Madre: Retrato de una mujer quebrada

Madre se hace, no se nace. Por mucho que unas cuantas iluminadas (e iluminados) se empeñen, nadie viene a este mundo sabiendo y mucho menos si hablamos de un vicio adquirido como es la maternidad. Puede que todavía no queden tan lejanos los tiempos de la santificación del binomio ‘madre y esposa’, pero por lo menos hemos podido ver cómo se ha relajado bastante la animadversión a la figura de la madre soltera, separada o divorciada. La decisión de ser madre puede ser tanto el acto más subyugante llevado a cabo por una mujer como el acto más revolucionario que puede realizar un ser humano. Después de desmenuzar minuciosamente los entresijos de los últimos años de la corrupción española, Rodrigo Sorogoyen (Que Dios nos perdone) se atreve ahora con el arquetipo más polémico de la historia: la madre.

Hace diez años, Elena recibió una llamada que puso su vida patas arriba. Su apacible existencia se quebró en el mismo instante en que dejó de recibir señal alguna del otro lado del teléfono. La línea se cortó y algo más grande se rompió en ese momento. Elena no solo perdió un ente externo de su propiedad, sino que sintió cómo le arrebatan algo aún más propio: su sentido de pertenencia. Aquello que había construido con tanto ahínco, por lo que había incluso actuado incluso en detrimento de su propia personalidad. Ese día, Elena dejó de ser madre.

Cogiendo como base su cortometraje homónimo, Sorogoyen construye una desgarradora historia en la que nos muestra a una mujer sin rostro que intenta seguir caminando pero que no puede, ni quiere, seguir avanzando. Su crisis identitaria le ha llevado a adoptar otro perfil, a habitar un no lugar que le sirve como única atadura a lo que fue su vida hace diez años. Una prisión en forma de playa que podría o no ser la indicada, pero que cumple su labor evocadora.

Madre huye del golpe de efecto (muy bien llevado, todo hay que decirlo) que dominaba el cortometraje candidato al Oscar y se convierte en un excelente ejercicio de sutilidad y sensibilidad cinematográfica. El director de Stockholm logra acercarse a las consecuencias de la pérdida sin caer en sentimentalismo alguno, con una elegancia en los planos que recuerda por momentos al temple del mejor Michael Haneke, el de Código desconocido, y al arte de Terrence Malick (El árbol de la vida), pero de una manera más poética y menos plomiza. Sorogoyen nos presenta una Elena enferma, en el sentido estricto y no peyorativo de la palabra. La sensación térmica del miembro fantasma sigue ahí y ella busca maneras de sobrellevarlo. Una nueva pareja, un nuevo trabajo, nuevas compañías… Ella sigue el manual para sobrellevar la pérdida y, a ratos, podríamos asegurar que funciona.

Al igual que ocurría con el trastorno límite de la personalidad en La heridaMadre logra acercarse al complejo mundo de las enfermedades mentales de manera certera y sin caer en los típicos errores que habitualmente se cometen en la gran pantalla. Como Marián Álvarez en el caso de la película de Fernando Franco, esta aproximación por parte de Sorogoyen se engrandece gracias a la sublime interpretación de su actriz protagonista. Si en el cortometraje, Marta Nieto (El camino de los ingleses), nos enseñó lo bien que sabía explotar, en esta versión en largo, además de confirmarnos su buen hacer a la hora de llevar las cosas al límite (especialmente en una escena en la que nos recuerda ligeramente a la Victoria de Sebastian Schipper), nos muestra sus dotes de contención y gestualidad. Una intrincadísima colección de pequeños matices y gestos que esperanzan y destrozan por igual al espectador desde la primera escena. Su labor como Elena es un monumento cinematográfico y uno de esos papeles que marcan una carrera. Gane o no en los próximos Goya, ella es la creadora del mejor trabajo interpretativo del año.

Lejos de ser una mera continuación ramplona del cortometraje y convertirse en un thriller policiaco de esos tan comunes en nuestra cartelera (y que tan bien supo hacer él mismo en la entretenida Que Dios nos perdone), Sorogoyen e Isabel Peña (su coguionista habitual) eligen la opción difícil y nos muestran la vida después del drama. El trauma que queda. Los extremos de la devoción masoquista de algunas madres. Elena compensa el vacío de su corazón siendo esclava perpetua de su progenie, ya sea real o proyectada. Esta mater dolorosa abraza al recién llegado (prometedor y genial Jules Porier, Play) como si de su propio hijo se tratase, al igual que el propio adolescente se amarra a ella como si de su verdadera madre se tratase. Sorogoyen decide tratar esta relación de una manera metódica, huyendo de sensacionalismos y de cualquier tipo de censuras. Pocas películas se han atrevido a mostrar la hipertrofia del eros entre madre e hijo (ya sea relación biológica o elegida, como es el caso) de una manera tan valiente y realista.

