Madre: Retrato de una mujer quebrada

Madre se hace, no se nace. Por mucho que unas cuantas iluminadas (e iluminados) se empeñen, nadie viene a este mundo sabiendo y mucho menos si hablamos de un vicio adquirido como es la maternidad. Puede que todavía no queden tan lejanos los tiempos de la santificación del binomio ‘madre y esposa’, pero por lo menos hemos podido ver cómo se ha relajado bastante la animadversión a la figura de la madre soltera, separada o divorciada. La decisión de ser madre puede ser tanto el acto más subyugante llevado a cabo por una mujer como el acto más revolucionario que puede realizar un ser humano. Después de desmenuzar minuciosamente los entresijos de los últimos años de la corrupción española, Rodrigo Sorogoyen (Que Dios nos perdone) se atreve ahora con el arquetipo más polémico de la historia: la madre.

Hace diez años, Elena recibió una llamada que puso su vida patas arriba. Su apacible existencia se quebró en el mismo instante en que dejó de recibir señal alguna del otro lado del teléfono. La línea se cortó y algo más grande se rompió en ese momento. Elena no solo perdió un ente externo de su propiedad, sino que sintió cómo le arrebatan algo aún más propio: su sentido de pertenencia. Aquello que había construido con tanto ahínco, por lo que había incluso actuado incluso en detrimento de su propia personalidad. Ese día, Elena dejó de ser madre.

Cogiendo como base su cortometraje homónimo, Sorogoyen construye una desgarradora historia en la que nos muestra a una mujer sin rostro que intenta seguir caminando pero que no puede, ni quiere, seguir avanzando. Su crisis identitaria le ha llevado a adoptar otro perfil, a habitar un no lugar que le sirve como única atadura a lo que fue su vida hace diez años. Una prisión en forma de playa que podría o no ser la indicada, pero que cumple su labor evocadora.

Madre huye del golpe de efecto (muy bien llevado, todo hay que decirlo) que dominaba el cortometraje candidato al Oscar y se convierte en un excelente ejercicio de sutilidad y sensibilidad cinematográfica. El director de Stockholm logra acercarse a las consecuencias de la pérdida sin caer en sentimentalismo alguno, con una elegancia en los planos que recuerda por momentos al temple del mejor Michael Haneke, el de Código desconocido, y al arte de Terrence Malick (El árbol de la vida), pero de una manera más poética y menos plomiza. Sorogoyen nos presenta una Elena enferma, en el sentido estricto y no peyorativo de la palabra. La sensación térmica del miembro fantasma sigue ahí y ella busca maneras de sobrellevarlo. Una nueva pareja, un nuevo trabajo, nuevas compañías… Ella sigue el manual para sobrellevar la pérdida y, a ratos, podríamos asegurar que funciona.

Al igual que ocurría con el trastorno límite de la personalidad en La heridaMadre logra acercarse al complejo mundo de las enfermedades mentales de manera certera y sin caer en los típicos errores que habitualmente se cometen en la gran pantalla. Como Marián Álvarez en el caso de la película de Fernando Franco, esta aproximación por parte de Sorogoyen se engrandece gracias a la sublime interpretación de su actriz protagonista. Si en el cortometraje, Marta Nieto (El camino de los ingleses), nos enseñó lo bien que sabía explotar, en esta versión en largo, además de confirmarnos su buen hacer a la hora de llevar las cosas al límite (especialmente en una escena en la que nos recuerda ligeramente a la Victoria de Sebastian Schipper), nos muestra sus dotes de contención y gestualidad. Una intrincadísima colección de pequeños matices y gestos que esperanzan y destrozan por igual al espectador desde la primera escena. Su labor como Elena es un monumento cinematográfico y uno de esos papeles que marcan una carrera. Gane o no en los próximos Goya, ella es la creadora del mejor trabajo interpretativo del año.

Lejos de ser una mera continuación ramplona del cortometraje y convertirse en un thriller policiaco de esos tan comunes en nuestra cartelera (y que tan bien supo hacer él mismo en la entretenida Que Dios nos perdone), Sorogoyen e Isabel Peña (su coguionista habitual) eligen la opción difícil y nos muestran la vida después del drama. El trauma que queda. Los extremos de la devoción masoquista de algunas madres. Elena compensa el vacío de su corazón siendo esclava perpetua de su progenie, ya sea real o proyectada. Esta mater dolorosa abraza al recién llegado (prometedor y genial Jules Porier, Play) como si de su propio hijo se tratase, al igual que el propio adolescente se amarra a ella como si de su verdadera madre se tratase. Sorogoyen decide tratar esta relación de una manera metódica, huyendo de sensacionalismos y de cualquier tipo de censuras. Pocas películas se han atrevido a mostrar la hipertrofia del eros entre madre e hijo (ya sea relación biológica o elegida, como es el caso) de una manera tan valiente y realista.

Madre es la película más contundente y, mal que nos pese, polémica del año, porque de todos es sabido, que el amor de una madre no contempla imposible…. y eso molestará a más de uno (y una).

David Lastra

Nota: ★★★★★

(Para todos y todas aquellas que no hayáis visto todavía el cortometraje, no os preocupéis. La película comienza con el metraje completo del mismo)

Crítica: Estafadoras de Wall Street (Hustlers)

Que no, que no es coña. Que un grupo de desalmadas bailarinas desvalijaron a unos pobrecitos tiburones de Wall Street y casi nadie se enteró porque, como buenos machos, el frágil ego de los mirlos blancos no aceptaba en ningún momento que hubiesen sido chuleados por el “sexo débil”. Estafadoras de Wall Street (Hustlers) nos muestra cómo fueron los tejemanejes de estas mujeres, que ante el ocaso de la crisis económica, decidieron marcarse un Robin Hood en plena boca de infierno capitalista. ¿Quién nos iba a decir que la película más combativa de la temporada iba a venir de la mano de Jennifer Lopez?

Tampoco tendríamos que olvidar que la Jenny es como nosotros, de barrio. Salida del Bronx, J. Lo reventó las listas de ventas con sus primeros trabajos musicales, consiguió buenas críticas por sus primeros trabajos en cine (excelente en Una relación peligrosa de Steven Sodebergh y Giro al infierno de Oliver Stone) y se convirtió en la enésima ‘reina de la comedia romántica’ de comienzos del siglo XXI. Un Versace de gasa de seda verde y una polémica con Mariah Carey (glorioso ‘I Don’t Know Her’ que le propinó la cantante de ‘Emotions’) contribuyeron a que su leyenda como icono latino no terminara extinguiéndose. Una burdísima (y eficiente) relectura de la ‘Lambada’ (‘On the Floor’) y otros hits como ‘Ain’t Your Mama’ o ‘El anillo’, hicieron que J. Lo siguiera presente en nuestras vidas. Pero todavía le quedaba un aspecto artístico en el que ejercer un sonoro comeback: la gran pantalla. La ocasión le vino de la mano de un proyecto a priori bastante marciano: la adaptación del increíble artículo de Jessica Pressler sobre un grupo de mujeres que se dedicaban a engatusar, drogar y desplumar a todo aquel nuevo rico que se cruzase en su camino.

Ella sería Ramona, la cabecilla. La definición perfecta de la expresión coloquial ‘la puta ama’. La única persona en la historia capaz de hacer pole dancing con Fiona Apple de fondo. Jennifer Lopez realiza la interpretación de su vida y ya desde su primera aparición en escena, te das cuenta que su ruido de cara a la carrera de premios de este año no es ninguna tontería. J. Lo logra transmitir su tremendo magnetismo en Ramona, una perra vieja con dos ovarios bien puestos que no va a permitir que nadie le chulee.

Los personajes de Estafadoras de Wall Street se mueven dentro de un mundo supuestamente amoral.  Un no lugar que desaparece durante las horas diurnas, pero que por la noche se convierte en el centro del universo. Unos bajos fondos donde no existe ley alguna, salvo que los clientes no pueden tocar a las bailarinas en los reservados. Aunque duro, pero no tan sórdido como podríamos imaginar, el ambiente previo a la crisis económica de las trabajadoras de este strip club es el ejemplo perfecto de sororidad. Lorene Scafaria (directora y guionista de la película) decide omitir de manera inteligente el rol de villana al uso. Puede que Estafadoras de Wall Street peque bastante de naif, pero esta decisión beneficia claramente a la conexión del espectador para con las heroínas del film, sirviendo, si es que hiciera falta (que parece ser que lo hace), para demostrar que un grupo de mujeres puede trabajar juntas sin sacarse los ojos.

Ese cuidado a la hora de presentar e ir construyendo los personajes con tanto cariño, hacen que el espectador no solo ame a todas y cada una de las mujeres que aparecen en pantalla, sino que empatice al cien por cien con su causa. A falta de la llegada de Mujercitas, estamos ante el mejor trabajo interpretativo coral de este año. Desde J. Lo a la recién llegada al club Constance Wu (Crazy Rich Asians) o las simpáticas presencias de las cantantes Cardi B y Lizzo. Las cuales merecían más minutaje, especialmente el personaje de la intérprete de ‘I Like It’ que resulta ser un revulsivo cómico maravilloso. Igualmente acertadas resultan unas atolondradas Keke Palmer (Scream Queens) y Lili Reinhart (Riverdale) en la segunda parte del film, cuando todo se vuelve un poco más serio. El momento en que el hambre aprieta, la vergüenza afloja, el ingenio inventa y todo cambia. En ese preciso instante, Estafadoras de Wall Street se convierte en la hermana bastarda de Uno de los nuestros, aunque manteniendo (más o menos) el nivel de sororidad de la primera mitad de metraje… a diferencia del clásico de Scorsese en el que los supuestos amigos del alma no paraban de lanzarse puñales en cuanto las cosas se ponían un poco feas.

Estafadoras de Wall Street es el cuento de hadas en que nos gustaría vivir (la parte bonita, claro está) y cuyas protagonistas deberían aliarse junto a nuestras amigas de Nación salvaje y Superempollonas y terminar de una vez con todas con los Jokers que pueblan nuestro planeta.

David Lastra

Nota: ★★★★

Crónica del Festival Internacional de Cine Fantástico Nocturna 2019: Parte 2

DÍA 3

Koko-di Koko-da (Johannes Nyholm, 2019 – Suecia) OFICIAL FANTÁSTICO

A veces es difícil escribir sobre películas debido a que las sensaciones que provocan son muy abstractas o difíciles de traducir en palabras. Esta es la historia sobre un matrimonio que pierde a un ser querido. Unos años después vemos cómo ha evolucionado su relación mientras se van a pasar una noche de acampada, durante la cual les visitarán unos “duendes” bastante misteriosos y malignos. El truco narrativo al que se recurre a estas alturas ya está muy manido, pero en Koko-di Koko-da es un recurso más al servicio de una historia simple y bien contada, pero sobre todo de una atmósfera tan mágica como misteriosa y retorcida que le da sentido a todo. Cuando una historia te deja sin estar seguro de qué ha visto pero con sensaciones muy potentes, merece la pena. Totalmente recomendado verla sin saber nada y dejándose llevar.

Daniel Andréu

Finale (Søren Juul Petersen, 2019 – Dinamarca) OFICIAL FANTÁSTICO

Dos jóvenes que no se aprecian demasiado se ven obligadas a trabajar juntas en el turno de noche de una gasolinera mientras el equipo de fútbol nacional de Dinamarca juega una importante final. Un grupo de delincuentes aprovechan para secuestrarlas, torturarlas y hacer un espectáculo de ello. Finale no oculta ser una especie de Saw danesa que también se cree más profunda de lo que es con una simplísima crítica que hace un paralelismo entre la sociedad actual que disfruta del morbo del sufrimiento ajeno, y los espectáculos de gladiadores de la antigua Roma. Entre que el villano es un plasta e insoportable mejunje de payasos, jokers y demás malos del cine moderno y que el montaje alterna dos líneas temporales, se le resta efectividad a lo realmente bueno de la película, que son las dos protagonistas. Si la película hubiera consistido más en ellas dos hablando y escapando de los malos habría sido mucho mejor y más divertida.

Daniel Andréu

Amigo (Óscar Martín, 2019 – España) OFICIAL FANTÁSTICO

Uno de los argumentos típicos de este tipo de festivales es el de personas aisladas en un espacio pequeño cuya relación va deteriorándose y enrareciéndose. En Amigo no hay mucho más, y tampoco hace falta. David cuida de Javier, su amigo de toda la vida que está postrado en una silla de ruedas con importantes problemas de salud. Un temporal de nieve corta las comunicaciones y todo empieza a complicarse. Con un presupuesto más bien bajo y una notable dirección, los dos actores protagonistas llevan el peso de la película y transmiten a la perfección esa angustia y tensión que sus personajes viven. David Pareja hace un buen trabajo, aunque en los momentos de más carga dramática no termine de dar la talla. El auténtico hallazgo es Javier Botet (también implicado en el guion), que lleva a cabo una interpretación física prodigiosa, demostrando que no solo sabe hacer de monstruo en películas fantásticas.

Daniel Andréu

DÍA 4

Body at Brighton Rock (Roxanne Benjamin, 2019 – Estados Unidos) OFICIAL FANTÁSTICO

Y otra de las historias clásicas del género fantástico es la de la persona que tiene que sobrevivir por sí sola ante una adversidad. En este caso es Wendy, una joven ayudante de guarda forestal que es un desastre, pero quiere demostrar a su jefa y sus compañeros que es una profesional… Le sale mal y acaba perdida en el monte a la espera de que vengan a rescatarla, “acompañada” de un misterioso cadáver. Lo que empieza siendo desesperante llega a ser gracioso y casi tierno, porque todas las torpezas de la protagonista son muy absurdas. Aun así, ella demuestra que ante el peligro y la necesidad de supervivencia se crece y sabe valerse por sí misma. La directora sabe llevar bien la tensión de las desventuras de Wendy sin perder el sentido del humor, y la casi debutante Karina Fontes se implica al 100% consiguiendo una creíble interpretación. Eso sí, ese intento de explicación final del misterio está de más.

Daniel Andréu

A Night of Horror: Nightmare Radio (Varios directores, 2019 – Argentina / Nueva Zelanda) DARK VISIONS

Un locutor de radio que tiene un programa sobre historias de terror va recibiendo llamadas de oyentes a la vez que vive su propio misterio. Esto sirve de excusa para montar una solvente película antológica de cortometrajes de diversas nacionalidades unidos por un arco principal. El formato corre el peligro de resultar irregular o insatisfactorio, pero la buena labor de selección hace que sea una grata sorpresa y casi ningún corto baje el nivel. Muy buena iniciativa la de los responsables del proyecto para llevar a ojos del espectador de largometrajes estas obras que por lo general lo tienen bastante difícil para llegar al gran público.

Daniel Andréu

Little Monsters (Abe Forsythe, 2019 – Reino Unido, Australia, Estados Unidos) OFICIAL FANTÁSTICO

Una de las películas más esperadas de este Nocturna Madrid 2019. La vida de Dave no tiene rumbo y terminar con su novia termina de romperle los esquemas. Cuando intenta implicarse más en la vida de su sobrino de 8 años, asiste con él, su clase y su maestra a un viaje a una granja que al poco de llegar ellos sufre una invasión zombie. Aunque muy divertida, Little Monsters podría haber sido redonda si en su primera parte no hubiera recurrido tanto al humor “machirulo” para provocar la carcajada. Es cuando los protagonistas tienen que enfrentarse a la amenaza que todo se vuelve más loco y verdaderamente gracioso, porque hay una diferencia entre hacerse el graciosillo y ser geniunamente gracioso. Por suerte la evolución de la película es de menos a más y uno sale con ganas de cantar canciones de Taylor Swift mientras mata zombies. Lupita Nyong’o por supuesto lo da todo, como siempre, y se adueña de su irresistible personaje.

