American Horror Story 1984: Los 80 nunca morirán

Después de nueve años en antena, American Horror Story es toda una institución televisiva. Cada otoño, la serie de terror antológica creada por Ryan Murphy y Brad Falchuk continúa creando expectación en torno al tema de la temporada y los actores que formarán parte de su reparto, mientras que sus índices de audiencia siguen siendo muy sólidos para una serie tan longeva. Este año, la ficción de FX (emitida por FOX en España) se vuelve a reinventar llevándonos de nuevo al pasado con AHS 1984, homenaje al slasher de los 80 con Viernes 13 como principal referente y reminiscencias a otra serie de Murphy, Scream Queens.

AHS 1984 transcurre en el Campamento Redwood, lugar de una de las masacres más sangrientas ocurridas en este universo de ficción. La historia sigue al prototipo de final girl Brooke Thomson (Emma Roberts), una chica inocente y reservada que, tras un terrorífico encuentro con el asesino en serie Richard Ramírez (Zach Villa), decide pasar el verano como monitora en Camp Redwood, uniéndose a un diverso grupo de personas, a cada cual con el secreto más oscuro. A su llegada, son recibidos por Margaret Booth (Leslie Grossman), directora del campamento y única superviviente de Mr. Jingles, el sádico asesino que sembró el terror en el lugar 14 años antes. La noche antes de la llegada de los niños al campamento, la noticia de que Mr. Jingles se ha escapado del hospital psiquiátrico en el que estaba encerrado da comienzo a una violenta pesadilla de la que será difícil escapar con vida.

Sarah Paulson y Evan Peters, hasta ahora los dos únicos actores que habían aparecido en todas las temporadas de la serie, no forman parte del reparto de AHS 1984. Sin embargo, la temporada sigue contando con numerosos rostros familiares, como Emma Roberts, Cody Fern, Leslie Grossman, Billie Lourd, Lily Rabe, John Carroll Lynch, Leslie Jordan, Dylan McDermott o Finn Wittrock, a los que se unen actores de otras series de Murphy, como Matthew Morrison (Glee) y Angelica Ross (Pose), y nuevas incorporaciones como el atleta y thist trap profesional Gus Kenworthy. Este elenco, sumado a la ausencia de veteranos como Kathy Bates, Jessica Lange o Dennis O’Hare hace de AHS 1984 la temporada más “juvenil” hasta la fecha, lo cual encaja con la propuesta si tenemos en cuenta que las películas de terror que homenajea/parodia suelen estar protagonizadas por adolescentes y orientadas al público joven.

Después del crossover de Apocalypse1984 vuelve a contar una historia más cerrada e independiente. Hay guiños y conexiones que siguen unificando todas las historias en el mismo universo, pero el espectador no necesita haber visto lo anterior para entender la temporada. La trama de 1984 comienza apoyándose fuertemente en las convenciones del slasher, con un asesino en serie que persigue a un grupo de jóvenes y los mata uno a uno de las maneras más macabras y retorcidas -la serie aumenta las dosis de violencia gráfica en la que es posiblemente la temporada más gore y explícita hasta la fecha-, para a continuación dar un giro en el quinto capítulo (como Roanoke, pero menos meta) y dedicar los restantes a contarnos un cuento de fantasmas al más puro estilo AHS.

Al contrario que en temporadas como Freak Show y Hotel, que tuvieron arranques estupendos pero se desinflaron conforme avanzaron, 1984 empieza con uno de los primeros capítulos más insulsos que se recuerdan de la serie para más adelante remontar el vuelo y terminar con buena letra. Los primeros cuatro episodios son un caos absoluto hasta para una serie como esta, no precisamente conocida por su solidez narrativa. El argumento se enreda demasiado pronto y sin apenas preámbulo, los giros no vienen precedidos de un mínimo desarrollo de personajes y todo se vuelve repetitivo muy rápidamente, desaprovechando así la oportunidad de hacer algo original o diferente con el homenaje al slasher, un género diseccionado recientemente en películas como La cabaña en el bosqueThe Final Girls.

Afortunadamente, la segunda mitad compensa la primera. A partir del quinto episodio, 1984 nos remite directamente al principio para volver a contar una historia de espíritus que permanecen atrapados en un lugar que hace las veces de limbo o purgatorio. Al igual que la casa de Murder House, el Campamento Redwood se convierte en la prisión de un grupo de personajes que se enfrentan a una eternidad en el lugar donde murieron. Sin abandonar en ningún momento la violencia y el humor mamarracho que siempre ha caracterizado a la serie, AHS 1984 se adentra en terreno emocional en su recta final, donde tanto los supervivientes como los fantasmas de Camp Redwood deben revisitar el pasado para resolver sus asuntos.

Oficialmente la temporada más corta de AHS con nueve episodios1984 llega a su clímax prometiendo un festival bañado en sangre para su último episodio, pero en su lugar nos ofrece una conclusión sentimental que recuerda, salvando las distancias, al final de Asylum. A pesar de no ser lo esperado y arriesgarse a decepcionar, este desenlace funciona muy bien como conclusión por dos razones: da sentido y ofrece cierre satisfactorio para los personajes, con lo que la temporada termina mucho mejor de lo que empezó. Más allá de los calentadores, los colores chillones y los litros de laca por cabeza, el homenaje a los 80 se vuelve especialmente trascendental cuando Montana, el personaje de Billie Lourd (la gran estrella de la temporada), nos recuerda que esta década nunca morirá, coronando así una historia sobre la inmortalidad, literal y figurada.

AHS 1984 no es ni de lejos de las mejores temporadas de la serie, pero tampoco es la peor. Pese a lucirse como siempre en lo estético (qué gozada los looks de los personajes), tener buenas interpretaciones (Lourd, Lynch, Ross, tú no Gus Kenworthy, Grossman, McDermott…) y darnos todo lo que tanto nos gusta de ella y lo que tanto obsesiona a su creador -personajes excéntricos, homenajes cinéfilos, humor alocado, nostalgia, asesinos en serie-, se puede notar el desgaste que afecta a la serie (y al espectador). Tras la emisión del final de 1984, las noticias sobre el futuro de la serie son contradictorias. Por un lado se cree que la décima temporada podría ser la última, y por otro se habla de que la serie podría durar diez temporadas más. No sabemos lo que pasará, pero si AHS va a seguir con nosotros tanto tiempo y nosotros pensamos seguir siéndole fieles, quizá vendría bien descansar un poco.

‘Stranger Things 2’ es una obra de arte pop

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[Esta entrada NO contiene spoilers]

No fuimos conscientes de hasta qué punto es verdad aquello de que Netflix está cambiando la manera de hacer y consumir cine y televisión hasta el verano de 2016. Fue entonces cuando se estrenó en la plataforma la primera temporada de Stranger Things, precedida de una campaña de marketing más bien discreta que no hacía prever ni remotamente lo que acabaría pasando. La serie creada por los hermanos Matt y Ross Duffer se convirtió en el mayor éxito del verano, redefiniendo el concepto de “blockbuster estival” para quitarle al cine la exclusividad que tenía sobre él. Es decir, en un verano cinematográfico especialmente escuálido, el mayor “taquillazo” de la temporada fue una serie de televisión.

Y lejos de menguar con el tiempo, la onda expansiva de ese fenómeno siguió creciendo en los meses posteriores a su estreno, gracias al boca-oreja, a la insistencia (o pesadez) de los medios y al factor on demand, que permite empezar y seguir las series al ritmo que cada uno quiere. Con Stranger Things no pasó como con otras series originales de Netflix, que se consumen de una o dos tacadas y se olvidan incluso más rápido. Al contrario que le ha ocurrido a Las 4 estaciones de las Chicas Gilmore The DefendersStranger Things sí se quedó en la conversación online, sí traspasó la línea que separa el entorno seriéfilo del mainstream. La primera temporada se desgranó hasta el último plano, sus actores infantiles se convirtieron en estrellas mediáticas, algunas de sus tramas se viralizaron hasta el absurdo (#JusticeForBarb) y su estilo influyó inmediatamente en productos posteriores (It). En gran medida, todo fue gracias al factor nostálgico, a lo bien que la serie jugaba la carta del homenaje cinéfilo para capitalizar la morriña de tiempos mejores que tiene secuestrada al espectador estos días.

En los 15 meses que han transcurrido entre el estreno de la primera temporada de Stranger Things y la segunda, el revuelo alrededor de la serie no ha hecho más que crecer, y por tanto, la expectación por los nuevos episodios se ha disparado hacia la estratosfera. Ante una situación así, en la que una creación se le va de las manos a su responsable para convertirse en propiedad de los espectadores, parece imposible afrontar una continuación sin que el impacto cultural devore a la serie. Pero los hermanos Duffer lo han conseguido. La segunda temporada de Stranger Things no solo está a la altura y conserva intacto el espíritu de la primera, sino que además va más allá siguiendo las reglas de las secuelas cinematográficas, aumentando y multiplicando todo lo que funcionó la primera vez con resultados más que satisfactorios.

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Stranger Things 2 es más grande, más ruidosa, más épica, más espectacular, tiene más acción, más terror, más personajes, más efectos visuales, y sobre todo, más homenajes cinéfilos. Pero como en la primera entrega, la serie es mucho más que mera nostalgia o pirotecnia. Los hermanos Duffer han sabido dominar el arte del pastiche sin olvidar la importancia de dar al espectador una historia y unos personajes por los que preocuparse, y afortunadamente, la secuela vuelve a encontrar ese equilibrio, en un contexto magnificado por factores externos. Como reza uno de sus eslóganes, Stranger Things es más Stranger que antes, pero en la búsqueda del “más grande todavía”, los Duffer no han descuidado lo que en el fondo ha hecho de esta serie un éxito más allá del truco de la nostalgia: su adictivo misterio, su extraordinario apartado visual y, sobre todo, sus fantásticos personajes, elevados en tiempo récord a la categoría de iconos de la cultura popular.

