Al filo de los diecisiete: Tierra trágame

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“¿Por qué soy tan grotesca? ¿Por qué te gusto? Ni siquiera yo me gusto” -Nadine

Todos hemos sido adolescentes, por eso las películas que abordan esta dificultosa etapa vital a veces nos tocan tan de cerca. Por eso solemos sentirnos tan identificados con personajes de diecitantos aunque rondemos la treintena o la cuarentena. Y por eso, cuando una película de este tipo acierta en su retrato del paso de la adolescencia a la adultez, se hace con todas las papeletas para convertirse en cinta de culto (aunque sea para unos pocos). Es el caso de Al filo de los diecisiete (The Edge of Seventeen), la divertida opera prima de Kelly Fremon Craig que se suma a la cosecha reciente de títulos teen esenciales, a la que también pertenecen Las ventajas de ser un marginado Yo, él y Raquel.

Al filo de los diecisiete es la clásica historia coming-of-age que el cine norteamericano nos ha contado tantas veces. Nadine (Hailee Steinfeld), una adolescente inadaptada y problemática que se define como un “alma vieja”, está atravesando la época más difícil de su vida. Cuatro años después de la muerte de su padre, la chica intenta sobrevivir en el instituto, pero todo le sale mal. Su mejor amiga (Haley Lu Richardson), es decir, su única amiga, empieza a salir con su hermano (Blake Jenner), con el que siempre se ha llevado a matar, su cáustico profesor de historia (Woody Harrelson) no hace más que echar tierra sobre sus preocupaciones, y para empeorar las cosas, le ha mandado por accidente un mensaje muy comprometido (y muy verde) al chico que le gusta. A los diecisiete, cualquier minucia supone el fin del mundo, pero quizá sus problemas no sean tan graves como pensaba. Una serie de infortunios y malas decisiones llevarán a Nadine a ver su situación con más perspectiva y empezar a mirar a los demás con otros ojos.

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En la tradición del cine de John Hughes (referente imprescindible para tantos cineastas modernos y padre del género que no podemos obviar al hablar de este film), Al filo de los diecisiete sobresale dentro de su género porque se toma en serio el doloroso proceso de crecer… pero no demasiado. La directora nos da acceso al mundo interior de Nadine para que lo pasemos mal junto a ella y suframos sus continuas humillaciones y meteduras de pata, pero nunca para convertirla en objeto de burla, siempre tratando al adolescente con entendimiento y compasión, extrayendo comedia libre de condescendencia de lo rara que puede ser la fase del instituto. Esa es una de las cosas que hacen que Al filo de los diecisiete funcione tan bien, cómo equilibra comedia y drama, cómo construye su humor irreverente sobre una base profundamente inteligente y sensible, y por último, cómo afronta la tragedia y el melodrama con gracia y honestidad, sin abusar del almíbar.

Otra cosa que hace que Al filo de los diecisiete esté por encima de la media es su excelente reparto. Hailee Steinfeld (nominada al Oscar por Valor de ley, y al Globo de Oro por este papel) habita la sufrida piel de Nadine para darnos una de sus mejores interpretaciones hasta la fecha. Con ella nos mortificamos, nos desesperamos, nos frustramos, y en última instancia maduramos. La catártica escena en la que Nadine pide perdón a su hermano es el remate perfecto al fantástico recital de emociones que la joven actriz nos vuelve a regalar. Pero Al filo de los diecisiete no es solo la historia de Nadine, también la de una amistad y la de una familia. A este respecto, hay que elogiar al magnífico reparto de secundarios. Woody Harrelson y Kyra Sedgwick construyen personajes adultos que, para variar, no sobran, mientras que el reparto joven brilla con especial intensidad, sobre todo Blake Jenner (que ya destacó en Todos queremos algo) y el divertidísimo Hayden Szeto.

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Al filo de los diecisiete capta la adolescencia a través de una experiencia muy culturalmente específica (las taquillas, las fiestas en casa en ausencia de los padres, los estratos sociales de la secundaria), pero esencialmente universal, ya que Nadine personifica inequívocamente la rabia adolescente, los dolores del crecimiento o la relación con el sexo que todos hemos experimentado durante esta etapa. Con diálogos tan ingeniosos como reveladores, bastante acidezmala leche, pero también oportunas pinceladas de ternura, emotividad y optimismoAl filo de los diecisiete es una buena muestra de lo mucho que puede dar de sí su género, un título sin duda imprescindible para los amantes del buen cine teen.

Al filo de los diecisiete ya está a la venta en DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. La edición incluye los siguientes contenidos adicionales: Escenas eliminadas. Tomas falsas. Tráilers.

Riverdale: La reinvención de Archie merece ser vuestra nueva obsesión

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Lo reconozco. Soy como un niño o un adolescente que se obsesiona por algo durante un periodo (más bien breve) de tiempo, y no puede pensar en otra cosa. Y mi mayor obsesión actual se llama Riverdale, el ambicioso nuevo drama de la cadena CW que en España emite Movistar+, y que ha llegado pisando fuerte para satisfacer mi naturaleza de quinceañero forracarpetas, y la de todos los que disfruten de las buenas series de adolescentes, tengan la edad a la que (en principio) se dirigen, o sean un público más talludito, como es mi caso. Sea como sea, Riverdale está hecha para enganchar, para enamorar como un primer cuelgue, para excitar en todos los sentidos posibles de la palabra, y yo os aconsejo que os dejéis llevar, porque a nadie amarga un dulce.

La CW es probablemente la cadena que mejor conoce a su audiencia. Su parrilla está compuesta de ficciones orientadas al público más joven, con énfasis en el drama, los superhéroes y el romance teen, y a lo largo de los años ha perfeccionado su fórmula. Por eso sabían exactamente cómo tenían que acometer esta reinvención de uno de los iconos más populares del tebeo norteamericano, Archie. En este sentido, el piloto de Riverdale es toda una declaración de intenciones, tan tradicional en su aproximación al género como evolucionado. En él nos encontramos a un Archie muy distinto al que conocíamos pero a la vez muy familiar, y lo mismo ocurre con sus amigos, Betty, Veronica o Jughead, que en la serie pasan por el filtro CW para convertirse en el prototipo de adolescente millennial que se ha convertido en bandera para la cadena.