Daniel Andréu

The Furies (Tony D’Aquino, 2019 – Australia / Emiratos Árabes Unidos) OFICIAL FANTÁSTICO

Hay que tener cuidado para programar sesiones golfas ya que pueden ser un éxito o un auténtico fracaso dependiendo de cómo se haga. The Furies aguantó bien el tirón de ser proyectada casi a la 1 de la madrugada. Sin ser ni aportar gran cosa, esta suerte de Battle Royale por parejas tiene todo lo necesario para cumplir su cometido: una heroína carismática, acción, traiciones, humor, sangre y un puñado de muertes cada cual más retorcida y sangrienta, además de muy bien hechas gracias a unos efectos visuales y de maquillaje que ya quisieran muchos.

Daniel Andréu

DÍA 5

Andhadhun (Sriram Raghavan, 2018 – India) PANORAMA

No tengo muy claro a quién se le ocurrió empezar a crear el hype con esta película comparándola con 13 Fantasmas y Cube, pero eso hizo que me esperara una cosa muy diferente, cuando al final se trata simplemente de una comedia criminal de enredo sobre un joven pianista ciego que por accidente presencia un asesinato. Lo mejor en estos casos es trabajarse bien el guion para no decaer en ningún momento, que es justo lo que pasa con esta rareza venida de India. Todos los giros están muy bien hilados, el humor tan absurdo como fino, y los protagonistas en estado de gracia (además de muy guapos). Al final las más de dos horas se pasan volando y terminan en una de las resoluciones más geniales que he visto en mucho tiempo.

Daniel Andréu

El Cuervo (Alex Proyas, 1994 – Estados Unidos) CLASSICS

¿Qué decir sobre una película que forma parte del imaginario popular desde hace 25 años? Poder verla con un posterior coloquio con su director (no estuvo en la sala ya que no ha visto la película desde que la estrenó debido a lo dolorosa que es todavía la tragedia que hizo que muriera Brandon Lee durante el rodaje) es uno de los lujos a los que nos tiene acostumbrados el festival. Tras tanto tiempo y sin haber visto la película más de una vez, tenía casi la certeza de que es una de esas películas que no aguanta el tiempo y que solo siguiera en nuestra memoria por la leyenda de Brandon Lee, pero me alegré mucho de equivocarme. El pasado de realizador de videoclips de Proyas y una estética muy cuidada le dio a la película un poderío visual que si bien está muy anclado en su década de los 90, también aguanta los años sin perder su fuerza. Todo transmite ese feeling que hace ver que estamos ante una historia dibujada en cómic, sin perder su autonomía como obra cinematográfica. Mención especial a la banda sonora, que une a la perfección score y unas canciones seleccionadas y producidas específicamente para la película.

Daniel Andréu

Vivarium (Lorcan Finnegan, 2019 – Estados Unidos) CLAUSURA

Otra película muy esperada era Vivarium, lo que sí que no me esperaba es que fuera la ganadora en mi ranking personal. Sin saber nada sobre el argumento y habiendo escuchado comentarios sobre que se hacía muy larga, pesada o repetitiva, iba con ganas pero con cautela. Lo que para muchos es una idea que habría dado para un buen corto, a mí me parece un triunfo gracias sobre todo (pero no únicamente) a una atmósfera tremendamente bien cuidada, al igual que pasaba con Koko-di Koko-da. Una joven y feliz pareja se plantea la compra de una casa y dan por casualidad con la inmobiliaria que promueve un proyecto urbanístico de una perfección idílica. Cuando ellos van a ver una de las casas, el agente desaparece y ellos se quedan perdidos en un laberinto de casas idénticas del que no pueden salir. El buen trabajo de Imogen Poots y Jesse Eisenberg suma enteros al buen resultado final, que se consigue también gracias al director y los encargados del diseño de producción. Sus pretensiones residen en la necesidad de hablar de un tema importante a través del arte, porque la atmósfera que tiene esta película no es que se las dé de rara, es que realmente es muy marciana y turbia, de pesadilla. Hay una escena en concreto muy chocante y visualmente increíble que consigue elevar la película del notable alto a sobresaliente. El tema de cómo nos encaminamos hacia un mundo cada vez más inmerso en un engranaje en el que todo es igual y el que no encaje se queda fuera, se puede contar de muchas otras formas mucho más realistas, pero si al final de lo que se trata es de transmitir un mensaje y unas sensaciones, Vivarium lo consigue de la mejor manera posible.

Daniel Andréu

Bullets of Justice (Valeri Milev, 2019 – Kazakhstan/Bulgaria) PANORAMA

Si programar The Furies en la sesión golfa del viernes fue un acierto, esto debería llevarse todos los premios posibles que se den a festivales de cine. En un mundo post III Guerra Mundial en el que existe un enfrentamiento entre los humanos y una nueva raza cruce de humanos y cerdos llamada “muzzles”, un ejército de resistencia tiene la misión de acabar con La Madre que da a luz a todos los malignos cerdos. La típica premisa llamativa que tiene todas las papeletas para decepcionar… pero no es este el caso. Los que fuimos valientes de esperar a la 1 de la mañana para despedirnos del Nocturna tuvimos una recompensa llena de mucha acción, humor A-B-S-U-R-D-O, tetas, culos, penes, vaginas, caca, pedos, Danny Trejo, Cristiano Ronaldo, y una total y absoluta libertad narrativa que llega al punto de no tener ni un poco de sentido, pero después de tantas risas, aplausos y en definitiva puro disfrute, poco importa. Si yo hubiera puesto dinero para este proyecto financiado a través de un crowdfunding me habría sentido más que satisfecho, porque todo, absolutamente todo en esta película está en estado de gracia. De esas rarezas en las que uno no entiendo qué está viendo pero le da igual, porque hace que la vida sea un poco mejor durante unos escasos pero efectivos 76 minutos.

Daniel Andréu

Crónica del Festival Internacional de Cine Fantástico Nocturna 2019: Parte 1

INAUGURACIÓN Y DÍA 1

El festival Nocturna Madrid es como el Primavera Sound de Barcelona, si lo has disfrutado un año sabes que te puedes pillar la acreditación a ciegas al siguiente, porque es garantía de que va a estar lleno de películas y actividades interesantes, así que cada año se empieza con más ganas.

Como en cada edición, el Nocturna es una celebración del cine fantástico, con films de terror, fantasía y ciencia ficción de lo más diverso que, en muchos casos, brindan una oportunidad perfecta para ver un tipo de cine que no tiene distribución comercial y de no ser por estos certámenes, permanecería oculto.

A continuación tenéis breves reseñas de todas las películas que hemos visto en los dos primeros días de la edición de este año, que ha contado con la presencia del director Alex Proyas (El cuervo, Dark City) y muchas actividades paralelas para los amantes del cine de género.

Piedra, papel y tijera (Martín Blousson, Macarena García Levi, 2019 – Argentina) PANORAMA

La primera película proyectada este año supuso la primera rareza del festival. Magdalena vuelve a casa de sus hermanastros Jesús y María José tras años separados para reclamar parte de la herencia por la muerte de su padre. Lo que iba a ser una visita de unos días se alarga y Magda va descubriendo poco a poco que sus hermanastros no han superado ni su pérdida ni los traumas de la infancia. Con un tono que camina continuamente entre lo dramático y lo cómico, esta ¿Qué fue de Baby Jane? a tres bandas consigue que una premisa muy simple y en principio poco interesante vaya escalando en intensidad hasta convertirse en un peculiar y muy retorcido thriller. Los estupendos tres únicos actores (se basa en la obra de teatro de una de las co-guionistas) se bastan para que les conozcamos a no solo a ellos sino también a ese padre desaparecido cuya presencia todavía tiene mucho peso sobre sus hijos. Gracias a eso y a una buena dirección, esta película consigue esa atmósfera enfermiza que tan bien le viene a este tipo de películas.

Daniel Andréu

El cerro de los dioses (Daniel M. Caneiro, 2019 – España) DARK VISIONS

¿Y cómo hubiese sido Midsommar si hubiese estado ambientada en La Mancha? Daniel M. Caneiro nos da su cachonda visión con El cerro de los dioses, un meta mockumentary sobre los estragos de la fama y cómo somos capaces de todo con tal de conseguirla. Paula Muñoz (El club de los incomprendidos) e Itziar Castro (Pieles) con su reality (que alguien compre ‘Itziar Forever!’, por favor) destacan entre un multitudinario reparto repleto de cameos tan disparatados como Raúl Arévalo e Isabel Coixet. 

David Lastra

1BR (David Marmor, 2019 – EE.UU.) OFICIAL FANTÁSTICO

Todo empieza muy normal para la joven protagonista de 1BR (y para los espectadores). Sarah se muda a Los Ángeles para empezar una nueva vida alejada de la mala relación que tiene con su padre y su actual pareja. Encuentra el apartamento perfecto y la comunidad perfecta, pero estamos en el festival que estamos y pronto nos damos cuenta de que esa perfección esconde muchos secretos y esa comunidad está extrañamente unida. Como si  se tratase de una versión sin humor negro de La comunidad, Sarah sufre los horrores de pertenecer a la vecindad, y nosotros asistimos al proceso mediante el cual su vida se va arruinando cada vez más en un thriller que siempre entretiene pero que no llega a arrancar del todo porque se toma demasiado en serio. Es solo en el tramo final cuando se vuelve un poco loca y hace ver que viene lo bueno… pero entonces se acaba y deja con ganas de más. Aunque la película no termine de encontrar su personalidad, hay que destacar el increíble trabajo de Nycole Brydon Bloom como Sarah, ya que consigue con naturalidad todos los registros de su papel y es de esas personas a las que “da gusto” ver sufrir. Firme candidata al premio a mejor actriz del festival.

Daniel Andréu

Urubú (Alejandro Ibáñez Nauta, 2019 – España) GALA DE INAUGURACIÓN

Este año no podía ser de otra forma, el festival está dedicado al recientemente fallecido Chicho Ibáñez Serrador, el maestro que tanto placer nos dio haciéndonoslo pasar mal. Los que lo vivimos nunca nos cansaremos de repetir lo especial que fue su contribución hace dos años cuando hizo el enorme esfuerzo de recoger en persona su premio Maestro del Fantástico. Los que más recibimos fuimos los que estábamos en la sala durante el tributo, porque la clase magistral de dos minutos que nos dio fue pura magia para amantes del cine.

Una bonita forma de rendirle homenaje fue que la película de inauguración fuera el primer largometraje de su hijo, Alejandro Ibáñez. Tras unas sentidas palabras por parte de Sergio Molina (director del festival), Ibáñez y el resto del equipo de la película, se proyectó un simpático vídeo homenaje en el que la voz de Chicho tiene una conversación con su hijo desde allá donde esté. El cortometraje en este caso fue un vídeo realizado también por Alejandro para la ONG Save the Children en el que se lanza un mensaje sobre la necesidad de prestar atención a los niños que más sufren. Lydia Bosch conduce bien su personaje pero la elección de Dani Rovira como su pareja no es de lo más acertada, ya que el curioso toque de terror del cortometraje se pierde un poco por su culpa. Pero con un mensaje así, este tipo de cosas son lo de menos.

Finalmente llegó el gran estreno con Urubú. En ella, Tomás viaja a la selva amazónica con su familia persiguiendo fotografiar al urubú albino, una rareza de ave que podría relanzar su carrera. Esta obsesión le hace no darse cuenta de que todo apunta a que se está metiendo en la boca del lobo en una zona llena de peligros y misterios, hasta que su hija desaparece y ya no hay vuelta atrás. El regusto de cine de los 70 está muy bien conseguido, con su atmósfera, su estructura, su música… Pero algo falla. Empezando por que los actores no resultan del todo creíbles hasta que la historia no ha avanzado lo suficiente, y terminando por el hecho de que el homenaje se come a la película.

Lo que empieza siendo algo bonito (la niña enciende la tele y están dando ¿Quién puede matar a un niño?) acaba siendo demasiado obvio. Las ganas de Alejandro Ibáñez, el talento y la encomiable labor por mantener vivo el cine de género en España, quedan empañados por un empeño muy constante y nada bien llevado por homenajear el cine de su padre, tanto que al final más que un homenaje parece una copia. La idea de un universo expandido de la obra maestra de Chicho no puede ser más interesante, pero si uno no se separa un poco del homenaje al final no funciona. Podría haber sido un survival en la selva brasileña sorprendente, pero se queda en nada entre obviedades (el puro del personaje que interpreta Alejandro, los planos reproducidos de la película original, el argumento…) o cosas directamente sin sentido (¿cómo puede la película de referencia formar parte de la ficción y de la realidad al mismo tiempo?). Una pena, pero aun así creo que con el tiempo, el heredero podrá demostrar que puede mantener vivo el legado de su padre sin dejar de lado su propia personalidad y talento.

Daniel Andréu

Echoes of Fear (Brian Avenet-Bradley y Laurence Avenet-Bradley, 2019 – Estados Unidos) DARK VISIONS 

Aunque tarde bastante en arrancar, Echoes of Fear va a por todas. El matrimonio Avenet-Bradley nos trae una historia de fantasmas bastante sencilla a primera vista, pero que cuanto más loca y enrevesada se vuelve, menos pierde sus papeles. Esta consecuencia a la hora de relatar los acontecimientos e ir introduciendo los giros, hacen de Echoes of Fear una película ejemplar de cómo hacer las cosas dentro del terror independiente (el de verdad, el low cost). Además, nos presentan a Alisa (notable Trista Robinson), la final girl más inteligente y capaz de los últimos tiempos.

David Lastra

DÍA 2

Luz (Juan Diego Escobar Alzate, 2019 – Colombia) OFICIAL FANTÁSTICO

Tiene que ser casualidad ya que ambas películas se rodaron más o menos a la vez, pero esta Luz tiene más de un paralelismo con Midsommar. Un grupo de personas vive en una montaña colombiana aislada del mundo, con El Señor como líder de unos Ángeles que están bajo sus órdenes. La muerte de su esposa le lleva a sumirse en un pozo de fanatismo religioso que poco a poco va arrastrando a las pocas personas que le rodean hasta acabar con su cordura. Este ambiente de secta con rígidas normas sobre creencias y tradiciones en un entorno natural ya recuerda a la película de Ari Aster, pero lo más curioso son esos planos exteriores de los prados con unos contrastes de colores pasteles que parecen sacados directamente de Midsommar. El apartado técnico es correcto, pero no es suficiente para levantar una película demasiado irregular que solo tiene puntuales destellos de brillantez esparcidos a lo largo de un metraje excesivo y en ocasiones pesado. Merece la pena por la curiosidad y porque realmente tiene algunas escenas muy potentes, pero se queda a medio camino de alcanzar sus pretensiones.

Daniel Andréu

Il Signor Diavolo (Pupi Avati, 2019 – Italia) OFICIAL FANTÁSTICO

Para alguien que no había visto ninguna película del mítico Pupi Avati, estrenarse así no ha estado nada mal. Como si de una película italiana de los 50 se tratase (pero sin el grano de la imagen y con buen audio), Il Signor Diavolo nos cuenta la investigación de una enrevesado caso de asesinatos y personas deformes con la iglesia de por medio. La recreación de ese tipo de cine está muy conseguida, pero añadiendo toques aun más turbios que los fans del género agradecemos. Es raro, pero a la vez que resulta muy entretenida, uno tiene la sensación de que la película ha durado como mínimo dos horas… pero sale de la sala y solo han pasado 86 minutos.

Daniel Andréu

Z (Brandon Christensen, 2019 – Canadá) OFICIAL FANTÁSTICO

Joshua y sus padres, Beth y Kevin, viven cómodamente sus vidas hasta que el hijo y su amigo imaginario Z empiezan a dar muchos problemas. Esa es la premisa de una película que se presenta como una vuelta de tuerca a las historias de “niño con amigo imaginario”. No es exactamente así, ya que tira continuamente de tópicos, pero lo que la hace destacar por encima de la media es el buen hacer a la hora de mantener el misterio y la tensión durante todo el metraje. Tras uno de esos falsos finales que hacen peligrar el ritmo de la película, llega una parte que estoy seguro de que nadie se esperaba en una producción así, ya que la actriz protagonista se queda sola y ofrece las escenas más bizarras de la película. Y menos mal que lo hace, porque Keegan Connor demuestra que es capaz de llevar encima ese peso y mucho más.

