Merlí Sapere Aude: Los años universitarios de Pol Rubio

[Reseña de los 5 primeros episodios de Merlí: Sapere Aude. Contiene spoilers de la serie original.]

Merlí llegó a las pantallas en 2015, convirtiéndose en un fenómeno de audiencia en Cataluña que se extendió al resto de España y parte del mundo, gracias a su emisión en Netflix. A lo largo de tres temporadas, la serie creada por Héctor Lozano nos introdujo en las vidas de un grupo de estudiantes de secundaria y su profesor de Filosofía, Merlí, cuyo original método de enseñanza calaba hondo en sus vidas y los marcaba para siempre. Merlí consiguió que miles de personas hicieran lo que nunca habían hecho: ver una serie en catalán (los que no la vieron doblada, claro).

Desde su final en enero de 2018, los fans de la serie clamaban por una continuación de algún tipo. Merlí terminaba con la muerte de su personaje titular y un salto en el tiempo que nos mostraba el futuro de sus alumnos. Habiendo obtenido ya ese “final feliz”, la mejor opción para seguir contando la historia era rellenar los huecos de la línea temporal. Así, Lozano ha creado Merlí: Sapere Aude, spin-off/secuela/precuela desarrollado exclusivamente para Movistar+ que nos muestra lo que ocurrió entre la muerte de Merlí y ese final con los personajes como adultos.

Pol Rubio (Carlos Cuevas) fue el estudiante favorito de Merlí y también el personaje favorito de la audiencia. Estaba claro que de haber un spin-off, se centraría en él. Y así ha sido. Merlí: Sapere Aude sigue al carismático Pol en su primer año de universidad, después de decidir que lo que quiere en la vida es convertirse en la persona que más ha influido en ella: Merlí. La primera temporada, que consta de 8 episodios dirigidos por Menna Fité y rodados en catalán y castellano (con gotas de inglés y francés), nos enseña sus primeros pasos en la carrera de Filosofía, donde hará nuevas amistades y entablará una relación especial con su profesora de Ética, María Bolaño (María Pujalte), irreverente catedrática que recuerda a Merlí en su personalidad provocadora y sus métodos poco ortodoxos.

Merlí: Sapere Aude es fiel a la experiencia universitaria y lo que significa para la vida de una persona que empieza a dejar atrás su adolescencia. Entre clases y fiestas en una Barcelona vibrante y multicultural, la serie explora esa etapa vital caracterizada por la experimentación y la búsqueda de la identidad. La Filosofía sigue siendo el hilo conductor en este spin-off que continúa el espíritu inquieto e inquisitivo de la serie madre, pero de forma más madura, que invita a pensar, a cuestionarse las cosas y a intentar ver el mundo desde perspectivas diferentes. En este sentido, la presencia de Merlí se siente continuamente, ya sea a través de los dilemas éticos y filosóficos que plantea cada episodio y que afectan directamente a la vida de los personajes (corrección política, psicología de masas, hedonistas vs kantianos), en el propio Pol o a través de la madre del profesor (la Calduch grande como siempre) y su hijo, ambos presentes en el spin-off.

Gracias a ese flashforward con el que terminaba Merlí, sabíamos que Pol y Bruno (David Solans) acababan juntos. Merlí: Sapere Aude se encarga de indagar en el camino que nos llevará a ese futuro en pareja. Aunque ya no van a clase juntos (Bruno estudia Historia y ha creado su propio grupo de amigos), los dos siguen el uno en la vida del otro. Cada uno vive la pérdida de Merlí de una manera, lo cual provoca tensiones entre ellos, pero el deseo y la atracción mutua que sienten los empujará el uno al otro constantemente. Es decir, aunque la serie se centre en Pol y sus nuevas relaciones (con hombres y mujeres), los fans de Brunol tendrán dosis suficientes de la (futura) pareja como para quedar más que satisfechos.

Hablando de sus nuevas relaciones, Merlí: Sapere Aude introduce un nuevo plantel de personajes excelentemente caracterizados que acompañarán a Pol en su aventura universitaria: Rai (Pablo Capuz), un chico rico y arrogante con el que Pol choca constantemente pero acaba desarrollando una fuerte amistad que deviene en atracción sexual (por primera vez en su vida) no correspondida; Minerva (Azul Fernández), argentina extrovertida con problemas económicos cuyo piso sirve como punto de encuentro y lugar de fiesta de la pandilla; Oti (Claudia Vega), compañera de Pol atrapada en una relación monótona y por ello deseosa de vivir al máximo la experiencia universitaria, aunque le lleve a cometer más de un error; y Biel (Pere Vallribera), muchacho cariñoso e inocente, pero deseoso de salir de su caparazón, que se enamora perdidamente de la inalcanzable Minerva. Las nuevas incorporaciones forman junto a Pol un grupo compenetrado desde el principio, creando una dinámica de relaciones que podría dar mucho juego en futuras temporadas.

Si Merlí se caracterizaba por su representación sin tapujos de la vida de los adolescentes, el spin-off eleva considerablemente las dosis de atrevimiento, especialmente en el terreno erótico y sexual. El inicio del primer episodio es toda una declaración de intenciones: la serie comienza literalmente con un primer plano del trasero de Pol en la ducha. Y eso no es nada. Además de explotar constantemente el físico y atractivo de Carlos Cuevas (casi todos los personajes se sienten atraídos por él, hasta la Bolaño, y así nos lo hacen ver), Merlí: Sapere Aude va más allá en las escenas de sexo y desnudos, con momentos que van a dar mucho que hablar entre los fans (spoiler: en el cuarto episodio hay una transgresora escena de masturbación anal y un encuentro sexual en el que un personaje muerde la visible erección de otro a través de la ropa interior. Fin de spoiler).

Tener un protagonista bisexual masculino y que lo sea de verdad, no solo de boquilla, es un avance, pero la identidad y búsqueda sexual de Pol, en pleno proceso de aceptación de su propia sexualidad, es solo una parte del viaje que nos propone Merlí: Sapere Aude (aquí los personajes van a clase y estudian, no como en otras series). La primera temporada aborda otros temas como la diferencia de clases, la muerte, el abuso en las tasas universitarias, el alcoholismo, el divorcio o el amor en diferentes estadios de la vida, y lo hace reproduciendo el estilo de su serie madre, con sus virtudes (personajes cautivadores, tramas siempre interesantes) y sus defectos (idealización excesiva, pobre diversidad étnica y falta de naturalidad en algunos momentos).

A juzgar por los primeros cinco capítulos, Merlí: Sapere Aude será un éxito entre los fans de Merlí. Después de sus tres temporadas, Lozano acomete el spin-off con seguridad y confianza desde el principio, superando el primer cuatrimestre con buenísima nota. El estupendo trabajo interpretativo de Carlos Cuevas, que encarna con soltura el proceso madurativo y las contradicciones de Pol (tan atrevido como inexperto), es uno de los mayores ganchos de una serie a la que no le sobran atractivos. Merlí: Sapere Aude es la discípula aventajada que emprende el vuelo por sí sola siguiendo el ejemplo de su maestro. La máxima de Horacio, “Sapere aude”, se convierte en la guía de Pol y de una serie que nos invita a pensar constantemente y que nos habla entre otras cosas del deseo. El sexual, el de vivir, el de crecer, y sobre todo, el de saber.

