Crítica: Madre oscura (The Wretched)

En unos tiempos en los que la palabra bruja ha sufrido un cambio léxico-semántico radical gracias al movimiento feminista y cierta revisión de algún que otro hecho histórico deleznable, los hermanos Brett y Drew T. Pierce (DeadHeads) parecen no haberse enterado y nos traen una historia clásica de brujas malvadas come niños con cierto regusto nostálgico. Es la hora de Madre oscura (The Wretched), la cinta de terror que ha batido récords de taquilla en tiempos del coronavirus.

Esta es la típica historia de un hombre adolescente heterosexual con las hormonas disparadas que, tras un pequeño traspiés por el lado oscuro, pasa el verano trabajando junto a su padre (Jamison Jones, 24) en un pequeño puerto para yates. Desde el primer momento, comienzan a aparecer todos los estereotipos en este tipo de historias: la compañera de trabajo enamoradiza (Piper Curda, Teen Beach 2), los cayetanos redundantemente machitos y capullos, la (supuestamente) canónica tía buena inalcanzable, la nueva pareja del padre (Azie Tesfai, Supergirl) y unos vecinos bastante particulares.

Madre oscura sabe presentar sus cartas de manera solvente, incluso con ese prólogo y su explotado salto en el tiempo a los ochenta más falsos que hemos visto en mucho tiempo consigue que piquemos el anzuelo. Poco a poco, una serie de extraños episodios harán que Ben (John-Paul Howard, Comanchería) comience a sospechar de sus ruidosos vecinos, especialmente de ella (Zarah Mahler, vista en la serie 9-1-1) que apesta a podrido. Esa ojeriza se convertirá en una acusación más seria cuando el hijo de los vecinos desaparece y sus propios padres niegan su existencia.

Madre oscura bebe de todas y cada una de las historias que hemos visto una y mil veces traducidas al celuloide. La bruja de los Pierce comparte gustos caníbales con su pariente germana de Hansel y Gretel, cierto aire estiloso y las mismas deformidades e irritaciones cutáneas (que no alopecia) con la icónica Eva Ernst de La maldición de las brujas, e incluso algún que otro paseo al bosque tienen ecos de los de las amigas de Thomasin en La bruja: una leyenda de Nueva Inglaterra. Madre oscura mezcla esa cara de las brujas con otra más bestia, cuasi animalista y descarnada, cuyos movimientos y dimensiones recuerdan a los monstruos interpretados por Javier Botet (la icónica Niña Medeiros de la saga REC). Es justamente en esas escenas más aterradoras donde Madre oscura flojea. La película de los Pierce funciona mucho mejor cuando intenta convertir a Ben en un Jimmy Stewart de La ventana indiscreta de pacotilla (¡incluso tiene un miembro escayolado!) que cuando intenta ser una película de terror al uso.

Es una pena que Madre oscura intente tomarse demasiado en serio y no abrace mucho más la locura (que no el ridículo, que eso lo abraza en alguna que otra resolución). Un tono mucho más gamberro y adolescente, hubiese beneficiado la experiencia exponencialmente y hubiese trascendido la etiqueta de flor de un día… o noche, mejor dicho.

David Lastra

Nota: ★½

‘Dersu Uzala (El cazador)’, el clásico de Kurosawa de nuevo en cines

Dersu vive en la taiga y, como buen hezhen, sobrevive cazando para subsistir y su hogar es cualquier rincón del bosque boreal siberiano. Ni el dinero, ni la prosperidad entran en sus planes de futuro. Realmente su futuro no existe. Para Dersu todo es un presente infinito, tan congelado como las noches en su reino. Dersu no levanta más de metro y medio del suelo, es ágil cual marta y posee la mejor puntería que habrás visto en tu vida. Dersu no pasa hambre y de vez en cuando lo celebra con un poco de alcohol, aunque no le sienta nada bien. Dersu es feliz viviendo en consonancia con la demás gente de la taiga, como él llama indistintamente a los demás seres humanos y animales que la habitan. Su existencia debería haber dado un giro radical tras encontrarse con un grupo de expedicionarios soviéticos… pero no, más bien serán ellos los que cambien tras encontrarse con Dersu.

El maestro Akira Kurosawa (Los siete samuráis) realizó una de sus fábulas más bellas y humanistas con Dersu Uzala (El cazador), clásico ganador del Oscar que podemos disfrutar de nuevo en la gran pantalla en una copia restaurada para la ocasión.

Dersu Uzala (Maksim Munzuk, Siberiada) pasa a formar parte del grupo de expedicionarios de Vladímir Arséniev (Yuri Solomin, La tienda roja) y no como mascota, sino como fiel guía y pieza clave para su supervivencia. Con tosquedad e inocencia, Dersu va mostrando las normas y leyendas que rigen su mundo. Desde los pequeños símbolos en el camino para facilitar la vida a los recolectores hasta los peligros de los hombres malos que raptan mujeres (sus únicos enemigos conocidos), sin olvidar el status todopoderoso de Amba, un mítico tigre siberiano al más puro estilo Shere Khan.

Todo desde un respeto pleno a la naturaleza. Dersu es cazador, pero sus máximas vitales y sus pintorescas trazas de niño ferino que roza la tercera edad le asemejan bastante a las de un personaje del imaginario de Hayao Miyazaki y el resto de creadores de Studio Ghibli. Las mil y una desventuras que correrán juntos el cazador y el explorador conseguirán un vínculo de amistad fraternal tan grande que roza el bromance. Tanto que cuando la vejez comienza a hacer mella en Dersu, su buen amigo no duda en acogerle en su residencia familiar. Pero Dersu opina que, como Paco Martínez Soria dijo en su día, la ciudad no es para mí.

Akira Kurosawa volvía a mostrar su maestría a la hora de retratar la cotidianeidad y pureza de los olvidados. En esta ocasión, la citada minoría hezhen, de la que Dersu forma parte. Dersu Uzala (El cazador) es una fábula preciosa sobre un ser de luz bastante gruñón que abre, sin ningún tipo de concesiones, su mundo y su corazón, a un grupo de extraños, cuyo modo de ver el mundo cambiará para siempre. Pero no hay que caer en posibles equívocos, el maestro nipón no recurre a ningún tipo de sentimentalismos vacuos, sino que nos muestra el buen corazón de Dersu como el propio cazador cuenta sus batallitas: con humildad y sencillez. No estamos hablando de un santo, Dersu es un poco presumido y hasta realmente él mismo se cataloga (erróneamente, todo debe decirse) como mala gente, pero su grandeza y honorabilidad radica en el amor, la fidelidad y el respeto absoluto que profesa por su gente, tanto humanos como animales.

Dersu Uzala (El cazador) es una excepcional carta de amor humanista de un ser humano excepcional (Akira Kurosawa) a través de un personaje excepcional (Dersu Uzala) que logra que podamos mantener algo de fe en la humanidad y en nuestro presente y futuro más inmediato.

 David Lastra

Nota: 

‘El hombre invisible’, oportuna relectura del mito de terror

El reboot de La momia protagonizado por Tom Cruise en 2017 iba a inaugurar un nuevo universo compartido alrededor de los míticos monstruos de Universal (Drácula, El hombre lobo, etc). El Dark Universe, como se hizo en llamar, se anunció a bombo y platillo con los fichajes de Javier Bardem, Johnny Depp, Russell Crowe y Sofia Boutella acompañando a Cruise, pero la película resultó ser un fracaso en todos los sentidos, lo que frustró la saga nada más despegar.

El batacazo del Dark Universe enseñó una importante lección a Universal: para construir una saga al estilo de Marvel hay que empezar por los cimientos, no por el tejado. Como resultado, el estudio se replanteó el proyecto y tomó una decisión inteligente: desarrollar las siguientes películas como historias individuales con la ayuda de la infalible Blumhouse, con la que mantiene un contrato en exclusiva. Así nació la nueva versión de El hombre invisible, una relectura moderna con presupuesto menor y autonomía narrativa que se libera de las presiones de las franquicias de cine. Su buena acogida, tanto a nivel de taquilla como de crítica (fue uno de los últimos éxitos pre-coronavirus), ha servido para quitar el mal sabor de boca de La momia y reavivar el interés por estas propiedades.

El hombre invisible viene firmada por Leigh Whannell, uno de los principales creativos de Blumhouse y director de Insidious 3 y la muy estimable Upgrade. La película reinventa la historia creada por H.G. Wells como relato sobre la violencia doméstica en el que el monstruo fantástico se convierte en un monstruo muy real: un maltratadorElisabeth Moss (Mad MenEl cuento de la criada) interpreta a la víctima, Cecilia, una mujer atrapada en una relación controladora y violenta con un brillante científico (Oliver Jackson-Cohen) que, tras su muerte en extrañas circunstancias, comienza a ser atormentada por un ente invisible que pone en peligro a sus seres queridos y la lleva al borde de la locura.

Whannell, que también escribe el guion, construye un drama de suspense y terror psicológico en el que todo está medido con precisión y nada sobra. Sobria, elegante y sin grandes ornamentos, la película descansa principalmente en la tensión y el miedo intrínsecos a la situación, y sobre todo, en la excelente interpretación de Moss, que con cada proyecto que elige se reafirma como la reina del sufrimiento y el desquicio. Su trabajo aquí es simplemente soberbio, una exhibición de matices y expresividad que nos hace partícipes del viaje emocional de su personaje, su trauma y su transformación.

Sin caer en el abuso de los sustos gratuitos que tanto abunda en el cine de terror moderno, El hombre invisible busca inquietar al espectador sobre todo manteniendo una sensación de desasosiego constante y una atmósfera opresiva, con escenas en las que se puede sentir el miedo aunque realmente no esté pasando nada. Whannell muestra un manejo absoluto de la tensión y hace un uso muy inteligente de la cámara, que abarca el espacio como si ella también fuera una presencia invisible ejerciendo influencia en la historia y la vida de Cecilia. La fotografía, fría y oscura, la visceral banda sonora de Benjamin Wallfisch (compositor de Blade Runner 2049 It), el diseño de sonido y el mesurado uso de los efectos especiales completan una experiencia muy intensa y equilibrada en todos los aspectos.

El hombre invisible reescribe inteligentemente el mito de terror dándole un origen mucho más acorde a nuestro presente y con una aproximación a la ciencia ficción más anclada en la realidad. La película se toma su tiempo para hacer las cosas y a cambio, el resultado es más que notable (así sí, Universal). Sin excesos ni complicaciones, pero con una visión muy clara de lo que quiere contar, Whannell lleva a cabo uno de esos remakes que no solo consiguen justificar su existencia, sino que además logran aportar algo nuevo, interesante y oportuno.

Pedro J. García

El hombre invisible sale a la venta en Blu-ray y DVD de la mano de Universal Pictures.

Extras: Comentario de fondo con el guionista/director Leigh Whannell. Escenas eliminadas. Moss se manifiesta. El viaje del director con Leigh Whannell. Los actores. Terror atemporal.

