Contra todos: La buddy movie cerebral

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Tango y CashArma letal, Dos policías rebeldes, Gnomo Cop… La buddy film es uno de los subgéneros imprescindibles del cine de acción. Este tipo de películas descansan principalmente en la química de su pareja protagonista, normalmente dos hombres de personalidades opuestas que deben resolver sus diferencias por un bien común. Aunque vivió su apogeo en los 80 y los 90, edad de oro del cine testosterónico y los héroes de acción supermachos, la buddy film sigue dando guerra en la taquilla, pero ahora desde un prisma más cómico, desafiando estereotipos (Cuerpos especiales) y flirteando con la autoparodia (la próxima El otro guardaespaldas).

Contra todos (War on Everyone) continúa la tradición trazando un puente entre pasado y presente, conservando los lugares comunes del género (para bien y para mal), pero dándole un toque hipermoderno con un aire más autoconsciente e intelectual. Dirigida por el británico John Michael McDonaghContra todos se podría definir como una comedia indie de acción semiparódica. El film nos presenta al dúo dinámico formado por Alexander Skarsgård (True BloodBig Little Lies) y Michael Peña (Ant-Man, Marte), dos policías corruptos que patrullan las calles de Nuevo México como si fueran suyas. Terry (Skarsgård) y Bob (Peña) se dedican a chantajear a todos los criminales que se cruzan en su camino y abusan de su autoridad para salirse siempre con la suya, pero se encontrarán con la horma de su zapato cuando enfrenten a un enemigo mucho más peligroso que ellos, el aristocrático capo de la mafia de Nuevo México Lord James Mangan (Theo James).

Contra todos se beneficia de un reparto fantástico, y en especial de la dinámica en pantalla de Skarsgård y Peña, dos intérpretes más que solventes que forman muy buena pareja, a pesar de que sus personajes puedan resultar más antipáticos de lo normal. Ellos son lo que mantiene en pie una película contra-todos-dvdque, por otro lado, no ofrece mucho más. Contra todos puede recordar a la reciente (y muy superior) Dos tipos buenos, pero la cinta protagonizada por Russell Crowe y Ryan Gosling hallaba el equilibrio perfecto entre comedia tonta e inteligente, mientras que la de McDonagh se pierde en un tipo de humor más cerebral que no termina de dominar. Contra todos busca la risa contraponiendo la violencia más primitiva, el chiste verde o las situaciones disparatadas  a la intelectualidad de las citas filosóficas o las referencias cultas a autores, pero no sale airosa de su empresa, entrando a menudo en el terreno de lo pretencioso.

Por lo demás, Contra todos da justo lo que cabe esperar de una película de estas características, ya que se dedica a reproducir los tópicos del género al que pertenece, con un giro más irreverente y políticamente incorrecto. No falta el machismo inherente al actioner de los 90 (ellos pasean su privilegio masculino y presumen de pistolón mientras ellas cuidan de los niños y ofrecen sexo, gratis o cobrando), como tampoco la homofobia o el racismo casual. Claro que todo esto es contrarrestado mediante la autoconsciencia de la que hablábamos, y un ajuste modernizador (el malo es bisexual, los intereses románticos son una mujer negra y una latina) que le hace sumar puntos. Pero lo más destacable del film es sin duda el buen hacer de su pareja protagonista, un Alexander Skarsgård que es todo presencia y elegancia, y un Michael Peña divertido y carismático.

Contra todos ya está a la venta directa en DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. Como contenido adicional, la edición incluye escenas eliminadas.

Crítica: La leyenda de Tarzán

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Hay dos maneras de hacer un remake o volver a contar por enésima vez una historia en el cine: haciéndolo muy bien o aportando algo nuevo, algo distinto a lo que hemos visto en las anteriores iteraciones de la historia. La leyenda de Tarzán opta por la segunda vía. La película dirigida por David Yates (responsable de las cuatro últimas películas de Harry Potter y su spin-off Animales fantásticos y donde encontrarlos) toma al famoso personaje creado por Edgar Rice Burroughs y nos lo presenta bajo una nueva luz, tratando de no repetir la misma historia que se ha llevado al cine en varias ocasiones, y que el clásico Disney de 1999 se encargó de inmortalizar para las nuevas generaciones. Así, La leyenda de Tarzán se construye como secuela que se inicia presentándonos la faceta menos explorada del personaje: su vida burguesa en Inglaterra después de abandonar la jungla y adoptar la identidad de John Clayton III.

