Happy Endings: ¿Cuánta vergüenza ajena cabe en 20 minutos?

Una vez empiezo una serie suelo comprometerme a verla hasta el final. Obviamente esto es un problema. Cada vez más grave. Soy de los que piensa que para adquirir una visión completa de una serie es necesario verla hasta el final. Sigo sosteniendo esa teoría, porque es de cajón (si quieres una visión completa, debes completar, d’uh!). Sin embargo, la apabullante cantidad de series que se estrenan al año en Estados Unidos me ha obligado finalmente a saltarme la norma, empujándome a ser más crítico y menos permisivo. Pocas veces he abandonado una serie una vez empezada (sin ir más lejos, el año pasado vi Are You There, Chelsea? entera) (Dios mío), pero los estrenos de otoño de las networks americanas han dejado mucho que desear estos últimos dos meses, y después de ver muchos pilotos desastrosos, me niego a dar segundas oportunidades. Es eso o no tener tiempo para ver las series que de verdad quiero ver hasta el final, o para tener algo de vida (que no es que la necesite mucho, pero no viene mal tampoco). Dicho esto, ¿qué hago con las series que sigo por inercia, las de planchar o las que no abandono por pena? Es hora de ser implacable y archivarlas, por mucho que me duela hacerlo con episodios pendientes. “No eres tú, soy yo”. He decidido que se puede adquirir una visión global de la serie con pocos episodios vistos. Es la ‘visión global personal’, la que se obtiene de lo que se ha visto, sea mucho o poco. Punto. Ya no hay tiempo para esperar a que una serie se vuelva buena. Tiene que serlo, o como mínimo prometerlo, desde el principio.

El caso de Happy Endings es especial. Un “no soy yo, eres tú”. Hay series a las que das segundas, terceras y vigesimoquintas oportunidades basándote en el feedback que te da la gente en cuyo criterio confías casi a ciegas, en las críticas de las publicaciones especializadas o incluso en su estatus de serie-de-culto (esto es lo que a mí me pierde realmente): si a tanta gente gusta, algo tiene que tener, ¿no?. “La primera temporada de Happy Endings es floja, y además se emitió desordenada”. “Podrías saltarte la primera y empezar directamente en la segunda, que es cuando la serie se pone genial”. “Los personajes al principio no están bien definidos, en la segunda se vuelven enormes, sobre todo Penny y Max”. Es todo lo que se me dice cada vez que veo un episodio de la primera y digo que me parece horroroso. OK. Me fío. Muy receloso, pero me fío. Os juro que quiero que me guste. Vamos a ver la segunda a ver si es cierto todo esto. Nada. Creo firmemente que la segunda temporada de Happy Endings es muy similar a la primera. Puede que aumente ligeramente la autorreflexividad y las referencias a la cultura pop. ¿Pero a qué serie de sus características no le ocurre eso? Y es cierto que emitir los primeros episodios desordenados hacía que la serie pareciera más descentrada (aún) y sus personajes mal definidos. Pero esto no es justificación suficiente. Podemos ordenarlos nosotros, y para mí el resultado será el mismo, solo que tendré más claro antes que Alex y Jane son hermanas. Lo que no cambiará es que Penny y Max me caigan como una patada en la entrepierna.