‘Under the Skin’, estreno tardío pero imprescindible de una obra maestra

2020 está siendo un año un tanto extraño. Puede que el más raro de nuestra existencia… y eso que el listón estaba demasiado alto con ese 2016 en el que fallecieron David Bowie y Prince, Trump se mudó a la Casa Blanca y el zika nos trajo más de un quebradero de cabeza. Pero nada como este 2020, que ya antes de llegar a su ecuador, nos ha puesto el cuerpo (y nuestras existencias) del revés.

Dentro de esta distopía en la que nos hemos visto envueltos de lleno, hemos experimentado graves desgracias, como está siendo la pandemia mundial por la COVID-19, el despertar de posturas filofascistas en nuestras ciudades y redes sociales, la constante violencia de género, racista y/o LGTBIfoba, la enésima prueba de la radical diferenciación entre estratos o que J.K. Rowling recuerde su contraseña de Twitter; pero también más de un rayo de esperanza que nos pinta un futuro no tan desolador, como ha sido el clamor popular en contra de las injusticias sociales, tanto a nivel global con el movimiento Black Lives Matter como con las redes de cooperación vecinal en los barrios para sostener las unidades familiares más golpeadas por la crisis, y, a otro nivel, mucho más anecdótico pero importante para la distribución cinematográfica española, el advenimiento de una vez por todas de Under the Skin a nuestras pantallas.

Unos pocos tuvimos la suerte de poder disfrutarla en pantalla grande gracias a una proyección especial dentro de la madrileña Muestra SyFy en 2015, y otros tantos, unos meses antes en el Festival de Sitges. Encuentros que no dejaron a casi nadie indiferente y que provocaron que muchos recurriésemos al mercado internacional para hacernos con una copia física, al haber visto colmadas con creces nuestras ansias de hype por el tándem formado por Jonathan Glazer y Scarlett Johansson.

Glazer le seguíamos por sus igualmente marcianas Sexy Beast y Reencarnación y, especialmente, por ser uno de los iconos más importantes en el mundo de la publicidad y los videoclips de las últimas décadas, gracias a sus trabajos para Radiohead (Karma Police), Blur (The Universal), Massive Attack (Karmacoma) o marcas como Guinness o Levis (él estaba detrás del mítico anuncio que marcó a una generación en el que dos jóvenes corrían destrozando todas las puertas que se cruzaban en su camino a ritmo de Händel).

Este reencuentro en pantalla grande con Under the Skin no podría haber ocurrido en mejor momento gracias a esa nueva normalidad distópica en la que nos movemos. Las gélidas y criminales desventuras de una peculiar cazadora de hombres por tierras escocesas resultan aún más seductoras y provocadoras que nunca. El film de Glazer no solo no ha envejecido mal, sino que se ha engrandecido aún más gracias al clima actual. El escalofrío que producía la frialdad no humana de esta mujer a la hora de llevar a cabo sus crímenes en ese negrísimo no-lugar infinito, resulta aún más potente visualmente y perturbador en la oscuridad de una sala de cine con aforo limitado y con mascarillas. Una experiencia verdaderamente aterradora que parece sacada más de una acción performativa que por una obligación sanitaria.

Aunque le hayan llovido candidaturas por su labor en Historia de un matrimonio y millones de dólares (y el aplauso de la crítica) por su Viuda Negra dentro del Universo Cinematográfico Marvel, su rol como misteriosa mujer que conduce y abduce sigue siendo el mejor papel de la carrera de Scarlett Johansson. Resulta acertadísima la sustitución del constante monólogo interior de Isserley en la novela original de Michel Faber por los silencios absolutos de la mujer sin nombre interpretada por Johansson. La actriz sabe traducir a la perfección ese opresivo flujo de conciencia y las consiguientes dudas sobre su propia naturaleza depredadora en pequeños gestos escondidos en una conversación trivial o una mera sonrisa sin alma ante lo más granado de los machos heterosexuales con los que se cruza.

Durante su caza, su personaje se encuentra de cara ante diversos episodios machistas, desde la adulación vacua de alguno de los autoestopistas que recoge a la violencia más física y directa en algún otro de sus encuentros. Acontecimientos que la mujer sortea como puede (como cualquier otra mujer, sin importar del planeta que venga), sin entenderlos en un primer momento, (parte por su desconocimiento de las artes humanas, parte como respuesta normal ante la cara más fea de los hombres), y censurándolos a medida que va aprendiendo que ese tipo de comportamientos no son los adecuados para con su persona.

Además del poderío de Jonathan Glazer y el arte de Scarlett Johanson, Under the Skin se sustenta gracias a otro tercer pilar tan importante como los otros dos citados: la música de Mica LeviLas enfermizas violas y las demás cuerdas que pueblan el apartado sonoro de la película componen una especie de lamento fúnebre a medio camino entre la tragedia clásica y el cine sci-fi de los sesenta que se introducirá dentro de tu cerebro y nunca podrás dejarlo ir. No obstante, Mica Levi consiguió el premio del Cine Europeo a mejor composición del año, aunque fue ninguneada, como el resto del film, en la carrera de los premios de la Academia. Por lo menos, ella pudo redimirse en parte con una más que merecida candidatura al Oscar por el excelente score de Jackie.

Under the Skin es una película atemporal. No solo porque funcione en cualquier tipo de época, sino porque siempre será absolutamente moderna y diferente a todas las demás.

David Lastra

Nota: 

[Reseña Blu-ray] El faro: Solo el fin del mundo

Ningún hombre es una isla por sí mismo. Por mucho que nos empeñemos cada vez más en ser completamente autosuficientes y no depender de nadie, el calor del prójimo sigue siendo la mejor solución para muchos de los males del ser humano. Por esa simple razón biológica de mera supervivencia, siempre será mucho más importante elegir bien a quién te llevarías a una isla desierta, que los mil y un cachivaches que te harían falta para sobrevivir al fin del mundo.

Justamente en el epicentro del fin del mundo es donde Ephraim Winslow (Robert PattinsonHigh Life) ha encontrado su nuevo trabajo: ayudante en un faro. Sus quehaceres diarios consisten en el mantenimiento básico del mismo, así como todo tipo de marrones que se le puedan ocurrir a Thomas Wake (Willem DafoeThe Florida Project), el farero mayor. Lo que en un principio es un trabajo de mierda, se convierte a los pocos días en una verdadera montaña de redundante y hedionda mierda. Literalmente, gracias en parte a las colosales ventosidades que surgen entre los dos mofletes del culo de Thomas. Un hombre de pocas palabras y muchos pedos que termina por desquiciar a un ya de por sí bastante psicótico recién llegado.

Todo termina por torcerse cuando el mal tiempo hace que su relevo no termine por llegar nunca y tengan que tirarse unas cuantas semanas de más en la isla. Como es normal, el conflicto entre ambos no se hace esperar, especialmente cuando el cabrón de Thomas no deja a su segundo disfrutar de los placeres (¿carnales?) de la luz del falo. Pero también habrá tiempo para grandes borracheras, con sus consiguientes arrebatos de camaradería máxima y sí, tensión sexual.

Después de dejar el listón por las nubes con su primer largometraje, La bruja, Robert Eggers sigue ahondando en la represión del ser humano. Si en su anterior obra, Thomasin (Anna Taylor-Joy) no lograba alcanzar su ansiada libertad hasta abrazar de una vez por todas su feminidad y su consiguiente condición ‘maligna’, en esta El faro (The Lighthouse), también realizada para la prestigiosa A24, experimentamos los estragos de un hombre en plena crisis de identidad. Un joven que ha dado bandazos durante los treinta años que lleva en esta tierra de Dios, lo cual se ha traducido en una hostilidad absoluta para consigo mismo y todo aquel que se acerque a él. También hay que decir a su favor, que la figura del farero no favorece en ningún momento la consecución de un estado zen, así como las deplorables condiciones inhóspitas del emplazamiento o esa puñetera gaviota que no deja de molestarle cada mañana con su insoportable graznido. Toda una buena heredera de nuestro querido Black Phillip.

Un agobiante formato en cuatro tercios unido a un sucísimo blanco y negro, hace que nos sumerjamos desde el primer momento en esa espiral de aislamiento y locura que atenaza a Ephraim. Junto a él, nos asomamos al abismo y antes de que lleguemos al éxtasis ante la inmensidad del fin (o a un orgasmo conjunto, con o sin sirena de madera), un gigantesco pedo de Thomas nos devuelve a nuestra dantesca y cruel realidad… o a la alucinación en la que estamos viviendo desde el día 1. Pero tampoco debemos idealizar la mente del burdo Ephraimya que, si el citado abismo tuviese un agujero, se lo follaría sin ningún tipo de miramientos. Esta psicosis sexual de pedos y polvos se ha convertido inesperadamente en un fiel reflejo de nuestra cotidianeidad durante los últimos meses. El confinamiento por el COVID-19 ha convertido a El faro en el zeitgeist de 2020, tanto o más que las proféticas Contagio de Steven Soderbergh o 12 monos de Terry Gilliam. 

El faro es una de esas pesadillas que termina drenando todas nuestras fuerzas y nos deja al borde de las puertas del infierno. Una cinta extremadamente perturbadora y surrealista, de atmósfera asfixiante y aire a terror gótico, que entra de lleno en el Olimpo de esta nueva ola de cine autor de terror que estamos viviendo en estos últimos años y que, como tal, ha sufrido el ninguneo en la carrera de premios. Como ya ocurrió con SuspiriaMidsommar o It Follows, ninguno de sus dos magníficos intérpretes, ni mucho menos su director o guionistas lograron rascar una nimia nominación a los premios Oscar, únicamente la inquietante fotografía de Jarin Blaschke (otro viejo conocido cuyo trabajo ya pudimos disfrutar/sufrir en La bruja) logró conseguir una mención en la pasada ceremonia.

No importa, tanto El faro como el resto de películas mencionadas ya forman parte del imaginario universal del cine de terror, mientras que muchas de las nominadas han caído en el olvido.

David Lastra

El faro ya está a la venta en Blu-ray y DVD de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. La edición incluye los siguientes extras:

  • Audiocomentario con el director y co-guionista Robert Eggers.
  • Escenas eliminadas (5 min).
  • Un cuento oscuro y tormentoso (38 min).

[Reseña Blu-ray] 1917: la hazaña técnica de Sam Mendes

Se podría pensar que el cine bélico es un género de reglas inamovibles y escasa variedad, pero lo cierto es que a lo largo de las últimas décadas se ha demostrado que puede generar muchos tipos de películas gracias a cineastas que se han aproximado de formas muy diferentes al tema de la guerra, sus implicaciones y sus consecuencias.

El género está lleno de obras maestras como Senderos de gloria, Apocalypse Now, La chaqueta metálica, Platoon, La lista de Schindler, Salvar al soldado Ryan y un largo etcétera; también propuestas más orientadas al puro espectáculo de acción como Rambo, films de gran carga poética como La delgada línea roja o comedias dramáticas como Good Morning, Vietnam.

Y en los últimos años, el cine bélico ha seguido transformándose para dejarnos títulos más políticos y provocadores como La noche más oscura y En tierra hostil, la sátira ultraviolenta de Tarantino en Malditos bastardos o la envolvente experiencia inmersiva de Dunkerque, dirigida por Christopher Nolan. Precisamente con esta última es con la que más tiene en común la cinta bélica más destacada del año pasado, 1917, el último trabajo de Sam Mendes, que también convierte el tiempo en protagonista y nos zambulle en primera persona en el campo de batalla.

