Expediente X: Nunca fuiste “solo” una serie para nosotros

My Struggle 1

Mi relación con Expediente X es la misma que la de muchos otros miles de seguidores de la serie de Chris Carter. Siempre he estado seguro de ser el mayor fan y me pondré a la defensiva con cualquiera que crea lo mismo, pienso que sé más que nadie sobre ella (soy consciente del autoengaño, porque de hecho conozco a la persona que realmente sabe más de ella), que es mía. A veces una conversación sobre el pasado se convierte en una competición, en la que yo enumero mi colección de figuras de Sideshow Toys, insisto en que yo me compré las primeras temporadas en DVD cuando costaban ¡120€ cada una! o cuento que aun conservo como oro en paño los números de Teleindiscreta o Semanal TV con Mulder y Scully en portada (incluso aquella mítica Vale con los desnudos de David Duchovny en sus supuestas películas eróticas pre-X-Files).

En efecto, Expediente X definió en gran medida mis primeros años de formación como cinéfilo y seriéfilo, y también como persona. Cuando empezó a emitirse en España, se puede decir que yo aun era un niño. Como muchos de vosotros. La apasionante historia de Mulder y Scully, sus conspiraciones alienígenas, sus monstruos de la semana, la dialéctica crédulo-escéptica, y esa inigualable tensión sexual no resuelta me tenían completamente obsesionado. No había nada más estimulante que la conversación del día después en el patio del colegio (en la que siempre me hacía el mayor, a pesar de que muchas veces dejaba de ver el capítulo por miedo). Si hablamos de historia de la televisión, Expediente X definió junto a Twin Peaks una etapa crucial para el medio, caracterizada entre otras cosas por la “appointment television” (todo el mundo veía Expediente X), pero si hablamos a un nivel más personal, Expediente X me definió a mí: mis terrores nocturnos incorporaban imágenes de la legendaria cabecera de la serie (yo cerraba los ojos cuando aparecía la cara que se estiraba grotescamente), mi amor por la ciencia ficción aumentaba exponencialmente con cada episodio, la serie me hacía empezar a entender las posibilidades de Internet (en casa de mi mejor amiga, donde nos íbamos a merendar mientras esperábamos a que se cargase una foto de los agentes), mis gustos empezaban a ser más maduros y sofisticados (o eso creía yo) y, por último, pero no por ello menos importante, Expediente X potenciaba mi despertar sexual.

My Struggle 2

Me consta que, por mucho que quiera hacer de esta experiencia algo único e intransferible, lo mío con Expediente X es lo de mucha gente con Expediente X. Con el paso del tiempo, y como ha ocurrido con otras ficciones de los 90, Expediente X se asentó en la cultura popular como mucho más que una serie. Es parte de nosotros, y como tal, se ha negado a desvanecerse por completo. Por eso, el regreso de Mulder y Scully a la televisión después de 14 años (ignoremos la segunda película, aunque yo no creo que fuera tan mala para nada), ha sido recibido por (casi) todos nosotros como un regalo personal, entregado en mano por los propios Duchovny, Anderson y Carter. No pasaba año sin que rogáramos que los agentes especiales del FBI volvieran, porque había asuntos pendientes y sentíamos que su historia no había acabado. Expediente X no llegó a tiempo a su cita de 2012, pero al menos fijó una nueva para 2016, en plena eclosión del reboot y la nostalgia. La expectación era enorme, la campaña publicitaria omnipresente (que ni una de Marvel, vamos), y la espera insoportable. Entonces llegó el momento y el futuro se convirtió en pasado en un abrir y cerrar de ojos. Expediente X había vuelto. De verdad. Y la sensación al ver comenzar el primer episodio del revival era emocionante, exaltada, pero también extraña, agridulce. ¿Ha cambiado Expediente X? ¿Hemos cambiado nosotros? ¿Ha cambiado la televisión y es imposible reproducir lo que fue esta serie hace veinte años? A grandes rasgos, la respuesta a todas estas preguntas es “sí”.

My Struggle” (10.01) no ha sido recibido con el fervor que se esperaba. Crítica y gran parte del fandom lo han puesto de vuelta y media. Y con razón. Es cierto que la sensación de ver de nuevo el opening de la serie intacto, rodeados de nuestra vida y nuestros aparatos tecnológicos de 2016, es indescriptible, mágica, seguramente lo más parecido a viajar en el tiempo. Pero más allá de la cabecera, la cosa cambia. El primer episodio de la nueva Expediente X hace aguas por todos los lados, y no se debe solo a un problema de expectativas o de contacto con la realidad después de embriagarse de nostalgia, sino simplemente a un guion que deja mucho que desear. Quizá pensando en las nuevas generaciones de espectadores que se iban a enganchar porque era el acontecimiento seriéfilo del año, “My Struggle” intenta condensar nueve temporadas de historia en 45 minutos, e inevitablemente fracasa. Para enmendar el error de X-Files: Creer es la clave, el episodio empieza resumiendo (y respetando) la continuidad y la mitología de la serie, para después pulverizarla con una nueva premisa salida de la nada. La nueva teoría conspiranoica de Mulder pasa de puntillas por “lo de 2012” y reiventa la historia a modo de retcon, con la posibilidad de que el gobierno haya estado siempre detrás de las abducciones y las fecundaciones alienígenas. No fueron los extraterrestres los que embarazaron a Scully y a tantas otras mujeres, fueron los hombres trajeados del presidente. Interesante (?).

Founder's Mutation

Veamos, es una idea arriesgada que, a pesar de todo, puede funcionar, y además supone regresar de algún modo al arco central de la serie, a la vez que lo renueva para adaptar su potente imaginario a la era de la paranoia post-11S. Pero la manera en la que está presentada es torpe, forzada y apresurada, como la propia reapertura de los expedientes X. “My Struggle” está repleto de pobres diálogos sobre-explicativos que solo tienen la función de servir como recaps (exposición narrativa por un tubo), exceso de información (repetitiva y atropellada), una tendencia a mostrar demasiado (aunque vimos muchos alienígenas, monstruos y platillos volantes en la serie original, Expediente X se caracterizaba más por lo que ocultaba que por lo que enseñaba, y en “My Struggle” todo esto se lo pasa por el forro), aburridos nuevos personajes (sobre todo el de Joel McHale), incluso simplonas proclamas políticas (a Carter le debe haber encantado Mr. Robot). Y lo peor de todo es que para compensar sus carencias abusa del fan service (sí, soy consciente de la ironía del fan que, después de recibir lo que lleva años pidiendo, se queja porque es demasiado; la culpa es nuestra, por ser tan intensos con la serie). Expediente X siempre ha incluido a sus espectadores en el relato (alguna vez literalmente), y los guiños a las nueve temporadas anteriores eran obligados, pero seguro que había una manera menos tosca y evidente de hacerlos que repetir una y otra vez variaciones de las frases más famosas de la serie (“I want to believe” o “The truth is out there“) hasta que estas pierden su significado o devolvernos al Fumador (otra vez) de entre los muertos. Nos conformábamos con poco, el público fan es fácil, hasta que se le da por sentado y se cree que con un par de cucamonas basta.

Y luego están los actores. Bueno, en realidad no están ahí. Todavía no. Vale que el tiempo ha pasado por los agentes, que David Duchovny y Gillian Anderson nunca destacaron por realizar grandes aspavientos dramáticos (de vez en cuando estallaban, pero solían mantener la calma), y que sus personajes siempre tuvieron ese aire desapasionado e intelectual, pero en “My Struggle”, los actores simplemente no se han reencontrado con Mulder y Scully, no están en sus personajes, y se nota. Ambos deambulan por el episodio como carcasas vacías, apáticos, con miradas que antes lo decían todo y ahora parecen perdidas. Él pronunciando sus diálogos como si los estuviera leyendo en un teleprompter, y ella todavía metida en sus papeles de Hannibal The Fall, con una afectación somnolienta y hablando tan bajito y vocalizando tan poco que hay que subir el volumen de la tele (Bedelia du Maurier, ¡sal de Scully!). Un ejemplo perfecto de lo poco entregados que están sería la escena final en el porche, un momento que podría haber sido muy bonito (aquí al menos las alusiones a la tormentosa pero preciosa relación de los personajes/actores están mejor encajadas y son algo más emocionantes), pero que los actores desaprovechan con su interpretación desganada. Ojalá David y Gillian hubieran puesto el mismo afán en los episodios que en su tour promocional por las televisiones. Ahí sí parecen entusiasmados por volver a ser Mulder y Scully, y sobre todo por volver a estar juntos (pillines), no como en la serie, donde han perdido parte de la química que tienen fuera y han dejado de estar tan vivos como antes.

Founder's Mutation X Files

Afortunadamente, todo esto cambia en el segundo episodio “Founder’s Mutation“, un caso clásico y paradigmático de “Monster of the Week” con interesantes pinceladas de arco de personajes (concretamente sobre el hijo de Mulder y Scully, William). Esto ya sí es la Expediente X que conocíamos. El argumento episódico (confuso y retorcido, como los de antaño) evoca a las primeras temporadas de la serie, en las que no sabíamos muy bien qué estaba pasando pero nos daba igual porque nos encantaba, los guiños cómicos y meta son más acertados (“Soy pre-Google”, la significativa conversación sobre el monolito de 2001), y Duchovny y Anderson están algo más metidos en sus personajes (aunque siguen medio adormecidos, sobre todo Anderson, hierática de más hasta para Scully). Pero atención, porque Fox (la cadena) está emitiendo los capítulos de caso de la semana desordenados (las malas costumbres nunca mueren), y “Founder’s Mutation” es en realidad el quinto episodio en orden de producción. Es decir, el penúltimo de la temporada. Esto quiere decir dos cosas: que después de todo Expediente X sigue siendo Expediente X y podemos ver estos episodios desordenados (aunque ver a Mulder con traje de repente y a los dos en full mode “agentes del FBI” dé la sensación de que nos hemos saltado algo), y que quizá sea recomendable no esperar demasiado de Duchovny y Anderson, porque simplemente no hay tiempo. Crucemos los dedos para que se hayan quedado con buen sabor de boca a pesar de todo, y las desorbitadas cifras de audiencia de los nuevos episodios les animen a hacer más, y hacerlo mejor, en cuanto se queden libres.

Porque sí, a pesar de las quejas, quiero (queremos) más. Sabéis perfectamente que podríamos seguir a Mulder y Scully hasta el geriátrico y más allá. Forman parte de nuestras vidas, y nos negamos a renunciar a ellos, aunque el sentido común nos diga que es mejor dejarlos donde estaban y no remover el pasado (nostalgia mala). Pero es que Expediente X “nunca fue solo” una serie para nosotros, nunca fue un “solo” nada. Nuestra relación con ella es más especial de lo normal. Y al final el mero hecho de volver a este universo y reencontrarnos con estos personajes compensa todo lo demás. Quiero pensar que todo volverá a su sitio y habrá merecido la pena molestar a Mulder y Scully en su apacible retiro. Quiero que esta entrada me haya servido para desquitarme, para ajustar mis expectativas y a partir de ahora hacer la vista gorda a los errores y centrarme únicamente en lo que hace de Expediente X una serie tan importante para mí, para poder así volver a disfrutarla de verdad (aunque sé que no depende solo de mí). En definitiva, quiero creer. (¿Ves, Carter? Yo también sé hacer guiños facilones).

Mi verano de maratones seriéfilos

La vuelta al cole siempre conlleva una primera tarea en clase: la redacción sobre qué hemos hecho durante el verano. Cuando estaba en el colegio, nunca tenía nada interesante que contar y me veía obligado a tirar de mi imaginación (amigos inexistentes, anécdotas exageradas…). La cosa no ha cambiado demasiado desde entonces. Mi verano no ha sido especialmente memorable. Un viaje corto a Londres y mucho trabajo, más que ningún otro verano (al menos se me ha pasado rápido por esa razón). Pero entre una cosa y otra, siempre he encontrado hueco para colar episodios de alguna serie. Un episodio por la mañana antes de ponerme a escribir, uno en la comida, dos por la noche (series como medicina), y en días “libres” o fines de semana, 10 episodios seguidos o más. Feliz sobredosis. Porque para eso está el verano. Binge-watching FTW! A continuación os hablo brevemente de las series que he maratoneado durante las vacaciones estivales. Espero que vosotros/as hagáis lo mismo y me contéis qué habéis visto entre baños playeros y siestas delante del ventilador.

Curb Your Entusiasm

CURB YOUR ENTHUSIASM

La comedia de Larry David ha sido mi gran maratón de comedia de este verano. Ocho temporadas en dos meses. Oigo la peculiar voz del cómico de Nueva York en todas partes. Cierro los ojos y veo su cráneo calvo y puntiagudo. Y estoy empezando a obsesionarme (más de lo habitual en mí) con cómo me tratan y cómo trato a la gente durante mis interacciones sociales y en lugares públicos. Y es que de eso se trata precisamente. Curb Your Enthusiasm es la historia de un hombre que es “víctima de sus circunstancias“, una persona tremendamente peculiar, a menudo intransigente, con sus propias normas y presunciones sobre la sociedad (algunas lógicas, otras caprichosas, otras sencillamente demenciales), que choca constantemente con el resto del mundo y sus absurdas reglas de comportamiento. Larry David ha dicho en más de una ocasión que el protagonista de Curb es la versión de sí mismo que le gustaría ser. De ahí que en la serie vierta toda su bilis y se desahogue a base de bien con las personas a las que no decimos “que te jodan” a la cara, por educación y por evitar conflictos, y que deje claro cuantísimo le obsesiona el racismo (sin corrección política que valga). Es un concepto muy interesante, reforzado por la genial improvisación en los diálogos (no hay guión propiamente dicho, solo directrices), pero pierde fuerza con el tiempo. Ver 80 episodios de esta serie tan seguidos no es del todo recomendable, sobre todo para aquellos poco acostumbrados a los maratones seriéfilos. Y no es por lo que dijo Mitch Hurwitz (creador de Arrested Development), sobre que una comedia va perdiendo gracia progresivamente a medida que vemos más capítulos seguidos. Sino porque de esta manera saltan más a la vista sus defectos. Lo peor de Curb es lo tremendamente repetitiva que es, desde el segundo episodio hasta el final. Larry David procede de una sitcom clásica como es Seinfeld, y aunque Curb sea una comedia single-cam de media hora, sin censura, e incluya un gran arco argumental por temporada, es inevitable detectar en ella la repetición de fórmulas, las catch phrases, y en definitiva, todo lo que caracteriza a la comedia de situación de network. Ojo, no digo que esto sea malo, solo que yo no he terminado de conectar con ella.

The Good Wife

THE GOOD WIFE

Y este ha sido mi gran maratón de drama. Ya había visto la primera temporada de The Good Wife hace un tiempo (en esta entrada os conté mis primeras impresiones), pero por una cosa o por otra, y aunque me encantó, fui posponiendo la segunda, hasta que este verano, tras leer vuestros enfervorizados comentarios y tweets sobre la quinta temporada (y después de tragarme los spoilers más importantes), he decidido darle el empujón que le debía. Y vaya viaje ha sido. No voy a detenerme a explicar lo que he visto, porque lo sabéis perfectamente, sino cómo me ha afectado. Después de este maratón, The Good Wife se ha catapultado directamente al segundo puesto de mis mejores dramas televisivos actualmente en emisión (ya sabéis cuál sigue siendo el primero). Creo que hoy en día no hay una serie más apasionante que esta. Me parece increíble, irreal, cómo un drama de network, una serie de abogados (perdonad que la defina de manera tan simplista) con altas dosis de investigación, e incluso de procedimental, es capaz de mantener ese (altísimo) nivel de calidad durante 22 episodios. Por esta razón, en la era de los dramas de cable, las series-evento y las temporadas cada vez más cortas, el valor de The Good Wife es aún mayor. Después de una quinta temporada monumental (pero ya desde antes), la serie de CBS es actualmente, junto a Mad Men, el drama más seguro de sí mismo, más inteligente (es más, superdotado), más en control de su propio universo, más detallista, perfeccionista y mejor escrito de la televisión. Viva Santa Alicia.

How to Make It in America

HOW TO MAKE IT IN AMERICA

En la era de HBO inmediatamente anterior a GIRLS y Looking, la cadena intentó acercarse al público más joven y moderno con una dramedia de media hora producida por Mark Wahlberg y un montón más de gente, que se titulaba How to Make It in America (Buscarse la vida en América era el título en España). La serie, una especie de Entourage de la Costa Este, fue cancelada después de dos temporadas. Y con razón. HTMIIA era una propuesta endeble, desdibujada y gravemente falta de chispa y carisma. Esta serie es todo un ensayo y error, un paso en falso de HBO antes de encontrar con la comedia de Lena Dunham el tono adecuado para dar voz a los problemas del joven neoyorquino y el veinte-treintañero moderno y urbanita en general. En HTMIIA se nos habla, evidentemente, del gran sueño americano, y se hace a través de dos chavales que intentan triunfar en el mundo de la moda (concretamente el diseño de pantalones vaqueros), y los satélites que giran a su alrededor (un puñado de personajes sin interés alguno), con la cultura skater de fondo (un poco por la cara). La cosa no era desagradable,  para nada, solo prescindible. Todo resulta desapasionado, aburrido, y su aproximación al mundo hipster, desprovista de la sátira que hoy en día vemos en otras series, hace que la serie haya perdido vigencia terriblemente en tan solo cuatro años. Bryan Greenberg y Lake Bell salvan un poco la función. Pero ni su encanto natural ni sus esculturales anatomías salvan la función.

Dream On

DREAM ON

Curb Your Enthusiasm no es la única comedia clásica de HBO que he devorado este verano. De hecho, me he remontado mucho más atrás, a comienzos de los 90, con la comedia de John Landis y los creadores de Friends, Marta Kauffman y Kevin BrightDream On (en España conocida como Sigue soñando). Yo solía ver esta serie en televisión (la emitía Canal + en abierto en sus primeros años de existencia), y lo hacía un poco a escondidas, porque ya sabéis: TETAS. HBO se encontraba aún definiendo su imagen de marca, y lo que más claro tenía era que sus ficciones debían ser atrevidas, picantes, y que debían ofrecer lo que no podían otras cadenas: desnudos, sexo y palabras malsonantes. Aún así, las primeras temporadas de la serie son más bien inocentes. Sí, hay despelote (principalmente femenino, pero también del protagonista, el estupendo Brian Benben), pero era esto (y la factura de comedia single-cam) lo único que la diferenciaban de las sitcoms de cadenas generalistas. Los conflictos y las tramas eran muy simplistas, la continuidad un desastre, y la coherencia brillaba por su ausencia (véase el horroroso capítulo doble con David Bowie), lo que, visto con ojos actuales, puede resultar demasiado primitivo y chocante. Pero Dream On fue encontrando su voz poco a poco, incluso se permitió reírse de las exigencias de la cadena (¡¡más rubias en tetas, más sexo, más saxo, más fucks!!). Lo mejor (además del gran trabajo de Benben aunando carisma y patetismo) sigue siendo el uso de clips de películas clásicas para expresar los pensamientos del protagonista y añadir “notas al pie” en las escenas (gran labor de documentación y un recurso humorístico muy bien aprovechado). Sin embargo, la serie ha perdido mucho con el tiempo, y aunque es una de las pioneras de la neotelevisión (de hecho, Sexo en Nueva York es como una costilla de esta serie, aunque mucha gente no lo sepa), ha caducado casi por completo.

