Ralph Rompe Internet: Actualización realizada con éxito

En 2012, Disney ofreció algo distinto a lo que nos tenía acostumbrados con sus largometrajes animados, una película esencialmente moderna, cuya historia se vinculaba a la tecnología y los videojuegos. Con Rompe Ralph, el estudio se distanciaba de los cuentos de hadas para narrar la historia de una amistad improbable, ambientada en el mundo interior de las máquinas de un salón recreativo. Seis años después, regresamos a este universo de píxeles y bits para reencontrarnos con Ralph y Vanellope en una nueva aventura que se atreve a adentrarse en terreno inexplorado: Internet.

En Ralph Rompe Internet, Vanellope (Sarah Silverman) está cansada de su rutina diaria en Sugar Rush, por lo que Ralph (John C. Reilly) decide crear para ella un nuevo circuito en el videojuego. Los loables intentos de Ralph por animar a su amiga acaban en desastre cuando el volante del juego se rompe y la máquina tiene que ser desenchufada. Sin hogar propio, Vanellope se introducen con Ralph en el inexplorado y expansivo mundo de Internet a través de un router wi-fi para encontrar un repuesto del volante, misión que será mucho más complicada de lo que esperaban. Dentro de la red de redes se toparán con personajes de lo más pintoresco que les echarán una mano, entre ellos una temeraria piloto de carreras callejeras llamada Shank (Gal Gadot) y la empresaria Yesss (Taraji P. Henson), algoritmo de la web donde están todos los vídeos y memes de moda, BuzzTube.

Ralph Rompe Internet recoge todas las tendencias, hábitos y programas esenciales de Internet en un universo casi imposible de abarcar en su totalidad, en el que haría falta pausar cada frame para ver bien todos los guiños, cameos y marcas que rodean a los protagonistas. El constante bombardeo de imágenes marca el ritmo acelerado de una película muy dinámica, llena de acción y con una trama que no para (solo da un bajón en el pre-clímax). Se pueden detectar en ella trazas de Ready Player One y, por supuesto, Emoji: la película, con la que tiene mucho en común a pesar de pertenecer a ligas radicalmente distintas, pero Ralph Rompe Internet se eleva fácilmente por encima de ambas.

Además de una aventura de acción con énfasis en las carrerasRalph Rompe Internet se construye como un comentario sobre la manera en la que usamos Internet a diario para llevar a cabo todas nuestras actividades en la vida real. Afortunadamente, no hay exceso de moralina ni crítica a la hiperconectividad en ella (los avatares de los humanos conectados tienen la cabeza cuadrada, pero esto no es necesariamente un juicio contra ellos/nosotros), sino un retrato de Internet en su mayor parte positivo, aunque no oculte del todo su lado oscuro (los insoportables pop-ups, el spam, la negatividad de los comentarios en redes sociales, la dark web…). Lo peor de este viaje de Disney a las entrañas de Internet es la abundancia de product placement y autopromoción (inevitable, por otro lado), que por momentos convierte la película en una sucesión de microanuncios sobre las maravillas de diferentes webs y aplicaciones y del Disneyverso (reflejado en la visita de Vanellope a Oh My Disney).

Lo bueno es que, más allá de los guiños a las modas, juegos, celebridades cibernéticas o el funcionamiento de Internet en general (plasmado de forma muy ocurrente y eficaz), Ralph Rompe Internet se sustenta sobre la emoción y la conexión humana. En el centro de la historia se encuentra la relación de Ralph y Vanellope, que evoluciona para ofrecernos un mensaje precioso y sorprendentemente maduro sobre la amistad. Ralph es un hombre adulto feliz en la comodidad de su día a día, mientras que Vanellope necesita nuevas (y fuertes) emociones, concretamente las que le aportan el peligroso videojuego Slaughter Race. El descontento de Vanellope y la reticencia de Ralph dan lugar a una recta final en la que la película nos habla de cómo a veces tenemos que dejar marchar a un amigo para conservar la amistad a largo plazo, y cómo podemos convertirnos en auténticos monstruos con tal de no perder lo que tenemos. Es un mensaje adulto, emocionalmente complejo y no exento de tristeza que aporta el corazón en una película donde el sobreestímulo visual amenaza con dejarlo en segundo plano.

Tampoco podemos obviar la pieza estrella de la película, la reunión de las princesas Disney. Esta escena ha sido la más destacada durante la promoción, y no es para menos. El encuentro de Vanellope con las princesas es épico. La secuencia funciona a todos los niveles, avanza la trama, es divertida, profundamente meta y refleja la tendencia actual de Disney a la autocrítica, aludiendo con mucho sentido del humor a los tópicos de las princesas, sus marcadas personalidades y las críticas a las que siempre se ha tenido que enfrentar el estudio. Aunque narrativamente sea solo una parada más en la misión de los protagonistas, la aparición de las princesas eleva la película, dejando con ganas de verlas interactuar más.