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Creada por Roberto Aguirre-Sacasa (guionista entre otras de LookingSupergirl) y producida por Greg Berlanti (el arquitecto de las series juveniles de DC Comics), Riverdale lleva las historietas de Archie al siglo XXI, convirtiéndolas en un electrizante misterio en el que se pueden detectar fácilmente sus numerosas (auto)influencias. El piloto nos presenta una fusión matemática de Dawson crece, la serie teen que dio forma al género en televisión a finales de los 90, Veronica Mars, uno de los mayores títulos de culto de la cadena, y Gossip Girl, la evolución natural de las series juveniles en la era de las redes sociales. Así, los personajes de Archie se convierten en adolescentes resabiados e hipersexuales que hablan como guionistas de 40 obsesionados por la cultura popular (exactamente como Dawson Leery y sus amigos), y la historia nos remite a otras ficciones sobre pequeñas comunidades llenas de secretos, como Neptune, y por encima de todo, Twin Peaks (ahí está Mädchen Amick como nexo de unión). Aunque por supuesto también recuerda a Pretty Little Liars (cómo no, le debe mucho a CW), e incluso contiene trazas de ese manual imprescindible del género que es Mean Girls.

Esta fuerte intertextualidad que asienta los cimientos de Riverdale sostiene una carta de presentación astutamente pensada, un producto iconoclasta que entra muy bien por los ojos, que engancha con su misterio y que presenta de forma interesante a sus personajes, dándonos la información pertinente para atraparnos a la vez que plantea interrogantes que nos obligarán a volver al pueblo para desvelar sus mil y un enigmas. Por otro lado, la factura de la serie es impecable. Se trata sin duda de uno de los proyectos más cuidados de CW en el apartado técnico y visual, como atestigua su fotografía etérea y salpicada de neón, las localizaciones fantasmagóricas de los alrededores de Riverdale, el diner sacado directamente de Twin Peaks o el instituto, escenario casi irreal en el que jocks y animadoras pululan al servicio de la visión más idealizada por la ficción de los institutos norteamericanos. Todo envuelto en un aura noctura y onírica que le da un estilo diferenciado a pesar su amalgama de referentes.

Y luego está lo que no puede fallar en ninguna serie CW, que está plagada de gente atractiva para enganchar a adolescentes enamoradizos (valga la redundancia) y hacer aun más llevadero su visionado. Como mandan las normas de la cadena, los protagonistas de Riverdale son guapos, visten como si salieran de un catálogo de moda y lucen unos cuerpazos que poco tienen que ver con el aspecto que normalmente tiene alguien de 16 años en la vida real (como podemos comprobar las innumerables ocasiones en las que la serie les quita la ropa). Pero lo mejor es que saben que estás al tanto, y lo explotan con una autoconsciencia deliciosa. Sin ir más lejos, el nuevo Archie Andrews se aleja considerablemetne del clásico. Como dicen Betty y Kevin al ver a su amigo por la ventana después de las vacaciones, “¡Archie se ha puesto macizo!” Efectivamente, ahora Archie tiene la cara y el cuerpo de un Zac Efron pre-anabolizantes, cortesía del recién llegado KJ Apa, moldeado por los dioses de Tumblr para conquistar Internet y nuestros corazones (en realidad es más guapo que Efron, todo hay que decirlo). Pero mientras Archie se lleva toda la atención de sus compañeros sorprendidos por el cambio (una de las meta-referencias mejor hiladas en el piloto) y del espectador (que lo ve metido en una caliente trama muy “Pacey Witter Season 1”, ya me entendéis), son ellas las que llevan las riendas de la historia. En especial Veronica (una fusión de Jen Lindley y Serena Van Der Woodsen autocoronada reina de las referencias pop) y la mean girl Cheryl Blossom (Regina George mezclada con Lydia de Teen Wolf).

En resumen, Riverdale traslada los cómics de Archie al presente, y aunque conserva elementos clave de la historia, personajes y nombres, nos ofrece una versión totalmente renovada, mucho más oscura, sexy, y tan provocadora y progresista como cabía esperar (en esta relectura, la icónica girl band Josie and the Pussycats es íntegramente afroamericana, los personajes queer no faltan y el sexo carga el ambiente). Y es que ya nadie se escandaliza por algo tan inocente como Betty y Veronica dándose un morreo en plena audición para el equipo de animadoras. Ni que estuviéramos en 2004. Además de divertir con este tipo de momentos y su verborrea pop, la serie seduce con unos personajes bien definidos desde el principio, una potente banda sonora (Johnny Jewel, Santigold, M83) y una excelente ambientación, además de plantear un whodunit (“¿Quién mató a Jason Blossom?”) que promete muchos giros y sorpresas. Como suele ocurrir con este tipo de ficciones, Riverdale corre el riesgo de degenerar en algún momento, pero por ahora no cabe duda de que es un caramelo. Todavía es pronto para saber si está envenenado, así que mientras lo descubrimos disfrutemos de su efervescente sabor.

Pedro J. García

The Real O’Neals: Visibilidad del adolescente LGTB+ en una sitcom familiar

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Artículo escrito por Juan Naranjo

Identificando la homosexualidad con algún tipo de fetiche sexual (en lugar de como una orientación tan válida y ordinaria como la heterosexualidad), el heteropatriarcado ha hecho creer a los Mass Media que la homosexualidad es una cosa sólo de adultos. Como si los adultos LGTB no fueran anteriormente adolescentes LGTB o niños/as LGTB. Es decir, nos resulta lo más cotidiano del mundo ver heterosexuales menores de edad en la TV y en el cine, ejerciendo su heterosexualidad de forma activa (tanto romántica como sexualmente) pero sigue pareciendo que al colectivo LGTB sólo se le puede retratar ya en su vida adulta, a menos que hablemos de productos muy minoritarios o muy enfocados al público LGTB.

