La importancia de Kate Messner y por qué nunca es tarde para descubrir ‘Todo es una mierda’

A principios de 2018, Netflix empezó a promocionar muy tímidamente su nueva serie original ambientada en los 90, Todo es una mierda (Everything Sucks!). Esta llegaba a rebufo del fenómeno Stranger Thingsy lo que muchos pensamos inmediatamente fue “Netflix ya tiene su serie de los 80, ahora quiere hacer lo mismo con los 90”. Pero Todo es una mierda no llegó ni a rozar el nivel de repercusión de Stranger Things. De hecho, Todo es una mierda fue cancelada tras una sola temporada.

Esta comedia generacional creada por Ben York Jones y Michael Mohan también juega la carta de la nostalgia. Utiliza muchos referentes pop de la época, hace avanzar su trama en lugares tan 90s como un concierto de Tori Amos o un videoclub Blockbuster, y las cintas VHS forman una parte importante de la historia. Pero estos elementos son algo más que un gancho. Jones y Mohan los diluyen astutamente en la experiencia más intrínsecamente nostálgica, y a menudo traumática, para todos: la adolescencia. Todo es una mierda transcurre en un instituto de la localidad de Boring, Oregon (que, aunque parezca mentira, es un lugar real) en 1996 (como My Mad Fat Diary) y narra la rivalidad entre los miembros del club de audiovisuales y los del club de teatro. Los primeros, por supuesto son los geeks, mientras que los segundos serían los freaks y, sorprendentemente, también los matones del instituto.

El primer capítulo de Todo es una mierda no es la mejor muestra de lo que más tarde va a ser la serie, a la que parece costarle un poco decidirse por qué tipo de historia quiere contar. Interpretada por actores desconocidos y filmada con estilo naturalista, casi amateur, que contrasta con el uso de numerosos clichés del género y personajes caricaturescos, la serie nos introduce en el universo de los novatos Luke (Jahi Di’Allo Winston), McQuaid (Rio Mangini) y Tyler (Quinn Liebling), tres parias sociales que se sobreviven al instituto en el club de audiovisuales, donde el primero se enamora de la hija del director, Kate, personaje que pronto se convertirá en el punto de vista principal de la serie.

Cuando los geeks destruyen por accidente los decorados de la obra del instituto causando su cancelación, el acoso por parte del club de teatro se vuelve insostenible, hasta que Luke propone una solución: unir los talentos de ambos grupos para realizar una película de ciencia ficción juntos. Esta colaboración desata nuevas tensiones, pero también sirve para que ambos grupos se conozcan mejor y desarrollen lo más parecido posible a una amistad, y también para que todos ellos se replanteen sus identidades y exploren quiénes quieren ser en realidad, en la más pura tradición de El club de los cinco.

Pero Todo es una mierda no es solo la crónica del choque de dos clases sociales durante la difícil etapa de la secundaria, sino también, y sobre todo, la historia de una adolescente descubriéndose a sí misma y su sexualidad en una década en la que Internet aun no estaba consolidado como fuente principal de información y comunicación. A lo largo de sus 10 episodios, la serie nos muestra cómo Kate (Peyton Kennedy evocando a una joven Jodie Foster y a su protegida Kristen Stewart) empieza a cuestionarse su identidad sexual, mientras desarrolla un cuelgue por la reina del drama club y su bully, Emaline (Sydney Sweeney), y a la vez empieza a salir con Mike para cubrir su secreto. Y esto es justamente lo que la distancia de la mayoría de historias de instituto a pesar de adherirse tanto a sus tópicos.

Incluso ahora, que tenemos personajes LGBTQ en casi todas las series teen y que acabamos de asistir a al hito cinematográfico de Con amor, Simon, la primera película adolescente mainstream con protagonista gay, es raro encontrarse una historia coming-of-age coming-out que se centre en una chica lesbiana. Por eso Todo es una mierda y la representación que ofrece era, y es, tan necesaria, porque aunque tengamos motivos para celebrar los pequeños (grandes) avances que estamos dando en este ámbito, las historias que gozan de más repercusión casi siempre están protagonizadas por varones gays.

La importancia de un personaje como Kate Messner no se puede pasar por alto, a pesar de que no se haya terminado de contar su historia. Si Todo es una mierda hubiera tenido mayor calado y hubiera durado lo suficiente como para ver a la protagonista compartir su verdad con el mundo, ahora mismo estaríamos hablando de todas las chicas jóvenes que han aceptado su sexualidad gracias a ella, de la misma manera que Simon Spier ha inspirado a muchos jóvenes a salir del armario. Por eso es especialmente doloroso que Netflix cancelara la serie, porque privó a todas esas chicas de ver evolucionar a Kate y, con su crecimiento, del imprescindible mensaje de aceptación que seguramente nos tenía preparado.

Eso sí, dejando a un lado lo que pudo haber sido y centrándonos en lo que ha podido ser, Todo es una mierda forma un relato lo suficientemente íntegro y cerrado como para que merezca la pena adentrarse en él, aunque sepamos que va a durar poco. Solo un par de cliffhangers rompen la ilusión de haber asistido a una historia completa. Por lo demás, su primera y única temporada se sostiene bien por sí sola y acaba siendo preciosa, sumándose a las grandes series teen de una sola temporada Freaks and Geeks (de la que es heredera directa) y My So-Called Life, tan efímeras e inolvidables como la propia adolescencia.

Pese a no tener el arranque más alentador, Todo es una mierda no tarda en dar razones para cogerle cariño. Es una serie profundamente entrañable, tierna y divertida, con personajes memorables, buenas interpretaciones (en especial las de Kennedy y Winston, ambos excelentes) y un punto melancólico muy acertado a la hora de retratar la adolescencia. Habla con tacto de la amistad, la familia y el aprendizaje, con todo el dolor, la decepción, los pequeños actos de rebeldía y también la ilusión que conlleva el proceso. Por eso recomiendo darle una oportunidad a pesar de la cancelación, en especial a aquellos (y sobre todo aquellas) que vivieron su adolescencia y, por tanto su despertar sexual, en los 90, ya que se sentirán especialmente identificados con ella. Quizá así, con el tiempo acabe ocupando el lugar que merece en el panteón de las series de culto.

