Nuevas series 2016: Parte IV

Como sabéis, este mes estoy “testeando” las nuevas series de la parrilla otoñal estadounidense, y le toca el turno a una ronda exclusiva de networks. La competencia que siguen ejerciendo los canales premium unido al auge de las series de plataformas online hace que las cadenas generalistas se estén poniendo el listón más alto en muchos casos. De ahí que en las últimas temporadas hayamos visto cosas como American Crime en ABC, que es una de las mejores series en emisión actualmente (a la altura de lo mejor de HBO o FX). Pero aun así, la mentalidad de las networks sigue siendo la de realizar series para que duren muchas temporadas, procedimentales, casos de la semana, o lo que se les ocurra para justificar el estiramiento siempre que funcione en los índices de audiencia.

Es lo que ocurre con las series que reseño a continuación. Con todas menos una. Sorprendentemente el reboot de El exorcista es la mejor de esta tanda y uno de los mejores estrenos en abierto de la temporada. Las demás, tengan más o menos calidad, han nacido para durar lo que haga falta. Y esto, a priori, a mí ya me echa un poco para atrás, aunque cosas como The Good Wife me hayan demostrado que seguir el esquema de caso por semana semana no tiene por qué estar reñido con hacer una buena serie.

No Tomorrow

La nueva comedia de The CW no es exactamente una serie de caso a la semana, pero es algo parecido. No Tomorrow es la historia de una chica normal y corriente, Evie (Tori Anderson), que vive una vida normal y corriente, con un trabajo aburrido, sin riesgos ni sobresaltos, hasta que un día conoce a Xavier (Joshua Sasse), un espíritu libre que la anima a dejar su cuadriculada existencia y perseguir sus sueños (“No hagas lo que debes, haz lo que quieres”). ¿La razón? Que según él, el mundo se acaba dentro de ocho meses. Lógicamente, Evie cree que Xavier es un lunático, pero pasar tiempo con él le hace darse cuenta de que, efectivamente, está desperdiciando su vida haciendo lo que se espera de ella, y no lo que le hace feliz. Por eso decide seguir el ejemplo de Xavier y elabora una lista de deseos que cumplir antes del Apocalipsis, items que servirán de punto de partida para cada episodio. Sí. como Me llamo Earl pero en plan romántico/pseudo-fantástico.

Sin ser nada del otro mundo, el piloto de No Tomorrow se deja ver. Se trata de una comedia romántica que destila optimismo y ese aire awkward que le hace formar muy buen equipo con las otras dos comedias estrella de CW, Jane the VirginCrazy Ex Girlfriend (también recuerda a Las chicas Gilmore por su banda sonora, por cierto). La serie le da una vuelta de tuerca al hastiado tema del Apocalipsis (algo en la línea de lo que hizo recientemente You, Me and the Apocalypse sin repercusión alguna), al sempiterno triángulo amoroso, y al aun más manoseado carpe diem, y lo hace sin innovar demasiado pero con bastante encanto, humor excéntrico y el toque justo de estupidez. No creo que estemos ante la revelación de la temporada (ni se acerca al ingenio e inteligencia de Crazy Ex Girlfriend), pero a juzgar por el piloto, No Tomorrow puede ser un caramelito dulce y efímero, una válvula de escape libre de cinismo para románticos e idealistas. El hecho de que no sepamos si Xavier es un loco, si está enfermo realmente (como Evie especula) o si el Apocalipsis se acerca de verdad es un buen gancho para seguir viéndola.

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The Exorcist

Sorpresa. El reboot de El exorcista es mucho mejor de lo que esperábamos. De hecho es bastante bueno. En lugar de rehacer directamente el terrorífico clásico de William Friedkin, la serie de Fox ha sido concebida como una continuación, tanto en espíritu como narrativamente. Los hechos de la serie tienen lugar en el presente, pero esta conecta directamente con lo narrado en la película de 1973, a través de un pequeño guiño que puede pasar desapercibido: una noticia en la hemeroteca que menciona la muerte del Padre Karras. La historia se repite con una posesión en el seno de una familia de Chicago, los Rance. La matriarca, interpretada por Geena Davis, contacta con el padre Tomás Ortega (Alfonso Herrera) para que les ayude a enfrentarse al mal que se aloja en su hogar, lo que lleva al joven religioso a descubrir un vínculo personal con un exorcista retirado.

El piloto de The Exorcist es una muestra de cómo empezar bien una serie y de cómo hacer un reboot. El episodio recoge la esencia de la película, y reproduce su desconcertante y tensa atmósfera para inquietarnos y engancharnos sin mostrarnos demasiado antes de tiempo. Pero lo hace sin ser un calco, adoptando su propia identidad. La historia está contada con buen pulso, las interpretaciones son muy sólidas (Davis y Herrera prometen), el episodio es técnica y visualmente sobresaliente (fotografía y efectos muy por encima de la media), la música estupenda (sí, la pieza central de la película suena, y lo hace en el mejor momento), y además, da miedo, pero de verdad, algo que no suele ocurrir en las series de network (la impactante escena del exorcismo en México y sobre todo la visita al desván de Tomás son para aplaudir… para hacérselo encima y luego aplaudir). Es decir, The Exorcist es todo lo que Outcast debía ser y no es.

Entiendo que estemos hartos de que todos los días se anuncie un nuevo remake para el cine o la televisión, pero si algo nos ha enseñado Fargo y ahora esta (salvando las distancias), es que el problema no tiene por qué ser la falta de ideas, sino no saber cómo llevarlas a cabo con éxitoThe Exorcist es un ejemplo de que se puede hacer algo bueno a partir de una idea no original.

Timeless

Vamos a quitarnos de en medio el “elefante en la habitación”, la demanda por supuesto plagio de El Ministerio del TiempoTimeless, la nueva serie fantástica de NBC. Visto el piloto podemos afirmar que las coincidencias entre una y otra son mucho más que coincidencias. La cosa huele bastante a chamusquina, pero NBC/Universal no sacarían el proyecto adelante si no estuvieran bien amarrados legalmente. Timeless es lo suficientemente parecida a la española como para que nos demos cuenta y nos indignemos, pero también lo suficientemente distinta como para que no haya caso legal contra ella.

Dejando esto a un lado (si es que podemos), procedamos a valorar el piloto de Timeless por sí mismo (si es que es posible). El primer capítulo de la serie va directo al grano para mostrarnos lo que nos vamos a encontrar en ella durante el resto de la temporada. Las presentaciones de personajes y las explicaciones científicas alrededor de la máquina del tiempo ocupan el menor tiempo posible (literalmente, se sacuden con un “es demasiado complicado”) y la historia pasa rápidamente a la acción. Tres arquetipos andantes, diez segundos de teoría, y palante. O mejor dicho, patrás. De repente estamos en el pasado intentando detener el accidente del Hindenburg y pasándolo mejor de lo que esperábamos (y/o queríamos). Eric Kripke (Supernatural) y Shawn Ryan (The Shield) han elaborado un producto muy entretenido y eficaz, un buen cóctel de acción, drama y comedia con personajes con química y atractivos giros argumentales. La serie tiene cuerda para rato, y sus cimientos son lo suficientemente sólidos para que aguante. Ya veremos si lo hace.

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Conviction

Y terminamos con la que es sin duda la peor serie de esta tanda, y probablemente una de las peores que se han estrenado esta temporadaConviction. Tras la cancelación de Agent Carter, la efervescente Hayley Atwell encabeza esta serie procedimental de ABC que parece hecha con plantilla. Enésimo drama legal con protagonista carismática y poco ortodoxa que lidera un equipo de investigadores que se enfrentarán cada semana a un caso criminal, construido y solucionado siguiendo el Manual del buen procedimental (presentación de los hechos, investigación con callejones sin salida, falsos acusados y epifanía a cinco minutos del final que lo soluciona todo). Hayes Morrison (Atwell), abogada brillante e hija de un ex presidente de los Estados Unidos, se ve forzada a aceptar un trabajo en la “Conviction Integrity Unit” para evitar la cárcel por posesión de cocaína. Allí investigará casos en los que se sospecha que los acusados podrían haber sido condenados injusta o erróneamente (una premisa muy parecida a la de El guardián y con mucho en común con House).

El piloto de Conviction quiere encajar demasiadas cosas en cuarenta minutos, y resulta terriblemente forzado y confuso. Hay tantas cosas mal hechas en este capítulo que es mejor enumerarlas: 1. Sus diálogos van de ingeniosos o audaces pero son embarullados y no hay quien siga el hilo (más rápido no es sinónimo de más interesante o divertido). 2. Atwell tiene mucho talento, pero da pena ver cómo se malgasta en una serie así. Su personaje es un cliché con patas, la explotación de su cuerpo es increíble (sí, lo hemos pillado, tiene las tetas grandes), y su acento americano deja mucho que desear (una de las muchas cosas que conectan a Hayes con el Doctor House, cuya serie comparte productora con esta, Liz Friedman). 3. La química de los personajes es enormemente artificial, tanto del equipo como de la protagonista con su futuro interés amoroso, Eddie Cahill. Ya podían esperar a que el público los conozca y estos congenien de verdad (el piloto quiere adelantar el trabajo de una temporada y llegar directamente al momento en el que la dinámica grupal está asentada con la audiencia). 4. El caso de presentación no podía ser más aburrido, menos interesante y acumular más tópicos. 5. La música es de banco de sonido de ABC, tan clónica como el resto de elementos de la serie. 6. Por si la historia no estuviera lo suficientemente mal contada, el desastroso montaje del episodio la empeora aun más.

La serie nos presenta a una protagonista supuestamente compleja y a un grupo numeroso de personajes con secretos como para estirar tantas temporadas como Bones Castle (con las que se puede arrojar en el saco), pero ni yo me voy a quedar para presenciarlo, ni creo que la serie llegue muy lejos con la audiencia que está teniendo (la que se merece, vaya).

Nuevas series 2016: Parte II

Os traigo mi segunda ronda de reviews de los pilotos de esta temporada 2016-17 (podéis leer la primera aquí). Y os recuerdo que no estoy siguiendo un orden en particular, así como tampoco estoy agrupando las entradas según los tipos de serie, género o cadenas. De hecho, esta selección de estrenos es especialmente diversa. Tenéis dos series de plataforma digital (una comedia y un drama), una sitcom familiar de ABC y un drama de la cadena de Oprah Winfrey. Descarto una y me quedo con tres. A ver si adivináis cuál es la que no pasa la criba.

One Mississippi

¿Recordáis aquella escena de Ghost World (tanto en el cómic como en la película) en la que Enid y Rebecca están viendo en la tele a un humorista híper-deprimente que habla como si se acabara de despertar de la siesta y a ellas les parece lo peor? Era una escena satírica que nos hablaba de cómo la comedia y los gustos estaban cambiando, virando hacia lo excéntrico, lo triste y lo puramente patético, pero vista hoy en día se puede aplicar, sin ironía alguna, al panorama actual de la comedia de autor en Estados Unidos.

One Mississippi es una de las nuevas comedias en primera persona desarrolladas por un/a humorista que nos llegan este año (y ya van unas cuantas). Creada y protagonizada para Amazon por la conocida monologuista y locutora de radio Tig Notaro, producida por Louis C.K. (el actual rey de la comedia deprimente y existencialista, también co-creador de Better Things) y escrita por Diablo Cody. Total ná. Los que han seguido la carrera de Notaro previa a One Mississippi saben perfectamente qué encontrarse en ella, porque incide en los temas y el estilo de su monólogo más famoso, en el que narra su experiencia después de serle diagnosticado un cáncer de mama y habla de la muerte de su madre. Efectivamente, One Mississippi, al igual que Transparent y tantas otras, difícilmente puede catalogarse como comedia. Pero lo es. Una comedia personal, singular, devastadora, con la misma tendencia a irse hacia el lado oscuro que al luminoso, una serie que se enfrenta a la tragedia con humor, para reír llorando. O viceversa.