La historia de Tarzán forma parte del imaginario colectivo, por lo que el film no se detiene demasiado en sus orígenes, únicamente mostrándonos varios flashbacks necesarios para unir pasado y presente. De esta manera, La leyenda de Tarzán se centra en contar el regreso a la jungla de John, conocido en Londres como Lord Greystoke (Alexander Skarsgård), junto a su amada Jane (Margot Robbie). Clayton, convertido en leyenda en la capital británica, es invitado al Congo para servir como emisario comercial del parlamento, pero no acepta hasta que un diplomático norteamericano, George Washington Williams (Samuel L. Jackson) le desvela que los belgas están esclavizando a la tribu que hace años fue su familia. Junto a él y su mujer, Clayton regresa a su verdadero hogar para acabar con los planes de Leon Rom (Christoph Waltz), el corrupto capitán detrás de la trama homicida del rey belga para hacerse con el Congo y sus recursos naturales, un plan malvado que conecta directamente con el pasado de Tarzán y destapa heridas que no llegaron a cicatrizar nunca.

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A partir de las historias de Burroughs, Yates y sus guionistas componen una película que trata por todos los medios de ofrecer algo distinto, de mostrarnos a un Tarzán de los Monos más oscuro, más violento, una versión de la historia en cierto modo más actualizada, con mucha acción “moderna” (es decir, pensada para el 3D). Tanto es así, que por momentos La leyenda de Tarzán parece una película de superhéroes, en la que un justiciero con poderes extraordinarios recupera su súper-identidad después de permanecer inactiva (pero latente) durante años. Pero los esfuerzos son en vano, y a pesar de contarnos algo relativamente nuevo, el déjà vu es inevitable, y acabamos teniendo la sensación de que estamos viendo lo mismo de siempre. La razón es una aproximación excesivamente convencional, superflua y carente de fuerza creativaLa leyenda de Tarzán es una película insípida, sin verdadero interés, un trabajo que no aporta nada interesante al canon cinematográfico del personaje, ni a la actual corriente de puestas al día de los cuentos clásicos.

Si al menos hubiera otros alicientes que compensasen esta monotonía y falta de ímpetu, podríamos intentar salvarla. Pero La leyenda de Tarzán renquea en todos sus departamentos. Su reparto es cuanto menos irregular: la presencia física de Skarsgård es indudablemente imponente y el actor hace buen uso del lenguaje corporal para componer al personaje, pero aun con esas su interpretación resulta inexpresiva, escasa, algo parecido a lo que pasa con el impresionante Djimon Hounsou; Robbie es buena actriz, pero está muy mal escogida para este papel, y su aspecto indudablemente contemporáneo chirría con el entorno (además, el tratamiento de su personaje deja mucho que desear, insistiendo de boquilla en que Jane no es ninguna damisela, para ponerla en este rol durante la mitad del metraje y reducirla a eso; no chirriaría tanto si no lo dijera tanto, porque una cosa es decirlo, y otra demostrarlo -y no le estoy hablando a Jane, sino a los guionistas); Jackson ejerce como alivio cómico interpretándose a sí mismo, pero sus momentos 100% jacksonianos, por muy simpáticos que sean, son poco oportunos y revelan una gran desesperación por hacer que la película tenga algo de chispa; y por último, el de Waltz es el enésimo villano desdibujado y aburrido que nos deja el blockbuster actual, un personaje que a su vez es la enésima prueba de que el repetitivo y afectado actor austríaco siempre ha hecho y seguirá haciendo lo mismo una y otra vez.

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Aunque no lo creáis después de todo esto, La leyenda de Tarzán no es del todo mala película (podría haber sido mucho peor). Lo que sí es es una película muy mal hecha. Parece mentira que su presupuesto ascendiera a 180 millones de dólares, porque en pantalla no se nota por ninguna parte. La inconsistencia visual del film es increíble (parecen tres películas de diferentes estilos mal pegadas). Por un lado, tiene ocasionales destellos de fuerza y contundencia que atronan los sentidos, y los escenarios naturales africanos dejan estampas preciosas, pero por otro, el empaque que la cinta podía haber tenido (y que tiene por momentos) se va al traste por culpa de una gran cantidad de planos pixelados y desenfocados, imágenes nocturnas con un nivel de grano inaceptable, zooms artificiales que estropean la imagen, un montaje torpe que en lugar de cubrir estos defectos los acentúa, y lo peor de todo, unos efectos digitales lamentables (flaco favor le ha hecho tener tan cerca El Libro de la Selva de Disney), con cromas chirriantes y falsísimas criaturas CGI (incluyendo un Tarzán de videojuego que parece hecho en 2001). En definitiva, la película no funciona a ningún nivel, ni siquiera como pasatiempo o espectáculo, que es lo mínimo a lo que debería aspirar, y parece una versión inacabada que todavía no estaba preparada para su proyección en cines.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Ginger es el corazón (y los pulmones) de True Blood y la séptima por fin arranca