Sobre el argumento de Stranger Things 2 es mejor no entrar en detalle (por ahora). Baste decir que los nueve episodios que conforman la temporada están repletos de escenas, sorpresas, guiños y diálogos que en los próximos meses serán analizados y convertidos en meme hasta la saciedad. Si la primera temporada bebía de Encuentros en la tercera fase, Alien, E.T., Cuenta conmigo o Los Goonies (en general, de todo lo que fuese Steven Spielberg y Stephen King), la segunda sigue homenajeando a estas películas mientras aumenta su cantera de referentes con alusiones inconfundibles a otros clásicos del cine fantástico y de terror como Jóvenes ocultos, Gremlins, Los Cazafantasmas, El exorcista o incluso Parque Jurásico. Pero como decíamos, la nostalgia no fagocita a la historia porque los Duffer se aseguran de que lo más importante sea siempre el devenir de los personajes, sus relaciones, y el misterio. Un misterio que este año adquiere un cariz más terrorífico y apocalíptico con la amenaza de un monstruo del Upside Down mucho más grande y peligroso que el Demogorgon, una criatura de pesadilla que volverá a hacer sufrir a Will (Noah Schnapp) y a su madre lo que no está dicho.

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Además de seguir conociendo a los personajes del año pasado, contamos con nuevos fichajes, el matón Billy (Dacre Montgomery bordando al personaje televisivo más odioso del año), su hermanastra Max (Sadie Sink), que se unirá a la pandilla de Will, y en un golpe maestro de casting, Sean Astin (Mikey de Los Goonies) interpreta al afable Bob, la nueva pareja de Joyce Byers (Winona Ryder), oportunidad que los Duffer aprovechan para introducir el guiño más meta de la temporada.

Pero no os preocupéis, los nuevos personajes no eclipsan a los antiguos (con excepción de la hermana de Lucas, que se va a convertir con toda seguridad en la sensación de los próximos meses, y si no, acordaos), sino que los recién llegados se suman a la historia de forma orgánica, dejando que los personajes que ya conocemos lleven las riendas de la temporada. David Harbour redondea a su Jim Hopper con una interpretación si cabe más humana y matizada, Joyce empieza la temporada tranquila, pero acaba tan deliciosa y conmovedoramente histérica como la primera vez (aunque Ryder le ha cogido mejor el punto al personaje y está más equilibrada), y Steve Harrington (Joe Keery) continúa su proceso de reinvención para alzarse como héroe y candidato a ser uno de los personajes más queridos de la serie (el Team Steve va a aumentar considerablemente), sin olvidar a Nancy (Natalia Dyer), aun más fuerte y guerrera que el año pasado (Molly Ringwald Redux). Pero son los niños los que vuelven llevarse la serie de calle, especialmente Dustin (Gaten Matarazzo), Will (Schnapp se deja la piel en la recta final) y, por supuesto, Eleven (Millie Bobby Brown), cuyo enigmático pasado forma parte central de una temporada en la que la niña sigue evolucionando y descubriendo el alcance de sus poderes, de camino a convertirse en una auténtica superheroína (o mutante, que quizá sería más adecuado en este caso) y destapando a su vez una trama con mucho potencial para próximas temporadas.

Stranger Things 2 demuestra que a veces más sí es mejor. Aunque por momentos corre el riesgo de perderse en la ambición de hacerlo todo más grande, la serie sale siempre a flote gracias a una historia que extiende su mitología de la forma más adictiva y emocionante, empleando el mismo cóctel de aventuras, acción, ciencia ficción y humor que hizo de la primera un triunfo absoluto. Pero lo mejor es que la nueva temporada no se limita a reproducir el esquema de la primera, sino que se ocupa de avanzar la historia explorando las consecuencias de lo ocurrido mientras sigue desarrollando a sus personajes, en el caso de los más jóvenes orientándolos hacia la adolescencia, a la maduración que suele ocupar el núcleo de las cintas juveniles de los 80 en las que se basa la serie y que aquí nos deja momentos muy divertidos y entrañables.

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Como en la primera temporada, los nuevos capítulos de Stranger Things se pasan en un suspiro (cuando menos te lo esperas, aparecen los créditos finales), indicio de que no se ha desperdiciado ni un solo minuto, y están plagados de imágenes memorables, frases para estampar camisetas y ese cariño que hace que el espectador se involucre a otro nivel. Stranger Things es entretenimiento de altura, un producto masivo digno, de los que cuesta mucho encontrar y no tanto desprestigiar con un “pues no es para tanto”. Está claro que los que han acabado saturados con ella o no se tragaron la píldora nostálgica, no solo no disfrutarán de la segunda, sino que esta le dará mucha más munición para criticarla. Pero si, como yo y tantos otros, os dejasteis conquistar por la propuesta de los Duffer, Stranger Things 2 es otro arcón sin fondo para explorar en el desván, un mapa del tesoro en el que no importa tanto llegar a la X, sino disfrutar de las emociones fuertes que nos depara la búsqueda.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Atómica

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Los 80, la Guerra Fría, espías, sicarios, mamporros, Charlize Theron y James McAvoy. Combinación ganadora. Con esos ingredientes, es imposible resistirse a los encantos de Atómica (Atomic Blonde), thriller de acción que viene a ser la réplica con protagonista femenina de John Wick. No en vano, la película es la opera prima de David Leitch, uno de los especialistas de escenas de acción más solicitados de Hollywood, y productor y director de algunas escenas de la saga protagonizada por Keanu Reeves (además de realizador de la esperada secuela de Deadpool).

Basada en la novela gráfica La ciudad más fría, de Antony Johnston y Sam Hart, Atómica presenta en sociedad a la nueva gran heroína de acción de la gran pantalla, Lorraine Broughton, agente del servicio de inteligencia británica que es enviada a Berlín para investigar la muerte de uno de sus colegas y recuperar una lista con la identidad de otros agentes secretos que podría acabar con el MI6 de caer en las manos equivocadas. Con los últimos coletazos de la Guerra Fría como telón de fondo, y a un mes de la caída del muro de Berlín, Lorraine llevará a cabo su peligrosa misión en la dividida ciudad alemana con la ayuda de otro agente encubierto, el pintoresco David Percival (McAvoy), embarcándose en una desenfrenada y sangrienta cacería en la que no podrá confiar en nadie.

Parte John Wick, parte James Bond, parte Nikita y 100% Charlize Theron, la letal Lorraine es la principal atracción de Atómica, un personaje con el que la actriz surafricana se consolida en su condición de estrella de acción después de su inolvidable Imperator Furiosa de Mad Max: Furia en la carretera. Theron está simplemente espectacular. Sensual, feroz, carismática, inteligente, absolutamente brutal en las escenas más físicas, una actriz que llena la pantalla y tiene el control de la película en todo momento. Ella es Atómica, y Atómica es ella, una femme fatale por la que volverse loco y un icono instantáneo del cine de acción. Pero Theron está acompañada de un secundario de excepción, James McAvoy, quien vuelve a demostrar que es uno de los mejores actores de su generación con otra interpretación memorable, llena de nervio y sentido del humor.

Eso sí, que quede claro que Atómica no inventa nada, y lo sabe. Lo que hace Leitch es reproducir todos los clichés del cine testosterónico y darles la vuelta poniendo a una mujer al frente, para que veamos lo de siempre, y a la vez algo completamente distinto. Lo mismo que hace con el irresistible estilo (perdón, estilazo) y la atmósfera retro de la película, para lo que utiliza muchos “samples” de otros. La estética y el sonido punk y pop de los 80, con una banda sonora de escándalo, el argumento intrincado y lleno de engaños y giros sorpresa del agente 007 o Misión imposible, el trasfondo político de los thrillers de la Guerra Fría, la violencia extrema de John Wick, y el acabado en neón al que tanto recurren los directores de género últimamente y que da lugar a una fotografía muy atractiva.

El resultado es un espectáculo que entra tan bien por los ojos y los oídos que no importa tanto que en ocasiones se pase de fardona o inverosímil (los malos siempre son más tontos, las balas nunca dan en su blanco, y si son tres contra una, se esperan amablemente a que la heroína acabe con el otro para atacar), como tampoco que la mayor parte del tiempo parezca que estamos viendo un muy sofisticado y larguísimo anuncio de tabaco o que su argumento sea tan tonto y rice tanto el rizo al final que acabe desafiando toda lógica.

Sus defectos no pesan tanto porque sus virtudes nos distraen con eficacia. Atómica es salvaje, elegante, erótica, visceral, una orgía fetichista de puñetazos y patadas que no deja apenas hueco para que pensemos demasiado. Y por encima de todo, una imparable exhibición de acción en la que Leitch saca todo el partido a su dilatada experiencia para ofrecernos las mejores coreografías de lucha (atención a las cosas tan loquísimas que puede hacer Lorraine con una manguera), y alguna que otra de sexo (Theron y Sofia Boutella en la cama, ahí es nada). De hecho, Atómica tiene la que es probablemente la escena de acción más impresionante del año, un prolongadísimo y agotador (falso) plano secuencia en unas escaleras donde todo está planificado, filmado y editado a la perfección, y que por sí solo ya amortiza la entrada. Se sienten tanto los golpes, que cuando termina la escena hay que darse un repaso por si nos ha salido algún moratón.

Si el epílogo de la película es indicio de algo, y si la taquilla acompaña, volveremos a ver a Lorraine Broughton en acción. La secuela de Atómica es inevitable, y la historia de Lorraine tiene mimbres para saga. A ver quién se atreve a decirle que no a la furia de Charlize Theron.

Pedro J. García

Nota: ★★★

GLOW: Luchadoras dentro y fuera del ring

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Los 80 han vuelto. Sí, otra vez. Y esta vez para quedarse. Después del enorme éxito de Stranger Things, Netflix sigue explorando los claroscuros de esta década en GLOW, serie inspirada en el breve programa de lucha libre femenina del mismo título, cuyas siglas quieren decir “Gorgeous Ladies of Wrestling”. Creada porn Liz Flahive (HomelandNurse Jackie) y Carly Mensch (Nurse Jackie, WeedsGLOW viene avalada por la producción de Jenji Kohan, responsable de Orange Is the New Black, y parte del equipo de la dramedia carcelaria de Netflix, uno de los primeros grandes éxitos de la plataforma.

