Capitana Marvel: El eslabón perdido de Marvel

Ha tardado diez años, pero por fin ha llegado. Marvel presenta su primera película protagonizada por una mujer (después de que la Avispa compartiese cartel con el Hombre Hormiga en Ant-Man y la Avispa). Capitana Marvel es la penúltima entrega de la Fase 3 del Universo Cinematográfico Marvel, un acontecimiento muy esperado que promete sacudir los cimientos de este universo de ficción. Anna Boden y Ryan Fleck dirigen la primera película en solitario del divisivo personaje de Marvel Comics, adoptando su encarnación más reciente, Carol Danvers. La oscarizada Brie Larson se pone en la piel de la heroína de poderes cósmicos en una película que ejerce como presentación oficial del personaje y también como precuela del Universo Marvel y la Iniciativa Vengadores, es decir, un entreacto para rellenar los huecos entre Vengadores: Infinity War Endgame.

Como viene siendo habitual en las películas del estudio, Capitana Marvel toma elementos icónicos de la historia de Marvel Comics y los transforma y adapta a sus necesidades. La película se construye como una historia de orígenes, pero no es exactamente la que nos encontramos en las viñetas, sino que han decidido alterar el orden de los factores para tratar de darle un giro refrescante. La de Carol Danvers es una historia de autodescubrimiento clásica, pero en lugar de utilizar el ABC del decálogo superheroico, cambia el esquema por un BCA, resultando en una origin story ligeramente diferente, si bien algo confusa e irregularmente desarrollada, sobre todo durante su primer acto.

Capitana Marvel transcurre en los 90, y se asemeja a una película de acción y ciencia ficción de invasiones extraterrestres propia de esta década, una aventura intergaláctica que nos presenta el Universo Marvel tal y como era antes de que lo conociéramos. Después de estrellarse en la Tierra durante una misión, en la época en la que todavía se usaban las cabinas telefónicas y existían los videoclubs, la guerrera Kree Vers (Larson) trata de ponerse en contacto con su equipo, liderado por su mentor, Yon-Rogg (Jude Law), mientras investiga la infiltración en nuestro mundo de la raza alienígena de los Skrulls, con la que los Kree libran una guerra a través del espacio. Durante su estancia en la Tierra, Vers empieza a ver flashes de una vida anterior, lo que le lleva a descubrir la impactante verdad sobre su pasado, su identidad y el origen de sus poderes.

Larson está acompañada la mayor parte del tiempo por Samuel L. Jackson, que retoma su papel como Nick Furia cuando aun era un simple agente de S.H.I.E.L.D, gracias a la tecnología digital rejuvenecedora a la que tanto partido le está sacando el estudio (y con éxito, porque el “lifting” de Furia es impecable y no distrae en ningún momento). Ambos llevan el timón, junto a la robaescenas oficial de la película, la gata Goose, de una divertida buddy film dentro del espectáculo sci-fi al que nos tiene acostumbrados Marvel, protagonizando los momentos más cómicos en una película que sabe dosificar el humor para no saturar con demasiados chistes. El reparto es uno de los puntos fuertes del film, con Jackson como una de las atracciones principales, y un grupo de aclamados intérpretes secundando a los protagonistas. Los personajes de Jude Law, Ben Mendelsohn y Annette Bening están correctamente caracterizados e interpretados, nos deparan bastantes sorpresas (Talos la más grata), y los actores parecen estar pasándoselo bien, algo que no siempre ocurre con este tipo de fichajes de renombre en el cine de superhéroes.

Pero por supuesto, Larson es el centro de atención. La actriz, blanco de polémicas externas por su empeño en aumentar la diversidad en la crítica y la cobertura de prensa de la película, se ha tenido que enfrentar a un injusto escrutinio por parte de un sector del público. Afortunadamente, la actriz demuestra con su estupendo trabajo en la película que fue una elección más que acertada para el papel. Su Carol es una superheroína definida, una mujer inteligente, decidida y carismática que Larson construye encontrando el equilibrio adecuado entre el temple y la capacidad analítica de un soldado, la fuerza extraordinaria de un superhéroe y la humanidad de una persona que está tratando de descubrir quién es en realidad.

Capitana Marvel es una oportunidad para visitar otro rincón pasado del Universo Marvel y reencontrarse con viejos conocidos. La presencia de Furia, Ronan (Lee Pace), Korath (Djimon Hounsou) o Phil Coulson (Clark Gregg) establece conexiones con las vertientes terrenales y cósmicas del UCM, ayudando a completar sus historias mientras trazan líneas directas con Los Vengadores (algunas inesperadas) que nos preparan para el enfrentamiento final con Thanos en Endgame. Pero estos nexos están debidamente entrelazados en la historia de Carol de modo que nunca hacen que el foco se distancie demasiado de ella y que, por tanto, la película se mantenga contenida en sí misma.

Aunque no sobresale especialmente por su aspecto visual o su dirección, más bien convencional (sobre todo si lo comparamos con otras entregas de la Fase 3 mucho más estimulantes como Doctor StrangeThor: Ragnarok Black Panther), Capitana Marvel saca provecho de su ambientación noventera con detalles nostálgicos muy simpáticos (de los que, afortunadamente, no abusa) y sobre todo una banda sonora de temazos de los 90 (Garbage, Hole, No Doubt, TLC, Nirvana, REM…) que harán vibrar a cualquiera que creció durante esta década. Las canciones suelen acompañar escenas de acción electrizante y combates excelentemente ejecutados (memorable un explosivo una contra todos al ritmo de ‘Just a Girl’ de No Doubt), en los que Larson destaca por su agilidad y contundencia, haciendo honor a la reputación de su personaje como el más poderoso del Universo Marvel (aunque eso aun está por ver).

Capitana Marvel es la historia de empoderamiento femenino que el eminentemente masculino Universo Marvel necesitaba. Carol Danvers no solo se enfrenta a villanos del espacio exterior, sino también al sexismo de cada día en la Tierra (en una escena le llegan a pedir que sonría, evocando así a la absurda polémica en Internet porque el personaje no aparece sonriendo en el material promocional de la película), respondiendo siempre con entereza y dignidad, dándole a lo trolls la justa atención que merecen y levantándose cada vez que se cae para demostrar su valía en un mundo de hombres que no creen que haya lugar para ella. También hay que señalar que no hay historia de amor en la película, sino una bonita amistad entre Carol y su excompañera de vuelo y mejor amiga Maria Rambeau (la revelación Lashana Lynch), con la que protagoniza las escenas más emotivas. Pero su mensaje feminista viene también acompañado de un (quizá no muy sutil) mensaje anti-bélico y una reflexión en torno a los refugiados alienígenas que sirve como reflejo de nuestra realidad y ayuda a dar un mayor empaque emocional y trascendencia a la historia.