A pesar de ser una buena secuela, Ralph Rompe Internet carece de la cualidad atemporal de otras películas Disney. Es inmediata, actual y captura bien el momento que vivimos, pero su efecto probablemente no será tan duradero como el de otras. Lo que sí se queda grabado es la lección que ofrece tanto a niños como adultos. Aunque puede resultar excesivamente machacona en su metáfora de la búsqueda constante y su mensaje sobre no quedarse estancado, Ralph Rompe Internet acierta de lleno con sus conclusiones: que tengamos intereses distintos no tiene por qué separarnos para siempre, y que algunos se conformen con la rutina y otros necesiten algo más no es necesariamente un impedimento para seguir siendo amigos. Precisamente Internet brinda la solución a esta dificultad que la vida nos pone para mantener algunas amistades, el lugar donde estar en contacto y no perder lo que tenemos.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Rogue One – Una historia de Star Wars

Cuando aún no nos hemos recuperado del Episodio VII, el ya de por sí inabarcable universo de Star Wars se expande con el primer spin-off de la saga creada por George LucasRogue One: Una historia de Star Wars. Con esta nueva aventura, Disney y LucasFilm inician una serie de películas dedicadas a explorar otros rincones de la galaxia, dar a conocer a nuevos personajes, contar los orígenes de otros más familiares o rellenar los huecos cronológicos entre los episodios de las trilogías centrales. Con las historias de Star Wars, además, se pretende dar una oportunidad a nuevos cineastas para que realicen su aportación al legado de Star Wars, como Gareth Edwards (director de la espectacular aunque vacía Godzilla), que con Rogue One es el primero en coger las riendas de estas nuevas películas independientes de la saga.

J.J. Abrams logró reproducir el espíritu de las Star Wars originales con El despertar de la fuerza, una película que revisitaba el esquema de la primera Guerra de las Galaxias para presentarnos a un nuevo plantel de personajes de los que nos enamoramos al instante. Rogue One es algo diferente. Es puro Star Wars, pero a la vez se desmarca claramente de las películas principales, con un tono mucho más frío y oscuro y un planteamiento autoconclusivo. La película se remonta muy atrás en el tiempo, para situarse entre las dos primeras trilogías y ejercer como precuela directa de Una nueva esperanzaRogue One narra la historia de un improbable grupo de héroes de la Alianza Rebelde que emprende una misión imposible para robar los planos de la Estrella de la Muerte, el arma de destrucción masiva definitiva que ha desarrollado el Imperio con la ayuda de un brillante científico, Galen Erso (Mads Mikkelsen). Liderados por la hija de Galen, Jyn Erso (Felicity Jones), esta banda de inadaptados, solitarios y rebeldes improvisará un plan para infiltrarse en el planeta donde se esconden los planos y retransmitirlos a sus aliados, cueste lo que cueste.

Como si de una cinta bélica se tratase, Rogue One celebra las hazañas de los héroes anónimos que lo dieron todo para luchar contra el Imperio, y cuyas acciones fueron clave para el desarrollo de la guerra posterior. A partir de esta premisa, Edwards ha llevado a cabo una más que eficaz película en la que se vuelve a respirar el espíritu de la saga en cada plano, recurriendo a las mismas técnicas que Abrams usó en el Episodio VII -principalmente esa fotografía polvorienta y la recuperación de los efectos tradicionales, las armaduras reales y los animatronics, que se mezclan con el CGI más puntero (personajes humanos enteramente realizados por ordenador incluidos) para ofrecernos lo mejor del pasado y el presente de Star Wars. Pero a la vez, se respira aire novedoso, con un mayor énfasis en la acción pura y menos en la fantasía. Todo sin olvidar las numerosas conexiones y referencias a los Episodios (la participación de Darth Vader, sobre todo al final, es escalofriante), que hacen que sintamos en todo momento que estamos viendo una película 100% Star Wars, y no un producto derivado.

Sin embargo, Rogue One tiene sus problemas. La primera mitad se dedica a disponer las piezas de la historia, repartidas a lo largo y ancho de la galaxia, y la fragmentación que esto conlleva hace que a la película le cueste coger el ritmo. Los personajes no llegan a tener apenas profundidad, lo que hace que conectar con su historia sea más difícil. El humor chirría en ocasiones, y algunos chistes metidos con calzador no funcionan. Y el reparto, aunque sólido en general, tiene unos cuantos eslabones débiles que están a punto de estropear la función: Diego Luna, plano e inexpresivo, no consigue conectar del todo con Felicity Jones, cuando se supone que la relación entre Cassian y Jyn es uno de los núcleos emocionales de la película. Alan Tudyk pone voz a K-2SO, nuevo androide ideado para ser el alivio cómico que no es ni de lejos el robaescenas que creían tener entre manos (tiene momentos divertidos, no se puede negar, pero hay otros en los que roza el jarjarbinksismo). Y por último, Forest Whitaker, que está sencillamente ridículo.

Por el lado bueno, Jones compensa las carencias del reparto aportando la emoción que hace falta. Su personaje no es precisamente el colmo de lo complejo, pero la interpretación de la británica, silenciosa e intensa, es el pegamento que mantiene unidas todas las piezas (Jyn es líder, fuerza motivadora y amiga). Además, hay que destacar al resto de secundarios, que sí están a la altura, como los talentosos Mads Mikkelsen, Riz Ahmed y Ben Mendelsohn, que lo borda como el ambicioso villano de la película, y el dúo formado por Jiang Wen y Donnie Yen, que tienen muchas papeletas para convertirse en los nuevos favoritos del fandom.