Ginger Pam

Nos estábamos empezando a preocupar mucho. La última temporada de True Blood estaba siendo todo lo contrario a lo que debería ser la temporada final de una serie como esta, o de cualquier serie que ha estado con nosotros siete años. La de Alan Ball siempre ha sido una serie altamente irregular, pero tras una sexta temporada sorprendentemente centrada y bien orientada hacia la recta final, uno esperaba de esta última entrega un poco más de pasión y emoción, un poco más de épica. En su lugar hemos obtenido tres primeros episodios más bien desganados, mediocres, y muy olvidables de no ser por las anticlimáticas muertes que más que conmover o impactar a los fans, los han enfadado por lo deprisa que han ocurrido -aceptamos que por ser la última temporada tengan que caer tantos, pero no de esa manera- y porque no han hecho justicia a los personajes fallecidos. Ah, y este tramo inicial de la temporada también nos ha dejado una de las escenas más memorables de toda la serie, el encuentro erótico de Eric y Jason, un acto de fan service total, gratuito hasta para ser True Bloodpero oye, que no me estoy quejando, que conste. A lo que iba, el caso es que mí ya se me ha olvidado todo lo demás.

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Todo esto cambia en el cuarto capítulo, “Death Is Not the End“, con el que por fin arranca de verdad la última temporada. Las muertes de Tara, Alcide y la Sra. Fortenberry (además de otros personajes menores) han ocurrido en un abrir y cerrar de ojos, sí. Pero ese no es el problema en realidad (deberíamos estar acostumbrados a que los personajes desaparezcan así), sino todas las circunstancias que las rodean y en general la poca pasión con la que se han acometido. Pero llegados a “Death Is Not the End”, y ya desde su prólogo (que aporta la clausura necesaria), nos damos cuenta de estas muertes no han sido en vano (también narrativamente hablando), que su impacto en los habitantes de Bon Temps, y en especial en Sookie Stackhouse, ha servido como catalizador, para hacerles caminar entre el fuego y adentrarse en la batalla sin pensar en las consecuencias. Ya lo dice el título del capítulo, “la muerte no es el final”. Pero para estos personajes, si lo fuera, no pasaría nada, siempre que esta llegue mientras están luchando. El resultado: Un capítulo intenso y relevante que conjuga humor, drama, acción y camp como mejor se le ha dado siempre a esta serie.

Lafayette Jessica

Pero no todo en “Death Is Not the End” es destacable. No sería un capítulo de True Blood sin sus escenas de relleno, y sus subtramas injustificadamente estiradas. Sobran completamente las escenas de Jason y Sam, y en concreto la interminable secuencia en la que visitan a Rosie (who?) para decirle que su marido, Kevin (who?), ha muerto. No podría importarnos menos, y no podría aportar menos a la historia. Si nos quitásemos esas escenas, y ya de paso a Willa (incluso un poco de Jessica), podríamos tener capítulos de 40 minutos, que le habrían venido muy bien a esta serie. En fin, menos mal que tenemos a Sookie, a quien la muerte de su novio (al que nunca quiso tanto como él a ella) le ha empujado a tomar el mando para rescatar a Arlene. Amiga, estratega y líder, Sookie vertebra este episodio, yendo de casa en casa (con esa camiseta roja enorme y esos pelos de no ducharse en una semana) ayudando a cerrar heridas, a recapacitar, y a quitarles la tontería a todos para que se unan a ella en la operación rescate, o para simplemente dejen de ser un estorbo. Es la hora de la verdad, y no se puede estar perdiendo el tiempo en la cama.

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Los dos principales apoyos para Sookie son Bill y Eric. Con el regreso del vampiro vikingo, la Stackhouse vuelve a encontrarse en el centro del triángulo amoroso más importante de True Blood. Pero cuando comparamos sus escenas con uno y otro nos damos cuenta de que el triángulo no es equilátero. Aunque siga sintiendo algo por Bill, es Eric el que la convierte en enferma de amor. A Bill le ofrece su sangre para que este reponga fuerzas de cara a la batalla, y le dice “solo es comida”. Lo suyo queda muy atrás, y aunque haya residuos de aquel gran romance, Sookie no pertenece a Compton. Con Northman es distinto. No hay más que verla cuando este aparece ante sus ojos. Ella apenas se puede controlar (ni quiere), y se precipita a sus brazos demostrando que el vínculo que la une a Eric es más profundo e incontrolable. Sin embargo, Sookie tampoco es de Eric, Sookie no pertenece a nadie. Si algo está aprendiendo después de todo este tiempo (y sobre todo después de la muerte de su novio-por-no-estar-sola) es a valerse por sí misma, a descubrir el alcance de sus poderes (no solo los mágicos), a tomar la iniciativa cuando es necesario, y a no ser una víctima. En el anterior episodio vimos a Sookie silenciando las voces que insistían en condenarla por sus errores, por su “asociación” a los vampiros. En “Death Is Not the End” la vemos elevarse por encima de todo y de todos, y ponerse al frente desafiando a su vieja amiga, la muerte, como haría una verdadera heroína.