La primera temporada de Merlí: Sapere Aude se estrena el 5 de diciembre en Movistar+.

American Horror Story 1984: Los 80 nunca morirán

Después de nueve años en antena, American Horror Story es toda una institución televisiva. Cada otoño, la serie de terror antológica creada por Ryan Murphy y Brad Falchuk continúa creando expectación en torno al tema de la temporada y los actores que formarán parte de su reparto, mientras que sus índices de audiencia siguen siendo muy sólidos para una serie tan longeva. Este año, la ficción de FX (emitida por FOX en España) se vuelve a reinventar llevándonos de nuevo al pasado con AHS 1984, homenaje al slasher de los 80 con Viernes 13 como principal referente y reminiscencias a otra serie de Murphy, Scream Queens.

AHS 1984 transcurre en el Campamento Redwood, lugar de una de las masacres más sangrientas ocurridas en este universo de ficción. La historia sigue al prototipo de final girl Brooke Thomson (Emma Roberts), una chica inocente y reservada que, tras un terrorífico encuentro con el asesino en serie Richard Ramírez (Zach Villa), decide pasar el verano como monitora en Camp Redwood, uniéndose a un diverso grupo de personas, a cada cual con el secreto más oscuro. A su llegada, son recibidos por Margaret Booth (Leslie Grossman), directora del campamento y única superviviente de Mr. Jingles, el sádico asesino que sembró el terror en el lugar 14 años antes. La noche antes de la llegada de los niños al campamento, la noticia de que Mr. Jingles se ha escapado del hospital psiquiátrico en el que estaba encerrado da comienzo a una violenta pesadilla de la que será difícil escapar con vida.

Sarah Paulson y Evan Peters, hasta ahora los dos únicos actores que habían aparecido en todas las temporadas de la serie, no forman parte del reparto de AHS 1984. Sin embargo, la temporada sigue contando con numerosos rostros familiares, como Emma Roberts, Cody Fern, Leslie Grossman, Billie Lourd, Lily Rabe, John Carroll Lynch, Leslie Jordan, Dylan McDermott o Finn Wittrock, a los que se unen actores de otras series de Murphy, como Matthew Morrison (Glee) y Angelica Ross (Pose), y nuevas incorporaciones como el atleta y thist trap profesional Gus Kenworthy. Este elenco, sumado a la ausencia de veteranos como Kathy Bates, Jessica Lange o Dennis O’Hare hace de AHS 1984 la temporada más “juvenil” hasta la fecha, lo cual encaja con la propuesta si tenemos en cuenta que las películas de terror que homenajea/parodia suelen estar protagonizadas por adolescentes y orientadas al público joven.

Después del crossover de Apocalypse1984 vuelve a contar una historia más cerrada e independiente. Hay guiños y conexiones que siguen unificando todas las historias en el mismo universo, pero el espectador no necesita haber visto lo anterior para entender la temporada. La trama de 1984 comienza apoyándose fuertemente en las convenciones del slasher, con un asesino en serie que persigue a un grupo de jóvenes y los mata uno a uno de las maneras más macabras y retorcidas -la serie aumenta las dosis de violencia gráfica en la que es posiblemente la temporada más gore y explícita hasta la fecha-, para a continuación dar un giro en el quinto capítulo (como Roanoke, pero menos meta) y dedicar los restantes a contarnos un cuento de fantasmas al más puro estilo AHS.

Al contrario que en temporadas como Freak Show y Hotel, que tuvieron arranques estupendos pero se desinflaron conforme avanzaron, 1984 empieza con uno de los primeros capítulos más insulsos que se recuerdan de la serie para más adelante remontar el vuelo y terminar con buena letra. Los primeros cuatro episodios son un caos absoluto hasta para una serie como esta, no precisamente conocida por su solidez narrativa. El argumento se enreda demasiado pronto y sin apenas preámbulo, los giros no vienen precedidos de un mínimo desarrollo de personajes y todo se vuelve repetitivo muy rápidamente, desaprovechando así la oportunidad de hacer algo original o diferente con el homenaje al slasher, un género diseccionado recientemente en películas como La cabaña en el bosqueThe Final Girls.

Afortunadamente, la segunda mitad compensa la primera. A partir del quinto episodio, 1984 nos remite directamente al principio para volver a contar una historia de espíritus que permanecen atrapados en un lugar que hace las veces de limbo o purgatorio. Al igual que la casa de Murder House, el Campamento Redwood se convierte en la prisión de un grupo de personajes que se enfrentan a una eternidad en el lugar donde murieron. Sin abandonar en ningún momento la violencia y el humor mamarracho que siempre ha caracterizado a la serie, AHS 1984 se adentra en terreno emocional en su recta final, donde tanto los supervivientes como los fantasmas de Camp Redwood deben revisitar el pasado para resolver sus asuntos.

Oficialmente la temporada más corta de AHS con nueve episodios1984 llega a su clímax prometiendo un festival bañado en sangre para su último episodio, pero en su lugar nos ofrece una conclusión sentimental que recuerda, salvando las distancias, al final de Asylum. A pesar de no ser lo esperado y arriesgarse a decepcionar, este desenlace funciona muy bien como conclusión por dos razones: da sentido y ofrece cierre satisfactorio para los personajes, con lo que la temporada termina mucho mejor de lo que empezó. Más allá de los calentadores, los colores chillones y los litros de laca por cabeza, el homenaje a los 80 se vuelve especialmente trascendental cuando Montana, el personaje de Billie Lourd (la gran estrella de la temporada), nos recuerda que esta década nunca morirá, coronando así una historia sobre la inmortalidad, literal y figurada.

AHS 1984 no es ni de lejos de las mejores temporadas de la serie, pero tampoco es la peor. Pese a lucirse como siempre en lo estético (qué gozada los looks de los personajes), tener buenas interpretaciones (Lourd, Lynch, Ross, tú no Gus Kenworthy, Grossman, McDermott…) y darnos todo lo que tanto nos gusta de ella y lo que tanto obsesiona a su creador -personajes excéntricos, homenajes cinéfilos, humor alocado, nostalgia, asesinos en serie-, se puede notar el desgaste que afecta a la serie (y al espectador). Tras la emisión del final de 1984, las noticias sobre el futuro de la serie son contradictorias. Por un lado se cree que la décima temporada podría ser la última, y por otro se habla de que la serie podría durar diez temporadas más. No sabemos lo que pasará, pero si AHS va a seguir con nosotros tanto tiempo y nosotros pensamos seguir siéndole fieles, quizá vendría bien descansar un poco.

Todos los capítulos de ‘Modern Love’ ordenados de peor a mejor

Amazon se está poniendo las pilas en lo que se refiere a su plataforma de streaming, Prime Video. Tras el éxito de La maravillosa Sra. Maisel y la coproducción de BBC Fleabag, ambas triunfadoras recientes de los Emmy en la categoría de comedia, el estudio de Jeff Bezos se ha propuesto hacerle frente a Netflix y Disney+ con superproducciones como la serie de El señor de los anillos y nuevas propuestas de contenido original que, según ellos, dan prioridad a la calidad por encima de la calidad y buscan entrar en la conversación online.

