Love Life: La encantadora búsqueda del amor de Anna Kendrick

La nueva plataforma de streaming HBO Max fue lanzada a bombo y platillo el pasado 27 de mayo en Estados Unidos. El servicio se abastece del fondo de catálogo del conglomerado WarnerMedia y HBO, y además incluye programas originales desarrollados en exclusiva para ella, bautizados como Max Originals. A nuestro país por ahora no está previsto que llegue, por eso sus títulos de estreno (no todos) de momento podrían ir a parar a HBO España, como ha sido el caso de Love Life, la nueva serie de Anna Kendrick.

HBO Max busca satisfacer al público joven adulto, a quien se dirige especialmente con Love Life, una de las ficciones que ha usado como carta de presentación para sus Max Originals. Se trata de una dramedia romántica sobre una mujer en busca del amor en Nueva York. Creada por Sam Boyd (In a Relationship) y coproducida y protagonizada por la musa millennial Anna Kendrick, la serie se presenta como una variación de la antología televisiva en la que cada episodio se centra en una relación y una etapa diferente de la vida de la protagonista, Darby, una veinteañera luchando por escalar en el mundo del comercio de arte mientras busca pareja.

A lo largo de los diez capítulos de media hora que componen la primera temporada, Love Life traza el camino de Darby de su primer amor al más reciente, saltando constantemente en el tiempo con historias autoconclusivas pero interconectadas que nos muestran cómo las personas que se cruzan en su camino influyen en quien ella se acabará convirtiendo. Aunque la mayoría de capítulos nos cuentan una relación de Darby con un hombre distinto, la serie juega con el formato para hablarnos también de la importancia de sus amistades, su trabajo y su familia en su evolución como persona; unificándolo todo través de la acogedora narración de la británica Lesley Manville (El hilo invisible).

Love Life, que también cuenta entre sus productores con Paul Feig (La boda de mi mejor amigaUn pequeño favor) y Dan Magnante (Zoey’s Extraordinary Playlist), es una comedia romántica empedernida que existe en un punto intermedio entre lo clásico y lo moderno. La serie oscila entre la tradicional (y poco realista) sitcom urbana sobre amigos compartiendo pisos fabulosos en la Gran Manzana, como FriendsCómo conocí a vuestra madre, y visiones más actuales y sofisticadas como GirlsModern Love. Todas ellas, en mayor o menor medida, ambientadas en un Nueva York idealizado que la televisión nos ha vendido como el lugar donde se cumplen todos los sueños.

A pesar de ahondar en el complicado mundo de las relaciones en el siglo XXI, puede resultar algo anticuada y cliché al principio. Que la premisa de la serie gire en torno a encontrar al hombre de tu vida parece perpetuar una idea muy equivocada: que solo con otra persona que nos “complete” podremos alcanzar la felicidad (que esté creada por un hombre a lo mejor tiene algo que ver). No obstante, a medida que avanza, la historia va incorporando matices que ayudan a verla de otra manera y que, en última instancia, hacen que llegue a una conclusión satisfactoria. Es decir, aunque el amor sea el tema principal, la serie va de mucho más que eso.

Pero si Love Life acaba sobresaliendo es sobre todo por Kendrick. La actriz nominada al Oscar por Up in the Air hace lo que mejor se le da: ser absolutamente encantadora. Aunque está acompañada de un reparto secundario estupendo (del que destacan Zoe Chao y Hope Davis), el peso de la serie descansa casi entero sobre sus hombros, y ella la eleva con su carisma y naturalidad como si no le costara nada. Además de estar divertidísima, Kendrick insufla vida y profundidad emocional a Darby, convirtiéndola en un personaje muy humano y real.

Y no solo eso, sino que la actriz tiene una química indudable con todos y cada uno de sus compañeros de reparto, no solo con las parejas de Darby (un desfile de personajes masculinos que van de lo adorable a lo absolutamente tóxico), sino también con su mejor amiga, Sara, bala perdida con tendencias autodestructivas que se resiste a madurar, y su crítica madre, con la que nunca ha sentido una verdadera conexión. De hecho, dos de los mejores episodios de la temporada son los que aparcan el romance para centrarse en su relación con ambas. Por otro lado, también hay que destacar a la actriz que interpreta a Darby de adolescente en el también notable capítulo flashback sobre su primer amor, Courtney Grosbeck, un absoluto acierto de casting.

En resumen, puede que al principio Love Life parezca una serie del montón, pero si se le da una oportunidad, comprobaremos que hay mucha vida más allá de la (elegante) superficie y que, afortunadamente, la vida de Darby no gira solo en torno a los hombres. Con emotividad, un buen equilibrio entre drama y comedia, acertados momentos de introspección y sin huir de la tristeza, la serie va rompiendo (aunque no del todo) la fantasía aspiracional para ir posando los pies en la tierra y volverse cada vez más real, madurando al compás de su protagonista en el transcurso de sus diez episodios.

Love Life está renovada para una segunda temporada, pero esta no seguirá a Darby (su trama queda cerrada), sino que contará una historia totalmente nueva centrada en otra persona. Eso sí, Kendrick seguirá en la serie como productora y Darby aparecerá “de vez en cuando” en los nuevos capítulos, al igual que otros personajes de la primera temporada. Aunque principalmente es ella quien hace que la experiencia de ver Love Life sea tan agradable, la serie acaba ganándose el beneficio de la duda de cara a futuras nuevas historias de amor. Y si no funcionan, siempre nos quedará Darby.

‘Snowpiercer’, o cómo malgastar una buena premisa en una serie del montón

El anuncio del reboot televisivo de Snowpiercer (Rompenieves) en 2018 no fue recibido precisamente con entusiasmo. La película dirigida por Bong Joon-ho y protagonizada por Chris Evans y Tilda Swinton estaba demasiado reciente, y aunque no había sido un éxito comercial, su ambición y riesgo a la hora de adaptar la novela gráfica de Jacques Lob, Benjamin Legrand y Jean-Marc Rochette había dejado satisfechos a muchos. ¿Qué necesidad había de hacer otra versión tan pronto?

Los reboots, remakes y franquicias son el pan de cada día en Hollywood, y aunque en la mayoría de casos denotan una evidente falta de ideas y poca fe en la viabilidad de lo original, en ocasiones salen bien. La de Snowpiercer es una premisa de la que se podía sacar mucho partido más allá del film, especialmente ahora que el mundo se encuentra en plena revuelta social y política. Así que pensándolo bien, una serie ambientada en su universo no me sonaba a tan mala idea. Por desgracia, me equivocaba.

Desde que el proyecto entró en desarrollo en 2015 (solo dos años después de la película y con Bong Joon-ho como productor ejecutivo), no dejaron de sucederse los problemas en la producción. Paradójicamente, nadie se ponía de acuerdo en qué dirección debía tomar la serie, lo que desembocó en las clásicas diferencias creativas entre la productora, el director del piloto, Scott Derrickson (realizador de Doctor Strange y futuro director de la secuela de Dentro del Laberinto), y el guionista Josh Friedman (Terminator: Las crónicas de Sarah Connor).

Friedman fue despedido y Derrickson se negó a regresar para regrabar el piloto que ya había dirigido y con el que la cadena, TNT, no estaba contenta. En un comunicado, el director defendió el guion de Friedman y aseguró que el piloto estaba entre sus mejores trabajos, pero el nuevo showrunner, Graeme Manson (Orphan Black), tenía “una visión radicalmente distinta para la serie”. Tras varios retrasos en el estreno y vaivenes entre cadenas, finalmente Snowpiercer inició su marcha en mayo de 2020, con Netflix como distribuidora internacional.

Hay casos en los que un proyecto que atraviesa miles de dificultades durante su producción y rodaje, acaba dando excelentes resultados (Mad Max: Fury RoadAl filo del mañana), pero desafortunadamente, no es el de Snowpiercer. Desde el primer capítulo salta a la vista el tira y afloja que ha sufrido tras las cámaras, y en el que ha salido victoriosa la visión más convencional y aburrida para adaptar la historia.

Para quien no esté familiarizado, Snowpiercer es una distopía de ciencia ficción que transcurre a bordo de un enorme tren de 1.001 vagones perpetuamente en marcha atravesando el mundo tras ser desolado por una nueva edad de hielo que ha acabado con casi toda la humanidad. Los supervivientes se encuentran en el tren divididos por categorías, con la élite en los vagones más cercanos al motor y los más oprimidos en la cola. A través de esta alegoría social, Snowpiercer pretende abordar cuestiones de clase, política e injusticia social. Lo malo es que, al contrario que Bong Joon-ho, han elegido la manera menos excitante y provocadora de hacerlo.

La serie cuenta con un estupendo reparto liderado por Daveed Diggs (Hamilton) y Jennifer Connelly (ganadora del Oscar por Una mente maravillosa) en su primera serie como protagonista. El guion no repite la trama de la película, sino que explora otros personajes e historias en el mismo escenario. Y aunque esto sea buena idea, aquí es donde encontramos su fallo principal. La distopía es un subgénero bastante proliferante en la última década, desde Los Juegos del Hambre hasta la reciente El hoyo (que guarda bastantes similitudes con Snowpiercer), pasando por la serie Black Mirror. Por ello, para que una serie distópica destaque, debe buscar algo que la diferencie de las demás. Y para Snowpiercer, ese algo es un componente de investigación criminal que la convierte por momentos en una serie procedimental policíaca del montón.

A juzgar por sus primeros capítulos, está claro que TNT quería una serie de atractivo general, algo que pudiera ver un público amplio, aunque fuera a costa de sacrificar el componente más excéntrico y provocador de la película en favor de un misterio. Convirtiendo al protagonista Diggs) en un investigador a lo CSI y centrándose tanto en el asesinato que está intentando resolver, la serie diluye sus elementos más interesantes y resta impacto a la feroz alegoría social que debería guiarla en su trayecto. Y lo mismo ocurre con su apartado visual y artístico, donde también han optado por el acabado más genérico posible. Por no hablar de los irregulares efectos digitales y las chirriantes diferencias de tamaño entre vagones (unos tienen dimensiones normales mientras otros parecen el Madison Square Garden).

Eso sí, no todo es malo. El personaje de Connelly es intrigante y su giro al final del primer capítulo nos hace intuir muchas capas. Ella es todo elegancia y precisión interpretativa, como siempre, pero el guion no está a la altura (hay que ver lo mal que ha elegido siempre sus proyectos). Por otro lado, tenemos a la infravaloradísima Alison Wright, actriz de FeudThe Americans Castle Rock que suele darnos grandes interpretaciones sin recibir el reconocimiento que merece. Y por último, en los dos primeros episodios hay acertados destellos de humor que podrían marcar el camino a seguir, aunque el soporífero tercer capítulo nos indique que tampoco está excesivamente interesada en explotar ese aspecto.

Quizá me esté precipitando al juzgarla solo por tres episodios, porque no sería la primera vez que un arranque decepcionante da paso a una buena serie, pero el futuro de Snowpiercer no parece muy alentador. La trama central es aburrida y está llena de clichés televisivos y la originalidad brilla por su ausencia. Había mucho potencial, pero al despojarla del ingrediente más crudo y valiente de la película, Snowpiercer se queda en una serie común más. Que se pare el tren, que yo me bajo.

Verás ‘Defending Jacob’ por Chris Evans y te quedarás por el misterio

Apple tiró la casa por la ventana con el lanzamiento en noviembre de 2019 de su plataforma exclusiva de streaming, Apple TV+. La compañía de Tim Cook ha confiado principalmente en el reclamo de grandes nombres de Hollywood para encontrar su hueco en el cada vez más abarrotado y competitivo mundo del streaming.

Además de contar con el aval de Oprah Winfrey y Steven Spielberg, el servicio se estrenó por todo lo alto con la muy oportuna The Morning Show, multimillonaria apuesta con Jennifer Aniston, Reese Witherspoon y Steve Carell como protagonistas, que abordaba el #MeToo en el mundo de los talk shows diarios. Desde entonces, y a pesar de contar con títulos muy recomendables como Little AmericaDickinsonServant, Apple TV+ no ha hecho demasiado ruido. Sin embargo, en 2020 ha conseguido ganar terreno gracias a su primer éxito desde The Morning Show, la miniserie Defending Jacob (en España Defender a Jacob), basada en la novela de William Landay..

Continuando con su práctica de usar nombres con gran tirón comercial para la audiencia, Defending Jacob se ha beneficiado considerablemente de la popularidad de su protagonista, Chris Evans, recién salido del Universo Cinematográfico Marvel tras interpretar durante una década al Capitán América. Por su cercanía, su compromiso con las causas justas y su planta, Evans se ha convertido en una de las estrellas favoritas del público de todo el mundo. Y Apple sabía que mucha gente vería la primera serie de Chris Evans, fuera la que fuera, solo por él.

El resultado ha sido el esperado para Apple. La serie, creada por Mark Bomback (La guerra del planeta de los simios) y dirigida por Morten Tyldum (Passengers), es el mayor estreno de Apple TV+ desde The Morning Show, la cual se cree que es su serie número 1 (al igual que Netflix, Apple no desvela cifras exactas de audiencia). Y no solo eso. Según Deadline, lejos de desinflarse como le ocurre a tantas series, ha seguido creciendo en semanas posteriores, multiplicando su audiencia por cinco en los primeros 10 días. El final, emitido el pasado 29 de mayo, fue tendencia en muchas partes del mundo, incluida España.

Y lo cierto es que es fácil ver por qué Defending Jacob ha calado en la audiencia. Además del gancho de Evans y un estupendo reparto del que destacan Michelle Dockery, Jaeden Martell, Pablo Schreiber, Cherry Jones y J.K. Simmons, la serie tiene todo para atraer y enganchar al gran público: misterio, drama familiar y un proceso legal de esos que dejan a cualquiera pegado a la pantalla, especialmente a los fans de las series de juicios. Para quien no la haya visto, la historia gira en torno a un matrimonio (Evans y Dockery) cuya apacible y suburbana vida dan un giro de 180 grados cuando su hijo adolescente (Martell) es acusado del asesinato de un compañero de su instituto. A lo largo de 8 episodiosDefending Jacob siembra constantemente la duda en el espectador sobre si Jacob es o no culpable, dibujándolo como un chico problemático y con tendencias sociópatas que encajan con el perfil del asesino.

La serie explora los límites del instinto paternal y maternal mostrándonos dos formas de afrontar una situación que, sea cual sea el resultado, ya ha roto a tu familia para siempre. El personaje de Evans es un padre coraje dispuesto a hacer cualquier cosa para demostrar la inocencia de su hijo, mientras que Dockery representa la duda y el miedo ante la posibilidad de que su niño, que desde pequeño ha exhibido comportamientos violentos y falta de empatía, sea un asesino. Los dos están muy bien (Evans convence, aunque no impresiona, y Dockery lo da todo dramáticamente en la recta final), pero es Martell quien produce escalofríos. El actor de ItPuñales por la espalda transmite perfectamente la dualidad entre la inocencia y vulnerabilidad de un niño y la frialdad de alguien capaz de cometer un acto atroz.