The Walking Dead

THE WALKING DEAD

Esta es una de esas series que, aunque me arriesgue a muchas críticas por decirlo, veo por obligación. Porque es la serie de mayor audiencia en su país de origen, porque es una de las imprescindibles de los seriéfilos, y porque debo estar al día con la actualidad televisiva. La primera temporada de The Walking Dead se me hizo eterna, y eso que es cortísima. Este verano he maratoneado la segunda y la tercera (a ver si consigo ponerme al día), y la cosa ha mejorado ligeramente. La segunda temporada tiene capítulos que son una auténtica tortura, pero otros bastante notables. Además, si algo hace muy bien esta serie es aprovechar el formato serial para contar la historia, y crear los cliffhangers más impactantes y los finales más memorables (nada superará a la escena de la pequeña Sophia saliendo del granero, eso sí). Por eso, lo quiera o no, se puede decir que estoy ligeramente enganchado, así que, a pesar de no soportar a los personajes (me consta que hasta los fans más acérrimos de la serie reconocen que donde más falla es en este aspecto) y del ocasional episodio repleto de diálogos vacíos y soporíferos, he aprendido a disfrutar la serie por lo que es (un poco lo mismo que me ha pasado con The Leftovers). Sobre todo gracias a una tercera temporada bastante más trepidante que las anteriores, empiezo a ver The Walking Dead en parte por obligación y en parte por placer. Es un progreso. Cuando termine mi maratón (que dentro de dos días se convierte oficialmente en otoñal), os cuento si mi percepción sobre la serie ha cambiado.

True Blood (2008-2014): Descansemos en paz

Sookie y Bill

Sookie: Bill, I’ll never forget you.
Bill: I wish I could say the same,
but I don’t know what happens next.

Al contrario de lo que la mayoría opina, las dos últimas temporadas de True Blood han sido un acierto para mí. La sexta temporada suponía el estreno como showrunner del productor ejecutivo Brian Bruckner, tras la marcha del creador de la serie, Alan Ball. La serie llevaba ya un par de temporadas dando palos de ciego, sin saber qué nos estaba contando (¿lo supo alguna vez?) y rellenando capítulos con las tramas más infames y prescindibles. Así que Bruckner tenía dos opciones: seguir dejando que el caos reinase o intentar que la serie se centrase. Afortunadamente, eligió la segunda opción. Así, la sexta temporada sirvió para hacer reconectar a los personajes y entrelazar sus tramas, hasta ese momento horriblemente desconectadas entre sí, y poner orden al embrollo que Ball había dejado como herencia a Bruckner. La séptima y última temporada ha continuado por este camino, centrándose principalmente en los personajes, dejándolos simplemente hablar, abrirse los unos a los otros (esta vez no necesariamente de piernas), estrechar lazos. Estos últimos diez episodios de True Blood han sido una celebración de Bon Temps, de Sookie Stackhouse y su “familia creada”, y por supuesto, una oda a los que sobreviven.

La temporada final empezó con mal pie, y no fue hasta el cuarto episodio cuando despegó realmente. A partir de ahí, Bruckner se dedicó a dialogar con los personajes, y preguntarles qué esperaban exactamente de la vida, y cuáles eran sus asuntos pendientes y sus sueños. Generalmente, Bruckner los escuchó, y fue dando clausura narrativa a todos los habitantes de Bon Temps a medida que la temporada se acercaba a su fin. Fueron los personajes humanos los que, sorprendentemente o no, nos proporcionaron los finales más emotivos, concretamente Arlene Flower y Andy Bellefleur, secundarios que esta temporada se han revelado como los personajes más consistentes, dos de los pilares más sólidos de True Blood, y que nos han dejado las escenas más hermosas de la serie en mucho tiempo. También Jason Stackhouse, al que le ha tenido que salir una novia casi de la nada para que nos demos cuenta de que en cierto modo ha sido siempre el corazón de la serie. Otros personajes recibieron finales más cómicos, como Ginger -que por fin se sentó en el trono (encima de Eric)-, discretos, como Sam, o más abruptos, como Alcide o Tara -aunque en el caso de la segunda, esta permaneció en la serie como fantasma y antes del último episodio obtuvo su pase hacia el cielo en forma de la reconciliación definitiva con su madre (Adina Porter se merece todos los premios). Por último, la recta final de True Blood recuperó a la mejor pareja de la serie, Jessica y Hoyt, para darles un final feliz -aunque la serie nos tenía reservada una última sorpresa en forma de boda, porque ya sabemos que no hay series finale que valga sin una boda. En todo caso, es evidente que Bruckner ha ido cerrando historias de manera que para el final solo quedaran dos grandes asuntos por resolver: Bill y Sookie y la trama de Sarah Newlin y la New Blood.

Jessica y Hoyt

Y entonces llegamos a “Thank You” (7.10), y comprobamos que esto no era suficiente para construir un final satisfactorio, y que ir despojando poco a poco a la serie de camp para dotarla de mayor dramatismo y, digamos, elegancia, quizás no ha tenido el efecto deseado. Entendemos que para cerrar el ciclo el final se centre en Bill y Sookie, la pareja con la que comenzó todo, pero hace tiempo que a la audiencia dejó de importarle esta pareja, y por tanto hacía falta más. Sobre todo más emoción, más… vida. True Blood fue conocida durante sus siete temporadas por sus altas dosis de sexo y violencia gráfica, y su cualidad de “serie pajillera” por excelencia. “Thank You” (en el que no hay ni una escena de sexo, por cierto) se olvida por completo de esta vertiente de la serie para no distraernos de los personajes; pero es que nunca ha hecho falta desvincularlos de la esencia perturbada y demencial de la serie para hacerlo. El resultado es un episodio final correcto, “humano”, pero terriblemente conservador, insulso y olvidable, algo que una serie como esta no se podía permitir, y en definitiva, lo último que esperábamos de True Blood.

Pero lo más grave de todo no es el hecho de que una serie como True Blood se haya despedido de manera tan sosa y convencional, sino que estos dos últimos años dedicados a recuperar el norte de la historia no han servido para nada, porque al final ha quedado más que evidente que Bruckner en realidad tampoco sabía muy bien hacia dónde se dirigía la historia o qué hacer con sus personajes principales. Para levantar su discurso final en “Thank You”, True Blood insiste en (de manera demasiado evidente) en la idea con la que comenzó la serie: la metáfora entre los vampiros y la otredad oprimida, concretamente los homosexuales (“El estado de Louisiana no reconoce este matrimonio”). Lo utiliza para reforzar la ilusión de ciclo completo, pero en realidad hace mucho tiempo que la serie perdió su sentido del propósito. No hay más que ver el desenlace de Sookie y Bill. Es un detalle bonito y significativo hacer a Sookie la principal representante de esa otredad, incluso por encima de los vampiros, y que acabe aceptando su diferencia, su “monstruosidad”, como parte de sí misma, y no como un inconveniente para llevar a cabo una “vida normal”. Pero las circunstancias y motivaciones para llegar a esta conclusión no podían ser más fortuitas y contradictorias.

Eric y Pam bolsa

Por encima de todas esas incongruencias destaca la absurda petición de Bill, que nos plantea mil y una preguntas y pone en evidencia todos los agujeros de la historia -¿por qué ahora? ¿por qué no se estaca él mismo?, y sobre todo, ¿por qué sus motivos para morir y dejar libre a Sookie no se aplican a Jessica? El “ahora sí, ahora no” antes de que Sookie estaque a Bill en su ataúd solo sirve para retrasar el momento de la verdad y malgastar tiempo que se podía haber empleado en darle aunque fuera una maldita escena a Lafayette, personaje fijo desde el principio, que no tiene diálogos en el episodio y solo aparece en el plano grupal durante la comilona de la escena final. Es indignante e inexplicable que después de todo este tiempo, el personaje no reciba el cierre que merece.

Lo mismo, aunque de manera menos lacerante, ocurre con Eric y Pam, sin duda los personajes favoritos de la audiencia, cuya historia termina completamente descolgada de la del resto. De acuerdo, siempre fueron a su bola. Claro que no nos los imaginamos a la mesa junto a los habitantes de Bon Temps, y nos alegra saber que seguirán siendo socios (y algo más) durante el resto de su eternidad (“Oh, I am so fucking with you”), pero qué menos que una última escena entre Eric y Sookie (¿quizás una visita final de la Stackhouse a Fangtasia? Seguro que habría tenido más emoción que la última secuencia con Bill). Ya no es que nos hiciera ilusión ver a Sookie y Eric juntos una última vez, es que era necesario. Agentes externos y una mala gestión narrativa han dado como resultado un desenlace enormemente desestructurado e inconcluso, un episodio que dedica demasiado tiempo a algunas escenas que podían y debían haber durado menos (la despedida de Bill y Sookie, la boda de Jessica y Hoyt, Sarah Newlin en el sótano), en detrimento de otros personajes, impidiendo así la sensación general de final de serie.

True Blood cena

Sorprende que una serie que se ha caracterizado por su gran compromiso con el fan service (nos ha dado todo lo que queríamos y más, sobre todo en cuanto a escenas cochinas) no sea capaz de superar los problemas de incompatibilidad de agendas (al parecer, Skarsgard y Bauer no estaban disponibles para grabar escenas a la vez que el resto de actores) y no sepa exactamente qué hacía falta para dar un final satisfactorio a sus fieles seguidores, a los truebies que han permanecido “true to the end“. No me malinterpretéis, no hay nada que me guste menos que un final que atiende mucho más a las necesidades del espectador que a las de la propia historia y los personajes. El problema es que el de “Thank You” no es ninguno de los dos casos. Es un final en teoría adecuado, un final feliz, pero no un final estimulante, es el final de otra serie, no el de True Blood. Y si por algo se ha caracterizado esta serie, además de por ser una de las más inconsistentes de la televisión, es por saber estimularnos, de todas las maneras. “Thank You” es un trabajo desganado, desapasionado, agridulce (en el mal sentido), una chapuza que ha dejado a muchos completamente indiferentes (solo el plano que cierra esta entrada logró provocar reacciones) y a otros enfurecidos tras siete años defendiendo lo que para muchos era indefendible. En fin, como suele ocurrir en estos casos, quedémonos con lo bueno que nos ha dado True Blood, es decir, las horas incontables de despelote, gore y exceso que han amenizado nuestros veranos. Por lo demás, echemos tierra por encima de este final y descansemos en paz.

True Blood (2008-2014) RIP

How Xena Changed Our Lives

NO ESTA

Me hallo sorprendido, emocionado y agradecido después de leer el libro de Nikki Stafford How Xena Changed Our Lives: True Stories By Fans for Fans (ECW Press, 2002), que encontré en una librería de segunda mano de Portobello Road, en un viaje reciente a Londres.

Sorprendido porque no esperaba encontrarme con tantos testimonios valiosos y serios, de gente que va más allá de la mera obsesión (casi material) por un objeto de la cultura popular y que lo utiliza realmente para mejorar su vida. Esperaba leer a muchas fans locas de atar por Xena, freaks sin más, pero me he encontrado con muchos textos escritos desde la sensatez más absoluta, por gente inteligente, totalmente cuerda (no digo que ser superfan sea estar loco, ya me entendéis), con una visión muy certera y equilibrada del mundo y de cómo su obsesión encaja en él. Admirable.

Emocionado por testimonios de adolescentes que encontraron en Xena y en Gabrielle la confianza en sí mismos que les faltaba, de víctimas de bullying que se enfrentaron a sus acosadores con éxito, de chicas que descubrieron un nuevo mundo en el que la mujer podía valerse por sí sola, de enfermos que salieron adelante con la ayuda de la Princesa Guerrera (llamadas de teléfono de la mismísima Lucy Sin ley incluidas), de escritoras de fan fiction que acabaron escribiendo guiones para la serie, y por supuesto, de muchas mujeres que gracias a Xena aceptaron su orientación sexual.

También por leer muchas anécdotas sobre las actrices protagonistas, de la mano de los fans que acudían a las muchas convenciones que se organizaban de Xena: La princesa guerrera a lo largo y ancho del mundo (la de Pasadena de 2001 sale a colación en casi todas las historias, y se equipara en todas a La Meca del xenite, leyéndolas duele mucho habérsela perdido). Me conmueve absolutamente la entrega de estas dos mujeres, y del equipo que tenía alrededor, para con todos los fans de la serie. Esto ocurría sin duda porque eran conscientes del impacto que causaban en la gente, y de lo importantes que eran para tantas personas, algo que por desgracia muchos otros no valoran.

Sorprendido también por leer en todos estos relatos cómo era esto de ser fan en el cambio de milenio. Parece que fue ayer, pero allá por 2001 (cuando se escribieron los relatos de este libro) casi nadie tenía Internet en sus casas y el DVD aún daba sus primeros pasos. Me ha impactado leer historias en las que los fans descubrían Xena porque alguien les dejaba un VHS con capítulos grabados, o que pedían a sus amigos que les trajeran información impresa sacada de Internet en el trabajo de sus padres, o de fans alemanes e italianos a los que les dejaron de emitir la serie por la tele y al no tener manera de ver las últimas temporadas, leían en los foros y miles de webs de Xena lo que había pasado en ellas. También es curioso lo de los arcaicos mailing lists, y cómo se forjaron las primeras amistades y relaciones amorosas a través de Internet, pre-Facebook y pre-Todo.

También impactado por lo muchísimo que devastó a los fans el final de la serie. No había leído textos con tanta ira en muchísimo tiempo. “Friend in Need” desató la furia de la mayoría de seguidores, según ellos, porque Robert Tapert traicionó todos los valores en los que se sustentaba la serie. Los seguidores se refugiaron en el fan fiction, uno de los más importantes de la historia del medio, para “arreglar” y continuar el final ellos mismos, dando lugar a una infinidad de textos que se sumaron a los ya existentes.

Y finalmente, agradecido porque yo formo parte de este, y de otros fandoms, y porque, por tanto, entiendo hasta qué punto puede cambiarte la vida una obsesión sana como esta, y como tantas otras 🙂

¿Qué serie os cambió a vosotros la vida?

Entrada dedicada a mi adorada Patricia Gm (alias /laesculli)

Estamos todos juntos en esto: Serieadicción, comunidad seriéfila y cultura blogger

cartel_RESET_CasEl pasado martes 17 de junio de 2014 tuve el honor de participar en RESET. Reseteando la pequeña pantalla. El serieadicto en la nueva televisión, una serie de encuentros bajo el tema común de ‘la nueva era de la televisión’ que tuvieron lugar en el Centro de las Artes de Sevilla CAS, coordinados por Sergio Cobo-Durán, de la Universidad de Sevilla.

Yo tuve el privilegio de cerrar este ciclo dando una charla junto a uno de los bloggers de TV más conocidos en España, Alberto Rey (Asesino en serie), titulada “Las series de televisión crean comunidades. El universo del blogger“. Durante dos horas reflexionamos entre otros temas sobre el origen de la quality television, las nuevas formas de producción, difusión y consumo de las series de televisión en el siglo XXI, las claves para entender el fenómeno blogger vinculado a la crítica de cine y televisión, y el por qué de la necesidad de ver y (sobre)analizar todo lo que nos ofrece la ficción norteamericana.

Para todos aquellos que no pudieron asistir a la charla (y para todos los que quieran leerla), a continuación os dejo con mi parte de la presentación. En primer lugar os hablo de la historia de fuertecito no ve la tele y mi iniciación en el universo blogger, y después paso a desarrollar los temas que tratamos a lo largo de la tarde, más alguno que otro que se quedó en el tintero.

De nuevo muchas gracias a todos los que os acercasteis a hablar de series con nosotros (a pesar del calor), y un agradecimiento muy especial a Sergio Cobo y el CAS por contar conmigo, y también a la Liga de Investigadores en Comunicación por la gran labor que están desempeñando en el campo de los Estudios Televisivos en España.

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UN POCO DE HISTORIA

Para los que no estéis familiarizados conmigo, soy Pedro J. García, más conocido en Internet como fuertecito, y ejerzo como coordinador, redactor jefe, plantilla completa y community manager del blog fuertecito no ve la tele.

FNVLT nace en 2010, año en el que inicié mis estudios de posgrado en la Universidad de Sevilla, donde me dediqué a investigar sobre Narrativa Televisiva e Historia de la Televisión, trabajando bajo el ala de Virginia Guarinos en mi investigación predoctoral sobre drama televisivo y la cuestión de la autoría en la televisión norteamericana. El blog surgió como complemento de mi investigación en la universidad, como un espacio abierto que necesitaba para poner en práctica todo lo que estaba aprendiendo, y a su vez para verter todo aquello que no tenía cabida en la tesina.

Mi pasión por las series de televisión existe prácticamente desde la infancia/adolescencia -aún recuerdo cuando grababa mis series favoritas en VHS y me pasaba tardes enteras y noches en vela haciendo lo que hoy conocemos como binge-watching, o maratones de series. Sin embargo, es un autor en concreto el que hace que me interese por el medio desde una perspectiva más profesional: Se trata de Joss Whedon (no era difícil adivinarlo, ¿verdad?). Mi pasión por sus series, y el descubrimiento de los Slayer Studies (importante corriente de investigación académica dentro de los Television Studies que se centra en el autor), es lo que me urge a escribir, investigar y teorizar sobre las series y las personas que las crean y desarrollan. De hecho, mi iniciación en los blogs fue antes de FNVLT, con Whedonverso.com, página en la que, junto a mis amigos whedonites, analizábamos en profundidad las series de Whedon.

Claro que luego está la serie que revolucionaría la televisión y su relación con Internet, el fenómeno al que nos debemos remontar para entender esto de la serieadicción y descifrar al nuevo espectador de televisión. Efectivamente, estoy hablando de Perdidos. El año que empecé a escribir en el blog, Lost estaba en su última temporada. El blog empezó a despegar gracias a los análisis del día después que realizaba de cada capítulo, y con los que empecé a ampliar el radio y espectro de lectores, que como suele ocurrir, al principio no son más que tus grupo de amigos y/o compañeros de clase debatiendo contigo sobre la serie en cuestión. De esa manera empecé a darme cuenta de lo mucho que estaba creciendo esta comunidad de seriéfilos, y gracias a la respuesta tan positiva de los lectores, después del final de Lost y de la conclusión de mis estudios predoctorales, decidí seguir escribiendo sobre pasado y presente de la televisión en fuertecito no ve la tele. Y así hasta hoy.

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¿POR QUÉ FUERTECITO NO VE LA TELE?

Mucha gente me pregunta de dónde viene el título de mi blog, un título que por cierto he intentado cambiar varias veces -por aquello de que un nombre de marca debe ser corto y porque siempre me preocupa que por culpa de un título tan “informal” no se tome en serio lo que es sin duda un trabajo muy serio. Pues bien, la coletilla “no ve la tele” tiene doble sentido:

Por un lado, hace referencia al hecho de que los hábitos de consumo de series de televisión han cambiado por completo, y muchos de verdad ya no vemos la tele. Es decir, la “tele” ya no designa necesariamente un aparato físico, sino que nos referimos a ella más bien como si habláramos de un género o de un ámbito de la cultura. Ya no vemos la tele en la tele, la vemos en portátiles, en dispositivos móviles, en tablets mientras vamos en el metro, vaya, incluso en el cine… Y no la vemos siguiendo los horarios establecidos por las cadenas, sino que hemos adoptado por completo la experiencia de la televisión a la carta o hecha a medida por el propio espectador gracias a Internet. Cuando yo digo que no veo la tele, es verdad (no tengo TDT).

