Crítica: La Bella y la Bestia

La Bella y la Bestia es uno de los clásicos animados más venerados de Walt Disney. Su estreno en 1991 supuso un enorme éxito de público y crítica para la Casa de Mickey, que disfrutaba de una nueva edad dorada tras el éxito de La Sirenita, convirtiéndose en la primera cinta de animación nominada al Oscar a mejor película (una hazaña que tiene más mérito teniendo en cuenta que por aquel entonces solo había cinco candidatas). Su historia imperecedera, una animación (por aquel entonces) puntera y las magníficas canciones de Alan Menken y Howard Ashman hacían de ella una experiencia inolvidable que marcó a toda una generación de niños, y también a sus padres, una de esas películas que vimos una y otra vez hasta aprendernos de memoria cada diálogo y cada letra.

El tiempo no ha hecho más que consolidar La Bella y la Bestia como una de las mejores películas de Disney, por lo que era de cajón que el estudio no tardaría mucho en llevar a cabo su remake en acción real. Al éxito sin parangón de sus películas animadas y las de las marcas que conviven bajo su techo (Marvel, Star Wars, Pixar) se suman las recientes relecturas en carne y hueso que han convertido el propio catálogo de Disney en una mina de oro sin fondo. Después de que los primeros remakes (Alicia en el País de las MaravillasMaléfica) fueran más bien reinvenciones libres de sus respectivos clásicos animados, Disney ha seguido el camino de la adaptación más fiel con sus siguientes éxitos live-actionCenicienta El Libro de la Selva, a los que se suma ahora La Bella y la Bestia, con el que es su remake más parecido al original hasta la fecha.

Bill Condon (DreamgirlsLa Saga Crepúsculo: Amanecer) es el maestro de ceremonias de esta lujosa adaptación que, gracias a la cartera y la varita digital de Disney, cobra vida en un fastuoso espectáculo musical diseñado para hacer las delicias de los fans del clásico animado y lanzar un encantamiento a las nuevas generaciones. Como adelantaba, la nueva versión de La Bella y la Bestia no se distancia mucho de la película de 1991, es más, se trata de una reproducción enormemente precisa, con excepción de pequeños cambios y unos 20 minutos de metraje adicional compuesto por cuatro nuevas canciones y varias escenas que nos cuentan más sobre el pasado de los dos protagonistas. Es decir, una suerte de edición remasterizada y extendida de la misma película de siempre. Esto por supuesto plantea las siguientes cuestiones: ¿Cuál es su razón de ser más allá de la comercial? ¿Aporta algo nuevo esta iteración del cuento que nos han contado tantas veces? La respuesta corta es no. Pero hay muchos matices. Así que vayamos por partes.

La historia

Stephen Chbosky (Las ventajas de ser un marginado) y Evan Spiliotopoulos (Las Crónicas de Blancanieves: El cazador y la reina de hielo) se ocupan de adaptar el libreto original, respetando la estructura argumental y dejando muchos de sus diálogos intactos, pero también incorporando variaciones y nuevo material. Está claro que la animación y la acción real son dos medios cinematográficos distintos con sus propias normas. Lo que en el clásico original no hacía falta explicar, en la película de carne y hueso tiene que seguir una lógica interna más sólida. En este sentido, los guionistas realizan un buen trabajo justificando los acontecimientos y las decisiones de los personajes, tapando los agujeros y en definitiva trasladando la historia al mundo “real” de forma satisfactoria. Aunque en el proceso se dejen mucho de lo que hacía más interesante y oscura a la versión animada.