En el fondo, la de Defending Jacob es una historia que ya hemos visto antes (muchos la comparan con Mystic River de Clint Eastwood), una serie con los ingredientes habituales del thriller criminal y el melodrama familiar, en la que los giros argumentales tienen tanta importancia como la exploración de la naturaleza humana ante situaciones tan difíciles. La miniserie está bien estructurada, con dos primeros capítulos que sirven como preámbulo e invitan a seguir, un nudo interesante y un desenlace muy intenso que nos depara alguna que otra sorpresa. [Posible spoiler] La trama desemboca en un final abierto que no ha sido del agrado de todos, pero que tiene sentido, ya que el objetivo de la serie no es dar una respuesta definitiva e irrefutable al misterio, sino hacernos sentir en primera persona el dolor y la insoportable duda que sienten los padres de Jacob [Fin del posible spoiler].

Eso sí, aun haciendo las cosas bien, Defending Jacob no destaca especialmente entre el océano de series de calidad de los últimos años. Es decir, es una serie solvente y correcta, pero también convencional, tanto en lo narrativo como en lo cinematográfico (solo una queja: para transmitir el tono triste, frío y opresivo de la serie usan una fotografía tan oscura que llega a dificultar el visionado); un producto bien medido, que sabe captar la atención pero tampoco deja mucha huella una vez ha terminado. Seguramente Defending Jacob no pasará a la historia, pero nos garantiza ocho horas pegados al televisor (o el dispositivo de nuestra elección), lo cual ya es bastante.

‘Little Fires Everywhere’ es mucho más que la nueva ‘Big Little Lies’

Reese Witherspoon le ha cogido el gusto a la tele. Después de su triunfal paso por HBO con Big Little Lies, la actriz y productora ha estrenado este año Little Fires Everywhere, miniserie para Hulu (en España estrenada en mayo en Amazon Prime Video) que a primera vista guarda mucho en común con la anterior (incluido el Little del título),  pero que conforme rascamos en su superficie y nos adentramos en ella nos damos cuenta de que es mucho más que otra Big Little Lies.

Little Fires Everywhere está basada en la novela de Celeste Ng, descubierta por Witherspoon y su socia Lauren Neustadter antes de su publicación. La actriz eligió el libro para su club de lectura en 2017 y en el momento de salir al mercado se convirtió en un best-seller (a lo Oprah Winfrey). Witherspoon llevó el libro a Kerry Washington y le propuso hacer una adaptación en forma de serie limitada. A través de sus productoras, Hello Sunshine y Simpson Street respectivamente, las dos actrices levantaron el proyecto con Liz Tigelaar (NashvilleCasual) como guionista y showrunner y ellas como protagonistas. Nzingha Stewart, Michael Weaver y Lynn Shelton (que murió recientemente, poco después del estreno) dirigieron los 8 episodios.

La historia sigue las vidas entrelazadas de dos familias de la acomodada localidad de Shaker Heights, Ohio, a finales de los 90. Witherspoon interpreta a Elena Richardson, madre de una familia influyente y de fachada perfecta que abandonó su carrera como periodista para criar a sus cuatro hijos. Washington da vida a Mia Warren, enigmática artista y madre soltera que llega a Shaker Heights con su hija adolescente, Pearl (Lexi Underwood), sin apenas un centavo en el bolsillo y un pasado muy oscuro a sus espaldas, poniendo patas arriba la aparentemente ideal vida de los Richardson. Elena alquila una de sus propiedades a Mia y le ofrece un trabajo cuidando su casa, pero lo que ella ve como un acto de caridad hacia la recién llegada prende la primera de las pequeñas chispas que acabarán poniendo la vida de ambas en llamas.

Little Fires Everywhere es un absorbente drama familiar, lleno de giros y secretos, que plantea un estimulante debate en torno al racismo, la maternidad y el privilegio. A lo largo de 8 episodios de tensión in crescendo, los guiones plasman con mucha inteligencia y riqueza de matices el desequilibrio existente entre Elena y Mia, dos mujeres de orígenes socioeconómicos opuestos con una visión muy distinta del mundo y la maternidad. Elena es el epítome del privilegio blanco y Mia está profundamente dañada por el pasado y en permanente estado de desconfianza por cómo la ha tratado la vida como mujer negra. Lo que en un principio parece una rivalidad propia de culebrón evolucionará hacia algo mucho más complejo, un apasionante retrato del abismo social que hay entre ellas y sus familias.

A lo largo de la miniserie observamos los microrracismos a los que tanto Mia como su hija se enfrentan a diario, así como la total falta de perspectiva de los Richardson, la típica familia blanca liberal que cree que no es racista porque tienen un amigo negro. Pero en Little Fires Everywhere en realidad no hay buenos y malos. Sí, Elena es la que sale peor parada (con razón), pero Mia no es precisamente una santa. A esto, además, se añade un giro que complica aun más las cosas entre ellas y sus familias: la mejor amiga de Elena (la infravalorada Rosemarie DeWitt) está en proceso de adoptar a una niña asiática, que resulta ser la hija abandonada de la compañera de trabajo de Mia. Una coincidencia que desatará una guerra abierta entre ambas cuando Mia decida ayudar a su amiga a recuperar al bebé.

Little Fires Everywhere puede caer ocasionalmente en los clichés del telefilm, pero los transciende en todo momento gracias a unos diálogos afiladísimos, una puesta en escena magnífica y, sobre todo, un duelo de interpretaciones que solo puede calificarse como épico. Witherspoon y Washington están en estado de gracia desde la primera a la última escena. Inevitablemente, Elena recuerda a Celeste de Big Little Lies, pero en realidad este es un personaje mucho más complejo y exigente. Witherspoon está sublime manifestando el declive psicológico de su personaje a medida que su fachada se va resquebrajando, hasta culminar en los dos intensos episodios finales, donde estalla en su interpretación más desgarradora. Por otro lado, Washington está igualmente fantástica, utilizando sus gestos y lenguaje corporal para expresar la fortaleza y vulnerabilidad extremas de un personaje siempre al límite. Las dos están sobresalientes por separado, pero cuando aparecen juntas, la serie se convierte en una bomba de relojería.

Y si ellas se merecen todos los premios, no hay que olvidar en ningún momento a los actores más jóvenes de la serie. Little Fires Everywhere tiene uno de los repartos juveniles más impresionantes de los últimos años. Los cuatro actores que interpretan a los hijos de Elena (especialmente Megan Stott -Izzie- y la mini-Reese Jade Pettyjohn -Lexie) y Lexi Underwood como Pearl llevan el peso de la serie casi tanto como las dos protagonistas. Por otro lado, las actrices que encarnan a las versiones más jóvenes de Elena y Mia en el sexto episodio (íntegramente flashback), AnnaSophia Robb (Un puente hacia Terabithia) y Tiffany Boone (Hunters), están simplemente sensacionales. Las dos se mimetizan con Witherspoon y Washington y reproducen sus voces y expresiones corporales de tal manera que nos creemos absolutamente que son los mismos personajes. Boone en particular resulta escalofriante en su dominio de los característicos gestos y movimientos de cabeza de Washington. Magistral.

Little Fires Everywhere es el electrizante resultado de una acertadísima conjugación de elementos y talentos. Del guion a la dirección, pasando por la fotografía, el diseño de producción y la banda sonora (que incluye preciosas versiones en forma de balada de varios éxitos pop/rock de los 90), y por supuesto sus interpretaciones, todo está cuidado al detalle para sacar el máximo partido a la historia. Con 8 episodios muy potentes y una argumento literalmente incendiario, Little Fires Everywhere traza un fascinante relato con vida propia, valiente y provocador, que nos invita a ver su mundo (el mundo) tal y como es: en escala de grises. En definitiva, una de las series del año.

Pedro J. García

‘Upload’ podría llenar el vacío de ‘The Good Place’, pero aun no se ha ganado el cielo

Últimamente, Amazon parece haber encontrado un filón en las series de fantasía y ciencia ficción. Después de dar sus primeros pasos con la distopía The Man in the High Castle, la plataforma de Jeff Bezos ha seguido apostando por las series de corte fantástico en el último año: The BoysUndoneCarnival RowHuntersThe Expanse Cuentos del bucle se han sumado a un catálogo de Prime Video que se hace cada vez más imprescindible para los amantes del género.

La última en en incorporarse al streamer es Uploadcomedia de ciencia ficción creada por Greg Daniels, el hombre detrás de la versión estadounidense de The Office, además de co-creador de Parks and Recreation y la nueva sitcom de Netflix con Steve Carell, Space ForceUpload explora un futuro no muy lejano en el que las personas que van a morir pueden elegir ser “subidas” a un más allá virtual donde seguir viviendo eternamente. Es decir, como muchos han señalado acertadamente, una fusión entre The Good Place y uno de los episodios más queridos de Black Mirror, “San Junipero”.

La historia sigue a Nathan Brown (Robbie Amell), un joven desarrollador de aplicaciones que sufre un inexplicable accidente de coche en conducción autónoma, lo que lo deja al borde de la muerte. Al despertarse en el hospital, Nathan debe elegir su destino rápidamente: morir o subir a una vida virtual de lujo en Lakeview, un “cielo” digital donde la consciencia puede seguir viviendo para siempre (siempre que se paguen sus elevadas cuotas, claro). Su novia, Ingrid (Allegra Edwards), una mujer superficial de familia acaudalada, le anima a subir a Lakeview y cubrir los gastos de la nueva extensión de su vida, con lo que pasa a controlar su destino mientras llega el día en el que se pueda unir a él.

Sin embargo, lo que en un principio parece una buena decisión, pronto se convierte en una sucesión de problemas. Una vez en Lakeview, Nathan conoce a Nora (Andy Allo), su “ángel”, guía y contacto de atención al cliente en su nueva residencia virtual. Lo que empieza como una dinámica entre cliente y técnico no tarda en transformarse en una relación de atracción romántica mutua, lo cual causa problemas éticos para Nora y dudas en Nathan sobre la relación que aun mantiene con su novia viva. Pero eso no es lo más complicado de su nueva vida. Al subir a Lakeview, Nathan ha perdido parte de sus recuerdos, piezas ausentes de un complicado puzle que lleva a la conclusión de que su muerte no fue accidental, sino parte de una conspiración en su contra con implicaciones a gran escala.

Aunque no brilla precisamente por su originalidad, la premisa de Upload es ciertamente atractiva y llena de potencial. La serie recuerda constantemente a otros títulos televisivos o cinematográficos. La ya mencionada similitud con The Good Place Black Mirror es la comparación más fácil y recurrente, ya que mezcla los conceptos de más allá que pudimos ver en ambas. La trama además puede remitir a Her de Spike Jonze, sobre todo en lo que se refiere a la relación entre Nathan y Nora, un avatar digital existente solo en “la nube” y una persona de carne y hueso. La investigación de la muerte de Nathan toma (accidentalmente o no) elementos del clásico de los 90 Ghost, donde una persona viva ayudaba a un fantasma a resolver el misterio de su propio asesinato. En su representación de los entresijos de Internet (con pop-ups intrusivos o una visita al mercado negro) podemos ver trazas de Ralph Rompe Internet. Por último, la serie también tiene una muy presente faceta de workplace comedy que se desarrolla en las oficinas de la empresa en la que trabaja Nora, Horizen, y que comparte características con The Office y las numerosas comedias laborales que inspiró.

Upload es principalmente una comedia (a ratos amable, a ratos muy negra), pero también es un thriller, una historia de amor y una sátira social sobre la división de clases, las relaciones en el siglo XXI, el privilegio y el capitalismo. Y esa es su principal virtud y a la vez su mayor defecto, que quiere ser tantas cosas a la vez e intenta abarcar tanto que se queda un poco a medias en todo. Los elementos por separado funcionan y todas las vertientes de la serie (dramática, cómica, romántica, misteriosa) presentan hallazgos interesantes y golpes geniales, pero al todo le falta algo de cohesión y fluidez, y su ambición acaba difuminándose en un batiburrillo de ideas. Además, para lo mucho que se trabaja los gags, la serie cae a menudo en el humor fácil, incluso infantil.

Con diez episodios, la primera temporada de Upload es una llamativa carta de presentación a un universo que aun tiene mucho que ofrecer. La serie rebosa imaginación y está llena de ideas creativas, sobre todo en lo que respecta a la vida en Lakeview y las comodidades (y molestias) de la experiencia virtual: el botones pluriempleado que es como una Janet menos competente, la deprimente zona de 2GB reservada para los clientes con plan económico, el sistema de puntuación por estrellas reminiscente de otro capítulo de Black Mirror, “Nosedive”, el torrente de información donde algunos habitantes acuden para “suicidarse”, el chorro de orina que nunca cae fuera de la taza…

Las ocurrencias son constantes (algunas dan miedo de lo cercanas que son a nuestra realidad) y el despliegue visual da mucho juego, pero da la sensación de que falta pulir mucho la historia principal y sus personajes. Amell cumple, pero su Nathan está muy lejos del carisma o complejidad de Michael Scott, Leslie Knope o Eleanor Shellstrop, y los secundarios no son especialmente memorables, aunque tengan sus momentos. Eso sí, la química entre Nathan y Nora es palpable, y es lo que dota de alma a la serie, que destaca especialmente cuando se pone tierna.

A pesar de sus glitches, habituales en una primera temporada, Upload es un lienzo en blanco lleno de posibilidades que apenas ha empezado a pintarse. Se agradece que, al estar en una plataforma de streaming, Daniels pueda explorar con mayor libertad y sin la censura de las cadenas generalistas las consecuencias más oscuras de la historia, así como recurrir al sexo, el lenguaje malsonante y la violencia, pero necesita encontrar un punto intermedio en el que todo funcione al mismo nivel.

Amazon ya ha renovado la serie y, sin desvelar datos concretos, asegura que “ha sido todo un éxito mundial entre los miembros de Prime Video”. Está claro por qué. Upload lo tiene todo, engancha y se ve con facilidad. Es una prometedora primera versión que mejora conforma avanza. Esperemos que la segunda temporada nos dé una buena actualización, porque pese a mis reservas, no está en mis planes desinstalarla.

Carta al rey: Fantasía medieval adolescente para el siglo XXI

El pasado 20 de marzo se estrenó en Netflix Carta al rey (The Letter for the King), serie de fantasía creada por uno de los guionistas de Cómo entrenar a tu dragónWill Davies. Se basa en el clásico homónimo de 1962 escrito por la autora neerlandesa Tonke Dragt, considerado uno de los mejores libros infantiles del pasado siglo.