Por otro lado, el “no ve la tele” también es un guiño a todos esos que dicen “yo no veo la tele”, despreciando el medio como causa de los males de la sociedad, y renegando de la existencia de la tele de calidad. Los tiempos han cambiado, y las series ya no sufren el estigma del entretenimiento barato que tradicionalmente se atribuyó a las novelas por entregas, los seriales radiofónicos o incluso el cómic. Hoy en día, las series ocupan el lugar que les corresponde después de más de una década de esplendor, y ese reaccionario “ya no veo la tele” se ha quedado obsoleto. Por suerte, ya no lo oímos tanto como antes.

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LAS FRONTERAS ENTRE EL CINE Y LA TELEVISIÓN

Después de dos años escribiendo sobre series en mi blog, me mudé de Sevilla a Madrid. A comienzos de 2013 entré en contacto con el mundo de las distribuidoras de cine, y empecé a asistir a ruedas de prensa, pases y otros eventos. Comencé a escribir críticas de cine, que además es lo que a mí me gustaba hacer hasta ese momento, a lo que me dedicaba más como aficionado. Conté con el apoyo de todas las distribuidoras, y los lectores reaccionaron mucho mejor de lo que esperaba a que el blog ampliase horizontes.

Con esto me di cuenta de varias cosas:

  1. El espectador ya no tiene tan en cuenta el medio, sino que lo único importante son las historias y los personajes.
  2. El seriéfilo de hoy fue antes cinéfilo. Sigue siéndolo, y no son mutuamente excluyentes en casi ningún caso. Al que le gusta leer sobre series le gusta leer sobre cine, y viceversa.
  3. El cinéfilo más endogámico ya ha abrazado la seriefilia y ha asumido la evidencia: Las series ofrecen gran calidad. Podemos identificar el punto de inflexión en aquella significativa Cahiers du Cinéma España que colocó en la portada de su publicación -exclusiva y herméticamente dedicada al cine- a nuestro querido Don Draper.

Por eso, como blogger, yo me posiciono a la hora de escribir habiendo superado un lugar común que ya ha quedado muy anticuado: “Esta serie es muy buena, tanto que parece cine”. Hace 10 ó 15 años, con Los Soprano o The Wire, era comprensible exclamar tal cosa ante una serie insólitamente buena. HBO nos estaba mostrando las nuevas posibilidades de la narrativa serial, y eran alucinantes. Pero hoy en día ya hemos superado esta distinción, y tenemos muchas series que lo demuestran.

Además, volvemos al tema de los medios de difusión y consumo. Con el auge de los sistemas VOD, los estrenos simultáneos en salas e Internet, y la tendencia a crear y consumir el cine como series (largas sagas que abarcan años, películas divididas en dos con un cliffhanger), el cine y la televisión (norteamericana) empiezan a fusionarse.

Mad Men

SUPERÁVIT DE SERIES, ZEITGEIST Y CULTURA RECAP

Como decía, tenemos muchas series de calidad. De hecho tenemos superávit de series. Hay demasiadas, un gran porcentaje de ellas son de gran calidad, y estoy seguro de que os pasará como a mí: No hay tiempo de verlas todas. Necesitamos días de 72 horas. La vida del serieadicto es un continuo maratón de episodios en torno al que organizamos nuestros trabajos, nuestras responsabilidades y vidas sociales (si alguna tuviéramos), y aún así nos falta tiempo. Hay que estar al día con Juego de Tronos, The Walkind Dead, Mad Men… Además hay mil y una series de culto y/o clásicos que tenemos en la lista de espera. Sin olvidar nuestros guilty pleasures, los revisionados de nuestras series favoritas, y aquellas series que empezamos a ver hace años, y no sé por qué razón, nos negamos a abandonar.

Esto ha provocado la ansiedad del seriéfilo, y en relación a esto, lo que mi amigo Javier Pérez, definió como el Síndrome de Diógenes Digital (que podría ser también Seriéfilo o Cinéfilo). Acumulamos textos culturales con la idea de que TENEMOS que consumirlos para ir al día con los tiempos que corren, pero no tenemos tiempo para hacerlo, así que los engullimos como podemos y en muchos casos no los digerimos y los desechamos rápidamente. Es también lo que Alberto Rey llamó la bulimia seriéfila. Queremos verlo todo, porque el auge de Internet y las redes sociales, y la eclosión de la quality television en el S.XXI, ha despertado la necesidad completista y competitiva del espectador. En ocasiones vemos las series y el cine como si estuviéramos siguiendo un checklist, y no nos damos cuenta de que esa lista se renueva todos los años y es infinita. Esto salta a la vista durante la carrera de los Oscars. Seguro que muchos de vosotros, o amigos vuestros, viven los meses de enero y febrero con estrés, intentando llegar a la meta (la ceremonia) habiendo visto todas las películas nominadas.

Es un síntoma de la necesidad que tenemos de formar parte del Zeitgeist, de estar ultra-informados, hiper-cultivados, y de ver todo lo que los críticos, bloggers o académicos denominan “cine o televisión obligada”. Por eso cada vez hay más bloggers y webs especializadas en cine y TV, porque cada vez hay más series. Y esto ha hecho que el espectador quiera participar activamente del análisis de las mismas y del diálogo cultural que generan. Porque las series hoy en día (como siempre, pero aún más) cumplen la inequívoca función de explicar el mundo. Y ahora más que nunca, en una época de confusión general, caos y sobreinformación, necesitamos entenderlo, por eso demandamos de las series mayor profundidad y nos involucramos más con ellas.

De ahí que tantos seriéfilos y cinéfilos se hayan convertido en críticos/reviewers/bloggers. Para entender el mundo, queremos entender las series, y estas cada vez nos ofrecen visiones del mundo más complejas, que se prestan al análisis en profundidad. Esto ha dado lugar a lo que se conoce como la Cultura Recap, que auspician páginas importantes como Vulture, EW, IGN o The A.V. Club. La cultura que ha sustituido a la conversación del día después en clase o en el trabajo, donde debatimos el capítulo que hemos visto la noche anterior. Estos análisis están alcanzando un nivel de calidad impresionante. En muchos casos, los recaps son incluso mejores que las series, textos periodísticos y literarios brillantes, puro arte del sobreanálisis, pero arte al fin y al cabo, y sin duda ponen el listón muy alto para el resto de bloggers.

Yo pertenezco, o intento pertenecer, a esta Cultura Recap, aunque lo haga solo con un par de series, porque no es viable para mí analizar en profundidad toda la quality television que existe, ya que llevo yo solo el blog y no doy abasto. Como muchos sabéis, ejerzo como recapper de Mad Men, que es en mi opinión el culmen de la televisión de calidad, y una de las mejores series de la historia, por no decir la mejor (que me perdone Buffy, mi otra mejor serie de la historia), y semana a semana realizo un análisis en profundidad de cada capítulo mientras la serie de Matthew Weiner está en antena. Hoy por hoy, esto es lo que más me gusta hacer en el blog, y es el trabajo que me deporta las mayores satisfacciones.

En España hay cada vez mejores recappers, y hacemos competencia digna a los de Vulture y compañía. A mí por ejemplo me encantan los análisis de Mad Men (y de otras series) que hacen Sara Bureba en Series de Bolsillo o Valentina Morillo en el podcast Del sofá a la cocina.

Resumiendo, en lugar de debatir delante de un café o entre clase y clase, ahora lo que hacemos es escribir reviews, recaps, leer hasta que nos explota la cabeza, empaparnos de las teorías de los que escriben, compartiendo las nuestras, y creando al fin y al cabo una cíber-comunidad donde las fronteras entre el crítico y el espectador son cada vez más difusas.

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CRÍTICO VS. BLOGGER/RECAPPER

Por eso, cada vez hay más críticos autodidactas o amateur, que “compiten” con los críticos profesionales en los medios tradicionales. Los bloggers han irrumpido en el periodismo digital y cultural, y los medios tradicionales están aprendiendo a convivir con ellos. No sin recelo inicial.

¿Conocéis el dicho anglosajón “Everyone’s a critic”? Pues eso. Yo os puedo contar, a modo de anécdota, cómo en uno de cada tres pases de prensa escucho a algún corrillo de crítico de diarios hablar despectivamente de los bloggers y llamarlos “los frikis estos”.

Existe un rechazo, comprensible hasta cierto punto, hacia lo que mi amigo y antiguo profesor de crítica de cine Manuel Lombardo llama el “crítico pop”. Estos bloggers, en muchos casos seriéfilos antes que críticos de cine, y en casi todos los casos FANS, personas inmersas en la cultura popular, pueden dar la sensación a menudo de no ser rigurosos, de no ir en serio. Pero el lector los lee cada vez más, y por eso son tomados muy en cuenta por las empresas, las distribuidoras, los canales de TV, porque su voz es cada vez más importante. Y esto puede percibirse sin duda como una amenaza desde los medios tradicionales. ¿Por qué? Porque el blogger hace prácticamente gratis, por amor al arte, lo que el crítico de plantilla hace cobrando. La solución ha sido incorporar este universo blogger a los medios consolidados, e institucionalizarlo de alguna manera.

Pero, ¿por qué los lectores y las empresas tienen tanto en cuenta la opinión y la presencia en la red de los bloggers en oposición a la de los críticos consolidados?

  • Porque el espectador siente que le están hablando de tú a tú, y no desde una posición elevada, por encima de ellos.
  • Porque al lector le gusta sentir que forma parte de una comunidad, y el blogger le permite esto, mientras el crítico tradicional normalmente no forma parte del diálogo. Además, antes el espectador leía una crítica para decidir si veía una película o no. Ahora la lee después, para contrastar, completar y dialogar. Algo que sin duda se contagia de la Cultura Recap televisiva y el miedo a los spoilers, y que resulta siempre en el refuerzo de una comunidad que solo ofrece el blogger.
  • Porque el blogger, dejando a un lado su estilo o la calidad de su prosa, escribe como un espectador más, y forma parte activa de la experiencia comunal de ver cine y series (enriquecida con iniciativas como Birraseries).
  • Porque aunque a veces sea inevitable destrozar una película o una serie, el blogger no parece estar escribiendo desde el odio (tiene el ¿privilegio? de poder escribir sobre lo que quiere, sobre lo que le gusta), y no despierta esa connotación despectiva del término “crítico” que sí se puede aplicar a muchos periodistas de diarios nacionales.

Esto es por supuesto una generalización, y no carece de excepciones. Hay críticos que funcionan desde la perspectiva del blogger, y hay bloggers que parecen críticos de Cahiers. Pero en general, lo que diferencia al crítico profesional y al crítico pop es la distancia que interponen entre ellos mismos, el objeto a criticar y el espectador. El crítico, por una cuestión quizás de logística, pone mucha más distancia que el blogger  (llega a más gente y no puede dialogar con todos como hace el blogger), y desde luego no opera con el mismo grado de entusiasmo que él (entusiasmo que en ocasiones puede percibirse lógicamente como falta de seriedad y ausencia de criterio). Desde mi punto de vista (y así es como me aproximo yo a la crítica de cine y televisión) se trata de encontrar el equilibrio entre la cercanía del blogger/crítico pop y el rigor y los conocimientos del profesional.

Lo que está claro es que Internet ha dado poder y voz a la gente “corriente”. Y esto lo saben las distribuidoras y las cadenas, y por eso, a excepción de alguna que otra (no sacaré trapos sucios aunque los haya), nos tratan con mucha atención, como medios serios, que es lo que muchos pretendemos ser (a pesar de que el nombre de nuestro blog pueda indicar lo contrario).

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VIABILIDAD ECONÓMICA DE LOS BLOGS

Mucha gente también me pregunta: “Pero bueno, ¿ganas dinero con el blog? ¿Te da para vivir?” No os voy a engañar, me parece una pregunta un tanto impertinente, pero entiendo perfectamente la curiosidad que despierta el tema. Cabe aclarar que mis palabras no deben ser tomadas como la norma ni nada parecido. Hablo siempre desde mi experiencia, y otros pueden tener una completamente distinta que refute mi visión del asunto. Pero creo que, si me preguntan a mí, y probablemente al 95% de los bloggers, si se puede vivir de un blog, te vamos a responder claramente que NO. Pero con matices.

Existe un pequeño porcentaje de bloggers que son trend-setters, que tienen un seguimiento que se cuenta por los cientos de miles y millones, y estos sí pueden vivir de ello (son por regla general bloggers de moda o de belleza/salud). Pero no es lo normal, aunque tengas buenas estadísticas. Lo normal es tener un trabajo y dedicarte al blog en tu tiempo libre. Aunque en muchos casos el blog sea más trabajo que el primero, tanto por el tiempo que le dedicas como porque le pones más cariño y esfuerzo (al fin y al cabo, un blog suele ser lo que a uno le gusta hacer, su trabajo ideal).

No nos paga nadie, y la única vía para monetizar nuestro trabajo en el blog es a través de publicidad, sponsors, patrocinadores que ofrecen anunciarse mediante publirreportajes o product placement en tu página. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la recompensa económica es tan irrisoria que para muchos no merece la pena “mancillar” su blog por dos duros. Por eso, hay que buscar otra manera de capitalizar el trabajo en el blog y utilizar la popularidad que te pueda dar para:

  • colaborar con otros medios que sí remuneren,
  • intentar convertirte en un blogger-firma de un diario o revista,
  • adentrarse en el mundo editorial (España está despuntando en la publicación de libros sobre series),
  • organizar/participar en eventos, conferencias, etc.
  • pasarse al video-blogging, que es más rentable.

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RESUMIENDO

Los blogs son para mí una herramienta que utilizo para formar parte de esta cultura de inmersión completa en lo audiovisual y participar activamente de esta gran comunidad (palabra clave sin duda) de seriéfilos y cinéfilos que ha cambiado la cara del periodismo digital y la cultura audiovisual. La incorporación de los blogs a los periódicos y revistas de todo tipo confirma que estos han alcanzado un nuevo status y reciben el respeto que merecen. Los bloggers son cada vez más tenidos en cuenta y en algunos casos, se convierten en referentes a la altura de aquellos que escriben en los medios consolidados.

Personalmente, fuertecito no ve la tele me ha dado la satisfacción de haber reunido a una comunidad de seriéfilos y cinéfilos muy participativa, cordial y respetuosa, con la que me encanta hablar a diario. No hay mayor alegría que cuando alguien te dice que ha seguido una recomendación tuya y le ha gustado, aunque no sea tu objetivo ejercer como “referente” o como guía de lo que hay o no hay que ver (porque a mí no me gusta nada que me lo digan, sobre todo lo que no debo ver). Claro que no todo son satisfacciones. Además del hecho de que es complicado ganarse la vida con un blog, yo tengo dos inconvenientes de esto de ser blogger: Dolor de espalda permanente y haberme tenido que poner mis primeras gafas.

Muchas gracias a todos por leer y por apoyar fuertecito no ve la tele. Sois la cura para la vida común.

Cómo conocí a vuestra madre: Un high five para la eternidad

Last Forever Part One

Una película del montón puede quedarse en la memoria para siempre si tiene un final impactante. Si un ensayo mediocre se remata con una frase final perfecta, la valoración sobre el texto será más positiva. Y de la misma manera, si una serie que ha estado en antena la friolera de nueve años, con sus más y sobre todo sus menos, termina con un episodio final para el recuerdo, será más fácil olvidar todo lo malo y quedarse con lo bueno. Mi relación con Cómo conocí a vuestra madre (How I Met Your Mother) ha sido de amor amistad-odio desde la cuarta temporada, y en sus últimos años me ha resultado muy difícil recordar por qué un día fuimos amigos. Con “Last Forever” he conseguido perdonar el insoportable estiramiento y la progresiva pérdida de gracia de la serie, gracias a un final redondo que incide en el aspecto más amargo y real de esta historia, precisamente lo que más me ha gustado siempre de ella. Y así, echando la vista atrás y haciendo balance, no puedo sino expresar mi profunda admiración por unos guionistas que han sabido elaborar un magnífico plan narrativo a largo plazo en el que todas las piezas han acabado encajando, y que han mimado su historia y a sus seguidores con un detallismo virtuoso.

Siempre he dicho que Cómo conocí a vuestra madre quizás debería haber sido una dramedia, puesto que cuando más brillaba era cuando se proponía conmover y entristecer al espectador con los reveses que el destino le tenía reservado a sus protagonistas. Por eso, durante la recta final de la serie, y después de una novena temporada fallida por lo general, tuve la corazonada de que Cómo conocí a vuestra madre se despediría haciendo lo que mejor se le ha dado siempre, tocando la fibra sensible, dando con la nota emocional adecuada. Tenía la certeza de que “Last Forever” sería un buen final, pero lo que no imaginaba es que sería tan arriesgado (paradoja teniendo en cuenta que estaba pensado desde el principio), tan melancólico, y tan polémico. Al igual que otro ambicioso final de sitcom, el de Will & Grace, la series finale de Cómo conocí a vuestra madre es una coda tremendamente agridulce, poco complaciente, pero muy coherente con las trayectorias de sus personajes. “Last Forever” duele, incluso enfurece, porque no es un final de cuento de hadas, es un final que transcurre dentro de los límites de la realidad.

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A través de constantes -y emocionalmente agotadores- saltos, ahora casi exclusivamente hacia adelante, el final de Cómo conocí a vuestra madre nos muestra cómo estos cinco amigos se enfrentan al paso del tiempo y luchan por mantener el contacto, aunque sea solo en los acontecimientos más importantes de sus vidas. Lily es el pegamento que intenta mantener a la pandilla unida por todos los medios. Pero es complicado cuando hay niños, cuando hay mudanzas, cuando no hay suficientes horas en el día y las prioridades cambian. Life happens. Mientras Lily y Marshall se mantienen como la pareja más sólida de la sitcom moderna, el resto de personajes lidian con las consecuencias de sus decisiones, afrontan los cambios y se resignan a lo que no puede cambiar. Pero todos, cada uno a su ritmo, acaban dando con aquello que les proporcionará la clave para ser feliz. En la que quizás es la escena más desarmante y enternecedora del episodio, Barney halla en la paternidad la garantía de un amor para siempre, algo que no ha conseguido con Robin (Neil Patrick Harris se despide de la serie por todo lo alto con esta escena). Puede parecer un cambio precipitado, pero recordemos que debemos considerar el factor de las elipsis, es decir, toda la evolución de la que no somos testigos, todo el dolor que no vemos, pero que sí deberíamos reconocer en los personajes. Dolor que se magnifica cuando los vemos separarse una y otra vez, distanciarse, y saludarse de forma cada vez más fría y extraña. Ver a la pandilla desintegrarse poco a poco, y en concreto a Robin perdiendo el contacto con sus amigos, conforma un final difícil de digerir, pero profundamente pertinente y franco.

