[Crítica] Dune: Una nueva esperanza

… y por fin llegó el gran acontecimiento cinematográfico del año. La pandemia nos mareó con su fecha de estreno y la apuesta por los estrenos exclusivos en plataformas nos hizo temer que la primera toma de contacto con el Dune de Denis Villeneuve (Prisioneros) fuese a ser en nuestros pequeños televisores. Pero los peores presagios no se han cumplido y ya podemos disfrutar en gran pantalla de nuestro retorno a Arrakis. Retorno, porque nunca podremos olvidar nuestra primera visita al planeta de las dunas de la mano de otro de nuestros cineastas favoritos: David Lynch (Mulholland Drive). Una aventura bastante marciana que contaba con alguna que otra cosa buena, como era ese pelazo de un hasta entonces desconocido Kyle MacLachlan, el futuro agente Cooper; pero con muchas más cosas malas, como ese ritmo que provocaba somnolencia severa y cierto tono telenovelesco que le funcionaría años después en las escenas más costumbristas de las dos primeras temporadas de Twin Peaks pero que aquí desquician y hacen que la película sea completamente insoportable.

Menos mal que ese estropicio no hundió la carrera de Lynch, el cual supo resarcirse poco después con la icónicas Terciopelo azul Corazón salvaje. Más maltrechos quedaron los sueños de convertir las novelas de Frank Herbert en una saga cinematográfica en toda regla. Solo hemos tenido que esperar casi cuarenta años para que otro director y otro estudio se atrevan a volver a adaptar la obra de culto que lo ha inspirado todo y no morir en el intento

Ha tenido que ser él. El hombre que osó hacer una secuela de Blade Runner (Blade Runner 2049) y no caer en la trampa de la nostalgia. El genio que es capaz de salir airoso tanto de un tête à tête entre Amy Adams y un cefalópodo del espacio exterior (La llegada), como de adaptar a José Saramago y lograr sacar mejor que nunca a Jake Gyllenhaal (‘Enemy’), así como aportar su granito de arena a la leyenda de Emily Blunt (Sicario).

¿Quién mejor que Denis Villeneuve para terminar de una vez por todas con la maldición de Dune? El director más en forma del momento se une a un reparto de ensueño para llevar a cabo la adaptación definitiva. ¿Está el producto a la altura de las circunstancias? Respuesta corta: sí. Respuesta larga: Por supuesto.

Apabullante y atronadora. Esas son las dos palabras que mejor definen el espectáculo que es la Dune de Villeneuve. Apabullante en cuanto a la belleza de sus habitantes, sus vestimentas (los diseñadores Jacqueline West y Bob Morgan ya tienen su Oscar asegurado), residencias y dramatismo. Atronadora en cuanto a pasión, ritmo, música (otra gran colaboración de Hans Zimmer y Liz Fraser) y efectos sonoros. Puede que cierto clasicismo de aroma shakesperiano lastre un pelín las escenas introductorias, llegando a transmitir una completa y absoluta frialdad, pero en el momento en que la película despega, tiene un ritmo más endiablado que un gusano de arena cruzando el desierto de Arrakis

Dune sigue a rajatabla los cánones y giros de una película de ciencia ficción clásica. Nada resulta sorprendente, pero ese pecado de ser altamente predecible acaba siendo completamente insignificante e irrelevante ante su grandeza. Todo en Dune es vibrante, en sentido literal, si es que la sala de cine tiene buenos graves

Pero Dune no solo vive de golpes de sonido y efectos visuales, sino que su estelar reparto está a la altura de su renombre y de la calidad plástica de la propia película. Timothée Chalamet es el Paul Atreides perfecto. No es ninguna novedad que el intérprete de Call Me By Your Name se salga de la pantalla, pero es que su trabajo como heredero de la casa Atreides resulta espectacular y su pelo debería ser declarado Patrimonio de la Humanidad.

Igualmente acertados resultan Oscar Isaac (Ex Machina) como el patriarca de los Atreides, papel con el que revalidada el título de galán del espacio que ganó como Poe Dameron en la nueva trilogía de Star Wars; Rebecca Ferguson lleva gran parte del peso de la cinta con la distinción y secretismo que la caracteriza y vuelve a confirmarnos su potencial como heroína de acción; y Jason Momoa (Aquaman), canalizando su Iñigo Montoya interior para dar vida a su Duncan Idaho. Nos quedamos con muchas ganas de más de un animalístico Javier Bardem (No es país para viejos), un sanguinolento Dave Bautista (Guardianes de la galaxia) y una venenosa Zendaya (Euphoria) como Chani, un personaje con mucho peso (y pocas frases) en este primer capítulo y que, de llegar a realizarse, tendrá un papel completamente protagonista en la segunda.

También nos quedamos con ganas de conocer más a esa pérfida y enigmática Reverenda Madre de las Bene Gesserit que da vida Charlotte Rampling (Portero de noche) y las voces de ultratumba que la rodean (siendo una de ellas de la mismísima Marianne Faithfull). Y tampoco debemos olvidarnos de esos grandes robaescenas que son los gigantescos gusanos de arena que lo arrasan todo. Una verdadera delicia para los sentidos y una pequeña muestra de lo que deberíamos ver en el Duneverso de Villeneuve. 

Esta primera parte de Dune resulta completamente embriagadora, bastante más que un buen chute de esencia, y un precioso acto de amor al espectador más exigente al que tanto ha hecho de rogar. Ahora solo queda rezar a la venida del gran Mesías del que hablan las Bene Gesserit para que nos traiga no solo la prometida segunda parte, sino muchas más de este potentísimo universo…. o un montaje aún más extenso de esta primera entrega.

Nota½

[Crítica] Mía y Moi: De latir mi corazón se ha parado

La sangre une mucho más que el pegamento. Más que el superglú y la silicona juntos, más que una pulsera de la amistad o una maldición grupal. Mía y Moi son hermanos y lo son para siempre. Pase lo que pase. Han sido completamente inseparables desde el mismo instante en que se conocieron. Su vínculo se ha ido acrecentando gracias a grandes dosis de amor y canciones italianas por parte de madre y a los traumas y el abandono por parte de padre. Mía y Moi son el epítome del amor fraternal. Ahora que su madre ya no está, ellos están solos ante el mundo. Ella le protege a él y él a ella. Mía y Moi, la opera prima de Borja de la Vega, nos enseña qué ocurre cuando ese mundo de dos se ver perturbado por presencias externas.

La muerte de su madre ha roto a Moi (Ricardo Gómez, el que fuera el icónico Carlitos en la serie Cuéntame cómo pasó y una de las mayores sorpresas teatrales de las últimas temporadas gracias a sus papeles en Rojo y Mammón). Siempre se dice que el mayor horror de una madre es enterrar a su hijo, pero lo contrario tampoco se queda corto. Su presente está marcado por una serie de pastillas que tiene que consumir a diario para sobrellevar la depresión y el cariño de Biel, un novio ideal (Eneko Sagardoy, el gigante ganador del Goya a mejor actor revelación por Handia y que formó parte del reparto de la serie Patria). Una pareja preciosa perjudicada por el dolor y el vacío de la pérdida y el duelo. Mía (Bruna Cusí, la mismísima lideresa de La reina de los lagartos e igualmente ganadora del Goya a mejor actriz revelación por Verano 1993) también está rota, pero su tratamiento es bastante diferente. Comentarios irónicos y una relación destructiva con Mikel (Joe Manjón,  al que hemos podido ver en La Virgen de Agosto y fugazmente en alguna que otra producción internacional como Timadoras compulsivas o Resucitado). Dos hermanos, dos relaciones de pareja completamente antagónicas. De la idolatría de Biel por Moi al cuelgue tóxico de Mía por Mikel. Los cuatro coincidirán unos días en la antigua casa de la madre de los dos hermanos. Una villa en mitad de la nada, con la playa a un tiro de piedra. Un emplazamiento perfecto para curarse de todos los males o para enfangarse aún más en la mierda.

Mía y Moi captura a la perfección ese tiempo detenido de los interminables días de verano. Una tarea harto difícil en la que resuenan ecos de los calenturientos veranos del Luca Guadagnino de Cegados por el sol y Call Me By Your Name, de las discusiones interminables y a corazón abierto de Antes del anochecer de Richard Linklater y de la quietud parlanchina del maestro del existencialismo de las horas muertas de verano por excelencia: Éric Rohmer, que con sus cintas La rodilla de Clara, Pauline en la playa, La coleccionista, Cuento de verano o El rayo verde nos descubrió los placeres y los demonios del verano. Conociendo sus referencias, De la Vega construye un universo plenamente original. De su manos nos introducimos de lleno en ese mundo de cuatro habitantes gracias a sus pequeñas conversaciones, de sus baños nudistas en la playa y con sus partidas al chúpate dos o al Monopoly. Con esa serie de certeras  pinceladas, primando la sencillez sobre esa sobreexposición y sobreexplicación que suelen poblar los debuts cinematográficos, logra crear cuatro personajes altamente complejos e identificables, en los que vemos reflejados algunas de nuestras virtudes y, especialmente, nuestros vicios: desde el bloqueo absoluto de Moi al complejo de salvador de Biel, pasando por la sumisión de nuestro lado rebelde de Mía a la toxicidad autoconsciente de los tiras y afloja de Mikel. Un cóctel de emociones extremas  a punto de explotar… o de perder todo su gas y dejar que la inercia siga con su cometido divino. Puede que al final de esta escapada, Moi siga siendo un vegetal emocional repleto de sensaciones que ni sepa, ni pueda transmitir, o que Biel siga anteponiendo sus cuidados a su futuro profesional y terminé por perder la lengua de tanto mordérsela para no ser una fábrica de reproches, también puede que Mía y Mikel hagan oficial su relación y ésta amanezca cada día justificando que lo de la noche anterior no fueron sino menudencias típicas de las cosas del querer… o puede que no y que todo sufrimiento termine de una vez por todas.

Además del estilazo de De La Vega a la hora de rodar y de los riesgos que acomete en su guion, Mia y Moi se engrandece aún más gracias a cuatro interpretaciones de altura. Cuatro de las mejores que hemos podido experimentar en nuestro cine en los últimos años. Resulta un verdadero placer ver cómo Cusí y Sagardoy siguen confirmando su ascenso y que sus Goya no fueron flor de un día, así como el increíble magnetismo tóxico que despide el cabrón y muy despreciable Mikel de Joe Manjón. Mención aparte merece la potente interpretación física de Ricardo Gómez, que logra transmitir a la perfección el vacío existencial de un hombre completamente destruido gracias a una serie de pequeños gestos y muy pocas palabras.

Mía y Moi se convierte en la primera gran cinta de este 2021 y en un valor seguro de cara a los próximos Goya.

Calificación: ★★★★

[Crítica] Ilargi Guztiak. Todas las lunas: Amor de madre

David Lastra

¿Cuánto dura el mañana? Si para un simple humano dura la eternidad y un día, imagina el abismo que debe suponer para aquellos seres inmortales que habitan en nuestro imaginario. ¿Bendición o maldición? El cine se ha acercado a esta diatriba sobre el sentido finito de la vida desde diferentes ópticas, desde el nihilismo hemofílico de Lestat y compañía en Entrevista con el vampiro a los bucles temporales en la villa de Punxsutawney en Atrapado en el tiempo o más recientemente en la genial Palm Springs, pasando por los potingues y demás jarabes milagrosos de La muerte os sienta tan bien. La conclusión a la que hemos podido llegar como avezados espectadores y filósofos de andar por casa es que esa supuesta ventaja de la vida eterna es más bien una maldición infinitaIgor Legarreta (Cuando dejes de quererme) nos trae una visión en clave folk sobre el tema en Ilargi guztiak (Todas las lunas).

Un beso a la luz de la Luna lo cambió todo para una pequeña niña (la debutante Haizea Carneros). El beso de una madre (Itziar Ituño, que además de ser Lisboa en La casa de papel es una de las caras más reconocibles del nuevo cine euskaldun gracias a títulos como Loreak o las más recientes Errementari. El herrero y el diablo y Hil kanpaiak. Campanadas a muerto). Uno de los actos de amor más grandes que existen. Especialmente cuando la niña es huérfana y es la primera vez que siente el calor maternal. El flechazo es instantáneo y madre e hija se prometen amor eterno. Un pacto que hará que vean todas las lunas, pero ningún sol… Es lo que tiene convertirse en vampiro. No todo va a ser brillar y tener pelazo como los de la saga Crepúsculo. La plácida existencia de estas dos chupasangres cambia radicalmente el día en que una turba de hombres enfurecidos, otra constante en este tipo de cine, deciden quemar la casa en la que pernoctan ambas con sus compañeros no muertos. Desde ese momento, la madre pensará que su cachorro ha muerto y la pequeña deberá encontrar la manera de sobrevivir en el bosque sola. 

Ilargi auztiak es una fábula oscura que explora la maldición de la eternidad. El hecho de ver cómo todo el mundo que le rodea envejece paulatinamente y termina muriendo va haciendo mella en la psique de una niña no tan niña. Una mujer que no acepta esa longevidad como un don, cosa que sí hacía el demonio carmesí interpretado por Kirsten Dunst en Entrevista con el vampiro o la más talludita Saoirse Ronan en esa pequeña joya llamada Byzantium. Esta niña lo ve como la más cruel de las condenas. Un peso del que no ve la hora de librarse. Legarreta nos va mostrando ese desencanto de manera bastante irregular, con alguna que otra bella imagen potenciada gracias a la música de un eficiente Pascal Gaigne (Handia), pero con una sucesión de capítulos bastante reiterativos y previsibles que van minando poco a poco el interés a medida que van pasando los minutos.

Calificación: ★★½

[Crítica] Valhalla Rising: Apocalipsis vikingo

David Lastra

Nicolas Winding Refn. A la mayor parte de los directores los conocemos por su apellido, pero a ti no. Puede que sea por la sobredosis de consonantes que tienen los tuyos, algo que nos hace comprobar siempre dos veces el orden de las enes cada vez que lo escribimos. Tampoco nos haces sentir muy cercanos a ti como para llamarte por tu nombre de pila, por mucho que nos sorprendas con tus coreografías en los tik toks de tu hija. Para nosotros siempre serás NWR. Acrónimo que nos has impuesto y hemos abrazado felizmente. Porque tú eres diferente a todos y te queremos tal y como eres.

Introdujiste el neón y sintetizadores a los millennials con la seminal Drive. Marcando a toda una generación, no solo de espectadores, sino de directores. Sin ella, el revival estético y musical ochentero no hubiese durado otra década más. Lo cual no sabemos si es bueno o malo. Nuestro affaire siguió con otro Ryan Gosling silencioso en la excesiva e injustamente infravalorada Solo Dios perdona, con la disfrutona y mamarracha, en el buen sentido de la palabra, The Neon Demon, y con ese proyecto onanístico-artístico llamado Too Old To Die Young, una serie que se nos atragantó a muchos pero que terminó siendo extremadamente placentera.

