Crítica: Inmersión

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Wim Wenders, director de clásicos del cine como El cielo sobre BerlínParís, Texas, continúa tan prolífico como siempre. En las últimas décadas, el realizador alemán ha dedicado gran parte de sus esfuerzos artísticos al documental, incluyendo tres largometrajes pertenecientes a este género nominados al Oscar (Buena Vista Social ClubPinaLa sal de la Tierra), pero recientemente se ha vuelto a concentrar en la ficción. Tras su experimento 3D con James Franco, Todo saldrá bien, y el drama Los hermosos días de Aranjuez, Wenders regresa con Inmersión (Submergence), romance protagonizado por dos de las estrellas del momento, Alicia Vikander y James McAvoy.

Co-producción internacional rodada en Francia, Alemania, Djibuti y EspañaInmersión es una historia de amor con tintes de suspense y política que nos sumerge en las vidas de la biomatemática Danielle Flinders (Vikander) y un agente del servicio secreto británico, James More (McAvoy), dos jóvenes europeos que se conocen por casualidad en un hotel de la costa normanda mientras se preparan para sendas misiones. Ella se dispone a descender a lo más profundo del océano en busca del origen de la vida en nuestro planeta, mientras que él forma parte de una operación en Somalia, donde sigue el rastro de una red de terroristas suicidas que están actuando en Europa. Durante su estancia en la costa de Francia, ambos se enamoran perdidamente, sin embargo, sus destinos los llevan por caminos distintos. Mientras Danielle se adentra en el océano, James es apresado por los yihadistas. Separados y sin forma de saber si el otro está vivo, los dos tratarán de sobrevivir con la motivación de volver a verse algún día.

Inmersión cuenta con una baza principal: la presencia y el atractivo de su pareja protagonista. Vikander y McAvoy no tienen demasiada química (nos imaginamos a Michael Fassbender, marido de ella y amigo de él, presionándolos con la mirada desde una esquina del rodaje… solo por darles una excusa), pero sí suficiente talento como para sostener el peso de sus respectivos segmentos. Después de presentarlos y enamorarlos, Wenders los mantienen separados la mayor parte del metraje, y aunque esto puede resultar algo frustrante, es quizá lo mejor, porque cuando están juntos, la historia resulta menos interesante. Las chispas no saltan y los encuentros carnales resultan incómodos.

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Es McAvoy quien destaca de la pareja. El actor británico ya ha demostrado en numerosas ocasiones su talento y carisma delante de la cámara, y en Inmersión vuelve a hacerlo. De hecho, su interpretación se eleva por encima de la película, otorgándole la dignidad y profundidad que Wenders no ha conseguido alcanzar. La entrega de McAvoy, tanto en lo emocional como en lo físico, es lo que hace que Inmersión merezca la pena. Él es quien hace que nos creamos el amor que hay entre James y Danielle (por muy cursis y ridículos que lleguen a ser los diálogos entre ellos), y que en última instancia deseemos su reencuentro. A pesar de su inconsistencia en tono y estructura, ese deseo es lo que atrapa y nos ayuda a mantener el interés.

Wenders ha orquestado una película de buena factura visual, intermitentemente interesante y ambiciosa en concepto. Una obra que fusiona romance, ecología, terrorismo, existencialismo y espionaje, pero que no logra la trascendencia en ninguno de sus aspectos, aunque la roce por momentos. Inmersión es la prueba de que James McAvoy es uno de los mejores actores de su generación, y de que Wim Wenders quizá debería volver a centrarse en el documental.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Tomb Raider

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Tras la aparición del primer juego de la serie Tomb Raider en 1996, Lara Croft se convirtió en un icono para toda una generación. En un universo dominado por los hombres, la arqueóloga británica pasaba a ser una de las heroínas favoritas de los aficionados a los videojuegos, gracias a la combinación de aventura en 3D, puzles y acción que ofrecían sus juegos, y por supuesto, a sus curvas imposibles. En 2001, Angelina Jolie dio vida a Lara Croft en la primera adaptación para el cine de la franquicia, a la que sucedió una secuela dos años después. El personaje se había grabado a fuego en la retina de los espectadores como una mujer de físico explosivo diseñada para satisfacer a la mirada masculina heterosexual, pero los tiempos cambian, y Tomb Raider pedía una actualización. Sucedió en 2013, con el reboot para plataformas que nos presentaba a una nueva Lara, más joven y con proporciones físicas más reales. En esta Lara Croft se basa la nueva reinvención del personaje para el cine, protagonizada por la oscarizada Alicia Vikander.

