American Horror Story Cult: Una nación, bajo el miedo, dividida

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Después de seis temporadas, American Horror Story se mete en política. No es que la serie de Ryan Murphy y Brad Falchuk no haya sido una ficción comprometida y abiertamente liberal antes, pero este año, la política se convierte en uno de los motores principales de la serieAHS Cult arranca con una escalofriante escena que tiene lugar durante la fatídica y surrealista noche de las más recientes elecciones presidenciales de Estados Unidos, en la que Donald Trump se alzó con la victoria por encima de Hillary Clinton, inaugurando así una nueva era marcada por el miedo y la incertidumbre. Este es el desencadenante de una historia de terror que, por ahora, prescinde del elemento sobrenatural para situarse en un contexto muy familiar. Ya sabéis, la realidad supera a la ficción, y lo de Trump es la pesadilla definitiva.

Las caras oficiales de AHS, Evan Peters y Sarah Paulson, protagonizan la nueva temporada, representando con sus respectivos personajes las dos vertientes de la nueva Norteamérica, una nación partida por la mitad en la que ha emergido una nueva ola de odio y donde la extrema derecha se ve respaldada por la propia Casa Blanca. Peters interpreta a Kai Anderson, un activista político con los cables cruzados y ansias de poder que ve la victoria de Trump como la oportunidad perfecta para poner en práctica su ideología, mientras que Paulson da vida a Ally Mayfair-Richards, una demócrata lesbiana cuyas mayores fobias afloran a raíz del resultado electoral. Alrededor de ellos, un atroz crimen y un misterio que involucra a una secta de payasos siniestros que se dedican a sembrar el terror en las calles de Michigan.

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Como de costumbre, Murphy y Falchuk llenan la batidora de temas, ideas y referentes para a continuación darle al botón de máxima potencia: las fobias personales (a los payasos, a la oscuridad, a los agujeros), el culto a los líderes mediáticos, la división de la sociedad, la xenofobia, el fanatismo político, la insensibilización que provoca estar constantemente expuestos a la violencia en nuestras pantallas… Cult abarca muchos asuntos, pero encuentra su hilo conductor en el miedo, cómo este nos condiciona y cómo se puede convertir en el arma definitiva para sumir el mundo en las tinieblas. AHS nunca ha sido precisamente sutil a la hora de exponer su discurso, pero Cult va un paso más allá y no tiene miedo a cruzar el límite, construyendo una sátira sobre la situación actual de Norteamérica tan burda y exagerada como valiente y ocasionalmente brillante.

Y esa es una de las mayores virtudes de esta serie, y de toda la obra de Murphy en general, que no se anda con rodeos, sino que dispara a matar, sin importarle en absoluto lo que los demás piensen, con carta blanca para provocar y escandalizar a discreción. No hay filtro, y el personaje de Peters es la prueba. En el primer capítulo, “Election Night”, vemos a Kai follándose a su televisor y pintándose la cara con un “batido” de Cheetos para celebrar el triunfo de Trump (recordemos que al presidente se le conoce “cariñosamente” como Human Cheeto por la característica naranjez de su rostro), lindeces que de ninguna manera impedirán que los fans del actor, más carismático que nunca, vuelvan a babear con su presencia en la serie. Pero no creáis que Cult solo ridiculiza a los republicanos, el liberalismo y el privilegio blanco que va asociado en muchas ocasiones a él también son objeto de burla, en especial esos social justice warriors hasta arriba de egocentrismo y autocomplacencia.

Al igual que en las anteriores temporadas, AHS Cult deja al descubierto sus referentes e influencias. Según vemos en el primer episodio, la serie se apoya claramente en el género de las invasiones domésticas y recuerda inevitablemente a la saga The Purge, sobre todo en las apariciones de los payasos. Por otro lado, Cult también parece estar preparando su propia versión de La mano que mece la cuna con el personaje de Billie Lourd (atención, que podría sorprendernos con su interpretación), que encarna a la nueva niñera del hijo de Ally y su mujer (Alison Pill), una universitaria demócrata despechada por haber malgastado un año haciendo campaña para Hillary que se somete al plan de Kai para infiltrarse en casa del enemigo.

