Crítica: Alien Covenant

En 2012, Ridley Scott retomó las riendas de la saga Alien para dirigir su primera precuela, Prometheus, con la que el director redibujaba la mitología que había introducido en Alien: El octavo pasajero y llevaba la franquicia hacia el espectáculo épico propio de los blockbusters actuales. A continuación se desarrollaron planes para continuar Prometheus de manera simultánea a la saga Alien, cuya quinta entrega iba a ser realizada por Neill Blomkamp (District 9, Chappie). Sin embargo, Scott decidió cancelar Alien 5 y convertir la segunda parte de Prometheus en Alien: Covenant, en la que sigue desarrollando la nueva historia presentada en la precuela con el objetivo de conectarla con el clásico original, como si la tercera y cuarta partes no hubieran existido nunca.

Prometheus supuso una decepción para muchos. La mayor queja de los espectadores no fue el hecho de que esta se alejase considerablemente del espíritu de las primeras películas (al fin y al cabo, no se confirmó que se trataba de una precuela de Alien hasta que la película llegó a los cines y es lógico que tuviera un estilo diferenciado), sino un guion repleto de incongruencias y agujerosJohn Spaihts (PassengersDoctor Strange) y Damon Lindelof (uno de los showrunners de Perdidos) firmaron un libreto lleno de sinsentidos y personajes que se comportaban de manera absurda, según las necesidades de la trama. Alien: Covenant era la oportunidad de Scott para corregir el curso después de aquel accidentado rearranque, y para ello, el director ha decidido devolver la saga a sus orígenes con un híbrido entre Alien Prometheus, y lo más importante, orquestando el esperado regreso del xenomorfo.

Ambientada 10 años después de los acontecimientos de PrometheusAlien: Covenant nos sube a bordo de la nave espacial Covenant, mientras esta se dirige hacia el remoto planeta Origae-6 para establecer una nueva colonia. La tripulación y los 2.000 embriones humanos que viajan en la nave se encuentran sumidos en un profundo hipersueño, del que despiertan tras un desastroso accidente. Obligado a reevaluar la misión, el capitán de la nave (Billy Crudup) decide desviar la misión de su curso hacia un planeta inexplorado que parece cumplir las condiciones para albergar vida humana. Una vez allí, lo que parece un tranquilo paraíso natural resulta ser un oscuro y siniestro lugar que oculta una amenaza mortal de la que será casi imposible escapar, así como un secreto que oculta la clave de la creación de los xenoformos.

Alien: Covenant supone un retorno al suspense y el terror de Alien, el octavo pasajero. A medias. Para la primera mitad del film, Scott recupera los elementos más icónicos del clásico de 1979, incluidos los parásitos saltando a la cara desde su huevo y el “nacimiento” de los aliens rompiendo la caja torácica de su huésped y poniéndolo todo perdido ante los despavoridos ojos de los demás tripulantes. La película contiene pasajes auténticamente brutales que hacen honor a su calificación Rated-R, y la sangre y el gore bañan la acción en numerosas ocasiones, asegurándose así de que los fans de Alien que quedaron descontentos con Prometheus queden más satisfechos esta vez. Claro que, a pesar de esto, Alien: Covenant no deja de ser Prometheus 2, y ahí es donde empiezan los problemas.

Haciendo gala de su característica terquedad, Scott decidió hacer oídos sordos a las críticas de Prometheus y en consecuencia acaba incurriendo en los mismos fallos que su predecesora, desaprovechando una oportunidad de oro para hacer mejor las cosas. Que quede claro que Alien: Covenant no es un completo desastre ni mucho menos, de hecho hay mucho que disfrutar en ella, pero supone una importante decepción al verla tropezar de nuevo con la misma piedra. Y esta piedra vuelve a ser un guion más preocupado por la construcción de la cada vez más intrincada mitología de la saga que por la coherencia, lo que inevitablemente resulta en una sucesión de desaciertos: diálogos que chirrían, personajes planos que solo están ahí para ejercer de víctimas del monstruo y supuestos expertos que actúan de la manera más torpe y menos profesional posible cometiendo errores absurdos (sí, como en Prometheus, aquí también tocan lo que no deben a pesar de conocer perfectamente los protocolos), situaciones que rozan la comedia involuntaria, una línea temporal excesivamente confusa, ejecución irregular y arrítmica, y un final muy predecible.