El director de American Beauty firma esta ininterrumpida odisea a contrarreloj ambientada en el apogeo de la Primera Guerra Mundial durante un solo día: el 6 de abril de 1917. El guion, escrito por Mendes y Krysty Wilson-Cairns (Penny Dreadful), está basado parcialmente en las historias que le contó al realizador británico su abuelo paterno, Alfred Mendes, quien participó en la Primera Guerra Mundial.

La historia sigue a dos soldados británicos, Schofield (George MacKay) y Blake (Dean-Charles Chapman), que se embarcan en una misión imposible: cruzar territorio enemigo en el menor tiempo posible para entregar un mensaje con el que evitar que 1.600 de sus hombres caigan en una trampa enemiga. Entre esos soldados se encuentra el hermano de Blake (Richard Madden), motivación extra para luchar hasta las últimas consecuencias y cumplir el objetivo que se les ha asignado.

Mucho se ha hablado de las maravillas técnicas de esta película ganadora de tres Oscar (fotografía, mezcla de sonido y efectos visuales). De la impresionante fotografía del mítico Roger Deakins (ganó su segundo premio de la Academia con ella), que nos regala planos de belleza sobrecogedora, de la excelente banda sonora compuesta por Thomas Newman, de sus efectos visuales (con dobles en 3D y la tecnología digital más puntera para recrear la realidad) y, por supuesto, de la magistral dirección de Mendes, que lleva a cabo un prodigioso plano secuencia simulado de dos horas. Así que lo único que me queda es unirme al elogio a la hazaña realizada, el apabullante trabajo de precisión que hay detrás de cada escena y el acabado impecable de la película.

Sin embargo, lo que no recibió tanta atención como merecía durante la pasada carrera hacia los Oscar fue la interpretación de George MacKay, que se deja la piel en un exigente reto físico y psicológico, pero fue casi completamente ignorado en los premios a pesar de estar espléndido. Su entrega absoluta al papel y la carga emocional de la que dota al personaje, sumido en un calvario por la supervivencia similar al de Leonardo DiCaprio en El renacido, hacen que la película no se quede en el mero alarde técnico, sino que se convierte en un viaje agotador que vivimos y sufrimos a través de él. MacKay es sin duda es uno de los actores a seguir de cerca de la nueva ola de talentos británicos.

No hay expresión más trillada en la crítica de cine que tour de force, pero en el caso de 1917, está más que justificado usarla de nuevo, porque eso es justamente la película, una intensa huída hacia delante, constante y sin apenas descanso, una proeza cinematográfica en la que todo funciona como un reloj suizo, ninguna pieza está puesta al azar, incluido el propio espectador.

1917 ya está a la venta de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. La película está disponible en los siguientes formatos: 4K UHD, Blu-ray, edición limitada Blu-ray en caja metálica y DVD. Y llega acompañada de una gran cantidad de extras que ofrecen un vistazo tras las cámaras al complejo proceso creativo de la película, con entrevistas al reparto y equipo e imágenes del rodaje, detallando el diseño de producción, la fotografía o los secretos detrás del plano secuencia. Esta es sin duda una película ideal para ver en alta definición.

Estos son los contenidos adicionales que podréis encontrar en cada edición:

DVD:
• El peso del mundo: Sam Mendes – El cineasta narra su conexión personal con la I Guerra Mundial.
• Fuerzas aliadas: creando 1917 – Descubrimos cómo se ejecutó el rodaje en plano secuencia y 360º, así como el papel fundamental de Roger Deakins a la hora de materializar la visión de Mendes.
• Comentario con el director de fotografía Roger Deakins
• Comentario con el director y coguionista Sam Mendes

BLU-RAY (incluye todos los extras del DVD)
• La música de 1917 – El compositor Thomas Newman y el equipo de la película explican la importancia de la banda sonora en 1917.
• En las trincheras – Tras las cámaras con el reparto de 1917.
• Recreando la historia – El equipo de 1917 habla sobre los retos que supuso la recreación de la I Guerra Mundial desde el punto de vista del diseño de producción.

La EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA EN CAJA METÁLICA (disponible en todos los puntos de venta hasta fin de existencias) incluye el Blu-ray y todos sus extras en un steelbook con diseño exclusivo.
La EDICIÓN 4K UHD + BLU-RAY cuenta con un disco 4K UHD que contiene tanto la película como todos sus extras en ultra alta definición. El combo incluye la película y los extras en Blu-ray.

Mujercitas: In Greta Gerwig We Trust

No sé si lo recordáis, pero en 2013, Greta Gerwig fue contratada para escribir, producir y protagonizar un spin-off/variación de Cómo conocí a vuestra madre desde la perspectiva de la chica (es decir, Cómo conocí a vuestro padre). Llegó a hacer un piloto, pero a CBS no le gustó y al público que lo vio en pases de prueba le cayó muy mal su personaje, por lo que la cadena decidió cancelar en proyecto. De haber salido adelante, la carrera de Gerwig podría haber sido muy distinta.

Flashforward a 2020. Gerwig tiene tres nominaciones al Oscar y es una de las directoras más prominentes y solicitadas del momento. Con solo dos películas como realizadora en solitario y otras tantas como guionista y actriz junto a su marido, Noah Baumbach (Historia de un matrimonio), Gerwig ha conquistado Hollywood y a los cinéfilos de medio mundo. Su próximo proyecto, también con Baumbach, es la película en acción real de Barbie protagonizada por Margot Robbie (sin riesgo no hay recompensa). Y además, ya está preparando su primer musical. Vaya bala esquivó cuando CBS le dijo que no.

Después del éxito de Lady Bird, que la convirtió en la quinta mujer nominada al Oscar a Mejor Dirección en 90 años, Gerwig dio un salto mortal en ambición con su segundo largo, la nueva versión del clásico de Louisa May Alcott, Mujercitas (Little Women). Esta historia ha sido contada en numerosas ocasiones en cine y televisión, pero Gerwig sintió que se podía hacerlo una vez más desde un punto de vista más personal y moderno. La jugada le salió muy bien y la película fue un éxito de crítica y público, con seis nominaciones a los Oscar, incluida Mejor Película (se llevó solo uno, a Mejor Diseño de Vestuario).

Si Mujercitas funcionó tan bien es porque la película desprendía amor y dedicación por los cuatro costados. Gerwig consiguió mantenerse fiel al relato de Alcott a la vez que lo hacía suyo, reinventándolo para el siglo XXI. De su luminosa versión se podía sacar en claro que conocía a los personajes como si hubiera vivido con ellos. En el caso de Jo March (Saoirse Ronan), directamente como si fuera ella misma. Con su guion, Gerwig llevó a cabo un juego de identificaciones muy metarreflexivo en el que Jo, Alcott y ella misma se convertían en versiones distintas de la misma persona; una forma inteligente de reinterpretar la historia para las nuevas generaciones y de hacer llegar alto y claro su mensaje feminista y sus ideas sobre la creación artística, el proceso de escribir y el papel de la mujer en la sociedad y la cultura.

Por supuesto, también hay que achacar el triunfo de la nueva Mujercitas a uno de los repartos más estelares que recordamos en mucho tiempo. Un impresionante elenco formado por estrellas consagradas y talentos emergentes que se convirtió inmediatamente en un sueño hecho realidad para Film Twitter. Saoirse Ronan, Emma Watson, Florence Pugh y Eliza Scanlen son las nuevas hermanas March, el omnipresente Timothée Chalamet interpreta al galán Laurie, mientras que las leyendas Laura Dern y Meryl Streep dan vida a Marmee y la Tía March respectivamente. Completan el reparto Louis Garrel, Chris Cooper, James Norton, Bob Odenkirk y Tracy Letts. Ya solo por ver a todos estos actores merece la pena.

Pero afortunadamente, Mujercitas no descansa únicamente en el gancho de sus estrellas. La película es un acto de amor en todos los aspectos, un trabajo impecable y magristral en su totalidad. Su puesta en escena, su contagiosa energía y vitalidad, su brillante dirección (aun duele que los Oscar la dejaran fuera en esta categoría), la preciosa banda sonora de Alexandre Desplat, y sobre todo, su prodigioso guion. Porque además de la soberbia interpretación de Saoirse Ronan, la calidez maternal de Laura Dern o el brío y la versatilidad de Florence Pugh, la robaescenas oficial, lo que hace que Mujercitas sea tan especial es la forma en la que Gerwig nos cuenta la historia, reordenando los acontecimientos para empezar con las hermanas March de mayores, y a partir de ahí saltar constantemente en el tiempo para ir deconstruyendo y reconstruyendo el relato. Su trabajo de adaptación es magnífico y nos hace ver acontecimientos como la muerte de Beth o la relación de Amy y Laurie desde otro punto de vista.

Entre otras cosas, con Mujercitas Gerwig hace justicia a Amy March -tradicionalmente considerada la villana de la historia- ayudándonos a entenderla, y utiliza el arco personal de Jo, su ímpetu creativo y su relación con Laurie (galán andrógino, como ella, que ya representaba la nueva masculinidad hace un siglo) para enarbolar un discurso feminista con el que resalta la vertiente más transgresora del clásico a la vez que lo trae a nuestros días.

Mujercitas es una reflexión sincera y emotiva sobre la autoría, el arte y el propio proceso de Gerwig como narradora, además de una pletórica celebración de la literatura, del poder de las historias con las que nos formamos y sobre todo, de la mujer y su derecho a elegir su propio camino, sea el que sea. Con esta versión, Gerwig consiguió algo que parecía imposible, no solo justificar que se contara la misma historia por enésima vez, sino también convencernos de que era necesario. Mujercitas ya no es solo un clásico de la literatura del siglo XIX o del cine de los 40 y los 90, ahora también es un clásico millennial.

Pedro J. García

Nota:

Mujercitas ya está a la venta en Blu-ray, DVD y digital de la mano de Sony Pictures. La edición en Blu-ray incluye los siguientes contenidos adicionales: Una nueva generación de Mujercitas; Modernizando el clásico; Greta Gerwig: Mujeres haciendo arte; Prueba de peluquería y maquillaje; Mujercitas tras las cámaras; Orchard House, el hogar de Louisa May Alcott.

[Crítica] Matthias & Maxime: Son (mis) amigos

If this is communication, I disconnect La incomunicación lo destruye todo. Más que la distancia o el tiempo. Mucho más que una cena recalentada o una infidelidad. Con incomunicación no hablamos necesariamente de los injustamente temidos silencios, sino de la absurda manía del ser humano de cerrarse ante sus personas más cercanas. Ese maldito miedo a ser juzgado por los demás y llegar a sentir vergüenza hace que nos coartemos y no seamos justos con los demás, ni mucho menos con nosotros mismos. Esta incomunicación supone el fin de todas nuestras relaciones sociales y va mermando progresivamente nuestro, ya mermado de por sí, amor propio. La quintaesencia de la estupidez humana.