En este sentido, una serie que no ha pasado desapercibida como le ha ocurrido a otras ficciones de Amazon anunciadas a bombo y platillo es Modern Love, que desde su estreno el pasado 18 de octubre ha conquistado a la audiencia, que ha caído rendida ante sus encantos. Aunque lejos de la repercusión de otras series de streaming, Modern Love se ha ganado un hueco en el corazón de los espectadores. Tanto es así que su respuesta mayoritariamente positiva llevó al estudio a anunciar su segunda temporada apenas una semana después del estreno.

Con John Carney, director de las muy queridas Once, Sing Street y Begin Again, como principal responsable, Modern Love es una serie romántica de formato antológico que se basa en la popular columna semanal del mismo nombre publicada en el New York Times. Cada episodio cuenta una historia de amor autoconclusiva con personajes distintos, con el punto en común de que todas se desarrollan en la Gran Manzana. La serie, que cuenta con un impresionante reparto estelar que incluye a Anne Hathaway, Dev Patel, Tina Fey, Catherine Keener, Andy García, John Slattery, Sofia Boutella y Andrew Scott entre muchos otros, aborda el amor en sus muchas formas -romántico, amistoso, familiar, sexual o platónico-, con la intención de formar un mosaico de las relaciones en el siglo XXI.

Sin embargo, como ocurre con todas las series antológicas, no todos los episodios están al mismo nivel. De hecho, Modern Love arranca con tres episodios magníficos para desinflarse con los tres siguientes y remontar el vuelo en su recta final. La serie rebosa encanto y emoción por los cuatro costados, y todos sus capítulos, en mayor o menor medida, nos aportan algo que merece la pena, pero está lejos de ser perfecta. Su problema principal (además de una selección musical empalagosamente cursi) es la falta de diversidad, sobre todo en el perfil de los personajes, la mayoría blancos, heterosexuales, ricos y con pisos fabulosos (el único personaje pobre lo es por decisión propia, para que os hagáis una idea). Esto hace que en ocasiones cueste conectar con sus problemas, ya que nos ofrece una visión del amor y la vida absolutamente privilegiada e idealista.

A pesar de esto, Modern Love consigue emocionar (en mayor o menor medida) con la mayoría de sus relatos, aprovechando la media hora que dura cada capítulo para contar más que muchas películas en dos horas y tocando la fibra sensible en numerosas ocasiones a lo largo de la temporada. Pero para profundizar un poco más en cada historia, os dejo con mi ranking personal de los episodios de la primera temporada, ordenados de peor a mejor.

8. ‘So He Looked Like Dad. It Was Just Dinner, Right?’ (1×06)

Unánimemente considerado el peor episodio de la temporada, esta historia de una joven con daddy issues que desarrolla una inapropiada y enfermiza relación con uno de sus jefes (de más de 50) que le recuerda a su padre, resulta incómoda la mayor parte del tiempo. El episodio (dirigido por la actriz Emmy Rossum) tiene sus momentos, y las interpretaciones de Julia Garner y Shea Whigham son excelentes (en realidad, en la serie no hay ni una sola mala actuación), pero el factor creepy empaña una historia que no tenemos muy claro hacia dónde va o qué quiere contarnos. Afortunadamente, el capítulo evita meterse del todo en el fango manteniendo la relación entre los protagonistas en el terreno platónico. Aun así, cuesta imaginar que a alguien le pareciera buena idea incluir este capítulo en la antología.

7. ‘Rallying to Keep the Game Alive’ (1×04)

Después de tres primeros capítulos fantásticos, Modern Love da un considerable bajón con el cuarto, centrado en un matrimonio acomodado que atraviesa una crisis de pareja. Sharon Horgan escribe y dirige un episodio que recuerda inevitablemente a su serie Catastrophepero no logra reproducir su gracia y encanto, resultando algo frío. Aunque acierta a la hora de retratar cómo el paso del tiempo afecta a las parejas y destaca por las interpretaciones de Tina Fey y John Slattery (tan buenos en drama como en comedia), ‘Rallying to Keep the Game Alive’ no deja huella.

6. ‘The Race Grows Sweeter Near Its Final Lap’ (1×08)

El puesto de este capítulo en el ranking es simbólico, ya que técnicamente debería estar al margen al tratarse más bien de un epílogo que ejerce como nexo de unión de los siete episodios anteriores. En él nos encontramos a dos viudos que se conocen corriendo una maratón y deciden emprender una relación amorosa en el crepúsculo de sus vidas. La historia en sí es preciosa, y a pesar de su brevedad se las arregla para contar algo redondo y hacer llegar su mensaje sobre el amor en la tercera edad. Pero si el capítulo destaca es sobre todo por la forma en la que une todos los relatos de la temporada en una línea temporal definida, completando las historias que hemos visto hasta ese momento, ya sea mostrándonos cómo empezaron o lo que pasó después. Este capítulo pone broche al homenaje que Carney dedica a Nueva York, su gente y las maravillosas coincidencias que la convierten en una ciudad tan mágica.

5. ‘At the Hospital, an Interlude of Clarity’ (1×05)

El quinto episodio de Modern Love es un bonito relato de primera cita con clarísimos ecos a la trilogía Before de Richard Linklater. En este capítulo protagonizado por Sofia Boutella y John Gallagher Jr., una pareja ve su velada interrumpida por un accidente que los lleva a pasar la noche juntos en el hospital. De personalidades y formas de ver la vida muy distintas, los dos se van abriendo el uno al otro a través de conversaciones honestas que sirven para saltarse los rodeos y preámbulos de las primeras citas y así empezar a conocerse de verdad. Este capítulo está lleno de diálogos que dan que pensar y ofrece un mensaje sobre las redes sociales y la imagen que proyectamos de nosotros mismos con el que es fácil sentirse identificado. La química entre Boutella y Ghallager Jr. es la guinda del pastel.

4. ‘Hers Was a World of One’ (1×07)

El único capítulo que cuenta una historia de amor LGBT+ es también uno de los mejores de la temporada, gracias sobre todo al buen hacer de su trío protagonista, Andrew Scott, Brandon Kyle Goodman y Olivia Cooke. ‘Hers Was a World of One’ sigue a Andy y Tobin, una pareja estable y acomodada que ha decidido tener un hijo. Entra Karla, una joven antisistema embarazada que ha decidido dar a su hijo en adopción porque no encajaría en su estilo de vida itinerante. En los últimos meses de su embarazo, la chica se muda con la pareja, poniendo su mundo patas arriba. Con un divertido cameo de Ed Sheeran (que va camino de convertirse en un chiste recurrente de la comedia romántica tras pasar también por Yesterday), este episodio es uno de los más divertidos, cálidos y emotivos de la temporada. La carismática interpretación de Cooke es uno de los highlights de la serie, y Andrew Scott vuelve a demostrar -después de Sherlock Fleabag-, que es uno de los actores británicos del momento.