Evidentemente, Marvel sabe exactamente lo que tiene que dar a su público, y eso es justo lo que hace en Capitana MarvelQue es formulaica es más que obvio. Aunque, como ya he dicho, trata de darle una vuelta de tuerca a esa fórmula para contar una historia de orígenes desde otro punto de vista, al final no deja de ser una película de Marvel en todos los aspectos, para bien y para mal. Ofrece las dosis de acción y espectáculo que esperamos de Marvel (con efectos digitales mejorables, desgraciadamente también como siempre), la fusión de drama y comedia, las conexiones con el UCM, la fijación con las relaciones paterno-filiales, la definición de qué hace al héroe y su lucha moral, los giros argumentales que dan la vuelta a lo que creíamos saber, el marveliano juego de la anticipación que da lugar a un tercer acto que eleva la película… Todo está aquí, y todo funciona tan bien como siempre. Porque si algo no está roto, ¿por qué vas a arreglarlo?

Capitana Marvel es un disfrutable estallido galáctico de nostalgia noventera, una bienvenida incorporación al Universo Marvel que cumple su cometido presentando a su heroína y dejándonos con ganas de volver a verla. No es una película perfecta, pero es que sería injusto pedirle que lo fuera. El hecho de que sea la primera película de Marvel centrada en una mujer ha hecho que le exijamos más que a sus predecesoras, cuando lo cierto es que Marvel ha hecho con ella lo que debía: darle el mismo tratamiento que a sus héroes masculinos. Su primera incursión en Marvel es un eslabón imprescindible para todo fan del estudio, una inspiradora historia que sirve para encajar las piezas que faltaban y calentar motores para el gran acontecimiento de Vengadores: Endgame, en el que volveremos a ver a Carol, ya unida a los Héroes Más Poderosos de la Tierra.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Jumanji – Bienvenidos a la jungla

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El caso de Jumanji es curioso. La película dirigida por Joe Johnston fue acribillada por la crítica a su estreno en 1995, pero la gran acogida del público la acabó llevando a ingresar en la cultura popular como una de las cintas para toda la familia más emblemáticas de la época. Su éxito (recaudó 264 millones de dólares en todo el mundo) fue el resultado de una feliz sinergia de elementos: la fuerte demanda de cine de aventuras con animales tras el pelotazo de Parque Jurásico, el boom de los efectos digitales (irrisoriamente primitivos vistos ahora, menos en el caso de los monos, que ya eran lo peor en su día) y Robin Williams en la cima de su popularidad noventera. Jumanji se estrenó en el mejor momento posible, y esto la ayudó a convertirse en uno de los acontecimientos cinematográficos que definieron a la generación que creció en los 90.

Sin embargo, la película no consiguió hacer despegar una franquicia, como por momentos pareció ser la intención. Sí, hubo una serie animada y una más que estimable secuela espiritual, Zathura, pero la cosa se quedó ahí. Hasta 2017. No hace mucho, Sony Pictures vio el filón de la nostalgia y decidió aprovecharlo anunciando un reboot de Jumanji. La noticia no fue recibida con el mismo nivel de virulencia que la nueva Cazafantasmas, pero sí se encontró con el rechazo de un público que tenía a la original en más alta estima de lo que creíamos. La cosa empeoró cuando se desveló la premisa: en lugar de un juego de mesa, Jumanji pasaba a ser un videojuego. ¡Horror, sacrilegio, infancia arruinada! Por todo esto, el temido reboot tenía todas las papeletas para ser un desastre, pero contra todo pronóstico, ha acabado revelándose como una de las sorpresas de la temporada.

Jumanji: Bienvenidos a la jungla, que es como se llama el invento, es muy diferente a la original. No se limita a repetir la jugada, sino que se configura a modo de secuela actualizadora para millennials y niños. Como adelanta el título, la acción se traslada enteramente a la jungla, es decir, al interior de Jumanji. Cuatro estudiantes de personalidades dispares son castigados a pasar el día limpiando el sótano del instituto, donde encuentran una antigua consola y un misterioso cartucho. Cuando inician una partida de la versión en videojuego de Jumanji, son absorbidos y transformados en avatares con identidades y habilidades radicalmente distintas a las de sus vidas reales. Juntos deberán emprender una peligrosa aventura resolviendo puzles, enfrentándose a enemigos mortales y avanzando de nivel hasta llegar al jefe final (Bobby Cannavale), contra el que deberán luchar para ganar la partida y evitar quedarse atrapados en el juego para siempre.

Dejando atrás el tablero, Jumanji: Bienvenidos a la jungla se presenta como un homenaje paródico a los 16-bits en el que el lenguaje de los videojuegos (las vidas, los tutoriales, los menús de selección, los power-ups, las secuencias cinemáticas…) proporciona una forma muy creativa de construir la aventura (aunque sea haciendo trampa, esta es una película de videojuegos que sí funciona) y la nostalgia se maneja con sorprendente acierto y mesura. Aunque técnicamente estamos ante una secuela, la nueva Jumanji evita caer en el error de la réplica y encuentra su propia voz, demostrando que tiene muy clara tanto su (nueva) personalidad como la época en la que le ha tocado vivir. Y esa época pertenece a una de las mayores estrellas del cine comercial y posible futuro presidente de los Estados Unidos, Dwayne Johnson. Si su anterior reboot, Baywatch, fallaba por completo en todo lo que se proponía, Jumanji da en la diana, y es en gran medida gracias a él. Verlo interpretar a un nerd enclenque y asustadizo atrapado en la montaña de músculos que es The Rock es una de las mayores atracciones de la película.

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Johnson está más gracioso que nunca (carcajada segura cada vez que redescubre asombrado sus bíceps), pero no está solo. Lo acompañan dos pesos pesados de la comedia generalista, Kevin Hart y Jack Black, que cumplen a pesar de que su histriónico humor pueda sobrecargar a muchos (quien esto escribe incluido), y la escocesa Karen Gillan, actriz todoterreno que demuestra sus excelentes dotes para la comedia y la acción protagonizando algunos de los mejores combates de la película y sacando el máximo partido de un personaje poco agradecido (construido para criticar estereotipos en los que en un momento u otro acaba cayendo). La dinámica que crea el cuarteto protagonista (quinteto contando a un más que decente Nick Jonas, que se incorpora al grupo a mitad de la aventura) es el principal motor cómico y emocional del film. Hay tanta química entre todos ellos que da igual que el argumento no sea nada del otro mundo o que algunas subtramas no terminen de cuajar. Al final (y al principio), lo importante es pasárselo bien, y todos se aseguran de que así sea.

