Dumbo: Cuando veas a un elefante volar

A la hora de acometer sus remakes en acción real, Disney está optando por dos caminos alternos: la adaptación libre o la recreación literal. Sus clásicos de la era moderna, como La Bella y la Bestia o El Rey León, se prestan a la segunda, mientras que los más antiguos (El Libro de la Selva, Pedro y el dragón Eliott, Cenicienta) requieren un proceso de adaptación al ritmo, la estructura narrativa y la sensibilidad del espectador actual, ya que si se adaptaran de forma fiel, no funcionarían como obras contemporáneas.

Este sería el caso de Dumbo, el nuevo remake live-action de la Casa del Ratón, trabajo dirigido por un viejo conocido del estudio, Tim Burton (este dio sus primeros pasos en Disney en los 80 y dirigió el exitoso remake de Alicia en el País de las Maravillas en 2010). Aunque la película comienza siendo fiel al clásico de 1941 (arranca con el tren circense recorriendo Estados Unidos y las conocidas notas compuestas por Frank Churchill y Oliver Wallace), acaba tomando su propio camino para reescribir la historia del elefante volador, por lo que más que un remake, se podría decir que estamos ante una reinterpretación.

En la nueva versión, los personajes de carne y hueso cobran mayor importancia y sirven como hilo conductor. La historia se construye como un cuento clásico sobre freaks (muy afín a la visión autoral de Burton, que ya hizo algo similar recientemente con El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares) que tratan de sacar a flote un espectáculo en horas bajas. La llegada de Holt (Colin Farrell), antigua estrella del circo que regresa de la guerra cambiado física y psicológicamente, coincide con el nacimiento de Dumbo. Cuando los hijos de Holt descubren que el pequeño elefante puede volar, el dueño del circo, Max Medici (Danny DeVito), lo convierte en el número estrella de su show. Esto atrae la atención del empresario V.A. Vandevere (un exagerado Michael Keaton) y la acróbata francesa Colette (Eva Green), quienes se ofrecen a convertir a Dumbo en una gran estrella en su enorme parque temático, Dreamland.

Con guion de Ehren KrugerDumbo recupera los elementos más icónicos de la película original y los diluye en una historia nueva que toma el clásico como punto de partida para a continuación ir más allá de lo que este nos contaba. En su primera mitad, la película se mantiene fiel a su referente (el nacimiento de Dumbo, el espectáculo con el elefante como bombero apagando un edificio en llamas), pero con la llegada de los personajes de Keaton y Green, la trama gira hacia una aventura de acción con el objetivo de salvar a la madre de Dumbo de las garras del villano. A lo largo de todo el metraje no faltan los guiños directos al clásico animado -diálogos, motivos visuales, reconocibles temas musicales que recorren todo el metraje-, pero estos sirven a Burton sobre todo como herramientas para homenajear o evocar nostalgia.

Más allá de que los animales no hablan en esta versión y la ausencia del ratón Timoteo (en esta son los niños los que descubren a Dumbo que la pluma le da el “poder” de volar), la mayor novedad con respecto a la película de 1941 es la introducción de una trama familiar en el centro de la historia. El regreso de Holt de la guerra da pie a un relato de reconexión paternofilial que resulta convencional (tampoco ayuda que la niña, Nico Parker, sea bastante inexpresiva). Es ahí donde se puede detectar más claramente el sello Disney: el efecto en los niños de la ausencia de una figura paterna y las clásicas lecciones del estudio: “No dejes que nadie te diga lo que no puedes ser” o “Lo imposible puede ser posible” (literalmente calcado de la reciente El regreso de Mary Poppins). Todo esto sirve para modernizar (y estirar) un cuento que tiene más de 70 años, pero se queda en la superficie, limitándose a repetir el esquema que hemos visto en tantas películas de la compañía.

Aun así, Dumbo sale mucho mejor parada que otras relecturas de Disney, como Maléfica o sin ir más lejos, Alicia, del propio Burton. Eso sí, aquí nos encontramos al director de Eduardo ManostijerasEd Wood en su versión más domesticada, más disneyficada. Sus señas de identidad están ahí, su toque oscuro también y la presencia de sus actores fetiche (Keaton, Green, DeVito) nos recuerdan quién está tras las cámaras. Pero de alguna manera, Burton se olvida de ser Burton, y no lleva la historia totalmente a su terreno, suavizando los pasajes más siniestros de la original (como la borrachera de Dumbo, que aquí simplemente es un número de burbujas en el circo) y decantándose por lo cómodo y seguro, como en la mayoría de sus trabajos modernos.