Arlene Sookie

Los últimos diez minutos de “Death Is Not the End” son True Blood en estado puro. La operación rescate se convierte en un baño de sangre hepática y vísceras en el que, por primera vez este año, tememos de verdad por la vida de los personajes. Y lo mejor de todo es que ninguno de ellos muere en la batalla. Demostrando que no hace falta cargárselos como moscas para transmitir esa sensación de fatalidad apocalíptica. Basta con hacernos creer que un personaje querido podría pasar a mejor vida para ponernos al filo de nuestro asiento. Es lo que ocurre con Arlene, que con el paso de los años, y sin hacer nada especial ni poseer ningún poder sobrenatural, se ha revelado como uno de los pilares de la serie, y una de las mayores constantes en la vida de Sookie. La escena en la que Sookie pide socorro para salvar a su amiga es la más potente de lo que llevamos de temporada, gracias sobre todo a la interpretación de estas dos mujeres. Además, nos da el último cameo del episodio, Terry Bellefleur, después de otros estupendos homenajes a personajes del pasado, que vuelven para contribuir a ese cierre de ciclo que toda serie longeva debe realizar: Hoyt Fortenberry (Jason le dice “Bubba” y yo me quiero morir) y the Magister, que nos remite directamente a la primera temporada.

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Y a pesar de todo este torrente de emociones, lo mejor de “Death Is Not the End” no es su excelente clímax, sino los flashbacks que salpican el episodio de humor, y nos dan a conocer más sobre la historia de los personajes más enigmáticos, magnéticos e interesantes de True Blood: Eric y Pam. Y por extensión, de la mayor diva de la serie (con permiso de Lafayette), el verdadero corazón (y sobre todo los pulmones) de True Blood, Ginger.

A medida que el fin se acerca para Eric, tanto él como su progenie se están ablandando. Y no hay nada mejor que Eric y Pam demostrándose lo mucho que se quieren, algo que beneficia mucho a la serie en general. Los flashbacks de “Death Is Not the End” nos cuentan “La historia de Fangtasia“, y abarcan desde 1986, cuando the Magister convierte a los dos vampiros en regentes de un videoclub local (bravo, bravo, BRAVO) hasta 2006, cuando Ginger tiene la idea de convertir ese palacio del VHS en un palacio de verdad: Fangtasia, la fortaleza de los vampiros en Shreveport (genial Pam lloriqueando: “I hate Shreveport”) con su gran Rey Vikingo Eric Northman sentado en el trono. Con estas fantásticas escenas se brinda homenaje a uno de los personajes recurrentes más divertidos de la serie, y se hace dándole no solo un pasado de lo más jugoso -Ginger como nerd ochentera fan del cine de vampiros y como lolita punk es de lo mejor que me ha dado la serie en estos siete años-, sino otorgándole, en retrospectiva, gran peso en el universo de la serie. Nadie se merecía esto más que ella. Y lo más curioso es que Ginger no grita en “Death Is Not the End”. Sin embargo, la actriz que la interpreta, Tara Buck, lo ha compensado con este genial agradecimiento a los fans de la serie por estos siete años de amor hacia la camarera asustadiza del Fangtasia y hacia esa música celestial que son sus chillidos de terror. Te queremos, Ginger.

True Blood: El último verano (7.01 “Jesus Gonna Be Here”)

True Blood Jesus Gonna Be Here

Tranquilos, a pesar del título de la entrada, este año no os voy a decir aquello de que True Blood es sinónimo de verano, o a soltar el típico rollo para explicar por qué la serie vampírica de Alan Ball es uno de nuestros guilty pleasures favoritos o a enumerar las maravillas de la anatomía de Joe Manganiello (bueno, quizás eso sí lo haga después). Este año voy a empezar la temporada estival de reviews yendo directamente al grano: El regreso de True Blood ha sido decepcionante, aburrido y demasiado disperso hasta para ser True Blood, que es probablemente la serie más descentrada y caótica de la historia. Es preocupante, teniendo en cuenta que es la última temporada, pero no demasiado si pensamos que los comienzos de temporada de muchas series son simplemente un ejercicio de reajuste, o si lo comparamos con las muchas horas de coñazo absoluto que nos hemos llegado a tragar felizmente con esta serie.