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Sin embargo, la decisión que más ha dividido a los espectadores ha sido la de unir a Ted y Robin en la última secuencia de la serie. Para muchos, esto supone poco menos que una traición, una puñalada al desarrollo de estos personajes a lo largo de los años. Pero precisamente ahí está la clave para entender y aceptar este final, en el paso del tiempo. Ted y Robin no huyen juntos el día de la boda de Robin y Barney. Ni siquiera tenemos garantía de que pasarán el resto de su vida juntos. Como decía, esto no es un final de comedia romántica bajo la lluvia, no es un forzado y simplón “vivieron felices y comieron perdices”. Lo suyo es un nuevo comienzo, una nueva oportunidad, después de más de quince años (es decir, de toda una vida) en los que ambos han seguido cambiando, madurando, convirtiéndose básicamente en otras personas. El Ted que aguarda a Robin con la trompa azul bajo la ventana no es el mismo que el del episodio piloto, y no es el mismo que el del resto de la serie. Si tenemos en cuenta la historia de estos personajes, que se conocen desde hace ya 25 años, sus tragedias personales, y el gran papel que la soledad (o más bien el miedo a la misma) ha ejercido en sus vidas, es una conclusión perfectamente lógica, incluso la única posible para hacer justicia a la historia y el tiempo invertido en ella. Ya no es que Ted y Robin hayan sido siempre el uno para el otro (esa descripción pertenece a Ted y Tracy), es que el tiempo, en su capricho infinito, ha dispuesto los acontecimientos de sus vidas para que lo suyo finalmente tenga sentido.

“But love doesn’t make sense! I mean you can’t logic your way into or out of it. Love is totally nonsensical, but we have to keep doing it or else we’re lost and love is dead and humanity should just pack it in. Because love is the best thing we do.” -Ted Mosby

Si lo pensamos, Cómo conocí a vuestra madre ha sido una serie increíblemente triste, la historia de un hombre definido por su deseo de amar y ser amado, y aplacado por un destino que nunca simpatizó especialmente con él. La muerte de la madre (que Internet llevaba ya meses vaticinando) estaba planeada desde el principio, como confirma la última conversación de Ted con sus hijos, y es la última pieza del puzle del personaje. Es esa conversación (que los actores adolescentes grabaron en 2006) lo que da sentido completo a la serie, lo que redime finalmente a Ted -si es que todavía quedaba alguien que lo considerase un simple desesperado.

¿Por qué ha estado contando este eterno relato sobre la madre de sus hijos y esta apenas ha aparecido en él? Los hijos lo tienen claro, además de un precioso homenaje, ha sido una larga treta para buscar su aprobación, para asegurarse de que, después de la horrible pérdida de su madre, están preparados para que su padre declare su amor (eterno y sincero) a la tía Robin. Esto no invalida el profundo amor de Ted por Tracy, al contrario, lo fortalece, lo eterniza (recordad, han pasado seis años desde su fallecimiento). No nos han hecho adorar a la madre para nada, nos han hecho adorarla para que entendamos a Ted, para que seamos conscientes del lugar en el que se encuentra mientras narra su historia, para que sepamos hasta dónde llegan sus sentimientos por Robin. Y si los niños lo entienden y dan su visto bueno, ¿quiénes somos nosotros para negar a Ted y Robin un último para siempre, el que sea quizás el único resquicio para hallar la felicidad y derrotar por fin a la soledad? La tesis final de Cómo conocí a vuestra madre es por tanto que el amor puede ser obra del destino o el resultado de una complicada historia que abarca media vida, pero lo más importante es no dejar nunca de amar.

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“Last Forever” pone el perfecto broche final a una serie muy lejos de ser perfecta (claro que una ficción longeva como esta no puede ser nunca perfecta por definición). Este desenlace contrarresta de algún modo, incluso justifica, el alargamiento de la historia, y si bien no nos hace olvidar las incontables horas de relleno, nos ayuda a despedir la serie con una sonrisa, y en mi caso (seguramente el vuestro también), más de una lágrima. Una por su gran trabajo a la hora de enlazar con el final algunos de los momentos más icónicos de la serie (el Playbook de Barney, la calabaza putón, todos los high fives, los legendary…) y utilizarlos para celebrar a sus personajes y redondear sus caracterizaciones. Otra porque podemos ver en los rostros de los actores el dolor que les causa despedirse de ellos (fue devastador ver a Alyson Hannigan interpretándose a sí misma durante todo el episodio). Una más porque nos hace reflexionar sobre la pérdida (la del amor ni más ni menos, no se me ocurre nada más lacerante), sobre lo que dejamos atrás, y aquello a lo que tenemos que renunciar para seguir adelante, sobre los cambios y la fragilidad de la amistad a medida que avanzamos en la vida. Y una última porque comprobamos que el tiempo se nos va, y no hay nada que aterrorice más, como bien sabe Ted Mosby, que verlo pasar y no haber encontrado ese “para siempre”.

HBO resucita ‘The Comeback’ nueve años después de cancelarla

The Comeback Lisa Kudrow

[Actualización (29-04-14): ¡ES OFICIAL! HBO da luz verde a la continuación de THE COMEBACK. La producción comienza el próximo mes de mayo, con vistas a estrenarse entre finales de 2014 y comienzos de 2015. La sitcom creada por Michael Patrick King y Lisa Kudrow regresará como miniserie limitada de 6 episodios]

¿Está cambiando la televisión para siempre? ¿Tenemos los fans más poder que nunca en las decisiones de las cadenas? Después de milagros catódicos como la resurrección de Arrested Development por parte de Netflix o la existencia de la película de Veronica Mars, HBO está considerando seriamente dar una segunda temporada a The Comeback, la serie de Michael Patrick King (Sexo en Nueva York) y Lisa Kudrow (Friends), que fue cancelada hace ya 9 años.

King y Kudrow están negociando con la cadena la posibilidad de desarrollar una miniserie limitada que nos contaría qué ha sido de Valerie Cherish (Kudrow) después del éxito de su reality show “The Comeback”. Os recuerdo que esta ácida comedia de culto, estrenada en junio de 2005, es un mockumentary sobre una antigua actriz de sitcom que planea su gran comeback a la televisión mientras las cámaras graban la preparación de su nueva serie, Room and Bored, en la que interpreta a la vecina de un grupo de universitarios cachondos -entre ellos rostros más populares hoy en día como Malin Ackerman y Kellan Lutz.

La serie duró tan solo 13 episodios antes de ser cancelada. Sin embargo, la historia de Valerie se cerraba de manera que The Comeback funcionaba perfectamente como una temporada única. Tanto es así que, a pesar de la poca repercusión que obtuvo en su momento, se fue convirtiendo poco a poco en objeto de culto de muchos telespectadores que la fueron descubriendo con el tiempo, y que aún a día de hoy la reivindican (entre los que yo me encuentro, por supuesto).

The_Comeback_TVAl igual que Arrested Development, que comenzó a emitirse un par de años antes, The Comeback era una serie adelantada a su tiempo. También en 2005 llegaba The Office a NBC, poniendo en boga el mockumentary sobre personajes extraños y situaciones cotidianas incómodas, y ganándose (merecidamente por otra parte) la atención del gran público americano, que había ignorado una propuesta similar (e igualmente genial) un año antes. The Comeback no solo encontró su fandom con efecto retardado sino que la crítica también la descubrió tarde, y los elogios hacia ella llegaron cuando ya se había cancelado. De hecho Lisa Kudrow fue nominada al Emmy a Mejor actriz de comedia por su inconmensurable trabajo en la serie casi un año después de que concluyera su emisión.

El productor y la actriz están ocupados con sus actuales proyectos televisivos (King trabaja en 2 Broke Girls y Kudrow en Web Therapy), pero han contado a Deadline que siempre que se reúnen, Valerie Cherish aparece en sus conversaciones y que no pueden olvidar la serie: “Cada vez que comemos juntos, acabamos preguntándonos ‘¿Dónde estaría Valerie una década después? ¿Estaría recibiendo clases en el Actor’s Studio? La verdad es que queremos que salga en un programa de la cadena Bravo. ¿No sería perfecta para la franquicia Real Housewives?”, ha declarado Kudrow. Según cuenta la actriz, después del éxito de Rob Thomas con Veronica Mars, se llegaron a plantear seriamente la posibilidad de recurrir a Kickstarter para revivir The Comeback, pero parece que HBO podría estar interesada en producir una segunda temporada, así que mucho mejor. Valerie se merece hacer su segundo comeback en la cadena que la convirtió en un personaje de culto para muchos.

Os dejo con mi escena favorita de toda la serie, un ejemplo de lo terriblemente agridulce, triste y brutalmente conmovedora que podía llegar a ser esta aguda comedia sobre las miserias humanas. Si no conocéis a Valerie Cherish, y aguantáis bien el humor por vergüenza ajena, os animo a darle una oportunidad a The Comeback, y a descubrir a uno de los mejores personajes de la historia de la televisión. Con suerte dentro de poco le volveremos a oír decir aquello de “I don’t wanna see that!

Con esta noticia empieza a parecer posible la continuación de cualquier serie prematuramente cancelada (Pushing Daisies, Wonderfalls, Firefly, Carnivàle, Freaks and Geeks la lista es muy larga). Definitivamente, son buenos tiempos para la televisión de culto, y para el seriéfilo. Y a vosotros, ¿qué serie cancelada os gustaría ver resucitada?

Crítica: Veronica Mars (2014)

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La historia de la película de Veronica Mars la conocéis de sobra. Antes de su estreno mundial el pasado 14 de marzo simultáneamente en (algunos) cines y plataformas de vídeo por Internet, Veronica Mars ya era un caso de éxito total. Y su mera existencia es la prueba fehaciente de ello. Solo faltaba comprobar si el trabajo de Rob Thomas y su laborioso y entregado equipo estaría a la altura de las circunstancias. No es que lo dudásemos en ningún momento, pero después de ver el resultado final alegra corroborar que la película es todo lo que esperábamos. Un auténtico regalo a los fans (aunque Thomas se empeña en decir que el regalo se lo hemos hecho nosotros, y no le vamos a hacer la contra), un precioso homenaje a una serie muy querida (más de lo que muchos creían), y una inspirada oda a unos personajes que se han resistido a abandonarnos desde que la serie fuera prematuramente cancelada hace siete años. Veronica Mars ya tenía su lugar privilegiado en el paraíso de la televisión de culto, pero en 2014 ha logrado convertirse en máxima representante del gran cambio en la industria audiovisual.

Con todo el ruido que ha hecho el proyecto, las expectativas estaban por las nubes, pero ni Thomas se ha achantado por la presión, ni su creación ha perdido un ápice de frescura después de tanto tiempo. Eso sí, el film es de factura “modesta”, debido al reducido presupuesto, lo que puede echar para atrás a más de uno. Aunque Thomas compensa la escasez de medios con grandes dosis de ingenio y pasión, como siempre. Vamos, que no podíamos haber invertido mejor nuestro dinero. Porque la película es sobre todo un acto de servicio y amor al fan, pero también un ejercicio de funambulismo narrativo para contentarnos a nosotros sin alienar al resto de la audiencia. Es cierto que un no-fan no vivirá este evento cinematográfico al mismo nivel que un fan, pero Thomas se ha asegurado de que todos los guiños (y hay muchos, mi favorito el del FBI) funcionen en dos niveles: como estímulo emocional para el seguidor de la serie, y como parte natural de un guión que los neófitos entenderán igualmente. Por eso, cuando Logan Echolls (Jason Dohring) le dice a Veronica Mars (Kristen Bell) al final de la película que su historia de amor es “épica, abarcando años y continentes, dejando vidas arruinadas y baños de sangre”, el no-fan percibirá la importancia del momento y sentirá que las palabras de Logan son reales (sin importar si esto es una referencia a la serie o no), pero el fan regresionará al episodio “Look Who’s Stalking” (2.20) y lo de “épico” adquirirá una nueva dimensión. En definitiva, todos salimos ganando.

Veronica Mars 2014 es a la vez un final y un principio. La cancelación de la serie en 2007 dejaba inacabada la apasionante historia de esta perspicaz detective privado adolescente. Es por esta tormentosa sensación de “asunto pendiente” por lo que la película es hoy en día una realidad. No hay placer mayor para el seriéfilo que obtener clausura, sin la que vagamos por nuestra existencia carentes de sentido y propósito. Thomas se ha asegurado de que, en caso de no haber más aventuras de Veronica Mars, hayamos completado su historia. Pero como decía, la película también funciona como nuevo comienzo, como un re-piloto de doble duración que nos plantea una Veronica Mars 2.0. Los ingredientes son los mismos, diálogos punzantes (herederos del estilo Whedon), atmósfera surfer noir e intrincados misterios, pero los personajes han madurado (Logan de marine, no digo más). Thomas insiste en los mismos temas que en la serie, desde una perspectiva más adulta, incluso más serena y un tanto agridulce: la lucha de clases en Neptune -casi en estado de ley marcial-, la ineptitud policial, la vida de los ricos y famosos, y el gran tema que define a la serie y a su protagonista, el amor como adicción. Adicción al chico malo, a una ciudad, a una vocación. Por eso, la idea que articula la película es “La decisión de Veronica”, seguir adelante con su vida como abogada en Nueva York, con su novio perfecto, Piz (Chris Lowell), o volver a los antiguos vicios, es decir, Neptune, la investigación privada y Logan Echolls. Quizás en la vida real la decisión fuera mucho más difícil, en Veronica Mars está clara desde el principio. Elegimos “épico”, elegimos el despacho de Mars Investigations, Team Logan, Team Keith y Team Neptune, y de esta manera dejamos la puerta abierta para una posible (y desde ya necesitada) continuación.

Veronica Mars Logan Echolls 2014

El misterio que ocupa la película es el asesinato de Carrie Bishop (el único personaje con nuevo rostro, en la serie Leighton Meester, y en la película Andrea Estella), lo que propicia el regreso de Veronica. Aunque la verdadera fuerza magnética que atrae a Mars es Logan, que como no podría ser de otra manera, es el principal sospechoso del homicidio. La vuelta de Veronica coincide con su reunión décimo aniversario del instituto. Y eso es exactamente la película, una emotiva reunión, un desfile continuo de rostros conocidos para el fan de la serie -además de desternillantes cameos de actores que no habían aparecido en ella. Si acaso se echa de menos más peso en la historia de secundarios importantes como Mac, Wallace o Dick, o más interacción entre Veronica y su padre, Keith (cuya relación era el núcleo emocional de la serie), aunque nos damos por satisfechos con las esporádicas apariciones de estos personajes. Porque salen poco, pero no se puede decir que su tiempo en pantalla no se haya aprovechado debidamente (todos están en el lugar adecuado en el momento justo y sus one-liners no podían ser más pertinentes). Además, para calmar nuestras ansias de Ryan Hansen (que con el tiempo se ha convertido en la otra gran estrella rubia de Veronica Mars), tendremos la webserie protagonizada por Dick Casablancas.

Eso sí, el caso de la semana película no es precisamente lo más “épico” de Veronica Mars 2014. Está bien planteado y desenmarañado, pero resulta poco interesante y se queda muy lejos de los grandes misterios de las dos primeras temporadas de la serie. Sin embargo, para nosotros esto es lo de menos (no sé si los no-fans pensarán lo mismo). Lo más importante es comprobar que el espíritu de la serie está intacto, que la afilada escritura de Rob Thomas sigue en forma, que la magnífica Kristen Bell sigue habitando en el personaje, y que, pese a la vida y el paso del tiempo, y aunque ella misma dice en el prólogo de la película que la gente piensa que se ha ablandado (ese guiño que no tarda en aparecer), Veronica Mars sigue siendo la misma badass implacable de siempre (no sé vosotros, pero yo pienso usar el pintalabios como ella a partir de ahora). Lo de “A long time ago, we used to be friends” no se aplica a nosotros. Lo nuestro sería más bien así: “después de tanto tiempo, seguimos siendo amigos“. Solo queda dar las gracias, a Rob, a Kristen, a todo el equipo de Veronica Mars, y a todos los marshmallows del mundo. Porque lo nuestro es épico, abarca continentes, literalmente, y si hace falta arruinar vidas, o cuentas corrientes, y derramar sangre para volver a Neptune de nuevo, lo haremos.

Valoración: ★★★★

The IT Crowd: Apagando la comedia geek

IT Crowd Special

La historia de The IT Crowd (en España Los informáticos) es como la de muchas otras series británicas. En 2006 comenzó su limitada y dispersa andadura en Channel 4, y se mantuvo en antena durante cuatro temporadas, a lo largo de las cuales se convirtió en una sitcom de culto, especialmente entre el público geek. Entre la tercera y la cuarta pasaron casi dos años, y una vez emitido el último episodio en 2010, la escasez de noticias con respecto a su futuro daba por cancelada la serie. Al más puro estivo British TV, donde ninguna ficción televisiva, por muy exitosa que sea, tiene sellado su destino. Sin embargo, más de tres años después, el creador de la serie, Graham Linehan, se decidió a filmar una coda tardía para dar conclusión a The IT Crowd. Un nuevo episodio, solo uno, para despedir la serie como se merecía.

The Internet Is Coming“, o como muchos lo conocimos cuando lo descargamos en su día, “The Last Byte“, llega tarde (como este artículo), pero cumple su papel a la perfección. En primer lugar, ayuda a que nos saquemos la espinita de aquel “Reynholm vs. Reynholm” (4.06), uno de los peores episodios de la serie, si no el peor; un capítulo que muchos nos negamos a aceptar como el final de The IT Crowd. Lo mejor de “The Last Byte” es que es un episodio normal de The IT Crowd, absolutamente fiel a lo que hemos visto antes, uno que hace sentir como si no hubieran pasado más de tres años. Constituye un evento televisivo especial porque es el final de una serie, y además una muy querida, pero no por ello es un capítulo especial en esencia, más allá de su doble duración. Sin embargo, Lineham sentía que sus personajes necesitaban una despedida oficial, así como sus fans, y eso es lo que hace que este episodio sea especial. Por eso, después de varias tramas demenciales muy IT (Jen y Roy como La misógina odia-vagabundas y El racista de enanos respectivamente, o la subida de autoestima de Moss al ponerse pantalones de mujer), “The Last Byte” incorpora un final para ellos (o nuevo comienzo, como suele ocurrir en las series), uno tan absurdo, fortuito y abrupto como cabe esperar de esta serie. Al fin y al cabo, como Jen (Katherine Parkinson), Roy (Chris O’Dowd) y Moss (Richard Ayoade) (auto)reflexionan muy acertadamente hacia el final, nada de lo que les pasa es normal.

l-r: Roy (Chris O'Dowd), Jen (Katherine Parkinson)

The IT Crowd estableció una relación muy estrecha con sus espectadores, sobre todo al proporcionar identificación directa con el geek a través de Roy y Moss, dos técnicos informáticos de una gran compañía (de a saber qué), relegados al sótano, este decorado como si fuera la habitación de un universitario que nunca sale de su cuarto, e inmersos en su particular mundo de tecnología, cómics y juegos de rol. La llegada de Jen, puente entre el experto en cultura pop y el muggle, los sacaba de sus rutinas ermitañas para vivir las situaciones más disparatadas (los actores estaban siempre espléndidos, totalmente comprometidos con la carcajada). Sin embargo, como The Big Bang Theory, The IT Crowd no alienaba a su audiencia menos nerd, sino todo lo contrario. Las peripecias de Roy y Moss eran universalizadas de tal manera y se hacían tan accesibles que The IT Crowd se veía como una sitcom tradicional para todos los públicos (¡es gracioso porque es verdad!), además de un ejemplo casi paradigmático de sitcom británica, con su tendencia al sketch y la sal gruesa.

