Crítica: Minari: Historia de mi familia

Por David Lastra

¡Oh, hermosa por cielos espaciosos, por olas doradas de granos, por majestuosas montañas color púrpura sobre la llanura llena de frutos! Tierra de abundancia, donde los campos no tienen fin y la madre naturaleza suministra y aplaude los abusos que se le cometan. ¡Oh, hermosa por los pies de los peregrinos cuyos austeros y apasionados pasos un camino abrieron para la libertad a través del desierto! Tierra de oportunidades, postal de un paraíso en la tierra en el cual no importan ideologías, estrato social o que te guste o no la piña en la pizza. ¡Oh, hermosa por los héroes que demostraron en la lucha liberadora que más que a ellos mismos, a su patria amaron y a la compasión más que a la vida! Tierra de destino, de la sanidad privada, de las hamburguesas de 86 kilos y las bebidas super size. ¡América! ¡América!… o mejor dicho, Estados Unidos, esa parte por el todo de un continente, cuyo ideal de sueño americano nos han colado cuales patos de foie gras en películas, series, libros y mil millones de canciones. La evolución perfecta del trabajo-piso-pareja que nos trajo el capitalismo. El Santo Grial buscado por la familia de Minari, la nueva película de Lee Isaac Chung (Lucky Life).

Corren los años ochenta, cuando el estado conservador todavía no había asesinado la música disco, el demonio rojo nos traía la amenaza nuclear y la gran explosión neoliberal que lo arrasaría todo en años venideros daba sus primeros pasitos. Ante tremenda vorágine económica y desquicio social, los Yi deciden dar un paso atrás y volver al campo. ¿Nuevos hippies en busca de paz y amor? No, los Yi están persiguiendo el sueño americano más que nunca. Jacob Yi (Steve Yeun, Burning) quiere montar una fábrica de verduras coreanas en plano Arkansas. Un salto de fe que hará que los Yi dejen de ser unos muertos de hambre de una vez por todas. De poco sirve ser el sexador de pollos más rápido de la costa oeste si eso no da para vivir con dignidad.

Aunque pueda sonar arriesgada, su propuesta no es nada estúpida. Jacob pretende hacerse con toda la demanda de la incipiente población de origen surcoreano en el llamado Cinturón de la Biblia. Sus verduras frescas y sabrosas serán la clave para su ascenso social. Monica Yi (Han Ye-ri, Niebla) no tiene tan claro los planes de su marido y no ve con buenos ojos esa tierra de nadie como mejor opción para criar a su hijo de siete años con problemas cardiacos. El cóctel explosivo se completará con la llegada de la madre de Monica… la abuela ha venido para quedarse.

Pero Minari no recorre los manidos caminos de las comedietas familiares repletas de chistes y algún que otro desencuentro que termina derivando en un deux ex machina que reúne a toda la familia en torno a una mesa con la cena recién hecha.

Más que de algunos compañeros asiáticos, el aroma y el sabor de Minari proviene de los grandes nombres estadounidenses. Nace en los infinitos horizontes del western más clásico o de los recuerdos nostálgicos de Huw Morgan en Qué verde era mi valle. Lee Isaac Chung prefiere seguir el esquema de todas esas películas clásicas que retratan el ascenso y caída (o éxito) de un pequeño gran hombre que persigue el sueño americano. Minari abraza de lleno el idealismo de esas cintas clásicas, pero no la ingenuidad que alguna de ellas profesan.

Chung no teme mostrar los numerosos errores dentro del experimento de los Yi, tanto los que ocurren en la huerta como los del lecho conyugal. Es en esa desnudez en el costumbrismo donde confirmamos lo buen actor que es Steve Yeun y el gran favor que nos hizo y se hizo al abandonar The Walking Dead. Si acaso el único problema de ese afán en la cotidianeidad es que, como a los Alcántara o Forrest Gump, les pasa de todo. No es que reciban ninguna visita de Ronald Reagan o algún otro personaje de la época, pero a lo largo de las dos horas que pasamos con los Yi, les veremos sufrir todas las desgracias posibles en este tipo de películas. Hasta en eso, Lee Isaac Chung sigue el esquema de los clásicos.

Pero aunque la persecución del sueño americano de Jacob esté muy bien, la grandeza de Minari reside en los dos únicos personajes ajenos a dicha búsqueda: David (Alan Kim) y Soon-ja (Youn Yuh-jung, dama del cine coreano y que hemos podido disfrutar en Sense8 y En otro país), nieto y abuela. Uno que desconoce todavía el mundo donde ha ido a nacer y otra que viene de vuelta y está pensando más en abandonarlo que otra cosa. Para ellos dos, el cuidado de la granja es una mera excusa para explorar una Arkansas mágica. Aunque no se encuentren con ningún animal mitológico en sus aventuras, abuela y nieto descubren juntos los placeres de las bebidas carbonatadas, las carreritas clandestinas y la ruda delicadeza del minari, el apio del agua. Yaya y nieto desprenden una química maravillosa… la pena es que se olviden un poco (bastante) de Anne (la debutante Noel Cho), la pobre hermana mayor de David, uno de los grandes pilares de la familia. En esta ocasión, Chung sí que cae en uno de los males de las películas asiáticas.

Minari. Historia de mi familia es un nuevo clásico norteamericano bellamente manufacturado y calculado. El trabajo más old school de la nueva ola del cine estadounidense.

Nota: ★★