‘Lady Bird’ y ‘El hilo invisible’: De lo mejor del año (Reseña Edición Limitada)

Como cada año, la pasada edición de los Oscar nos dejó grandes películas para la posteridad, entre ellas, Lady Bird, de Greta Gerwig, y El hilo invisible (Phantom Thread), de Paul Thomas Anderson, dos de los films con más nominaciones y dos de mis películas favoritas estrenadas en España en 2018. Ambos títulos ven la luz en formato físico de la mano de Universal Pictures, que las pone a la venta en ediciones sencillas en Blu-ray y DVD, más dos ediciones limitadas con libreto disponibles en exclusiva a través de fnac. Aprovecho este lanzamiento para hablar de estas dos maravillas del cine de autor reciente.

Lady Bird, de Greta Gerwig

Lady Bird es la opera prima como directora (o “realizadora”, como ella prefiere) de Greta Gerwig, conocida entre otras cosas por sus papeles en las recomendables Frances Ha, Mistress America Mujeres del siglo XX y su laureado trabajo como guionista en las dos primeras. Con su primera película, Gerwig regresa a su Sacramento natal para presentarnos una historia que bien podría servir como precuela de Frances Ha.

Protagonizada por la jovencísima tres veces nominada al Oscar (una de ellas por esta película) Saoirse RonanLady Bird es un precioso ejercicio nostálgico y semi-autobográfico en el que Gerwig ha depositado todo su corazón y talento. El film se suma a la tradición del mejor cine coming-of-age para contarnos la historia de una joven testaruda y rebelde con inclinaciones artísticas y don para el drama que se enfrenta a la recta final en el instituto en el año 2002, tras lo cual cumplirá su deseo de atrás su pueblo de una vez por todas.

Con grandes dosis de melancolíaexcelentes diálogos (“Muchas cosas pueden ser tristes, no solo la guerra”) y mucho sentido del humorLady Bird retrata con gran acierto la adolescencia y el paso a la vida adulta (concretamente durante la agitada etapa de transición post-11-S), experiencia formadora que todos hemos atravesado, y que hace que sea fácil verse reflejado en las vivencias de Lady Bird, magistralmente interpretada por Ronan.

Lady Bird nos habla de la forja de la identidad propia, de las relaciones entre padres e hijos (más concretamente el lazo materno-filial, que aprieta el personaje de la inconmensurable Laurie Metcalf) y el amor incondicional de la familia, de la amistad, y por último, de nuestro agridulce vínculo con el lugar de donde procedemos, donde crecimos; un sitio que “no podemos ver mientras estamos allí, porque estamos seguros de que la vida está en otra parte” adonde anhelamos marcharnos, pero con el que, tarde o temprano, aprendemos a reconciliarnos. Lady Bird transmite con magia y acierto estas sensaciones tan familiares, y tan esenciales a la experiencia de convertirse en adulto, alzándose como un emotivo retrato generacional y una de las mejores películas recientes sobre la adolescencia.

Sobre la edición limitada

Al igual que anteriores lanzamientos como madre! Call Me by Your Name, que también recibieron el lujoso tratamiento limitado, la edición exclusiva en Blu-ray para fnac de Lady Bird viene presentada en un estuche sencillo con un precioso slipcover de cartón, e incluye un libreto de 36 páginas con notas de producción y una extensísima entrevista a Greta Gerwig.

En el disco, los contenidos adicionales son más bien escasos. Los extras incluyen únicamente un audiocomentario de la realizadora y guionista junto al director de fotografía, Sam Levy, y un making of de 15 minutos titulado “Haciendo realidad Lady Bird, con entrevistas al equipo e imágenes del rodaje. Al menos, esta featurette ofrece una visión bastante completa de la producción, del casting a la interpretación, pasando por el vestuario, la fotografía o la composición de la banda sonora.

El hilo invisible, de Paul Thomas Anderson

Desde que nos arrollase en 1999 con su magnum opus Magnolia, Paul Thomas Anderson no solo no tocó techo pronto, sino que ha seguido creciendo como cineasta, volviéndose cada vez más crudo, sutil y sofisticado en su forma de aproximarse a las historias. Después de dos obras difíciles y profundamente tristes como There Will Be BloodThe Master, seguidas de la inclasificable Puro vicio, Anderson firma su trabajo más accesible en mucho tiempo con El hilo invisible, sin por ello renunciar a su excentricidad y su manera tan particular de narrar.

Daniel Day-Lewis protagoniza este exquisito filme ambientado en el mundo de la alta costura en el Londres de los años 50, donde el controlador y meticuloso diseñador de la Casa Woodcock, Reynolds Woodcock, ve su ordenada y glamurosa vida alterada por la llegada de una visita inesperada: el amor. Alma (una portentosa e infravalorada Vicky Krieps) se introduce en su exclusivo entorno convirtiéndose en su musa y amante, muy a pesar de la protectora hermana del modisto (brillante Lesley Manville), y acaba desarrollando con él un atípico romance que desembocará en una relación tensa y retorcida caracterizada por la manipulación y la lucha de poder.

Con El hilo invisible, Anderson plantea una visión muy idiosincrásica del amor, muy peculiar y con un delicioso toque perverso que resulta sorprendentemente divertido. Todo en la película está cuidado hasta el último detalle, desde las magistrales interpretaciones hasta el último pespunte del impresionante diseño de vestuario (que recibió muy merecidamente un Oscar). Otro trabajo minucioso, inspirado y sublime de Anderson que se suma a una filmografía impecable.

Sobre la edición limitada

La edición limitada de El hilo invisible presenta el mismo diseño que Lady Bird, con una funda de cartón y un libreto de 36 páginas en el interior, solo que en este caso, el estuche es más grueso que el de una funda amaray clásica de Blu-ray. El libreto incluye extensas e interesantes notas de producción, fotos de la película y diseños de los preciosos vestidos que se pueden disfrutar en el film.