Así que mientras que los adultos LGTB son “aceptables” en muchas series y pelis (aunque en una versión descafeinada, desexualizada, anecdótica, secundaria, etc etc) los adolescentes LGTB sólo están presentes en las producciones pequeñas tanto en presupuesto como en índices de audiencia. Esto, en mi opinión, perpetúa la idea de la homosexualidad entendida como algo pecaminoso, como algo sólo para adultos, como algo que ha de esconderse a los niños. Pero, no sé, no hay ningún pudor de hablar de embarazos adolescentes, de la primera vez de los heterosexuales, o incluso de sexualizar a la infancia (en la publicidad, sobre todo) hasta límites grotescos. La heterosexualidad es, según la TV, lo apropiado, lo de todos los públicos, lo generalista: la homosexualidad, algo sórdido, minoritario, sólo para adultos.

Pues, desde un formato completamente convencional (sitcom familiar),”The Real O’Neals” viene para darle una bofetada a todos estos estereotipos de género, edad e identidad. Y es que, aún contando la historia de una familia tradicional católica de origen irlandés, el centro de toda el asunto es la historia y el proceso de crecimiento del hijo mediano, Kenny, que sale del armario en el primer capítulo. Aunque a los heterosexuales les pueda sorprender, los gays también tenemos familia (no salimos de los árboles, ni nos encuentran en los inicios de los arcoiris), y también nos pasan cosas durante la adolescencia, antes de convertirnos en los amigos graciosos de las mujeres heterosexuales chic que ellos pretenden vender.

NOAH GALVIN

La temática de los capítulos es convencional (que si la primera cita, que si la prom night…) pero cuenta con la ventaja de ser una de las primeras producciones en las que se muestran estas acciones al público generalista. Y es que, os lo prometo, la vida de un gay recién salido del armario es, literalmente, de las cosas más interesantes que pueda haber. Y es una pena que nos hayamos acostumbrado a que, si de jóvenes LGTB se trata, la mayoría de las producciones terminen cuando empieza lo interesante, con la salida del armario. O que tengan un tono dramático y sórdido que siguen perpetuando la imagen del colectivo en su versión más vulnerable.

Sin melodrama y con muchísimo humor, “The Real O’Neals” cuenta situaciones con las que muchos nos sentimos muy identificados. Hay escenas memorables como el primer intento de flirteo por parte de Kenny, como la primera vez que le llevan a un sitio de ambiente, o como su relación con su ultraprotectora madre (la inconmensurable Martha Plimpton de, por ejemplo, “The Good Wife” o “Raising Hope”).

Gran parte del encanto de la serie recae sobre su maravilloso protagonista, Noah Galvin, un actor capaz de encajar a la perfección las inseguridades propias del momento y el humor inherente al formato. Aciertan los guionistas muchísimo con las ensoñaciones del protagonista, o con el “humor gay” con referencias que sí son realmente propias del colectivo, y no las típicas que los heteros creen que nos son propias.

“The Real O’Neals” es, para mí, un ejemplo de cómo se deben hacer las cosas, y de cómo se ha de trabajar en relación a la visibilidad e integración del colectivo. Bien por Kenny O’Neal y los suyos 

Crítica: Yo, él y Raquel (Me and Earl and the Dying Girl)

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He estado a punto de no escribir este texto. Cuando una película me atraviesa la piel como lo ha hecho Me and Earl and the Dying Girl me resulta especialmente difícil verbalizar mis impresiones sobre ella. Pero en realidad, esa no es la razón por la que casi no me siento a escribir sobre la cinta de Alfonso Gomez-Rejon (gran premio del jurado y del público en Sundance). Lo que no quería era hablar de ella “en voz alta”, necesitaba guardármela para mí solo. Ya sabéis que cuando os guardáis algo dentro (sea por la razón que sea), si lo decís en voz alta, es cuando se hace realidad y debéis asumirlo de verdad. Pensé en dejarlo ahí y no tocarlo, pero al final decidí que guardarme Me and Earl and the Dying Girl para mí solo era un acto tremendamente egoísta (el film ya cuenta con un considerable culto y ha sido visto por mucha gente gracias a San Torrent, lo de “para mí solo” es una licencia dramática). Esta es una de esas películas que se viven en primera persona, con las que se desarrolla un poderoso vínculo personal e individual, pero que en última instancia merece, es más debe ser compartida.

Para empezar, quitémonos de en medio el tema en el que todos estáis pensando. El título en español: Yo, él y Raquel. Sí, es feo, españoliza un nombre para luego conservarlo en inglés en la película (al más puro estilo Eduardo Manostijeras), pero sobre todo anula el sentido del humor negro y la inocente poesía adolescente que conlleva el original (y que caracteriza al film). Ahora bien, paraos un minuto a pensar en las posibilidades… ¿Veis? Démosle un respiro al departamento de PR y márketing de la distribuidora, porque no, esto no es un caso análogo al de Soñando, soñando, triunfé patinando. Se trata de un título prácticamente imposible de traducir al castellano sin que se produzca un considerable lost in translation. Alegraos de que no se haya titulado Deseando vivir La amiga de mi mejor amigo.