Aunque extremadamente tóxica, o precisamente por esa misma razón, la incomunicación es uno de los demonios que mejores resultados han tenido en la gran pantalla. Directores como Michelangelo Antonioni (especialmente en su trilogía formada por La aventuraLa noche y El eclipse y en esa bola extra que fue El desierto rojo) o Michael Haneke (acertadísima su reflexión sobre el tema en la injustamente olvidada Código desconocido) han construido su leyenda en base a tan complicado concepto. Esa espiral de soledad creada (y buscada, como si fuese un escudo protector cualquiera) conforma la atmósfera que respiran los dos personajes protagonistas de Matthias & Maximela octava película de Xavier Dolan (Mommy, Laurence Anyways) como director.

Ese fantasma de la incomunicación ya llevaba apareciéndose en la filmografía del canadiense desde sus comienzos, pero alcanzó una corporeidad y una presencia máxima en los protagonistas de Solo el fin del mundo y, especialmente, en la inédita por estos lares The Death and Life of John F. Donovan. Hombres que se encuentran completamente aislados de su entorno por muy acompañados que estén, ya en una reunión familiar después de años de ausencia o en la cresta de su carrera interpretativa. Sin llegar al nivel de un presumible trastorno psicológico como es el caso del personaje de Kit ‘Jon Nieve’ Harington en The Death and Life of John F. Donovan, Matthias y Maxime sufren en sus carnes este mal en mayor o menor medida.

Maxime (interpretado por el propio Dolan, con una marca de nacimiento en la cara a lo Oliver Stark9-1-1) ha decidido dar un giro radical en su vida y pretende dejar atrás su desestructurado hogar familiar con su madre (Anne Dorval, la madre Dolan por excelencia) y su empleo como camarero por una presumiblemente nada glamourosa vida en Australia. Por su parte, Matthias (acertadísimo el novel Gabriel D’Almeida Freitas) es el sueño americano hecho canadiense (con raíces portuguesas, como apunta su madre). Trabador de cuello blanco con promesas de ‘un despacho con vistas’, una mujer guapa y educada con un toque chic que queda bien en cualquier ámbito, y una relación sana con su madre (ese ser de luz encarnado por Anne-Marie CadieuxBuenos vecinos). A priori, Matthias sería el personaje anti-Dolan por excelencia, pero no nos confiemos en ningún momento.

En Matthias & Maxime, como es habitual en Dolan, tenemos madres gritonas, veinteañeros arrasados por su existencia como si tuviesen ya ochenta años, adolescentes que guardan silencio… Pero en esta ocasión, en ese ecosistema habitual, Dolan introduce un agente externo, extremadamente ajeno: la bro culture. Nuestros dos protagonistas son parte de un grupo de amigos compuesto por hombres con un diverso abanico de formaciones académicas y poco más en común que su adolescencia. Algún que otro fumeta, un profesor, un niño pijo que toca el piano y nuestros dos amigos. Aunque ya nada sea lo de siempre, los amigos siguen quedando de vez en cuando. En una de esas reuniones, Erika (Camille Felton), la hermana de uno de ellos logra (tras una apuesta entre bros) que Matthias y Maxime participen en su cortometraje. Resulta muy gracioso ver a esa Erika, una millennial listilla y muy bocazas que suelta anglicismos siempre que puede, ya que estamos ante el reflejo caricaturesco de todos los males que achacaban a Dolan sus primeras obras. ¡Si hasta su corto expresionista/impresionista es muy ‘elmodóvar’! Ella y su hermano Rivette (Pier-Luc FunkGénesis) suponen el escaso alivio cómico de esta sentida aventura.

La escena en cuestión es un beso. Dos chicos besándose. Nada más. Algo que no debería escandalizar a nadie. Ni siquiera entre los amigos, que como todo grupo de hombres heterosexuales no paran de rozarse, toquetearse y bromear. Realmente ellos son diferentes a todo el estereotipo bro, el grupo de machotes no cae en ningún cuñadismo a lo largo del metraje, lo cual no sabemos es si debemos achacar ese fenómeno a la inexperiencia del director en estos lares o es una muestra de esperanza para con los hombres heterosexuales. Son muy ruidosos, aunque no tanto como una madre dolaniana. La gran diferencia en este caso es que su jolgorio es un apoyo positivo, no el origen de frustración, ni mucho menos un posible amplificador de ese vacío comunicativo. Ese beso trastoca la existencia de ambos, especialmente la de Matthias. Esa disrupción se convierte en un calvario para la calculada agenda vital del hombre perfecto y marcará el futuro de ambos. 

Lejos del barroquismo de alguna de sus obras, Matthias & Maxime pertenece a la rama de las historias mínimas de Dolan, como Tom en la granja o Solo el fin del mundo. Cintas en las que el realizador ha preferido centrarse de manera inteligente más en el poder de los diálogos que en el artificio de un bonito encuadre o en confeccionar mixtapes imposibles. Con eso no queremos decir que esta película no sea visualmente bonita, todo lo contrario. Como todo trabajo de Xavier Dolan, Matthias & Maxime es una obra de factura bellísima y posee alguna de las escenas más arrebatadoras de la temporada (el citado beso, el encuentro en el cuarto de los trastos o el baño solitario de Matthias perfectamente acompasado por la música de Jean-Michel Blais)… así como algún que otro momento musical loco con clásicos pop contemporáneos, pero todo con mucha más mesura de lo habitual.

Matthias & Maxime es otra lúcida fábula del joven maestro Dolan sobre la orientación del deseo y las frustraciones que provoca intentar negar lo evidente. Preciosa y desgarradora, como todo lo que toca su autor.

David Lastra

Nota: 9 (★★½) 

El viernes 27 de marzo, Avalon preestrena de manera excepcional ‘Matthias & Maxime’ en la plataforma Filmin durante cuarenta y ocho horas. El estreno en cines se posterga hasta el fin del estado de alarma.

‘Adiós’: La consagración dramática de Mario Casas (aunque no quieran reconocérselo)

Para mucha gente Mario Casas siempre será el macizo de El barco o el chulo de 3 metros sobre el cielo. Y no les podemos culpar. Durante años, el actor de La Coruña se labró una imagen muy reconocible como galán de extrarradio e ídolo atormentado de adolescentes, un rebelde sin causa y conquistador con ínfulas de príncipe y espíritu de cani que disfrutó de un lugar especial reservado en las carpetas del instituto de media España. Y que, como suele ocurrir, también generó muchos detractores.

Pero desde hace un tiempo, Casas está intentando quitarse de encima su imagen de ídolo adolescente, aceptando papeles exigentes con los que demostrar una versatilidad que muchos no quieren ver. El actor ha brillado en comedia de la mano de Álex de la Iglesia en las películas Las brujas de Zugarramurdi, Mi gran nocheEl bar. Ha resultado ser un gran protagonista de thriller con Grupo 7 Contratiempo. Ha emulado a los grandes iconos románticos del cine en Palmeras en la nieveY ha asumido duros retos físicos con sus papeles en El fotógrafo de Mauthausen y la crudísima Bajo la piel del lobo, lo que le ha valido el sobrenombre de “el Christian Bale español”.

Pero ninguno de estos trabajos alcanzan el nivel de entrega de Adiós, drama de 2019 dirigido por Paco Cabezas (Carne de neón, Penny Dreadful), en el que Casas se deja la piel y el alma interpretando a un dolido padre que se embarca en un viaje de venganza para tomarse la justicia por su mano tras la muerte de su hija pequeña en un accidente de coche.

El film recibió tres nominaciones a los Goya en apartados interpretativos (mejor actriz revelación para Pilar Gómez y mejor actriz de reparto para Natalia de Molina y Mona Martínez), pero un año más, la Academia de Cine volvió a ningunear a Casas (nunca ha sido nominado), a pesar de haber realizado una de las mejores interpretaciones del año, y de su carrera. Está claro que le tienen tanta manía como gran parte de público que aun no se lo toma en serio como actor y se ha quedado en el chiste de que no se le entiende -que sí, es verdad en muchos de sus trabajos y en Adiós no ayuda que sea un gallego interpretando a un sevillano con acento impostado, pero también lleva tiempo trabajando en su dicción y mejorando para quitarse ese sambenito, por lo que es injusto reducir sus interpretaciones solo a eso. Sobre todo cuando hay tantas películas españolas sin Mario Casas en las que hay que poner los subtítulos para enterarse de todo.

Pero vamos a centrarnos en la película, porque Adiós no es solo Mario Casas. También es Natalia de Molina, una de nuestras mejores actrices, que interpreta con garra y pesar a la mujer del personaje de Casas. También es Ruth Díaz, fantástica en su papel de recta  y afligida agente de policía al cargo de la investigación. Carlos Bardem, su jefe, un hombre de dudosa moralidad. El humorista Salva Reina en un papel revelación como yonqui (injustamente tampoco nominado al Goya). Y sobre todo Mona Martínez, inconmensurable matriarca de las 3000 viviendas de Sevilla dispuesta a hacer lo que sea para proteger a su clan.

Paco Cabezas dirige con pulso y valentía un drama criminal que se adentra en los bajos fondos de la ciudad andaluza para construir un intenso entramado de muerte, narcotráfico y corrupción policial que nos muestra el lado más descorazonador del ser humano. Un thriller elegante pero sucio y oscuro que nos sumerge en un lugar sin ley y orden para hacernos partícipes del dolor de sus personajes y ese duro sentimiento de no tener nada que perder.

Magnética, absorbente y angustiosa, así es Adiós, una de las mejores películas de 2019. Cabezas domina el equilibrio entre drama introspectivo y acción con una trama que, exceptuando algún que otro cliché y giro predecible, atrapa de principio a fin y golpea fuerte en el estómago. Pero sobre todo, Adiós es la (nueva) prueba de que Mario Casas es mucho mejor actor de lo que la mayoría piensa y que, dejando a un lado los prejuicios, cualquiera te puede sorprender.

Nota: ★★★★

Pedro J. García

Adiós ya está a la venta en DVD y Blu-ray de la mano de Sony Pictures. El Blu-ray contiene los siguientes extras:

  • La historia
  • La película
  • Triana
  • Eli
  • Juan Santos
  • Santacana
  • Director
  • Sevilla
  • Producción
  • Secuencia

Onward: Magia, fantasía épica y amor fraternal

Pixar lleva 25 años elevando el listón del cine de animación, siempre a la vanguardia técnica y creativa. Sin embargo, recientemente, el estudio de Emeryville se ha centrado principalmente en las secuelas (con excepción de Coco en 2016), cosechando récords en taquilla, pero también dando la sensación de que su creatividad ya no era tan fértil como hace unos años y estaba jugando demasiado sobre seguro. En 2020, Pixar aparca las secuelas para estrenar dos películas originales, Onward Soul, repitiendo así lo que hizo en 2015 con Del revés El viaje de Arlo.

Mientras esperamos el regreso del visionario Pete Docter (Monstruos S.A., Up, Del revés) con Soul, el año de Pixar comienza con su película número 22, Onward, dirigida por Dan Scanlon, que debutó en el estudio con el corto de Cars, Mate y la luz fantasma y firmó su primer largometraje como director con la precuela Monstruos University. En esta ocasión, Pixar nos traslada a un mundo suburbano de fantasía en el que la magia ha quedado obsoleta debido al avance de la tecnología y criaturas mitológicas como elfos, minotauros, cíclopes, hadas y sirenas viven rodeados de las comodidades y los adelantos de la vida moderna, mientras que otras, como los unicornios, son tan comunes e indeseables como los roedores.

