosigue con la farsa por orgullo, por terquedad, pero también por miedo a decepcionar a sus padres. Hay una posibilidad de que algún día se convierta en la persona que finge ser. Quizás lo mejor que le ha pasado a Hannah es que sus padres le negasen cualquier ayuda económica. La prueba está en que cuando su madre se la ofrece otra vez, esta la rechaza. “Estamos orgullosos de ti”.

1×07 Welcome to Bushwick a.k.a. The Crackcident

Después de un episodio que invita tanto a la reflexión y que engloba uno de los temas principales de GIRLS, “Welcome to Bushwick” nos lleva de regreso a Brooklyn, de hecho hasta el mismo corazón de la escena hipster, Bushwick, la nueva Williamsburg, en un episodio totalmente desenfadado y alocado. La fiesta en la que debes estar si quieres ser/crees que eres alguien es el escenario de las nuevas idas y venidas de Hannah, Marnie, Jessa y Shoshanna. Lo más destacable de “Welcome to Bushwick” es el acontecimiento al que hace referencia el título alternativo del episodio: Shoshanna se coloca de crack y la paranoia se apodera de ella: “Dios mío, no se lo cuentes a mi madre. De hecho, no me lo cuentes a mí. Estoy matriculada en la NYU y acabo de fumar crack”. Bravo, Zosia Mamet. Ray hace de niñera de Shoshanna, lo que lleva a un acercamiento entre ambos -“puedo masajearte la entrepierna de manera no sexual”. Por otro lado, Jessa se encuentra con su jefe en la fiesta y llega a la conclusión de que lo que está haciendo con él es un error cuando se ve a sí misma cargando con el peso muerto de un hombre mucho mayor que ella. Al reconocer al fin su parte de responsabilidad en todo el asunto, pone fin al juego, a lo que él responde con un “eres una calientapollas”. Se veía venir. Marnie conoce a la nueva novia de Charlie y se vuelve a dar cuenta de que ya no come de su mano, lo que le enfurece profundamente. Y por último, Hannah se propone conocer de verdad a Adam (¡que por primera vez se pone una camisa!) cuando, hablando con sus amigos, se da cuenta de que no sabe quién es en absoluto. El trozo de carne con cara de Alfalfa y orejas de soplillo sufre así un interesante proceso de humanización de cara al espectador y da una lección a Hannah, que ha estado tan centrada en sí misma que no se ha preocupado en comunicarse realmente con él. Hannah deja de poseer la única perspectiva de la relación y permite a Adam que se muestre ante ella. “¿Quieres que sea tu novio?”, le dice enfadado. Pues claro, eso es lo que quería todo el tiempo, pero es tan egocéntrica que no era capaz de decírtelo. Liberados del principal lastre que les impedía avanzar, Hannah y Adam se convierten oficialmente en pareja, aunque parezca que se han peleado. La amplia sonrisa de Hannah al final del episodio es un poema.

Casi se me olvidaba: esos créditos iniciales alternativos. ¿No son geniales?

1×08 Weirdos Need Girlfriends Too

Judd Apatow le dijo a Lena que no tuviera miedo al romance, y ella confiesa que es el mejor consejo que le han dado nunca. Este episodio es una comedia romántica en toda regla -una urdida por Apatow, claro está. Se descarga la serie de ese poso de amargura que tan presente ha estado hasta ahora y vemos a Hannah y Adam en la que es la primera fase de un noviazgo: haciendo jogging juntos, comiendo helado (ella, porque a él no le gusta) a dos milímetros el uno del otro, “cuelga tú”, “no tú”, “¡tú!”, pajaritos piando, corazoncitos en los ojos. Pero también una lluvia dorada no deseada en la ducha y una conversación inapropiada y grotesca en la cama: “¿Te habrías follado a mi versión de cuatro años? Dime lo gorda que estabas. Seguro que empezaste a andar y a ir al baño sola muy tarde“. Lo dicho, amor en tiempos de Apatow. Adam se desnuda figurativamente por primera vez. El muro empapelado con la palabra “sorry” aporta las dosis de azúcar necesarias para contrarrestar el cinismo y la crueldad con la que se trata todo el rato a estos personajes. “Weirdos Need Girlfriends Too” explora el juego de las expectativas y de la negociación dentro de una relación. Nos damos cuenta de que Hannah juega según las reglas de Shoshanna -o sea, las de Carrie Bradshaw- y Adam le ayuda a comprender que en una relación se arriesga a que ciertos límites desaparezcan. Este es episodio en el que conocemos definitivamente a Adam, que no es más que otra víctima de sí mismo: “Prefiero no hacer nada el resto de mi vida a que mi nombre esté vinculado a algo mediocre. Tu integridad es lo único que importa”. Es la idea de autoengaño que sobrevuela la serie en todo momento. Sin embargo, tanto él como Hannah viven un momento de lucidez. Él accede a hacer la obra que se negaba a firmar por no estar a su altura y ella se traga su orgullo y acepta un trabajo “mediocre”, como camarera en la cafetería de Ray. Algo es algo. “Weirdos Need Girlfriends Too” también estrecha lazos entre Marnie y Jessa, hasta ahora amigas por aproximación. Marnie está destrozada por Charlie y Jessa la anima a su manera (elogiando su belleza y criticando a Hannah). Las dos se van con un soltero de oro (Chris O’Dowd) a su apartamento y acaban liándose entre ellas. ¿Por qué no?