Y dicho esto, hablemos de la película. Me and Earl and the Dying Girl (basada en la novela homónima de Jesse Andrews) está narrada en primera persona por Greg (Thomas Mann), un adolescente muy particular (claro) que ha encontrado la manera de sobrevivir al instituto sin conflictos: crear vínculos amistosos con todas las “naciones” del universo estudiantil (jocksnerds, góticos, geeks del teatro, porretas, pijas…) y así pasar desapercibido y evitar el drama (para poder escaparse al despacho de su profesor de filosofía, Jon Bernthal, a ver cine a la hora de comer). Greg solo tiene un amigo de verdad (aunque para referirse a él siempre utilizará el calificativo libre de connotación afectiva “compañero de curro”), Earl (RJ Cyler), con el que desde pequeño desarrolla un gusto especial por el cine europeo (influencia del padre de Greg, Nick Offerman) y se dedica a filmar parodias de clásicos del cine (A Sockwork Orange, Anatomy of a BurgerRosemary Baby Carrots por ejemplo). Suena irrealmente cool y pretencioso, ¿verdad? Pues de alguna extraña manera, no lo es. Pero sigamos. La madre de Greg (Connie Britton) obliga a su hijo a visitar a Rachel (Olivia Cooke), compañera del instituto que padece leucemia, iniciativa que entusiasma a la madre de Rachel (Molly Shannon como versión agridulce de Amy Poehler en Mean Girls). A Greg y Rachel les horroriza la idea de tener que pasar tiempo juntos en esas circunstancias, pero entre visitas a regañadientes, sesiones cinéfilas y a base de humor auto-crítico, auto-destructivo y auto-todo, no tardará en florecer una amistad, en la que con el tiempo Earl también acabará entrando. La película parece discurrir por los derroteros de siempre, pero Greg nos tranquiliza diciéndonos desde bien pronto que ni esta es una historia de amor ni Rachel morirá al final. Un detalle por su parte.

Me and Earl

Me and Earl and the Dying Girl puede adscribirse sin lugar a dudas la categoría de “cine teen de culto” a la que también pertenecen Las ventajas de ser un marginadoBajo la misma estrella (con la que será comparada por lo obvio), e incluso Donnie Darko (el rol de guía que ejerce el personaje de Jon Bernthal es parecido al de Drew Barrymore en la cinta de Richard Kelly). Sin embargo, la película de Gomez-Rejon posee una cualidad más real y ofrece una percepción algo menos romántica e idealizada de dicha etapa vital. Me and Earl… es una película de adolescentes perspicaces, cultos y elocuentes, pero nada en ella parece forzado, nada en sus personajes parece falso (Earl es un soplo de aire fresco en este tipo de cine), por el contrario, esta rebosa sinceridad de principio a fin (hasta engañando es honesta). Gomez-Rejon aborda la enfermedad de Rachel con la seriedad pertinente, pero evitando que esta ahogue el tono de la historia y esquivando en todo momento la pornografía emocional. Me and Earl golpea directamente las emociones porque no parece que este sea su objetivo principal. La comedia domina el relato, pero está siempre empapada de una tristeza extrañamente alegre y deja paso al drama cuando debe hacerlo (al fin y al cabo “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”), sin perder de vista en ningún momento lo que define a estos personajes (por los que el director siente fascinación genuina), y celebrando la creatividad y la energía adolescente hasta el final.

El desenlace de Me and Earl contiene la que es sin duda una de las escenas más intensas, conmovedoras y desarmantes que vamos a ver en mucho tiempo (cuando veáis/si habéis visto la película, sabréis a cuál me refiero). Una catarsis aplastante (acentuada por la increíble banda sonora de Brian Eno y Nico Muhly) que da pie a un precioso y revelador epílogo con el que el film sella su destino: Me and Earl and the Dying Girl es una obra de ficción a la que querremos regresar de vez en cuando para abarcar su significado al completo, que necesitaremos recomendar, poner a nuestro “compañero de curro” y verla por primera vez a través de sus ojos. Greg quiere compartir su experiencia con todos nosotros, y (yo ya he asumido que) es nuestro deber hacerla llegar al mayor número de personas posible. No cabe duda, esta historia “se seguirá desplegando ante nosotros siempre que le prestemos atención”.

Por favor, prestadle atención.

Valoración: ★★★★½

Crítica: La cabeza alta

LA TÊTE HAUTE  de Emmanielle Bercot LES FILMS DU KIOSQUE

Si creíais que el Steve O’Connor de Mommy o los chavales de Short Term 12 eran adolescentes problemáticos, esperad a conocer a Malony FerrandotLa cabeza alta (La tête haute) tiene mucho en común con esas dos joyas del cine reciente, de ahí la comparación por proximidad en el tiempo, pero el film de Emmanuelle Bercot (El viaje de Bettie) entronca en realidad con la mayor parte del cine social europeo que toca el tema del sistema educativo y los jóvenes inadaptados, un subgénero que suele buscar el origen y posibles soluciones pragmáticas -sin hallar nunca nada definitivo- a una cuestión muy delicada.

Malony lleva desde los 6 años visitando el despacho de la jueza de menores Florence Blaque (Catherine Deneuve), para rendir cuenta de su comportamiento delictivo (el adolescente se especializa concretamente en el robo de coches y la circulación temeraria sin permiso). Ya que su madre no pone de su parte para rectificar la trayectoria de su hijo (a pesar de que existe el amor y el instinto de protección entre ellos), son las leyes y los educadores sociales los responsables de llevar a Malony por el buen camino, una tarea particularmente complicada debido al temperamento inestable y los episodios nerviosos de violencia que experimenta. Malony es una bomba que estalla con apenas rozarla, afectando a todos a su alrededor, familia y profesionales a su cargo. En uno de los reformatorios por los que pasa, Malony conoce a una chica que podría ser la razón que necesitaba para intentar cambiar.

En lugar de construir su película como un melodrama de superación al uso, Bercot la mantiene anclada a la realidad en su mayor parte, evitando aspavientos sentimentales y dejando claro que la esperanza de cambio para estos niños existe, pero no es tan fácil de alcanzar como suele pintarlo la ficción. La cabeza alta puede llegar a resultar una experiencia enervante y agotadora, al ver cómo su protagonista cae una y otra vez en los mismos errores y no parece tener voluntad de mejorar su conducta. Es lo más parecido a ver a alguien cercano atravesando un problema psicológico o una enfermedad y no poder hacer nada por él, porque ese alguien se resiste a cooperar sin importar la destrucción que se está provocando a sí mismo y a los demás. Ese sentimiento de frustración que a muchos resultará tristemente familiar es justo el que Bercot quiere transmitir con su película, un ejercicio de resistencia física y emocional en el que Malony araña la piel del espectador, que no tiene más remedio que ponerse en la situación de aquellos que le intentan ayudar.