Como decía, a la película le cuesta coger impulso. Durante la primera hora, la presentación y exposición narrativa puede resultar algo monótona, a lo que contribuye una fotografía más oscura (no apta para 3D) y unos personajes poco definidos. Sin embargo, una vez reunida la banda de Erso y tomada la decisión de robar los planos de la Estrella de la Muerte (con lo que la película se convierte en una heist movie), Rogue One despega. Y de qué manera. Cuando llega el último tercio nos damos cuenta de que la espera ha merecido la pena y la paciencia tiene su recompensa. Decir que el acto final de Rogue One es espectacular es quedarse corto. Este intensísimo clímax de media hora es de lo más impresionante que se ha visto en la saga, y en cualquier superproducción, un brutal despliegue visual y sonoro (con otro gran score de Michael Giacchino, continuador del maestro John Williams) que nos sumerge en una trepidante batalla a plena luz del día (genial contraste con el resto de la película). Pero no solo eso, sino que el tramo final también añade toda la humanidad que los personajes y el espectador necesitábamos para afrontar el desenlace. Bien está lo que bien acaba.

A pesar de su indudable cualidad épica, sus increíbles imágenes y secuencias espaciales, y sus potentes set pieces (todo lo que esperamos de Star Wars), Rogue One está lejos de ser perfecta. Sin embargo, su desarrollo in crescendo y su gran colofón hacen que salgamos del cine con muy buen sabor de boca, con la adrenalina disparada y la sensación de haber asistido a otra gran aventura de Star Wars, a lo que se añade ese mensaje de unión y esperanza que tan bien nos viene en estos momentos. Quizá sea una de esas películas que gane con los visionados o puede que solo sea una buena película de acción, que tampoco está mal. En cualquier caso, está claro que son buenos tiempos para ser fan de Star Wars.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Trumbo

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Texto escrito por David Lastra

Hay momentos para la lucha y momentos para el arte, pero a lo largo de la historia hemos comprobado con creces que esa diferenciación no es tan clara y que el arte ha sido utilizado como arma para la lucha política en infinidad de ocasiones. Uno de los mejores y más claros ejemplos de esa hibridación lo tenemos a unos pocos kilómetros (a un par de paradas de metro o un puente aéreo, dependiendo desde donde estés leyendo este texto), en el Museo Reina Sofía. El Guernica de Picasso no solo capta como ningún otro documento el horror de la Guerra Civil española, sino que debido a su fiereza descarnada hace que ese espanto sea fácilmente extrapolable a otros conflictos. Esa universalidad convierte al Guernica en la mejor definición gráfica de los horrores de la guerra y en el arma política de concienciación social definitiva. ¿Casualidad? No, Picasso creía en que el arte no se debía concebir con una finalidad puramente hedonista, sino que debía tener una finalidad combativa, que conectase al artista con su vertiente activista. En la actualidad, Banksy y Ai Weiwei recogen ese testigo rebelde desde un punto de vista más callejero y más tocapelotas, respectivamente. La utilización del arte como arma política es, valga la redundancia, un arte en sí mismo, con una fuerza que es capaz de mover masas. Por esa razón, los gobiernos (sin importar tendencia ideológica) se han preocupado sobremanera en fomentar y, especialmente, controlar el arte que se lleva a cabo en sus territorios a través de diferentes acciones, ya sea a través de galardones, subvenciones o directamente censura. Para el gobierno, el arte es algo muy poderoso, y por ello es necesario que existan una serie de figuras que filtren lo que le llega al pueblo. Habrá quien afirme que ese tipo de organismos y acciones no tienen cabida en este nuestro gran país, pero en la cabeza de todos siguen resonando palabras como mordaza. De acuerdo, España ya no es una dictadura, ni tampoco la Inquisición campa a sus anchas, pero la realidad dista de ser tan ideal como se pinta y sin entrar a hablar de temas como LGTBfobia o machismo porque ya sí que no hablaríamos en ningún momento de Trumbo, la verdadera razón de la existencia de toda la perorata anterior.