Titulada simplemente Tomb Raider, la nueva película de la franquicia pulsa el reset para empezar desde el principio y volver a narrarnos los orígenes del personaje. En el film dirigido por Roar Uthaug (La ola) nos encontramos a una Lara más inexperta, una joven de 21 años con un gran potencial, pero mucho que aprender. Siete años después de la misteriosa desaparición de su padre (Dominic West), la chica se niega a aceptar su muerte y tomar las riendas de su multimillonaria empresa para forjar su propio destino, pero en su lugar, vive sin propósito, saliendo a flote a duras penas con un trabajo de mensajera en bicicleta. Todo cambia cuando encuentra una pista de su padre que la lleva a embarcarse junto a un aliado, Lu Ren (Daniel Wu), en una aventura en busca de su último paradero conocido: una isla mítica de la costa de Japón en la que se halla la tumba de la reina chamán conocida como Himiko. Allí, Lara tendrá que enfrentarse a enormes peligros y resolver enigmas imposibles para llegar a la verdad.

La nueva Tomb Raider en realidad tiene poco de nuevo. Pero esto no es necesariamente malo. Se trata de una aventura clásica al más puro estilo Indiana Jones, en la que se puede detectar claramente el espíritu del videojuego en el que se basa, de las acrobáticas escenas de acción a la presencia de numerosos acertijos y puzles que hacen que por momentos sintamos que tenemos el mando de la consola en nuestras manos. La película no se caracteriza por su originalidad o profundidad, pero da lo que promete y cumple como cine escapista. Contra todo pronóstico, Tomb Raider es divertida, tiene escenas de acción muy, pero que muy potentes (destacan la adrenalínica carrera en bici del principio, el espectacular naufragio, la persecución en el puerto o el escape de Lara en el río a su llegada a la isla) y nos presenta a una protagonista terca, independiente y carismática a la que queremos seguir. Sí, su argumento es una amalgama de clichés del cine de aventuras, su villano (Walton Goggins) es el típico megalómano subdesarrollado como personaje, la trama tiene más agujeros que un emmental y la película tiene sus bajones de ritmo. Pero la mayor parte del tiempo entretiene, y mucho, que ya es más de lo que algunos esperábamos.

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Eso sí, la principal razón por la que la nueva Tomb Raider sale a flote es la elección de su protagonista. Alicia Vikander se revela como una Lara Croft ideal. Aunque no es un personaje especialmente complejo o trascendente, la actriz sueca dota de humanidad al personaje, además de estar a la altura del enorme reto físico que supone. Esta Lara Croft es más real y cercana, despierta empatía, se aleja del arquetipo del héroe sobrehumano que esquiva balas como Neo y no se hace ni un rasguño para, en su lugar, sufrir de lo lindo. Lara se hace daño, gruñe, grita, se golpea, se cae, se vuelca en el barro, y se levanta una y otra vez para que le vuelvan a echar encima lo que sea. En definitiva, Lara es humana, a pesar de que acabe protagonizando escenas de acción tan inverosímiles que sea necesario hacer un gran ejercicio de suspensión de la incredulidad. Pero es que ese tipo de set pieces exagerados, esas catástrofes de las que nadie podría salir vivo, esa imposibilidad forma parte del ADN del cine clásico de aventuras, y de las películas de Indiana Jones en concreto, lo que le da un encanto vintage a la cinta que hace más fácil pasarle por alto los defectos y dejarse llevar.

Tomb Raider es más bien genérica, pero también eficiente, cuidada en el aspecto técnico, y si no se le exige demasiado, muy disfrutable. La primera aventura de la nueva Lara Croft deja suficientes cabos por atar para que haya una continuación, y todas las que la taquilla permita. Manteniendo el espíritu de esta entrega y con Vikander en la piel del personaje, la franquicia tiene muchas posibilidades.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Lo mejor: Alicia Vikander, sin duda.

Lo peor: Falta representación femenina. Sí, la película está protagonizada por una mujer fuerte (que además no está hipersexualizada ni objetificada, lo cual es un gran avance), pero el reparto es 98% masculino, un porcentaje inaceptable.