Afortunadamente, también hay alicientes para hacer más llevadero el chasco. El primero de todos es su notable ambientación y apartado visual. Si obviamos al neomorfo bebé, una criatura digital que parece más propia de finales de los 90 que de 2017 (y que recuerda a los infames xenomorfos de Alien 3), Alien: Covenant entra muy bien por los ojos. Como adelantábamos antes, esta entrega es más oscura, más sangrienta e inquietante, y posee una cualidad pesadillesca muy marcada (otra cosa quizá no, pero Scott conserva su capacidad para provocar con sus imágenes). Por otro lado, la acción también cumple, con set pieces contundentes y enfrentamientos con los aliens de una violencia gráfica mucho más cafre de lo que esperábamos. Pero lo más destacable de la película es quizá el papel de Michael Fassbender, que ha acabado adquiriendo una importancia capital en la cronología de Alien.

El actor alemán interpreta a un nuevo androide, Walter, una versión simplificada de David, el humano sintético de Prometheus que reaparece aquí convertido en un megalómano que recita Ozymandias, adora “La entrada de los dioses al Valhalla” de Wagner (obviamente), y por si no ha quedado claro ya, aspira a ser Dios y controlar toda la creación. Las interacciones entre David y Walter (excelente planificación para unirlos en escena) nos dejan los tramos más interesantes del film, pero también los más delirantes y excéntricos, alguno incluso cargado de tensión sexual entre ambos robots (todo un sueño para admiradores de Fassbender y creadores de fan fiction y fan art). De hecho, David y Walter son los personajes más definidos y complejos de la película, paradójicamente más que cualquiera de los humanos: una más bien insulsa Katherine Waterson se queda a años luz de Ripley, incluso de Elizabeth Shaw, y el resto de tripulantes son intercambiables, incluido el ya habitual personaje gay de blockbuster que si pestañeas no te enteras de que lo es.

Alien: Covenant arranca muy bien, proyectando ecos de la Nostromo, rescatando la estética original de Alien (como se ve ya desde los pósters promocionales) y devolviendo el terror más angustioso a la saga, pero a medida que avanza deriva hacia lo que siempre ha sido (y lo que muchos temíamos): la segunda parte de Prometheus. Tiene sentido, Scott está uniendo lo que comenzó en 1979 con lo que reinició en 2012, los Ingenieros con los xenomorfos, pero el resultado de este proceso es por ahora muy inconsistente. Por un lado, Alien: Covenant funciona correctamente como blockbuster de acción, aunando el factor espectacular con una inclinación más poética y filosófica que resulta en una fusión a ratos extrañamente hipnótica. Pero por otro, falla como intento de reencauzar una saga que parece tener claro hacia dónde se dirige, pero no tanto cómo llegar a su destino.

Nota: ★★★

10ª Muestra SyFy de Cine Fantástico: Tercera y última jornada

La 10ª Muestra SyFy de Cine Fantástico llega a su fin en Madrid con un domingo cargado de proyecciones clásicas. Solo fueron dos los largometrajes de estreno. Por la mañana, La Muestra ofrecía El mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939) con acceso libre. La tarde comenzaba con la sesión continua Alien (Ridley Scott, 1979) y Desafío Total (Total Recall, Paul Verhoeven, 1990), dentro del Phenomena Experience.

Leticia Dolera cedió el micrófono a Nacho Cerdá, creador del evento que recupera películas míticas de las décadas de los 70, 80 y 90, que nos prometió que se estaba haciendo todo lo posible por traer el Phenomena a Madrid de manera fija y con periodicidad mensual. La oportunidad de ver clásicos del cine de la talla de Alien, Desafío total, La princesa prometida o Dentro del Laberinto en pantalla grande es de agradecer eternamente por la generación de la nostalgia (que está llenando, con gusto, las arcas de Cerdá). Nada que decir sobre los pases de las cintas de Scott y Verhoeven, solo que han aguantado el tiempo mejor que muchas películas de hace 5 años. También estuvieron en el escenario el director y los actores del corto español Horizonte, que se proyectó a lo largo de la jornada.