La caza de brujas lleva a cabo por el senador Joseph McCarthy en Estados Unidos durante una década es un claro ejemplo de cómo un gobierno pretende controlar la industria cultural de su propio país. Trumbo se acerca a la figura más reconocible de los llamados Diez de Hollywood, una decena de hombres relacionados con la industria cinematográfica que fueron vapuleados y apartados de su labor profesional por su condición de demonios comunistas. Lejos de dejarse achantar, estos Diez rojos se enfrentaron al sinsentido de incriminaciones falsas y demás chorradas provenientes del Comité de Actividades Antiamericanas, llegando a ser acusados de desacato, crimen por el que Dalton Trumbo terminó cumpliendo condena de un año de cárcel. Puede que la elección de Jay Roach a la hora de plasmar el infierno que vivieron tanto Trumbo como sus camaradas (una palabra que como muy bien expuso Chaplin en su deposición ante el Comité, no es exclusiva de los comunistas) suene arriesgada, ya que Roach saltó a la palestra gracias a sagas como Austin Powers o Los padres de ella, pero no debemos olvidar que también está detrás de una de las mejores cintas políticas de la década: Game Change, película de HBO sobre la figura de Sarah Palin. Al igual que en su laureado telefilm, Roach sabe conjugar en Trumbo su base como director de comedia con su activismo personal. No olvidemos que además de Game Change, Roach ya se acercó a temas políticos con El recuento (sobre los recuentos de Florida que colocaron a George W. Bush en la Casa Blanca), En campaña todo vale (sátira política con Will Ferrell y Zach Galifianakis) o el piloto de The Brink (serie cómica de HBO cancelada sobre una supuesta crisis internacional en Pakistán). Roach muestra lo ridícula que es esta caza de brujas, aportando numerosos momentos de humor, especialmente gracias a las pullas del propio Trumbo (interpretado como no podía ser de otra manera por Bryan Cranston) o por el humor directo y físico de Frank King (grande John Goodman), pero no se olvida de las fatales consecuencias que tuvieron esas acusaciones: pérdida de empleos, familias resquebrajadas, escarnio público, penas de cárcel, depresiones y hasta suicidios.

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Roach expone lo absurdo de la cuestión, no el absurdo estúpido de los Fockers, sino el absurdo del ser humano. Un absurdo que bien utilizado puede provocar tanto carcajadas como escalofríos. Puede que a media película sientas que estás en una suerte de Ocean’s Eleven, con todos los personajes toreando al sistema, trabajando con seudónimos y ganando Oscars, pero Trumbo no pierde de vista esa realidad de la que hablábamos. La hostia de realidad se personifica en Arlen Hird, personaje ficticio que es un contubernio de los otros Diez de Hollywood y que sirve como contraposición realista (y violenta) al ego de Trumbo. El personaje interpretado por Louis C.K. recuerda en todo momento que la lucha es algo muy serio, que la finalidad de todo no es el reconocimiento individual, sino la justicia social. El conflicto se completa con el choque entre Trumbo y su mujer Cleo (Diane Lane), en la que la desmesurada personalidad del artista vuelve a hacer acto de presencia, una contienda que Roach plantea de un modo demasiado convencional que no perjudica el resultado final del film gracias a la buena labor de ambos actores, y ayuda a mostrarnos los aspectos ególatras y oscuros del guionista. Cranston es la elección perfecta para un personaje tan carismático y complicado como Dalton Trumbo. A pesar de cierto exceso de mohines especialmente en las primeras escenas de su personaje, Cranston compone una interpretación hecha por y para recibir premios creando una verdadera correspondencia entre su Trumbo y el Trumbo real. Una pena que este fuese el año de recompensar a Leonardo DiCaprio con un premio a toda su carrera.

El lastre de la película es cierto tufillo a telefilm lujoso, producto de ciertas decisiones en el montaje, un ritmo no muy cinematográfico y la presencia de mil y un rostros televisivos en su reparto. Además de los citados Cranston, Goodman y Louie, tenemos a Alan Tudyk (Firefly) como Ian McLellan Hunter (camarada guionista que firmó Vacaciones en Roma al no poder hacerlo Trumbo), Dean O’Gorman (El joven Hércules) como Kirk Douglas, David James Elliott (JAG. Alerta roja, Mad Men) como John Wayne o Michael Stuhlbarg (Boardwalk Empire) como Edward G. Robinson, entre otros. Completan el reparto dos damas bastante reconocibles: Helen Mirren y Elle Fanning. Mirren se encarga de uno de los personajes más apetitosos: Hedda Hopper. La Dama comendadora de la Orden del Imperio Británico opta por el histrionismo más desbocado a la hora de dar vida a esta suerte de Pérez Hilton de la época, capaz de hundir cualquier reputación desde su columna de opinión (más o menos el poder que tiene esta página). Es una pena que su personaje no tenga más escenas en Trumbo, Hopper es uno de los grandes villanos del film (junto a McCarthy y el propio John Wayne) y su personaje no llega a desarrollarse como merece, quedando bastante deslavazado y caricaturesco. No sería mala idea un biopic del áspid de las letras protagonizado por la propia Mirren. En el otro extremo de intensidad interpretativa tenemos a Elle Fanning, que se encarga de poner rostro a la hija mayor de Trumbo en la última etapa del film. La mejor actriz de la saga Fanning se recrea en su laciedad para componer una adolescente creíble, que admira y choca con las ambiciones de su padre, consiguiendo ser de lo más destacable en materia interpretativa del film.

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Dalton Trumbo puede gritar aquello de “¡Yo soy Espartaco!” con todas las de la ley. No solo porque él firmó la adaptación cinematográfica de la novela de Howard Fast para Stanley Kubrick, sino porque también luchó contra el ingrato e injusto sistema establecido y contra la estupidez humana. Sirva esta Trumbo como una bonita manera recoger su contienda. Una cinta notable y muy adictiva que hace que queramos saber más del caso original y que nos alienta a ser no ser tan conformistas como somos en nuestro día a día, porque “Everyone’s a hero in their own way”.