Daniel Andréu

Reborn (Julian Richards, 2018 – Estados Unidos) DARK VISIONS

Autoproclamada como “la Carrie de la generación Z”, la adolescente de Reborn no pasaría ni por prima segunda lejana de la diosa encarnada por Sissy Spacek. Construida bajo los peligrosos cimientos de la nostalgia, Reborn se derrumba estrepitosamente al no aportar nada nuevo, ni mucho menos emocionante a nuestras vidas. Lo único reseñable, la presencia de Barbara Crampton (Re-Animator) y Michael Paré (Calles de fuego) como protagonistas y unos créditos iniciales que prometían bastante.

David Lastra

Crítica: El silencio de la ciudad blanca

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A finales de la década pasada fuimos arrasados por el vendaval que supuso la publicación de las traducciones de los tochos de Stieg Larsson (creador de la saga Millennium). La nueva novela negra nórdica copó la lista de ventas y trajo consigo la llegada de mil y un impronunciables escritores y escritoras con infinidad de consonantes en sus nombres a los estantes de nuestras librerías. Tiempo después, Gillian Flynn (Perdida, Heridas abiertas) siguió saciando esa hambre de secretos y miserias del lado más oscuro de la psique humana al tiempo que se convertía en la reina del plot twist, y la francesa Fred Vargas se hacía con el mismísimo Premio Princesa Asturias de las Letras por la calidad de su producción literaria dentro de este género habitualmente denostado.

Este renacer del thriller se ha visto reflejado igualmente en la producción patria con los éxitos de ventas de autoras como Julia Navarro (La Hermandad de la Sábana Santa) o Dolores Redondo (su Trilogía del Baztán), así como nuevas entregas de las longevas sagas policiacas ideadas por Alicia Giménez Barlett (Petra Delicado) y Lorenzo Silva (Bevilacqua y Chamorro) … y de todos es sabido, que todo éxito editorial, salvo honrosas excepciones, termina contando con su adaptación cinematográfica correspondiente. Mientras esperamos la llegada de Legado en los huesos (secuela de la exitosa El guardián invisible y basada en la segunda novela de la saga de Dolores Redondo), abrimos un nuevo capítulo en otra nueva trilogía literaria trasladada a la gran pantalla, en esta ocasión la creada por Eva Gª Sáenz de Urturi. Ha llegado el momento de romper de una vez por todas El silencio de la ciudad blanca.

Unai (Javier Rey, Fariña) es el mejor perfilador criminal de todo Vitoria, aunque lleva casi un año en el dique seco por asuntos familiares. Alba (Belén Rueda, El orfanato) es la nueva subcomisaria que se hará cargo de la investigación de una serie de crímenes rituales que siguen los mismos patrones que los acontecidos hace veinte años en esa misma villa. Un caso que parecía cerrado tras el encarcelamiento de Tasio Ortiz de Zárate (Álex Brendemühl, Las horas del día), mediático arqueólogo y presentador televisivo cuya curiosidad e interés por el ser humano le terminó convirtiendo en un asesino en serie. Pero si el hombre malo está entre rejas, ¿cómo puede ser que hayan aparecido dos nuevas víctimas desnudas en la cripta de la Catedral Vieja?

Daniel Calparsoro (Cien años de perdón) vuelve a intentarlo con el thriller tras el arriesgado y extremadamente fallido experimento que fue El aviso el año pasado. Aunque logre un resultado mucho más respetable que con los viajes temporales de Raúl Arévalo, el director de Asfalto no logra transmitir del todo la tensión y el suspense existentes en las páginas de la novela. Ni de lejos consigue acercarse al ritmo del material original, viéndose este El silencio de la ciudad blanca cinematográfico lastrado por una dirección demasiado conservadora, alguna que otra reiteración explicativa durante la investigación y alguno de los giros que no hace sino infravalorar en demasía al espectador. Como viene siendo habitual, pero no por ello igual de loable, Belén Rueda vuelve a brillar con diferencia sobre sus compañeros de reparto, a pesar de contar con un personaje un pelín desdibujado. Salvan la papeleta igualmente Javier Rey, Manolo Solo (Tarde para la ira), Álex Brendemühl, aunque caigan en el histrión (especialmente este último con sus aires de Hannibal Lecter) en alguna escena que otra. Una verdadera pena volver a ver cómo Calparsoro vuelve a desaprovechar las dotes interpretativas de Aura Garrido (Stockholm) tras su experiencia en El aviso.

Aunque no llegue a ser tan entretenido como El guardián invisible, El silencio de la ciudad blanca es el (no tan) trepidante thriller que te puede arreglar una buena tarde lluviosa otoñal de las que se avecinan.

David Lastra

Nota: ★★½

Quien a hierro mata: V de Vinganza

Como un río de agua viva, que salta p’arriba, que llevas dentro, el resquemor no te abandona nunca. Esa ansia desmedida perturba hasta a la mente más razonable y nubla a los puros de corazón. Puede que intentes huir de ella poniendo años o kilómetros de por medio, pero esa comezón nunca desaparecerá del todo hasta que te encares con ella y equilibres la balanza de una vez por todas. Seguro que has logrado reconstruir tu vida después de todo y que sonríes de vez en cuando, puede que hasta la justicia te haya dado la razón, pero eso no logrará calmar la sed. Ay, malditos los que viven de la venganza

Paco Plaza (Verónica) resucita la ley del Talión en las Rías Baixas con Quien a hierro mata, su más reciente pesadilla. Mario (Luis Tosar, Te doy mis ojos) es el jefe de enfermería en una residencia de personas mayores en la zona de Arousa. Su buen hacer y correctas costumbres a la hora de llevar a cabo su trabajo le han valido cierto renombre entre sus compañeras y compañeros, y su cercana paternidad junto a Julia (María Vázquez, Mataharis) le convierten en un daddy con todas las de la ley. Esta plácida existencia se ve trastocada con la llegada al centro de Antonio Padín (Xan Cejudo, intérprete curtido en escena y que falleció a finales del año pasado), el mayor capo de la droga en España.

Esta suerte de Pablo Escobar gallego parece encontrarse en las últimas tras sus últimos achaques de la edad. Una nueva realidad que le ha postrado en una silla de ruedas y le ha obligado a dejar el negocio familiar en manos de sus dos hijos: Toño (Ismael Martínez, Call TV), el híbrido perfecto entre Sonny Crockett y el Bardem de Huevos de oro, y Kike (Enric Auquer, Cites), un pokerillo ready pa’ morir con más lengua que cerebro. Sin comerlo, ni beberlo, Mario se verá inmiscuido en una trama llena de balazos, traiciones y secretos oscuros… aunque puede que el enfermero no esté en medio de toda esta historia de droga y muerte por azar.

Después de dominar el terror patrio con la saga [REC] y Verónica, Paco Plaza aparta lo sobrenatural para abrazar la negra sombra de los narcos en Galicia. Pero no se asusten (o respiren aliviados), con Quien a hierro mata, Plaza da más miedo que nunca. Una vez más, Luis Tosar vuelve a mostrarse inconmensurable. Sería un craso error dejar de aplaudir al intérprete gallego únicamente porque siempre esté bien. Lo que Tosar hace con Mario es una lección magistral de cómo interpretar a un personaje podrido por dentro por las ansias de venganza, sin caer en ningún momento en el histrión. Su perfecto equilibrio entre la contención y las explosiones sádicas le convierten en el máximo rival de Antonio Banderas (Dolor y gloria) de cara a la próxima gala de los Goya.

Pero la película no solo vive del recital de Tosar, sino que son el capo y sus dos hijos los que hacen que el resultado final sea algo excepcional dentro del género. Cejudo logra mostrar a la perfección la frustración del anciano que ve cómo poco a poco la edad le va privando del liderazgo y la independencia que ha disfrutado e impuesto sobre los demás durante décadas. La elección de Martínez y Auquer como los dos hermanos es una de las mejores decisiones de casting de los últimos tiempos. Estos dos actores son dos robaescenas de primera que clavan, no solo el acento gallego (ninguno de ellos lo es, el primero es madrileño y el segundo gerundense), sino los dos arquetipos de basura narco del machito chuleta y el scum patrio, sin caer en el tan temible caricatura o ridículo de los lugares comunes. En especial, esa escena de Auquer ‘cayendo p’arriba’ con Yung Beef de fondo es de las que merecen una lluvia de premios.

Aunque no esté basado en ningún hecho en concreto, el guion escrito a cuatro manos por Jorge Guerricaechevarría (La comunidad) y Juan Galiñanes (Noche ¿de paz?) realiza una fiel radiografía del flujo del narcotráfico en Galicia y el impacto que tuvo (y sigue teniendo) en la sociedad de la zona durante las décadas de los ochenta y noventa. Una (como siempre) excelente Maika Makovski compone una punzante banda sonora muy a lo Mica Levi (‘Under the Skin’) que logra que nos agobiemos y nos metamos aún más en el laberinto de Mario.

Quien a hierro mata es un contundente thriller de venganza en el que Paco Plaza juega con nuestros demonios interiores y nos aterroriza más que en ninguna de sus películas de terror hasta la fecha.

David Lastra

Nota: ★★★★

Muñeco diabólico: Chucky 2.0

Un amigo fiel y tú lo sabes… El tiempo pasará, lo nuestro no morirá… lo vas a ver, es mejor saber… ¡que hay un a-mi-go en míiii! ¡hay un a-mi-gooo en míiii! (dum-dum) ¡Hay un amigo en mí… HASTA EL FINAL.

La vorágine de reboots, remakes y spin-offs en la que nos encontramos ha provocado que curiosamente nuestros juguetes favoritos se encuentren en la cartelera a varias décadas del estreno de sus películas originales. Puede que queramos mucho a Buzz, Woody y compañía, pero en una pelea por el amor nuestro Andy interior nos vamos con el más cabroncete de la panda… y es que Chucky es pa’ siempre. Quizá sea por acojone o no, porque no existe ser viviente nacido en las décadas de los ochenta y noventa que no haya crecido aterrorizado por ese muñecajo. Puede que no hayas visto ni la película de origen, ni mucho menos ninguna de sus seis secuelas, pero seguro que has tenido más de una pesadilla en la que el maldito pelirrojo te perseguía con un cuchillo. Treinta años después del estreno de la cinta original y sin el beneplácito de su creador, Don Mancini, llega a nuestras pantallas la nueva Muñeco diabólico (Child’s Play), remake dirigido por Lars Klevberg (cineasta noruego curtido en el mundo del cortometraje) bajo la enseña de los productores del remake de terror más exitoso de los últimos tiempos, It.

El mundo ha cambiado mucho desde finales de los ochenta, pero lo que no se ha modificado ni un ápice son los esperpénticos sueldos de los trabajadores del sector servicios. Una realidad que lleva a Karen (Aubrey Plaza, Ingrid Goes West) a gañanear una unidad defectuosa del antiguo modelo Buddi para así alegrar a su hijo Andy (Gabriel Bateman, Nunca apagues la luz). Ni que decir tiene que el juguete recién llegado no es otro que Chucky, un asesino en serie despiadado… pero esta realizad cuenta con un giro bastante diferente al original que no desvelaremos. Lo que podría haberse convertido en un remake al uso de la primera entrega de Tom Holland (Noche de miedo), se convierte en una sorprendente comedia perversa y negrísima sobre nuestra era hipertecnológica, repleta de guiños, pero con personalidad propia.

La química existente entre Bateman y la dupla formada por Beatrice Kitsos (proveniente de iZombie y la infravalorada El exorcista) y Ty Consiglio (El Pájaro Loco: La película), así como los gags más burros protagonizados por Marlon Kazadi (Supergirl), hacen que la película se eleve mucho más de lo esperado, recordando en muchos momentos al humor y al ritmo de la cinta de culto británica Attack the Block. El notable nivel de las escenas de los chavales (una divertida pandilla que deja patente que los productores de It están detrás del film), hace que la participación de Aubrey Plaza parezca un poco deslucida, quedando bastante relegada a un segundo plano y dedicándose únicamente a soltar de vez en cuando alguno de sus famosos weird-one-liners que nos llevan enamorando desde los tiempos de Parks and Recreation.

Pero este Muñeco diabólico no vive solo de las risas, sino que la atmósfera general de la película y especialmente las escenas de los crímenes son completamente aterradoras, sabiendo captar a la perfección la absurda casquería de la saga original… y todo gracias a nuestro viejo amigo Chucky. El pavor creado entre el respetable por las primeras imágenes promocionales del muñeco se disipa al instante gracias a la inteligencia de Klevberg y Tyler Burton Smith al saber aprovechar al máximo esa nueva cara extremadamente creepy y expresiva del nuevo muñeco. Todo un acierto esta diferenciación, que distancia a este Chucky 2019 de la copia y lo convierte en un pariente cercano más que digno.

Otro triunfo ha sido la elección de la nueva voz de Chucky. Si vas a cometer el sacrilegio de prescindir de Brad Dourif (la voz del muñeco diabólico en todas las entregas y actor que además hemos podido disfrutar en clásicos como Alguien voló sobre el nido del cuco, la saga de El Señor de los Anillos o Deadwood), hazlo con el mejor, y el mejor no es otro que Mark Hamill. ¿Quién nos iba a decir que el sosaina de Luke Skywalker se iba a convertir en uno de los mejores actores de doblaje de nuestros tiempos? Tras sus icónicos Joker en el universo animado de DC y Skips de ‘Historias corrientes’, Hamill realiza un verdadero recital como Chucky. La decisión de optar por un tono más atolondrado e inocente que el original es bastante arriesgada, pero gracias a la maestría del actor se convierte en una verdadera genialidad y en la mejor baza de la película.

‘Muñeco diabólico’ es una película muy gamberra que actualiza el mito de Chucky de forma ingeniosa y sin tomarse demasiado en serio, invitándonos continuamente a reírnos con ella de sí misma… aunque como siempre que Chucky anda por las proximidades, nos llevemos unos cuántos sustos por el camino.

David Lastra

Nota: ★★★½

La viuda: A Greta le pasa algo

Pensaste que podías entrar en mi vida y trastornarla sin pensar en nadie más que en ti. El dolor que sentía Alex Forrest en su corazón era real, tanto como su trastorno límite de la personalidad y el machismo en los ojos de los espectadores que la conocieron en la gran pantalla a finales de los ochenta. Años en los que Adrian Lyne, Paul Verhoeven y Brian de Palma reinaban en taquilla con sus thrillers eróticos. Unas obras tremendamente excesivas, repletas de giros, más o menos bien escritas y en las que casi todo su interés residía en la maldad e inteligencia de sus mujeres protagonistas. No se confundan, no hablamos de la creación de iconos feministas por parte de unos hombres valientes, sino de una actualización del arquetipo negativo de las brujas. La citada Alex de Atracción fatal no es sino una bruja malvada rompehogares, de igual manera que Catherine Trammell en Instinto básico era una hechicera capaz de encandilar a cualquiera con su juego de piernas. Institucionalizado como un subgénero con todas las de la ley, llegaría el turno de las mucho más bastas Meredith Johnson de Acoso o la Peyton Flanders de La mano que mece la cuna. Con el final de los noventa, David Fincher mataría este tipo de películas con Seven, haciendo que el gran público y la crítica pasase a interesarse por otro tipo de thrillers psicológicos, supuestamente más intrincados.