Pero antes de todo eso, NWR ya tenía un nombre en el mundillo gracias a su ausencia total de cortapisas a la hora de mostrar el lado más violento y oscuro del ser humano, ya fuese con Bronson, uno de los primeros (y sobreactuadísimos) papeles de otro de los novios de internet, Tom Hardy (Mad Max: Fury Road), o con la trilogía Pusher, donde nos descubrió a otro de nuestros grandes romances digitales: Mads Mikkelsen (Otra ronda).

Nuestro Hannibal televisivo, una de las bestias pardas más magnéticas y solventes del cine europeo, nació cinematográficamente en ese parto de dos horas llamado Pusher: un paseo por el abismo, para volver a encontrarse años después en Bleeder y Valhalla Rising, una rara avis en la filmografía de una verdadera rara avis. En esta película, Mikkelsen encarna a un hombre muerto en vida que se dedica a pelear, no por vicio, sino por obligación. Él es el luchador estrella del circuito de peleas entre esclavos y demás basuras humanas. Cuando le conocemos, ya solo tiene un ojo como el mismísimo Odín y la leyenda sobre sus espaldas de ser un demonio proveniente del mismísimo infierno. Un hecho que se ve confirmado cuando se le ve luchar. Sanguinario, implacable y siempre victorioso. Todas las muertes que acarrea a su espalda no le suponen ningún remordimiento y la única fisura que podemos encontrar en su temible fachada es la respuesta no violenta que tiene con el niño que le proporciona comida y le ata después de cada batalla. Todo cambia cuando nuestro antihéroe asesina a sus amos y se une a una expedición de vikingos cruzados cristianos para liberar la Tierra Santa.

Aunque en un primer momento pueda parecernos una obra bastante ajena al resto de su filmografía, Valhalla Rising no es sino otra versión más de su habitual cuento de venganza y (no) redención. Puede que el ritmo en esta ocasión sea un poco más pausado de lo habitual (aunque el de Too Old To Die Young se las trae) o que caiga en unos filtros rojos a los que ahora ni se acercaría, pero la historia de este hombre ferino no es sino la misma historia vengativa sin redención posible que ya vimos (o veremos, si hablamos cronológicamente) en los también poco parlanchines personajes de Gosling en Drive Solo Dios perdona. Incluso este demonio incurre en el mismo complejo de salvador, en esta ocasión hacia el niño al que adopta.

Como es habitual, Mikkelsen clava la presencia física del personaje, haciendo que nos creamos en todo momento que sea una verdadera máquina de matar, pero lo que no logra, por culpa de NWR, es que lleguemos a empatizar con él y su ¿búsqueda? Valhalla Rising comienza de manera muy poderosa con las peleas de Mikkelsen rodadas de una manera espectacular, como solo NWR sabe, y con una muy inquietante y abrupta banda sonora de Peter Peter y Peter Kyed (sus compositores habituales hasta que Cliff Martinez llegó a su vida) para terminar diluyéndose en una sucesión de planos contemplativos que ni Terrence Malick (El árbol de la vida), que desembocan bastante atropelladamente en un climax final à la Apocalypse Now que no agobia, ni trastoca tanto como pretende.

Decir que estamos ante un traspiés en su filmografía sería algo completamente injusto, porque, aunque inferior a la mayor parte de su obra posterior, Valhalla Rising sigue siendo una obra bastante más valiente y arriesgada de lo que nos solemos encontrar en cartelera… y si además nos llega con más de diez años de retraso a nuestras pantallas, no podemos sino dedicarle un sonoro skæl y un fuerte abrazo.

Calificación: 

[Crítica] Otra ronda: Happy Hour de cinco a ocho

David Lastra

♫ Hay un país lleno de encanto ♫… que una ardilla roja podría cruzar de rama en rama de haya sin tocar el suelo. Hay un país lleno de encanto donde todos los patitos feos se convierten en cisnes. Hay un país lleno de encanto donde todo el mundo se mueve en bicicleta y en el que casi no hay paro. Hay un país lleno de encanto que se llama Dinamarca.

Una tierra de ensueño que parece recién sacada del imaginario de su gran cuentista nacional, Hans Christian Andersen. La conjunción perfecta entre los países nórdicos y la Europa central. Dinamarca, la postal perfecta del nuevo viejo continente. Pero como Marcelo le dijo a Horacio, Algo huele podrido en Dinamarca… y lo que es peor, algo sigue oliendo bastante mal en Jutlandia y las otras 407 islas que la conforman. Thomas Vinterberg (La caza) retrata en Otra ronda (Druk) una de las grandes epidemias que sufre su país natal desde tiempos inmemoriales: el alcoholismo.

Conocimos a Vinterberg como compañero de fechorías de Lars Von Trier en ese trasnochado (y divertido) experimento que fue el manifiesto Dogma 95. Si Von Trier se preocupó más en mearnos en la cara con sus desquiciantes Idiotas, Vinterberg optó por plantarnos una bomba de relojería en mitad de nuestro salón. Su Celebración reventó las apariencias de la bien avenida gran familia burguesa europea y le sirvió para colocarle en el Olimpo del cine europeo. Con más aciertos (Dear WendyLa cazaLa comuna) que tropiezos (Kursk) en su andadura, no solo ha logrado mantener ese estatus, sino que lo ha magnificado con Otra ronda, con la que arrasó en los premios del Cine Europeo y ha conseguido una doble nominación a los Oscars, a la mejor película internacional y a la mejor dirección para el propio Vinterberg.

Otra ronda nos cuenta la historia de cuatro profesores de instituto. Cuatro machos nada alfa que han sabido cumplir más o menos con el triple mandato heteronormativo de trabajo-piso-pareja. Señoros de mediana edad que siguen reviviendo las locuras de sus años de su cada vez más lejana juventud en las reuniones ‘solo para hombres’ que se marcan periódicamente. Pero algo huele a podrido en esa idílica vida de machos. Sus matrimonios se resquebrajan con cada orín nocturno de los hijos de uno o con los turnos laborales nocturnos de la mujer de otro. ¿Qué podrían hacer cuatro heterosexuales de bien como ellos para recuperar el flow en sus vidas? Beber, beber y beber. Pero no pillándose una cogorza de sábado noche como gran parte de sus camaradas, sino realizando un estudio académico sobre la ingesta de alcohol siguiendo la teoría de Finn Skåderud. Según este psiquiatra y psicoterapeuta noruego (que existe en la realidad), el ser humano tiene un déficit del 0,05% de alcohol en el cuerpo, por lo que un buen copazo paliaría esa diferencia y convertiría al sujeto en una persona mucho más creativa y segura. Los cuatro profesores añadirán una pequeña coletilla a su dogma para hacerlo mucho más molón: deberán seguir las enseñanzas de Ernest Hemingway. Al igual que el pamplonica adoptivo más internacional y borracho, ninguno de ellos deberá beber alcohol más allá de las ocho de la tarde, ni los fines de semana.

Gracias a una cultura del alcohol muy arraigada, Dinamarca cuenta con una de las juventudes más borrachas del mundo y las muertes relacionadas por su consumo se disparan año tras año. Pese a los horribles datos, el alcohol no es un estigma en la sociedad danesa, sino casi un símbolo nacional. Ya desde la primera escena con la carrera de cerveceo extremo por el lago, vemos una vez más la estúpida relación que el ser humano establece entre el alcohol y la diversión. Los jóvenes de Otra ronda normalizan su alcoholismo y no lo esconden en ningún momento, de igual manera que sus mayores aceptan que lo sean… porque ellos mismos lo son.

El único momento en que vemos existe cierta censura al consumo de alcohol es durante las horas lectivas. Será en esas horas donde los jóvenes solo pueden embriagarse de conocimientos, cuando los machos no alfa aprovecharán para llevar a cabo su experimento. Aunque en un primer momento ese 0,05% hará que la calidad de las clases de historia o de canto sean mucho más dinámicas e interesantes, el ansia investigadora (ejem) hará que decidan subir la tasa de alcohol en la sangre para lograr exprimir la teoría de Skåderud al extremo. Desde ese momento en el que Otra ronda se introduce en una espiral descendente en la podredumbre moral de todos y cada uno de sus personajes a través de las consecuencias que trae el alcoholismo tanto en ellos mismos como en sus allegados. Con una simple ronda de chupitos, Vinterberg vuelve a dinamitar la fachada del envidiado bienestar de las dulces familias danesas.

Si bien, como es común en el cine de Vinterberg, Otra ronda termina ofreciéndonos una conclusión bastante aguada resolviendo de manera taimada el experimento de los machotes, su narración no llega a ser tan descarnada como debería una historia de estas características, resultando un producto extremadamente frío, hasta para una película danesa. Una ausencia casi total de sentimientos en los cuatro machotes hace que sea bastante difícil empatizar con ellos. En ningún momento se logra transmitir ese hygge (concepto danés sobre los momentos acogedores y cálidos que se viven junto a familiares o amigos alrededor de unas bebidas) entre los cuatro protagonistas. Cuando vemos sus borracheras comunales o sus lingotazos individuales parece estuviésemos visionando el remake europeo perdido de Resacón en Las Vegas, haciendo que la posible denuncia sobre la aterradora realidad etílica se desvanezca casi por completo.

Ni siquiera logramos empatizar con el profesor de historia interpretado magistralmente por Mads Mikkelsen, que repite con Vinterberg tras ese otro tramposillo cuento moral que fue La caza. Nuestro Hannibal Lecter televisivo realiza un verdadero tour de force con su Martin que podría haber merecido una nominación al Oscar o una Concha de Plata para él solito sin tener que compartirla con sus compañeros de reparto. Su actuación es impecable y cuenta con una catarsis final espectacular (¡benditos 55 años!), pero ni con esas logra rompernos como espectadores, pero no es por su culpa. Mikkelsen no puede darnos más, Vinterberg sí. Durante dos horas asistimos al derrumbe del imperio de la masculinidad hegemónica, pero prefiere dejar pasar la oportunidad de exorcizar a sus machotes redimiéndolos a más no poder, llegando a convertirlos casi en mártires y trasladando parte de la culpa en los pocos y desdibujados personajes femeninos que aparecen en Otra ronda.

Otra ronda nos muestra el temible ciclo de la vida del alcohol. Una epidemia que no tiene, ni tendrá final. Un mal que acompañará al ser humano hasta el fin de sus días… pero que tampoco parece quitarle mucho el sueño.

Calificación: 

[Crítica] Akelarre: Una leyenda de Euskadi

Ser mujer en 1609 en España entrañaba sus riesgos. Este nuestro país era una sociedad patriarcal absolutamente machista, con una monarquía pasota que solo pensaba en el bien de los suyos y que estaba promoviendo la enésima expulsión de una minoría (en este caso, moriscos) de nuestras tierras. La relación entre ambos sexos se fundamentaba bajo el simplista vínculo de amo y sirviente, recayendo el poder, como buen estado falocéntrico,  del lado de la balanza del hombre. Una realidad que difiere bastante a lo que viven hoy en día las mujeres cuatro siglos después en España… Bueno, realmente no mucho. Alguna cosa que otra ha cambiado, pero esos males siguen estando muy presentes hoy en día. Incluso el monarca sigue teniendo el mismo nombre y filosofía que el de entonces.

Ser mujer en 1609 en Euskadi era más o menos similar a serlo en el resto de la península. Si acaso contaban con una miaja más de protección gracias al matriarcalismo característico de esta región norteña. La mujer vasca es hija (o parte) de Mari, la deidad principal de la mitología euskalduna. Ama y señora de la Madre Naturaleza, proveedora de buenos embarazos y la muy necesaria lluvia. Moradora de las montañas y, según quien lo cuente, concubina del diablo. Así son las chicas de Akelarre, mujeres que viven a la orilla de los acantilados vascos y que, según las malas lenguas, yacen con Satanás las noches de Luna llena. Pablo Agüero (Eva no duerme) nos trae una fábula de brujas con un horrendo poso de realidad (y de actualidad).

Ana, María, Olaia y Maider son uña y carne. Algunas veces se les une Oneka al grupo y, últimamente, no pueden despegarse ni un minuto del retaco de Katalin. Adolescentes aburridas cuya existencia se reparte entre ayudar a sus madres en los quehaceres diarios, cantar a grito pelao por los riscos y perrear en el bosque. Si acaso algún que otro polvo furtivo con algún púber del sexo contrario o con un buen palo preparado para consolar las penas. Todo ese remanso de paz y felicidad termina abruptamente con la llegada de unos representantes de nuestro internacionalmente y tristemente conocido Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. No es que nadie esperase a la Inquisición Española en esos tiempos y lugares, a pocos kilómetros de allí, nuestros colegas franceses acababan de quemar vivas a cerca de cien mujeres acusadas de crímenes de brujería y demás supercherías.

¿Y de qué se les acusa a Ana y compañía? De practicar el sabbat de las brujas. La mítica ceremonia en la que las brujas adoraban al mismísimo Diablo, en la cual el maligno adoptaba la forma de un macho cabrío y copulaba con sus fieles. Un rito profano que nadie había visto acontecer, pero que la Inquisición castigaba con ser quemado vivo en una hoguera. ¡Brujas, más que brujas! En un primer momento, el grupo de adolescentes no cree que ese rebuzno vaya dirigido hacia ellas, ni mucho menos que las estén cazando y deteniendo por canturrear sus canciones de amor y bailar entre ellas (los hombres del pueblo están ausentes en la mar). Durante su cautiverio, todas ellas van pasando por diferentes etapas y reacciones. Desde la sorpresa y desconocimiento inicial, las pequeñas bromas y algún que otro jueguecillo empoderado, pasando a la inquietud noctámbula y el más absoluto pavor por la sucesión de acontecimientos. Su reclusión es similar al de las hijas de Bernarda Alba del clásico lorquiano o al abrupto final del juego y la inocencia de la cinta turca Mustang. Dos obras como Akelarreen las que además de tratar esta dicotomía de amos y sirvientas, el fantasma de la muerte es un personaje cuasi corpóreo más en el desarrollo.

Agüero y la cortometrajista Katell Guillou nos cuentan una historia mínima de brujas y santurrones, que lejos de quedarse anclada en un tiempo y un lugar concreto, es fácilmente extrapolable a otros tiempos y lugares, como puede ser el tiempo en el que vivimos. Los gritos y golpes que sufren Ana y sus compañeras por parte de los señoros de la Santa Inquisición son los mismos escupitajos y guantadas que sufren las mujeres en pleno siglo XXI con muchas de las sentencias sobre malos tratos y asesinatos por parte de los tribunales españoles. Akelarre no es sino otro capítulo de la interminable saga terrorífica de la imposición del hombre sobre la mujer.