GLOW cuenta la historia de Ruth Wilder, interpretada por Alison Brie (Community, Mad Men), una actriz en paro que trata de abrirse camino sin suerte en el Hollywood de los 80. Desesperada y sin ningún papel a la vista, Ruth encuentra su última oportunidad en el casting de un programa de lucha libre para televisión, donde coincidirá con su ex mejor amiga, Debbie Eagan (Betty Gilpin), una actriz de telenovela que dejó la industria para criar a su bebé, pero decidió volver al trabajo al descubrir que su marido le está siendo infiel. Allí, Ruth y Debbie se unirán a un variopinto grupo de mujeres de muy diferentes procedencias, personalidades y aspiraciones profesionales que entrenan para convertirse en las próximas estrellas de la lucha, diosas enfundadas en licra y bañadas en purpurina que trabajan a las órdenes de Sam (Marc Maron), una vieja gloria de la serie B que ha dejado el cine atrás para guiar a este grupo de mujeres hacia la fama catódica.

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Que parte del equipo de Orange Is the New Black forma parte de GLOW es algo que cualquiera podría intuir con solo ver el primer capítulo. La diversidad del reparto es una de las mayores bazas de la serie: mujeres de distintas razas, edades y físicos que conforman un fresco femenino mucho más completo que casi cualquier otra ficción televisiva. Pero hay un aspecto clave en el que GLOW se distancia considerablemente de OITNB, y es uno que algunos espectadores agradecemos: los episodios, 10 en total para la primera temporada, duran media hora. Esto hace que GLOW se consuma fácil y gustosamente, sin dar lugar a la sensación de alargamiento que arrastran otras series de Netflix. Claro que, como toda cara tiene su cruz, la brevedad de la temporada puede hacer que la serie (por ahora) sepa a poco.

El título de GLOW pone fácil su descripción. La serie es deslumbrante y resplandeciente. La ambientación ochentera es una de las mejores que hemos visto en televisión, desde el diseño de producción hasta los fieles estilismos, pasando por supuesto por la excelente selección musical, que transporta directamente a esta década. Pero lo que hace que GLOW transpire 80s por los cuatro costados es cómo refleja la sociedad del momento y el tratamiento que da a la industria del cine. La serie no solo nos habla de un grupo de mujeres luchando dentro del ring para ganarse la vida, también es la crónica de su lucha por encontrar su hueco en una industria dominada por el hombre. Desde el primer momento en el que vemos a Ruth leyendo el protagonista masculino durante una audición en la que realmente opta al papel de secretaria, GLOW sienta las bases de su discurso feminista, a través del cual destapará la peor cara del mundo del espectáculo, una cara que hoy en día nos sigue mirando desde Los Ángeles, como demuestran las constantes noticias sobre la brecha salarial en Hollywood y los testimonios de actrices sobre audiciones repugnantemente sexistas en las que son tratadas como prostitutas o trozos de carne.

La crítica al sexismo de Hollywood es uno de los pilares de GLOW, pero por supuesto, el corazón de la serie se halla en sus personajes. La historia nos va dando a conocer a las luchadoras poco a poco, sus historias personales, sus secretos y sus ambiciones, descubriendo un reparto coral de mujeres, unas más carismáticas que otras, con las que es fácil encariñarse. Sin embargo, GLOW tiene dos protagonistas claras, Alison Brie y Betty Gilpin, dos portentos de la interpretación que ya habían despuntado en otras series (Brie en Community Mad Men, Gilpin en Nurse Jackie) y que aquí por fin tienen una plataforma a su medida para dar rienda su talento. Observar a Brie hacer el ridículo una y otra vez, tocar fondo e intentar salir a flote es una de las experiencias más hipnóticamente incómodas y fascinantes que nos ha ofrecido la televisión reciente, pero Gilpin es la verdadera robaescenas de la serie, un animal escénico del que no se puede apartar la mirada. También merecen su mención los dos personajes masculinos principales, Sam y Bash (Chris Lowell), el primero por representar lo más negativo de la serie con humanidad, sin caer en la categoría de villano, y el segundo por ser completamente adorable.

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La primera temporada de GLOW se pasa en un suspiro. Esta se centra en los entrenamientos de las chicas y la preparación del primer combate que será grabado como piloto del programa para la cadena, oportunidad que se aprovecha para contar una historia de superación y camaradería femenina que no tiene miedo a golpearse con el suelo. En el transcurso de los diez episodios, la serie nos deja momentos divertidos, pero también puede llegar a ser bastante cruda (a veces las dos cosas a la vez, como todo lo que tiene que ver con los horribles estereotipos culturales y raciales asignados a las luchadoras), ofreciendo un contraste muy interesante y agridulce. Eso sí, como adelantaba antes, la primera temporada no alcanza todo su potencial, sino que parece reservárselo para más adelante, dejando que sus flaquezas se apoderen de ella por momentos. Por ahora, GLOW no ha demostrado toda su fuerza, sino que solo está entrenando, tanteando el ring. Pero por lo que hemos podido ver, nos promete un gran espectáculo.

Crítica: Guardianes de la Galaxia Vol. 2

“¿Starlord? ¿Quién?” Hasta hace no mucho solo los entendidos en cómic sabían quiénes eran los Guardianes de la Galaxia. Todo cambió en 2014, año en el que esta variopinta banda de forajidos e inadaptados espaciales irrumpió en el Universo Cinemático de Marvel para ponerlo todo patas arriba. Guardianes de la Galaxia fue la apuesta más arriesgada de Marvel Studios hasta ese momento, una aventura coral con personajes totalmente desconocidos por el gran público y sin apenas preparación previa, como sí tuvieron Los Vengadores. La jugada no les pudo salir mejor y el film se convirtió en uno de los más taquilleros del estudio, además de uno de los más queridos por el público. Tres años más tarde regresamos al cosmos marveliano para reencontrarnos con Starlord, Gamora, Drax, Rocket y Groot en Guardianes de la Galaxia Vol. 2, con la que James Gunn continúa por todo lo alto la franquicia con más personalidad de Marvel.

Al ritmo de la flamante Awesome Mix Vol. 2, la segunda parte de Guardianes de la Galaxia es otra epopeya intergaláctica al más puro estilo Marvel, con grandes dosis de acción, comedia, y un claro hilo conductor: la familia. El film nos devuelve a los personajes de los que nos enamoramos en la primera película, ya convertidos en un grupo asentado y leal (aunque disfuncional, por supuesto), explorando sus vínculos y hallando en ellos su razón de ser, mientras salvan la galaxia. Otra vez. La trama principal arranca con la aparición del padre de Starlord (Chris Pratt), el planeta viviente llamado Ego (Kurt Russell), que proporciona al héroe las tan ansiadas respuestas sobre su origen y sus poderes. Pero el motivo familiar se extiende hacia todos los personajes: Gamora (Zoe Saldana) y Nébula (Karen Gillan), hermanas que intentan resolver sus diferencias de manera poco ortodoxa, Rocket (Bradley Cooper) y Yondu (Michael Rooker), dos bandidos muy distintos entre sí pero con mucho más en común de lo que creían, Drax (Dave Bautista), que sigue de luto por la pérdida de su mujer e hija mientras conecta con Mantis (la revelación Pom Klementieff), y Groot (Vin Diesel), convertido en el benjamín del clan, un niño que no hace más que enredar y del que los Guardianes cuidan como si fuera el hijo de todos.

El quinteto original se amplía con antiguos conocidos y la llegada de nuevos personajes, aliados y enemigos. Los mencionados Nébula y Yondu (y su banda, otra familia a su manera) reciben una promoción y adquieren mayor protagonismo, mientras que los nuevos fichajes se incorporan de forma orgánica al universo de los Guardianes. Un carismático Kurt Russell encaja a la perfección como el padre de Peter Quill, entablando una simpática dinámica paternofilial con Chris Pratt (verlos recuperar el tiempo perdido jugando a la “pelota” es descacharrante a la vez que entrañable, puro Guardianes de la Galaxia). Elizabeth Debicki encarna a la distinguida Ayesha, villana que en esta ocasión recibe el tratamiento adecuado para que no ocurra lo de siempre: en esta entrega, la malvada se reserva a una trama secundaria, casi anecdótica (los Guardianes se encuentran huyendo permanentemente de su imperio después de una trastada de Cohete), mientras se le da una vuelta de tuerca al esquema habitual de Marvel para desarrollar su conflicto central. Y por último, pero no por ello menos importante, la aparición de Mantis llena aun más de luz la franquicia, gracias a la deliciosa interpretación de Pom Klementieff, que forma una gran pareja con Drax y construye a un personaje adorable y divertido del que se saca mucho partido.

Con tantos personajes y frentes abiertos, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 corre el riesgo de irse por la borda, pero James Gunn logra no solo que esto no ocurra, sino que todas las tramas y arcos de personajes confluyan de manera natural y que todos los personajes principales tengan el tiempo en pantalla necesario. Nadie queda infrautilizado o explotado por encima de los demás, ni siquiera Baby Groot, indudable reclamo comercial que se maneja con mesura para conquistarnos sin llegar a saturar (no hay palabras suficientes para describir lo maravillosa que es la versión infantil del personaje). Y no solo eso, sino que de alguna manera, no me preguntéis cómo, Gunn se las arregla para ir a lo suyo y además cumplir con las normas del estudio con abundancia de easter eggs y gloriosos cameos (menos el de Nathan Fillion como Wonder Man, que tristemente tuvo que ser eliminado del montaje final).