StartUp

No tengo reparos en admitirlo: empecé a ver StartUp únicamente por dos de sus protagonistas principales, Martin Freeman (SherlockFargo) y Adam Brody (The OC, Jennifer’s Body). Esa era seguramente la intención de Crackle, la Netflix de Sony Pictures, que ha decidido aventurarse en la producción original, empezando por este drama tecnológico de gran pedigrí, y se ha asegurado de contar con nombres que funcionasen como reclamo para el público. Pues bien, vi el primer episodio totalmente predispuesto a que no fuera para mí, preparado para dejarla ipso facto (aunque me doliese despedirme tan pronto de Freeman y Brody), pero qué sorpresa me llevé al verme totalmente enganchado a la serie desde el principio.

StartUp nos lleva a Miami para contarnos la interesante coalición de varios personajes de muy diversas procedencias (un banquero que debe ocultar dinero robado, un “gang lord” que busca la manera de hacer legal su “profesión”, y una hacker que tiene una idea revolucionaria), que se ven forzados a trabajar juntos para fabricar el nuevo sueño americano, un sistema de moneda digital que supone el futuro del dinero y, sin proponérselo, les lleva a crear una nueva versión del crimen organizado. Aunque tenga unos cuantos glitches (como la necesidad de meter con calzador escenas provocativas y sexuales para dejar claro que es una serie adulta, al estilo de Showtime), StartUp es sin duda una ficción de calidad, un prometedor tech-drama que se suma a Mr. Robot Halt and Catch Fire, diferenciándose con un punto de arrogancia a lo House of Lies o Billions (pero sin pasarse, como ellas) y un toque a lo cine de Michael Mann. Un thriller estiloso, elegante, con buenas interpretaciones, y por encima de todo, con una historia y un ritmo que atrapan.

Queen Sugar

A priori, Queen Sugar no me interesaba nada. Pero empecé a leer cosas sobre ella, y a ver posts en Tumblr que me llamaron la atención, y decidí echarle un vistazo. Se trata de un melodrama creado, producido y dirigido por Ava DuVernay (Selma) para la cadena de Oprah Winfrey, OWN. La serie cuenta la historia de tres hermanos que se reencuentran en Nueva Orleans tras la muerte de su padre y nos introduce en las vidas de la comunidad negra de Louisiana para hablarnos de sus luchas personales: trabajo, drogas, amor/desamor y conflictos familiares.

Personalmente, aplaudo cómo la televisión norteamericana está aumentando la representación y la diversidad racial con sus series en estos últimos años, en especial con la nueva hornada de 2016 (después del pelotazo de Empire, las cadenas han despertado), pero Queen Sugar no es para mí. No es más que una telenovela con factura de quality series que se toma demasiado en serio a sí misma (no sé qué esperaba de una serie de Oprah). Ni siquiera conseguí terminar el primer episodio, de ritmo desesperante, diálogos mediocres y un tono de melodrama romántico afectado que me sacó por completo. Por no hablar de la selección musical, canciones mal elegidas y peor utilizadas. Terrible. Sinceramente, no entiendo el prestigio de DuVernay, por ahora no me ha demostrado ese talento del que tanto hablan (ella incluida).

Speechless

ABC sabe lo que le funciona, y no se corta en copiarse a sí misma y repetir la misma fórmula una y otra vez. Desde el éxito de Modern Family, la cadena del alfabeto no ha dejado de producir sitcoms familiares de corte similar, pero desordenando los ingredientes en pos de la diversidad y la inclusiónblackish introdujo a una familia negra a la parrilla de la cadena (ya era hora), Fresh Off the Boat hizo lo propio con la población chino-americana, y The Real O’Neals puso a un adolescente gay como protagonista y punto de vista principal de la historia. Este año, ABC nos presenta a su primera persona discapacitada protagonista con Speechless, comedia sobre una familia con un hijo que vive con parálisis cerebral.

Como adelantaba, Speechless es pura fórmula familiar ABC, pero ya desde su estupendo piloto desprende un encanto absoluto, una química entre personajes y un gran corazón, elementos que la mayoría de sitcoms necesitan unos cuantos capítulos (o una temporada) para perfeccionar. El mérito es principalmente de Minnie Driver, que lo borda como madre excéntrica y sobreprotectora, y de Micah Fowler, el hijo que va en silla de ruedas y se comunica con la ayuda de sus hermanos y de un programa informático (y posteriormente con un asistente contratado). La serie está cargada de clichés, de un buenrollismo a lo Little Miss Sunshine que puede echar para atrás a los más cínicos, y en el fondo no es más que otra propuesta de network en la que uno o varios miembros tienen algo que los diferencia de otros clanes televisivos sin dejar de formar parte de una familia nuclear tradicional (ABC apuesta por la diversidad, pero siempre dentro de un esquema de “normalidad”). Claro que, como decía, Speechless rebosa encanto, sabe tocar la fibra, es divertida, y garantiza buenos momentos. Aun queda mucho por hacer, pero un fuerte aplauso a ABC por un (otro) piloto que da en la diana, y por la importante labor inclusiva que está realizando.

Agents of S.H.I.E.L.D. Ghost Rider: Cambio de identidad

Empieza oficialmente el otoño, y ¿qué quiere decir eso? Que nos enfrentamos un año más a un nuevo aluvión de estrenos televisivos y al regreso de nuestras series favoritas. Desde hace un tiempo, mi serie más esperada al volver de las vacaciones ha sido Agents of SHIELD La ficción de ABC y Marvel Television no es ni de lejos una de las mejores actualmente en antena, pero sí es una de las que más me hace sentir en casa cuando la veo. Como suelo decir, es mi lugar feliz, esos cuarenta minutos a la semana que, sean mejores o peores, siempre me reconfortan. Por eso, el estreno de la cuarta temporada de la serie creada por Joss Whedon se me ha hecho raro. Ha sido como volver al hogar y verlo completamente cambiado. Más desorganizado, más extraño, y sobre todo más oscuro.

Esto tiene un motivo. En su cuarta temporada, Agents of SHIELD se muda a un nuevo horario en su emisión original en Estados Unidos. De los martes (el día maldito para la cadena) las 21:00h al mismo día a las 22:00h. Puede que una hora de diferencia no suene demasiado importante, pero lo es. Las 10 pm es la hora del prime time estadounidense en la que las cadenas generalistas se permiten subir el tono de sus programas y orientarlas a un público más adulto. Después del éxito de crítica y público de Daredevil Jessica Jones en Netflix, los ejecutivos de ABC y Marvel han debido pensar que quizá acercar SHIELD al tono de ambas sería una buena jugada. Pero de momento solo es desconcertante.

La season premiere de la cuarta temporada se titula “The Ghost”, principalmente en referencia a la flamante nueva incorporación a la serie, Robbie Reyes, aka Ghost Rider (en español el Motorista Fantasma, aunque en esta ocasión conduzca un coche). La aparición de este popular personaje de Marvel Comics (en su versión más moderna, dejando atrás al clásico Johnny Blaze) ha causado expectación, pero también dudas. A priori y después de ver el episodio, no parece que este anti-héroe encaje en el estilo y las tramas de la serie tal y como la conocíamos. Pero es que, como decía, SHIELD vuelve cambiada, con una actitud más atrevida que en un principio debería acomodar mejor al justiciero de la calavera en llamas.

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Sin embargo, el cambio no ha sido gradual, sino más bien forzado. Da la sensación de que Maurissa Tancharoen y Jed Whedon, los showrunners de la serie y guionistas del episodio, han visto el cambio de horario como una imposición, y en lugar de dejar que la transformación fluya de forma natural, han metido con calzador los nuevos ajustes: referencias casuales al consumo recreativo de drogas, un plano explotador del trasero de Chloe Bennet en ropa interior, una escena de seducción de más alto voltaje de lo normal entre Mack y Yo-Yo, violencia más gráfica y sangrienta… No es que yo me escandalice con tan poco, ni que la serie se haya convertido en Preacher, pero estos pequeños (grandes) detalles desvirtúan en cierta manera la esencia e identidad de la serie. Mi consejo como humilde espectador a Whedon y Tancharoen es: Que puedas, no quiere decir que debas. Pero eh, puede que sea cosa mía, y puede que esta nueva actitud acabe cuajando. No seré yo quien se cierre a lo que SHIELD me quiera proponer, que para eso me ha demostrado que hasta ahora ha sabido lo que estaba haciendo en todo momento. Además, los actores parecen cómodos con el cambio, paradójicamente se les ve más naturales y relajados (sobre todo a Clark Gregg), así que habrá que intentar seguirles el rollo.

Pero los problemas de “The Ghost” no acaban ahí. En general, el episodio ha sido algo confuso y abarrotado. El “fantasma” del título no solo se refiere a Robbie Reyes, sino también a Daisy Johnson, que después de los acontecimientos de la tercera temporada es una fugitiva y está atravesando una fase emo. Nuestra querida Quake es una heroína, y sabemos que es buena por naturaleza, por eso resulta tan raro verla de esta guisa y con esta actitud macarra, que chirría mucho con el personaje. No nos cabe duda de que es temporal, que su camino de redención tendrá una meta y recuperaremos a la Daisy de siempre (o incluso a una versión mejorada), pero por ahora choca bastante, y no en el buen sentido. La trama de Daisy para esta primera parte de la temporada está ligada a la de Reyes, al que ya hemos conocido en el primer capítulo. Los efectos digitales para dar vida a su alter-ego demoníaco son excelentes y Gabriel Luna parece buen actor, pero el personaje por ahora es una especie de Punisher de saldo. Veamos cómo se desarrolla.

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Por lo demás, “The Ghost” presenta un nuevo status quo dentro de S.H.I.E.L.D. Phil Coulson deja de ser director de la agencia para volver a ser simplemente el Agente Coulson, existe una nueva jerarquía y sistema de seguridad (por colores), donde, sorprendentemente, Jemma Simmons tiene mayor rango que Melinda May. Mientras, Fitz tiene más recursos a su disposición y sus investigaciones dan mayor peso a uno de los temas que la serie pretende explorar este año: la inteligencia artificial. Esta trama conlleva el regreso de Holden Radcliffe (John Hannah) y la incorporación de un nuevo personaje, Aida, IA súper realista interpretada por Mallory Jansen (Galavant). Whedon y Tancharoen han prometido profundizar en los dilemas morales que conlleva la creación de un humano sintético, y a juzgar por la presentación de Aida, esto incluirá un factor sexual. Espero que sepan tratarlo y no se les vaya de las manos.

El salto de tiempo y la cantidad de tramas abiertas hace que reine el caos en este inicio de temporada, pero quizá deberíamos tomarnos “The Ghost” como un piloto en sí mismo y darle un poco de tiempo para que la serie se vuelva a enderezar y encuentre otra vez su voz en este nuevo emplazamiento. Al fin y al cabo, SHIELD siempre ha sido esclava del gran plan, y en lugar de hundirse ante las imposiciones (de la cadena, de Marvel, del discurrir narrativo del UCM), ha sabido usarlas en su beneficio, encauzar todas sus tramas de forma admirable y erigirse como un producto digno y satisfactorio por méritos propios. A pesar del desconcierto inicial, nada indica que esta vez no vaya a pasar lo mismo.

The Real O’Neals: Visibilidad del adolescente LGTB+ en una sitcom familiar

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Artículo escrito por Juan Naranjo

Identificando la homosexualidad con algún tipo de fetiche sexual (en lugar de como una orientación tan válida y ordinaria como la heterosexualidad), el heteropatriarcado ha hecho creer a los Mass Media que la homosexualidad es una cosa sólo de adultos. Como si los adultos LGTB no fueran anteriormente adolescentes LGTB o niños/as LGTB. Es decir, nos resulta lo más cotidiano del mundo ver heterosexuales menores de edad en la TV y en el cine, ejerciendo su heterosexualidad de forma activa (tanto romántica como sexualmente) pero sigue pareciendo que al colectivo LGTB sólo se le puede retratar ya en su vida adulta, a menos que hablemos de productos muy minoritarios o muy enfocados al público LGTB.

