Absolutamente Alaska y Mario

Cuando la semana pasada me enteré de que el octavo sería el último episodio de Alaska y Mario, mi mundo se tambaleó como nunca. Durante dos meses, el reality de MTV nos ha proporcionado algunos de los mejores momentos televisivos de los últimos años. Por esa razón, descubrir que la primera -y de momento, única- temporada no contaría con los 13 episodios de rigor, me dejó totalmente desolado. El éxito de audiencia del programa debería ser garante de una segunda temporada, pero todo depende de los deseos de los protagonistas de la serie: Olvido ‘Olvi’ Gara, frontwoman de Fangoria, icono incontestable de la cultura española y la modernez universal, esa mujer con la que todo el mundo querría charlar tomándose un café, y Mario ‘Marito’ Vaquerizo, cantante de playback, representante de estrellas y loca del coño maravillosa.

Si algo nos ha mostrado Alaska y Mario es que la bien avenida pareja que forman las dos personalidades madrileñas se sustenta en la más inquebrantable de las complicidades y funciona gracias a una complementariedad conmovedora. Ambas estrellas siempre han sido dadas a la sobre exposición, y sin embargo nunca los habíamos conocido de esta manera. Si antes Alaska y Mario Vaquerizo nos parecían “la extraña pareja”, a partir de ahora no podremos sino referirnos a ellos como “la pareja perfecta”.

Durante ocho episodios de casi 40 minutos de duración -gracias, MTV, al menos nos habéis dado eso- asistimos a los preparativos de la segunda boda de Alaska y Mario. Sin embargo, esto es solo una excusa para dotar de línea argumental a las andanzas extraordinariamente cotidianas y cotidianamente extraordinarias de la pareja y sus amigos. En las entrevistas concedidas a raíz
del estreno del reality,Alaska y Mario han reconocido que una de las principales razones por las que accedieron a grabarlo fue para dar a conocer y compartir con la audiencia el maravilloso grupo de personas que saturan su vida de color. Pues bien, como espectador y fan fatal de Alaska -y desde hace dos meses fan confeso del Vaquerizo- no puedo sino agradecer enormemente tal gesto altruista por parte de la pareja. Adoro la fauna que ha poblado Alaska y Mario, empezando por las bobísimas Nancys Rubias -nunca la ignorancia y la estupidez habían sido tan divertidas-, y terminando con Carmen Lomana -y su “cara de proletaria”-, los ‘de profesión maricas’ David Delfín y Alejandro Amenábar -junto a sus correspondientes boytoys insonorizados-, o los viejos amigos -artística y públicamente vinculados a la pareja- como el gran Fabio McNamara o la diva Nacho Canut. Sin olvidar a sus normalísimos progenitores. Eclecticismo, bizarrismo de pega y la extravagancia más kitsch -había que usar el término- son algunas de las características que podrían definir a este grupo de personas. Y sin embargo es su naturalidad a la hora de mostrarse tal y como son lo que los hace sencillamente únicos. No ha habido ningún tipo de autocensura en Alaska y Mario, continuamente salpicada de un sincero y adorable esnobismo.

No obstante, por mucho que quieran desviar la atención de sus magnéticas presencias, Alaska y Mario son los verdaderos protagonistas de la serie. Son ellos los que merecen las alabanzas más sentidas, por mostrarse sin tapujos ante nosotros. Y no me refiero solo a ver a Alaska sin cejas o a Mario en calzoncillos -que ya es loable de por sí-, sino a esos momentos de relajación absoluta en los que hemos podido conocer, pero de verdad, a las personas que se esconden detrás de sus personalidades públicas. Y lo que hemos descubierto es que lo que ocurre tras las puertas del piso rosa no es sino una prolongación natural de lo que ocurre ante los flashes. La cotidianeidad de su día a día nos ha mostrado a una Alaska disciplinada, seria, sabia aunque reservada, paciente y diplomática y a un Mario desbocado, excesivo, inconsciente -o a ratos demasiado auto consciente-, incontenible, incansable, pero siempre comprensivo y -abrumadoramente- cariñoso. El equilibrio en el que descansa la pareja es perfecto, y esto se puede sentir en cada escena juntos, ya sea haciendo las cuentas de casa o preparándose para un concierto. El último episodio es quizás el que mejor ilustre esta idea. En una de las tres celebraciones nupciales podemos ver a Alaska mirando con gran ternura y una preciosa resignación a su marido, mientras este balbucea sus agradecimientos como un niño que dice lo primero que le viene a la cabeza. Lo dicho, la pareja perfecta. Por otra parte, una de las cosas que más los une es sin duda alguna la pasión que comparten hacia todo. Pasión por sus amigos, por su familia, por Madrid, por la cultura y el arte popular, por la superficialidad y la banalidad, y ese culto al objeto -quien se atreva a llamarlo materialismo se las verá conmigo- con el que yo me siento tan identificado, y que me acerca enormemente a la pareja, obviamente salvando las diferencias económicas. Las horas muertas en eBay, los paquetes postales que no cesan de llegar, la inevitable emoción al encontrar un objeto ‘necesitado’ para seguir abarrotando la vitrina. Todo un estilo de vida que hemos podido presenciar en el reality. “Guardando todo por duplicado / Sin cansarme jamás /Afán sin control por acumular/ Lo que no es necesario / Suele ser extraordinario” (“Más es más”).

Alaska y Mario bien podría haberse llamado Mario y Alaska. Y seguramente a ella no le habría importado nada. Mario Vaquerizo se ha revelado como la auténtica estrella del show, mientras su mujer ha dado carta blanca a su fabulosa y a ratos esperpéntica locura -algo que sin duda ocurre también de puertas adentro y que es una de las claves de la solidez del matrimonio. Así, la compresión, la aceptación y el respeto casan con el exceso, la locura y una temeraria franqueza. Y así también es como se obtiene un producto televisivo sincero y revelador, cimentado en una realidad que se nos antoja distante y enormemente cercana a la vez. Porque Olvido Gara y Mario Vaquerizo son estrellas mediáticas que rechazan la total escisión de las vidas pública y privada, como hacen la mayoría. Pero ante todo, son proyecciones casi monstruosas de nosotros mismos, los que miramos la vida pasar. Viva la química y las cosas que os transforman y os hacen estar mejor todavía, Alaska y Mario.