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Una de las claves del éxito de Guardianes de la Galaxia, y en concreto de este segundo volumen, es el amor del director y guionista hacia sus personajes, que se traduce en una conexión muy evidente de los actores con el material. Gunn trata a los Guardianes y todos a su alrededor con sumo cariño, conociéndolos y ejerciendo un control sobre ellos que no siempre encontramos en el cine de superhéroes. Vol. 2 funciona tan bien porque son los personajes los que conducen la acción en todo momento (sus relaciones, sus deseos, objetivos, miedos y frustraciones bombean la historia), y también porque es mucho más que fórmula. Sí, es un crowdpleaser hecho según la receta infalible de Marvel, ya elevada a la categoría de ciencia, que repite las pulsaciones de la primera parte y nos da justo lo que esperamos. Pero también es una película de James Gunn, un proyecto muy personal y gamberro a pesar de su enorme envergadura. Y esto se nota en la voz y el estilo de la película, marcadamente distinto del resto de sus compañeras de universo, con una clara tendencia a la exageración cartoon en los planos y la acción, y cierto espíritu de serie B cercano al cine de Sam Raimi. Sin olvidar por supuesto que se sigue apoyando claramente en otras space operas como Star WarsStar Trek y la más modesta Farscape (serie que proporciona uno de los mejores cameos de la película, con el que esta se reafirma en sus influencias).

En el apartado técnico y visual, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 no solo supera a su antecesora, sino que además sube considerablemente el listón de los efectos digitales del estudio (Cohete no puede no ser real), siendo junto a Doctor Strange la entrega más visualmente impresionante del Universo Marvel. El film es un continuo orgasmo sensorial. El sentido de la estética de Gunn vuelve a dar como resultado otra obra vibrante de luz y color, esta vez incluso más bella e iconoclasta si cabe, en la que la magnífica labor de maquillaje y las prótesis siguen teniendo una importancia capital. Y por supuesto, hay que destacar las escenas de acción, de los antológicos créditos iniciales al apoteósico clímax, pasando por Gamora disparando una metralleta galáctica gigante (!!!). En cuanto a la banda sonora, uno de los elementos más distintivos de Guardianes, no se puede negar que los nuevos temas clásicos escogidos por Gunn quedan de maravilla con las espectaculares batallas y persecuciones en el espacio (aderezadas muy socarronamente con efectos de sonidos de las maquinitas Arcade), pero puede que haya exceso de momentos musicales, con lo que se peca de repetir demasiado la jugada.

Claro que esto forma parte de la identidad del film, como ya hemos dicho, muy asentada. Ocurre algo parecido con el humor. Como en el Volumen 1, hay demasiados chistes y gags. Muchos son brillantes, otros no tanto. A veces el humor tontorrón da en la diana, a veces en la pared. Es el riesgo de tener tanta libertad para hacer el chorra (se nota que han dejado a Gunn a sus anchas). Eso sí, funcionen o no los chistes, Guardianes nunca pierde su encanto y carisma. Y esto es gracias sobre todo a un guion sólido, en el que la ramificada historia se estructura con eficiencia (insisto, muchos personajes e ideas en un todo uniformado), los diálogos dan en el clavo, los personajes nunca se pierden en favor de la acción y los acontecimientos se suceden de forma fluida y con gran sentido del ritmo, culminando en un tercer acto de órdago (quizá el mejor de Marvel hasta la fecha) y un final precioso. Y de generosa propina, hasta cinco escenas post-créditos (el secreto de Gunn: no tiene miedo a pasarse de la raya) que nos deparan unas cuantas sorpresas e indican por dónde podrían ir los tiros en el Vol. 3

Lejos de mostrar síntomas de agotamiento en el UCM, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 supone un triunfo absoluto en todos los aspectos. Gunn nos regala otra odisea espacial ochentera con personajes inolvidables e imágenes alucinantes, rebosante de diversión (en serio, ¡¡Baby Groot!!), romance (Gamora ♥ Starlord), épica y emoción (como en la primera, su conmovedor clímax provocará más de una lágrima), con cameos para aplaudir (el de cierta estrella de los 80 se lleva la palma), respuestas satisfactorias que expanden su mitología, y por encima de todo, mucho, mucho corazón. En definitiva, otro clásico instantáneo de Marvel.

Pedro J. Gacía

Nota: ★★★★½

Crítica: Sing Street

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Así como el videoclip mató a la estrella de radio, Internet hizo lo propio con la figura del hermano mayor. La consolidación de la red de redes como servidor supremo de información trastocó el modelo de la recomendación musical. Lo que hasta ese momento había sido una labor docente realizada de manera casi exclusiva por la figura del hermano mayor (o padre o tío enrollado) se convirtió de buenas a primeras en una investigación libre e independiente, sin ningún tipo de censura previa, uno de los pilares del programa mentor del hermano mayor.

Sing Street recoge los últimos coletazos del hermano mayor como dios supremo descubridor de artistas y poseedor de la verdad absoluta. Como si de un documento histórico se tratase, podemos comprobar en varias escenas los diferentes momentos de esa tutoría musical: desde el autocomplaciente “no es posible que no hayas escuchado esto” segundos antes de pinchar un tema por primera vez a las introducciones al más puro estilo Wikipedia a la hora de explicar las motivaciones, filosofías y opciones estilísticas de los grupos. El Brendan de Sing Street es el paradigma de hermano mayor. Un ser que lo sabe todo y que domina el arte de transmitir ese conocimiento. Un halo de leyenda que se ve amplificado por cierta semejanza entre Jack Reynor (Macbeth, Transformers: La era de la extinción), el actor que interpreta al hermano mayor en esta película, y el Andy Dwyer de Chris Pratt en Parks and Recreation.

Pero por desgracia, Sing Street no se centra en la relación fraternal, sino en la lucha del hermano pequeño por conseguir su identidad, el éxito musical y el corazón de la chica de turno. Un viaje personal que podría haber tenido un mínimo de interés si su director aparcase sus ansias de crear la feel good movie de la temporada. Un acto que no tendría nada de malo, ni debería sorprendernos, ya que estamos ante John Carney, director de Once y Begin Again. Pero esas ínfulas se vuelven dañinas cuando intenta mostrarnos el drama, cuando quiere conseguir que la shit sea real. Carney cumple medianamente con el aspecto más luminoso del film: las enseñanzas musicales del hermano mayor, alguna escena entre los chavales durante la grabación de sus videoclips, y logra hasta que la femme fatale principante tenga cierto aire a la portada de “Rio” de Duran Duran; pero fracasa absolutamente a la hora de dar cierta profundidad o dramatismo a la acción del film. Los problemas en casa, el bullying que sufre el protagonista en el colegio, su existencialismo de principiante… todo es un gran naufragio (pun intended) que Carney parece no vislumbrar.

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Duran Duran, The Cure, Spandau Ballet o The Clash son algunos de los grupos que Brendan enseña a Conor y que él utilizará como influencia a la hora de crear las canciones para su alter ego, Cosmo. Una simpática idea que regala los mejores momentos del film, las llegadas a la escuela de los adolescentes disfrazados de las bandas que han conocido musicalmente la noche anterior, y también alguno de los más flojos, la mayor parte de las canciones originales. Se acepta que los temas tengan cierto aire principiante (buscado o no) y hasta su grandilocuencia, pero lo que no se debe permitir es su pésima utilización durante el metraje. La repetición del patrón aprendizaje-creación-desengaño-revisión-canción-éxito provoca cierto cansancio. Pero ese agotamiento termina por convertirse en malestar cuando Carney intenta dotar de cierta grandeza a las canciones creando momentos épicos de pacotilla, cuyo epítome es la larguísima escena de la actuación en la escuela, que parece más bien un vídeo promocional de cara a la categoría a mejor canción original en los Oscar, o su sonrojante final.

Sing Street es una película buenrollera que podría haberse quedado en la categoría de olvidable, pero que se convierte en molesta por sus presunciones de película generacional.

David Lastra

Nota: ★★

Metahumor y emoción en ‘Las últimas supervivientes’ (The Final Girls)

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Dos características principales resumen el cine (y gran parte de la televisión) de los últimos años: la nostalgia y lo meta. Ambas se reúnen para una fiesta de cuchilladas y humor en Las últimas supervivientes (The Final Girls). Esta película, dirigida por Todd Strauss-Schulson (experimentado realizador de comedia gamberra y responsable de la entrega navideña de Harold & Kumar), levantó mucha expectación el año pasado por su llamativa propuesta: un homenaje al slasher en clave de comedia que prometía humor autorreflexivo y se postulaba como imprescindible para los fans del género. La película hizo circuito por los festivales, y finalmente vio la luz de forma limitada. A nosotros nos llegó recientemente directamente en DVD gracias a Sony Pictures y 20th Century Fox Home. Pero si no la habéis visto aun, no os dejéis llevar por la dudosa etiqueta “directamente a vídeo”. En este caso, Las últimas supervivientes merece ser rescatada del “videoclub”. Es más, por su naturaleza de homenaje a los 80, ese es el lugar (metafórico) donde más encaja.

Contribuyendo a definir 2015 como el año definitivo del revival ochentero, The Final Girls se suma a otros títulos que rinden tributo de las formas más estilizadas y creativas a aquella década, como The Guest, It FollowsTurbo Kid. Pero Las últimas supervivientes tiene mucho más en común con La cabaña en el bosqueScream. Quizá por su parecido en esencia a la película de Drew Goddard y Joss WhedonThe Final Girls no tuvo el impacto esperado. Ya habíamos visto una película así recientemente, y el factor sorpresa se había desvanecido. No es que La cabaña inventase lo meta, pero lo utilizó inteligentemente para dar lugar a una de las películas de culto más destacadas de los últimos años, lo que hace que cualquier película similar posterior vaya a rebufo. Aun así, Final Girls lleva la idea de La cabaña en una dirección diferente, y la envuelve en una capa de fantasía de aventuras adolescentes, aderezada con más sátira y humor absurdo (es como ver Wet Hot American Summer con Jason Voorhees y más gracia), lo que la convierten en un film muy atractivo para paladares aficionados al género.