La serie sigue a Tiuri (Amir Wilson, La materia oscura), un joven aspirante a caballero nacido en el reino de Eviellan que se embarca en una peligrosa misión para entregar una carta al rey del país vecino. Acusado de traición y perseguido por un diverso grupo de jóvenes candidatos a caballero como él, Tiuri emprenderá un camino en el que forjará amistades, descubrirá sus poderes y se enfrentará a mil peligros y enemigos para hacer llegar a su destino la carta, que contiene información que podría evitar una guerra entre reinos.

Con una primera temporada de solo seis episodiosCarta al rey cuenta una historia cerrada que funciona por sí sola, aunque también deja la puerta abierta a una posible continuación. Siguiendo las convenciones de las historias de espada y brujería y muy influenciada por las leyendas artúricas, la serie se construye como una suerte de The Witcher o Juego de Tronos juvenil, con trazas de Merlín y El príncipe dragón, por nombrar unas cuantas. Es decir, aunque no aporta nada especialmente nuevo, ofrece bastantes alicientes para los amantes de la fantasía épica medieval, sobre todo para los más jóvenes.

Carta al rey es la clásica historia sobre un elegido que debe luchar contra las fuerzas del mal en una batalla entre la luz y la oscuridad para cumplir una profecía. Tiuri protagoniza el tradicional viaje del héroe en un relato de crecimiento personal sobre la amistad, el poder y búsqueda del coraje que la serie actualiza de varias maneras. En primer lugar, lanzando un mensaje que se puede extrapolar a nuestros días, sobre el papel de las nuevas generaciones en el destino del mundo (“El mundo es un lugar horrible”, “Entonces nos toca a personas como nosotros hacer algo al respecto”). Y en segundo, introduciendo la diversidad y el empoderamiento femenino.

El público más conservador ha criticado Carta al rey por efectuar cambios al libro solo para sumarse a la corriente de “corrección política” (sic), fortaleciendo a los personajes femeninos, añadiendo diversidad racial e incluso representación LGBTQ+ en una historia donde no suele haber nada de eso. Evidentemente, detrás de estas críticas hay mucho prejuicio e ignorancia, pero lo que sí es cierto es que Carta al rey acaba cayendo en un error por desgracia habitual de la representación queer en televisión, [SPOILER] como es el bury your gays, es decir, desvelar la homosexualidad de uno de sus personajes para inmediatamente después sacrificarlo y librarse así de continuar su historia [fin del SPOILER]. Una pena que lo que consigue por un lado, lo deshaga por otro.

Técnicamente hablando, se trata de una serie muy notable, con paisajes preciosos, buenos efectos digitales, escenas de acción con coreografías excelentemente ejecutadas y potentes secuencias a caballo (sin ir más lejos, The Witcher, con un presupuesto más alto, es mucho más inconsistente visual y técnicamente). Sin embargo, la historia no está a la altura de su cuidada factura, perdiéndose en su seriedad y prometiendo más de lo que termina dando.

A pesar de un par de giros sorprendentes que parecen buscar darle la vuelta a los tópicos de la fantasía medieval, Carta al rey se queda en la superficie y no llega a explorar realmente lo conflictos internos de sus personajes o sus ideas sobre el heroísmo o la guerra, construyendo tramas que acaban yendo a ninguna parte para terminar en un clímax mágico que se resuelve demasiado fácilmente y sabe a poco. Tampoco sobresale especialmente en el apartado interpretativo. Sus personajes son por lo general simpáticos y están bien definidos, pero la elección de un actor tan inexpresivo y apagado como Amir Wilson como Tiuri no es la más acertada, lo cual es un lastre gran parte de la temporada.

Pese a ser tan irregular y no aprovechar todo su potencial, la serie se puede disfrutar siempre que no se le exija demasiado y se entre en ella sabiendo que su público objetivo es probablemente más joven que tú. Como producto familiar, Carta al rey cumple su cometido de entretener, contando un cuento clásico e inspirador de héroes improbables que reescriben su destino en la guerra del bien contra el mal. Aunque podría haber sido algo más, se conforma con eso y funciona correctamente como pasatiempo sin mayores pretensiones. Lo que no sé es si esto es suficiente para despertar interés en una segunda temporada, sobre todo teniendo en cuenta lo poco (o nada) que se está hablando de ella.

Locke & Key: Puerta a la decepción

En Locke & Key Netflix aúna dos de los géneros que mejor le están funcionando últimamente: la fantasía y el drama adolescente. La primera temporada, estrenada en febrero, parece estar teniendo buena acogida entre la audiencia, tal y como indica la nueva función de la plataforma que nos desvela diariamente cuáles son los 10 títulos más vistos de su catálogo. Desde que se pusieron en marcha los top 10, Locke & Key aparece todos los días entre las series más vistas del servicio. Aunque como bien sabéis, “más vista” no implica necesariamente mayor calidad.

La premisa de Locke & Key es muy atractiva, sobre todo para los aficionados a la fantasía juvenil con toques oscuros para adultos. La serie se basa en las exitosas novelas gráficas de IDW escritas por el hijo de Stephen King, Joe Hill (autor de otras recientes adaptaciones como En la hierba alta NOS4A2), e ilustradas por Gabriel Rodríguez. La historia nos lleva a una misteriosa mansión en la que la magia depara tantas maravillas como peligros.

La familia Locke, formada por Nina (Darby Stanchfield) y sus tres hijos, los adolescentes Tyler (Connor Jessup, American Crime) y Kinsey (Emilia Jones, Horrible Stories) y el pequeño Bode (Jackson Robert Scott, el icónico Georgie del remake de It), se muda a la casa ancestral Keyhouse tras la misteriosa muerte de su padre, Rendell Locke (Bill Heck, La balada de Buster Scruggs), asesinado a sangre fría delante de ellos. Traumatizados por la experiencia, los Locke descubren que la mansión está llena de llaves mágicas con poderes únicos, que podrían estar relacionadas con la muerte de su padre y un misterio mucho mayor del que creían.

A medida que van descubriendo las utilidades de cada llave, los hermanos vivirán fascinantes aventuras más allá del entendimiento humano, pero también se meterán en problemas, sobre todo cuando un temible demonio con forma de mujer llamado Dodge (Laysla De Oliveira) despierta y hace todo lo posible por robarles las llaves para adquirir su poder y llevar a cabo sus retorcidos planes.

Los productores Carlton Cuse (PerdidosBates Motel) y Meredith Averill (La maldición de Hill House) toman este prometedor material para convertirlo en una serie que, tristemente, no está a la altura de lo que promete. Con una historia confusa y mal estructurada y chirriantes cambios de tonoLocke & Key acaba siendo demasiado infantil para el público adulto y demasiado terrorífica y compleja para los niños, encontrándose en un cruce en el que no tiene muy claro hacia dónde quiere ir.

Los diferentes elementos de la serie no se unen de forma cohesiva. El drama, la fantasía, el componente coming-of-age y el horror (descafeinado) chocan en una primera temporada que adolece de una fuerte crisis de identidad. Los capítulos también tienen un evidente problema de ritmo. Como le ocurre a muchas series de Netflix, los acontecimientos se prolongan o aplazan demasiado para rellenar episodios a los que les sobran minutos. Así, aunque la temporada tiene buenos momentos en los que la tensión aumenta y la historia avanza, la trama se desarrolla muy atropelladamente.

Tampoco ayuda que las reglas internas de su universo fantástico sean tan aleatorias. Da la sensación de que no saben muy bien cómo utilizar la magia para crear suspense y tramas emocionantes, dosifican la información y el uso de las llaves con poca lógica. Además, sus protagonistas toman decisiones estúpidas todo el tiempo, lo cual dificulta conectar con ellos. Con excepción de Bode (el pequeño), sin duda el mejor de los Locke, los personajes son superficiales, sosos o directamente irritantes, como en el caso de Kinsey. Y si al menos tuvieran un antagonista interesante… pero ni eso. Dodge no impone, no es tan amenazante como debería y Laysla De Oliveira se revela como una mala decisión de casting.

Locke & Key es decente por momentos y sirve para pasar el rato, pero no es suficiente. Su potencial está a la vista en todo momento, por eso resulta tan frustrante que no sea aprovechado. A pesar de puntuales destellos de inspiración, la primera temporada es desordenada y aun así predecible. Su fantasía recoge muchos referentes (hay mucho de Narnia, que por supuesto se lleva su guiño, CoralinePesadillas, La maldición de Hill House, Una serie de catastróficas desdichas y hasta Del revés), pero no toma una forma definida en ningún momento -parece buscar el asombro de Spielberg o Zemeckis, pero se queda lejos. Y su historia carece de sentido de la dirección, con abundantes incoherencias, subtramas adolescentes que no aportan nada y una estructura mal organizada.

Hay espacio para crecer en una segunda temporada, pero con esta introducción tan decepcionante, necesitarán una llave mágica para conseguirlo.

Merlí Sapere Aude: Los años universitarios de Pol Rubio

[Reseña de los 5 primeros episodios de Merlí: Sapere Aude. Contiene spoilers de la serie original.]

Merlí llegó a las pantallas en 2015, convirtiéndose en un fenómeno de audiencia en Cataluña que se extendió al resto de España y parte del mundo, gracias a su emisión en Netflix. A lo largo de tres temporadas, la serie creada por Héctor Lozano nos introdujo en las vidas de un grupo de estudiantes de secundaria y su profesor de Filosofía, Merlí, cuyo original método de enseñanza calaba hondo en sus vidas y los marcaba para siempre. Merlí consiguió que miles de personas hicieran lo que nunca habían hecho: ver una serie en catalán (los que no la vieron doblada, claro).

Desde su final en enero de 2018, los fans de la serie clamaban por una continuación de algún tipo. Merlí terminaba con la muerte de su personaje titular y un salto en el tiempo que nos mostraba el futuro de sus alumnos. Habiendo obtenido ya ese “final feliz”, la mejor opción para seguir contando la historia era rellenar los huecos de la línea temporal. Así, Lozano ha creado Merlí: Sapere Aude, spin-off/secuela/precuela desarrollado exclusivamente para Movistar+ que nos muestra lo que ocurrió entre la muerte de Merlí y ese final con los personajes como adultos.

Pol Rubio (Carlos Cuevas) fue el estudiante favorito de Merlí y también el personaje favorito de la audiencia. Estaba claro que de haber un spin-off, se centraría en él. Y así ha sido. Merlí: Sapere Aude sigue al carismático Pol en su primer año de universidad, después de decidir que lo que quiere en la vida es convertirse en la persona que más ha influido en ella: Merlí. La primera temporada, que consta de 8 episodios dirigidos por Menna Fité y rodados en catalán y castellano (con gotas de inglés y francés), nos enseña sus primeros pasos en la carrera de Filosofía, donde hará nuevas amistades y entablará una relación especial con su profesora de Ética, María Bolaño (María Pujalte), irreverente catedrática que recuerda a Merlí en su personalidad provocadora y sus métodos poco ortodoxos.

Merlí: Sapere Aude es fiel a la experiencia universitaria y lo que significa para la vida de una persona que empieza a dejar atrás su adolescencia. Entre clases y fiestas en una Barcelona vibrante y multicultural, la serie explora esa etapa vital caracterizada por la experimentación y la búsqueda de la identidad. La Filosofía sigue siendo el hilo conductor en este spin-off que continúa el espíritu inquieto e inquisitivo de la serie madre, pero de forma más madura, que invita a pensar, a cuestionarse las cosas y a intentar ver el mundo desde perspectivas diferentes. En este sentido, la presencia de Merlí se siente continuamente, ya sea a través de los dilemas éticos y filosóficos que plantea cada episodio y que afectan directamente a la vida de los personajes (corrección política, psicología de masas, hedonistas vs kantianos), en el propio Pol o a través de la madre del profesor (la Calduch grande como siempre) y su hijo, ambos presentes en el spin-off.

Gracias a ese flashforward con el que terminaba Merlí, sabíamos que Pol y Bruno (David Solans) acababan juntos. Merlí: Sapere Aude se encarga de indagar en el camino que nos llevará a ese futuro en pareja. Aunque ya no van a clase juntos (Bruno estudia Historia y ha creado su propio grupo de amigos), los dos siguen el uno en la vida del otro. Cada uno vive la pérdida de Merlí de una manera, lo cual provoca tensiones entre ellos, pero el deseo y la atracción mutua que sienten los empujará el uno al otro constantemente. Es decir, aunque la serie se centre en Pol y sus nuevas relaciones (con hombres y mujeres), los fans de Brunol tendrán dosis suficientes de la (futura) pareja como para quedar más que satisfechos.

Hablando de sus nuevas relaciones, Merlí: Sapere Aude introduce un nuevo plantel de personajes excelentemente caracterizados que acompañarán a Pol en su aventura universitaria: Rai (Pablo Capuz), un chico rico y arrogante con el que Pol choca constantemente pero acaba desarrollando una fuerte amistad que deviene en atracción sexual (por primera vez en su vida) no correspondida; Minerva (Azul Fernández), argentina extrovertida con problemas económicos cuyo piso sirve como punto de encuentro y lugar de fiesta de la pandilla; Oti (Claudia Vega), compañera de Pol atrapada en una relación monótona y por ello deseosa de vivir al máximo la experiencia universitaria, aunque le lleve a cometer más de un error; y Biel (Pere Vallribera), muchacho cariñoso e inocente, pero deseoso de salir de su caparazón, que se enamora perdidamente de la inalcanzable Minerva. Las nuevas incorporaciones forman junto a Pol un grupo compenetrado desde el principio, creando una dinámica de relaciones que podría dar mucho juego en futuras temporadas.

Si Merlí se caracterizaba por su representación sin tapujos de la vida de los adolescentes, el spin-off eleva considerablemente las dosis de atrevimiento, especialmente en el terreno erótico y sexual. El inicio del primer episodio es toda una declaración de intenciones: la serie comienza literalmente con un primer plano del trasero de Pol en la ducha. Y eso no es nada. Además de explotar constantemente el físico y atractivo de Carlos Cuevas (casi todos los personajes se sienten atraídos por él, hasta la Bolaño, y así nos lo hacen ver), Merlí: Sapere Aude va más allá en las escenas de sexo y desnudos, con momentos que van a dar mucho que hablar entre los fans (spoiler: en el cuarto episodio hay una transgresora escena de masturbación anal y un encuentro sexual en el que un personaje muerde la visible erección de otro a través de la ropa interior. Fin de spoiler).