El crimen de estas mujeres no es ser brujas, ni mucho menos fornicar con Belcebú o alguno de sus primos infernales, sino por no ser sumisas ante el hombre. Ellas han sido acusadas de indecencia, de realizar la misa negra cuando la única suciedad de esta historia está en la mirada del macho, personificado en el inquisidor Rostegui, un ‘extranjero’ ajeno al matriarcalismo vasco que va imponiendo su lógica y su ceguera cultural allá por donde va. Un baboso sin ningún tipo de escrúpulos notablemente interpretado por el omnipresente Alex Brendemühl (al que hemos visto recientemente en Madre y El silencio de la ciudad blanca). 

Pero si hay que destacar una interpretación en Akelarre esa es la de Amaia Aberasturi, que ya protagonizó de manera solvente la desesperante (por el hecho histórico que retrata) Vitoria, 3 de marzo. Aberasturi debería sonar fuerte para la próxima edición de los Goya por su excelente retrato de Ana, la Suprema de AkelarreAlgo que debería ocurrir también con las demás supuestas participantes del sabbat, las debutantes Yune Nogueiras, Irati Saez de Urabain, Garazi Urkola, Jone Laspiur y Lorea Ibarra

Llega el temido momento de la comparación con La bruja, la obra maestra de Robert Eggers (El faro). Puede que ambas realicen un tratamiento de la figura de las brujas desde una óptica feminista, pero las comparaciones terminan ahí mismo. Algún que otro plano preciosista de los acantilados en Akelarre puede recordar a las lindes del temible bosque de La brujapero la cinta hispano-argentina tiene una vida y una identidad propias, y se convertirá en una película de culto por méritos propios. Ana no es la Thomassin vasca, pero lo que no quita para que ambas pudiesen ser muy buenas amigas por correspondencia y compartir algún que otro consejo o hechizo.

David Lastra

Nota: ★★½

Crítica: Madre oscura (The Wretched)

En unos tiempos en los que la palabra bruja ha sufrido un cambio léxico-semántico radical gracias al movimiento feminista y cierta revisión de algún que otro hecho histórico deleznable, los hermanos Brett y Drew T. Pierce (DeadHeads) parecen no haberse enterado y nos traen una historia clásica de brujas malvadas come niños con cierto regusto nostálgico. Es la hora de Madre oscura (The Wretched), la cinta de terror que ha batido récords de taquilla en tiempos del coronavirus.

Esta es la típica historia de un hombre adolescente heterosexual con las hormonas disparadas que, tras un pequeño traspiés por el lado oscuro, pasa el verano trabajando junto a su padre (Jamison Jones, 24) en un pequeño puerto para yates. Desde el primer momento, comienzan a aparecer todos los estereotipos en este tipo de historias: la compañera de trabajo enamoradiza (Piper Curda, Teen Beach 2), los cayetanos redundantemente machitos y capullos, la (supuestamente) canónica tía buena inalcanzable, la nueva pareja del padre (Azie Tesfai, Supergirl) y unos vecinos bastante particulares.

Madre oscura sabe presentar sus cartas de manera solvente, incluso con ese prólogo y su explotado salto en el tiempo a los ochenta más falsos que hemos visto en mucho tiempo consigue que piquemos el anzuelo. Poco a poco, una serie de extraños episodios harán que Ben (John-Paul Howard, Comanchería) comience a sospechar de sus ruidosos vecinos, especialmente de ella (Zarah Mahler, vista en la serie 9-1-1) que apesta a podrido. Esa ojeriza se convertirá en una acusación más seria cuando el hijo de los vecinos desaparece y sus propios padres niegan su existencia.

Madre oscura bebe de todas y cada una de las historias que hemos visto una y mil veces traducidas al celuloide. La bruja de los Pierce comparte gustos caníbales con su pariente germana de Hansel y Gretel, cierto aire estiloso y las mismas deformidades e irritaciones cutáneas (que no alopecia) con la icónica Eva Ernst de La maldición de las brujas, e incluso algún que otro paseo al bosque tienen ecos de los de las amigas de Thomasin en La bruja: una leyenda de Nueva Inglaterra. Madre oscura mezcla esa cara de las brujas con otra más bestia, cuasi animalista y descarnada, cuyos movimientos y dimensiones recuerdan a los monstruos interpretados por Javier Botet (la icónica Niña Medeiros de la saga REC). Es justamente en esas escenas más aterradoras donde Madre oscura flojea. La película de los Pierce funciona mucho mejor cuando intenta convertir a Ben en un Jimmy Stewart de La ventana indiscreta de pacotilla (¡incluso tiene un miembro escayolado!) que cuando intenta ser una película de terror al uso.

Es una pena que Madre oscura intente tomarse demasiado en serio y no abrace mucho más la locura (que no el ridículo, que eso lo abraza en alguna que otra resolución). Un tono mucho más gamberro y adolescente, hubiese beneficiado la experiencia exponencialmente y hubiese trascendido la etiqueta de flor de un día… o noche, mejor dicho.

David Lastra

Nota: ★½

‘Dersu Uzala (El cazador)’, el clásico de Kurosawa de nuevo en cines

Dersu vive en la taiga y, como buen hezhen, sobrevive cazando para subsistir y su hogar es cualquier rincón del bosque boreal siberiano. Ni el dinero, ni la prosperidad entran en sus planes de futuro. Realmente su futuro no existe. Para Dersu todo es un presente infinito, tan congelado como las noches en su reino. Dersu no levanta más de metro y medio del suelo, es ágil cual marta y posee la mejor puntería que habrás visto en tu vida. Dersu no pasa hambre y de vez en cuando lo celebra con un poco de alcohol, aunque no le sienta nada bien. Dersu es feliz viviendo en consonancia con la demás gente de la taiga, como él llama indistintamente a los demás seres humanos y animales que la habitan. Su existencia debería haber dado un giro radical tras encontrarse con un grupo de expedicionarios soviéticos… pero no, más bien serán ellos los que cambien tras encontrarse con Dersu.

El maestro Akira Kurosawa (Los siete samuráis) realizó una de sus fábulas más bellas y humanistas con Dersu Uzala (El cazador), clásico ganador del Oscar que podemos disfrutar de nuevo en la gran pantalla en una copia restaurada para la ocasión.

Dersu Uzala (Maksim Munzuk, Siberiada) pasa a formar parte del grupo de expedicionarios de Vladímir Arséniev (Yuri Solomin, La tienda roja) y no como mascota, sino como fiel guía y pieza clave para su supervivencia. Con tosquedad e inocencia, Dersu va mostrando las normas y leyendas que rigen su mundo. Desde los pequeños símbolos en el camino para facilitar la vida a los recolectores hasta los peligros de los hombres malos que raptan mujeres (sus únicos enemigos conocidos), sin olvidar el status todopoderoso de Amba, un mítico tigre siberiano al más puro estilo Shere Khan.

Todo desde un respeto pleno a la naturaleza. Dersu es cazador, pero sus máximas vitales y sus pintorescas trazas de niño ferino que roza la tercera edad le asemejan bastante a las de un personaje del imaginario de Hayao Miyazaki y el resto de creadores de Studio Ghibli. Las mil y una desventuras que correrán juntos el cazador y el explorador conseguirán un vínculo de amistad fraternal tan grande que roza el bromance. Tanto que cuando la vejez comienza a hacer mella en Dersu, su buen amigo no duda en acogerle en su residencia familiar. Pero Dersu opina que, como Paco Martínez Soria dijo en su día, la ciudad no es para mí.

Akira Kurosawa volvía a mostrar su maestría a la hora de retratar la cotidianeidad y pureza de los olvidados. En esta ocasión, la citada minoría hezhen, de la que Dersu forma parte. Dersu Uzala (El cazador) es una fábula preciosa sobre un ser de luz bastante gruñón que abre, sin ningún tipo de concesiones, su mundo y su corazón, a un grupo de extraños, cuyo modo de ver el mundo cambiará para siempre. Pero no hay que caer en posibles equívocos, el maestro nipón no recurre a ningún tipo de sentimentalismos vacuos, sino que nos muestra el buen corazón de Dersu como el propio cazador cuenta sus batallitas: con humildad y sencillez. No estamos hablando de un santo, Dersu es un poco presumido y hasta realmente él mismo se cataloga (erróneamente, todo debe decirse) como mala gente, pero su grandeza y honorabilidad radica en el amor, la fidelidad y el respeto absoluto que profesa por su gente, tanto humanos como animales.

Dersu Uzala (El cazador) es una excepcional carta de amor humanista de un ser humano excepcional (Akira Kurosawa) a través de un personaje excepcional (Dersu Uzala) que logra que podamos mantener algo de fe en la humanidad y en nuestro presente y futuro más inmediato.

 David Lastra

Nota: 

‘Under the Skin’, estreno tardío pero imprescindible de una obra maestra

2020 está siendo un año un tanto extraño. Puede que el más raro de nuestra existencia… y eso que el listón estaba demasiado alto con ese 2016 en el que fallecieron David Bowie y Prince, Trump se mudó a la Casa Blanca y el zika nos trajo más de un quebradero de cabeza. Pero nada como este 2020, que ya antes de llegar a su ecuador, nos ha puesto el cuerpo (y nuestras existencias) del revés.

Dentro de esta distopía en la que nos hemos visto envueltos de lleno, hemos experimentado graves desgracias, como está siendo la pandemia mundial por la COVID-19, el despertar de posturas filofascistas en nuestras ciudades y redes sociales, la constante violencia de género, racista y/o LGTBIfoba, la enésima prueba de la radical diferenciación entre estratos o que J.K. Rowling recuerde su contraseña de Twitter; pero también más de un rayo de esperanza que nos pinta un futuro no tan desolador, como ha sido el clamor popular en contra de las injusticias sociales, tanto a nivel global con el movimiento Black Lives Matter como con las redes de cooperación vecinal en los barrios para sostener las unidades familiares más golpeadas por la crisis, y, a otro nivel, mucho más anecdótico pero importante para la distribución cinematográfica española, el advenimiento de una vez por todas de Under the Skin a nuestras pantallas.

Unos pocos tuvimos la suerte de poder disfrutarla en pantalla grande gracias a una proyección especial dentro de la madrileña Muestra SyFy en 2015, y otros tantos, unos meses antes en el Festival de Sitges. Encuentros que no dejaron a casi nadie indiferente y que provocaron que muchos recurriésemos al mercado internacional para hacernos con una copia física, al haber visto colmadas con creces nuestras ansias de hype por el tándem formado por Jonathan Glazer y Scarlett Johansson.

Glazer le seguíamos por sus igualmente marcianas Sexy Beast y Reencarnación y, especialmente, por ser uno de los iconos más importantes en el mundo de la publicidad y los videoclips de las últimas décadas, gracias a sus trabajos para Radiohead (Karma Police), Blur (The Universal), Massive Attack (Karmacoma) o marcas como Guinness o Levis (él estaba detrás del mítico anuncio que marcó a una generación en el que dos jóvenes corrían destrozando todas las puertas que se cruzaban en su camino a ritmo de Händel).

Este reencuentro en pantalla grande con Under the Skin no podría haber ocurrido en mejor momento gracias a esa nueva normalidad distópica en la que nos movemos. Las gélidas y criminales desventuras de una peculiar cazadora de hombres por tierras escocesas resultan aún más seductoras y provocadoras que nunca. El film de Glazer no solo no ha envejecido mal, sino que se ha engrandecido aún más gracias al clima actual. El escalofrío que producía la frialdad no humana de esta mujer a la hora de llevar a cabo sus crímenes en ese negrísimo no-lugar infinito, resulta aún más potente visualmente y perturbador en la oscuridad de una sala de cine con aforo limitado y con mascarillas. Una experiencia verdaderamente aterradora que parece sacada más de una acción performativa que por una obligación sanitaria.

Aunque le hayan llovido candidaturas por su labor en Historia de un matrimonio y millones de dólares (y el aplauso de la crítica) por su Viuda Negra dentro del Universo Cinematográfico Marvel, su rol como misteriosa mujer que conduce y abduce sigue siendo el mejor papel de la carrera de Scarlett Johansson. Resulta acertadísima la sustitución del constante monólogo interior de Isserley en la novela original de Michel Faber por los silencios absolutos de la mujer sin nombre interpretada por Johansson. La actriz sabe traducir a la perfección ese opresivo flujo de conciencia y las consiguientes dudas sobre su propia naturaleza depredadora en pequeños gestos escondidos en una conversación trivial o una mera sonrisa sin alma ante lo más granado de los machos heterosexuales con los que se cruza.

Durante su caza, su personaje se encuentra de cara ante diversos episodios machistas, desde la adulación vacua de alguno de los autoestopistas que recoge a la violencia más física y directa en algún otro de sus encuentros. Acontecimientos que la mujer sortea como puede (como cualquier otra mujer, sin importar del planeta que venga), sin entenderlos en un primer momento, (parte por su desconocimiento de las artes humanas, parte como respuesta normal ante la cara más fea de los hombres), y censurándolos a medida que va aprendiendo que ese tipo de comportamientos no son los adecuados para con su persona.

Además del poderío de Jonathan Glazer y el arte de Scarlett Johanson, Under the Skin se sustenta gracias a otro tercer pilar tan importante como los otros dos citados: la música de Mica LeviLas enfermizas violas y las demás cuerdas que pueblan el apartado sonoro de la película componen una especie de lamento fúnebre a medio camino entre la tragedia clásica y el cine sci-fi de los sesenta que se introducirá dentro de tu cerebro y nunca podrás dejarlo ir. No obstante, Mica Levi consiguió el premio del Cine Europeo a mejor composición del año, aunque fue ninguneada, como el resto del film, en la carrera de los premios de la Academia. Por lo menos, ella pudo redimirse en parte con una más que merecida candidatura al Oscar por el excelente score de Jackie.

Under the Skin es una película atemporal. No solo porque funcione en cualquier tipo de época, sino porque siempre será absolutamente moderna y diferente a todas las demás.

David Lastra

Nota: 

[Reseña Blu-ray] El faro: Solo el fin del mundo

Ningún hombre es una isla por sí mismo. Por mucho que nos empeñemos cada vez más en ser completamente autosuficientes y no depender de nadie, el calor del prójimo sigue siendo la mejor solución para muchos de los males del ser humano. Por esa simple razón biológica de mera supervivencia, siempre será mucho más importante elegir bien a quién te llevarías a una isla desierta, que los mil y un cachivaches que te harían falta para sobrevivir al fin del mundo.

Justamente en el epicentro del fin del mundo es donde Ephraim Winslow (Robert PattinsonHigh Life) ha encontrado su nuevo trabajo: ayudante en un faro. Sus quehaceres diarios consisten en el mantenimiento básico del mismo, así como todo tipo de marrones que se le puedan ocurrir a Thomas Wake (Willem DafoeThe Florida Project), el farero mayor. Lo que en un principio es un trabajo de mierda, se convierte a los pocos días en una verdadera montaña de redundante y hedionda mierda. Literalmente, gracias en parte a las colosales ventosidades que surgen entre los dos mofletes del culo de Thomas. Un hombre de pocas palabras y muchos pedos que termina por desquiciar a un ya de por sí bastante psicótico recién llegado.

