Cementerio de animales: Retorciendo a Stephen King

Stephen King es uno de los autores más leídos y admirados de la literatura contemporánea, y su extensísima obra ha dado lugar a numerosas adaptaciones para el medio audiovisual. Muchas de ellas no han sobrevivido el salto de las páginas a la pantalla, resultando en sonados fracasos artísticos y comerciales que han creado la percepción de que adaptar a King con éxito es mucho más difícil de lo que parece. Sin embargo, últimamente el cine y la televisión parecen haber encontrado la sintonía adecuada para convertir en imágenes las palabras del maestro del suspense. La gran acogida de It marcaba en 2017 un antes y un después, iniciando una nueva etapa de interés renovado en las adaptaciones del célebre escritor de Maine.

Varios fracasos recientes (La niebla, La Torre Oscura) no han impedido que los estudios sigan explotando el inabarcable catálogo de King, que dará lugar a incontables películas y series en los próximos años. Mientras esperamos a reencontrarnos con Pennywise y el Club de los Perdedores en el segundo capítulo de It, llega a los cines la nueva versión de una de sus novelas más populares, Cementerio de animales (Pet Sematary), que ya fue adaptada para la gran pantalla en 1989, con el título en España de Cementerio viviente. Dirigida por el tándem formado por Dennis Widmyer y Kevin Kölsch (Starry Eyes) y escrita por ellos junto a Jeff Buhler (Nightflyers), la nueva adaptación se distancia del material original, efectuando cambios sustanciales a la historia, en especial durante su tramo final.

Para los que no estén familiarizados con ella o no hayan visto la película de los 80, Cementerio de animales narra la historia de Louis Creed (Jason Clarke), un exitoso doctor de Boston que decide alejarse de la estresante vida en la ciudad mudándose junto a su mujer, Rachel (Amy Seimetz), y sus dos hijos pequeños a una casa en lo más profundo de Maine. Al poco de instalarse, la familia descubre gracias a su anciano vecino, Jud Crandall (John Lithgow), que cerca de su nueva residencia se oculta un misterioso cementerio de mascotas con el poder de devolver a vida a los muertos que son enterrados allí. Tras la muerte de Church, el gato de la familia, Louis y Jud traen de vuelta a la vida al felino, que empieza a comportarse de manera extraña y muy agresiva. Pero cuando una tragedia mucho mayor golpea a los Creed, el padre de familia volverá a recurrir al siniestro poder del cementerio, desatando una fuerza maléfica que los sumerge en una horrible pesadilla sin salida.

Cementerio de animales traslada con éxito el espíritu de King a la pantalla, pero como decía antes, le insufla nueva vida (o muerte) al relato a base de cambios y omisiones que, si bien pueden resultar polémicas para los más puristas, contribuyen a justificar el remake y desembocan en un nuevo final que de ningún modo traiciona la visión del autor. Widmyer y Kölsch no destacan por su pericia técnica o su creatividad, lo que da lugar a una película más bien plana en lo estético y visual (que además sale algo perjudicada por unos dudosos efectos especiales), pero lo compensan con un excelente manejo del suspense y una tensión que va en aumento hasta estallar en su escalofriante recta final.

También hay que destacar la imaginería macabra, especialmente perturbadora durante los flashbacks que ahondan en el pasado de Rachel, y la violencia, que no es tan abundante como en It, pero nos depara un par de momentos para taparse los ojos, incluida una traicionera y muy gráfica reproducción del icónico plano del tajo al talón de Jud, una imagen que nos ha perseguido a muchos desde que la vimos de pequeños en los 80.

Por otro lado, Widmyer y Kölsch entienden que la historia de King no es solo un pretexto para asustar al espectador (cosa que el film consigue con creces), sino que el de Maine nos quiso hablar de algo más profundo con ella: nuestra obsesión por saber si hay algo después de la muerte y cómo esto refleja la dificultad para procesar la pérdida, tan intrínseca a la experiencia humana. Con esto en mente, los realizadores llevan a cabo una cinta de miedo tan sencilla como eficaz, que tiene el mérito de hallar el equilibrio entre el terror y el drama familiar, y que consigue que ambos aspectos del film se fortalezcan mutuamente en lugar de anularse.

Con un tratamiento narrativo clásico pero no excesivamente nostálgico, una atmósfera consistentemente inquietante, un sentido del humor perverso (tanto que puede parecer involuntario) y notables interpretaciones por parte de todo el reparto (con mención especial a Jason Clarke y a la niña, Jeté Laurence), Cementerio de animales supera la difícil prueba de adaptar a King. No pasará a la historia del cine, pero es una película de terror sólida y el susto no nos lo quita nadie.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Alita – Ángel de combate: Una maravilla visual que se queda a medias

El visionario cineasta James Cameron lleva años ocupado en las secuelas de Avatar que parecen no llegar nunca. Entretanto, el director de Titanic también dedica su tiempo al documental y a producir otras películas, como las últimas (y fallidas) entregas de la saga Terminator. El trabajo más reciente que llega avalado por su nombre es Alita: Ángel de combate, adaptación del popular manga GUNNMde Yukito Kishiro, que dirige Robert Rodríguez (Spy KidsPlanet Terror), con quien Cameron también escribe el guion, junto a Laeta Kalogridis (Shutter Island).

Alita: Ángel de combate es la producción de mayor envergadura que Rodríguez ha dirigido hasta la fecha, un carísimo y lustroso espectáculo al servicio de una historia de ciencia ficción clásica. La película nos traslada varios siglos en el futuro, concretamente hasta 2563. La humanidad sobrevive en un entorno post-apocalíptico tras los devastadores efectos de la catastrófica guerra conocida como La Caída. Buscando entre la chatarra que se acumula alrededor de Iron City, situada bajo Zalem, la única ciudad aérea que sigue en el cielo, el Dr. Dyson Ido (Christoph Waltz), cirujano especialista en híbridos de humano y robot, encuentra el cuerpo destrozado de una cyborg, a la que restaura y nombra como a su hija fallecida, Alita. Al despertar, la chica no recuerda nada de su vida pasada, pero a medida que se enfrenta a diversos peligros, los recuerdos empezarán a aflorar, descubriendo que sus impresionantes habilidades esconden un secreto muy importante. Es por ello que un malvado empresario de Zalem, Vector (Mahershala Ali), y la ex mujer de Ido, Chiren (Jennifer Connelly), harán lo posible por acabar con ella.

Alita: Ángel de batalla es sin lugar a dudas una de las superproducciones de Hollywood más ambiciosas del cine reciente. Salta a la vista que Cameron está detrás del proyecto, ya que se puede detectar su impronta visionaria en cada uno de sus planos. El despliegue técnico de la película es impresionante, desde la detallada creación de un universo propio con una mitología compleja e intrincada (incluido un deporte propio a lo Quidditch, el Motorball), hasta el cuidado apartado visual y su irresistible ambientación cyberpunk. Pero el mayor logro de Alita es su protagonista, creación digital que recoge los últimos avances en el terreno de la captura del movimiento, dando resultados absolutamente increíbles. Gracias a su aspecto hiperrealista, un movimiento físico sorprendentemente natural y una integración impecable con su entorno y los actores de carne y hueso, Alita (tras la que se encuentra la interpretación de Rosa SalazarEl corredor del laberinto) es sencillamente una de las creaciones digitales más alucinantes de la historia del cine, con una expresividad facial y corporal que no deja de asombrar.

Viendo Alita es inevitable recordar otros títulos sci-fi con los que guarda muchas similitudes, como Ghost in the ShellA.I. Inteligencia ArtificialBlade Runner, Astroboy o la Metrópolis de RintaroComo todos ellos, la de Rodríguez levanta una sociedad futura que se rige por normas propias (a menudo reflejo de nuestra propia sociedad actual) y trazan un entramado de especies, clases sociales y ocupaciones lleno de posibilidades discursivas. La primera hora y media de la película sirve para establecer las reglas de este universo, mientras nos da a conocer a Alita, caracterizada como una adolescente inocente, curiosa y bondadosa que está descubriendo el mundo y a sí misma. Uno de los mayores aciertos de la película es enfocar su trama principal hacia el relato coming-of-age, lo que añade humanidad a un género que en muchas ocasiones carece de ella.

Sin embargo, Alita acaba descartando la reflexión filosófica y moral de otras historias similares en favor del entretenimiento y el espectáculo más puro, ofreciendo grandes dosis de acción vistosa y trepidante, y un argumento que, a pesar de rebosar emotividad, prefiere quedarse en la superficie de las (interesantes) cuestiones morales que plantea. Esto responde quizá a su naturaleza de preámbulo, de primer capítulo de una historia que promete desarrollarse mejor más adelante, algo que juega indudablemente en su contra sobre todo durante su último acto, en el que la expectación por algo que se promete durante toda la película (la visita a la ciudad aérea Zalem) desemboca en un final anticlimático y un cliffhanger que deja la película literalmente inacabada, incompleta.

Aunque Alita cumple perfectamente como cine escapista y espectáculo de acción, con set pieces y combates extraordinarios, acaba hundiéndose conforme avanza, lastrada por la necesidad constante de explicar su funcionamiento y un evidente exceso de subtramas, que no hacen sino retrasar algo que no llega nunca. Tampoco ayudan sus diálogos, más bien torpes y sobreexplicativos, y una trama romántica adolescente que roza el crepusculismo y nos deja algunas escenas con las que es difícil no sonrojarse. Por todo esto, Alita: Ángel de combate acaba desaprovechando una oportunidad magnífica en un producto tan visualmente prodigioso como narrativamente irregular.

Pedro J. García

Nota: ★★★

 

Crítica: Un pliegue en el tiempo

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El clásico literario infantil de los 60 Una arruga en el tiempo (A Wrinkle in Time) tiene reputación de ser imposible de filmar, como ya demostró la TV movie canadiense de 2003 que nadie recuerda. Pero Disney ha decidido volver a intentarlo, haciendo un hueco entre sus mil y un remakes live-action y universos compartidos de Marvel y Star Wars para ofrecer algo que, si bien no es exactamente original, sí es distinto a lo que copa su calendario estos años. El estudio asignó a la prestigiosa Ava DuVernay (Selma13th) la difícil tarea de transformar en imágenes las páginas escritas por Madeleine L’Engle, convirtiéndose así en la primera mujer negra que dirige una superproducción de más de 100 millones de dólares de presupuesto. Sin embargo, el resultado corrobora la idea con la que abre este párrafo.

Meg Murray (Storm Reid) es una adolescente hija de dos prestigiosos físicos que tiene problemas de autoestima y no cree en sí misma, a pesar de ser muy inteligente y poseer un talento extraordinario. Cuando su padre (Chris Pine) desaparece en misteriosas circunstancias, dejando rota a Meg, su hermano, el también superdotado Charles Wallace (Deric McCabe), y su madre (Gugu Mbatha-Raw), tres guías celestiales, la Sra. Cuál (Oprah Winfrey), la Sra. Qué (Reese Witherspoon) y la Sra. Quién (Mindy Kaling), viajan a la Tierra para ayudarla a encontrarlo. Junto a Charles Wallace y su amigo Calvin (Levi Miller), Meg se embarca en una aventura a través del universo, en la que visitarán mundos más allá de su imaginación y se enfrentarán a la poderosa fuerza del mal conocida como ELLO, que amenaza con cubrir el universo de tristeza y oscuridad.