Mi principal problema con Happy Endings son sus personajes. Me resultan extremadamente repelentes, irrealmente cool e insoportablemente (im)perfectos. Son de ese tipo de personas que en la vida real evitaría a toda costa. De esos que sacarían lo peor que hay en mí. Seis personajes que solo se soportan entre ellos. Y ni eso. Una chupipandi de idiotas que reconocen su idiotez pero no se cansan de decir lo geniales que son. Su patetismo latente pretende buscar la simpatía, e incluso a veces la compasión por parte del espectador. Pero lo que yo experimento cada vez que uno de ellos abre la boca para soltar la gracieta de turno con el típico tono de voz irritante o acento intencionadamente ridículo es pura y dura vergüenza ajena. “Ahí está la gracia, en que son lo peor”, me dicen. De acuerdo, entiendo cuál es la intención. Pero el resultado, desde mi punto de vista, es un fracaso absoluto. Mirad por ejemplo Friends. Seis personajes con incontables imperfecciones, neuras e inseguridades que sin embargo me resultan queribles y entrañables. Y no hace falta recurrir a clásicos consagrados de la televisión. Community, 30 Rock, Girls, Parks and Recreation, It’s Always Sunny in Philadelphia, Don’t Trust the B—- in Apartment 23 o incluso Cougar Town. Todas estas series están plagadas de personajes insoportables, exagerados y poco realistas de los que me gusta reírme, y que hacen que reírme de mí mismo sea muy divertido. Quizás la clave esté en que los de Happy Endings se esfuerzan demasiado. Eso es, Happy Endings es el amigo gracioso del grupo que no soporta que nadie sea más gracioso que él. El que interrumpe para hacer un chiste y los demás apartan la mirada mientras suenan los grillos. El que se cree guay y no sabe que lo critican a sus espaldas. Al que dan ganas de decirle: “tío, relájate un poco, que esto no es un concurso”. Y yo con esas personas intento pasar el menor tiempo posible. Por eso Happy Endings queda archivada. Lo he intentado, y mucho, pero está claro que no podemos ser amigos.

Mátenme por favor, sigo ‘Are You There, Chelsea?’ al día

Quizás sea síntoma o indicio de la decadencia absoluta en la que me he sumido en los últimos meses. Podría estar viendo Smash (que mira que tenía ganas de que se estrenase), podría ponerme con las temporadas que aun tengo pendientes de cara al inminente regreso de Walter White, podría incluso darle otra oportunidad a la soporífera The Walking Dead. Pero no, estoy viendo el más reciente estreno “cómico” (no hay comillas suficientes) de NBC, Are You There, Chelsea? Esta sitcom multicámara está basada en el libro Are You There Vodka, It’s Me, Chelsea? de la extremadamente antipática actriz, presentadora y escritora Chelsea Handler. Y es muy posible que yo sea el único que se esté sometiendo voluntariamente a tal tortura. La serie tiene los días contados desde su discreto estreno para la nueva mid-season. Y decir que no me extraña sería quedarse muy corto. Que alguien se interesase lo más mínimo por este proyecto es uno de los misterios indescifrables de la humanidad.

Are You There, Chelsea?, originalmente titulada como el libro en el que se basa, nos sitúa en un bar deportivo de Nueva Jersey y nos cuenta la vida de una de sus camareras y su grupo de amigos y compañeros de trabajo. Junto con el título original, la serie se dejó en el camino lo que supuestamente iba a ser su premisa: Chelsea es arrestada por conducir bajo la influencia del alcohol, lo que le lleva a replantearse su vida desde la celda en la que acaba. Pues bien, tras ocho episodios emitidos hasta la fecha, no queda rastro de esta idea inicial. Desde su segundo episodio, la serie no es más que un penoso desfile de personajes sin interés (tengo la sensación de que con cada capítulo se introduce un secundario) y tramas agotadas desde el minuto uno que, por supuesto, no parecen llevar a ninguna parte.

La falta de propósito y el aire absolutamente descentrado de la serie no es lo peor de Chelsea, desatinado producto que se empeña en hallar el humor en la vertiente más desagradable y decadente del ser humano, sin un ápice de introspección o simpatía. Algo no solo posible, sino también muy necesario (recordemos una de las comedias estrella de la cadena, Will & Grace). No hay un solo personaje en la serie que provoque indulgencia en el espectador: como alter ego de su creadora, Chelsea es una protagonista indefinida y distante (que sí, Handler, que está claro, eres una borracha sin complejos, cuánta ruptura, cuánta irreverencia), además de ser una extensión de la Donna Pinciotti de That 70s Show (confirmamos que las cualidades de ambos personajes son inherentes a Laura Prepon); de la excesiva plantilla de Jerry’s solo se salva Nikki, una suerte de Eliza Dushku de bolsillo (más aun) y el único personaje que me ha hecho reír en algún momento; las compañeras de piso de Chelsea son una asiática de metro diez cuyas únicas cualidades son ser asiática y ser muy baja, (¡¿qué obsesión tiene esta serie con los enanos?!) y una virgen que en teoría debería aportar la nota más dulce en una serie llena de imbéciles, y que fracasa estrepitosamente, quizás por intentarlo demasiado. Handler se reserva un desagradable papel secundario como la hermana mayor de Chelsea y nos agracia con su incómoda presencia en cada episodio.