3. ‘Take Me as I Am, Whoever I Am’ (1×03)

Anne Hathaway era uno de los mayores reclamos de Modern Love y la oscarizada actriz de Los miserables Princesa por sorpresa no decepciona. ‘Take Me as I Am, Whoever I Am’ narra la historia de una mujer exitosa y atractiva que vive con trastorno bipolar, pero decide no contárselo a nadie. El capítulo nos muestra cómo la enfermedad afecta a su día a día y condiciona sus relaciones, componiendo así un retrato de la enfermedad mental poderoso y conmovedor. Hathaway lleva a cabo una interpretación portentosa, como cabe esperar de ella, mostrándonos su lado más divertido y glamuroso (protagoniza una secuencia musical en el supermercado que delata a Carney detrás de las cámaras en el que es uno de los cuatro episodios que dirige), y también el más crudo y descarnado. Pero lo mejor del capítulo es el mensaje que nos deja en un precioso final que cambia el cliché romántico del final feliz en pareja por la importancia de la amistad.

2. ‘When the Doorman Is Your Main Man’ (1×01)

Modern Love empieza por todo lo alto, con una tierna y original carta de presentación que curiosamente no se centra en una pareja romántica. El primer capítulo explora los lazos paternofiliales que se forman entre una joven crítica literaria y el sobreprotector portero de su edificio, un hombre que vela por ella día y noche y se encarga personalmente de tomar las decisiones en la vida amorosa de la chica (suena controlador y tóxico, pero sorprendentemente no lo es). La dinámica entre Maggie (Cristin Milioti) y Guzmin (Laurientiu Possa) es la más bonita y entrañable de toda la serie y nos deja una de las mejores frases de la temporada: “Nunca miraba al hombre, miraba tus ojos”. Para empezar la serie llorando.

1. ‘When Cupid Is a Prying Journalist’ (1×02)

Lo cierto es que los tres primeros episodios están más o menos al mismo nivel, pero si he decidido colocar el segundo en primer puesto es porque me parece el más completo en todos los sentidos. Como decía en la introducción, Modern Love puede contar más en media hora que muchas películas enteras, y este es el capítulo que mejor lo ilustra. En él, una periodista (Catherine Keener) entrevista al creador de una app de citas (Dev Patel). La pregunta “¿Has estado enamorado alguna vez?” da lugar a una conversación que cambiará el curso de sus vidas. Este es el capítulo más cinematográfico de la serie, el que más encaja en el cliché de “es una película de media hora”. Con una estructura impecable y un guion lleno de perlas y reflexiones valiosas, ‘When Cupid Is a Prying Journalist’ nos habla del amor perdido, de las decisiones que tomamos y el camino en el que nos llevan, de la vida que podíamos haber tenido, y de la que podemos tener si aceptamos las segundas oportunidades. El capítulo más inspirado y trascendental de la temporada y el que incluye una de las frases más románticas que he escuchado jamás: “El amanecer es para los amantes y los panaderos”.

Cómo vivir contigo mismo: Dos Paul Rudd mejor que uno

Paul Rudd está viviendo una auténtica época de esplendor y nosotros la estamos disfrutando a lo grande. De siempre un actor muy querido por la audiencia gracias a sus papeles en CluelessFriends Lío embarazoso, Rudd ha desarrollado una sólida carrera como uno de los rostros habituales de la comedia norteamericana y ha triunfado en el mundo de los superhéroes interpretando a uno de los personajes más simpáticos y divertidos del Universo Marvel, Ant-Man.

En 2019, Rudd vuelve a la televisión con Cómo vivir contigo mismo (Living with Yourself). Aunque ya había participado en la mencionada Friends o más recientemente en el revival de Netflix de Wet Hot American Summer, esta es la primera vez que Rudd protagoniza una serie, habiendo centrado hasta ahora su trayectoria sobre todo en el cine. Es precisamente Netflix la que lo ha convencido para que acepte un papel principal en televisión, y además, por partida doble.

Cómo vivir contigo mismo es la historia de Miles (Rudd), un hombre en plena crisis personal, matrimonial y profesional que acude a un misterioso spa para someterse a un tratamiento experimental que garantiza mejorar su vida radicalmente. Sin embargo, el procedimiento no sale bien y se despierta envuelto en plástico y enterrado en medio del bosque. Al regresar a casa, Miles descubre que ha sido reemplazado por otro hombre exactamente igual a él, una versión mejorada que le obligará a enfrentarse a sí mismo, literal y figuradamente.

Esta es la llamativa premisa de una ficción cuya primera temporada consta de 8 episodios de alrededor de media hora que Rudd convierte en un auténtico two-man show de principio a fin. Su interpretación doble es sin duda lo mejor de una serie que se apoya casi enteramente en su carisma y encanto de tipo cercano. Aunque lejos de la hazaña de Tatiana Maslany en Orphan Black -pero con efectos visuales igualmente impresionantes para duplicar al actor en el plano-, Rudd nos hace creer que de verdad estamos ante dos personas distintas (a pesar de que técnicamente son la misma), gracias a los matices diferenciados que aporta a cada Miles y a un trabajo de caracterización física sutil pero muy eficiente. Es decir, en todo momento sabemos cuándo es uno y cuándo es otro, lo cual no es tan fácil como parece (y si no que se lo digan a Sarah Michelle Gellar y sus gemelas de Ringer).

Aunque se presenta como comedia y tiene momentos muy divertidos (gracias, cómo no, a la presencia de Rudd), el tono de la serie es más dramático de lo que cabía esperar, con un humor a ratos bastante seco, un aire decididamente extraño y un tratamiento de la relación entre Miles y su mujer, Kate (Aisling Bea), que abraza lo amargo y se adentra a menudo en el melodrama doméstico. Cómo vivir contigo mismo no pretende hacer reír a carcajadas como otras comedias (o al menos eso parece), sino que está más interesada en mostrarnos la cara más incómoda de las relaciones y cómo estas pueden deteriorarse con el paso del tiempo, las dificultades y la depresión.

La primera temporada de Cómo vivir contigo mismo avanza con ritmo ligero pero firme, sin perder el tiempo ni retrasar los acontecimientos, que se suceden sin dar demasiados rodeos. La serie aprovecha los episodios para contar la historia de manera concisa, estructurando esta primera parte (esperamos que haya más) con saltos hacia delante y atrás en el tiempo y diferentes puntos de vista con los que va tomando forma. Ver un par de episodios no basta para hacerse una idea de lo que la serie puede ofrecer, ya que por ejemplo no es hasta el quinto episodio cuando se nos ofrece la perspectiva de Kate en el declive del matrimonio, y por tanto una versión más completa y justa de la historia.

Cómo vivir contigo mismo no es la serie que muchos esperaban, pero eso no es necesariamente negativo. Aunque su tono tragicómico puede resultar desconcertante, lo cierto es que encaja con la historia de un hombre deprimido y un matrimonio roto que están contando. La serie no ha hecho más que tocar la superficie y el viaje de autoconocimiento de Miles está lleno de posibilidades, tanto cómicas como dramáticas. Con dos Paul Rudd por el precio de uno merece la pena embarcarse en él.

Undone: Eterno resplandor de una mente inmaculada

Los viajes en el tiempo son uno de los lugares comunes más explorados de la ciencia ficción. Su imposibilidad científica hace del fenómeno un lienzo en blanco para dar rienda suelta a la imaginación en el cine y la televisión. Desde El tiempo en sus manos hasta Vengadores: Endgame, pasando por Regreso al futuro, 12 monosDonnie DarkoPrimer, Interstellar e incontables otras, el cine ha doblegado el espacio-tiempo desde múltiples perspectivas y géneros, demostrando una y otra vez que es un concepto lleno de posibilidades para la ficción.