Las últimas supervivientes es una deconstrucción del slasher en clave de parodia, y con un toque de crítica con carácter retroactivo (“Yay feminism!”). En ella, Max (Taissa Farmiga) acude con sus amigos a un pase conmemorativo de Campamento Sangriento (Camp Bloodbath, parodia de Viernes 13 y todas las películas de campamentos que le sucedieron), en la que actúa su madre, Amanda Cartwright (Malin Akerman dando vida a una actriz de slashers y terror de serie B, como la madre de Sidney Prescott en Scream), fallecida en un accidente de coche junto a ella el año anterior. Tras un contratiempo en la sala de cine, la pandilla de Max se queda atrapada dentro de la película. En esta dimensión al otro lado de la pantalla, un lugar familiar pero desconcertante, Max tiene la oportunidad de reunirse de nuevo con su madre (aunque técnicamente no lo sea en ningún momento), pero el grupo debe escapar de la película aprendiendo a descifrar y vencer sus normas y acabando con Billy, el asesino enmascarado que pretende masacrar el campamento.

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Pero no esperéis ver mucha sangre o experimentar muchos sobresaltos viendo Las últimas supervivientes. Esto no es una película de terror, sino una comedia de aventuras que se abastece de los lugares comunes del terror para contar su historia. La luminosidad y el color invaden la pantalla (incluso en las escenas nocturnas), los sintetizadores atronan en una resultona banda sonora retro que nos transportará directamente a los 80 y nos hará sentir que Camp Bloodbath es un slasher real (atención al leitmotiv que avisa de la presencia del asesino, se os quedará en la cabeza mucho tiempo), y la violencia, aunque escasa, no hace que el espectador aparte la mirada, sino todo lo contrario, invita a admirarla por su sofisticación. Además, Las últimas supervivientes se distancia de cualquier película de terror o parodia de estas características porque contiene un núcleo emocional muy desarrollado. Aquí, los personajes experimentan un arco de transformación más allá de los arquetipos del cine de terror que representan (y desmontan, como en La cabaña), exploran sus amistades y relaciones para cambiarlas a mejor, y se enfrentan a sus pasados, especialmente la protagonista y su madre. Las dos actrices protagonistas, Akerman y Farmiga, se toman muy en serio a sus personajes y harán saltar alguna lágrima a los más sensibles.

Pero por encima de todo, Las últimas supervivientes es un juego metanarrativo muy divertido. La película va directa al grano y no contiene un minuto de aburrimiento, ya que apela en todo momento al espectador que conoce de sobra las reglas de este tipo de cine. En ella, la mentalidad resabiada del espectador actual entra en contacto con la perspectiva ingenua de los 80 para poner al descubierto sus mecanismos (choque representado en el walkman vs. iPhone). Y para hacer esto, Strauss-Schulson se vuelve muy creativo, dando forma concreta a los recursos narrativos del slasher (los flashbacks, los rótulos sobreimpresionados, la narración en off, el slow-motion, los créditos finales apareciendo al horizonte) y moviendo la cámara con mucho ingenio para dejarnos secuencias muy potentes visualmente (atención al genial plano secuencia de la pandilla atacando a Billy con trampas a lo Solo en casa o a los tramos en cámara lenta), lo que hace que la película sea muy golosa estéticamente, incluso preciosista (ese enfrentamiento final con la niebla púrpura y el cielo multicromático plagado de rayos es digno de mención).

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The Final Girls tiene cierto regusto a producto televisivo (parece una película que ha sacado máximo provecho de un presupuesto de TV), pero quizá sea porque su reparto está formado por caras de sobra conocidas por los aficionados a las series: Taissa Farmiga (American Horror Story), Malin Akerman (The Comeback), Thomas Middleditch (Silicon Valley), que es el Fran Kranz de esta película, Alexander Ludwig (Vikingos), Adam DeVine (Workaholics), Alia Shawkat (Arrested Development), Chloe Bridges (The Carrie Diaries), o Nina Dobrev (The Vampire Diaries). Los actores hacen un buen trabajo (menos DeVine, quizá, que está demasiado irritante hasta para sus fans), y la película divierte en todo momento (recordad que su intención nunca es hacer pasar miedo, así que no os están dando gato por liebre en ningún momento), con apenas 90 minutos de metraje bien empleado.

A pesar de jugar con ideas prestadas y faltarle bastante gancho y mala lecheLas últimas supervivientes merece la pena. La película no da miedo, no es políticamente incorrecta, pero no es lo que pretende, su originalidad reside en ser emotiva, incluso bonita, una historia sobre el dolor y la aceptación de una pérdida revestida con un curioso manto de neón y una puesta en escena absolutamente “tubular”.

Características del DVDFinalGirl_DVD

Las últimas supervivientes (The Final Girls)

Estudio: Sony Pictures/20th Century Fox Home Entertainment

Duración: 88 minutos

Audio: Catalán (Dolby Digital 5.1), Inglés (Dolby Digital 5.1), Castellano (Dolby Digital 5.1)

Subtítulos: Castellano, Polaco, Sueco, Turco, Finlandés, Inglés, Noruego, Danés

Relación de aspecto: 2.40:1

Contenidos adicionales: Comentario del reparto y el equipo, Escenas eliminadas, extendidas y alternativas con comentario del director opcional, Progresión de los efectos visuales, Animación de previsualización, Comentario del guionista…

Madres Forzosas: El retorno de la caspa

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Ya está disponible en Netflix la primera temporada de Madres forzosas (Fuller House), la esperada continuación de una de las sitcoms de los 80/90 más queridas de la televisión, Padres forzosos (Full House). La serie original se emitió en Estados Unidos durante ocho temporadas, entre 1987 y 1995, pero nunca ha dejado la tele en su país de origen. Las reposiciones de la serie han estado funcionando durante más de 20 años, con un éxito de audiencia inaudito, lo que indicaba que un reboot quizá sería bienvenido por los fans de la sitcom, que seguía al pie del cañón, y fácil de concebir gracias al panorama televisivo que está construyendo Netflix. Así, en la era de las series resucitadas y las secuelas tardías, nacía Madres forzosas, una serie que retoma el formato original (comedia de situación en estudio con público) para contarnos qué ha sido de la familia Tanner en estos veinte años.

En esta secuela, los “padres forzosos” de la original aparecen para dar el relevo a las chicas de la familia, DJ (Candace Cameron Bure) y Stephanie (Jodie Sweetin), que junto la Urkel original, Kimmie Gibbler (Andrea Barber), ocupan la antigua casa de los Tanner con sus respectivas familias (DJ es viuda y tiene tres hijos, mientras que Kimmie está criando sola a su hija adolescente después de divorciarse, y Stephanie es una DJ de éxito en Londres que se queda para ayudar a su hermana a criar a los niños, como el tío Jesse en su día). La nueva generación Fuller House es un homenaje a la original, pero también tiene un tufillo que nos recuerda demasiado a las comedias de Disney Channel (herederas sin duda de Padres forzosos).

Pues bien, os deseo mucha suerte si vais a devorar los primeros trece episodios este fin de semana, porque por mucho que estéis preparados, Madres forzosas (título que sigue sonando a telefilm de Antena 3 sobre mujeres raptadas por una secta y obligadas a parir como conejas para un líder) puede provocar una úlcera irreparable. Desde luego a mí me la provocaron los tres primeros capítulos, que tuve la “suerte” de ver hace un mes. Queríamos revival noventero de verdad, y eso es lo que la serie nos da, ni más ni menos. El piloto es uno de los episodios de sitcom más chapuceros que he visto en mi vida (y no es que me enorgullezca, pero he visto muchas sitcoms enlatadas chapuceras). Como si fuera un teatrillo barato o una parodia de SNL o Jimmy Kimmel (y estoy siendo muy generoso), “Our Very First Show, Again” nos da la bienvenida de nuevo a ese icónico chalet adosado de San Francisco, donde nos reecontramos con todos los miembros originales de Padres forzosos, el trío de “solteros y un biberón” formado por Danny, Jesse y Joey, la tía Becky, y el ex de DJ, Steve, que aparecen, son recibidos con vítores por parte del público, dejan caer sus catch phrases (tristemente y a destiempo), y nos recuerdan por qué la mayoría no ha encontrado trabajo en la tele en las últimas dos décadas (el único que medio da la talla es John Stamos, aunque está más pendiente del público y de sí mismo que de otra cosa).

Fuller houseSolo falta Michelle (Mary-Kate y Ashley Olsen), pero no os preocupéis, que la serie se encarga de hacer un guiño chirriantemente fuera de lugar con el que rompe la cuarta pared para contarnos dónde está la pequeña de los Tanner, uno de los momentos más ridículos y vergonzosos de un episodio abarrotado de momentos ridículos y vergonzosos. Y la cosa no mejora en los capítulos siguientes, cuando las Tanner junior continúan llevando ellas solas el peso de la serie, junto a su troupe de estrellas infantiles en ciernes/juguetes rotos. Guiones (por llamarlos de alguna manera) famélicos, con tramas rancias, chistes manidos, sobredosis de sensiblería (un abrazo más y estallamos), acumulación absurda de cucamonas sin gracia y frases famosas de la serie (que alguien sacrifique a Dave Coulier), una factura más cutre que la de un plató de película porno, actores desentrenados (para ser justos, al menos Cameron es un encanto, y está bastante bien teniendo en cuenta las circunstancias), innumerables momentos de vergüenza ajena, estrellas invitadas de vidas pasadas (no tengo nada en contra de Macy Gray, al contrario, pero su presencia es un indicio muy elocuente de lo que está pasando). En fin, caspa a tutiplén, la experiencia sitcom noventera al completo. Es como ver Horsin’ Around, la serie que parodia este tipo de sitcoms familiares en BoJack Horseman (también de Netflix), pero sin ironía. Demencial.