Tener un protagonista bisexual masculino y que lo sea de verdad, no solo de boquilla, es un avance, pero la identidad y búsqueda sexual de Pol, en pleno proceso de aceptación de su propia sexualidad, es solo una parte del viaje que nos propone Merlí: Sapere Aude (aquí los personajes van a clase y estudian, no como en otras series). La primera temporada aborda otros temas como la diferencia de clases, la muerte, el abuso en las tasas universitarias, el alcoholismo, el divorcio o el amor en diferentes estadios de la vida, y lo hace reproduciendo el estilo de su serie madre, con sus virtudes (personajes cautivadores, tramas siempre interesantes) y sus defectos (idealización excesiva, pobre diversidad étnica y falta de naturalidad en algunos momentos).

A juzgar por los primeros cinco capítulos, Merlí: Sapere Aude será un éxito entre los fans de Merlí. Después de sus tres temporadas, Lozano acomete el spin-off con seguridad y confianza desde el principio, superando el primer cuatrimestre con buenísima nota. El estupendo trabajo interpretativo de Carlos Cuevas, que encarna con soltura el proceso madurativo y las contradicciones de Pol (tan atrevido como inexperto), es uno de los mayores ganchos de una serie a la que no le sobran atractivos. Merlí: Sapere Aude es la discípula aventajada que emprende el vuelo por sí sola siguiendo el ejemplo de su maestro. La máxima de Horacio, “Sapere aude”, se convierte en la guía de Pol y de una serie que nos invita a pensar constantemente y que nos habla entre otras cosas del deseo. El sexual, el de vivir, el de crecer, y sobre todo, el de saber.

La primera temporada de Merlí: Sapere Aude se estrena el 5 de diciembre en Movistar+.

American Horror Story 1984: Los 80 nunca morirán

Después de nueve años en antena, American Horror Story es toda una institución televisiva. Cada otoño, la serie de terror antológica creada por Ryan Murphy y Brad Falchuk continúa creando expectación en torno al tema de la temporada y los actores que formarán parte de su reparto, mientras que sus índices de audiencia siguen siendo muy sólidos para una serie tan longeva. Este año, la ficción de FX (emitida por FOX en España) se vuelve a reinventar llevándonos de nuevo al pasado con AHS 1984, homenaje al slasher de los 80 con Viernes 13 como principal referente y reminiscencias a otra serie de Murphy, Scream Queens.

AHS 1984 transcurre en el Campamento Redwood, lugar de una de las masacres más sangrientas ocurridas en este universo de ficción. La historia sigue al prototipo de final girl Brooke Thomson (Emma Roberts), una chica inocente y reservada que, tras un terrorífico encuentro con el asesino en serie Richard Ramírez (Zach Villa), decide pasar el verano como monitora en Camp Redwood, uniéndose a un diverso grupo de personas, a cada cual con el secreto más oscuro. A su llegada, son recibidos por Margaret Booth (Leslie Grossman), directora del campamento y única superviviente de Mr. Jingles, el sádico asesino que sembró el terror en el lugar 14 años antes. La noche antes de la llegada de los niños al campamento, la noticia de que Mr. Jingles se ha escapado del hospital psiquiátrico en el que estaba encerrado da comienzo a una violenta pesadilla de la que será difícil escapar con vida.

Sarah Paulson y Evan Peters, hasta ahora los dos únicos actores que habían aparecido en todas las temporadas de la serie, no forman parte del reparto de AHS 1984. Sin embargo, la temporada sigue contando con numerosos rostros familiares, como Emma Roberts, Cody Fern, Leslie Grossman, Billie Lourd, Lily Rabe, John Carroll Lynch, Leslie Jordan, Dylan McDermott o Finn Wittrock, a los que se unen actores de otras series de Murphy, como Matthew Morrison (Glee) y Angelica Ross (Pose), y nuevas incorporaciones como el atleta y thist trap profesional Gus Kenworthy. Este elenco, sumado a la ausencia de veteranos como Kathy Bates, Jessica Lange o Dennis O’Hare hace de AHS 1984 la temporada más “juvenil” hasta la fecha, lo cual encaja con la propuesta si tenemos en cuenta que las películas de terror que homenajea/parodia suelen estar protagonizadas por adolescentes y orientadas al público joven.

Después del crossover de Apocalypse1984 vuelve a contar una historia más cerrada e independiente. Hay guiños y conexiones que siguen unificando todas las historias en el mismo universo, pero el espectador no necesita haber visto lo anterior para entender la temporada. La trama de 1984 comienza apoyándose fuertemente en las convenciones del slasher, con un asesino en serie que persigue a un grupo de jóvenes y los mata uno a uno de las maneras más macabras y retorcidas -la serie aumenta las dosis de violencia gráfica en la que es posiblemente la temporada más gore y explícita hasta la fecha-, para a continuación dar un giro en el quinto capítulo (como Roanoke, pero menos meta) y dedicar los restantes a contarnos un cuento de fantasmas al más puro estilo AHS.

Al contrario que en temporadas como Freak Show y Hotel, que tuvieron arranques estupendos pero se desinflaron conforme avanzaron, 1984 empieza con uno de los primeros capítulos más insulsos que se recuerdan de la serie para más adelante remontar el vuelo y terminar con buena letra. Los primeros cuatro episodios son un caos absoluto hasta para una serie como esta, no precisamente conocida por su solidez narrativa. El argumento se enreda demasiado pronto y sin apenas preámbulo, los giros no vienen precedidos de un mínimo desarrollo de personajes y todo se vuelve repetitivo muy rápidamente, desaprovechando así la oportunidad de hacer algo original o diferente con el homenaje al slasher, un género diseccionado recientemente en películas como La cabaña en el bosqueThe Final Girls.

Afortunadamente, la segunda mitad compensa la primera. A partir del quinto episodio, 1984 nos remite directamente al principio para volver a contar una historia de espíritus que permanecen atrapados en un lugar que hace las veces de limbo o purgatorio. Al igual que la casa de Murder House, el Campamento Redwood se convierte en la prisión de un grupo de personajes que se enfrentan a una eternidad en el lugar donde murieron. Sin abandonar en ningún momento la violencia y el humor mamarracho que siempre ha caracterizado a la serie, AHS 1984 se adentra en terreno emocional en su recta final, donde tanto los supervivientes como los fantasmas de Camp Redwood deben revisitar el pasado para resolver sus asuntos.

Oficialmente la temporada más corta de AHS con nueve episodios1984 llega a su clímax prometiendo un festival bañado en sangre para su último episodio, pero en su lugar nos ofrece una conclusión sentimental que recuerda, salvando las distancias, al final de Asylum. A pesar de no ser lo esperado y arriesgarse a decepcionar, este desenlace funciona muy bien como conclusión por dos razones: da sentido y ofrece cierre satisfactorio para los personajes, con lo que la temporada termina mucho mejor de lo que empezó. Más allá de los calentadores, los colores chillones y los litros de laca por cabeza, el homenaje a los 80 se vuelve especialmente trascendental cuando Montana, el personaje de Billie Lourd (la gran estrella de la temporada), nos recuerda que esta década nunca morirá, coronando así una historia sobre la inmortalidad, literal y figurada.

AHS 1984 no es ni de lejos de las mejores temporadas de la serie, pero tampoco es la peor. Pese a lucirse como siempre en lo estético (qué gozada los looks de los personajes), tener buenas interpretaciones (Lourd, Lynch, Ross, tú no Gus Kenworthy, Grossman, McDermott…) y darnos todo lo que tanto nos gusta de ella y lo que tanto obsesiona a su creador -personajes excéntricos, homenajes cinéfilos, humor alocado, nostalgia, asesinos en serie-, se puede notar el desgaste que afecta a la serie (y al espectador). Tras la emisión del final de 1984, las noticias sobre el futuro de la serie son contradictorias. Por un lado se cree que la décima temporada podría ser la última, y por otro se habla de que la serie podría durar diez temporadas más. No sabemos lo que pasará, pero si AHS va a seguir con nosotros tanto tiempo y nosotros pensamos seguir siéndole fieles, quizá vendría bien descansar un poco.

Todos los capítulos de ‘Modern Love’ ordenados de peor a mejor

Amazon se está poniendo las pilas en lo que se refiere a su plataforma de streaming, Prime Video. Tras el éxito de La maravillosa Sra. Maisel y la coproducción de BBC Fleabag, ambas triunfadoras recientes de los Emmy en la categoría de comedia, el estudio de Jeff Bezos se ha propuesto hacerle frente a Netflix y Disney+ con superproducciones como la serie de El señor de los anillos y nuevas propuestas de contenido original que, según ellos, dan prioridad a la calidad por encima de la calidad y buscan entrar en la conversación online.

En este sentido, una serie que no ha pasado desapercibida como le ha ocurrido a otras ficciones de Amazon anunciadas a bombo y platillo es Modern Love, que desde su estreno el pasado 18 de octubre ha conquistado a la audiencia, que ha caído rendida ante sus encantos. Aunque lejos de la repercusión de otras series de streaming, Modern Love se ha ganado un hueco en el corazón de los espectadores. Tanto es así que su respuesta mayoritariamente positiva llevó al estudio a anunciar su segunda temporada apenas una semana después del estreno.

Con John Carney, director de las muy queridas Once, Sing Street y Begin Again, como principal responsable, Modern Love es una serie romántica de formato antológico que se basa en la popular columna semanal del mismo nombre publicada en el New York Times. Cada episodio cuenta una historia de amor autoconclusiva con personajes distintos, con el punto en común de que todas se desarrollan en la Gran Manzana. La serie, que cuenta con un impresionante reparto estelar que incluye a Anne Hathaway, Dev Patel, Tina Fey, Catherine Keener, Andy García, John Slattery, Sofia Boutella y Andrew Scott entre muchos otros, aborda el amor en sus muchas formas -romántico, amistoso, familiar, sexual o platónico-, con la intención de formar un mosaico de las relaciones en el siglo XXI.

Sin embargo, como ocurre con todas las series antológicas, no todos los episodios están al mismo nivel. De hecho, Modern Love arranca con tres episodios magníficos para desinflarse con los tres siguientes y remontar el vuelo en su recta final. La serie rebosa encanto y emoción por los cuatro costados, y todos sus capítulos, en mayor o menor medida, nos aportan algo que merece la pena, pero está lejos de ser perfecta. Su problema principal (además de una selección musical empalagosamente cursi) es la falta de diversidad, sobre todo en el perfil de los personajes, la mayoría blancos, heterosexuales, ricos y con pisos fabulosos (el único personaje pobre lo es por decisión propia, para que os hagáis una idea). Esto hace que en ocasiones cueste conectar con sus problemas, ya que nos ofrece una visión del amor y la vida absolutamente privilegiada e idealista.

A pesar de esto, Modern Love consigue emocionar (en mayor o menor medida) con la mayoría de sus relatos, aprovechando la media hora que dura cada capítulo para contar más que muchas películas en dos horas y tocando la fibra sensible en numerosas ocasiones a lo largo de la temporada. Pero para profundizar un poco más en cada historia, os dejo con mi ranking personal de los episodios de la primera temporada, ordenados de peor a mejor.

8. ‘So He Looked Like Dad. It Was Just Dinner, Right?’ (1×06)

Unánimemente considerado el peor episodio de la temporada, esta historia de una joven con daddy issues que desarrolla una inapropiada y enfermiza relación con uno de sus jefes (de más de 50) que le recuerda a su padre, resulta incómoda la mayor parte del tiempo. El episodio (dirigido por la actriz Emmy Rossum) tiene sus momentos, y las interpretaciones de Julia Garner y Shea Whigham son excelentes (en realidad, en la serie no hay ni una sola mala actuación), pero el factor creepy empaña una historia que no tenemos muy claro hacia dónde va o qué quiere contarnos. Afortunadamente, el capítulo evita meterse del todo en el fango manteniendo la relación entre los protagonistas en el terreno platónico. Aun así, cuesta imaginar que a alguien le pareciera buena idea incluir este capítulo en la antología.

7. ‘Rallying to Keep the Game Alive’ (1×04)

Después de tres primeros capítulos fantásticos, Modern Love da un considerable bajón con el cuarto, centrado en un matrimonio acomodado que atraviesa una crisis de pareja. Sharon Horgan escribe y dirige un episodio que recuerda inevitablemente a su serie Catastrophepero no logra reproducir su gracia y encanto, resultando algo frío. Aunque acierta a la hora de retratar cómo el paso del tiempo afecta a las parejas y destaca por las interpretaciones de Tina Fey y John Slattery (tan buenos en drama como en comedia), ‘Rallying to Keep the Game Alive’ no deja huella.

6. ‘The Race Grows Sweeter Near Its Final Lap’ (1×08)

El puesto de este capítulo en el ranking es simbólico, ya que técnicamente debería estar al margen al tratarse más bien de un epílogo que ejerce como nexo de unión de los siete episodios anteriores. En él nos encontramos a dos viudos que se conocen corriendo una maratón y deciden emprender una relación amorosa en el crepúsculo de sus vidas. La historia en sí es preciosa, y a pesar de su brevedad se las arregla para contar algo redondo y hacer llegar su mensaje sobre el amor en la tercera edad. Pero si el capítulo destaca es sobre todo por la forma en la que une todos los relatos de la temporada en una línea temporal definida, completando las historias que hemos visto hasta ese momento, ya sea mostrándonos cómo empezaron o lo que pasó después. Este capítulo pone broche al homenaje que Carney dedica a Nueva York, su gente y las maravillosas coincidencias que la convierten en una ciudad tan mágica.

5. ‘At the Hospital, an Interlude of Clarity’ (1×05)

El quinto episodio de Modern Love es un bonito relato de primera cita con clarísimos ecos a la trilogía Before de Richard Linklater. En este capítulo protagonizado por Sofia Boutella y John Gallagher Jr., una pareja ve su velada interrumpida por un accidente que los lleva a pasar la noche juntos en el hospital. De personalidades y formas de ver la vida muy distintas, los dos se van abriendo el uno al otro a través de conversaciones honestas que sirven para saltarse los rodeos y preámbulos de las primeras citas y así empezar a conocerse de verdad. Este capítulo está lleno de diálogos que dan que pensar y ofrece un mensaje sobre las redes sociales y la imagen que proyectamos de nosotros mismos con el que es fácil sentirse identificado. La química entre Boutella y Ghallager Jr. es la guinda del pastel.

4. ‘Hers Was a World of One’ (1×07)

El único capítulo que cuenta una historia de amor LGBT+ es también uno de los mejores de la temporada, gracias sobre todo al buen hacer de su trío protagonista, Andrew Scott, Brandon Kyle Goodman y Olivia Cooke. ‘Hers Was a World of One’ sigue a Andy y Tobin, una pareja estable y acomodada que ha decidido tener un hijo. Entra Karla, una joven antisistema embarazada que ha decidido dar a su hijo en adopción porque no encajaría en su estilo de vida itinerante. En los últimos meses de su embarazo, la chica se muda con la pareja, poniendo su mundo patas arriba. Con un divertido cameo de Ed Sheeran (que va camino de convertirse en un chiste recurrente de la comedia romántica tras pasar también por Yesterday), este episodio es uno de los más divertidos, cálidos y emotivos de la temporada. La carismática interpretación de Cooke es uno de los highlights de la serie, y Andrew Scott vuelve a demostrar -después de Sherlock Fleabag-, que es uno de los actores británicos del momento.