Crítica: La luz entre los océanos

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Derek Ciafrance se dio a conocer con Blue Valentine, drama romántico protagonizado por Ryan Gosling y Michelle Williams que asentaría las bases de su cine posterior. A aquella dolorosa disección del amor y el desamor le siguió Cruce de caminos (The Place Beyond the Pines), un ambicioso retrato multi-generacional con el que el director se asentaba en su forma de narrar, intensa y contenida. Para su nueva película, La luz entre los océanos (The Light Between the Oceans), adaptación del best-seller homónimo de M.L. Stedman, Ciafrance vuelve a poner bajo su foco a una pareja para contarnos empleando el mismo estilo otra historia de amor empañada por la angustia y la tragedia, protagonizada de nuevo por dos de las mayores estrellas del momento, Michael Fassbender y Alicia Vikander.

En La luz entre los océanos viajamos a Australia en el año 1926 para conocer a Tom Sherbourne (Fassbender), un farero parco en palabras que es contratado para llevar el faro de una pequeña isla remota. Allí conocerá a Isabel (Vikander), la hija de su jefe, enamorándose perdidamente el uno del otro desde el primer momento en que se ven. Tom e Isabel se casan y viven unos primeros años de idílica felicidad junto al mar, sin embargo los problemas comienzan cuando ella tiene problemas para concebir hijos. Habiendo perdido la esperanza, durante una noche de tormenta, Tom avista desde el faro un bote a la deriva. En él encuentran a un hombre muerto y un bebé que llora con desesperación. El matrimonio entierra el cadáver y decide criar al bebé como si fuera suyo sin informar a las autoridades. Sin embargo, todo se complica cuando años más tarde conocen en el pueblo a Hannah (Rachel Weisz), una mujer atormentada por un trauma del pasado que les hará ver que sus acciones tienen consecuencias.

Aunque está un peldaño (o dos) por debajo de sus anteriores trabajos, La luz entre los océanos es otro ejemplo del buen hacer de Ciafrance a la hora de abordar el melodrama sin caer en sensacionalismos o grandes aspavientos narrativos. Pero esto es un arma de doble filo, como veremos a continuación. Lo que tenemos aquí es otro relato romántico que nos habla de nuevo de la corta distancia que hay entre la felicidad más eufórica y la tristeza más profunda, entre el inicio de una relación y el momento en que esta se ve abocada a un pozo sin fondo, en este caso potenciada por un hecho desafortunado que sella para siempre el destino de sus protagonistas. En La luz entre los océanos Ciafrance nos habla de lo que somos capaces de hacer ante la imposibilidad de amar, así como de la culpabilidad, el sacrificio y el perdón. Y lo hace de forma sincera, pero controlada, explorando los vericuetos emocionales de sus personajes sin dejar que estos se acaben desbordando.

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Sin embargo, esto puede llegar a ser un problema, sobre todo durante la segunda mitad del film, en la que esperamos algún tipo de catarsis que nos ayude a liberar la tensión acumulada. Ciafrance no parece interesado en complacer al espectador (nunca lo ha estado), y aunque ofrece una correcta resolución a esta interesante fábula moral, esa represión emocional nos mantiene al otro lado de la pantalla, separados de sus personajes. Esto no hace sino envolver la cinta en una capa de frialdad que impide discernir si tras las bellas imágenes que nos presenta Ciafrance, tras la luminosa fotografía de Adam Arkapaw o bajo la muy medida partitura del ubicuo Alexandre Desplat, hay emociones genuinas. Además, Fassbender y Vikander, quizá condicionados por esta aproximación aséptica al drama del realizador, no pueden dar lo mejor de sí mismos (a pesar de que en algunas escenas se puede detectar claramente su enamoramiento en la vida real), manifestando cierta desconexión interpretativa (él está excesivamente inerte, ella desmedida) que pone difícil ir más allá de la lustrosa superficie.

A pesar de contar una buena historia y presentar un precioso acabado, La luz entre los océanos no logra atrapar a todos los niveles, condenándose a sí misma a ser recordada en el futuro simplemente como la película en la que Michael Fassbender y Alicia Vikander se enamoraron.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Operación U.N.C.L.E.

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Durante la década de los 60 el cine de espías alcanzaba su cénit gracias a la figura de James Bond. El género ya gozaba de popularidad desde muchos años atrás, gracias a las incursiones en el noir de directores afamados como Hitckcock, Wilder o Lang. Sin embargo, es a partir del icono creado por Ian Fleming cuando el espionaje se pone de moda y da el salto definitivo a la televisión, ya por aquel entonces reflejo fiel de los cambios de la sociedad y representante de las tendencias culturales imperantes. Las series de espías abundan en esta década, que nos deja clásicos catódicos como Misión: Imposible, Superagente 86, o las británicas The Prisoner Los vengadores. Entre 1964 y 1968 se emitía en Estados Unidos uno de los mayores éxitos del momento, The Man from U.N.C.L.E., conocida en España como El Agente de C.I.P.O.L. El británico Guy Ritchie recupera esta serie de NBC (en la que curiosamente participó Fleming como asesor creativo) para adaptarla al cine con Operación U.N.C.L.E., remake actualizado que aúna el clasicismo del género y el particular estilo del director de SnatchSherlock Holmes.