Teniendo en cuenta que el humor británico consiste a menudo en reírse de las miserias humanas y la dificultad de las relaciones sociales, es lógico que de entre las innumerables referencias a la cultura pop que decoraban el sótano de los informáticos, destacasen los cómics de Daniel Clowes. Un mini póster de The Death Ray, una figura de vinilo de Pogeybait, y otra de Enid de Ghost World, hacían que este autor estuviera siempre presente. De hecho, Roy aparece leyendo el Bola 8 en uno de los episodios, y en el final de la serie vemos a Jen tirada en el sofá leyendo otro cómic de Clowes, Pussey! Después de tanto tiempo con ellos, Jen ha empezado a asimilar el estilo de vida de Roy y Moss -o seguramente era lo que Katherine Parkinson tenía más a mano en esa escena. Puede que ese detalle no fuera intencionado (o puede que sí), pero lo que sí está claro es que Lineham se encarga de completar ciclo recurriendo a running gags y haciendo referencia a algunos de los mejores momentos de la serie, como la relación entre Jen e Internet (“Creo que no te llegamos a decir nunca que ESO no era Internet”), la presencia de Richmond (Noel Fielding), o el chisteslogan de la serie: “¿Has probado apagarlo y volverlo a encender?” Con “The Last Byte” se nos da la oportunidad de cumplir un asunto pendiente como seriéfilos, algo que no siempre ocurre en televisión. Después de apagarla y volverla a encender tres años después, desenchufamos The IT Crowd para siempre..

The Day of the Whovians

The Day of the Doctor

Texto escrito por Alicia Ortega

Llevamos 50 años esperando este momento. Sí, algunos ni siquiera hemos cumplido aún los 30, pero todos sabemos que el tiempo no es algo lineal. Después de 50 años corriendo junto al Doctor, a los whovians se nos regala este capítulo especial para celebrar nuestro 50º aniversario.

Y digo “nuestro” porque no es tanto la celebración del aniversario de Doctor Who como de sus seguidores, y nadie como Steven Moffat, el mayor whovian fanboy que ha existido, para escribir un capítulo especial dedicado a los demás fans de la serie.

Desde que se hizo con la serie, Moffat se ha dedicado a introducir referencias internas para el deleite de los seguidores. Personalmente, tanta referencia capítulo tras capítulo me ha cargado bastante en la serie en sí, pero siendo este el especial del 50º aniversario, me parece una gran idea. No nos engañemos, Moffat es un experto en las autorreferencias, no las suelta si no están bien atadas y relacionadas, y lo hace con un cuidado exquisito: Los primeros segundos del episodio ya hacen que a cualquier whovian se le llenen los ojos de lágrimas de felicidad. Por mi parte, no pude más que pensar: “Por supuesto, no podía haber empezado de otra forma y, sin embargo, hasta que lo he visto, no he caído en ello”. Pero Moffat sí cayó, igual que pensó en todo tipo de detalles, tantos que probablemente alguno se nos haya escapado: desde la hora del primer reloj que se ve, las 5:15, la misma en la que se emitió el primer capítulo el 23 de noviembre de 1963; pasando por bufandas, cameos y “I don’t wanna go”. Mención aparte merece la aparición de la reina Elizabeth, que encaja deliciosamente con todas las apariciones y menciones que se han hecho de ella a lo largo de la serie, podéis comprobarlo.

Dejando aparte todas estas referencias, que para mí son la clave del episodio, vemos que la historia en sí sigue también las líneas características de nuestro showrunner: siguiendo la premisa de “el tiempo puede reescribirse”, Doctor Who permite contar la historia que quiera contar sin preocuparnos de la continuidad. Todo es posible, todo puede hacerse y todo puede tener más o menos sentido. Pero no tan hábil es nuestro amigo Moffat atando cabos dentro de un solo episodio como colocando autorreferencias. No olvidemos que Hitler sigue en la alacena. Así, tenemos a tres humanos y tres Zygons encerrados en la Torre de Londres debatiendo un acuerdo… esperemos que no acaben como los clásicos prisioneros de la Torre.

El especial del 50º aniversario, “The Day of the Doctor”, ha cumplido con creces las expectativas de los seguidores, de los que pudieron disfrutarlo en pantalla grande en el cine, los que lo vieron en televisión o de la forma que fuera. El 23 de noviembre de 2013 estaba condenado a pasar a la Historia, pero lo ha conseguido por mérito propio.

Recordando… Wonderfalls

Wonderfalls reparto

Érase una vez una cadena de televisión huraña y antisocial que en lugar de escuchar a sus telespectadores, se paseaba por sus casas sibilina y amenazante, asiendo una guadaña y murmurando a sus oídos: “no te encariñes con esa serie, la vamos a cancelar”. Se llamaba Fox, aunque muchos empezaron a llamarla Axe. No porque oliera bien, sino por su adicción a blandir esa guadaña para decapitar a sus series sin darles tiempo para que pidieran misericordia. Estamos hablando de una remota época de la televisión norteamericana en la que un índice de audiencia considerado fracaso estrepitoso sería hoy en día un éxito incontestable. Una etapa de transición en Fox que nos dio varias series de culto que no pasaron de los 14 episodios. Firefly acapara toda la atención (por derecho propio, claro), pero hay otra serie foxiana cancelada prematuramente que merece todos los elogios del mundo: Wonderfalls.

Wonderfalls proviene de la inquieta mente de Bryan Fuller. Por aquel entonces este nombre no nos decía nada, pero una década después podemos asociarlo a varias series muy queridas por el público. Se encargó de Star Trek: Voyager, pero su primera ‘serie de autor‘ fue Tan muertos como yo (Dead Like Me), que se mantuvo tan solo dos temporadas en antena, ganándose un culto considerable (uno que se ha ido desvaneciendo, eso sí). A continuación llegó Wonderfalls, de la que hablaré a partir del siguiente párrafo. Más recientemente, Fuller ha conseguido labrarse un nombre propio en la televisión USA gracias a su inconfundible estilo visual, ya muy presente y definido en las series mencionadas. Con Pushing Daisies canalizó al Tim Burton más luminoso, encandilando a muchos espectadores (que por desgracia no fueron suficientes para que la serie pasase de su segunda temporada). Y con su serie actual, Hannibal (segunda temporada pendiente de estreno), vuelve a echar mano de los ingredientes que mejor maneja, iconoclastia, plasticidad y color, oscureciéndolos para explorar la vertiente macabra y pesadillesca de su estilo.

Además de Fuller, Wonderfalls también era obra de Tim Minear, conocido sobre todo por ser uno de los guionistas predilectos de Joss Whedon, showrunner de Angel y Firefly, y más recientemente productor ejecutivo de American Horror Story (si lo pensamos, AHS es bastante deudora del estilo Fuller). La premisa era tan original como arriesgada, puro Fuller: una joven recién salida de la universidad se conforma con vivir en una caravana y trabajar en una tienda de souvenirs de las cataratas del Niágara. Un día, los objetos inanimados con forma de animal empiezan a hablar con ella a base de mensajes crípticos que le hacen plantearse si está destinada a algo más grande en la vida. La excentricidad de la propuesta no terminó de calar con la audiencia, y tampoco con la Fox, que extendió la primera temporada a lo largo de 2004 (fue un estreno tardío de mid-season y continuó en otoño), contribuyendo así a que el impacto fuera aún menor. Quizás habría funcionado mejor con episodios de 20 minutos, en lugar de 40, pero eso nunca lo sabremos.

Wonferfalls greetings postal

Wonderfalls nació en una época de la televisión en abierto en la que aún quedaba espacio para la creatividad y las series no se clonaban siguiendo un patrón diseñado según estadísticas y cifras de audiencia. Buffy y Angel se acababan de despedir, cerrando una fructífera y estimulante era televisiva. Y Wonderfalls llegaba tarde. O visto ahora, puede que demasiado pronto. La serie de Fuller puso en práctica el formato que Expediente X y Buffy popularizaron e implantaron en televisión: una estructura altamente episódica con capítulos autoconclusivos (aquí no teníamos “monster of the week”, sino “objeto inanimado de la semana”) alternada con una gran trama general que cobraba importancia a medida que la temporada avanzaba. Pero la televisión estaba cambiando, y el espectador también. Wonderfalls era 90s en estado puro, y el público quería pasar página.

La extravagante historia de Jaye Tyler (Caroline Dhavernas) no terminó de encontrar su nicho de audiencia quizás porque era un producto en apariencia adolescente, uno que desentonaba fuera de la WB. O quizás porque sus protagonistas eran la antítesis del personaje televisivo por antonomasia. Jaye no era una heroína, sino más bien todo lo contrario. Holgazana, desmotivada, sin un sueño que perseguir. Una fracasada que no mostraba el más mínimo remordimiento por haberse plantado. Precisamente Wonderfalls exploraba cómo una persona así lidiaría con una responsabilidad cósmica, cómo reaccionaría ante la idea de ser una especie de Elegida. No había elemento fantástico propiamente dicho, pero Wonderfalls flirteaba constantemente con una fuerza superior que nunca llegó a desvelar. Las ‘grandes hazañas’ de Jaye eran muy de andar por casa (a pesar del ocasional allanamiento de zoológico, viaje astral navajo o caída en barril por las cataratas del Niágara). Ella luchaba constantemente contra aquello de “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Jaye no quería responsabilidades, no quería compromisos, ni siquiera tenía aspiraciones o metas. Un personaje así en televisión era tan refrescante e interesante como arriesgado. Y afortunadamente, Caroline Dhavernas (rescatada por Fuller para Hannibal) supo sacar el máximo provecho de Jaye, construyendo un personaje brillante y lleno de matices, y demostrando un enorme talento para la comedia física (¡qué prodigio de la expresividad!) Puede que nadie lo sepa, pero sí, Jaye Tyler es uno de los mejores personajes de la historia de la televisión.

Caroline Dhavernas Wonderfalls

Claro que Jaye tenía a su alrededor un reparto excelente. Familia y amigos que proporcionaban estabilidad y locura a partes iguales. Personajes en un principio desdibujados que acaban adquiriendo gran entidad y ganándose con creces el cariño del espectador (mención especial a Sharon, la hermana lesbiana de Jaye). Y por supuesto, Wonderfalls también tenía historia de amor. El componente romántico no era especialmente apasionante, y el príncipe azul de Jaye, Eric (¿Tayron Leitso o el hermano pequeño de Matthew Fox?), era más bien soso, como el Eric de La Sirenita (o sea, que con esa cara daba igual cómo fuera). Pero como el resto de relaciones (amistosas, familiares, románticas) de la serie, la pareja central -y su TNR- estaba tratada con sumo cariño. Es imposible no involucrarse con ellos y desear que acaben juntos. Jaye+Eric 4ever.

Wonderfalls tan solo duró 13 episodios, pero es una de esas series que constituye una obra sólida a pesar de terminar mucho antes de tiempo y quedar interrumpida. En el poco tiempo que tuvo para florecer consiguió realizar episodios absolutamente antológicos e hilarantes (“Crime Dog” o “Cocktail Bunny” son de lo mejorcito que ha dado la tele). Pero son muchas las preguntas que quedan sin responder, principalmente las que tienen que ver con el misterio tras los objetos parlantes. ¿Está Jaye loca y Wonderfalls nos habla de una enfermedad mental o Dios se está comunicando con ella? Los creadores de la serie declararon posteriormente a su cancelación que la idea para la segunda temporada era mandar a Jaye a un manicomio. Lo cierto es que las posibilidades eran infinitas. Los personajes habían crecido mucho en 13 capítulos, los actores se habían hecho con ellos y empezaban a estar enormes, y había material de sobra para que crecieran mucho más (Lee Pace tardó demasiado en ser un personaje visible y pedía a gritos más tiempo en pantalla). Como ocurre con toda serie prematuramente cancelada, Wonderfalls, especialmente vista 10 años después, supone una experiencia tremendamente agridulce. Afortunadamente, la series finale nos proporciona el perfecto cierre sentimental que hace que la recordemos como una pequeña joya de la televisión, en lugar de una (¡otra!) serie incompleta.

Modern Family: A favor y en contra

Modern Family Season 5

Modern Family es una de las sitcoms más aclamadas de los últimos años. Se ha llevado el Emmy a Mejor Serie de Comedia cuatro veces consecutivas, sus actores se han convertido en estrellas con sueldos estratosféricos y es un monstruo en las audiencias (la única serie de ABC que logra cifras comparables a las de las comedias de CBS). Sin embargo, los más de cuatro años que Modern Family lleva en antena también han servido para que cada vez salten más a la vista sus problemas y limitaciones. Con tan solo cinco episodios emitidos de su temporada más reciente (la quinta) Modern Family muestra los habituales síntomas de agotamiento que toda serie longeva experimenta al rondar su capítulo número 100. Nos sigue divirtiendo, sus personajes siguen siendo fantásticos, y la serie, incluso en sus horas más bajas (que coinciden con las horas bajas del mockumentary televisivo), está muy por encima de la media. Pero la sensación no es la misma. La fórmula comienza a agotarse y es necesario cambiar algo.

A continuación voy a repasar lo que funciona y lo que falla de Modern Family según mi propio criterio, empezando por lo que no me convence de ella, para terminar con sus puntos fuertes.

Modern Family Norman Rockwell

EN CONTRA

Lo mismo una y otra vez. Modern Family es una sitcom altamente formulaica. Esto quiere decir que todas las semanas sigue el mismo patrón: tres tramas que se intercalan y se basan siempre en un malentendido (la típica nota que se coge por error, la conversación que se oye a medias, y todas sus variantes) o una mentira que se intenta esconder por todos los medios, hasta que, cuando sale a la luz, todos los personajes aprenden que no es necesario mentir u ocultar sus defectos, porque se querrán y se aceptarán incondicionalmente. Todo para resetear la serie completamente de una semana a otra y que sus personajes vuelvan a la tabula rasa para poder aprender la misma lección una y otra vez. Modern Family es una comedia de situación de los 50 actualizada según la sensibilidad moderna, pero igualmente básica y repetitiva. Esto no es necesariamente malo, al menos no siempre. Las situaciones son universales y el alto contenido episódico frente a la casi total audiencia de elemento serial la convierten en un valor (de reposición) seguro, una de esas series que engloban la esencia más inalterable de la televisión, para ver a la hora de comer o siempre que nos encontremos con ella. Por desgracia, es inevitable cansarse de vez en cuando de ver el mismo episodio hecho de distintas maneras, por muy buenos que sean los chistes y los diálogos (que normalmente lo son).

De “moderna” más bien poco. Modern Family está protagonizada por tres núcleos de la misma gran familia. Tres modelos diferentes: una familia tradicional con padre, madre y tres hijos, un divorciado sesentón con una mujer mucho más joven que él y un hijastro pequeño, y dos padres homosexuales con una niña adoptada. Sin embargo, Modern Family no está realmente interesada en hablar de alternativas a la familia tradicional (los Dunphy), sino de distintas maneras de convertirse en ella. En el episodio “Tableau Vivant” (3.23) nos lo dejan bastante claro. Los protagonistas recrean el famoso cuadro de Norman Rockwell Freedom from Want (la cena de Acción de Gracias), confirmando que Modern Family representa en todo momento los valores norteamericanos de la tradición y la abundancia. Es una manera de decirnos que no importa su estructura o los miembros que la formen, todas tienen derecho a ser una familia Rockwell. Un mensaje tan loable como limitado. El cartel promocional de la quinta temporada se permite jugar con esta idea de lo moderno y lo conservador, con el inteligente eslogan “modern classic”.

El doble rasero con los gays. En relación con el punto anterior, Modern Family alardea de pareja homosexual como símbolo y síntoma de su modernidad. Está claro que gracias a Cam y Mitchell, la serie desempeña una gran labor de visibilización del matrimonio entre personas del mismo sexo y la adopción, pero se zambulle constantemente los peligros de la heternormatividad. El microcosmos de Cam y Mitchell está en todo momento planteado desde la perspectiva heterosexual. Claro que Eric Stonestreet y Jesse Tyler Ferguson están absolutamente sensacionales en sus papeles, y esto hace que pasemos por alto el hecho de que sean “gays-for-straights”, es decir, personajes homosexuales estereotipados y usados como recurso humorístico desde un punto de vista eminentemente hetero, incluso un poco carca (hombre homosexual=mujer). Es decir, desde el punto de vista de Jay. Que no se besen casi nunca dice bastante. Y no me vale con que se barra debajo de la alfombra con excusas que forman parte del carácter de los personajes. No deja de ser una opción cobarde.

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A FAVOR

El mejor reparto coral. No cabe duda de que el punto fuerte de Modern Family son sus personajes, y los actores que los interpretan. El casting es un sueño hecho realidad, tanto para el equipo (por lo unidos que están los actores en la vida real) como para el espectador, que puede disfrutar de la química más apabullantemente natural y efectiva que recordamos en muchísimo tiempo. Del más grande a la más pequeña, los actores de Modern Family habitan sus personajes, otorgando nuevo sentido a la expresión “dar vida”. Sus perennes nominaciones a los premios de la Academia son solo uno de los indicios del nivel interpretativo y el talento a raudales de este numeroso reparto. Gracias a Modern Family podemos disfrutar de valores cómicos excepcionales como los de Ty Burrell, Julie Bowen, los mencionados Stonestreet y Ferguson, o el torbellino Sofía Vergara, que no deja indiferente a nadie. Sus personajes pasan fácilmente de la buena caracterización a la caricatura, pero ellos están siempre magníficos.

¡Los niños no son insoportables! Es más, son geniales. El gran talento de los actores adultos tiene correspondencia en el reparto infantil. Vamos, que los niños de Modern Family no tienen nada que envidiar a los adultos. Aunque no todos están a la misma altura (por ejemplo, a mí a veces me cuesta aguantar a Manny), sí se desenvuelven con la misma naturalidad y profesionalidad que sus progenitores en la ficción, contribuyendo a esa increíble sinergia que caracteriza a la serie. Los niños de Modern Family pueden dividirse en dos grupos: los naturales y los ficcionales. Los Dunphy forman parte del primero, y Lily y Manny del segundo. No recuerdo ningunos hermanos en la ficción tan creíbles como Haley (la gema oculta de la serie, y ya no tan niña), Alex y Luke. Sus diálogos -ya sean peleas o momentos tiernos- suelen conformar los pasajes más agudos de la serie, aunque muchas veces pasen desapercibidos (quizás por eso son tan buenos). Y no solo eso, sino que las relaciones paterno-filiales brillan por su introspección y perspicacia (no hay nada mejor que el dúo Phil-Luke en las primeras temporadas). Por otro lado, Manny y Lily son de esa casta catódica de niños sabelotodo que hablan como adultos guionizados. Nos chirría especialmente de Lily, porque con 4 años tiene más insolencia, descaro y repertorio ácido que Joan Rivers. Pero no importa, la diminuta Aubrey Anderson-Emmons es un auténtico prodigio y hace que nos olvidemos de que ya no estamos en los 90, y las hermanas Olsen tienen 30 años.

No sé cómo lo hacen pero siempre nos tocan la fibra. Y aquí está la otra clave del éxito de Modern Family. Los últimos dos minutos de cada episodio son el elixir de la felicidad, un nomeolvides que nos emociona y nos reconcilia con la serie en caso de no estar del todo satisfecho con lo que hemos visto (que será raro de todos modos). Esa última secuencia, el montaje con voz en off de uno de los personajes hablando de “las cosas que importan” es lo que da sentido a la serie, y lo que justifica que sigamos viéndola y disfrutándola a pesar de sus defectos. Hay pocas series en antena que sean capaces de pasar con esa pasmosa facilidad de la risa a la emoción más incontenible. Perdón, se me ha metido algo en el ojo.