LA TÊTE HAUTE  de Emmanielle Bercot LES FILMS DU KIOSQUE

La cabeza alta inauguró el pasado Festival de Cannes provocando indiferencia generalizada. Es cierto que la cinta de Bercot tiene cierto aire a vídeo institucional o capítulo ficcionalizado de Hermano mayor, pero bajo su apariencia de drama social convencional se esconde un relato comprometido y calibrado sobre la desesperación que aborda con respeto e imparcialidad todos los frentes del problema (los adolescentes, la familia, las autoridades legislativas y los educadores); una historia cruda y difícil que, a pesar de lidiar con las leyes de regulación de la responsabilidad penal de menores concretas al estado francés, resuena de manera universal para obligarnos a reflexionar sobre su funcionamiento.

Por último, es en el apartado interpretativo donde La cabeza alta sobresale de forma incontestable. Bercot dirige con tenacidad a un magnífico elenco de actores del que destacan Sara Forestier (descubierta en aquella joya que fue La escurridiza, o cómo esquivar el amor) y Benoît Magimel, que da vida al “hermano mayor” de Malony. Pero el pilar esencial que sostiene en pie La cabeza alta es la relación que se establece entre el protagonista y Florence, una preciosa dinámica que Bercot no necesita prostituir para conmover. La sola mención de Catherine Deneuve lleva implícito el elogio a la actriz, pero es necesario destacar cómo su interpretación adquiere mayor profundidad en presencia de esa fuerza de la naturaleza que ha resultado ser Rod Paradot. En una brevísima pero elocuente escena, Malony está acostado en su cama oliendo un pañuelo que le ha robado a la jueza. Con este hermoso gesto de deferencia casi onanista, Bercot sintetiza la compleja relación entre los protagonistas a la vez que reivindica (aunque no haga falta) el eterno magnetismo escénico de la Deneuve.

Valoración: ★★★★

Crítica: It Follows

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Innovar en el cine de terror es tan complicado como necesario si se quiere que una película sea algo más que un pasatiempo de multicine o una experiencia cinematográfica de usar y tirar. Esta es la tónica habitual en el género, todos los meses se estrenan cintas de miedo clónicas, diseñadas para la taquilla y sin verdadero afán creativo o conocimiento del terror. Afortunadamente, cada cierto tiempo nos llega una película dispuesta a sacudir las convenciones del género y desmarcarse con una propuesta diferente.

El año pasado este papel correspondió a la australiana Babadook, y 2015 es el año de It Follows, una de esas películas que se ganan por méritos propios su título prematuro de obra de culto. El film dirigido por David Robert Mitchell es una experiencia que se saborea mejor cuanto menos se sabe de ella. La incertidumbre y el miedo a lo desconocido es un ingrediente esencial de su historia, y no conocer su argumento contribuirá a que la vivamos tal y como la ocasión merece, vírgenes e inocentes, como si fuéramos espectadores en una sala de cine de 1978 viendo La noche de Halloween por primera vez.

It Follows sugiere un experimento inmersivo, para lo que se recomienda su visionado en una sala de cine a ser posible. Abstraerse por completo del mundo exterior no solo es necesario para ver esta película, sino también inevitable. Desde su epatante secuencia de apertura con una chica huyendo en taconazos de alguien o algo a quien no vemos, hasta su clímax, It Follows te atrapa y no te suelta. Parte del mérito lo tiene un sólido guion con abundantes niveles de significado que maneja con maestría el suspense y dosifica la información dando al espectador la oportunidad de descubrir por sí mismo lo que está ocurriendo. Pero sin duda es su increíble atmósfera y su impecable realización lo que termina por tragarnos junto a Jay (Maika Monroe) en esta espeluznante pesadilla.

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Mitchell toma los elementos y códigos narrativos de las películas de terror de los 70 y 80 y los reconfigura con destreza para acomodarlos en un universo completamente moderno (aunque no marca el film cronológicamente en un año concreto, lo que le da una cualidad intemporal), y para más inri lo ambienta en la decadente escena de Detroit (donde transcurre otra reciente fábula adolescente, Lost River). Se pueden oír en It Follows ecos inconfundibles de Pesadilla en Elm Street (la escena de la protagonista en clase ignorando la lección o la secuencia en la que el “monstruo” va en busca de su vecino están sacadas directamente de la película de Wes Craven) y por supuesto de la mencionada Halloween, cuyo director, John Carpenter, es el referente más obvio de Mitchell. Pero su idea no parece ser la de realizar un simple homenaje o pastiche nostálgico, sino ofrecer una relectura del slasher, del terror y el fantástico ochentero, dándole vigencia en el siglo XXI desde un punto de vista muy personal.

Como Carpenter, Mitchell no busca el susto fácil, sino que prefiere generar una sensación de desasosiego continuo. Para esto, el director encuadra con absoluto virtuosismo, buscando el terror de los planos generales y fijos, obligando al espectador a no perder detalle de la pantalla, a buscar al fondo del cuadro aquello que más teme, y por tanto, a involucrarse en la historia a un nivel más profundo de lo habitual, como si estuviera encerrado en un sueño. Es un miedo basado en lo que no se ve, lo que podría aparecer por cualquier parte y en cualquier forma, lo que está ahí todo el tiempo y no nos hemos dado cuenta de que nos está mirando en silencio (otro elemento indispensable de la ambientación). Un terror que funciona tanto en la oscuridad de la noche en un edificio abandonado como en un pasillo en penumbra de casa, de cuyas sombras puede aparecer en cualquier momento aquello de lo que huimos, incluso en un escenario sobre-iluminado o en un espacio abierto a plena luz del día. Y también como Carpenter o Craven, para acompañar estas enervantes imágenes, Mitchell utiliza una explosiva banda sonora a base de sintetizadores, sublime score electrónico ideado por Disasterpeace y empleado con sabiduría para completar la auténtica gozada visual y sonora que es esta película.