Así que mientras que los adultos LGTB son “aceptables” en muchas series y pelis (aunque en una versión descafeinada, desexualizada, anecdótica, secundaria, etc etc) los adolescentes LGTB sólo están presentes en las producciones pequeñas tanto en presupuesto como en índices de audiencia. Esto, en mi opinión, perpetúa la idea de la homosexualidad entendida como algo pecaminoso, como algo sólo para adultos, como algo que ha de esconderse a los niños. Pero, no sé, no hay ningún pudor de hablar de embarazos adolescentes, de la primera vez de los heterosexuales, o incluso de sexualizar a la infancia (en la publicidad, sobre todo) hasta límites grotescos. La heterosexualidad es, según la TV, lo apropiado, lo de todos los públicos, lo generalista: la homosexualidad, algo sórdido, minoritario, sólo para adultos.

Pues, desde un formato completamente convencional (sitcom familiar),”The Real O’Neals” viene para darle una bofetada a todos estos estereotipos de género, edad e identidad. Y es que, aún contando la historia de una familia tradicional católica de origen irlandés, el centro de toda el asunto es la historia y el proceso de crecimiento del hijo mediano, Kenny, que sale del armario en el primer capítulo. Aunque a los heterosexuales les pueda sorprender, los gays también tenemos familia (no salimos de los árboles, ni nos encuentran en los inicios de los arcoiris), y también nos pasan cosas durante la adolescencia, antes de convertirnos en los amigos graciosos de las mujeres heterosexuales chic que ellos pretenden vender.

NOAH GALVIN

La temática de los capítulos es convencional (que si la primera cita, que si la prom night…) pero cuenta con la ventaja de ser una de las primeras producciones en las que se muestran estas acciones al público generalista. Y es que, os lo prometo, la vida de un gay recién salido del armario es, literalmente, de las cosas más interesantes que pueda haber. Y es una pena que nos hayamos acostumbrado a que, si de jóvenes LGTB se trata, la mayoría de las producciones terminen cuando empieza lo interesante, con la salida del armario. O que tengan un tono dramático y sórdido que siguen perpetuando la imagen del colectivo en su versión más vulnerable.

Sin melodrama y con muchísimo humor, “The Real O’Neals” cuenta situaciones con las que muchos nos sentimos muy identificados. Hay escenas memorables como el primer intento de flirteo por parte de Kenny, como la primera vez que le llevan a un sitio de ambiente, o como su relación con su ultraprotectora madre (la inconmensurable Martha Plimpton de, por ejemplo, “The Good Wife” o “Raising Hope”).

Gran parte del encanto de la serie recae sobre su maravilloso protagonista, Noah Galvin, un actor capaz de encajar a la perfección las inseguridades propias del momento y el humor inherente al formato. Aciertan los guionistas muchísimo con las ensoñaciones del protagonista, o con el “humor gay” con referencias que sí son realmente propias del colectivo, y no las típicas que los heteros creen que nos son propias.

“The Real O’Neals” es, para mí, un ejemplo de cómo se deben hacer las cosas, y de cómo se ha de trabajar en relación a la visibilidad e integración del colectivo. Bien por Kenny O’Neal y los suyos 

Pilotos 2015-16: Quantico

Quantico Run

Ya está. No busquéis más. Ya tenemos nueva adicción televisiva para el otoño-invierno, nuevo mejor guilty pleasure si lo preferís. Quantico, una serie que es tan TAN Shondaland que se os quedará el culo torcido cuando os enteréis de que no forma parte del #TGIT ni está creada por la todopoderosa Shonda Rhimes. Claro que la confusión es más que normal. Quantico es uno de esos dramas marca ABC con dosis elevadas de soap opera y comedia picarona, un tipo de serie que por supuesto Rhimes ha contribuido a definir (Mujeres desesperadas mediante). Lo tiene todo: gente guapa, reparto multiétnico, personajes con millones de secretos, transgresión, feminismo, y banda sonora a base de temas de radiofórmula pop con sensibilidad indie (no importa si se trata de una escena que nos muestra el mayor atentado en Estados Unidos desde el 11-S, un alegre temazo pop nunca está de más; esa ABC siempre intentando ser moderna a toda costa).

Quantico es por encima de todo una serie sexy y atractiva. Lo más importante es que sus bellos y jóvenes protagonistas, un grupo de novatos de la academia de formación del FBI en Quantico (Virginia), van vestidos siempre como Dexter Morgan (menos cuando van semi-desnudos o en ropa interior mormona). El uniforme de la academia es unisex, muy pertinentemente, y está pensado para acentuar bustos y perfilar musculaturas varias (el número de botones desabrochados te dirá quién es cada uno), invitando a ver la serie un poco con la entrepierna, que tampoco está de más. Y luego, ya de manera secundaria, tenemos su historia. Una que nos recuerda inevitablemente al inicio de Anatomía de Grey (hace ya más de una década) y que es demasiado loca y divertida como para resistirse. La premisa de Quantico es exactamente igual a la de Grey’sHTGAWM, un ecléctico grupo de estudiantes perfectamente maquillados luchan en un competitivo entorno académico para ser el primero de la clase. Y el resto de ingredientes son los que cabe esperar de una serie así: todos guardan algún secreto, los profesores y superiores tampoco son lo que parecen (más secretos), y las alianzas y enemistades no tardan en formarse. Solo que aquí tenemos un telón de fondo mucho más osado (para tratarse de una serie en abierto): el terrorismo islámico.

Como decía, el piloto de Quantico, titulado “Run“, comienza como el de Grey’s, con la protagonista (Priyanka Chopra, muñeca viviente) acostándose con un rollo de una noche (o de una mañana) para luego descubrir que este también es uno de los nuevos reclutas de la academia del FBI, con el que estará forzada a convivir (un detalle inteligente en este sentido es que ella diga delante de todos y desde el principio que se ha acostado con él, en lugar de ocultarlo o hacer de ello un drama meredithiano). Y continúa como el de HTGAWM, dividiendo la acción en dos tiempos que nos muestran por un lado el primer día de clase y por otro el atentado terrorista a la estación Grand Central de Nueva York seis meses más tarde, y el inicio de la investigación para descubrir cuál de los novatos está detrás de él. Porque Quantico también tiene ese regusto a reality, a juego en el que el espectador debe intentar averiguar quién seguirá en el FBI, quién se quedará fuera, y por supuesto, quién es el topo (la presencia de una de las protagonistas de UnREAL, Johanna Brady, potencia esta sensación). Y para que entremos en este juego desde el principio, el piloto nos desborda con una cantidad ingente de información y character background que se antoja excesiva para una primera hora (pilotitis total) pero que resulta indudablemente jugosa y sorprendente, además de servir para llevar a cabo una sólida caracterización de personajes tipo ya desde el comienzo.

Quantico Brian J Smith

Las primeras revelaciones (la del gay, Simon, o los dos rubios niños bien, Shelby y Caleb) no son nada comparadas con lo que nos espera en los últimos 10 minutos del episodio, un no parar de WTFs (se lleva la palma el rocambolesco giro que tiene que ver con la recluta musulmana, Nimah, con el que clamé mi primer “¿Pero qué invento es esto?”, pero la escena más impactante la protagoniza nuestro Brian J. Smith de Sense8). El clímax de “Run” nos deja con la sensación de que se han jugado demasiadas cartas en el primer capítulo, pero si lo pensamos, se han planteado tantos misterios y se han abierto tantas tramas de personajes, que esto tiene cuerda para rato. Y no esperamos otra cosa. Con su estreno, Quantico nos promete diversión culebronesca y giros argumentales para marear, y aunque caiga en el error de los productos que imita al tomarse demasiado en serio (con un tema como el que trata no puede permitirse otra cosa), se presta al visionado “ligero”, al igual que otras series pasadas de rosca como Empire o (salvando mucho las distancias) UnREAL. Lo dicho, ya tenemos nueva cita semanal obligada (mejor en grupo) con el novelón de la temporada. ¿Os apuntáis?

Por qué he visto el piloto: No pensaba hacerlo, pero visto el revuelo que ha causado en Twitter, me he visto obligado a verlo. Y me alegro de haberlo hecho.

Recuerda aAnatomía de Grey, How to Get Away With Murder y cualquier cosa que salga de la mente de Shonda Rhimes, fusionado con Homeland y 24, (su lado “serio” y “adulto” quiere que la veamos como un thriller tipo juego del gato y el ratón), Chicago Fire (por el reparto de jóvenes sacados de un catálogo de ropa interior), The Blacklist, varios reality showsUnREAL.

Nota del piloto: 6,5 (todavía no nos vamos a volver locos del todo, aunque podríamos).

VeredictoQuantico es un batiburrillo de ideas que hemos visto en muchas otras series, pero sabe cómo optimizar sus virtudes y no se anda con rodeos. Va directa a entretener, seduce con sus personajes (en más de un sentido) y busca reclutar adictos que estén dispuestos a entregarse a su irresistible propuesta. Conmigo lo ha conseguido.

Pilotos 2015-16: The Muppets

The Muppets ABC

Madonna tiene (o tenía) la fama, pero Los Muppets cardan la lana. Los populares personajes de Jim Henson son los verdaderos reyes de la reinvención. Llevan cuarenta años (sí, cuatro décadas) con nosotros, y han logrado sobrevivir a varias etapas del cine y la televisión, adaptándose a los tiempos y resurgiendo periódicamente. Sus regresos no siempre han cosechado los mejores frutos, pero se las han arreglado para volver al candelero una y otra vez, manteniéndose siempre fieles a sí mismos y por supuesto respetando la visión original de su creador. Después de un reboot cinematográfico de éxito (Los Muppets, 2011) y una secuela que demostraba que el efecto Muppet pega fuerte pero dura poco (El tour de los Muppets, 2014), los Teleñecos regresan al medio que los vio nacer, la televisión. Y lo hacen precisamente también como Madonna, apuntándose a una moda que acabó hace ya varios años, en este caso el mockumentary.

El comeback de los Muppets a la televisión es el resultado de un proceso ante todo orgánico. El hábitat natural de los Teleñecos es la tele, y que vuelvan a protagonizar su propia serie (después de un revival fracasado del Show de los Muppets en los 90) era el siguiente paso para garantizar su supervivencia en el nuevo siglo. Los Muppets eran meta antes de que cualquier serie lo fuera, tenían su propia versión del live-tweet ya en los 70 (los comentarios críticos de los vejestorios Waldorf y Statler), nos mostraron lo que ocurría entre bambalinas de un programa de variedades antes de que Tina Fey hiciera lo propio en una de las mejores telecomedias de la historia, 30 Rock, e hicieron del cameo un arte antes de que se convirtiera en un reclamo publicitario más. Por eso su nueva serie para ABCThe Muppets, les viene como anillo al dedo. Un falso documental estilo workplace comedy que nos invita a mirar tras las cámaras de un talk show presentado por la Srta. Peggy y producido por su ex, la rana Gustavo.