Nota: ★★★½

Crítica: El corredor del laberinto – Las pruebas

THE SCORCH TRIALS

[Esta entrada contiene algún detalle de la trama que puede ser considerado spoiler]

En el mundo de las adaptaciones cinematográficas de novelas juveniles, o te mueves rápido, o caducas. Si no, fijaos en el caso de El corredor del laberinto. El año pasado se estrenó la primera entrega de la saga basada en la trilogía literaria The Maze Runner (ahora tetralogía con la incorporación de una precuela), escrita por James Dashner. La película cosechó el éxito suficiente en taquilla, por lo que el estudio a cargo de ella (20th Century Fox) no perdió el tiempo en anunciar la secuela y ponerse manos a la obra con su producción. En tiempo récord, el mismo director que se ocupó de la primera parte, Wes Ball, ha sacado adelante Las pruebas (The Scorch Trials), que se estrena exactamente un año después que la primera. El impacto de las producciones teen es efímero e imprevisible por naturaleza, además, el público más joven tiende a pasar muy rápidamente de una cosa a otra (el segundo capítulo de Divergente se capuzó en taquilla porque tardó relativamente demasiado en llegar, algo que sin embargo no ha ocurrido con Los juegos del hambre), por eso se entiende que el proceso de conversión en franquicia se haya acelerado en este caso.

Sin embargo, Las pruebas no parece un producto hecho con prisa, sino más bien todo lo contrario. Lo más sorprendente de la película es lo trabajada que está desde el punto de vista técnico, teniendo en cuenta lo poco que han tardado en hacerla. Fox ha tirado la casa por la ventana y se nota, pero de nada serviría un aumento de presupuesto si detrás no hubiera gente capaz de transformarlo en una película estimulante, y aquí hay un equipo muy eficiente que tiene claro lo que hay que hacer para que esto ocurra (otra cosa es que la historia esté a la altura, pero vayamos por pasos). El acabado visual de Las pruebas es excelente, con una fotografía, diseño de producción y efectos digitales de primera. Hay en ella planos verdaderamente hermosos, siluetas recorriendo áridos paisajes postapocalípticos y enormes estructuras de metal que captan a la perfección el espíritu más épico de la continuación. Y no solo eso, el trabajo de cámara de Ball sigue resultando solvente fuera del Laberinto, sabiendo cómo filmar escenas de acción tensas y trepidantes sin sacrificar coherencia.

Efectivamente, la secuela de El corredor del laberinto aumenta considerablemente las dosis de acción y violencia (leve), encadenando set pieces por lo general muy bien ejecutados (destaca la huida de CRUEL que tiene lugar en la primera sección del film o la destrucción de la guarida de Jorge, interpretado por Giancarlo Esposito). De la misma forma, y como mandan los cánones del cine young adultLas pruebas es más oscura e intenta ser más adulta que su predecesora, llegando a asemejarse por momentos a una película de zombies (aquí llamados “Raros”) o pandemias al estilo de Guerra Mundial Z. Pero la saga no solo busca la mayoría de edad en sus escenas de acción y terror (estas últimas no aptas para los más pequeños), sino que también incorpora motivos de sexo y drogas, especialmente durante una secuencia alucinógena en un burdel donde el protagonista, Thomas (nuestro querido Muppet de carne y hueso Dylan O’Brien), se convierte en la Sarah de Dentro del Laberinto mientras intenta escapar del sueño lisérgico en el que está atrapado (pasaje en el que nos encontramos a un bizarrísimo Alan Tudyk por cierto). Aun así, nada que deba preocupar a los padres que dejan solos a sus niños en el cine.

THE SCORCH TRIALS

Por lo demás, Las pruebas sigue al pie de la letra los patrones impuestos por Los juegos del hambreDivergente. El año pasado, El corredor del laberinto se distanciaba ligeramente de dichas sagas gracias a que jugaba con otros elementos, siendo ideada más bien como un ejercicio de misterio, un puzle que nos recordaba a cosas como Cube o la serie Perdidos. No obstante, la salida de Thomas y sus Niños Perdidos del Laberinto hacia el mundo exterior, la Quemadura, ha conllevado la homogeneización de la saga, que con su segunda parte ya apenas muestra diferencias con las franquicias mencionadas. Eliminado el Laberinto de la ecuación la cosa pierde gracia, y lo que nos queda es la enésima aventura distópica en la que un “elegido” y su grupo de jóvenes aliados oponen resistencia a un totalitario ente gobernante y luchan por sobrevivir -superando fases como en un videojuego– mientras se gesta una revolución. La idea es la misma de siempre, la juventud como única esperanza de futuro (aquí se convierten literalmente en la cura de la humanidad), pero aunque siga siendo pertinente, Las pruebas no consigue hacerla interesante; sobre todo porque opta por el camino fácil y apenas se molesta en desarrollar a sus más bien planos personajes tal y como la historia requiere (algo que pasa factura cuando los giros importantes no parecen lo suficientemente justificados).