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Para reflejar la histeria que reina en Estados Unidos (y el resto del mundo), Murphy se ha propuesto con la séptima temporada de American Horror Story apelar a uno de los miedos más extendidos (y más de moda), la coulrofobia, haciendo competencia a Pennywise cerca del fin de semana del estreno de It con el regreso del payaso Twisty (John Carroll Lynch). Y además de provocar, muy deliberadamente, la ira de los espectadores que no quieren política en sus series (la mayoría, republicanos), también se la tiene jurada a los que sufren de tripofobia (la aversión a los agujeros pequeños aglomerados en un mismo sitio, una fobia mucho más masiva de lo que creíamos). Es decir, hay munición para todos, y Cult promete ser una de las experiencias, si no más terroríficas, al menos más desagradables e incómodas del año.

AHS está decidida a atormentarnos con la imaginería más siniestra, pero tengo la sensación de que esta va a ser la temporada más cómica y más loca hasta la fecha (Chaz Bono como radical de Trump, ¿cómo te quedas?). Me lo dicen sobre todo las interpretaciones de Paulson y Evans, histriónicos, irritantes y divertidos, las idas de olla marca de la casa y los diálogos llenos de pullas y mala baba. Esta premiere no ha sido de las mejores de la serie, pero con suerte, esto podría dar lugar a una temporada que vaya de menos a más (crucemos los dedos), en lugar de mostrar todas sus cartas en el primer capítulo y desinflarse durante las siguientes semanas, que es lo que suele pasar con esta serie. Por si acaso, porque conocemos a Murphy, es mejor no hacerse demasiadas ilusiones, pero una cosa que está clara es que AHS Cult va a ser la temporada que más va a dividir a su audiencia, lo cual sería muy apropiado teniendo en cuenta que así es precisamente la realidad de la que nos quiere hablar.

Crítica: Snowpiercer (Rompenieves)

Snowpiercer Chris Evans

Tras un fallido experimento científico diseñado para acabar con el calentamiento global, la Tierra se ha convertido en un gran erial blanco sin vida, sumergido en una nueva era glacial. Los últimos seres humanos que quedan en el planeta viven, sobreviven o malviven en el único tren en funcionamiento, el Rompenieves (Snowpiercer), una impresionante máquina de última generación que da la vuelta al mundo sin detenerse y cuyo ciclo de rotación dispone el calendario para sus habitantes. Están segregados en los distintos vagones del tren, organizados para suministrar las necesidades básicas para la vida en un ecosistema artificial; y divididos de manera que la clase explotada sufre hambre y frío en la cola y la clase alta disfruta de una vida de exceso y privilegio en los primeros vagones. Movido por el deseo de conocer los secretos del tren y liberar a los suyos del yugo de la dictadura, Curtis (Chris Evans), se embarcará en una aventura que le llevará de la cola hasta la sala de máquinas del tren.

guia.inddTanto el relato como el imponente acabado visual de Snowpiercer recuerdan al Terry Gilliam de Brazil y 12 monos -aunque el cómic en el que se basa es anterior. Remontándonos aún más en la historia del sci-fi, Joon-ho Bong, aclamado director de The Host y Memories of Murder dispone las capas de la sociedad de clases de manera que su film también evoca necesariamente al mundo de Metrópolis de Fritz Lang, solo que la sociedad de Snowpiercer se estructura de manera horizontal en lugar de vertical. La película propone un fascinante microcosmos sociopolítico condensado y estratificado que Bong levanta a partir del cómic homónimo de Jacques LobJean-Marc Rochette y Benjamin Legrand. Este erige un universo increíblemente rico en detalles, habitado por personajes excéntricos -de los que destaca la divertidísima Mason, una impresionante nueva transformación física de Tilda Swinton-, y cuya inventiva y originalidad es directamente proporcional a las restricciones y trabas que supone una propuesta de estas características.

Quizás puede echársele al film cara una excesiva duración (tengo mucha curiosidad por saber si la versión recortada de los Weinstein suple este problema), que hace que se resienta sobre todo en su excesivamente alargado clímax, y carga la historia de más peso filosófico y melodramático del que puede aguantar. Por muy necesarias que sean todas esas reflexiones trascendentales y existencialistas para dotar de sentido completo a la película, estas acaban lastrando el ritmo, y haciendo que el final parezca no llegar nunca. Algo perdonable en cualquier caso, porque Snowpiercer es una obra magna, increíblemente ambiciosa y arriesgada, un trabajo de orfebrería fantástica cuyos fallos y aciertos la convierten en una película única. A lo largo del tren, vagón a vagón, Snowpiercer nos involucra a base de acción de primera, afiladísima sátira y sorprendente sentido del humor -atención a la secuencia del vagón escuela-, en una apasionante lucha de clases, conduciéndonos en última instancia hacia el declive de la raza humana. No cabe duda, Snowpiercer es ciencia ficción distópica en su forma más perfecta.

Valoración: ★★★★