The Muppets room

La campaña publicitaria de la serie se puso en marcha este verano a toda máquina con el anuncio de la separación de Peggy y Gustavo, la clave más importante de esta nueva reencarnación de los Teleñecos. Lo que nos prometía ABC con esta serie era una mirada más adulta y moderna al universo de los Muppets, sus neuras, miedos e inseguridades tanto en el ámbito romántico como en el laboral. Y eso es justo lo que adelanta el piloto. Este nuevo enfoque no debería pillar por sorpresa a nadie, sin embargo, como era de esperar, las asociaciones familiares de Estados Unidos ya han puesto el grito en el cielo por su contenido picante y “pervertido”. A este respecto, hay que aclarar una cosa muy importante: Los Muppets nunca han sido personajes infantiles. Los habitantes de Barrio Sésamo o los Fraggle Rock sí, pero los Muppets no. Ellos siempre han estado ligados al prime time, al show de variedades y los cómicos del late night, de hecho, antes de estrenar su propio programa, formaron parte de Saturday Night Live durante su temporada 1975-76 (con una encarnación previa llamada The Land of Gorch). Sí, Los Muppets siempre han sido kid-friendly (también es verdad que la nostalgia se ha encargado de potenciar esta dimensión de los personajes), pero Henson los creó pensando en el público adulto. Así que aquí no se ha pervertido nada, al contrario.

A juzgar por el piloto, The Muppets ABC pretende ser una serie menos familiar y más orientada (aunque no de forma excluyente) al público que no ve a estos personajes como simples muñecos para niños. La intención es crear un programa rico en reflexividad que se sume a la tradición  de la meta-comedia laboral. Y ahí está el primer problema de la serie, que para darle una nueva vuelta de tuerca a los Muppets han tenido que echar mano de un género que, a pesar de pertenecerles por derecho propio, ya había dado sus últimos coletazos. Por tanto, las comparaciones con The OfficeParks and Recreation 30 Rock (que no era falso documental, pero se adscribe a la misma corriente de comedia de culto y es con la que más tiene en común) le hacen flaco favor. The Muppets arranca de forma irregular, pero recordad cómo fueron los primeros episodios de Parks and Rec 30 Rock. Ambas tardaron en encontrar su personalidad, y cuando lo hicieron se convirtieron en auténticas maravillas. El piloto de The Muppets es una carta de presentación desigual, en ocasiones desafinada, pero si el progreso de las series mencionadas sirve como ejemplo, podría llegar a ser una digna sucesora de las mejores workplace comedies.

MISS PIGGY, KERMIT THE FROG

Para conseguirlo le hace falta sobre todo pulir el humor. En el piloto se puede detectar un tira y afloja continuo entre el tipo de comedia más blanca que popularizó El show de los Muppets en los 70 y un humor más moderno y arrojado que en cierto modo reconfigura a los personajes para incluirlos en la nueva televisión del siglo XXI. Las payasadas, mini-gags y juegos de palabra bobalicones de Animal, Pepe the King Prawn o la rata Rizzo chocan con escenas como la de Fozzie conociendo a los padres de su nueva novia, Riki Lindhome (parodia de Adivina quién viene esta noche en la que el conflicto racial da paso a uno interespecie; zoofilia, vaya), las reuniones del equipo (donde a la serie se le ve más el Rockefeller), las bromas sexuales (la nueva cerda chupando la pajita mientras Gustavo da a entender que se han acostado) o las secuencias de carga dramática, como las conversaciones serias de Peggy y Gustavo al final del episodio, en la más pura tradición de los “momentos robados” por la cámara de The Office. Si The Muppets quiere encontrar su lugar en el firmamento de la comedia televisiva, debe primero hallar el punto medio entre ambas sensibilidades. Y mi sugerencia es menos slapstick y chistes malos, y más drama y atrevimiento, aunque esto suponga reducir un poco la esencia Muppet.

Por lo demás, la serie empieza con muy buen pie, presentando la historia con eficacia, con agudas observaciones sobre el mundo del espectáculo, moviendo a los Muppets con una fluidez y naturalidad que hace que se te olvide que son de fieltro (como siempre, pero incluso mejor), y dejando bien claro el rol de cada uno de los personajes principales (Gustavo es Liz Lemon, Peggy es Jenna Maroney/Tracy Jordan, Scooter es Kenneth Parcell o Pete Hornberger, todavía no está claro, y el águila Sam representa el poder del piso de arriba, a lo Jack Donaghy). Además, el primer cameo es de lujo, la omnipresente Elizabeth Banks (otro nexo de unión con 30 Rock). Se me hace la boca agua imaginando las posibles estrellas invitadas que nos esperan en  la serie. Compartiendo techo con Disney y Marvel no nos extrañaría ver desfilar por ella a Chris Pratt, los agentes de SHIELD o Kristen Bell, por nombrar unos pocos. Y espero que ningún contrato impida que Tina Fey, Amy Poehler o Jane Krakowski se pasen por “Up Late With Miss Piggy“. Daría lo que fuera por ver un reencuentro entre Gustavo y la directora de la prisión serbia Nadya (Fey) o una batalla de egos protagonizada por Peggy y Jenna Maroney. Sé que es cuestión de tiempo, justo lo que The Muppets necesita para alcanzar su máximo potencial.

Por qué he visto el piloto: ¿Me conocéis? ¡Son los Muppets! Una de mis mayores obsesiones desde pequeño. Yo tengo esto en mi habitación, ¿vale?

Animal y Fuertecito

Recuerda a: Ya lo hemos dicho todo. The Office, Parks and Rec y 30 Rock, de las cuales la última encuentra su origen precisamente en El show de los Muppets.

Nota del piloto: 7

Veredicto: Un piloto correcto que dispone las cartas de manera que se pueden ver bien sus ases. Aun no los ha usado, pero si todo sale bien, lo hará en los próximos episodios. Me quedo porque tiene todo lo que necesito para disfrutar de una comedia: corazón, contenido meta y marionetas.

Galavant: Cantando bajo el sol

Galavant Joshua Sasse

“Way back in days of old, There was a legend told, About a hero known as Galavant. Square jaw and perfect hair, Cojones out to there, There was no hero quite like Gaaalavaaant.
Naná nanananá naná nanananá nana nanananá nanaa naná!!”

La primera temporada de Galavant ya terminó, pero es imposible sacarse de la cabeza esta canción, tema oficial de nuestro apuesto héroe de mirada penetrante y barba recortada por las ninfas. Con esta pegadiza cantinela comenzó su aventura la miniserie de ABC, y con ella navegó hacia aguas desconocidas ocho escasos episodios más tarde. Esta comedia musical de 20 minutos, empeñada en que la conozcamos muy convenientemente como “Comedy Extravaganza!” y despachada en cuatro semanas, no ha cumplido las expectativas en cuanto a índices de audiencia, pero sí ha enamorado perdidamente a un fiel y entregado público, haciendo las delicias sobre todo del fan más obsesivo-compulsivo del mundo (por encima de comiqueros, directioners y cumberbitches): el aficionado a los musicales.

Galavant está protagonizada por un gallardo caballero de armadura reluciente, interpretado por Joshua Sasse, cuyos atributos físicos lo convierten básicamente en un príncipe animado de Disney que ha cobrado vida en carne y hueso. Autoconvencido de su papel como héroe de la historia, Galavant emprende un viaje hacia el reino de Valencia, para enfrentarse al rey Richard (un inconmensurable Timothy Omundson), que además de conquistar el lugar, le ha “robado” al amor de su vida, Madalena (igualmente genial Mallory Jansen). Le acompañan su escudero, Sid (Luke Youngblood, aka Pop Pop! de Community) y la princesa de Valencia Isabella (Karen David), compenetrado trío cómico, constantemente asediado por peligros y giros inesperados en su camino. Porque Galavant hace de la ruptura de expectativas y estereotipos la norma general, insistiendo en que las cosas no salen siempre como en los cuentos, aunque nuestro héroe se empeñe en que así sea. Por eso, Galavant se adscribe indudablemente a la nueva ola de cuentos reinventados que se empeñan en conquistar el cine y la televisión. Y aunque lo cierto es que los chistes basados en lo inesperado se acaban haciendo repetitivos y por tanto predecibles, Galavant es un soplo de aire fresco en la televisión en abierto, por su desenfadado aire guasón, su alto contenido en picante, sus excelentes personajes, y por supuesto, sus canciones, ingredientes perfectamente amasados que convierten a la serie en una fiesta continua.

TIMOTHY OMUNDSON, MALLORY JANSEN

Galavant está creada por Dan Fogelman (responsable de The Neighbors y guionista de varias películas de Disney como BoltEnredados) y producida entre otros por el ganador de ocho Oscars Alan Menken, compositor de muchas de las canciones más célebres de la segunda época dorada de Disney, los inolvidables temas de La Sirenita, Pocahontas, La Bella y la Bestia, Hércules o El jorobado de Notre Dame. Con la inestimable ayuda de Menken, Galavant traslada a la televisión la esencia de los clásicos cuentos medievales e historias de príncipes y princesas de Disney, con sus números musicales narrativos y ese toque de autoparodia y meta-humor (aquí llevado un paso más allá) que no puede faltar en ningún producto de estas características desde que la casa de Mickey Mouse nos regalase esa pionera que fue Encantada (2007). Y además, lo adereza todo con una pizca de La princesa prometida y comedia absurda de los Monty Python para dar como resultado un espectáculo sin parangón, diseñado -como todos los referentes mencionados,- para ser visto una y otra vez, hasta habérnoslo aprendido de memoria.

La corta duración de Galavant, a pesar de dejarnos un poco a medias, sirve para que el ambicioso proyecto no se vaya de las manos. Imaginaos si Menken tuviera que escribir canciones originales para 24 episodios al año (seguro que podría, pero la calidad disminuiría considerablemente). Los temas de Galavant cumplen con los estándares disneyanos, y aunque hay algunos más inspirados que otros (reconozcámoslos, Menken podría haber escrito muchos durmiendo), los 160 minutos de serie (que es lo que van durando las funciones de Broadway) nos dejan un puñado de secuencias musicales para la posteridad, como el citado número de apertura -y sus reprises, de los cuales el mejor toma forma de previously on-, la canción de Madalena ante los espejos, “No One But You” (muy Úrsula en La Sirenita), o el macabramente divertido dueto entre Gwynne (Sophie McShera) y el Chef (Darren Evans), “If I Could Share My Life With You”, que da rienda suelta al humor negro en la serie, mucho más presente de lo que esperábamos.

Y es que por suerte, Galavant sabe perfectamente cómo complacer al público adulto: personajes de verborrea incontrolable propensos a soltar tacos (censurados, claro) como si fueran víctimas de síndrome de Tourette, carnaza para todos los gustos (escotes que desafían la gravedad y una desvergonzada y autoconsciente explotación del físico de Joshua Sasse, como por ejemplo en la escena que acompaña este párrafo), detalles perversos y retorcidos de naturaleza sexual y hormonas desatadas en todos los rincones del castillo. Tampoco faltan los cameos de lujo (Ricky Gervais, Rutger Hauer, Hugh Bonneville, Anthony Stewart Heat, John Stamos, Weird Al Jankovic), ni los huevos de pascua para el fan de Disney, como la melodía de “Bajo el mar” de La Sirenita, que suena durante un genial gag. Todos estos elementos responden indudablemente a una máxima: hacer pasar el mejor rato posible. Para ello, Galavant no se corta en volverse loca, surrealista, incluso camp, cargando sus afilados diálogos de ingenio, y una energía absolutamente contagiosa. Pero nada de esto funcionaría tan bien si no fuera por el excelente casting de la serie, repleto de robaescenas (a Sasse le falta un punto de carisma al principio, y los ya mencionados secundarios lo eclipsan), como la diva Madalena (estereotipo de la damisela en peligro convertido en mujer fuerte que toma el control, se convierte en villana y nos da la mejor motivación posible para su maldad: “Me encantan las cosas”), el adorable y destartalado Chef (al que queremos ver bailar todo el rato), y sobre todo, sobre todo, el Rey Richard, la auténtica revelación de la serie, que junto a su mano derecha Gareth (Vinnie Jones) forma una de las amistades más retorcidamente bonitas de la tele.