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Modern Family ingresa en periodo de revaluación, pero todavía no ha bajado tanto el listón como para que nos preocupemos demasiado. Sin embargo, debería estar alerta, porque corre el inminente peligro de estancarse y perder su magia. De momento hemos presenciado varios intentos de renovación en el arranque de la nueva temporada. Hemos visto a los Dunphy en clase (por fin), y a los adultos en sus respectivos lugares de trabajo, escenarios que deberían explorarse más a menudo para al menos generar la ilusión de cambio y evolución sin la que Modern Family no será capaz de sobrevivir mucho tiempo más.

Breaking Bad: Consecuencias

Breaking Bad 1

Breaking Bad es la mejor serie de la historia de la televisión”. Durante estos dos últimos meses ha sido imposible no encontrarse con esta aseveración en todos los medios, en conversaciones, en redes sociales. Lo que está claro es que la recta final de la serie creada por Vince Gilligan ha marcado el pulso seriéfilo este año. No sé si será realmente la mejor serie de la historia (y no creo que debamos preocuparnos demasiado por esta cuestión que no nos va a llevar a ninguna parte), pero lo que sí podemos asegurar es que Breaking Bad ha supuesto el perfeccionamiento del formato serial televisivo. Que no es lo mismo, pero casi.

Lo que ha contribuido en mayor medida a que Breaking Bad se gane su merecido lugar en el panteón de la televisión es que se ha marchado en su punto más álgido. Es algo de lo que la mitad de las series se vanaglorian al concluir su emisión, pero que casi nunca es cierto. La última temporada de Breaking Bad (dividida en dos tandas que se han emitido en 2012 y 2013) ha sido la culminación de un impresionante trabajo de planificación narrativa de cinco años, un desenlace perfecto (quizás el adjetivo que más leeréis en relación a ella) para una serie que empezó de manera discreta y ha acabado consumiéndonos por completo. La audiencia ha demostrado su pasión por la serie pulverizando semana tras semana todos los récords de audiencia. Y no es que Breaking Bad haya sabido cuándo parar antes de que fuera demasiado tarde, es que Gilligan y su equipo han tenido localizado en todo momento su final, demostrando que lo que los ha movido todo el tiempo ha sido única y exclusivamente la historia.

Breaking Bad 3

Como The Wire (David Simon, HBO), Breaking Bad es mucho más que una serie, es un macrorrelato que aprovecha el formato por entregas para contar de la manera más exhaustiva posible una historia compleja, sin perder de vista en ningún momento la visión de conjunto, el big picture que dirían los angloparlantes. A pesar de las ramificaciones, Breaking Bad siempre ha sido la historia de Walter White, el truculento viaje de un hombre normal y corriente que se convierte en capo de la droga, el retrato de una deshumanización progresiva, del nacimiento y crecimiento de un monstruo en el que Gilligan ha proyectado todos nuestros males. Hemos visto pocas cosas en televisión tan centradas, tan capaces de involucrar emocionalmente a la audiencia de esta manera.

Si algo salta a la vista es que Breaking Bad está hecha con pasión. La atención al detalle, la cuidada fotografía, la selección musical, los juegos cromáticos, la incansable búsqueda de nuevos y originales puntos de vista. Cada uno de los planos de esta serie rezuma amor, no solo por la historia que se está contando, y sus personajes, sino también por el medio televisivo -algo que no nos debe extrañar viniendo de uno de los responsables de otro gran ejercicio de pasión de/por la tele, Expediente X. Es obvio que Gilligan se ha asegurado por todos los medios de que su serie deje huella en la cultura y la memoria colectiva. El icónico atuendo y apariencia física de Heisenberg, la importancia de los objetos (la caravana, el oso de peluche, los monos de trabajo amarillo y las máscaras de gas, el cigarrillo), y las frases célebres (“I am the one who knocks”, “I am the danger”, “Say my name”, “yo, bitch”) manifiestan este deseo por perdurar en la historia. Dentro de unos años comprobaremos si lo ha conseguido, y hasta dónde alcanzará su legado.

Breaking Bad 2

Breaking Bad ha sido una serie arriesgada, y aunque la experimentación no siempre ha dado los mejores resultados (a veces cuesta justificar el vicio videoclipero de Gilligan), se la ha jugado, y ha salido victoriosa. Como Mad Men, otra serie de AMC, Breaking Bad puede alardear de haber prosperado en todo momento, de haber sabido cambiar. Ha esquivado el mal del “progreso estancado” que afecta a todas las series, sin miedo a avanzar, a tirarse a la piscina, transcendiendo así los límites del formato serial. En definitiva, Breaking Bad ha supuesto un in crescendo de cinco temporadas que ha demostrado a los ejecutivos de la tele que la clave del éxito no reside en ofrecer siempre lo mismo, sino en saber evolucionar.

Breaking Bad también se caracteriza por su capacidad para afectar a su audiencia a niveles físicos. Gilligan ha establecido una férrea conexión con sus espectadores, a los que ha tenido atados de pies y manos durante años. Cuando llegan capítulos como “Ozymandias” (5.14) ya no podemos (ni queremos) escapar. Llevamos a Walter y a todas sus víctimas muy dentro, y el dolor es inevitable. Con esa inolvidable hora de televisión estalla un clímax emocional y psicológicamente agotador que culmina en “Felina” (anagrama de finale). Con magnífico temple y tensión contenida, todos los frentes en la historia de Walter White encuentran su cierre. Y todo, absolutamente todo, se reduce a dos frases dirigidas a su mujer, Skyler, durante su último encuentro con ella: “Lo hice por mí” y “Estaba vivo”. La confesión de Walter nos descarga a todos de esa insoportable presión en el pecho que llevábamos mucho tiempo sintiendo. No cabe duda, Breaking Bad ha terminado.

Breaking Bad 4

Breaking Bad nos ha hablado sobre todo de decisiones y consecuencias, así como de la naturaleza misma del bien y del mal, a través de un hombre cuyo diagnóstico de cáncer lo libera del yugo de la cotidianeidad para desatar en última instancia a un monstruo que destruye todo lo que le rodea. Y paralelamente, de un joven mártir que representa la esperanza de que ese monstruo no resida aletargado en todos nosotros. Así, la fascinante relación entre estos dos personajes (y la constante colisión de esos dos conceptos) engloba la esencia de Breaking Bad. Pero esto no es todo, por supuesto. Son demasiadas las implicaciones morales y los vericuetos psicológicos en los que se ha adentrado esta serie junto a estos personajes tan excelentemente caracterizados. Claro que estos no habrían adquirido tal profundidad y repercusión si no fuera por unos actores que han correspondido la enorme pasión por la obra de su creador con encarnizadas y magistrales interpretaciones (nunca habrá suficientes elogios para Bryan Cranston, Aaron Paul y Anna Gunn). Ellos forman parte esencial del enorme poder icónico de una serie que será recordada no solo por la transformación de sus personajes, sino por haber supuesto una pieza clave en la transformación misma de la televisión. Esa es la mayor consecuencia de Breaking Bad.

Felicidades, Jim Henson

Jim-Henson-Gustavo

Hoy es el 77º aniversario del nacimiento de Jim Henson.

El legado de Henson se extiende por todos los recovecos de la memoria colectiva. Sus personajes son reconocidos, amados y celebrados como iconos de la cultura, las artes y el entretenimiento a lo largo y ancho del mundo. La longeva y fundacional Barrio Sésamo, el programa de variedades The Muppet Show, las obras de culto Cristal oscuro y Dentro del Laberinto, las series Fraggle Rock y El Cuentacuentos. La popularidad de estas obras oscila entre la de Jesucristo y Donnie Darko. Henson es uno de esos grandes nombres cuya vigencia es permanente, una marca registrada con alma.

La Jim Henson Company y la Jim Henson Creature Shop continúan haciéndose hueco (el que les corresponde legítimamente tras años de grandes avances en el campo de los efectos especiales) en esta nueva era del cine y la televisión, en la que los efectos digitales han sustituido casi por completo al arte de las marionetas y la animatrónica. Hace unos años recuperamos el espíritu Henson en la maravillosa Donde viven los monstruos (Spike Jonze, 2008), basada en el popular libro de Maurice Sendak (confesa inspiración de Jim), y cuyos enormes Wild Things fueron obra de la compañía del titiritero originario de Greenville (sí, Henson vivía en Villa Verde), Misisipi. Y más recientemente vivimos el nostálgico comeback de los Muppets (para nosotros siempre los Teleñecos) con su primera película para el cine en 13 años (podéis leer la crítica fuertecita aquí). Su éxito ha generado una secuela en la que participan Ricky Gervais, Tina Fey y Ty Burrell entre muchos otros, y que veremos a comienzos de 2014. Por otro lado, aún está por ver si el largometraje de Fraggle Rock será capaz de salir a flote en un mar de proyectos imposibles (un mar que ya se tragó la secuela de Cristal oscuro). Si de nosotros dependiera ya habría terminado de rodarse, pero claro, no todos creen en el poder del fieltro como nosotros.

Jim Henson se marchó el 16 de mayo de 1990 dejando huérfanos a cientos de personajes y desolados a millones de seguidores. Hoy celebramos 77 años de ingenio, dedicación y altruismo. Os dejo a continuación con el homenaje que los Muppets realizaron a Jim tras su trágica desaparición. No hay mejor manera de rendir tributo a la generosidad de esa persona que se escondía debajo de las tablas mientras ellos disfrutaban de la gloria, la fama y el amor de los que mirábamos la pantalla con la más grande de las sonrisas. Saquemos todos nuestros calcetines viejos y escondámonos detrás del sofá. Ahora nos toca a nosotros hacerle sonreír a él.

Felicidades, Jim. Y gracias una vez más. Por todo.

 

Dexter: De luces y sombras (sobre todo sombras)

Remember the Monsters 2

Se acabó la agonía. Dexter ha tocado a su fin después de ocho largos años en antena. Hay cierta unanimidad en identificar una caída en picado de calidad desde el final de la cuarta temporada. Es decir, Dexter se ha quedado cuatro años de más con nosotros, tiempo en el que la que un día fue buque insignia de Showtime ha ido desvelando su verdadero rostro. Dexter tuvo la suerte de nacer al comienzo de la Tercera Edad de Oro de la TV, y jugó muy bien sus primeras manos. Era algo que no habíamos visto nunca, cambiaba las normas del juego. El héroe era un psicópata. Siguiendo la tendencia al protagonismo de personajes amorales y criminales que comenzó Los Soprano, Dexter Morgan se convirtió en precedente y referente. Pero lo cierto es que echando la vista atrás a estos 8 años, es fácil darnos cuenta de que Dexter en realidad nunca fue para tanto.

Las últimas temporadas de la serie no han hecho más que poner de manifiesto los errores en los que Dexter llevaba incurriendo casi desde su segunda temporada. El problema es que era fácil hacer la vista gorda, porque el personaje era interesante, y la trama enganchaba manejando la tensión como pocas. Lo que hemos presenciado en estos últimos años es una dramática y descorazonadora pérdida de pasión y esfuerzo por parte de todos los responsables de la serie. Desde la infame sexta temporada (uno de los mayores despropósitos de la historia de la televisión), Dexter se ha movido por inercia, manifestando todos los efectos secundarios del tan contraproducente estiramiento y brillando únicamente a la hora de cerrar las temporadas (la serie nos ha proporcionado grandes cliffhangers, eso hay que concedérselo). Al contrario que Breaking Bad (con la que guarda más de una semejanza), Dexter no ha sabido cuándo era el mejor momento para dejar de contar su historia. Y así le ha ido.

Remember the Monsters 1

Otras series longevas que se han despedido en los últimos años, Mujeres desesperadas o The Office, han sido capaces de compensar sus decepcionantes temporadas tardías con últimos episodios que han cerrado sus historias con dignidad. No ha ocurrido lo mismo con Dexter. La octava temporada ha sido todo lo contrario a lo que los fans de la serie esperaban, todo lo contrario a lo que la temporada final de una serie tan larga (y antaño adorada) debería ser. En lugar de centrarse en los protagonistas y completar sus recorridos en la serie, se ha optado por construir una temporada más, con nuevos personajes y el asesino de turno con el que Dexter ha establecido el enésimo vínculo emocional de la serie. Pero en serio, ¿cuántas veces se ha topado Dexter con alguien que lo “entiende de verdad”, “que ve al monstruo y no se asusta”, con quien por fin puede ser quien es en realidad?

Este factor groundhog day es sin duda la prueba de que Dexter (la serie y el personaje) no ha evolucionado nunca y que el discurso detrás del personaje ha sido siempre tremendamente endeble. El reciclaje de diálogos y repetición de esquemas narrativos y situaciones es la mayor constante de la serie. Lo que diferencia a una gran serie de una mediocre es saber evolucionar, no quedarse estancada en los mecanismos y los trucos de siempre. En la televisión es muy difícil cambiar, y casi ninguna serie lo hace realmente (¿no ha sido esa la esencia misma de la tele casi toda la vida?) Las que lo consiguen son las que logran un puesto destacado en la historia de la televisión. Dexter no ha cambiado en ocho años, lo que ha generado agotamiento y ha revelado una verdad que logró mantenerse oculta durante cuatro años: siempre ha sido un procedimental de network con palabras malsonantes y desnudos ocasionales que no ha hecho nada para merecerse ese puesto en la historia de la tele.

Remember the Monsters 4

El episodio final de Dexter, “Remember the Monsters?” no ha hecho más que aumentar la decepción y el hastío de sus seguidores, para los cuales la serie se había convertido en una tarea más que un pasatiempo. Después de ocho años mareándonos con sus clónicos monólogos interiores que revelaban un tumulto interior cada vez más confuso y quebradizo, estábamos a punto de conocer el destino final de Dexter Morgan. Por desgracia, este ha llegado tan tarde que cualquier opción iba a conllevar decepción en mayor o menor medida. Sin embargo, el principal problema del final no ha sido que de todos los posibles desenlaces se escogiera uno en concreto (uno además corbarde), sino la poca pasión y la increíble desgana con la que se ha acometido.

En lugar de corregir los errores del pasado, la octava temporada de Dexter los ha magnificado y se ha recreado en ellos. Esos diálogos sobre-explicativos y artificiosos que evidencian a unos guionistas que nunca fueron prodigios precisamente, pero que en los últimos años estaban además cansadísimos. Esas situaciones inverosímiles que cada vez se esforzaban menos en disimular (siempre nos ha hecho falta un gran ejercicio de suspensión de la incredulidad para ver esta serie, pero los niveles de ridículo de los gazapos e incongruencias de la octava temporada han sido antológicos, y ni el más dispuesto ha conseguido pasarlos por alto). Esos personajes secundarios (los agentes del departamento de policía más incompetente de la historia de la tele) que han sido siempre el mayor lastre de la serie, y que la octava temporada, en lugar de ser involucrados en la trama principal, han seguido a su rollo con sus insulsas subtramas que nunca han aportado nada: el ascenso de Quinn y su relación con la niñera, la hija de Masuka (al que por cierto no vemos en el final, ¿será suyo el spin-off que se prepara? Terror). Por no hablar de lo poco que han aportado los nuevos: Elway (Sean Patrick Flanery), la doctora Vogel (Charlotte Rampling) o Zach Hamilton, personajes que podían haber funcionado pero que han sido manejados con la mayor de las ineptitudes y en última instancia barridos debajo de la alfombra.

Remember the Monsters 3

Ni siquiera la relación entre Dexter y Debra, que ha sido siempre el alma y corazón de la serie, ha sido explotada como un final se merecía. Debra es el único personaje que ha evolucionado, el único que ha ido a más mientras todo lo demás iba a menos, llegando en un momento a ser lo mejor, o lo único bueno de la serie. Sin embargo, la octava temporada la ha convertido en una presencia fantasmal, una sombra del personaje que fue. Su desenlace, por muy coherente que sea con la historia de Dexter (Debra es su última víctima), resulta indignante, y lo peor de todo, carente de emoción. Claro que gran parte de la culpa también la tiene Michael C. Hall, cuya interpretación ha ido empeorando al compás de la serie. Hall ha pasado de revelación a caricatura en el transcurso de la serie. Sobreactuado, ceremonioso y teatral cuando menos tenía que serlo, y al final, una ridícula parodia del personaje que fue.

“Remember the Monsters?” es el final más anticlimático y desapasionado que se podía esperar. En el anterior episodio, Dexter había visto la luz. Después de ocho años de diatribas morales, y tras entrar en contacto con su humanidad en infinidad de ocasiones, había llegado el momento de colgar el cuchillo de carnicero. Porque sí, porque aunque haya tenido motivos de sobra para hacerlo desde hace mucho tiempo (Rita, los hijos de esta, Harrison, Debra), el amor por la aburrida Hannah McKay es su catalizador final. Pero la verdadera razón es que se acaba la serie, y ya no hay necesidad de seguir mareando la perdiz. Así de gandules son los guionistas de esta serie.

Dexter finale

Claro que todos sabíamos que Dexter Morgan no se merecía un final feliz, y de haberlo obtenido, quizás la ira habría sido mayor por nuestra parte. Por eso, después de arrojar a Debra al mar donde están todas sus víctimas (vale, pillamos la metáfora, pero la pobre Debra no merecía descansar para siempre rodeada de los fantasmas de su hermano), Dexter se adentra en el ojo del huracán Laura. La muerte de Dexter, por muchas implicaciones y complicaciones morales que nos suponga, era el final más lógico, e incluso el más aceptable, para el personaje. Pero como sospechábamos, los guionistas de Dexter siempre han creído de verdad en el discurso pro-pena de muerte, y su sentencia final es que Dexter no merece necesariamente morir, porque Dexter mata a gente que merece morir. Por eso, lo que podía haber sido un final mínimamente convincente (dejando a un lado el espantoso croma que ni Sharknado), se va al traste por el epílogo. Dexter está vivo, y aunque le queda muy bien el look leñador, no podemos evitar preguntarnos por qué, y sobre todo por qué llevar a cabo este plan para liberar a todos de sí mismo ahora y no hace cuatro años, o cinco, o seis. Da igual, a estas alturas ya sabemos que la serie merece el mismo grado de reflexión que el nivel de esfuerzo que se ha depositado en este final. Lo único importante es que Dexter se ha acabado, y esta es simplemente la última de infinitas incoherencias que tenemos que tragarnos. Lo mejor será olvidar al monstruo para siempre. Y no será difícil.

Por qué The O.C. fue tan importante (y efímera)

Marissa: Who are you?
Ryan: Whoever you want me to be.
– The O.C., Piloto 

Fijaos en cómo todos los días nos encontramos en Facebook, Twitter o páginas de información la típica publicación conmemorando el estreno de una película mítica, la muerte de un actor, o el aniversario del primer episodio de una serie. El ser humano siempre ha estado obsesionado con el paso del tiempo. Es nuestro sino, vivir la vida pensando en que se nos está acabando. Pero parece que ahora más que nunca sentimos la necesidad de recordarnos lo fugaz que es todo. Quizás sea porque de repente nos hemos dado cuenta de que hace ya dos décadas de los 90. Y por lo tanto, la generación de la nostalgia está histérica. The End Is Not Near… It’s Here.