Porque True Blood puede divagar, ramificarse innecesariamente y dar continuos palos de ciego, pero siempre nos acaba devolviendo a lo mismo: la chulería de Pam, el paletismo de Sookie, el palotismo de Jason, el sudor, la sangre, el sueño húmedo de una noche de verano. Sin embargo, todos esos elementos que hacen de True Blood una gozada casi pornográfica están desinflados en este “Jesus Gonna Be Here“, como si para volver se hubieran puesto las pilas medio cargadas, como si estuvieran encerrados todos (literalmente) en el mismo sótano de siempre, y tuvieran ya ganas de escapar de una vez. La sexta temporada terminó con un salto hacia el futuro que nos brindaba la trama central para la recta final de la serie: La sangre sintética se ha acabado, una cepa de hepatitis V afecta a la mitad de la población vampírica, convertida en zombies de The Walking Dead, y en Bon Temps, uno de los muchos pueblos pequeños de la América profunda olvidados por el gobierno, Sam Merlotte, ahora alcalde, promueve el emparejamiento de humanos y vampiros para recibir protección a cambio de comida. De momento, los enfrentamientos político-bélicos de Sam, Andy y Bill con la resistencia de vigilantes de Bon Temps no podrían ser más soporíferos (esperemos que Vince, el señor que perdió las elecciones contra Merlotte no sea un villano oficial esta temporada). Pero al menos nos alegramos al comprobar que la serie regresa a Bon Temps, y centra la mayor parte de su acción en el pueblo (¡Jane Bodehouse!), como en un intento de regreso a los orígenes para cerrar ciclo.

Jessica Adilyn

El mayor problema de esta season premiere es quizás el hecho de que el humor brilla por su ausencia. A excepción de un par de momentos contados, “Jesus Gonna Be Here” es un capítulo decididamente serio, y la seriedad no sienta del todo bien a True Bloodque suele brillar más cuanto más alocada y rocambolesca es. La irregular carga dramática del episodio es eso, una carga, un lastre que hace que los más de 50 minutos que duran los capítulos acaben pasando factura, y que tengamos la sensación de que ni los actores ni el equipo están al 100% en lo que hay que estar. Mirad por ejemplo a Anna Paquin (a la que siempre defenderé de los haters), que nos dejó un panegírico precioso en el 6×09, y que cierra este 7×01 con otro discurso a los habitantes de Bon Temps. Pero esta vez no nos lo creemos, Paquin no está ahí, y sus palabras, por muy importantes que sean, suenan desganadas e impuestas. Como las de Pam, que siempre clava sus one-liners, y en este capítulo suenan forzados, como demasiado Pam hasta para ser Pam (“I’ll be in hell having a threeway with the devil”). O como Jessica y Adilyn Bellefleur. Deborah Ann Wol está mejor que la Paquin en este capítulo, pero esa escena de conexión adolescente entre Jessica y su protegida -mientras la zorra de su novio liga con Lafayette-, por muy bonita que fuera en teoría (visualmente lo mejor del capítulo), resulta artificiosa en la práctica. True Blood no es conocida precisamente por su sutilidad, pero en “Jesus Gonna Be Here” llevan la obviedad a otro nivel.

Y para obvio, el hecho de que Tara NO está muerta, a pesar de que en la increíblemente mal ejecutada secuencia inicial de la temporada (dirige Stephen Moyer, ejem) se nos quiere convencer muy torpemente de que sí -mirándolo por el lado bueno, si para algo nos sirve esta infame escena es para disfrutar de otra gran interpretación de Adina Porter como Lettie Mae Thornton. Tara es un personaje protagonista que lleva en la serie desde el primer capítulo, la única excusa para matar a un protagonista en off es para engañarnos. Si no la hemos visto morir, no está muerta. Además, si Tara hubiera caído de verdad, Pam lo habría sentido (su sire amenazó con dejarla libre, pero sigue inevitablemente conectada a ella). Se mire como se mire, no es más que otra muestra de lo tosco y desganado que ha sido todo en este arranque de temporada (nos gusta que True Blood sea cutre, pero no tanto). O han despedido a un personaje importante de la manera más anticlimática posible (improbable), o nos tienen preparada la sorpresa menos sorprendente de la serie. Y es una pena, porque si algo sabe hacer True Blood, a parte de humedecernos y lubricarnos, es sorprendernos.