La primera temporada de Galavant posponía su final feliz y terminaba sorprendentemente sin cerrar la historia, con cliffhangers por todos los frentes y el deseo explícito (en forma de canción) de contar con una segunda temporada para resolverlos, una decisión arriesgada que nos tiene a todos en vilo. Esperemos que ABC entienda que la historia no se puede quedar así y a pesar de los datos de Nielsen (el verdadero villano de Galavant), encargue cuanto antes una segunda parte, para la que probablemente Menken ya habrá escrito doce canciones sentado en “el trono”.

Gracias por leer, ya podéis seguir cantando esto mientras dobláis la ropa, os ducháis (con cubeta), o lo que sea que estabais haciendo:

Suburgatory que estás en los cielos

CHRIS PARNELL, ANA GASTEYER, ALLIE GRANT, JANE LEVY, JEREMY SISTO, CHERYL HINES, CARLY CHAIKIN

Lo nuestro no estaba escrito en las estrellas, era más bien una relación con fecha de caducidad. Ella tenía muy buenas intenciones, y nos hacía reír, que es muy importante. Pero cuando uno sabe casi desde el principio que la cosa no es para siempre, es mejor cortar por lo sano, antes de que se alargue más de lo debido y la agonía acabe consumiendo a los dos. Esta ha sido la relación de Suburgatory tanto con sus espectadores como con la cadena que la emitía, ABC. La serie era un dulce que no amargaba a nadie, pero que ninguno de nosotros necesitábamos realmente, y ya sabemos cómo es esto de las series, necesitamos esa relación de dependencia absoluta para que merezca la pena de verdad comprometerse.

Suburgatory ha durado tres temporadas en antena (de 2011 a 2013), la última de ellas acortada a tan solo 13 episodios y emitida como reemplazo de midseason. Para muchos este fue el último clavo en el ataúd, pero lo cierto es que la serie creada por Emily Kapnek seguía teniendo índices de audiencia decentes, sobre todo si los comparamos con el resto de comedias de ABC, y siempre estaba la cuestión de la sindicación, que aumentaba las posibilidades de renovación. Sin embargo, ABC decidió sacrificar Suburgatory, probablemente por falta de confianza y de interés. Y no nos extraña, la verdad. Cuando una serie que ingresa en su tercera temporada ya ha dejado muy atrás el tope de su potencial, no tiene sentido seguir alargándola -y mucho menos arriesgarse a dar el salto mortal del instituto a la universidad, un cambio del que pocas series salen airosas. Así que, aunque nos duela un poquito, ABC ha tomado una decisión inteligente, algo que se confirma cuando comprobamos la poca repercusión que ha tenido la “conclusión” de la serie.

Y escribo conclusión entre comillas porque, como nos temíamos, Suburgatory no se ha despedido con una series finale en condiciones. Es cierto que “Stiiiiiiill Horny” (3.13) es un buen episodio, y además es un ‘final’, pero definitivamente no es una series finale. Para aquellos que buscamos cierre en las historias a las que hemos dedicado nuestro tiempo durante varios años, nunca deja de ser frustrante que tantas series no se clausuren como es debido. Lo peor de todo es que las tramas de esta temporada facilitaban una conclusión definitiva para todos los personajes, y ponían en bandeja el broche final, pero no se aprovechó y se decidió dejar a algunos de ellos en suspenso. Teniendo en cuenta lo pronto que se grabó la temporada y lo tarde que se canceló la serie, seguramente todos contaban con volver el año que viene.

JANE LEVY, PARKER YOUNG

Los personajes de Suburgatory reciben despedidas muy desiguales en “Stiiiiiiill Horny”. Quedamos más o menos satisfechos con el final de Tessa, que vuelve a los brazos de Ryan Shay (Parker Young regresa para la recta final de la serie como invitado especial casi mudo), en una escena deliciosamente surrealista en la que la pareja, como poseída por el espíritu de John Waters, se dispone a conocerse carnalmente en medio de la calle. Por otro lado, Lisa y Malik tienen su primera crisis doméstica para a continuación entender qué es eso del matrimonio, y vivir happily ever after. Estupendo (tampoco es que fuera muy fan de esta pareja, cada vez más intensa y empalagosa). Sin embargo, Suburgatory deja inacabadas las historias de sus mejores personajes, Dallas y Dalia Royce, la verdadera razón por la que la serie merecía seguir en antena. Dallas y George tienen un acercamiento tras el cual vuelve a enfriarse la relación, y el hecho de que no nos quepa duda de lo que sienten el uno por el otro hace que duela especialmente que la serie haya acabado con los dos separados, con un final tan abierto para ellos. Y lo de la enorme Dalia es aún más trágico: apenas aparece un minuto en la finale. Y vale que ya nos había dejado grandes momentos para la posteridad durante la boda de Lisa y Malik en el episodio anterior, pero no es suficiente. No Dalia, No Party Finale.

Después de tres años en el purgatorio de las series, Suburgatory pasa a mejor vida. Es solo una expresión, claro, porque al no haber alcanzado los episodios requeridos para ser vendida a sindicación (88), está condenada a caer en el olvido para siempre. Ni siquiera podemos añadirla a la eminente lista de “Series canceladas antes de tiempo”, y eso que tenía material de sobra para culto. Pero todos sabíamos que ya no daba para más, y que nadie luchaba por su supervivencia, como ha ocurrido con otras series en su situación (Cougar Town, Happy Endings, Community). No supo aprovechar sus oportunidades y se perdió (siempre estuvo “fuera de lugar” si lo pensamos), pero los que la seguimos hasta el final guardaremos un cariñoso -aunque leve- recuerdo de estos estupendos personajes y de los inspirados momentos de sátira y  comedia absurda que nos dio (que no fueron pocos). Esperemos que su magnífico reparto, especialmente las mejores intérpretes de la serie, la fantástica Jane Levy (a la que queremos ver ya en Evil Dead II) y la infravalorada, encantadora y brillante Cheryl Hines, encuentren pronto proyectos a la altura de su talento, y que estos tres años no hayan sido para nada.

D.E.P. Suburgatory y que Ryan Shay esté con vosotros, y con vuestro espíritu.

Especial Pilotos 2013-14 – Parte IV

Lucky 7

Lucky 7

Emisión: Los martes en ABC

Opinión sobre el piloto: ¿Una serie sobre gente pobre en ABC? Parece mentira, ¿verdad? Y lo es a medias, porque los protagonistas de Lucky 7 dejan de ser pobres hacia la mitad de su piloto, cuando resultan ganadores de la lotería y se convierten en millonarios de la noche a la mañana. Lucky 7 está producida por Steven Spielberg, aunque ya sabemos que esto quiere decir más bien poco. Si acaso nos regocijamos en el hecho de que la serie transcurra en la localidad neoyorquina de Astoria y esté protagonizada por un grupo de personas que buscan desesperadamente una solución para salir de sus precarias vidas. ¿Os recuerda a algo? Efectivamente, Los Goonies. Claro que las comparaciones son más bien accidentales y se detienen ahí. No busquéis nada más de la película de Richard Donner o incluso del sello Spielberg.

Lucky 7 está basada en una serie de BBC titulada The Syndicate y es un drama con desubicadas dosis de humor y reflexión sobre la naturaleza humana en tiempos de crisis al que parece costarle mucho encontrar el tono adecuado. Ya sabemos que muchas series comienzan de esta manera, y la historia presenta potencial (aunque seguimos con el mismo problema de siempre, lo hace solo a corto plazo). Sin embargo, en Lucky 7 se respira cierto aire de desgana que no invita a engancharnos. No es que sea mala, es que es insulsa. O quizás estemos tan acostumbrados a pilotos que tiran la casa por la ventana en intentos desesperados de atrapar a la audiencia que cuando nos llega un drama humano sencillo y cercano nos resulta poca cosa. A lo mejor dándole una oportunidad Lucky 7 nos sorprende.

Puntuación: 5,5/10

Razones para quedarse: Que es un drama bastante único entre tantas series de acción, procedimentales, policíacos y culebrones. Tiene su mérito teniendo en cuenta la paupérrima oferta de nuevas series por ahora. Ah, y el adorable Matt Long (Private Practice, Mad Men).

Razones para abandonar: Que va a ser difícil descubrir si su potencial acaba realizándose, porque la audiencia del piloto fue más bien catastrófica. Y aunque se salvase de la cancelación, ¿hasta cuánto puede dar de sí una historia como esta?

 

Back in the Game

Back in the Game

Emisión: Los miércoles en ABC

Opinión sobre el piloto: Por si no tuviéramos ya suficientes comedias sobre familias alternativas, modernas y/o disfuncionales en ABC, la cadena suma una más a su oferta. Back in the Game no es solo una propuesta trágicamente falta de originalidad, sino que está hecha con la entrega y pasión con la que uno se ata los cordones de los zapatos. Son tan solo 20 minutos por episodio, pero el piloto es tan aburrido que parece que estamos viendo una serie de 40. Back in the Game es la historia de Terry, una madre soltera (Maggie Lawson) que vive con su hijo y su padre (James Caan), al que guarda rencor por la infancia que le hizo pasar (como ella, tuvo que criar a su hija él solo). En el piloto Terry se convierte en entrenadora del equipo de béisbol de su hijo, formado por un puñado de misfits y pringados que intentará domar con la ayuda de su padre.

Es increíble que año tras año este tipo de series se hagan hueco en la parrilla otoñal. No hay nada remotamente interesante en esta serie. Si acaso los niños del equipo de béisbol podrían dar juego, pero nada más. A Lawson le falta carisma para protagonizar una serie (Malin Akerman le hace un home run desde Trophy Wife) y James Caan está en el proyecto para cobrar. Y se nota. Lo que esperamos de Back in the Game es lo mismo que ya hemos visto en el resto de comedias de ABC: una familia superando conflictos que olvidarán de una semana para otra y estrechando lazos a pesar de las adversidades. Una serie con ese entrañable y familiar aroma a campo de béisbol lleno de padres realizándose a través de sus hijos, e hijos aprendiendo a distanciarse de sus padres. Todo muy americano. Qué pereza.

Puntuación: 4/10

Razones para quedarse: Que después de todo la serie resulte ser moderna de verdad. No se puede negar que el piloto de Back in the Game plantea una pequeña gran revolución al introducir un niño gay y un beso entre otros dos niños en su piloto.

Razones para abandonar: Todo lo demás.

En defensa de ‘Don’t Trust the B—- in Apartment 23’

Si hay una serie que merezca este año el distinguido reconocimiento de “mejor serie que no estás viendo“, esa sería Don’t Trust the B—- in Apartment 23. Entre mil y una propuestas decepcionantes, este otoño ha sobrevivido una pequeña gran sitcom, cuya primera temporada fue un reemplazo para la mid-season anterior, contando con tan solo 7 episodios. La ABC apostó por los chicos del apartamento 23 a pesar de haber pasado completamente desapercibida, y la incluyó en su programación de otoño, emparejándola con Happy Endings. Pero esta segunda oportunidad no ha visto mejores resultados. Todo lo contrario. Con apenas 3 millones de espectadores, Don’t Trust the B—- in Apartment 23 se encuentra en peligro inminente de cancelación. Lo cual es un ¡¡drama total!!