En lo que respecta a los contenidos adicionalesEl hilo invisible es más generosa que Lady Bird. Los extras incluyen:

·        Pruebas de cámara: Con comentarios de Paul Thomas Anderson. 8 minutos de imágenes de las pruebas de PTA para elegir las herramientas más adecuadas para hacer la película: lentes, iluminación, maquillaje, papel pintado… Esta featurette, ideal para interesados en el aspecto más técnico del cine, es tan hermosa como la propia película, e incluye una extraña y divertida guerra de comida entre Daniel Day-Lewis y Lesley Manville.

·        Para el chico hambriento: Una colección de escenas eliminadas con música de Jonny Greenwood. En lugar de una lista de escenas eliminadas al uso, se trata de un montaje con imágenes descartadas que se enlazan con escenas, diálogos y voz en off de la película.

·        La Casa Woodcock: Desfile de pasarela narrado por Adam Buxton (aprox. 3 minutos).

·        Entre bastidores: Fotografías de la película de Michael Bauman con versiones de prueba de las partituras de Jonny Greenwood.

Al filo de los diecisiete: Tierra trágame

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“¿Por qué soy tan grotesca? ¿Por qué te gusto? Ni siquiera yo me gusto” -Nadine

Todos hemos sido adolescentes, por eso las películas que abordan esta dificultosa etapa vital a veces nos tocan tan de cerca. Por eso solemos sentirnos tan identificados con personajes de diecitantos aunque rondemos la treintena o la cuarentena. Y por eso, cuando una película de este tipo acierta en su retrato del paso de la adolescencia a la adultez, se hace con todas las papeletas para convertirse en cinta de culto (aunque sea para unos pocos). Es el caso de Al filo de los diecisiete (The Edge of Seventeen), la divertida opera prima de Kelly Fremon Craig que se suma a la cosecha reciente de títulos teen esenciales, a la que también pertenecen Las ventajas de ser un marginado Yo, él y Raquel.

Al filo de los diecisiete es la clásica historia coming-of-age que el cine norteamericano nos ha contado tantas veces. Nadine (Hailee Steinfeld), una adolescente inadaptada y problemática que se define como un “alma vieja”, está atravesando la época más difícil de su vida. Cuatro años después de la muerte de su padre, la chica intenta sobrevivir en el instituto, pero todo le sale mal. Su mejor amiga (Haley Lu Richardson), es decir, su única amiga, empieza a salir con su hermano (Blake Jenner), con el que siempre se ha llevado a matar, su cáustico profesor de historia (Woody Harrelson) no hace más que echar tierra sobre sus preocupaciones, y para empeorar las cosas, le ha mandado por accidente un mensaje muy comprometido (y muy verde) al chico que le gusta. A los diecisiete, cualquier minucia supone el fin del mundo, pero quizá sus problemas no sean tan graves como pensaba. Una serie de infortunios y malas decisiones llevarán a Nadine a ver su situación con más perspectiva y empezar a mirar a los demás con otros ojos.

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En la tradición del cine de John Hughes (referente imprescindible para tantos cineastas modernos y padre del género que no podemos obviar al hablar de este film), Al filo de los diecisiete sobresale dentro de su género porque se toma en serio el doloroso proceso de crecer… pero no demasiado. La directora nos da acceso al mundo interior de Nadine para que lo pasemos mal junto a ella y suframos sus continuas humillaciones y meteduras de pata, pero nunca para convertirla en objeto de burla, siempre tratando al adolescente con entendimiento y compasión, extrayendo comedia libre de condescendencia de lo rara que puede ser la fase del instituto. Esa es una de las cosas que hacen que Al filo de los diecisiete funcione tan bien, cómo equilibra comedia y drama, cómo construye su humor irreverente sobre una base profundamente inteligente y sensible, y por último, cómo afronta la tragedia y el melodrama con gracia y honestidad, sin abusar del almíbar.

Otra cosa que hace que Al filo de los diecisiete esté por encima de la media es su excelente reparto. Hailee Steinfeld (nominada al Oscar por Valor de ley, y al Globo de Oro por este papel) habita la sufrida piel de Nadine para darnos una de sus mejores interpretaciones hasta la fecha. Con ella nos mortificamos, nos desesperamos, nos frustramos, y en última instancia maduramos. La catártica escena en la que Nadine pide perdón a su hermano es el remate perfecto al fantástico recital de emociones que la joven actriz nos vuelve a regalar. Pero Al filo de los diecisiete no es solo la historia de Nadine, también la de una amistad y la de una familia. A este respecto, hay que elogiar al magnífico reparto de secundarios. Woody Harrelson y Kyra Sedgwick construyen personajes adultos que, para variar, no sobran, mientras que el reparto joven brilla con especial intensidad, sobre todo Blake Jenner (que ya destacó en Todos queremos algo) y el divertidísimo Hayden Szeto.

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Al filo de los diecisiete capta la adolescencia a través de una experiencia muy culturalmente específica (las taquillas, las fiestas en casa en ausencia de los padres, los estratos sociales de la secundaria), pero esencialmente universal, ya que Nadine personifica inequívocamente la rabia adolescente, los dolores del crecimiento o la relación con el sexo que todos hemos experimentado durante esta etapa. Con diálogos tan ingeniosos como reveladores, bastante acidezmala leche, pero también oportunas pinceladas de ternura, emotividad y optimismoAl filo de los diecisiete es una buena muestra de lo mucho que puede dar de sí su género, un título sin duda imprescindible para los amantes del buen cine teen.

Al filo de los diecisiete ya está a la venta en DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. La edición incluye los siguientes contenidos adicionales: Escenas eliminadas. Tomas falsas. Tráilers.