La historia se centra en dos hermanos elfos de caracteres muy opuestos, Ian y Barley Lightfoot (voces originales de Tom Holland y Chris Pratt), que se embarcan en una aventura para encontrar una gema mágica con la que completar un hechizo que les ayudará a pasar un día con su padre, quien falleció cuando los dos eran pequeños. Ian es un adolescente tímido y socialmente torpe que no se atreve a salir de su cascarón, mientras que Barley es todo lo contrario, un joven extrovertido y alocado que se pasa el día intentando que los demás recuperen el interés por la magia y yendo a todas partes en su amada furgoneta. Los dos emprenden un viaje a contrarreloj y lleno de peligros para ver a su padre, mientras su madre (Julia Louis-Dreyfus) les sigue la pista para protegerlos. La odisea de los Lightfoot servirá para que Ian se atreva por fin a vivir una aventura en la que aprenderá a usar la magia y salirse de su zona de confort gracias al apoyo de Barley, del que se había distanciado al hacerse mayor.

Siguiendo la estela de Frozen, solo que con hermanos en lugar de hermanas, Onward explora la familia y los lazos fraternales con la inteligencia y la sensibilidad que cabe esperar de Pixar, a la vez que homenajea la fantasía épica y el rol/RPG tipo Dragones y mazmorras o Zelda con grandes dosis de imaginación y creatividad. Por otro lado, en su historia también se pueden detectar ecos de Brave (el hechizo afecta al padre en lugar de a la madre en este caso), Zootrópolis (por el contraste humorístico entre los seres fantásticos y el mundo moderno), Indiana Jones y Los Goonies (adolescentes emprendiendo una búsqueda del tesoro llena de acertijos y trampas subterráneas), con un toque de Este muerto está muy vivo (en serio).

En general, la película está llena de buenas ideas, personajes divertidos (la Mantícora, voz de Octavia Spencer, es la robaescenas oficial) y un sentido muy desarrollado de la aventura, con estupendas escenas de acción y aprendizaje mágico siempre ligadas a la evolución y crecimiento de los personajes, así como un sentido del humor que, si bien no siempre llega a ser todo lo eficaz que debería, pone una sonrisa en la cara de principio a fin.

Se podría decir que Onward es 70% Disney y 30% Pixar. Esto no es necesariamente malo (los clásicos de Disney de la última década han subido mucho de nivel), pero a ratos se echa de menos en ella esa magia única que suelen tener las películas de Pixar. Aunque la idea de la que parte es muy buena (se inspira, por cierto, en la historia real del director, cuyo padre murió cuando él solo tenía un año), tiene mucho encanto y hay momentos memorables (la persecución en carretera, la escena del puente levadizo, las pruebas subterráneas), el desarrollo es más bien convencional y carece de ese componente que hace que las películas de Pixar se diferencien del resto. Al menos hasta que llegamos a los últimos veinte minutos.

Es en el acto final de Onward donde nos reencontramos con la magia del estudio del flexo en su máxima expresión. Esa capacidad para despertar emociones a flor de piel con una conclusión profunda y trascendental que resume a la perfección, incluso redefine y revaloriza, la historia que nos acaban de contar; una historia sobre amor fraternal que habla de la pérdida y la familia con sentimiento y madurez. Entre la acción épica y el drama más emotivo, Onward nos ofrece un desenlace precioso para sus personajes y nos deja con un bonito mensaje inspirador: atrévete a arriesgarte, a vivir una aventura. Al final, aunque parecía que no, Pixar vuelve a buscar la lágrima, y la encuentra.

A Onward le falta ese componente conceptualmente ambicioso de otras películas originales de Pixar, pero incluso siendo una de las entregas relativamente más modestas del estudio, tiene la calidad que se espera de ellos. Ni que decir tiene que visual y técnicamente es una maravilla (las texturas en los primeros planos son increíbles), además, cuenta con un guion muy sólido y termina con uno de los finales más conmovedores de su catálogo. Fusionando fantasía, aventura y drama coming-of-ageOnward no supone ninguna revolución (sería injusto pedírselo), pero nos recuerda que la verdadera magia de Pixar reside en saber contar historias con significado para todo el mundo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: La llamada de lo salvaje

Las películas con perro protagonista son un género en sí mismo, y además uno muy prolífico. Hay cientos y cientos de títulos centrados en “el mejor amigo del hombre”, y todos están cortados por el mismo patrón. Sin ir más lejos, el año pasado llegaron a las pantallas unos cuantos: Mi amigo EnzoUno más de la familiaTu mejor amigo: Un nuevo viaje. Está claro que este tipo de películas son rentables, ya que suelen costar poco y atraen a un público familiar muy amplio.

Este año se suma a la lista La llamada de lo salvaje (The Call of the Wild), film dirigido por Chris Sanders (mitad del tándem creativo que nos trajo Lilo & Stitch Cómo entrenar a tu dragón), basado en el clásico de la literatura escrito por el estadounidense Jack London. La historia gira en torno a Buck, un perro de gran tamaño y corazón que es arrancado de su hogar en California para ser utilizado como perro de trineo en las remotas tierras el Yukón en Alaska durante la fiebre del oro de los años 1890. Buck se convertirá pronto en el líder del equipo de canes encargados de entregar el correo, lo que le llevará a vivir una aventura en la que desarrollará una preciosa amistad con un hombre solitario (Harrison Ford, que también hace de narrador). Gracias a él, Buck descubrirá lo que es vivir siendo su propio maestro, lo que le llevará a encontrar su verdadero lugar en el mundo.

Más ambiciosa (y cara) que los títulos anteriormente mencionados, La llamada de lo salvaje presenta un híbrido de imagen real y animación por ordenador para dar vida a los animales de la película. Siguiendo la estela de El libro de la selvaEl rey león, Buck es una creación enteramente digital, al igual que el resto de perros que se encuentra en su aventura. Esto permite aumentar su expresividad a la vez que se evita utilizar a animales reales en el rodaje. Sin embargo, por mucha ventaja que suponga contar con perros CGI, el resultado final es irregular, por no decir desconcertante. Buck es un personaje divertido y entrañable, pero nunca resulta convincente como animal real. En todo momento salta a la vista que es una criatura digital, lo cual resta credibilidad y empatía, además de dificultar la suspensión de la incredulidad en las escenas de acción donde realiza hazañas más propias de una película de animación.

Si conseguimos acostumbrarnos a su inconsistencia visual y a la apariencia poco realista de Buck, La llamada de lo salvaje nos ofrece un pasatiempo familiar clásico bastante eficaz. Aunque hay bajones de ritmo, sobre todo en la segunda mitad del metraje, y en ocasiones se pasa de cursi y almibarada, la película cumple su propósito de entretener y emocionar, gracias en parte a la sinceridad y ausencia de pretensiones con la que está hecha. Y también a un divertido y emotivo Harrison Ford, que logra transmitir genuino cariño por Buck. A pesar de saber que el perro es digital, puedes sentir la conexión entre ambos, lo cual es un importante punto a favor.

La película cuenta con más actores humanos, entre ellos Omar Sy y Cara Gee, que interpretan a los dueños del trineo, Dan Stevens, que da vida al villano de la historia al más puro estilo Disney (caricaturizado y exagerado), y una Karen Gillan que tristemente aparece solo dos minutos, desaprovechando un talento polifacético del que sí han sacado partido el Universo Marvel y Jumanji. Sin embargo, el gran protagonista es Buck, quien aparece en varios pasajes sin intervención humana en los que da la sensación de que estamos viendo un film de animación; lo cual no es necesariamente positivo, ya que hace que parezca que hay varias películas distintas en una.

La llamada de lo salvaje es la clásica historia sobre un animal domesticado y maltratado por el humano que descubre la naturaleza y aprende a vivir por sí mismo; una película de corte navideño (por algún extraño motivo estrenada en febrero), que a pesar de ser uno de los proyectos heredados de Fox, parece una película 100% Disney. Con claros ecos a cintas animadas como BaltoTod y Toby (por momentos parece que estamos viendo un remake en acción real de la primera) y un espíritu atemporal, La llamada de lo salvaje no pretende inventar nada, solo proporcionar un refugio cálido y libre de cinismo para el espectador.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Queen & Slim: Un potente mensaje ahogado por un guion sin sentido

Con una fructífera carrera como directora de videoclips para Beyoncé, Lady Gaga o Rihanna y series de televisión (Insecure, Master of None) a sus espaldas, Melina Matsoukas debuta en el largometraje con Queen & Slim, road movie social escrita por la ganadora del Emmy Lena Waithe (Master of None) y protagonizada por Daniel Kaluuya (Déjame salir) y la revelación Jodie Turner-Smith, junto a Bokeem Woodbine (Spider-Man: Homecoming), Chloé Sevigny (Los muertos no mueren) y Flea (Identidad borrada).

Queen & Slim es la historia de un hombre (Kaluuya) y una mujer (Turner-Smith), los dos afroamericanos, que tras una primera cita se dirigen a casa cuando son parados por la policía. Lo que podría quedar en un incidente sin más acaba teniendo graves consecuencias cuando él dispara al oficial de policía en defensa propia. Preocupados por las posibles represalias, ambos deciden huir. Pero la escena ha sido grabada en vídeo desde el coche de policía y se vuelve viral. Mientras se embarcan en un peligroso viaje en carretera para escapar del país, encontrando numerosos aliados y desarrollando una profunda relación, la pareja se convierte en un símbolo de resistencia para la comunidad negra, víctima del trauma y la brutalidad policial en Estados Unidos.

Describir Queen & Slim como “la Bonnie & Clyde negra” es tan tópico y predecible como inevitable y acertado (la propia película hace ese mismo guiño). Alrededor de la idea de los amantes fugitivos, Matsoukas y Waithe construyen una historia muy potente sobre el racismo en Norteamérica en la que su mensaje llega alto y claro, en parte por la insistencia con la que se subraya continuamente. La película brilla en el aspecto visual, evidenciando la formación de Matsoukas en el videoclip y constatando su innegable sentido del gusto y fuerte personalidad estética. No cabe duda de que Queen & Slim tiene mucho estilo y actitud, sin embargo, la fuerza de sus imágenes se ve constantemente mermada por un guion más preocupado por el mensaje que por la lógica.

La historia empieza a cojear desde el primer momento en el que los protagonistas deciden huir de la escena del crimen. A partir de ahí, ambos toman un decisión estúpida tras otra, lo cual resulta aun más inverosímil si tenemos en cuenta que ella es abogada y consiguió absolver a una persona acusada de homicidio involuntario. Waithe fuerza constantemente los giros para llevar la trama por donde le interesa, abusando del deus ex machina (los personajes se salvan continuamente de las formas más fantasiosas) y descuidando detalles básicos, lo que resulta en un argumento lleno de agujeros narrativos y situaciones poco plausibles que dificultan la empatía con los protagonistas y restan impacto a la importante lección que quiere transmitir.