Llevamos ya casi una década sin Claude Chabrol, Brian De Palma hace mucho que perdió el norte, Adrian Lyne sigue sin salir de su residencia francesa y nadie se atreve a resucitar a las brujas. Si acaso ese bonito homenaje (y dignificación) a esas femme fatales que realizó el propio Fincher con la icónica Amy Dunne en Perdida o de manera tangencial las diabólicas protagonistas de Purasangre. Todo eso ha cambiado radicalmente con el estreno de La viuda (Greta). ¿Quién ha sido el osado de invocar a las brujas? Otro mastodonte de los noventa, el oscarizado Neil Jordan (Juego de lágrimas). El mismo que hace unos cuantos años nos trajo la bonita e infravalorada Byzantium y otros tantos más obsesionó a toda una generación con los chupasangres en la homoerótica Entrevista con el vampiro.

Frances (Chloë Grace Moretz) no es una chica de ciudad. Puede que viva en pleno Manhattan con una amiga extremadamente cool, pero sus costumbres son provincianas. Se disculpa, sonríe a los desconocidos y seguro que hasta saluda en su portal. Por lo que no debería extrañarnos que cuando se encuentra con un bolso en el metro, ella haga todo lo posible por devolvérselo a su dueña. Esa es Greta (Isabelle Huppert), una frágil mujer que vive en una casita de cuento a unas cuantas manzanas de Frances. Su marido hace años que murió y su hija está cursando sus estudios en París. Como buena pueblerina, Frances confiará en la bondad de los desconocidos y se convertirán en mejores amigas. De primeras, la viuda parece un interesante y estiloso modelo de conducta para la joven, pero a Greta le pasa algo.

La viuda sigue el canon noventero de esos thrillers de brujas malvadas, pero aparcando la alta carga erótica y omitiendo de manera radical e inteligente el rol de víctima justiciera del macho que proyectaban esos filmes. Realmente, la presencia de personajes masculinos queda casi reducida a un par de escenas del chico Jordan por excelencia, Stephen Rea (Juego de lágrimas). Greta y Frances son las dueñas absolutas de La viuda. Chloë Grace Moretz (Kick-Ass) vuelve a encadenar otra notable interpretación tras La (des)educación de Cameron Post y su robaescenas de Suspiria, confirmando que cuanto más arriesga en sus proyectos, mejores son sus resultados. Regla que se cumple a la perfección también con Maika Monroe (It Follows), que interpreta a la muy neoyorquina compañera de piso de Frances.

Caso aparte es el de Isabelle Huppert. Su Greta entra por la puerta grande al olimpo de esas malvadas brujas noventeras y se convierte en otra superheroína dentro del Universo Cinematográfico Huppert. Esta malvada bruja de la casita de jengibre es la prima lejana de su Erika Kohut de La pianista, o posiblemente el tipo de mujer en la que terminó convirtiéndose su Michèle de Elle, o como si su Helene de Mi madre se dejase de incestos o su Augustine de 8 mujeres se quedase sin tabaco.

En La viuda, Huppert no se corta (bueno, literalmente un poquito) y se entrega completamente al carácter extremo de su personaje. No hay tiempo para medias tintas en la cinta de Jordan. Ni rastro de la contención de la que hace gala en sus personajes para Michael Haneke, ni mucho menos de las buenas obras de los seres de luz que ha creado junto a Mia Hansen-Løve o Claire Denis. En La viuda, Isabelle va a tope. Es un verdadero placer ver a Huppert perseguir por las calles a Maika Monroe (fantástico guiño a la legendaria It Follows) o cómo le hierve el conejo a Chloë Grace Moretz en la desquiciante escena del restaurante. Este tipo de decisión interpretativa podría haber destrozado el film, pero con Huppert al mando, no hace sino engrandecerlo y hacer que La viuda no se pierda en la tan común desmemoria cinematográfica.

La viuda es un brillante, divertidísimo y autoparódico ejercicio cinematográfico de huppertxploitation sin ningún tipo de complejos, ni complicaciones. Una joya para amantes de la Huppert más Huppert.

David Lastra

Nota: ★★★★½

Detective Pikachu: El sueño hecho realidad de los fans de Pokémon

El año 1999 está considerado como una de las mejores cosechas cinematográficas de los últimos tiempos. Un ejercicio en el que títulos como Magnolia, MatrixAmerican BeautyEyes Wide Shut, El club de la lucha o South Park. Más grande, más largo y sin cortes nos emocionaron y sorprendieron. El mismo 1999 en que llegaron a nuestras manos los debuts de Britney y Xtina, la llegada del Euro, el nacimiento de Amaia (la buena), nuestra primera cita con Jar Jar Binks y el miedo temible efecto 2000. Pero otro acontecimiento marcó nuestras vidas a finales de ese 1999: la llegada, por fin, de Pokémon a España. Aunque esos bichos ya llevaban campando a sus anchas por Japón desde 1996, a nosotros nos tocó esperar tres años. Pokémon Edición Roja, Pokémon Edición Azul. Dos colores para relatar el mismo viaje iniciático de Ash desde Pueblo Paleta a ser el mejor (y más ético) entrenador Pokémon de la historia.

La pokéleyenda llegada del Lejano Oriente era increíble… y bastante polémica. Menos mal que las críticas de ultraviolencia y el miedo a ataques epilépticos (¿quién no se acuerda de esos cienes de chavales japoneses que fueron hospitalizados después de ver un capítulo, incidente que llegó a parodiarse en Los Simpson?) se fueron disipando y dejaron vía libre a que la epidemia se expandiese por España. Pokémon no era solo un éxito de ventas en videojuegos, sino que cambió nuestro estilo de vida. No había ni un solo niño o niña que no merendase viendo la serie de animación, o que no se supiese los nombres (en su orden, claro está) de los 151 animalejos. Todo el mundo tenía su favorito. En mi caso, Slowpoke, por afinidad intelectual. Los ríos de España no, pero las evoluciones de Eevee al dedillo.

En 1999, Pokémon no te convertía en un niño rata, sino que enriquecía tu infancia de la misma manera que los libros Barco de Vapor lo habían estado haciendo hasta ese momento. Veinte años después, el mito sigue tan vigente como el primer día. Cada lanzamiento relacionado con la franquicia es visto como un acontecimiento (¿Hace falta que recordemos la locura que supuso Pokémon Go?). Las convenciones se suceden y las ventas por merchandising son imparables. No obstante, podemos considerar a Pikachu como el segundo ratón más importante de la cultura popular, justo entre Mickey y Pérez. No es de extrañar que Pokémon: Detective Pikachu, la esperadísima adaptación en clave live-action de uno de los últimos videojuegos de la factoría se haya convertido en uno de los acontecimientos cinematográficos de esta primera mitad del año.

Tim Goodman es un buen chico, solitario, pero bueno. Lo dice su apellido y sus buenas obras. Trabaja como perito desde hace años, cuida de su abuela y no ha sido capaz de encontrar a su alma gemela… y por alma gemela no hablamos de novio o novia, sino de un Pokémon con el que compartir su andadura vital. Un trágico acontecimiento le llevará a Ryme City, ciudad en la que Pokémon y humanos trabajan mano a mano por un futuro mejor. En esa urbe se encontrará con una criatura rubia fatal que le obligará a salir de su zona de confort y a patearse los barrios bajos de la ciudad en busca de respuestas. Ese sensual gentleman no es otro que un Pikachu, pero no uno cualquiera, sino el antiguo compañero del padre de Tim. Todo un Pikachu detective. He aquí el origen de las trepidantes aventuras de una extraña pareja al más puro estilo Lemmon-Matthau. Uno está de vuelta de todo y es un adicto a la cafeína (Pikachu) y el otro intenta aportar sensatez y buen corazón (Tim) a la locura de su compañero. Ningún ataque tipo Planta o Dragón es capaz de domar a este ratón eléctrico.

Pokémon: Detective Pikachu es una notable recreación de una investigación policíaca de vieja escuela, pero con Pokémon de por medio. Las desventuras del pintoresco tándem formado por Goodman y Pikachu responden a los mismos parámetros de las cintas de Humphrey Bogart, pero sustituyendo el humo del tabaco y los contrabandos en puertos pesqueros por unos misteriosos polvos que asalvajan a los Pokémon y que hacen que Tim pueda comunicarse perfectamente con Pikachu. La química entre ambos personajes es envidiable. Justice Smith (Jurassic World: El reino caído y chico Luhrmann en la fallida The Get Down) es el corazón de la película y refleja a la perfección la usual inocencia y tenacidad del buen chico protagonista de este tipo de películas. Pero el verdadero robaescenas de Pokémon: Detective Pikachu no es otro que el mismísimo Pikachu. La animación y el diseño de personaje es completamente encomiable. Todo un prodigio que se ve amplificado por el estupendo trabajo de doblaje del mismísimo Ryan Reynolds, que, a pesar de llevar al personaje a terreno Deadpool (versión para todos los públicos), logra captar la esencia psicótica y adorable del personaje dotándole de una personalidad propia.

Pero más allá de cierta predictibilidad en los giros y algún que otro momento engorroso en la trama, Pokémon: Detective Pikachu es una verdadera delicatessen visual y todo un orgasmo para los fans de la franquicia. Ningún fan debería extrañarse si dos lagrimones surcan sus pómulos al ver los primeros Pokémon en pantalla. Resulta impresionante ver sus movimientos y la integración de la mayor parte de los mismos en el espacio. Aunque alguna que otra ausencia nos cabree (¡¿dónde está Slowpoke?!) y algún que otro icónico personaje quede difuminado (Snorlax merecía su propia escena), para la posteridad siempre quedará el divertidísimo interrogatorio a Mr. Mime, el drama de Cubone, los exabruptos de la Ludicolo, los preciosos Bulbasaur o ese Psyduck que merece un spin-off dirigido por Michael Haneke.

Con esta película, Rob Letterman sigue su redención comenzada con Pesadillas y en unos proyectos más hará que nos olvidemos de una vez por todas de El espantatiburones, posiblemente una de las peores experiencias que he vivido en una sala de cine, y que curiosamente, también era un acercamiento infantil al género noir. Destacable resulta la música del pluriempleado Henry Jackman, con ecos más que patentes de las composiciones de Joe Hisaishi para las cintas de Studio Ghibli, pero igualmente apropiada y disfrutable.

Pika-Pika. Déjate llevar por la cantinela. Hay que reiterar que Detective Pikachu es una película principalmente para niños y fans de Pokémon (que se volverán locos identificando a las especies que aparecen en cada plano), pero aun así, es un producto familiar bastante digno, funciona perfectamente como introducción a su universo y tiene alicientes de sobra (acción espectacular, buen sentido del humor, los one-liners de Reynolds) para los espectadores más casuales. Es imposible no caer rendido ante el Pikachu detective… ahora a esperar que esto no sea flor de un día y se convierta en toda una saga cinematográfica con diferentes aventuras por Johto, Hoenn, Sinnoh… y muchos Slowpokes.

David Lastra

Nota: ★★★½

Aniquilación: Destrucción creativa

El mundo se va a la mierda. No lo digo yo, lo dicen los científicos, los grandes pensadores y hasta alguna estrella de pop en su Instagram. No es ser catastrofista, es la pura realidad. Cada día comprobamos en nuestras carnes los efectos del calentamiento global. Vemos en las noticias cómo los casquetes polares se deshielan, la extinción irreversible de especies animales, sequías extremas, olas de frío polar… Pero no seamos agoreros, ¿y si esto no es el final, sino el principio de una nueva era? Ni mejor, ni peor, simplemente diferente. Esto es el Área X, el campo de juego de Aniquilación (Annihilation), la última película de Alex Garland (Ex_Machina).

Tras volarnos la mente con la inquietante y perfecta pieza de orfebrería fílmica que es Ex_Machina, Alex Garland vuelve por todo lo alto con otra sesuda cinta sci-fi con la que vuelve a poner nuestra existencia patas arriba. Una psicóloga (Jennifer Jason Leigh, eXistenZ) comanda una investigación científica al citado Área X. Su cuerpo de expedición está formado por cuatro especialistas de diferentes ramas: una bióloga (Natalie Portman, Jackie), una física (Tessa Thompson, Sorry To Bother You), una paramédica (Gina Rodriguez, Jane the Virgin) y una topógrafa (Tuva Novotny, Borg McEnroe. La película).

Ellas no son las primeras en adentrarse en esta misteriosa región, sino la duodécima patrulla. ¿Qué ocurre en el Área X para que nadie pueda entrar y salir de esa zona sin supervisión? Según los informes clasificados a los que hemos podido acceder destrangis, desde el momento en que cruzas la iridiscente atmósfera de la zona, todos tus conocimientos no valen para nada. Las leyes de la naturaleza pierden su carácter absoluto y se comban y rompen a su antojo. Nada es lo que parece, ni los animales, ni las plantas que nos rodean, realmente, ni nosotros mismos lo somos. Menos mal que lo que pasa en el Área X, se queda en el Área X. Sino que se lo digan al único superviviente de la anterior expedición, interpretado por Oscar Isaac, que repite con Garland tras deslumbrarnos como domador de ginoides en Ex_Machina.

Basándose libremente en la novela homónima de Jeff VanderMeer, Garland logra construir una intrincada y aséptica pesadilla de ciencia ficción en la que nada es lo que parece y ante la que el espectador no puede hacer otra cosa que dejarse llevar. Al igual que las cinco mujeres protagonistas al entrar en el Área X, Aniquilación nos embriaga y nos atrapa. Nos inquieta y nos aterroriza (la escena del oso ya forma parte de los momentos más terroríficos del cine moderno). Nos deja sin aire y nos fascina. El lento tempo del film, magistralmente marcado por la composición musical de Geoff Barrow (un tercio de Portishead) y Ben Salisbury (co-compositor junto a Barrow de la banda sonora de Ex_Machina y del episodio Men Against Fire de Black Mirror, entre otros trabajos), destroza por igual nuestro cuerpo y mente, haciendo que trascendamos de nuestra existencia terrenal y alcancemos algo… No sabemos el qué, pero algo diferente y novedoso. Una transformación reminiscente en sus compases finales a la hermosa Under the Skin. Una sensación parecida al sentido amor infinito de La fuente de la vida de Darren Aronofsky, pero mucho más amenazador y peligroso, extremadamente seductor y carnal.

Aniquilación es un cambio radical. El comienzo del fin o el fin del comienzo de la humanidad. Todo un hito en la nueva ola del cine fantástico y otro triunfo más para Alex Garland.

David Lastra

Aniquilación ya está a la venta en España en formato Blu-Ray y DVD, editada por Universal Pictures Home Entertainment. El Blu-Ray incluye los siguientes contenidos adicionales: Southern Reach: ‘Refracciones’ y ‘A los que vengan después’; Área X: ‘Resplandor’ y ‘Desaparecidas en el caos’; Hacia el faro: ‘Mente insondable’ y ‘La última fase’.

Crítica: Lo dejo cuando quiera

La crisis mató a la clase media. La precariedad laboral ha reventado de una vez por todas la estratificación social española, provocando que la brecha entre los ricos y los pobres sea abismal. No tan jóvenes, aunque sobradamente preparados, los protagonistas de Lo dejo cuando quiera han visto cómo sus sueños de licenciados han sido truncados completamente por la crisis.

Arturo (el chanante Ernesto Sevilla, La que se avecina) se dedica a dar clases particulares a millennials pasotas, Eligio (Carlos Santos, El hombre de las mil caras) vive con sus padres y está enchufado en una gasolinera, porque las Letras ya no importan a nadie. El único que ha podido colocarse en una facultad ha sido Pedro (David Verdaguer, Estiu 1993), aunque sus condiciones laborales, tanto económicas como académicas, son nefastas. Carlos Therón (Mira lo que has hecho) sigue ahondando en su gamberrismo habitual con Lo dejo cuando quiera, una comedia perfecta para todos aquellos que sufrimos el final de mes cada vez más a primeros.