Ante todo, hay que aclarar que Un pliegue en el tiempo está orientada, casi de manera exclusiva, a los niños, concretamente a los de edades comprendidas entre los 8 y los 12 años, tal y como su directora ha expresado. La película, que bebe claramente de clásicos como El mago de OzAlicia en el País de las Maravillas, puede funcionar como distracción escapista para los pequeños gracias a su indudable energía y su despliegue de color e imaginación. Pero más allá de desempeñar esa función, simplemente no se tiene en pie. Un pliegue en el tiempo es un caos absoluto, repleto de ideas sin sentido y decisiones creativas y narrativas difícilmente justificables. Muchas provienen sin duda de un material de referencia en el que la lógica no abunda, otras se pueden achacar a un guion sin pies ni cabeza, un montaje ineficiente, ausencia de ritmo y estructura, un deslavazado tratamiento de lo visual y una realización muy confusa por parte de DuVernay, que salta entre estilos y tonos sin cohesión y abusa inexplicablemente de la cámara en mano.

En el apartado interpretativo, la película sale mejor parada. Dejando a un lado lo chocante (y lógico por otra parte) que resulta ver a Oprah como ser celestial supremo, las tres guías de Meg acaban pasando a segundo plano, a pesar de haber recibido mayor énfasis en la campaña promocional. Y quizá sea mejor así, porque están ahí solo como reclamo y tampoco es que brillen precisamente. Del reparto adulto, son Pine y Mbatha-Raw quienes ofrecen las mejores interpretaciones, pero al final, los que levantan la película son los pequeños, como debe ser, Reid y McCabe, dos jóvenes talentos que superan el reto con creces.

Un pliegue en el tiempo tiene ocasionales destellos de ingenio, desvíos hacia lo oscuro (que la acercan a las fantasías de los 80 como La historia interminable, con la que tiene mucho en común) y momentos extraños y surrealistas (cosas tan psicodélicas como Witherspoon convirtiéndose en una hoja voladora literalmente para nada, escenas absurdas como la de la playa o la desconcertante visita al barrio suburbano) con los que el público más adulto puede disfrutar si no se la toma demasiado en serio. Pero por lo general, falla a la hora de construir un todo coherente y una historia que atrape, lo que hace que la conexión emocional sea más difícil. Salta a la vista que DuVernay está más preocupada de que el mensaje (muy valioso y bienvenido) llegue alto y claro que de hacer una película. Por eso machaca a la audiencia con las ideas que articulan la historia, “Sé una guerrera”, “Cree en ti misma”, el poder del amor… Lecciones subrayadas por el insistente score de Ramin Djawadi y una selección de canciones que interrumpen la acción de la forma más artificial y postiza (no recuerdo un peor uso de la música en una película reciente).

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Por todo esto, Un pliegue en el tiempo parece más una TV movie de Disney Channel que una gran superproducción cinematográfica. EL empachoso CGI y el extravagante vestuario diseñado por Paco Delgado deberían reflejar el dinero que se ha invertido, pero no lo hacen, y el star power de Winfrey, Witherspoon o Pine se diluye en una propuesta que no está a la altura de lo que hoy en día cabe esperar del estudio. Aun con todo, hay que elogiar y agradecer la labor que está llevando a cabo en materia de representación y diversidad (no podemos menoscabar la importancia de tener una producción como esta con una familia multicultural y una niña afroamericana como protagonista), además del mensaje de empoderamiento tan importante que transmite a la audiencia infantil, en especial la femenina (recordemos, el público objetivo).

Un pliegue en el tiempo es una película tremendamente inconsistente y fallida, pero sus buenas intenciones, su corazón y la sinceridad que recorre todo el metraje compensa sus muchos defectos. Dejemos que los más pequeños juzguen si ha cumplido su cometido. Si a ellos les gusta, si su mensaje los inspira, todo lo anterior no importa tanto.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Death Note

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Netflix continúa elevando el listón de su producción propia con películas originales cada vez más ambiciosas y claramente diseñadas para hacer la competencia directa a las salas de cines. Después de su polémica visita a Cannes con Okja, la plataforma estrena una película que si nos hubieran dicho hace unos años que estaba en desarrollo, habríamos dado por sentado que era para la gran pantalla, y no para ver directamente en el salón de casa. Se trata de Death Note, adaptación norteamericana de uno de los mangas y animes más populares de todos los tiempos.

El largometraje está dirigido por Adam Wingard, un cineasta que en su corta carrera ya ha demostrado que es capaz de hacer cosas muy interesantes (Tú eres el siguienteThe Guest) y cosas, digamos, menos dignas (Blair Witch). Mi curiosidad hacia Death Note no se enfocaba tanto a la manera en la que se ha adaptado el material, sino a si la película entra en la primera o la segunda categoría del cine de Wingard. Vaya por delante que no he leído el manga en el que se basa Death Note, pero sí he visto el anime, por lo que estoy bastante familiarizado con el fenómeno (y su apasionado fandom). Digo esto para aclarar que esta crítica no está escrita por un fan ofendido por los cambios que se han hecho al original, por la americanización de la historia, porque L sea negro o Kira no se parezca a la versión de carne y hueso del personaje que había idealizado en mi mente. Esas cosas no podían importarme menos. Esta es una crítica de la película como pieza audiovisual, de su rendimiento como producto al margen, en la medida de lo posible, de su referente. Y como tal, Death Note es un despropósito.

Empecemos con el argumento, aunque la mayoría seguramente lo conozcáis de sobra. Basada en el manga de Tsugumi Ohba y Takeshi ObataDeath Note narra la historia de un estudiante de instituto, Light Turner (Nat Wolff), que un día se encuentra con un cuaderno sobrenatural que esconde un inmenso poder. Cuando el dueño del cuaderno escribe el nombre de alguien en sus páginas mientras imagina su rostro, esa persona muere. La aparición del cuaderno conlleva la irrupción en la vida de Light de Ryuk (Willem Dafoe), un shinigami o dios de la muerte que le empuja a explorar las siniestras posibilidades de su nuevo poder. Asqueado por su día a día y decidido a cambiar el mundo, Light acabará con la vida de aquellas personas que cree que deben morir, contando con el apoyo de Mia (Margaret Qualley), la chica de sus sueños, y enfrentándose a la oposición del cuerpo de policía y el misterioso L (Lakeith Stanfield), joven detective que oculta su cara para evitar ser aniquilado por su enemigo.

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Death Note es una adaptación estadounidense, y como tal, traduce la historia original, ambientada en Japón, a la idiosincrasia de su país. Para ello, Wingard la concibe como una película de instituto de fantasía y terror en la tradición del cine de adolescentes norteamericano, con un pie en los clásicos del género, otro en cintas de culto como Donnie Darko y la cabeza en el slasher moderno. Tenemos todo lo que define al cine teen, el inadaptado enamorado de la chica popular, los bullies, la presión social, y un pre-clímax que tiene lugar, cómo no, en el “homecoming dance”. Por supuesto, tampoco falta ese toque ochentero y nostálgico que tanto le gusta al director (y a Netflix), y que se manifiesta en una banda sonora electrónica con fuerte presencia del sintetizador y las ubicuas luces de neón como herramienta indispensable para diseñar el acabado cosmético de la película, como ya hiciera con The GuestEl resultado es un trabajo indudablemente jugoso y atractivo, una película que, nos convenza o no narrativamente, cumple a nivel técnico y visual, aunque esté un peldaño o dos por debajo de muchas de las producciones de Hollywood que llegan a los cines.

Lo que la desmarca principalmente de otros films adolescentes es su calificación Rated-R, de la que se saca partido para manifestar la rabia adolescente en forma de violencia extrema. Las muertes de Death Note son brutalmente gráficas, sobre todo las que tienen lugar en la primera mitad de la película, que se recrean atrevidamente en el gore y parecen llevar un paso más allá la perversidad de la saga Destino final. Pero no nos confundamos, que Death Note sea para mayores de 18 años y no tenga miedo a volverse realmente macabra no quiere decir que sea una película adulta, nada más lejos de la realidad. De hecho, es todo lo contrario.

Death Note

Apropiadamente, Death Note tiene un tufo emo muy de hace una década. Su pareja protagonista se pasea por el instituto lánguidamente, haciendo reflexiones nihilistas de baratillo, mirando con desdén a sus compañeros, a los que definen como “un rebaño de ovejas”, y lo peor de todo, sin apenas atisbo de humor o ironía. La realidad es que Death Note no es tan reivindicativa como cree, y su provocación es infantil y carece de una base sólida (más allá de V de Vendetta, a la que imita como un adolescente impresionable en busca de guía). El simplismo a la hora de acometer un relato tan moralmente complejo indica que no se ha sabido cómo enfocar los dilemas que este plantea, lo cual desemboca en una película que parece estar hecha a medias.

Pero eso no es lo peor de Death Note. Lo peor es que está muy mal contada. Todo va demasiado rápido, no hay apenas contextualización, y mucho menos caracterización de personajes (algunos de estos defectos los comparte con la serie, todo hay que decirlo). Antes de que haya pasado la primera media hora ya se ha desarrollado la trama a escala global de Kira. Apenas hay tiempo para profundizar, quedándose en la superficie en todos los aspectos, una superficie, por cierto, llena de agujeros y absurdos que hacen que la historia haga aguas por todos lados. Además, los guionistas (tres en total) no saben condensar una mitología enmarañada y una historia con tantas reglas (“¡Hay demasiadas putas reglas!”, y a cada cual más aleatoria) en una hora y cuarenta minutos, lo que hace pensar que quizá habría sido mejor realizarla como serie en lugar de un largometraje.

Y luego está el tema ya mencionado de su reparto, en especial la errática elección de Nat Wolff como Light. El actor simplemente no funciona en el papel, su interpretación es ortopédica, plana y acartonada. Y ya no es que esté haciendo de adolescente pasmado y rarito, es que es imposible empatizar con él. Margaret Qualley (que ya nos enamoró en The LeftoversDos buenos tipos) le saca las castañas del fuego, sobre todo al principio, pero tampoco es suficiente para salvar la película, ya que su química con el protagonista es nula, su relación forzadísima (“Soy una puta animadora, nada importaba hasta que te conocí”, le dice ella a él cerca del final, pero en ningún momento hemos visto o sentido tal cosa) y su personaje es igual de estúpido que el resto del film (una pena, porque es el que más potencial tiene).