Dolera se despidió del público de La Muestra celebrando el frikismo en la sala y en el mundo una vez más, y se marchó, no sin antes incidir en su amor a las palabras malsonantes (que con su voz suenan a gloria) y hacer de encargada de objetos perdidos (en esta ocasión un paraguas). Bravo por la chica de los patines de Al salir de clase, y hasta el año que viene (esperamos). Ahora las reseñas de las dos (olvidables) películas que pudimos ver después del Phenomena:

Cockneys vs. Zombies (Matthias Hoene, Gran Bretaña, 2012)

Siguiendo la alargada estela del clásico moderno de culto Shaun of the Dead (en España Zombies Party), Matthias Hoene nos propone la enésima revisión en clave de parodia british del género zombi. Cockneys vs. Zombies es una historia semi-reivindicativa sobre un grupo de adolescentes que atracan un banco para salvar el asilo de sus abuelos, pero se encuentran con más obstáculos de los que creían: principalmente una plaga de no-muertos en las calles de Londres. Hoene toma todos los clichés del género y los amasa en un producto que, a pesar de varios golpes de humor efectivos, resulta perezoso e insulso. La película se mueve por inercia, repitiendo los chistes y situaciones que ya hemos visto en muchas otras películas de este tipo, y nos hace pensar que el género se está agotando peligrosamente. Va siendo hora de dejar al mundo descansar de los zombis durante un tiempo, a menos que a alguien se le ocurra algo para revitalizarlo o desmontarlo: Goddard, Whedon, ¿no os interesa?

Horizonte (Aitor Uribarri, España, 2012) / El último exorcismo 2 (The Last Exorcism Part II, Ed Gass-Donnelly, Estados Unidos, 2013)

Horizonte es un corto muy largo (qué pasa, ¿que en España no sabemos hacer cortos de 8 minutos) sobre una España post-apocalíptica en la que existen seres monstruosos que solo salen de noche (suerte de Übervamps de Buffy). Uribarri se pasa por el forro las reglas del cortometraje, elaborando lo que en su cabeza era claramente un largo, y demostrando una enorme torpeza a la hora de condensar su historia en 20 minutos. Desdibujado, sobredramático e infantil, Horizonte solo se salva en el aspecto técnico.

El último exorcismo 2 es la innecesaria secuela del éxito de 2010 El último exorcismo (The Last Exorcism, Daniel Stamm). Regresa Ashley Bell (la Anna Faris de saldo, imaginaos) como Nell Sweetzer, que tras los eventos de la primera película intenta llevar a cabo una nueva vida alejada del mal. Sin embargo, el demonio que la atormentó regresa, enamorado de ella (quizás la única buena idea de la película), y con la intención de penetrar en su cuerpo una vez más. El último exorcismo 2 -que a ratos es más bien Scary Movie 7– nos muestra los progresos de Nell en una residencia para jóvenes descarriadas, salteados con trilladísimas escenas de misterio y sustos de manual basados en el golpe de música estruendoso o la aparición de un personaje de imprevisto que dice “hola” y ya está. Por no hablar de que las escenas más interesantes ocurren fuera de plano -mientras el demonio mata, nosotros vemos ventanas y neumáticos de coches, qué bien-, seguramente para conseguir la calificación PG-13 (un gran abucheo a esta vergonzosa ausencia de riesgo). El clímax, único momento en el que empieza a ocurrir algo de verdad, acaba siendo un exorcismus interruptus. El insulto final es un desenlace que no se puede considerar tal, que deja la “acción” en suspenso y a nosotros con la sensación de haber perdido dos horas de nuestras vidas. Y no me hagáis hablar del título, ¿se puede añadir un “2” a “El último exorcismo”? En la primera se refería al último que llevaba a cabo el cura. Pero en la segunda, ¿qué sentido tiene? Aunque tenga fácil explicación, no deja de ser desafortunado. Un desastre absoluto se mire por donde se mire.