Todo termina por torcerse cuando el mal tiempo hace que su relevo no termine por llegar nunca y tengan que tirarse unas cuantas semanas de más en la isla. Como es normal, el conflicto entre ambos no se hace esperar, especialmente cuando el cabrón de Thomas no deja a su segundo disfrutar de los placeres (¿carnales?) de la luz del falo. Pero también habrá tiempo para grandes borracheras, con sus consiguientes arrebatos de camaradería máxima y sí, tensión sexual.

Después de dejar el listón por las nubes con su primer largometraje, La bruja, Robert Eggers sigue ahondando en la represión del ser humano. Si en su anterior obra, Thomasin (Anna Taylor-Joy) no lograba alcanzar su ansiada libertad hasta abrazar de una vez por todas su feminidad y su consiguiente condición ‘maligna’, en esta El faro (The Lighthouse), también realizada para la prestigiosa A24, experimentamos los estragos de un hombre en plena crisis de identidad. Un joven que ha dado bandazos durante los treinta años que lleva en esta tierra de Dios, lo cual se ha traducido en una hostilidad absoluta para consigo mismo y todo aquel que se acerque a él. También hay que decir a su favor, que la figura del farero no favorece en ningún momento la consecución de un estado zen, así como las deplorables condiciones inhóspitas del emplazamiento o esa puñetera gaviota que no deja de molestarle cada mañana con su insoportable graznido. Toda una buena heredera de nuestro querido Black Phillip.

Un agobiante formato en cuatro tercios unido a un sucísimo blanco y negro, hace que nos sumerjamos desde el primer momento en esa espiral de aislamiento y locura que atenaza a Ephraim. Junto a él, nos asomamos al abismo y antes de que lleguemos al éxtasis ante la inmensidad del fin (o a un orgasmo conjunto, con o sin sirena de madera), un gigantesco pedo de Thomas nos devuelve a nuestra dantesca y cruel realidad… o a la alucinación en la que estamos viviendo desde el día 1. Pero tampoco debemos idealizar la mente del burdo Ephraimya que, si el citado abismo tuviese un agujero, se lo follaría sin ningún tipo de miramientos. Esta psicosis sexual de pedos y polvos se ha convertido inesperadamente en un fiel reflejo de nuestra cotidianeidad durante los últimos meses. El confinamiento por el COVID-19 ha convertido a El faro en el zeitgeist de 2020, tanto o más que las proféticas Contagio de Steven Soderbergh o 12 monos de Terry Gilliam. 

El faro es una de esas pesadillas que termina drenando todas nuestras fuerzas y nos deja al borde de las puertas del infierno. Una cinta extremadamente perturbadora y surrealista, de atmósfera asfixiante y aire a terror gótico, que entra de lleno en el Olimpo de esta nueva ola de cine autor de terror que estamos viviendo en estos últimos años y que, como tal, ha sufrido el ninguneo en la carrera de premios. Como ya ocurrió con SuspiriaMidsommar o It Follows, ninguno de sus dos magníficos intérpretes, ni mucho menos su director o guionistas lograron rascar una nimia nominación a los premios Oscar, únicamente la inquietante fotografía de Jarin Blaschke (otro viejo conocido cuyo trabajo ya pudimos disfrutar/sufrir en La bruja) logró conseguir una mención en la pasada ceremonia.

No importa, tanto El faro como el resto de películas mencionadas ya forman parte del imaginario universal del cine de terror, mientras que muchas de las nominadas han caído en el olvido.

David Lastra

El faro ya está a la venta en Blu-ray y DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. La edición incluye los siguientes extras:

  • Audiocomentario con el director y co-guionista Robert Eggers.
  • Escenas eliminadas (5 min).
  • Un cuento oscuro y tormentoso (38 min).

[Crítica] Matthias & Maxime: Son (mis) amigos

If this is communication, I disconnect La incomunicación lo destruye todo. Más que la distancia o el tiempo. Mucho más que una cena recalentada o una infidelidad. Con incomunicación no hablamos necesariamente de los injustamente temidos silencios, sino de la absurda manía del ser humano de cerrarse ante sus personas más cercanas. Ese maldito miedo a ser juzgado por los demás y llegar a sentir vergüenza hace que nos coartemos y no seamos justos con los demás, ni mucho menos con nosotros mismos. Esta incomunicación supone el fin de todas nuestras relaciones sociales y va mermando progresivamente nuestro, ya mermado de por sí, amor propio. La quintaesencia de la estupidez humana.

Aunque extremadamente tóxica, o precisamente por esa misma razón, la incomunicación es uno de los demonios que mejores resultados han tenido en la gran pantalla. Directores como Michelangelo Antonioni (especialmente en su trilogía formada por La aventuraLa noche y El eclipse y en esa bola extra que fue El desierto rojo) o Michael Haneke (acertadísima su reflexión sobre el tema en la injustamente olvidada Código desconocido) han construido su leyenda en base a tan complicado concepto. Esa espiral de soledad creada (y buscada, como si fuese un escudo protector cualquiera) conforma la atmósfera que respiran los dos personajes protagonistas de Matthias & Maximela octava película de Xavier Dolan (Mommy, Laurence Anyways) como director.

Ese fantasma de la incomunicación ya llevaba apareciéndose en la filmografía del canadiense desde sus comienzos, pero alcanzó una corporeidad y una presencia máxima en los protagonistas de Solo el fin del mundo y, especialmente, en la inédita por estos lares The Death and Life of John F. Donovan. Hombres que se encuentran completamente aislados de su entorno por muy acompañados que estén, ya en una reunión familiar después de años de ausencia o en la cresta de su carrera interpretativa. Sin llegar al nivel de un presumible trastorno psicológico como es el caso del personaje de Kit ‘Jon Nieve’ Harington en The Death and Life of John F. Donovan, Matthias y Maxime sufren en sus carnes este mal en mayor o menor medida.

Maxime (interpretado por el propio Dolan, con una marca de nacimiento en la cara a lo Oliver Stark9-1-1) ha decidido dar un giro radical en su vida y pretende dejar atrás su desestructurado hogar familiar con su madre (Anne Dorval, la madre Dolan por excelencia) y su empleo como camarero por una presumiblemente nada glamourosa vida en Australia. Por su parte, Matthias (acertadísimo el novel Gabriel D’Almeida Freitas) es el sueño americano hecho canadiense (con raíces portuguesas, como apunta su madre). Trabador de cuello blanco con promesas de ‘un despacho con vistas’, una mujer guapa y educada con un toque chic que queda bien en cualquier ámbito, y una relación sana con su madre (ese ser de luz encarnado por Anne-Marie CadieuxBuenos vecinos). A priori, Matthias sería el personaje anti-Dolan por excelencia, pero no nos confiemos en ningún momento.

En Matthias & Maxime, como es habitual en Dolan, tenemos madres gritonas, veinteañeros arrasados por su existencia como si tuviesen ya ochenta años, adolescentes que guardan silencio… Pero en esta ocasión, en ese ecosistema habitual, Dolan introduce un agente externo, extremadamente ajeno: la bro culture. Nuestros dos protagonistas son parte de un grupo de amigos compuesto por hombres con un diverso abanico de formaciones académicas y poco más en común que su adolescencia. Algún que otro fumeta, un profesor, un niño pijo que toca el piano y nuestros dos amigos. Aunque ya nada sea lo de siempre, los amigos siguen quedando de vez en cuando. En una de esas reuniones, Erika (Camille Felton), la hermana de uno de ellos logra (tras una apuesta entre bros) que Matthias y Maxime participen en su cortometraje. Resulta muy gracioso ver a esa Erika, una millennial listilla y muy bocazas que suelta anglicismos siempre que puede, ya que estamos ante el reflejo caricaturesco de todos los males que achacaban a Dolan sus primeras obras. ¡Si hasta su corto expresionista/impresionista es muy ‘elmodóvar’! Ella y su hermano Rivette (Pier-Luc FunkGénesis) suponen el escaso alivio cómico de esta sentida aventura.

La escena en cuestión es un beso. Dos chicos besándose. Nada más. Algo que no debería escandalizar a nadie. Ni siquiera entre los amigos, que como todo grupo de hombres heterosexuales no paran de rozarse, toquetearse y bromear. Realmente ellos son diferentes a todo el estereotipo bro, el grupo de machotes no cae en ningún cuñadismo a lo largo del metraje, lo cual no sabemos es si debemos achacar ese fenómeno a la inexperiencia del director en estos lares o es una muestra de esperanza para con los hombres heterosexuales. Son muy ruidosos, aunque no tanto como una madre dolaniana. La gran diferencia en este caso es que su jolgorio es un apoyo positivo, no el origen de frustración, ni mucho menos un posible amplificador de ese vacío comunicativo. Ese beso trastoca la existencia de ambos, especialmente la de Matthias. Esa disrupción se convierte en un calvario para la calculada agenda vital del hombre perfecto y marcará el futuro de ambos. 

Lejos del barroquismo de alguna de sus obras, Matthias & Maxime pertenece a la rama de las historias mínimas de Dolan, como Tom en la granja o Solo el fin del mundo. Cintas en las que el realizador ha preferido centrarse de manera inteligente más en el poder de los diálogos que en el artificio de un bonito encuadre o en confeccionar mixtapes imposibles. Con eso no queremos decir que esta película no sea visualmente bonita, todo lo contrario. Como todo trabajo de Xavier Dolan, Matthias & Maxime es una obra de factura bellísima y posee alguna de las escenas más arrebatadoras de la temporada (el citado beso, el encuentro en el cuarto de los trastos o el baño solitario de Matthias perfectamente acompasado por la música de Jean-Michel Blais)… así como algún que otro momento musical loco con clásicos pop contemporáneos, pero todo con mucha más mesura de lo habitual.

Matthias & Maxime es otra lúcida fábula del joven maestro Dolan sobre la orientación del deseo y las frustraciones que provoca intentar negar lo evidente. Preciosa y desgarradora, como todo lo que toca su autor.

David Lastra

Nota: 9 (★★½) 

El viernes 27 de marzo, Avalon preestrena de manera excepcional ‘Matthias & Maxime’ en la plataforma Filmin durante cuarenta y ocho horas. El estreno en cines se posterga hasta el fin del estado de alarma.

Crónica de la Muestra SYFY de Cine Fantástico 2020

Aquí estamos un año más, de resaca después de un fin de semana maratoniano de cine fantástico. La Muestra SYFY, que ha celebrado este año su 17ª edición, congrega de nuevo a miles de aficionados al cine en Madrid, que durante cuatro días (del 5 al 8 de marzo) se convierte en una fiesta del cine de género. Fantasía, terror, ciencia ficción, acción y thriller en una selección de títulos, como siempre, muy variados.

La Muestra, presentada como siempre por la actriz y directora Leticia Dolera, comenzó el jueves con la premiere de Onward, la nueva cinta de Pixar, que este año ha decidido dejar descansar sus franquicias para volver a ofrecernos algo original, una aventura juvenil en homenaje al rol y la fantasía épica (podéis leer nuestra crítica aquí). La película animada inauguró un fin de semana en el que volvimos a comprobar lo fértil, diverso e internacional que es el género fantástico.

Invasiones extraterrestres, asesinos en serie, anime, cine de yakuzas, thriller social, posesiones infernales, viajes en el tiempo, zombies, cocodrilos y una fijación extraña por los perros… Con sus más y sus menos, como siempre, la programación de la Muestra este año nos ha dejado bastantes películas para el recuerdo, incluyendo la nueva ida de olla de Nicolas Cage, Color Out of Space y el regreso de Takashi Miike (Audition). También hubo hueco para celebrar los clásicos con la proyección especial de Regreso al futuro en su 35º aniversario. Y además, los más jóvenes (aunque no solo ellos) pudieron disfrutar del preestreno de la genial Trolls 2: Gira Mundial, dos semanas antes de su llegada a salas comerciales.

Sin más, os dejamos con nuestra opinión sobre todas las películas que vimos en la Muestra SYFY (menos la de clausura, Brahms. The Boy 2, que debido a problemas técnicos no se pudo proyectar en la sala 1). Tomad nota, porque algunas de ellas llegarán pronto a nuestras salas.

VIERNES

The Pool (Ping Lumpraploengm 2018)

Es fácil imaginarse lo que nos vamos a encontrar en una película tailandesa cuyos principales elementos son dos personas atrapadas en una piscina con un cocodrilo asesino durante 7 días, pero nada te puede preparar para el absurdo de The Pool. Al protagonista deben haberle echado mil maldiciones porque su mala suerte llega a ser surrealista. Además, a su compañera le han echado el mismo mal de ojo, aunque ella por lo menos es inmortal. Las situaciones en las que los personajes se encuentran y cómo se las ingenian para sobrevivir e intentar escapar de la piscina son tan inverosímiles y guardan tan poca relación con cualquier realidad o lógica que no puedes creer lo que estás viendo. Pero es justo por eso, y el descaro de un guionista y director al que le da igual todo, que The Pool no aburre ni un segundo y nos tiene enganchados y entretenidos durante sus 91 minutos.

Blood Quantum (Jeff Barnaby, 2019)

Primera invasión zombie de la Muestra. Se han contado tantísimos apocalipsis zombies en el cine en general, y en esta Muestra en particular, que no es fácil sobresalir y llegar a hacer algo interesante en este subgénero. Esta película canadiense empieza bien, situándose en Red Crow, reserva india micmac en la que los muertos (humanos y animales) van volviendo a la vida. Como punto interesante, los nativos indígenas de la zona parecen ser los únicos inmunes a los ataques de los muertos vivientes. Pero el interés por la premisa no tarda en desvanecerse, y lo que podía haber sido algo diferente acaba siendo una película más sin nada que aportar al manido cine de no muertos. Además, peca de ponerse un tanto intensa y tomarse demasiado en serio a sí misma, por lo que pierde la baza de ser entretenida.

Synchronic (Justin Benson, Aaron Moorhead, 2019)

Dos paramédicos con una longeva historia de amistad encadenan noches de atender extraños sucesos relacionados con una nueva droga de diseño, en plena epidemia de opioides de Estados Unidos. Unos habituales de la Muestra, el tándem Justin Benson/Aaron Moorhead (Resolution, Spring), presentan una propuesta más ambiciosa en su filmografía con dos actores de Hollywood como Anthony Mackie (Falcon en el Universo Marvel) y Jamie Dornan (el objeto del deseo de la saga Cincuenta sombras de Grey) y una trama bastante enrevesada. La historia empieza de forma misteriosa y muy intensa (su inmersivo diseño de sonido y banda sonora ayudan mucho a entrar en la película), mostrando los brutales efectos de las drogas y sus devastadoras consecuencias. Hacia la mitad, el argumento da un giro para centrarse en el personaje de Mackie y se convierte en una cinta de viajes en el tiempo. Synchronic es como dos películas luchando por ser una, un thriller de misterio y una aventura sci-fi que no terminan de tomar forma definitiva. Aunque tiene buenos momentos y entretiene, su prometedor inicio se va desinflando hacia algo más común. A destacar el hecho de que la historia esté impulsada por la amistad entre dos hombres dañados que se demuestran cariño y comparten sus sentimientos, algo que no suele verse en el cine fantástico.