Madre es la película más contundente y, mal que nos pese, polémica del año, porque de todos es sabido, que el amor de una madre no contempla imposible…. y eso molestará a más de uno (y una).

David Lastra

Nota: ★★★★★

(Para todos y todas aquellas que no hayáis visto todavía el cortometraje, no os preocupéis. La película comienza con el metraje completo del mismo)

Crítica: El silencio de la ciudad blanca

el-silencio-de-la-ciudad-blanca

A finales de la década pasada fuimos arrasados por el vendaval que supuso la publicación de las traducciones de los tochos de Stieg Larsson (creador de la saga Millennium). La nueva novela negra nórdica copó la lista de ventas y trajo consigo la llegada de mil y un impronunciables escritores y escritoras con infinidad de consonantes en sus nombres a los estantes de nuestras librerías. Tiempo después, Gillian Flynn (Perdida, Heridas abiertas) siguió saciando esa hambre de secretos y miserias del lado más oscuro de la psique humana al tiempo que se convertía en la reina del plot twist, y la francesa Fred Vargas se hacía con el mismísimo Premio Princesa Asturias de las Letras por la calidad de su producción literaria dentro de este género habitualmente denostado.

Este renacer del thriller se ha visto reflejado igualmente en la producción patria con los éxitos de ventas de autoras como Julia Navarro (La Hermandad de la Sábana Santa) o Dolores Redondo (su Trilogía del Baztán), así como nuevas entregas de las longevas sagas policiacas ideadas por Alicia Giménez Barlett (Petra Delicado) y Lorenzo Silva (Bevilacqua y Chamorro) … y de todos es sabido, que todo éxito editorial, salvo honrosas excepciones, termina contando con su adaptación cinematográfica correspondiente. Mientras esperamos la llegada de Legado en los huesos (secuela de la exitosa El guardián invisible y basada en la segunda novela de la saga de Dolores Redondo), abrimos un nuevo capítulo en otra nueva trilogía literaria trasladada a la gran pantalla, en esta ocasión la creada por Eva Gª Sáenz de Urturi. Ha llegado el momento de romper de una vez por todas El silencio de la ciudad blanca.

Unai (Javier Rey, Fariña) es el mejor perfilador criminal de todo Vitoria, aunque lleva casi un año en el dique seco por asuntos familiares. Alba (Belén Rueda, El orfanato) es la nueva subcomisaria que se hará cargo de la investigación de una serie de crímenes rituales que siguen los mismos patrones que los acontecidos hace veinte años en esa misma villa. Un caso que parecía cerrado tras el encarcelamiento de Tasio Ortiz de Zárate (Álex Brendemühl, Las horas del día), mediático arqueólogo y presentador televisivo cuya curiosidad e interés por el ser humano le terminó convirtiendo en un asesino en serie. Pero si el hombre malo está entre rejas, ¿cómo puede ser que hayan aparecido dos nuevas víctimas desnudas en la cripta de la Catedral Vieja?

Daniel Calparsoro (Cien años de perdón) vuelve a intentarlo con el thriller tras el arriesgado y extremadamente fallido experimento que fue El aviso el año pasado. Aunque logre un resultado mucho más respetable que con los viajes temporales de Raúl Arévalo, el director de Asfalto no logra transmitir del todo la tensión y el suspense existentes en las páginas de la novela. Ni de lejos consigue acercarse al ritmo del material original, viéndose este El silencio de la ciudad blanca cinematográfico lastrado por una dirección demasiado conservadora, alguna que otra reiteración explicativa durante la investigación y alguno de los giros que no hace sino infravalorar en demasía al espectador. Como viene siendo habitual, pero no por ello igual de loable, Belén Rueda vuelve a brillar con diferencia sobre sus compañeros de reparto, a pesar de contar con un personaje un pelín desdibujado. Salvan la papeleta igualmente Javier Rey, Manolo Solo (Tarde para la ira), Álex Brendemühl, aunque caigan en el histrión (especialmente este último con sus aires de Hannibal Lecter) en alguna escena que otra. Una verdadera pena volver a ver cómo Calparsoro vuelve a desaprovechar las dotes interpretativas de Aura Garrido (Stockholm) tras su experiencia en El aviso.

Aunque no llegue a ser tan entretenido como El guardián invisible, El silencio de la ciudad blanca es el (no tan) trepidante thriller que te puede arreglar una buena tarde lluviosa otoñal de las que se avecinan.