La primera diferencia destacable es un prólogo que nos deja ver desde el principio la vida en el castillo del Príncipe y nos presenta a su corte antes de que la anciana les lance el encantamiento que los convertirá en objetos. Lo que en el clásico era una secuencia estática de dibujos que reproducían una vidriera se convierte en el primer gran número a lo Broadway de la película, sumergiéndonos de lleno en la ostentosidad barroca que caracterizará todo el metraje, mostrándonos un aumento del número de personajes de color y presagiando un papel más activo para la hechicera. A partir de ahí, todo transcurre más o menos como siempre. Solo que esta vez hay más humor, tanto físico como en los diálogos (maravilloso chiste zoofílico influido) y nuevas escenas que, aunque estén concebidas para completar huecos, lo que en realidad hacen es interrumpir la acción y provocar que la historia se vaya por la tangente. Aunque a priori pueda resultar atractivo saber más sobre las respectivas familias de Bella y Bestia, en realidad los flashbacks no aportan nada al conflicto central o a la relación de los protagonistas, lo que perjudica al ritmo, resta cohesión a la película y alarga innecesariamente su duración.

Los personajes

Lo que era progresista en 1991 ya no lo es tanto en 2017. Por eso hacía falta modificar al personaje de Bella (que ya de por sí era bastante menos pasiva que muchas de sus predecesoras) para adaptarlo a los tiempos que corren, y sumarse así a la corriente de nuevas princesas Disney, más independientes y resolutas, todo un reto teniendo en cuenta la problemática naturaleza romántica del cuento (ya sabéis, Síndrome de Estocolmo: la película). Esta es una de las razones por las que la Bella de Emma Watson es una decepción. Sí, esta Bella parece más autosuficiente y propensa a entrar en acción, y además comparte el ingenio para los inventos de su padre, pero a la larga, es el mismo personaje de hace 26 años (si acaso más insulso) y no la reinvención feminista que nos habían prometido, lo que supone una oportunidad desaprovechada para hacer algo interesante con ella -idea que se puede extrapolar a la película en general.

El resto de personajes tampoco presentan cambios muy significativos. Los objetos, lógicamente de diseño más realista, desempeñan la misma función que en el clásico (sirven como alivio cómico y recordatorio del encantamiento, mientras hacen de celestinos de los protagonistas) y Maurice vuelve a ser el catalizador de la acción y poco más (aunque Kevin Kline esté estupendo). Cabe destacar un mayor peso en la historia de Gastón (Luke Evans) y LeFou (Josh Gad), y el tan comentado “momento exclusivamente gay” del segundo. Aunque más bien deberíamos decir “momentos”, ya que el arco completo de LeFou tiene que ver con su amor no correspondido por el narcisista galán, al igual que en la original, pero de manera más abierta y sin dar lugar a la ambigüedad. Es decir, LeFou es gay, no hay debate al respecto, y esto, por sí solo, ya es un gran paso adelante. Es más, la película es entera e inequívocamente gay, con no solo un personaje LGBT, sino tres (mínimo), todo un regalo para los niños gays que crecieron con el clásico. Sin embargo, el tratamiento de LeFou y su condición sexual deja mucho que desear la mayor parte del tiempo, debido a la interpretación caricaturescamente afeminada de Gad y al hecho de que sea el objeto del chiste de mariquitas de siempre (completando así el regreso a los 90). Afortunadamente, todo esto se arregla durante el desenlace, ofreciendo merecida compensación al personaje (y al espectador) con un sorprendente final feliz que esperamos sea el principio de algo más grande y revolucionario en Disney, y no solo una nota gay a pie de página.

El reparto

Si La Bella y la Bestia es una película inconsistente e irregular es en gran medida porque su elenco se puede definir de la misma manera. Por un lado, el reparto de secundarios es de excepción, sobre todo los que dan vida a los objetos del castillo: La operística Audra McDonald como el Ropero, una desmedida Emma Thompson como la Sra. Potts (ella es genial, pero palidece comparada con Angela Lansbury), un nuevo personaje, el Maestro Cadenza, piano con la voz de Stanley Tucci, y sobre todo Ian McKellen y Ewan McGregor como Din Don y Lumière, dúo responsable de algunas de las escenas más simpáticas y entrañables del film. Todos parecen disfrutar “sobre el escenario”, aunque sus talentos quedan inevitablemente desperdiciados por las necesidades de la historia.