3. ‘Take Me as I Am, Whoever I Am’ (1×03)

Anne Hathaway era uno de los mayores reclamos de Modern Love y la oscarizada actriz de Los miserables Princesa por sorpresa no decepciona. ‘Take Me as I Am, Whoever I Am’ narra la historia de una mujer exitosa y atractiva que vive con trastorno bipolar, pero decide no contárselo a nadie. El capítulo nos muestra cómo la enfermedad afecta a su día a día y condiciona sus relaciones, componiendo así un retrato de la enfermedad mental poderoso y conmovedor. Hathaway lleva a cabo una interpretación portentosa, como cabe esperar de ella, mostrándonos su lado más divertido y glamuroso (protagoniza una secuencia musical en el supermercado que delata a Carney detrás de las cámaras en el que es uno de los cuatro episodios que dirige), y también el más crudo y descarnado. Pero lo mejor del capítulo es el mensaje que nos deja en un precioso final que cambia el cliché romántico del final feliz en pareja por la importancia de la amistad.

2. ‘When the Doorman Is Your Main Man’ (1×01)

Modern Love empieza por todo lo alto, con una tierna y original carta de presentación que curiosamente no se centra en una pareja romántica. El primer capítulo explora los lazos paternofiliales que se forman entre una joven crítica literaria y el sobreprotector portero de su edificio, un hombre que vela por ella día y noche y se encarga personalmente de tomar las decisiones en la vida amorosa de la chica (suena controlador y tóxico, pero sorprendentemente no lo es). La dinámica entre Maggie (Cristin Milioti) y Guzmin (Laurientiu Possa) es la más bonita y entrañable de toda la serie y nos deja una de las mejores frases de la temporada: “Nunca miraba al hombre, miraba tus ojos”. Para empezar la serie llorando.

1. ‘When Cupid Is a Prying Journalist’ (1×02)

Lo cierto es que los tres primeros episodios están más o menos al mismo nivel, pero si he decidido colocar el segundo en primer puesto es porque me parece el más completo en todos los sentidos. Como decía en la introducción, Modern Love puede contar más en media hora que muchas películas enteras, y este es el capítulo que mejor lo ilustra. En él, una periodista (Catherine Keener) entrevista al creador de una app de citas (Dev Patel). La pregunta “¿Has estado enamorado alguna vez?” da lugar a una conversación que cambiará el curso de sus vidas. Este es el capítulo más cinematográfico de la serie, el que más encaja en el cliché de “es una película de media hora”. Con una estructura impecable y un guion lleno de perlas y reflexiones valiosas, ‘When Cupid Is a Prying Journalist’ nos habla del amor perdido, de las decisiones que tomamos y el camino en el que nos llevan, de la vida que podíamos haber tenido, y de la que podemos tener si aceptamos las segundas oportunidades. El capítulo más inspirado y trascendental de la temporada y el que incluye una de las frases más románticas que he escuchado jamás: “El amanecer es para los amantes y los panaderos”.

Cómo vivir contigo mismo: Dos Paul Rudd mejor que uno

Paul Rudd está viviendo una auténtica época de esplendor y nosotros la estamos disfrutando a lo grande. De siempre un actor muy querido por la audiencia gracias a sus papeles en CluelessFriends Lío embarazoso, Rudd ha desarrollado una sólida carrera como uno de los rostros habituales de la comedia norteamericana y ha triunfado en el mundo de los superhéroes interpretando a uno de los personajes más simpáticos y divertidos del Universo Marvel, Ant-Man.

En 2019, Rudd vuelve a la televisión con Cómo vivir contigo mismo (Living with Yourself). Aunque ya había participado en la mencionada Friends o más recientemente en el revival de Netflix de Wet Hot American Summer, esta es la primera vez que Rudd protagoniza una serie, habiendo centrado hasta ahora su trayectoria sobre todo en el cine. Es precisamente Netflix la que lo ha convencido para que acepte un papel principal en televisión, y además, por partida doble.

Cómo vivir contigo mismo es la historia de Miles (Rudd), un hombre en plena crisis personal, matrimonial y profesional que acude a un misterioso spa para someterse a un tratamiento experimental que garantiza mejorar su vida radicalmente. Sin embargo, el procedimiento no sale bien y se despierta envuelto en plástico y enterrado en medio del bosque. Al regresar a casa, Miles descubre que ha sido reemplazado por otro hombre exactamente igual a él, una versión mejorada que le obligará a enfrentarse a sí mismo, literal y figuradamente.

Esta es la llamativa premisa de una ficción cuya primera temporada consta de 8 episodios de alrededor de media hora que Rudd convierte en un auténtico two-man show de principio a fin. Su interpretación doble es sin duda lo mejor de una serie que se apoya casi enteramente en su carisma y encanto de tipo cercano. Aunque lejos de la hazaña de Tatiana Maslany en Orphan Black -pero con efectos visuales igualmente impresionantes para duplicar al actor en el plano-, Rudd nos hace creer que de verdad estamos ante dos personas distintas (a pesar de que técnicamente son la misma), gracias a los matices diferenciados que aporta a cada Miles y a un trabajo de caracterización física sutil pero muy eficiente. Es decir, en todo momento sabemos cuándo es uno y cuándo es otro, lo cual no es tan fácil como parece (y si no que se lo digan a Sarah Michelle Gellar y sus gemelas de Ringer).

Aunque se presenta como comedia y tiene momentos muy divertidos (gracias, cómo no, a la presencia de Rudd), el tono de la serie es más dramático de lo que cabía esperar, con un humor a ratos bastante seco, un aire decididamente extraño y un tratamiento de la relación entre Miles y su mujer, Kate (Aisling Bea), que abraza lo amargo y se adentra a menudo en el melodrama doméstico. Cómo vivir contigo mismo no pretende hacer reír a carcajadas como otras comedias (o al menos eso parece), sino que está más interesada en mostrarnos la cara más incómoda de las relaciones y cómo estas pueden deteriorarse con el paso del tiempo, las dificultades y la depresión.

La primera temporada de Cómo vivir contigo mismo avanza con ritmo ligero pero firme, sin perder el tiempo ni retrasar los acontecimientos, que se suceden sin dar demasiados rodeos. La serie aprovecha los episodios para contar la historia de manera concisa, estructurando esta primera parte (esperamos que haya más) con saltos hacia delante y atrás en el tiempo y diferentes puntos de vista con los que va tomando forma. Ver un par de episodios no basta para hacerse una idea de lo que la serie puede ofrecer, ya que por ejemplo no es hasta el quinto episodio cuando se nos ofrece la perspectiva de Kate en el declive del matrimonio, y por tanto una versión más completa y justa de la historia.

Cómo vivir contigo mismo no es la serie que muchos esperaban, pero eso no es necesariamente negativo. Aunque su tono tragicómico puede resultar desconcertante, lo cierto es que encaja con la historia de un hombre deprimido y un matrimonio roto que están contando. La serie no ha hecho más que tocar la superficie y el viaje de autoconocimiento de Miles está lleno de posibilidades, tanto cómicas como dramáticas. Con dos Paul Rudd por el precio de uno merece la pena embarcarse en él.

Undone: Eterno resplandor de una mente inmaculada

Los viajes en el tiempo son uno de los lugares comunes más explorados de la ciencia ficción. Su imposibilidad científica hace del fenómeno un lienzo en blanco para dar rienda suelta a la imaginación en el cine y la televisión. Desde El tiempo en sus manos hasta Vengadores: Endgame, pasando por Regreso al futuro, 12 monosDonnie DarkoPrimer, Interstellar e incontables otras, el cine ha doblegado el espacio-tiempo desde múltiples perspectivas y géneros, demostrando una y otra vez que es un concepto lleno de posibilidades para la ficción.

Raphael Bob-Waskberg y Kate Purdy, respectivamente creador y co-productora ejecutiva de BoJack Horseman, aportan su particular visión a este subgénero con Undone. La nueva serie de Amazon Prime Video narra la historia de una joven que, tras un accidente de coche, empieza a comunicarse con su padre fallecido y descubre que tiene el poder de moverse en el tiempo y el espacio de forma no lineal, lo que usará para tratar de desvelar los misterios de su familia.

La serie, que consta de 8 episodios de aproximadamente 25 minutos, recupera la rotoscopia, técnica de animación muy habitual en el cine previo a los 90 que cayó en desuso con el auge del CGI y algunos directores han recuperado puntualmente como opción estilística (Richard Linklater la usó en Waking Life A Skanner Darkly). Esta consiste en el redibujado a mano de un plano frame a frame tomando como base imágenes de acción real previamente filmadas. Es decir, lo que vemos en Undone es a los actores de verdad bajo una capa de animación, lo que le confiere ese aspecto llamativo gracias al contraste del dibujo y la naturalidad de los movimientos. Esta técnica permite llevar las secuencias de fantasía hasta las últimas consecuencias sin necesidad de un elevado presupuesto y nos deja en este caso imágenes de gran creatividad -apuntilladas por la poética partitura de Amie Doherty.

El reparto está encabezado por una excelente Rosa Salazar (con experiencia en esto de interpretar para un personaje animado después de Alita: Ángel de Batalla), a la que acompañan Bob Odenkirk, Angelique Cabral, Constance Marie, Siddharth Dhananjay, Daveed Diggs y Tyler Posey. Al contrario que le ocurría a BoJack Horseman, que tardó un tiempo en encontrar su tono, Undone se muestra sólida desde el principio, tanto en el manejo de los géneros (drama, comedia y ciencia ficción) como en la construcción de personajes, perfectamente definidos desde el primer capítulo.

Alma Winograd-Diaz (Salazar) es uno de los personajes más humanos que nos ha dado la televisión reciente, una mujer ocurrente, carismática y llena de personalidad, pero también vulnerable y rota. La pérdida la formó cuando era pequeña (primero perdió la audición y después a su padre) y esto la llevó a levantar un muro entre ella y las personas que hay en su vida, ante las que a menudo se comporta de forma impulsiva y egoísta. El descubrimiento de su habilidad para viajar en el tiempo será la oportunidad perfecta para corregir sus errores y crecer personalmente, aunque los demás no lo vean de la misma manera.

Su historia nos lleva en un fascinante viaje lleno de sorpresas y emociones a flor de piel en el que las líneas entre realidad y fantasía se difuminan para hacernos dudar si lo que está ocurriendo es real o si por el contrario es la manifestación de una enfermedad mental. A pesar de que esta idea del “superpoder” como posible trastorno psicológico (concretamente la esquizofrenia) es algo que se ha visto muchas veces, Undone logra aportar una perspectiva diferente y trascendental, sobre todo gracias a la forma en la que lo utiliza para construir (entre la risa y el llanto, el costumbrismo y la fantasía) las preciosas y complejas relaciones entre Alma y su familia, el motor principal de la serie.

No debería sorprender que detrás de Undone se encuentren los responsables de BoJack Horseman, otra serie de animación que, además de divertir, se caracteriza por su profundidad psicológica y su capacidad para entender y plasmar el comportamiento humano y sus contradicciones. La ambición narrativa de Undone es incluso mayor, pero afortunadamente, no se vuelve en su contra, sino que llega a buen puerto al dar prioridad siempre a las emociones, desde el principio hasta un desenlace que puede entenderse como un cliffhanger o un final abierto a la interpretación del espectador. En cualquier caso, Bob-Waskberg y Purdy han elaborado un trabajo impecable en todos los aspectos, una serie visualmente preciosa y narrativamente sublime que aprovecha y trasciende su premisa sci-fi para contarnos una historia de las que se quedan en la memoria.

Veronica Mars (Temporada 4): Seguimos siendo amigos

Recordamos 2004 como el año en el que la televisión tal y como la conocíamos cambiaba para siempre. El estreno de Perdidos Mujeres desesperadas inauguraba una nueva era de serieadicción, auspiciada por las nuevas formas de consumo de televisión. Ese mismo año nacía otra serie que, si bien no lograba el impacto cultural inmediato de las dos mencionadas, sí se ganaría con el tiempo su merecida reputación como una de las series de culto más queridas de la televisión moderna, Veronica Mars.

La serie, creada por Rob Thomas, nacía en la difunta UPN, sorprendiendo por su inteligente fusión de serie adolescente y misterio detectivesco neo-noir. Tras dos temporadas dio el salto a la CW, donde fue cancelada prematuramente. Los fans (conocidos como marshmallows) hicieron todo lo posible por salvarla, pero no hubo suerte. Antes de que Netflix se convirtiera en el gigante que es hoy y se ganase la reputación de salvar series canceladas y rescatar glorias del pasado, Thomas recurría a la plataforma de crowdfunding Kickstarter para darle a su creación la segunda oportunidad que tanto merecía. Así nacía en 2014 la película de Veronica Mars, todo un regalo a los fans -aunque técnicamente estos pagaron para que existiera.

En 2019, el revival nostálgico ya es una constante en televisión. Todo vuelve, y Veronica no iba a ser menos. La película nos sacó una espinita clavada dándonos algo de clausura tras aquella injusta cancelación, pero a Veronica Mars todavía le quedaba cuerda para rato. Rob Thomas y Kristen Bell sabían que había más historias que contar y más casos que resolver, y ambos estaban deseando volver a Neptune tanto como nosotros. Solo había que encontrar el momento y el medio adecuados. Finalmente, Hulu fue la plataforma encargada de producir en Estados Unidos la cuarta temporada de Veronica Mars, con la que muchos llevábamos soñando desde hacía más de una década. Los nuevos capítulos llegaban el 19 de julio en Estados Unidos, mientras que la espera en España ha sido más larga: TNT la estrena el 15 de octubre.

Dejando atrás las temporadas largas con un arco argumental transversal y casos autoconclusivos, la cuarta está concebida como una miniserie de 8 episodios que abarcan una sola investigación. La trama está ligeramente basada en el libro El concurso de los mil dólares, una de las dos novelas que Thomas publicó para continuar la historia tras la película, y cuenta con los personajes originales, a los que acompañan excelentes nuevos fichajes: Patton Oswalt, Kirby Howell-Baptiste, el oscarizado J.K. Simmons e Izabela Vidovic, cuyo personaje parece concebido como relevo generacional para un posible spin-off.

Cinco años después de la última vez que la vimos, Veronica sigue en Neptune trabajando como investigadora privada junto a su padre, Keith (Enrico Colantoni), que se recupera de un accidente. Las vacaciones de primavera (el famoso Spring Break norteamericano) se ven interrumpidas por el estallido de una bomba que acaba con la vida de varias personas. Los Mars se encargan de investigar el caso, cuyas ramificaciones abarcan desde un congresista del estado hasta un cartel mexicano.