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Pero además de una soberbia película de terror, It Follows es una (evidente) metáfora del paso a la adultez, un relato impregnado de angustia (y afectación) adolescente sobre lo que supone dejar atrás la inocencia, que a ratos evoca los contemplativos universos suburbanos de Spike Jonze o Sofia Coppola (la idea de poner a una chica de gafas enormes a leer El idiota de Dostoyevski en un eBook con forma de almeja para concretar el subtexto de la película bien podría haber sido perpetrada por cualquier de los dos). Con sus personajes cercados en el asfixiante microuniverso del típico barrio residencial norteamericano y constantemente acechados por el futuro, Mitchell nos habla del terror que conlleva hacerse adulto, de la incertidumbre y el vacío que depara a todo el mundo al encontrarse a las puertas de la vida real, obligados a dejar atrás la (supuestamente) despreocupada existencia adolescente. Y para transmitir estas ideas, It Follows recurre al sexo como rito de paso, como símbolo de la responsabilidad adulta y la inevitabilidad de enfrentarnos a las consecuencias de nuestras decisiones una vez hemos dejado atrás la niñez definitivamente. En este sentido, It Follows también puede leerse como una metáfora de las enfermedades de transmisión sexual, lo que tendría perfecta correlación con el discurso de la responsabilidad, aunque esto sería simplificarla demasiado.

En definitiva, It Follows no es una película de terror al uso. Su originalidad reside precisamente en haber reordenado unos componentes de sobra conocidos por el espectador para hacer algo diferente, algo tan esencialmente clásico como moderno; un trabajo que evidencia a un cineasta que entiende y admira los géneros que está abordando, y que además posee una visión muy particular sobre sus personajes adolescentes, actualizada a la par que universal y con inclinación a lo literario, lo que no hace sino enriquecer el texto. It Follows es cine en estado puro, pero también es un retrato generacional imprescindible.

Valoración: ★★★★

Crítica: El club de los incomprendidos

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No te fíes nunca de una película que empieza con una voz en off diciendo “La adolescencia es…” Lo más seguro es que nadie de esa película sepa realmente lo que es la adolescencia, ni sus personajes, ni mucho menos sus guionistas. Y ese es exactamente el caso de El club de los incomprendidos, terrible adaptación cinematográfica de la saga literaria teen escrita por el español Blue Jeans (pseudónimo de Francisco de Paula Fernández González) que sigue las andanzas de seis chavales supuestamente marginados que forman una pandilla para vivir a su aire sin importar lo que el resto del mundo piense de ellos.

Basada en el primer libro, “Buenos días, princesa” (guiño a La vida es bella, por si no estaba claro), El club de los incomprendidos insiste en hablarnos de la etapa más efímera en la vida de una persona sin tener ni idea de qué va exactamente, y lo que es peor, universalizando americanizando los conflictos de los personajes, de manera que lo que vemos en pantalla no es más que un batiburrillo de ideas y lugares comunes extraídos del audiovisual yanqui, que ni tiene sentido, ni coherencia interna, ni mucho menos verdadera correlación con la realidad que vivimos. El club de los incomprendidos es como Al salir de clase pero con las tramas de Salvados por la campana Gossip Girl. Porque claro, todos hemos escondido una tarjeta de San Valentín en la taquilla de la persona que nos gusta o hemos adquirido un DNI falso para entrar en una fiesta.

La cantidad de tópicos USA que se corta/pegan es inaudita y en consecuencia, el instituto que vemos en la película conforma un universo tan inverosímil que hace que Monster High parezca realismo social. Pero lo más grave es la flagrante apropiación de ideas ajenas, sobre todo del imaginario cinematográfico del inadaptado. En El club de los incomprendidos hay (demasiados) elementos de El club de los cincoel clásico teen que más copian. Veamos, seis chicos problemáticos que arrastran traumas psicológicos y llevan las etiquetas que el resto de estudiantes les ha otorgado (el chulo, la friki, la puta, el pringao…) se reúnen “castigados” en la biblioteca después de clase, donde además de tener tiempo para hacer los deberes y congeniar mazo entre ellos, reciben apoyo por parte del psicólogo de la escuela (pobre Raúl Arévalo metido en esto). ¡¿Hola?! Por si eso no fuera suficiente, tenemos montaje musical con nuestro Club de los seis bailando subidos al mobiliario de la biblioteca, y un discurso final en el que todos se reafirman en sus identidades arquetipadas, como hacía el Breakfast Club en la carta al señor Vernon al final de la mítica película de los 80.

Club de los incomprendidos pósterPero el film también bebe mucho del reciente éxito de culto Las ventajas de ser un marginado, de la que se atreve a calcar su escena más icónica (la del túnel) esperando que no se note demasiado y esforzándose mucho para no soltar un “somos infinitos”, aunque se queden con todas las ganas del mundo. Ellos dirán que se trata de homenajes, pero saben tan poco de lo que es un homenaje como de la adolescencia misma. Esto lo que es es un pastiche, y además uno mal pegado, con Imedio goteando en todas las esquinas. Un bocadillo de chóped vendido como una hamburguesa del Tommy Mel’s.

La amistad entre estos seis chicos está basada en la ilusión de que son diferentes al resto, cuando en realidad son una pandilla artificial de jóvenes de revista de tendencias convertidos en parias porque es lo que ahora mismo mola. Nerds de pega que se quejan constantemente de problemas confeccionados a la ligera, formulados sin pensar demasiado en la plausibilidad que requieren o en la responsabilidad que conlleva un producto de estas características (fenómeno editorial con potencia de convertirse en fenómeno cinematográfico para quinceañeros). En la batidora de El club de los incomprendidos caben conflictos propios de la adolescencia como el bullying, la presión de los padres, la identidad sexual, el Asperger’s, las primeras experiencias sexuales o el suicidio, y se mezclan a toda potencia, de manera temeraria. A pesar del falso halo de dramatismo que nos viene a decir que se toma estos temas en serio, El club de los incomprendidos los utiliza en realidad como accesorio de moda de sus personajes, frivolizando peligrosamente, y lanzando a lo loco (aunque sea de manera involuntaria, porque más luces no tiene) el mensaje de que para vivir la adolescencia a tope hay que estar en contacto con estas experiencias. La insultante caracterización (por llamarlo de alguna manera) de estos seis chicos, tan guapos e ideales que es imposible que nos creamos sus problemas (total, el guión tampoco se molesta en que lo hagamos), no es más que un disfraz, una pobre estrategia comercial que tiene como propósito disimular la verdadera cara de la película, que no es más que otra Tres metros sobre el cielo, pero incluso peor. No hay duda, si John Hughes levantara la cabeza, la usaría para dar un cabezazo a los responsables de este abominable despropósito.