Claro que sería injusto pedirle otra cosa, porque es justo lo que nos ofrecía la serie original. Recordamos Padres forzosos con cariño y nostalgia, pero han pasado más de 20 años, y su propuesta ultra-blanca, moralinosa e insoportablemente edulcorada ya no tiene cabida en la tele, a menos que sea en reposiciones. Y ese es el problema de Madres forzosas, que podemos razonar que sea como es alegando que está hecha únicamente para los fans (algo en lo que insisten las actrices tras las críticas destroyer que está recibiendo la serie), pero tenemos que darle un toque de atención, porque estamos en 2016, y da igual el tipo de serie que sea, se espera un mínimo (lo único realmente actualizado es la sintonía de la cabecera, reinterpretada por Carly Rae Jepsen, que también es terrible). Y Madres forzosas no solo no lo cumple, sino que se queda muy por debajo, a dos metros bajo tierra, haciendo difícil la tarea de justificar su existencia. Es cierto que la serie no engaña y es única y exclusivamente para fans (aunque me consta que algunos de ellos ya han desistido), así que si lo sois, y buscáis precisamente lo que he descrito en esta entrada (es decir, lo que nos daba Padres forzosos), adelante, bienvenidos de nuevo, no hagáis caso a mi reseña de crítico amargado y disfrutad (lo digo de corazón). Pero preguntaos una cosa: ¿Os merecéis una serie hecha con tan poco esfuerzo con la única excusa de la nostalgia?

¡CONCURSO! Consigue un Ludo o un Firey de ‘Dentro del Laberinto’ con Fuertecito y Peludos S.A.

 Este concurso ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros concursos.

labyrinth

Hoy tengo un concurso muy especial para vosotros. En homenaje a David BowiePeludos S.A. fuertecito no ve la tele nos hemos juntado de nuevo para ofreceros no uno, sino dos regalos relacionados con una de nuestras películas favoritas, Dentro del Laberinto (Labyrinth).

Dentro de Laberinto es sin duda uno de los clásicos de culto más queridos de los 80, y Jareth, el Rey de los Goblins, interpretado por Bowie, es todo un icono del cine fantástico. Por eso hemos decidido sortear dos muñecos de peluche hechos a mano inspirados en dos de las “marionetas” de Jim Henson que aparecen en la película, el adorable Ludo y uno de los traviesos Fireys.

Aquí los tenéis. ¿A que son geniales?

Ludo

Firey

Para participar, lo único que tenéis que hacer es responder en esta entrada a la siguiente pregunta:

¿CUÁL ES VUESTRO MEJOR RECUERDO DE DAVID BOWIE?*

*Puede ser una experiencia personal, una canción favorita, un papel en el cine o la TV, una actuación, una portada de un disco, un videoclip, un momento histórico de su carrera, o cualquier cosa que se os ocurra relacionada con él. La idea es hacer un homenaje a Bowie entre todos 🙂

¡Pero eso no es todo! Al margen del concurso, Peludos S.A. ha creado un descuento especial para los lectores de fuertecito. Si queréis aprovecharlo, lo único que tenéis que hacer es introducir el código FNVLT al realizar un pedido en su tienda de Etsy. De esta manera recibiréis un descuento del 10% en vuestra compra. El cupón estará activo hasta el 29 de febrero.

BASES DEL CONCURSO

– De entre todos los participantes elegiremos DOS ganadores (via Sortea2) que se llevarán totalmente gratis 1 peluche de Dentro del Laberinto cada uno (se asignará a cada uno un Firey o un Ludo al azar).  Los ganadores lo recibirán en su casa sin ningún gasto por su parte.

– Los participantes deben incluir su correo electrónico en el formulario de respuesta del blog (no aparecerá público) y se recomienda firmar con nombre y apellido/s para facilitar la comunicación (los pseudónimos son válidos).

– Sólo contará una participación por dirección IP, las respuestas desde la misma IP con distinto nombre serán marcadas como spam. 

– El plazo para participar en el concurso finaliza el sábado 13 de febrero de 2016 a las 23:59 (hora peninsular española). El ganador será anunciado a partir del día siguiente en la página de Facebook de fuertecito no ve tele.

– Concurso válido sólo para España (península e islas).

– fuertecito no ve la tele se reserva el derecho de modificar o anular el concurso si fuera necesario.

¡Mucha suerte!

Peludos S.A. es una pequeña compañía online dirigida por Lucía Vargas, que hace “muñecos a mano de fieltro y fur inspirados en la cultura pop“. Echando un vistazo a su catálogo de peluches y otros tipos de productos artesanales, salta a la vista la afinidad total que estos pequeños peludos tienen con fnvlt.

En la tienda de etsy de Peludos podéis encontrar muñecos de peluche y fieltro y bordadores inspirados en Star Wars, Dentro del Laberinto, Hora de aventuras, las películas del Estudio Ghibli, Doctor Who, El mago de Oz o Donde viven los monstruos. También podéis seguir Peludos S.A. en Facebook, donde estaréis al tanto de todos los nuevos peluches que se van incorporando a la familia. ¡Algunos por tiempo muy limitado!

Peludos SA

Por qué ‘Jem and the Holograms’ merece ser película de culto

Jem & The Holograms

La burbuja de la nostalgia está a punto de explotar. De acuerdo, en los últimos años hemos tenido sorpresas como It Follows o The Guest, que han sabido jugar bien la carta del homenaje al pasado, o hemos regresado entusiasmados a los universos de Mad Max Star Wars, que se han saldado con éxitos de crítica y público. Pero esta no es la tónica general. Por el contrario, el público empieza a cansarse de que la industria del cine recurra tanto al pasado (en muchos casos, reciente) para dar forma a su futuro. Y en este sentido, la década de los 80 es protegida con especial recelo por la generación de treintañeros que se niegan a ver cómo sus series y películas favoritas pasan por el quirófano para dar lugar al enésimo reboot en Hollywood.

Jem and the Holograms fue una serie de dibujos animados creada a mediados de los 80 para vender una nueva línea de muñecas de Hasbro. La serie tuvo un gran éxito al principio, pero duró tan solo tres años en antena. Con su combinación de glam rock, moda juvenil, romance y aventuras, Jem se convirtió en un icono para una generación, pero el paso del tiempo hizo que quedara relegada a un pie de página en la historia de la cultura popular. Hasta que hace un par de años, Jon M. Chu (director de clásicos modernos como Step Up 3D, G.I. JoeLa venganza y dos documentales sobre Justin Bieber) anunció que estaba preparando junto a Jason Blum (fundador de la exitosa productora de terror Blumhouse Productions) un remake en acción real de la serie. Entonces los fans de Jem salieron de debajo de las piedras para demostrar su desconfianza ante la película.

Jem and the Holograms era un proyecto muy personal para Chu, uno en el que llevaba trabajando casi diez años. Y había dos maneras de sacarlo adelante: respetar el material original y hacer un homenaje 100% ochentero que solo apelase a los fans nostálgicos o intentar llevar la “leyenda” de Jem al presente y buscar a un público nuevo. Como es lógico, Chu y Blum optaron por lo segundo. Y así, la nueva Jem y los Hologramas se planteaba como una reinvención, una especie de origin story al estilo de las películas de superhéroes (según el propio Chu), confeccionada para atraer a las nuevas generaciones. Cuando se empezó a desvelar el aspecto de sus protagonistas y surgieron datos de la historia, se pensó que, a pesar de claros guiños en la estética, la nueva Jem and the Holograms poco tenía que ver con la Jem de los 80 (prácticamente lo único que parecía conservarse de la original eran los nombres y un par de detalles, como los pendientes de estrella), lo que hizo que los fans de Jem montaran en cólera. Indignación, pataleta, insultos al director, amenazas de muerte por mail…

Y entonces llegó la película. Y nadie la vio. Casi literalmente. El estreno de Jem and the Holograms en Estados Unidos se convirtió en el menos taquillero de una película distribuida por un gran estudio en más de 2.000 salas. En su primer fin de semana apenas superó un millón de dólares de recaudación, y fue retirada de la cartelera a la siguiente, con un desastroso total recaudado de dos millones. Esto no iba a suponer la ruina para Universal o Blumhouse, ya que costó tan solo cinco millones de dólares (ni Universal se gastó mucho en la campaña de marketing, ni Blumhouse iba a notar el fracaso en su cartera después de tantos exitazos de bajo presupuesto), pero aun así, el batacazo fue épico.

Jem y los Hologramas cartel¿Se merecía Jem and the Holograms esta suerte? Si preguntáis a cualquier fan de la serie original os dirá que sí, aunque no haya visto la película. Si me preguntáis a mí, que recuerdo con cariño los dibujos pero no considero un sacrilegio que se haya hecho un remake ni que se haya cambiado la original (me sorprende tanto esta vena protectora tan apasionada… ni que Jem fuera Blade Runner), os diré que no. Jem and the Holograms es una película muy tonta, pero también muy inofensiva en el mejor de los sentidos y sobre todo, simpática y bienintencionada. Además, si lo pensamos bien, Chu ha hecho lo posible por conservar el espíritu original de la serie, a pesar de las (necesarias) modificaciones que ha experimentado (hacer un calco habría sido más arriesgado e innecesario aun). Definitivamente, Jem no es el desastre fílmico que tanto crítica como público (en total, cuatro gatos) dicen. Es más, me atrevería a decir que, si no fuera por el mal de ojo que le ha caído, podría haberse convertido en una película querida por niños y adolescentes. Eso es lo que seguramente pretendía Chu, pero el experimento no le salió como esperaba. El público adulto le dio la espalda y el joven no se interesó ni lo más mínimo.