Crítica: Amar

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¡Ay amor, que despierta a las piedras! ¡Ay de aquel que no te sienta alrededor! El amor, el sentimiento más puro, placentero y dañino que puede (y debe) experimentar un ser vivo a lo largo de su existencia. ¡Tantas veces nos quitas la pena, como tantas es amargo tu sabor! Amar de Esteban Crespo se acerca a ese sentimiento en una de sus etapas más volubles: la adolescencia. La etapa en que amar es morirse de amor.

En este su debut en largo, el ganador de un Goya y candidato al Oscar a mejor cortometraje de ficción por Aquel era yo, nos muestra la relación amorosa entre Laura y Carlos a lo largo de un año. Puede que esta no sea su primera incursión en terrenos románticos, pero sí que es la primera vez que ambos sienten ese nosequé que vulgarmente denominamos como amor. Un amor absoluto, un sentimiento supremo que no tiene fin… hasta que lo tiene. Pero no adelantemos acontecimientos. Conocemos a estos dos adolescentes en pleno acto sexual, en un preciosista prólogo en el que no todo sale como estaba planeado, pero que nos convierte en cómplices de su relación. A medida que vamos viendo más encuentros (tanto sexuales como no), nos vamos dando cuenta de que algo no va bien y nuestra complicidad se diluye por momentos. La relación entre Laura y Carlos dista de ser tan idílica como ellos piensan, sino que se acerca más bien a terrenos obsesivos. Una persona madura, como somos nosotros como espectadores o la propia madre de Laura (Natalia Tena, 10.000 km, Juego de Tronos), afirmaría que su amor es altamente tóxico y nada recomendable.

Esa obsesión está presente en todos los juegos y diálogos de Laura y Carlos, y hace que nos preguntemos si estos tortolitos son unos flipados o más bien idiotas y ridículos. Por supuesto que lo son, tan idiotas y ridículos como cualquier pareja enamorada, como los mismísimos amantes de Teruel. El espectador que pueda molestarse debe ser lo suficientemente inteligente como para saber retrotraerse a su adolescencia y recordar esa sensación. Esa incomodidad despertada en el público es uno de los grandes triunfos de la película. El realizador retrata a sus dos protagonistas como lo que realmente son: un niño y una niña que comienzan a jugar en la liga adulta. Puede que su analfabetismo emocional les haga cometer errores y sonar ridículos a oídos de un adulto, pero eso es justamente lo buscado, porque Crespo quiere que sus adolescentes hablen como lo que son, no como treintañeros resabiados, que es como suele representarse a este segmento de población. Esa voz encuentra cuerpo a la perfección en sus dos protagonistas, María Pedraza (que pasa de Instagramer a un más que posible premio Goya revelación por este papel) y Pol Monem (Los niños salvajes) que transmiten a la perfección el apollardamiento adolescente de sus personajes.

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La adolescencia al desnudo de Amar es un retrato puro, bello y amargo en el que es difícil no sentirse identificado, con todos sus placeres y cagadas, conmoviendo sin necesidad de recurrir a artificiosos trucos dramáticos en forma de suicidios y demás muertes, tópicos muy habituales en este género. Pero el verdadero triunfo es que la película no se centra únicamente en el amor, sino en el preciso momento en que esa persona deja de ser la luz que brilla en la oscuridad. El momento en que ‘morir de amor’ cambia de significado. Un giro nada complaciente en el que Crespo vuelve a hacer gala de una pulcritud ejemplar, mostrando los hechos tal y como son. Sin tomar partido por ninguno de los dos personajes, dejándonos esa labor a nosotros como espectadores… aunque tampoco somos nadie como para juzgar los actos de estos chicos, ya que como la madre de Laura, seguimos haciendo las mismas cagadas emocionales que cuando éramos más jóvenes.

Amar es amar. Amar es morir de amor, sentir tanto que ya ni sientes el corazón… aprender de los errores y volver a caer en otros diferentes. Hasta hacer callo.

David Lastra

Nota: ★★★★½

Crítica: Cuando tienes 17 años

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“Los que se pelean, se desean”. Verdad absoluta (o idiotez supina) convertida en cántico universal que resonaba, y seguro sigue resonando de vez en cuando, en los patios de los colegios de media España cuando dos zagales la emprendían a vaciles, insultos, empujones y/o guantadas. Una respuesta violenta, más o menos controlada, ante los calentones adolescentes… y es que a los trece, catorce, quince, dieciséis y diecisiete años, no puedes ser formal. André Téchiné (Los juncos salvajes, Alice y Martin) realiza la adaptación cinematográfica de semejante consigna en Cuando tienes 17 años (Quand on a 17 ans). La historia de amor entre Damien y Thomas. Un año de hostias, vergüenzas y algún que otro beso.

Dos familias nucleares que viven en una población del sudeste francés. La primera acomodada, formada por una madre doctora, un padre militar ausente y un hijo buen estudiante, aunque un pelín malcriado. La otra, más modesta, con una madre embarazada y un padre dedicados a las labores del campo y un hijo adoptado, educado en casa y un cafre fuera de ella. El choque entre los dos adolescentes surge tras un cruce de miradas en clase. El uno se pavonea y el otro golpea. La estupidez humana en estado puro. El odio a lo amado, aunque todavía ninguno de los dos sea consciente de su aprecio. Ese aprecio (y ese odio) se disparará cuando, tras una surrealista decisión de la madre de Damien, acaban viviendo bajo el mismo techo.

cuando-tienes-17-anos-poster-espanolTéchiné logra captar de manera acertada la evolución de la relación entre ambos personajes gracias a pequeños gestos, desde lo más ingenuos a los más violentos y físicos. El desarrollo de la película se articula en base a la cotidianeidad del curso escolar en que ambos se descubren. Si bien es verdad que algunas de esas repeticiones lastran el tempo, es en esa normalidad donde Cuando tienes 17 años mejor funciona. El único reproche que se debe hacer es el error del realizador a la hora de gestionar los grandes momentos dramáticos externos a la historia de Damien y Thomas. Ese ansia por interrumpir su historia y ver cómo reaccionan ante las adversidades no es para nada beneficiosa para el desarrollo del film. Bastantes problemas tienen ambos con su aceptación personal… y la del uno al otro.