Raphael Bob-Waskberg y Kate Purdy, respectivamente creador y co-productora ejecutiva de BoJack Horseman, aportan su particular visión a este subgénero con Undone. La nueva serie de Amazon Prime Video narra la historia de una joven que, tras un accidente de coche, empieza a comunicarse con su padre fallecido y descubre que tiene el poder de moverse en el tiempo y el espacio de forma no lineal, lo que usará para tratar de desvelar los misterios de su familia.

La serie, que consta de 8 episodios de aproximadamente 25 minutos, recupera la rotoscopia, técnica de animación muy habitual en el cine previo a los 90 que cayó en desuso con el auge del CGI y algunos directores han recuperado puntualmente como opción estilística (Richard Linklater la usó en Waking Life A Skanner Darkly). Esta consiste en el redibujado a mano de un plano frame a frame tomando como base imágenes de acción real previamente filmadas. Es decir, lo que vemos en Undone es a los actores de verdad bajo una capa de animación, lo que le confiere ese aspecto llamativo gracias al contraste del dibujo y la naturalidad de los movimientos. Esta técnica permite llevar las secuencias de fantasía hasta las últimas consecuencias sin necesidad de un elevado presupuesto y nos deja en este caso imágenes de gran creatividad -apuntilladas por la poética partitura de Amie Doherty.

El reparto está encabezado por una excelente Rosa Salazar (con experiencia en esto de interpretar para un personaje animado después de Alita: Ángel de Batalla), a la que acompañan Bob Odenkirk, Angelique Cabral, Constance Marie, Siddharth Dhananjay, Daveed Diggs y Tyler Posey. Al contrario que le ocurría a BoJack Horseman, que tardó un tiempo en encontrar su tono, Undone se muestra sólida desde el principio, tanto en el manejo de los géneros (drama, comedia y ciencia ficción) como en la construcción de personajes, perfectamente definidos desde el primer capítulo.

Alma Winograd-Diaz (Salazar) es uno de los personajes más humanos que nos ha dado la televisión reciente, una mujer ocurrente, carismática y llena de personalidad, pero también vulnerable y rota. La pérdida la formó cuando era pequeña (primero perdió la audición y después a su padre) y esto la llevó a levantar un muro entre ella y las personas que hay en su vida, ante las que a menudo se comporta de forma impulsiva y egoísta. El descubrimiento de su habilidad para viajar en el tiempo será la oportunidad perfecta para corregir sus errores y crecer personalmente, aunque los demás no lo vean de la misma manera.

Su historia nos lleva en un fascinante viaje lleno de sorpresas y emociones a flor de piel en el que las líneas entre realidad y fantasía se difuminan para hacernos dudar si lo que está ocurriendo es real o si por el contrario es la manifestación de una enfermedad mental. A pesar de que esta idea del “superpoder” como posible trastorno psicológico (concretamente la esquizofrenia) es algo que se ha visto muchas veces, Undone logra aportar una perspectiva diferente y trascendental, sobre todo gracias a la forma en la que lo utiliza para construir (entre la risa y el llanto, el costumbrismo y la fantasía) las preciosas y complejas relaciones entre Alma y su familia, el motor principal de la serie.

No debería sorprender que detrás de Undone se encuentren los responsables de BoJack Horseman, otra serie de animación que, además de divertir, se caracteriza por su profundidad psicológica y su capacidad para entender y plasmar el comportamiento humano y sus contradicciones. La ambición narrativa de Undone es incluso mayor, pero afortunadamente, no se vuelve en su contra, sino que llega a buen puerto al dar prioridad siempre a las emociones, desde el principio hasta un desenlace que puede entenderse como un cliffhanger o un final abierto a la interpretación del espectador. En cualquier caso, Bob-Waskberg y Purdy han elaborado un trabajo impecable en todos los aspectos, una serie visualmente preciosa y narrativamente sublime que aprovecha y trasciende su premisa sci-fi para contarnos una historia de las que se quedan en la memoria.

Veronica Mars (Temporada 4): Seguimos siendo amigos

Recordamos 2004 como el año en el que la televisión tal y como la conocíamos cambiaba para siempre. El estreno de Perdidos Mujeres desesperadas inauguraba una nueva era de serieadicción, auspiciada por las nuevas formas de consumo de televisión. Ese mismo año nacía otra serie que, si bien no lograba el impacto cultural inmediato de las dos mencionadas, sí se ganaría con el tiempo su merecida reputación como una de las series de culto más queridas de la televisión moderna, Veronica Mars.

La serie, creada por Rob Thomas, nacía en la difunta UPN, sorprendiendo por su inteligente fusión de serie adolescente y misterio detectivesco neo-noir. Tras dos temporadas dio el salto a la CW, donde fue cancelada prematuramente. Los fans (conocidos como marshmallows) hicieron todo lo posible por salvarla, pero no hubo suerte. Antes de que Netflix se convirtiera en el gigante que es hoy y se ganase la reputación de salvar series canceladas y rescatar glorias del pasado, Thomas recurría a la plataforma de crowdfunding Kickstarter para darle a su creación la segunda oportunidad que tanto merecía. Así nacía en 2014 la película de Veronica Mars, todo un regalo a los fans -aunque técnicamente estos pagaron para que existiera.

En 2019, el revival nostálgico ya es una constante en televisión. Todo vuelve, y Veronica no iba a ser menos. La película nos sacó una espinita clavada dándonos algo de clausura tras aquella injusta cancelación, pero a Veronica Mars todavía le quedaba cuerda para rato. Rob Thomas y Kristen Bell sabían que había más historias que contar y más casos que resolver, y ambos estaban deseando volver a Neptune tanto como nosotros. Solo había que encontrar el momento y el medio adecuados. Finalmente, Hulu fue la plataforma encargada de producir en Estados Unidos la cuarta temporada de Veronica Mars, con la que muchos llevábamos soñando desde hacía más de una década. Los nuevos capítulos llegaban el 19 de julio en Estados Unidos, mientras que la espera en España ha sido más larga: TNT la estrena el 15 de octubre.

Dejando atrás las temporadas largas con un arco argumental transversal y casos autoconclusivos, la cuarta está concebida como una miniserie de 8 episodios que abarcan una sola investigación. La trama está ligeramente basada en el libro El concurso de los mil dólares, una de las dos novelas que Thomas publicó para continuar la historia tras la película, y cuenta con los personajes originales, a los que acompañan excelentes nuevos fichajes: Patton Oswalt, Kirby Howell-Baptiste, el oscarizado J.K. Simmons e Izabela Vidovic, cuyo personaje parece concebido como relevo generacional para un posible spin-off.

Cinco años después de la última vez que la vimos, Veronica sigue en Neptune trabajando como investigadora privada junto a su padre, Keith (Enrico Colantoni), que se recupera de un accidente. Las vacaciones de primavera (el famoso Spring Break norteamericano) se ven interrumpidas por el estallido de una bomba que acaba con la vida de varias personas. Los Mars se encargan de investigar el caso, cuyas ramificaciones abarcan desde un congresista del estado hasta un cartel mexicano.