Jumanji: Bienvenidos a la jungla no es ninguna maravilla (la original tampoco lo era, aunque nos encantase, a mí el primero), de hecho es más bien una tontería, pero es más que digna como cine familiar y entretenimiento ligero para las vacaciones. Divertida, simpática, con abundantes gags eficientes (sobran un par de chistes sobre lo que mola tener pene, eso sí) y diálogos más ingeniosos de lo que parece, secuencias de acción resultonas (atención al set piece del helicóptero, brutal) y encima, corazón. Porque afortunadamente, la película no deja nunca de apoyarse en los personajes para crear los conflictos, resolverlos ensalzando el trabajo en equipo y, durante su emotivo final, dejarnos con un apropiado mensaje sobre la amistad y la importancia de abandonar nuestros miedos y prejuicios para atrevernos a ser quienes realmente queremos ser.

Es decir, lo que prometía enfadar a la audiencia ha acabado haciendo todo lo contrario, ser un crowdpleaser de manual. Al no tomarse demasiado en serio y carecer de mayores pretensiones que hacer pasar un buen rato, Jumanji: Bienvenidos a la jungla invita a relajarse y disfrutar de la partida.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Power Rangers

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Saltémonos la introducción obligatoria sobre la naturaleza cíclica de la cultura audiovisual y el poder comercial de la nostalgia en nuestros días, y vayamos directos al grano: Este era el momento más indicado para estrenar un reboot de Power Rangers en el cine. No cabe duda. Entre revivals y relecturas de lo familiar, la propiedad de Haim Saban basada en la serie japonesa Super Sensai estaba pidiendo a gritos esta actualización en clave de épica. Millones de niños de todo el mundo crecieron con Power Rangers, con la serie de los 90, sus muñecos (sobre todo sus muñecos) y su mítica película de 1995 (¿quién no la tenía en VHS?), así que era lógico y esperable que la franquicia recibiera un lavado de cara deshaciéndose de la caspa para sumarla a las sagas de universos interconectados que dominan la taquilla mundial. Esta es la motivación principal tras la nueva película de Power Rangers, un espectáculo palomitero cuidadosamente diseñado para satisfacer a las nuevas generaciones sin descuidar a los fans de toda la vida.

Como adelantaban los trailers, la nueva película, dirigida por Dean Israelite, presenta una versión fiel, pero más oscura y estilizada de Power RangersUno de sus mayores aciertos es haber convertido a sus cinco protagonistas en los adolescentes inadaptados (pero guapísimos, claro) de la clásica película de instituto. De esta manera, Power Rangers pasa a ser, muy deliberadamente, una suerte de cruce entre El club de los cinco Chronicle para narrarnos una origin story que da comienzo en el aula de detención y se desarrolla según los cánones actuales del cómic y el cine de superhéroes (varias referencias a Marvel corroboran sus intenciones). Israelite, que ya se había fijado bastante en la cinta de Josh Trank para realizar su anterior película, Project Almanac, se toma su tiempo para que conozcamos bien a los protagonistas (y para que ellos se conozcan) antes de que estos se conviertan en Rangers (como en otra de Trank, Cuatro Fantásticos, pero con rumbo y visión global). Que Jason (Dacre Montgomery), Kimberly (Naomi Scott), Billy (RJ Cyler), Trini (Becky G.) y Zack (Ludi Lin), un joven reparto protagonista que supone un acierto quíntuple de casting, sean el corazón de la película en todo momento es lo que hace que esta funcione tan bien.

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Es decir, sorprendentemente, Power Rangers sabe de la importancia de no precipitarse y hacer bien las cosas en los preámbulos, y dedica el tiempo necesario a caracterizar a sus personajes, dar forma a sus historias, sus relaciones, y desarrollar la dinámica del grupo, en cuyas diferencias y similitudes se encuentra la principal fuerza que impulsa la película. De ahí que tardemos en verlos sin su armadura de Ranger, una decisión orgánica que antepone la necesidad de asentar unos buenos cimientos a la acción por la acción, y que conecta adecuadamente la (loquísima) mitología con el conflicto interno de sus protagonistas: para convertirse en Rangers, primero tienen que aceptarse a sí mismos y superar sus diferencias. Pero esto no quiere decir que en los dos primeros actos no haya acción o acontecimientos destacables. Todo lo contrario, ver a estos adolescentes problemáticos descubriendo sus poderes (al más puro estilo Spider-Man), navegando la presión social y familiar, y entrenando para enfrentarse a la amenaza que acecha el mundo (ineludible el montaje musical) mientras se hacen amigos es lo mejor de Power Rangers, lo que hace que la película sea mucho mejor de lo que debería, y de lo que esperábamos.

Pero claro, Power Rangers no se podría llamar así si no incluyera todo lo que hizo ultra-popular a la marca. Tenemos al mentor de los Rangers, Zordon, interpretado por el venerable Bryan Cranston, personaje cuya historia se remonta 65 millones de años en el pasado para narrar el origen de los Power Rangers y establecer el conflicto central (en un prólogo muy reminiscente de Transformers): la eterna lucha por defender un poder primigenio (un cristal mágico, por supuesto) que no debe caer en las manos equivocadas. En este caso, las de Rita Repulsa (Elizabeth Banks), que a pesar de un fantástico rediseño y unos poderes muy vistosos, no deja de ser como el villano caricaturesco y poco definido de casi todas las películas de superhéroes.

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La mayor batalla que vemos en Power Rangers es la que tiene lugar entre el material clásico y la necesidad de renovarlo, una que da lugar a un producto indudablemente de su tiempo que no deja de mirar atrás. Lo que nos encontramos aquí es la sempiterna historia del héroe o héroes elegidos por el destino para proteger a la humanidad de la extinción, un conflicto muy bien manejado, siguiendo los dictados de los relatos coming-of-age (como en Buffy, todo es una metáfora de hacerse mayor) y el cine de superhéroes (los protagonistas se preguntan constantemente si son tal cosa) sin dejar de ser Power Rangers. Es decir, incorporando solícitamente todo lo que define a dicha marca: los Zords (y Megazords), las frases famosas (“¡A metamorfosearse!“, el “Ay ay ay” del robot Alpha), incluso la sintonía de cabecera original (“¡Go, go, Power Rangers!”). Esto provoca cierto desequilibrio tonal y una clara desconexión entre la primera hora y media y el tercer acto de la película, en el que esta debe hacer honor a la Power Rangers de siempre. Claro que, durante su espectacular (y algo precipitado) clímax, la película da a los fans todo lo que esperan de ella (tan deliciosamente absurdo como antes pero envuelto en una vorágine de CGI), la acción exagerada y cartoonesca, el enfrentamiento con el villano y la consecuente batalla de titanes que provoca la destrucción en la ciudad, todo al ritmo de los cánticos al unisón de los Rangers subidos a bordo de sus respectivos Zords. 100% Power Rangers.