El corredor del laberinto nos presentaba un enigmático universo construido y contenido por unas reglas que se destruían al final. Las pruebas construye una mitología mucho más amplia y abierta a partir de las piezas que quedaron de esa primera parte, abandonando a sus protagonistas a su suerte en un escenario más grande, hostil e impredecible, donde se topan con mil y un nuevos personajes en cada parada de la odisea en la que se han embarcado (como ocurre en toda fantasía itinerante clásica). Esto resulta ocasionalmente emocionante (sobre todo durante su primera mitad y cuando entra en escena Brenda –Rosa Salazar), pero la narración episódica se acaba resintiendo por culpa del excesivo metraje (131 minutos), y la recta final de la película pone de manifiesto la falta de originalidad y profundidad del nuevo enfoque (más de lo mismo elevado al cubo). Claro que lo que no se puede negar (y no lo hemos hecho) es que Ball ha realizado una notable cinta de aventuras y acción, un pasatiempo más bien superficial, que aun con todo, sigue siendo de lo más destacado dentro de su género. Ojalá para la tercera y última entrega no se conformaran solo con eso, porque material hay de sobra (y no me refiero a las novelas) para hacer algo que se salga de la norma de una vez por todas. No deja de resultar paradójico que estas películas que nos hablan constantemente de romper el molde y oponerse al sistema acaben haciendo siempre justo lo contrario.

Valoración: ★★★

Dollhouse: Cinco años en el futuro

Dollhouse cast

Esta semana se cumple el quinto aniversario del final de Dollhouse, la efímera serie de Joss Whedon que sobrevivió en los viernes de Fox durante dos temporadas, demostrando el poder del fan y marcando sin proponérselo un antes y un después en la televisión, a pesar de la escasa repercusión que tuvo durante su emisión. Con Dollhouse, la tele empezó a prestar más atención a lo que pasaba en Internet, poniendo además de manifiesto la importancia de dar al espectador una historia completa. La serie de Whedon empezó con mal pie, pero cuando fue libre para convertirse en la serie que quería ser (aunque al principio no supiera qué serie era esa), devino en un relato altamente satisfactorio y cerrado que a día de hoy merece mucho más reconocimiento del que tiene.

Para celebrar estos 5 años sin con Dollhouse, os he preparado esta entrada sobre la serie, en la que además de nuevas reflexiones un lustro después de su final, recupero el texto original que escribí tras la emisión de “Epitaph Two: Return“, el 29 de enero de 2010, con las modificaciones pertinentes para actualizarlo. Dollhouse fue para mí algo más que una serie, supuso la consolidación de una comunidad, el principio de mi actividad “en serio” como blogger y una experiencia seriéfila muy personal, que a día de hoy recuerdo como una de las etapas más bonitas de mi vida. Pero es que además de llevarla muy dentro, creo fervientemente que Dollhouse es una buena serie, mucho mejor de lo que aparenta, y de lo que se dijo en su día. Esperemos que, como suele ocurrir con las historias de ciencia ficción más divisivas, el tiempo la ponga en su sitio. Por lo pronto, cinco años después de su final, sigue encontrando adeptos (como lo hiciera Firefly en su día) y los que la seguimos en su día continuamos reivindicándola como se merece.

¿De qué iba Dollhouse?

Dollhouse es una organización secreta situada bajo tierra en la que habitan los “muñecos” (dolls), un grupo de personas que han entregado su vida (en teoría voluntariamente) a la Casa de Muñecas y cuyas personalidades han sido borradas para convertirse en carcasas vacías donde instalar diferentes identidades, recuerdos, o destrezas específicas -recibiendo así el nombre de “activos“. La Dollhouse, capitaneada por la gélida Adelle DeWitt (Olivia Williams), ofrece sus servicios ilegales a clientes adinerados, que buscan seres humanos para satisfacer sus fantasías, deseos (compañía, sexo, amor) o desempeñar tareas y misiones específicas, en ocasiones de carácter criminal. Echo (Eliza Dushku) es una doll que comienza a tomar consciencia de sí misma y de lo que está ocurriendo en la Dollhouse, convirtiéndose junto a otros muñecos, Sierra (Dichen Lachman) y Victor (Enver Gjokaj), y el agente del FBI Paul Ballard (Tahmoh Penickett) en la resistencia, la semilla de una revolución que pondrá en jaque a la organización y se enfrentará a un futuro desolador en el que la tecnología de la Dollhouse se ha propagado viralmente por el mundo.

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Dollhouse: antes y después

Dollhouse tuvo que atravesar un auténtico campo de minas para llegar hasta su final. Antes del estreno, presiones de la cadena, una franja horaria asesina (viernes noche) y dudas del propio autor con respecto al concepto y el tono de la serie. Después, malas críticas de los primeros episodios, la consiguiente falta de interés de la audiencia y la imposibilidad, debido a la naturaleza de la serie, de atraer a más fieles a mitad de su primera temporada. Para el episodio “Man on the Street” (1.06) Whedon tomaba el control, y su mente se despejaba, llevando a la serie por buen camino, pero era demasiado tarde. Desde luego, es fácil achacar el accidentado devenir de Dollhouse a factores externos, pero lo cierto es que el propio Whedon admitió en los primeros meses de la producción de Dollhouse que la serie se le fue de las manos. Ni él mismo tenía claro cómo quería que fuera. Y esto se reflejó en una primera temporada que de no existir la renovación, habría quedado condenada al ostracismo televisivo.