True Blood Lettie Mae Tara

Que “Jesus Gonna Be Here” ha tenido su dosis mínima de despelote, pero como las cosas están tan serias y hay una revolución gestándose, no hay tanto tiempo para retozar -aunque ya sabemos que en Bon Temps no importa que el armaggedon se acerque, hay que follar. Así, tenemos una escena de cama de Sookie y Alcide, la pareja más aburrida de la tele. Y esta vez ella enseña más que él, algo raro teniendo en cuenta que la carnaza masculina es lo que vende en esta serie. No nos quejaremos. Ya que la Paquin está desganada interpretativamente hablando, por lo menos enseña las tetas. Y por otro lado tenemos a Jason Stackhouse, que eleva de nivel el episodio enseñando su trasero fibrado y bubbilicious, lo único interesante de su también aburridísima y repetitiva trama con la pesada de la vampira dominatrix (el emparejamiento de Jason y Jessica funcionaba muy bien, este no). Por lo demás, no hay mucho más que destacar de “Jesus Gonna Be Here”, un capítulo (esperamos) de transición hacia (ojalá) tramas más divertidas y emocionantes. Coño, ¡que es el final! Esperemos que las historias presentadas en este episodio se transformen y den lugar a otras más atractivas, porque lo que hemos visto por ahora ha sido bastante poco alentador. Y por supuesto, confiemos en que Pam encuentre pronto a Eric Northman y este haga acto de presencia para animar el cotarro, que su ausencia nos ha confirmado hasta qué punto él se ha convertido en el protagonista de la serie.

Crítica: ¿Qué hacemos con Maisie?

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Crítica escrita por David Lastra

Maisie es una muñeca de trapo preciosa. En todos los sitios queda bien y no molesta. Sonríe cuando tiene que sonreír y calla cuando tiene que callar. Maisie tiene un pequeño problema: un niño y una niña se pelean por jugar con ella. Hay Maisie para todos, pero casi nunca se apañan en marcarse unos turnos y los tirones de pelo se suceden día tras día. Lo raro es que luego la muñeca está casi siempre sola. Lo que puede parecer un simple juego de niños, es un poco más complicado. Maisie no es una muñeca cualquiera, es una niña de verdad y los niños que se pelean no son otros que sus padres. “¿Qué hacemos con Maisie?” es la historia de una separación (nada amistosa) vista a través de los ojos de la niña… o no… realmente es el relato de unos meses en los que Maisie juega, baila, canta y abraza a la gente que quiere. Nada más. Un tiempo de aprendizaje y esparcimiento que coincide casualmente con el ruido de fondo de la ruptura sentimental de sus padres. Un hecho que golpea e interesa más a terceros (y al propio espectador) que a la propia Maisie.

Más que el no saber qué hacer con ella, lo que debería preocuparnos es saber si la niña es consciente en algún momento de lo que está ocurriendo: qué es lo que Maisie sabe. No obstante, es ese y no otro el título de la novela de Henry James que muy notablemente adaptan (y actualizan) Nancy Doyne y Carroll Cartwright. Tomando la mirada de la niña como referencia, podríamos decir que ella no siente miedo ante la separación. La única ocasión en la que percibimos actividad lacrimal en la pequeña es en una escena ajena a las discusiones (aunque producto del abandono): cuando pernocta en casa de la camarera. Ese duelo es producto de despertarse en colchón ajeno, no por la ausencia de sus padres. Ella es consciente que no van a estar con ella nunca más, pero no por la separación, sino porque simplemente nunca lo han estado. Su padre es un vividor/marchante/agente y su madre es una superstar rockera con pelajos y estampados de leopardo a lo Alison Mosshart del grupo The Kills. No obstante, la encargada de dar vida a esta niña grande, Julianne Moore, regrabó dos temas del grupo para la película: “Hook and Line” y “Night Train”. Otro maestro de la sobreactuación, Steve Coogan encarna al padre.

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Los ojos de Maisie siguen devorando el mundo y cual ameba o Klaus Kinski cualquiera, necesitan amar. A los seis años no hay tiempo para madurar, solo para querer con locura. Ella solo quiere alguien que le corresponda y lo encuentra por partida doble: en las correspondientes parejas de sus progenitores. Dos guapísimos y perfectos jovencitos que cometen el error de su vida al enamorarse de los padres de Maisie, pero que ven compensado ese drama con la convivencia junto a la pequeña. Una cándida Joanna Vanderham (protagonista de “Galerías Paradise”) y un encantador Alexander Skarsgard (con unos cuantos dejes de Eric Northman amnésico) son el contrapunto cálido del film al encargarse de que la pequeña no vaya a la deriva.