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Por qué The O.C. fue tan importante (y efímera)

Marissa: Who are you?
Ryan: Whoever you want me to be.
– The O.C., Piloto 

Fijaos en cómo todos los días nos encontramos en Facebook, Twitter o páginas de información la típica publicación conmemorando el estreno de una película mítica, la muerte de un actor, o el aniversario del primer episodio de una serie. El ser humano siempre ha estado obsesionado con el paso del tiempo. Es nuestro sino, vivir la vida pensando en que se nos está acabando. Pero parece que ahora más que nunca sentimos la necesidad de recordarnos lo fugaz que es todo. Quizás sea porque de repente nos hemos dado cuenta de que hace ya dos décadas de los 90. Y por lo tanto, la generación de la nostalgia está histérica. The End Is Not Near… It’s Here.

Esta semana se ha cumplido el décimo aniversario del estreno de The O.C., gran éxito de Fox a comienzos de siglo que viene a ilustrar mejor que nada y que nadie la naturaleza efímera de las cosas, y sobre todo de aquellas que tienen que ver con la adolescencia (porque eso es lo que la define, ¿no?). La serie de Josh Schwartz (Chuck, Gossip Girl, The Carrie Diaries) se convirtió en un enorme fenómeno social el mismo día que se emitió su piloto, el 5 de agosto de 2003. A día de hoy, muchos recuerdan la serie, pero esta no permanece en el imaginario colectivo o en la cultura pop con la fuerza de otras. ¿Por qué fue tan importante The O.C.? ¿Por qué su repercusión duró tan poco?

EL ASCENSO

The Life of the Rich and Famous: La tele de la primera década del siglo XXI estaba totalmente obsesionada con el estilo de vida de las clases altas. Las series se llenaban de gente pudiente, socialites e hijos de magnates, y el espectador quedaba atrapado por el lujo y la decadencia de sus emocionantes vidas. The O.C. establecía un puente entre estos miembros intocables de grandes dinastías y la clase media. Las familias que protagonizaban la serie tenían mucho dinero, y se notaba, pero sus vidas eran percibidas como sueños alcanzables. Chalets-mansión con casa de la piscina, porches interminables y enormes salones para celebrar fiestas de más de 100 invitados. ¿Quién decía que algún día no podríamos tener todo eso?

Adultescentes: En The O.C., los cuatro protagonistas adolescentes se comportaban como chavales de 16 años la mayor parte del tiempo, pero también presentaban síntomas de adultitis que los convertían en clásicos ejemplos de personajes teen con problemas poco acordes a su edad (muchas veces derivados del punto anterior). La serie obtuvo muchas quejas de organizaciones conservadoras por el consumo de alcohol, tabaco y drogas que tenía lugar habitualmente en la serie. The O.C. fue una de las primeras series en normalizar (e incluso glamourizar) estas prácticas tradicionalmente condenadas en la televisión norteamericana, aunque al final siempre optaba por mostrar el reverso oscuro de la fiesta etílica. La polémica estaba servida, pero si lo pensamos bien, The O.C. se atrevió a mostrar a los adolescentes haciendo las cosas que los adolescentes suelen hacer. Sin remilgos.

La gala de la semana: The O.C. puso de moda algo que más adelante perfeccionaría (y agotaría) otra serie de Josh Schwartz, Gossip Girl -y que han seguido cultivando series recientes como Revenge: la típica gala, evento social, celebración o acto público que ejercía de hilo conductor de muchos episodios, y escenario del clímax donde Ryan (Benjamin McKenzie) propinaba sus inolvidables puñetazos.

Orange County: El Condado de la Naranja, en California, se convertía rápidamente en el lugar de moda gracias a la gran campaña turística que la serie le hacía. Tanto fue así que la obsesión por esta zona de la costa oeste norteamericana (que ya gozó de una época de esplendor a mediados de los 90) generó varios reality shows sobre la vida en el lugar. The Real Orange County o The Real Housewives of Orange County se convertían en éxitos aun más efímeros que The O.C. (en su país, claro está). Asimismo, la serie era la más fiel representante del “estilo californiano” en televisión, algo que se reflejaba en la moda, los estilismos, el ocio, la “dieta” que consumían sus protagonistas o la arquitectura que se podía ver en la ficción.

La era 2.0.: Aunque para la eclosión de Facebook aun quedaban unos años, cuando The O.C. irrumpió en la escena catódica, Internet experimentaba un auge imparable como herramienta social. Semana tras semana, especialmente durante su primera temporada, los fans de The O.C. se reunían en foros, páginas y chats para expresar su tremenda adicción a la serie. Todo lo que ocurría en las vidas de Ryan, Seth, Marissa y Summer se vivía como auténticos acontecimientos históricos. A esto contribuía que la serie comenzase a emitirse en verano, como reemplazo de mid-season. No había nada mejor que hacer.