Queen & Slim nos habla de la violencia diaria a la que se enfrentan las personas negras en Estados Unidos, de la discriminación y el uso de perfiles raciales que condicionan sus vidas y los mantienen constantemente alerta por miedo a morir por una respuesta mal dada o a causa de un movimiento supuestamente sospechoso. Como decía, un mensaje muy valioso sin duda, pero aquí abordado sin apenas sutilidad y cayendo por momentos en lo maniqueo, lo cual contrarresta el notable trabajo de Matsoukas detrás de las cámaras. Tampoco ayuda un montaje atropellado y un metraje que se alarga en exceso, haciendo que tras una intensa primera parte en la que la directora maneja bien el suspense, la recta final se haga pesada y el impacto de su desenlace llegue demasiado tarde.

La idea de una comunidad ayudando a los fugitivos a escapar de sus opresores y en última instancia convirtiéndolos en héroes es muy buena, pero Waithe no sabe desarrollarla sin caer en lo obvio y lo machacón. A pesar de las excelentes interpretaciones de Kaluuya y Turner-Smith, su acertada fusión de thriller y romance y la más que solvente realización de Matsoukas, Queen & Slim se pierde en su afán de erigirse como película denuncia, manufacturando de forma muy autoconsciente su propio carácter icónico.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Fantasy Island

Llega a los cines la última película de la prolífica y rentable productora Blumhouse, el thriller fantástico con pinceladas de terror Fantasy Island. Habiendo conseguido ya establecerse como una marca reconocible, somos una buena parte de los aficionados al terror los que esperamos cada nueva película de la casa de Jason Blum con, como mínimo, algo de curiosidad, si no entusiasmo.

Dirigida por Jeff Wadlow (Kick Ass 2: Con un par), que repite con Lucy Hale (Pequeñas mentirosas), Fantasy Island es un reboot de la serie americana del mismo nombre que se emitió durante siete temporadas entre finales de los 70 y principios de los 80. Tanto en un caso como en otro, la acción transcurre en una misteriosa isla resort en la que los visitantes pueden cumplir sus más ansiadas fantasías, sueños que obviamente acaban mucho peor de lo que empiezan. El reparto cuenta con caras conocidas como Michael Peña, Ryan Hansen, Maggie Q, Portia Doubleday o Michael Rooker entre otros.

Por desgracia, la curiosidad por la premisa se desvanece nada más empezar el film, ya que no tardamos en encontrarnos con el enésimo uso del mismo recurso: un grupo de personas que no se conocen entre sí llegan o aparecen en un lugar común que les obliga a luchar por sus vidas a la vez que sus demonios interiores. Esta fórmula que ha dado tantísimos thrillers y películas de terror, como por ejemplo Cube (1997) o, sin ir más lejos, Escape Room, otro estreno de Sony Pictures del año pasado, cuya secuela es inminente gracias al éxito que tuvo esa primera parte. La segunda nunca será recordada como el clásico de culto que es la primera, pero supuso una grata sorpresa para los que no esperábamos nada y nos encontramos con una dirección solvente y un pulso en la narración y el desarrollo de la intriga muy eficientes. Que es justo lo que le falta a Fantasy Island.

A priori, que la película no cuente con el punto de partida más original no debería impedir que el producto final sea al menos divertido. Sin embargo, a medida que avanza el metraje nos damos cuenta de que le estamos pidiendo demasiado. Desafortunadamente, nos encontramos ante una de esas películas que se toman demasiado en serio a sí mismas, cuando lo que pide la historia es justo lo contrario: desvarío y humor. Pero era mucho esperar tratándose del mismo equipo que creó ese desastre llamado Verdad o reto.

Y es que no todo en Blumhouse van a ser aclamadas cintas de autor como Déjame salir Nosotros, loables divertimentos como Feliz día de tu muerteo reboots sólidos como La noche de Halloween. ¿En qué pensaban dando luz verde a este proyecto que presentaba las mismas carencias que Verdad o reto, una de sus películas peor valoradas recientemente?

Los guionistas, Jillian Jacobs, Christopher Roach y Jeff Wadlow, escriben a sus personajes recurriendo a las historias más básicas y planas posibles, tramas que cuando comienzan a entrelazarse abandonan toda la lógica, externa e interna. Simplemente no saben crear el conflicto, y mucho menos resolverlo, llegando a caer en el ridículo durante el tramo final. Es de agradecer que traten a los personajes femeninos con igualdad y les permitan descontrolarse, embrutecerse y expresar su sexualidad en lugar de reducirlas a estereotipos como la típica virgen o final girl. Pero también en esto se queda en la superficie, sin intención verdadera de reflexión o transgresión.

Con una duración de casi dos horas que empieza a excederse a los 85 minutos, decir que Fantasy Island es una oportunidad perdida quizás es exagerar un poco, porque tampoco había demasiadas expectativas por ella como para que fuera una decepción. Pero que el concepto de una isla mágica que cumple nuestras mayores fantasías podía haber dado muchísimo más de sí en otras manos, eso seguro.

Daniel Andréu

Nota: ★★

Crítica: Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de Harley Quinn)

“Harley Quinn no necesitaba un novio, necesitaba amigas”. Así lo ha expresado Margot Robbie en varias entrevistas a propósito del spin-off de Escuadrón Suicida centrado en su popular personaje. Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de Harley Quinn) se apoya completamente en esta idea. Harley sale de la sombra de su poderoso novio, el Joker, para dejar de ser “la chica de” y encontrar su lugar en el mundo. Una tarea complicada cuando no tienes la cabeza muy en su sitio, pero más llevadera cuando encuentras a otras mujeres en tu misma situación.

Aves de presa no borra los acontecimientos de la infame Escuadrón Suicida, sino que los utiliza como trampolín para crear una nueva historia con fundamento. Aunque Jared Leto no aparece en la película, su personaje está presente en todo momento para recordar a Harley quién ha sido a su lado y quién quiere ser sin él. Además del Príncipe Payaso del Crimen hay otras referencias a la película que convirtió a Harley Quinn en el disfraz favorito de media humanidad, guiños a otros personajes y un prólogo recapitulador que resume la biografía completa del personaje antes de iniciar su proceso de emancipación y convertirla en la gran protagonista de su nueva vida.

Con solo una película, Robbie convirtió a uno de los antihéroes más populares de DC en uno de los personajes más icónicos del cine reciente. Harley fue casi por unanimidad lo mejor de Escuadrón Suicida, y la actriz, que ejerce como productora en el spin-off, sabía que lo mejor para ella era sacarla de ahí y darle un nuevo grupo. Aves de presa es la rocambolesca historia de cómo se forma esta nueva pandilla femenina. Todo comienza con Harley abandonando al Joker, lo que alerta a todos sus enemigos de que, sin la protección de su novio, por fin hay vía libre para cazarla. A partir de ahí, se desata la locura.

Al más puro estilo John Wick, Harley pasa a ser el blanco de todos los malhechores de Gotham a los que hizo alguna jugarreta en el pasado. La ciudad entera se vuelve en su contra, incluido su villano más sádico (con permiso del Joker), Roman Sionis (Ewan McGregor), quien ha marcado como objetivo a una niña llamada Cass (Ella Jay Basco), que acaba bajo la protección de Harley. Sus caminos se cruzan con La Cazadora (Mary Elizabeth Winstead), Canario Negro (Jurnee Smollett-Bell) y Renee Montoya (Rosie Perez), tres mujeres agraviadas, cada una con su propia historia de emancipación, que no tendrán más remedio que unirse a Harley para derrotar a su enemigo común.

Aves de presa es una explosión de energía, color y violencia. Cathy Yan (Dead Pigs) dirige un espectáculo desenfadado y caótico en el que las mujeres de DC pasan al frente para protagonizar una historia retorcida de empoderamiento femenino y sororidad. Con estilo videoclipero, toneladas de actitud, una banda sonora que es dinamita y escenas de acción de lo más brutal (se nota la mano de Chad Stahelski, el director de John Wick, contratado para supervisar escenas adicionales), Aves de presa se desmarca del resto del Universo DC para seguir experimentando con sus posibilidades. El resultado es irregular, pero tremendamente divertido y decididamente gamberro.

Por supuesto, la estrella incontestable de la película es Robbie. La actriz vive y respira al personaje, a quien humaniza sin traicionar su espíritu volátil y amoral. Su trabajo es brillante, desde la autoconsciente voz en off tipo Deadpool hasta cómo se desenvuelve en la acción, pasando por unos primeros planos que enmarcan su rostro subrayando su talento para transmitir emociones. Además, el personaje también ha sido reconfigurado para desesclavizarlo de la mirada masculina, conservando su indudable naturaleza sexy, pero sin caer en la hipersexualización. Lo mismo se puede decir del resto de personajes femeninos, de los que destaca sobre todo una Mary Elizabeth Winstead feroz en las escenas de acción y muy divertida en las demás. McGregor por su parte también resalta como Black Mask con una interpretación a base de desquicio y amaneramiento, como un villano Disney armarizado con su propio secuaz enamorado (Chris Messina).

Pero Aves de presa está lejos de ser perfecta. Precisamente Black Mask es uno de sus puntos débiles. Salta a la vista que McGregor se lo está pasando en grande con el personaje, pero la película no sabe aprovecharlo del todo, y como le ocurre a tantos villanos en el cine de superhéroes, se queda en la superficie y acaba difuminándose en el acto final. Lo mismo le ocurre a varios otros personajes secundarios, como Canario Negro y Cass, a las que tampoco llegamos a conocer muy bien. En general, el guion introduce elementos y personajes para más adelante no sacarles partido o incluso olvidarse de ellos (se podía haber hecho mucho más con la hiena de Harley, por ejemplo).

Aunque supone una mejora enorme con respecto a Escuadrón Suicida y continúa la buena racha creativa de DC, Aves de presa sigue exhibiendo algunos de los problemas que lastraron a las primeras películas de su era moderna. Al principio le cuesta arrancar y encontrar el tono, los saltos en el tiempo de la narración no lineal perjudican al ritmo y se nota que ha habido dificultades para estructurar la película. Por otro lado, el humor no siempre resulta efectivo y desde luego no es para todo el mundo. Y por último, lo más importante, la película pasa tanto tiempo con los personajes por separado que cuando por fin se juntan, ya no queda apenas metraje. Sí, la batalla final es una gozada, pero aun así nos quedamos con las ganas de ver más escenas de grupo, de que se exploren mejor sus relaciones, de que se aproveche más la divertida dinámica entre ellas que solo vemos en los últimos minutos. Es como si tuvieran miedo a gastar demasiados cartuchos de cara a una secuela.