Pese a no estar a la altura de films coetáneos como La vida de Adèle, Eisenstein en Guanajuato o Laurence Anyways, Cuando tienes 17 años es un buen ejemplo del cine por la visibilidad LGBTQ que se está realizando en estos últimos años… aunque caiga en algún que otro tópico a la hora de representar la homosexualidad de sus protagonistas (como son esos pósters en la habitación de Damien).

David Lastra

Nota: ★★★½

Estrenos 11/12/15: El cuento de los cuentos, Dope y Un paseo por el bosque

El cuento de los cuentos Salma Hayek

El cuento de los cuentos (Il racconto dei raconti, Matteo Garrone)

El cuento de los cuentos llega a la cartelera española después de cosechar excelentes críticas a su paso por el Festival de Cannes. Dirigida por Matteo Garrone (Gomorra), esta exuberante película fantástica está inspirada en los famosos relatos cortos del siglo XVII escritos por Giambattista Basile y contiene tres cuentos de hadas que comparten el mismo universo medieval de reyes, brujas y criaturas monstruosas.

cuento de cuentosEl primer relato, titulado “La reina“, nos narra la historia de la Reina de Longtrellis (Salma Hayek), cuyos deseos de maternidad llevan a su marido a enfrentarse a un monstruo marino que, a su muerte, otorgará la fertilidad a su mujer. En el segundo, “La pulga“, el monarca de Highhills (Toby Jones) vive obsesionado con una pulga gigante que utilizará para engañar a los pretendientes de su hija con la intención de no desposarla y perderla, un plan que saldrá terriblemente mal. Y finalmente, “Las dos ancianas” nos cuenta cómo el Rey de Strongcliff (Vincent Cassel) se enamora de una mujer solo por su voz, sin saber que es su apariencia se corresponde en realidad con la de una anciana decrépita.

En lugar de organizar el metraje por capítulos, Garrone entrelaza las tres historias de El cuento de los cuentos, lo que hace que el ritmo de la película se resienta considerablemente. No todos los fragmentos funcionan por igual, y llega un momento en que las historias pierden el rumbo, poniendo a prueba la paciencia y culminando en un desenlace (o desenlaces) que parece no querer llegar nunca, y que, cuando lo hace, nos deja con la sensación de que todo queda inacabado. Por el lado bueno, Garrone realiza un espléndido trabajo en el apartado estético, homenajeando con acierto el cine italiano de los 70 (la película evoca constantemente a Fellini y Pasolini), caracterizado por la carnalidad desbordante y la opulencia decadente (solo los efectos digitales rompen la ilusión setentera). El director ha orquestado un espectáculo barroco que mezcla con tino lo fabuloso y lo grotesco, recuperando así un arte perdido: los cuentos de hadas para adultos, con bien de carga erótica, sordidez y humor negro.

Valoración: ★★★

Dope still

Dope (Rick Famuyiwa)

Rick Famuyiwa, responsable de películas orientadas al público negro, da el salto al cine independiente “mayoritario” con Dope, una historia que busca un público más variado para hablarle precisamente sobre lo que significa ser negro, concretamente en un barrio de California. La película sigue las aventuras y desventuras de Malcolm (Shameik 68x98 Cartel Cine Dope.inddMoore), un peculiar adolescente obsesionado con el hip-hop de los 90 que toca en una banda de punk-rock y sueña con ir a Harvard. Malcolm es un adolescente superdotado e inadaptado, paria social y víctima de bullying (como Donald Glover, es un “Oreo“, negro por fuera, blanco por dentro) que encuentra refugio en sus dos mejores amigos, Diggy (Kiersey Clemons) y Jib (Tony Revolori), y desea ligarse a su vecina, Nakia (Zoë Kravitz). Para intentarlo, los tres amigos acuden a una fiesta organizada por un camello del barrio, que acaba arrestado tras una redada, no sin antes esconder una remesa de Molly en la mochila de Malcolm. Esto le llevará a vivir una peligrosa odisea en las calles de Los Ángeles cargada de humor, sexo y violencia, de la que obtendrá valiosas lecciones sobre la vida, los negocios y él mismo.

Dope fue todo un éxito de crítica en el Festival de Sundance de 2015, donde también se alzó como una de las favoritas del público. Es fácil imaginar por qué. La película de Famuyiwa sigue la fórmula del cine adolescente americano y narra ese rito de paso que tantas veces hemos visto en la pantalla desde una perspectiva fresca y única (el film ha sido descrito como una mezcla de Pulp FictionGo). La primera mitad de Dope es todo un alarde de energía, color, música y buen humor (los diálogos entre Malcolm, Diggy y Job son geniales), sin embargo, a medida que la trama de la droga se va desarrollando, la película va sumiéndose poco a poco en lo convencional, para acabar descarrilando en su tramo final, donde abusa de topicazos del cine de mafiosos y narcotraficantes, y echa mano de la moralina más barata. El mensaje protesta con el que termina Dope acaba delatando a una película más confusa en sus intenciones de lo que parece. Por suerte, lo que se mantiene consistente de principio a fin es la revelación Shameik Moore. Él es la película y él la saca a flote con su magnífica interpretación.

Valoración: ★★★

Un paseo por el bosque Robert Redford

Un paseo por el bosque (A Walk in the Woods, Ken Kwapis)

Bill Bryson (Robert Redford) es un conocido autor de libros de viaje que, tras vivir dos décadas en Inglaterra, regresa a su New Hampshire natal. Antes de retirarse definitivamente, Bryson decide emprender la (¿última?) gran aventura de su vida, recorrer el sendero de los Apalaches, con sus más de 3.500 kilómetros de longitud. A pesar de las reservas Un paseo por el bosquede su mujer Catherine (Emma Thompson), Bryson se cuelga la mochila a la espalda e inicia su viaje junto a un viejo amigo, Stephen Katz (Nick Nolte), un pillastre en baja forma que lleva toda la vida escabulléndose de sus deudas y es el único de sus conocidos que no considera la idea una locura y accede a acompañarle. Bill y Stephen tienen sus desavenencias en el camino, ya que ambos tienen una manera muy distinta de afrontarlo, pero acabarán confraternizando y estrechando sus lazos ante las adversidades, algún que otro affair y más de un encuentro (humano y animal) indeseado.