La cuarta temporada de Veronica Mars es un viaje al pasado que nos lleva a reencontrarnos con viejos conocidos y recordar (¿mejores?) tiempos. Sin embargo, los nuevos capítulos son mucho más que un mero ejercicio nostálgico. La serie conserva intacto su ADN, pero ha sabido madurar, aprovechando la menor censura de Hulu para explorar más a fondo los aspectos más oscuros de la serie, sin que esto desentone lo más mínimo con lo visto anteriormente. Y es que lo que necesitaba Veronica Mars era poder llevar un paso más allá sus impulsos más adultos (escenas de sexo incluidas) y usar lenguaje malsonante. Aunque, en una divertida jugada metarreferencial, la propia Veronica no puede decir tacos en toda la temporada, exactamente igual que el personaje de Bell en The Good Place.

La evolución de la serie y los cambios en Neptune contrastan con el estancamiento personal de Veronica, que no puede evitar caer en los vicios y errores del pasado. Veronica vive con Logan (Jason Dohring) que, completando su transformación en príncipe azul y héroe a lo Tom Cruise, ahora ejerce como oficial de inteligencia del Ejército estadounidense, lo que le lleva a pasar mucho tiempo fuera en misiones secretas. La vida en pareja va aparentemente bien y su química romántica sigue siendo evidente, pero Veronica aun se enfrenta a sus fantasmas, lo que le lleva a boicotear su felicidad en todos los aspectos de su vida, incluido el amoroso.

La cuarta temporada de Veronica Mars se aleja del fan service que proporcionaba la película (al fin y al cabo la pagamos nosotros y Thomas sintió que debía darnos lo que queríamos) y recupera su autonomía narrativa. La ilusión por un revival puede desembocar en decepción, en esa sensación de “para eso no vuelvas”, pero no es el caso de Veronica Mars, que justifica su regreso con creces. Al menos hasta sus últimos minutos. La temporada culmina con un fatídico final por el que los fans han decidido romper con la serie. Un epílogo frustrante que, según Thomas era necesario, pero que se antoja cuestionable y empaña la felicidad del regreso.

Pero que esto no os desanime. Hasta ese epílogo, la cuarta temporada de Veronica Mars es un ejemplo de cómo hacer un revival. La serie ha sabido madurar y adaptarse sin perder ni un ápice de su esencia, destacando de nuevo por sus diálogos inteligentes, frases memorables y su misterio absorbente. Sigue siendo divertida, ingeniosa y emocionante, Veronica conserva su ácida e irresistible personalidad, al igual que Keith y el resto de personajes son los mismos de siempre. Pero ya no es una serie adolescente, porque su protagonista es una adulta, estancada, como tantas personas de su generación.

En general, el regreso de Veronica Mars es un acto de amor y fe, pero no a los fans (a los que esta vez no han tenido reparos en romper el corazón), sino a Neptune, a los personajes que lo habitan y a una historia que pedía más. Y sigue pidiéndolo después de estos ocho episodios. Puede que Veronica Mars continúe en el futuro con nuevas temporadas y nuevos misterios (Thomas y Bell han expresado su deseo de que así sea, aunque falta confirmación oficial), y aunque para muchos marshmallows (comprensiblemente) ya no será lo mismo, hay que tener fe en Veronica. Se lo ha ganado.

Fleabag: Una experiencia religiosa

Se suele abusar mucho del tópico, pero en este caso, su uso está más que justificado: Phoebe Waller-Bridge es una de las voces más frescas e interesantes del panorama audiovisual actual. Después de varios años buscando un hueco como actriz en la televisión británica (tuvo un papel recurrente en Broadchurch), se centraba en el guion y la producción creando dos series en 2016.

La primera, Crashing, una suerte de actualización millennial de la sitcom de amigos sobre un grupo de jóvenes que viven en un hospital abandonado, solo tuvo una temporada (disponible en Netflix). La segunda, Fleabag, la puso en el mapa y la convirtió en una de las creadoras jóvenes a seguir más de cerca del Reino Unido. Basada en su aclamado y premiado monólogo teatral del mismo título, Fleabag gira en torno a una joven londinense de gran ingenio y apetito sexual que utiliza el humor y el sexo para enmascarar el profundo dolor y la confusión que siente.

Dicho así, suena convencional. Comedias millennial urbanas sobre jóvenes perdidos que tratan de buscar su sitio en la vida las hay a patadas. Pero Fleabag conseguía desmarcarse de todas ellas gracias a la afiladísima escritura de Waller-Bridge, su enorme carisma como actriz y su manera de jugar con la narración. Por ejemplo, la protagonista (a la que conocemos como Fleabag, ya que nunca se llega a decir su nombre en la serie) emplea el sobreexplotado recurso de la ruptura de la cuarta pared mirando directamente a cámara, pero lejos de parecer un truco fácil, eleva la serie de nivel, haciendo partícipe al espectador de la vida Fleabag como ninguna otra serie lo había hecho antes.

Tras la primera temporada, Waller-Bridge decidió pasar a otros proyectos y aseguró que no habría más capítulos. En los dos años siguientes creó la serie de moda Killing Eve, fue chica Disney con un pequeño papel en Christopher Robin, se unió al universo Star Wars interpretando a la droide L3-37 en la fallida Han Solo: Una historia de Star Wars. Pero los espectadores de Fleabag seguían pegados a la pantalla esperando que Waller-Bridge les devolviera la mirada una vez más.

Nuestras plegarias (pun intended) fueron atendidas con el anuncio de una segunda temporada. Los nuevos capítulos (seis, como en la primera temporada) llegan a España en exclusiva a través de Amazon Prime Video, la encargada de estrenar la primera en nuestro país. Y no podemos sino recurrir a otro tópico manido: la espera ha merecido la pena.

La segunda temporada de Fleabag es la prueba fehaciente de que es mejor cuando los creadores no fuerzan la máquina para llegar a un plazo. Los tres años que han pasado entre una temporada y otra han servido para que Waller-Bridge se vuelva incluso más sólida como guionista, y también como observadora del comportamiento humano y las interacciones sociales. Estos nuevos capítulos siguen explorando el crecimiento de la protagonista a través de sus relaciones con los hombres y con su familia (con especial énfasis en el frágil lazo que la une a su hermana Claire, sin duda la historia de amor más bonita de la serie), pero incorporan además una trama central inesperada: Fleabag se enamora de un cura. *Se santigua*

Andrew Scott, conocido sobre todo por dar vida a Moriarty en Sherlock, interpreta al atractivo sacerdote que va a casar al padre de Fleabag (entrañable Bill Paterson) y su nueva mujer (la recientemente oscarizada y siempre genial Olivia Colman). Deslenguado, moderno, humano e irresistiblemente sexy, el cura se convierte en el pecaminoso objeto de deseo de la protagonista, y lo mejor (o lo peor, según se mire) es que su atracción es correspondida.

El personaje de Scott sirve para mostrar una conexión romántica más profunda que hace a Fleabag más vulnerable, pero también más fuerte. La química entre los dos actores es una cosa de otro mundo y sus diálogos son auténticas lecciones de guion de comedia romántica. Pero lo más llamativo es cómo el cura presenta una oportunidad para que Waller-Bridge lleve la ruptura de la cuarta pared un paso más allá.

Él es el único que se percata de los apartes que Fleabag hace para hablar con nosotros y expresar algo a través de una mirada cómplice. En un momento de la temporada, el cura le dice “¿Qué ha sido eso? ¿Adónde has ido?” al verla girar la cabeza hacia la cámara (invisible). Fleabag siente pánico y confusión; alguien, además del espectador, ha conseguido entrar en su mundo y parece empezar a conocerla de verdad. Es desconcertante para ella, pero fascinante para nosotros, que vemos cómo Waller-Bridge reescribe los códigos narrativos fusionando ficción y realidad para hacernos parte de su vida.

Guiñándonos, pidiéndonos auxilio en una situación embarazosa, buscando nuestro apoyo y aprobación, nos reconoce constantemente al otro lado de la pantalla y dentro del relato, nos convierte en sus confidentes y amigos, como le llega a sugerir a su psicóloga en otro escalofriante momento meta de la temporada. Por eso duele tanto cuando el humor da paso al dolor, cuando su tormento interior sale a la luz y la tristeza nos golpea. Y por eso, cuando Fleabag se despide de nosotros, es como si nos clavaran un puñal en el estómago.

Tras la segunda temporada, Waller-Bridge ha asegurado que esto es todo, que no habrá más Fleabag. Y aunque hizo lo mismo tras la primera, algo nos dice que esta vez es definitivo. Si es así, quedémonos con la satisfacción de haberla conocido, de haber disfrutado de dos temporadas absolutamente brillantesFleabag es sin lugar a dudas una de las mejores comedias generacionales que nos ha regalado la televisión, una obra prodigiosa, con diálogos sublimes, humor en constante estado de gracia (no me suelo reír en voz alta con las series, pero con esta, a carcajadas) y personajes inolvidables. Ya que estamos con los tópicos, un auténtico milagro.

Fleabag dice adiós. Pero como ocurre siempre que termina una serie, la vida sigue. En este caso, la nuestra y la suya continuarán en el mismo universo. Y aunque ya no la veamos, sabremos algo a ciencia cierta: Fleabag estará bien. Y nosotros también.

Muertos para mí (Dead to Me): Viudas desesperadas

Esta reseña va a ser breve. De hecho, se os va a pasar tan rápida como la primera temporada de la nueva serie original de Netflix Muertos para mí (Dead to Me). Y la razón es que, cuanto menos sepáis sobre ella, mejor. Así que vayamos al grano.

Dead to Me está creada por Liz Feldman (2 Broke Girls) y producida por ella junto al actor Will Ferrell, el oscarizado Adam McKay (La gran apuestaEl vicio del poder) y Jessica Elbaum (Despedida de solteraNunca entre amigos). Se trata de una comedia negra con tintes de thriller que gira en torno a la fuerte amistad que surge entre dos mujeres que se conocen en un grupo de apoyo para personas que han perdido a un ser querido.

Christina Applegate da vida a Jen, una viuda con dos hijos a la que le cuesta abrirse a los demás tras la muerte de su marido. Linda Cardellini es Judy, una mujer amable y necesitada de cariño que trata de superar su propia tragedia familiar. Aunque chocan al principio, Jen y Judy no tardan en convertirse en un apoyo imprescindible la una para la otra. Sin embargo, Judy oculta un oscuro secreto que amenaza con destruir su nueva amistad.

Y no necesitáis conocer más detalles. Los giros argumentales empiezan en el primer episodio y se suceden a lo largo de toda la temporada, construyendo una historia absorbente en la que la información se va desvelando de forma inteligente y sorprendente, transformando y manipulando el relato para que el espectador se vea obligado a cambiar sus conclusiones de un capítulo a otro. A medida que conocemos nuevos datos y asistimos al tenso (y divertido) desarrollo de los acontecimientos, nos vemos más inmersos en una historia que da mucho más de sí de lo que cabe esperar por su premisa limitada y la rapidez con la que avanza.

Muertos para mí fusiona con acierto el drama, la tragicomedia y el thriller en una historia sobre la pérdida, la amistad, la familia, el matrimonio y las apariencias en los suburbios. Por su trama y enfoque recuerda inevitablemente a la película de 2018 Un pequeño favor y series como Mujeres desesperadas o Big Little Lies, pero tiene personalidad propia, gracias sobre todo a sus dos excelentes protagonistas. Acompañadas de un estupendo reparto, del que destaca James Marsden (uno de los actores más infravalorados y desaprovechados de Hollywood), Applegate y Cardellini ofrecen las mejores interpretaciones de sus respectivas carreras. Su trabajo en la serie huele a nominaciones en la próxima temporada de premios.

Los diez capítulos de Dead to Me piden ser vistos de una o dos sentadas. No es una serie muy original, como tampoco revolucionaria, pero lo que hace, lo hace muy bien. Su retorcida trama engancha de principio a fin y deja con muchas ganas de una segunda temporada. Es imposible no involucrarse emocionalmente con la amistad de Jen y Judy, dos personajes femeninos complejos y fascinantes a los que queremos ver triunfar y cuya relación deseamos que sobreviva a pesar de todo. Servíos un vino blanco (o vuestro veneno de preferencia), acomodaos en el sofá, y cuando hayáis terminado la temporada, venid a contármelo todo. A la hora que sea, estoy despierto toda la noche.

The Society: Jugar a ser adulto

Mientras cada nuevo intento de saga young adult se la pega en los cines, el drama adolescente es uno de los géneros más fértiles de la televisión. Y esto es algo que Netflix sabe perfectamente. El formato serial se ajusta fácilmente a este tipo de historias y sirve para enganchar y fidelizar al público más joven. La plataforma de streaming se ha especializado en series adolescentes con enfoque adulto y atrevido. Por trece razones, Las escalofriantes aventuras de Sabrina, Sex Education o Élite se encuentran entre sus programas más populares y más comentados en Internet. Por eso, The Society era una apuesta segura.

Creada por Christopher Keyser (Cinco en familia, Tyrant), The Society sigue los compases del thriller teen post-apocalíptico, pero (sorprendentemente) no está basada en ninguna serie de novelas. Al menos no abiertamente. La serie, cuya primera temporada consta de 10 episodios de una hora de duración, recuerda a muchas cosas que ya hemos visto. Quizá demasiadas. Tiene algo de Under the Dome, de Perdidos (y todas las series que trataron de imitarla en los años siguientes a su estreno), del cómic The WoodsThe 100Wayward Pines, distopías Y.A. como El corredor del laberinto, y por supuesto, El señor de las moscas.

Con estos referentes, no es difícil hacerse una idea de lo que uno se va a encontrar en The Society. La serie gira en torno a los adolescentes de un pequeño pueblo que, tras un corto viaje en autobús, regresan a casa para comprobar que todos los adultos han desaparecido y no hay manera de salir de allí. La confusión da paso a la euforia y el desenfreno por la ausencia de figuras autoritarias. Pero pronto se dan cuenta de que su situación podría ser permanente, por lo que deben organizarse para crear normas de convivencia, soluciones para lidiar con la escasez de recursos y un sistema para resolver los problemas que puedan surgir, incluido el crimen. Es decir, levantar una sociedad desde cero, en una situación extrema y sin la ayuda de sus mayores.