A pesar de sus defectos, Aves de presa es una de las películas más originales y potentes del DC reciente. Una auténtica fiesta que tiñe de color y purpurina la oscura Gotham y nos muestra el lado más desatado del estudio. Abundantes huesos rotos, una trepidante persecución en patines, una nube de cocaína que es para Harley como las espinacas para Popeye… Cualquier cosa es posible en una película que ha decidido mandar las reglas a la mierda y parece hasta arriba de éxtasis. Excéntrica, ultraviolenta y orgullosamente feminista, salvaje pero con su punto de ternura, liberada y emancipada, Aves de presa es la rebelión femenina que Harley Quinn y DC necesitaban.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Solo nos queda bailar (And Then We Danced)

Bailar como si no te estuviera mirando nadie. Bailar en tu habitación delante del espejo. Bailar como preámbulo al sexo. Como válvula de escape. Como idioma para comunicar lo que no se puede con palabras. Como pasaporte a una vida mejor. Bailar como respirar, como definirse y diferenciarse de la norma. Como existir.

Billy Elliot, Dirty Dancing, Girl, Ema..El cine ha recurrido a la danza en muchas ocasiones para contar historias de superación y de búsqueda de la identidad. Solo nos queda bailar (And Then We Danced), de Leban Akin, se une a esta larga lista con una historia que refleja a través del baile la insoportable tensión entre un país fuertemente anclado en la tradición, Georgia, y una juventud LGBTQ+ oprimida por su sociedad arcaica y conservadora. Tensión que desembocó en violencia durante el boicot organizado por la extrema derecha georgiana para protestar por la exhibición del film, disturbios que acabaron en numerosos arrestos e ingresos hospitalarios.

La película gira en torno a Merab (Levan Gelbakhiani), entregado bailarín de danza georgiana de familia pobre que lleva años entrenándose con su pareja de baile, Mary (Ana Javakishvili), para lograr un puesto en el grupo de danza nacional. La llegada del apuesto Irakli (Bachi Valishvili) altera profundamente su vida convirtiéndose en su principal rival, pero también su objeto de deseo. Irakli congenia inmediatamente con el resto de bailarines y se convierte en compañero de juergas del descarriado hermano de Merab (también miembro del grupo de baile), lo que lo acerca cada vez más a él. El aparente desinterés de Irakli se torna en una pasión correspondida que los llevará a vivir una aventura en contra de las normas que podría poner en peligro el futuro de ambos.

La danza georgiana es uno de los mayores símbolos de identidad del país. Se trata de una modalidad apoyada en la fuerza y la resistencia, alejada de la delicadeza del ballet y otras disciplinas, tal y como comprobamos en las viscerales y enérgicas secuencias de baile del film. En varias ocasiones, el entrenador de Merab recuerda a sus alumnos que la danza georgiana se basa en la masculinidad, entendida como sinónimo de fuerza y alejada de cualquier atisbo de sexo, feminidad o lo que para él es lo mismo, “debilidad”. Utilizando el tumulto interior de Merab, su forma de ser en relación a los demás bailarines y su apasionado romance con Irakli, Akin lleva a cabo una exploración de la masculinidad tóxica que plantea la necesidad urgente de desafiarla para deshacerse de ella.

La historia de amor entre Merab e Irakli se desarrolla con suma sensibilidad, realismo y una química indudable entre los actores. Gelbakhiani, la gran revelación de la película, es un portento a la hora de transmitir emociones. Con él se pueden sentir en primera persona las mariposas en el estómago, el magnetismo de la atracción sexual, la emoción del encuentro furtivo, la frustración de la espera y el silencio, y también el insoportable dolor del desamor. Es una interpretación de matices y miradas elocuentes que tiene bastante en común, aunque también nada que envidiar a la de Timothée Chalamet en Call Me by Your Name. Solo que en lugar de terminar en un primer plano, lo hace con una poderosa y sobrecogedora escena de baile (a lo Flashdance) que aparta el amor romántico para encontrar la catarsis en la liberación personal.

A pesar de caer en bastantes clichés del cine gay (no puede faltar la escena del enamorado oliendo una prenda de su objeto de deseo) y mostrarse demasiado prudente en su erotismo (en esta ocasión quizá justificado por lo opresivo del entorno), Solo nos queda bailar es una obra preciosa, así como muy valiosa en su denuncia de la homofobia y la violencia que las personas homosexuales viven a diario -y que la propia película ha recibido en su país. Una emocionante historia de autodescubrimiento y aceptación sobre la experiencia LGBTQ+ que recuerda al mundo lo importante (y necesario) que es atreverse a desafiar a la tradición, la sociedad y tu comunidad para escapar y florecer.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: El escándalo (Bombshell)

Las acusaciones a Harvey Weinstein por acoso sexual en 2017 provocaron un efecto avalancha que marcó un antes y un después en Hollywood, repercutiendo en todas las facetas de la sociedad alrededor del mundo. Miles de mujeres alzaban la voz después de décadas de silencio por miedo a las represalias de los hombres en el poder, creándose así el movimiento #MeToo, hashtag utilizado por miles de personas para compartir sus experiencias de acoso y agresión sexual en redes sociales.

Entre las muchas personas que decidieron hablar para denunciar a sus agresores se encuentran numerosas celebridades, como la actriz Alyssa Milano (quien popularizó el hashtag originalmente), Mira Sorvino, Lady Gaga, Patricia Arquette, Rosario Dawson, e incluso algunos hombres, como Terry Crews y James Van Der Beek. Pero más allá del caso Weinstein, el suceso relacionado con el #MeToo que más conmocionó a la sociedad estadounidense fue el de la cadena conservadora Fox News y las acusaciones de acoso sexual por parte de varias mujeres a su ex CEO, Roger Ailes, uno de los hombres más poderosos de la televisión norteamericana.

Esta es la explosiva historia que narra El escándalo (Bombshell), de Jay Roach. El director, que cuenta con una amplia experiencia dirigiendo películas basadas en episodios y acontecimientos reales de la sociedad y la política norteamericana (Game Change, Trumbo, All the Way), se centra en tres personajes femeninos: las presentadoras Megyn Kelly (Charlize Theron) y Gretchen Carlson (Nicole Kidman), y la ayudante de producción Kayla Pospisil (Margot Robbie). Ellas son las protagonistas de una trama que se adentra en los rincones más oscuros de la televisión diurna en Estados Unidos para sacar los trapos sucios de la cadena favorita de Donald Trump.

Bombshell es la crónica de la caída del todopoderoso Roger Ailes (interpretado por el camaleónico y siempre excelente John Lithgow) a través de los ojos de sus víctimas, mujeres que durante años se vieron sometidas a un ambiente de trabajo sexista y tóxico en el que sufrieron cosificación constante (en Fox News las mesas son abiertas para que se vean las piernas de las periodistas) y sus cuerpos fueron tratados como mercancía o moneda de cambio por el pez gordo de la cadena. Mujeres que dijeron “ya basta” y derribaron al monstruo. Esta mirada reveladora e incisiva a los entresijos de Fox News trata de responder las dolorosas preguntas a las que las víctimas se deben enfrentar tristemente cuando deciden compartir su verdad: ¿Por qué no hablaron antes? ¿Por qué no hicieron nada para evitarlo? ¿Por qué debemos creerlas?

Lo hace con un guion en ocasiones poco sutil, pero siempre afilado, matizado y provocador, explorando el escabroso asunto que trata con garra y dramatismo, pero también con mucho sentido del humor. Y con un fantástico reparto lleno de caras conocidas (Kate McKinnon, Mark Duplass, Rob Delaney, Connie Britton, Allison Janney, Malcolm McDowell…), encabezado por un soberbio trío de actrices que se comen la pantalla. Transformadas por un prodigioso departamento de maquillaje y peluquería (lo de Charlize como Megyn Kelly es increíble) y entregadas por completo a una historia que exige máximo compromiso y dedicación, Theron, Kidman y Robbie honran con sus interpretaciones a las víctimas de Ailes y a todas las mujeres que, como ellas, se han atrevido a dar el paso.

Puede que Bombshell recuerde demasiado a cintas como La gran apuestaEl vicio del poder, de las que parece tomar mucho prestado, pero esto no debería menoscabar su valor. No solo es una película explosiva y escalofriante, sino también una historia del #MeToo oportuna y necesaria, una herramienta valiosa para abrir ojos y concienciar sin olvidar en ningún momento el entretenimiento cinematográfico.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Ema: Mala mujer

Pablo Larraín es una de las voces más estimulantes del cine actual. El realizador chileno ha demostrado su versatilidad en una filmografía llena de joyas eclécticas que retratan a un artista inquieto y diferente. Después de NoEl clubJackieNeruda, Larraín firma su obra más extrema, rebelde y original, Ema, un delirante canto a la libertad, de la mujer, de las nuevas generaciones y de su propia naturaleza como cineasta.

Ema es la historia de una enigmática bailarina y profesora de expresión física cuyo matrimonio queda hecho añicos tras un escabroso incidente que obliga a la pareja a devolver al niño que habían adoptado. Destrozada por la pérdida, enfrentada a su marido, un coreógrafo reputado bastante mayor que ella (Gael García Bernal), y decidida a recuperar aquello a lo que ha tenido que renunciar, Ema (Mariana Di Girolamo) se embarcará en una odisea personal de autoexploración en la que replanteará las relaciones a su alrededor y se liberará a través del sexo, el baile y la protesta vandálica.

Larraín nos lleva en un apasionado y subversivo viaje por las coloridas calles de Valparaíso en una experiencia cinematográfica inclasificable y provocadora. Ema no es una película complaciente, sino todo lo contrario, un trabajo agresivo, hecho para despertar emociones contradictorias, para incomodar y desafiar. La figura de Ema, interpretada con brío y valentía por una excitante Mariana Di Girolamo, es la de una mujer compleja que viene a derribar convenciones y expectativas, una persona que circunvala la sociopatía, y resulta tan áspera y distante como fascinante.

Alrededor de ella, Larraín construye una obra técnicamente brillante y visual y sonoramente portentosa que transita por las calles de una ciudad domada y una juventud necesitada de revolución. “La destrucción es una forma de creación”. Ema adopta esta filosofía y Larraín la plasma en la pantalla de forma (literalmente) incendiaria, utilizando la música y el baile, concretamente el reggaetón, como forma de expresión de la protagonista y su generación. Oponiéndose a las voces conservadoras (personificadas en el personaje de García Bernal) que identifican esta música como una herramienta esclavizadora que atonta y embrutece a las masas, Ema se reapropia de ella, la redefine y la reivindica justamente como lo contrario: un poderoso instrumento para liberarse, social, personal y sexualmente.

Rechazando por completo las normas y la moralina, Larraín lanza un agitador mensaje de empoderamiento femenino que da forma a una película anárquica, visceral e imprevisible. La improvisación de los actores (a los que solo se les dio pautas de argumento para interpretar a su manera) aporta naturalidad, desconcierto y dolor a una puesta en escena muy medida. Con una dirección y una fotografía impecables, Ema tiñe de ritmo y color una historia oscura, disfuncional y ocasionalmente cruel sobre la familia, el amor y la pérdida, un palpitante relato de locura y revolución sexual que no puede dejar indiferente a nadie.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Malasaña 32: El terror vive en Madrid

La gran ciudad siempre ha sido el sueño de muchos, tierra de oportunidades, trabajo y experiencias, y vía de escape para aquellos que desean salir de sus rutinarias vidas de pueblo. Pero una vez en Londres, Nueva York o Madrid, descubrimos que no todo es tan ideal como nos lo habían pintado y la experiencia es muy distinta a lo que esperábamos. A veces incluso se torna en pesadilla. En el caso de los Olmedo, una literal.