¿Por qué? Porque actualmente no hay otra serie como esta en televisión. De acuerdo, comedias bizarras tenemos unas pocas, sin embargo ninguna llega a los niveles de demencia que alcanza Apartment 23. Lo más parecido sería 30 Rock, pero la serie de Tina Fey se nos acaba ya, y con tamaña pérdida los niveles de disparate en televisión se desploman. Y es que las virtudes de este tipo de series son a la vez su mayor handicap dentro de una parrilla generalista en la que las cadenas optan cada vez más exclusivamente por la comedia para todos los públicos -quizás en un canal de cable la serie encontraría más fácilmente su nicho de audiencia. Al igual que 30 Rock o también Community, Apartment 23 es un producto excéntrico, ocasionalmente extremo y que no pone cortapisas a la creatividad y a la locura. En consecuencia, una serie poco accesible, minoritaria y que no tiene posibilidad de ampliar su espectro de audiencia sin antes cambiar radicalmente (es lo que va a intentar Up All Night, a ver cómo les sale el experimento). Otra de las bazas de la serie que a la vez juegan en su contra es su alto componente meta y su dependencia de la actualidad más inmediata. Veamos por ejemplo la trama del último episodio emitido en Estados Unidos, “Sexy People”, una gozada se mire por donde se mire:

June (Dreama Walker) espera ansiosa el número anual de la revista People en el que se elige al “hombre vivo más sexy”. Desde que era pequeña, June sueña con el de la portada como si fuera el hombre perfecto, para disgusto de James Van Der Beek, que se lamenta de ser siempre ignorado en esa lista. Chloe (Krysten Ritter) pretende demostrar que June forma parte del rebaño y que se enamoraría de cualquier hombre que People le dijera que es el más sexy del mundo. Por eso, y para hacer feliz a su mejor amigo, se infiltra en la redacción de la revista haciéndose pasar por jefa (Ritter está inmensa en estas escenas). Chloe (im)pone a James en el número uno, y por consiguiente, lo coloca en la portada de People. Al ver la revista, June se sentirá irremediablemente atraída por James, que está pletórico con su nuevo estatus, y que posa desnudo de cintura para abajo sobre un caballo para el reportaje de la revista…

Ahí tenéis. Un argumento completamente inverosímil que es a la vez un fiel reflejo de la actualidad y que hasta se atreve a jugar con acontecimientos que han tenido lugar en la misma semana de emisión del episodio (se menciona a Channing Tatum, el verdadero “hombre vivo más sexy” según el especial de People este año). Y el resultado es uno de los capítulos más descacharrantes y absurdamente deliciosos que he visto en mucho tiempo. Uno de esos que hará que la pérdida, en caso de ocurrir, sea más dolorosa.

Don’t Trust the B—- in Apartment 23 es carne de serie de culto, pero aún no lo sabe, ni ella ni la audiencia. Es cierto que no siempre da con el tono adecuado y que en ocasiones su humor pilla desprevenido hasta al más dispuesto. Pero es ese riesgo lo que convierte a la serie en un producto original, único e irresistible, especialmente dentro del cada vez más aburrido panorama de las networks. El trío de protagonistas se entrega en cuerpo y alma a la locura, regalándonos unos personajes llevados constantemente al límite -hasta June, la más “normal”, es un caso de manicomio-, y con diez episodios en total, hemos asumido que en un capítulo de Apartment 23 puede pasar cualquier cosa. Y nos encanta. Ojalá más gente estuviera dispuesta a confiar en la zorra del 23, y a perder completamente la cabeza con nosotros.

Happy Endings: ¿Cuánta vergüenza ajena cabe en 20 minutos?

Una vez empiezo una serie suelo comprometerme a verla hasta el final. Obviamente esto es un problema. Cada vez más grave. Soy de los que piensa que para adquirir una visión completa de una serie es necesario verla hasta el final. Sigo sosteniendo esa teoría, porque es de cajón (si quieres una visión completa, debes completar, d’uh!). Sin embargo, la apabullante cantidad de series que se estrenan al año en Estados Unidos me ha obligado finalmente a saltarme la norma, empujándome a ser más crítico y menos permisivo. Pocas veces he abandonado una serie una vez empezada (sin ir más lejos, el año pasado vi Are You There, Chelsea? entera) (Dios mío), pero los estrenos de otoño de las networks americanas han dejado mucho que desear estos últimos dos meses, y después de ver muchos pilotos desastrosos, me niego a dar segundas oportunidades. Es eso o no tener tiempo para ver las series que de verdad quiero ver hasta el final, o para tener algo de vida (que no es que la necesite mucho, pero no viene mal tampoco). Dicho esto, ¿qué hago con las series que sigo por inercia, las de planchar o las que no abandono por pena? Es hora de ser implacable y archivarlas, por mucho que me duela hacerlo con episodios pendientes. “No eres tú, soy yo”. He decidido que se puede adquirir una visión global de la serie con pocos episodios vistos. Es la ‘visión global personal’, la que se obtiene de lo que se ha visto, sea mucho o poco. Punto. Ya no hay tiempo para esperar a que una serie se vuelva buena. Tiene que serlo, o como mínimo prometerlo, desde el principio.

El caso de Happy Endings es especial. Un “no soy yo, eres tú”. Hay series a las que das segundas, terceras y vigesimoquintas oportunidades basándote en el feedback que te da la gente en cuyo criterio confías casi a ciegas, en las críticas de las publicaciones especializadas o incluso en su estatus de serie-de-culto (esto es lo que a mí me pierde realmente): si a tanta gente gusta, algo tiene que tener, ¿no?. “La primera temporada de Happy Endings es floja, y además se emitió desordenada”. “Podrías saltarte la primera y empezar directamente en la segunda, que es cuando la serie se pone genial”. “Los personajes al principio no están bien definidos, en la segunda se vuelven enormes, sobre todo Penny y Max”. Es todo lo que se me dice cada vez que veo un episodio de la primera y digo que me parece horroroso. OK. Me fío. Muy receloso, pero me fío. Os juro que quiero que me guste. Vamos a ver la segunda a ver si es cierto todo esto. Nada. Creo firmemente que la segunda temporada de Happy Endings es muy similar a la primera. Puede que aumente ligeramente la autorreflexividad y las referencias a la cultura pop. ¿Pero a qué serie de sus características no le ocurre eso? Y es cierto que emitir los primeros episodios desordenados hacía que la serie pareciera más descentrada (aún) y sus personajes mal definidos. Pero esto no es justificación suficiente. Podemos ordenarlos nosotros, y para mí el resultado será el mismo, solo que tendré más claro antes que Alex y Jane son hermanas. Lo que no cambiará es que Penny y Max me caigan como una patada en la entrepierna.

Mi principal problema con Happy Endings son sus personajes. Me resultan extremadamente repelentes, irrealmente cool e insoportablemente (im)perfectos. Son de ese tipo de personas que en la vida real evitaría a toda costa. De esos que sacarían lo peor que hay en mí. Seis personajes que solo se soportan entre ellos. Y ni eso. Una chupipandi de idiotas que reconocen su idiotez pero no se cansan de decir lo geniales que son. Su patetismo latente pretende buscar la simpatía, e incluso a veces la compasión por parte del espectador. Pero lo que yo experimento cada vez que uno de ellos abre la boca para soltar la gracieta de turno con el típico tono de voz irritante o acento intencionadamente ridículo es pura y dura vergüenza ajena. “Ahí está la gracia, en que son lo peor”, me dicen. De acuerdo, entiendo cuál es la intención. Pero el resultado, desde mi punto de vista, es un fracaso absoluto. Mirad por ejemplo Friends. Seis personajes con incontables imperfecciones, neuras e inseguridades que sin embargo me resultan queribles y entrañables. Y no hace falta recurrir a clásicos consagrados de la televisión. Community, 30 Rock, Girls, Parks and Recreation, It’s Always Sunny in Philadelphia, Don’t Trust the B—- in Apartment 23 o incluso Cougar Town. Todas estas series están plagadas de personajes insoportables, exagerados y poco realistas de los que me gusta reírme, y que hacen que reírme de mí mismo sea muy divertido. Quizás la clave esté en que los de Happy Endings se esfuerzan demasiado. Eso es, Happy Endings es el amigo gracioso del grupo que no soporta que nadie sea más gracioso que él. El que interrumpe para hacer un chiste y los demás apartan la mirada mientras suenan los grillos. El que se cree guay y no sabe que lo critican a sus espaldas. Al que dan ganas de decirle: “tío, relájate un poco, que esto no es un concurso”. Y yo con esas personas intento pasar el menor tiempo posible. Por eso Happy Endings queda archivada. Lo he intentado, y mucho, pero está claro que no podemos ser amigos.

Pilotos 2012-13: Parte V – Last Resort y The Mob Doctor

LAST RESORT

Los jueves en ABC
Puntuación: 7,5/10

Gracias a Dios (o a Joss, o a Ausiello), la nueva hornada de dramas de la ABC para esta temporada no está compuesta únicamente de culebrones prêt-à-porter y dramedias suburbanas sobre mujeres de más de 40. Sorprendentemente, irrumpe en escena un submarino nuclear, llevándose por delante vallas blancas y frentes llenas de bótox. Llega Last Resort, una serie de acción esencialmente noventera, de domingo por la tarde, que recupera el esplendor de películas como La caza del octubre rojo, La roca o incluso Jungla de cristal. Es decir, la acción por la pura acción. Diversión casi infantil, sin mayores pretensiones que las de complacer a un público que a veces agradece lo simple, siempre que esté bien hecho. No sorprende en este sentido que “Captain” esté dirigido por Martin Campbell, responsable de cosas como Escape de Absolom o dos entregas de la saga Bond, GoldenEye y la estupenda Casino Royale. Es evidente que las cosas estaban claras desde la gestación del proyecto. El piloto de Last Resort no es ninguna obra maestra, pero es honesto, directo, y hace bien lo que se supone que tiene que hacer: presentar una historia semi-cerrada para a continuación plantear las múltiples direcciones que esta puede tomar, y además entretener durante 40 minutos, de manera que no nos importe repetir. Si “Captain” es indicio alguno, Last Resort es la serie con más proyección a largo plazo de las estrenadas hasta ahora.

Estamos ante un producto que recoge los clichés más reconocibles de la acción bélica: diálogos que son jerga militar en un 80%, héroes asquerosamente honrados, malos que bien podrían ser dibujos animados. Luchas de poder, respeto, lealtad, sacrificio, testosterona y patriotismo. Un producto que, en un principio, no busca complicarse demasiado la vida con elaborados debates morales (que alguno hay, pero es lo de menos), sino que se limita a ofrecer un contundente espectáculo televisivo -por supuesto, las trabas presupuestarias del medio saltan a la vista. Falla únicamente el reparto, encabezado por Scott Speedman (Felicity) y Andre Braugher (Homicidio). Ambos protagonizan un desequilibrado duelo interpretativo: la irritante sobreactuación de Braugher contra la lastimera infraactuación de Speedman. El tiempo dirá si estos actores son capaces de amoldarse adecuadamente a sus papeles. Por ahora es mi único pero a Last Resort, serie que, con los pertinentes arreglos y un desarrollo digno, tiene la capacidad de hacer que nos sintamos orgullosos de ser americanos seriéfilos.

 

THE MOB DOCTOR

Los jueves en FOX
Puntuación: 3/10

Grandes jefes de las cadenas, creadores de series y productores ejecutivos, señores de los estudios: No necesitamos más dramas médicos en televisión. No nos importa que The Mob Doctor añada un componente inédito en las demás (la protagonista es una doctora que está endeudada con la mafia después de perdonar la vida a su hermano), el género está absoluta e irremediablemente agotado. Los espectadores no quieren más líos entre doctores y residentes, más escenas clónicas de quirófano, más pacientes con emotivas historias que contar, más dilemas morales entre hacer lo correcto o lo legal. BASTA YA. Los bajos índices de audiencia del piloto de The Mob Doctor confirman el hastío del respetable, y el nulo interés de la propuesta.