Sin embargo, lo mejor del film no es este estallido apocalíptico, sino todo lo que hemos visto hasta llegar ahí, lo que redibuja la historia de Jason, Kimberly y compañía, haciendo cambios pertinentes para reflejar la realidad del siglo XXI y representar a sus adolescentes (incluido un Ranger en el espectro del autismo y un pequeño pero potencialmente decisivo momento LGBTQ), convirtiéndolos en personajes con más entidad de lo habitual, más actuales, y con mucho potencial de cara a próximas entregas (que, como queda patente en todo momento, es la idea).

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Ni que decir tiene que Power Rangers no es el colmo de la profundidad (ni tiene que serlo), pero si supone un éxito es sobre todo gracias a la importancia que da a los personajes y al buen hacer de sus jóvenes actores (en especial Scott y Cyler, que ya destacó en Yo, él y Raquel con un papel diametralmente opuesto al que interpreta aquí). Así como a su cuidado apartado visual (integra estupendamente los colores que identifican a los personajes con el escenario más sombrío de la nueva Angel Grove), su sentido del humor (leve pero más atrevido) y sus guiños a los fans de la serie original (atención a los cameos). La lucha entre lo viejo y lo nuevo da lugar a un producto muy despierto y divertido, apto para los más pequeños, pero menos infantil (y cutre) de lo que recordábamos, un blockbuster liviano pero hecho con esmero que inaugura un universo cinematográfico lleno de posibilidades para el futuro (la escena post-créditos apunta por dónde iría la secuela) mientras nos devuelve la ilusión del pasado.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Comedias románticas de ayer y hoy: Jerry Maguire y Maggie’s Plan [Reseña Blu-ray]

Entre las novedades recientes en Blu-ray de Sony Pictures Video se encuentran dos comedias románticas separadas por veinte años, la clásica Jerry Maguire y la reciente Maggie’s Plan, dos formas muy distintas de abordar el género romántico que vienen a reflejar la sensibilidad y las tendencias cinematográficas de sus respectivas etapas. Y es que el tipo de rom-com que se hacía en los 90 ha dado paso a través de los años a una reinvención del género en la que la mujer ha ganado mucha más entidad, convirtiéndose en algo más que la clásica soñadora cuya meta en la vida es casarse con su príncipe azul. Menos mal.

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Jerry Maguire

Dirigida por Cameron Crowe (Casi famososVanilla SkyAloha), Jerry Maguire es una de las comedias románticas más exitosas de mediados de los 90. Esta película protagonizada por Tom Cruise cuando estaba en la cima de Hollywood logró lo que la mayoría de títulos del mismo género no solían conseguir, convertirse en una comedia romántica prestigiosa, aclamada por la crítica y nominada a numerosos galardones (entre ellos cinco premios de la Academia, que se dice pronto). Partiendo de una idea original de Crowe, Jerry Maguire venía disfrazada de película deportiva/drama profesional, pero en realidad se trataba de una rom-com clásica. Una jugada maestra pensada para atraer tanto al público potencial de una como de otra que surtió efecto y dio lugar a una de las películas más icónicas de su década.

En esta nueva edición en Blu-ray que conmemora el vigésimo aniversario del film, tenemos la oportunidad de reencontrarnos (o conocer por primera vez, si es una de esas películas que ha visto todo el mundo menos tú) a Jerry Maguire (Cruise), un agente deportivo en horas bajas, y Dorothy Boyd (Renée Zellweger), una tímida madre soltera que trabaja para él y con la que vivirá un apasionado romance. Tras perder su trabajo y a su novia (Kelly Preston) y ver cómo su carrera profesional y sus convicciones tocan fondo, Jerry hace lo posible por volver a la cresta de la ola con la ayuda de otra ex gloria, un jugador de fútbol interpretado por Cuba Gooding Jr., papel que le valió un Oscar a mejor actor secundario, y de Dorothy, con la que encuentra una nueva oportunidad para triunfar y ser feliz.

jerry-maguire-blu-rayJerry Maguire consagró a Cruise como galán cinematográfico moderno (años antes de que el mundo le cogiera manía) y convirtió a Zellweger en toda una revelación. La película destaca sobre todo por sus escenas cómicas y sus famosos diálogos, que pasaron automáticamente a formar parte de la cultura popular: “Tú me completas”, “Ayúdame a ayudarte” o la frase más famosa de la película, “Enséñame la pasta”. Pero después de dos décadas, lo mejor sigue siendo su emocionante final. La sempiterna escena propia de cualquier película romántica que se precie en la que uno de los protagonistas (en este caso Jerry) vuelve corriendo a los brazos de su pareja para declararle su amor, uno de los momentos más emotivos de la película, que termina con una de sus mejores frases: “Ya me tenías con el hola”.

Sobre el Blu-ray: La nueva edición de Jerry Maguire cuenta con una estupenda remasterización que conserva el grano original sin sacrificar nitidez y resalta los vivos colores de la película. Además, el disco incluye una tonelada de contenidos adicionales: Jerry Maguire: Nos volvemos a ver – Una retrospectiva de tres partes con nuevas entrevistas con Tom Cruise y Cameron Crowe, casi 60 minutos de escenas eliminadas y extendidas nunca vistas, galería de fotos, tráiler del cine, comentario visual de imagen en imagen con Tom Cruise, Renée Zellweger, Cuba Gooding Jr. y Cameron Crowe, escenas eliminadas con comentario del director y del montador, imágenes de los ensayos con comentario del director y del montador, “Mi primer anuncio” con Rod Tidwell, Drew Rosenhaus: como ser agente deportivo, vídeo musical “Secret Garden” de Bruce Springsteen y así se hizo.

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Maggie’s Plan

Final feliz. Fundido a negro. Rótulo: “20 años después”. Las cosas han cambiado mucho en el mundo, y por extensión, en el cine. Si Jerry Maguire era una comedia romántica contada principalmente desde el punto de vista masculino, en Maggie’s Plan es la mujer la que lleva las riendas de la historia en una película fresca y contemporánea que dirige Rebecca Miller (The Ballad of Jack and Rose) con un ojo puesto en la dramedia habitual de Sundance y otro en el cine urbano de Woody Allen.

Maggie (Greta Gerwig) es una neoyorquina sin suerte en el amor que un día decide que no quiere esperar más y se propone tener un hijo sola. Sin embargo, la misma noche que lleva a cabo la inseminación artificial, John (Ethan Hawke), un profesor de antropología y aspirante a novelista con el que ha entablado una bonita amistad, le declara su amor. Maggie, que también está enamorada de él, desecha su plan original para construir una vida en común, para lo que él debe abandonar a su mujer, Georgette (Julianne Moore), una ambiciosa académica. Pero en un giro inesperado, su relación con John no resulta como ella imaginaba, lo que le lleva a trazar un nuevo plan para solucionar su vida y la de él tratando de hacer el menor daño posible.