A pesar de esto, Dumbo alza el vuelo. Es una película entrañable, hecha con cariño (excepto algún que otro croma) y sin cinismo, que nos ofrece un valioso mensaje de aceptación y celebración de la diferencia, aderezado con un toque de reivindicación animalista. Aunque no consigue conmover como la original, Burton capta con éxito el asombro de ver a Dumbo volar después de tantas décadas y el brillo en los ojos del pequeño paquidermo aporta la emoción que falta en otros aspectos del film. Y si el reparto hace un buen trabajo (DeVito está perfecto en su papel de maestro de ceremonias y Green consigue brillar a pesar de dar vida a un personaje escrito de forma plana), lo mejor de la película es el propio Dumbo, una criatura adorable que hace que nos olvidemos por completo de que estamos ante una creación digital y creamos en pleno siglo XXI que un elefante puede volar.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: El chico del millón de dólares

MILLION DOLLAR ARM

Aunque Marvel y los grandes estrenos animados como Frozen: El reino del hielo o la inminente 6 Héroes mantienen ocupada a la Disney todo el año, el estudio de Mickey Mouse aún reserva uno o dos huecos en su apretado calendario para seguir cultivando el cine de acción real dedicado a toda la familia. El año pasado nos trajo Al encuentro de Mr. Banks, el ambicioso biopic que reconstruía el proceso de creación del clásico honorífico Mary Poppins, y este otoño nos llegan dos cintas para todos los públicos, Alexander y el día terrible, horrible, espantoso, horroroso y la que hoy nos ocupa, El chico del millón de dólares (Million Dollar Man), película deportiva protagonizada por un Jon Hamm (Mad Men) completamente en su salsa (el actor es un gran forofo y connoisseur de este deporte), que con magnética presencia y sus excelentes atributos de leading man demuestra que hay vida más allá de Don Draper.

El chico del millón de dólares, dirigida por Craig Gillespie (Lars y una chica de verdadNoche de miedo), está basada en la historia real del agente deportivo JB Bernstein (Hamm) y nos presenta uno de los deportes más populares de Estados Unidos, el béisbol, contextualizado en un mundo de transformaciones que, al igual que ocurre en todas las industrias, le obliga a buscar nuevas vías para no quedar obsoleto. La película nos introduce a un Bernstein en horas bajas, después de una etapa de esplendor que le ha llevado a ganar mucho dinero, adquirir un cochazo, una casa de diseño y hacerse un nombre importante en el negocio. No sin sacrificios, claro. Bernstein se ha concentrado tanto en su profesión que no ha tenido tiempo (ni interés) de formar una familia. El desfile diario de top models le es suficiente, hasta que su negocio está a punto de colapsar y de repente, se da cuenta de que su vida no es tan plena como pensaba.

El chico del millón de dólares PóterComo medida desesperada para salvar su pellejo profesional, Bernstein propone a la Major League de béisbol organizar una búsqueda en India del próximo mejor lanzador de béisbol (porque China, Sudamérica y África ya están cubiertas, e India es un terreno virgen lleno de posibilidades económicas), una especie de concurso reality titulado “The Million Dollar Arm“, ideado a imagen y semejanza de programas como X-Factor (atención, la epifanía de Bernstein es proporcionada por la mismísima Susan Boyle y su “I Dreamed a Dream”) que le llevará a recorrer el país del Taj Mahal de norte a sur y de este a oeste junto a un seleccionador cascarrabias y dormilón, Ray Poitevint (Alan Arkin) y un autóctono, Pitobash (Deepesh Solanki), desesperado por trabajar gratis a cambio del sueño americano (lo que para un capitalista como Bernstein es un regalo caído del cielo). Tras el choque de culturas que experimenta Bernstein en el país (los contrastes entre ambos países y los impresionantes paisajes indios son la mayor baza de la película), él y su equipo descubren a dos prodigios, Dinesh (Madhur Mittal) y Rinku (Suraj Sharma), a los que entrenan para convertir en las nuevas estrellas mediáticas del béisbol, los siguientes cromos más buscados por los aficionados al deporte.

El chico del millón de dólares es una cinta clásica en todos los sentidos, una historia conservadora y buenrollista que navega en todo momento por aguas conocidas y solo arriesga momentáneamente hacia su final, cuando el espectador descubre que el happy ending quizás no provenga del lugar más esperado. Por lo demás, el film es una celebración de los valores disneyanos por excelencia. Por un lado, la familia, pero no la nuclear, sino la familia creada, la que Bernstein ha formado casi sin darse cuenta junto a su inquilina, Brenda (Lake Bell, tan encantadora y natural como siempre), su criado protegido y sus dos “niños”, Dinesh y Rinku, hijos necesitados de cariño y atención del arquetípico (y especialmente antipático) padre ausente que es Hamm. Y por otro lado, por supuesto, la sempiterna idea de perseguir un sueño y no rendirse hasta conseguirlo, que en este caso nos deja un desenlace imposiblemente ñoño, casi de cuento de hadas, que choca un poco con el resto de la película. Porque si por algo destaca El chico del millón de dólares es por edulcorar el carácter agrio de Bernstein, así como tampoco disfrazar en exceso esta historia de cómo un país rico busca desesperadamente terrenos baratos (y desconocidos por el felizmente ignorante hombre blanco) que explotar para seguir enriqueciéndose, erigiéndose así el film como celebración descubierta de una figura (real) que personifica todos los valores del capitalismo y el patriarcado.