Death Note tiene aciertos que la redimen por momentos, sobre todo si no le exigimos demasiado (lo cual es recomendable). Ya hemos mencionado la factura, su mejor cualidad. Otra cosa no, pero Wingard sabe ganarnos creando atmósfera con secuencias iconoclastas y llamativos momentos musicales (consuela saber que no lo hemos perdido del todo). Además, la película cuenta con buenos efectos especiales, entre los que destacan la escena final en la noria (de lo más espectacular que ha hecho Netflix) y la presencia de Ryuk, demonio realizado mediante una fusión de CGI, captura del movimiento y animatronic. Aunque no es una criatura todo lo terrorífica que debería haber sido, el Ryuk de Dafoe (y Jason Lilies, el actor que prestó su cuerpo al personaje), supone una presencia lo suficientemente inquietante como para que uno no deje de mirar a la pantalla.

Eso sí, aunque la película consiga entretener, se acaba yendo al garete por culpa de un guion escuálido y sin pies ni cabeza, un desenlace ridículamente retorcido y confuso, unas interpretaciones muy escasas (o dramáticamente exageradas sin venir a cuento, que no sé qué es peor) y una torpeza inusitada en algunas escenas de acción. Todo ello hace de Death Note un descarrilamiento creativo destinado a enfurecer a los fans del material original y dejar indiferentes (como poco) a los espectadores casuales.

Pedro J. García

Nota: ★★

Crítica: La chica del tren

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La chica del tren (The Girl on the Train) se basa en uno de los fenómenos literarios más destacados de los últimos años, la novela homónima escrita por Paula Hawkins que ha vendido 15 millones de ejemplares en todo el mundo y permaneció 29 semanas en el primer puesto de la lista de bestsellers del New York Times. Su salto al cine estaba garantizado desde el principio (me atrevería a decir que desde que el libro fue concebido) y no ha tardado ni dos años desde que se publicó. La adaptación cinematográfica de la novela que has visto en el metro o el bus veinte veces al día llega de la mano de Tate Taylor, realizador de Criadas y señorasy Erin Cressida, guionista de Secretary. Y lo hace a rebufo de Perdida (Gone Girl), otro fenómeno editorial convertido en película, con la que esta será inevitablemente comparada. E inevitablemente saldrá perdiendo.

Además de ser un thriller psicológico con tintes eróticos en la estela de la novela de Gillian Flynn, La chica del tren es un homenaje a los clásicos del misterio de la literatura y el cine, una historia que bebe clara y directamente de Agatha Christie y Alfred Hitchcock. La película gira en torno a Rachel (Emily Blunt), una mujer devastada por su divorcio que se ha dado al alcohol y se dedica a fantasear sobre la vida de una pareja (la revelación Haley Bennett y Luke Evans como man-candy) a la que observa desde el tren de camino a su trabajo cada mañana (para el cine se cambia la localización de Londres a Nueva York). Esta pareja, aparentemente sumida en una relación tranquila e idílica a las afueras de la ciudad, vive al lado del ex marido de Rachel (Justin Theroux) y la mujer que ha ocupado su lugar (Rebecca Ferguson). Un suceso trágico hará que Rachel se vea implicada en un misterio en el que ella será la principal sospechosa de un crimen que no recuerda haber cometido.

Como decía, La chica del tren recoge algunos de los ingredientes más reconocibles de los maestros del misterio para construir un whodunit con elementos asociables a ellos, tales como la importancia de los trenes (la diferencia es que aquí la trama principal se desarrolla fuera y el vagón es solo un patio de butacas en movimiento), el juego de identidades (las dos mujeres que Rachel observa se parecen físicamente y sus melenas rubias pueden servir para confundirlas) o el voyeurismo (la protagonista observa y anhela la vida de otros a través de un cristal, hasta que se involucra personalmente en ella, como James Stewart en La ventana indiscreta). Todo envuelto en el aura moderna y sofisticada de la película de David Fincher, que nos presenta la (aun novedosa) idea o posibilidad de una mujer psicópata, o de una protagonista femenina que no solo es imperfecta o poco virtuosa, sino que es directamente un desastre.

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No es habitual que nos encontremos en un drama como este (en el fondo un relato acerca de tres mujeres interconectadas) con una protagonista como Rachel, profundamente inestable, alcohólica, apenas consciente durante la mitad de las escenas, tambaleándose y balbuceando mientras los demás (ella la primera) dudan de su credibilidad. Sin embargo, este rompedor aspecto de la historia no es suficiente para rescatarla de la debacle. Blunt es una actriz de enorme talento, y su visceral y desquiciada interpretación es lo que está a punto de salvar la película, pero todo lo que rodea a su personaje es tan ridículo que la tarea de mantenerla a flote se vuelve complicada. Y es que la historia de Hawkins está torpemente construida y resulta rutinaria y enormemente predecible (a pesar de su carácter retorcido), traduciéndose en el cine en una suerte de telefilm de Antena 3 de lujo, la Gone Girl de Hacendado.

Pero por eso mismo, la cinta posee una cualidad redentora: a pesar de sus defectos y de tomarse tan en serio, o precisamente gracias a ello, puede suponer un pasatiempo muy eficaz, algo de lo que cuesta apartar la mirada (lo que le ha ocurrido a millones de personas con el libro). La chica del tren es muchas cosas, pero una de ellas no es aburrida. Es más, estamos ante una película que, inintencionadamente, cruza la frontera de la comedia involuntaria hacia la mamarrachada pura, y se revela como un film idóneo para ver en compañía, un producto con mucho en común con los thrillers sexuales de los 90, y con mimbres para convertirse con el tiempo en una de esas buenas malas películas de fácil revisionado. Si es que no cae pronto en el olvido, como la mayoría de fenómenos surgidos de la noche a la mañana.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: El corredor del laberinto – Las pruebas

THE SCORCH TRIALS

[Esta entrada contiene algún detalle de la trama que puede ser considerado spoiler]

En el mundo de las adaptaciones cinematográficas de novelas juveniles, o te mueves rápido, o caducas. Si no, fijaos en el caso de El corredor del laberinto. El año pasado se estrenó la primera entrega de la saga basada en la trilogía literaria The Maze Runner (ahora tetralogía con la incorporación de una precuela), escrita por James Dashner. La película cosechó el éxito suficiente en taquilla, por lo que el estudio a cargo de ella (20th Century Fox) no perdió el tiempo en anunciar la secuela y ponerse manos a la obra con su producción. En tiempo récord, el mismo director que se ocupó de la primera parte, Wes Ball, ha sacado adelante Las pruebas (The Scorch Trials), que se estrena exactamente un año después que la primera. El impacto de las producciones teen es efímero e imprevisible por naturaleza, además, el público más joven tiende a pasar muy rápidamente de una cosa a otra (el segundo capítulo de Divergente se capuzó en taquilla porque tardó relativamente demasiado en llegar, algo que sin embargo no ha ocurrido con Los juegos del hambre), por eso se entiende que el proceso de conversión en franquicia se haya acelerado en este caso.

Sin embargo, Las pruebas no parece un producto hecho con prisa, sino más bien todo lo contrario. Lo más sorprendente de la película es lo trabajada que está desde el punto de vista técnico, teniendo en cuenta lo poco que han tardado en hacerla. Fox ha tirado la casa por la ventana y se nota, pero de nada serviría un aumento de presupuesto si detrás no hubiera gente capaz de transformarlo en una película estimulante, y aquí hay un equipo muy eficiente que tiene claro lo que hay que hacer para que esto ocurra (otra cosa es que la historia esté a la altura, pero vayamos por pasos). El acabado visual de Las pruebas es excelente, con una fotografía, diseño de producción y efectos digitales de primera. Hay en ella planos verdaderamente hermosos, siluetas recorriendo áridos paisajes postapocalípticos y enormes estructuras de metal que captan a la perfección el espíritu más épico de la continuación. Y no solo eso, el trabajo de cámara de Ball sigue resultando solvente fuera del Laberinto, sabiendo cómo filmar escenas de acción tensas y trepidantes sin sacrificar coherencia.

Efectivamente, la secuela de El corredor del laberinto aumenta considerablemente las dosis de acción y violencia (leve), encadenando set pieces por lo general muy bien ejecutados (destaca la huida de CRUEL que tiene lugar en la primera sección del film o la destrucción de la guarida de Jorge, interpretado por Giancarlo Esposito). De la misma forma, y como mandan los cánones del cine young adultLas pruebas es más oscura e intenta ser más adulta que su predecesora, llegando a asemejarse por momentos a una película de zombies (aquí llamados “Raros”) o pandemias al estilo de Guerra Mundial Z. Pero la saga no solo busca la mayoría de edad en sus escenas de acción y terror (estas últimas no aptas para los más pequeños), sino que también incorpora motivos de sexo y drogas, especialmente durante una secuencia alucinógena en un burdel donde el protagonista, Thomas (nuestro querido Muppet de carne y hueso Dylan O’Brien), se convierte en la Sarah de Dentro del Laberinto mientras intenta escapar del sueño lisérgico en el que está atrapado (pasaje en el que nos encontramos a un bizarrísimo Alan Tudyk por cierto). Aun así, nada que deba preocupar a los padres que dejan solos a sus niños en el cine.

THE SCORCH TRIALS

Por lo demás, Las pruebas sigue al pie de la letra los patrones impuestos por Los juegos del hambreDivergente. El año pasado, El corredor del laberinto se distanciaba ligeramente de dichas sagas gracias a que jugaba con otros elementos, siendo ideada más bien como un ejercicio de misterio, un puzle que nos recordaba a cosas como Cube o la serie Perdidos. No obstante, la salida de Thomas y sus Niños Perdidos del Laberinto hacia el mundo exterior, la Quemadura, ha conllevado la homogeneización de la saga, que con su segunda parte ya apenas muestra diferencias con las franquicias mencionadas. Eliminado el Laberinto de la ecuación la cosa pierde gracia, y lo que nos queda es la enésima aventura distópica en la que un “elegido” y su grupo de jóvenes aliados oponen resistencia a un totalitario ente gobernante y luchan por sobrevivir -superando fases como en un videojuego– mientras se gesta una revolución. La idea es la misma de siempre, la juventud como única esperanza de futuro (aquí se convierten literalmente en la cura de la humanidad), pero aunque siga siendo pertinente, Las pruebas no consigue hacerla interesante; sobre todo porque opta por el camino fácil y apenas se molesta en desarrollar a sus más bien planos personajes tal y como la historia requiere (algo que pasa factura cuando los giros importantes no parecen lo suficientemente justificados).