Pero una buena propuesta como la de “¿Qué hacemos con Maisie?” podría haber sido un desastre de tamañas proporciones de no haber contado con una Maisie perfecta. Esa tarea harto difícil recae en Onata Aprile, un ángel con una mirada bellísima cuya perfección e inocencia se asemeja al David de “A.I.” (seguro que Maisie tampoco ha tenido un cumpleaños nunca), despegándose radicalmente de la sombra de otras niñas prodigio repelentes de producciones indies (introduzca aquí a la Fanning de turno). El trabajo de esta niña se merece todo tipo de premios y galardones, aunque a ella seguro que no le interesa. Ella es Maisie. Como hemos dicho, ella solo quiere amar.

Valoración: ★★★½

True Blood 6.09 “Life Matters”

El noveno episodio de la sexta temporada de True Blood nos ha dado todo lo que nos hizo enamorarnos de la serie hace ya unos cuantos años. Y mucho más. De acuerdo, quizás lo único que faltó fue algo de desnudez (no cuentan miembros viriles no pegados al cuerpo), pero en los demás aspectos “Life Matters” nos devolvió por completo la ilusión por una serie cuyas anteriores temporadas nos habían desencantado. La sexta temporada se confirma así como un nuevo comienzo para la serie de Alan Ball, haciendo que nos preguntemos si quizás habría sido mejor que se hubiese marchado mucho antes.

Como seguidores de True Blood, estamos más que acostumbrados a recibir una de cal y otra de arena. Finales impactantes para rematar episodios soporíferos, el mayor número de personajes de relleno que hemos visto en una serie contra fan favourites que por sí solos merecen la pena cualquier suplicio. Pocas series adolecen tanto de un desequilibrio e inestabilidad tan evidente. Pero pocas tienen la capacidad de hacer saltar los ojos de las órbitas como True Blood. Con “Life Matters” se nos demostró que aun hay mucha vida en la serie, que todavía podemos ilusionarnos con ella, emocionarnos, gritar, reír y torcer el morro ante las escenas más bizarras y excesivas que se pueden ver en televisión. En definitiva, “Life Matters” nos recordó por qué True Blood Matters.

Y si True Blood ha arreglado con maña el entuerto que dejó la(s) anterior(es) temporada(s) -fantasma humeante de la guerra, no te olvidamos, aunque queramos- es gracias a que por fin se está haciendo caso al fan que lleva años quejándose de lo que no funciona en la serie. Lo dicho, a ver si va a resultar después de todo este tiempo, que lo mejor que le podía ocurrir a True Blood es que su creador delegase sus responsabilidades como showrunner en otro. Brian Bruckner, que lleva desde la primera temporada como productor y guionista, estaba esperando su turno para poner orden en la serie.

Así, para esta temporada, Bruckner se ha deshecho de algunos de los eslabones más débiles de la serie. Ha reducido la presencia por capítulo de los lobos y los cambiaformas (aunque sigue siendo demasiada, todo hay que decirlo), y ha realizado una interesante purga de personajes. Todo para cumplir con los planes en su agenda: “Corregir la desproporción entre humanos y seres sobrenaturales, y situar a todos estos personajes que viven en el mismo lugar bajo una sola trama y una sola amenaza”. A la irritante Nora, hermana de Eric, se le ha unido recientemente en el Más Allá Terry Bellefleur. “Life Matters” es a la vez panegírico para despedirse de uno de los pocos personajes humanos de la serie, a la vez clímax desquiciado en el que se descarga toda la artillería pesada, como si de un capítulo 9 de Juego de Tronos se tratase. Al fin y al cabo, esta temporada de True Blood cuenta con tan solo 10 episodios, como el otro exitazo de HBO, y visto lo visto, este recorte se revela como otra gran decisión.

En “Life Matters” no hay un solo minuto de descanso. Ni siquiera los numerosos flashbacks recordando a Terry interrumpen la fluidez del relato, como sí suelen hacerlo las escenas descolgadas de humanos y otras especies no vampíricas. Las secuencias son más cortas, están mejor intercaladas, interrelacionadas, y por fin obtenemos la tan preciada y necesitada sensación de unión y cohesión. Nada de veinte tramas sin conexión y personajes desperdigados. Todos convergen por fin en dos frentes. Por un lado los habitantes de Bon Temps reunidos para el funeral de Terry. ¡Qué alegría volver a ver a Lettie Mae Thornton, a Jane Bodehouse y a la señora Fortenberry, y además tener noticias de Hoyt! Y por otro todos los vampiros de la serie apelotonados en el Vamp Camp, liberados al fin por un Eric que es una versión viciosa y sanguinaria de la Dark Willow de Buffy. Pam, Tara, Jessica & co. danzan arrebatadas por el éxtasis de Santa Billith, como salidas de una escena de The Wicker Man o una película de Rob Zombie, después del mayor Vísceras-Fest de la historia de la serie. Una gozada. Resulta algo extraño entrelazar lacrimógenos discursos funerarios con desmembramientos varios, pero sorprendentemente funciona.