Si en Jerry Maguire teníamos a una madre soltera en busca de una figura paterna para su hijo, en Maggie’s Plan nos encontramos todo lo contrario, una mujer que decide tener un hijo ella sola y a priori no necesita que el hombre se involucre en sus vidas. Claro que, como la buena comedia de enredos que es, Maggie’s Plan da muchas vueltas a partir de esta premisa, convirtiéndose en una película tan divertida como sofisticada, un trabajo que flirtea con la screwball comedy a la vez que ofrece astutas observaciones sobre las relaciones que maggies-plan-blu-rayreflejan los cambios progresistas de los que hablábamos (por ejemplo, Maggie es amiga de un matrimonio, y quien la escucha y le da consejo sentimental paseando a su bebé en carrito es el marido, que además es su ex). Pero sin duda, lo mejor del film es su excelente reparto, una divertidísima Julianne Moore, un atinado Ethan Hawke, los habituales de la comedia USA Bill Hader y Maya Rudolph, y por encima de todos, la encantadora Greta GerwigMaggie’s Plan es Gerwig al 100%, por lo tanto, los que han disfrutado de sus películas anteriores (Frances HaMistress America) encontrarán en ella su mayor baza. Su carisma y sensibilidad convierten la película en un retrato inteligente y fresco de la vida en pareja, el trabajo, la maternidad y los sueños de futuro en la Gran Manzana. En definitiva, imprescindible para los fans de Greta Gerwig y el cine sobre jóvenes (y ya no tan jóvenes) navegando las difíciles aguas de la vida moderna.

Sobre el Blu-ray: Siendo una película de 2015, la calidad de imagen y sonido es tan buena como cabe esperar, aunque no es ese tipo de película que se luce por su apartado técnico o estético. Los contenidos adicionales incluyen: Comentario con la directora, Rebecca Miller, rueda de prensa en el festival de Sundance, así se hizo y tomas falsas.

Jerry MaguireMaggie’s Plan ya están a la venta en España. Sony Pictures Video también ha editado Maggie’s Plan en formato DVD.

Madres Forzosas: El retorno de la caspa

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Ya está disponible en Netflix la primera temporada de Madres forzosas (Fuller House), la esperada continuación de una de las sitcoms de los 80/90 más queridas de la televisión, Padres forzosos (Full House). La serie original se emitió en Estados Unidos durante ocho temporadas, entre 1987 y 1995, pero nunca ha dejado la tele en su país de origen. Las reposiciones de la serie han estado funcionando durante más de 20 años, con un éxito de audiencia inaudito, lo que indicaba que un reboot quizá sería bienvenido por los fans de la sitcom, que seguía al pie del cañón, y fácil de concebir gracias al panorama televisivo que está construyendo Netflix. Así, en la era de las series resucitadas y las secuelas tardías, nacía Madres forzosas, una serie que retoma el formato original (comedia de situación en estudio con público) para contarnos qué ha sido de la familia Tanner en estos veinte años.

En esta secuela, los “padres forzosos” de la original aparecen para dar el relevo a las chicas de la familia, DJ (Candace Cameron Bure) y Stephanie (Jodie Sweetin), que junto la Urkel original, Kimmie Gibbler (Andrea Barber), ocupan la antigua casa de los Tanner con sus respectivas familias (DJ es viuda y tiene tres hijos, mientras que Kimmie está criando sola a su hija adolescente después de divorciarse, y Stephanie es una DJ de éxito en Londres que se queda para ayudar a su hermana a criar a los niños, como el tío Jesse en su día). La nueva generación Fuller House es un homenaje a la original, pero también tiene un tufillo que nos recuerda demasiado a las comedias de Disney Channel (herederas sin duda de Padres forzosos).

Pues bien, os deseo mucha suerte si vais a devorar los primeros trece episodios este fin de semana, porque por mucho que estéis preparados, Madres forzosas (título que sigue sonando a telefilm de Antena 3 sobre mujeres raptadas por una secta y obligadas a parir como conejas para un líder) puede provocar una úlcera irreparable. Desde luego a mí me la provocaron los tres primeros capítulos, que tuve la “suerte” de ver hace un mes. Queríamos revival noventero de verdad, y eso es lo que la serie nos da, ni más ni menos. El piloto es uno de los episodios de sitcom más chapuceros que he visto en mi vida (y no es que me enorgullezca, pero he visto muchas sitcoms enlatadas chapuceras). Como si fuera un teatrillo barato o una parodia de SNL o Jimmy Kimmel (y estoy siendo muy generoso), “Our Very First Show, Again” nos da la bienvenida de nuevo a ese icónico chalet adosado de San Francisco, donde nos reecontramos con todos los miembros originales de Padres forzosos, el trío de “solteros y un biberón” formado por Danny, Jesse y Joey, la tía Becky, y el ex de DJ, Steve, que aparecen, son recibidos con vítores por parte del público, dejan caer sus catch phrases (tristemente y a destiempo), y nos recuerdan por qué la mayoría no ha encontrado trabajo en la tele en las últimas dos décadas (el único que medio da la talla es John Stamos, aunque está más pendiente del público y de sí mismo que de otra cosa).

Fuller houseSolo falta Michelle (Mary-Kate y Ashley Olsen), pero no os preocupéis, que la serie se encarga de hacer un guiño chirriantemente fuera de lugar con el que rompe la cuarta pared para contarnos dónde está la pequeña de los Tanner, uno de los momentos más ridículos y vergonzosos de un episodio abarrotado de momentos ridículos y vergonzosos. Y la cosa no mejora en los capítulos siguientes, cuando las Tanner junior continúan llevando ellas solas el peso de la serie, junto a su troupe de estrellas infantiles en ciernes/juguetes rotos. Guiones (por llamarlos de alguna manera) famélicos, con tramas rancias, chistes manidos, sobredosis de sensiblería (un abrazo más y estallamos), acumulación absurda de cucamonas sin gracia y frases famosas de la serie (que alguien sacrifique a Dave Coulier), una factura más cutre que la de un plató de película porno, actores desentrenados (para ser justos, al menos Cameron es un encanto, y está bastante bien teniendo en cuenta las circunstancias), innumerables momentos de vergüenza ajena, estrellas invitadas de vidas pasadas (no tengo nada en contra de Macy Gray, al contrario, pero su presencia es un indicio muy elocuente de lo que está pasando). En fin, caspa a tutiplén, la experiencia sitcom noventera al completo. Es como ver Horsin’ Around, la serie que parodia este tipo de sitcoms familiares en BoJack Horseman (también de Netflix), pero sin ironía. Demencial.