Un paseo por el bosque está basada en las memorias del mismo nombre escritas por el verdadero Bill Bryson. Su director, Ken Kwapis, posee una dilatada experiencia como director de comedias televisivas (de ahí quizá que por la peli desfilen actores como Kristen Schaal, Nick Offerman o Mary Steenburgen), algo que salta a la vista durante todo el metraje. Aunque Un paseo por el bosque aborda temas interesantes y trata de realizar alguna reflexión sobre la vida (y de soslayo el amor) en la “tercera edad”, en realidad no es más que una rutinaria y descafeinada sitcom sobre dos amigos de avanzada edad cuyos caracteres opuestos (uno serio y disciplinado, el otro caótico y desastrado) chocan para generar situaciones cómicas más bien mediocres. La película de Kwapis es una comedieta de tres al cuarto que no sabe sacar provecho del material que trata (sin ser nada del otro mundo, Alma salvaje exprimía más jugo desde el drama a una situación parecida), y se desinfla progresivamente hasta provocar la mayor de las indiferencias. No ayuda que Robert Redford y Nick Nolte no se esfuercen demasiado y apenas tengan química en pantalla. Un paseo por el bosque puede ser simpática y bienintencionada, pero por encima de todo es una de las películas más olvidables de este año.

Valoración: ★★

Crítica: Yo, él y Raquel (Me and Earl and the Dying Girl)

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He estado a punto de no escribir este texto. Cuando una película me atraviesa la piel como lo ha hecho Me and Earl and the Dying Girl me resulta especialmente difícil verbalizar mis impresiones sobre ella. Pero en realidad, esa no es la razón por la que casi no me siento a escribir sobre la cinta de Alfonso Gomez-Rejon (gran premio del jurado y del público en Sundance). Lo que no quería era hablar de ella “en voz alta”, necesitaba guardármela para mí solo. Ya sabéis que cuando os guardáis algo dentro (sea por la razón que sea), si lo decís en voz alta, es cuando se hace realidad y debéis asumirlo de verdad. Pensé en dejarlo ahí y no tocarlo, pero al final decidí que guardarme Me and Earl and the Dying Girl para mí solo era un acto tremendamente egoísta (el film ya cuenta con un considerable culto y ha sido visto por mucha gente gracias a San Torrent, lo de “para mí solo” es una licencia dramática). Esta es una de esas películas que se viven en primera persona, con las que se desarrolla un poderoso vínculo personal e individual, pero que en última instancia merece, es más debe ser compartida.

Para empezar, quitémonos de en medio el tema en el que todos estáis pensando. El título en español: Yo, él y Raquel. Sí, es feo, españoliza un nombre para luego conservarlo en inglés en la película (al más puro estilo Eduardo Manostijeras), pero sobre todo anula el sentido del humor negro y la inocente poesía adolescente que conlleva el original (y que caracteriza al film). Ahora bien, paraos un minuto a pensar en las posibilidades… ¿Veis? Démosle un respiro al departamento de PR y márketing de la distribuidora, porque no, esto no es un caso análogo al de Soñando, soñando, triunfé patinando. Se trata de un título prácticamente imposible de traducir al castellano sin que se produzca un considerable lost in translation. Alegraos de que no se haya titulado Deseando vivir La amiga de mi mejor amigo.

Y dicho esto, hablemos de la película. Me and Earl and the Dying Girl (basada en la novela homónima de Jesse Andrews) está narrada en primera persona por Greg (Thomas Mann), un adolescente muy particular (claro) que ha encontrado la manera de sobrevivir al instituto sin conflictos: crear vínculos amistosos con todas las “naciones” del universo estudiantil (jocksnerds, góticos, geeks del teatro, porretas, pijas…) y así pasar desapercibido y evitar el drama (para poder escaparse al despacho de su profesor de filosofía, Jon Bernthal, a ver cine a la hora de comer). Greg solo tiene un amigo de verdad (aunque para referirse a él siempre utilizará el calificativo libre de connotación afectiva “compañero de curro”), Earl (RJ Cyler), con el que desde pequeño desarrolla un gusto especial por el cine europeo (influencia del padre de Greg, Nick Offerman) y se dedica a filmar parodias de clásicos del cine (A Sockwork Orange, Anatomy of a BurgerRosemary Baby Carrots por ejemplo). Suena irrealmente cool y pretencioso, ¿verdad? Pues de alguna extraña manera, no lo es. Pero sigamos. La madre de Greg (Connie Britton) obliga a su hijo a visitar a Rachel (Olivia Cooke), compañera del instituto que padece leucemia, iniciativa que entusiasma a la madre de Rachel (Molly Shannon como versión agridulce de Amy Poehler en Mean Girls). A Greg y Rachel les horroriza la idea de tener que pasar tiempo juntos en esas circunstancias, pero entre visitas a regañadientes, sesiones cinéfilas y a base de humor auto-crítico, auto-destructivo y auto-todo, no tardará en florecer una amistad, en la que con el tiempo Earl también acabará entrando. La película parece discurrir por los derroteros de siempre, pero Greg nos tranquiliza diciéndonos desde bien pronto que ni esta es una historia de amor ni Rachel morirá al final. Un detalle por su parte.