Bacurau (Juliano Dornelles, Kleber Mendonça Filho, 2019)

Bacurau es un pequeño pueblo de Brasil en el que todos sus vecinos se conocen. Unidos ante el azote del alcalde de la región, político corrupto que solo les trata bien cuando necesita sus votos, deben unirse incluso más cuando una amenaza exterior mucho más violenta empieza a hacer acto de presencia en el lugar. Y hasta ahí vamos a leer. Lo mejor es enfrentarse al visionado de esta película, que viene precedida de muy buenas críticas y de un Premio Especial del Jurado en Cannes, sabiendo lo mínimo sobre ella. Se trata de una experiencia única. Una brutal fábula con sangrante denuncia social, retorcido sentido del humor y un desarrollo muy marciano en el que gran parte del tiempo no sabemos lo que está pasando. Llena de personajes curiosos y con una catártica recta final de lo más impactante, Bacurau es una de las películas más memorables de la Muestra este año, un trabajo desconcertante, frustrante y fascinante a partes iguales en el que las piezas tardan en encajar, pero cuando lo hacen, te golpean fuerte.

Shed of the Dead (Drew Cullingham, 2019)

Con esta comedia de terror sobre un aficionado al rol que se encuentra en medio de un apocalipsis zombie llega la primera sesión golfa de la Muestra 2020. Para el final de la noche se suelen dejar las propuestas más locas y desenfadadas, películas de serie B con bajo presupuesto y espíritu cutre a los que les solemos pasar por alto muchas cosas porque no están para tomárselas en serio. Siempre que sean divertidas y nos hagan pasar un buen rato a los valientes que nos quedamos en el cine hasta la madrugada. Desafortunadamente, no es el caso de Shed of the Dead, que además de cutre, no puede tener menos gracia. Esta película está hecha desde la perspectiva de una persona totalmente ajena al mundo actual, con un omnipresente machismo que empapa el 100% del metraje y nos muestra el peor lado del cine friki. En el film las mujeres solo existen para ser dos cosas: la persona que corta las alas al hombre provocando su desprecio o un objeto sexual que básicamente es una vagina andante. Resulta curioso que esta película con tan mal gusto haya sido recibida como “una película mala, sin más”, pero el año pasado Nación salvaje levantara tanta indignación…

SÁBADO

Trolls 2: Gira mundial (Walt Dohrn, David P. Smith, 2020)

Pudo haber alguna que otra sorpresa en la Muestra, pero ninguna comparada la de Trolls 2 (no confundir con la infame Troll 2). Los adorables e hiperactivos personajes basados en el popular juguete de los 80 vuelven en esta segunda parte en la que descubren que no son únicos en su especie. Distintas razas de trolls viven alrededor del mundo, cada una de ellas definida por un género musical. Su paz se ve amenazada por una troll rockera que emprende una gira mundial para someter a todos los trolls a su dictadura musical: una nación unida bajo un solo tipo de música. Si la primera Trolls es una de las películas de animación recientes más infravaloradas, esta secuela supera todas las expectativas. Un explosivo derroche de color, imaginación y creatividad que cuida tanto el aspecto visual (los diseños son geniales y las texturas aterciopeladas increíbles) como su guion. Lejos de ser la típica secuela desganda para seguir exprimiendo el éxito de una franquicia, Trolls 2 se curra (y mucho) una historia muy inteligente que acaba siendo un manifiesto pop a favor de la diversidad, la unidad y la tolerancia. Rebosante de buenas ideas, con un humor inteligentemente absurdo, música sin fin, energía por un tubo (sigue siendo lo más cercano a un viaje de ácido que nos va a dar el cine de animación) y un finísimo análisis de los géneros musicales y su historia, Trolls 2 presenta una rara avis en el cine animado infantil, una secuela irresistible para los más pequeños que ningún adulto debería pasar por alto.

The Cleansing Hour (Damien LeVeck, 2019)

Con The Cleansing Hour Damien LeVeck convierte en largometraje su corto homónimo de 2016. Y no pudo haber tomado mejor decisión, porque el resultado es muy bueno. El título del film es también el nombre de un programa online de exorcismos en directo presentado por un falso cura y producido por el mejor amigo de este. Como es de esperar, la farsa acaba volviéndose real cuando durante una de las emisiones ocurre una posesión real, lo que obliga a los participantes a enfrentarse a su pasado y descubre a los espectadores que todo lo que han visto hasta ahora es un montaje. El cine de exorcismos es otro subgénero del terror bastante manido, pero The Cleansing Hour logra salir de la rutina gracias a un equipo que la eleva por encima de la media con una dirección solvente, unos efectos especiales y de maquillaje de primera categoría y un guion que consigue mantener la tensión de principio a fin centrándose en un solo caso y en un espacio limitado, y mostrando las repercusiones a través de Internet alrededor del mundo.

Rabid (Jen Soska, Sylvia Soska, 2019)

Curioso que en 2019 se haya hecho este remake de la película de David Cronenberg del mismo título con guion aprobado por el propio director. Esto es un arma de doble filo por las expectativas que puede crear, que en este caso no están a la altura. La premisa es la misma, una tímida mujer que tras un accidente se somete a una técnica experimental de cirugía plástica y desarrolla un gusto por la carne cruda y la sangre que se torna en epidemia de rabiosos asesinos. La película no explota su punto fuerte, que es mostrar la sangre y la (nueva) carne, y en lugar de eso centra su desarrollo en unas vacías y aburridas secuencias dramáticas en las que no parece que pase nada porque… no está pasando nada.

The Lodge (Severin Fiala, Veronika Franz, 2019)

Tras la trágica pérdida de su madre (Alicia Silverstone), dos hermanos se ven obligados a pasar los días antes de Navidad en una cabaña con la nueva novia de su padre (Riley Keough), aislados por una tormenta de nieve. A la tristeza de los niños se une el turbio pasado de su futura madrastra en una secta, lo que hará la estancia muy intensa y desagradable para todos. Tras la interesante Goodnight Mommy, sus directores saltan al inglés con esta historia de terror religioso cocido a fuego lento al más puro estilo europeo y con tintes de melodrama familiar. La tensión va en aumento durante todo el metraje con una sensación de frío y aislamiento muy lograda, perturbadoras secuencias oníricas y una locura que se va apoderando lentamente del relato hasta estallar en el clímax. Destaca una fantástica Riley Keough en su propia versión de El resplandor.

Color Out of Space (Richard Stanley, 2019)

Vuelve el equipo que nos trajo la delirante Mandy, esta vez con la adaptación de una historia corta de H. P. Lovecraft. En la inquietante Color Out of Space una familia que vive cerca de un bosque recibe en su jardín el impacto de un meteorito que está más vivo de lo que parece y ejerce en ellos una influencia que acabará convirtiendo sus vidas en una pesadilla. Lo que empieza como una película fantástica familiar al más puro estilo Spielberg, va tornándose en la más oscura y macabra de las pesadillas. Pero más allá de su violencia pesadillesca y su embriagadora psicodelia visual, lo que convierte Color Out of Space en una experiencia única es la sensación de amenaza indefinida que recorre la película, un invasor que se caracteriza únicamente como un “color” y que provoca un desconcierto absoluto. Esto, junto al progresivo deterioro de la familia (con un Nicolas Cage superándose en desquicio), alcanza unos niveles de perturbación y enajenación que los aficionados a la ciencia ficción terrorífica agradecerán.

Satanic Panic (Chelsea Stardust, 2019)

Cuando lo único destacable en una película es que no es tan mala como otra, hay un problema. La segunda y última sesión golfa de este año nos cuenta las desventuras de una repartidora de pizzas que se ve obligada a huir de una secta de ricachones satánicos (capitaneados nada menos que por Rebecca Romijn) que quieren usar su cuerpo virgen para invocar a un poderoso demonio. Donde Shed of the Dead tenía un chiste con gracia en toda la película, esta a lo mejor tenía cinco, y donde aquella eran 90 minutos de desagradable machismo, esta solo lo tiene durante una escena. El resto es más o menos lo mismo, humor muy poco inspirado y nada verdaderamente destacable más allá de la presencia de Romijn y Jerry O’Connell. Cuando una película empieza con un intento de violación mostrado en clave de comedia, mal vamos.

DOMINGO

Human Lost (Fuminori Kizaki, 2019)

Basado en una novela de Osamu Dazai, este anime de Fuminori Kizaki nos traslada a un Japón futuro en el que los médicos han quedado obsoletos gracias a que la poderosa organización S.H.E.L.L. ha conseguido la total salud de sus habitantes aumentando así la esperanza de vida a los 120 años. El director venía de realizar Bayonetta: Bloody Fate, película de animación basada en el videojuego de culto con una animación muy buena pero una historia muy deficiente. Aquí pasa lo mismo, ya que se alternan impresionantes escenas de acción con horriblemente confusas conversaciones que intentan continuamente que el espectador entienda el funcionamiento de esa sociedad futura, con intrincados diálogos y muchas siglas que no tienen sentido alguno y acaban por hacer desconectar totalmente.

Le daim (Quentin Dupieux, 2019)

El director Quentin Dupieux se ha ganado cierto nombre y culto con rarezas como Rubber, y sigue en el buen camino para convertirse en el representante francés de lo raro con esta comedia negra sobre un hombre no muy en sus cabales que se obsesiona (mucho) con su chaqueta de ante, hasta el punto de querer ser la única persona que lleve chaqueta en el mundo. Un punto de partida tan absurdo solo puede tener éxito si se desarrolla de la misma forma, y Le daim triunfa llevando el humor surrealista a un límite tremendamente disfrutable. Una propuesta excéntrica, atípica y original con un genial Jean Dujardin absolutamente genial y Àdele Haenel (Retrato de una mujer en llamas) sumando puntos para convertirse en una de nuestras actrices francesas favoritas. Otra de esas películas a las que es mejor adentrarse sabiendo muy poco.

First Love (Takashi Miike, 2019)

Hace tiempo que se nos viene vendiendo esta película como una vuelta a la forma del prolífico director japonés Takashi Miike, después de pasar demasiados años centrándose en adaptaciones live-action de mangas y animes sin demasiado interés. Y afortunadamente, sus fans podemos respirar tranquilos: Miike ha vuelto y es de verdad. Leo, un joven boxeador que cree que le queda poco tiempo de vida, se ve mezclado en una trama de tráfico de drogas que enfrenta a los yakuza con las mafias chinas, situación que además le lleva a convertirse en el improvisado protector de una joven prostituta drogadicta (en el fondo, esta es una muy retorcida date movie). Miike sabe como nadie mezclar una historia tan cruda con el amor de juventud y la comedia más estúpida, que en esta ocasión alcanza puntos gloriosos. Lo hace con su estilo personal e inconfundible, mostrando siempre los bajos fondos y la decadencia del Japón menos amable, con un pulso y un nervio en la dirección que nos vuelve a recordar por qué es un maestro único en lo que hace. Rememorar aquella maravilla que fue Dead or Alive hace ya 22 años (también con música de Kôji Endô) solo hace que confirmar que el genio de Miike nunca se apagó, solo que se había entretenido en otras cosas.

Escrito por Daniel Andréu y Pedro J. García

Crítica: Fantasy Island

Llega a los cines la última película de la prolífica y rentable productora Blumhouse, el thriller fantástico con pinceladas de terror Fantasy Island. Habiendo conseguido ya establecerse como una marca reconocible, somos una buena parte de los aficionados al terror los que esperamos cada nueva película de la casa de Jason Blum con, como mínimo, algo de curiosidad, si no entusiasmo.

Dirigida por Jeff Wadlow (Kick Ass 2: Con un par), que repite con Lucy Hale (Pequeñas mentirosas), Fantasy Island es un reboot de la serie americana del mismo nombre que se emitió durante siete temporadas entre finales de los 70 y principios de los 80. Tanto en un caso como en otro, la acción transcurre en una misteriosa isla resort en la que los visitantes pueden cumplir sus más ansiadas fantasías, sueños que obviamente acaban mucho peor de lo que empiezan. El reparto cuenta con caras conocidas como Michael Peña, Ryan Hansen, Maggie Q, Portia Doubleday o Michael Rooker entre otros.

Por desgracia, la curiosidad por la premisa se desvanece nada más empezar el film, ya que no tardamos en encontrarnos con el enésimo uso del mismo recurso: un grupo de personas que no se conocen entre sí llegan o aparecen en un lugar común que les obliga a luchar por sus vidas a la vez que sus demonios interiores. Esta fórmula que ha dado tantísimos thrillers y películas de terror, como por ejemplo Cube (1997) o, sin ir más lejos, Escape Room, otro estreno de Sony Pictures del año pasado, cuya secuela es inminente gracias al éxito que tuvo esa primera parte. La segunda nunca será recordada como el clásico de culto que es la primera, pero supuso una grata sorpresa para los que no esperábamos nada y nos encontramos con una dirección solvente y un pulso en la narración y el desarrollo de la intriga muy eficientes. Que es justo lo que le falta a Fantasy Island.

A priori, que la película no cuente con el punto de partida más original no debería impedir que el producto final sea al menos divertido. Sin embargo, a medida que avanza el metraje nos damos cuenta de que le estamos pidiendo demasiado. Desafortunadamente, nos encontramos ante una de esas películas que se toman demasiado en serio a sí mismas, cuando lo que pide la historia es justo lo contrario: desvarío y humor. Pero era mucho esperar tratándose del mismo equipo que creó ese desastre llamado Verdad o reto.

Y es que no todo en Blumhouse van a ser aclamadas cintas de autor como Déjame salir Nosotros, loables divertimentos como Feliz día de tu muerteo reboots sólidos como La noche de Halloween. ¿En qué pensaban dando luz verde a este proyecto que presentaba las mismas carencias que Verdad o reto, una de sus películas peor valoradas recientemente?

Los guionistas, Jillian Jacobs, Christopher Roach y Jeff Wadlow, escriben a sus personajes recurriendo a las historias más básicas y planas posibles, tramas que cuando comienzan a entrelazarse abandonan toda la lógica, externa e interna. Simplemente no saben crear el conflicto, y mucho menos resolverlo, llegando a caer en el ridículo durante el tramo final. Es de agradecer que traten a los personajes femeninos con igualdad y les permitan descontrolarse, embrutecerse y expresar su sexualidad en lugar de reducirlas a estereotipos como la típica virgen o final girl. Pero también en esto se queda en la superficie, sin intención verdadera de reflexión o transgresión.