1×09 Leave Me Alone

El existencialismo se apodera de GIRLS en un episodio que hace recuento de las vidas de sus protagonistas. Es la hora de la verdad. Hannah se defiende como puede en su nuevo trabajo (llega tarde e intenta imponer sus reglas, como no podía ser de otra manera). Shoshanna busca pareja en “la web de contactos más cara”; y Jessa llega por fin a la conclusión de que no sabe hacia dónde se dirige su vida, de que no es la persona que hace unos años pensaba que sería. Y esa es la clave para entender a todos estos personajes. Ninguno es quien quiere ser, quien finge ser. Al final de “Leave Me Alone” asistimos a una fuerte pelea entre Marnie y Hannah. Resulta dolorosamente realista. Reproches, secretos y verdades salen a la luz en una disputa por ver quién de las dos tiene los problemas más graves. La conclusión es la de siempre: Hannah se cree el ombligo del mundo.

1×10 She Did

Tras el agrio final del episodio anterior, las cosas entre Marnie y Hannah se han enfriado, y Hannah se marcha del apartamento que comparten. Cuando una amistad consume a uno o a sus dos miembros, lo más sensato es poner espacio y tiempo de por medio. No es un final, solo un descanso. Para Marnie esto supone la oportunidad definitiva para empezar de nuevo. Ha perdido a su novio, a su mejor amiga, y se empieza a cuestionar seriamente si su visión de la vida es la acertada. Para sorpresa de todos, Jessa se casa con Thomas-John (O’Dowd) y a Marnie le parece genial. Es su manera de despojarse de las cadenas que le impiden disfrutar de la vida. Dejar de juzgar a los demás es el primer paso. Bailar es el segundo. Comer pastel como si no hubiera mañana y besar al primer chico que se le ponga por delante no es más que su evolución natural. La boda de Jessa es una experiencia catártica para Marnie, pero no ocurre lo mismo con Shoshanna, cuyo mayor drama es ir vestida de blanco a una boda (si esto no es una caracterización redonda, ¿qué lo es?), algo que perderá toda su importancia cuando un poco más tarde pierda la virginidad con Ray, después de que este confiese sus sentimientos por ella. Por último, Hannah experimenta un recorrido similar al de Marnie. Una vez ha conseguido lo que llevaba persiguiendo durante meses se da cuenta de que no sabe si es realmente lo que quería. Adam le pide que se vaya a vivir con él, pero ella lo rechaza y le pregunta a su ex si se puede mudar a su apartamento. Marnie tenía razón. Hannah es profundamente egoísta, pero también está aterrorizada. Lógicamente, esto provoca una pelea entre ella y Adam. Hannah utiliza la autocompasión como arma, “Me odio a mí misma más que a nadie”, pero Adam está harto de toda esa mierda. Ella acaba sola en un vagón de metro con un trozo de tarta de boda. Se queda dormida y al despertarse no sabe dónde está. “Estás en el Cielo. Bienvenida al Cielo”, le gritan jocosamente unas chicas que están de fiesta en una azotea. La realidad está ahí fuera, la gente que odia el cinturón que creías que te convertía en alguien único y especial, las vivencias que desafiarán tu perspectiva de la realidad y las falsas expectativas con las que afrontas la vida. Hannah está sola. Y no pasa nada. Le esperan mayores decepciones y alegrías, la cagará mil y una veces más, y todo saldrá bien al final. Hannah se come el trozo de pastel. ¿De verdad importan tanto cinco kilos de más?