Ante esa realidad de sueldos ínfimos e inestabilidad perpetua, los tres amigos deciden cortar con todo (¿o ha sido el mundo el que ha cortado con ellos?) y pasarse al lado oscuro: ellos pasarán de ser profesores a traficantes de drogas. Una pastilla experimental de Pedro podría convertirles en los verdaderos dueños y señores de la noche y hacer que naden en billes… pero ellos no dejan de ser unos pringados y no tendrán otra opción que aliarse con Tacho (Ernesto Alterio, Los años bárbaros), una suerte de Pocholo que lleva una eternidad reinando en los bajos fondos.

Aunque basada en un taquillazo italiano, Lo dejo cuando quiera sigue al pie de la letra el canon de las bro movies estadounidenses de Todd Philips (la saga Resacón en Las Vegas) o Seth Rogen (Juerga hasta el fin), pero sin perder en ningún momento esa identidad semicuñada y casposa patria, unos rasgos autoparódicos que provocan alguno de los mejores gags cómicos de la película. Aunque los trabajos de Sevilla y Fuentes sean bastante buenos y graciosos, David Verdaguer se impone claramente con un notable trabajo interpretativo no muy común en este tipo de comedias. El actor catalán vuelve a demostrar que no solo sabe construir y dar dimensión a un personaje, sino que es un verdadero todoterreno, capaz de clavarla tanto en dramas (sus trabajos con Carlos Marques-Marcet o su Goya por Estiu 1993) como en comedias (su papel en No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas era lo único salvable del film). Pero no solo de bros vive Lo dejo cuando quiera, las televisivas Miren Ibarguren (Arde Madrid) y Cristina Castaño (Sin rodeos) son las verdaderas robaescenas de la película, especialmente Ibarguren y su brutal sinceridad como titulada en Derecho y compañera de turno de Eligio en la gasolinera.

Aunque no invente la pólvora, Lo dejo cuando quiera sube con creces el listón de la nueva comedia española gracias al trabajo del citado Verdaguer y a la ausencia de cortapisas a la hora de desbarrar con sus chistes.

David Lastra

Nota: ★★★

Dolor y gloria: Autorretrato como un hombre ahogado

Autoficción. Muchas palabras nos vienen a la cabeza cuando pensamos en el cine de Pedro Almodóvar, pero ninguna llega a ser tan certera como esa a la hora de definirlo. El manchego lleva surcando (y distorsionando) entre los límites del relato personal y la ficción desde sus primeros trabajos cinematográficos. En mayor o menor medida, sus vivencias personales se han visto reflejadas en los actos y el porvenir de gran parte de sus protagonistas. Especialmente destacables son la infancia en un internado católico de Enrique Goded en La mala educación o el desamor a tres bandas de Pablo Quintero en La ley del deseo. A esos dos directores ficticios almodovarianos se les une ahora el caso de Salvador Mallo, el centro de Dolor y gloria.

Con motivo del trigésimo aniversario de su estreno, la Filmoteca Española ha restaurado una copia de ‘Sabor’. Si bien está considerada como una de las obras menores dentro de la obra de Salvador Mallo (Antonio Banderas, chico Almodóvar por excelencia), el film ha envejecido bastante bien, mucho mejor que el hombre que lo firma. Acribillado por las dolencias físicas y del alma y bastante cansado de la vida, Mallo ve en esa reposición la última oportunidad para cerrar uno de los capítulos abiertos de su pasado que más le siguen reconcomiendo: su rifirrafe con Alberto Crespo (Asier Etxeandia, La novia) durante el rodaje de la película de marras y que provocó un distanciamiento entre ambos que se ha extendido hasta la actualidad. El cineasta lo tiene decidido, invitará al actor al coloquio organizado por la Filmoteca y allí cerrarán de una vez por todas el maldito beef.

Pero Dolor y gloria no vive solo de la relación entre el director y su musa. Ese es uno de los muchos reencuentros que Mallo lleva a cabo durante su autoimpuesta etapa crepuscular. Autoimpuesta porque no se está muriendo más de lo normal en un ser humano, ni se plantea suicidarse y acabar con todo, pero él sufre. En la duermevela de sus noches de insomnio, Salvador rememora sus años mozos, cuando vivía con su madre (Penélope Cruz, Volver) y su padre (Raúl Arévalo, La isla mínima) en Paterna. Las canciones de su madre, las friegas, las sesiones del coro, los demonios de la carne en forma de albañil (César Vicente, La otra mirada), los pequeños gestos… El glorioso cineasta vuelve la mirada a su pasado para encontrar el sentido a su doloroso presente. Un juego peligroso, porque todo el mundo sabe que cuando se invoca al pasado, los fantasmas del amor, el desamor y la pérdida no pierden ni un segundo en hacer acto de presencia.

‘Dolor y gloria’ es el compendio de reencuentros, actuales y rememorados, de un hombre obsesionado por la pérdida. Almodóvar realiza su 8 ½ autorreferenciándose más que nunca, convirtiendo a Salvador en su Guido y a Banderas en Marcello. Tanto que, en algunos momentos, el malagueño aparca su comedida interpretación para abrazar la más pura imitación en alguna de las escenas, clavando el acento y el característico ritmo conversacional atropellado del manchego. Dichos momentos son una de las pocas explosiones cómicas del film, pero esa extrema referencialidad llega a actuar como un arma de doble filo, funcionando a la perfección como chanza pero dañando la propia entidad de Mallo como personaje dentro de la película.

En esta su vigésimo primera película, Almodóvar ratifica su condición de amo y señor del melodrama europeo. Pocos cineastas son capaces de exponer temas tan emocionalmente extremos como el deterioro físico y emocional de un ser humano y no caer en ningún tipo de sentimentalismos, pero ninguno es capaz de emular su maestría a la hora de conjugar mil y un giros y algún que otro deux ex machina y no caer en el ridículo. ‘Dolor y gloria’ es el paradigma del realismo almodovariano. En base a casualidades y azares, el cineasta construye una fragmentada historia donde los saltos en el tiempo y las diferentes pantallas se suceden sin confundir al espectador gracias a su impecable estilo de dirección. Puede que el guion no sea tan compacto e interesante como el de Todo sobre mi madre o Hable con ella o incluso el de la irregular Los abrazos rotos, pero el libreto de Dolor y gloria logra mantener la atención del espectador sin fisuras durante la totalidad del metraje, algo que no había conseguido en sus últimas obras.

Junto a Banderas destaca la labor de Penélope Cruz en su sexta colaboración con Almodóvar. Aunque vuelve a ser en un papel reducido, ese regalo de Dios al manchego y al cine realiza una portentosa interpretación como la idílica madre de Salvador. Otra nueva madre coraje y otra lección actoral para la colección de Cruz. Igualmente destacable se encuentra Julieta Serrano (Cuando vuelvas a mi lado) como esa misma mujer décadas después, mucho más quebrada pero igual de preocupada por la incipiente depresión de su vástago. La icónica Lucía de Mujeres al borde de un ataque de nervios no participaba en un film de Almodóvar desde los tiempos de Átame. Esperemos que este buen resultado sirva como primera de muchas. Como es habitual, mil y un rostros conocidos, tanto propios del universo Almodóvar como Cecilia Roth (Todos sobre mi madre) o Susi Sánchez (La enfermedad del domingo) o ajenos Leonardo Sbaraglia (Intacto), Nora Navas (Pa negre) o Rosalía, creadora de El mal querer y causante del ‘Rosalía, guapa, que soy Pedro’ que espetó el director desde un balcón. Pero el gran rostro conocido que merece una mención especial no es otro que Alberto Iglesias. El más laureado compositor de la historia del cine español y habitual de Almodóvar desde La flor de mi secreto, ha creado una preciosa y sutil partitura en la que logra sonar plenamente almodovariano, pero sin caer en la complacencia o en la autorreferencialidad, lo cual en su caso hubiese sido un terrible error.

Dolor y gloria es el epítome de la obra melodramática almodovariana, tanto la que nos ha mostrado en la gran pantalla a través de sus personajes como su propia existencia vital. Si es que hay alguna diferencia… ¡Es todo tan meta!

David Lastra

Nota: ★★★½

White Boy Rick: Ascenso y caída en Detroit

Richard Wershe Jr. es un chico listo. Aunque todavía vaya a la escuela, él ya está más que licenciado en la universidad de la vida. Como buen quinqui de Detroit, él sabe dónde encontrar ‘lo bueno’, cómo moverse en una discoteca y hacer que cualquier chica caiga rendida a sus pies. Su maestro ha sido su padre, el mismísimo Richard Wershe Sr. Pobre diablo al que su mujer abandonó, cambullonero profesional especializado en la compra de armas y su posterior reventa a precios exorbitantes a pequeñas bandas organizadas de traficantes y demás delincuentes de tres al cuarto.

Recientemente, el bueno de Rick se ha doctorado en las malas artes gracias a algún trabajillo que otro que hace para los Curry, una de las muchas familias de Detroit que se encargan al innoble arte del tráfico de drogas. Con ellos llega la diversión desenfrenada, las chicas en cada puerto, la pasta a espuertas, los viajes a Las Vegas… A sus catorce años, Rick puede decir con todas las de la ley que el mundo es suyo. Lo malo es que el sueño le dura lo que tarda en cruzarse un coche con dos agentes de FBI en su camino. White Boy Rick retrata el increíble ascenso de un chico del montón a camello de primera, que verá cómo su existencia cambia radicalmente cuando debe elegir entre ser informante del FBI o ver cómo su padre pasa unos cuantos años en la trena.

White Boy Dick es el regreso a la gran pantalla de Yann Demange tras la certera ‘71. En esta ocasión, el realizador británico peca de demasiada rigidez a la hora de recoger la curiosa historia real de Richard Wershe Jr., el informante del FBI más joven de la historia. Para una historia de este tipo, se hubiese agradecido algún tipo de riesgos en su dirección, guion y montaje, y no tanta frialdad. Igualmente, la factura de White Boy Rick no logra ser todo lo sórdida y sucia que debería ser estando ambientada en los bajos fondos de los suburbios de una ciudad tan herida como Detroit en los años ochenta. Esa extrema gelidez, unida a una cierta incapacidad por parte de los autores del film de no saber dejar claras las intenciones del propio film hacen que White Boy Rick no logre entrar en la primera división de clásicos con los que comparte cierto aroma o temática, como El precio del poder, Uno de los nuestros o Boogie Nights. La buena noticia es que toda esa frialdad de Demange se ve compensada con creces con un solvente reparto y un notable acompañamiento musical compuesto por el omnipresente Max Richter (El congreso).

El novel Richie Merritt da vida al Rick del título. El blanquito que tiene que elegir entre ser fiel a sus principios o salvar a los suyos. Su trabajo interpretativo es bastante loable teniendo en cuenta que este es su debut en la gran pantalla y que el mayor peso del film recae sobre sus hombros. Especialmente destacables son sus duelos padre-hijo con Matthew McConaughey (Dallas Buyers Club). Pero si alguien destaca dentro del reparto de White Boy Rick, esos son Bruce Dern (Nebraska) y, especialmente, Bel Powley (The Diary of a Teenage Girl). Aunque fugaces, los exabruptos de Dern hacen que queramos saber más de la relación de Rick y el patriarca de la familia, aunque realmente es bastante probable que no haya nada más y que Rick pase completamente del gruñón de su abuelo. Por su parte, la interpretación de Powley como basura blanca enganchada a la droga es completamente encomiable. Sus pequeños momentos con Rick en los que los dos vuelven a comportarse como dos chicos de su edad real son lo mejor de la película.

White Boy Rick comete el crimen de ser demasiado conservadora para una historia tan rebelde como la de Richard Wershe Jr. Aunque menos mal que tiene buenos contactos dentro y fuera del talego.

David Lastra

Nota: ★★★

High Life: Interior de una nave espacial a la deriva

En el espacio hay un astronauta solo flotando. Aquí en la Tierra, la señal que manda se va apagando. En los albores del fin del mundo, Claire Denis (Una mujer en África) decide enviar a Robert Pattinson (Cosmopolis) al espacio exterior en misión suicida para salvar el futuro de la humanidad. ¡Que no cunda el pánico! Denis no ha dado el salto al blockbuster sci-fi tradicional hollywoodiense, ni mucho menos el otrora Edward Cullen ha roto su intachable expediente cinematográfico post-Crepúsculo. High Life es todo lo marciana que puedes esperar de una cinta de la realizadora francesa ambientada en las estrellas.

Ante la posibilidad de pasar el resto de tu existencia enterrado de por vida entre los muros de una prisión, el ofrecimiento de un viaje por las galaxias es una propuesta que difícilmente rechazable. High Life recoge la accidentada travesía de uno de esos grupos de delincuentes que aceptan conmutar su condena vitalicia en suelo terrestre por una muerte infinita en el vacío. Algunos lo hacen por limpiar el nombre de su familia, otros por simple inercia y unos cuantos porque simplemente son unos puros psicópatas sin nada mejor que hacer. Su objetivo principal es llegar hasta un inmenso agujero negro e intentar descubrir nuevas formas de energía que salven a la humanidad del gran apagón energético final. A su vez, estos ‘héroes’ son utilizados como cobayas para una serie de experimentos de inseminación artificial de la mano de una inquietante doctora (Juliette Binoche, que ya trabajó con Denis en Un sol interior), a la que el juramento hipocrático le chupa un pie.

La distopía presentada en High Life arrasa de una vez por todas con el vacuo halo esperanzador de las últimas cintas de ciencia ficción que han tratado la posibilidad de la extinción de la raza humana en estos años como fueron Interstellar o Marte. En la nave de Monte (Pattinson) y compañía, no hay lugar para ningún deus ex machina que valga. Denis expone a sus personajes ante la mirada del abismo y estos se la devuelven con desdén como buenos millennials que son. Ellos saben que nada es para siempre y que da igual. Millones de recuerdos se borrarán, cientos de sueños se perderán. Nada tiene mucho sentido cuando viajas a la velocidad de la luz y tu raza se puede haber extinguido años ha. Es esa desesperanzadora forma de comportarse (tan buen reflejo de nuestro zeitgeist) lo que hace que esta aventura espacial pueda compartir línea temporal con otros hechos cinematográficos como las expediciones científicas al Área X de Aniquilación de Alex Garland, al de las temibles epidemias de Mala sangre de Léos Carax o Hijos de los hombres de Alfonso Cuarón, o incluso al de la polémica ley S-14 de Mommy de Xavier Dolan.

Una vez más, Robert Pattinson vuelve a demostrar con creces su valía interpretativa, si es que todavía quedaban bocas por callar tras sus trabajos con David Cronenberg (Maps to the Stars y en la citada Cosmopolis, donde compartía plano con Binoche), James Gray (Z. La ciudad perdida) o los hermanos Safdie (Good Time). Él es Monte, uno de los miembros más equilibrados de la tripulación, una suerte de monje de la generación Y, más preocupado en el cultivo de su huerta y en el buen funcionamiento de la máquina que en sus propios semejantes. Una situación que cambia radicalmente con la llegada de un nuevo pasajero. Esta nueva realidad le hará replantearse su existencia, negar el infinito e intentar mantener las cosas como están. Cueste lo que cueste. Aunque Monte mantenga una postura pasota, cuasi virginal ante el ambiente de represión sexual que atenaza a sus compañeros y compañeras de nave, la carga erótica de su personaje es completamente insostenible. Tanto que como espectador hubiese hecho buen uso del folladero de la nave con sumo gusto en numerosas escenas del film. Ese fuck room es la joya escondida de High Life. Una misteriosa habitación donde los pasajeros dan rienda suelta a su onanismo sin ningún tipo de cortapisas. Es en ese orgasmatrón evolucionado donde ocurre una de las mejores escenas de la película, en la que una muy vaquera Juliette Binoche canaliza su Pagan Poetry interior.