Con una duración de casi dos horas que empieza a excederse a los 85 minutos, decir que Fantasy Island es una oportunidad perdida quizás es exagerar un poco, porque tampoco había demasiadas expectativas por ella como para que fuera una decepción. Pero que el concepto de una isla mágica que cumple nuestras mayores fantasías podía haber dado muchísimo más de sí en otras manos, eso seguro.

Daniel Andréu

Nota: ★★

Crítica: La maldición (The Grudge)

Hace unos 20 años se originó en Japón un fenómeno cinematográfico que traspasó todas las fronteras: el J-Horror. Las películas de terror sobre fantasmas atormentados (y sus largas cabelleras negras) que aterrorizan a inocentes mortales se multiplicaron en muy pocos años, siendo The Ring la película que ha quedado como mayor exponente de aquella moda. Si hubiera que dar una medalla de plata a la popularidad esa sería para La maldición (Ju-onThe Grudge), película que, a pesar de ser realmente la tercera de la serie, catapultó a la fama a su director, Takashi Shimizu. Su éxito llevó a desarrollar varias secuelas y remakes, entre ellas uno americano protagonizado por Sarah Michelle Gellar, que el propio Shimizu dirigió.

En esta época de remakes y reboots en la que los estudios no dejan de rescatar franquicias del pasado, en 2020 vuelve Ju-on. La nueva versión viene de la mano de Nicolas Pesce, que dirige y escribe el guion. Viniendo de dirigir la muy interesante adaptación de la novela de Ryu Murakami Piercing (premio a la mejor interpretación masculina en el festival Nocturna 2018), y con el mismísimo Sam Raimi como productor, aumentaban las esperanzas de que la franquicia fuera relanzada con acierto.

En esta ocasión, no se trata de un remake plano a plano como con las versiones yanquis, sino que el film expande el universo de las películas originales conectando directamente con ellas al llevar la maldición a Estados Unidos a través de una persona que vuelve de una estancia en Japón a su hogar en Estados Unidos. Esto dará lugar a una serie de macabros asesinatos cuyas víctimas son los inquilinos que van ocupando el hogar a lo largo de dos años. La detective Muldoon (Andrea Riseborough), desoyendo los consejos de su compañero Goodman (Demián Bichir), empieza a investigar esos crímenes, acabando ella misma siendo acechada por los fantasmas del edificio.

A pesar de un arranque esperanzador, la película va perdiendo fuelle conforme avanza. Si bien Pesce cambia la dinámica narrativa que ya se ha repetido tantas veces, lo cual se agradece, la historia sigue siendo tan escuálida como en las originales japonesas. Empezando por las innecesarias sobreexplicaciones para despistados, siguiendo por el recurso fácil de la investigación policial, y terminando por que al final no deja de ser la misma película de siempre con los mismos sustos de siempre, acompañados de estridentes golpes de sonido con apariciones repentinas y efectos de suspiros cada vez que un fantasma pasa por detrás del plano. Lo hemos visto tantas veces que ya no surte efecto.

Y no solo no es original en ese sentido, sino que en su insistencia en el flashback, acaba resultando confusa y desorganizada, saltándose muchas reglas y dejando muchos agujeros a lo largo de sus escasos 90 minutos. Por el lado bueno, su apartado artístico sobresale especialmente. Los personajes, aunque basados en clichés, están interpretados por actores solventes que les sacan el máximo partido. La fotografía y el diseño de producción tienen un tono oscuro y sucio muy adecuado. Pero sin lugar a dudas, lo mejor y que hace que merezca la pena ir a verla, son los efectos de maquillaje, que por suerte, se alejan del acabado barato y amateur de las japonesas. Cuando no es digital por las exigencias de algunas escenas concretas, la violencia es muy cruda y realista, digna de los mejores momentos de Sam Raimi, quien sin duda imprime su personalidad en este aspecto. Gracias a esto, la gran Lin Shaye nos da las mejores escenas, que merecen ser vistas en la pantalla grande porque (sin desvelar más) son bastante bestias.

En definitiva, esta nueva Maldición es disfrutable, pero deja la sensación de oportunidad desaprovechada, ya que con sus elementos y el equipo que hay detrás, podría haber salido algo mucho más divertido y mejor. Una pena Raimi no la haya llevado un paso más allá como sí hizo con el brutal reboot de Evil Dead.

Daniel Andréu

Nota: ★★½

Crítica: El tiempo contigo (Tenki no Ko)

S U K I – M E   G U S T A S

El amor es infinito.

El amor es una mera convención social.

 D A I S U K I – T E   Q U I E R O

Querer a alguien es la acción más desinteresada que existe.

Querer a alguien en es el mayor acto de sumisión posible.

A I S H I T E R U – T E   A M O

Decir te amo es lo más puro que hay.

Decir te amo es una puñetera trampa.

Desde que llegó a la gran ciudad, Hodaka malvive en la calle de lo que encuentra tirado por ahí o de cualquier cosa que pudiese gorronear a quien se cruce con él. Un golpe de suerte hizo que Natsume y Keisuke se cruzasen en su camino y consiguiese un pequeño trabajo de ayudante en su editorial. Pero Hodaka seguía sintiendo una rabia irremediable… hasta que Hina apareció como un flash en vida. El amor de Hina y Hodaka no mueve montañas, pero sí que tiene un poder bastante sorprendente. Hina es una mujer que tiene el poder de jugar con los fenómenos meteorológicos a su antojo. Ella, literalmente, hace que las nubes se disipen y salga el Sol. El tiempo contigo (Tenki no Ko) es la nueva bomba emocional que nos trae Makoto Shinkai tras la generacional your name. (Kimi no Na wa).

Puede que Mamoru Hosoda se haya labrado con creces el título no oficial de discípulo de Hayao Miyazaki gracias a su labor en films como Wolf Children (Ōkami Kodomo no Ame to Yuki) o Mirai, mi hermana pequeña (Mirai no Mirai), pero ningún nombre ha movido tantas pasiones en la última década como Makoto Shinkai. Sus amores imposibles entre adolescentes y sus desgracias apocalípticas bastante surrealistas, le han convertido en el rey de la taquilla nipona. Ya con El lugar donde nos conocimos (Kumo no Mukō, Yakusoku no Basho) y 5 centímetros por segundo (Byōsoku Go-Senchimētoru) supo presentarnos su propuesta cinematográfica. Una autoría que quedaría sublimada en your name., largometraje que despertó un fenómeno fan sin igual entre adolescentes, y no tan adolescentes, de todo el planeta. Taki Tachibana y Mitsuha Miyamizu se convirtieron en referentes absolutos del amor puro y sin límites en esta segunda década del siglo XXI.

Con El tiempo contigo, Shinkai repite paso por paso su modelo patentado de romance entre jóvenes cisgénero heterosexuales. Sus mismos personajes de siempre con una vida absurda y vacía que ven cómo todos sus problemas existenciales se arreglan con el encuentro fortuito con su alma gemela. El amor como única solución posible a todos nuestros problemas. Una reflexión extremadamente pacata que comulga a la perfección y perpetúa el código moral de una sociedad tan conservadora como la nipona, una actitud que también podemos observar en otros coetáneos como es el caso de Shin’ichirô Ushijima y su extremadamente tóxica Quiero comerme tu páncreas (Kimi no Suizō o Tabeta).

Resulta algo tedioso ver cómo se repiten ese tipo de patrones y modelos de conducta, siendo su mayor traba la ausencia (casi) total de novedades en el desarrollo y conflictos de la historia de amor entre la joven pareja. Pero no todo en El tiempo contigo roza los límites del sopor, un tercer acto más cercano al género fantástico anima el cotarro, aunque todo sea consecuencia a una decisión extremadamente egoísta que provocaría terrores nocturnos a la mismísima Greta Thunberg. Es en este ambiente más distópico donde Shinkai alcanza cotas notables y algún que otro momento visual de altura.

El tiempo contigo podrá ser otro triunfo en taquilla para Shinkai, pero supone una verdadera muestra de agotamiento y estancamiento en su progresión creativa que esperemos logre enmendar en futuros proyectos.

David Lastra

Nota: ★★½

Madre: Retrato de una mujer quebrada

Madre se hace, no se nace. Por mucho que unas cuantas iluminadas (e iluminados) se empeñen, nadie viene a este mundo sabiendo y mucho menos si hablamos de un vicio adquirido como es la maternidad. Puede que todavía no queden tan lejanos los tiempos de la santificación del binomio ‘madre y esposa’, pero por lo menos hemos podido ver cómo se ha relajado bastante la animadversión a la figura de la madre soltera, separada o divorciada. La decisión de ser madre puede ser tanto el acto más subyugante llevado a cabo por una mujer como el acto más revolucionario que puede realizar un ser humano. Después de desmenuzar minuciosamente los entresijos de los últimos años de la corrupción española, Rodrigo Sorogoyen (Que Dios nos perdone) se atreve ahora con el arquetipo más polémico de la historia: la madre.

Hace diez años, Elena recibió una llamada que puso su vida patas arriba. Su apacible existencia se quebró en el mismo instante en que dejó de recibir señal alguna del otro lado del teléfono. La línea se cortó y algo más grande se rompió en ese momento. Elena no solo perdió un ente externo de su propiedad, sino que sintió cómo le arrebatan algo aún más propio: su sentido de pertenencia. Aquello que había construido con tanto ahínco, por lo que había incluso actuado incluso en detrimento de su propia personalidad. Ese día, Elena dejó de ser madre.

Cogiendo como base su cortometraje homónimo, Sorogoyen construye una desgarradora historia en la que nos muestra a una mujer sin rostro que intenta seguir caminando pero que no puede, ni quiere, seguir avanzando. Su crisis identitaria le ha llevado a adoptar otro perfil, a habitar un no lugar que le sirve como única atadura a lo que fue su vida hace diez años. Una prisión en forma de playa que podría o no ser la indicada, pero que cumple su labor evocadora.

Madre huye del golpe de efecto (muy bien llevado, todo hay que decirlo) que dominaba el cortometraje candidato al Oscar y se convierte en un excelente ejercicio de sutilidad y sensibilidad cinematográfica. El director de Stockholm logra acercarse a las consecuencias de la pérdida sin caer en sentimentalismo alguno, con una elegancia en los planos que recuerda por momentos al temple del mejor Michael Haneke, el de Código desconocido, y al arte de Terrence Malick (El árbol de la vida), pero de una manera más poética y menos plomiza. Sorogoyen nos presenta una Elena enferma, en el sentido estricto y no peyorativo de la palabra. La sensación térmica del miembro fantasma sigue ahí y ella busca maneras de sobrellevarlo. Una nueva pareja, un nuevo trabajo, nuevas compañías… Ella sigue el manual para sobrellevar la pérdida y, a ratos, podríamos asegurar que funciona.

Al igual que ocurría con el trastorno límite de la personalidad en La heridaMadre logra acercarse al complejo mundo de las enfermedades mentales de manera certera y sin caer en los típicos errores que habitualmente se cometen en la gran pantalla. Como Marián Álvarez en el caso de la película de Fernando Franco, esta aproximación por parte de Sorogoyen se engrandece gracias a la sublime interpretación de su actriz protagonista. Si en el cortometraje, Marta Nieto (El camino de los ingleses), nos enseñó lo bien que sabía explotar, en esta versión en largo, además de confirmarnos su buen hacer a la hora de llevar las cosas al límite (especialmente en una escena en la que nos recuerda ligeramente a la Victoria de Sebastian Schipper), nos muestra sus dotes de contención y gestualidad. Una intrincadísima colección de pequeños matices y gestos que esperanzan y destrozan por igual al espectador desde la primera escena. Su labor como Elena es un monumento cinematográfico y uno de esos papeles que marcan una carrera. Gane o no en los próximos Goya, ella es la creadora del mejor trabajo interpretativo del año.

Lejos de ser una mera continuación ramplona del cortometraje y convertirse en un thriller policiaco de esos tan comunes en nuestra cartelera (y que tan bien supo hacer él mismo en la entretenida Que Dios nos perdone), Sorogoyen e Isabel Peña (su coguionista habitual) eligen la opción difícil y nos muestran la vida después del drama. El trauma que queda. Los extremos de la devoción masoquista de algunas madres. Elena compensa el vacío de su corazón siendo esclava perpetua de su progenie, ya sea real o proyectada. Esta mater dolorosa abraza al recién llegado (prometedor y genial Jules Porier, Play) como si de su propio hijo se tratase, al igual que el propio adolescente se amarra a ella como si de su verdadera madre se tratase. Sorogoyen decide tratar esta relación de una manera metódica, huyendo de sensacionalismos y de cualquier tipo de censuras. Pocas películas se han atrevido a mostrar la hipertrofia del eros entre madre e hijo (ya sea relación biológica o elegida, como es el caso) de una manera tan valiente y realista.

Madre es la película más contundente y, mal que nos pese, polémica del año, porque de todos es sabido, que el amor de una madre no contempla imposible…. y eso molestará a más de uno (y una).

David Lastra

Nota: ★★★★★

(Para todos y todas aquellas que no hayáis visto todavía el cortometraje, no os preocupéis. La película comienza con el metraje completo del mismo)

Crítica: Estafadoras de Wall Street (Hustlers)

Que no, que no es coña. Que un grupo de desalmadas bailarinas desvalijaron a unos pobrecitos tiburones de Wall Street y casi nadie se enteró porque, como buenos machos, el frágil ego de los mirlos blancos no aceptaba en ningún momento que hubiesen sido chuleados por el “sexo débil”. Estafadoras de Wall Street (Hustlers) nos muestra cómo fueron los tejemanejes de estas mujeres, que ante el ocaso de la crisis económica, decidieron marcarse un Robin Hood en plena boca de infierno capitalista. ¿Quién nos iba a decir que la película más combativa de la temporada iba a venir de la mano de Jennifer Lopez?

Tampoco tendríamos que olvidar que la Jenny es como nosotros, de barrio. Salida del Bronx, J. Lo reventó las listas de ventas con sus primeros trabajos musicales, consiguió buenas críticas por sus primeros trabajos en cine (excelente en Una relación peligrosa de Steven Sodebergh y Giro al infierno de Oliver Stone) y se convirtió en la enésima ‘reina de la comedia romántica’ de comienzos del siglo XXI. Un Versace de gasa de seda verde y una polémica con Mariah Carey (glorioso ‘I Don’t Know Her’ que le propinó la cantante de ‘Emotions’) contribuyeron a que su leyenda como icono latino no terminara extinguiéndose. Una burdísima (y eficiente) relectura de la ‘Lambada’ (‘On the Floor’) y otros hits como ‘Ain’t Your Mama’ o ‘El anillo’, hicieron que J. Lo siguiera presente en nuestras vidas. Pero todavía le quedaba un aspecto artístico en el que ejercer un sonoro comeback: la gran pantalla. La ocasión le vino de la mano de un proyecto a priori bastante marciano: la adaptación del increíble artículo de Jessica Pressler sobre un grupo de mujeres que se dedicaban a engatusar, drogar y desplumar a todo aquel nuevo rico que se cruzase en su camino.