La cuarta temporada de Veronica Mars es un viaje al pasado que nos lleva a reencontrarnos con viejos conocidos y recordar (¿mejores?) tiempos. Sin embargo, los nuevos capítulos son mucho más que un mero ejercicio nostálgico. La serie conserva intacto su ADN, pero ha sabido madurar, aprovechando la menor censura de Hulu para explorar más a fondo los aspectos más oscuros de la serie, sin que esto desentone lo más mínimo con lo visto anteriormente. Y es que lo que necesitaba Veronica Mars era poder llevar un paso más allá sus impulsos más adultos (escenas de sexo incluidas) y usar lenguaje malsonante. Aunque, en una divertida jugada metarreferencial, la propia Veronica no puede decir tacos en toda la temporada, exactamente igual que el personaje de Bell en The Good Place.

La evolución de la serie y los cambios en Neptune contrastan con el estancamiento personal de Veronica, que no puede evitar caer en los vicios y errores del pasado. Veronica vive con Logan (Jason Dohring) que, completando su transformación en príncipe azul y héroe a lo Tom Cruise, ahora ejerce como oficial de inteligencia del Ejército estadounidense, lo que le lleva a pasar mucho tiempo fuera en misiones secretas. La vida en pareja va aparentemente bien y su química romántica sigue siendo evidente, pero Veronica aun se enfrenta a sus fantasmas, lo que le lleva a boicotear su felicidad en todos los aspectos de su vida, incluido el amoroso.

La cuarta temporada de Veronica Mars se aleja del fan service que proporcionaba la película (al fin y al cabo la pagamos nosotros y Thomas sintió que debía darnos lo que queríamos) y recupera su autonomía narrativa. La ilusión por un revival puede desembocar en decepción, en esa sensación de “para eso no vuelvas”, pero no es el caso de Veronica Mars, que justifica su regreso con creces. Al menos hasta sus últimos minutos. La temporada culmina con un fatídico final por el que los fans han decidido romper con la serie. Un epílogo frustrante que, según Thomas era necesario, pero que se antoja cuestionable y empaña la felicidad del regreso.

Pero que esto no os desanime. Hasta ese epílogo, la cuarta temporada de Veronica Mars es un ejemplo de cómo hacer un revival. La serie ha sabido madurar y adaptarse sin perder ni un ápice de su esencia, destacando de nuevo por sus diálogos inteligentes, frases memorables y su misterio absorbente. Sigue siendo divertida, ingeniosa y emocionante, Veronica conserva su ácida e irresistible personalidad, al igual que Keith y el resto de personajes son los mismos de siempre. Pero ya no es una serie adolescente, porque su protagonista es una adulta, estancada, como tantas personas de su generación.

En general, el regreso de Veronica Mars es un acto de amor y fe, pero no a los fans (a los que esta vez no han tenido reparos en romper el corazón), sino a Neptune, a los personajes que lo habitan y a una historia que pedía más. Y sigue pidiéndolo después de estos ocho episodios. Puede que Veronica Mars continúe en el futuro con nuevas temporadas y nuevos misterios (Thomas y Bell han expresado su deseo de que así sea, aunque falta confirmación oficial), y aunque para muchos marshmallows (comprensiblemente) ya no será lo mismo, hay que tener fe en Veronica. Se lo ha ganado.

Fleabag: Una experiencia religiosa

Se suele abusar mucho del tópico, pero en este caso, su uso está más que justificado: Phoebe Waller-Bridge es una de las voces más frescas e interesantes del panorama audiovisual actual. Después de varios años buscando un hueco como actriz en la televisión británica (tuvo un papel recurrente en Broadchurch), se centraba en el guion y la producción creando dos series en 2016.

La primera, Crashing, una suerte de actualización millennial de la sitcom de amigos sobre un grupo de jóvenes que viven en un hospital abandonado, solo tuvo una temporada (disponible en Netflix). La segunda, Fleabag, la puso en el mapa y la convirtió en una de las creadoras jóvenes a seguir más de cerca del Reino Unido. Basada en su aclamado y premiado monólogo teatral del mismo título, Fleabag gira en torno a una joven londinense de gran ingenio y apetito sexual que utiliza el humor y el sexo para enmascarar el profundo dolor y la confusión que siente.

Dicho así, suena convencional. Comedias millennial urbanas sobre jóvenes perdidos que tratan de buscar su sitio en la vida las hay a patadas. Pero Fleabag conseguía desmarcarse de todas ellas gracias a la afiladísima escritura de Waller-Bridge, su enorme carisma como actriz y su manera de jugar con la narración. Por ejemplo, la protagonista (a la que conocemos como Fleabag, ya que nunca se llega a decir su nombre en la serie) emplea el sobreexplotado recurso de la ruptura de la cuarta pared mirando directamente a cámara, pero lejos de parecer un truco fácil, eleva la serie de nivel, haciendo partícipe al espectador de la vida Fleabag como ninguna otra serie lo había hecho antes.

Tras la primera temporada, Waller-Bridge decidió pasar a otros proyectos y aseguró que no habría más capítulos. En los dos años siguientes creó la serie de moda Killing Eve, fue chica Disney con un pequeño papel en Christopher Robin, se unió al universo Star Wars interpretando a la droide L3-37 en la fallida Han Solo: Una historia de Star Wars. Pero los espectadores de Fleabag seguían pegados a la pantalla esperando que Waller-Bridge les devolviera la mirada una vez más.

Nuestras plegarias (pun intended) fueron atendidas con el anuncio de una segunda temporada. Los nuevos capítulos (seis, como en la primera temporada) llegan a España en exclusiva a través de Amazon Prime Video, la encargada de estrenar la primera en nuestro país. Y no podemos sino recurrir a otro tópico manido: la espera ha merecido la pena.

La segunda temporada de Fleabag es la prueba fehaciente de que es mejor cuando los creadores no fuerzan la máquina para llegar a un plazo. Los tres años que han pasado entre una temporada y otra han servido para que Waller-Bridge se vuelva incluso más sólida como guionista, y también como observadora del comportamiento humano y las interacciones sociales. Estos nuevos capítulos siguen explorando el crecimiento de la protagonista a través de sus relaciones con los hombres y con su familia (con especial énfasis en el frágil lazo que la une a su hermana Claire, sin duda la historia de amor más bonita de la serie), pero incorporan además una trama central inesperada: Fleabag se enamora de un cura. *Se santigua*

Andrew Scott, conocido sobre todo por dar vida a Moriarty en Sherlock, interpreta al atractivo sacerdote que va a casar al padre de Fleabag (entrañable Bill Paterson) y su nueva mujer (la recientemente oscarizada y siempre genial Olivia Colman). Deslenguado, moderno, humano e irresistiblemente sexy, el cura se convierte en el pecaminoso objeto de deseo de la protagonista, y lo mejor (o lo peor, según se mire) es que su atracción es correspondida.

El personaje de Scott sirve para mostrar una conexión romántica más profunda que hace a Fleabag más vulnerable, pero también más fuerte. La química entre los dos actores es una cosa de otro mundo y sus diálogos son auténticas lecciones de guion de comedia romántica. Pero lo más llamativo es cómo el cura presenta una oportunidad para que Waller-Bridge lleve la ruptura de la cuarta pared un paso más allá.