El corredor del laberinto nos presentaba un enigmático universo construido y contenido por unas reglas que se destruían al final. Las pruebas construye una mitología mucho más amplia y abierta a partir de las piezas que quedaron de esa primera parte, abandonando a sus protagonistas a su suerte en un escenario más grande, hostil e impredecible, donde se topan con mil y un nuevos personajes en cada parada de la odisea en la que se han embarcado (como ocurre en toda fantasía itinerante clásica). Esto resulta ocasionalmente emocionante (sobre todo durante su primera mitad y cuando entra en escena Brenda –Rosa Salazar), pero la narración episódica se acaba resintiendo por culpa del excesivo metraje (131 minutos), y la recta final de la película pone de manifiesto la falta de originalidad y profundidad del nuevo enfoque (más de lo mismo elevado al cubo). Claro que lo que no se puede negar (y no lo hemos hecho) es que Ball ha realizado una notable cinta de aventuras y acción, un pasatiempo más bien superficial, que aun con todo, sigue siendo de lo más destacado dentro de su género. Ojalá para la tercera y última entrega no se conformaran solo con eso, porque material hay de sobra (y no me refiero a las novelas) para hacer algo que se salga de la norma de una vez por todas. No deja de resultar paradójico que estas películas que nos hablan constantemente de romper el molde y oponerse al sistema acaben haciendo siempre justo lo contrario.

Valoración: ★★★

Crítica: Extinction

Extinction

El de zombies empieza a ser un género denostado por culpa de la sobreexposición al público de películas, series, cómics y libros sobre muertos vivientes. Por eso en los últimos años hemos asistido a varias vueltas de tuerca que nos han presentado el género desde otras perspectivas (la comedia gamberra, el blockbuster o el romance adolescente por nombrar solo unas cuantas). Extinction sería una de esas películas de zombies que prefiere describirse a sí misma como otra cosa, o como “algo más”, un trabajo que trata de ir más allá del terror y de sus normas. Pero claro, una cosa es intentarlo, y otra conseguirlo. La película, basada en la novela de Juan de Dios Garduño Y pese a todo… (rebautizada como Extinction: Y pese a todo… a raíz de su adaptación al cine), fluctúa entre el survival horror y el drama de personajes, pero se queda a medias en ambos terrenos, dejándonos un quiero y no puedo sin identidad, y repleto de incongruencias y tópicos, que por si fuera poco se alarga hasta la extenuación.

Extinction abre con una secuencia en la que asistimos al inicio de la pandemia que desolará el planeta, y posteriormente salta nueve años en el tiempo para mostrarnos a tres supervivientes, dos hombres y una niña, aislados en un post-apocalíptico invierno eterno. No hay mucho contexto (ni lo habrá durante el resto del metraje), solo varias pinceladas que recogen de forma muy superficial los lugares comunes del cine de contagios (el virus, la forma de transmisión, la transformación de los afectados). A lo largo de Extinction nadie se refiere a estas criaturas como “zombies”, ni siquiera se sugiere (eso sí, en el cartel de la película podemos ver claramente una “Z” escrita con sangre, porque hay que vender el producto). De esta manera se pretende desplazar el foco de atención hacia los humanos, con la intención de construir un melodrama sobre la familia, la supervivencia y la esperanza que estaría muy bien si no fuera porque sus personajes no son interesantes y la situación en la que se encuentran no tiene ni pies ni cabeza.

EXTINCTION_POSTER_DEFINITIVODirigida por Miguel Ángel Vivas (Secuestrados) y producida entre otros por el prolífico Jaume Collet-Serra (La huérfanaSin identidad), Extinction apunta mucho más alto de lo que puede llegar. Como cinta de terror no sabe escapar de los clichés más manidos del género y maneja la tensión torpemente, con revelaciones y sustos que se ven venir a la legua. Pero lo que mella realmente la película son sus ínfulas de drama familiar psicológico, un tratamiento del género fantástico que recuerda por momentos al M. Night Shyamalan de Señales. La rivalidad de los protagonistas adultos (vecinos que no se han dirigido la palabra en nueve años por su pasado en común con la madre de la niña) debería impulsar la historia, pero lo que hace es arrastrarla de forma arrítmica, para culminar en una serie de reflexiones sobre la redención y la paternidad que evidencian una película mucho más básica e insustancial de lo que se cree.

Aun con todo, Extinction cuenta con una virtud, la interpretación de la mitad de su elenco protagonista. Mientras que Jeffrey Donovan es incapaz de demostrar más de un registro y Clara Lago no aporta absolutamente nada a la historia (su personaje debería ser catalizador del desenlace, pero el relato podría haber concluido perfectamente sin ella), la pequeña Quinn McColgan es toda una revelación y Matthew Fox está sencillamente espléndido, demostrando una madurez interpretativa y emocional que por desgracia pasará totalmente desapercibida. Claro que no basta con unos actores entregados para llevar una película a buen puerto cuando el material se trabaja de forma tan elemental. Extinction resulta rutinaria, y lo que es peor, aburrida, un pecado que no se le puede dejar pasar a una película de zombies (aunque no se identifique abiertamente como tal). Sin embargo, hay otro aspecto fallido de Extinction capaz de eclipsar este problema: su pobre acabado visual. Si el sopor no acaba con vosotros, sí lo harán los efectos digitales y los cromas más terribles que podáis imaginar.

Valoración: ★★½

Crítica: Ciudades de papel

PAPER TOWNS

Todos hemos conocido a una Margo Roth Spiegelman. Muchos nos hemos enamorado de ella sin conocerla de verdad. Ocurre sobre todo durante la adolescencia, periodo vital caracterizado por una búsqueda constante y a ciegas, de uno mismo, de aquello que queremos ser y de ese ideal romántico que se fragua en nuestra mente. De esto sabe mucho John Green, autor del fenómeno young adult Bajo la misma estrella y otros éxitos de la literatura teen. En los últimos diez años, Green se ha forjado una carrera editorial como la voz de la generación Tumblr, apelando sobre todo al adolescente culturalmente inquieto con historias que captan con un estilo sencillo e inteligente la naturaleza de ese efímero capítulo de nuestras vidas. Después de la historia de Hazel y Augustus, le toca el turno a su tercera novela, Ciudades de papel (Paper Towns, 2008), adaptada al cine por Jake Schreier (cuya ópera prima es la muy reivindicable Un amigo para Frank). Al igual que entre las novelas de Green no hay mucha diferencia de estilo y contenido, Ciudades de papel no es muy distinta de Bajo la misma estrella. Es más, exceptuando el factor trágico de la enfermedad, en ocasiones parece que estamos viendo la misma película.

La historia de Ciudades de papel gira en torno a la figura de Margo (Cara Delevingne), una singular fuerza de la naturaleza, rebelde, impredecible y magnética, que despierta fascinación allá por donde pasa. Pero Margo no es la protagonista del relato, es más bien un símbolo, un macguffin, el catalizador de una historia sobre la búsqueda de la que hablaba antes, aquí contrapuesta a la del capitán Ahab en Moby Dick. El protagonista de la novela de Herman Melville se reencarna en el apocado Quentin (acertadísimo Nat Wolff), el vecino de al lado de Margo que vive obsesionado con ella desde la infancia. Ciudades de papel adquiere tintes existencialistas cuando borra a Margo del mapa, obligando a Quentin a iniciar su propia aventura para cazar a la ballena blanca. Dejando atrás una serie de pistas (al estilo “caza del tesoro”), Margo se desvanece, lo que magnifica el misterio de su personalidad. Las pesquisas de Quentin y sus dos mejores amigos (todos geeks de manual) para dar con ella dan forma a una película que, más que un romance adolescente al uso, es una divertida y reveladora odisea de crecimiento personal sobre la amistad y la importancia del viaje por encima del destino. La vida es lo que ocurre mientras estamos ocupados haciendo planes, o recorriendo la costa Este de Estados Unidos en busca de un constructo idealizado que no existe… y todo ese rollo.

Ciudades de papel_PósterAunque Delevingne no logra transmitir el carisma que define a Margo Roth Spiegelman, el enigma de su personaje se traslada a la pantalla con éxito gracias a un guion que sabe darle el peso que le corresponde. Margo es una joven caprichosa, manipuladora y egocéntrica no obstante definida exclusivamente por los demás, una persona sin identidad (“de papel”), perdida entre lo que ella quiere ser y lo que los demás quieren que sea. Es decir, Margo es un concepto casi imaginario y abstracto, una herramienta narrativa intencionadamente desdibujada, con la que Ciudades de papel juega para dibujar al resto de sus personajes y construir sus leitmotivs: “la realidad no es como pensabas” y “las cosas nunca pasan como creías que iban a pasar“. El emocionante road trip que tiene lugar en el tercer acto de la película (reminiscente por cierto de otro libro de Green, El teorema de Katherine) conduce hacia la humanización de Margo, y la consecuente epifanía de Quentin, que descubre que no hay ballena blanca, solo una chica perdida que no quiere que nadie la busque hasta que ella misma sea capaz de encontrarse. Ciudades de papel nos habla de la importancia de darse cuenta de esto a tiempo y centrarse en lo que de verdad merece la pena antes de dejar esa crucial etapa en el pasado, algo que, desafortunadamente, no suele ocurrir.

Porque la prosa naturalmente rebuscada de Green condensa con puntería lo que significa la etapa del instituto (en Estados Unidos) y la incertidumbre que supone su final (esto es universal), pero lo hace siempre desde la perspectiva del adulto que echa la vista atrás con la intención de romantizar este periodo, para contarnos la historia de la adolescencia americana que nunca tuvimos (y, con suerte, servir de guía para los que la están atravesando). Al igual que Bajo la misma estrella y el resto de la obra de Green, Ciudades de papel nos presenta una realidad excesivamente idílica y falseada, personificada en adolescentes imposiblemente elocuentes y perspicaces que hablan como escritores o guionistas y habitan una contracultura de mentira que mezcla rock oculto de los 60, indie electrónico de moda, Walt Whitman y Pokémon (a la que, para gozo de todos los usuarios de Tumblr, le dedican un genial homenaje). Sin embargo, bajo toda esta confección mercantilista (indudablemente atractiva y a años luz de cualquier producto del mismo género) podemos encontrar una verdad (muchos adolescentes se identifican con estos personajes y su forma de ver el mundo), así como unas ideas y valores que merece la pena resaltar. Ciudades de papel brilla especialmente en su ocurrente retrato de la amistad y acierta al situar en el núcleo de la historia a un encantador grupo de personajes en pleno proceso de descubrimiento (a destacar la revelación Austin Abrams). Como los miembros del Club de los Cinco, Quentin y sus amigos forjan relaciones inesperadas en el umbral del cambio y comprueban que son mucho más que la imagen que los demás proyectan de ellos. Para llegar a apreciar lo que nos estamos perdiendo solo hay que olvidarse por un momento de que, de una manera u otra, siempre estaremos buscando a Margo.

Valoración: ★★★½

iZombie: Con la vida en los talones

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El mundo es un lugar mejor desde que Buffy Summers y Veronica Mars aparecieron. Las dos (junto a Xena, claro) allanaron el camino para todas las protagonistas femeninas y heroínas televisivas que llegaron después. Sin embargo, últimamente echábamos de menos más personajes como ellas en las series. Y parece que no éramos los únicos. Las cadenas que fueran el hogar de Buffy y Veronica (WB y UPN) se fusionaron para dar lugar a la CW, hermana pequeña de las networks que últimamente parece más bien The DC Channel, y ante la invasión de superhéroes provenientes de las páginas del cómic, se dieron cuenta de que en la plantilla faltaba una rubia peleona de las suyas.