Me and Earl

Me and Earl and the Dying Girl puede adscribirse sin lugar a dudas la categoría de “cine teen de culto” a la que también pertenecen Las ventajas de ser un marginadoBajo la misma estrella (con la que será comparada por lo obvio), e incluso Donnie Darko (el rol de guía que ejerce el personaje de Jon Bernthal es parecido al de Drew Barrymore en la cinta de Richard Kelly). Sin embargo, la película de Gomez-Rejon posee una cualidad más real y ofrece una percepción algo menos romántica e idealizada de dicha etapa vital. Me and Earl… es una película de adolescentes perspicaces, cultos y elocuentes, pero nada en ella parece forzado, nada en sus personajes parece falso (Earl es un soplo de aire fresco en este tipo de cine), por el contrario, esta rebosa sinceridad de principio a fin (hasta engañando es honesta). Gomez-Rejon aborda la enfermedad de Rachel con la seriedad pertinente, pero evitando que esta ahogue el tono de la historia y esquivando en todo momento la pornografía emocional. Me and Earl golpea directamente las emociones porque no parece que este sea su objetivo principal. La comedia domina el relato, pero está siempre empapada de una tristeza extrañamente alegre y deja paso al drama cuando debe hacerlo (al fin y al cabo “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”), sin perder de vista en ningún momento lo que define a estos personajes (por los que el director siente fascinación genuina), y celebrando la creatividad y la energía adolescente hasta el final.

El desenlace de Me and Earl contiene la que es sin duda una de las escenas más intensas, conmovedoras y desarmantes que vamos a ver en mucho tiempo (cuando veáis/si habéis visto la película, sabréis a cuál me refiero). Una catarsis aplastante (acentuada por la increíble banda sonora de Brian Eno y Nico Muhly) que da pie a un precioso y revelador epílogo con el que el film sella su destino: Me and Earl and the Dying Girl es una obra de ficción a la que querremos regresar de vez en cuando para abarcar su significado al completo, que necesitaremos recomendar, poner a nuestro “compañero de curro” y verla por primera vez a través de sus ojos. Greg quiere compartir su experiencia con todos nosotros, y (yo ya he asumido que) es nuestro deber hacerla llegar al mayor número de personas posible. No cabe duda, esta historia “se seguirá desplegando ante nosotros siempre que le prestemos atención”.

Por favor, prestadle atención.

Valoración: ★★★★½

Crítica: La cabeza alta

LA TÊTE HAUTE  de Emmanielle Bercot LES FILMS DU KIOSQUE

Si creíais que el Steve O’Connor de Mommy o los chavales de Short Term 12 eran adolescentes problemáticos, esperad a conocer a Malony FerrandotLa cabeza alta (La tête haute) tiene mucho en común con esas dos joyas del cine reciente, de ahí la comparación por proximidad en el tiempo, pero el film de Emmanuelle Bercot (El viaje de Bettie) entronca en realidad con la mayor parte del cine social europeo que toca el tema del sistema educativo y los jóvenes inadaptados, un subgénero que suele buscar el origen y posibles soluciones pragmáticas -sin hallar nunca nada definitivo- a una cuestión muy delicada.

Malony lleva desde los 6 años visitando el despacho de la jueza de menores Florence Blaque (Catherine Deneuve), para rendir cuenta de su comportamiento delictivo (el adolescente se especializa concretamente en el robo de coches y la circulación temeraria sin permiso). Ya que su madre no pone de su parte para rectificar la trayectoria de su hijo (a pesar de que existe el amor y el instinto de protección entre ellos), son las leyes y los educadores sociales los responsables de llevar a Malony por el buen camino, una tarea particularmente complicada debido al temperamento inestable y los episodios nerviosos de violencia que experimenta. Malony es una bomba que estalla con apenas rozarla, afectando a todos a su alrededor, familia y profesionales a su cargo. En uno de los reformatorios por los que pasa, Malony conoce a una chica que podría ser la razón que necesitaba para intentar cambiar.

En lugar de construir su película como un melodrama de superación al uso, Bercot la mantiene anclada a la realidad en su mayor parte, evitando aspavientos sentimentales y dejando claro que la esperanza de cambio para estos niños existe, pero no es tan fácil de alcanzar como suele pintarlo la ficción. La cabeza alta puede llegar a resultar una experiencia enervante y agotadora, al ver cómo su protagonista cae una y otra vez en los mismos errores y no parece tener voluntad de mejorar su conducta. Es lo más parecido a ver a alguien cercano atravesando un problema psicológico o una enfermedad y no poder hacer nada por él, porque ese alguien se resiste a cooperar sin importar la destrucción que se está provocando a sí mismo y a los demás. Ese sentimiento de frustración que a muchos resultará tristemente familiar es justo el que Bercot quiere transmitir con su película, un ejercicio de resistencia física y emocional en el que Malony araña la piel del espectador, que no tiene más remedio que ponerse en la situación de aquellos que le intentan ayudar.

LA TÊTE HAUTE  de Emmanielle Bercot LES FILMS DU KIOSQUE

La cabeza alta inauguró el pasado Festival de Cannes provocando indiferencia generalizada. Es cierto que la cinta de Bercot tiene cierto aire a vídeo institucional o capítulo ficcionalizado de Hermano mayor, pero bajo su apariencia de drama social convencional se esconde un relato comprometido y calibrado sobre la desesperación que aborda con respeto e imparcialidad todos los frentes del problema (los adolescentes, la familia, las autoridades legislativas y los educadores); una historia cruda y difícil que, a pesar de lidiar con las leyes de regulación de la responsabilidad penal de menores concretas al estado francés, resuena de manera universal para obligarnos a reflexionar sobre su funcionamiento.

Por último, es en el apartado interpretativo donde La cabeza alta sobresale de forma incontestable. Bercot dirige con tenacidad a un magnífico elenco de actores del que destacan Sara Forestier (descubierta en aquella joya que fue La escurridiza, o cómo esquivar el amor) y Benoît Magimel, que da vida al “hermano mayor” de Malony. Pero el pilar esencial que sostiene en pie La cabeza alta es la relación que se establece entre el protagonista y Florence, una preciosa dinámica que Bercot no necesita prostituir para conmover. La sola mención de Catherine Deneuve lleva implícito el elogio a la actriz, pero es necesario destacar cómo su interpretación adquiere mayor profundidad en presencia de esa fuerza de la naturaleza que ha resultado ser Rod Paradot. En una brevísima pero elocuente escena, Malony está acostado en su cama oliendo un pañuelo que le ha robado a la jueza. Con este hermoso gesto de deferencia casi onanista, Bercot sintetiza la compleja relación entre los protagonistas a la vez que reivindica (aunque no haga falta) el eterno magnetismo escénico de la Deneuve.