The Mob Doctor no es solo innecesaria, sino que además está por debajo de lo mediocre en todos los aspectos. Su piloto nos introduce en una historia a caballo entre dos mundos, incapaz en todo momento de centrarse, con una protagonista que se mueve de uno a otro como si el día tuviera 72 horas. Estamos ante un evidente caso de pilotitis (ya sabéis, demasiada información torpemente condensada), pero sin diagnóstico favorable al horizonte. De hecho, sin posibilidad de sobrevivir. Jordana Spiro lleva todo el peso de la serie, y ese es el principal error de The Mob Doctor. De la escuela interpretativa de Lucy Liu, Spiro es una suerte de Arizona Robbins con el rostro anestesiado y la mirada vacía. La semi-desconocida actriz da vida (es un decir) a Grace Devlin, la típica doctora temeraria, resabiada y llena de recursos en la tradición de Gregory House o (la enfermera) Jackie Peyton, pero esta vez con un pasado misterioso que se supone debe añadir profundidad al personaje. Desde su nombre observamos la dualidad de su personalidad (y de la serie, claro): es una buena forzada a hacer cosas malas, una anti-heroína moderna… un arquetipo que empieza a perder toda su fuerza. Devlin está rodeada de un elenco de secundarios que van de lo invisible a lo insoportable. A pesar de los esfuerzos por desmarcarse, nada en The Mob Doctor resulta diferente de lo que ya hemos visto tantas veces en televisión. En un momento del piloto, la protagonista se atreve a decir: “No soy una doctora del montón”. Permita que me ría en su cara, doctora Devlin.

Pilotos 2012-13: Parte I – Animal Practice, Go On y The New Normal
Pilotos 2012-13: Parte II – Ben and Kate, Guys With Kids y The Mindy Project 
Pilotos 2012-13: Parte III – Revolution
Pilotos 2012-13: Parte IV – Elementary
Pilotos 2012-13: Parte V – Last Resort y The Mob Doctor
Pilotos 2012-13: Parte VI – The Neighbors y Partners
Pilotos 2012-13: Parte VII – 666 Park Avenue y Vegas
Pilotos 2012-13: Parte VIII – Chicago Fire, Made in Jersey y Nashville

Don’t Trust the B—- in Apartment 23

A la ABC le gustan las zorras. Tanto que en su parrilla tiene actualmente dos series con la palabra ‘bitch’ en el título (debidamente oculto o censurado): GCB y Don’t Trust the B—- in Apartment 23. La última, que se acaba de estrenar, rebaja considerablemente la media de edad de las bitches de la cadena.

I’ll be there for you when the rain starts to pour.

June (Dreama Walker) es una veinteañera de Indiana que consigue el trabajo ideal en Nueva York, uno que la sitúa en el camino hacia el gran sueño neoyorquino -el de las series, vamos. Todo se tuerce en los primeros dos minutos -atención, el ritmo de la serie es muy acelerado-, de repente ya no tiene trabajo, ni apartamento, y tiene que buscar una habitación y un empleo rápido. Entra Chloe (Krysten Ritter), una encantadora neoyorquina de adopción que busca compañera de piso. Chloe es la salvadora del sueño de June… hasta que se revela como la zorra suprema -creo que han pasado solo 4 minutos-, una estafadora profesional que engatusa compañeros de piso para después hacerles la convivencia imposible -como la vida misma- y robarles su dinero. El piloto de Don’t Trust the B—- in Apartment 23 sufre de los síntomas más clásicos de la pilotitis: la necesidad de condensar el mayor número de acontecimientos en un episodio, la presión de dar a conocer lo mejor posible a los protagonistas, el exceso de información y en consecuencia, la ausencia de rumbo y propósito.

Sin embargo, Apartment 23 -acortamos nosotros el título, ya que la ABC no lo hizo al final- tiene verdadero potencial. Este comienzo de serie es aturullado y caótico -no confundir rapidez con agilidad- y no sabemos muy bien qué esperar de ella. Pero sí identificamos unos cuantos elementos en este piloto que, si se supera la fase descentrada inicial, podrían dar mucho de sí. En primer lugar, el tono excesivo y esperpéntico, muy en la línea de Suburgatory, es un acierto. Estamos hartos de sitcoms clónicas sobre compañeros de piso. En este sentido, las dos actrices protagonistas son un enorme acierto de casting. A las pruebas me remito. De la extravagante Ritter ya nos enamoramos en Veronica Mars, y la hemos visto más recientemente en Breaking Bad. Walker apareció en la primera película de Sexo en Nueva York y tuvo un papel recurrente en las primeras temporadas de Gossip Girl como secuaz de Blair Waldorff. Lo dicho, diana con las actrices.

I don’t wanna wait for our lives to be over.

Otra de las mayores bazas de Apartment 23 es que se adscribe a la nueva corriente de comedia televisiva, profundamente autorreflexiva, en lugar de perderse en el convencionalismo que amenaza constantemente al género. Así, la serie convierte sus explícitas referencias en gags de altos vuelos que esperamos sean la tónica del resto de episodios. June representa al veinteañero soñador que desea desesperadamente verse reflejado en los protagonistas de Friends, es decir, ese o esa joven que ha crecido con la imagen idealizada y falseada de la gran ciudad y se plantea la vida de Monica, Chandler o Rachel como meta. Por eso nos reímos tanto cuando June grita simplemente “¡Friends!” al verse a sí misma en la situación que siempre quiso vivir. No hace falta más. No podríamos sentirnos más identificados. Es el gag perfecto.

Y todo esto está muy bien. Pero, ¿qué tiene Apartment 23 para que pensemos que puede llegar a ser algo grande? Muy sencillo: a James Van Der Beek. El protagonista de Dawson crece intentó desvincularse del personaje que le hizo terriblemente popular, pero ha acabado asumiendo su destino más inmediato: convertirse en el George Takei del siglo XXI. James Van Der Beek interpreta a James Van Der Beek, vecino y amigo de Chloe, actor mujeriego y absorto en sí mismo que vive de las rentas del personaje que le convirtió en icono de una generación, el pazguato Dawson Leery. Al igual que hace con Friends, Apartment 23 recurre a Dawson -la serie que comenzó la revolución de la autoconsciencia en la televisión- para deformar ingeniosamente el sueño noventero y construir a partir de él una historia muy actual. Sin embargo, esto es solo un anuncio al que respondemos con entusiasmo. Las próximas semanas serán cruciales para saber si estamos dispuestos para la convivencia.

“Suburgatory” no es solo un mal título

Comparar Suburgatory (ABC) con Chicas malas (Mean Girls, 2004) es tan fácil como sacrílego. Y no por descabellado (porque la serie tiene muchísimo en común con la comedia escrita por Tina Fey), sino porque la diferencia de calidad y grado de impacto entre ambas es abismal. Bueno, quizás no tanto. Lo cierto es que Suburgatory (el título me da urticatory) muestra verdadero potencial. La historia nos la han contado mil millones de veces: chica de la gran ciudad debe desenvolverse en los suburbios de vallas blancas y Barbies mamá. En el caso de Mean Girls, la protagonista procedía de África y no estaba familiarizada con las castas del instituto y sus rituales sociales. En Suburgatory, la adolescente en cuestión es una niña mimada cuyo padre (divorciado) la “rescata” de los placeres y pecados de la Gran Manzana, con la esperanza de que en un ambiente más residencial se decida a tomar el buen camino. El proceso de adaptación es el mismo en ambos casos. Tessa (Jane Levy) es el bicho raro que debe aprender a desenvolverse en un hábitat hostil, y que con toda seguridad acabará encontrando su hueco entre adolescentes oxigenadas y pringados víctimas de bullying.

Hay en Suburgatory un acertado grado de exceso que brilla especialmente en el humor más visual. Las mujeres del barrio, madres e hijas, parecen en efecto directamente sacadas de una fotografía de David LaChapelle. La serie puede convertirse en un producto realmente destacable si explota adecuadamente ese aire marciano y caricaturesco que respiramos en algunas escenas: la madre que escucha hip hop en el coche y se gira terroríficamente para mirar a Tessa o la vecina stalker que grita desde el jardín de enfrente: “Hey George, there is my boyfriend! I’m stalking you!”. Por otro lado, los aciertos de casting son garante de buenos momentos. Tenemos a Jeremy Sisto, más conocido por su papel de Billy Chenowith en A dos metros bajo tierra, convertido en Suburgatory en un padre-carnaza para las leonas (o pumas) del barrio. Sisto encaja a la perfección en el papel de padre joven: entregado, comprensivo y enormemente desorientado. Promete especialmente su relación con Dallas (una estupenda Cheryl Hines), la ultra-bronceada y ceñida vecina que no es lo que parece, y que ya desde el piloto se revela como una muñeca de plástico con corazón. No perdáis de vista a la hija de Dallas, Dalia (Carly Chaikin), que con su desgarbada presencia y su mirada desencajada promete ser uno de los personajes más divertidos de la serie. Tessa es (inevitablemente) el personaje más antipático de Suburgatory. “Adolescente” equivale a “en construcción”, y en este sentido, Tessa muestra con acierto las trazas que definen a este tipo de personajes: arrogancia, desinterés, falsa sensación de madurez. Es decir, el personaje está bien construido, y es quizás por ello que nos resulte algo insoportable. Por último, tenemos la enorme satisfacción de encontrarnos en Suburgatory con uno de nuestros queridos Whedon Alumni, Alan Tudyk, que ya desde su primera escena en el piloto nos confirma que nació para la comedia absurda. No podríamos estar más encantados.

Sabemos exactamente lo que nos espera en los próximos episodios, y esto, a priori, no es inconveniente para guardar fidelidad a la serie (sobre todo si nos garantizan que Tudyk no se va a ir a ninguna parte). Los primeros veinte minutos de Suburgatory están lejos de constituir una carta de presentación impecable, pero cuentan con una materia prima lo suficientemente sólida como para llevar la serie adonde el piloto no ha logrado (o no ha querido) hacerlo. Convincente en su ambientación esperpéntica, y sin resistirse a mostrar amabilidad y ternura desde el principio (Tessa comienza a ablandarse al final del piloto), Suburgatory invita a regresar a ese barrio de barbacoas vecinales, padres obsesionados con el césped y madres con implantes que hace que Wisteria Lane parezca un documental.

Pan Am: 43 minutos de primera clase

La televisión se empeña en mirar atrás, en concreto a una década de cambio social y esplendor económico, los sesenta. Si Mad Men (AMC) y más recientemente The Playboy Club (NBC) nos ofrecen una perspectiva más amarga y subversiva de las transformaciones que experimentan las grandes ciudades norteamericanas en esta época, Pan Am (ABC) nos muestra la cara más amable y optimista de los sesenta. La primera década del siglo XXI ha estado caracterizada por un empeño regresivo que nos devuelve a tiempos pasados mejores, a lugares que nos resultan familiares pero que no están a nuestro alcance, y que nos rescatan de esta (aquella) nuestra sociedad caracterizada por el miedo exógeno, la precaución extrema y el enclaustramiento cibernético. Han pasado diez años desde los atentados del 11-S y es ahora cuando la televisión estadounidense comienza a asomar realmente la cabeza después de esconderse con el rabo entre las piernas. De esta manera, la ABC estrena por todo lo alto una serie sobre la pionera aerolínea internacional Pan Am. Atrás queda ya el tratado sobre el terror que construyó Perdidos a lo largo de seis años y que definió en gran medida el tono de la ficción televisiva de los últimos años. Es hora de recuperar el rumbo, y volver a soñar con el cielo.

El piloto de Pan Am (el episodio, no el personaje) funciona ejemplarmente como presentación de la historia y reclamo para la audiencia a la vez que constituye una pieza autoconclusiva que condensa ideas y conceptos magistralmente. De una suma elegancia visual (las texturas digitales no juegan en contra del diseño de producción, aunque chirríen los cromas y la ambientación sea muy sintética), y un magnífico pulso narrativo, Pan Am despega sin apenas turbulencias. La ABC suele tirar la casa por la ventana con algunos de sus pilotos, siendo esto indicativo de la confianza depositada en algunas de sus series. Visto lo visto, Pan Am es sin duda una de las grandes esperanzas de la cadena, y así lo demuestra el mimo con el que se ha tratado al proyecto. La serie logra escapar de la alargada sobra de Mad Men gracias a sus aires de superproducción y a su ritmo institucional. Complaciente, accesible y para todos los públicos, Pan Am es el resultado más evidente de la influencia recíproca del cine y la televisión, y sobre todo de las convergencias entre ambos medios. Sin embargo, todo esto se irá al traste si la serie cuenta con las eternas temporadas a las que nos tiene acostumbrados la cadena que la emite. De no explotar las buenas ideas del piloto y confiar en las relaciones entre trabajadores de la compañía, la serie corre el riesgo de convertirse en Anatomía de Grey en el aire. Confiemos en que los guionistas se mantengan fieles a la excelente premisa de la serie, y hagan caso de las palabras que el piloto (ahora sí, el personaje) dedica a su co-piloto cuando este habla de ese nuevo tipo de mujer, el que “tiene el impulso de volar”: “No intentes bajarlas a la tierra”.