De ahí que CW adquiriese los derechos de iZombie, cómic de Vértigo (filial de DC, claro) creado por Chris Robertson y Michael Allred, con la idea de realizar una serie que llenase ese vacío. iZombie nace para recuperar, o preservar, según se mire, el espíritu de Buffy y Veronica, y quién mejor para ponerse al frente del proyecto que uno de los padres de las dos criaturas, Rob Thomas, creador de Veronica Mars. Junto a Diane Ruggiero-Wright (co-productora de VM), Thomas ha convertido las iconoclastas viñetas diseñadas por el imprescindible Mike Allred (que también ha dibujado la secuencia de créditos de la serie) en un drama procedimental fantástico que adopta el estilo de la cadena, llevando a cabo sustanciales cambios con respecto al cómic.

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iZombie (la serie) está protagonizada por Olivia Moore, más conocida como Liv Moore (“Live More”, ¿lo pilláis?), una estudiante de medicina de Seattle cuya vida da un giro de 180º al convertirse en zombie después de sufrir un ataque durante una desastrosa fiesta a bordo de un barco. Liv corta con su novio, Major (Robert Buckley), y deja el hospital donde está haciendo la residencia para irse a trabajar al depósito de cadáveres (en el cómic Liv se llama Gwen Dylan y trabaja como sepulturera). Allí tendrá acceso al único alimento con el que podrá conservar su aspecto humano y evitar convertirse en un monstruo: cerebros humanos. Y aquí viene el giro (es un decir), al comerse el cerebro de una víctima, Liv recibe sus recuerdos (en forma de visiones al estilo Cordelia Chase) y adopta su personalidad y habilidades, “superpoderes” que utilizará para ayudar al departamento de Homicidios de la policía a resolver casos complicados.

Lo que han hecho Thomas y la CW con esta serie es aprovechar la época dorada de los zombies en televisión para realizar un producto que, aunque técnicamente puede adscribirse al género Z, es en realidad otro tipo de “animal” televisivo. iZombie hace mucho más que recuperar el espíritu de Veronica Mars. En cierto modo, iZombie es Veronica Mars otra vez. Thomas no se ha quebrado mucho la cabeza desarrollando el concepto de su primera temporada, y se ha limitado a repetir el mismo esquema de VM, revistiéndolo de algo nuevo con el tema zombie. Tenemos a la protagonista ingeniosa y perspicaz (Rose McIver, a la que le cuesta un poco coger el tono a su personaje al principio pero acaba dominándolo), una fiesta a la que regresamos continuamente para descubrir nuevos datos sobre un misterio central, y una estructura de caso de la semana que ocasionalmente dará paso a un arco central al que se dedicará el final de la temporada (esto último ya no es cosa solo de VM, sino de cualquier procedimental que se precie). Es todo muy 2005, tramas, humor, referencias a la cultura popular, incluso banda sonora. Está claro que Thomas sigue viviendo en ese año.

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Pero eso no es todo, iZombie es una serie de zombies que en realidad es una serie de vampiros. Ya hemos visto a los muertos vivientes recibir el tratamiento vampiresco “pop” antes (Warm Bodies, In the Flesh), pero en iZombie tenemos a un tipo de zombie incluso menos arraigado en la tradición del género, más cercano a lo que Buffy y Angel hicieron con el mito de los chupasangres. Liv lucha por controlar a la criatura monstruosa que lleva dentro y debe renunciar al amor y el sexo con los vivos (el pobre Major, que las pasa canutas toda la temporada por su culpa), conflicto interno que define al primer (y verdadero) amor de Buffy. Los zombies civilizados que vemos en la serie acuden a carnicerías para abastecerse de cerebros de animales y evitar así la tentación de matar humanos. Incluso estéticamente se parecen más a los vampiros. La tez pálida sustituye a la carne podrida (esta se reserva a los zombies deshumanizados), dando lugar a las típicas situaciones y chistes que encontramos en las ficciones vampíricas. Pero ahí no se detienen las comparaciones, en iZombie también hay villano de rubio oxigenado, Blaine, aunque ya quisiera David Anders tener un cuarto del carisma de Spike.

Sin embargo, lo peor de iZombie son los casos, demasiado convencionales, aburridos y sobre todo predecibles. Narrativamente, la serie es muy mecánica y repetitiva, y todos los capítulos están escritos con la misma plantilla (usada en mil y una series antes que ella). Los guiones son excesivamente cándidos y nos vemos venir los giros a kilómetros de distancia. Por ejemplo, en casi todos los episodios es muy fácil identificar al asesino, porque siempre será un personaje aparentemente insignificante que aparece al principio de la forma más sospechosamente casual y desaparece hasta el final, cuando se requiere de nuevo su presencia para dar la “sorpresa”. Después, ese asesino o asesina confesará su crimen (sin abogado) explicando sus actos y motivaciones con todo lujo de detalles (como en Detective Conan). Es el modelo BonesCastle, investigación criminal de usar y tirar con aire de comedia ligera, pero con el toque juvenil de CW y un trasfondo sobrenatural.

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Y ahí está la clave para llegar a disfrutar iZombie. No es una serie a la que se le pueda pedir demasiado. Al menos no por ahora. Recordemos que Veronica Mars también necesitó su tiempo para pasar de esa etapa de casos de la semana y convertirse en algo más. Si asumimos su naturaleza de serie de planchariZombie es perfecta para cubrir ese hueco de ficciones de fácil digestión que muchos necesitamos (por ejemplo, yo la veo durante la comida). Pero es que además, potencial para trascender esa etiqueta no le falta (otra cosa es que lo haga), como hemos visto en la season finale, “Blaine’s World“, (relativamente) sorprendente episodio con un par de escenas impactantes (pero de verdad, como la que protagoniza Major en la carnicería) y cambios interesantes que plantean una segunda temporada con más mitología.

Por suerte, iZombie ha ido progresando adecuadamente a lo largo de sus 13 primeros capítulos y ha remontado en su recta final. McIver (a la que ya vimos en Play It Again, Dick) está cada vez mejor, y la serie cuenta con personajes secundarios muy acertados, como el británico Ravi (Rahul Kohli), sin duda el más divertido del reparto, o el ya mencionado Major, que ha pasado de ser pura carnaza (si Robert Buckley está ahí para algo es para descamisarse todas las semanas) a convertirse en un personaje mucho más definido y con una de las tramas más destacadas de la serie. La química entre todos ellos es estupenda y los demás personajes tienen buena base (espero que aprovechen mejor al hermano y la compañera de piso de Liv el año que viene), pero la serie no termina de cuajar. Después de los acontecimientos de la finale, la segunda temporada promete subir la apuesta y aumentar el drama, y aunque quizás yo esté ya muy mayor para una serie como esta, me quedaré para ver cómo evoluciona. Solo espero que cuando no estén con el arco principal se esfuercen un poco más con los casos de la semana para que no me arrepienta. Thomas, espero que aceptes el reto. Te lo pide un marshmallow.

Crítica: Lejos del mundanal ruido

Carey Mulligan Lejos del mundanal ruido

Lejos del mundanal ruido (Far from the Madding Crowd), célebre novela del escritor inglés Thomas Hardy, ha sido llevada al cine en varias ocasiones. La adaptación más conocida es quizá la de 1967, dirigida por John Schlesinger, con Julie Christie y Terence Stamp, aunque la versión televisiva de 1998 también está bien considerada. Thomas Vinterberg (Celebración, La caza) es el último director encargado de llevar de nuevo la historia a la gran pantalla, con el debido tiempo prudencial entre adaptaciones (que cada vez se respeta menos) y una sensibilidad quizás más modernizada, que da mayor énfasis al tema del empoderamiento femenino (aunque no esté interesada en profundizar demasiado en él) y condensa las casi 500 páginas del libro en un film pensado para todos los públicos.

La joven y testaruda Bathsheba Everdene (Carey Mulligan) hereda la finca de su tío, una de las mejores granjas en kilómetros a la redonda, convirtiéndose así en una mujer acaudalada. En lugar de contratar a un superindentende, Bathsheba decide gestionar ella misma el lugar, demostrando así su autonomía y competencia como mujer de negocios en una sociedad que no está habituada a ver una mujer al mando. La granja sale adelante gracias a la perseverancia de la muchacha y a la familia de empleados y asistentes de la que se ha rodeado. Sin embargo, mientras la cabeza de Bethsheba está ocupada en menesteres administrativos, los pretendientes se amontonan a sus pies.

Lejos del mundanal ruido está vertebrada por la relación que Bathsheba entabla con tres hombres completamente distintos entre sí, que desean casarse con ella por diferentes motivos. Gabriel Oak (Matthias Schoenaerts), honesto pastor de ovejas que, tras perder su rebaño, entra a formar parte del personal de la granja de Bathsheba, un tiempo después de ser el primero en pedirle matrimonio sin éxito. Su vecino, William Boldwood (Michael Sheen), maduro y adinerado solterón que, aterrado por la idea de acabar solo, trata por todos los medios de que la joven se case con él. Y por último, Frank Troy (Tom Sturridge), apuesto y turbio sargento que, gracias a su magnetismo sexual, gana terreno a los pretendientes rechazados y logra llevarse a Bathsheba al bosque. Básicamente, Lejos del mundanal ruido es la Sexo en Nueva York del siglo XIX, la historia de una mujer orgullosa y recelosa de su independencia, cuya vida sin embargo gira en torno a los hombres.

Lejos del Mundanal Ruido_PosterComo cabe esperar de toda película de época avalada por un gran estudio, la factura de Lejos del mundanal ruido es excelente. Vestuario, fotografía, diseño de producción, todos los aspectos estéticos del film están cuidados con suma exquisitez, lo que hace de ella una visita obligada para los amantes del género. Pero Lejos del mundanal ruido es algo más que un envoltorio bonito o un ejercicio de estilo. Vinterberg peca ocasionalmente de conducir este romance victoriano hacia terrenos colindantes al universo Nicholas Sparks, pero a rasgos generales, lleva a cabo una labor equilibrada y sumamente elegante que mantiene el tipo durante las dos horas que dura la película. El director acomete la historia de Hardy con voluntad academicista, pero a la vez la actualiza levemente, dotándola de un ritmo y espíritu más contemporáneo.