High Life es un sesudo discernimiento sobre el devenir del ser humano, tanto presente como futuro, con una altísima carga poética y erótica. Para esta su primera odisea espacial, Claire Denis decide huir del realismo aséptico del Stanley Kubrick de 2001: una odisea del espacio y abraza de lleno la poesía del Solaris de Andréi Tarkovsky. La filosofía del maestro ruso es el máximo referente de la francesa tanto para sus increíbles diseños del interior de la nave, los trajes de los astronautas y el arrojo de cambiar las leyes naturales del espacio para así lograr escenas extremadamente bellas.

David Lastra

Nota: ★★★★½

Crítica: The Old Man & the Gun

¡Estás hecho un roberrefor! Paradigma de la belleza masculina durante los años sesenta, setenta y ochenta; ejemplo de aceptación de la arruga con la llegada del siglo XXI. Robert Redford es uno de los últimos nombres del Olimpo que siguen entre nosotros. Pocos cabezas de cartel de ese Hollywood tan añorado siguen en pie, tales como la inmortal Jane Fonda con su Grace and Frankie junto a Lily Tomlin, un talludito Clint Eastwood más centrado en la dirección que en la interpretación, un felizmente resucitado (y premiado) Michael Douglas con El método Kominsky… Todos nos vamos haciendo mayores, incluso el siempre guapo Harrison Ford, cuyo sex appeal no se resiente lo más mínimo por el paso de los años, sino que va evolucionando.

La suerte de estar vivo conlleva la maldición de ver cómo todos y cada uno de esos amigos y amigas del celuloide nos van abandonando. Ya sea por defunción, enfermedades neurodegenerativas o simplemente porque prefieren parar. Esa última ha sido la decisión por la que ha optado nuestro rubiales favorito. Han sido muchos años a la carrera y el bueno de Sundance Kid ha decidido entregar las armas de una vez por todas y retirarse. Aunque es completamente consciente de que este adiós no es para siempre, ya que siempre podremos volver a perdernos en su infinita mirada en Descalzos por el parque o Dos hombres y un destino, Redford ha tenido el gran detalle de despedirse de nosotros en el mismo lugar donde nos conocimos: la gran pantalla. The Old Man & the Gun es la emotiva nota que nuestro buen amigo Robert nos deja como despedida.

Esta esta es la historia real de Forrest Tucker (Redford). Bueno, tan real como lo puede ser una historia tan inverosímil como la de este pícaro cuasi octogenario. Ladrón de bancos vocacional y preso fugado profesional. Acompañado de sus fieles Teddy (Danny Glover, Arma letal) y Waller (el cantante Tom Waits, Drácula de Bram Stoker), se dedica a limpiar las arcas de pequeñas sucursales bancarias a lo largo de Estados Unidos. Un implacable atracador que se ha labrado una reputación de leyenda, no solo por su porcentaje de éxito, sino por sus exquisitas maneras a la hora de realizar los atracos. ¿Quién necesita un butrón o una toma de rehenes cuando se tiene educación? También hay que añadir que el que tuvo, retuvo y Robert Redford sigue irradiando su condición de roberrefor. Puede que haya vuelto a encontrar el amor en los brazos de Jewel (Sissy Spacek, Carrie), pero nada es comparable a ese subidón de adrenalina que siente cuando sale de un banco con su suculento botín. Forrest Tucker es un adicto a esa sensación y por eso se ha tirado media vida en la cárcel o cometiendo delitos por los que volverá a estar entre rejas.

El encargado de orquestar este retorno al crimen de Robert Redford no es otro que David Lowery. El director de A Ghost Story y Redford ya coincidieron hace unos años en la preciosa e infravalorada Peter y el dragón, remake en clave folk del clásico de Disney Peter y el dragón Elliot. El buen ambiente que destila ese film y la maestría demostrada por Lowery a la hora de plasmar emociones profundas en pantalla son dos características que le convertían a priori en la opción perfecta, y el realizador de En un lugar sin ley no decepciona. The Old Man & the Gun es una cinta extremadamente emotiva y simpática, a la altura de las circunstancias. El gran triunfo de Lowery es haber sabido conseguir que la película emocione independientemente a su naturaleza de despedida fílmica de Redford. Sabiendo enriquecerse de esa realidad, pero no amparándose únicamente en ella. Esa honestidad a la hora de narrar hace que el propio espectador sea el que se rompa al recordar que el adiós de Redford es real. De ahí que ese guiño o media sonrisa, tan característicos del de Santa Monica, que nos dedica casi rompiendo la cuarta pared hagan que que las lágrimas terminen por brotar por sí solas.

Pero el gran culpable de todas esas emociones encontradas es el propio Robert Redford. Cual buen zorro, ha sabido guardarse un papel de esos que se quedan en la memoria del espectador para siempre. Su Forrest Tucker es toda una perita en dulce para un actor famoso por dar vida a jetas con el corazón de oro. Este yayo aguantaría unas cuantas manos a Johnny Hooker sin despeinarse, intercambiaría chascarrillos de forajido con Sundance Kid e intentaría infructuosamente levantarle la mujer a Paul Bratter. Con The Old Man & the Gun, Robert Redford añade el último bribón entrañable de su colección. Un personaje a priori encantador, con el que logra la empatía del espectador, aunque su comportamiento y filosofía vital para con los demás sea completamente atroz. La última gran muestra del tremendo magnetismo de Redford en pantalla.

The Old Man & the Gun es un abrazo cálido de despedida de uno de los mejores amigos cinematográficos que hemos tenido y tendremos. Un hasta siempre que nos hace llorar con una sonrisa en la boca. Nunca te olvidaremos, Robert. Gracias por tanto.

David Lastra

Nota: ★★★★

La favorita: Nido de víboras

Ana y Sarah son BFFs. Llevan siendo amigas desde hace ya unos cuantos años y se compenetran a la perfección. S es la única persona capaz de apaciguar los arrebatos coléricos de A y S el único amor puro (y algo sexual) que ha sentido A en toda su vida. Puede que haya cierta sumisión por parte de S hacia A, pero ambas disfrutan y sacan partido de ese rollo Ama-Sirviente que tienen entre ellas. Tanto que en ocasiones cambian los roles y S se convierte en la Ama y viceversa, hasta que A se cansa de todo, pega un par de gritos y hace lo que le viene en gana. S es la persona de confianza, la única en la que puede apoyarse en ese nido de víboras en que viven las dos. Mrs. Morley y Mrs. Freeman, así se llama la una a la otra. Ellas son para siempre y eso no va a cambiar nunca… o puede que sí. Yorgos Lanthimos, creador de pesadillas como Canino o El sacrificio de un ciervo sagrado, da un pequeño salto en el tiempo para volver a golpear nuestras consciencias con La favorita, su nuevo comecocos de época con Olivia Colman, Rachel Weisz y Emma Stone.

En los albores del siglo XVIII, la situación política europea existente convierte los tejemanejes de Poniente en un mero juego de niños. Borbónicos y austracistas pelean por la Corona Española y tanto Francia como la pérfida Albión tercian para sacar tajada. ¿Qué pintan dos amigas como A y S en dicha contienda? Simplemente, A es Ana de Gran Bretaña, monarca de las islas británicas, y S es Sarah Churchill, Duquesa de Marlborough y una de las mentes políticas más privilegiadas y aviesas de su tiempo, además de antecesora de Winston Churchill y Lady Di. A es la reina y S su favorita. No había decisión política en Gran Bretaña que no pasase por S, aunque en más de una ocasión A terminase haciendo lo que le apeteciese, que para eso ella era el tejón más poderoso de Inglaterra.

Todo era felicidad y podofilia hasta que una mujer hizo acto de presencia en la corte, la otra A. Abigail Masham llegó con un vestido cubierto de mierda y barro y con supuesto parentesco familiar con S, carta que le valió para entrar a trabajar como sirvienta. De todos es sabido que por la caridad entra la peste, y a S le llegó por su prima. Sin tiempo para remediarlo, S ve cómo el fulgurante ascenso de la otra A de fregona a nueva consejera de A pone en peligro su status como favorita de la monarca. ¿Es la otra A el revulsivo que necesitaba A o una mera herramienta de los enemigos políticos de S?

La favorita es una sesuda disección sobre las artes políticas y la erótica del poder disfrazada de comedia alocada y absurda. Yorgos Lanthimos construye sus amistades peligrosas en clave de sororidad con el santo surrealismo de Luis Buñuel como patrón. Pocos cineastas actuales son capaces de llevar a cabo ciertas locuras en la gran pantalla sin parecer ridículos y él es uno de ellos. Nos lo demostró con creces su distopía animalista de Langosta y en cierta manera con la discordancia que sufren las protagonistas de Canino y ahora lo hace en la Europa del siglo XVIII. El humor de La favorita es extremadamente burdo y estúpido, algo que suele ser inaceptable en este tipo de películas, pero que justamente es el tono más acertado y necesario para retratar el disparate que eran (son) las monarquías de rancio abolengo del viejo continente. Todo en esta película es tan ridículo que provoca tanto carcajadas como escalofríos, especialmente cuando recordamos que hay miles de vidas y el destino de varios países en juego.

Puede que la premisa de La favorita sea la más canónica hasta la fecha dentro de la filmografía del director griego (curiosamente es la primera ocasión en que Lanthimos no trabaja sobre un guion propio), pero no por ello deja de ser tan perturbadora y marciana como sus obras anteriores. La tóxica sororidad triangular del film no es sino la enésima demostración de que el ser humano es un lobo para el ser humano, especialmente cuando hay intereses de por medio. Aunque haya cariño de por medio, A no deja de tratar a S como si de su esclava personal se tratase, así como S no deja de aprovecharse de A para medrar socialmente un poco más.  De igual manera, que la recién llegada es capaz de hundir a S sin miramiento únicamente por ser pato más poderoso del reino.

Esta contemplativa película se ve beneficiada por una de las mejores elecciones de casting de la temporada: Olivia Colman (Redención y nueva Isabel II en The Crown) como Ana de Bretaña, Rachel Weisz (El jardinero fiel) como Sarah Churchill y Emma Stone (La La Land) como Abigail Masham. Aunque se haya optado por Colman como protagonista para la temporada de premios, las tres intérpretes resultan igualmente arrolladoras y poseen el mismo peso e importancia en pantalla. La labor interpretativa de Colman como la pueril monarca es descomunal y extremadamente valiente. Suyos son los mejores gags cómicos y sus aires de Reina de Corazones son tan ridículos como aterradores. Su Ana de Bretaña es uno de esos papeles por los que una actriz hace historia, no obstante, se ha hecho con el premio a mejor actriz en los pasados Globos de Oro. Su tez mortecina, su mirada vacía y su gesto compungido perpetuo recuerda al feísmo profesado por Francisco de Goya en sus retratos de la corte española. Lanthimos apuesta por exhibir la fealdad y las taras físicas y psicológicas de años y años de endogamia, rechazando categóricamente la estúpida tradición de los films históricos de mostrar a los monarcas como seres bellos y mucho más delgados que sus referentes reales.

Tampoco se corta nada Emma Stone con su Abigail Mashaw. La ganadora del Oscar vuelve a hacer méritos por ser considerada como la mayor payasa del siglo XXI. Stone es una maestra en el arte de la comedia física y en La favorita no se queda corta. Su amor hacia la caricatura y su arrojo a no tener miedo al ridículo es algo inusual en el star system hollywoodiense y por ello debemos celebrar la existencia de la estrella de Rumores y mentiras como lo que es, una verdadera bendición de las diosas. Aunque mucho menos vistosa que sus dos compañeras de reparto, Rachel Weisz realiza la interpretación más loable de las tres. La increíble capacidad de la otra oscarizada actriz del reparto por hacer liviano un personaje tan complejo como el de Sarah Churchill es encomiable. Ella resulta excelente como gran dama de la corte británica que ve cómo su estatus como valido de su majestad corre peligro. Weisz es la entereza y la honestidad (con reservas) de La favorita y sabe transmitirnos a la perfección esa mezcla de amor, interés y cierta frustración intelectual que sufre en su relación con la monarca. Puede que la chica Langosta se vaya de vacío en la temporada de premios, pero ella es la favorita en mi corazón.

La favorita es la última delicia envenenada de la factoría Lanthimos. Preciosa en su envoltorio, aterradora y enfermizamente divertida en su corazón.

David Lastra

Nota: ★★★★

Crítica: Lo que esconde Silver Lake

Sam no sabe qué hacer con su vida. Ni siente, ni padece. La ve pasar, como quien ve un accidente de tráfico que no puede parar. Sam está deprimido. Él no lo sabe, aunque presenta todos y cada uno de los síntomas. Sam es uno de los millones de seres humanos aquejados por la gran pandemia del siglo XXI. Compagina su trabajo a tiempo completo como voyeur de sus vecinas de urbanización con su gran vocación: ser un pajero de cuidado. Su existencia de hojas de revistas pegadas y tetas caídas se rompe con la llegada (y posterior desaparición) de Sarah, una enigmática mujer rubia que le inspirará para intentar salir de su rutina… y para lo otro también. Lo que esconde Silver Lake (Under the Silver Lake) es el esperadísimo regreso a la gran pantalla de David Robert Mitchell tras aterrorizarnos con la icónica It Follows. ¿Estás preparado para conocer los secretos de la ciudad de Los Ángeles?

Lo que esconde Silver Lake es un viaje, en el sentido más ácido y lisérgico de la palabra. Una crisis psicodélica cinematográfica que convierte el esqueleto de una investigación canónica de cine negro en un surrealista ir y venir de situaciones y personajes estrafalarios. Es por ello que, más allá del evidente y socarrón homenaje a Hitchcock y el Hollywood dorado que recorre todo el film, encontramos cierto hermanamiento entre el detective junior Sam y dos peculiares investigadores que nos han visitado en la última década: Jonathan Ames de la serie Bored to Death o Larry “Doc” Sportello de Puro vicio. Al igual que en la marciana e infravalorada película de Paul Thomas Anderson sobre la novela de Thomas Pynchon, los avances en Lo que esconde Silver Lake se realizan gracias al arbitrio de la (fumada) diosa de la Fortuna. Con semejante modus operandi, Sam comienza una peculiar investigación que le llevará a recorrer los diferentes círculos del infierno angelino. Desde las elitistas fiestas hippiescas de presentación de las promesas musicales más cool del momento (gracioso guiño al mundo de Lana del Rey, Father John Misty y compañía) hasta las intrincadas redes subterráneas por las que se mueven los vagabundos, pasando por la gran mansión del hombre que lo ha hecho todo en la música.

El resultado es un complejo (y completo) thriller surrealista deudor de Mulholland Drive, en el que David Robert Mitchell acierta de lleno al no tomarse para nada en serio, dar rienda suelta a toda su imaginación y no cortarse en ningún aspecto. En las últimas décadas, este nivel de megalomanía y arrojo solo lo habíamos experimentado en Southland Tales, en la que un endiosado Richard Kelly (Donnie Darko) colocaba al reparto más extraño de la historia (Dwayne Johnson, Sarah Michelle Gellar, Sean William Scott, Mandy Moore, Justin Timberlake…) en mitad de un conspiranoico y caótico fin del mundo. El resultado fue un verdadero desastre y otorgó a Kelly el infumable título honorífico de “veneno para la taquilla”. Pero allí donde Kelly fracasó (aunque tengamos cierto cariño a la película y especialmente a Krysta Now, nuestra gran reina del porno), Mitchell logra un equilibrio perfecto en el desequilibrio. Se la juega con un metraje desmesurado, una trama bastante loca, y unos personajes que sobrepasan el absurdo, y consigue un triunfo cinematográfico importante, una apasionada oda a la cultura pop y otra cinta de culto en su haber.