Malasaña 32 nos traslada al conocido barrio de Madrid en la década de los 70 en una de las primeras películas de Bambú Producciones, estudio detrás de series como VelvetLas chicas del cableEn el corredor de la muerteRamón CamposGema R. NeiraSalvador S. Molina y David Orea escriben el guion, mientras que Albert Pintó (Matar a Dios) se encarga de la dirección. En el reparto nos encontramos a Begoña Vargas (Alta mar), Iván Marcos (Fariña), Beatriz Segura (La caza. Monteperdido), Sergio Castellanos (La peste) y José Luís de Madariaga (Hierro), junto a nuestro internacional Javier Botet (especialista en monstruos que hemos visto en [REC]It o Expediente Warren) y un cameo sorpresa que es preferible no desvelar.

La historia, “basada en hechos reales”, sigue a una familia de seis miembros (pareja, tres hijos y abuelo) que se muda a la ciudad en busca de una oportunidad para pasar página y empezar una nueva vida, huyendo de un pueblo en el que las habladurías, los secretos y los malos recuerdos ya no les dejaban vivir. En Madrid dan con un piso de grandes dimensiones en el bullicioso barrio de Malasaña (una utopía en la actualidad) que permanece tal cual lo dejó su anterior inquilino hace cuatro años, después de morir. Al poco de instalarse en la casa, la familia empieza a experimentar fenómenos extraños en el edificio, donde una terrorífica presencia se dedica a atormentar sus existencias.

Malasaña 32 sigue el manual de las películas de casas encantadas al pie de la letra. No falta ningún cliché: el sótano tenebroso, las luces parpadeantes, los aparatos electrónicos que se encienden solos, el teléfono que suena a pesar de estar desconectado, los juegos infantiles que acaban mal, la médium, el niño que habla con alguien que no vemos, el gato impertinente de siempre, la mecedora vacía que se mueve… y así podría estar hasta mañana. La película no se deja ni un solo lugar común por explorar, lo que hace que recuerde demasiado a otras cintas de terror como Insidious, Expediente Warren y sobre todo Poltergeist y Amityville. Sin embargo, su falta de originalidad se ve suplida por una ejecución notable que hace que la película cumpla de sobra su cometido: entretener y asustar.

Con habilidad técnica y sentido del ritmo, Pintó maneja estupendamente la tensión y la anticipación, construyendo competentes escenas de suspense y trabajándose bien los abundantes sobresaltos sin olvidar el drama familiar y social que bombea la historia. La ambientación setentera está muy lograda, añadiendo al clásico cuento de fantasmas el inconfundible toque español que aportan esos edificios antiguos del centro de Madrid que ya inmortalizó Álex de la Iglesia en La comunidad, con sus escaleras de madera, sus mirillas-rosetón y sus apartamentos de techos altos. Y la espeluznante presencia demoníaca que amenaza a los Olmedo (demasiado similar a la Niña Medeiros, eso sí) garantiza un buen mal rato para el espectador.

Desafortunadamente, como le ocurre a muchas películas de terror, Malasaña 32 se pierde en un final que se empeña en dar respuestas enrevesadas (con algún que otro estereotipo anticuado además), acabando en un desenlace engorroso y confuso que sobreexplica demasiado para terminar encontrando una salida fácil. A pesar de todo, sus virtudes compensan sus traspiés: buena atmósfera y sustos, un reparto más que solvente y un monstruo que se queda en el subconsciente hacen de Malasaña 32 una película de terror eficaz a pesar de no aportar nada original al género.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Jojo Rabbit

Taika Waititi es uno de los directores más originales del panorama cinematográfico actual. Antes de saltar al mainstream dirigiendo la película más marciana de Marvel, Thor: Ragnarok, el cineasta neozelandés ya se había labrado un nombre entre los círculos cinéfilos y festivales gracias a joyas como BoyLo que hacemos en las sombrasHunt for the WilderpeopleCon su último trabajo, Jojo Rabbit, basado en el libro Caging Skies de Christine Leunens, Waititi aúna la sensibilidad libre e independiente de sus primeros films con el estilo hollywoodiense al que ha sabido adaptarse sin perder un ápice de su peculiar personalidad.

Jojo Rabbit es una sátira de la Segunda Guerra Mundial ambientada en la Alemania nazi que sigue al pequeño Jojo Betzler (Roman Griffin Davis), un ferviente seguidor de Hitler que inicia su adiestramiento en las Juventudes Hitlerianas para luchar por los ideales que el dictador y sus partidarios le han metido en la cabeza. Sin embargo, su visión del mundo cambiará al descubrir que su madre (Scarlett Johansson), una mujer soltera perteneciente a la resistencia clandestina, esconde a una chica judía (Thomasin McKenzie) en la habitación de su fallecida hija mayor. Ante esta situación, Jojo se replanteará su nacionalismo, para disgusto de su ridículo amigo imaginario: Hitler (interpretado por el propio Waititi).

En manos de otro, esta rocambolesca premisa podría haber salido muy mal, pero Waititi la lleva a buen puerto con su habitual sentido del humor y las dosis perfectas de emotividad. Su buena mano y experiencia con las historias coming-of-age le sirve para confeccionar una fábula ingeniosa, dulce y entrañable sobre un tema muy complicado. Lo consigue encontrando el equilibrio perfecto entre comedia y melodrama, con humor incisivo lleno de toques surrealistas que busca hacer reír sin faltar al respecto y deleita a la vez que aborda los horrores de la realidad histórica que satiriza y lanza su mensaje antibelicista. En definitiva, consiguiendo lo que algunos directores creen imposible: hacer humor de un tema delicado y escabroso sin ser ofensivo.

Jojo Rabbit es una obra de contrastes. El color y la magia de su puesta en escena (reminiscente del cine de Wes Anderson) cubre una verdad muy oscura. La película es excéntrica y arriesgada, pero a la vez es lo más accesible, incluso académico, que ha hecho Waititi (de ahí sus 6 nominaciones a los Oscar, incluyendo mejor película). Y la risa y el llanto se fusionan en una historia que divierte pero también golpea fuerte con su dureza y tristeza; especialmente durante su segunda parte, donde el director se pone serio y el drama y la tragedia nos llevan hasta el desenlace, aunque sin perder nunca la gracia y el optimismo.

El film cuenta con un reparto magnífico del que destaca el niño prodigio Roman Griffin Davis (simplemente extraordinario) y el hilarante Archie Yates (futuro protagonista del reboot de Solo en casa), Scarlett Johansson en uno de los mejores papeles de su carrera (la Academia la ha recompensado este año con dos merecidas nominaciones, una por esta y otra por Historia de un matrimonio) y un fantástico grupo de talentos cómicos: Rebel Wilson, Alfie Allen, Stephen Merchant y un divertidísimo Sam Rockwell.

A pesar de experimentar un bajón de ritmo hacia la mitad del metraje, Jojo Rabbit es un triunfo absoluto del cine, una película mágica, luminosa y llena de energía que se queda en el recuerdo. Lejos de perder su idiosincrásica voz, Waititi sigue asumiendo riesgos y los supera con una visión muy clara de lo que quiere contar, dotando de alma a sus personajes y contando historias que parecen increíbles pero se sienten muy reales.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: La maldición (The Grudge)

Hace unos 20 años se originó en Japón un fenómeno cinematográfico que traspasó todas las fronteras: el J-Horror. Las películas de terror sobre fantasmas atormentados (y sus largas cabelleras negras) que aterrorizan a inocentes mortales se multiplicaron en muy pocos años, siendo The Ring la película que ha quedado como mayor exponente de aquella moda. Si hubiera que dar una medalla de plata a la popularidad esa sería para La maldición (Ju-onThe Grudge), película que, a pesar de ser realmente la tercera de la serie, catapultó a la fama a su director, Takashi Shimizu. Su éxito llevó a desarrollar varias secuelas y remakes, entre ellas uno americano protagonizado por Sarah Michelle Gellar, que el propio Shimizu dirigió.

En esta época de remakes y reboots en la que los estudios no dejan de rescatar franquicias del pasado, en 2020 vuelve Ju-on. La nueva versión viene de la mano de Nicolas Pesce, que dirige y escribe el guion. Viniendo de dirigir la muy interesante adaptación de la novela de Ryu Murakami Piercing (premio a la mejor interpretación masculina en el festival Nocturna 2018), y con el mismísimo Sam Raimi como productor, aumentaban las esperanzas de que la franquicia fuera relanzada con acierto.

En esta ocasión, no se trata de un remake plano a plano como con las versiones yanquis, sino que el film expande el universo de las películas originales conectando directamente con ellas al llevar la maldición a Estados Unidos a través de una persona que vuelve de una estancia en Japón a su hogar en Estados Unidos. Esto dará lugar a una serie de macabros asesinatos cuyas víctimas son los inquilinos que van ocupando el hogar a lo largo de dos años. La detective Muldoon (Andrea Riseborough), desoyendo los consejos de su compañero Goodman (Demián Bichir), empieza a investigar esos crímenes, acabando ella misma siendo acechada por los fantasmas del edificio.

A pesar de un arranque esperanzador, la película va perdiendo fuelle conforme avanza. Si bien Pesce cambia la dinámica narrativa que ya se ha repetido tantas veces, lo cual se agradece, la historia sigue siendo tan escuálida como en las originales japonesas. Empezando por las innecesarias sobreexplicaciones para despistados, siguiendo por el recurso fácil de la investigación policial, y terminando por que al final no deja de ser la misma película de siempre con los mismos sustos de siempre, acompañados de estridentes golpes de sonido con apariciones repentinas y efectos de suspiros cada vez que un fantasma pasa por detrás del plano. Lo hemos visto tantas veces que ya no surte efecto.

Y no solo no es original en ese sentido, sino que en su insistencia en el flashback, acaba resultando confusa y desorganizada, saltándose muchas reglas y dejando muchos agujeros a lo largo de sus escasos 90 minutos. Por el lado bueno, su apartado artístico sobresale especialmente. Los personajes, aunque basados en clichés, están interpretados por actores solventes que les sacan el máximo partido. La fotografía y el diseño de producción tienen un tono oscuro y sucio muy adecuado. Pero sin lugar a dudas, lo mejor y que hace que merezca la pena ir a verla, son los efectos de maquillaje, que por suerte, se alejan del acabado barato y amateur de las japonesas. Cuando no es digital por las exigencias de algunas escenas concretas, la violencia es muy cruda y realista, digna de los mejores momentos de Sam Raimi, quien sin duda imprime su personalidad en este aspecto. Gracias a esto, la gran Lin Shaye nos da las mejores escenas, que merecen ser vistas en la pantalla grande porque (sin desvelar más) son bastante bestias.

En definitiva, esta nueva Maldición es disfrutable, pero deja la sensación de oportunidad desaprovechada, ya que con sus elementos y el equipo que hay detrás, podría haber salido algo mucho más divertido y mejor. Una pena Raimi no la haya llevado un paso más allá como sí hizo con el brutal reboot de Evil Dead.

Daniel Andréu

Nota: ★★½