Valoración: ★★½

Crítica: La gran revancha (Grudge Match)

Grudge Match La gran revancha

“Todo el mundo se ríe de nosotros, pero no estamos muertos” podría ser el slogan de La gran revancha (Grudge Match). La nueva película de Peter Segal, curtido realizador de comedia (Ejecutivo agresivo50 primeras citasSuperagente 86), gira en torno a esa idea y continúa la senda autoparódica que sus dos protagonistas, Sylvester Stallone y Robert De Niro, llevan varios años recorriendo (más De Niro que Stallone, todo hay que decirlo). Los dos veteranos actores llevan a cabo una clara reivindicación con La gran revancha: A través de sus personajes, Henry ‘Razor’ Sharp (Stallone) y Billy ‘The Kid’ McDonnen (De Niro), dos boxeadores retirados que regresan 30 años después de su última pelea para librar un combate de revancha, Stallone y De Niro piden voz para los mayores, no solo en el deporte y en la vida, sino también en el cine.

Es ya tendencia en el cine actual el ejercicio nostálgico y autorreferencial que recupera a míticos intérpretes del cine de acción (algunos ya sexagenarios) para devolverles la dignidad o arrebatársela sin piedad. Jean-Claude Van Damme se entregó al meta en JCVDMickey Rourke resucitó gracias a Darren Aronofsky en la excelente El luchadory más recientemente Bruce Willis encabezó un reparto de héroes geriátricos en las dos divertidísimas entregas de Red. Sin olvidar ese estruendoso mash-up testosterónico que es la saga Los mercenarios, ideada por Stallone como una especie de Liga Extraordinaria de los Actores Culturistas y Leyendas de las Artes Marciales. Y después está Robert De Niro, que al margen de algún papel aclamado (El lado bueno de las cosas), se ha quedado para la autoparodia fácil. Hace poco lo vimos haciendo de mafioso en la fallida Malavita y ahora le baja los pantalones a su Jake La Motta para protagonizar otro festival de topicazos de fácil digestión. Stallone hace lo propio con su Rocky Balboa, pero de alguna manera (y a pesar de su incómoda complexión facial) sale mejor parado que su gruñón contrincante.

La gran revancha cartel españolLa gran revancha es ante todo una comedia, no una de acción, sino una buenrrollista y familiar (una desastrada Kim Basinger y el walking dead John Bernthal completan el clan disfuncional y adúltero de Razor y The Kid). La sal gruesa (no me hagáis hablar del insoportable Kevin Hart), los chistes verdes y el humor predecible son la tónica general de la película, pero entre tanto gag guarrindongo y escatológico (pis de caballo y pedos incluidos) se cuelan unos cuantos diálogos inspirados que redimen a los protagonistas. A pesar de esto, a los guionistas Tim Kelleher y Rodney Rothman lo que les interesa es la cantidad por encima de la calidad, y sobre todo poner a Stallone y De Niro (sobre todo a De Niro) en situaciones ridículas para deleite del personal ávido de ver a sus héroes haciendo el canelo (al fin y al cabo, reírse de uno mismo es un ejercicio muy sano y contagioso).

En eso se basa La gran revancha, en la seguridad de que será suficiente con ver a estos dos actores, otrora púgiles legendarios del cine, intentando “recuperar la hombría” enfundados en un traje-chroma verde lleno de bombillitas, peleándose como dos niños en el recreo, y que por ello no hará falta trabajar el guión. Pero lo peor de La gran revancha no es su humor barato, o los pellejos de Stallone y De Niro en movimiento, sino la pobre factura de la película, con un bochornoso CGI (a juego con el Photoshop del cartel) que recrea las peleas entre Razor y The Kid al comienzo del film. Y también su tediosa recta final, que incluye el combate de boxeo más alargado y aburrido de los últimos años. Al final, el “nunca es tarde” que entona La gran revancha solo cobra sentido cuando nos referimos al personaje de Alan Arkin, nonagenario ex entrenador de Stallone en la ficción, la leyenda viva más interesante y mejor interpretada de La gran revancha.

Valoración: ★★