Él es el único que se percata de los apartes que Fleabag hace para hablar con nosotros y expresar algo a través de una mirada cómplice. En un momento de la temporada, el cura le dice “¿Qué ha sido eso? ¿Adónde has ido?” al verla girar la cabeza hacia la cámara (invisible). Fleabag siente pánico y confusión; alguien, además del espectador, ha conseguido entrar en su mundo y parece empezar a conocerla de verdad. Es desconcertante para ella, pero fascinante para nosotros, que vemos cómo Waller-Bridge reescribe los códigos narrativos fusionando ficción y realidad para hacernos parte de su vida.

Guiñándonos, pidiéndonos auxilio en una situación embarazosa, buscando nuestro apoyo y aprobación, nos reconoce constantemente al otro lado de la pantalla y dentro del relato, nos convierte en sus confidentes y amigos, como le llega a sugerir a su psicóloga en otro escalofriante momento meta de la temporada. Por eso duele tanto cuando el humor da paso al dolor, cuando su tormento interior sale a la luz y la tristeza nos golpea. Y por eso, cuando Fleabag se despide de nosotros, es como si nos clavaran un puñal en el estómago.

Tras la segunda temporada, Waller-Bridge ha asegurado que esto es todo, que no habrá más Fleabag. Y aunque hizo lo mismo tras la primera, algo nos dice que esta vez es definitivo. Si es así, quedémonos con la satisfacción de haberla conocido, de haber disfrutado de dos temporadas absolutamente brillantesFleabag es sin lugar a dudas una de las mejores comedias generacionales que nos ha regalado la televisión, una obra prodigiosa, con diálogos sublimes, humor en constante estado de gracia (no me suelo reír en voz alta con las series, pero con esta, a carcajadas) y personajes inolvidables. Ya que estamos con los tópicos, un auténtico milagro.

Fleabag dice adiós. Pero como ocurre siempre que termina una serie, la vida sigue. En este caso, la nuestra y la suya continuarán en el mismo universo. Y aunque ya no la veamos, sabremos algo a ciencia cierta: Fleabag estará bien. Y nosotros también.

Muertos para mí (Dead to Me): Viudas desesperadas

Esta reseña va a ser breve. De hecho, se os va a pasar tan rápida como la primera temporada de la nueva serie original de Netflix Muertos para mí (Dead to Me). Y la razón es que, cuanto menos sepáis sobre ella, mejor. Así que vayamos al grano.

Dead to Me está creada por Liz Feldman (2 Broke Girls) y producida por ella junto al actor Will Ferrell, el oscarizado Adam McKay (La gran apuestaEl vicio del poder) y Jessica Elbaum (Despedida de solteraNunca entre amigos). Se trata de una comedia negra con tintes de thriller que gira en torno a la fuerte amistad que surge entre dos mujeres que se conocen en un grupo de apoyo para personas que han perdido a un ser querido.

Christina Applegate da vida a Jen, una viuda con dos hijos a la que le cuesta abrirse a los demás tras la muerte de su marido. Linda Cardellini es Judy, una mujer amable y necesitada de cariño que trata de superar su propia tragedia familiar. Aunque chocan al principio, Jen y Judy no tardan en convertirse en un apoyo imprescindible la una para la otra. Sin embargo, Judy oculta un oscuro secreto que amenaza con destruir su nueva amistad.

Y no necesitáis conocer más detalles. Los giros argumentales empiezan en el primer episodio y se suceden a lo largo de toda la temporada, construyendo una historia absorbente en la que la información se va desvelando de forma inteligente y sorprendente, transformando y manipulando el relato para que el espectador se vea obligado a cambiar sus conclusiones de un capítulo a otro. A medida que conocemos nuevos datos y asistimos al tenso (y divertido) desarrollo de los acontecimientos, nos vemos más inmersos en una historia que da mucho más de sí de lo que cabe esperar por su premisa limitada y la rapidez con la que avanza.

Muertos para mí fusiona con acierto el drama, la tragicomedia y el thriller en una historia sobre la pérdida, la amistad, la familia, el matrimonio y las apariencias en los suburbios. Por su trama y enfoque recuerda inevitablemente a la película de 2018 Un pequeño favor y series como Mujeres desesperadas o Big Little Lies, pero tiene personalidad propia, gracias sobre todo a sus dos excelentes protagonistas. Acompañadas de un estupendo reparto, del que destaca James Marsden (uno de los actores más infravalorados y desaprovechados de Hollywood), Applegate y Cardellini ofrecen las mejores interpretaciones de sus respectivas carreras. Su trabajo en la serie huele a nominaciones en la próxima temporada de premios.

Los diez capítulos de Dead to Me piden ser vistos de una o dos sentadas. No es una serie muy original, como tampoco revolucionaria, pero lo que hace, lo hace muy bien. Su retorcida trama engancha de principio a fin y deja con muchas ganas de una segunda temporada. Es imposible no involucrarse emocionalmente con la amistad de Jen y Judy, dos personajes femeninos complejos y fascinantes a los que queremos ver triunfar y cuya relación deseamos que sobreviva a pesar de todo. Servíos un vino blanco (o vuestro veneno de preferencia), acomodaos en el sofá, y cuando hayáis terminado la temporada, venid a contármelo todo. A la hora que sea, estoy despierto toda la noche.

The Society: Jugar a ser adulto

Mientras cada nuevo intento de saga young adult se la pega en los cines, el drama adolescente es uno de los géneros más fértiles de la televisión. Y esto es algo que Netflix sabe perfectamente. El formato serial se ajusta fácilmente a este tipo de historias y sirve para enganchar y fidelizar al público más joven. La plataforma de streaming se ha especializado en series adolescentes con enfoque adulto y atrevido. Por trece razones, Las escalofriantes aventuras de Sabrina, Sex Education o Élite se encuentran entre sus programas más populares y más comentados en Internet. Por eso, The Society era una apuesta segura.

Creada por Christopher Keyser (Cinco en familia, Tyrant), The Society sigue los compases del thriller teen post-apocalíptico, pero (sorprendentemente) no está basada en ninguna serie de novelas. Al menos no abiertamente. La serie, cuya primera temporada consta de 10 episodios de una hora de duración, recuerda a muchas cosas que ya hemos visto. Quizá demasiadas. Tiene algo de Under the Dome, de Perdidos (y todas las series que trataron de imitarla en los años siguientes a su estreno), del cómic The WoodsThe 100Wayward Pines, distopías Y.A. como El corredor del laberinto, y por supuesto, El señor de las moscas.

Con estos referentes, no es difícil hacerse una idea de lo que uno se va a encontrar en The Society. La serie gira en torno a los adolescentes de un pequeño pueblo que, tras un corto viaje en autobús, regresan a casa para comprobar que todos los adultos han desaparecido y no hay manera de salir de allí. La confusión da paso a la euforia y el desenfreno por la ausencia de figuras autoritarias. Pero pronto se dan cuenta de que su situación podría ser permanente, por lo que deben organizarse para crear normas de convivencia, soluciones para lidiar con la escasez de recursos y un sistema para resolver los problemas que puedan surgir, incluido el crimen. Es decir, levantar una sociedad desde cero, en una situación extrema y sin la ayuda de sus mayores.