La premisa es sin duda atrayente, sobre todo para el público más joven y los aficionados a la distopía adolescente. Sin embargo, The Society no da tanta importancia al misterio central como cabría esperar, sino que lo usa como pretexto para construir una fábula sociopolítica protagonizada por adolescentes que se ven forzados a ser adultos. Esa es la base de un género que se dedica a reflejar la sociedad desde los ojos de los más jóvenes, y que en este caso abarca más terreno que otros títulos similares, mostrándonos a través de las vivencias de sus protagonistas cómo se crean y funcionan las instituciones, la estructura laboral, cómo operan (y se corrompen) las fuerzas de la ley, las contradicciones e injusticias que se generan, los movimientos políticos y la disidencia, el papel de la religión, la democracia, la jerarquía y la función de los líderes… En este caso una líder autoimpuesta, Allie (Kahtryn Newton), que sigue el patrón Daenerys Targaryen o Laura Roslin, oscilando entre salvadora y tirana a lo largo de la temporada.

The Society aborda todos estos asuntos a partir de las tumultuosas relaciones amistosas, románticas y sexuales entre sus protagonistas, por lo que el factor drama adolescente está constantemente presente para los que lo busquen. Sin embargo, esto hace que el elemento de misterio quede sepultado prácticamente toda la temporada en favor de la creación de una sociedad en la que, durante mucho tiempo casi nadie se pregunta cómo han llegado allí y cómo pueden volver a casa, si es que pueden.

Después de plantear en el primer capítulo la necesidad de averiguar qué ha pasado, no es hasta el séptimo cuando se menciona un comité de investigación que ha estado estudiando la situación (nosotros no lo hemos visto) para ofrecer posibles hipótesis a lo que está ocurriendo. Y hasta el noveno, cuando ya han pasado más de seis meses, no se les ocurre hacer una expedición por el bosque que rodea el pueblo para intentar encontrar una salida, y no se les pasa por la cabeza investigar al conductor del autobús que los dejó allí. Y ese es uno de los principales problemas de The Society, que en su empeño en mostrarnos los engranajes de la sociedad y centrarse en sus personajes (algo que normalmente agradecemos de las series), se olvida de desarrollar el otro elemento clave de la historia.

Es un problema de planificación narrativa. La serie tiene demasiada prisa por mostrarnos a los adolescentes formando esa sociedad para a continuación ponerla en duda, por lo que acaba forzándolo hasta la artificialidad. No tardan en crear un sistema legal, celebrar un juicio (como los de la tele) o convocar elecciones generales. Hay asesinatos, un psicópata literal, una víctima de violencia doméstica que intenta envenenar a su pareja y un golpe contra el “estado policial” de Allie. Es demasiado. Todo en la primera temporada, y todo sin hacer apenas alusión a lo que los ha llevado a esa situación, obligando continuamente al espectador a cuestionar la lógica del relato (una cosa es que lo más importante no sea el misterio, sino los personajes, y otra que el misterio exista solo cuando se le antoja a los guionistas). A esto se añade que del numeroso reparto, hay muy pocos personajes con los que podamos sentir empatía. Eso si conseguimos distinguir los unos de los otros. Se comportan de manera exagerada (de nuevo para ajustarse a la voluntad de metáfora social de la serie) e irritante más allá del tópico del adolescente televisivo, protagonizan conversaciones en las que se nota demasiado al adulto que escribe/habla por ellos, y las relaciones son muy confusas y mal desarrolladas.

A pesar de todo esto, The Society es intermitentemente interesante. De hecho, tiene capítulos verdaderamente potentes y puede resultar provocadora y dar que pensar a su audiencia. Pero necesita centrarse. Tiene buenos actores, ahora debe dibujar mejor a sus personajes y dejarlos ser adolescentes, hacerlos más humanos y menos arquetípicos, estructurar mejor la historia, hacerla más creíble y encontrar un mayor equilibrio entre el drama, la reflexión y el misterio. A pesar de no poseer ni un ápice de originalidad, The Society tiene ingredientes de sobra para crear algo con impacto. La pregunta es, ¿tendrá el público paciencia con estos personajes o los abandonará a su suerte como ha hecho con tantas otras series parecidas?

Muñeca rusa: Mil maneras de morir (y aprender)

Netflix se ha convertido en una caja de sorpresas. Nunca se sabe si te va a tocar una buena o una mala, pero siempre se puede contar con una dosis casi semanal de novedades que explorar en busca de una nueva historia a la que engancharse. Entre los últimos estrenos que aparecen casi de la nada (porque la plataforma los promociona muy cerca de su lanzamiento, si es que lo hace) y nos pillan desprevenidos destaca Muñeca rusa (Russian Doll), una de esas series que no necesitan una gran campaña publicitaria para tener éxito, porque les basta simplemente con ser tan buenas que el boca-oreja hará el resto.

Muñeca rusa vendría a ser algo así una comedia-thriller con tintes de drama existencial y fantasía. La serie está creada y protagonizada por Natasha Lyonne (Orange Is the New Black), que produce junto a Leslye Headland (Despedida de soltera) y nuestra querida Amy Poehler (Parks and RecreationBroad City). Escrita y dirigida por mujeresMuñeca rusa nos ofrece una nueva vuelta de tuerca a un recurso narrativo muy utilizado en el cine y la televisión, el bucle temporal. La historia gira (nunca mejor dicho) en torno a Nadia (estupenda Lyonne, ahora y siempre), una cínica e incorregible neoyorquina que muere una y otra vez, volviendo tras ello a la fiesta de su 36 cumpleaños. A partir de ahí, nuestra carismática matrioshka intentará buscar una explicación a lo que le está ocurriendo para salir del bucle, aprendiendo sobre sí misma y sus relaciones con los demás en el proceso.

Es una premisa que nos recuerda automáticamente a Atrapado en el tiempo, y que se ha usado en muchas otras películas (Corre, Lola, corre, Al filo del mañana, Feliz día de tu muerte…) e infinidad de capítulos especiales de series (Expediente X, Buffy, Sobrenatural…). Se ha explotado tanto que incluso podríamos hablar de un género en sí mismo. Y sin embargo, Muñeca rusa logra que la idea resulte fresca e interesante, que algo viejo parezca nuevo, y no un simple truco. A lo largo de los 8 episodios (técnica y visualmente excelentes y con una banda sonora bestial) que conforman la primera temporada, la serie juega con las posibilidades narrativas del recurso, utilizando la repetición en su favor para construir una historia con muchas capas; un misterio divertido, inquietante y absorbente que no deja de evolucionar, evitando en todo momento caer en lo formulaico. Vamos, que te pide verla del tirón.

Muñeca rusa es técnicamente una comedia, pero a medida que la temporada avanza, se va volviendo más dramática y oscura (es raro la comedia actual que no lo haga). La serie hace gala de una gran creatividad a la hora de idear las muertes (y sus consecuencias al reiniciar el día), resultando muy cómicas en su mayoría. Pero la muerte también se utiliza para tocar cuestiones serias y ahondar en la psique dañada de su protagonista, miembro de una generación perdida y sin rumbo. El bucle en el que se ve envuelta Nadia sirve para que nos planteemos si está en nuestras manos cambiar las cosas, y sobre todo, cambiarnos a nosotros. Se puede tomar como un castigo, un purgatorio que nos enseña que hagamos lo que hagamos, todo seguirá igual, o una oportunidad para corregir nuestros errores.

Es decir, al igual que The Good PlaceMuñeca rusa utiliza la premisa fantástica para reflexionar sobre cómo podemos ser mejores personas. Como en todos los relatos que incorporan saltos temporales, su guion se va complicando y ramificando con cada episodio, dando forma a una historia llena de giros y sorpresas que nos recuerda la importancia de hacer las paces con el pasado y aprender de los errores. Una historia que no ha acabado, ya que la serie está concebida para durar tres temporadas (buena idea, este tipo de series es mejor no estirarlas). Mientras esperamos la continuación, yo he decidido entrar en mi propio bucle y volver a ver la primera temporada. Afortunadamente, no hay que morir para hacerlo.

‘You’ y ‘Dentro del Laberinto’ son la misma historia y no me puedes convencer de lo contrario

Este artículo contiene spoilers de la primera temporada de You

Nueva semana, nuevo fenómeno viral de Netflix. La plataforma de streaming sigue generando éxitos en forma de series, realities y películas de las que todo el mundo habla en las redes sociales. El año acaba de empezar y ya tenemos tres: A ciegas, ¡A ordenar con Marie Kondo! y la que hoy nos ocupa, You. Estos días es difícil entrar a Twitter sin toparse con una avalancha de memes y debates a costa de cualquiera de las tres.

You es un provocador thriller originalmente producido para la cadena Lifetime, que Netflix distribuye fuera de Estados Unidos como parte de su oferta de series propias. Basada en la novela homónima de Caroline Kepnes, You está creada por Sera Gamble y Greg Berlanti, director de Con amor, Simon y responsable de las series de DC y Riverdale entre muchas otras. La historia gira en torno a Joe Goldberg (Penn Badgley, conocido por Gossip Girl), un joven librero de Nueva York que se obsesiona con una chica, Beck (Elizabeth Lail), y empieza a stalkearla hasta que consigue conquistarla, desatando en el proceso su naturaleza desequilibrada y psicópata.

La serie ha levantado una polvareda de críticas que aseguran que romantiza el acoso, pero lo cierto es que sus guiones, por predecibles y clichés que puedan ser, se aseguran de que esto no ocurra, dejando claro en todo momento que, aunque nadie en la serie sea precisamente un ejemplo de rectitud moral, Joe es el villano, el monstruo de la historia. El problema es que, claro, Penn Badgley, y por extensión el protagonista, es muy mono, y a la audiencia le cuesta muy poco colgarse de los psicópatas atractivos en la ficción, una constante en el cine y la televisión desde hace décadas (Christian Bale en American Psycho, Michael C. Hall en Dexter, Darren Criss en American Crime Story…).

Esta idea retorcida de enamorarse del malo de la película, del secuestrador o el asesino, saca a relucir nuestras pulsiones más oscuras. En el caso concreto de You, hace que nos cuestionemos más de una cosa sobre las relaciones, cómo entendemos el romanticismo y nuestros propios deseos, invitándonos también a reflexionar sobre la delgada línea que a veces separa el romance del acoso. En relación a esto, viendo la serie no pude evitar acordarme en más de una ocasión de mi película favorita de la infancia, Dentro del Laberinto, el clásico fantástico de los 80 dirigido por Jim Henson y protagonizado por David Bowie y Jennifer Connelly.

Dentro del Laberinto ha sido analizada en profundidad por su interesante subtexto sobre la maduración y el despertar sexual, pero también ha hecho arquear más de una ceja por la supuesta condición de depredador del Rey de los Goblins, Jareth, el personaje de Bowie, un hombre (goblin) adulto que se obsesiona con una adolescente de 15 años. Y entonces se me encendió la bombilla: salvando la diferencia de edad (y las marionetas, y los asesinatos), You y Dentro del Laberinto cuentan la misma historia.

Veamos, un hombre se enamora perdidamente de una mujer (a la que le encanta leer), desarrolla una obsesión malsana con ella y crea un juego siniestro en el que él parte con la ventaja porque la ha espiado de antemano. Jareth observa a Sarah en su dormitorio a través de una bola de cristal (de ahí saca todas las ideas para ponerle obstáculos y tentaciones en el Laberinto), mientras que Joe espía a Beck a través de las redes sociales, siguiéndola por la calle o mirando directamente por su ventana (hay que ver qué poco protegen los neoyorquinos su intimidad). Lo dos recaban información para usar en su beneficio y conquistar a su objeto de deseo. Y la frustración de ambos va en aumento cuando las circunstancias y las personas alrededor de su enamorada/presa les complican sus planes. Creepy total.

Regresando al tema del atractivo físico, aunque los cánones estéticos y de belleza han cambiado mucho en los últimos 30 años, hay que recordar que David Bowie fue uno de los mayores iconos sexuales para las y los adolescentes de los 70 y 80. El aspecto de Jareth (emblemático paquete incluido), entre una glamurosa estrella del rock y Heathcliff de Cumbres borrascosas, hizo que la audiencia juvenil de la época se pusiera de su parte y desease que Sarah aceptase quedarse con él. “Que me secuestre a mí” era, y es, un comentario frecuente. Y está pasando también con Joe, hasta el punto de que el propio actor ha tenido que aclarar en Twitter que es el malo de la serie, que es un asesino y no debemos soñar con vivir una relación con alguien así.

Por desgracia, ese es uno de los males de nuestra sociedad (al que yo reconozco contribuir): se lo perdonamos todo porque es guapo, porque nos pone. Pero esto no es Cincuenta sombras de Grey, donde sí se glorificaba la figura del hombre dominante y depredador, en You las cosas deberían estar más claras. Sobre todo cuando nos acercamos a la recta final de la primera temporada, en la que Joe muestra su verdadero rostro a Beck (al espectador llevaba mostrándoselo desde el primer capítulo). Es ahí, en el último episodio, donde me encontré con esto:

Es la misma línea de diálogo. Textual. “Todo lo que he hecho, lo he hecho por ti”. Jareth se la dice a Sarah durante el número musical ‘Within You’. Joe a Beck después de encerrarla. Solo es manipulación. La sala de Escher es la cámara de los libros de Joe, donde ambos retienen a la chica. Los dos prometen una vida ideal junto a ellos, cuando en realidad no es sino un cautiverio para ellas. Afortunadamente, en ambos casos, la chica se rebela. Sarah se resiste a caer en las redes de Jareth y su voluntad debilita el poder del Rey de los Goblins. Beck descubre por fin el pastel y, aunque parece tentada por lo que Joe le ofrece, también opone resistencia. Aunque en su caso no acaba tan bien.

Enamorarse del villano de la historia es algo muy frecuente. La inocencia de los 80 y el precioso mensaje de independencia y crecimiento que nos ofrecía Dentro del Laberinto amortiguaba su vertiente más problemática. En el caso de You contamos con más información y experiencia sobre este tema. Deberíamos tenerlo más claro, pero aun así, muchos se dejan embaucar por el acosador, hasta el punto de no verlo como tal cosa (como le ha ocurrido a gente muy joven como Millie Bobby Brown de Stranger Things, que defiende a Joe). Ahí es donde reside el problema, y ahí es donde tenemos que debatir y dialogar para aclarar cualquier confusión que la serie pueda crear. No pasa nada por colarse de malo, siempre y cuando sepamos distinguir la realidad de la ficción.

American Horror Story – Apocalypse: Regreso al futuro

Con ocho temporadas ya en su haber, American Horror Story es una de las mayores instituciones e impulsoras de la nueva antología televisiva. La serie de Ryan Murphy y Brad Falchuk regresa cada otoño puntual a la cita con sus entregados fans, a los que no les importa las veces que la serie los ha decepcionado o se ha desinflado después de un inicio prometedor. Después del declive que empezó a experimentar con Freak Show Hotel y la división que provocaron las diferentes (y en mi opinión infravaloradas) Roanoke Cult, AHS ha vuelto a sus raíces con uno de los mayores eventos televisivos del año, el crossover entre dos de sus temporadas más populares, Murder HouseCovenAHS Apocalypse es la temporada de los fans, la que recompensa su fidelidad incondicional dándole lo que más deseaban.