Al margen del frío recibimiento crítico y la indiferencia generalizada del público no-whedoniteDollhouse consiguió mantenerse en el candelero de la actualidad televisiva, generando noticias y artículos, y dando la campanada con una renovación sorpresa, lo que suponía una discreta revolución en la manera de hacer y ver televisiónDollhouse se marchó con la satisfacción de haber sido la primera serie renovada para una segunda temporada gracias a los fieles en la web, que hacían que semana tras semana la audiencia del episodio se doblase gracias al fiel seguimiento de la serie en plataformas como Hulu o iTunes y dispositivos digitales de grabación doméstica. Esta hazaña no puede pasarse por alto, y no es descabellado achacarla al nombre de Whedon. Si bien la audiencia no llegó nunca a remontar el vuelo, gracias a los fans, al estatus de autor respetado de Joss, y a la confianza que a pesar de todo depositó FOX (que le canceló Firefly 6 años atrás) en la serie, Dollhouse tuvo la oportunidad de evolucionar y tener una conclusión. Y en mi opinion, una muy satisfactoria, teniendo en cuenta las circunstancias.

El despropósito que resultó ser el episodio anterior, “The Hollow Men”, que cerraba el arco narrativo que tenía lugar en el presente (recordemos que la serie dio un salto hacia el futuro con su primer “Epitafio”), se ve compensado por una emotiva coda en “Epitaph Two: Return”. Todos los personajes y todas las relaciones reciben su cierre. Y todos y cada uno de ellos son en mayor o menor medida, redondos. Dejando a un lado los aspectos negativos que ensombrecieron la serie y supusieron un handicap en su recta final (la precipitación de las tramas, lo poco que conocíamos a los “dolls”, seres vacíos de personalidad y voluntad), creo que Jed Whedon, Maurissa Trancharoen (que tomaron las riendas de Joss) y Andrew Bliss lograron sacar el mayor partido a los personajes, y con el poco tiempo y la dificultad que tenían para desarrollarlos, les dieron (y nos regalaron) el mejor final posible a cada uno. Que en una serie cancelada antes de tiempo todos los personajes tengan un final ya es admirable, pero la sensación de completitud que nos proporcionó “Epitaph Two” fue increíble para los seguidores de la serie.

 Adelle Topher 2x13

Sobre “Epitaph Two: Return” (2×13)

(Spoilers del final de Dollhouse a continuación. Artículo publicado originalmente en Whedonverso.com)

Los diez años que pasan entre “The Hollow Men” y “Epitaph Two: Return” han cambiado a algunos personajes, y han reforzado las personalidades de otros, manteniéndose fieles a lo que conocimos durante la serie. En ambos casos, todos han recorrido un camino lógico y coherente de acuerdo a lo que sabemos de ellos. Anthony y Alpha han cambiado. Sus evoluciones resultan impactantes, pero no desprovistas de lógica. Y es que no conocíamos realmente a ninguno de los dos. En este ultimo episodio presenciamos la conversión de la relación de cuento de hadas de Anthony y Priya en una real, con distanciamiento, rencor y dolor. Su emotiva reconciliación es uno de los puntos álgidos del episodio. Por otro lado, Alpha regresa a Dollhouse, y lo hace después de haber recorrido (en diez años como mucho) el mismo camino que Echo, un camino hacia la auto consciencia que, en el caso del personaje de Alan Tudyk, le lleva a la redención.

Me atrevo a decir que Adelle y Topher son lo mejor del episodio, incluso de la serie. El amor maternal que Adelle profesa a Topher es conmovedor, y es uno de los principales motores de Dollhouse. Topher Brink, el personaje que menos me gustaba durante la primera temporada acabó siendo uno de mis favoritos. Y la reina de Dollhouse, Adelle DeWitt, se marcha definitivamente como el personaje más fascinante de la serie.

La principal historia de amor romántico de la serie, la de Echo y Paul, llega a su conclusión en la última escena de la serie. La muerte de Paul completa a Echo, y tras una violenta epifanía (la Dushku se despide por todo lo alto) se rinde a lo que siente por él. El amor, o la consciencia del mismo, la completa. No somos nadie si no amamos a alguien. La amistad más pura, el amor maternal o romántico son lo que en última instancia nos definen, lo que da a la serie, en mi opinión, un final redondo. Echo se acuesta en su lecho de muerte a pasar el resto de la eternidad soñando junto a su amado (que no la despertará con un beso, porque ya no hace falta), tras cumplir su última fantasía. Un precioso pero devastador final que es imposible catalogar como final feliz, como no podía ser de otra manera, y que nos remite a A.I.: Inteligencia Artificial de Steven Spielberg. En ambas historias, el final feliz del protagonista no existiría sin una muerte, sin el dolor de la pérdida, y este final no es más que una fantasía alejada del mundo “real”.