Por otro lado, ya hemos señalado la labor de Josh Gad, bastante irritante como LeFou (aunque tenga sus puntuales buenos golpes de humor), y el varonil Luke Evans, uno de los mayores aciertos de casting del proyecto. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de Emma Watson. Y he aquí uno de los mayores problemas del remake. La actriz nunca ha destacado por sus aptitudes interpretativas y carece de la presencia y la fuerza escénica que hace falta para protagonizar una superproducción de este calibre. A pesar de que conforme avanza el metraje se va haciendo con el personaje y acaba destacando en los pasajes más dramáticos, a Watson le viene todo muy grande, y verla desenvolverse en escena, especialmente durante los números musicales, puede ser una experiencia muy incómoda. Por suerte, su partenaire, Dan Stevens, ejerce el contrapunto perfecto para equilibrar la balanza y evitar que todo se vaya al traste. El actor británico es quizá el intérprete más sobresaliente de la película, y eso que se esconde tras una criatura digital no tan lograda como los animales de El Libro de la Selva (el realismo de su rostro es impresionante, pero se mueve de forma artificial y le falta gravedad). La gran expresividad de Stevens asoma bajo las capas de CGI de la Bestia, construyendo así al personaje más matizado de la película y aportando más humanidad que los actores de cuerpo presente.

la-bella-y-la-bestia-5

Los números musicales

Para alegría de los fans más puristas de La Bella y la Bestia, el remake respeta las canciones originales. Las melodías están prácticamente intactas, a excepción de un par de variaciones, como la que tiene lugar al final de “Gastón”, añadidos que en ningún momento desvirtúan las composiciones de 1991. En lugar de intentar mejorar lo inmejorable, Menken incluye cuatro nuevos temas, escritos junto a Tim Rice (AladdinEl rey león), la ya mencionada obertura, una nana, el nuevo tema central “How Does a Moment Last Forever”, con reprise interpretado por Watson y versión íntegra de Céline Dion para los créditos finales, y una balada solo para Stevens, “Evermore”. Canciones indudablemente bonitas (bien de autotune mediante para Watson y Stevens) que, no obstante, parecen descolgadas de la acción principal y no encajan del todo con el repertorio de siempre.

En cuanto a la puesta en escena, la película va de menos a más. La cosa no empieza muy alentadora con “Bella”, la secuencia de presentación de la protagonista y su pueblo al son de “Bonjour”. Con solo un par de planos, salta la vista que Watson no está a la altura. La actriz se mueve tímida e inexpresiva, como con miedo a romper algo, mientras a su alrededor los extras hacen lo posible por mantener el show a flote. Pero la culpa no es solo suya, Condon tampoco pone toda la carne en el asador, efectuando una copia descafeinada que carece del brío del número animado. Menos mal que ambos entran en calor, y los siguientes números hacen que la película despegue, sobre todo gracias a un reparto curtido en musicales: La de “Gastón” es una secuencia muy divertida (aunque nos priven del plano pecho-lobo), “Qué festín” es el showstopper que conocemos, con un barniz digital bastante hortera, y en la preciosa “Algo nuevo” es donde la película coge impulso y arranca de verdad, mientras que “Asalto al castillo” aporta la intensidad necesaria para dar lugar al clímax, terminando así con buena letra. Solo “Bella y Bestia”, la icónica escena del baile en el salón del castillo, supone una pequeña desilusión al no cumplir las expectativas (es imposible recrear la sensación al verla por primera vez).

Como suele ocurrir, pero en este caso más acentuadamente, conectar con La Bella y la Bestia depende de la predisposición de cada uno. Que sea un calco del clásico animado puede despertar el arrebato nostálgico necesario para disfrutar con el mero hecho de ver una de tus películas favoritas convertidas en algo tan majestuoso, o puede jugar en nuestra contra, precisamente por la misma razón: no hay nada como el original, por muy buena que sea la imitación. Lo que está claro es que tiene su encanto y lo que funcionaba en la animada funciona en el remake, básicamente porque se mantiene intacto. Sin embargo, trasladándola al universo real/digital se pierde mucho de lo que la hacía tan especial, a lo que no ayudan los problemas citados anteriormente: fallos de casting, falta de cohesión, cadencia atropellada, personajes con menos personalidad que sus análogos animados, inconsistencia entre números, alteraciones insustanciales…