Claro que ese espíritu también tiene nombre propio: Carey Mulligan. La actriz está luminosa (hay que ver lo mucho que transmite esta mujer con esa media sonrisa suya) y es el principal pilar de la película. Desafortunadamente, su trío de pretendientes la secundan de forma desigual. Schoenaerts se reafirma tras Suite francesa como nuevo galán clásico de Hollywood, pero se mueve por inercia en su ya cómodo papel de macho sensible. Sturridge no es mal actor, pero es sin duda el mayor error de casting de la película, una suerte de Robert Pattinson era Twilight que no pinta nada aquí y aporta la nota discordante en un reparto por lo demás atinado. Y finalmente, a pesar de nuestra afinidad por Schoenaerts y de que hay verdadera química entre él y la protagonista, es Sheen el único que está realmente a la altura del magnífico trabajo de Mulligan. No obstante, ninguno de ellos se acerca remotamente a eclipsar el protagonismo absoluto de la actriz. Mulligan es quien lleva sobre sus hombres hombros todo el peso de la historia, sobresaliendo en todo momento gracias a una interpretación cálida y llena de vida, pero además compuesta con mesura e inteligencia.

Valoración: ★★★½

Crítica: El club de los incomprendidos

Incomprendidos tía saes

No te fíes nunca de una película que empieza con una voz en off diciendo “La adolescencia es…” Lo más seguro es que nadie de esa película sepa realmente lo que es la adolescencia, ni sus personajes, ni mucho menos sus guionistas. Y ese es exactamente el caso de El club de los incomprendidos, terrible adaptación cinematográfica de la saga literaria teen escrita por el español Blue Jeans (pseudónimo de Francisco de Paula Fernández González) que sigue las andanzas de seis chavales supuestamente marginados que forman una pandilla para vivir a su aire sin importar lo que el resto del mundo piense de ellos.

Basada en el primer libro, “Buenos días, princesa” (guiño a La vida es bella, por si no estaba claro), El club de los incomprendidos insiste en hablarnos de la etapa más efímera en la vida de una persona sin tener ni idea de qué va exactamente, y lo que es peor, universalizando americanizando los conflictos de los personajes, de manera que lo que vemos en pantalla no es más que un batiburrillo de ideas y lugares comunes extraídos del audiovisual yanqui, que ni tiene sentido, ni coherencia interna, ni mucho menos verdadera correlación con la realidad que vivimos. El club de los incomprendidos es como Al salir de clase pero con las tramas de Salvados por la campana Gossip Girl. Porque claro, todos hemos escondido una tarjeta de San Valentín en la taquilla de la persona que nos gusta o hemos adquirido un DNI falso para entrar en una fiesta.

La cantidad de tópicos USA que se corta/pegan es inaudita y en consecuencia, el instituto que vemos en la película conforma un universo tan inverosímil que hace que Monster High parezca realismo social. Pero lo más grave es la flagrante apropiación de ideas ajenas, sobre todo del imaginario cinematográfico del inadaptado. En El club de los incomprendidos hay (demasiados) elementos de El club de los cincoel clásico teen que más copian. Veamos, seis chicos problemáticos que arrastran traumas psicológicos y llevan las etiquetas que el resto de estudiantes les ha otorgado (el chulo, la friki, la puta, el pringao…) se reúnen “castigados” en la biblioteca después de clase, donde además de tener tiempo para hacer los deberes y congeniar mazo entre ellos, reciben apoyo por parte del psicólogo de la escuela (pobre Raúl Arévalo metido en esto). ¡¿Hola?! Por si eso no fuera suficiente, tenemos montaje musical con nuestro Club de los seis bailando subidos al mobiliario de la biblioteca, y un discurso final en el que todos se reafirman en sus identidades arquetipadas, como hacía el Breakfast Club en la carta al señor Vernon al final de la mítica película de los 80.

Club de los incomprendidos pósterPero el film también bebe mucho del reciente éxito de culto Las ventajas de ser un marginado, de la que se atreve a calcar su escena más icónica (la del túnel) esperando que no se note demasiado y esforzándose mucho para no soltar un “somos infinitos”, aunque se queden con todas las ganas del mundo. Ellos dirán que se trata de homenajes, pero saben tan poco de lo que es un homenaje como de la adolescencia misma. Esto lo que es es un pastiche, y además uno mal pegado, con Imedio goteando en todas las esquinas. Un bocadillo de chóped vendido como una hamburguesa del Tommy Mel’s.

La amistad entre estos seis chicos está basada en la ilusión de que son diferentes al resto, cuando en realidad son una pandilla artificial de jóvenes de revista de tendencias convertidos en parias porque es lo que ahora mismo mola. Nerds de pega que se quejan constantemente de problemas confeccionados a la ligera, formulados sin pensar demasiado en la plausibilidad que requieren o en la responsabilidad que conlleva un producto de estas características (fenómeno editorial con potencia de convertirse en fenómeno cinematográfico para quinceañeros). En la batidora de El club de los incomprendidos caben conflictos propios de la adolescencia como el bullying, la presión de los padres, la identidad sexual, el Asperger’s, las primeras experiencias sexuales o el suicidio, y se mezclan a toda potencia, de manera temeraria. A pesar del falso halo de dramatismo que nos viene a decir que se toma estos temas en serio, El club de los incomprendidos los utiliza en realidad como accesorio de moda de sus personajes, frivolizando peligrosamente, y lanzando a lo loco (aunque sea de manera involuntaria, porque más luces no tiene) el mensaje de que para vivir la adolescencia a tope hay que estar en contacto con estas experiencias. La insultante caracterización (por llamarlo de alguna manera) de estos seis chicos, tan guapos e ideales que es imposible que nos creamos sus problemas (total, el guión tampoco se molesta en que lo hagamos), no es más que un disfraz, una pobre estrategia comercial que tiene como propósito disimular la verdadera cara de la película, que no es más que otra Tres metros sobre el cielo, pero incluso peor. No hay duda, si John Hughes levantara la cabeza, la usaría para dar un cabezazo a los responsables de este abominable despropósito.

Valoración: 0

Crítica: Hombres, mujeres y niños

MEN, WOMEN, AND CHILDREN

Hombres, mujeres y niños es ya el sexto largometraje en menos de una década del director de JunoUp in the Air, Jason Reitman. Después del traspiés de Una vida en tres días (repudiada por el propio realizador y reivindicada por un servidor), Reitman lleva a cabo su Short Cuts particular, una dramedia multigeneracional con reparto coral que sigue la vida diaria de varias familias en la era de la hiperconectividad. En ella traza un retrato de nuestros días caracterizado por la sumisión absoluta del ser humano a Internet y la consecuente deshumanización de la sociedad, convertida en una masa de zombies del wi-fi, entes desangelados que existen y se desplazan hundidos en las pantallas de sus smartphones. Tal es la insistencia de Reitman en este mensaje que, más que una adaptación de la novela Men, Women and Children de Chad Kultgen, su film parece la versión cinematográfica de esta foto/meme.

Reitman compone un fresco 2.0 de historias que nos vienen a alertar de los diversos peligros de vivir en las redes sociales, y lo hace catalogando las diferentes patologías relacionadas con este problema en un ecléctico conjunto de personajes: adolescentes enganchados a la red que han perdido la capacidad para comunicarse en el MR (Mundo Real), un chaval (Ansel Elgort) adicto a un juego de estrategia online (MMORPG) que se preocupa más de su avatar que de su propio futuro, una madre (Jennifer Garner) que controla todos los pasos que da su hija en el ciberespacio para protegerla de los horrores que acechan, otra madre (Judy Greer) que prostituye a su hija en páginas de pago para costearle el sueño de Hollywood que ella nunca fue capaz de realizar, o un matrimonio (Adam Sandler y Rosemary DeWitt) que ve cómo su libido ha desaparecido por completo y decide buscar refugio por separado, primero en páginas pornográficas y más tarde en webs de contactos.

Hombres mujeres y niñosNo es que la tesis tecnofóbica sobre la vida moderna que Reitman enarbola con Hombres, mujeres y niños esté precisamente infundada. Los ejemplos citados en el párrafo anterior, a pesar de estar construidos como arquetipos exagerados o incluso alegorías, son tan increíbles-pero-ciertos como Kim Kardashian. La presión escolar, la desidia y la apatía de las nuevas generaciones, los efectos secundarios de consumir compulsivamente pornografía en Internet (que ya nos ilustró Joseph Gordon-Levitt en Don Jon), la confusión de los padres que no saben cómo educar a unos hijos que simplemente no existen fuera de su “segunda vida”. Todo eso es un problema, y además uno muy grave, de acuerdo, pero debe haber formas menos irritantes y más efectivas de hacernos llegar el mensaje que este panfleto aleccionador que parece diseñado para mostrar a los niños después del colegio, o sea, uno de esos “afterschool specials” tan arraigados en la cultura yanqui.

Ni las estimables interpretaciones de un excelente reparto de habituales del indie (más Adam Sandler de nuevo en un papel serio, donde debería quedarse para siempre), ni el buen hacer de un grupo de jóvenes actores rebosantes de talento y potencial (Olivia Crocicchia, Kaitlyn Denver, Elena Kampouris), ni siquiera la voz de Emma Thompson (la narradora), son baza suficiente para que pasemos por alto la flagrante sobredosis de moralina de la película y consigamos sentirnos identificados (grave teniendo en cuenta lo familiar que nos debería resultar todo). Hombres, mujeres y niños es un sermón de dos horas en el que Reitman (que es demasiado joven para estar dándonos ya estas lecciones tan condescendientes) elabora un discurso demagógico y recurre a trucos baratos de melodrama televisivo para respaldar su reduccionista doctrina. Esta suerte de fábula moderna con voluntad pedagógica está totalmente desprovista de áreas grises y propone una solución simplista a los problemas planteados: desenchufar el router. Pero nosotros, en lugar de hacerle caso al profe, lo que hacemos es meternos en Facebook a ponerlo a caer de un burro. Porque es lo que se merece.

Valoración: ★★

Crítica: El extraordinario viaje de T.S. Spivet

"The Selected works of T.S.Spivet".? Photo: Jan Thijs 2012.

Texto escrito por Daniel Andréu

Jean Pierre Jeunet lo va a tener complicado para quitarse la coletilla de “el director de Amélie”, y más si se embarca en proyectos como el que nos ocupa. El título original de su última película es The Young and Prodigious T.S. Spivet, basada en la novela de Reif Larsen Las obras escogidas de T.S. Spivet. Si ya de por sí el título recordaba al de su gran éxito (aquel Le fabuleux destin d’Amélie Poulin), en España directamente han tenido la genial y sutil idea de rebautizarla El extraordinario viaje de T.S. Spivet.

La primera película en inglés de Jeunet 16 años después de Alien Resurrection podría haber sido una oportunidad para orquestar su gran regreso al mainstream, pero en lugar de ello el director francés ha elegido contar una pequeña  historia familiar, sencilla y con poca intención de hacer ruido. Con la campaña de marketing adecuada se podría haber convertido en un sleeper capaz de capear la marea de taquillazos veraniegos, pero por desgracia poca gente le ha hecho caso.

Spivet PosterLo que empieza pareciéndose demasiado a la estructura de Amélie, concretamente en la presentación de los personajes, va cogiendo forma y entidad progresivamente. El uso de la tecnología 3D resulta bastante acertado para una película tan íntima como esta y proporciona una nueva forma de expansión para el mundo interno del director. Como siempre en el cine de Jeunet, la imagen está saturada de colores y formas (gran trabajo de fotografía de Thomas Hardmeier), y cada plano está cuidado con un preciosista y calculado desorden.