Ella sería Ramona, la cabecilla. La definición perfecta de la expresión coloquial ‘la puta ama’. La única persona en la historia capaz de hacer pole dancing con Fiona Apple de fondo. Jennifer Lopez realiza la interpretación de su vida y ya desde su primera aparición en escena, te das cuenta que su ruido de cara a la carrera de premios de este año no es ninguna tontería. J. Lo logra transmitir su tremendo magnetismo en Ramona, una perra vieja con dos ovarios bien puestos que no va a permitir que nadie le chulee.

Los personajes de Estafadoras de Wall Street se mueven dentro de un mundo supuestamente amoral.  Un no lugar que desaparece durante las horas diurnas, pero que por la noche se convierte en el centro del universo. Unos bajos fondos donde no existe ley alguna, salvo que los clientes no pueden tocar a las bailarinas en los reservados. Aunque duro, pero no tan sórdido como podríamos imaginar, el ambiente previo a la crisis económica de las trabajadoras de este strip club es el ejemplo perfecto de sororidad. Lorene Scafaria (directora y guionista de la película) decide omitir de manera inteligente el rol de villana al uso. Puede que Estafadoras de Wall Street peque bastante de naif, pero esta decisión beneficia claramente a la conexión del espectador para con las heroínas del film, sirviendo, si es que hiciera falta (que parece ser que lo hace), para demostrar que un grupo de mujeres puede trabajar juntas sin sacarse los ojos.

Ese cuidado a la hora de presentar e ir construyendo los personajes con tanto cariño, hacen que el espectador no solo ame a todas y cada una de las mujeres que aparecen en pantalla, sino que empatice al cien por cien con su causa. A falta de la llegada de Mujercitas, estamos ante el mejor trabajo interpretativo coral de este año. Desde J. Lo a la recién llegada al club Constance Wu (Crazy Rich Asians) o las simpáticas presencias de las cantantes Cardi B y Lizzo. Las cuales merecían más minutaje, especialmente el personaje de la intérprete de ‘I Like It’ que resulta ser un revulsivo cómico maravilloso. Igualmente acertadas resultan unas atolondradas Keke Palmer (Scream Queens) y Lili Reinhart (Riverdale) en la segunda parte del film, cuando todo se vuelve un poco más serio. El momento en que el hambre aprieta, la vergüenza afloja, el ingenio inventa y todo cambia. En ese preciso instante, Estafadoras de Wall Street se convierte en la hermana bastarda de Uno de los nuestros, aunque manteniendo (más o menos) el nivel de sororidad de la primera mitad de metraje… a diferencia del clásico de Scorsese en el que los supuestos amigos del alma no paraban de lanzarse puñales en cuanto las cosas se ponían un poco feas.

Estafadoras de Wall Street es el cuento de hadas en que nos gustaría vivir (la parte bonita, claro está) y cuyas protagonistas deberían aliarse junto a nuestras amigas de Nación salvaje y Superempollonas y terminar de una vez con todas con los Jokers que pueblan nuestro planeta.

David Lastra

Nota: ★★★★

Crónica del Festival Internacional de Cine Fantástico Nocturna 2019: Parte 2

DÍA 3

Koko-di Koko-da (Johannes Nyholm, 2019 – Suecia) OFICIAL FANTÁSTICO

A veces es difícil escribir sobre películas debido a que las sensaciones que provocan son muy abstractas o difíciles de traducir en palabras. Esta es la historia sobre un matrimonio que pierde a un ser querido. Unos años después vemos cómo ha evolucionado su relación mientras se van a pasar una noche de acampada, durante la cual les visitarán unos “duendes” bastante misteriosos y malignos. El truco narrativo al que se recurre a estas alturas ya está muy manido, pero en Koko-di Koko-da es un recurso más al servicio de una historia simple y bien contada, pero sobre todo de una atmósfera tan mágica como misteriosa y retorcida que le da sentido a todo. Cuando una historia te deja sin estar seguro de qué ha visto pero con sensaciones muy potentes, merece la pena. Totalmente recomendado verla sin saber nada y dejándose llevar.

Daniel Andréu

Finale (Søren Juul Petersen, 2019 – Dinamarca) OFICIAL FANTÁSTICO

Dos jóvenes que no se aprecian demasiado se ven obligadas a trabajar juntas en el turno de noche de una gasolinera mientras el equipo de fútbol nacional de Dinamarca juega una importante final. Un grupo de delincuentes aprovechan para secuestrarlas, torturarlas y hacer un espectáculo de ello. Finale no oculta ser una especie de Saw danesa que también se cree más profunda de lo que es con una simplísima crítica que hace un paralelismo entre la sociedad actual que disfruta del morbo del sufrimiento ajeno, y los espectáculos de gladiadores de la antigua Roma. Entre que el villano es un plasta e insoportable mejunje de payasos, jokers y demás malos del cine moderno y que el montaje alterna dos líneas temporales, se le resta efectividad a lo realmente bueno de la película, que son las dos protagonistas. Si la película hubiera consistido más en ellas dos hablando y escapando de los malos habría sido mucho mejor y más divertida.

Daniel Andréu

Amigo (Óscar Martín, 2019 – España) OFICIAL FANTÁSTICO

Uno de los argumentos típicos de este tipo de festivales es el de personas aisladas en un espacio pequeño cuya relación va deteriorándose y enrareciéndose. En Amigo no hay mucho más, y tampoco hace falta. David cuida de Javier, su amigo de toda la vida que está postrado en una silla de ruedas con importantes problemas de salud. Un temporal de nieve corta las comunicaciones y todo empieza a complicarse. Con un presupuesto más bien bajo y una notable dirección, los dos actores protagonistas llevan el peso de la película y transmiten a la perfección esa angustia y tensión que sus personajes viven. David Pareja hace un buen trabajo, aunque en los momentos de más carga dramática no termine de dar la talla. El auténtico hallazgo es Javier Botet (también implicado en el guion), que lleva a cabo una interpretación física prodigiosa, demostrando que no solo sabe hacer de monstruo en películas fantásticas.

Daniel Andréu

DÍA 4

Body at Brighton Rock (Roxanne Benjamin, 2019 – Estados Unidos) OFICIAL FANTÁSTICO

Y otra de las historias clásicas del género fantástico es la de la persona que tiene que sobrevivir por sí sola ante una adversidad. En este caso es Wendy, una joven ayudante de guarda forestal que es un desastre, pero quiere demostrar a su jefa y sus compañeros que es una profesional… Le sale mal y acaba perdida en el monte a la espera de que vengan a rescatarla, “acompañada” de un misterioso cadáver. Lo que empieza siendo desesperante llega a ser gracioso y casi tierno, porque todas las torpezas de la protagonista son muy absurdas. Aun así, ella demuestra que ante el peligro y la necesidad de supervivencia se crece y sabe valerse por sí misma. La directora sabe llevar bien la tensión de las desventuras de Wendy sin perder el sentido del humor, y la casi debutante Karina Fontes se implica al 100% consiguiendo una creíble interpretación. Eso sí, ese intento de explicación final del misterio está de más.

Daniel Andréu

A Night of Horror: Nightmare Radio (Varios directores, 2019 – Argentina / Nueva Zelanda) DARK VISIONS

Un locutor de radio que tiene un programa sobre historias de terror va recibiendo llamadas de oyentes a la vez que vive su propio misterio. Esto sirve de excusa para montar una solvente película antológica de cortometrajes de diversas nacionalidades unidos por un arco principal. El formato corre el peligro de resultar irregular o insatisfactorio, pero la buena labor de selección hace que sea una grata sorpresa y casi ningún corto baje el nivel. Muy buena iniciativa la de los responsables del proyecto para llevar a ojos del espectador de largometrajes estas obras que por lo general lo tienen bastante difícil para llegar al gran público.

Daniel Andréu

Little Monsters (Abe Forsythe, 2019 – Reino Unido, Australia, Estados Unidos) OFICIAL FANTÁSTICO

Una de las películas más esperadas de este Nocturna Madrid 2019. La vida de Dave no tiene rumbo y terminar con su novia termina de romperle los esquemas. Cuando intenta implicarse más en la vida de su sobrino de 8 años, asiste con él, su clase y su maestra a un viaje a una granja que al poco de llegar ellos sufre una invasión zombie. Aunque muy divertida, Little Monsters podría haber sido redonda si en su primera parte no hubiera recurrido tanto al humor “machirulo” para provocar la carcajada. Es cuando los protagonistas tienen que enfrentarse a la amenaza que todo se vuelve más loco y verdaderamente gracioso, porque hay una diferencia entre hacerse el graciosillo y ser geniunamente gracioso. Por suerte la evolución de la película es de menos a más y uno sale con ganas de cantar canciones de Taylor Swift mientras mata zombies. Lupita Nyong’o por supuesto lo da todo, como siempre, y se adueña de su irresistible personaje.

Daniel Andréu

The Furies (Tony D’Aquino, 2019 – Australia / Emiratos Árabes Unidos) OFICIAL FANTÁSTICO

Hay que tener cuidado para programar sesiones golfas ya que pueden ser un éxito o un auténtico fracaso dependiendo de cómo se haga. The Furies aguantó bien el tirón de ser proyectada casi a la 1 de la madrugada. Sin ser ni aportar gran cosa, esta suerte de Battle Royale por parejas tiene todo lo necesario para cumplir su cometido: una heroína carismática, acción, traiciones, humor, sangre y un puñado de muertes cada cual más retorcida y sangrienta, además de muy bien hechas gracias a unos efectos visuales y de maquillaje que ya quisieran muchos.

Daniel Andréu

DÍA 5

Andhadhun (Sriram Raghavan, 2018 – India) PANORAMA

No tengo muy claro a quién se le ocurrió empezar a crear el hype con esta película comparándola con 13 Fantasmas y Cube, pero eso hizo que me esperara una cosa muy diferente, cuando al final se trata simplemente de una comedia criminal de enredo sobre un joven pianista ciego que por accidente presencia un asesinato. Lo mejor en estos casos es trabajarse bien el guion para no decaer en ningún momento, que es justo lo que pasa con esta rareza venida de India. Todos los giros están muy bien hilados, el humor tan absurdo como fino, y los protagonistas en estado de gracia (además de muy guapos). Al final las más de dos horas se pasan volando y terminan en una de las resoluciones más geniales que he visto en mucho tiempo.

Daniel Andréu

El Cuervo (Alex Proyas, 1994 – Estados Unidos) CLASSICS

¿Qué decir sobre una película que forma parte del imaginario popular desde hace 25 años? Poder verla con un posterior coloquio con su director (no estuvo en la sala ya que no ha visto la película desde que la estrenó debido a lo dolorosa que es todavía la tragedia que hizo que muriera Brandon Lee durante el rodaje) es uno de los lujos a los que nos tiene acostumbrados el festival. Tras tanto tiempo y sin haber visto la película más de una vez, tenía casi la certeza de que es una de esas películas que no aguanta el tiempo y que solo siguiera en nuestra memoria por la leyenda de Brandon Lee, pero me alegré mucho de equivocarme. El pasado de realizador de videoclips de Proyas y una estética muy cuidada le dio a la película un poderío visual que si bien está muy anclado en su década de los 90, también aguanta los años sin perder su fuerza. Todo transmite ese feeling que hace ver que estamos ante una historia dibujada en cómic, sin perder su autonomía como obra cinematográfica. Mención especial a la banda sonora, que une a la perfección score y unas canciones seleccionadas y producidas específicamente para la película.

Daniel Andréu

Vivarium (Lorcan Finnegan, 2019 – Estados Unidos) CLAUSURA

Otra película muy esperada era Vivarium, lo que sí que no me esperaba es que fuera la ganadora en mi ranking personal. Sin saber nada sobre el argumento y habiendo escuchado comentarios sobre que se hacía muy larga, pesada o repetitiva, iba con ganas pero con cautela. Lo que para muchos es una idea que habría dado para un buen corto, a mí me parece un triunfo gracias sobre todo (pero no únicamente) a una atmósfera tremendamente bien cuidada, al igual que pasaba con Koko-di Koko-da. Una joven y feliz pareja se plantea la compra de una casa y dan por casualidad con la inmobiliaria que promueve un proyecto urbanístico de una perfección idílica. Cuando ellos van a ver una de las casas, el agente desaparece y ellos se quedan perdidos en un laberinto de casas idénticas del que no pueden salir. El buen trabajo de Imogen Poots y Jesse Eisenberg suma enteros al buen resultado final, que se consigue también gracias al director y los encargados del diseño de producción. Sus pretensiones residen en la necesidad de hablar de un tema importante a través del arte, porque la atmósfera que tiene esta película no es que se las dé de rara, es que realmente es muy marciana y turbia, de pesadilla. Hay una escena en concreto muy chocante y visualmente increíble que consigue elevar la película del notable alto a sobresaliente. El tema de cómo nos encaminamos hacia un mundo cada vez más inmerso en un engranaje en el que todo es igual y el que no encaje se queda fuera, se puede contar de muchas otras formas mucho más realistas, pero si al final de lo que se trata es de transmitir un mensaje y unas sensaciones, Vivarium lo consigue de la mejor manera posible.

Daniel Andréu

Bullets of Justice (Valeri Milev, 2019 – Kazakhstan/Bulgaria) PANORAMA

Si programar The Furies en la sesión golfa del viernes fue un acierto, esto debería llevarse todos los premios posibles que se den a festivales de cine. En un mundo post III Guerra Mundial en el que existe un enfrentamiento entre los humanos y una nueva raza cruce de humanos y cerdos llamada “muzzles”, un ejército de resistencia tiene la misión de acabar con La Madre que da a luz a todos los malignos cerdos. La típica premisa llamativa que tiene todas las papeletas para decepcionar… pero no es este el caso. Los que fuimos valientes de esperar a la 1 de la mañana para despedirnos del Nocturna tuvimos una recompensa llena de mucha acción, humor A-B-S-U-R-D-O, tetas, culos, penes, vaginas, caca, pedos, Danny Trejo, Cristiano Ronaldo, y una total y absoluta libertad narrativa que llega al punto de no tener ni un poco de sentido, pero después de tantas risas, aplausos y en definitiva puro disfrute, poco importa. Si yo hubiera puesto dinero para este proyecto financiado a través de un crowdfunding me habría sentido más que satisfecho, porque todo, absolutamente todo en esta película está en estado de gracia. De esas rarezas en las que uno no entiendo qué está viendo pero le da igual, porque hace que la vida sea un poco mejor durante unos escasos pero efectivos 76 minutos.

Daniel Andréu

Crónica del Festival Internacional de Cine Fantástico Nocturna 2019: Parte 1

INAUGURACIÓN Y DÍA 1

El festival Nocturna Madrid es como el Primavera Sound de Barcelona, si lo has disfrutado un año sabes que te puedes pillar la acreditación a ciegas al siguiente, porque es garantía de que va a estar lleno de películas y actividades interesantes, así que cada año se empieza con más ganas.