La recreación es digna de asombro la mayor parte del tiempo (dirección artística, vestuario, peluquería, todo es excelente) y es evidente que Disney no ha escatimado en recursos, resultando en un espectáculo suntuoso y efervescente, astutamente confeccionado para reventar la taquilla, pero a la vez vacuo y superficial. Por mucho brillo y despliegue del que haga gala, esta versión está más apagada y falta de inspiración. Es decir, es básicamente la misma película, el mismo “cuento tan viejo como el tiempo”, solo que con menos vida, menos fuerza y menos magia.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Galavant: Cantando bajo el sol

Galavant Joshua Sasse

“Way back in days of old, There was a legend told, About a hero known as Galavant. Square jaw and perfect hair, Cojones out to there, There was no hero quite like Gaaalavaaant.
Naná nanananá naná nanananá nana nanananá nanaa naná!!”

La primera temporada de Galavant ya terminó, pero es imposible sacarse de la cabeza esta canción, tema oficial de nuestro apuesto héroe de mirada penetrante y barba recortada por las ninfas. Con esta pegadiza cantinela comenzó su aventura la miniserie de ABC, y con ella navegó hacia aguas desconocidas ocho escasos episodios más tarde. Esta comedia musical de 20 minutos, empeñada en que la conozcamos muy convenientemente como “Comedy Extravaganza!” y despachada en cuatro semanas, no ha cumplido las expectativas en cuanto a índices de audiencia, pero sí ha enamorado perdidamente a un fiel y entregado público, haciendo las delicias sobre todo del fan más obsesivo-compulsivo del mundo (por encima de comiqueros, directioners y cumberbitches): el aficionado a los musicales.

Galavant está protagonizada por un gallardo caballero de armadura reluciente, interpretado por Joshua Sasse, cuyos atributos físicos lo convierten básicamente en un príncipe animado de Disney que ha cobrado vida en carne y hueso. Autoconvencido de su papel como héroe de la historia, Galavant emprende un viaje hacia el reino de Valencia, para enfrentarse al rey Richard (un inconmensurable Timothy Omundson), que además de conquistar el lugar, le ha “robado” al amor de su vida, Madalena (igualmente genial Mallory Jansen). Le acompañan su escudero, Sid (Luke Youngblood, aka Pop Pop! de Community) y la princesa de Valencia Isabella (Karen David), compenetrado trío cómico, constantemente asediado por peligros y giros inesperados en su camino. Porque Galavant hace de la ruptura de expectativas y estereotipos la norma general, insistiendo en que las cosas no salen siempre como en los cuentos, aunque nuestro héroe se empeñe en que así sea. Por eso, Galavant se adscribe indudablemente a la nueva ola de cuentos reinventados que se empeñan en conquistar el cine y la televisión. Y aunque lo cierto es que los chistes basados en lo inesperado se acaban haciendo repetitivos y por tanto predecibles, Galavant es un soplo de aire fresco en la televisión en abierto, por su desenfadado aire guasón, su alto contenido en picante, sus excelentes personajes, y por supuesto, sus canciones, ingredientes perfectamente amasados que convierten a la serie en una fiesta continua.

TIMOTHY OMUNDSON, MALLORY JANSEN

Galavant está creada por Dan Fogelman (responsable de The Neighbors y guionista de varias películas de Disney como BoltEnredados) y producida entre otros por el ganador de ocho Oscars Alan Menken, compositor de muchas de las canciones más célebres de la segunda época dorada de Disney, los inolvidables temas de La Sirenita, Pocahontas, La Bella y la Bestia, Hércules o El jorobado de Notre Dame. Con la inestimable ayuda de Menken, Galavant traslada a la televisión la esencia de los clásicos cuentos medievales e historias de príncipes y princesas de Disney, con sus números musicales narrativos y ese toque de autoparodia y meta-humor (aquí llevado un paso más allá) que no puede faltar en ningún producto de estas características desde que la casa de Mickey Mouse nos regalase esa pionera que fue Encantada (2007). Y además, lo adereza todo con una pizca de La princesa prometida y comedia absurda de los Monty Python para dar como resultado un espectáculo sin parangón, diseñado -como todos los referentes mencionados,- para ser visto una y otra vez, hasta habérnoslo aprendido de memoria.