Pero lo más importante aquí es la historia, para la cual Jeunet se traslada a la tranquilidad del campo, un paisaje cinematográfico que recuerda bastante a Tideland de Terry Gilliam, director al que Jeunet le debe bastante. En este bucólico escenario se desarrolla casi toda la acción. Y ese es uno de sus principales aciertos, ya que ayuda a enfatizar en todo momento la importancia de la historia y los personajes. Todos los actores transmiten cercanía y ayudan a componer una relación familiar más que creíble. El pequeño Kyle Catlett (el niño de The Following) aguanta por sí solo y con buena nota el peso de la película. Habrá que ver si su buen trabajo aquí es el principio de una carrera destacada en el cine o si su “cara de palo”, idónea para este papel, es su único registro.

El viaje personal de T.S. hacia el olimpo científico es totalmente implausible, pero no así sus sentimientos y sus intenciones. Es por esto por lo que resulta tan fácil ponerse en su lugar y dejarse llevar por la historia, por muy extravagante que sea. Gracias a él, los miembros de su familia, y a la sensibilidad con la que el director afronta la narración, la película llega a buen puerto y se convierte en una experiencia que, sin mayores pretensiones, resulta más que agradable.

Valoración: ★★★½

Crítica: Mejor otro día

A LONG WAY DOWN

Mejor otro día es el título en español de A Long Way Down (así, como siempre, simplificando para el público español, que de otra manera no pica, aunque luego no distingamos las películas por el título, porque son todos igual de simplones). Se trata de la adaptación de En picado (Anagrama), la novela del afamado Nick Hornby, autor de best-sellers como Alta fidelidad (High Fidelity) y Un niño grande (About a Boy) convertidos ambos en queridos largometrajes. Tras el éxito de ambas películas entre crítica y público, el francés Pascal Chaumeil (Los seductores, Llévame a la luna) se encarga de trasladar al cine la novela de 2005, para lo que cuenta por primera vez con un reparto íntegramente angloparlante.

La primera producción en inglés del realizador francés es una comedia tontorrona y optimista, en la línea de lo que nos tiene acostumbrados. Sin embargo, en Mejor otro día Chaumeil se muestra más contenido y centrado, menos propenso al desvarío y el absurdo de su anterior filme, Llévame a la luna. Aunque la historia le da pie a ello, el director prefiere mantenerse en todo momento en la zona segura, componiendo una amable y facilona cinta de autoayudaMejor otro día es la disparatada historia de cuatro desconocidos que en Nochevieja se encuentran en la azotea de un edificio de Londres conocido por su elevado número de suicidios al año. Los cuatro se disponen a saltar al vacío, pero una conversación les lleva a forjar un pacto para seguir con vida: “Prometemos no suicidarnos hasta el día de San Valentín”.

MEJOR OTRO DÍAEste Club de los suicidas está formado por un eficaz reparto lleno de caras conocidas para el público internacional: unos muy loables Pierce Brosnan y Toni Collette (él desprendiendo encanto canalla y ella aportando un poco de espíritu indie), y los jóvenes Imogen Poots y Aaron Paul, que repiten como tándem interpretativo después de la muy reciente Need for Speed, demostrando de nuevo la gran química natural que hay entre ellos. También se dejan ver en la película Sam Neill y Rosamund Pike, que aportan la nota más caricaturesca a la comedia (sobre todo ella, que bien podría ser un personaje de Parks and Recreation).

En general, lo mejor de esta descafeinada farsa buenrollista es su reparto, especialmente Poots, que desde que irrumpe en escena como el demonio de Tasmania hasta el final, se convierte en el objeto brillante que no puedes dejar de mirar. La bonita (e implausible) amistad que se forma entre estos cuatro personajes nos da muy buenos momentos, tanto cómicos como dramáticos, y sirve con eficacia el propósito de provocar la sonrisa, e incluso de conmover ocasionalmente. Sin embargo, la cinta de Chaumeil pierde valor por su terrible banalización de un tema tan delicado como la depresión y el suicidio. Salta a la vista que tiene las mejores intenciones, y no es difícil contagiarse de este encomiable canto de afirmación a la vida. Pero en última instancia, Mejor otro día carece de verdadero poder terapéutico, y se desvanece rápidamente en la memoria como la gran tontería que es.

Valoración: ★★½

Crítica: Una vida en tres días (Labor Day)

LABOR DAY

Una vida en tres días (memo título en español para Labor Day) no es una película de este tiempo. El nuevo film de Jason Reitman (Juno, Up in the Air), basado en la novela homónima de Joyce Maynard, está ambientado en 1987. Pero no solo eso, sino que parece estar realizado según la sensibilidad artística de aquella década y atendiendo a las expectativas de un público también de ese año. Lo que quiero decir es que el principal problema de Una vida en tres días es que es un relato altamente inverosímil no apto para el público del siglo XXI, que ya no pasa una, y de ahí que la cinta haya sido (injustamente) vilipendiada. Parece que ha llegado un momento en el que necesitamos que todas nuestras películas tengan una correspondencia absolutamente lineal con la realidad, que todo lo que ocurre en ellas debe resultar 100% factible en el mundo real. Pero es que Reitman no propone una historia real. Este drama über-romántico es un cuento de los pies a la cabeza, un relato americano que no busca la verosimilitud de los hechos, sino la de los sentimientos. Y en ese sentido, Una vida en tres días es todo un triunfo.

Reitman entrelaza con tino las dos historias principales del film, resultando en una curiosa fusión de novela rosa a lo Nicholas Sparks y película coming-of-age que tanto gusta a los realizadores de sensibilidad indie y carnet de Sundance. Una vida en tres días está narrada en primera persona por el adolescente Henry (Tobey Maguire, Gattlin Griffith), el hijo de la protagonista, Adele (Kate Winslet), una ama de casa suburbana que sufre una profunda depresión después de ser abandonada por su marido. Los últimos días de verano transcurren con normalidad hasta que un día en el supermercado, un hombre herido pide a Adele y Henry que lo acojan en su casa. Frank (Josh Brolin) resulta ser un preso que ha escapado de la cárcel y necesita refugio hasta que la policía deje de buscarlo. El secuestro se transforma gradualmente en el sueño de una familia, una fantasía de dicha y normalidad para Adele y Henry, que adolecidos del caso más brutal de Síndrome de Estocolmo, encuentran en Frank la figura masculina que necesitaban, el hombre en el que apoyarse por las tardes en el porche, y el padre que da lecciones de béisbol en el jardín.

Una vida en tres días Labor Day cartelDe acuerdo, a grandes rasgos suena excesivamente rocambolesco, pero afortunadamente, Reitman compensa la cursilería y la implausibilidad de la historia con un temple admirable en el manejo del suspense, una sensibilidad muy afinada, y un tratamiento de los personajes que los hace profundamente humanos. Una vida en tres días transcurre casi en todo momento desde el punto de vista de Henry, y es desde su inquisitiva mirada dónde Reitman construye el romance, a base de elocuentes detalles que observamos tras una puerta entreabierta, o que oímos a través de la pared, amplificado por una cuidada atmósfera de calor sofocante. Pero además de la elegancia y el buen gusto con el que el director acomete la historia, lo que de verdad hace que esta película funcione son el carisma animal de Josh Brolin y una espléndida Kate Winslet, en cuya Adele encontramos trazas de Mildred Pierce. Con su magnífica interpretación ahogada de melancolía, Winslet logra que la historia tenga fundamento -y sí, incluso esa insistentemente criticada escena en la que los protagonistas hacen una tarta tiene su razón de ser más allá de la agenda de la American Pie Council, que curiosamente abandera la película. Es más, probablemente sea una de las secuencias más importantes y pertinentes de la película.

Una vida en tres días nos habla de la desesperación, de la soledad, de la necesidad de afecto, de contacto, y protección. Muchos concluirán que la propuesta de Reitman es en cierto modo retrógrada y excesivamente conservadora, puesto que lo que esperamos hoy en día de una película de estas características es que se nos diga que una mujer no necesita a un hombre para vivir. Pero es que resulta que esta es la historia de una mujer que lo necesita, que muere sin él, y es en el anhelo desesperado de Adele donde el director encuentra el pulso del relato, y su nexo de unión con el espectador. Después de dos películas cuya mayor baza era el ingenio de sus diálogos, Reitman cambia el rumbo con una cinta íntima y delicada, de gran pasión contenida, de poesía salingeriana, un film cargado de tristeza que requiere dejar el cinismo aparcado y, aunque sea tan solo durante dos horas, volver a mirar el cine como si fuera 1987.

Valoración: ★★★½

Crítica: Cuento de invierno

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Akiva Goldsman es uno de los guionistas más poderosos de Hollywood. A lo largo de dos décadas ha acumulado libretos para sonados fracasos artísticos como las entregas de Batman dirigidas por Joel Schumacher, Perdidos en el espacio o Prácticamente magia, pero ninguno de sus tropiezos le ha parado los pies. Incomprensiblemente llegó a ganar un Oscar por el guión de Una mente maravillosa, ese clásico intemporal que a día de hoy recordamos como una de las obras maestras de comienzos de siglo (NO). Más recientemente se ha encargado de las adaptaciones cinematográficas del fenómeno literario de Dan Brown El código Da Vinci, haciendo que muchos nos cuestionemos por qué Hollywood sigue amparando a este señor (¿un milagro, quizás?). Por si su gran incompetencia escribiendo no fuera suficiente tortura, ahora Goldsman da el salto a la dirección con otra adaptación literaria, Cuento de invierno (Winter’s Tale), basada en la novela de 1983 escrita por Mark Helprin.

Cuento de invierno es una historia de amor bigger-than-life, de destinos cruzados y milagros, uno de esos romances hiperbólicos e hiperalmibarados que desafían el tiempo y el espacio, narrado abarcando más de un siglo y ambientado en Nueva York, como no podía ser de otra manera. Durante un allanamiento de mansión, Peter Lake, ladrón de 21 años interpretado por Colin Farrell (y con eso ya no hace falta decir más, pero aún así seguiré) se prenda de Beverly Penn (Jessica Brown Findlay, quizás el único acierto de la película), la hija mayor de Isaac Penn (William Hurt), millonario editor del periódico The Sun. Como mandan los cánones de los cuentos de hadas, Peter y Beverly se enamoran perdidamente en cuestión de minutos y comienzan una apasionada historia de amor que desafiará mil y un obstáculos, principalmente la enfermedad de ella (se está muriendo de tisis) y la amenaza del mafioso demoníaco Pearly Soames -un bochornoso Russell Crowe pidiendo el Razzie a gritos-, que quiere matar a Peter por traicionarle años atrás. Todo envuelto en un manto de realismo mágico que el realizador claramente no tiene ni idea de cómo utilizar, haciendo que la película caiga inevitablemente en el camp más vergonzoso -acentuado por la penosa partitura de Hans Zimmer.