Esta semana se ha cumplido el décimo aniversario del estreno de The O.C., gran éxito de Fox a comienzos de siglo que viene a ilustrar mejor que nada y que nadie la naturaleza efímera de las cosas, y sobre todo de aquellas que tienen que ver con la adolescencia (porque eso es lo que la define, ¿no?). La serie de Josh Schwartz (Chuck, Gossip Girl, The Carrie Diaries) se convirtió en un enorme fenómeno social el mismo día que se emitió su piloto, el 5 de agosto de 2003. A día de hoy, muchos recuerdan la serie, pero esta no permanece en el imaginario colectivo o en la cultura pop con la fuerza de otras. ¿Por qué fue tan importante The O.C.? ¿Por qué su repercusión duró tan poco?

EL ASCENSO

The Life of the Rich and Famous: La tele de la primera década del siglo XXI estaba totalmente obsesionada con el estilo de vida de las clases altas. Las series se llenaban de gente pudiente, socialites e hijos de magnates, y el espectador quedaba atrapado por el lujo y la decadencia de sus emocionantes vidas. The O.C. establecía un puente entre estos miembros intocables de grandes dinastías y la clase media. Las familias que protagonizaban la serie tenían mucho dinero, y se notaba, pero sus vidas eran percibidas como sueños alcanzables. Chalets-mansión con casa de la piscina, porches interminables y enormes salones para celebrar fiestas de más de 100 invitados. ¿Quién decía que algún día no podríamos tener todo eso?

Adultescentes: En The O.C., los cuatro protagonistas adolescentes se comportaban como chavales de 16 años la mayor parte del tiempo, pero también presentaban síntomas de adultitis que los convertían en clásicos ejemplos de personajes teen con problemas poco acordes a su edad (muchas veces derivados del punto anterior). La serie obtuvo muchas quejas de organizaciones conservadoras por el consumo de alcohol, tabaco y drogas que tenía lugar habitualmente en la serie. The O.C. fue una de las primeras series en normalizar (e incluso glamourizar) estas prácticas tradicionalmente condenadas en la televisión norteamericana, aunque al final siempre optaba por mostrar el reverso oscuro de la fiesta etílica. La polémica estaba servida, pero si lo pensamos bien, The O.C. se atrevió a mostrar a los adolescentes haciendo las cosas que los adolescentes suelen hacer. Sin remilgos.

La gala de la semana: The O.C. puso de moda algo que más adelante perfeccionaría (y agotaría) otra serie de Josh Schwartz, Gossip Girl -y que han seguido cultivando series recientes como Revenge: la típica gala, evento social, celebración o acto público que ejercía de hilo conductor de muchos episodios, y escenario del clímax donde Ryan (Benjamin McKenzie) propinaba sus inolvidables puñetazos.

Orange County: El Condado de la Naranja, en California, se convertía rápidamente en el lugar de moda gracias a la gran campaña turística que la serie le hacía. Tanto fue así que la obsesión por esta zona de la costa oeste norteamericana (que ya gozó de una época de esplendor a mediados de los 90) generó varios reality shows sobre la vida en el lugar. The Real Orange County o The Real Housewives of Orange County se convertían en éxitos aun más efímeros que The O.C. (en su país, claro está). Asimismo, la serie era la más fiel representante del “estilo californiano” en televisión, algo que se reflejaba en la moda, los estilismos, el ocio, la “dieta” que consumían sus protagonistas o la arquitectura que se podía ver en la ficción.

La era 2.0.: Aunque para la eclosión de Facebook aun quedaban unos años, cuando The O.C. irrumpió en la escena catódica, Internet experimentaba un auge imparable como herramienta social. Semana tras semana, especialmente durante su primera temporada, los fans de The O.C. se reunían en foros, páginas y chats para expresar su tremenda adicción a la serie. Todo lo que ocurría en las vidas de Ryan, Seth, Marissa y Summer se vivía como auténticos acontecimientos históricos. A esto contribuía que la serie comenzase a emitirse en verano, como reemplazo de mid-season. No había nada mejor que hacer.

El triunfo del geek moderno: Lo mejor de The O.C. se puede resumir en dos palabras: SETH COHEN. Sin duda el personaje más popular y querido de la serie, Seth era todos nosotros, y todos éramos Seth. A pesar de que Ryan era el pobre, el “normal”, el personaje con el que el espectador medio podía identificarse al adentrarse en las vidas de los Cooper, los Cohen y los Roberts, fue Seth Cohen el que se convirtió en la voz del fan de la serie. Además de hacer que ser judío fuera cool, Cohen logró fusionar con éxito dos de las tendencias más importantes del siglo: el indie y lo friki. Fan a muerte de Death Cab for Cutie y devorador de cómics (no nos extraña que poco después, uno de los guionistas principales de la serie, Allan Heinberg, probase suerte como guionista en Marvel y DC), Seth fue sin duda el prototipo del hipster actual, modificando (y modernizando) las características fundacionales del arquetipo geek. Os lo explico mejor en este fragmento sobre el personaje perteneciente a mi artículo de investigación “Lo geek vende“:

El geek de The O.C., Seth Cohen, es un híbrido social que pone de manifiesto las nuevas tendencias hacia las que se dirigía la cultura popular a principio de siglo. Seth Cohen es un geek porque es víctima de bullying, es incapaz de entablar relaciones sociales sin ponerse en evidencia y es ante todo un fan. Al clásico gusto del geek por los cómics y el cine de género, se añade una pasión por el cine asiático –en concreto el japonés- y la música indie. Estos dos objetos culturales contribuyen a configurar un nuevo modelo de geek, más adherido a la norma social y al devenir de la cultura popular más efímera. Como los adolescentes de la WB, Seth Cohen no presenta estigmas físicos, y su vestimenta es un fiel reflejo del estilo del adolescente acomodado pero culturalmente ‘independiente’ que va a resultar en un nuevo modelo de geek que marcará tendencia. En The O.C., los constantes juegos metatextuales y la elevada auto consciencia del discurso catalogan a Seth Cohen como representante de la cultura popular del momento, convirtiendo al geek en una suerte de ‘héroe social’ posmoderno, y llegando a convertirse en un súper héroe de cómic en la segunda temporada de la serie –lo que nos remite a la idea del geek como principal abastecedor de productos en la cultura popular. 

Autorreflexión e iconicidad: Como adelanto en el anterior párrafo rescatado, The O.C. pasó a ser muy rápidamente una serie altamente consciente de sí misma, sacando el mayor provecho de esto a lo largo de las cuatro temporadas que permaneció en antena. Me atrevería a decir que en esta serie se origina la ya canonizada tendencia a lo meta en series cuyo público objetivo no es el geek. Seth era sin duda el personaje que más reflexionaba sobre la naturaleza de la historia que él y sus amigos protagonizaban. Pero no era el único, Summer (Rachel Bilson) también se encargaba de elevar los niveles meta gracias a su obsesión por la serie The Valley. A través de los visionados, sola o junto a Seth, se nos hablaba constantemente de todo lo que resonaba en la comunidad fan, y de aquello que trascendía a los medios. A menudo, The Valley servía para que Schwartz contestase indirectamente a las críticas, pero sobre todo era un modo de expresar la enorme cualidad icónica de la serie, y la repercusión que esta llegó a tener en la sociedad. A los personajes no se les escapaba el gran poder que ejercían las camisetas de tirantes de Ryan, o sus puñetazos, o la Naviduca, como tampoco tenían problema en convertirse ellos mismos en foreros que diseccionaban sus propias vidas como si de un debate nacional se tratase.

La importancia de la música: Dawson crece ya puso de manifiesto lo esencial de una buena selección de temas pop para acompañar las aventuras y desventuras de un grupo de adolescentes televisivos. La banda sonora de The O.C. era tan popular como la serie en sí, llegando a editar varios CD recopilatorios de bastante éxito, y vinculando la serie con artistas indies de prestigio (Sufjan Stevens, DCFC, Coconut Records). Además, The O.C. fue plataforma para muchos grupos desconocidos (que han permanecido así, todo hay que decirlo), dando a conocer al mundo el sonido californiano del momento. Pero sin duda, el momento musical más importante de toda la serie ocurría al final de la segunda temporada, con una de las escenas más recordadas (y parodiadas) de la historia de la televisión, un disparo a cámara lenta al ritmo de “Hide & Seek” de Imogen HeapMmmwachusay…

LA CAÍDA

Temporadas excesivamente largas: Aquí es donde The O.C. clava el primer clavo en su ataúd. Y lo hace bien pronto. Como hemos dicho, la primera temporada dio comienzo en verano. Fue tal el éxito, que Fox se negó a esperar para continuarla, así que decidió otorgarle una temporada completa que se extendiese durante el resto del año, ascendiendo el número total de episodios a 27. Para cuando la segunda temporada daba comienzo, los espectadores ya mostraban síntomas de agotamiento y desinterés. Se había exprimido tanto la historia, habían pasado tantas cosas, que ya no sabían qué más se podía contar. Las temporadas 2 y 3 transcurrieron a la sombra de la primera, y la serie fue perdiendo espectadores dramáticamente.

Todo lo que sube rápido, baja rápido: Las dos primeras temporadas de The O.C. se convirtieron en el testimonio de un cambio de generación (¡llegan los millennials!), del nacimiento de un nuevo tipo de adolescente (más precoz, narcisista, psicológicamente complejo y propenso a la inestabilidad), con la mártir Marissa Cooper (Mischa Barton) como dudoso pero fascinante modelo de comportamiento. Pero la serie se desarrolló tan rápidamente como sus espectadores. La muerte de uno de los cuatro protagonistas en el último episodio de la tercera temporada marcaba el final de una etapa para muchos. La audiencia desertó en masa, y pocos fueron testigos de la lúcida madurez de The O.C. Su cuarta temporada, y sobre todo su desenlace, cerraba con la mayor dignidad posible un producto demonizado desde hacía ya casi tres años. Sin dejar de lado la autorreflexividad, y todo lo que hacía que la serie fuera única en ese momento de la historia de la televisión, esta pasó a ser otro tipo de drama. Como ocurre a menudo con los mejores amigos, The O.C. y sus fans se iban cada uno por su camino, para dar lugar a lo inevitable: convertirse en adultos y pasar página.

Por qué el final de The Office fue tan perfecto

“I wish there was a way to know you’re in the good old days before you’ve actually left them”, es decir, algo así como “Ojalá hubiera una manera de saber que estás viviendo los mejores momentos de tu vida antes de que ya hayan pasado”. No hay mejor forma de sintetizar lo que The Office ha acabado significando para todos después de estos 9 años. O espera. Sí que la hay. De hecho, hay muchas maneras de condensar la esencia de la serie, y da la casualidad de que todas tienen cabida en “Finale”. Efectivamente, The Office se despidió el pasado jueves con un episodio absolutamente redondo que lograba con éxito la dificultosa tarea de hacernos pasar de la risa al llanto en una milésima de segundo. Y además, escena tras escena. Una preciosa y tremendamente emotiva coda que constituye un triunfo sobre todo porque está construida como homenaje a todos los empleados de Dunder Mifflin -así como a los actores que los interpretan-, y, cómo no, a los espectadores que los hemos acompañado en sus largas jornadas laborales durante tanto tiempo.

Se puede decir que los grandes conflictos de la novena temporada (lo de “grandes” es un decir, porque The Office nunca fue una serie de dramatismos excesivos) quedaron resueltos en los episodios anteriores, reservando “Finale” para las despedidas, los reencuentros, los abrazos. Para echar la vista atrás y poner un pie en el futuro. Después de tanto tiempo, ya había quedado casi olvidada la premisa de la serie que puso de moda el mockumentary en la televisión norteamericana: los trabajadores de una empresa distribuidora de papel son los protagonistas/objetos de estudio de un documental para la televisión. Llevábamos muchos años sin ser demasiado conscientes de la presencia de las cámaras y los micros en la oficina de Dunder Mifflin (más allá de los testimonios que los personajes daban en cada episodio). Sin embargo, la novena temporada ha estado en gran medida marcada y articulada por el fin de la grabación y por el inminente estreno de The Office: An American Workplace. Los personajes han interactuado más con el equipo de televisión que los grababa (qué disgusto estuvo a punto de darnos Billy) y este ha vuelto a adquirir la importancia que tuvo en los orígenes de la serie.

Gracias al tema del documental, The Office ha podido elaborar el final más perfecto posible, al que aspira toda serie longeva. Por si no tuviéramos suficiente con ver a estos personajes celebrando a sus compañeros y los inolvidables (e insignificantes, anodinos, estúpidos, absurdos) momentos que han vivido juntos, el final está salpicado de imágenes de archivo que ilustran los mensajes de despedida y los discursos que ponen broche a esta importante etapa de sus vidas. Cada una de estas imágenes del pasado nos aprieta más y más el nudo del estómago con el que empezamos a ver el episodio. La primera parte, centrada en las despedidas de soltero y soltera de Dwight y Angela, y el panel que conmemora el fin de emisión del documental, allana el terreno para lo que será una segunda parte que no nos dará tregua alguna. Yo no soy de llorar en las bodas, pero en esta he sido incapaz de cerrar el grifo.

Es admirable que una conclusión de 50 minutos sea capaz de hacer justicia a un reparto tan numeroso. Ni un solo personaje se queda sin su momento de gloria. Es más, casi todos tienen varios. Incluso Creed, que cuando uno piensa que no lo va a ver más, lo encuentra de incógnito entre los asistentes a la boda -y por si eso fuera poco, acaba tocando la canción que servirá de acompañamiento musical al lacrimógeno montaje final. E incluso Kelly y Ryan, que vuelven para resolver de una vez por todas esa tensión sexual resuelta-des-resuelta-y-revuelta, de la manera más bizarra posible. Esos dos grandísimos gilipollas abandonan a un bebé para huir juntos hacia el atardecer. Tal para cual. Y si esa adorable escoria tiene su final feliz, imaginaos el resto de personajes.

Es imposible hacer recuento de todos los momentos en los que se demuestran el amor, la amistad y la lealtad que se profesan (pero lo intentaré). Parece mentira que estemos hablando de la misma serie que se estrenó allá por 2005, esa sitcom basada en la serie homónima de Ricky Gervais, sátira incómoda, dolorosamente real y poco complaciente que se ha transformado a lo largo de los años en una serie esencialmente norteamericana, en todos lo sentidos. Lo amargo y desagradable ha ido cediendo a lo amable, a lo enternecedor. Y así es como se marchan los personajes, arropados por el cariño de unos compañeros que durante años se han ignorado, vilipendiado, saboteado mutuamente, pero que nunca han dejado de quererse. Como ocurre en toda familia.

La figura de madera que Stanley talla para Phyllis -“Todos dicen que Stanley Hudson es un viejo cascarrabias. Pero, ¿haría un viejo cascarrabias algo así? Soy yo. Soy yo”; Phyllis llevando a Angela al altar sobre su espalda; Erin encontrando a sus padres; Dwight confesando que Pam es su mejor amiga, y haciendo recuento de sus “subordinados”; y por supuesto, Michael Scott. MICHAEL SCOTT. Se llevaba especulando desde hacía meses con un posible cameo del ex jefe de Dundler Mifflin, y aunque nos convencíamos de que él ya tuvo su final y no era necesario que volviera, su ausencia no habría sido del todo coherente. La aparición de Michael en el episodio es quizás el primer gran golpe al estómago. Contenerse ya es completamente imposible. Qué manera de entrar, con el “That’s What She Said” más bonito de la historia. A partir de aquí nos deshidratamos. Sí que era posible darle un final aun más cerrado y satisfactorio al personaje: ¡Michael tiene tantas fotos de sus hijos que las tiene que guardar en dos móviles! (Sí, estoy llorando mientras escribo esto). Y, ¿qué me decís de su gran frase final? “Siento que todos mis niños han crecido y se han casado entre ellos. Es el sueño de todo padre”. ¿Habría sido bueno el final de The Office sin Michael? Muy probablemente. Seguro. Pero no habría sido tan increíblemente perfecto.

“He pintado el mural perfecto. Nuestra historia. La de todos”.

Después de la boda de Angela y Dwight, el grupo de Dunder Mifflin regresa a la oficina. ¿Dónde si no puede -y debe- acabar la serie? Es la última vez que todos estarán juntos allí. Que empiece la traca final. Comenzamos con los guiños al pasado para cerrar ciclo, y el bombardeo -sin piedad- de imágenes del principio de la serie. Pam responde al teléfono de recepción mientras Jim está sentado en su lugar de siempre en la oficina. Estos dos han sido el corazón de The Office prácticamente desde el comienzo -con permiso de Michael-, y han llevado el peso de esta última temporada. Han aportado la estabilidad, han potenciado el realismo de la serie, han servido de nexo de unión entre el espectador y los extraños seres de la oficina, y ahora ofrecen la moraleja (o moralejas) definitivas: “Me llenaría el corazón si alguien viera este documental y se dijera ‘sé fuerte, confía en ti, quiérete, conquista tus miedos. Persigue lo que quieres, y hazlo rápido, porque la vida no es tan larga’“. Durante estos nueve años, se nos ha dejado ver el lado extraordinario de este grupo de seres convencionales, convertidos en maridos y mujeres, socios, amigos de por vida, obligados a compartir condena sus días en “un trabajo estúpido, maravilloso, aburrido, increíble“. Nueve años -algunos mejores que otros- de los good old times a los que Andy se refería, de papiroflexia emocional y de destellos de belleza escondida en el desagradable género humano. Después de todo, un dibujo a acuarela de un simple y monótono edificio gris puede ser la obra de arte más hermosa.

Party Down: comedia crudité

Ahora que Veronica Mars ha saltado de nuevo a la primera plana de la actualidad gracias a que la esperadísima película de la serie ha sido financiada por Kickstarter (batiendo todos los récords de la página de crowdfunding), es el momento perfecto para recuperar otra malograda obra televisiva de su creador: Party Down.

Después de su experiencia con Veronica Mars en UPN/CW, Rob Thomas (no el cantante, con el que desde hace tiempo mantiene una cachonda amistad por Internet por compartir nombre y apellido) se pasó a la televisión de pago. No fue en las prestigiosas HBO o Showtime, sino que encontró su hueco en la mucho menos conocida Starz (casa de Spartacus), cuando esta comenzaba a implementar su oferta de series de producción propia. Party Down se estrenaba en marzo de 2009, recibiendo una cálida bienvenida por parte de los críticos y convirtiéndose muy rápidamente en serie de culto. Sin embargo, sus audiencias eran desastrosas, lo que llevó a que finalmente fuera cancelada después de tan solo dos temporadas, en junio de 2010.

Un agravante fue sin duda el hecho de que su protagonista, Adam Scott, hubiera firmado para incorporarse a Parks and Recreation ese mismo año, después de que al final de la primera temporada abandonase Jane Lynch. La marcha de la actriz -que ahora disfruta del éxito mainstream en Glee fue un verdadero golpe para los seguidores. Tanto que su reemplazo, Megan Mullally (la gran Karen Walker de Will & Grace) lo tuvo muy difícil para que los fans aceptasen a su personaje. Teniendo en cuenta esto -y los mencionados índices de audiencia- el jefe de programación de Starz, Stephan Shelanski, no creyó que la serie fuera precisamente a prosperar después de la marcha de Scott, así que no le quedó más remedio que hacer de verdugo. Otra serie de Rob Thomas quedaba así inconclusa. Pero como suele ocurrir de vez en cuando, de la triste (pero lógica e irrefutable) cancelación de Party Down, nació una nueva serie de culto, en la línea de Freaks & Geeks o Undeclared.