Con los primeros dos episodios de AHS Apocalypse, Murphy y Falchuk empezaban despistando. La temporada comenzaba con el fin de mundo, literalmente, planteando un futuro postapocalíptico en el que los supervivientes son en su mayoría mujeres y homosexuales (gracias por tanto), y una trama que no era exactamente lo que nos imaginábamos al pensar en ese prometido crossover. Tras esta suerte de prólogo, el tercer capítulo daba un giro para revelarse como lo que era realmente: una secuela directa de Coven, con elementos temáticos y personajes de Murder House entrelazados. Los gays y las mujeres seguían dominando la temporada (como toda la serie), y esta arrancaba de verdad con la fantasmagórica aparición de Cordelia Goode, Myrtle Snow y Madison Montgomery, que orquestaban el retorno de las brujas más queridas del universo AHS. Y con ellas, el humor más autoconsciente, las frases lapidarias y una mitología fantástica y folklórica que desde que fue introducida hace cinco años, necesitaba desarrollarse más a fondo.

Sin embargo, la trama central de Apocalypse no se construye solo alrededor de las brujas, sino principalmente de un personaje de Murder House, Michael Langdon. El niño diabólico que se dedicaba a masacrar niñeras ha crecido para convertirse en el mago más poderoso del mundo (conocido como el Alfa), y ahora amenaza con hacerse con el título de Supreme, nunca antes ostentado por un hombre (no hace falta explicar la metáfora). A lo largo de la temporada y a través de continuos saltos en el tiempo, asistimos al fascinante desarrollo de un ser de profunda oscuridad y ambición que ha enamorado a la audiencia. La irresistible interpretación de Cody Fern, que ya nos había conquistado meses antes con su participación en otra antología de Murphy, The Assassination of Gianni Versace: American Crime Story, convierte a este perturbado personaje en el plato fuerte de Apocalypse. Con permiso de las brujas, tan divinas como cuando las conocimos (o más).

La temporada ha sido concisa, y su brevedad (diez episodios, la mayoría de menos de 40 minutos) ha evitado que se vaya demasiado por las ramas o descarrile de mala manera como le ha pasado muchas veces a la serie en el pasado. Aunque precisamente por eso también da la sensación de que esta vez se han quedado cortos y podían haber hecho más. No habrían venido mal un par de capítulos más para desarrollar más a fondo ese Apocalipsis con todas sus implicaciones y preparar la batalla final épica que parecía prometer al principio; y ya de paso darle más momentos para brillar a las brujas (sobre todo a las jóvenes, que por momentos parecen figurantes).

Eso no quiere decir que la resolución, el enfrentamiento final del aquelarre contra Michael, no haya sido satisfactoria. Al contrario. Este año, Murphy y Falchuk han sabido conducir la historia hacia un único objetivo y cerrarla con eficacia y trascendencia, que ya es más de lo que se puede decir de muchas temporadas. Aunque el episodio estrella haya sido el sexto (“Return to Murder House”), donde asistimos al esperado regreso de Jessica Lange y otros veteranos de la serie, el último capítulo ha sido el broche de oro a una temporada hecha para los seguidores. Murphy ha abrazado por completo la autorreflexividad y el autohomenaje en la entrega menos independiente de la serie, donde los regresos se han sucedido uno detrás de otro para gozo de la audiencia y las diferentes partes de su caótico universo han convergido para dar lugar a una narrativa más ambiciosa e interconectada, a la que había empezado a apuntar hace unos años.

Tan irreverente, excéntrica, descarada y petarda como en sus mejores momentos, pero ahora además con la gran Joan Collins robots satanistas con la forma de Kathy BatesAHS Apocalypse ha sacado provecho de la cualidad icónica que han alcanzado sus personajes (me atrevería a decir que Myrtle Snow es el verdadero corazón de la serie) y la presencia emblema de su camaleónico reparto (Sarah Paulson y Evan Peters siguen compitiendo por ver quién interpreta más personajes diferentes en una sola temporada y una excelente Billie Lourd se postula como una de las nuevas reinas murphyanas). Con todos ellos ha llevado a cabo el mayor alarde de fan service de la serie hasta la fecha, haciendo que presente, pasado y futuro se den la mano en una celebración del poder femenino.

Apocalypse ofrece clausura, y además lo hace con emoción, pero aun así sabe a poco. La serie está renovada para (al menos) dos temporadas más, y solo queda esperar que una de ellas sea una continuación de este Apocalypse. Llegados a este punto, no puede llegar a su fin sin otro gran crossover que termine por unir definitivamente todas sus temporadas.

Las escalofriantes aventuras de Sabrina: Así se hace un reboot

En pleno reinado de la nostalgia, las palabras remake o reboot están a la orden del día, pero esa sobreexposición no hace que sean tomadas a la ligera. Más bien, ese tipo de recreaciones son examinadas con lupa tanto por los adoradores del producto original como por aquellos que critican la falta de ideas originales de las grandes productoras. Tras el considerable éxito entre el público adolescente (y no tan adolescente) de Riverdale, Roberto Aguirre-Sacasa (guionista de los remakes de Carrie y Pánico al anochecer) decide recuperar a uno de los personajes más icónicos y queridos del universo Archie: Sabrina, la bruja adolescente.

Aunque ‘that cute little witch’ lleva dando tumbos desde comienzos de los años sesenta en las páginas de Archie Comics, Sabrina Spellman nació para el gran público con las facciones de Melissa Joan Hart. Después de ayudarnos con ciertos problemillas de la pubertad en Clarissa, Hart tuvo el detalle de acompañarnos por nuestra adolescencia con Sabrina, cosas de brujas. Ella y sus dos alocadas tías, Hilda y Zelda, nos rellenaban los ratos muertos con una acertada y naif mezcla de humor físico y cierta ironía en el lenguaje. Pero si alguien quedará para siempre en nuestra memoria audiovisual, ese será Salem Saberhagen, un gato parlanchín bastante aficionado a Julio Iglesias, que nos enseñó las artes de la ironía y el sarcasmo. Series como esta Sabrina y Salvados por la campana hicieron que nuestras pequeñas mentes se obsesionasen con el sueño de ser adolescentes en Estados Unidos. El problema es que nuestros colegios e institutos no dejaban de ser una versión feísta y acartonada de Yo y el mundo.

Esta afinidad sentimental ante el original televisivo hizo que el anuncio de una nueva versión provocase cierto enarcamiento de ceja. Y la aparición del creador de Riverdale en el proyecto hizo que las alarmas se disparasen, puesto que, además de un protagonista (extremadamente) resultón (físicamente, no actoralmente), su serie se había convertido en todo un sinsentido muy poco disfrutable después de un notable episodio piloto. Los ánimos se templaron al comprobar que Aguirre-Sacasa también era el encargado creativo de Archie Comics y creador de una de las series de cómics más interesantes de la factoría El más allá con Archie y de uno de sus spin-offs, Las escalofriantes aventuras de Sabrina. Esa Sabrina y no la original o la televisiva sería la base para la nueva producción para Netflix. A priori, esta decisión artística ya nos prometía una bruja mucho más oscura y bizarra de lo que estábamos acostumbrados hasta ahora.

El segundo y mayor reto era el nombramiento de la nueva Sabrina. Kiernan Shipka, la mismísima Sally Draper de Mad Men, se llevaba el gato al agua. No literalmente, porque la actriz es alérgica a los felinos. Shipka ha sido considerada como una de las mejores intérpretes infantiles de las últimas décadas gracias a su soberbio trabajo como hija del protagonista de la serie de Matthew Weiner, y la habíamos visto responder bastante bien en situaciones cómicas en sus pequeñas apariciones en series como Apartamento 23 o Unbreakable Kimmy Schmidt. Tampoco se había dejado amedrentar ante una leyenda como Susan Sarandon (Pena de muerte) en Feud: Bette and Joan, e incluso ya nos había mostrado su lado oscuro en La enviada del mal junto a Emma Roberts (American Horror Story). Es en ese reverso tenebroso (pero sin un ápice de maldad, al contrario que en la película), donde Shipka debería canalizar su Sabrina interior e intentar sacar adelante un personaje tan complicado como el de la más joven de los Spellman.

Con Aguirre-Sacasa y Shipka encabezando el proyecto, el miedo a la desacralización de nuestra infancia se convertía rápidamente en hype. Otra de los grandes peligros de nuestros tiempos, la rapidez del cambio en las expectativas. No obstante, Las escalofriantes aventuras de Sabrina se ha publicitado como el producto estrella de Netflix para este Halloween, como en su día fuera Stranger Things. ¿Estaría Shipka a la altura del icono?, ¿será tan soporífera como las desventuras de sus vecinos de Riverdale?, ¿habría química entre las nuevas Hilda y Zelda?, y, lo más importante, ¿Salem seguiría entonando el ‘Soy minero’ desde su sofá?

El primer miedo se disipa desde la primera escena de la serie: Kiernan Shipka es Sabrina Spellman. A medida que va bajando las escaleras del cine con sus Scoobies, Shipka nos muestra su Sabrina. No estamos ante una risueña chica rubia, sino a toda una mujer dando una clase magistral sobre el cine de zombis. ¿Impostado? Por supuesto. Su personaje es una adolescente redicha, la lideresa de su banda… y toda una bruja en potencia, no lo olvidemos. Ella es una freak que vive en una funeraria junto a sus dos tías y su primo. Una outsider como en su día fueran Buffy Summers o Angela Chase y como aquellas dos amazonas, ella tampoco se va a callar ante los peligros que atenacen a ella y a los suyos. El bullying en los centros escolares es uno de los temas vertebrales de la serie, tanto en el anodino instituto como en la academia de brujas. Logrando componer un acertado y realista retrato actual sobre este tipo de situaciones de acoso en los centros educativos, llegando a mostrar ciertas pautas de solución bastante acertadas, aunque no siempre podamos contar con una legión de infantes fallecidos cubriéndonos las espaldas.

Las escalofriantes aventuras de Sabrina nos muestra a una adolescente en pleno conflicto dual entre su naturaleza efímera y su condición sobrenatural. A sus dieciséis años, Spellman debe decir adiós a su condición humana y convertirse en una bruja con todas las de la ley. Su decisión está más o menos clara… hasta que descubre que tal libertad es ilusoria y que todo es una imposición de la Iglesia de la Noche para convertirla en sierva del Señor Oscuro. Esa futura servidumbre, unida a la obligación de no volver a ver a sus amigas y a su pareja, hacen que Sabrina se rebele contra lo establecido y haga temblar los cimientos del Mal en la Tierra. Esta lucha es una metáfora acertada sobre los movimientos feministas actuales en la sociedad occidental, porque realmente el Señor Oscuro no es sino la representación del hombre blanco cisgénero heterosexual intentando imponer su decisión sobre una mujer. La buena noticia es que Sabrina no responde al arquetipo de damisela en apuros y no tiene ningún miedo ante la posible confrontación. Para la posteridad quedará su sentencia en pro de la educación sobre la necesidad de aprender hechizos poderosos para poder así vencer al maligno de una vez por todas para que ninguna otra mujer se tenga que ver en su tesitura.

Junto a Shipka, destacan en su reparto Lucy Davis (The Office, Wonder Woman) y Miranda Otto (Eowyn en la saga El Señor de los Anillos), como Hilda y Zelda Spellman; el otrora chico Disney, Ross Lynch (Teen Beach Movie) como Harvey, el novio de Sabrina; Chance Perdomo como Ambrose Spellman, el primo pansexual de Sabrina (real, no queerbating como hacía el maldito Jeff Davis en Teen Wolf); y, especialmente, una desatada Michelle Gomez (Missy en Doctor Who), como Mary Wardell, la mentora de Sabrina en su instituto humano, cuyo rostro esconde la identidad de una vieja conocida/enemiga de la familia Spellman, la mismísima Madame Satán. Todos ellos conforman un reparto solvente, excepcionalmente consistente, teniendo en cuenta las graves deficiencias interpretativas de su serie hermana.

Aunque no hemos comprobado si el doblaje de Las escalofriantes aventuras de Sabrina sigue haciendo bizarras referencias a Estopa, Enrique Iglesias o el demonio (a.k.a. José María Aznar) como la original, sí podemos afirmar que este no es el Salem Saberhagen que conocíamos. El nuevo gato de Sabrina es un gato negro de verdad, no una marioneta de felpa desquiciada. El “familiar” elegido por la bruja en la nueva serie es un ser inmisericorde. Voraz y atroz cuando abandona su forma gatuna. La única similitud con el Salem de Sabrina, cosas de brujas son sus cuatro patas, el pelaje y una fidelidad absoluta a la hechicera. Esta omisión de un alivio cómico como podía haber sido Salem es una decisión acorde al tono de la propia serie (que ya aparecía en el propio cómic de Aguirre-Sacasa): extremadamente oscura, pero no perniciosa.

Las claves visuales de Las escalofriantes aventuras de Sabrina se asemejan bastante a las de Riverdale, no obstante comparten gran parte del equipo artístico y técnico, pero se alejan lo suficiente de aquella como para no parecer el mismo producto. Allá donde Riverdale opta por una estética más videoclipera y actual, Sabrina se acerca más a una estética más cómic, oscura y, por momentos, añeja. Su imagen bebe directamente de clásicos cinematográficos de terror (algunos de ellos citados directamente, como El carnaval de las almas) y cult movies más actuales como Posesión infernal o La Bruja, homenajeada en una de las escenas más sobrecogedoras de la temporada. Si bien Sabrina no llega a ser tan bizarra como dichas influencias, sino que se acerca más al nivel de oscuridad de las entregas tercera, séptima y octava de la saga Harry Potter. No olvidemos que estamos ante una serie para un público mayoritario dentro de la plataforma de streaming por excelencia.

Las escalofriantes aventuras de Sabrina avanza con paso firme hacia una futura batalla entre el Bien y el Mal, entre la cara amable de la oscuridad y el amo y señor de la noche. Eso es inevitable, tanto como un crossover con Riverdale. Poco a poco el nombre de Greendale, la población donde reside Sabrina, ha ido apareciendo en unas cuantas conversaciones entre los habitantes de Riverdale (alllí es donde fue a parar Geraldine Grundy, la profesora de música y pareja/abusadora de Archie)… y los extraños descubrimientos del final del primer episodio de la tercera temporada de Riverdale (Labor Day) puede que hagan que Sabrina cruce el Sweetwater antes de lo previsto.

Las escalofriantes aventuras de Sabrina ya están aquí.

El hype es real.

Viva el Mal, que no el capital.

All I want for Halloween is you, Sabrina Spellman.

David Lastra