Claro que sería injusto pedirle otra cosa, porque es justo lo que nos ofrecía la serie original. Recordamos Padres forzosos con cariño y nostalgia, pero han pasado más de 20 años, y su propuesta ultra-blanca, moralinosa e insoportablemente edulcorada ya no tiene cabida en la tele, a menos que sea en reposiciones. Y ese es el problema de Madres forzosas, que podemos razonar que sea como es alegando que está hecha únicamente para los fans (algo en lo que insisten las actrices tras las críticas destroyer que está recibiendo la serie), pero tenemos que darle un toque de atención, porque estamos en 2016, y da igual el tipo de serie que sea, se espera un mínimo (lo único realmente actualizado es la sintonía de la cabecera, reinterpretada por Carly Rae Jepsen, que también es terrible). Y Madres forzosas no solo no lo cumple, sino que se queda muy por debajo, a dos metros bajo tierra, haciendo difícil la tarea de justificar su existencia. Es cierto que la serie no engaña y es única y exclusivamente para fans (aunque me consta que algunos de ellos ya han desistido), así que si lo sois, y buscáis precisamente lo que he descrito en esta entrada (es decir, lo que nos daba Padres forzosos), adelante, bienvenidos de nuevo, no hagáis caso a mi reseña de crítico amargado y disfrutad (lo digo de corazón). Pero preguntaos una cosa: ¿Os merecéis una serie hecha con tan poco esfuerzo con la única excusa de la nostalgia?

Crítica: Regresión

"Regression" Day 32 Photo: Jan Thijs 2014

Minnesota, 1990. Angela (Emma Watson), la benjamina de una problemática familia de la zona, acusa a su padre de cometer abusos sexuales contra ella para a continuación buscar refugio en la parroquia local, donde se esconde del mundo. El detective Bruce Kenner (Ethan Hawke) se encarga de investigar el caso, que no tarda en dar un giro cuando el padre de la adolescente admite la culpa, pero asegura no recordar haber cometido el crimen. Para llegar al fondo del misterio, Kenner cuenta con la colaboración del reconocido psicólogo Dr. Raines (David Thewlis), que ayuda al sospechoso a recuperar sus recuerdos reprimidos mediante la regresión hipnótica. Esto no hace sino destapar una siniestra conspiración mucho mayor detrás del caso, una secta satánica que realiza rituales macabros y horribles sacrificios en el pueblo, y cuyo desenmascaramiento se convertirá en una obsesión cada vez más personal para el detective.

Regresión es la vuelta de Alejandro Amenábar al cine después de seis años de ausencia en la silla del director (sin contar un videoclip para las Nancys Rubias o el cortometraje publicitario Vale, sus únicos trabajos tras las cámaras en este tiempo), y a su vez supone su regreso al género de terror desde que estrenara Los otros en 2001. Para su nuevo largo, Amenábar aparca la ambición de sus anteriores proyectos (el dramón bigger-than-life Mar adentro y el péplum Ágora) y nos ofrece un thriller psicológico a la vieja usanza, un film sin otra pretensión más que la de narrar una historia de suspense y terror de las de antes, concretamente como las que se hacían hace veinte años (es más, como las que hacían otros, no él).

RegresiónEstamos ante una película noventera en todos los aspectos. La mera presencia de Ethan Hawke como protagonista ya otorga al film ese regusto a 90s que va intrínseco al actor de Texas, pero es que el ejercicio de regresión que nos propone el director va más allá de lo meramente circunstancial o estético. Regresión pide al espectador que se traslade atrás en el tiempo y firme el pacto de la ficción que habría firmado entonces (y ojo, no porque haya muchos agujeros, sino porque no pretende impactar o sorprender al público más resabiado). Amenábar, que también firma el guión (escrito por él solo), ha dibujado un contundente relato pre-Internet basado en hechos reales que juega con la idea del miedo aislado y magnificado dentro de una comunidad; una historia muy americana (no busquéis rastros de españolidad aquí tampoco) con la que también explora el lugar común del paleto yanqui (magnífica Dale Dickey como siempre en este tipo de papel) que lleva sus férreas creencias retrógradas al fanatismo más perturbador. El director nos recuerda que la ola de satanismo de los 90 es algo que ocurrió de verdad (y no solo en la América profunda), dando pie a un contexto fascinante en el que indaga en busca del origen del mal. Y lo hace evitando excesos efectistas y sin pasarse de listo (como sí ocurría en el cine temprano del autor), construyendo una película críptica y engañosa en su justa medida que mantiene en vilo hasta el final.

Regresión es en cierto modo una cura de humildad para Amenábar y a la vez una llamada a abrir los ojos para aquellos que lo tienen en un pedestal sin saber exactamente por qué (relax, por favor). No es un regreso por todo lo alto, no recuperamos a aquel director obsesionado con estar a la altura de lo que la crítica y el público esperaban de él (se le llegó a llamar muchas veces “el Kubrick español“, paraos a pensar en tamaña tontería). Regresión es el trabajo de un cineasta que ha decidido volver al trabajo, sin presiones, sin agobios. Y resulta que, mientras nos rasgamos las vestiduras porque no ha hecho una obra maestra o nos jactamos de nuestro excelente criterio porque “no es para tanto”, él nos está recordando lo más importante, que es un realizador muy solvente y eficaz (claro que a muchos esto ya no les vale). Regresión es la prueba, un trabajo asequible, bien contado (con un desenlace valientemente anticlimático y coherente con la idea que vertebra la película), un perverso juego de sugestión con una atmósfera turbia que envuelve magníficamente toda la película. Este es el Amenábar que yo quiero ver, no el que necesita conservar a toda costa su lugar en el Olimpo, sino el que recuerda por qué empezó a hacer cine.

Valoración: ★★★½

Recordando… Wonderfalls

Wonderfalls reparto

Érase una vez una cadena de televisión huraña y antisocial que en lugar de escuchar a sus telespectadores, se paseaba por sus casas sibilina y amenazante, asiendo una guadaña y murmurando a sus oídos: “no te encariñes con esa serie, la vamos a cancelar”. Se llamaba Fox, aunque muchos empezaron a llamarla Axe. No porque oliera bien, sino por su adicción a blandir esa guadaña para decapitar a sus series sin darles tiempo para que pidieran misericordia. Estamos hablando de una remota época de la televisión norteamericana en la que un índice de audiencia considerado fracaso estrepitoso sería hoy en día un éxito incontestable. Una etapa de transición en Fox que nos dio varias series de culto que no pasaron de los 14 episodios. Firefly acapara toda la atención (por derecho propio, claro), pero hay otra serie foxiana cancelada prematuramente que merece todos los elogios del mundo: Wonderfalls.