De entrada, el mayor acierto de Ritchie es haberse quedado en los 60 para ambientar la historia, en lugar de haberla llevado a nuestros días. Ciertamente, no habría tenido mucho sentido modernizar un producto así, estrechamente ligado a la realidad sociopolítica en la que fue creado. U.N.C.L.E. se sitúa en el telón de fondo del auge de la Guerra Fría y nos introduce en un mundo de tensiones políticas y organizaciones secretas que operan bajo la constante amenaza nuclear. La película recupera a los dos protagonistas de la serie original, el agente de la CIA Napoleon Solo (Henry Cavill) y el de la KGB Illya Kuryakn (Armie Hammer), dos espías de métodos y caracteres opuestos (ya sea en tácticas de infiltración, maneras de pelear o cuestiones de moda) que se ven obligados a colaborar en una misión para evitar que una misteriosa organización criminal se haga con el armamento nuclear. La única pista con la que cuentan para dar con los terroristas es la hija de un científico alemán desaparecido, Gaby Teller (Alicia Vikander), pieza clave del puzle que les llevará hasta Roma, donde se verán las caras con la distinguida Victoria Vinciguerra (Elizabeth Debicki), gélida villana que pondrá en jaque a los agentes.

583180Operación U.N.C.L.E. es una oda vintage a los 60, una película de intriga que más que por su trama o sus secuencias de acción destaca sobre todo por su acabado estético. Ritchie ha llevado a cabo un impecable ejercicio de estilo en el que todo está cuidado al detalle: las impresionantes localizaciones europeas, el minimalismo arquitectónico, las Vespas y los coches deportivos, la magnífica banda sonora (utilizada además como recurso cómico contrastando jazz o canción italiana con secuencias de acción y violencia), y sobre todo las tendencias en moda de la época (el eslogan de la película no miente en cuanto a lo que vende: “Salvar el mundo siempre está de moda“). Operación U.N.C.L.E. es el lujo y la elegancia de la puesta en escena, con una ambientación de primera (solo flaquea en su más bien torpe uso del CGI) y un cuarteto de actores que aportan la percha perfecta para recomponer la irresistible imagen de la década prodigiosa. Y es que el apartado de vestuario y peluquería por sí solo ya hace que la película merezca la pena. Pero U.N.C.L.E. es más que un bello envoltorio vacío.

Es cierto que Ritchie parece más preocupado por demostrar que su película es el colmo de la clase y la distinción (no cabe duda de que lo ha conseguido), y en ocasiones esto nubla su capacidad como cineasta (por ejemplo, las persecuciones están montadas únicamente para alardear de estilo y por tanto resultan confusas), dando como resultado un trabajo algo más superficial de lo que querríamos (“style over substance”, ya sabéis). Sin embargo, para compensar esto, a la película no le faltan armas de seducción. Además de dar buen uso sus aguerridas presencias y sus imponentes voces (por favor, ved la película en V.O.), Henry Cavill y Armie Hammer forman un dúo cómico excelente (U.N.C.L.E. es el fondo una buddy film clásica). Pero la química de los personajes estalla especialmente gracias a la tercera en discordia, la deslumbrante Alicia Vikander, convirtiendo la dinámica entre este trío de ases en el centro de un film que rebosa carisma y personalidad.

Operación U.N.C.L.E. es un espectáculo enormemente sofisticado que además divierte con diálogos pícaros y una socarronería canalla que delata a quien está tras las cámaras. Ritchie se centra más en las relaciones interpersonales y pone menos énfasis en el artilugio y la ciencia ficción propia del género (siguiendo el camino opuesto a M:I), para llevar a cabo una película de espías “analógica”, un tipo de cine más ligero, pero no por ello menos sólido o inteligente. De naturaleza más bien efímera (como la belleza misma), Operación U.N.C.L.E. no se convertirá en un clásico moderno, desde luego, pero su arrebatador atractivo y encanto chic garantizan una burbujeante velada de primera clase.