Dollhouse dejó claro desde el principio que no sería una serie de acción al uso (aunque Fox así lo quisiera), sino que se esforzaría por crear un discurso complejo, y a menudo oscuro y pesimista, sobre el ser humano. Whedon se perdió en este discurso durante la primera temporada, a pesar de tener muy claros los conceptos que pretendía explorar. Por eso, durante la segunda temporada primó la acción y el entretenimiento. Y a pesar de esto, Dollhouse fue capaz de hallar finalmente el esquivo equilibrio entre acción e introspección que definió las anteriores obras de Whedon. Pese a todos sus problemas, Dollhouse acabó siendo un triunfo, una más que digna parcela del Whedonverso a la que hay que volver de vez en cuando.

Did I fall asleep?

Joss Whedon cubierta FINAL copiaComo ya sabéis, el próximo mes de marzo sale a la venta en España el libro De la Estaca al Martillo. Un viaje por los universos de Joss Whedon de BuffyLos Vengadores (Diábolo Ediciones), coordinado por un servidor e Irene Raya Bravo.

En él encontraréis por supuesto un capítulo sobre Dollhouse, firmado por mí, en el que os cuento la historia completa de la producción y analizo la serie en profundidad. Esta entrada es solo un pequeñísimo adelanto de lo que podréis encontrar en ese capítulo, y en el libro. Estoy deseando que lo leáis.

“Suburgatory” no es solo un mal título

Comparar Suburgatory (ABC) con Chicas malas (Mean Girls, 2004) es tan fácil como sacrílego. Y no por descabellado (porque la serie tiene muchísimo en común con la comedia escrita por Tina Fey), sino porque la diferencia de calidad y grado de impacto entre ambas es abismal. Bueno, quizás no tanto. Lo cierto es que Suburgatory (el título me da urticatory) muestra verdadero potencial. La historia nos la han contado mil millones de veces: chica de la gran ciudad debe desenvolverse en los suburbios de vallas blancas y Barbies mamá. En el caso de Mean Girls, la protagonista procedía de África y no estaba familiarizada con las castas del instituto y sus rituales sociales. En Suburgatory, la adolescente en cuestión es una niña mimada cuyo padre (divorciado) la “rescata” de los placeres y pecados de la Gran Manzana, con la esperanza de que en un ambiente más residencial se decida a tomar el buen camino. El proceso de adaptación es el mismo en ambos casos. Tessa (Jane Levy) es el bicho raro que debe aprender a desenvolverse en un hábitat hostil, y que con toda seguridad acabará encontrando su hueco entre adolescentes oxigenadas y pringados víctimas de bullying.

Hay en Suburgatory un acertado grado de exceso que brilla especialmente en el humor más visual. Las mujeres del barrio, madres e hijas, parecen en efecto directamente sacadas de una fotografía de David LaChapelle. La serie puede convertirse en un producto realmente destacable si explota adecuadamente ese aire marciano y caricaturesco que respiramos en algunas escenas: la madre que escucha hip hop en el coche y se gira terroríficamente para mirar a Tessa o la vecina stalker que grita desde el jardín de enfrente: “Hey George, there is my boyfriend! I’m stalking you!”. Por otro lado, los aciertos de casting son garante de buenos momentos. Tenemos a Jeremy Sisto, más conocido por su papel de Billy Chenowith en A dos metros bajo tierra, convertido en Suburgatory en un padre-carnaza para las leonas (o pumas) del barrio. Sisto encaja a la perfección en el papel de padre joven: entregado, comprensivo y enormemente desorientado. Promete especialmente su relación con Dallas (una estupenda Cheryl Hines), la ultra-bronceada y ceñida vecina que no es lo que parece, y que ya desde el piloto se revela como una muñeca de plástico con corazón. No perdáis de vista a la hija de Dallas, Dalia (Carly Chaikin), que con su desgarbada presencia y su mirada desencajada promete ser uno de los personajes más divertidos de la serie. Tessa es (inevitablemente) el personaje más antipático de Suburgatory. “Adolescente” equivale a “en construcción”, y en este sentido, Tessa muestra con acierto las trazas que definen a este tipo de personajes: arrogancia, desinterés, falsa sensación de madurez. Es decir, el personaje está bien construido, y es quizás por ello que nos resulte algo insoportable. Por último, tenemos la enorme satisfacción de encontrarnos en Suburgatory con uno de nuestros queridos Whedon Alumni, Alan Tudyk, que ya desde su primera escena en el piloto nos confirma que nació para la comedia absurda. No podríamos estar más encantados.

Sabemos exactamente lo que nos espera en los próximos episodios, y esto, a priori, no es inconveniente para guardar fidelidad a la serie (sobre todo si nos garantizan que Tudyk no se va a ir a ninguna parte). Los primeros veinte minutos de Suburgatory están lejos de constituir una carta de presentación impecable, pero cuentan con una materia prima lo suficientemente sólida como para llevar la serie adonde el piloto no ha logrado (o no ha querido) hacerlo. Convincente en su ambientación esperpéntica, y sin resistirse a mostrar amabilidad y ternura desde el principio (Tessa comienza a ablandarse al final del piloto), Suburgatory invita a regresar a ese barrio de barbacoas vecinales, padres obsesionados con el césped y madres con implantes que hace que Wisteria Lane parezca un documental.