Wonderfalls proviene de la inquieta mente de Bryan Fuller. Por aquel entonces este nombre no nos decía nada, pero una década después podemos asociarlo a varias series muy queridas por el público. Se encargó de Star Trek: Voyager, pero su primera ‘serie de autor‘ fue Tan muertos como yo (Dead Like Me), que se mantuvo tan solo dos temporadas en antena, ganándose un culto considerable (uno que se ha ido desvaneciendo, eso sí). A continuación llegó Wonderfalls, de la que hablaré a partir del siguiente párrafo. Más recientemente, Fuller ha conseguido labrarse un nombre propio en la televisión USA gracias a su inconfundible estilo visual, ya muy presente y definido en las series mencionadas. Con Pushing Daisies canalizó al Tim Burton más luminoso, encandilando a muchos espectadores (que por desgracia no fueron suficientes para que la serie pasase de su segunda temporada). Y con su serie actual, Hannibal (segunda temporada pendiente de estreno), vuelve a echar mano de los ingredientes que mejor maneja, iconoclastia, plasticidad y color, oscureciéndolos para explorar la vertiente macabra y pesadillesca de su estilo.

Además de Fuller, Wonderfalls también era obra de Tim Minear, conocido sobre todo por ser uno de los guionistas predilectos de Joss Whedon, showrunner de Angel y Firefly, y más recientemente productor ejecutivo de American Horror Story (si lo pensamos, AHS es bastante deudora del estilo Fuller). La premisa era tan original como arriesgada, puro Fuller: una joven recién salida de la universidad se conforma con vivir en una caravana y trabajar en una tienda de souvenirs de las cataratas del Niágara. Un día, los objetos inanimados con forma de animal empiezan a hablar con ella a base de mensajes crípticos que le hacen plantearse si está destinada a algo más grande en la vida. La excentricidad de la propuesta no terminó de calar con la audiencia, y tampoco con la Fox, que extendió la primera temporada a lo largo de 2004 (fue un estreno tardío de mid-season y continuó en otoño), contribuyendo así a que el impacto fuera aún menor. Quizás habría funcionado mejor con episodios de 20 minutos, en lugar de 40, pero eso nunca lo sabremos.

Wonferfalls greetings postal

Wonderfalls nació en una época de la televisión en abierto en la que aún quedaba espacio para la creatividad y las series no se clonaban siguiendo un patrón diseñado según estadísticas y cifras de audiencia. Buffy y Angel se acababan de despedir, cerrando una fructífera y estimulante era televisiva. Y Wonderfalls llegaba tarde. O visto ahora, puede que demasiado pronto. La serie de Fuller puso en práctica el formato que Expediente X y Buffy popularizaron e implantaron en televisión: una estructura altamente episódica con capítulos autoconclusivos (aquí no teníamos “monster of the week”, sino “objeto inanimado de la semana”) alternada con una gran trama general que cobraba importancia a medida que la temporada avanzaba. Pero la televisión estaba cambiando, y el espectador también. Wonderfalls era 90s en estado puro, y el público quería pasar página.

La extravagante historia de Jaye Tyler (Caroline Dhavernas) no terminó de encontrar su nicho de audiencia quizás porque era un producto en apariencia adolescente, uno que desentonaba fuera de la WB. O quizás porque sus protagonistas eran la antítesis del personaje televisivo por antonomasia. Jaye no era una heroína, sino más bien todo lo contrario. Holgazana, desmotivada, sin un sueño que perseguir. Una fracasada que no mostraba el más mínimo remordimiento por haberse plantado. Precisamente Wonderfalls exploraba cómo una persona así lidiaría con una responsabilidad cósmica, cómo reaccionaría ante la idea de ser una especie de Elegida. No había elemento fantástico propiamente dicho, pero Wonderfalls flirteaba constantemente con una fuerza superior que nunca llegó a desvelar. Las ‘grandes hazañas’ de Jaye eran muy de andar por casa (a pesar del ocasional allanamiento de zoológico, viaje astral navajo o caída en barril por las cataratas del Niágara). Ella luchaba constantemente contra aquello de “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Jaye no quería responsabilidades, no quería compromisos, ni siquiera tenía aspiraciones o metas. Un personaje así en televisión era tan refrescante e interesante como arriesgado. Y afortunadamente, Caroline Dhavernas (rescatada por Fuller para Hannibal) supo sacar el máximo provecho de Jaye, construyendo un personaje brillante y lleno de matices, y demostrando un enorme talento para la comedia física (¡qué prodigio de la expresividad!) Puede que nadie lo sepa, pero sí, Jaye Tyler es uno de los mejores personajes de la historia de la televisión.

Caroline Dhavernas Wonderfalls

Claro que Jaye tenía a su alrededor un reparto excelente. Familia y amigos que proporcionaban estabilidad y locura a partes iguales. Personajes en un principio desdibujados que acaban adquiriendo gran entidad y ganándose con creces el cariño del espectador (mención especial a Sharon, la hermana lesbiana de Jaye). Y por supuesto, Wonderfalls también tenía historia de amor. El componente romántico no era especialmente apasionante, y el príncipe azul de Jaye, Eric (¿Tayron Leitso o el hermano pequeño de Matthew Fox?), era más bien soso, como el Eric de La Sirenita (o sea, que con esa cara daba igual cómo fuera). Pero como el resto de relaciones (amistosas, familiares, románticas) de la serie, la pareja central -y su TNR- estaba tratada con sumo cariño. Es imposible no involucrarse con ellos y desear que acaben juntos. Jaye+Eric 4ever.

Wonderfalls tan solo duró 13 episodios, pero es una de esas series que constituye una obra sólida a pesar de terminar mucho antes de tiempo y quedar interrumpida. En el poco tiempo que tuvo para florecer consiguió realizar episodios absolutamente antológicos e hilarantes (“Crime Dog” o “Cocktail Bunny” son de lo mejorcito que ha dado la tele). Pero son muchas las preguntas que quedan sin responder, principalmente las que tienen que ver con el misterio tras los objetos parlantes. ¿Está Jaye loca y Wonderfalls nos habla de una enfermedad mental o Dios se está comunicando con ella? Los creadores de la serie declararon posteriormente a su cancelación que la idea para la segunda temporada era mandar a Jaye a un manicomio. Lo cierto es que las posibilidades eran infinitas. Los personajes habían crecido mucho en 13 capítulos, los actores se habían hecho con ellos y empezaban a estar enormes, y había material de sobra para que crecieran mucho más (Lee Pace tardó demasiado en ser un personaje visible y pedía a gritos más tiempo en pantalla). Como ocurre con toda serie prematuramente cancelada, Wonderfalls, especialmente vista 10 años después, supone una experiencia tremendamente agridulce. Afortunadamente, la series finale nos proporciona el perfecto cierre sentimental que hace que la recordemos como una pequeña joya de la televisión, en lugar de una (¡otra!) serie incompleta.