Algo que no ha cambiado con respecto a la etapa televisiva inmediatamente anterior (la que inauguraban Lost y Mujeres desesperadas) es el uso del flashback como una de las herramientas narrativas imprescindibles. En el caso de Pan Am, los flashbacks son breves, ubicuos y acertados. Sirven exclusivamente para presentar a los personajes principales y dar trasfondo a algunas de las tramas que se desarrollarán en profundidad en próximos episodios. Sin embargo antes de recurrir a esta técnica, el piloto nos hace entrever las dinámicas y relaciones entre personajes, así como nos presenta atisbos de personalidad, motivaciones y puntos débiles en los protagonistas. De ahí quizás que muchos espectadores se quejen de que el piloto “desvele” demasiado, acusando a la serie de recurrir en exceso a la mencionada técnica, además de resolver tramas y dar conclusión demasiado pronto. Para mí, esto no hace más que evidenciar lo mal acostumbrados que nos tiene la nueva ficción televisiva, la que nos da cuestiones como hilo argumental y nos obliga a buscar sentido en las respuestas y la resolución de los enigmas. Pan Am no es una serie de misterio, por lo tanto no debe alarmar que revele los pasados de los protagonistas en su piloto. Es más, debemos tomarlo como un síntoma de cambio y una oportunidad para disfrutar de una serie como solíamos hacerlo hace una década. Efectivamente, es otra forma de nostalgia, pero una menos tramposa y confeccionada.

Adelantos 2011-2012: Pan Am

“It’s not you, it’s a promise of you”

Con esta entrada inauguro un especial por episodios dedicado a los estrenos televisivos más destacados en Estados Unidos de cara, o bien al otoño de 2011 o a la próxima mid-season (a primeros de 2012). Comienzo con una de las series que más expectación está causando, Pan Am.

La cadena generalista ABC, como todas las networks, manifiesta una clara tendencia a seguir los dictados de las imparables cadenas de cable y de pago. AMC se ha convertido en apenas tres años en una seria competidora para HBO, con productos del calibre de Breaking Bad, The Walking Dead, Rubicon y -sabíais adónde iba a parar-, la celebradísima Mad Men. En la tele todo se copia. Rara vez aparece una serie que se pueda considerar original y no una revisión, reinterpretación, vuelta de tuerca o directamente plagio. Y a pesar de eso, la calidad no tiene por qué ser esquiva. Es muy habitual adoptar estéticas punteras, seguir los postulados de las modas catódicas. Y esto es lo que ha hecho ABC con Pan Am, su serie sesentera.

Ambientada en la Nueva York de los sesenta, la serie se centra en las vidas de los trabajadores de la exitosa nueva aerolínea Pan Am. Las relaciones entre pilotos y azafatas serán el núcleo de las tramas, que por la naturaleza de la serie, se verán con toda seguridad salpicadas de debates acerca del papel de la mujer -y del hombre- en la sociedad. Mad Men ha puesto imposible destacar en este departamento, pero no cuesta darles un voto de confianza. Sobre todo teniendo en cuenta lo que podemos ver en el tráiler (al final de esta entrada). Las azafatas de Pan Am son las secretarias de Mad Men. Sumisión, palmadas en el culo y sueños de ocupar un lugar en la vida que no sea el de esposa esclavizada y mamá conejo. Quizás no les salga mal del todo.

Ya hemos comprobado que en televisión el girl power de los sesenta es quizás el que más fuerza tenga a la hora de hacer llegar el mensaje de emancipación femenina. ABC lo sabe y si el tráiler no engaña, parece que este aspecto va a ser bien explotado -“I’m not looking for a husband”; “People have underestimated me my entire life, and they’ve been wrong”. Sin embargo, siendo ABC, la serie corre el riesgo de estirarse demasiado y perderse exclusivamente en las relaciones entre personajes, desluciendo el conjunto y desvirtuando el mensaje.

Pan Am cuenta entre sus credenciales con gente involucrada en Urgencias y El ala oeste de la Casa Blanca, además del estreno como protagonista televisiva de la sobreactuada pero encantadora Christina Ricci. La serie se estrena el 25 de septiembre. Abrochaos los cinturones, vuelven continúan los sesenta.

Mujeres desesperadas: siete años no es nada

Que sea Mujeres desesperadas la serie que me anime a retomar esto de bloggear sobre televisión no es casualidad. El culebrón de qualité de ABC es desde su estreno en 2004 uno de los buques insignia del nuevo drama televisivo norteamericano. Claro que esta afirmación queda obsoleta teniendo en cuenta que eso de “nuevo” es ya difícilmente aplicable a las series más longevas que se resisten a echar el cierre definitivo. Series como Anatomía de Grey, House o la que nos ocupa en esta entrada continúan estirando su acomodado éxito, con mejores y peores resultados. En el caso de las dos primeras, la innovación y la búsqueda del más difícil todavía son los ingredientes básicos para la supervivencia en antena. En el caso de Mujeres desesperadas, nadie hacía nada al respecto. El desgaste de las últimas temporadas no parecía preocupar a sus productores, que dejaban que la serie cayera en el más profundo hastío y el peor de los ridículos. La nueva edad dorada del drama en las networks entraba hace unos años en un inminente receso -acentuado por el anunciado final de Perdidos– y hacía necesario un cambio. Marc Cherry parecía ajeno a todo esto.

La cada vez más competitiva parrilla televisiva norteamericana -en la que los estrenos de cable obligan a las generalistas a ponerse las pilas- hizo que Mujeres desesperadas se saldase con un considerable -y merecido- bajón en las audiencias. Cuando uno había tirado la toalla con las vecinas de Wisteria Lane, Marc Cherry decidía hacer algo para recuperar a la audiencia. Y, ¿cuál es el mejor anzuelo para buscar el beneplácito de un público enormemente agotado? ¿Trucos como los tan desgastados saltos en el tiempo? ¿Drásticos cambios en el reparto? ¿Reinvención absoluta? Nada de eso. Más bien un simple regreso a la calidad. El final de la desastrosa sexta temporada de la serie de Cherry adelantaba un giro al que muchas series recurren cerca del final de su andadura: el regreso a los orígenes. Para muchas de estas series, la regresión supone una mera ilusión. No obstante, la séptima temporada no utiliza a Paul Young como reclamo fatuo, sino que saca el máximo provecho del personaje y lo convierte en acicate para la historia, y en última instancia, para el espectador. Paul desencadena un arco narrativo que durante la primera mitad de la temporada nos devuelve la esencia más pura de Mujeres desesperadas.

Sin duda es “Down the Block There’s a Riot” (7.10) el episodio estrella de la temporada, precisamente por hacer converger de manera magistral las tramas menores de los episodios anteriores con el plan maestro de Paul Young -desde ya mi malo favorito de la serie. Por si eso fuera poco, “Riot” aúna los principales leit-motivs de la serie y construye la perfecta parábola suburbana que funciona como pieza independiente del resto de la serie, a pesar de no contar nada nuevo con respecto a los seis años anteriores. El tono afectado y grandilocuente del episodio bordea el ridículo, pero no llega a tocarlo en ningún momento. En su lugar, una tensión que no se manejaba con tanta precisión desde “Bang” (3.07) hace que temamos por el bienestar de los personajes y que no seamos capaces de despegar la mirada durante los intensísimos últimos diez minutos.

“Riot” es el ya tradicional episodio de catástrofe de la temporada. Sin embargo, esta vez la catástrofe proviene del corazón del barrio residencial, y no es provocada por un agente externo. Los responsables son los propios vecinos de Wisteria Lane convertidos en una masa desquiciada y descontrolada, un gran monstruo con cabeza de elefante que destroza vallas blancas a su paso y que solo se detiene cuando deja de ver la paja en el ojo ajeno. Y es Lynette la encargada de aportar el clímax durante la locura, de abrir los ojos al monstruo, con tres sencillas palabras directamente desde las entrañas. “He’s my neighbour!” Tres palabras que funcionan como símbolo y eslogan, como indicio de lo que Mujeres desesperadas fue y, sorprendentemente, aún puede llegar a ser.

El episodio podría funcionar como conclusión definitiva de la serie a nivel de discurso, puesto que ofrece las ideas más importantes condensadas y simplificadas brillantemente, además de aportar cierta conclusión cíclica. Sin embargo, no lo es, y eso quizás sea aún mejor. Encontrarse un episodio de estas características tras siete años, y después de un progresivo y lento desgaste, es sin duda una señal de que quizás no esté todo perdido, y Mujeres desesperadas se marche por todo lo alto. Si es que se decide a marchar de verdad.

Mujeres desesperadas, "We All Deserve to Die" (6.19)

Esta semana, en Mujeres desesperadas:

1. Gabrielle se ofrece a Bob y Lee, los gays de Wisteria Lane, como donante de óvulos, pero cree que va a ser la madre y que va a tener influencia en la vida del bebé (claro, Gabby, claro). Cuando descubre, sorprendidísima, que Bob y Lee piensan criar solos al niño, vuelve a casa agradecida porque ve la cara de sus niñas gordas todos los días.

2. Bree sigue queriendo más a su hijo falso que a su hijo de verdad. La Van de Kamp se juega su carrera editorial en una noche, y está a punto de perderla porque alguien ha saboteado su menú. Orson abre los ojos (le cuesta) a Bree: Sam, su nuevo hijo y empleado puede estar detrás de todo. Más tonta que Gabrielle.

3. Susan atasca las tuberías de sus “amigas” de Wisteria Lane para que Mike tenga trabajo y no se sienta un fracasado y un mariquita por no poder hacer frente él solo al pago de su coche.

4. Lynette consigue el expediente policial de la prometida rusa de su hijo: es una timadora internacional que se casa con hombres para desaparecer después con todo su dinero. Lynette desenmascara a la rusa, que confiesa sus fechorías sin saber que su prometido está escuchándolo todo detrás de la puerta (!). Y hablando de “detrás de la puerta”, no podemos no mencionar la escena en la que Lynette está en el cuarto de su hijo, que llega de improvisto a casa, obligándola a esconderse detrás de la puerta del armario. Dos escenas abrumadoras. Bravo, bravo, bravo.

5. El ex de Angie (John Barrowman) está escribiendo la novela americana de siglo XXI. El chico Bolen, que le sirve café todos los días, le está ayudando, sin sospechar que es en realidad su padre, y que este ha decidido arrebatárselo a su madre por habérselo llevado lejos de él años atrás. Ley del talión y clímax desesperado. Qué bien.

6. Y se descubre quién es el asesino en serie de Wisteria Lane. Espera, ¿había un asesino en serie? Resulta que es el amigo de los gemelos Scavo, que al final del episodio se lleva a la rusa en coche y la estrangula. ¡Viva!

Hace unas temporadas, esta “mera” exposición de tramas no haría justicia a lo que en realidad era Mujeres desesperadas, una exquisita comedia dramática, un culebrón de calidad con personajes geniales y tramas muy divertidas, una gran serie que uno no debía juzgar por las tapas. Era fácil pensar que no había calidad en una serie de este tipo, pero la había, y a veces, en grandes cantidades. Hoy en día, las tramas de cada episodio, por muy ridículas que suenen, no representan a la vergüenza ajena que uno puede llegar a sentir viendo la serie. Calamidad.