Valoración: ★★★★

My Mad Fat Diary: Gracias, Rae Earl

Rae Earl

Antes de animarme a ver la primera temporada de My Mad Fat Diary, tenía una idea preconcebida de la serie que no coincidía con la realidad, basada en lo que había visto descontextualizado en Internet, concretamente en forma de gif en Tumblr (que es otra forma, ya asentada, de experimentar el cine y la televisión). En mi cabeza, My Mad Fat Diary era una comedia gamberra y corrosiva que parodiaba el mundo de los adolescentes y sus neuras. Qué sorpresa me llevé al ver los primeros episodios (allá por el lejano 2013) y comprobar que estaba muy equivocado. My Mad Fat Diary era un drama como la copa de un pino (con grandes dosis de comedia, eso sí). Pero no solo eso, sino una obra de ficción admirable que desempeñaba una labor social muy valiosa, una serie que, lejos de reírse del adolescente, se tomaba en serio sus problemas y le extendía una mano. Como he dicho muchas veces a lo largo de su andadura televisiva, la historia de Rachel Earl debería enseñarse en las escuelas, para que todos aquellos adolescentes que se encuentren en situaciones parecidas sepan que no están solos.

My Mad Fat Diary ha durado tan solo tres temporadas, y la última ha contado únicamente con tres episodios (frente a los seis y siete que tuvieron respectivamente las dos primeras). Es tremendamente fácil, es más, es completamente inevitable encariñarse con Rae y toda su pandilla (“the gang”, como dice ella siempre llena de orgullo y felicidad), Chloe, Archie, Chop, Izzy, Finn, y Danny. En tres cortos años, estos personajes han pasado de ser simples compañeros (a los que al principio mirábamos con recelo sobreprotegiendo a la protagonista) a pilares indispensables en su vida, verdaderos amigos incondicionales, y en definitiva, la (utópica) pandilla con la que todos soñábamos a su edad. Por eso cuesta decir adiós y aceptar que todo se acabe tan pronto. Pero es que precisamente de eso se trata, se supone que dejar algo así atrás tiene que ser difícil, tiene que doler, y posponerlo sería contranatura. My Mad Fat Diary es una serie sobre la adolescencia, y por tanto debe tocar a su fin cuando sus personajes dejan el instituto, es decir, debe ser tan efímera como el mismo periodo vital que retrata.

La última temporada de My Mad Fat Diary ha tenido esa idea como leitmotiv, aceptar que se acaba una etapa importante y pensar en lo que nos depara el futuro a partir de ahí. Asumir que a esa edad todo el mundo termina marchándose -si todo sale bien, tú el primero- y que en muchos casos, esto es necesario para seguir creciendo. En los últimos capítulos de la serie, Rae descubre que su enfermedad y los problemas que esta acarrean han sido una carga enorme para sus amigos y familiares, y que ella es la única que puede liberarlos de tamaña responsabilidad. En “Voodoo” (3×03), la protagonista aprende varias lecciones de golpe y por fin obtiene la sabiduría necesaria de sus experiencias para cerrar este capítulo de su diario y empezar uno nuevo. Pero para ello, primero debe decir adiós a las personas más importantes de su vida, las que se han repartido su dolor: Kester, Chloe, Finn y su madre. Al dejarlos marchar, Rae también obtiene esa libertad, esa independencia que necesita para seguir avanzando.

Voodoo MMFD

La incertidumbre por lo que viene después de los exámenes de acceso a la universidad, el miedo a marcharse a otra ciudad, la insoportable idea de perder el contacto con tus amigos del instituto, quizá para siempre. Todo eso forma parte de la experiencia del adolescente, del rito de paso hacia la adultez que tan fielmente ha plasmado My Mad Fat Diary. Como Claire Fisher en Six Feet Under, Rae descubre que para continuar viviendo a veces hay que marcharse. Pero esto no quiere decir necesariamente dejarlo todo atrás. Rae no solo se enfrenta a sus propios demonios, sino que se los lleva consigo. Se sube al tren y se lleva todos sus errores en la mochila, todo el dolor que ha sufrido, que ha infligido en los demás. Se lleva su enfermedad, y se lleva a todas las personas que la han acompañado y la han ayudado a superarla.

Esta última temporada de My Mad Fat Diary me ha hecho cambiar de opinión sobre aquello de mostrar la serie en los institutos. Estos últimos capítulos han sido para nosotros, para los que ya hemos pasado todo aquello y aun estamos intentando entenderlo (al fin y al cabo, esa incertidumbre que sentíamos a los 18 no se va nunca, solo tiene que compartir espacio con miles de miedos e inseguridades más). Lo ideal es que cada adolescente llegue a las mismas conclusiones que Rae Earl por su cuenta, que nadie le spoilee el final de la adolescencia, porque de una manera u otra lo acabarán descubriendo ellos solos. La historia de Rae Earl ha sido emocionante, divertida, dolorosa, frustrante, esperanzadora. La hemos querido arropar, proteger, a veces darle una bofetada bien fuerte. La hemos acompañado en su sufrimiento y hemos aprendido (o recordado) que la angustia y la enfermedad de un adolescente (o de ser adolescente) no es algo que se deba tomar a la ligera. Rae nos ha recordado lo importante que es seguir caminando, pase lo que pase. Que el bagaje puede pesarte y hacer que vayas más lento o te canses, pero es tuyo, solo tuyo, hay que echárselo al hombro, o a los dos, como prefieras llevar la mochila del instituto, y no pararse nunca.

 Gracias, Rae Earl, y buen viaje.