Bravo, bravo, bravo. Por dejar a la demencia y la libertad apoderarse del relato como no ocurría desde los tiempos de las orgías de Maryann. Por devolvernos el verdadero espíritu de Bon Temps y conseguir que entendamos -aunque sea por un momento- la importancia de los personajes humanos en la serie. Por la inconmensurable Sarah Newlin, el personaje revelación de la temporada, y su emocionante confrontación ¿final? con Jason. Pura catarsis. Por Tara disparando una metralleta. Por Anna Paquin volviendo a merecerse el Emmy. Por el gore más brutal (ese pene estirpado, ¿lo enseñarán? ¿no lo enseñarán? ¡TOMA PENE!). Por cumplir la promesa de devolver la serie a sus raíces. Y finalmente, por un humor en absoluto estado de gracia. No recuerdo haberme reído tanto con un episodio de True Blood en años. Resumiendo: “¡¡¡Te quiero… Jason Stackhouse!!!” ¡¡Te amo… True Blood!! Y sobre todo: AaaaaaaaAAAAAAAHHHHHHHH!

Crítica: The East (Zal Batmanglij, 2013)

Blackie era oscuramente consciente del cambio de favor. Pensó en volver a su casa, en no regresar jamás, en dejar que todos descubrieran la falsedad del liderazgo de T., pero supongamos que, después de todo, lo que T. proponía fuera posible; nunca se había hecho nada así antes. Sin duda la fama de la pandilla de la playa de estacionamiento de Wormsley Common llegaría hasta Londres. Habría titulares en los diarios. Incluso las pandillas de adultos que manejaban las apuestas de las pulseadas y los vendedores ambulantes de frutas se enterarían con respeto de la forma en que habían destruido la casa del Viejo Miseria. Impulsado por la pura, simple y altruista ambición de fama para la pandilla, Blackie regresó al lugar donde estaba T., de pie a la sombra de la pared de la casa del Viejo Miseria.

Los destructores, Graham Greene

The East es una célula de eco-terroristas que llevan al extremo el “ojo por ojo, diente por diente”. Agrupados formando una comunidad sectaria en una casa en lo más profundo del bosque, los miembros de The East planean golpes contra magnates y grandes empresas que han provocado desastres ecológicos o que se hacen ricos a costa de la salud del planeta y sus habitantes. Sarah (Brit Marling) trabaja para una empresa que ofrece servicios de investigación y espionaje a las empresas víctimas de The East. Esta le asigna la misión de infiltrarle en el grupo para desenmascararlo y entregarlo a las autoridades. Pero como es de esperar en este tipo de relatos, desarrollará vínculos especiales con sus miembros, lo que le llevará a plantearse quiénes son realmente los malos:  ¿los hippies que quieren arreglar el mundo a golpe de ataque terrorista o los ricos que lo están destruyendo por completo?

No os dejéis engañar por lo convencional de la premisa, The East es una propuesta inteligente y sólida que logra deshacerse del lastre de las películas panfletarias gracias a que está construida esencialmente como un thriller, uno rico en matices y claroscuros morales, en lugar de un sermón. Con un trío protagonista enigmático e interesante (especialemente Alexander Skarsgård como líder de la “secta”), y una trama minuciosamente hilada -a pesar de un par de agujeros de guion que podían haberse evitado fácilmente-, el argumento de The East fluye con naturalidad y pulso ejemplar, resultando en una película emocionante, algo adictiva, e incluso fascinante a ratos. Acompañamiento idóneo para una sesión doble junto a la reciente cinta de Gus Van Sant, Tierra prometida, diferente a The East en su presentación pero similar en sus postulados.

En la que es su segunda colaboración, Zal Batmanglij y la polifacética Brit Marling (tándem artístico en Sound of My Voice), se busca constantemente la participación activa del espectador en las disyuntivas morales que plantea. Los conflictos están expuestos astutamente, decantándose en la medida de lo posible por lo inesperado, a pesar de que las convenciones del género acaben conduciendo la historia por los derroteros de siempre. El gran acierto de The East es lograr inmiscuirnos en los estimulantes y ligeramente perturbadores juegos psicológicos de sus protagonistas, mientras se gesta en ellos -y si todo va según lo previsto, en nosotros- una revolución. Batmanglij y Marling se esfuerzan por descargar el relato de moralina y condescendencia, cediendo (aparentemente) todo juicio al espectador, aunque se las arreglan para dejarnos una inquietante impronta antisistema y anarquista que hace que, aunque sea por un día, deseemos destruir la casa del Viejo Miseria para dejar de sentirnos “extranjeros en nuestro propio país”.