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Goldsman, a medio caballo entre Frank Capra y Nora Ephron (que me perdonen ambos), se asfixia tratando de condensar la novela en 120 interminables minutos, conectando pasado y presente, e intentando casar los aspectos fantásticos y románticos de la historia. Cuento de invierno es un absoluto berenjenal narrativo, una película atropellada, pesada y confusa que demuestra una vez más que el guionista es incapaz de contar una historia, da igual lo simple que sea (y Cuento de invierno no es que sea Juego de Tronos precisamente). Algo con lo que no está de acuerdo Neil Gaiman, por cierto, que elogia a Goldsman por su trabajo y anima a todo el mundo a ver la película, a pesar de que caiga en el defecto de la mayoría de producciones fantásticas en Hollywood: la sobre-explicación. Esté o no de acuerdo yo con Gaiman (tampoco es que él sea el mejor estructurando historias), hay algo en lo que indudablemente tiene razón. Aquellos que se animen a ver Cuento de invierno probablemente sabrán exactamente lo que van a ver, porque esta no oculta lo que es: Una cinta de fantasía con ángeles, demonios y caballos voladores, cargada de diálogos tan cursis que parecerá que los de Crepúsculo están escritos por David Mamet y bochornosos sinsentidos que la convierten en toda una comedia involuntaria. Ya lo dice el peor eslogan de lo que llevamos de año: “Esto no es una historia verdadera. Es una historia de amor”.

Después de todo, estrenar este desastre épico el día de San Valentín ha sido lo más inteligente que podía haber hecho el estudio: Cuento de invierno está hecha para que no importe lo más mínimo si os perdéis la mitad de la película achuchándoos. Es más, quizás eso sea justamente lo que quieren, que prestéis más atención a vuestra pareja, y que con suerte así no os deis cuenta de lo mala que es la película. Así que si vais a ver Cuento de invierno, adelante, achuchaos, es lo mejor que podéis hacer.

PD: Si al salir del cine sentís un imperioso deseo de acudir a un Dunkin’ Donuts, no os extrañéis. En su tramo final, Cuento de invierno se transforma en un spot publicitario de esta franquicia. Atención a todos los planos en los que la fachada de un Dunkin’ aparece al fondo, convenientemente encuadrada entre Colin Farrell y Jennifer Connelly.

Valoración: ★½

Drácula (NBC): Deseo electromagnético

Dracula Jonathan Rhys Meyers

Mi relación con la nueva Drácula, adaptación de la obra de Bram Stoker por parte de NBC, ha sido tormentosa, caprichosa, y cambiante del primero al último de los diez episodios que han compuesto su primera (y quizás única) temporada. El piloto no fue la mejor carta de presentación, pero al menos parecía garantizar toneladas de camp para que la serie sobreviviese como placer culpable. No fue así, más que camp, la cosa era simplemente aburrida, monótona, insípida. Entonces vino el hate-watching. Hacia el capítulo 4 decidí quedarme sólo para ver qué nuevos horrores me tenían preparados. Pero para mi sorpresa, casi sin darme cuenta, me encontré disfrutando de la serie mucho más de lo que esperaba, y de lo que quería. Tras la estupenda season finale del pasado viernes, me quedo con ganas de más. Así que saco en conclusión que, a pesar de mi esquizofrenia como espectador, me he convertido en algo parecido a un fan de esta serie.

No os sabría desglosar detalladamente qué es lo que me ha atraído de Drácula, o mejor dicho, qué es lo que me ha convencido para que no huyera a la primera de cambio, pero si tuviera que achacarlo a algo en concreto, quizás sería al hecho de que la serie entra demasiado bien por los ojos. Desde su teatral ambientación del Londres victoriano (mucho cartón piedra, pero muy bien puesto, muy bonito) hasta el indudable atractivo de prácticamente todo el reparto, pasando por el lujoso vestuario y la excelente fotografía. La carnalidad y la seducción son elementos imprescindibles de la obra de Stoker, y en ese sentido, la serie hace un buen trabajo traduciendo en imágenes el deseo y la sensualidad que funciona como motor de los personajes. Los actores están escogidos por su indudable belleza y atractivo. Si no no se explica que alguien haya vuelto a confiar en el problemático y limitadísimo Jonathan Rhys Meyers (este también produce la serie, ahí puede estar la clave).

El incompetente actor dublinés interpreta a Drácula exactamente igual que a su Enrique VIII de Los Tudor. Claro que es muy probable que esto fuera justamente lo que se estaba buscando con esta nueva versión del personaje, un mujeriego descamisado que parece salido de una novela rosa. El resto del elenco cumple con los cánones de belleza que uno espera de una producción de estas características: la delicada y virginal Jessica De Gouw como Mina Murray, obsesión de Alexander Greyson (alter ego americano de Drácula); el magnético Oliver Jackson-Cohen como Jonathan Harker; la keiraknighleyana Katie McGrath como Lucy Westenra; y los más maduros, pero igualmente atractivos Thomas Kretschmann como Van Helsing y Victoria Smurfit como la precursora de Buffy cazavampirosLady Jayne Wetherby, dama de alta alcurnia de día, slayer de noche.

Dracula - Season 1

El mayor error de Drácula, y la razón por la cual no ha conseguido conectar con la audiencia (además de porque se ha emitido en la franja horaria mortal de los viernes), es su enfoque semi-alejado de la fantasía y centrado en temas en principio menos llamativos como los trasuntos socioeconómicos y protocolos sentimentales a finales del siglo XIX. Es probable que la gente se acercase a la serie esperando una de acción y terror y saliese espantada al encontrarse con un drama de época sobre patentes de electricidad y reuniones de empresarios. Y no les culpo, obviamente. Pero dándole una oportunidad (o dos), Drácula demuestra que es capaz de remover estómagos y agitar otros órganos, ya sea con una esplendorosa violencia gráfica en la línea de Hannibal (desafiando los límites de las networks), abrazando el romanticismo más afectado o a base de excitante libertinaje y puro sexo animalDrácula es mejor cuando se pone cachonda y explora el deseo prohibido. Cuando hace honor a uno de los sobrenombres de DráculaVlad el Empalador, entre sábanas de seda, en lugar de en los callejones oscuros de Londres.

A pesar de sus fallos, Drácula ha supuesto un entretenimiento extrañamente adictivo, una relectura diferente de una historia que conocemos de sobra, una que ha añadido dimensiones a sus personajes femeninos para contar un relato de pasiones y traiciones más afín a la sensibilidad moderna. Y aunque lo más destacable de Drácula hayan sido los escotes esféricos, las lenguas sedientas de carne, las anatomías perfectas a la luz de las llamas, o los rituales de apareamiento en general, la sangre sigue siendo de capital importancia. A veces por recorrer esos cuerpos y reforzar el erotismo de la serie, a veces para demostrar que hoy en día NBC es la cadena en abierto más arriesgada y entregada al modelo serial de las de pago. Las escenas de acción y violencia en Drácula son tan escasas como potentes e impactantes, y su compromiso con el exceso y la provocación nos hace desear una segunda temporada con muchas más decapitaciones de vampiros, desgarros de piel y baños de sangre.

Crítica: ¿Qué hacemos con Maisie?

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Crítica escrita por David Lastra

Maisie es una muñeca de trapo preciosa. En todos los sitios queda bien y no molesta. Sonríe cuando tiene que sonreír y calla cuando tiene que callar. Maisie tiene un pequeño problema: un niño y una niña se pelean por jugar con ella. Hay Maisie para todos, pero casi nunca se apañan en marcarse unos turnos y los tirones de pelo se suceden día tras día. Lo raro es que luego la muñeca está casi siempre sola. Lo que puede parecer un simple juego de niños, es un poco más complicado. Maisie no es una muñeca cualquiera, es una niña de verdad y los niños que se pelean no son otros que sus padres. “¿Qué hacemos con Maisie?” es la historia de una separación (nada amistosa) vista a través de los ojos de la niña… o no… realmente es el relato de unos meses en los que Maisie juega, baila, canta y abraza a la gente que quiere. Nada más. Un tiempo de aprendizaje y esparcimiento que coincide casualmente con el ruido de fondo de la ruptura sentimental de sus padres. Un hecho que golpea e interesa más a terceros (y al propio espectador) que a la propia Maisie.

Más que el no saber qué hacer con ella, lo que debería preocuparnos es saber si la niña es consciente en algún momento de lo que está ocurriendo: qué es lo que Maisie sabe. No obstante, es ese y no otro el título de la novela de Henry James que muy notablemente adaptan (y actualizan) Nancy Doyne y Carroll Cartwright. Tomando la mirada de la niña como referencia, podríamos decir que ella no siente miedo ante la separación. La única ocasión en la que percibimos actividad lacrimal en la pequeña es en una escena ajena a las discusiones (aunque producto del abandono): cuando pernocta en casa de la camarera. Ese duelo es producto de despertarse en colchón ajeno, no por la ausencia de sus padres. Ella es consciente que no van a estar con ella nunca más, pero no por la separación, sino porque simplemente nunca lo han estado. Su padre es un vividor/marchante/agente y su madre es una superstar rockera con pelajos y estampados de leopardo a lo Alison Mosshart del grupo The Kills. No obstante, la encargada de dar vida a esta niña grande, Julianne Moore, regrabó dos temas del grupo para la película: “Hook and Line” y “Night Train”. Otro maestro de la sobreactuación, Steve Coogan encarna al padre.

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Los ojos de Maisie siguen devorando el mundo y cual ameba o Klaus Kinski cualquiera, necesitan amar. A los seis años no hay tiempo para madurar, solo para querer con locura. Ella solo quiere alguien que le corresponda y lo encuentra por partida doble: en las correspondientes parejas de sus progenitores. Dos guapísimos y perfectos jovencitos que cometen el error de su vida al enamorarse de los padres de Maisie, pero que ven compensado ese drama con la convivencia junto a la pequeña. Una cándida Joanna Vanderham (protagonista de “Galerías Paradise”) y un encantador Alexander Skarsgard (con unos cuantos dejes de Eric Northman amnésico) son el contrapunto cálido del film al encargarse de que la pequeña no vaya a la deriva.

Pero una buena propuesta como la de “¿Qué hacemos con Maisie?” podría haber sido un desastre de tamañas proporciones de no haber contado con una Maisie perfecta. Esa tarea harto difícil recae en Onata Aprile, un ángel con una mirada bellísima cuya perfección e inocencia se asemeja al David de “A.I.” (seguro que Maisie tampoco ha tenido un cumpleaños nunca), despegándose radicalmente de la sombra de otras niñas prodigio repelentes de producciones indies (introduzca aquí a la Fanning de turno). El trabajo de esta niña se merece todo tipo de premios y galardones, aunque a ella seguro que no le interesa. Ella es Maisie. Como hemos dicho, ella solo quiere amar.

Valoración: ★★★½