Como en cada edición, el Nocturna es una celebración del cine fantástico, con films de terror, fantasía y ciencia ficción de lo más diverso que, en muchos casos, brindan una oportunidad perfecta para ver un tipo de cine que no tiene distribución comercial y de no ser por estos certámenes, permanecería oculto.

A continuación tenéis breves reseñas de todas las películas que hemos visto en los dos primeros días de la edición de este año, que ha contado con la presencia del director Alex Proyas (El cuervo, Dark City) y muchas actividades paralelas para los amantes del cine de género.

Piedra, papel y tijera (Martín Blousson, Macarena García Levi, 2019 – Argentina) PANORAMA

La primera película proyectada este año supuso la primera rareza del festival. Magdalena vuelve a casa de sus hermanastros Jesús y María José tras años separados para reclamar parte de la herencia por la muerte de su padre. Lo que iba a ser una visita de unos días se alarga y Magda va descubriendo poco a poco que sus hermanastros no han superado ni su pérdida ni los traumas de la infancia. Con un tono que camina continuamente entre lo dramático y lo cómico, esta ¿Qué fue de Baby Jane? a tres bandas consigue que una premisa muy simple y en principio poco interesante vaya escalando en intensidad hasta convertirse en un peculiar y muy retorcido thriller. Los estupendos tres únicos actores (se basa en la obra de teatro de una de las co-guionistas) se bastan para que les conozcamos a no solo a ellos sino también a ese padre desaparecido cuya presencia todavía tiene mucho peso sobre sus hijos. Gracias a eso y a una buena dirección, esta película consigue esa atmósfera enfermiza que tan bien le viene a este tipo de películas.

Daniel Andréu

El cerro de los dioses (Daniel M. Caneiro, 2019 – España) DARK VISIONS

¿Y cómo hubiese sido Midsommar si hubiese estado ambientada en La Mancha? Daniel M. Caneiro nos da su cachonda visión con El cerro de los dioses, un meta mockumentary sobre los estragos de la fama y cómo somos capaces de todo con tal de conseguirla. Paula Muñoz (El club de los incomprendidos) e Itziar Castro (Pieles) con su reality (que alguien compre ‘Itziar Forever!’, por favor) destacan entre un multitudinario reparto repleto de cameos tan disparatados como Raúl Arévalo e Isabel Coixet. 

David Lastra

1BR (David Marmor, 2019 – EE.UU.) OFICIAL FANTÁSTICO

Todo empieza muy normal para la joven protagonista de 1BR (y para los espectadores). Sarah se muda a Los Ángeles para empezar una nueva vida alejada de la mala relación que tiene con su padre y su actual pareja. Encuentra el apartamento perfecto y la comunidad perfecta, pero estamos en el festival que estamos y pronto nos damos cuenta de que esa perfección esconde muchos secretos y esa comunidad está extrañamente unida. Como si  se tratase de una versión sin humor negro de La comunidad, Sarah sufre los horrores de pertenecer a la vecindad, y nosotros asistimos al proceso mediante el cual su vida se va arruinando cada vez más en un thriller que siempre entretiene pero que no llega a arrancar del todo porque se toma demasiado en serio. Es solo en el tramo final cuando se vuelve un poco loca y hace ver que viene lo bueno… pero entonces se acaba y deja con ganas de más. Aunque la película no termine de encontrar su personalidad, hay que destacar el increíble trabajo de Nycole Brydon Bloom como Sarah, ya que consigue con naturalidad todos los registros de su papel y es de esas personas a las que “da gusto” ver sufrir. Firme candidata al premio a mejor actriz del festival.

Daniel Andréu

Urubú (Alejandro Ibáñez Nauta, 2019 – España) GALA DE INAUGURACIÓN

Este año no podía ser de otra forma, el festival está dedicado al recientemente fallecido Chicho Ibáñez Serrador, el maestro que tanto placer nos dio haciéndonoslo pasar mal. Los que lo vivimos nunca nos cansaremos de repetir lo especial que fue su contribución hace dos años cuando hizo el enorme esfuerzo de recoger en persona su premio Maestro del Fantástico. Los que más recibimos fuimos los que estábamos en la sala durante el tributo, porque la clase magistral de dos minutos que nos dio fue pura magia para amantes del cine.

Una bonita forma de rendirle homenaje fue que la película de inauguración fuera el primer largometraje de su hijo, Alejandro Ibáñez. Tras unas sentidas palabras por parte de Sergio Molina (director del festival), Ibáñez y el resto del equipo de la película, se proyectó un simpático vídeo homenaje en el que la voz de Chicho tiene una conversación con su hijo desde allá donde esté. El cortometraje en este caso fue un vídeo realizado también por Alejandro para la ONG Save the Children en el que se lanza un mensaje sobre la necesidad de prestar atención a los niños que más sufren. Lydia Bosch conduce bien su personaje pero la elección de Dani Rovira como su pareja no es de lo más acertada, ya que el curioso toque de terror del cortometraje se pierde un poco por su culpa. Pero con un mensaje así, este tipo de cosas son lo de menos.

Finalmente llegó el gran estreno con Urubú. En ella, Tomás viaja a la selva amazónica con su familia persiguiendo fotografiar al urubú albino, una rareza de ave que podría relanzar su carrera. Esta obsesión le hace no darse cuenta de que todo apunta a que se está metiendo en la boca del lobo en una zona llena de peligros y misterios, hasta que su hija desaparece y ya no hay vuelta atrás. El regusto de cine de los 70 está muy bien conseguido, con su atmósfera, su estructura, su música… Pero algo falla. Empezando por que los actores no resultan del todo creíbles hasta que la historia no ha avanzado lo suficiente, y terminando por el hecho de que el homenaje se come a la película.

Lo que empieza siendo algo bonito (la niña enciende la tele y están dando ¿Quién puede matar a un niño?) acaba siendo demasiado obvio. Las ganas de Alejandro Ibáñez, el talento y la encomiable labor por mantener vivo el cine de género en España, quedan empañados por un empeño muy constante y nada bien llevado por homenajear el cine de su padre, tanto que al final más que un homenaje parece una copia. La idea de un universo expandido de la obra maestra de Chicho no puede ser más interesante, pero si uno no se separa un poco del homenaje al final no funciona. Podría haber sido un survival en la selva brasileña sorprendente, pero se queda en nada entre obviedades (el puro del personaje que interpreta Alejandro, los planos reproducidos de la película original, el argumento…) o cosas directamente sin sentido (¿cómo puede la película de referencia formar parte de la ficción y de la realidad al mismo tiempo?). Una pena, pero aun así creo que con el tiempo, el heredero podrá demostrar que puede mantener vivo el legado de su padre sin dejar de lado su propia personalidad y talento.

Daniel Andréu

Echoes of Fear (Brian Avenet-Bradley y Laurence Avenet-Bradley, 2019 – Estados Unidos) DARK VISIONS 

Aunque tarde bastante en arrancar, Echoes of Fear va a por todas. El matrimonio Avenet-Bradley nos trae una historia de fantasmas bastante sencilla a primera vista, pero que cuanto más loca y enrevesada se vuelve, menos pierde sus papeles. Esta consecuencia a la hora de relatar los acontecimientos e ir introduciendo los giros, hacen de Echoes of Fear una película ejemplar de cómo hacer las cosas dentro del terror independiente (el de verdad, el low cost). Además, nos presentan a Alisa (notable Trista Robinson), la final girl más inteligente y capaz de los últimos tiempos.

David Lastra

DÍA 2

Luz (Juan Diego Escobar Alzate, 2019 – Colombia) OFICIAL FANTÁSTICO

Tiene que ser casualidad ya que ambas películas se rodaron más o menos a la vez, pero esta Luz tiene más de un paralelismo con Midsommar. Un grupo de personas vive en una montaña colombiana aislada del mundo, con El Señor como líder de unos Ángeles que están bajo sus órdenes. La muerte de su esposa le lleva a sumirse en un pozo de fanatismo religioso que poco a poco va arrastrando a las pocas personas que le rodean hasta acabar con su cordura. Este ambiente de secta con rígidas normas sobre creencias y tradiciones en un entorno natural ya recuerda a la película de Ari Aster, pero lo más curioso son esos planos exteriores de los prados con unos contrastes de colores pasteles que parecen sacados directamente de Midsommar. El apartado técnico es correcto, pero no es suficiente para levantar una película demasiado irregular que solo tiene puntuales destellos de brillantez esparcidos a lo largo de un metraje excesivo y en ocasiones pesado. Merece la pena por la curiosidad y porque realmente tiene algunas escenas muy potentes, pero se queda a medio camino de alcanzar sus pretensiones.

Daniel Andréu

Il Signor Diavolo (Pupi Avati, 2019 – Italia) OFICIAL FANTÁSTICO

Para alguien que no había visto ninguna película del mítico Pupi Avati, estrenarse así no ha estado nada mal. Como si de una película italiana de los 50 se tratase (pero sin el grano de la imagen y con buen audio), Il Signor Diavolo nos cuenta la investigación de una enrevesado caso de asesinatos y personas deformes con la iglesia de por medio. La recreación de ese tipo de cine está muy conseguida, pero añadiendo toques aun más turbios que los fans del género agradecemos. Es raro, pero a la vez que resulta muy entretenida, uno tiene la sensación de que la película ha durado como mínimo dos horas… pero sale de la sala y solo han pasado 86 minutos.

Daniel Andréu

Z (Brandon Christensen, 2019 – Canadá) OFICIAL FANTÁSTICO

Joshua y sus padres, Beth y Kevin, viven cómodamente sus vidas hasta que el hijo y su amigo imaginario Z empiezan a dar muchos problemas. Esa es la premisa de una película que se presenta como una vuelta de tuerca a las historias de “niño con amigo imaginario”. No es exactamente así, ya que tira continuamente de tópicos, pero lo que la hace destacar por encima de la media es el buen hacer a la hora de mantener el misterio y la tensión durante todo el metraje. Tras uno de esos falsos finales que hacen peligrar el ritmo de la película, llega una parte que estoy seguro de que nadie se esperaba en una producción así, ya que la actriz protagonista se queda sola y ofrece las escenas más bizarras de la película. Y menos mal que lo hace, porque Keegan Connor demuestra que es capaz de llevar encima ese peso y mucho más.

Daniel Andréu

Reborn (Julian Richards, 2018 – Estados Unidos) DARK VISIONS

Autoproclamada como “la Carrie de la generación Z”, la adolescente de Reborn no pasaría ni por prima segunda lejana de la diosa encarnada por Sissy Spacek. Construida bajo los peligrosos cimientos de la nostalgia, Reborn se derrumba estrepitosamente al no aportar nada nuevo, ni mucho menos emocionante a nuestras vidas. Lo único reseñable, la presencia de Barbara Crampton (Re-Animator) y Michael Paré (Calles de fuego) como protagonistas y unos créditos iniciales que prometían bastante.

David Lastra

Crítica: El silencio de la ciudad blanca

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A finales de la década pasada fuimos arrasados por el vendaval que supuso la publicación de las traducciones de los tochos de Stieg Larsson (creador de la saga Millennium). La nueva novela negra nórdica copó la lista de ventas y trajo consigo la llegada de mil y un impronunciables escritores y escritoras con infinidad de consonantes en sus nombres a los estantes de nuestras librerías. Tiempo después, Gillian Flynn (Perdida, Heridas abiertas) siguió saciando esa hambre de secretos y miserias del lado más oscuro de la psique humana al tiempo que se convertía en la reina del plot twist, y la francesa Fred Vargas se hacía con el mismísimo Premio Princesa Asturias de las Letras por la calidad de su producción literaria dentro de este género habitualmente denostado.

Este renacer del thriller se ha visto reflejado igualmente en la producción patria con los éxitos de ventas de autoras como Julia Navarro (La Hermandad de la Sábana Santa) o Dolores Redondo (su Trilogía del Baztán), así como nuevas entregas de las longevas sagas policiacas ideadas por Alicia Giménez Barlett (Petra Delicado) y Lorenzo Silva (Bevilacqua y Chamorro) … y de todos es sabido, que todo éxito editorial, salvo honrosas excepciones, termina contando con su adaptación cinematográfica correspondiente. Mientras esperamos la llegada de Legado en los huesos (secuela de la exitosa El guardián invisible y basada en la segunda novela de la saga de Dolores Redondo), abrimos un nuevo capítulo en otra nueva trilogía literaria trasladada a la gran pantalla, en esta ocasión la creada por Eva Gª Sáenz de Urturi. Ha llegado el momento de romper de una vez por todas El silencio de la ciudad blanca.

Unai (Javier Rey, Fariña) es el mejor perfilador criminal de todo Vitoria, aunque lleva casi un año en el dique seco por asuntos familiares. Alba (Belén Rueda, El orfanato) es la nueva subcomisaria que se hará cargo de la investigación de una serie de crímenes rituales que siguen los mismos patrones que los acontecidos hace veinte años en esa misma villa. Un caso que parecía cerrado tras el encarcelamiento de Tasio Ortiz de Zárate (Álex Brendemühl, Las horas del día), mediático arqueólogo y presentador televisivo cuya curiosidad e interés por el ser humano le terminó convirtiendo en un asesino en serie. Pero si el hombre malo está entre rejas, ¿cómo puede ser que hayan aparecido dos nuevas víctimas desnudas en la cripta de la Catedral Vieja?

Daniel Calparsoro (Cien años de perdón) vuelve a intentarlo con el thriller tras el arriesgado y extremadamente fallido experimento que fue El aviso el año pasado. Aunque logre un resultado mucho más respetable que con los viajes temporales de Raúl Arévalo, el director de Asfalto no logra transmitir del todo la tensión y el suspense existentes en las páginas de la novela. Ni de lejos consigue acercarse al ritmo del material original, viéndose este El silencio de la ciudad blanca cinematográfico lastrado por una dirección demasiado conservadora, alguna que otra reiteración explicativa durante la investigación y alguno de los giros que no hace sino infravalorar en demasía al espectador. Como viene siendo habitual, pero no por ello igual de loable, Belén Rueda vuelve a brillar con diferencia sobre sus compañeros de reparto, a pesar de contar con un personaje un pelín desdibujado. Salvan la papeleta igualmente Javier Rey, Manolo Solo (Tarde para la ira), Álex Brendemühl, aunque caigan en el histrión (especialmente este último con sus aires de Hannibal Lecter) en alguna escena que otra. Una verdadera pena volver a ver cómo Calparsoro vuelve a desaprovechar las dotes interpretativas de Aura Garrido (Stockholm) tras su experiencia en El aviso.

Aunque no llegue a ser tan entretenido como El guardián invisible, El silencio de la ciudad blanca es el (no tan) trepidante thriller que te puede arreglar una buena tarde lluviosa otoñal de las que se avecinan.

David Lastra

Nota: ★★½