Andrew Garfield (La red social) logra con Sam una de las mejores interpretaciones de su carrera. El candidato al Oscar a mejor actor por Hasta el último hombre es el fiel reflejo de una generación de hombres que no encontramos nuestra conexión. No solo con el universo en un plano más trascendental, sino que tampoco se logra con nuestros coetáneos más cercanos. Garfield logra captar todos y cada uno de los episodios de la psicosis del personaje, producto tanto de la depresión como de su absurda existencia: su rol de stalker de corazón de oro, su obsesión y perpetuo despertar sexual, su incapacidad de llevar a cabo una relación ‘normal’ con nadie… Mención especial merece su vestuario (y no vestuario) durante gran parte metraje. Le acompañan en el reparto Riley Keough (The Girlfriend Experience) como la no tan prototípica hermosa y sensual mujer fatal rubia que desaparece, Topher Grace (Aquellos maravillosos 70) como el mayor embajador de la tontería hollywoodiense, Grace Van Patten (Maniac) como la enigmática chica del globo, y nuestra querida Zosia Mamet (Girls) en un pequeño y muy gracioso papel.

Lo que esconde Silver Lake no es el thriller que esperabas, sino la película de culto que necesitábamos… además de una de las visiones más divertidas y esperanzadoras sobre la depresión masculina y una certera llamada de atención para que dejemos de mirarnos apenados el ombligo. No porque haya algo mejor que hacer, sino porque realmente revolcarnos en nuestras propias miserias no vale para nada.

David Lastra

Nota:★★★★½

‘Aquaman’ es la película que DC necesita, pero eso no quiere decir que sea buena

Arthur, escúchame. Ese mundo está muy mal. La vida bajo el mar es mucho mejor que el mundo allá arriba. ¿No ves que tu propio mundo no tiene comparación? Además, tú eres el verdadero rey de Atlantis y tienes todo el derecho a reclamar el trono, que tu hermano va de mal en peor. Aquaman, tu reino te necesita… y el Universo DC mucho más.

Situada cronológicamente después de los acontecimientos de Liga de la Justicia, Aquaman nos introduce en los orígenes del personaje titular. Desde el romance a lo Un, dos, tres… Splash de sus padres (interpretados por Nicole Kidman y Temuera Morrison, Guerreros de antaño) hasta sus primeros pasos como superhéroe local. Su apacible existencia como levantador de submarinos se resquebraja cuando ve cómo su ciudad es arrasada por una ola gigantesca, al igual que le ocurría a Sosuke en Ponyo en el acantilado. Aunque muchos lo quieran catalogar como desastre natural, esta no es sino una de las primeras acciones de su hermano, que cual líder de extrema derecha no solo quiere elevar el proteccionismo de su villa de las profundidades, sino también arrasar y someter a la población del mundo seco. Para intentar frenarle, Aquaman deberá encontrar el Tridente de Atlán, legendaria arma de su abuelo que le serviría para reclamar su derecho legítimo al trono de Atlantis.

Tras la debacle de crítica y público que supuso Liga de la Justicia, DC mandó al banquillo a su cabeza visible, Zack Snyder, y depositó su confianza en todo un valor en esto de las resurrecciones: James Wan. Máximo artífice del renacer del cine de terror de las últimas décadas gracias a las sagas Saw, Insidious y Expediente Warren. Su nombre está asociado a una cadencia y a un ritmo perfecto hecho por y para el disfrute (o el mal rato voluntario y los sustos) del espectador. Esa ausencia total de ritmo y de equilibrio entre el componente épico y el humorístico eran los puntos más débiles del Universo DC, por lo que la elección de Wan no solamente era una buena apuesta de cara a la taquilla, sino una decisión in extremis para intentar salvar un emporio cinematográfico de capa caída.

¿Ha sido Wan capaz de salvar la papeleta? El resultado es bastante agridulce. No llega a fracasar estrepitosamente como Snyder o David Ayer (Escuadrón Suicida), pero ni de lejos llega al digno trabajo que realizó Patty Jenkins (Monster) con Wonder Woman. Aquaman es ambiciosa en la creación de su universo subacuático, que cobra vida de la forma más asombrosa y exuberante, y además tiene la actitud adecuada, pero acaba incurriendo en todos y cada uno de los errores marca de la casa.

Volvemos a enfrentarnos a una innecesariamente elevadísima duración (que no cuenten conmigo para el director’s cut), exceso de tramas mal conectadas, una historia extremadamente genérica (lo cual no sería un problema realmente si estuviese bien estructurada), una colección de personajes planos y faltos de desarrollo interesante (un saludo en especial para Black Manta, uno de los villanos más insulsos de DC en cine), unos efectos digitales inconsistentes que hacen que la película parezca por momentos un videojuego, otro sobrecargado clímax apocalíptico (cuando de verdad se acabe el mundo no vamos a asustarnos, vamos a bostezar), gags de humor infantiloide y cambios bruscos de tono (no sabe si tomarse en serio o no), unos cuantos momentos de vergüenza ajena (¿Qué le pasa a DC con las madres?) y cierta sensación de tijera a última hora en el montaje (trama recortada de Black Manta recortada, y una sola referencia a la pertenencia e Aquaman a la Liga de la Justicia) seguramente para hacer borrón y cuenta nueva.

Aunque la elección de Jason Momoa (Juego de tronos) como Aquaman chocase a los fans de DC, el aperitivo que tuvimos en Liga de la Justicia hizo pensar que quizá esta versión macarra y socarrona del personaje podría funcionar. Pero de la misma manera que Henry Cavill parecía el Superman perfecto o Jared Leto un potencial buen Joker, a Momoa le falta talento para ir más allá de la superficie. Claro que esto no es completamente culpa suya, sino de un personaje que está escrito así, simple, acartonado y sin ningún tipo de profundidad, reducido a los estereotipos del héroe y aderezado con latiguillos y gracietas irrisorias. Errores que en ocasiones incluso aparecen subrayados con unos riffs de guitarra espantosos (en un intento de emular a Wonder Woman). Pero no es Momoa el único en caer en la maldición de DC: dos intérpretes de la valía de Nicole Kidman y Willem Dafoe (The Florida Project) parecen más preocupados en cobrar sus cheques que en dar vida a sus personajes (aunque vuelva a ser culpa igualmente de lo desdibujados que son sus roles) y Amber Heard (y su peluca) no da la talla, siendo incapaz de hacer creíbles unos diálogos de lo más torpe. Quien sale más airoso es Patrick Wilson (Expediente Warren), chico Wan por excelencia. Aunque su villano no sea más que un Loki de Hacendado, el actor sabe medir el histrionismo necesario para su personaje y aporta aplomo a la película.

Aunque no llegue a ser un despropósito como Escuadrón Suicida y de hecho incluya algunas de las secuencias más épicas que hemos visto en el cine últimamente (el descenso a la fosa es espectacular y el clímax, aunque abarrotado, tiene planos brutales), Aquaman supone otra oportunidad perdida para DC, que esta vez se ha aventurado a hacer un placer culpable con la esperanza de que sea lo que el público busca (y oye, quizá en eso haya acertado). En esta ocasión duele especialmente porque creíamos en que este viaje al fondo del mar tenía mucho potencial para elevar el universo DC, pero aquí estaremos dando oportunidades hasta que el estudio consiga enderezar su rumbo más allá de la Mujer Maravilla.

David Lastra

Nota: ★★½

Crítica: El árbol de la sangre

Tus muertos. Los que sufrieron una guerra y pasaron hambre para que tú tengas ADSL y un sueldo indigno. Tu madre, tu padre, tu abuela, tu abuelo, tu bisabuela… y así hasta Lilith. Tus antepasados. Gracias a los que tienes un trasero resultón y unos remolinos indomables en tu cabellera. Pero además de esas taras o ventajas físicas, también hemos heredado de ellos su bagaje emocional. Todos somos producto de nuestras anteriores generaciones y únicamente comprendiendo ese legado, podemos enfrentarnos a nuestro presente. Ante ese profundo ejercicio introspectivo coloca Julio Medem (Los amantes del círculo polar) a todos los personajes de su última película, El árbol de la sangre y ya veremos quién sale escaldado ante tamaño experimento.

Rebeca (Úrsula Corberó, La casa de papel) y Marc (Álvaro Cervantes, Carlos I, Rey Emperador) son pareja. Se conocieron casualmente en un acontecimiento familiar y la fuerza del destino les volvió a unir en otro bodorrio más, en los estudios universitarios… y así hasta el día de hoy. Ana y Otto, perdón, Rebeca y Marc se adoran y morirían el uno por el otro. Tanto que se han propuesto plasmar su gran historia de amor en un libro, que van a escribir a cuatro manos en un antiguo caserío familiar. Han decidido no dejar ningún cabo suelto y dejar que los secretos familiares dejen de serlo de una vez por todas. Así que después de abrazar un árbol, se ponen manos a la obra para escribir la gran historia de amor de sus progenitores. La Maca (Najwa Nimri, con la que se reencuentra diecisiete años después de trabajar por última vez en Lucía y el sexo) es una estrella punk embarazada de no se sabe quién Víctor (Daniel Grao, La catedral del mar) es un fan reconvertido en ángel salvador que acompañará a Rebeca durante los episodios esquizofrénicos de su madre. Nuria (María Molins, El bosque) y Amaia (Patricia López Arnaiz, La otra mirada) son las madres de Marc, pero antes de encontrarse, las dos bebieron (literalmente) los vientos por Olmo (Joaquín Furriel, Cien años de perdón), antiguo matón del padre de Nuria y hermano de Víctor. Casualidades de la vida… o no.

Las relaciones de El árbol de la sangre son más enrevesadas y complicadas que las que podríamos encontrar en el episodio ciento cuarenta y siete de una telenovela venezolana. Pero el problema no es que no resulten creíbles, sino el empeño para nada velado del autor hacerse el listillo, en hacerlas más y más complejas, con un afán de sorprendernos a todos con una pirueta final que termine por unirlas a todas. Pero, así como años ha llegábamos a alabar esos deus ex machina, hace mucho tiempo que Medem perdió el temple y su capacidad para hacernos soñar, por lo que ahora no hace sino el más estrepitoso ridículo, llegando a niveles de Caótica Ana. Él que tan bien había sabido sortear el absurdo en sus primeras obras, no hace sino claudicar ante ello. ¿Polígonos amorosos de innumerables vértices unidos a tramas de mafias georgianas con un puntito de pasado franquista? Todo eso y más en las dos horas y pico de este El árbol de la sangre.

Lejos de emocionarnos con tanta carga dramática, lo único que Medem consigue es que nos pongamos en la misma tesitura que sus protagonistas y comencemos a pensar en nuestro pasado. Pero no tanto en nuestros antecesores, sino en nuestra relación con sus obras anteriores. ¿Éramos conscientes de la toxicidad que escondían sus preciosas historias de amor?, ¿acaso no lleva cosificando a el cuerpo femenino desde tiempos inmemorables? Por lo menos antes nos engañaba con refinados envoltorios (culpa de las geniales composiciones de Alberto Iglesias, ahora sustituido por Lucas Vidal) e interpretaciones de altura (Emma Suárez, Silke, la propia Najwa Nimri o el reparto femenino al completo de Lucía y el sexo). Ahora ya ni eso. Carente de ideas, Medem se dedica al autohomenaje, lo cual no sería un crimen o un error (ahí está Volver de Pedro Almodóvar como ejemplo), pero el realizador vasco no da una. No hay película de su filmografía que no aparezca reflejada en esta El árbol de la sangre, desde los malignos calentones automovilísticos de La ardilla roja, los dimes y diretes de una joven pareja condenados a encontrarse a lo Los amantes del círculo polar, la representación  de sexo lésbico para que el ojo del hombre heterosexual se recree como ocurría en Habitación en Roma, la pasión por lo prohibido Tierra, los polvos acuáticos de Lucía y el sexo, las trágicas operaciones de ma ma, la esquizofrenia de Uno por ciento, esquizofrenia (documental que produjo y montó), la vergüenza ajena que sentí al ver Caótica Ana… ¡si hasta hay un guiño a La pelota vasca cuando la película se acerca a temas de política vasca!

Corberó y Cervantes hacen lo que pueden con unos personajes extremadamente planos como son los dos protagonistas. Especialmente encomiable es el trabajo de la omnipresente actriz, cuyo rostro no se quiebra al tener que lidiar con el personaje con el  comportamiento más ilógico de la temporada (la idealización de su padre adoptivo, las ganas de follarse a su pseudotío… ¡Ese final!), sino que además tiene que pasarse en pelotas en unas cuantas escenas sin ningún tipo de justificación. Y no, con la milésima de segundo de desnudo frontal de Álvaro Cervantes no se compensa esa decisión tan machista. Aunque ya estemos a punto de terminar el año, Medem parece no saber que estamos en 2018. Puede que ni siquiera sepa que estamos en pleno siglo XXI.

Después de unos cuantos años acertando de pleno y habiéndonos regalado estos días una de las mejores interpretaciones del año (Quién te cantará), Najwa Nimri pincha en su interpretación de Maca, aunque puede que gran parte sea una vez más Medem, por no saber hacer consistente un personaje tan potencialmente interesante. Caso aparte es el desaprovechamiento de cuatro grandes de nuestro cine como Ángela Molina (Ese oscuro objeto del deseo), Josep María Pou (El reino), Luisa Gavasa (La novia) y Emilio Gutiérrez Caba (La comunidad), en el papel de abuelos y abuelas de Rebeca y Marc. Puede que entre los cuatro no digan más de doce frases en las numerosas escenas en que aparecen, y únicamente en el caso de Molina está justificado ese silencio.

El cacareado retorno de Julio Medem ha terminado por ser otra losa en su carrera. Nada en El árbol de la sangre emociona, únicamente exaspera y provoca vergüenza ajena confundiendo una vez más lo poético con el absurdo.

David Lastra

Nota: ★

Crónica del Festival Internacional de Cine Fantástico Nocturna 2018: Parte 2

DÍA 3

He’s Out There (Quinn Lasher, 2018 – Lituania) – Oficial Fantástico

Sobre el papel, He’s Out There es un slasher de manual. Una familia pasando un fin de semana en su segunda propiedad, situada en el campo, alejada de todo y todos. Todo comienza a torcerse cuando un desconocido comienza a acosar en la distancia a la mujer ante la ausencia del marido, es en ese momento en que decide dar un paso adelante y proteger a sus dos hijas… ¿Olvidamos algo? Ah, las muertes. Pues haberlas haylas, pero son casi anecdóticas y casi ni se ven. El problema de la cinta de Quinn Lasher (S-Lasher, je je je) no es esa ausencia de ideas, ya que la originalidad no es un requisito en este subgénero, sino esa absurda decisión de ser tan pacata y, especialmente, por intentar complicarse demasiado intentando dotar de profundidad a su historia y a sus personajes, cuando realmente no hace nada para que lo sean. Sus desdibujados personajes deambulan sin saber muy bien qué está pasando y el malo malísimo no transmite ninguna sensación de peligro, ni mucho menos carisma. Ni siquiera el morbo de vérselas pasar canutas a Yvonne Strahovski (la puñetera Serena Waterford de El cuento de la criada), compensa el tedio que provoca su visionado.

David Lastra

Deadtectives (Pascal Laugier, 2018 – Estados Unidos) -Panorama

En Deadtectives un grupo de timadores con la cara muy dura se dedican a aprovecharse de pobre gente que sufre supuestos ataques fantasmales para grabar un programa de televisión. Para salvarlo de la cancelación tendrán que irse a Méjico a investigar el caso definitivo, lo que les traerá muchos más problemas de lo que se esperaban. Por su temática, es inevitable pensar en Los Cazafantasmas (Ivan Reitman, 1984 – Estados Unidos) y la saga de Expediente Warren (James Wan  2013 – Estados Unidos), pero con un tono mucho más cafre. Protagonizada por Chris Geere (conocido por la serie de FX You’re the Worst), Deadtectives es una película en la que todo es una broma, pero está lo suficientemente bien escrita como para no saturar. A excepción de un par de chistes cuñados que no pintan nada y no definen el humor general de la cinta, entretiene de principio a fin y resulta simpática.