Sin embargo, Jem and the Holograms tiene madera de película de culto (no, no he fumado nada). Quizá el haberse convertido en el mayor fracaso de la historia cree con el tiempo una leyenda a su alrededor como ha ocurrido con otros films malogrados. O puede que directamente sea olvidada por completo y sea como si nunca hubiera existido. Pase lo que pase, os animo a descubrirla y juzgar por vosotros mismos. Abstenerse cínicos y puristas de los 80. Esto no es para vosotros. Los demás, no seáis rancios y dejaos llevar, si se le da una oportunidad y se mira con otros ojos, Jem and the Holograms tiene muchas virtudes que la convierten en un clásico semi-trash en potencia (y va con un poco de ironía, pero sobre todo totalmente en serio):

El acabado de la película

Como adelantaba antes, Jem and the Holograms costó cinco millones de dólares, un presupuesto ridículo que, sin embargo, Blumhouse suele convertir en ganancias desorbitadas en taquilla con sus títulos de terror (Paranormal ActivityInsidious). Teniendo en cuenta lo barata que fue, nos llama la atención el acabado tan pulido que tiene. Chu no es precisamente el colmo de la consistencia como director, pero aquí ha logrado una estética muy uniforme y atractiva, mezclando imágenes de grabaciones caseras con escenas de auténtica sensibilidad teen y ágiles actuaciones sobre el escenario que llenan la película de luz de neón (rosa y violeta) y nos dejan imágenes mucho más bonitas (y más 80s) de lo que cabía esperar. Es decir, Jem no es un trabajo visualmente cutre o de aspecto inacabado, y eso es todo un logro. Mención aparte merece el robot Synergy, que a pesar de su simpleza, también destaca por ser una creación CGI muy bien ejecutada.

Jem

Las canciones

Olvidaos de escuchar cualquier tema ochentero en la película. El glam rock de las Jem y los Hologramas originales da paso al sonido del pop prefabricado del presente. Las Holograms se visten según la moda de los 80 (saneada para los 2010s), pero las nuevas canciones recogen las tendencias actuales de la música popular. Selección musical con gente como Serebro o Hailee Steinfeld, y temas originales compuestos para la ocasión, que recuerdan inconfundiblemente a Taylor Swift, Icona Pop, Sia o Kesha. Si sois de los que apreciáis la ciencia de un buen temazo pop de radiofórmula, la banda sonora de Jem and the Holograms os satisfará enormemente. Las canciones son pegadizas, están bien producidas, y Aubrey Peeples (Jerrica/Jem), conocida por su participación en Nashville, y sus chicas las cantan muy bien. En general, el sonido es homogéneo y temas como la pegajosa pieza central “Youngblood” o el emocionante número final “I’m Still Here” son grandes hits que nunca llegarán a serlo.

La historia

Las cosas claras desde el principio. Jem and the Holograms es una película muy ligera, con un argumento y un desarrollo bastante risibles. A los personajes les falta sangre (Peeples es adorable, pero tanto ella como sus Hologramas son completamente unidimensionales), la premisa es absurda y el guion tiene más agujeros que un gruyer (Jem se convierte en estrella de la noche a la mañana con un solo vídeo de YouTube, todo lo que tiene que ver con la discográfica y su gestión de Jem es ridículo…)  ¿Por qué destaco entonces la historia como una de sus virtudes? Porque aquí es donde Chu ha realizado el mayor homenaje a los 80, construyendo un argumento directamente sacado de una cinta de aventuras de esa década. De hecho, Jem tiene más en común con Los Goonies (la escena del puerto de Santa Mónica es análoga a la prueba final de Andy en el órgano) que con la propia serie original o con Hannah Montana (con la que ha sido comparada comprensiblemente). Búsqueda del tesoro en pandilla, amor adolescente, ¡y un robot mascota! A pesar de hablarnos de la generación YouTube y darle mucha importancia a Internet y los dispositivos móviles (que las chicas no sueltan ni un segundo), en esencia, resulta que Jem and the Holograms  es una película completamente ochentera después de todo.

Juliette Lewis

Juliette Lewis

La “princesa” de los 80, Molly Ringwald, tiene un papel secundario, como la tía de Jem y sus “hermanas”, pero su presencia no va más allá del guiño cómplice a los 80, ya que su personaje no tiene realmente un arco argumental. Ella aporta el punto de partida del conflicto -necesita dinero para no perder su casa, en la que se han criado las niñas (mira, como en Los Goonies)- y se retira hasta el final, cediendo el foco a Juliette Lewis, que da vida a la mala de la película, Erica Raymond, presidenta de la discográfica de Jem. Lewis no tiene miedo a hacer el ridículo e interpreta al personaje como a una villana over-the-top de cine infantil, lo que da lugar a momentos muy divertidos en los que uno no sabe si la actriz está haciéndolo tan mal sin querer o a propósito. Sea como fuere, Lewis está muy graciosa como caricatura y es todo un aliciente para ver y disfrutar la película. Ella y su “minion” Zipper (Nathan Moore). Jem no destaca por su sentido del humor (ni para bien ni para mal, su comedia es inofensiva y nunca llega a provocar vergüenza ajena), pero Zipper es un crack. Zipper merecía más escenas.

La escena de los créditos finales

Y así llegamos al final. ¿Os acordáis de la adaptación al cine de Super Mario Bros que se hizo en los 90? ¿Recordáis su escena post-créditos? Pues en Jem and the Holograms hay algo parecido. (Spoiler a partir de aquí). Después de ser destituida de su papel como CEO por su propio hijo (el galán romántico para Jem y eye-candy para todos Ryan Guzman), Erica acude sedienta de venganza a la guarida de ¡las Misfits! y les pide que vuelvan para acabar con Jem y su banda. Chu decidió guardarse ese as en la manga para el final, y dejó a la banda rival de Jem fuera del argumento para darles protagonismo en una supuesta secuela. Así, de entre las sombras vemos aparecer a los miembros del grupo: Hanna Mae Lee (Pitch Perfect) como Roxy, Katie Findlay (The Carrie Diaries) como Stormer, y, atención, la cantante Kesha como la líder de la banda, Pizazz. Es una secuencia breve, pero es enorme, y nos hace soñar con la gran secuela que nunca veremos.

Jem & The Holograms

Actualmente, Jem y los Hologramas es prácticamente invisible. Su repercusión ha sido inexistente, y la poca que ha tenido ha sido para ponerla a caldo. Es comprensible que su argumento, que Chu ha extraído evidentemente de su experiencia con Justin Bieber, eche para atrás a más de uno. Pero si logramos pasar por alto todo el tema de la romantización de la fama (instantánea) como vía para la autorrealización y la obsesión por la imagen proyectada en las redes sociales (temas que se manejan muy a la ligera y quedan desaprovechados, pero al menos no llegan a resultar nocivos), nos queda un mensaje muy bonito de aceptación y celebración de la diferencia… ¡y la peluca! (el film está recorrido por muchos vídeos de fans reales hablando de cómo Jem les ha proporcionado una voz para decir al mundo que están orgullosos de cómo son y de lo que les gusta). Chu tenía una tarea muy complicada a la hora de trasladar el universo de Jem a la acción real y al presente, y teniendo esto en cuenta, ha salido más bien airoso, reinventando a Jem en una aventura autoconsciente y referencial que contagia con estupendas canciones, brochazos de purpurina y maquillaje rosa, luces de neón y buenas intenciones. Me da igual que se rían de mí o dejen de tomarme en serio, soy fan de la nueva Jem and the Holograms y para mí ya es una película de culto.

Crítica: Pixels

Pixels Arcaders

Fui a ver Pixels dispuesto a pasármelo bien sin comerme demasiado el coco. Quería que me gustase, os lo prometo. Incluso momentos antes de verla, y aunque mi subconsciente me hacía la contra, guardaba una pequeña esperanza de que no fuera el desastre que parecía. Me equivocaba. Y mucho. Pixels supera todas las expectativas negativas depositadas en ella. Podría excusarla su aire desenfadado y alocado, o el hecho de que es perfectamente consciente de sus limitaciones y le da igual (o no, que quizá hasta la esté sobrevalorando), pero ni con esas. Pixels es mala con saña y avaricia, no hay más. No hay excusa que valga. “Es que es fantasía y no hay que tomársela en serio”. “Es que es para los más pequeños”. “Es que no hay que buscarle lógica a una película así”. ¡Es que nada! El film dirigido por Chris Columbus (que no es garantía infalible de calidad, pero tiene su mano con el cine familiar) se vende como aventura nostálgica de los 80 dirigida a varias generaciones, pero la realidad es bien distinta: Esto es simple y llanamente una película de Adam Sandler, con todo lo que conlleva el infra-género sandleriano. Es más, es una película de Adam Sandler en horas bajas y desganado, que es ya el acabose.

Basada en un cortometraje independiente de 2010 (que podéis ver aquí) , Pixels nos cuenta una invasión extraterrestre a lo Independence Day versión (más) disparate en la que los alienígenas toman la forma de varios personajes de las máquinas recreativas clásicas. La historia da comienzo en los 80, durante una competición de jugadores de Arcade. Los extraterrestres reciben señales de estas máquinas que malinterpretan como una declaración de guerra intergaláctica, lo que les lleva treinta años después a atacar nuestro planeta utilizando los juegos Gálaga, Pac-Man o Space Invaders como modelos para diseñar varias ofensivas a las ciudades más importantes del mundo. Para acabar con los invasores, el presidente de los Estados Unidos (Kevin James) recurre a su amigo de la infancia (Sandler), campeón de videojuegos en los 80, así como a varios “expertos” en la materia, con los que forma un equipo de “Arcaders” en los que depositará el futuro de la Tierra.

Pac-Man in Columbia Pictures' PIXELS.

La premisa de los 8-bits cobrando vida a escala interplanetaria (que, como muchos aficionados señalan, ya se utilizó en Futurama en 2002) sirve para llevar a cabo una comedia de aventuras que intenta recuperar el espíritu ochentero de cintas como Los Cazafantasmas (con su toque de Juegos de guerra) y explotar el valor icónico que los videojuegos “prehistóricos” tienen para nuestra generación (similar a lo que hizo con mejores resultados ¡Rompe Ralph!). Sin embargo, no logra destacar entre tantas otras propuestas morriñosas al ser incapaz de trascender el homenaje vacío y facilón: el peinado mullet de Peter Dinklage (que es quien más se esfuerza del reparto, y ni así puede evitar caer en el ridículo más chirriante), la banda sonora con clásicos de Zapp, Loverboy, Tears for Fears o el original “We Will Rock You”, que suena dos veces (cansinos), y las transmisiones a la Tierra de los alienígenas, que hablan a través de Nixon, Madonna o Hall & Oates en grabaciones antiguas de televisión (la única ocurrencia remotamente graciosa de la película). Todo es para nada, ya que los guiños caen en saco roto por culpa de la ineptitud absoluta del film para hacer reír o hallar el componente emotivo necesario para conectar con el espectador.