That ’70s Show: sexo, drogas y rock & roll

Oh, aquellos maravillosos 90. Una de las épocas de mayor esplendor de la comedia de situación, con series como Fraiser, Seinfeld, Friends o Will & Grace llevándose de calle a una audiencia aun ajena a la revolución que se estaba gestando en el drama televisivo. En los 90 todo era color y risas enlatadas, decorados teatrales y estrellas invitadas que despertaban ovaciones al entrar por la puerta. El espíritu de las décadas inmediatamente anteriores se mantenía vivo en estas series, que comenzaban ya su proceso de sofisticación. Sin embargo, en 1998 nació en Fox una sitcom que hacía de la regresión total y la nostalgia su mayor baza. That ’70s Show (o como se tituló en España, Aquellos maravillosos 70) era una serie de los 70 que no podría haberse hecho en aquella década, un producto ingenuo en su planteamiento y presentación, y sin embargo, muy adelantado y revolucionario para la última década del siglo XX.

Creada por Marcy Carsey y Tom Werner (Roseanne, El show de Bill Cosby, Cybill), junto a Mark Brazill (3rd Rock from the Sun), That ’70s Show cuenta la historia de un grupo de adolescentes que ven el tiempo pasar en Point Place, un pequeño pueblo de Wisconsin. Recreando con fidelidad la estética setentera de series como Happy Days o La tribu de los Brady, That ’70s Show se ambienta en una etapa caracterizada por la experimentación, la vida contemplativa y la revolución sexual post-Woodstock. Eric Forman (Topher Grace) y sus amigos se reúnen en el sótano de su casa para fumar maría, beber cerveza a escondidas, hablar de sexo (o practicarlo) y gastarse pesadas bromas –burn! que dirían ellos. Al inicio de la serie, los seis protagonistas están en el instituto, a pesar de que los vemos en clase tan solo una vez en toda la andadura de la serie. Resulta especialmente llamativo (y refrescante) que una serie de Fox orientada al público familiar y juvenil mostrara en todos sus episodios a un puñado de adolescentes menores de 18 años bebiendo y consumiendo drogas. Claro que estamos hablando de una época de libertad pre-pezóngate, en la que los productores se salían con la suya gracias a unas cadenas más permisivas y relajadas.

Las hormonas en constante estado de efervescencia de los protagonistas conducían una historia de enredos amorosos y sexuales en las que al principio poco importaban los sentimientos. Solo Eric y Donna (Laura Prepon) se ajustaban a los cánones de pareja romántica. En estos dos vecinos y amigos de la infancia, un tirillas nerd y una despampanante pelirroja que se dan cuenta de que siempre han sido y serán el uno para el otro, recaía el peso sentimental de la serie. Grace y Prepon rebosaban química, en una relación en la que el sexo era muy importante, pero la amistad era lo que la hacía inquebrantable. El resto de personajes se dedicaban a emparejarse unos con otros, a robarse las novias, a ponerse los cuernos, sin reparos ni remordimientos. Un puterío total, vamos. De hecho, Jackie (Mila Kunis) pasó por los brazos de todos los personajes masculinos (menos Eric) a lo largo de las ocho temporadas que duró la serie. A medida que los personajes estrechaban sus lazos amistosos, estos encuentros sexuales adquirían mayor trascendencia y repercusión en sus vidas. Se empezaba a hablar de amor, a la vez que los seis protagonistas comenzaban a buscar su lugar en el mundo.

Y esa es la dirección que toma That ’70s Show a partir de que los personajes abandonan el instituto (al que nunca asistían, insisto). El éxito de audiencia de la serie garantizaba un alto número de temporadas, así que había que hacer frente, inevitablemente, al clásico conflicto de transición entre instituto y universidad. La solución: si ningún personaje estaba especialmente interesado en estudiar, ¿para qué mandarlos a la universidad? Una vez en el mundo real, los protagonistas comienzan a buscar trabajos, lo que multiplicaba las tramas individuales fuera del sótano de Eric. Aunque por supuesto, todos acaban de vuelta en él, perdidos, sin rumbo, sin saber hacia dónde se dirigen sus vidas. La séptima temporada incide especialmente en este asunto, con Eric tomándose un año sabático para encontrar su vocación. Acaba marchándose a África, dejando tirada a Donna, que previamente había renunciado a su futuro por quedarse con él en Point Place. Gran parte de la esencia de la serie, la preciosa relación entre Donna y Eric, se desvanecía tras la marcha de Topher Grace. “Siempre has estado a veinte pasos de mí. ¿Qué voy a hacer sin ti?”

Después de Grace, Ashton Kutcher también desertó, lo que dejó al reparto dramáticamente mermado -y supuestamente reforzado por un personaje de cuyo nombre no quiero acordarme- para una octava temporada que nunca debió existir. That ’70s Show agonizaba horrorosamente después de siete años de éxito. La redimían pequeños instantes de lucidez en los que los personajes se desnudaban emocionalmente, especialmente los proporcionados por la madre de Eric, Kitty (Debra Jo Rupp, injustamente ignorada en los premios durante ocho años). Ella se encarga de mantener el buque a flote, ejerciendo como madre del grupo, a pesar de que sus dos hijos ya no están en la serie. Y es en cierto modo gracias a la pequeña gran Kitty por lo que That ’70s Show despide a su audiencia con lágrimas en los ojos. “That ’70s Finale” proporciona el cierre perfecto a la serie después de ni más ni menos que 200 capítulos. Además, el emotivo último capítulo nos devuelve a Grace y Kutcher para completar el ciclo, que es de lo que se trata.

That ’70s Show es una serie tremendamente repetitiva (en la tradición de la sitcom clásica). Se insisten los mismos gags visuales, chistes y one-liners a lo largo de sus ocho temporadas, con desigual resultado. Mientras inventos como “el 360º” -las escenas en las que los protagonistas se sientan en círculo a colocarse y la cámara sigue sus conversaciones alucinadas- se convierten desde el piloto en recursos indispensables, llega un momento en el que uno no sabe si será capaz de aguantar más “pies en el culo” de Red Forman, o si las ensoñaciones y fantasías de los personajes han “saltado el tiburón”. Y sin embargo en esa repetición reside gran parte de su encanto. El regreso a lo conocido es sin lugar a dudas uno de los factores que convirtieron la serie en un gran éxito de audiencia en Norteamérica (en España pasó más bien desapercibida), y a sus actores protagonistas en estrellas mediáticas (especialmente a Kunis y Kutcher). La identidad de That ’70s Show quedaba establecida por la übersexualidad de sus personajes (los pantalones ajustados hasta el estrangulamiento podrían ser la clave), los enredos picantes y el carácter alocado y casi esquizofrénico de Eric, Donna, Hyde, Kelso, Fez y Jackie –“I think there’s a little something wrong with all of us”, Hyde-. Sin embargo, lo que le ha garantizado un lugar privilegiado en el firmamento de las sitcoms es la indudable química de su reparto, un grupo de amigos que crecieron y aprendieron juntos durante sus ocho años de emisión, y que según ellos, nunca dejaron de quererse. Seis “niños” sin apenas experiencia que se convirtieron en actores al amparo de una madre amantísima y una audiencia que comprobaba semana tras semana que además de sexo, drogas y discos de vinilo, en los 70 había mucho amor.