Daniel Andréu

Ghostland (Tony West, 2018 – Francia/Canadá) – Oficial Fantástico

Y llega el turno de la locura… Pascal Laugnier, director de la polémica Martyrs, nos trae la historia más surrealista del festival. Ghostland es una pesadilla en pantalla grande y, como tal, debes aceptar sus absurdidades y sus peculiares normas, solo así podrás disfrutarla/sufrirla adecuadamente. Tras un cauto comienzo, todo se dispara con una genial escena de invasión doméstica con una resolución bastante sorprendente. Años después descubrimos las secuelas que ha provocado este ataque en las dos hermanas que se encontraban en la casa. Beth (Crystal Reed, Teen Wolf) se ha convertido en una autora de best-sellers de terror, justamente en su última obra Incidente en Ghostland revisita ese incidente; pero el caso de Vera (Anastasia Phillips, Skins) es diferente. Ella no ha podido pasar página y no solo sigue traumatizada por el acontecimiento, sino que sigue viviendo en la misma casa donde sucedió todo. La perfecta existencia de Beth se rompe con una angustiosa llamada de Vera, lo cual provocará su retorno al hogar familiar y el consiguiente reencuentro con su hermana y su madre (interpretada por la cantante Mylène Farmer, que ya trabajó con el director en el vídeo musical de City Of Love, clip en el que se encuentran gran parte de las claves estéticas de esta película). Laugier apuesta fuerte con una historia bastante marciana, que descoloca y sorprende en todo momento. Una película enrevesada, muy enfermiza y que no comete el error de tomarse demasiado en serio. Ghostland reúne todo lo necesario para pasar un mal rato en una sala de cine.

David Lastra

Piercing (Nicolas Pesce, 2018 – Estados Unidos) – Oficial Fantástico

No es frecuente la adaptación al cine de novelas de Ryû Murakami (no el Murakami de Tokyo BluesBurning o 1Q84, sino el de Audition o Azul casi transparente), por lo que Piercing era muy esperada para nosotros sus fans. Murakami siempre cuenta sus historias de una forma muy particular que hace que cualquier acercamiento a su literatura sea recibido con tanta expectación como miedo. Aquí se sigue a un joven (Christopher Abbott) que necesita buscar a una potencial víctima para saciar su necesidad de asesinar y así no acabar con la vida de algún ser querido. Por supuesto, por mucho que lo planee, se va a encontrar con muchos obstáculos por parte de su elegida (Mia Wasikowska). Aun aceptando que el cine es un medio diferente que no tiene que calcar su referente para hacer una buena adaptación, el guion de Nicolas Pesce se deshace de demasiados aspectos esenciales. Por ello el comienzo de la trama resulta un tanto atropellado, hay detalles que no se entienden igual si uno no va habiéndose leído la novela y, lo más importante, el espectador no se mete en la cabeza de los protagonistas de la misma forma que en el libro. Uno de los fuertes de la narración de Murakami es la estructura que alterna la primera persona del chico y de la chica en cada capítulo, de donde viene el extraño tono de comedia romántica muy retorcida, y esto en el film se pierde. Lo bueno, y que compensa la ausencia de todas estas cosas, es que Piercing nace del interés por hacer algo artísticamente relevante. Gracias a unas buenas interpretaciones, un muy buen apartado técnico o un uso muy interesante de  la banda sonora compuesta por temas de giallos de los años 70, encuentra una atmósfera y una personalidad propias que hacen que se sostenga como obra autónoma pero a la vez relacionada con su referente literario.

Daniel Andréu

DÍA 4

Summer of ‘84 (Anouk Whissell, François Simard y Yoann-Kar Whissell, 2018 – Canadá/EE.UU.) – Oficial Fantástico

Nuevo ejercicio de nostalgia del equipo que nos trajo Turbo Kid. En esta ocasión se acercan a un grupo de chavales que deciden investigar una serie de desapariciones que están ocurriendo en su pequeña ciudad. Una aventura veraniega a lo Cuenta conmigo en clave revisionista a lo Stranger Things. Repleta de tópicos y lugares comunes (¿acaso no es esa la gran marca de autoría de los Whissell-Simard?), Summer of ‘84 sale un poco mejor parada en guion y definición de personajes que su anterior aventura. Como en esa ocasión, la carencia absoluta de originalidad se ve altamente beneficiada por la calidad estética del producto, así como por su notable banda sonora, que vuelve a correr por parte de Le Matos.

David Lastra

Boar (Chris Sun, 2017 – Australia) – Oficial Dark Visions

Boar es una de esas películas de las que no se puede decir nada especialmente malo ni bueno debido a su simpleza. Un jabalí gigante va descuartizando gente poco a poco en una zona campestre de Australia. Literalmente no hay más y esto es una cierta virtud ya que no tiene mucha posibilidad de error. Posee unos diálogos muy ágiles e inspirados que destacan incluso por encima de las escenas de descuartizamiento y horror. Quizás algo que se le puede echar en cara es el atrevimiento puntual de enseñar demasiado cómo el jabalí mata a sus víctimas en escenas hechas con un CGI más que pobre que desmerecen las escenas con la criatura animatrónica.

Daniel Andréu

Mirai, mi hermana pequeña (Mamoru Hosoda, 2018 – Japón) – Oficial Fantástico

Qué difícil escribir sobre una película que es pura emoción. Mirai, mi hermana pequeña narra las aventuras caseras de un niño pequeño ante la llegada al mundo de una nueva hermanita. Con el mismo acierto que Del revés (Inside Out) (Pete Docter, Ronnie del Carmen, 2018 – Estados Unidos) pero de una forma diferente, el guion de Mamoru Hosoda capta con una sencillez abrumadora lo que significa crecer, descubrir lo que es la vida y aprender a caminar por ella junto a tus seres queridos, los que están contigo en el presente, los que estarán y los que estuvieron antes que tú. Alterna secuencias de “fantasía” con otras hogareñas que son igual de mágicas, ya que todo se ve a través de la mirada infantil del pequeño Kun. Uno no puede evitar emocionarse ante la belleza de las imágenes, tanto las más sencillas y familiares como las más visualmente elaboradas, llegando a un desenlace en el que los sentimientos terminan de explotar.

Daniel Andréu

Sta. Agatha (Darren Lynn Bousman, 2018 – Estados Unidos) – Oficial Dark Visions

El director de unas cuantas Saw y de Repo! The Genetic Opera (musical con Anthony Stewart Head y Paris Hilton que solo me hizo gracia a mí) se adentra en el nunsploitation… y ahí termina lo interesante de la propuesta de Sta. Agatha. Un convento unas cuantas monjas ultra-maquilladas, comandadas por Carolyn Hennesy (la que fuera Barb en Cougar Town y otros mil secundarios miméticos más en cine y televisión), se dedican a vender recién nacidos en vez de pastitas. El negocio no va nada mal, pero todo cambia con la llegada de Mary (Sabrina Kern), una joven embarazada que no sabe qué hacer con su vida y que claramente no estaría allí si supiese los tejemanejes de las monjas, o sí, no sé.  Sta. Agatha no funciona ni como ejercicio de revisionismo u homenaje a ese rinconcito dentro de ese subgénero de exploitation, ni como película actual de terror. Doloroso resulta su simplismo y su soporífero ritmo, aunque peor es que un cineasta tan dado a lo sádico y al humor no haya sabido entretenernos con una historia de monjas chungas.

David Lastra

Blood Fest (Owen Egerton, 2018 – Estados Unidos) – Oficial Dark Visions

Hay películas que parecen estar hechas para ser proyectadas en la sesión golfa de un festival de cine fantástico y de terror y Blood Fest es una de ellas. Ya su premisa es ideal para la ocasión, pues sus protagonistas asisten a una fiesta que mezcla los macro festivales musicales con los festivales de cine de terror, una gigantesca explanada con escenarios que imitan escenas de películas de terror y en la que se interpretarán en directo las secuencias más míticas ante el público. Por supuesto todo terminará en una fiesta sangrienta muy bestia en la que los protagonistas tendrán que escapar del evento que se vuelve más real de lo que ellos esperaban. Blood Fest consigue entretener de principio a fin con mucho humor y teniendo cero pretensiones, además de muchas vísceras y muertes rebuscadas, lo que a esas horas de la madrugada se agradece enormemente.

Daniel Andréu

DÍA 5

Please Stand By (Ben Lewin, 2017 – Estados Unidos) – Panorama

Detalles como el de programar Please Stand By son los que hacen que apreciemos el festival aun más, porque en uno festival como Nocturna Madrid contar con una película así es arriesgarse. La infravalorada Dakota Fanning interpreta de forma increíble a una joven autista obsesionada con Star Trek que escribe un guion para su serie favorita con intención de participar en un concurso. Tras conocer a los personajes, asistimos al viaje de superación que supone para Wendy escaparse de la residencia en la que vive para entregar en mano su manuscrito. Se trata de una película amable y con 100% de buenas intenciones, lo cual si se hace bien puede jugar a su favor, por mucho que desde el primer segundo esté claro cómo va a evolucionar y terminar la historia. La sorpresa no es lo importante aquí, sino empatizar con sus personajes y sus situaciones hasta el punto de estar con el corazón en un puño durante los momentos finales (y de querer meterse en la pantalla para coger a Pete, ese adorable perrito, y abrazarlo para siempre). La conexión con algo como Star Trek es más que suficiente para que una película sin sangre, vísceras o monstruos infernales se gane el corazón del público de Nocturna Madrid.

Daniel Andréu

Muñeco diabólico (Tom Holland, 1988 – Estados Unidos) – Classics

Por fin llegó uno de los momentos que algunos habíamos estado esperando durante meses, el privilegio y el honor de ver la primera entrega de las aventuras de Chucky en la pantalla grande con su creador Don Mancini en la sala, lo que lo hizo aun más especial. ¿Se puede decir algo nuevo de una película de hace 30 años que supuso el nacimiento de un personaje tan icónico? La mítica posesión del muñeco Good Guy por parte del asesino Charles Lee Ray que da a una serie de surrealistas y macarras asesinatos es ya parte de la historia del cine de terror. Aunque no haya novedades, sí que merece la pena recalcar que sigue siendo muy poderosa tres décadas después, que el humor sigue funcionando y que sigue dando un placer inmenso ver a Chucky asesinar a todo el que se cruza en su camino, así como verle sufrir y ser destruido. En diez años será el 30 aniversario del nacimiento de la igualmente maravillosa Tiffany, así que el Nocturna Madrid 28 sería una ocasión perfecta para conmemorarlo trayendo a Jennifer Tilly. Ahí queda dicho.

Daniel Andréu

Mandy (Panos Cosmatos, 2018 – Estados Unidos, Bélgica, Reino Unido) – Panorama

Como siempre, el festival se guarda una de las apuestas más fuertes para la clausura. Había mucha expectación por ver Mandy y eso se demostraba en el hecho de que tuvieran que abrir una segunda sala para atender la alta demanda de entradas. La película más que una historia es un viaje alucinado de Nicholas Cage (que termina de abrazar definitivamente su papel de icono moderno del absurdo) por consumar su venganza contra una diabólica secta religiosa formada por un grupo de malvados hippies y unas extrañas criaturas. De principio a fin Mandy tiene una atmósfera espesa y saturada, tan drogada como sus personajes, y tan marciana que si el espectador entra en ella se embarcará también un viaje alucinado. No se trata de una cinta fácil debido a lo lento de su ritmo, pero el trabajo visual está cuidadísimo y la última banda sonora de Jóhann Jóhannsson para el cine antes de fallecer se convierte en un elemento crucial más del largometraje. Aunque haya dos partes claramente diferenciadas, el descenso a los infiernos que supone acabar con cada miembro de la secta no es tan loco como se podría esperar, aunque da para momentos con mucha fuerza. Hay en Mandy mucho de Nicolas Winding Refn (por tanto también hay mucho Lynch) pero con la ventaja de no tener la sensación de que nos la están intentando colar en todo momento. Aunque hay algo que impide a la película llegar a la genialidad, es una apuesta muy arriesgada e interesante que no dejará indiferente a nadie.

Daniel Andréu

The Ranger (Jenn Wexler, 2018 – Estados Unidos) – Panorama

Tras la clausura, un último caramelito de violencia para despedirnos en forma de aventura sangrienta y sin demasiado sentido, como debe ser a la 1 de la mañana un sábado. Si en Boar era un jabalí gigante asesinando australianos, aquí se trata de un guarda forestal muy loco y obsesionado con las normas asesinando jóvenes punkis. Es aquí, en la ambientación, donde desconcierta esta The Ranger, ya que la recreación de esos últimos años de los 70 y principios de los 80 es tan indefinida que uno no sabe si es falta de inspiración, algo intencionado, o realmente los personajes son jóvenes modernos de los 2000 jugando a drogarse y disfrazarse de rockeros. El villano da para bastantes situaciones absurdas que son lo mejor de una cinta que tiene poco que ofrecer además de un rato corto y entretenido.

Daniel Andréu

 


 

Nocturna Madrid vuelve a convertirse en una cita obligada para los amantes del fantástico y el terror, con una programación variada y arriesgada, además de unas actividades muy interesantes pensadas para que disfrutemos al máximo durante estos seis días. Mención especial al jugo que se le ha sacado a la visita de Don Mancini, que se ha quedado con nosotros durante toda la semana y se ha convertido en el alma protagonista de esta edición. No queda más que agradecer la gran labor de la organización del festival por crear un evento de calidad en el que se ha puesto mucho cariño y corazón. Ahora solo queda esperar al otoño de 2019.

 

PALMARÉS

PREMIO NOCTURNA MADRID AL MEJOR CORTOMETRAJE NACIONAL:
AMANCIO, VAMPIRO DE PUEBLO – DE ALEJO IBÁÑEZ

PREMIO NOCTURNA MADRID AL MEJOR CORTOMETRAJE INTERNACIONAL
BAGHEAD – DE ALBERTO CORREDOR

PREMIO NOCTURNA MADRID A LOS MEJORES EFECTOS ESPECIALES
THE NIGHTSHIFTER (MORTO NÃO FALA) DE DENILSON RAMALHO

PREMIO NOCTURNA MADRID AL MEJOR GUIÓN MAMORU HOSODA POR MIRAI MI PEQUEÑA HERMANA

PREMIO NOCTURNA MADRID “VINCENT PRICE” AL MEJOR ACTOR
CHRISTOPHER ABBOT POR PIERCING

PREMIO NOCTURNA MADRID A LA MEJOR ACTRIZ BRITTANY ALLEN POR WHAT KEEPS YOU ALIVE

MENCIÓN ESPECIAL A “THE INVOCATION OF ENVER SIMAKU” por su atrevimiento formal y argumental en su propuesta de combinar terror clásico, documento político y social, recuperando el folclore y las creencias ancestrales como mecanismos del horror.
PREMIO CANAL DARK a la mejor película de la sección DARK VISIONS
VUELVEN (TIGERS ARE NOT AFRAID) de ISSA LÓPEZ

Y el jurado de la sección DARK VISIONS quiere realizar una mención especial para STA AGATHA de DARREN LYN BOUSMAN por la construcción de personajes, su dirección y la interpretación de las actrices.

PREMIO BLOGOS DE ORO a la mejor película de NOCTURNA MADRID 2018
WHAT KEEPS YOU ALIVE de COLIN MINIHAN

PREMIO NOCTURNA MADRID DEL PÚBLICO A LA MEJOR PELÍCULA
MIRAI, MI HERMANA PEQUEÑA de MAMORU HOSODA.

PREMIO NOCTURNA MADRID AL MEJOR DIRECTOR
PASCAL LAUGIER POR GHOSTLAND.

PREMIO NOCTURNA MADRID “PAUL NASCHY”
GHOSTLAND de PASCAL LAUGIER.