La corta duración de Galavant, a pesar de dejarnos un poco a medias, sirve para que el ambicioso proyecto no se vaya de las manos. Imaginaos si Menken tuviera que escribir canciones originales para 24 episodios al año (seguro que podría, pero la calidad disminuiría considerablemente). Los temas de Galavant cumplen con los estándares disneyanos, y aunque hay algunos más inspirados que otros (reconozcámoslos, Menken podría haber escrito muchos durmiendo), los 160 minutos de serie (que es lo que van durando las funciones de Broadway) nos dejan un puñado de secuencias musicales para la posteridad, como el citado número de apertura -y sus reprises, de los cuales el mejor toma forma de previously on-, la canción de Madalena ante los espejos, “No One But You” (muy Úrsula en La Sirenita), o el macabramente divertido dueto entre Gwynne (Sophie McShera) y el Chef (Darren Evans), “If I Could Share My Life With You”, que da rienda suelta al humor negro en la serie, mucho más presente de lo que esperábamos.

Y es que por suerte, Galavant sabe perfectamente cómo complacer al público adulto: personajes de verborrea incontrolable propensos a soltar tacos (censurados, claro) como si fueran víctimas de síndrome de Tourette, carnaza para todos los gustos (escotes que desafían la gravedad y una desvergonzada y autoconsciente explotación del físico de Joshua Sasse, como por ejemplo en la escena que acompaña este párrafo), detalles perversos y retorcidos de naturaleza sexual y hormonas desatadas en todos los rincones del castillo. Tampoco faltan los cameos de lujo (Ricky Gervais, Rutger Hauer, Hugh Bonneville, Anthony Stewart Heat, John Stamos, Weird Al Jankovic), ni los huevos de pascua para el fan de Disney, como la melodía de “Bajo el mar” de La Sirenita, que suena durante un genial gag. Todos estos elementos responden indudablemente a una máxima: hacer pasar el mejor rato posible. Para ello, Galavant no se corta en volverse loca, surrealista, incluso camp, cargando sus afilados diálogos de ingenio, y una energía absolutamente contagiosa. Pero nada de esto funcionaría tan bien si no fuera por el excelente casting de la serie, repleto de robaescenas (a Sasse le falta un punto de carisma al principio, y los ya mencionados secundarios lo eclipsan), como la diva Madalena (estereotipo de la damisela en peligro convertido en mujer fuerte que toma el control, se convierte en villana y nos da la mejor motivación posible para su maldad: “Me encantan las cosas”), el adorable y destartalado Chef (al que queremos ver bailar todo el rato), y sobre todo, sobre todo, el Rey Richard, la auténtica revelación de la serie, que junto a su mano derecha Gareth (Vinnie Jones) forma una de las amistades más retorcidamente bonitas de la tele.

La primera temporada de Galavant posponía su final feliz y terminaba sorprendentemente sin cerrar la historia, con cliffhangers por todos los frentes y el deseo explícito (en forma de canción) de contar con una segunda temporada para resolverlos, una decisión arriesgada que nos tiene a todos en vilo. Esperemos que ABC entienda que la historia no se puede quedar así y a pesar de los datos de Nielsen (el verdadero villano de Galavant), encargue cuanto antes una segunda parte, para la que probablemente Menken ya habrá escrito doce canciones sentado en “el trono”.

Gracias por leer, ya podéis seguir cantando esto mientras dobláis la ropa, os ducháis (con cubeta), o lo que sea que estabais haciendo: