¡CONCURSO! Tenemos 4 packs de ‘MAD MEN – TEMPORADA FINAL, PARTE 2’ para vosotros

 Este concurso ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros concursos.

Mad Men 7B

MAD MEN: La Temporada Final, Parte 2 es el fin de una era para la serie más aclamada de la televisión. Ganadora de cuatro premios Emmy® a Mejor Serie Dramática, y de tres Globos de Oro® consecutivos. Creada por Matthew Weiner. La conclusión más esperada, las complejas vidas y las historias de Don (ganador del Globo de Oro® y del Emmy® Jon Hamm), Peggy, Roger, Joan, Betty, y Pete llegan a su fin. La Temporada Final, Parte 2 de Mad Men está disponible en España a partir del 25 de noviembre en formato Blu-ray y DVD, de la mano de Entertainment One Films Spain.

Situada en el fascinante mundo de la década de los 60 en Nueva YorkMad Men sigue la vida de Don Draper, su familia, y los publicistas de la Calle Madison. Esta tanda de episodios, con la que se nos da la bienvenida a los 70 y por la que Jon Hamm por fin consiguió su merecido Emmy, incluye algunos de los momentos más celebrados de la trayectoria de la serie, así como el tan comentado final, “De persona a persona” (analizado en profundidad aquí; para leer el resto de reviews de episodios, visitad la sección Mad Men del blog).

Como ya sabéis, Mad Men es la serie que más ha contribuido a definir este blog, por eso, para celebrar este importante lanzamiento, Entertainment One Films Spain y FNVLT tenemos para vosotros nada más y nada menos que CUATRO PACKS de la Temporada Final, Parte 2. Dos en Blu-ray y Dos en DVD. Queremos celebrar por todo lo alto este fin de una era.

Para participar en el concurso y tener la oportunidad de ganar uno, lo único que tenéis que hacer es responder a la siguiente pregunta:

¿CUÁL HA SIDO VUESTRO PERSONAJE FAVORITO DE MAD MEN A LO LARGO DE SUS SIETE TEMPORADAS?*

*Si no habéis visto la serie, podéis responder con el personaje que, por lo que habéis visto, os llama más la atención o creéis que os gustará más.

Podéis participar de dos maneras:

1. Respondiendo a la pregunta en esta entrada
2. Respondiendo en ESTA FOTO de la página de Facebook
 de fuertecito no ve la tele

Si respondéis en ambos sitios tendréis doble participación, y por tanto más oportunidades de ganar (podéis usar la misma respuesta dos veces).

MUY IMPORTANTE: Con vuestra respuesta, debéis indicar si preferís el pack en Blu-ray o DVD.
Si no se indica el formato que se prefiere, la participación no será válida.

BASES

unnamed-1– De entre todos los participantes elegiremos CUATRO GANADORES (via Sortea2) que se llevarán totalmente gratis 1 pack de Mad Men – Temporada Final, Parte 2 cada uno (2 Blu-ray y 2 DVD), cortesía de Entertainment One Films Spain. El ganador lo recibirá en su casa sin ningún gasto por su parte.

– El participante debe incluir su correo electrónico en el formulario de respuesta del blog (no aparecerá público) y se recomienda firmar con nombre y apellido (los pseudónimos son válidos). En Facebook no es necesario.

– Sólo contará una participación por dirección IP, las respuestas desde la misma IP con distinto nombre serán marcadas como spam. En Facebook solo se podrá participar una vez por cuenta personal.

– El plazo para participar en el concurso finaliza el lunes 30 de noviembre de 2015 a las 23:59 (hora peninsular española). El ganador será anunciado a partir del día siguiente en la página de Facebook de fuertecito no ve la tele.

– Concurso válido sólo para España (península e islas).

– fuertecito no ve la tele se reserva el derecho de modificar o anular el concurso si fuera necesario.

¡Mucha suerte!

Información y contenidos de MAD MEN – TEMPORADA FINAL, PARTE 2 en Blu-ray

Mad Men bdREPARTO: Jon Hamm, Elisabeth Moss, Vincent Kartheiser, January Jones, Christina Hendricks, Aaron Staton, Rich Sommer, Kiernan Shipka, Jessica Paré
IDIOMAS: 5.1 DTS HD Castellano e inglés
SUBTÍTULOS: Castellano e inglés
DURACIÓN: 352 minutos
FORMATO DE PANTALLA: 16:9
FORMATO DE LA IMAGEN: 1:1 1.78
BLU-RAY: 2 BD50
HD: 1080p24
EXTRASDía de la Tierra
Laurel Canyon
Hijos del Baby Boom
Mujer profesional soltera 
Galería interactiva 

 

Información y contenidos de MAD MEN – TEMPORADA FINAL, PARTE 2 en DVD

25 novREPARTO: Jon Hamm, Elisabeth Moss, Vincent Kartheiser, January Jones, Christina Hendricks, Aaron Staton, Rich Sommer, Kiernan Shipka, Jessica Paré
IDIOMAS: 5.1 Castellano e inglés
SUBTÍTULOS: Castellano e inglés
DURACIÓN: 352 minutos
FORMATO DE PANTALLA: 16:9
FORMATO DE LA IMAGEN: 1:1 1.78
EXTRASDía de la Tierra
Laurel Canyon
Hijos del Baby Boom
Mujer profesional soltera 

Mad Men 7.14 “Person to Person”

don driver

New Age

Mad Men nunca ha sido una serie común. De hecho, como dije hace unos años en mi primer análisis de la serie, Mad Men es precisamente la cura para la serie común. La aclamada ficción de Matthew Weiner ha contribuido a definir y acotar una época de esplendor para la televisión, caracterizada por la calidad de las ofertas dramáticas y la cada vez mayor importancia del autor televisivo. En este sentido, Mad Men se ha erigido como la serie de autor por excelencia, gracias a que su creador ha ejercido control absoluto sobre ella de principio a fin, escribiendo la mayoría de sus guiones y supervisando todos los detalles, del más grande al más nimio (en realidad, en Mad Men no hay detalle menos importante que otro).

A lo largo de 92 episodios, Weiner ha concebido la historia de Don Draper y los publicistas de la Calle Madison como una extensa novela por entregas, meticulosamente tejida e interconectada (algo en lo que había practicado como guionista de Los Soprano), una Historia de dos ciudades en la que el autor ha querido retratar con fidelidad una época de cambio de la historia norteamericana (“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”), para lo que ha necesitado ocho años de gestación. Desde el principio, Weiner se las ha arreglado para contar la historia que quería, para hacerla evolucionar y cambiar sin interferencias, sin permitir que el ruido de Internet o las presiones de la cadena se convirtieran en un factor en la narración. Mad Men ha sido siempre la serie de Matthew Weiner, ha vivido bajo sus reglas, y ha terminado de la misma manera, con un episodio final perfectamente ejecutado de forma acorde a lo que hemos visto durante sus siete temporadas.

Sin embargo, mentiríamos si dijéramos que en “Person to Person” Weiner ha llegado al final del camino ignorando completamente a su audiencia. En el episodio final Weiner se permite dejarnos algún que otro guiño que podemos entender como agradecimiento o como burla, según se mire: esa referencia a Charles Manson (probablemente iba a estar ahí de todos modos, pero adquiere mayor resonancia después de las teorías conspiranoicas sobre Megan Draper que han divertido tanto al autor), o la figura con barba acostada en el retiro de California que por un microsegundo nos hace temer que la profecía se va a cumplir. Y sobre todo, Peggy y Stan, un enlace romántico que es lo más parecido al fan service que Weiner nos ha dado en esta serie. Pero dejando esto a un lado, el final de Mad Men se ha desarrollado de la misma manera que el resto de la serie, siguiendo su propio destino sin dejar de sorprender hasta, literalmente, su último minuto.

Betty Sally final

Muchas eran las teorías sobre el desenlace de la serie, y casi todas tenían que ver con la muerte de Don, pero Weiner llevaba mucho tiempo advirtiendo que el final no sería lo que la audiencia esperaba, y así ha sido. Mad Men no acaba con la caída de Don desde un rascacielos (afortunadamente), sino que se despide de forma mucho menos trágica y predecible, sin sucumbir a los fuegos artificiales propios de los finales de serie y siguiendo en todo momento su lógica interna y narrativa. En esta hora final, Weiner opone en todo momento lo cerebral a lo sentimental, nos da la satisfacción de dejarnos ver a todos los personajes importantes de la serie una última vez (muchos temíamos que Pete o Betty no aparecieran, y no solo lo hacen, sino que hay hueco para dejar que nos despidamos de secundarios como Harry Crane o Ken Cosgrove); nos ofrece lo más parecido a un final feliz para todos ellos, pero no se deja llevar por el afán completista y la necesidad de cerrar todo perfectamente (no hay cameos gratuitos para complacer al espectador, por ejemplo). En su lugar, “Person to Person” concluye de forma abierta. Pero ojo, no porque su (ipso facto polémica) última escena se preste a muchas interpretaciones (en mi opinión solo hay una posible), sino porque no está concebido como un final para sus personajes, sino un nuevo comienzo.

Es fácil reducir “Person to Person” a su último minuto (volveré al tema más adelante), incluso era de esperar. Weiner no ha podido resistirse a llevar a cabo su propio final estilo Soprano, un último golpe de gracia que divida a la audiencia y garantice el debate sobre la serie hasta el fin de los tiempos. Pero en la series finale de Mad Men tienen lugar muchos acontecimientos, y sería absurdo centrarnos únicamente en ese plano final de Don meditando en la comuna hippie para cortar al famoso anuncio de Coca Cola de 1971. Tan absurdo como valorar el viaje completo (y sobre todo pleno) que ha supuesto esta serie para nosotros solo por lo que nos ha parecido su final (algo que sé que nadie que haya visto Mad Men entera hará). “Person to Person” supone una conclusión profundamente emotiva, reveladora, en ocasiones frustrante, y en última instancia catártica para unos personajes que hemos acompañado a lo largo de casi una década.

Joan final

Al comienzo de Mad Men, prácticamente todos sus personajes se encontraban intentando encajar en determinados papeles que la sociedad o ellos mismos se habían impuesto. El paso de los 60 a los 70 nos enseña cómo estos personajes han evolucionado hasta salir de esos roles establecidos para definirse por sí mismos. Esto se ve reflejado principalmente en Peggy y Joan, personajes que han luchado más que nadie para llegar adonde están. Durante la recta final de la serie veíamos a Peggy coger el toro de su nuevo trabajo por los cuernos para seguir escalando, mientras Joan se marchaba de McCann-Erickson después de sufrir una vez más el machismo y la misoginia de sus compañeros. Las cosas no han transcurrido de la mejor manera para Joan (aunque las vacaciones en la playa y el consumo recreativo de cocaína frenen el golpe), pero Weiner no quería despedirse de ella sin darle un verdadero final feliz, o mejor dicho, un futuro feliz. La intervención divina de Ken Cosgrove ilumina un nuevo camino profesional para Joan, que decide crear una productora por su cuenta, donde no tendrá que “responder ante nadie”. Para ello debe sacrificar primero a su relación con Richard, ya que este está en contra de su sueño emprendedor y la quiere solo para él. Joan decide renunciar al amor para centrarse en su carrera como mujer de negocios (ella es más feliz cuando está trabajando), y Peggy es quien descubre (como Joan, casi por deus ex machina) la forma de tenerlo todo, un futuro en la profesión y una pareja con la que compartir su vida sin que su trabajo interfiera (porque Stan forma parte de él, y además admira profundamente su talento y ambición). Es decir, Peggy y Joan alcanzan la felicidad por la que tanto han luchado, que tanto merecen, pero esta no proviene exactamente del lugar que esperaban (y esperábamos).

Don teléfono

Para encaminar la historia hacia donde Weiner quería, era necesario separar a Don Draper del resto de personajes. Por eso, la mayoría de conversaciones importantes entre ellos tienen lugar por teléfono. En “Person to Person” se nos priva de la satisfacción de volver a ver a Peggy y Don juntos en el mismo lugar, de una última oportunidad de verlos cogerse la mano, pero la frustración que supone ver que se agotan los minutos y Don no vuelve a Nueva York es amortiguada por esas sentidas conversaciones telefónicas que recorren todo el episodio (otras series deberían aprender de esta cómo se emociona al espectador sin necesidad de que los actores compartan el mismo espacio). Sin embargo, eso no quiere decir que en “Person to Person” no haya interacciones importantes en persona. Tenemos una última escena con Peggy y Pete, en la que él le expresa (al igual que hizo un par de episodios antes con Joan) su admiración y respeto de la forma más perfecta posible: “Algún día alguien fardará de haber trabajado contigo“. El cumplido se vuelve más sincero y conmovedor cuando Pete reconoce que nadie ha dicho nada parecido sobre él. Es la mejor despedida posible para uno de los personajes que más ha prosperado de la serie, un elegante detalle final que nos recuerda que su redención está completa, justo antes de verlo subir al avión de Learjet con su glamurosa familia para empezar su merecida nueva vida.

Otras interacciones en persona que nos dejan el mejor sabor de boca posible son las que tienen lugar entre Joan y Peggy, camaradas que se reúnen después de un tiempo sin saber la una de la otra. Joan ofrece a Peggy la posibilidad de convertirse en socia fundadora de la productora que piensa poner en marcha, cuyo nombre sería “Harris-Olson“. Aunque Peggy acaba rechazando la oferta, la sola mención de esos dos apellidos juntos en este contexto (uno de los muchos momentos en los que rompí a llorar durante el episodio) supone un broche de oro para su complicada relación. Peggy decide continuar su carrera en McCann-Erickson después de hablar con Stan, que le hace ver que convertirse en su propia jefa y tener el mando no es razón suficiente para abandonar lo que ha conseguido hasta ahora. A continuación, Stan le confiesa su amor por teléfono en un arrebato de comedia romántica por parte de Weiner. Elisabeth Moss y Jay R. Ferguson consiguen que una escena que por su naturaleza debería resultar forzada y precipitada funcione a las mil maravillas. Ya sea por la enternecedora sinceridad que hay en la voz de Ferguson, por la sublime interpretación cómica que ofrece Moss (“What?!”; “Y tú estás aquí”, le dice tocándose el pecho aunque él no puede verla), o por las ganas que teníamos de ver a estos dos personajes juntos, este emparejamiento espontáneo (pero debidamente cimentado) es uno de los momentos más emocionantes del episodio. Siguiendo los dictados de la rom-com canónica, Stan corre al encuentro de Peggy y ambos se funden en un beso después de que Peggy caiga en la cuenta de que también está enamorada de su mejor amigo (todos los Emmy para Moss). No os sintáis culpables por haber abrazado el cojín con lágrimas de dicha en los ojos y haber dejado escapar un “aaww”. La ocasión bien lo merecía. Paralelamente a la caída de Don, Mad Men nos ha contado el ascenso de Peggy. Y al igual que Don no acaba como se esperaba, Peggy no termina su recorrido en la serie subida a la cima publicitaria. Eso sí, se nos deja con la confirmación reiterada de que algún día la alcanzará.

Stan Peggy Beso

Por otro lado, Weiner también nos regala un último momento de intimidad entre Roger y Joan, dos personajes con un hijo en común que apenas han tenido escenas juntos esta última temporada. Estos dos nunca estuvieron destinados a acabar juntos, pero que Roger incluya al niño en su testamento es un bonito detalle que nos deja ver su lado responsable y contribuye a sellar la amistad de ambos personajes. Como explica a Joan a modo de despedida, Roger también está a punto de empezar una nueva vida con Marie Calvet, la madre de Megan (a la que, por cierto, no vemos en el final, dejando aquel agrio encuentro con Don como la última aparición del personaje): “Me la presentó Megan Draper. Es lo suficientemente mayor como para ser su madre… Es su madre”. Con permiso de Don, Roger es el ad man que más se ha abandonado a sus vicios a lo largo de la serie, lo hemos visto beber y fumar más que a nadie, ha vivido la vida loca, ha disfrutado del exceso propio del hombre rico, y aún así ha escapado de un final trágico (Weiner se lo reservaba a Betty). En su lugar, la última vez que vemos a Roger es en Francia pidiendo langosta y champán con su futura esposa. Roger siempre ha sido la mayor constante de Mad Men, su papel ha sido “ser divertido”, y esa ha sido justo el arma que ha usado para no quedarse estancado. Hasta el último momento, y para siempre, Roger será ese gran cabrón con suerte que todos queremos ser de mayor.

Marie y Roger

Y como de costumbre, me reservo a Don para el final, porque con él empieza y termina Mad Men. No cabía duda de que Don acabaría llegando a Los Ángeles después de su “ruta de leche y miel”. Transformado ya por completo en un vagabundo (motivo temático presente desde la primera temporada, recordad el episodio “The Hobo Code”), Don visita a la sobrina de Anna Draper, Stephanie. En California, después de haberse deshecho de todo lo que lo convertía en Don Draper de cara a los demás, Don es Dick.

La decisión de llevar a Don a la costa oeste para un último enfrentamiento con sus fantasmas era algo inevitable. Pero desconectar por completo al protagonista del resto de personajes no era una buena idea. Por eso, durante su estancia en Los Ángeles, Don habla por teléfono con las tres mujeres más importantes de su vida, tres conversaciones “de persona a persona” con Sally, Betty y Peggy. En primer lugar, Don recibe la noticia por parte de su hija de que su ex mujer está enferma y le quedan pocos meses de vida. Su reacción inmediata es hacer las maletas (es decir, coger su bolsa de JC Penney) y volver a “casa” para ayudar a su familia con la crisis. Sin embargo, Betty le quita la idea de la cabeza. Ya vimos en “The Milk and Honey Route” que Betty se quiere marchar a su manera, no quiere que el mundo se pare por ella y no necesita que Don empiece a hacer ahora lo que nunca hizo cuando era el momento adecuado (January Jones se despide de la serie con su interpretación más desgarradora). Las duras palabras de Betty convencen a Don de que no debe moverse de allí. Don le comunica que acepta con un doloroso silencio, y un “Birdie…” ahogado y devastador. Don puede proseguir con su búsqueda, Betty está en buenas manos con Sally.

Don abrazo

La última llamada que Don realiza de persona a persona es a Peggy (“Necesitaba oír tu voz”), sobre la que descarga una serie de confesiones que enlazan directamente con las del episodio anterior y con el resto de la historia: “No soy el hombre que piensas que soyRompí mis votos, escandalicé a mi hija, adopté el nombre de otro hombre y no hice nada de él“. Esto no solo nos comunica la confianza plena (incluso dependencia) que ha llegado a tener en ella (una de las pocas personas a las que ha mostrado su rostro más vulnerable y el otro personaje que ha vertebrado la serie junto a él), sino que también forman parte de su experiencia purgadora en el retiro espiritual al que Stephanie lo ha llevado a pesar de sus reticencias. El otro detonante que ayuda a Don (o Dick) a salir de ese sueño profundo (¿depresión?) en el que lleva años inmerso es el discurso de un compañero de retiro durante una sesión de terapia en grupo. Leonard, que así se llama el hombre, se lamenta de sentirse poco querido, a veces invisible, tanto que en ocasiones se esconde en sí mismo, huye, y no se da cuenta de que la gente a su alrededor está intentando comunicarse con él para ayudarle. Estas palabras afectan a Don (Dick) de tal manera que se levanta y abraza a Leonard rompiendo a llorar como un niño (Jon Hamm corona así un increíblemente sutil trabajo de interpretación de ocho años por el que no ha sido elogiado lo suficiente). Es un momento de claridad definitiva para él, reconoce el conflicto interno de Don Draper en ese extraño, y decide consolarlo. En cierto modo, Dick Whitman está abrazando a Don Draper, es la reconciliación definitiva de sus dos identidades, idea clave para entender mejor el final de la serie.

Y así llegamos a la escena final de Mad Men. Tras un reconfortante montaje que nos muestra por última vez a casi todos los personajes, la cámara hace un travelling hacia Don, que se encuentra meditando al aire libre en el retiro espiritual, Don nos dedica un “Ommmmm, ommmm“, a continuación esboza una sonrisa que transmite paz y satisfacción, y de ahí corte al mencionado spot de Coca Cola. Fin.

Don hilltop

¿Qué quiere decir este final? En un principio puede parecer críptico o ambiguo (incluso una broma), pero no lo es. Después del comprensible aturdimiento inicial, nos paramos a pensar, unimos las piezas que Weiner nos ha ido dejando a lo largo de la temporada, y entonces comprendemos que acabamos de presenciar una de las mejores elipsis de la historia. No hay dos lecturas posibles. Lo que Weiner nos está diciendo es que Don Draper es el responsable del spot, es la persona que creó uno de los anuncios de televisión más emblemáticos de la historia de Estados Unidos, una magistral campaña de marketing en la que el protagonista lleva trabajando (consciente o inconscientemente, no lo sabemos) desde que “empezó” en McCann (recordad el instante en el que Don se queda mirando la máquina averiada de Coca Cola en Oklahoma) y que cristaliza durante su estancia en la comuna (donde Don observa a un grupo de hippies haciendo yoga en lo alto de una colina o habla con una recepcionista que acabará inspirando uno de los looks del anuncio). El desenlace en sí no es ambiguo (el anuncio fue creado por la McCann-Erickson real en 1971, Weiner no deja espacio a las múltiples interpretaciones), pero la idea que nos transmite puede ser decididamente ambivalente. Por un lado, la sonrisa final de Don nos dice que por fin ha encontrado la felicidad que lleva buscando toda la serie. Por otro, esa felicidad no llega de la forma esperada. Don no se convierte en Dick y empieza una nueva vida, más honesta y real, en California, sino que se da cuenta de que es feliz siendo Don, de que aunque todo comenzó como una identidad manufacturada, él es Don Draper, un publicista que disfruta trabajando en el negocio de la ilusión y el engaño. Es una conclusión no exenta de cinismo, pero sobre todo es sincera y a su manera, muy optimista. En definitiva un final coherente con el discurso de la serie a lo largo de los años.

Mad Men siempre nos ha hablado de las mentiras y las decepciones de su tiempo, y por extensión del nuestro. Weiner nos ha retratado una época caracterizada por el cambio, “pero este cambio no llegó de la manera en la que se publicitó” (Poniewozik). De la misma manera, el autor siempre se propuso reconstruir una época utilizando no solo lo que trascendió el tiempo gracias a la publicidad, sino mostrando también todo lo que hay detrás de la creación de esa imagen de marca de “los felices 60” (el baby boom, la prosperidad económica, la lucha por la libertad de derechos, el flower power). Nos ha enseñado cómo todos esos elementos son solo una parte de la historia, concretamente la que las empresas y agencias de publicidad utilizaron para crear una imagen idealizada de NorteaméricaMad Men es una historia sobre personas inventándose a sí mismas, sobre las elecciones que hacemos y que contribuyen a consolidar la imagen que nos hemos creado, y este desenlace incide en esta idea, con un anuncio que muestra el estado del país tras una década de transformaciones. Se puede interpretar como una auto-crítica, como la crónica del éxito de la identidad americana (un producto pensado por ejecutivos como Don), o como ambas cosas. Al final, Don Draper toma sus vivencias en el retiro espiritual y las convierte en un anuncio, apropiándose de la contracultura hippie para ponerla al servicio de la maquinaria capitalista y vender felicidad. Pero esa felicidad proviene de un lugar real. Es poético, es insolente, tiene sentido. En el último plano de Mad Men, Don sonríe porque se ha encontrado a sí mismo, ha encontrado la manera de ser feliz, pero también porque ha dado con la mejor idea de su vida. Y para celebrarlo “quiere invitar a todo el mundo a una Coca Cola“.

Don final

Volviendo una vez más a las palabras de Don Draper al final de “Time & Life“, “Person to Person” no es un final, sino un principio. Weiner cierra la historia, pero se asegura de dejar clara la idea de que esto es el comienzo de un nuevo capítulo para todos los personajes. Cuando Pete le dice a Peggy que en 10 años será directora creativa, ella responde que 10 años es una eternidad. Pero no lo es, es prácticamente el lapso de tiempo que se nos ha permitido acompañar a estos personajes en su viaje, y es solo una fracción del tiempo completo que compone sus vidas. Como ya hemos visto, Weiner se encarga de dejar a todos los personajes a las puertas de esa “nueva vida” de la que habla el guía espiritual que escucha Don durante su meditación. Joan pone en marcha su empresa desde casa (¿es o no la precursora de Alicia Florrick?), Holloway-Harris, porque “hacen falta dos nombres para que suene oficial”; Roger se vuelve a casar; Pete se muda a Wichita con su familia; ni siquiera vemos morir a Betty, sino que su última escena pone énfasis en el hecho de que Sally tomará su relevo (mientras nos deja una imagen clásica de Birdie para el recuerdo, justo lo que ella quería). Hay algunas relaciones que quedan más abiertas que otras (por ejemplo, la última conversación de Don y Sally es una discusión que termina abruptamente), pero esto es intencionado. En lugar de dar un salto en el tiempo y mostrarnos finales más concretos, un tipo de clausura más definida, se opta por transmitir la idea de que estas relaciones no terminan aquí, sino que continúan. Al fin y al cabo, el “fin de una era” conlleva el principio de otra. En menos de un minuto y con una elipsis de tres meses, el final de Mad Men nos está contando lo que ocurrió justo después de ese plano de Don meditando en la comuna hippie, cómo regresó a Nueva York, se vistió otra vez de Don Draper, volvió a McCann, retomó el contacto con sus colegas (damos por sentado que también con su familia), y creó algo que duraría para siempre y afectaría a millones de personas, justo lo que ha estado haciendo Weiner todos estos años.

Mad Men 7.13 “The Milk and Honey Route”

Pete Tammy

Bye Bye Birdie

En “Lost Horizon” veíamos cómo los personajes de Mad Men se adaptaban a su nueva situación laboral. A unos les costaba especialmente zambullirse en su primer día de trabajo en McCann-Erickson (Roger y Peggy), mientras otros empezaban con buena predisposición, pero no tardaban ni media jornada en salir de allí para siempre, ya fuera obligados por las circunstancias o motu proprio (Joan y Don). Por el contrario, a uno de los socios de SC&P lo veíamos de pasada en una escena y solo con eso nos quedaba claro que se había adaptado rápidamente y sin problemas. Pete es la excepción, la nota discordante (o deberíamos decir concordante) entre sus colegas de SC&P. No nos sorprende verlo desenvolverse como pez en el agua en su nuevo puesto, floreciendo profesionalmente (se le llena la boca enumerando sus logros en McCann, contando cómo ha captado nuevos clientes importantes y ha salvado Avon después de la marcha de Joan), y en definitiva, siendo “feliz” allí, como él mismo reconoce. Está encantado trabajando en una de las plantas más altas del edificio, codeándose con los ejecutivos más importantes de la empresa, formando parte de la plana mayor del negocio en Nueva York. El eterno trepa ha llegado a la cima.

Sin embargo, la reaparición de Duck Phillips siembra la duda en Pete. ¿Es posible que haya algo más arriba? Duck, tan anárquico y alcoholizado como siempre, le engaña para que acuda a una entrevista de trabajo para un puesto de ejecutivo senior de marketing en una aerolínea especializada en viajes de lujo. Las ventajas son sustanciosas (beneficios, acciones, jets privados a su disposición las 24 horas), y la única condición es mudarse a Wichita, Kansas. Acostumbrado a llevar a cabo él la técnica del poaching (cazar furtivamente a miembros de la competencia), Pete se convierte ahora en el valor en alza por el que las empresas se pelean. Aun es joven (“puedes leer sin gafas”, le dice sorprendido su “entrevistador”), “neoyorquino de pura cepa, de buena familia, buenos estudios, alguien que puede dar un golpe en la mesa con el anillo y dejar saber a quien tiene enfrente que se encuentra con un amigo”. Pete agradece la adulación, pero lo que le hace plantearse el cambio no es eso, ni siquiera la oportunidad de convertirse en un pez gordo de verdad, sino la posibilidad de empezar de nuevo.

Pete Trudy Milk

En la “íntegra” Wichita, Pete será capaz de tener la vida que no puede llevar en una ciudad cara, hostil y perversa como Nueva York, donde ya no hay muchas opciones para prosperar (“Yo he estado en tu lugar, créeme, no dura para siempre”, le dice Duck, su particular fantasma de las navidades futuras). En Kansas vivirá como un rey y podrá viajar en avión donde y cuando quiera (“será como coger un tren a Montauk”). La oferta es irresistible, pero no tiene sentido sin Trudy y Tammy. Pete ha cambiado mucho desde su “fase Don Draper” y desea enmendar sus errores (no hay más que verlo aconsejando a su hermano que detenga su aventura extramarital). En esta temporada final lo hemos visto comportándose como un buen padre (en su primera escena de “The Milk and Honey Route” aparece curando un picotazo a su hija, a la que llama cariñosamente “Wonder Woman”), un compañero de trabajo leal, y en definitiva, un hombre más íntegro y bondadoso. Por otro lado, Trudy ha educado a Tammy dejando al margen el despecho por su ex marido, permitiendo que su hija sea la típica niña pequeña que identifica a su madre con la autoridad y a su padre con la diversión.

Las piezas están dispuestas para que Pete recupere a su familia y juntos puedan empezar una nueva vida. Pero Trudy no está convencida y culpa a Pete de querer barrer bajo la alfombra el dolor que le causó (“Envidio tu capacidad para ponerte nostálgico con el pasado. Yo no soy capaz. Recuerdo las cosas tal y como son”). Pero lo que él le ofrece no es un segundo matrimonio basado en las mentiras y las apariencias, es una nueva vida con un hombre nuevo: “Ya no soy tan tonto, no ignoro el hecho de que podría perder tu amor”. Trudy le confiesa que nunca lo perdió. Pete es sincero, sus intenciones son reales. Ella se ha dado cuenta, y así se lo hace saber con la mirada. “Di que sí con tu voz, no solo con los ojos“, le dice Pete emocionado. Ahora solo queda dar la noticia a la pequeña Tammy, y Pete tiene la forma perfecta de hacerlo: “Dile que su deseo de cumpleaños se ha hecho realidad”. De repente, Pete es esa persona que dice la frase adecuada en el momento perfecto. Los Campbell sellan su futuro con un apasionado beso, una segunda oportunidad para ser felices, esta vez de verdad.

Sally phone

Y mientras Pete encuentra, Don sigue buscando. El título de este episodio hace referencia a una guía de 1930 sobre vagabundos que recorrían el país siguiendo las vías del tren, parando en lugares designados para darles de comer. En este documento se puede leer: “A un vagabundo puede irle bien en una ruta una vez, pero irle mal en otra ocasión. Y de la misma manera, lo que es una carretera de leche y miel para un chaval, puede no serlo para un hombre mayor” (podéis leerla entera aquí). Después de su infructuosa visita a Racine, nuestro protagonista ha decidido no volver a Nueva York para embarcarse en un viaje sin destino a través de la América profunda, utilizando las clásicas rutas federales como si fuera uno de esos vagabundos. Pero Don no ha desaparecido por completo, sino que mantiene el contacto con Sally, a la que pone al día de sus locas locas aventuras (¡una vaca con dos cabezas en Wyoming!), llamándola por teléfono precisamente desde Kansas (al menos está claro que continúa alejándose de su “casa” en dirección este-oeste). En uno de sus trayectos, el coche se avería, dejándolo tirado en Alva, una pequeña localidad de Oklahoma, parada forzada antes de continuar su ruta, que como veremos, no será exactamente de leche y miel para este “hombre mayor”. Allí se aloja en un pequeño motel, donde se relaja en la piscina, viendo la televisión o empapándose de literatura norteamericana, como ha hecho hasta ahora. Don tiene tanto tiempo libre para leer, que en el transcurso del episodio se le acaba El padrino de Mario Puzo, y llegamos a ver hasta tres novelas más (contando la que está leyendo la hermosa morena de la piscina a la que Don observa con más nostalgia que lujuria). Como siempre, todos esos libros están ahí para contarnos algo sobre él o desvelarnos las claves del episodio:

The Woman from Rome de Alberto Moravia (la novela que descansa sobre el cuerpo de la mujer de la piscina) nos habla sobre las vidas entrelazadas de un grupo de personajes, entre los que se encuentra una chica cuya madre es prostituta (como la mujer que crió a Don) y un hombre que, después de traicionar a sus colegas pierde la ilusión por todo en la vida. La amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain), en la que Michael Crichton creó una historia sobre una crisis biológica de forma tan realista que el público creyó que se trataba de un suceso real. Y por último Hawaii, de James A. Michener, un fresco en formato episódico sobre la creación de las islas hawaianas y cómo estas se convirtieron en un estado americano. A través de estos libros, Matthew Weiner insiste en los temas que vertebran esta historia, y este capítulo en particular: la eterna búsqueda de la felicidad, la línea divisoria entre ficción y realidad o la forja de la identidad norteamericana.

Pero volvamos al motel de Oklahoma, donde Don lleva cuatro días, a pesar de que su coche está listo para regresar a la carretera. En Alva se siente cómodo, en paz, todo es más sencillo, más pequeño. Allí puede ser un héroe sin esforzarse demasiado, simplemente arreglando la máquina de escribir de la dueña del hotel o, qué ironía, la de Coca Cola (una máquina expendedora antigua que el gerente no quiere sustituir por una nueva, algo con lo que Don se siente muy identificado). La mujer invita a Don a una reunión de veteranos con su marido, donde los ex militares comparten batallitas de la guerra en una conversación que pronto deviene en sesión de terapia de grupo alcoholizada. Después de escuchar las horrorosas confesiones de sus compañeros de mesa, Don entra en uno de sus trances y comparte con ellos la verdadera razón por la que volvió de la guerra: “Maté a mi comandante. Estábamos bajo fuego y había combustible por todas partes. Se me cayó el mechero y lo volé en pedazos. Y entonces pude volver a casa”. La sorprendente confesión de Don no interrumpe la sesión de camaradería, sino que es recibida con un comprensivo “Son las reglas del juego“.

Don carretera Milk

No obstante, esa misma noche, Don es objeto de un ataque por parte de los veteranos, que lo acusan de haberse llevado el dinero de la colecta benéfica. Los hombres irrumpen en su habitación y le amenazan con violencia si no devuelve lo que ha robado. No se trata de represalias a causa de su revelación en la cena, como podría parecer en un primer instante, pero aun así Don parece recibir la paliza por un momento como castigo divino por sus actos, llegando incluso a provocar a sus atacantes para recibir más golpes (“¿Crees que necesito vuestra calderilla?”), sin duda una forma para él de sentir algo. A la mañana siguiente, Don llega al fondo del asunto. El ladrón es el “chico para todo” del motel, que le ha estado vendiendo alcohol y llevándole las novelas que se dejan atrás otros huéspedes. Don explica al chaval que si no deshace su error, lo lamentará toda su vida, puesto que estará obligado a convertirse en otra persona, y como bien sabe él, eso no es más que una condena auto impuesta. Don recupera el dinero y se marcha de Alva con el muchacho, que necesita que alguien lo lleve a la parada de autobús. Allí, Don decide darle su coche (“No malgastes esta oportunidad”) y es él quien se queda solo en la parada esperando a que llegue el autobús.

Todos los episodios de esta recta final de Mad Men han terminado con Don completamente solo, siempre contrariado, confuso o simplemente aterrorizado. “The Milk and Honey Route” también acaba con Don solo, pero esta vez está sonriendo satisfecho. El hombre que vemos sentado en la parada es otro, no es Don Draper. A lo largo de los últimos capítulos hemos visto cómo se despojaba de todo lo que lo convertía en Don, de todas las piezas que conformaban el enigma de su personalidad. Se ha desecho de su trabajo, ha liberado su secreto más oscuro, ya no lleva su impecable traje, y ahora ha renunciado al coche con el que iba a ninguna parte. Sus pertenencias caben en una bolsa de papel. Puede que (técnicamente) esté más perdido que nunca, pero ya no siente la agotadora responsabilidad de mantener la identidad de Don Draper, de ser un mentiroso profesional. Es un hombre libre. Y por tanto, tenía razón, esto no es un final para él, es el comienzo de algo.

Betty Milk

Me reservo para el final la trama más dura de “The Milk and Honey Route”, la que tiene que ver con Betty. La Sra. Robinson, es decir, la Sra. Francis se nos va. En su primer día de clase en la universidad, Betty tiene un pequeño accidente que le lleva a descubrir que padece un cáncer de pulmón avanzado y le quedan meses de vida. No es el primer susto de este tipo que se lleva (nos llevamos). Recordemos que al comienzo de la quinta temporada, se llegó a especular que su aumento de peso fuera provocado por un tumor. Además, su madre murió de cáncer cuando era joven, por lo que a los que hayan prestado atención no debería pillarles de sorpresa. Claro que no por ello deja de ser un golpe devastador, sobre todo porque llega en un momento en el que Betty había encontrado una nueva ilusión y se preparaba para un nuevo capítulo de su vida.

La reacción de Betty ante la noticia es coherente de acuerdo a su carácter. Cuando recibe el diagnóstico, vemos a una niña que está luchando por procesar una información imposible de asimilar. De hecho, en la consulta del médico, el doctor no habla con Betty, sino con Henry, al que explica que su mujer podría tener de 9 meses a un año de vida si se somete a un tratamiento contra la enfermedad. Ella está ahí sentada, en shock, sopesando todo. Su expresión nos recuerda a Sally más que nunca. A continuación, Henry se desmorona mientras ella intenta mantener la compostura. Betty deja rápidamente atrás las cuatro primeras fases que atraviesa todo enfermo (y sus seres queridos) cuando se le diagnostica una enfermedad terminal, y mientras Henry (1) se niega a aceptarlo, (2) se enfurece, (3) negocia con ella para que acceda a tratarse y (4) se derrumba emocionalmente, Betty ya ha aceptado su destino y se prepara para recibirlo con sus mejores galas. Literalmente.

Betty doctor

Betty siempre se ha caracterizado por ser un personaje caprichoso, egoísta e infantil, pero en esta última temporada (a pesar de su ocasional presencia) hemos sido testigos de su crecimiento como persona. En “The Milk and Honey Route” nos encontramos a una Betty serena (la mayor parte del tiempo) y madura. Es su manera de enfrentarse al drama, como siempre, con frialdad, sin manifestar sus sentimientos (tenerlos los tiene, pero no es su estilo demostrarlos), en definitiva, siendo Betty. Su marido intenta convencerla de que luche recordándole que ha tenido mucha suerte toda su vida, pero Betty ya lo sabe, y precisamente por eso ha decidido no hacer nada para combatir la enfermedad. También por esta razón se niega a mostrar debilidad ante Sally. La reacción visceral de la niña ante la noticia de parte de su padrastro es taparse los oídos, pero tarda solo un segundo en reaccionar: “Tengo que llamarla”. Por el contrario, Henry no es capaz de gestionar sus sentimientos, y es Sally la que acaba consolándolo a él después de que este rompa a llorar como un niño. Ya en casa, Sally sigue demostrando entereza a pesar de estar aterrorizada, y cuando su madre se niega a darle un abrazo, en lugar de reaccionar como una cría, se sienta en la cocina con sus hermanos, a los que besa y tranquiliza dejándonos ver su instinto de protección y su buena mano para manejar las situaciones de crisis.

No es de extrañar por tanto que Betty confíe los preparativos de su funeral a su hija. Henry ha pedido a Sally que haga cambiar de parecer a su madre, pero ella sabe que no tiene caso, que cuando a las mujeres Draper se les mete algo en la cabeza no hay nadie que se lo saque: “Él no sabe que no quieres recibir el tratamiento porque te encanta la tragedia” (no se me ocurre frase más esencialmente Sally Draper y más universalmente adolescente). Betty le explica que ha aprendido a aceptar que ha llegado el final y entonces es cuando su hija negocia: “Yo estaré contigo, no dejaré que te rindas”. Betty le dedica una sonrisa de madre satisfecha, está tranquila porque sabe que se las arreglará sola en el mundo. Pero la decisión está tomada. Ella no se ha rendido y quiere que su hija lo tenga claro: “He luchado por muchas cosas en mi vida. Por eso sé cuándo se ha acabado. No es una debilidad. Ha sido un regalo para mí”. Betty le entrega un sobre con las instrucciones para la funeraria y a continuación apaga la luz y le da las buenas noches. Betty ha cambiado, pero sigue siendo Betty. Solo a ella se le ocurriría tener esa conversación tan dura con su hija en medio de la noche y solo ella es lo suficientemente fría como para decirle “Vuélvete a dormir” justo después y marcharse tan tranquila de su habitación.

A la mañana siguiente, Betty se dispone a ir a clase. Cuando Henry le pregunta por qué, ella responde “¿Por qué lo estaba haciendo antes?” Betty es consciente de quién es, de lo que ha hecho con su vida, y de cómo la perciben los demás, y está satisfecha con ello, en paz.  Al fin y al cabo reconoce la futilidad que hay en todo lo que hacemos. Weiner podría haber convertido esta trama en una excusa para introducir el componente lacrimógeno que no puede faltar en todo final de serie, pero en lugar de eso, deja que el personaje se comporte de acuerdo a su naturaleza, que sea fiel a sí mismo, y no se quite su coraza, porque de otra manera sería artificial e impropio de ella (y de Mad Men). Ver a Betty haciendo frente a la muerte de una forma tan práctica, tan aparentemente libre de emociones, es lo que hace que duela más tener que decir adiós a uno de los personajes más fascinantes de la televisión, además de suponer una manera inteligente de provocar la congoja en el espectador (sin abrazos, solo con palabras). En las instrucciones que deja a su hija, Betty pide ser enterrada con su vestido azul de raso favorito y le recuerda cómo le gusta llevar el pelo y también su color de carmín. Betty siempre ha simbolizado la belleza gélida y eterna de Grace Kelly. Es exactamente así como quiere despedirse, joven, hermosa y llena de glamour. Y así es exactamente como la recordaremos. Hasta siempre, Birdie.

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“The Milk and Honey Route” nos presenta el punto exacto en el que una generación da paso a la siguiente. Pete, Don, Trudy, Sally, todos protegen a sus hijos del mundo, pero también los preparan para lo que pueda venir, para cuando ellos no estén. En el caso de Don, vemos cómo pasa el testigo (en forma de coche) a la nueva generación, personificada por el chico del hotel, con el que se comporta de forma paternal corrigiendo sus errores gramaticales y aconsejándole no caer en los mismos errores que él. El instinto protector y educador de los personajes se ve potenciado en un episodio en el que los mayores se retiran con elegancia y saber estar para que los pequeños se hagan cargo del mundo. La carta de Betty nos recuerda que la niña es el reflejo de su madre, y que esta vivirá en ella. Betty no ha sido la mejor madre del mundo precisamente, pero con el tiempo ha aprendido a ver a su hija, a entenderla. En Sally hay una parte de su padre y una parte de su madre. Y Betty se marcha tranquila sabiendo que el legado que deja en Sally, su independencia, fortaleza y testarudez, le llevará a vivir una vida plena en el nuevo mundo que se abre ante ella (quizá empezando en Madrid su propio viaje). Definitivamente, morir será una gran aventura.

Mad Men 7.12 “Lost Horizon”

Don Lost Horizon

El extraño

Como sus oficinas vacías atestiguan, los días de Sterling Cooper & Partner quedan oficialmente atrás. Los empleados más rezagados de la agencia se marchan con sus pertenencias a cuestas, los transportistas se llevan las últimas piezas de mobiliario (incluido aquel ordenador que volvió loco a Ginsberg el año pasado), hay papeles por el suelo, volando por los pasillos, cajas sueltas… Ya no queda casi nada, apenas una o dos botellas de licor para el último brindis y la última borrachera en horario laboral. Efectivamente, es el fin de una era. La última función de SC&P ya terminó y las luces se apagan. Es el “sutil” aviso definitivo para los que aun se resisten a aceptarlo y pasar página. Hay que abandonar el edificio.

Llegó la hora de iniciar un nuevo capítulo en McCann-Erickson. Pero cada uno de nuestros personajes necesita hacerlo a su tiempo, a su manera. Como Roger le dice a McCann al final de “Lost Horizon” (título de la novela de James Hilton, Horizontes perdidos), “solo estamos aclimatándonos”. Es verdad hasta cierto punto. Los socios de SC&P están acostumbrados a hacer las cosas de una forma muy particular, a practicar su profesión siendo sus propios jefes, con laxitud, parsimonia y libertad para perder el tiempo y cometer alguna que otra locura. Al fin y al cabo, hasta ahora las cosas han salido bien así, siendo espíritus libres, artistas en una profesión encorsetada. Pero McCann tiene razones para preocuparse (“¿Tenéis pensado trabajar aquí o es esto el timo del siglo?”). Como vimos en “Time & Life“, la incertidumbre eclipsa las supuestas ventajas de trabajar para el gigante publicitario y (casi) todos temen que dejar SC&P les obligue a empezar de nuevo su lucha o peor aun, los deje obsoletos.

Joan parece empezar su nuevo capítulo laboral con más ganas y esfuerzo que cualquiera de los otros socios (no es de extrañar, es sin duda la que más deberá poner de su parte en este sentido). Está encantada con la posibilidad de desarrollarse profesionalmente en un nuevo entorno, y la bienvenida a McCann-Erickson no podría ser más alentadora. En su primer día, las directoras creativas que trabajarán con ella en sus cuentas le dan una cálida bienvenida. Sorprendida por la acogida y por el hecho de que alguien le pida su opinión profesional por una vez, Joan piensa que, después de todo, quizás esté en un lugar donde la valoren por su trabajo y no por su aspecto. Pero la ilusión dura más bien poco.

Joan Lost Horizon

Los hombres a su alrededor, incluso los que están a su cargo, no tardan en mostrar su rostro ante Joan. En una de sus primeras gestiones dentro de su nuevo puesto, esta choca con Dennis, ejecutivo de McCann que se encuentra bajo su supervisión. Dennis menoscaba su autoridad y toma las riendas de la operación, a pesar de que Joan lo tiene todo bajo control. Cuando ella le canta las cuarenta por haber estropeado una llamada de negocios por falta de preparación, Dennis le recuerda que no tiene derecho a enfadarse y le espeta “Creía que serías divertida“. Ese es el papel que todos esperan que desempeñe una mujer como ella (atractiva, femenina, vestida de forma exuberante), pero Joan lleva tiempo luchando por ser tomada en serio por los hombres con los que trabaja, sin renunciar para ello a su identidad. Es justo lo que (hasta cierto punto) consiguió dentro de SC&P. Como estamos viendo esta temporada, los hombres de su antigua agencia han evolucionado y son los únicos que la tratan con deferencia y han llegado a confiar en ella como profesional. Pete se alegra de verla “ahí arriba” y le asegura entusiasmado que luchará por que la pongan en el equipo de Sears; Roger vela por su bienestar, compromiso que siente tras reconocerse responsable de haberlos puesto a todos en la situación actual; y Don le dice en el ascensor (durante una escena que suena a despedida para siempre) que está seguro de sus capacidades para solucionar sola sus entuertos. Como vemos en estos tres personajes, el cambio experimentado por los hombres de SC&P (exceptuando a Harry Crane) supone un pequeño triunfo para el feminismo.

Para pelear por su independencia en la agencia, Joan acude a su superior inmediato, Ferg Donnelly. Sin embargo, no tarda en darse de bruces con la realidad. Ferg apoya a Dennis (“Tiene esposa y tres hijos. ¿Qué va a decirle, que su jefa es una mujer?”) y solo le promete mantener su estatus si ella le ofrece algo a cambio. Las indirectas de Ferg podrían parar un tranvía y confirman que la reputación de Joan le precede en su nuevo trabajo: “Solo espero pasar un buen rato contigo, nada más. De ahora en adelante, nada se interpondrá entre tus negocios y yo” (en inglés “your business” es evidentemente un eufemismo sexual).

Tras esa primera bofetada de realidad, y después de recibir asesoramiento de su nueva pareja, Joan acude al final de la cadena de mando para exigir el respeto que merece. No quiere marcharse a ningún sitio, puesto que “tiene planes para sí misma”, así que da un ultimátum a McCann, que no claudica, alegando que va a tener que acostumbrarse a cómo se hacen las cosas en su agencia. Es entonces cuando Joan se enaltece y da el siguiente paso: el chantaje. Presiona con marcharse y llevarse el dinero que tiene invertido en la empresa, pero no surte efecto, y Joan amenaza con arruinar la reputación de McCann por el trato que ofrece a las mujeres, aprovechándose del poder en la prensa de los nuevos movimientos feministas. McCann, finalmente achantado, le ofrece la mitad de su dinero y la invita a salir de su despacho. Joan cree haber luchado una causa justa, pero en realidad solo ha usado el feminismo como herramienta para sus propios intereses, para su beneficio propio, y por orgullo. Cuando intenta convencer a Roger de que hay motivos más allá del dinero, él le hace ver la realidad: “Se trata únicamente del dinero. No te escondas detrás de la política”. Roger solo tiene razón en parte, pero es cierto que Joan ha elegido la puerta equivocada para adentrarse en una guerra justa, y su marcha de McCann supone un pequeño fracaso para el feminismo y una gran derrota para ella.

Roger Peggy Lost Horizon

Mientras Joan intenta desenvolverse sin éxito en McCann, Peggy y Roger retrasan el momento de mudarse a su nueva empresa. Peggy tiene razones para hacerlo, su despacho en McCann aun no está listo y se niega a empezar a trabajar allí hasta que le den uno (bastante tiene con que le hayan mandado un regalo de bienvenida creyendo que es una de las secretarias). La excusa de Roger es mucho más poética: “Alguien tiene que entregar las llaves”. Roger es el capitán que se hunde con el barco. Sabe que cuando haya desaparecido por completo bajo el mar, él ya no será nadie, dejará de existir. En SC&P era alguien, incluso cuando no aportaba nada se le valoraba, siempre se salía con la suya. Su aportación a la agencia, así como su identidad, era ser divertido. Roger sabe que en McCann no apreciarán esto como en SC&P, que allí solo será una persona más (“Ser divertido no me hizo ningún favor”) y que ya no está a tiempo de cambiar. Su miedo ante el futuro se vuelve patente al despedirse de su secretaria, Shirley, a la que pide que se quede con él, porque si ya es duro empezar en un sitio nuevo, más aun lo es con una persona conocida menos.

Sean más o menos válidas sus excusas, a ambos les aterroriza el mundo que les espera fuera de SC&P. Peggy recorre los pasillos desolados de la agencia después de tirar una taza de café que decide no recoger (es la jefa), cuando descubre a Roger tocando una siniestra melodía al órgano (un gran momento cómico que nos recuerda de nuevo ese componente tan Twilight Zone que ha reinado en las temporadas más avanzadas de la serie). Los dos se atrincheran en SC&P, donde pasan una última velada de confraternización y alcohol que desemboca en un espectáculo musical con demostración de patinaje artístico (qué épico, otra imagen de Mad Men para la historia de la televisión). Pero no adelantemos acontecimientos. Roger necesita público para su última batallita, y resulta que Peggy es la oyente ideal para la historia que tenía reservada para el final. Se trata de una anécdota de la marina, en la que un joven Sterling tenía miedo a saltar desde un barco de dos pisos de altura. La metáfora es sencilla y directa. Roger acabó saltando, pero no sin un pequeño empujón. Y eso es justo lo que hace con Peggy, a la que regala un cuadro japonés de 150 años de antigüedad (El sueño de la mujer del pescador) que pertenecía a Cooper, en el que aparece un “pulpo dando placer oral a una mujer” (Horizontes perdidos trata sobre la búsqueda de la espiritualidad oriental y la sociedad perfecta, idea que conecta esta provocativa xilografía con la trama de Don, que analizaremos a continuación). Peggy no quiere aceptarlo porque “va a incomodar a la gente, no me van a tomar en serio. Ya sabes que tengo que hacer sentir cómodos a los hombres”, a lo que Roger responde, “¿Quién te ha dicho eso?” Es el consejo feminista definitivo, el empujón perfecto para saltar del gran barco que fue SC&P, píldora de sabiduría de parte de un hombre que se retira para dejar el mundo en manos de la mujer que tiene delante. A la mañana siguiente, Peggy hace su entrada triunfal en McCann-Erickson. No podría ser una imagen más icónica: cigarrillo colgando de los labios, gafas para ocultar la resaca, cuadro del pulpo en mano y la cabeza muy alta. No sabemos qué le depara el futuro, pero da igual, lo importante era tirarse del barco, y Peggy lo ha hecho, ha dado su salto mortal.

Peggy Lost Horizon

Por último, la experiencia de Don en McCann es diametralmente opuesta a la de los demás. Don es una estrella de rock, es el hombre que cayó a la tierra, la “ballena blanca” de un cazador que lleva diez años intentando atraparla. Los socios de la nueva empresa lo reciben con adulación y reverencia (ridícula imitación incluida), prometiendo regalos y trato de favor en la ciudad. Incluso han comprado una agencia entera solo para conseguirle la cerveza Miller como cliente. “Soy Don Draper, de McCann-Erickson“. Suena genial en su boca, pero no significa lo mismo para él que para sus nuevos socios. Don es alguien distinto. Todavía no sabe exactamente quién, pero sabe que quiere averiguarlo. Cuando llega a la agencia, lo primero que hace es recordar el nombre de una de sus secretarias, Beverly. A continuación confía en Meredith la decoración de su nuevo apartamento (su secretaria lleva dos episodios brillando con luz propia y revelándose como un pilar imprescindible para Don). Don es un hombre galante, atento, un caballero de los de antes, y ha dejado de ver a la mujer como una pieza más dentro de su escaparate. Pero no es suficiente, él quiere ser algo más para ellas.

La reunión con Miller Beer es el detonante definitivo para que Don inicie su búsqueda final. El creativo encargado de la presentación describe a un hombre americano ideal, una identidad manufacturada por las empresas de publicidad que hace reflexionar a Don. Ese hombre clásico de Wisconsin es él. Don sabe perfectamente lo que significa crear una identidad puramente americana, ya que lo ha hecho para sí mismo. Cuando mira a su alrededor, solo ve hombres de trajes idénticos moviéndose al unísono de manera mecánica. Don tiene ante sus ojos la maquinaria que lo creó. Entonces su mirada se desvía hacia la ventana (por segunda vez en este capítulo), donde observa un avión cruzándose en el cielo con la silueta del Empire State Building. Don es consciente de que tiene un arpón en el costado, de que aunque le prometieron volar a mil y un lugares, es en realidad una presa. Una idéntica a las que se hacinan a su alrededor. Sin pensarlo más, Don se levanta, se libera a sí mismo y abandona la sala de reuniones para emprender su búsqueda en el corazón del país. Como el astronauta Major Tom en “Space Oddity“, la canción de David Bowie que suena al final del episodio, Don decide desobedecer al control terrestre (McCann-Erickson), que solo lo ve como una marca (“The papers want to know whose shirt you wear”), para tomar las riendas de su propio viaje, aun a riesgo de quedarse varado en el espacio.

I’m stepping through the door
And I’m floating in a most peculiar way
And the stars look very different today
For here
Am I floating around a tin can
Far above the world
Planet Earth is blue
And there’s nothing I can do”

Don Betty Lost Horizon

Antes de lanzarse a la carretera, Don hace una visita al hogar de los Francis para despedirse de Sally, pero la niña no está, solo su madre. Betty está leyendo un libro de psicología (concretamente Análisis fragmentario de una histeria: Caso Dora, de Sigmund Freud), preparándose para entrar en la universidad. Según explica a Don, es lo que siempre ha querido hacer, a lo que Don responde con un cariñoso y sincero “Knock ‘em dead, Birdie“. Sea la definitiva o no, es una despedida que deja la complicada relación del ex matrimonio con una preciosa nota de paz y apoyo. Don emprende entonces su viaje en carretera hacia Racine, Wisconsin, hogar de la enigmática camarera Diana. Bien adentrado en la noche, recibe una nueva visita del Más Allá, Bert Cooper, que le recuerda desde el asiento del copiloto que siempre está jugando a ser quien no es, el hombre americano, “un extraño”, y a propósito de esto le dedica a continuación unas oportunas líneas de En el camino de Kerouac: “¿Adónde vas tú, América, por la noche en tu coche reluciente?“. Ni él lo sabe a ciencia cierta, solo está “marchando sobre las vías”, dejando que sus impulsos lo conduzcan a su objetivo. Una vez en Racine, Don se hace pasar por un representante de ventas para obtener el paradero de Diana en casa de su ex marido, pero este destapa el engaño y le advierte que no vaya detrás de ella, ya que suele dejar un rastro de desolación y dolor a su paso.

Es entonces cuando se da cuenta de lo que está buscando. Don quiere salvar a Diana, quiere salvarlas a todas. Pero las mujeres de su vida ya no necesitan su ayuda. Para ellas ya no es el caballero de brillante armadura que un día fue, ya no es el macho alfa americano, es lo más parecido a un extraño. Sally se ha vuelto independiente y ya no necesita a su padre, Betty ha encontrado su vocación y ya no precisa de Don ni para un masaje (cuando este lo inicia ella le dice que no hace falta), Peggy vuela libre, Joan rechaza su ayuda en McCann, y le dice que arreglará sus problemas ella misma. Don (América) ha perdido la razón de ser. Ya que no pudo salvar a Megan (tal y como le recuerda su anillo de boda), necesita salvar a Diana. Pero a ella tampoco puede salvarla, para empezar porque no puede encontrarla, porque es solo una idea. Después de la epifanía y la consiguiente derrota de Racine, Don vuelve a la carretera, esta vez sin propósito, sin destino, sin nadie a quien salvar. En su trayecto se detiene para recoger a un autoestopista, un hombre harapiento y descuidado que parece un personaje salido de la novela de Kerouac. Cuando este le dice que no quiere desviarle de su camino, Don responde “No hay problema”, dejando que el desconocido marque su ruta. Efectivamente, no importa adónde ir, porque ya no hay itinerario, Don ha perdido su destino, su “horizonte“.

Ground control to Major Don.

Lost Horizon

Mad Men 7.11 “Time & Life”

Time and Life grupo

¿Y qué hay en un nombre?

El tiempo se acaba, y la vida continúa. En “Time & Life“, apropiado título que hace referencia al mítico edificio neoyorquino donde residen las oficinas de Sterling Cooper & Partners, los publicistas de Mad Men se encuentran con una nueva encrucijada que amenaza con derribar lo que han construido a lo largo de estos años. Como ha sido la tónica habitual en los más recientes episodios de la serie, asistimos aquí a una nueva repetición de ciclo, un patrón reiterado que pone a nuestros personajes en situaciones análogas al pasado, y que nos sirven para evaluar el estado en el que se encuentran en estos momentos. Hemos visto a Don intentando iniciar otra relación precipitadamente, a Betty recibiendo la visita de su vecino enamorado, Glen, o a Roger reavivando la llama con la madre de Megan. Pero en esta ocasión, la prueba que el tiempo impone a los personajes tiene un efecto mayor, casi cósmico, una repercusión en la agencia al completo, desde sus socios hasta la última secretaria.

La noticia de que el gigante publicitario McCann-Erickson está a punto de asimilar a SC&P pilla a todos por sorpresa. No es que no hayan tenido indicios, pero estaban demasiado ocupados en sus vidas como para reconocerlos a tiempo. De esta manera, como decíamos, la agencia vuelve a encontrarse en una tesitura parecida a la de tantas veces en el pasado. Cambiando de nombre, de socios, llevando a cabo retorcidas estrategias internas, practicando el poaching, mudándose de oficinas… de una manera u otra, SC&P ha evitado su propia desaparición, reencarnándose una y otra vez hasta la próspera situación de la empresa en la actualidad. Nada más enterarse, Don, Ted, Roger, Pete y Joan se ponen manos a la obra, y encienden el modo automático “Salvar SC&P”. Pero lo hacen sin plantearse realmente qué supondría este cambio o por qué luchan esta vez.

Peggy Time and Life

Como en “Shut the Door, Have a Sit” (3.13), episodio espejo en el que se refleja “Time & Life” (dirigido por Jared Harris, aka Lane Pryce), o el reciente “For Immediate Release” (6.06), los socios forman equipo para derrotar al enemigo. Matthew Weiner regresa a la coralidad de este tipo de episodios (“Time & Life” está repleto de magníficos y emocionantes planos de grupo para la posteridad catódica), acelerando el ritmo de los acontecimientos para dar como resultado un capítulo agitado, y en definitiva otro punto de inflexión en la serie, quizás el último. Al margen del plan de los socios, el rumor de la absorción se propaga rápidamente por las oficinas (provocando como siempre momentos de comedia exquisita), donde vemos el efecto que tiene en sus trabajadores.

Peggy teme por un momento perder todo lo que ha conseguido y tener que volver a partir de cero, por lo que empieza a rondar otras agencias, pero McCann-Erickson la quiere a ella también, y esa es una oferta que nuestra Peggy no puede rechazar. Claro que ella tiene otras preocupaciones. En “Time & Life” la vemos rodeada de niños, dejando claro que no tener instinto maternal no está reñido con tener instinto de protección y sentido común. Por primera vez, Peggy se sincera con respecto al pasado y habla del hijo que dio en adopción hace 8 años. Lo hace pronunciando un revelador y valiosísimo discurso al compañero de trabajo que, aunque nunca lo haya dicho, es evidentemente su mejor amigo, Stan. “Debería ser posible tomar una decisión así y poder seguir con tu vida, como los hombres”, le dice Peggy a Stan, que la entiende, y la apoya, como nosotros. Queremos que Peggy siga con su vida y que su decisión, perfectamente justificada y válida, no pese sobre ella. Otra cosa es que lo logre.

“Time & Life” también nos devuelve en todo su esplendor a Pete Campbell, presencia hasta ahora pasajera durante esta temporada. Antes, Pete era una pobre copia de Don Draper, un niño repelente con el sueño desesperado de convertirse en un hombre. A base de esfuerzo e imitación, Pete ya se comporta de manera (casi) natural como ese hombre, y aunque conserva su aire de patetismo y su condición de caricatura, ahora actúa como un caballero justiciero, defensor de su territorio y de su manada, y salvaguarda del honor de su apellido. En “Time & Life” es él quien propina los puñetazos a aquellos que lo ofenden. Que experimentemos la misma satisfacción catártica, o incluso mayor, que cuando es él el recipiente del golpe, indica que Pete ha cambiado. Lo comprobamos también en las escenas que comparte con Joan y Peggy, cálidas conversaciones en las que Pete tranquiliza y demuestra su apoyo y admiración por ambas colegas de profesión, lo que nos deja ver una vertiente más amable del personaje. Por último, Trudy también parece haber notado que Pete es un hombre más íntegro, quizá incluso el cabeza de familia que intentó ser sin éxito cuando eran matrimonio.

Pete puñetazo

Volviendo a la agencia, las secretarias de SC&P están comprensiblemente inquietas ante el inminente cambio en la empresa. Ellas son en principio las trabajadoras más prescindibles (aunque, por regla general, sean las responsables directas de mantener el orden mínimo en las vidas de sus jefes), por lo que temen por su futuro laboral. Dawn cree que su puesto en la empresa no es esencial y Shirley cree que serán reemplazadas fácilmente por “otra secretaria negra”. Por otro lado, la atolondrada (y siempre descacharrante) Meredith decide encararse con su jefe, Don, que pretende hacer como si no pasara nada. Cuando este, más afectuoso de lo habitual y con un poco convincente “sweetheart”, le pide un Alka-Setzer, ella responde con osadía: “¡No! No me llames ‘cariño’. No es un día normal”. Meredith pide que se le trate por una vez con respeto, que Don sea justo y sincero con ella en lugar de dorar la píldora, que es básicamente lo que están haciendo los socios y creativos de SC&P entre ellos mismos. Roger le dice a Don que todo irá bien agarrándole la cara con dulzura (gesto paternal que pilla desprevenido a Don), Pete calma a Joan con respecto al futuro (no sabe por qué, pero tiene un buen presentimiento), y Stan también tranquiliza a Peggy prometiéndole que las cosas saldrán como ella quiere. Sin embargo, nadie puede estar seguro de ello, nadie sabe lo que el tiempo les tiene preparado.

Los socios de SC&P por fin se enfrentan a McCann-Erickson con la intención de informar del plan que han diseñado para conservar la agencia. Han llegado a una solución perfecta para todos y están seguros de poder salvar el día por enésima vez. Pero cuando Don da comienzo a su presentación, preparada como si fuera un pitch publicitario para un cliente, ellos le paran los pies. La decisión ya está tomada, no pueden hacer nada para cambiarla. En esta ocasión, las cosas no saldrán como ellos quieren y lo que funcionó en el pasado ya no sirve para nada en esta nueva vuelta, rompiéndose así el ciclo. Todo ha cambiado. Entonces, el representante de McCann-Erickson les hace reevaluar su posición. La absorción significa preservar sus puestos, mantener su solvencia económica, a lo que se suman más viajes y la tranquilidad de no tener en sus manos el destino de la agencia. ¿El precio a pagar? Su nombre. Pero, como dice Don citando a Shakespeare en Romeo y Julieta, “¿Qué hay en un nombre?“. La estrofa continúa, “¡Lo que llamamos rosa / exhalaría el mismo grato perfume / con cualquiera otra denominación!” ¿Por qué están luchando esta vez? ¿Por la empresa y lo que esta simboliza en sus vidas o por un mero nombre?

Time and Life

“Time & Life” nos habla pues de la importancia de los nombres, de lo que estos significan, sobre todo en un momento decisivo como el que tiene lugar en este episodio. Los personajes deben decidir entre aferrarse a la identidad que les ha proporcionado SC&P o asumir el cambio y abandonar ese nombre para dar la bienvenida a una nueva era. A lo largo del episodio se nos insiste en el valor de los nombres para los personajes en diferentes ámbitos. Por ejemplo, el altercado de Pete con el director de la escuela que ha rechazado matricular a su hija, tiene su (absurdo) origen ni más ni menos que en los antepasados de sus familias históricamente enfrentadas, los Campbell y los MacDonald. Por otro lado, el argumento decisivo para convencer a los socios de SC&P de que se rindan a la absorción consiste en cuatro “simples” nombres, una lista de titanes empresariales para los que trabajarán en su nueva etapa profesional. Joan es más consciente que nadie de la importancia de esos nombres cuando McCann-Erickson menciona una empresa para todos los asistentes menos para ella (“No ha nombrado una cuenta para mí. No me tomarán en serio”). Por si eso fuera poco, Joan acaba de ver cómo Don abandona sin reparos a Jaguar, el cliente que ella consiguió para la agencia sacrificado su integridad en “The Other Woman” (5.07), para Draper solo un nombre más en la lista. Por último, los demás, particularmente Don, acaban dando su brazo a torcer al escuchar un nombre pronunciado con la gravedad y la resonancia que merece la ocasión: “Coca Cola“. No hace falta más, esas dos palabras mágicas son suficientes para desarmarlo en una batalla que en realidad nunca había existido.

De una manera u otra, todos acaban persuadidos, convencidos de que el cambio puede que les depare algo mejor más allá del nombre bajo el que se refugian, quizá la posibilidad de, como soñaba Peggy en “The Forecast”, crear algo más grande que afecte a muchas personas y dure para siempre. No tienen más remedio que celebrarlo, aunque el éxito no sepa como tal y el brindis venga patrocinado por el enemigo. Los cinco socios reunidos en el bar parecen más resignados que victoriosos. Se trata de un precioso instante de relajada confraternización (nos encanta ver a estos personajes juntos demostrándose el aprecio que se tienen), pero también un momento de calma agridulce, de felicidad apática, de vacío antes del siguiente capítulo en sus vidas. Joan se despide de todos con dulzura, mañana será otro día. En todos los sentidos. Reina la incertidumbre y la decepción a pesar de la promesa de un futuro resuelto. En una escena de “Time & Life”, Peggy se pregunta en voz alta “¿Qué más hay ahí fuera?“, y más tarde, en el desenlace del episodio, Don intenta apaciguar desesperadamente a sus empleados después de hacer el anuncio de la absorción en la oficina: “¡Esto es el principio de algo, no el final!“. Sin embargo, nadie le cree, nadie quiere quedarse a escuchar esas palabras, porque aunque él esté convencido de ellas, suenan precisamente a eso, a un final. El final. El cambio que les obligue a descubrir qué más hay ahí fuera. Los versos de Shakespeare se ponen en tela de juicio. Como bien sabe Don Draper, en un nombre hay una vida entera, y cambiarlo supone sacrificar una identidad, y por tanto, dejar esta vida atrás. ¿O no?

Mad Men 7.10 “The Forecast”

Don Sally The Forecast

It Gets Better

Ahora sí, el final se puede sentir en el aire, en las oficinas de SC&P, en el penthouse vacío de Don Draper, en cada rincón de cada plano de Mad Men. Cabe la posibilidad de que no sea un final muy concreto o definido, pero sí un verdadero salto hacia el futuro, y sobre todo una oportunidad de cambio definitivo para los personajes, aunque este cambio suponga realmente aceptar que no se puede cambiar (puede que no haya otra conclusión para ellos). En “The Forecast” dejamos aún más atrás el simbolismo agorero y la oscuridad de los sueños febriles de la sexta temporada y parte de la séptima, para dejar que la luz se cuele a través de las ventanas, con el propósito en vano de que nuestro protagonista vea con más claridad el camino. Pero no nos engañemos, el camino de Don sigue plagado de sombras que no dejan ver el final. Como de costumbre, para intentar distinguir con claridad ese futuro, Mad Men echa mano del pasado. Balance, regresos inesperados, ¿ciclo completo? 

“The Forecast” otorga una importancia capital a los niños, a la vez símbolo del pasado y el futuro, y explora la delgada línea que los separa de los adultos de la serie. Este episodio marca el regreso de nuestra fascinante Sally Draper después de una larga ausencia. El tiempo transcurrido nos devuelve a una Sally más serena y autoconvencida de su madurez, una jovencita de voz más grave y planta enhiesta que atraviesa esa ineludible fase en la que uno se esfuerza en actuar como un adulto, para no quedarse atrás en la carrera y convencer a los mayores de que se ha ganado el trato de igual a igual. En otras palabras, la adolescencia. Así, Sally gasta bromas “de adulto” a su madre, y cuando esta reprimenda su humor (“Para ti todo es una broma”), Sally deja caer una sonrisa orgullosa de sí misma y algo condescendiente (pero en el fondo cómplice), como si pensara “vaya, esta niña ha entendido mi broma”. Y es que en “The Forecast”, los niños se comportan como adultos, y los adultos como niños, aún más de lo habitual. Por eso no es de extrañar que el producto en el que está trabajando el equipo creativo de Peggy esta semana sean las galletas Peter Pan (“One Tink, and you’re hooked” es el eslogan nada infantil que acaban escogiendo, por cierto).

Glen Betty Forecast

La prueba más evidente del mundo al revés (a lo Freaky Friday) que presenta “The Forecast” es el sorprendente regreso de Creepy Glen, el vecino de los Draper obsesionado con Betty. El cambio físico de Glen es impresionante, su apariencia rechoncha y su rostro de niño repelente han dado paso a un joven esbelto y masculino, paradigma de la juventud moderna del momento (patillas incluidas). Un auténtico shock para Betty, que cuando es consciente de que el hombretón que tiene delante es aquel mocoso que intentaba cortejarla, se transforma en una adolescente y comienza a flirtear de forma automática. Betty se atusa el pelo, se agarra la cintura con una mano como si estuviera posando para una sesión de fotos, y trata a Glen con máxima deferencia, lo que enfurece a Sally, convencida de ser la única persona sensata y adulta de su familia. Glen también es un niño que se comporta como un adulto: pide una cerveza a la Sra. Francis e informa de que se ha alistado en el ejército para defender a su país en Vietnam. No es más que una ilusión de madurez (para él, patriotismo es igual a hombría, sin pensar en lo que implica), pero de eso se trata precisamente. Betty comulga con el nuevo Glen, porque la clave para ser adulto es convencernos mutuamente de que no somos niños, aunque sea a base de engaños. La actitud de Betty invita a Glen a realizar el acercamiento definitivo. Él está convencido de que es el momento, de que la espera ha terminado por fin, así que intenta plantar un beso a Betty. El intento frustrado de romance provoca la siguiente conversación: Betty: “Glen, para”. Glen: “¿Por qué?” Betty: “Porque estoy casada“. No porque él tenga 18 años, no porque su hija probablemente sienta algo por él, porque está casada. Uno de esos momentos apabullantemente elocuentes que describen a un personaje a la perfección, que nos enseñan que ha cambiado sin alterar la esencia de su personalidad. Es un instante incómodo, inapropiado, pero es el cierre perfecto a una extraña relación (lo más remotamente parecido al fan service que nos ha dado la serie esta temporada), esencial para entender a Betty.

En una escena posterior, Don acompaña a Sally y sus amigas a cenar antes de que estas se marchen de viaje. Durante la cena, Don pregunta a las niñas qué quieren ser de mayor. Ellas responden con determinación que se quieren dedicar a profesiones tradicionalmente reservadas para el hombre; es el resultado de una década de lucha y un paso más hacia el futuro. Una de las niñas (que tiene 17 años pero actúa como si tuviera 30) pide a Don un cigarrillo, y este se lo da mostrando una actitud análoga a la de Betty con Glen. La chica responde al encanto de Don Draper, y este le sigue el juego (aunque también de forma automática, casi inconscientemente). Sally se horroriza al ver también a su padre comportándose así, y antes de marcharse le confiesa que quiere alejarse de sus padres para no ser como ellos. Pero como hemos visto a lo largo de la serie, y como le replica su padre: “Eres exactamente como tu padre y tu madre, y algún día te darás cuenta“. A continuación, Don le ofrece el mejor consejo posible: “Eres una chica preciosa, depende de ti convertirte en algo más“. Con estas hermosas palabras (que esconden una crítica a Betty), volvemos a comprobar que Don esconde buenas intenciones, que su actitud hacia la mujer es más progresista que la de cualquier otro personaje masculino de la serie y que es un buen padre a pesar de todo.

Don Sally Forecast

¿Qué quieres ser de mayor?” es la pregunta que todos los personajes se hacen en “The Forecast”. De hecho, Don se la plantea a Peggy durante su evaluación de desempeño laboral. Sus respuestas dejan ver una ambición que ya conocíamos, pero que se vuelve más real al oírla de su propia voz. Peggy quiere poder, quiere gloria, necesita crear algo que dure para siempre y que ejerza influencia sobre muchas personas (¿no es el sueño de todos nosotros?). Cuando Don, que pregunta genuinamente curioso y preocupado por su propio futuro, le empuja a que siga avanzando en su “predicción” (“¿Seguro que no hay nada más?”), Peggy se marcha enfurecida, ofendida porque sin querer, él ha tocado un tema en el que ella no quiere pensar. Es una opinión extendida que la trama del hijo de Peggy se abandonó sin más, pero escenas como esta (y como las que protagoniza en los dos episodios anteriores) demuestran todo lo contrario.

Por otro lado, Joan también se plantea qué quiere ser de mayor al conocer a un hombre durante una visita de trabajo en Los Ángeles. Se trata de un nuevo personaje que, al igual que la camarera de Don, aparece en el último momento, cuando quedan muy pocos episodios para el final de la serie. No cabe duda de que Matthew Weiner no está interesado en dar a los espectadores lo que exigen, sino en darle a la historia lo que necesita. Podría parecer que estos nuevos personajes introducen un desvío y distraen de la clausura a la que, por ley seriéfila, debe llegar Mad Men. Sin embargo, precisamente están ahí para eso, para ayudar a los personajes a avanzar de una vez por todas, para que nosotros hagamos balance al observarlos interactuando con nuevas parejas después de todo lo vivido y decidamos si han conseguido salir del estancamiento o siguen atrapados repitiendo los mismos errores. Y Joan parece estar a punto de lograrlo. Se encuentra visiblemente más cómoda con su lujosa vida, con su puesto de trabajo y su familia, y se empieza a deshacer del sentimiento de culpa que le impone la sociedad. No hay más que verla desempeñando un rol activo en la cama, prometiendo mandar flores a su amante, como buena “ejecutiva en viaje de negocios” que es, y colocándose encima de él para besarle. Pero para plantearse el futuro, Joan también tiene que hacerle frente al pasado, y no solo lo hace, sino que asume que para avanzar, se tiene que llevar ese pasado con ella. Así, Joan confiesa a su nuevo pretendiente que se ha divorciado dos veces y que vive con su hijo de cuatro años y su madre. Él sale espantado al principio (“Si no puedes ir a las pirámides, no puedes ir a ninguna parte”), pero regresa para demostrarnos que, se quede hasta el final o no, para Joan es posible tenerlo todo.

Joan Forecast

Por último, Don es el único incapaz de contestar a la gran cuestión del episodio. De hecho, él la plantea a aquellos que tiene cerca con la esperanza de que estos le orienten en su propia búsqueda. “¿Qué va a traer el futuro?” llega a decir en “The Forecast” (Weiner no se anda con rodeos esta vez). ¿Qué quiere ser de mayor Don Draper? ¿Qué debería ser? Sabemos, gracias a Ted Chaough y John Mathis (otro publicista de SC&P que salta a la palestra para salir escaldado de la serie), que Don es el mejor “pintando un cuadro” y que “no es más que un hombre guapo”. Don se pregunta qué puede hacer con esto, ya que hasta ahora no le ha deportado los mejores resultados, pero lo cierto es que no tiene ningún plan y simplemente se aferra a lo que cree que le ha salido bien. Aunque él está empeñado en que han pasado “cosas maravillosas” en su vida, hasta la de la inmobiliaria se da cuenta de que se está engañando a sí mismo (“Esta parece la casa de un hombre triste”, le dice). Don es un hombre perdido en el vacío de su vida, se mueve en espacios sin mobiliario, en los que parece encontrarse en un plano distinto de realidad, incapaz de conectar de verdad con los que puedan encontrarse en el mismo lugar. Don está atrapado en un ciclo sin fin. En el final de “The Forecast”, se deshace por fin de su apartamento, el último de sus vínculos con la fantasía que alimentaba ese ciclo. Es entonces cuando el carrusel se para, y junto a la puerta de la que ya no es su casa aparece ante él su futuro, o lo que es peor, la ausencia del mismo.

Don final Forecast

Mad Men 7.09 “New Business”

Mad Men Betty Don New Business

El hombre del millón de dólares

“Nostalgia es una palabra delicada, pero potente. En griego, ‘nostalgia’ significa literalmente ‘el dolor de una vieja herida’. Es una punzada en el corazón más poderosa que el recuerdo en sí. No se trata de una nave espacial, sino de una máquina del tiempo. Viaja hacia atrás y hacia adelante… y nos lleva hacia el lugar al que anhelamos regresar. No lo llamamos rueda, sino carrusel. Nos hace viajar como a un niño, dando vueltas sin parar, llevándonos de vuelta a casa, a un lugar donde sabemos que se nos quiere”.

Este célebre discurso pronunciado por Don Draper durante una presentación de Kodak en “La rueda” (“The Wheel”, 1.13) sin duda engloba a grandes rasgos la esencia de Mad Men, pero resulta especialmente pertinente a la hora de hablar de su episodio más reciente, “New Business”, en el que la nostalgia ha jugado un papel central y han abundado los guiños a la trayectoria de la serie. Tanto este como “Severance” nos han mostrado a un Don haciendo balance de su vida, recordando lo que fue y lo que no pudo ser. Mientras todos a su alrededor avanzan (o creen que avanzan), logran sus propósitos, o simplemente ingresan en la siguiente etapa de sus vidas dejando atrás la anterior, Don sigue atrapado por el pasado. Y no es que no esté poniendo de su parte por salir de su sombra y empezar de nuevo, pero quizás ese sea el problema, que “empezar” para Don significa “repetir”. Continuando el tema del episodio anterior, “New Business” es un desfile protagonizado por las mujeres más importantes de Don Draper que arroja algo de luz sobre esa sombra y nos ayuda a comprender mejor el enigma que es Don Draper.

Mad Men Megan Don New Business

El episodio comienza con una cálida escena familiar en la que vemos a Don en la cocina preparando un batido para sus hijos junto a Betty. Pero no es más que una ilusión, una de muchas ventanas al pasado que se abren en “New Business” (el título es otra ilusión, ya que no hay prácticamente nada en el capítulo que no sean “viejos asuntos”), por las que Don mira nostálgico desde fuera. Otra de esas ventanas nos muestra a Sylvia (Linda Cardellini), que coincide con su ex amante y su “nueva morena” en el ascensor, ese lugar suspendido en el espacio y el tiempo en el que Don se pierde y se encuentra a menudo. Pero el regreso más importante de esta semana es el de Megan, que vuelve a Nueva York para finalizar su divorcio con Don. Megan lleva en una escena el mismo vestido azul que lució espléndida en “Time Zones” (7.01), pero su luz se está apagando y culpa de ello a Don: “No iba a darte la satisfacción de que supieras que me has arruinado la vida. ¿Por qué se me está castigando por ser joven? Renuncié a todo por ti, porque creí en ti. Pero no eres más que un mentiroso, un egoísta chapucero que se está haciendo viejo”. Aunque Megan tiene motivos de sobra para reprender así a Don, sus palabras no solo dejan entrever el dolor por las infidelidades y las mentiras, sino la frustración de una mujer resentida por no haber conseguido todo lo que quería (la fama y una vida acaudalada entre otras cosas). Cuando Don le ofrece un cheque por un millón de dólares porque quiere que Megan tenga “la vida que merece”, y también porque ha llegado al punto en el que tiene que pagar para obtener el perdón (de nuevo Don dando dinero a sus mujeres), ella lo acepta sin rechistar, le devuelve su anillo (el de Anna Draper) y se marcha. Es sin duda una puntilla amarga y desagradable para un personaje que no debía haber regresado a la serie, ya que tuvo su perfecta despedida durante aquella preciosa conversación telefónica en “Waterloo” (7.07).

“New Business” nos habla por tanto de la naturaleza cíclica de la vida, de lo difícil de evitar determinados patrones de comportamiento (con Megan también regresa su madre, que reincide en “actos” pasados junto a Roger), de caer de nuevo en los mismos errores, así como de la imposibilidad de cerrar algunas heridas. En este episodio, Matthew Weiner parece menos interesado en enhebrar el habitual tejido de significados y subtextos por el que es conocida su serie, y más preocupado por explorar el lugar donde se encuentran y al que se dirigen sus personajes en la recta final. Si en el capítulo anterior recuperamos la historia de Ken Cosgrove, en este son otros dos empleados de SC&P los que por un momento pasan a primer término, Harry Crane y Stan Rizzo. Ambos protagonizan dos tramas que no aportan demasiado en este punto de la historia, pero que sirven para acompañar los temas principales del capítulo, sobre todo la de Stan (olvidémonos cuanto antes de ese gusano asqueroso que es Harry Crane). La visita a la agencia de una reputada fotógrafa (interpretada por Mimi Rogers) agita a Rizzo al recordarle su profesión frustrada, y también a Peggy, que una semana más se ve obligada a pensar en el precio de su escalada profesional y en un futuro al que ha llegado a costa de sacrificios personales.

Mad Men New Business

Como decía, en “New Business” las dosis de simbolismo se rebajan (a pesar de los múltiples guiños al pasado), y el carácter onírico del episodio anterior se abandona, dando paso a la cruda realidad. Diana (Elisabeth Reaser), la camarera convertida en la nueva obsesión de Don, resulta ser real. Pero que ella no sea un constructo de la imaginación de Don no quiere decir que no cumpla el mismo propósito que todas las mujeres de su vida, llenar el vacío que dejó su madre y proporcionarle una oportunidad para empezar de nuevo, algo para lo que Pete tiene una reflexión muy oportuna: “Piensas que vas a empezar tu vida otra vez y hacerlo bien esta vez. Pero, ¿y si no consigues pasar del principio nunca más?” En cierto modo Diana sigue siendo solo un concepto fabricado en la mente del protagonista, un paliativo de su dolor que resulta no cumplir los requisitos para una nueva vida manufacturada, ya que tiene sus propias heridas imposibles de cerrar. Como ella misma dice, su propia “punzada en el pecho“: la pérdida de sus dos hijos, uno fallecido y el otro abandonado.

Si algo nos ha enseñado la historia con Diana, es que Don realmente quiere ser feliz, y quiere hacer feliz a alguien; que está en constante búsqueda de compañía, de intimidad, de cariño, algo que lo ponga en contacto con la realidad que por sí solo no es capaz de encontrar. De ahí que, a pesar de ser un mujeriego con un extenso historial de adulterio y mentiras, siempre haya tratado a sus mujeres con reverencia y profundo afecto. Don es tan enamoradizo y suele precipitarse con la mujer de turno porque está desesperado por encontrar y no perder ese vínculo, por calmar de una vez por todas el dolor de esa punzada en el corazón. Aunque esto suponga vivir en un interminable ciclo de nuevos comienzos y no bajarse nunca del carrusel.

Mad Men 7.08 “Severance”

Diner Mad Men Severance

La vida no vivida

Hacia el comienzo de “Severance“, el primero de los siete episodios finales de Mad Men, Don Draper llega a su apartamento vacío por la noche, enciende la luz desde la entrada y contempla durante apenas dos segundos su casa vacía. A continuación apaga la luz para adentrarse en ella en penumbra. Es un pequeño instante que en cualquier otra serie pasaría desapercibido o no cumpliría otra función más que la de transición entre escenas. Sin embargo, estamos hablando de una ficción en la que, como hemos comprobado a lo largo de ocho años, nada, absolutamente nada, está ahí por azar. Este efímero momento que se diluye en los siguientes minutos esconde una de las claves del episodio: Durante unos segundos, Don recuerda la vida que tuvo, para más tarde visitar la que pudo tener y no tuvo. Y no es el único.

“Severance” es técnicamente un episodio central en la temporada final de Mad Men, y como tal, los acontecimientos que tienen lugar en él no tienen excesiva importancia dentro del gran esquema narrativo de la serie. Sin embargo, este capítulo marca un antes y un despuésya que dentro de la historia han pasado aproximadamente los mismos meses que han transcurrido entre la emisión de “Waterloo” y “Severance”, lapso tras el que Mad Men ingresa oficialmente, y como el que no quiere la cosa, en la década de los 70. Como de costumbre, conocemos el momento histórico exacto en el que tienen lugar los acontecimientos gracias a los importantes marcadores cronológicos dispuestos a lo largo del episodio. Primero, los meticulosos estilismos de los personajes -Sterling rockea un mostacho canoso, Ted también se apunta a la moda del bigote, los peinados de ellas se alborotan ganando altura, y en general, la moda se libera de corsés para convertirse en una forma de expresión individual. Segundo, el discurso de Nixon que suena mientras Don yace semi-inerte en su cama (cómo no), y que nos ayuda a situar “Severance” concretamente en el 30 de abril de 1970. Así, sin hacer un gran acontecimiento de ello, Matthew Weiner da el salto de una década a otra.

Don Ken Severance

En los meses transcurridos, la agencia se asienta tras los cambios acontecidos el año pasado, y los publicistas se acomodan en sus puestos dentro de la empresa. Además de devolvernos a Don en plena forma (reafirmándose en su autoridad durante la sublime escena de apertura en la que no hay nadie más que tú y él en la habitación), “Severance” se centra concretamente en tres personajes secundarios. En primer lugar, recuperamos el dilema existencial de Ken Cosgrove, que se plantea abandonar la agencia para perseguir su sueño de convertirse en escritor (“No escribas sobre este mundo, es aburrido, escribe una aventura”, le aconseja Pete Campbell en un guiño muy meta a la percepción que muchos tienen de Mad Men). Kenny piensa en la vida que no decidió perseguir, en lo bien que quedaría una foto suya en la contraportada de una novela, y justo cuando está a punto de tomar una decisión, es despedido. Y entonces, en un giro inesperado, Ken abandona (o pospone, no lo sabemos) su sueño para trabajar con uno de los clientes más importantes de SC&P, pasando a ser el jefe de los que lo repudiaron, a los que promete hacerles la vida imposible. A decir verdad, con ese parche, no nos extraña que Ken no haya tenido más remedio que convertirse en megalómano con sed de venganza.

En segundo lugar, tenemos a Joan y Peggy, ambas en posiciones privilegiadas dentro de la jerarquía de la agencia, cada una de ellas habiendo llegado hasta donde están de forma distinta, pero separadas por diferencias y enemigos que en teoría deberían unirlas. Un tenso enfrentamiento en el ascensor hace salir a la luz reproches mutuos que ensanchan la brecha entre las dos mujeres más importantes de SC&P (con permiso de Meredith). Una brecha ya de por sí amplia, como hemos comprobado minutos antes durante la incómoda reunión con los representantes de una empresa de medias (en la que Joan sale peor parada, mientras Peggy disfruta de cierta “inmunidad” ante los babosos empresarios). Peggy es la cabeza visible de la corriente de pensamiento que viene a decir “las mujeres podemos hacer el trabajo de los hombres” y que en cierto modo quiere decir “para triunfar, las mujeres podemos (y quizás debemos) comportarnos como los hombres” (aunque como es el caso, esto no es suficiente para ganarse el respeto del sexo opuesto); por esta razón, Peggy logra camuflarse en ese mundo masculino, desde el que excusa el comportamiento de sus “colegas” juzgando la forma de vestir de Joan. Por otro lado, Joan simboliza (lo quiera o no) el feminismo que, entre otras cosas, lucha por derrotar los obstáculos de la mujer con atributos tradicionalmente asociados a la feminidad, para ser tomada en serio como autoridad sin necesidad de alterar su aspecto o su comportamiento (al contrario de lo que piensa Peggy, es posible vestir así y “tener ambas cosas”). A continuación, cada una lidia a su manera con la realidad que han escogido o les ha tocado vivir, afectadas por la discusión más de lo que quieren reconocer: Joan se reafirma en su postura derrochando su fortuna en fabulosos vestidos de alta costura y la “inconformista, pero divertida y valiente” Peggy acude a una cita a ciegas en busca de validación y del amor que ha dejado a un lado por el trabajo, es decir, para tratar de encontrar un atajo hacia su vida no vivida.

Peggy Joan Severance

Quien sigue oponiendo resistencia al cambio al que invita la nueva década es Don, el enigmático y sofisticado caballero que solo se desgomina ante una mujer en la cama (o en el callejón oscuro detrás de un diner). Nuestro habitualmente sombrío protagonista atraviesa una etapa de dicha y laxitud impropia de él. Disfruta de la compañía femenina como siempre, pero con la diferencia de que esta vez está soltero y es totalmente libre para ir de flor en flor sin tener que esconderse (no es que antes se le diera muy bien ocultar sus devaneos adúlteros, pero ya me entendéis). Incluso le ha cogido el gusto a contar batallitas sobre su pasado, es decir, sobre el de Dick Whitman. Sin embargo, la sombra de la muerte siempre está presente en Mad Men y Don es un hombre con demasiados fantasmas, uno que además es un fantasma en sí mismo, alguien que vio morir al verdadero Don Draper y asumió la identidad de un muerto. Por eso, aun cuando Don está contento, Don parece triste y perdido.

Mad Men lleva varias temporadas insistiendo en explorar la realidad de su protagonista y el mundo en el que habita haciendo uso de la lógica y el lenguaje onírico. En este sentido, las escenas de Don en “Severance” poseen un aire de surrealismo y fatalidad propio de los sueños (de los sueños draperianos concretamente) que vuelve a empujar la serie hacia La dimensión desconocida (como admite el propio Weiner en esta entrevista). No es la primera vez que los muertos se comunican con Don, de hecho lo llevan haciendo desde hace mucho tiempo (Adam Whitman, Anna Draper, Bertram Cooper). Al fin y al cabo, como hemos dicho ya, su condición de “muerto en vida” le proporciona línea directa con el Más Allá. Pero en esta ocasión, la visita de un fantasma posee un carácter premonitorio (recordad que Don también ha visto a Megan en estos instantes de parálisis del sueño).

Don Draper Severance

Rachel Katz (Maggie Siff), una de las primeras mujeres con la que vemos a Don Draper fuera de su matrimonio con Betty durante la primera temporada, se le aparece en un sueño. Al día siguiente, Don descubre que Rachel ha fallecido, y visita a su familia durante el periodo de Shiv’ah (duelo de siete días propio de la religión judía). Allí, la hermana de Rachel le presenta con resentimiento y hostilidad su “vida no vivida“, una dimensión alternativa en la que Don observa cómo podría haber sido su futuro (su presente) si Rachel, la primera persona a la que le confió el secreto de su pasado, hubiera aceptado su proposición de huir juntos. Don regresa así a su forma natural de aturdimiento y confusión, deambulando como siempre en estado de trance, tratando de encontrar sentido a la muerte, y por tanto a la vida, moviéndose entre escenarios en los que cada vez es más difícil discernir sueño y realidad (es muy posible que tanto ese diner tan “Nighthawks” de Edward Hopper como la camarera solo existan en su mente, que ahora busca a Rachel, ¿o a Megan?, en todas las mujeres). Y mientras Don se plantea si es posible vivir la vida que decidimos no vivir, si esto es todo y no hay más oportunidades, Weiner nos ofrece la respuesta solo a nosotros, en forma de canción, “Is That All There Is?” de Peggy Lee: “Si eso es todo lo que hay, amigos míos, sigamos bailando, saquemos la bebida y celebremos una fiesta”.

 

Concurso Mad Men: Consigue un vinilo de “Zou Bisou Bisou” + un pack de la Temporada Final, P.1

 Este concurso ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros concursos.

temporada final

El próximo 5 de abril da comienzo en Estados Unidos la segunda parte de la temporada final de MAD MEN, 7 episodios en total con los que los seguidores de la serie creada por Matthew Weiner llegaremos al fin de una era. Tan solo un día después, el 6 de abril, CANAL + Series estrenará en exclusiva el primer episodio (en VOS).

Para celebrar el final, o más bien el recorrido, de una de las series más aclamadas de la historia de la televisión, fuertecito no ve la tele y eOne Spain os hemos preparado un concurso muy especial.

Tenemos un lote madmeníaco consistente en 1 pack en DVD de la Temporada Final, Parte 1 + un disco vinilo (7″) edición coleccionista en vinilo rojo de “Zou Bisou Bisou” de Megan Draper, que además de la icónica canción que Jessica Paré interpreta para Don en “A Little Kiss” (5×01), incluye el tema principal de la serie en la cara B. Un objeto de coleccionista con verdadero encanto vintage ideal para los fans de la serie (incluso aunque no tengáis tocadiscos).

zou bisou bisou

 

Para participar en el sorteo de este lote Mad Men, lo único que tenéis que hacer es responder en esta entrada a la siguiente pregunta:

¿CÓMO TE GUSTARÍA QUE TERMINASE MAD MEN?

Y atención, porque si queréis doble participación y por tanto más oportunidades de ganar, además de responder a la pregunta aquí, dejad un comentario en cualquiera de las entradas de #fnvlt sobre Mad Men que encontraréis aquí.

 

BASES

unnamed-1– De entre todos los participantes elegiremos un ganador o ganadora (via Sortea2) que se llevará totalmente gratis 1 pack de Mad Men – Temporada Final, Parte 1 en DVD, cortesía de Entertainment One Films Spain, más un disco vinilo promocional de “Zou Bisou Bisou”. El ganador recibirá los premios en su casa sin ningún gasto por su parte.

– El participante debe incluir su correo electrónico en el formulario de respuesta del blog (no aparecerá público) y se recomienda firmar con nombre y apellido (los pseudónimos son válidos).

– Sólo contará una participación por dirección IP, las respuestas desde la misma IP con distinto nombre serán marcadas como spam.

– Asimismo, sólo contará un comentario en cualquier entrada de Mad Men en fuertecito no ve la tele que se realice posteriormente a la publicación de este concurso.

– El plazo para participar en el concurso finaliza el viernes 10 de abril de 2015 a las 23:59 (hora peninsular española). El ganador será anunciado a partir del día siguiente en la página de Facebook de fuertecito no ve la tele.

– Concurso válido sólo para España (península e islas).

– fuertecito no ve la tele se reserva el derecho de modificar o anular el concurso si fuera necesario.

¡Mucha suerte!

 

MAD MEN: La Temporada Final, Parte 1, es el principio del fin para una de las series más aclamadas de la historia de la televisión. Ganadora de cuatro premios Emmy® a Mejor Serie Dramática, y de tres Globos de Oro® consecutivos, Mad Men se acerca a su desenlace con la primera parte de la séptima y última temporada, a la venta en España a partir del 3 de diciembre en formato Blu-ray y DVD, de la mano de Entertainment One Films Spain.

Situada en el fascinante mundo de la década de los 60 en Nueva YorkMad Men sigue la vida de Don Draper (Jon Hamm, ganador del Globo de Oro®), su familia, y los publicistas de la Calle Madison. Como suele ser habitual, la temporada final de Mad Men se caracteriza por los cambios que tienen lugar tanto en el interior de los personajes como en la sociedad norteamericana en el crucial año 1969. La Temporada Final, Parte 1 de Mad Men incluye algunos de los episodios mejor valorados de la trayectoria de la serie, como “The Strategy” y “Waterloo“.

MAD MEN 7 BLUREPARTO: Jon Hamm, Elisabeth Moss, Vincent Kartheiser, January Jones, Christina Hendricks, Aaron Staton, Rich Sommer, Kiernan Shipka, Jessica Paré
IDIOMAS: 5.1 DTS HD Castellano e inglés
SUBTÍTULOS: Castellano e inglés
DURACIÓN: 336 minutos
FORMATO DE PANTALLA: 16:9
FORMATO DE LA IMAGEN: 1:1 1.78
BLU-RAY: 2 BD50
HD: 1080p24
EXTRAS: Los derechos de los homosexuales. Parte 1
Los derechos de los homosexuales. Parte 2
Tecnología 1969
Juicio de los Ocho de Chicago. Parte 1
Juicio de los Ocho de Chicago. Parte 2
Las mejores cosas de la vida son gratis

 

Información y contenidos de MAD MEN – TEMPORADA FINAL, PARTE 1 en DVD

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Todo sobre MAD MEN en fuertecito no ve la tele

 

Mad Men 7.07 “Waterloo”

Mad Men Waterloo

La Luna es de todos

En cierto modo seguimos sentados a la mesa de Burger Chef junto a Don, Peggy y Pete. “Waterloo“, la mid-season finale de Mad Men (nos vemos en 2015) continúa explorando el amplio concepto de familia que desarrolló en el episodio anterior, para levantar un final alrededor de un (otro) acontecimiento histórico que cambiará el mundo para siempre: el primer alunizaje el 20 de julio de 1969. En “Waterloo” observamos, casi como si estuviéramos llevando a cabo un estudio antropológico, a los distintos núcleos familiares de Mad Men sentados al televisor, reunidos para presenciar el primer paso del hombre en la Luna, el último y definitivo símbolo a finales de los 60 de que el futuro ya ha llegado. Un instante eterno cuya trascendencia resuena en el silencio más absoluto y elocuente de los personajes.

Una de esas familias que cenan viendo cómo Neil Armstrong hace historia es la de los creativos de Sterling Cooper & Partners, que se han embarcado en una última aventura aérea (no hay duda, Mad Men está “redefiniendo el término primera clase“) para vender su anuncio de televisión a Burger Chef y captarlos como clientes. Antes del viaje, Jim Cutler entrega a Don un aviso por incumplimiento de contrato. En este episodio, Cutler actúa más que nunca como si fuera el villano de la función -aunque sabemos que en el fondo lo que pasa es que él es quien menos reparos tiene en mostrar abiertamente sus prioridades, seguido muy de cerca por Joan. El aviso lleva a Don a evaluar su futuro en la agencia, y también el de Peggy. En un precioso y desinteresado gesto (desinteresado, pero no exento de la satisfacción de volver a desobedecer las órdenes de Cutler & co.), y con el bache entre los dos definitivamente atrás, Don cede la presentación a Peggy, abrazando así el cambio y reconociendo la importancia de su trabajo en la agencia, así como el largo camino que ha recorrido -“Nunca has visto una presentación mía” “He oído cosas”. La sincera mirada de orgullo que Don regala a Peggy es mucho más que un testigo profesional, es el momento más importante de su relación.

Mad Men Waterloo Burger Chef

Peggy se lamenta porque no hay alcohol en su habitación del hotel para calmar los nervios –Elisabeth Moss debería romper la norma y llevarse el Emmy a mejor actriz cómica y dramática por la misma serie. No importa, al día siguiente Peggy realiza una presentación impecable, de las que ponen los vellos de punta, un discurso tan desnudo y vulnerable como calculado y profesional. Una historia llevada a su terreno, redimensionada por su dulcemente asertiva voz, en la que canaliza su dolor personal (la acongojante despedida de su vecino, que simboliza una vez más su renuncia a la maternidad años atrás), y conecta con el acontecimiento que unió a todo el país la noche anterior para entonar un pitch perfect. Como una prodigiosa narradora, como una publicista aún mejor. Es decir un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la mujer.

Lo que lleva a Don a retirarse de los focos es una serena y melancólica conversación telefónica con su mujer, una despedida ahogada por la derrota del matrimonio, por el que Megan ya no puede luchar más y que Don finalmente acepta, no sin antes recordarle (la naturaleza de) su amor por ella: “Siempre cuidaré de ti“. Gracias a las palabras de su mujer, Don comprende que el último movimiento de ficha de Cutler para deshacerse de él podría ser la señal definitiva para asumir que va siendo hora de pasar página, algo que ella necesita hacer con su relación. Pero ya sabemos que si hay algo por lo que Don cree que merece la pena luchar es por su trabajo, por aquello que le ha propiciado la fachada bajo la que vive desde que dejó de ser Dick Whitman. Por eso recurre a su amigo Roger, que orquesta una suerte de golpe de estado para ayudar a Don a recuperar su status en la agencia mientras él conserva su lugar en la cadena de mando. Se trata de una nueva fusión empresarial, una compra externa que garantiza la inmunidad de Don, y hace millonarios a los socios. Joan y Pete, con símbolos del dólar en sus ojos, aceptan encantados la oferta; Ted, abatido porque desea abandonar el mundo de la publicidad, no tiene más remedio que comprometerse cinco años más con la vida de la que necesita huir -“No tienes que trabajar para nosotros, pero tienes que trabajar”; y Cutler opone resistencia, pero acaba votando al partido ganador, porque “es mucho dinero” (lo que decíamos de las prioridades). Por otro lado, Harry Crane, oficialmente el saco de boxeo de la agencia, se pierde la fiesta por poco, para gozo de Roger y los demás (nosotros incluidos).

Mad Men Waterloo Cooper

El último voto, el de Bertram Cooper, queda nulo por su repentina muerte durante la noche de la llegada del Apolo 11 a la Luna. Según cuentan, el tierno y pintoresco Cooper fallece en el sofá, junto a su familia (la criada) y después de haber oído el que probablemente sea el mejor eslogan de la historia (“Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad”). Cooper se marcha de SC&P cuando la agencia ingresa en una nueva etapa de cambios estructurales, contribuyendo a ellos (técnicamente no es una season finale, pero esto nos indica que en realidad lo es), y Matthew Weiner nos tiene reservada una despedida para el personaje que será difícil olvidar. En la última escena de “Waterloo”, Don vuelve a estar en lo más alto, vuelve a ser el Don Draper triunfador, el que todos respetan y admiran, pero la ilusión dura muy poco. En una visión que vuelve a conectar a Don con la muerte, Cooper se le aparece como fantasma y le dedica un número musical (¿cuando las ensoñaciones se vuelven más vívidas y estrambóticas quiere decir que está más cerca de Ella que nunca?) En lo que es un homenaje a la etapa profesional de Robert Morse como actor de Broadway, Cooper protagoniza un optimista y a la vez agorero número musical coreografiado ante la atónita mirada de Don, bajándole de la nube y recordándole que “la Luna es de todos” y “las mejores cosas de la vida son gratis“. Sin ir más lejos, una de esas cosas es aquel “te quiero” de Sally, a la que su padre llama en la familiar noche del 20 de julio. Puede que Don haya conseguido lo que quería, pero, ¿es lo mejor para él? Esa niña que es “muchas personas” pero empieza a saber quién las lidera y encuentra su camino, que se hace mujer y mimetiza a su madre al fumar pero conserva la determinación y autoridad de su padre (Sally besa al nerd, no al jock) lo es.

Con la secuencia musical que cierra “Waterloo”, Mad Men nos recuerda que las mejores series son aquellas que poseen (y conservan a lo largo de los años) la capacidad para sorprender, y no cabe duda de que estamos ante una de las series más consistentemente sorprendentes de la historia de la televisión. Este año hemos confirmado que con Mad Men podemos llorar (por todas las razones del mundo), reír (a carcajadas)… y, por qué no, también bailar. Así que para celebrar el fin de esta etapa y pensar en “lo mejor de la vida”, apagad la tele. Y danzad, danzad, malditos.

Mad Men 7.06 “The Strategy”

The Strategy Mad Men

A la mesa

De una manera u otra, casi todas las series de televisión nos hablan de la familia, ya sea la que forman los lazos biológicos y de parentesco, o la que muchos llaman “familia creada” o “familia elegida“, aquella compuesta por las amistades que forjamos durante la adultez y/o nuestras relaciones laborales. En televisión hemos comprobado cómo la ficción se transformaba para reflejar los cambios de la sociedad, y de esta manera, las series dejaban progresivamente de centrarse en la familia nuclear para empezar a hablarnos de una infinidad de variantes, monoparental, con padres del mismo sexo, y sobre todo, la mencionada familia creada, concepto que hoy en día sostiene los discursos emocionales de casi todas las series. Con “The Strategy” (7.06), Mad Men reflexiona sobre estos grandes cambios en una temporada que nos está hablando acerca del amor en todas sus manifestaciones.

“Odio la palabra familia. Es tan difusa”, dice Pete Campbell hablando sobre el spot televisivo que vertebra “The Strategy”, anuncio para una cadena de hamburgueserías en el que Don Draper y Peggy Olson están trabajando. Y de eso se trata precisamente, de la difuminación de los parámetros que definían a la familia tradicional a finales de los 60, del momento en el que el término pasaba de significar unos valores muy concretos (los de la familia de Norman Rockwell) a convertirse en un concepto polisémico. Como dice Peggy, “¿acaso sigue existiendo esa familia que se sienta a la mesa a comer y se miran los unos a los otros, en lugar de mirar al televisor?“. Desde hace varias temporadas, Mad Men identifica la televisión como uno de los más importantes agentes del cambio -podríamos extrapolar esta idea a la actualidad, con Internet y los dispositivos móviles. El inminente ascenso de Harry Crane a socio en Sterling Cooper & Partners es reflejo de ello. La tele lo cambió todo, y la tele nos lo está contando, como siempre.

Megan Don The Strategy

En Mad Men hemos observado cómo la familia nuclear ha pasado a estar en peligro de extinción. Lo más parecido que tenemos es el hogar de los Francis (que muy significativamente no forman parte de este episodio), y ya sabemos que no atraviesa por su mejor momento. El resto de entornos domésticos de los personajes sirven en “The Strategy” la función de ilustrar la(s) naturaleza(s) de esa nueva familia. Don y Megan son una pareja moderna, urbanita, sin hijos en común, pero con niños de un matrimonio anterior; la (¿definitiva?) marcha de Megan supone por ahora el fracaso de esta familia en concreto, condenada por el pasado, a pesar de epitomizar el presente. Pete y Trudy, otrora constructo artificial de la familia ideal, y técnicamente aún casados, representan el estigma del divorcio, la asimilación del mismo en la sociedad y la división de la familia en dos ambientes parentales; Trudy prospera tras la separación, pero Pete sigue encarnando los valores más retrógrados. Y por último, Joan es la madre soltera que cría a su hijo con la ayuda de la abuela.

Después de ser mencionado en casi todos los episodios previos de esta temporada, el enigmático Bob Benson protagoniza su regreso a Mad Men, y lo hace por todo lo alto. Benson reaparece por cuestiones de negocios, pero su presencia en “The Strategy” tiene que ver sobre todo con el tema central del episodio. En una visita casual al hogar de las Holloway, el “Tío Bob” le pide matrimonio a Joan. Sin embargo, la declaración no es sino una propuesta de colaboración para beneficio mutuo, un matrimonio concertado para que ella escape a la condena de la madre soltera y él pueda vivir la vida que realmente quiere junto al hombre que ama (sea este el compañero al que saca de la cárcel por conducta indecente o un futuro pretendiente), sin preocuparse de la presión social o vivir condicionado por el miedo. Es decir, Bob ofrece a Joan un pacto en forma de escaparate de familia clásica, una fachada que el discurso de Mad Men se empeña en derribar desde hace mucho tiempo. Por eso Joan rechaza la propuesta -“Yo quiero amor, y prefiero morir esperando a que llegue que concertarlo“, y en un precioso y compasivo gesto de amor, anima a Bob a hacer lo mismo -“No deberías estar con una mujer”-, adelantando así dos clases de familia alternativa que definirán nuestro panorama social actual.

Bob Joan The Strategy

Además de las tres familias mencionadas, “The Strategy” se centra en la fascinante dinámica que siempre ha existido entre Don y Peggy (el corazón de Mad Men), remitiéndonos indudablemente a uno de los episodios más aclamados de la serie, “The Suitcase” (4.07), con el que comparte una premisa similar: Peggy se pasa la noche en vela atormentada por la idea para el anuncio de Burger Chef, ya que saca partido de la sumisión y la culpa de la esposa y madre moderna, y fomenta la perpetuación del sistema patriarcal – algo que sigue achantándola en la oficina, como se demuestra cuando Pete le da la no-opción de ceder su papel en la presentación a Don. Para encontrar un nuevo punto de vista recurre precisamente a él, con quien trabaja toda la noche para rediseñar el spot. La tensión que ha existido últimamente entre ambos personajes se disipa poco a poco, destapando la confianza y admiración que sienten el uno por el otro.

En otro momento de extrema vulnerabilidad esta temporada, Don se sincera -“[Me preocupa] no haber hecho nada, no tener a nadie”- y Peggy, evidentemente atormentada por el recuerdo de su hijo (de ahí que el anuncio, basado en la culpa de la madre, no le dejara dormir), se cuestiona su validez. Cuando recurre a la relación entre estos dos personajes, Mad Men brilla con un lustre especial, y logra afectar a otro nivel. Es inevitable acordarse también de “The Other Woman” (5.11), otro capítulo en el que Don y Peggy se abrían el uno al otro y se mostraban, a su manera, lo mucho que se respetan, y sí, lo mucho que se quieren. Después de consolarse mutuamente, los dos encuentran juntos un remanso de paz, y al son de “My Way” de Sinatra, bailan abrazados. El paternal beso de Don en la cabeza de Peggy es el gesto que convierte esta escena en una de las más hermosas y conmovedoras que hemos visto hasta ahora en Mad Men.

Peggy Don The Strategy

Don y Peggy también representan ese tipo de familia moderna de la que habla el episodio. Además de tener una evidente relación paterno-filial basada en la protección (de él hacia ella) y el respeto (no siempre mutuo) después de una relación de mentor-aprendiz, son compañeros de trabajo, conviven a diario en el mismo lugar y comparten el mismo universo de experiencias y normas. De ahí obtiene Peggy la idea para reconfigurar el spot, actualizando lo que define a la familia tradicional y aplicando su esencia a la familia creada o elegida: “¿Y si existiera un lugar al que poder ir, en el que no hubiera televisión, donde aparcar las diferencias y en el que cualquiera que esté sentado a la mesa contigo fuera tu familia?” K. Dale Koontz argumenta que lo que convierte a unos simples compañeros de trabajo o colegas en una familia es el uso común de la mesa a la hora de la comida o la cena, como lugar para encontrar y estrechar los lazos entre ellos. Con el increíble plano final de “The Strategy”, en el que vemos a Don, Peggy y Pete sentados a la mesa en Burger Chef, como una más de las familias tradicionales que comparten allí su cena, Mad Men identifica, de forma alegórica dentro de su relato de ficción, el justo instante en el que el mundo cambió para siempre, y nos cuenta, como ninguna otra serie o película lo ha hecho jamás, cómo se convirtió en lo que es ahora.

Mad Men 7.05 “The Runaways”

Peggy Ginsberg The Runaways

“He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura”
-Allen Ginsberg, Aullido (1956)

La dimensión desconocida

A estas alturas, todavía los hay que dicen que en Mad Men no pasa nada. Para ser justos, seguramente estos descreídos son los que se bajaron en la primera temporada y se limitan a repetir la misma cantinela año tras año. Si hay una serie de televisión en la que siempre esté pasando algo, ya sea lo que ocurre ante nuestros ojos o lo (no siempre tan) oculto en las muchas capas que la conforman, esa es Mad Men. Pero además de este constante (y emocionalmente estresante) devenir, la serie de Matthew Weiner nos golpea de vez en cuando con instantes de gran impacto, generalmente relacionados con la violencia (en sus muchas vertientes) y el sexo, que sirven como revulsivo y nos deja al descubierto la realidad sobre esta historia, que no cesa ni un segundo de contarnos algo.

El pezón automutilado de Michael Ginsberg en “The Runaways” nos remite a aquel inolvidable accidente con la cortadora de césped en SCDP (salvando las distancias), nos recuerda otros sangrientos y macabros acontecimientos en la serie, ya sean producto del azar o reflejo de una mente atribulada (Betty escopeta en mano, Peggy apuñalando a Abe con un arpón, Lane ahorcándose) y nos dice que el relato de Mad Men está regido por una enorme violencia contenida que necesita salir a la superficie de cuando en cuando para poder seguir adelante. El nipplegate de Ginsberg nos confirma algo que sabíamos de sobra: En Mad Men todo, hasta lo más insignificante y aparentemente fortuito, ocurre por una razón. Veamos por qué.

Peggy The Runaways

Que Ginsberg no tenía la cabeza bien amueblada es algo que sabemos desde su primera aparición en la serie, en el episodio “Tea Leaves” (5.03). Cuando echamos la vista atrás y recordamos sus palabras, las de un profeta o un loco (tanto monta, monta tanto) a quien nadie toma en serio, todo adquiere sentido. “No elegí esta profesión, ella me eligió. Yo no tuve ningún tipo de control sobre ello” -con el tema del futuro, Mad Men está entregándose ahora a lo literal, Ginsberg lleva haciéndolo desde el principio. Cuando Peggy le dice que se está describiendo como una persona normal, él confiesa que nadie lo había “acusado” de algo así jamás. Ginsberg también cuenta a Peggy -convertida desde ese momento en el recipiente de sus desvaríos- que suele pasar horas hablando a la radio (no por radio), y en el episodio “Far Away Places” (5.06) le confiesa que viene de Marte, en una escena en la que creemos que se nos está hablando sobre ella a través de él, cuando en realidad nos está ocultando a simple vista al verdadero Ginsberg, y adelantado así los acontecimientos de “The Runaways”:

Michael: I’m from Mars. It’s fine if you don’t believe me, but that’s where I’m from. I’m a full-blooded Martian. Don’t worry, there’s no plot to take over Earth. We’re just displaced. I can tell you don’t believe me. That’s okay. We’re a big secret. They even tried to hide it from me. That man, my father, told me a story I was born in a concentration camp. But you know that’s impossible. And I never met my mother because she conveniently died there. That’s convenient. Next thing I know, Morris there finds me in a Swedish orphanage. I was 5; I remembered. And then I got this one communication. A simple order: Stay where you are.
Peggy: Are there others like you?
Michael: I don’t know. I haven’t been able to find any.

Estos arrebatos de franqueza han sido siempre percibidos como el producto de una personalidad excéntrica, impulsiva e inmadura, y también como síntoma inequívoco de una profunda soledad. De una manera o de otra, su esquizofrenia ha sido amortiguada e ignorada, quizá porque la hemos experimentado en relación a la revolución social de los 60, con todos los efectos lisérgicos y psicodélicos que también hemos visto en otros personajes. Lo pintoresco de sus relatos y profecías no lo era tanto comparado con lo que ocurría a su alrededor. Es decir, cuando Ginsberg mostraba su vertiente alucinada y conspiranoica, no nos extrañaba demasiado, porque el mundo entero se estaba volviendo loco. Pero resulta que Ginsberg estaba enfermo de verdad, y ha terminado abandonando SC&P en una camilla, con una protuberancia menos.

Lou Jim The Runaways

En “The Runaways” vemos a Ginsberg finalmente vencido por el terror y la paranoia. En una de las escenas centrales del episodio, que parece directamente sacada de una historia de The Twilight ZoneMichael cree desenmascarar la conspiración que existe tras los ordenadores. Extendiendo el homenaje a 2001: Una odisea del espacio que comenzó en “The Monolith“, Michael se convierte por un momento en HAL 9000, y como la inteligencia artificial de Kubrick (el único personaje que muestra verdaderos sentimientos humanos en 2001), intenta leer en los labios del enemigo, en una referencia directa a la película, el complot para destruir la agencia: las máquinas están volviendo homosexual a todo el mundo. Lou y Jim ya han caído, y él ha sido víctima de varios golpes del rayo gayzador que por ahora ha conseguido esquivar. En “The Monolith”, el ingeniero informático (recordad, el mismísimo Diablo según Don) decía que los ordenadores eran una metáfora de aquello que nos aterrorizaba. ¿No será todo esto una manera de bloquear sus propias pulsiones? Tendría sentido si pensamos en que Michael suele proyectar en otros lo que está ocurriendo en su mente.

En otro de los momentos clave de “The Runaways”, Ginsberg pregunta al informático (y al ordenador, que para él tiene consciencia) “¿Qué soy, Casandra?”. En la mitología griega, Casandra recibió de la mano de Apolo el don de la profecía, a cambio de un encuentro carnal que acabó traicionando. Como resultado, la sacerdotisa mantuvo su don de adivinación, pero fue víctima de una maldición por la cual todos la considerarían una loca y nadie creería jamás sus profecías. Aunque huelgue decirlo, sí, Ginsberg es Casandra -y también su análogo en los cuentos de hadas, Pedro y el lobo. Él cree que está advirtiendo a todos de la inminente revolución de las máquinas, de los peligros que les depara el futuro si siguen entregándose a la tecnología de otro mundo -probablemente haya acertado en sus profecías, ya sabemos lo que pasa cuando nadie escucha a un loco que predice el fin del mundo. Pero en realidad, de lo que les estaba avisando todo este tiempo con sus aullidos es de que es él quien no es de este mundo, que se ha desplazado por completo de este plano de la realidad, de esta dimensión.

Megan The Runaways

Aunque parezca que no, en “The Runaways” ocurren muchas más cosas. Don hace un trío con Megan y la mejor amiga de su mujer. La extrema sensualidad de la escena (una de las más provocativas que hemos visto en la serie) se ve contrarrestada por lo que hay detrás: Megan está celosa porque la reaparición de la sobrina de Don le recuerda que ella no es la persona que mejor conoce a su marido, y el trío es su manera de fabricar un secreto, una vida oculta sobre la que ella tenga algo de control, además de una posible solución al problema de faldas de Don -si Megan se encarga de escoger esas faldas, quizás pueda contener el problema.

Por otro lado, Don descubre gracias a Harry Crane que los socios de SC&P planean un golpe para echarlo definitivamente de la agencia, y recuperando su gloria como creativo, traza un ingenioso plan que le garantiza inmunidad en SC&P y de paso deja a sus jefes en pañales. The Man Is Back. Por último, Betty vuelve a sufrir el síndrome de la esposa maniquí cuando recibe un varapalo de Henry por salirse del guión establecido para mantener la fachada de su marido. Betty ya pasó por lo mismo con Don, y empieza a hartarse de vivir así otra vez. Betty quiere que la vean, como Sally. Cuando Henry las reprimenda por pelearse, cual padre que disciplina sus niñas, volvemos a darnos cuenta de que ambas están viviendo simultáneamente su revolución adolescente. Como de costumbre, “The Runaways” es un episodio de Mad Men repleto de acontecimientos y rebosante de subtexto, pero por esta semana el pezón de Ginsberg es el centro del universo, es un agujero negro que se traga la realidad y nos impide desviar nuestra atención hacia otra cosa durante más de un minuto.

Mad Men 7.04 “The Monolith”

The Monolith Don

All work and no play makes Don a dull boy

Todos los episodios de Mad Men poseen una o varias capas de simbolismo que envuelven el relato y nos hablan de los personajes desde un nivel extratextual. En una serie como esta, constantemente preocupada por reflejar el tiempo en el que transcurre la historia a través de marcadores cronológicos, las referencias a acontecimientos históricos y piedras de toque de la cultura son esenciales y constantes. A pesar de que en muchas ocasiones estas se pueden escapar en el primer visionado, hay episodios de Mad Men que ponen especial énfasis en el simbolismo, y pierden así algo de la sutilidad que suele caracterizar a la serie en este sentido. Es el caso de “The Monolith“, un capítulo destacable por el peso de las referencias en la trama y por lo claramente que dispone las metáforas para que el espectador no se las pierda: “It’s not symbolic.” “No, it’s quite literal.”

Es evidente que “The Monolith”, escrito por Erin Levy (esta vez sin la participación de Matthew Weiner) está altamente influenciado por la figura de Stanley Kubrick y su obra cinematográfica. Desde el mismo título se nos adelantan algunos temas de los que nos va a hablar el episodio. Incluso el monolito de 2001: Una odisea del espacio hace una aparición al comienzo del episodio (ver captura). Las puertas del ascensor se abren, y Don Draper, que regresa oficialmente a trabajar, se encuentra de frente con él. Esta figura negra y matemáticamente perfecta (que no es más que otra puerta de ascensor) nos habla (y a Don también, pero él no escucha, no entiende) del comienzo de una nueva era en SC&P, se convierte en una puerta espacio-temporal que nos conduce hacia el futuro, hacia lo desconocido, y que nos habla de la evolución, la de la agencia y la de sus trabajadores.

The Monolith Roger

Paralelamente, “The Monolith” explora (incluso ridiculiza) otro tipo de evolución de finales de los 60, el de la contracultura, que esta vez viene representada por la comuna de hippies a la que Roger Sterling acude para rescatar a su hija, Margaret, de las garras de la hipocresía que él mismo profesa -Sterling está inmerso en la revolución sexual de la que habla Philip Roth en la novela que Don lee en este capítulo, El mal de Portnoy, y sin ir más lejos, hace unas semanas lo vimos en la cama practicando el amor libre, en su propia “comuna”. Mirándolo por el lado bueno, es posible que Roger sea por fin consciente de sus errores como padre, y se haya dado cuenta de que para dejar de estar perdido (como todos en Estados Unidos al final de esa década) e incorporarse al futuro, deba dejar la senda de entumecimiento y abandono que ha tomado, aceptar el paso del tiempo y centrarse en ser padre y abuelo. Al fin y al cabo tiene una segunda oportunidad esperándole: su hijo con Joan Harris.

Volviendo al tema central del episodio, el monolito aparece porque Jim Cutler y Harry Crane han conseguido que los socios de SC&P aprueben la instalación de ordenadores en la agencia. Como siempre que algo amenaza con dejarlo obsoleto, Don está preocupado (e indignado). Primero porque el avance tecnológico que suponen esos ordenadores -que también evocan a 2001, ya que la tecnología retro ahora nos parece sci-fi– acabe desplazando al hombre y deshumanizando la sociedad. Segundo, y sobre todo, porque es otra señal de que, después de fundar la agencia y dedicarle tantos años, esta avanza hacia el futuro sin él. Don desea reformarse, expiar sus pecados, por su mujer y por sus hijos, y esto supone claudicar y asumir su nuevo papel en la agencia como un simple creativo más. Pero su rehab particular es un infierno, y sus compañeros no le ponen fácil la reinserción, recordándole (en un alarde de sucio power play) que ahora está por debajo de su ex aprendiz Peggy Olson. Peggy está tan orgullosa como aterrorizada de supervisar el trabajo de Don, de que los papeles se hayan cambiado y ahora él tenga que responder ante ella. Pero Don no soporta la tortura que esto conlleva, y la tentación vuelve a acechar.

The Monolith Devil

Aquí es donde Mad Men nos lleva de 2001 a otra película de Kubrick (posterior al tiempo narrado en la serie), El resplandor. Don deambula por la agencia (en varias escenas desierta como el hotel Overlook) negándose a realizar el trabajo que se le ha encargado, cayendo de nuevo en la bebida (ahora parece un auténtico alcohólico), y estableciendo un diálogo (implícito) con los fantasmas que lo acechan, al igual que Jack Torrance. Don está muerto en vida,  y “The Monolith” se asegura de que captemos la idea. Ha cesado de existir para sus compañeros y ahora ocupa el despacho de un hombre muerto, Lane Pryce, que no es más que una sala de espera junto a las puertas del Infierno. De él depende atravesarlas o no, y para ayudarle a tomar una decisión cuenta con lo que en dibujos animados estaría representado por un pequeño diablo y un ángel de la guarda a cada hombro.

El diablo es Lloydel técnico informático que le tienta para que rompa las normas que los socios le impusieron (está a punto de captar un nuevo cliente, algo terminantemente prohibido). Pero Don, ebrio, insólitamente esperpéntico (recordándonos al personaje de Jack Nicholson cuando pierde la cabeza en El resplandor) desenmascara al mismísimo Satanás: “You go by many names“. Freddy Rumsen es, quién lo iba a decir, el ángel que lleva a Don por el buen camino -en cierto modo también lo es Lane, que se manifiesta a través de la bandera de los Mets cada vez que Don escucha al Diablo. Rumsen le aconseja no asumir el fatídico destino que los demás quieren para él, y le recuerda que para regresar a la vida lo único que debe hacer es trabajar. Y eso es justamente lo que hace. Don acata finalmente las órdenes de Peggy, se sienta a su máquina de escribir y comienza a teclear, porque ha decidido que no quiere estar muerto, que quiere resucitar y vivir para ver el futuro.

Mad Men 7.03 “Field Trip”

Don Field Trip

Personæ non gratæ

It’s just a matter of time“, dice Betty Francis al final de “Field Trip” unificando las dos tramas centrales de un episodio que, más incluso que de costumbre, pone énfasis en el estruendo que producen las agujas del reloj al contar las horas. Lo único que le faltaba a Don Draper para poner orden en su vida (al menos desde su limitado punto de vista) era enfrentarse de una vez por todas a su amigo Roger Sterling y recuperar su trabajo. Después de una suculenta oferta de trabajo en Los Ángeles (entregada en sobre por un dúo que incluye una suerte de doppelgänger de Don), nuestro protagonista recibe el empujón de autoestima que necesitaba para acercarse a Roger y tratar de volver a Sterling Cooper & Partners. Es abril de 1969 y Don ha estado fuera de la oficina varios meses. A su vuelta, muchas cosas han cambiado, como él mismo comprueba al mirar puerta a puerta lo que el tiempo ha hecho con la oficina y con sus “compañeros” de trabajo.

La explosión cromática de los sesenta tardíos no es el único cambio que salta a la vista al recorrer SC&P después de una larga ausencia. El estrés habitual no ha desaparecido, pero su origen no se encuentra tanto en las tensiones de la estructura patriarcal de la empresa, como en el caos que supone derribarla poco a poco. Claro que todo se reduce a las apariencias, como siempre en Mad Men, y SC&P sigue siendo en el fondo el mismo lugar regido por los secretos y las mentiras, y también por los mismos hombres. “Tienes dura competencia, pero creo que eres el hombre más deshonesto con el que he trabajado jamás”, le dice Jim Cutler a Harry Crane aludiendo claramente a Don. Cutler condena la falta de honestidad, pero también es consciente de que esto es lo que vertebra su empresa, por eso hace campaña para que los socios inviertan en un ordenador (uno mágico con prestaciones de ciencia ficción que Crane se inventa), porque la creatividad y el arte ya no venden, lo que vende es el futuro, y para invertir en futuro es necesario desechar el pasado, es decir, darle la patada definitiva a Don.

SC&P

Don llega para recordar a todos que, aunque en teoría muchos hayan prosperado durante su excedencia, tantas otras cosas siguen igual que antes de su marcha. Sin ir más lejos, con el puesto de Joan, Dawn ha heredado el estigma de la secretaria eterna. Don ha comprobado con sus propios ojos que Dawn ha recibido una promoción, pero aún así le deja la gabardina y le pide un café (en parte porque ella ha seguido ejerciendo voluntariamente el papel de su secretaria), algo que a día de hoy le sigue ocurriendo a Joan, incluso con aquellos que están por debajo de ella en la cadena de mando. Don es persona non grata no solo porque su comportamiento hace unos meses trajera consecuencias nefastas para todos y amenazase con destruir SC&P, sino porque es el símbolo de lo anticuado, de la falta de progreso. Literalmente: Según los cálculos de Cutler, si readmiten a Don, la agencia estará entrampada con el pasado hasta 1973. Y lo único peor que un reloj que nos atormenta con su tic tac es un reloj parado.

“Field Trip” es un episodio cargado de hostilidad, repleto de escenas en las que los personajes no son bienvenidos o desentonan drásticamente en el lugar donde se encuentran. Don pasea, y espera, sobre todo espera, en SC&P, como una estatua regia y desubicada, el mismo gentleman de los 50 congelado en el tiempo, mientras Ginsberg y el resto de creativos (unos chavales todos) lo tratan con una confianza inusitada. Da igual si es porque la mayoría no lo quiere allí, o porque el trato de cordialidad por parte de los peones menoscaba su autoridad, Don es un pez fuera del agua.

Megan Field Trip Don

Todo esto ocurre después de que Megan lo eche de su casa al enterarse de que su marido ha estado mintiéndole, y no solo eso, utilizando esa mentira para no irse a vivir con ella. Es evidente que Don está prosperando en muchos sentidos, principalmente en el hecho de que por fin está haciendo algo para mejorar (“No estoy bebiendo tanto y no hay ninguna otra mujer”). Pero no es suficiente, sus actos, por mucha voluntad redentora que conlleven, siguen revelando a un hombre egoísta y cegado (“Sé cómo quiero que me veas”). Parece mentira que después de tanto tiempo, Don no conozca a su mujer, y no sepa qué es exactamente lo que quiere de él -claro que para ser justos, a veces yo tampoco sé qué es lo que quiere Megan, y dudo que ella lo sepa tampoco. Afortunadamente, la discusión con su mujer no despierta al viejo Dick Whitman -y de nuevo, no es por falta de oportunidades-, es más, sirve para que Don se haga más consciente de sus limitaciones y vulnerabilidades. Esto es en parte lo que le lleva a aceptar las duras condiciones de los socios de SC&P para firmar su reincorporación al trabajo. “Field Trip” concluye con un primer plano de Don Draper respondiendo con un simple “ok” a dichas condiciones. Sabemos que intenta enmendar sus errores, pero -como ocurre en su relación con Megan- no estamos tan seguros de que complacer, claudicar y decir que sí a todo conlleve entenderlos.

Por último, pero no por ello menos importante, Betty también se encuentra fuera de lugar durante este episodio. Nos reencontramos con la Sra. Francis en una cafetería, junto a Francine Hanson (su vecina cuando vivía con Don), que le está contando (restregando condescendientemente) las ventajas de ser madre trabajadora y formar parte activa de la vida moderna. Betty, orgullosa de ser old-fashioned (como la bebida favorita de su ex marido), y terca como una mula, se propone demostrarle (es decir, demostrarse a sí misma, es decir, autoengañarse) que es buena en su trabajo a jornada completa, ser madre. Por eso se apunta a acompañar a Bobby en una excursión a la granja, noticia que el niño, inocente de él, recibe con el mayor de los entusiasmos. Betty parece genuinamente ilusionada por compartir el día con Bobby, pero en realidad solo está reaccionando ante una ofensa. Sus actos no provienen del deseo de ser una buena madre para sus hijos (aunque es algo que evidentemente le preocupa), sino que son impulsos ególatras, al igual que ocurre con Don. Y su comportamiento y apariencia (va vestida para un brunch, no para el campo) lo confirman.

Bobby Betty

Lo que está haciendo Betty es preservar su perfecta fachada, después de ser juzgada por otra persona. Está claro que sufre de graves problemas de autoestima y está obsesionada con su imagen. No come delante de su marido, ni de sus hijos. Es más, apenas come, solo acompaña a su familia a la mesa, fumándose un cigarrillo. Es como ellos la ven, y por tanto es su única opción. No soporta no ser elogiada, admirada, o, peor aún, que alguien le haga más caso a otra que a ella -no cabe duda de que lo que Don rompió será difícil de arreglar. Por eso, cuando algo así ocurre, Betty reacciona como una niña inmadura y malcriada. A Bobby, que está acostumbrado a no ver a su madre comer (no nos extraña su cara de sorpresa cuando se presenta voluntaria a probar la leche recién ordeñada), ni siquiera se le pasa por la cabeza que el segundo sándwich de la bolsa que su madre ha preparado para la excursión sea para ella, por eso se lo cambia por chucherías a otra niña. Este acto inocente por parte del niño arruina lo que estaba siendo un día perfecto para Betty, y así se lo hace saber a Bobby, que está seguro de haber cometido un error irreparable.

Al final de “Field Trip”, Betty se lamenta, sinceramente confusa y hundida, de no saber por qué sus hijos dejan de quererla con el tiempo, y Bobby le dice derrotado a su padrastro: “Ojalá fuera ayer”. Si se cumpliera su deseo, estamos seguros de que Bobby actuaría de otra manera. En cambio, si Betty pudiera volver atrás en el tiempo, probablemente cometería los mismos errores, porque al igual que Don, no es consciente de dónde provienen.

Mad Men 7.02 “A Day’s Work”

Shirley Peggy

All You Need Is Truth

Es el día de San Valentín, pero en Sterling Cooper & Partners saben mejor que nadie de qué va esta celebración. Así que no es de extrañar que este capítulo de Mad Men se dedique a mostrarnos un ajetreado día de trabajo en la agencia de publicidad, donde sigue reinando el caos y la desorganización. Aunque en realidad trabajar se trabaja poco. “A Day’s Work” insiste en el tono más liviano del episodio anterior, y supone un capítulo dinámico y divertido, una de esas comedias de enredos que nos da de vez en cuando Mad Men, sobre la política de oficina en el umbral del cambio de década.

En “A Day’s Work” todos parecen distraídos, alterados (incluso más que de costumbre), Peggy no cumple sus plazos, a la división de la costa oeste (Ted y Pete) le falta motivación o se aburre, Bob Benson vuelve a ser mencionado (a mí me pone nervioso oír su nombre, y ya van dos capítulos seguidos), Roger pierde el tiempo (nada que no haga normalmente, claro). Nadie está en su momento más productivo. Y sin embargo, al final de esta jornada de no-trabajo, SC&P ha sufrido varios cambios importantes en su estructura, aunque sea de manera accidental y espontánea, y se encuentra en proceso de experimentar aún más transformaciones.

Dawn A Day's Work

Con permiso de Sally Draper, de la que hablaré más adelante, las protagonistas de “A Day’s Work” son las secretarias de Sterling Cooper & Partners. Las secretarias pasadas, presentes y futuras. Desde que tuviera su propia trama en “To Have and to Hold” (6.04) no hemos vuelto a saber mucho de Dawn. La secretaria de Don se revela en “A Day’s Work” como un carácter que no se achanta fácilmente, y un personaje que podría (y debería) dar mucho de sí en la recta final de la serie. Ella es la primera en decir unas cuantas verdades a la cara en un episodio que va precisamente sobre eso, la disyuntiva entre decir la verdad o mentir, y las razones para hacer una cosa u otra. Sin proponérselo, pero mereciéndoselo como nadie, Dawn asciende en la agencia, primero a la recepción y después a su propio despacho, donde ocupa el puesto de Joan como nueva encargada de personal. Las dos promociones de Dawn son el resultado de riñas entre sus superiores, de caprichos o racismo excusa de relaciones públicas, por lo que la justicia divina que supone su ascenso sabe aún mejor.

Además de Dawn, el episodio da protagonismo a otra secretaria negra de SC&P, Shirley, toda una visionaria, la mujer que lleva la moda de la minifalda al siguiente nivel. Ambas conforman una suerte de coro griego de Mad Men, burlándose de lo que observan a diario en la oficina, poniendo en evidencia a los retrógrados y racistas para los que trabajan, y descubriéndonos otro plano de existencia, incluso de consciencia, dentro de Mad Men. No hay más que ver la fantástica escena en la que ambas se cambian el nombre al dirigirse la una a la otra -“Hello Dawn/Hello Shirley”-, uno de los diálogos más sutilmente sangrantes y sencillamente efectivos que Matthew Weiner y sus guionistas han escrito en mucho tiempo.

Joan A Day's Work

La participación de Dawn y Shirley en “A Day’s Work” sirve además para, en contraste, explorar en mayor profundidad los papeles de Joan y Peggy en la oficina. Por un lado, Joan recibe recompensa a tantos años de esfuerzo, y esta vez logra ascender en la agencia por méritos propios, enmendando de alguna manera las circunstancias de su anterior promoción. Joan es diplomática, prudente, pero también asertiva, firme y ambiciosa, sabe cómo agradar a los jefes sin menospreciar a la vez a aquellas que están por debajo de ella en la cadena de mando. Las diferencias entre Joan y Peggy saltan a la vista cuando las observamos interactuar con Dawn y Shirley respectivamente. Joan es el cariño, el tacto, el soporte, y Peggy es la autoridad, la superioridad. Bien es cierto que su actitud en este capítulo está ligeramente caricaturizada en pos de la comedia, y que su comportamiento inconscientemente tirano está amplificado por su mal de amores -Peggy está más dividida que nunca entre su carrera y el amor-, pero la guerra de las rosas de Shirley nos sirve igualmente para sacar en conclusión que Peggy se ha olvidado completamente de quién fue. Está claro, Joan es una mad woman, Peggy una mad man.

Y hablando de mujeres, como adelantaba antes, “A Day’s Work” es también un episodio de Sally Draper. Y cuando Mad Men se centra en la hija de Don Draper se vuelve especialmente conmovedora y honesta. A la espera de la enésima recaída, y a pesar de que sigue sin moverse demasiado, Don parece realmente cambiado. Su aspecto es más pulcro y aseado, está midiendo lo que bebe (señala la botella para no pasarse de la cuenta), y en general, está controlándose para no volver a las andadas. Lo único que le hace falta es hacer algo ya con respecto a su situación laboral. Sally es su contacto definitivo con la realidad, la persona capaz de hacerle ver más allá de sus narices. Al principio le cuesta. Para él, su relación con su hija es casi exclusivamente económica, él ejerce como sustento, trabaja como padre cuando ella necesita sus servicios (ella va a casa de su padre a pedirle dinero, él le da unas monedas en el restaurante). Sin embargo, algo cambia para siempre en “A Day’s Work”. Por primera vez, ambos se respetan mutuamente y se tratan de igual a igual.

Don Sally A Day's Work

Al final del día, Sally sorprende a su padre con un “te quiero” que Don no sabe muy bien cómo procesar, porque le pilla sin la armadura puesta, porque no está acostumbrado al amor incondicional -aunque por primera vez Don recibe amor por ser él mismo-, pero sobre todo porque no es un “te quiero” cualquiera. No es una simple muestra de afecto de una hija a su padre. Es más bien un agradecimiento, y también un símbolo de aprobación y conciliación, el gesto decisivo para que Don se proponga ser mejor padre, mejor hombre. Desde que lo pilló infraganti con la vecina, lo único que Sally quería de su padre era que este dijera la verdad. Cuando Don le está escribiendo la nota para la escuela, ella le urge desafiante a hacerlo, y más adelante, cuando está hablando con su padre de su relación con Megan, Sally le pregunta, esta vez inocente, por qué no le dice directamente que no quiere mudarse a California. Está claro que ella está madurando deprisa, que ve mucho más de lo que los demás creen, y que sabe quién ser dependiendo de la situación o la compañía. Pero todavía no entiende muy bien por qué los adultos mienten constantemente, o cuál es la razón por la cual se comportan de manera tan ambivalente. Y quiere entenderlo, quiere entenderse a sí misma ahora que está cambiando, porque Sally es “muchas personas a la vez” (“I’m so many people”), como su padre, como todos los adultos que la rodean, y necesita saber por qué.

Mad Men 7.01 “Time Zones”

Megan Time Zones

Las cuatro P de Mad Men

Después de seis años de cambio y evolución, decir que Mad Men regresa a sus orígenes con su última temporada no es exactamente acertado. Pero lo que sí es verdad es que, tras una sexta temporada ahogada en la oscuridad y la turbación, caracterizada por el descenso a los infiernos de sus protagonistas (recordad, La Divina Comedia de Dante sirvió como armazón narrativo), la serie de Matthew Weiner vuelve decididamente más luminosa y relajada con su temporada final. Es sin duda el efecto del sol de Los Ángeles, esa ciudad tan “plana y fea” que sin embargo tiene el poder de cambiar a (casi) todo el mundo, y sobre todo, de hacer ver el tiempo pasar de otra manera. Pero no os confundáis, esto sigue siendo Mad Men al 100%.

Con “Time Zones“, Weiner se relaja en cuanto al fuerte simbolismo y a las constantes metáforas de las que se ayuda para contar su historia, y que cobraron una importancia capital durante las dos temporadas anteriores. Deja así mayor libertad a sus personajes, para que estos se muevan por su propio impulso, y no tanto por los designios del creador que maneja sus hilos. No es que Mad Men haya renunciado al clásico tejido narrativo de dobles (y triples) sentidos, ni a su brillante trabajo de caracterización literaria, nada de eso (seguimos asistiendo a la creación de un relato televisivo de precisión suiza), pero es como si Weiner se hubiera dado cuenta de que sus personajes necesitaban respirar, y ha decidido darles algo de aire y un poco más de espacio en este arranque de temporada.

Roger Time Zones

“Time Zones” es el amanecer después de una noche en vela atormentados por nuestros demonios, por las decisiones erróneas y las consecuencias de sucumbir siempre al comportamiento equivocado (lo que define sin duda a casi todos los personajes de esta serie). Una nueva mañana para retomar el trabajo, seguir adelante -hacia arriba a poder ser- y si queda tiempo, para pasearse en slow-moPorque Megan Draper es mucho, pero es mucho más a cámara lenta. Ese contoneo de la mujer de Don Draper saliendo del deportivo para recoger a su marido en el aeropuerto, a golpe de beat, con el sol haciendo brillar su imponente y vaporoso vestido azul, es quizás la escena más memorable de este “Time Zones”, lo que indica que, efectivamente, no pasa nada si nos tomamos las cosas con un poco de calma (como tampoco si nos reímos un poco a costa de la percepción de profundidad de Ken Cosgrove). Para ello, os invito a echaros en la hamaca para recordar las cuatro P de Mad Men, los puntos que nos ayudarán a reubicarnos en la historia y ver hacia dónde se dirige, pero sin agobios ni presiones, ¿de acuerdo?

Publicidad. “Time Zones” comienza con un pitch de Freddy Rumsen mirando a cámara, una ruptura de la cuarta pared que sirve de algún modo para reencauzar la serie y recordarnos (aunque no se nos haya olvidado en ningún momento) la importancia de los mecanismos publicitarios, de sus técnicas de engaño y seducción, en el desarrollo de los personajes (especialmente en Don), y ya de paso inaugurar oficial y explícitamente el último capítulo de la gran novela americana de Matthew Weiner: “Are you ready? This is the beginning of something”, nos dice el autor. En efecto, este es el principio del fin. Y por eso es importante regresar a donde comenzó todo, rascar hasta encontrarnos con la tesis original de la serie, solo que un tanto descargada de tragedia y gravedad: No importa quién eres, sino cómo te vendes. Así empezó esta historia, y esta es la idea que sigue dando cuerda al relato.

Pete Time Zones

Personajes. Desde que Don se encuentra de excedencia obligatoria, los personajes carecen de un contrapunto esencial en sus vidas, y esto les afecta positiva y negativamente. Sin Don, Peggy no tiene a ese mentor que le indique sin rodeos (pero desde el respeto y los celos profesionales) que también se equivoca. Sin Don, Joan parece más libre (también algo desubicada) para seguir avanzando como socia de la agencia, aunque le toque empezar por abajo, con clientes que acaban de dejar la pubertad. Es decir, Peggy necesita la mano dura de Don para desarrollar su potencial y tomar el control, Joan todo lo contrario, no necesita ningún hombre que la siga viendo como una secretaria. Y por último, sin Don, Roger está completamente sumergido en la vida loca de los 70 -aunque todavía estamos en enero de 1969. Ya vaticinamos que se acercaban las key parties, pero Roger se ha pasado directamente a la vorágine psicodélica del amor libre y multitudinario (Mad Men también vuelve más cochina que nunca, para muestra, la escena post-orgía de Roger). Claro que este itinerario ya estaba tomado antes de que Don se marchase de Nueva York. No hay duda, la revolución sexual ha estallado.

Los recientes cambios en Sterling Cooper & Partners y el paso a “bicostal” de algunos personajes ha afectado a la dinámica de la agencia (más dispersa que de costumbre) y evidentemente a los caracteres y comportamientos de los personajes. Pete está pletórico en su papel de yuppie soltero de oro (bañado en oro, se entiende) y ha asimilado el estilo angelino como la esponja que es (rubia de bote del brazo incluida). Y Megan lucha por su carrera como actriz, lo que continúa ensanchando la brecha generacional con su marido, y sigue sirviendo a Weiner como mecanismo para dirigirse a su audiencia y proporcionar jocosos comentarios metanarrativos: “No hace falta que te arreglemos los dientes”.

Peggy Time Zones

Peggy Olson. Ya hemos establecido en multitud de ocasiones que Peggy es la verdadera protagonista de Mad Men, por eso se merece su P aparte. Ella es el ejemplo más significativo de cambio en la serie (aunque también se ajuste a la fórmula publicitaria de crearse un yo para venderse mejor). Sin duda es el personaje que más ha prosperado desde el principio de la serie. Por eso es especialmente descorazonador contemplarla en su estado más vulnerable. En “Time Zones” vemos cómo Peggy se desenvuelve en SC&P con su nuevo jefe, que es otro tipo de sexista del que está acostumbrada a recibir órdenes. Y comprobamos que tiene sus límites y sus defectos: Peggy es terca como una mula, se cree intocable, y es muy mala perdedora, da igual si lo es de manera justa o no. Pero no es hasta el final del episodio, al quedarse sola en su apartamento, cuando se viene abajo y nos desvela hasta dónde llega la impotencia que siente por haberse topado con un muro blindado de acero que le corta el camino. El alcance de la desesperación de Peggy se manifiesta en un sutil instante en el que mira hacia arriba de rodillas llorando en el suelo, recordándonos que proviene de una familia profundamente católica. Elisabeth Moss nos regala con esta escena (y con todas las que la preceden) una de sus mejores interpretaciones hasta la fecha.

Don Time Zones

Paso del tiempo. Una de las grandes preguntas de Mad Men (y del 80% de las ficciones televisivas de calidad) es “¿Podemos cambiar?” y en concreto “¿Puede Don Draper cambiar?” No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de que el título del capítulo no solo se refiere a las zonas horarias entre las que ahora se mueven los personajes, sino a los distintos “tiempos” en los que viven. Como comprobamos el año pasado, Don y Megan no habitan en el mismo tiempo. Mientras el resto de personajes avanzan al compás de las transformaciones sociales del país, Don contempla cómo todo a su alrededor cambia y lo asimila pasivamente, dejando que el presente lo entierre poco a poco. Por eso en “Time Zones” seguimos viendo al protagonista recostado en el sofá mirando la tele en varias ocasiones. El mundo se mueve, pero Don Draper no se mueve con él. Y cuando decide dar un paso es para tropezar otra vez con la misma piedra.

Hasta hace poco, Don se ha esforzado por mantener en pie esa fantasía manufacturada por él mismo, pero cada vez tiene menos sentido seguir engañándo(se). Como le dice al personaje de Neve Campbell -que evoca al de Linda Cardellini y corrobora que Don tiene un tipo de mujer muy definido: “Ella sabe que soy un marido terrible”. Pero ese personaje no está ahí para hacerle recaer en sus vicios (de momento), sino para cumplir el ya tradicional papel de fantasma de las navidades futuras que avisa a Don, a través de analogías increíblemente concisas, del futuro que le espera si continúa afrontando así el paso del tiempo: “Estaba sediento. Murió de sed“. Volvemos a la secuencia de apertura del episodio y corroboramos lo que ya sabíamos. Durante el ensayo de pitch de los relojes Accutron (no hace falta señalar lo obvio), se está estableciendo un diálogo entre Freddy Rumsen y Don Draper, que, desolado y congelado en la terraza de su apartamento en Nueva York, también rompiendo la cuarta pared, se enfrenta a la gran pregunta que abre este capítulo final de Mad Men: “¿Tienes tiempo para mejorar tu vida?”

¡CONCURSO! Consigue la sexta temporada de MAD MEN en DVD

Este sorteo ya ha finalizado. Atentos a fuertecito no ve la tele para futuros sorteos.

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El próximo 4 de diciembre eOne Films Spain pondrá a la venta en España la SEXTA TEMPORADA DE MAD MEN en Blu-ray y DVD. Y para celebrar el nuevo lanzamiento de la mejor serie de televisión de los últimos tiempos, eOne y fuertecito no ve la tele os ofrecen la posibilidad de conseguir el pack de la Sexta Temporada completamente gratis.

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Sorteamos DOS packs en DVD de la Sexta Temporada de MAD MEN.

Para participar lo único que tenéis que hacer es crear un ESLOGAN PUBLICITARIO que describa lo que es para vosotros MAD MEN.

Poneos en la piel de Peggy Olson, Stan Rizzo, Michael Ginsberg o el mismísimo Don Draper, e imaginaos que tenéis que vender MAD MEN a una televisión, a una gran compañía o a un amigo que no la ha visto nunca. ¿Qué frase utilizaríais para englobar su esencia y engatusar al cliente? eOne lo tiene claro, su eslogan sería Mad Men es la mejor serie de todos los tiempos”. A fuertecito no ve la tele se le ocurrió otro: Mad Men, la cura para la serie común”. Ahora os toca a vosotros ser los mejores copywriters de Manhattan.

Podéis dejar vuestro eslogan en esta entrada o en esta foto de Facebook en la página de fuertecito no ve la tele.

Dos de vuestros eslóganes serán seleccionados al finalizar este concurso, y sus dos creativos responsables se llevarán cada uno un pack en DVD de la Sexta Temporada de MAD MEN, que recibirán en casa sin gasto alguno por su parte.

Podéis participar hasta el próximo viernes 6 de diciembre de 2013 a las 23:59 (hora peninsular española). El ganador será anunciado a lo largo del fin de semana en nuestra página de Facebook (aseguraos de que sois seguidores para estar al tanto de las novedades).

No olvidéis incluir vuestro correo electrónico en el formulario de respuesta (no será público).

Importanteconcurso exclusivo para residentes en territorio español.

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Recordad, a partir del 4 de diciembre estará a la venta en DVD y Blu-ray la Sexta Temporada de MAD MEN. “Don Draper (Jon Hamm, ganador del Globo de Oro® al Mejor Actor en una serie de TV) y los suyos vuelven a cautivar a la audiencia explorando la glamourosa “Edad de Oro” del mundo de la publicidad a finales de la década de los sesenta, en medio de un clima social en constante cambio”.

Creada y producida por Matthew Weiner (creador también de “Los Soprano”), “MAD MEN” cuenta en su haber con 67 premios y 150 nominaciones en sus seis años de emisión, incluyendo 2 BAFTA, 4 Globos de Oro y 15 Emmys.

A continuación los detalles técnicos de las ediciones y sus contenidos adicionales:

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MAD MEN – TEMPORADA 6 EN DVD

IDIOMAS 5.1 Castellano en inglés
SUBTÍTULOS Castellano e inglés
DURACIÓN 618 minutos
FORMATO DE PANTALLA 16:9
FORMATO DE IMAGEN 1:1.78

EXTRAS Los archivos del amor veraniego (Galería interactiva).
Recreando una época.
Encender, sintonizar, abandonar.

 

 

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MAD MEN – TEMPORADA 6 EN BLU-RAY

IDIOMAS 5.1 DTS HD Castellano en inglés
SUBTÍTULOS Castellano e inglés
DURACIÓN 618 minutos
FORMATO DE PANTALLA 16:9
FORMATO DE IMAGEN 1:1.78
BLU-RAY 3 BD50
HD 1080p24

EXTRAS Los archivos del amor veraniego (Galería interactiva).
Recreando una época.
Encender, sintonizar, abandonar.

 

Para terminar, os dejo con el dossier “Mad Men: La Sexta Temporada según Fuertecito”, donde encontraréis recopiladas todas las reviews de la sexta temporada que realicé durante su emisión en Estados Unidos, y que podéis leer también en su versión blog en la etiqueta Mad Men de fuertecito no ve la tele. Si necesitáis guía de episodios para acompañar vuestro pack en DVD, no tenéis que buscar más:

Mad Men: La Sexta Temporada según Fuertecito 

Mad Men 6.13 “In Care Of”

New York I Love You, But You’re Bringing Me Down

Clásico movimiento Weiner. Después de una temporada caracterizada por el mal agüero y la sensación de amenaza constante, Mad Men despide el agitado e intenso 1968 con un relato reflexivo y pausado salpicado de tristeza, melancolía, y un leve halo de esperanza, en la línea de anteriores season finales. Sin embargo, que a nadie engañe el tono sosegado y postclimático del episodio, “In Care Of” está cargado de acontecimientos y grandes cambios que, como viene siendo habitual, poseen un carácter epifánico que lleva a hacer balance sobre lo que ha acontecido a lo largo de estos meses, a la vez que preparan el terreno para el siguiente (el último) capítulo de esta gran novela americana.

En “In Care Of”, a la vez epílogo y prólogo, nos encontramos con personajes rendidos, exhaustos, en busca de refugio, de consuelo y aprobación, tratando de hallar algo o alguien a quien aferrarse “para no perderse en el caos del mundo”. La violencia in crescendo que ha articulado la temporada implosiona en una sucesión de acontecimientos que van de lo inesperado a lo catastrófico, pero que culminan de igual manera para todos los personajes: libertad y metamorfosis.

“Voy a dejar a mi mujer”, “No digas eso”. Peggy Olson y Ted Chaough no pueden frenar su historia de amor furtivo (y cliché, como ella claramente piensa). Pero las palabras de Don en “The Quality of Mercy” planean constantemente sobre la pareja prohibida. Peggy trata de tomar de alguna manera las riendas, castigando a Ted por su indecisión. Escote y minifalda de vértigo, y una cuestionable visita al despacho de los socios para lanzar un mensaje a su jefe: “Esto que te estás perdiendo lo va a disfrutar otro”. El chantaje sexual surte efecto y Ted aparece de madrugada en su apartamento. Después de una noche de pasión, Ted recapacita y decide no sacrificar a su familia por ella. La reacción de Peggy lógicamente conlleva furia y decepción, pero también culpabilidad y vergüenza: “Qué suerte tienes de poder tomar decisiones”, espeta a Ted, denunciando una vez más la clara desventaja en la que se encuentra ella. Quizá ahora que ha intentado ser una Marilyn -“¿Channel nº5?” “Es lo único que me pongo”- y ha fracasado, entienda un poco mejor a Joan. Ted se marcha a California, por lo tanto, Peggy es libre. Libre para recuperar su determinación profesional, y el rumbo de su carrera. Libre para ocupar el asiento de Don Draper.

Pete Campbell ha alcanzado un punto de no retorno. Sus devaneos con la mala vida draperiana al comienzo de la temporada, su separación de Trudy (y su consecuente castración), el ninguneo que sigue sufriendo en la agencia a pesar de sus constantes esfuerzos, la amenaza -por partida doble- del sibilino Bob Benson. Pete está agotado de vivir según sus propias expectativas y exigencias, y también está cansado de Nueva York. La gota que colma el vaso es la desaparición de su madre, después de casarse con Manolo, el sirviente recomendado por Bob -quizás su novio, quizás no. Dot se ha caído por la borda durante un crucero en la isla de Martinica. Evidentemente, Pete culpa a Manolo, cuya misteriosa desaparición confirma sus sospechas. Esto le lleva a descargar toda su ira sobre Bob. Sin embargo, el segundo impostor de SC&P contraataca con la calma y el oficio que a Pete le falta. A Bob se le da mucho mejor ser Pete que a Pete. Al igual que se le da mejor que a cualquiera ser Don, o Greg Harris, o mejor amigo de la mariliendres de Joan. Con el futuro inmediato de Pete en California, Bob es libre. Pero no tanto como Pete. Pete es libre porque se ha deshecho de todos los yugos que le asfixiaban. De la vida suburbana que creía que quería, de la presión de tener que contentar a su suegro, de la carga de su demente madre, de Sterling Cooper & Partners. Es su oportunidad para relajarse de verdad, y empezar de nuevo, aunque esto suponga admitir la derrota.

Por último, el karma consigue al fin clavar sus garras en Don Draper después de una temporada de decisiones egoístas e inconscientes, de traición y despotismo, de boicots a la agencia que le da de comer, y a todos aquellos que hasta ahora han transigido con sus impulsos y consentido sus caprichos. Y la primera de todos es Megan, que hasta ahora ha hecho la vista gorda por salvar su matrimonio, a pesar de que desde hace tiempo sabe que es una causa perdida. Nueva York está matando a Don, y por extensión, destruyendo todo lo que toca. No solo él ha llegado al último de los anillos del Infierno de Dante, sino que ha arrastrado consigo a los demás. Cuando Don propone a su mujer la oportunidad de mudarse a Los Ángeles -una disyuntiva tan propia de final de temporada o serie-, de volver a ser felices”, Megan no puede ocultar su entusiasmo, ni su alivio. No obstante, el primer acto (semi) altruista de Don esta temporada -ceder a Ted su puesto en Los Ángeles y quedarse en Nueva York- es lo que impulsa a Megan a romper sus cadenas y abandonar a su marido. A pesar de que era lo último que quería, Megan es libre de Don.

Sin embargo, puede que después de todo, Don tenga tiempo de pasar una temporada en la costa oeste. Los socios de SC&P han tomado una decisión sin él, como suele ocurrir a la inversa. Obligan a Don a que se tome unas vacaciones forzadas y no tardan en buscar un sustituto para él -“Going down?”, le pregunta muy oportunamente el candidato, que llega de la mano de DuckSC&P es libre de Don Draper. Y Mad Men llega al cénit de otra temporada que plantea un nuevo giro de 360 grados para la agencia de publicidad de la Avenida MadisonEl Enrique VIII de Sterling Cooper & Partners probablemente no recordará con claridad 1968. Para él siempre será una procesión de imágenes catódicas de guerra y mítines políticos, intercaladas por los cojines del sofá de su despacho. Sumido en un estado permanente de narcosis provocado por la irresponsable mezcla de alcohol y egolatría, Don obtiene su enésima epifanía tras una noche encerrado en una celda. Este instante de claridad tiene una réplica en la presentación para Hershey’s, que se convierte en un nuevo escenario improvisado para el enésimo monólogo de autoconocimiento de Don. Los aislados recuerdos felices de su infancia le aportan un nuevo punto de vista -“I’ve looked at the clouds from “Both Sides Now“-, le ayudan a reconciliar a Don y Dick. Y por segunda vez en su vida, piensa en sus hijos. Aunque sea durante un instante, Don es libre. De la obligación autoimpuesta de arrastrar un pasado oscuro y ocultar (en vano) cualquier atisbo del niño enclenque y asustadizo que fue. Don toma el control de su pasado, de su infancia, y lo utiliza para empezar a arreglarse, a reconstruirse. Lleva a Sally, Bobby y Eugene a conocer el hogar donde se crió, una casa de putas ahora en ruinas en un barrio afroamericano. Sally, conmovida y aturdida por el descubrimiento, ve por primera vez en su padre al niño que fue, y comprende, aunque solo sea un poco, al hombre que es ahora. Esta es la manera que tiene Don Draper de reconocer su enfermedad. Compartir estos recuerdos con su hija, permitir a Sally que “sepa algo de él”, es su primer paso hacia la cura.

Thence we came forth to rebehold the stars. 

Mad Men 6.12 “The Quality of Mercy”

La mano izquierda

Tenemos que hablar de Sally. Al final de “Favors“, la pequeña miss Draper descubrió a su padre en actitud carnal con Sylvia, la vecina. Al comienzo de “The Quality of Mercy” nos encontramos a Don dormido en posición fetal en la cama de su hija, mientras su mujer intenta en vano acortar distancias con él. Sally se dispone a dar un nuevo salto hacia la adultez, y Don se aferra a lo que pueda quedar de inocencia en su hija, haciendo asimismo una (nueva) regresión a la infancia más temprana. Pobre criatura desangelada e indefensa, que hasta que no se lo grita un adulto, no se da cuenta de que en el fondo es un monstruo, como todos los niños. Wah, wah, wah!

Sally es como Campanilla. Ya es toda una mujer, pero también es tan pequeña que solo le cabe en el cuerpo un sentimiento a la vez. Odio para su madre u odio para su padre. Después de su última experiencia traumática, Sally ha decidido alejarse todo lo posible de Don, al que -como Peggy- también ve como un monstruo, y además por razones parecidas. Completamente decepcionada con el hombre que “nunca le dio nada” -eso es mentira, pero entendemos que lo digas-, Sally presiona a su madre para que la mande a un internado (no a uno cualquiera, al que asistió Jackie Kennedy). Los previos escarceos con el lado salvaje de la adolescencia dan lugar a su primera experiencia verdadera como rebelde sin causa. Y no por casualidad coincide con la reaparición en su vida de Glen Bishop, ese crío asqueroso e inquietante que babeaba por su madre.

Crecimos juntos“, dice Sally con toda la razón -y el doble sentido- del mundo. Pero más han crecido durante el tiempo que han estado separados. Glen es ahora una suerte de cool kid, un proyecto de rockabilly setentero que aun parece salido de una película de Wes Anderson, pero que ha dejado atrás sus años de bicho raro. Lo más importante que ocurre durante la noche en el internado no es que Sally beba alcohol por primera vez, o que esté a punto de ser víctima de abuso, sino que descubra el poder que puede llegar a ejercer sobre los hombres. La sonrisa de Sally al observar a Glen peleándose por ella nos remite directamente a la Betty Draper que conocimos al comienzo de Mad Men. Don se preocupa de que su hija siga sus pasos, sin ser consciente de que sus actos han empujado a Sally hacia su madre, en todos los sentidos. Por si no quedara claro, la escena de camino de vuelta a casa, en la que Betty deja fumar a Sally, lo confirma. Lo que la mirada contemporánea podría percibir como algo escandaloso, como otro indicio de la falta de criterio de Betty como madre, es todo lo contrario, es un instante de confraternidad, de entendimiento mutuo -aunque no sea consciente. Sally no va camino de convertirse en Don, Sally se está convirtiendo en su madre. Y no hay monstruo más fascinante que Betty.

Volviendo a Don, hemos perdido la cuenta del anillo por el que va ya. Nunca lo habíamos visto tan demacrado y marchito. Ser alcohólico ya no es lo que era. En “The Quality of Mercy”, cuando no está tumbado o caminando como un muerto viviente, está llevando a cabo un sabotaje contra sus colegas de profesión. Una joya. Don tiende una emboscada emocional a Peggy y Ted, a los que ha estado observando muy de cerca -en este episodio la sutilidad brilla por su ausencia-, llegando a la conclusión de que él ha perdido el juicio porque se ha enamorado de ella. Según Ted, Peggy va detrás del Clio que Don ganó años antes. Y lo cierto es que su carrera siempre ha estado orientada a recibir ese reconocimiento, y muchos más. Don actúa como un niño celoso, solo que este niño tiene armas escondidas y recursos maquiavélicos cuyo impacto no sabe controlar. Con su boicot mata a dos pájaros de un tiro: pone en evidencia a Peggy y Ted, que no son capaces de disimular lo que sienten el uno por el otro, y trunca las posibilidades de conseguir el premio para Peggy, al vincular su idea a la del fallecido Gleason. Golpe maestro.

Los celos de Don provienen de varios flancos. Por un lado, Peggy amenaza su estatus como superhombre, como genio creativo y eminencia del mundo publicitario. Solo él merece el Clio, solo él merece estar a su altura. Como mucho él y un hombre muerto. Por otro lado, Don parece sentir otro tipo de celos. No son exactamente de naturaleza sentimental, o sexual, sino que como de costumbre, tienen que ver con su ego. Puede que a Don le incomode la conexión que Peggy y Ted sienten, que siga dándose cuenta de que ya no es el hombre irresistible que fue. Y tal vez, aunque nunca estuvo interesado en llevarse a Peggy a la cama, no puede soportar la idea de que Peggy no esté a sus pies y su mundo no siga girando alrededor de él. Nunca ha querido ese juguete, pero cuando su madre se lo da a otro niño, rabieta. Don castiga a Peggy por ello, pero sobre todo por haber sido la única persona que ha llegado a conocerlo plenamente. Y a Ted por ser el (buen) hombre que él no sabe ser. No tenemos muy claro si Don es realmente tan inconsciente del daño que provoca a su alrededor. Al fin y al cabo, y aunque conozcamos sus motivos ocultos, es cierto que tanto Ted como Peggy están cegados por el amor, y que las acciones de Don benefician a la agencia, y de algún modo a ellos. Cuando lo vemos de nuevo en posición fetal en el sofá al final del episodio, nos asalta la duda: ¿es este monstruo consciente de su monstruosidad? Definitivamente, su mano izquierda está compinchada con su mano derecha, pero puede que él no lo sepa. El niño vuelve a llorar a escondidas, porque se da cuenta que la bronca de su mamá es merecida.

Y mientras Don se esfuerza en vano por mantener su identidad intacta en territorio (y tiempo) hostil, otra persona en la agencia sigue sus pasos. Si en “Favors” obteníamos una nueva pista para descifrar ‘El enigma Bob Benson‘ -aunque más que aclararnos las cosas nos despistó aun más-, en “The Quality of Mercy”, descubrimos por fin quién es Bob. Y resulta que después de todo, Bob Benson es Don Draper. Pete, aun agitado por la declaración de amor de Bob, y sobre todo amenazado por su escalada profesional, se propone echar a su competidor de la agencia. Recurre a los servicios como sabueso de Duck, que descubre toda la verdad de Bob: trabajaba como sirviente hasta que un día se desvaneció y se construyó una nueva identidad para conseguir un trabajo “en la agencia lo suficientemente tonta como para no hacer preguntas”. Duck dice “Nunca había visto nada igual”, a lo que Pete responde “Yo sí” -y pasamos a un plano de Don, confirmando lo que os decía de la sutilidad en este episodio.

Como Don, Bob Benson se ha construido una realidad a su medida, y aunque se le ha dado mejor eso de mantener el pasado en el pasado, su actitud sospechosamente grata y servicial -probablemente deformación profesional-, así como sus prontos de sociópata, le han acabado delatando. Pete, que en su día se chivó de Dick Whitman a Bertram Cooper y no sirvió para nada, hace las cosas de otra manera esta vez. “Se rinde”. Ha aprendido que todos somos impostores, y también aquello de “mantén a tus amigos cerca, y a tus enemigos aun más cerca“. Pero no demasiado cerca, claro. Aun no conocemos a Bob del todo, y dudo que lleguemos a hacerlo. Pero, ¿conocemos de verdad a Pete Campbell? ¿Se acabará “rindiendo” otra vez y saldrá del armario? Mantén a tus enemigos cerca, y a tus pretendientes homosexuales aun más cerca.

No podía concluir este artículo sin hacer mención al descacharrante español (por llamarlo de alguna manera) de Bob Benson, un golpe de humor involuntario dentro de un episodio ágilmente dirigido y montado, como si de una screw-ball comedy se tratase, y repleto de gags y one-liners: “How about a bowl of chicken soup?” –Joan con acento judío. Megan en su telenovela, una francófona con falso acento francés. El atuendo estival de Harry en Los Ángeles. Roger contando batallitas: “Lee Garner Jr. made me hold his balls”. Y sobre todo, Ken Cosgrove: “El trabajo me va a matar”. Es la segunda vez esta temporada que estamos a punto de gritar: “¡Han matado a Kenny! ¡Hijos de puta!

Mad Men 6.11 “Favors”

El secreto de Bob Benson

Disclaimer: Este análisis no ahonda en teorías conspiranoicas ni paralelismos con la obra de M. Night Shyamalan.

Que esta temporada de Mad Men esté generando tantos ríos de tinta (digital) sobre lo que ocurrirá o podría ocurrir en el futuro solo quiere decir una cosa: Matthew Weiner se lo está pasando mejor que nunca tejiendo el relato de su serie, haciendo que nos impliquemos más aun con una historia que roza ya el paroxismo, la locura, la esquizofrenia, y que este año está poniendo a prueba nuestros nervios. Los guiños premonitorios están ahí desde el principio, pero nunca habían cobrado tanta importancia, nunca habían sido tan insistentes, y nunca habían desatado la loca y poderosa imaginación del espectador a estos niveles. Pero aunque no lo parezca, seguimos viendo Mad Men, no Perdidos.

En “Favors” podríamos haber obtenido solución al enigma Bob Benson. Y digo “podríamos” porque dudo muy seriamente que esconda un solo secreto. Detrás de su sospechoso (por generoso, atento y opuesto al de sus colegas) comportamiento podría esconderse la mayor fuerza motriz del ser humano: el amor. En una de las escenas más incómodas y extrañas de lo que llevamos de temporada (y eso es mucho decir), Bob se declara nada más y nada menos que a Pete Campbell. Y lo hace con un roce de rodillas y mirada de cordero degollado mientras pronuncia unas preciosas palabras que, viniendo de Bob, suenan a amor verdadero y a discurso de psicópata asesino en serie a la vez: “¿No podría ser que si alguien te cuidara muy, muy bien, si esa persona hiciera cualquier cosa por ti, si tu bienestar fuera lo único que tiene en la cabeza… es completamente imposible que pudieras empezar a sentir algo por él? Cuando hay amor verdadero, ¿importa quién es la persona?Bob y el amor libre. Debería haberse puesto una flor en la cabeza para declararse, y el “All You Need Is Love” de los Beatles era perfecto para acompañar el momento. Habría terminado de convencer a Pete, aprovechando que ahora tiene “menos miedo a volar que nunca“. El porro del episodio anterior tiene un efecto muy prolongado.

Pero, ¿no confirma el hecho de que Bob sienta algo por la sabandija Pete que el contable de SC&P está mucho más desequilibrado de lo que pensábamos? Ahora entendemos por qué siempre está abajo. Bob busca constantemente excusas para irse de su planta y estar cerca de Pete, para demostrarle lo amable y leal que es, lo que podría tener si se dejase cuidar por él. Incluso podríamos suponer que su sospechosa conducta, que al comienzo de la temporada identificábamos como mímesis de Campbell, podría tener su explicación en esta loca obsesión. Bob podría estar expresando su admiración y devoción imitando el comportamiento de Pete -a su manera, eso sí, porque para imitar bien a Pete hace falta no ser un osito de peluche, y Bob lo es. Claro que, como he dicho antes, no parece que el enigma Bob Benson se detenga ahí. Bob Benson se comporta de esta manera con todo el mundo -recordemos que en el episodio anterior le dijo a Michael Ginsberg ¡que lo admiraba!-, necesita la aprobación de todos, que todos conozcan a San Bob Benson. Así que no es descabellado pensar que detrás de todo esto haya un plan maestro. Como tampoco sería descabellado hacer caso de la navaja de Ockham y concluir que la respuesta más simple es la correcta. Aunque el amor sea de todo menos simple. Conclusión: ¡Maldito Weiner!

Y las palabras de Bob hacia Pete nos llevan al resto de personajes, que también se plantean la cuestión “Cuando hay amor verdadero, ¿importa quién es la persona?” Y la respuesta no es la que el idealista e ingenuo Bob tiene en mente. Claro que importa. Cuando hay amor, importa que el Manolo latin lover sea un producto de la imaginación de Dorothy, la madre de Pete -impagable su escena con Peggy-, que Roger y Joan sean Roger y Joan, que Beth Dawes esté encerrada en un hospital psiquiátrico, que Stan Rizzo sea el mejor amigo de Peggy, que Ted Chaough sea el jefe de Peggy, o que Sylvia sea la vecina de Don, y ambos sean personas casadas. Cuando hay amor verdadero, lo más importante es que provenga de la persona adecuada -el enigma Bob Benson se convierte en ‘el principio Bob Benson‘. Y ninguno de estos personajes desea el amor de las personas supuestamente adecuadas. Así es la vida, y así lo será siempre. ¿La solución? La tiene Peggy: un gato. Ella puede engañarse pensando que se ha comprado simplemente un matarratas, pero no es más que un sustituto del hombre que no estaba ahí para matar por ella al asqueroso animal: Stan -que, por cierto, tiene un póster de Moshé Dayán en su dormitorio, porque parece un villano de James Bond o porque en el fondo es un fanático de la guerra, quién sabe. ¿Se convertirá Peggy en una soltera de 50 con un piso lleno de periódicos antiguos que apesta a orina de gato? Y lo más importante, ¿será un drama si es así?

Peor que Peggy puede acabar Sally Draper si sigue viviendo experiencias como la que acontece al final de “Favors”. Por si pillar a la madre de Megan haciendo una felación a Roger Sterling en “At the Codfish Ball” no fuera suficiente, ahora la pequeña Draper descubre a su padre con los pantalones bajados encima de Sylvia. “No todas las sorpresas son malas“, dice Roger. Que se lo diga a ella, a ver qué opina. Mad Men sigue explorando la pérdida de la inocencia a través de Sally -que ya tiene en mente hacer un home run-, y ahora más que nunca comparándola con la tormentosa adolescencia de Don. La imagen de la niña viendo a su padre en actitud pre-coital con la vecina -y madre de su cuelgue- nos remite directamente a la del joven Dick Whitman observando por la cerradura a su madrastra con uno de los clientes del burdel. Y aunque la reacción sea distinta -Dick se quedaba mirando y Sally sale corriendo espantada-, Don no puede evitar pensar en lo que la experiencia supuso para él, temiendo que su hija recorra un camino similar al suyo. Por eso, un Don más desastrado y patético que de costumbre corre a rescatar a su niña de la complicada adultez. De la misma manera que ha rescatado al hijo de Sylvia de Vietnam. Ni siquiera cuando Don hace bien las cosas, le salen bien las cosas -quizás porque en el fondo, como todo lo que hace, no es más que un acto egoísta y egocéntrico. Junto al umbral de la puerta de Sally, Don, en lugar de enfrentarse a los hechos, construye una realidad alternativa y supuestamente mejor para ella, al igual que ha hecho siempre para él, sin darse cuenta de que lo que está haciendo es acelerar un proceso que ya no tiene retroceso alguno. Don no puede proteger a Sally de hacerse mayor, pero sí puede ayudar a comprender lo que esto significa. Sin embargo, él opta por enseñarle otra lección imprescindible para convertirse en adulto: saber engañarse a sí mismo.