Valoración: ★★★★

Crítica: Ex Machina

Ex Machina

Dicen que la mejor ciencia ficción es la que te hace pensar. No sé si esto es del todo cierto (a veces lo que buscamos en el género es precisamente lo contrario), pero parece que esa es la máxima a la que se ha encomendado Alex Garland, novelista autor de La playa y guionista de 28 días después y Sunshine, para la realización de su primer largometraje como director, la inquietante Ex Machina. Con su ópera prima, Garland propone una audaz fábula futurista sobre las posibles consecuencias del avance en el campo de la inteligencia artificial, una historia inundada de cuestiones morales acerca de la naturaleza de la consciencia, los límites de la ciencia y la responsabilidad del creador sobre su obra. El film de Garland está diseñado meticulosamente para provocar el debate, para hacernos partícipes de los acertijos sobre el ser humano a los que se enfrentan sus personajes, y para que salgamos del cine con más dudas existenciales que cuando entramos.

Ex Machina está narrada como un thriller psicológico con elementos de misterio. Nos adentramos en ella a junto a Caleb (Domhnall Gleeson), joven programador de una importante empresa informática que resulta ganador de un concurso cuyo premio es pasar una semana en la remota mansión del presidente de la compañía, Nathan (Oscar Isaac), una casa de última generación situada en medio de lo que parece un páramo inexplorado de la Isla Nublar. Caleb pronto descubre que la verdadera razón por la que está allí es someterse a un experimento conducido por Nathan, en el que debe interactuar con Ava (Alicia Vikander), la primera robot con cualidades verdaderamente humanas de la historia. Caleb va conociendo a la I.A. en una serie de sesiones privadas (monitorizadas por el Dios que todo lo ve, Nathan), lo que le lleva a involucrarse personalmente con ella y cuestionar la moralidad del proyecto y de su jefe. A medida que descubrimos al compás de Caleb más y más secretos sobre la fascinante Ava y su voluble y desconcertante “amo”, Ex Machina adquiere tintes cada ves más oscuros.

Ex machina pósterPara ser su debut en la realización, Garland hace gala de un temple absoluto en la dirección, manejando la tensión con soltura y aprovechando al máximo el restrictivo espacio en el que se mueve. La casa de Nathan proporciona un escenario minimalista y claustrofóbico de habitaciones sin escape y pasillos vacíos, cuyo diseño aséptico y práctica ausencia de mobiliario no le impiden llevar la historia hacia sus recovecos más ocultos. Con una planificación cerebral (como su excelente guión), y un gran trabajo de ambientación, Garland construye Ex Machina como un laberinto de secretos escondidos detrás de las puertas, en el que sus dos protagonistas masculinos se convierten en el gato y el ratón mientras nosotros nos perdemos irremediablemente a medida que nos acercamos a su extraño clímax. Un desenlace (reminiscente de Battlestar Galactica) que aunque peque de ambicioso y sacrifique sutilidad discursiva en busca de una moraleja más llamativa y efectista, nos ayuda a comprender mejor lo que hemos visto y pone en perspectiva los acontecimientos más ambiguos a los que hemos asistido. Al final, Ex Machina se revela como un relato cuasi-satírico sobre el deseo/derecho carnal y la manipulación sexual, pero por encima de todo todo una potente alegoría de la liberación de la mujer del yugo patriarcal.

En este sentido, es necesario destacar y elogiar el trabajo interpretativo del trío protagonista, que “personifica” las ideas fluctuantes y los postulados de la película en relación al power play del hombre y la mujer. Domhnall Gleeson es el perfecto sujeto pasivo del experimento que es este filme, es nuestros ojos, nuestra libido, nuestra voz, es tan vulnerable y está tan desprotegido como nosotros ante ella. El tremendo Oscar Isaac intimida con su magnética e hiper-masculina presencia física (atención a la desarmante escena de la coreografía). Y mención aparte merece Alicia Vikander, que da vida a la robot Ava. El trabajo de Vikander es de una sutilidad pasmosa, una interpretación de conmovedora belleza y gran delicadeza (la armoniosa fusión de su cuerpo con los efectos digitales es clave) con la que la actriz se va apoderando progresivamente de la película, hasta hacerla completamente suya. Ellos hacen que el guión de Garland funcione a tantos niveles, que lo artificial se torne humano, lo cuantificable insondable, y que nosotros nos planteemos si lo que sentimos y pensamos es nuestro, y sobre todo, si es aceptable o reprobable.

Valoración: ★★★★