Party Down tiene muchas cosas en común con estas dos series. La sombra de Judd Apatow planea todo el tiempo sobre ella, e incluso el famoso productor y director forma parte (indirectamente) de una de las tramas principales de la segunda temporada. Rob Thomas captura parte del espíritu Apatow en Party Down, con la inestimable ayuda de Paul Rudd en calidad de productor ejecutivo. Esa fusión de sátira, humor caca-culo-pedo-pís y poso amargo que encontramos en toda obra apatowiana (ya sabéis, no hay comedia sin tragedia). Sin embargo, Thomas logra imprimir su sello personal en todo momento, ya sea con la colaboración de actores fetiche (al más puro estilo Whedon), o con ese humor afilado y cargado de referencias a la cultura pop del que hacía gala en Veronica Mars.

Pero, ¿de qué va Party Down? Para aquellos que nunca han visto la serie y estén mínimamente interesados en verla, cuenta la historia de una empresa de catering ubicada en Hollywood, cuyos trabajadores son un grupo de aspirantes a actores. Cada episodio se centra en una celebración para la que se ha contratado a la compañía (un funeral, un sweet sixteen, una orgía…) Henry Pollard (Scott) se ve forzado a regresar a su antiguo trabajo en la hostelería después de intentar en vano labrarse una carrera interpretativa para enterrar su pasado como el chico del “Are we having fun yet?” (frase de anuncio que lo convirtió en estrella fugaz). Después de varios años condenado al ostracismo, Pollard no se lo está pasando bien, no. Ahora es una suerte de Jeff Winger (Community) con unos cuantos grados más de depresión y apatía, y ha renunciado definitivamente a su futuro hollywoodiense. Del ostracismo a servir ostras en bandeja.

El equipo de catering de Party Down se completa con Ron (Ken Marino, de Veronica Mars), el iluso supervisor -una especie de Michael Scott de la hostelería-, Casey (Lizzy Caplan), de profesión cómica, Roman (Martin Starr, de Freaks and Geeks), escritor de ciencia ficción dura, Kyle (Ryan Hansen, también de Veronica Mars), el prototipo de actor rubio tonto, y Constance (Lynch), veterana y excéntrica actriz fracasada con una filmografía impresionante… solo para ella. Y como he dicho antes, Mullally reemplazó a Lynch en la segunda temporada, interpretando a la pizpireta y optimista Lydia. Todos ellos contribuyen a que esta aguda y desmitificadora visión del sueño (roto) americano resulte atinada.

La primera temporada de Party Down mostraba los clásicos síntomas de serie con potencial que lucha por encontrar el tono adecuado y a su público objetivo. El humor no llega a cuajar, y los personajes, a pesar de partir de arquetipos muy bien construidos, no enganchan. Sin embargo, para la segunda temporada, tanto Thomas como el elenco están más cómodos en sus respectivos papeles. La serie comienza a desplegar sus alas (y su mejor armamento cómico) y a brillar en episodios memorables como “Nick DiCintio’s Orgy Night” o “Party Down Company Picnic”. De la misma manera, se refuerzan los vínculos entre los personajes -cada vez más entrañables-, por lo que empezamos a sentir compasión y cariño por ellos. En este sentido, una de las mayores virtudes de Party Down es la química entre el reparto, y especialmente entre Scott y Caplan, una de esas parejas formadas en el cielo catódico.

Por desgracia, la prematura cancelación de la serie impidió que esta desarrollase verdaderamente todo el potencial que empezaba a consumar. Aunque el último episodio funciona adecuadamente como cierre para casi todos los personajes -por situarlos en el camino hacia el cambio- es inevitable sentir que nos hemos quedado a medias. A la espera de una posible película (si Arrested Development y Veronica Mars han resucitado, ¿por qué no Party Down?) nos tenemos que conformar con 20 episodios que quedan para los anales de la comedia norteamericana, gracias en parte a su estupendo plantel de estrellas invitadas: Jennifer Coolidge, Ken Jeong, J.K. Simmons, Joey Lauren Adams, o la mismísima Kristen Bell.

La película de Veronica Mars ya es una realidad

Marshmallows del mundo, por fin tendremos nuestra ansiada película de Veronica Mars. Y no, esta vez no se trata de especulaciones, noticias que se olvidan al día siguiente, falsas esperanzas o planes de futuro indefinidos que al final se quedan en nada. Estamos hablando de un hecho, una realidad. Veronica Mars: The Movie existirá, y si todo sale según lo previsto, podremos verla en 2014.

La culpa de que este -casi siempre desesperanzador- viaje de siete años vaya a llegar a buen puerto es en primer lugar de un productor y unos actores que nunca han abandonado el sueño de llevar la historia de esta detective adolescente a la gran pantalla -y así darle la conclusión de la que se nos privó en su momento-, pero sobre todo de nosotros, de los fans de la serie de UPN/CW, los marshmallows. La campaña de Kickstarter que Rob Thomas ha puesto en marcha para conseguir financiamiento para la película ha supuesto en menos de un día uno de los mayores éxitos de la historia del crowd-funding. En 11 horas se llegaba al objetivo de 2 millones de dólares, garantizando la realización del largometraje, y el apoyo de Warner Bros., que había prometido dar luz verde al proyecto si Thomas demostraba que este tenía el respaldo de la audiencia. [Actualización 14/03/13 – 23:32: Warner no aportará fondos al presupuesto de la producción, pero sí se compromete a financiar la campaña de marketing y la distribución de la película].

Las donaciones han ido desde 1 dólar a 10.000, y en el momento de escribir este artículo, la campaña suma 2.679.000 dólares, y todo esto con 29 días aun por delante. Hasta el próximo 13 de abril tenemos la oportunidad de convertirnos en backers del proyecto con nuestras donaciones -todas conllevan una recompensa, a mayor precio se pague, más jugosa- o aumentando la que ya hemos realizado. No sabemos qué techo de ingresos alcanzará, pero si seguimos a este ritmo, acabaremos viendo dinosaurios en Neptune.

Los actores de la serie, capitaneados por Kristen Bell, han estado dispuestos a retomar sus papeles desde que esta fuese cancelada en 2007. Algunos de ellos, como Jason DohringRyan Hansen y Enrico Colantoni, lo demuestran en el vídeo que han grabado para Kickstarter (más arriba). Por su parte, Bell ha mostrado en todo momento su apoyo público a Thomas y el gran compromiso que siente hacia su popular personaje, estando preparada en todo momento para darnos el cierre que la historia de Veronica Mars merece. No contaré lo que ocurre en el último episodio de la serie, porque estoy seguro de que muchos y muchas se animarán a descubrirla después de conocer el fenómeno que ha supuesto este crowd-funding, pero sí diré que la historia quedó tristemente inacabada, y las tramas de los personajes en suspenso. Con la series finale de Veronica Mars no ocurre como con la de My So-Called Life y otras series de culto: no podemos conformarnos con ella y extraer una conclusión por nuestra cuenta. “The Bitch Is Back” no es como “In Dreams Begin Responsibilities”. Nunca sería un final, por mucho que nos esforzáramos en que lo fuera.

Por eso, la materialización de la película de Veronica Mars es todo un sueño hecho realidad -aun difícil de creer- para los admiradores de esta serie, que durante tres años luchó contra los bajos índices de audiencia, pero aguantó gracias a la lealtad de un fandom muy comprometido. Estamos hablando de la serie que en su primer año fue proclamada “la nueva Buffy, cazavampiros -en VM no hay elemento sobrenatural, pero su rubia protagonista debe mucho, o todo, a la Buffy Summers de Sarah Michelle Gellar. El propio Joss Whedon se declaró fan de Veronica Mars (“Es la mejor serie actualmente en antena”, dijo en 2008), e incluso su fangirlismo le llevó a realizar un cameo en un episodio de la segunda temporada. Veronica Mars fue la serie teen de culto definitiva, la última quizás. Y su esperadísimo regreso es motivo de celebración para toda la comunidad geek y seriéfila. Definitivamente, the bitch is back!

Tras alcanzar el objetivo, Thomas no ha tardado en pronunciarse con respecto a la abrumadora respuesta del público: “Me ha estallado la cabeza. Llevaba mucho tiempo fantaseando con esto y siempre me tenía que decir a mí mismo ‘Déjalo, Rob, no seas tonto. Te estás exponiendo a una gran decepción’. Pero lo de hoy ha superado mi sueños más imposibles. Madre mía. Más nos vale hacer una buena película. Nuestros maravillosos fans nos han puesto las pilas. Tenemos que cumplir“.

Kristen Bell, que escribió una adorable carta dirigiéndose directamente a sus marshmallows para pedir su colaboración, se ha referido también a ellos con unas palabras de agradecimiento: “Yo ya sabía que los fans de Veronica Mars eran geniales, pero no tenía ni idea de que tenían este gran poder de congregación. Son imparables -como la propia Veronica. A partir de ahora voy a estar eternamente ruborizada, me siento muy afortunada de formar parte de todo esto”. Además de estas declaraciones la actriz ha bromeado en su Twitter: “Querido Papa: Siento que los fans de Veronica Mars te hayan quitado el protagonismo en tu primer día. Bueno, no lo siento tanto, pero he pensado que sería educado por mi parte decirlo. Besos”.

Solo hay una pega que empaña este jubiloso momento: que los fans de fuera de Estados Unidos no tenemos la oportunidad de recibir las recompensas que cada aportación económica conlleva (póster de la película, DVD, camisetas…) A través de su cuenta de Twitter, Thomas ha asegurado que están haciendo lo posible por incorporar opciones de envío al extranjero. Daos prisa, los fans en España, Europa y parte de Neptuno sentimos la necesidad de sumarnos a esos casi 50.000 marshmallows que ya pueden presumir de haber contribuido a este proyecto. Algunos románticos y generosos fans no-yanquis han participado sin esperar nada a cambio, pero no todos podemos, claro. Vamos, tomad nuestro dinero -que no nos sobra precisamente- y hacednos la mejor película posible, como sabemos que sois capaces.

Y mientras Veronica Mars: The Movie ingresa en su inminente fase de preproducción –se habla de este verano para el inicio del rodaje– ¿qué tal si empezamos a plantear crowd-fundings para otras películas basadas en series que llevamos siglos necesitando? ¿Una de Xena, la princesa guerrera? ¿Una tercera película de Expediente X que cierre de una vez por todas la historia de Mulder, Scully y la conspiración extraterrestre -aunque 2012 ya haya pasado? O, ejem, Joss, ejem. Por favor, tú mejor que nadie conoces el poder del fandom, que hizo volar a la Serenity de nuevo en 2005, y lleva pidiendo un nuevo despegue desde entonces. No me digas que lo de Veronica Mars y Kickstarter no te ha animado a retomar la historia. Tú y yo, y todos los whedonites, sabemos que es posible. Porque no se puede detener la señal. Ya hemos demostrado que nunca se puede.

Friday Night Lights: El eterno atardecer

“Well, you live in Texas now. You love the game of football. You just don’t know it yet” -Eric Taylor

Con los ojos claros pero el corazón lleno me despido de los habitantes de DillonTexas. Durante cinco temporadas, Friday Night Lights se estableció como una de las series más respetadas a la par que ignoradas de la televisión norteamericana. En un panorama en el que la hibridación de géneros es total, el drama hace reír y la comedia toca la fibra sensible, la serie de Peter Berg -basada en su película homónima de 2004, y a su vez en la novela de H.G. Bissinger– podía ser considerada un drama puro. Sin apenas alivio cómico, FNL estaba sumida en una permanente melancolía que servía de perfecta ambientación para una historia sobre un grupo de personas confinadas en una pequeña comunidad de la “América profunda“. El deporte nacional y mayor negocio y pasión de Dillon, el fútbol (americano, se entiende), es el pretexto para hablarnos de unos personajes comprometidos con su tierra, con su causa, y de otros atrapados en un infierno, deseando salir al mundo exterior. La obsesión y el fanatismo por el deporte definen el día a día de los habitantes de Dillon, y representa para unos el sacrificio y la perseverancia, para otros el hastío de vivir, y para la mayoría del pueblo su única realidad, la principal motivación para seguir adelante: la semana se construye alrededor del viernes noche, y la vida es un eterno entrenamiento, es lo que ocurre mientras esperan a que se enciendan las luces del campo.

Desde un comienzo, Friday Night Lights mostró la intención de desafiar las convenciones del género dramático televisivo de la última década. Siempre perfecta en el aspecto técnico, con un estilo documental y cámara en mano, una preciosa iluminación natural y un tono deprimente marcado por la envolvente música de W.G. Snuffy Walden, la serie se dio a conocer con una -excesivamente larga- primera temporada que suponía algo radicalmente distinto a todo lo que se estaba viendo en ese momento. Sin embargo, este ‘drama deportivo‘ no conseguía escapar de los clichés -actores imposiblemente atractivos, adolescentes de 17 años interpretados por jóvenes de 26, y una gran dosis de white people problemsCon el tiempo fue cubriendo todos los temas indispensables del género -embarazos adolescentes, drogas, armas, la alumna que se acuesta con su profesor- pero también supo tocar temas como el racismo, la intolerancia y la segregación social con suma elegancia, osadía y delicadeza. Echando la vista atrás, no importaba tanto que la serie fuera más convencional de lo que queríamos aceptar, porque en el fondo era única en su especie.

Los pilares indiscutibles de Friday Night Lights son Eric y Tami Taylor, probablemente el matrimonio más real(ista) en la historia de la televisión estadounidense. El trabajo interpretativo de Kyle Chandler y Connie Britton les valió el merecido reconocimiento de la Academia (ambos nominados al Emmy, lo ganó él por la última temporada). Su relación está repleta de fisuras, pero ninguna es lo suficientemente grande como para quebrantar el profundo respeto y el gran amor que se profesan. En FNL, fuimos testigos de las discusiones más verosímiles, se nos dejó con el corazón en un puño en infinidad de ocasiones, pero nunca dudamos de la resistencia del matrimonio Taylor. Sus problemas, siempre creíbles, siempre tratados con la mayor naturalidad, provenían de dos flancos principales: el trabajo y la educación de su hija adolescente, Julie (Aimee Teergarden), y enfrentaban su profundo conservadurismo con una gran capacidad de comprensión y aceptación. Eric -el hombre con el peor sentido del humor de la historia- es el entrenador del equipo de fútbol del instituto, primero de los Dillon Panthers y tras una reestructuración financiera y un injusto despido, de los East Dillon Lions. Tami es primero consejera estudiantil (un poco por combustión espontánea), luego directora del instituto, y de nuevo consejera en el nuevo centro en el que trabaja su marido. Este será el conflicto principal que defina la dinámica de la pareja. Ella sacrificando todo por el trabajo de él, y él viviendo por y para su equipo (previo consentimiento y aprobación de las mujeres Taylor). Al final, como hemos visto, el fútbol será lo que condicione cada aspecto de su vida, pero será la familia lo que evite que el buque se hunda por su culpa.

Alrededor de los Taylor y durante cinco años, desfilan por Friday Night Lights un puñado de personajes secundarios que conforman una gran familia y representan los distintos aspectos de la vida en una pequeña comunidad. Las tres primeras temporadas se centran en un equipo de fútbol y un grupo de adolescentes, las dos últimas renuevan el reparto de caras jóvenes debido al cambio de equipo del Coach y a la marcha a la universidad de la mayoría de personajes. Los cambios reflejan además la odisea vivida por la serie, tras cuya segunda temporada (que coincidió con la huelga de guionistas de 2008) peligró su permanencia en televisión. FNL fue finalmente rescatada gracias a un acuerdo de la NBC con DirecTV, que garantizó el regreso de la serie para un tercer año, y la posterior renovación para dos temporadas más.

Sin embargo, los cambios en Friday Night Lights no sucedieron de la manera más fluida. De hecho, si hay algo que se pueda reprochar a la serie es su descuidado manejo de los desarrollos de personajes, pero sobre todo de sus entradas y salidas de la serie. En este sentido, la segunda temporada es la que sale peor parada (muchos achacan el bajón de calidad a la huelga, pero las tramas estaban bien definidas desde mucho antes). El despropósito se adueña de la serie con una historia que involucra a Tyra y Landry en un homicidio, rompiendo así con el tono de la serie y adentrándose en terrenos más culebronescos que rompen bruscamente con el realismo del que se ha hecho gala hasta el momento. Pero lo peor no es eso, sino la introducción de un nuevo personaje, Santiago, para su posterior desaparición con su historia a medias (podríamos argumentar que se reencarnó más adelante en Vince Howard). La segunda temporada se barre debajo de la alfombra y como si no hubiera pasado nada. Friday Night Lights recupera posteriormente el rumbo y realiza tres sólidas temporadas que demuestran que la televisión en abierto se le había quedado pequeña. La tercera es quizás la mejor de las cinco. La siguiente quiere ser una prima lejana de la cuarta temporada de The Wire y el experimento no le sale del todo mal. Con Eric y Tami en el nuevo instituto, la quinta temporada evoca a cosas como Mentes peligrosaspero siempre manteniendo los pies en la tierra, es decir, aproximándose más a La clase. Sin embargo, hasta el final, los personajes siguen entrando y saliendo sin ton ni son. Landry desaparece al comienzo de la quinta temporada para volver al final y no cerrar el personaje de ninguna manera, Epyck es la nueva Santiago, el hijo de Buddy regresa a Dillon y entra a formar parte de los Lions casi sin que nos demos cuenta -como ocurrió con Landry anteriormente, o con Hastings Ruckle, otro personaje que parece que va a tener su historia y luego queda en nada, o con Billy Riggins, que de repente quiere ser entrenador y lo es. En FNL los cambios ocurren de manera muy brusca y sin apenas explicación. “¿Quieres ser entrenador/jugador/directora del instituto?” “Sí” “Pues venga”.

“You know, it’s kind of like this drug. When you get outside of it, you see it for what it really is.
But when you’re in it, it seems like there’s no other possible reality” -Tyra Collette

No obstante, la aparición de personajes de segunda generación no termina por lastrar la serie, gracias a que esta sigue girando en torno a los Taylor y a que no abandona en ningún momento su tema central: el sentimiento de pertenencia o extrañamiento, el vínculo con un lugar, una comunidad, y el lazo con la familia. Como no podía ser de otra manera, el final de la serie presenta a los personajes la oportunidad de dejar todo atrás para ingresar en un nuevo capítulo de sus vidas. Abandonar Dillon y aceptar el cambio como algo necesario e inevitable. Después de cinco años, y a pesar de las inconsistencias de la serie, uno se da cuenta de que se ha involucrado a un nivel emocional muy profundo con estos personajes. Porque son reales, porque su dolor es nuestro. Nos enfurecimos con las injusticias que vivieron, sufrimos con cada pelea como si hubiéramos sido testigos de primera mano, como si hubiéramos estado sentados en el sofá junto a ellos mientras estas ocurrían. Celebramos los triunfos del equipo, compartimos las alegrías familiares, percibimos como absolutamente reales las lágrimas, los abrazos, los besos. Experimentamos la decepción de unos padres con cada traspiés de Julie, y una extraña sensación de furia y energía cuando Coach Taylor gritaba colérico a su equipo. En definitiva, Friday Night Lights se marchó habiendo llevado el melodrama a terrenos nunca antes explorados en la televisión en abierto, y dejando para la posteridad su marca indeleble e inconfundible: los rostros que reflejan el sol de Texas, la luz que se cuela por detrás entre los cabellos rubios, y el viento que llega campo a través y recuerda a estos personajes que hay un mundo más allá de Dillon.