Los estrenos otoñales de la temporada 2011-12 mostraron una sobrecarga de sitcoms de aire noventero que crearon la ilusión de contrapunto a la tendencia al alza de comedias single-cam. Quizás el éxito de 2 Broke Girls animase a la NBC a darle un voto de confianza a esta abominación situada en las antípodas de la comedia a la que no tiene acostumbrados. Quiero imaginar a los ejecutivos del 30 de Rockefeller, a los que dieron luz verde al proyecto, dándose cabezazos contra la pared por haber bajado el listón de calidad de una cadena conocida y apreciada por su oferta cómica de calidad.

Entonces, ¿por qué sigo Are You There, Chelsea? Es difícil de explicar. Quizás tenga que ver con el hecho con el que comenzaba escribiendo este artículo. Mi vida se ha sumido en una espiral autodestructiva en la que Chelsea simboliza el fondo del pozo. Y con todo, hay algo en este absoluto desastre catódico que resulta atractivo, en el sentido más morboso de la palabra. Es exactamente como presenciar un accidente y no poder apartar la mirada. Quizás esa sea una de las claves. En fin, mirémoslo por el lado bueno. Chelsea ha logrado algo que ninguna de las series de calidad que he visto recientemente ha conseguido, darme una verdadera bofetada de realidad: “¿por qué estás viendo esto? ¿qué coño estás haciendo con tu vida?” Por eso quiero agradecer públicamente a Are You There, Chelsea?, a Chelsea Handler y a la NBC por ayudarme a salir del dique seco. Espero que vosotros no lleguéis al punto en vuestra vida en el que os alegréis al ver que hay episodio nuevo de Are You There, Chelsea? De verdad.

¿Quién me mandaría ver… Up All Night?

Qué mejor ocasión para inaugurar sección del blog que la nueva “”””comedia”””” de NBC protagonizada por Christina Applegate y Will Arnett. “¿Quién me mandaría ver…?” recogerá aquellas series que abandono o que termino sin llegar a saber exactamente por qué las he aguantado más allá del piloto. Aún tengo que decidir si dar una segunda oportunidad a Up All Night, pero teniendo en cuenta el elevadísimo número de pilotos de esta temporada, dudo mucho que este tremendo fail merezca veinte minutos de mi tiempo a la semana.

Extraño híbrido entre 30 Rock y Modern Family, Up All Night descarrila en todos los objetivos que se propone. Técnicamente resulta muy deficiente (la cámara en mano se vuelve en tu contra si no la sabes mover, y no ayuda tampoco que delegues la labor de montaje a un mandril). Por otro lado, Arnett y Applegate no logran convertirse en sus personajes en ningún momento. La cuestión de la química entre ambos está de más cuando ninguno de los dos, por separado, consigue desenvolverse con un mínimo de naturalidad en un hábitat que parece resultarles hostil (lo que hace todo mucho más triste, teniendo en cuenta que la serie está hecha a su medida). Ambos parecen dos cómicos de segunda intentando desesperadamente ser hip (¿parecen o lo son?). Dolorosas escenas como la del karaoke evidencian la fallida empresa de convertir a los actores en algo que no son. Resulta especialmente triste observar el (enésimo) intento desesperado de Kelly Bundy y Gob Bluth por hacerse un hueco en una escena que claramente no los necesita . Sin embargo, la culpa no es suya del todo. Poco pueden hacer con el famélico trabajo de guión con el que cuentan. No hay más que ver la (extremadamente alargada e insoportable) escena en la que sus personajes discuten sobre quién duerme menos. Suicidio cómico. Juraría haber oído grillos durante el diálogo.