El triunfo del geek moderno: Lo mejor de The O.C. se puede resumir en dos palabras: SETH COHEN. Sin duda el personaje más popular y querido de la serie, Seth era todos nosotros, y todos éramos Seth. A pesar de que Ryan era el pobre, el “normal”, el personaje con el que el espectador medio podía identificarse al adentrarse en las vidas de los Cooper, los Cohen y los Roberts, fue Seth Cohen el que se convirtió en la voz del fan de la serie. Además de hacer que ser judío fuera cool, Cohen logró fusionar con éxito dos de las tendencias más importantes del siglo: el indie y lo friki. Fan a muerte de Death Cab for Cutie y devorador de cómics (no nos extraña que poco después, uno de los guionistas principales de la serie, Allan Heinberg, probase suerte como guionista en Marvel y DC), Seth fue sin duda el prototipo del hipster actual, modificando (y modernizando) las características fundacionales del arquetipo geek. Os lo explico mejor en este fragmento sobre el personaje perteneciente a mi artículo de investigación “Lo geek vende“:

El geek de The O.C., Seth Cohen, es un híbrido social que pone de manifiesto las nuevas tendencias hacia las que se dirigía la cultura popular a principio de siglo. Seth Cohen es un geek porque es víctima de bullying, es incapaz de entablar relaciones sociales sin ponerse en evidencia y es ante todo un fan. Al clásico gusto del geek por los cómics y el cine de género, se añade una pasión por el cine asiático –en concreto el japonés- y la música indie. Estos dos objetos culturales contribuyen a configurar un nuevo modelo de geek, más adherido a la norma social y al devenir de la cultura popular más efímera. Como los adolescentes de la WB, Seth Cohen no presenta estigmas físicos, y su vestimenta es un fiel reflejo del estilo del adolescente acomodado pero culturalmente ‘independiente’ que va a resultar en un nuevo modelo de geek que marcará tendencia. En The O.C., los constantes juegos metatextuales y la elevada auto consciencia del discurso catalogan a Seth Cohen como representante de la cultura popular del momento, convirtiendo al geek en una suerte de ‘héroe social’ posmoderno, y llegando a convertirse en un súper héroe de cómic en la segunda temporada de la serie –lo que nos remite a la idea del geek como principal abastecedor de productos en la cultura popular. 

Autorreflexión e iconicidad: Como adelanto en el anterior párrafo rescatado, The O.C. pasó a ser muy rápidamente una serie altamente consciente de sí misma, sacando el mayor provecho de esto a lo largo de las cuatro temporadas que permaneció en antena. Me atrevería a decir que en esta serie se origina la ya canonizada tendencia a lo meta en series cuyo público objetivo no es el geek. Seth era sin duda el personaje que más reflexionaba sobre la naturaleza de la historia que él y sus amigos protagonizaban. Pero no era el único, Summer (Rachel Bilson) también se encargaba de elevar los niveles meta gracias a su obsesión por la serie The Valley. A través de los visionados, sola o junto a Seth, se nos hablaba constantemente de todo lo que resonaba en la comunidad fan, y de aquello que trascendía a los medios. A menudo, The Valley servía para que Schwartz contestase indirectamente a las críticas, pero sobre todo era un modo de expresar la enorme cualidad icónica de la serie, y la repercusión que esta llegó a tener en la sociedad. A los personajes no se les escapaba el gran poder que ejercían las camisetas de tirantes de Ryan, o sus puñetazos, o la Naviduca, como tampoco tenían problema en convertirse ellos mismos en foreros que diseccionaban sus propias vidas como si de un debate nacional se tratase.

La importancia de la música: Dawson crece ya puso de manifiesto lo esencial de una buena selección de temas pop para acompañar las aventuras y desventuras de un grupo de adolescentes televisivos. La banda sonora de The O.C. era tan popular como la serie en sí, llegando a editar varios CD recopilatorios de bastante éxito, y vinculando la serie con artistas indies de prestigio (Sufjan Stevens, DCFC, Coconut Records). Además, The O.C. fue plataforma para muchos grupos desconocidos (que han permanecido así, todo hay que decirlo), dando a conocer al mundo el sonido californiano del momento. Pero sin duda, el momento musical más importante de toda la serie ocurría al final de la segunda temporada, con una de las escenas más recordadas (y parodiadas) de la historia de la televisión, un disparo a cámara lenta al ritmo de “Hide & Seek” de Imogen HeapMmmwachusay…

LA CAÍDA

Temporadas excesivamente largas: Aquí es donde The O.C. clava el primer clavo en su ataúd. Y lo hace bien pronto. Como hemos dicho, la primera temporada dio comienzo en verano. Fue tal el éxito, que Fox se negó a esperar para continuarla, así que decidió otorgarle una temporada completa que se extendiese durante el resto del año, ascendiendo el número total de episodios a 27. Para cuando la segunda temporada daba comienzo, los espectadores ya mostraban síntomas de agotamiento y desinterés. Se había exprimido tanto la historia, habían pasado tantas cosas, que ya no sabían qué más se podía contar. Las temporadas 2 y 3 transcurrieron a la sombra de la primera, y la serie fue perdiendo espectadores dramáticamente.

Todo lo que sube rápido, baja rápido: Las dos primeras temporadas de The O.C. se convirtieron en el testimonio de un cambio de generación (¡llegan los millennials!), del nacimiento de un nuevo tipo de adolescente (más precoz, narcisista, psicológicamente complejo y propenso a la inestabilidad), con la mártir Marissa Cooper (Mischa Barton) como dudoso pero fascinante modelo de comportamiento. Pero la serie se desarrolló tan rápidamente como sus espectadores. La muerte de uno de los cuatro protagonistas en el último episodio de la tercera temporada marcaba el final de una etapa para muchos. La audiencia desertó en masa, y pocos fueron testigos de la lúcida madurez de The O.C. Su cuarta temporada, y sobre todo su desenlace, cerraba con la mayor dignidad posible un producto demonizado desde hacía ya casi tres años. Sin dejar de lado la autorreflexividad, y todo lo que hacía que la serie fuera única en ese momento de la historia de la televisión, esta pasó a ser otro tipo de drama. Como ocurre a menudo con los mejores amigos, The O.C. y sus fans se iban cada uno por su camino, para dar lugar a lo inevitable: convertirse en adultos y pasar página.