Por otro lado, Pixels juega otra vez con la idea del friki que fue paria durante los 80 y pasa de loser cuarentón a nuevo héroe del siglo XXI, donde ser geek ya es lo normativo. No obstante, desaprovecha todas las posibilidades que esto brinda con un guion enclenque y sin rastro de lógica interna (en serio, cada escena es más increíblemente estúpida y absurda que la anterior) con el que no parece haber voluntad de ir más allá del humor de encefalograma plano y la aventura casposa a la que nos tiene acostumbrado el cine de Sandler. Todo cobra sentido cuando comprobamos que detrás del libreto está el guionista de confianza del actor (qué pena ser el “loquesea” de confianza de Adam Sandler), Tim Herlihy, artífice de regurgitaciones fílmicas como Mr. Deeds o la reciente Niños grandes 2 (la película con la que Sandler debería haberse convertido en persona non grata en todo estudio de Hollywood). Para más inri, la presencia de la pareja “artística” de Sandler, el repulsivo Kevin James, como presidente de los Estados Unidos (sin comentarios) corrobora lo que estamos viendo: un nuevo vehículo de lucimiento para que estos dos comicastros sin talento ni gracia sigan riéndose de nosotros desde sus mansiones de Malibú.

Peter Dinklage;Josh Gad;Ashley Benson

Lo más lamentable de Pixels (además de todos y cada uno de los chistes que Sandler estrella contra el suelo) es que desaprovecha una idea buenísima, un concepto que podría haber dado mucho de sí de haber caído en las manos adecuadas. Pero no, tenía que acaparar el proyecto el actor que envenena todo lo que toca (con permiso de Vince Vaughn). Sandler convierte Pixels en un nuevo festival de comedia abyecta y penosas interpretaciones, en el que además hace gala del machismo y la misoginia más flagrante (con rastros de homofobia y racismo para aderezar el pastel). Michelle Monaghan, que interpreta a una experta en armas de la Casa Blanca, es una profesional capacitada que está ahí únicamente para ser “la chica de la película”, cayendo víctima del nauseabundo cortejo de Sandler, que, cómo no, se busca un “pibón” como trofeo para su baboso personaje (increíble la desfachatez ególatra del actor). Pero es que el papel que desempeñan las demás mujeres de la película (que juntas deben sumar 4 minutos en pantalla) es para llevarse las manos a la cabeza: Ashley Benson es la protagonista del videojuego ficticio Dojo QuestLady Lisa, sueño pajillero de Josh Gad (más irritante que nunca, por cierto) cuyo papel se reduce al de objeto hipersexualizado que no pronuncia una sola palabra (mientras la “mascota” Q*bert sí habla al cobrar vida); Jane Krakowski es la Primera Dama, personaje sin entidad (como todos los demás) que solo tiene “diálogo” en una escena en la que está adornando una tarta con el presidente; y Serena Williams hace un cameo para cumplir los deseos sexuales del personaje de Dinklage (que ningún héroe se quede sin su premio). Es un verdadero asco ser mujer en el Universo Sandler, y estas actrices (y deportista) mirarán hacia atrás dentro de unos años para recordar esta película como uno de los momentos más bajos de su carrera.

La única cualidad remotamente redentora que posee Pixels es su apartado visual (diría que esto es lo que enganchará al público infantil, pero no quiero insultarlo). El Columbus más efectivo aflora en las escenas de acción (destacan la fantástica secuencia de Pac-Man y el enfrentamiento final con Donkey Kong), y los efectos digitales nos dejan imágenes muy llamativas, gracias al curioso efecto físico del pixelado y los coloristas diseños de los personajes animados, no solo bien hechos, sino también excelentemente integrados en los escenarios reales. Pero que Pixels entre bien por los ojos no es suficiente para compensar el incoherente e insultante despropósito que ha resultado ser en todo lo demás. Una auténtica pena haber tirado una idea con tanto potencial a la basura.

Valoración: ★½

Clásicos para ver en Navidad (y siempre): La princesa prometida

Princess Bride

La Navidad es época de hacer balance, de mirar hacia atrás antes de mirar hacia el año que entra. Estas fiestas están indefectiblemente vinculadas a nuestra infancia, son tiempos de nostalgia, en los que no solo nos reunimos con personas a las que hace tiempo que no vemos, sino también con los personajes y las historias que formaron parte de nuestros años más tempranos. Por eso las televisiones suelen pasar clásicos animados de Disney a todas horas (los niños estamos de vacaciones y nos tienen que entretener), además de films de los 80 como Dentro del LaberintoLos GooniesLos Gremlins (que además tiene trasfondo navideño), o la que hoy nos ocupa, La princesa prometida (The Princess Bride).

Basada en el popular libro de William Goldman, The Princess Bride cumple la promesa con la que comienza: lo tiene todo. Puede que, al igual que al Abuelo Colombo (Peter Falk), nos cueste un poco convencer a las nuevas generaciones de que esta aseveración es cierta, pero si conseguimos que inicien con nosotros la odisea romántica de Westley y Buttercup, el trabajo ya estará hecho. Es justamente lo que me ha pasado a mí estas fiestas con mi prima de 12 años. La niña solo ve películas de terror. Lo último que vio en el cine fue Ouija, y a pesar de mi advertencia de que era “demasiado para ti”, se zampó el reboot de Posesión infernal y dijo que no era para tanto (la madre que la trajo). Cuando le mostré el Blu-ray* de La princesa prometida y le anuncié que la íbamos a ver, dejó escapar un soplido y refunfuñó: “Esto tiene pinta de ser un rollo”. Perdí la fe durante un momento, pero enseguida me di cuenta de que era la oportunidad perfecta para poner en práctica las técnicas del Abuelo (empiezo a sentirme realmente viejo). Abrí el libro (di al Play), le leí 10 páginas (transcurrieron 4 escenas) y la niña estaba enganchada.

PM trío

Pero lo que convierte este cuento de hadas (sin hadas ni apenas elementos mágicos) en un clásico imperecedero no es solo el hecho de que lo tenga todo (romance épico, espadachines, misterio, humor, piratas, acertijos, honor del de verdad, ratas gigantes), sino cómo está contado. Algunos de los elementos de la película de Rob Reiner ya no funcionan por sí solos como reclamo para los más pequeños, pero Goldman logra hacerlos atractivos gracias a una escritura muy ingeniosa, elegante y divertida para deleite de todas las generaciones, con un guión que sacaba partido de lo meta mucho antes de que estuviera de moda. La princesa prometida es una de las historias de amor más grandes jamás contadas en el cine, pero también es una de las aventuras más emocionantes de su década, y sobre todo, una brillante comedia que no ha perdido ni un ápice de su gracia. Yo siempre digo que cualquiera que se disponga a escribir un guión de comedia, debe asegurarse antes de haberse aprendido de memoria la última media hora de La princesa prometida

No es por nada que La princesa prometida siempre haya estado incluida en el Top 250 de las mejores películas de IMDb, mientras otros films de características similares conservan el cariño del público, pero carecen del reconocimiento de la de Reiner. Y es que la película funciona a todos niveles: tiene personajes carismáticos (Cary Elwes y Mandy Patinkin irresistibles), una princesa de belleza frágil y conmovedora (Robin Wright), besos de amor verdadero, diálogos para enmarcar (siempre al servicio de la acción), duelos inolvidables, un slapstick exquisito y un sinfín de gags para el recuerdo (el primer enfrentamiento de Íñigo Montoya y el Pirata Roberts en el acantilado, Buttercup lanzándose colina abajo, Westley con el cuerpo dormido, el cura de voz horrificiosa), todo envuelto en cierto aire a lo Monty Python y coronado por la melancólica banda sonora de Mark Knopfler. Y lo más importante, como ya hiciera La historia interminable, y más adelante la fallida El guardián de las palabrasLa princesa prometida nos deja un mensaje muy claro y bien argumentado, pero en ningún momento nos sermonea con él: leer mola, niños.

Por último, estamos probablemente ante una de las películas más citables de la historia del cine. Es decir, que dos de cada tres frases de La princesa prometida son quotes para bordarse en un cojín. Por eso he decidido terminar este texto seleccionando algunas de las mejores citas de la película. Os dejo con ellas mientras yo voy a prepararle a mi prima -que como imagináis, acabó más metida en la historia que el propio Fred Savage– un pack para iniciados con Willow, El mago de Oz, Laberinto… Y vamos a colarle también un libro entre las películas, a ver qué pasa.

 

La princesa prometida BD“Hola, me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate para morir”

“El amor verdadero es lo más grande del mundo. A excepción de los bocadillos de cordero, lechuga y tomate, cuando el tomate está maduro y el cordero está en su punto”

“Aquel día fue en el que descubrió con asombro que cuando él decía ‘como desees’, en realidad significaba ‘te amo'”

Íñigo Montoya: “Parecéis un hombre decente, lamentaré mataros”
Pirata Robers: “Vos también lo parecéis, lamentaré morir”

Westley: ¿Por qué no me esperaste?
Buttercup: Porque habías muerto.
Westley: La muerte no detiene al amor, lo único que puede hacer es demorarlo.

“¡Inconcebible!”

“Sigues usando esa palabra, y no creo que signifique lo que tú crees que significa”

“La vida es dolor, alteza. Quienquiera que diga lo contrario intenta engañaros”

“Somos hombres de acción. Mentir no sería propio de nosotros”

“Como desees”

 

*La princesa prometida ya está disponible en España en Blu-ray remasterizado por 20th Century Fox Home Entertainment.