David Lastra

Nota: ★★½

Crítica: Ma Ma

Penélope Cruz Ma Ma

Hay cine que es necesario, pero no por ello es necesariamente bueno. Ma Mala nueva película de Julio Medem sería un buen ejemplo para ilustrar esta idea. El director vasco regresa para contarnos la historia de Magda (Penélope Cruz), mujer a la que se le diagnostica un cáncer de mama en el que no es precisamente el mejor momento de su vida. Está en el paro y su marido, profesor de filosofía en la universidad interpretado por Àlex Brendemühl, la ha dejado por una alumna. A pesar de todo, Magda no deja de sonreír (y qué sonrisa más bonita). Lo hace principalmente por su hijo, pero también por ella. Es una mujer fuerte, en el sentido menos politizado de la expresión, y tiene ganas de vivir.

Ma Ma es la historia de Magda, pero Medem ha querido que sea la historia de todas (el film está dedicado “a todas ellas”), y también la de todos. Quizá por eso el realizador haya optado por una aproximación más convencional al drama para contarla, en lugar de abusar de la escritura con la que se labró ese estilo críptico y lírico, reconocible gracias a películas como Los amantes del círculo polar o Lucía y el sexo. Hace tiempo que Medem dejó atrás esta adolescencia narrativa, y en Ma Ma se enfrenta al reto de escribir un melodrama para todos los públicos, una película más accesible y menos idiosincrásica (aunque aquí sigue habiendo una importante carga onírica y poética que nos recuerda a sus trabajos tempranos). El problema es que el director no ha sabido darle forma a las emociones que laten (nunca mejor dicho) bajo el relato, y su película se pierde en un guion tópico, blando y sentimentaloide.

En ocasiones, Ma Ma parece estar escrita y realizada por un director novel (algunos dirán que ese es el sello de Medem y no les faltará razón). No hay más que ver la forma en la que el director utiliza la cámara en algunos de los pasajes más dramáticos del filme, increpando a sus protagonistas en arrebatos sensacionalistas, como si la CARTEL MA MA OK 3(bella) partitura de Alberto Iglesias no supusiera ya acentuación suficiente. Pero lo peor son los forzados diálogos, de una cursilería que a ratos roza lo insoportable (las intervenciones del hijo de Magda, que tiene 12 años pero está escrito como si tuviera 5, son de lo más irritante). Una película como Ma Ma debería resultar dura por el tema que trata, más que por la forma en la que lo trata. Medem ha optado por mantenerse en todo momento en el lado luminoso de la historia y se le ha ido de las manos, resultando en un film ridículamente sensiblero que pierde el norte demasiadas veces -especialmente todas las que Asier Etxeandía se pone a cantar. Por eso, Ma Ma acaba siendo una experiencia incómoda por las razones equivocadas.

Sin embargo, hay una fuerza capaz de levantar la película a pesar de todo lo expuesto anteriormente. Su nombre es Penélope Cruz. La actriz está sencillamente espectacular, en todos los sentidos, irradiando luz y belleza en cada plano, haciendo suya la cámara y todo a su alrededor. Cruz realiza un trabajo sobresaliente como la optimista y vivaracha Magda, aportando toda la naturalidad que le falta al guion de Medem. Y es que, aunque supera con nota los grandes gestos dramáticos de su personaje, es en los momentos pequeños cuando la actriz brilla con más fuerza. Destacaré dos en concreto: el precioso beso espontáneo que da a la enfermera interpretada por Silvia Abascal (el instante más elocuente de la película, sin usar una sola palabra) y la celebración de los goles del final de la Eurocopa sola en casa, probablemente el recital más conmovedor que ofrece Cruz en toda la cinta. Y tiene unos cuantos. Uno compartido con Àlex Brendemühl (hay que ver el rostro de Penélope perdonando a su ex marido) y todos los demás con un tremendo Luis Tosar, siempre a su altura interpretativamente hablando, pero dejando elegantemente que sea ella quien ocupe el centro del objetivo en todo momento.

A Medem le sobran buenas intenciones, eso está claro. Ma Ma nos habla de una enfermedad muy común y trata de concienciarnos (durante la primera media hora como si estuviera realizando un vídeo educativo, con sus datos y estadísticas) sobre su efecto en las mujeres que la padecen, las que la superan y las que no. El montaje intercalado de secuencias aporta dinamismo, y como hemos dicho, los actores están soberbios, pero el exceso de remilgo y poesía barata (ese corazón en CGI… *arcadas*) termina truncando sus intenciones y llevando la película al terreno de la parodia involuntaria. Aunque puntualmente sobrecogedora y hermosa, Ma Ma es un trabajo de grandes desequilibrios (como todo el cine de Medem, claro) al que le habría venido bien una o dos reescrituras. Por suerte, siempre nos quedará Penélope.

Valoración: ★★½