Up All Night tiene cobijo en la casa de hitos como Saturday Night Live o 30 Rock, la NBC (donde vive la comedia norteamericana’), haciendo la clara promesa de intentar vivir de los saldos de ambas. Una de las cómicas de SNL, Maya Rudolph tiene un papel destacado dentro de este desastre, pero al fin y al cabo no es más que la tuerta en el país de los ciegos. No hay nada en Up All Night que indique que puede ocurrirle lo mismo que a otras series de la cadena. Tanto la de Tina Fey como la de Amy Poehler (Parks and Recreation) comenzaron desorientadas y acabaron convirtiéndose en referencias del género y abonadas a los Emmy. Applegate nos cae muy bien, y probablemente a los ejecutivos de NBC también, pero ni ella ni el desubicado Arnett son capaces de aguantar los endebles cimientos de una comedia sin un ápice de gracia.

 

Pesadillas

Los minutos iniciales del estreno de la cuarta temporada de Nip/Tuck son un perfecto ejemplo de por qué esta serie es horrenda. Christian Troy (Julian McMahon) se lleva a la cama a una madre (en la foto, Tracy Scoggins, provocando auténticas pesadillas para el resto de mi vida) y a su hija, a la vez. Un trío incestuoso lleno de momentos “memorables” como cuando la madre aparta a la hija del aparato de Troy para enseñarle cómo se hace. “¿Es que no te he enseñado nada?” le dice mientras desaparece de plano y la hija se une a Troy en la almohada para quejarse de su madre, que está ahí abajo dando su lección magistral. Cuando la hija le dice a Christian que llevan haciéndolo desde que ella cumplió los 16, y se estrenaron con su padrastro, el cirujano siente que ha tocado fondo. EN FIN.

Yo soy de todo menos puritano, pero es que esta serie es gratuita solo porque puede. Hace ya tiempo que las series de las cadenas de pago empezaron a ofrecer algo más que sexo y violencia. El caso de Nip/Tuck es para llevarse las manos a la cabeza. Y no porque cada episodio esté lleno de escenas de este tipo, que no aportan nada. Sino porque aunque pueda parecer lo contrario, la serie se toma muy muy en serio a sí misma, y en numerosas ocasiones, este tipo de escenas pretende contar algo, darnos alguna lección, o revelar algo sobre los personajes (algo que ya se ha machacado hasta la saciedad en episodios anteriores, por lo general). La escena que os he contado termina con un primer plano de Troy, preocupadísimo, porque la señora de la foto le dice que va a morir solo. Por si esto no fuera suficiente, más tarde, la nueva psicóloga del doctor (Brooke Shields) le vuelve a preocupar haciendo que se plantee si va de mujer en mujer porque en realidad está enamorado de su compañero, Sean, y no puede tenerlo. Para echarse a llorar. (Por cierto, luego se la tira, obviamente). Uno puede imaginarse la sala de guionistas incompetentes decidiendo darle a Christian una trama gay, porque se les van agotando las ideas “impactantes”. Es como el típico episodio de serie cutre de los 90 en el que un personaje tenía un sueño sexual con otro y se pasaba el episodio evitándolo, y pensando que quizás estaba enamorado. En ese terreno se mueven los de Nip/Tuck, en el de Salvados por la campana (con mis respetos a Zack Morris y su troupe), solo que ellos quieren darle un trasfondo serio y reflexivo a algo que no se presta a ello.

Nip/Tuck es una serie dañina. No es ni siquiera adictiva, ni un guilty pleasure. No quiero ni pensar en cómo serán las siguientes temporadas. Sin embargo, me quedaré a verlas porque a) veo las series en compañía, y esta es una de las pocas que me dejan ver solo (lógicamente) y b) disfruto despellejándola como se merece.