La premisa es sin duda atrayente, sobre todo para el público más joven y los aficionados a la distopía adolescente. Sin embargo, The Society no da tanta importancia al misterio central como cabría esperar, sino que lo usa como pretexto para construir una fábula sociopolítica protagonizada por adolescentes que se ven forzados a ser adultos. Esa es la base de un género que se dedica a reflejar la sociedad desde los ojos de los más jóvenes, y que en este caso abarca más terreno que otros títulos similares, mostrándonos a través de las vivencias de sus protagonistas cómo se crean y funcionan las instituciones, la estructura laboral, cómo operan (y se corrompen) las fuerzas de la ley, las contradicciones e injusticias que se generan, los movimientos políticos y la disidencia, el papel de la religión, la democracia, la jerarquía y la función de los líderes… En este caso una líder autoimpuesta, Allie (Kahtryn Newton), que sigue el patrón Daenerys Targaryen o Laura Roslin, oscilando entre salvadora y tirana a lo largo de la temporada.

The Society aborda todos estos asuntos a partir de las tumultuosas relaciones amistosas, románticas y sexuales entre sus protagonistas, por lo que el factor drama adolescente está constantemente presente para los que lo busquen. Sin embargo, esto hace que el elemento de misterio quede sepultado prácticamente toda la temporada en favor de la creación de una sociedad en la que, durante mucho tiempo casi nadie se pregunta cómo han llegado allí y cómo pueden volver a casa, si es que pueden.

Después de plantear en el primer capítulo la necesidad de averiguar qué ha pasado, no es hasta el séptimo cuando se menciona un comité de investigación que ha estado estudiando la situación (nosotros no lo hemos visto) para ofrecer posibles hipótesis a lo que está ocurriendo. Y hasta el noveno, cuando ya han pasado más de seis meses, no se les ocurre hacer una expedición por el bosque que rodea el pueblo para intentar encontrar una salida, y no se les pasa por la cabeza investigar al conductor del autobús que los dejó allí. Y ese es uno de los principales problemas de The Society, que en su empeño en mostrarnos los engranajes de la sociedad y centrarse en sus personajes (algo que normalmente agradecemos de las series), se olvida de desarrollar el otro elemento clave de la historia.

Es un problema de planificación narrativa. La serie tiene demasiada prisa por mostrarnos a los adolescentes formando esa sociedad para a continuación ponerla en duda, por lo que acaba forzándolo hasta la artificialidad. No tardan en crear un sistema legal, celebrar un juicio (como los de la tele) o convocar elecciones generales. Hay asesinatos, un psicópata literal, una víctima de violencia doméstica que intenta envenenar a su pareja y un golpe contra el “estado policial” de Allie. Es demasiado. Todo en la primera temporada, y todo sin hacer apenas alusión a lo que los ha llevado a esa situación, obligando continuamente al espectador a cuestionar la lógica del relato (una cosa es que lo más importante no sea el misterio, sino los personajes, y otra que el misterio exista solo cuando se le antoja a los guionistas). A esto se añade que del numeroso reparto, hay muy pocos personajes con los que podamos sentir empatía. Eso si conseguimos distinguir los unos de los otros. Se comportan de manera exagerada (de nuevo para ajustarse a la voluntad de metáfora social de la serie) e irritante más allá del tópico del adolescente televisivo, protagonizan conversaciones en las que se nota demasiado al adulto que escribe/habla por ellos, y las relaciones son muy confusas y mal desarrolladas.

A pesar de todo esto, The Society es intermitentemente interesante. De hecho, tiene capítulos verdaderamente potentes y puede resultar provocadora y dar que pensar a su audiencia. Pero necesita centrarse. Tiene buenos actores, ahora debe dibujar mejor a sus personajes y dejarlos ser adolescentes, hacerlos más humanos y menos arquetípicos, estructurar mejor la historia, hacerla más creíble y encontrar un mayor equilibrio entre el drama, la reflexión y el misterio. A pesar de no poseer ni un ápice de originalidad, The Society tiene ingredientes de sobra para crear algo con impacto. La pregunta es, ¿tendrá el público paciencia con estos personajes o los abandonará a su suerte como ha hecho con tantas otras series parecidas?

Muñeca rusa: Mil maneras de morir (y aprender)

Netflix se ha convertido en una caja de sorpresas. Nunca se sabe si te va a tocar una buena o una mala, pero siempre se puede contar con una dosis casi semanal de novedades que explorar en busca de una nueva historia a la que engancharse. Entre los últimos estrenos que aparecen casi de la nada (porque la plataforma los promociona muy cerca de su lanzamiento, si es que lo hace) y nos pillan desprevenidos destaca Muñeca rusa (Russian Doll), una de esas series que no necesitan una gran campaña publicitaria para tener éxito, porque les basta simplemente con ser tan buenas que el boca-oreja hará el resto.

Muñeca rusa vendría a ser algo así una comedia-thriller con tintes de drama existencial y fantasía. La serie está creada y protagonizada por Natasha Lyonne (Orange Is the New Black), que produce junto a Leslye Headland (Despedida de soltera) y nuestra querida Amy Poehler (Parks and RecreationBroad City). Escrita y dirigida por mujeresMuñeca rusa nos ofrece una nueva vuelta de tuerca a un recurso narrativo muy utilizado en el cine y la televisión, el bucle temporal. La historia gira (nunca mejor dicho) en torno a Nadia (estupenda Lyonne, ahora y siempre), una cínica e incorregible neoyorquina que muere una y otra vez, volviendo tras ello a la fiesta de su 36 cumpleaños. A partir de ahí, nuestra carismática matrioshka intentará buscar una explicación a lo que le está ocurriendo para salir del bucle, aprendiendo sobre sí misma y sus relaciones con los demás en el proceso.

Es una premisa que nos recuerda automáticamente a Atrapado en el tiempo, y que se ha usado en muchas otras películas (Corre, Lola, corre, Al filo del mañana, Feliz día de tu muerte…) e infinidad de capítulos especiales de series (Expediente X, Buffy, Sobrenatural…). Se ha explotado tanto que incluso podríamos hablar de un género en sí mismo. Y sin embargo, Muñeca rusa logra que la idea resulte fresca e interesante, que algo viejo parezca nuevo, y no un simple truco. A lo largo de los 8 episodios (técnica y visualmente excelentes y con una banda sonora bestial) que conforman la primera temporada, la serie juega con las posibilidades narrativas del recurso, utilizando la repetición en su favor para construir una historia con muchas capas; un misterio divertido, inquietante y absorbente que no deja de evolucionar, evitando en todo momento caer en lo formulaico. Vamos, que te pide verla del tirón.

Muñeca rusa es técnicamente una comedia, pero a medida que la temporada avanza, se va volviendo más dramática y oscura (es raro la comedia actual que no lo haga). La serie hace gala de una gran creatividad a la hora de idear las muertes (y sus consecuencias al reiniciar el día), resultando muy cómicas en su mayoría. Pero la muerte también se utiliza para tocar cuestiones serias y ahondar en la psique dañada de su protagonista, miembro de una generación perdida y sin rumbo. El bucle en el que se ve envuelta Nadia sirve para que nos planteemos si está en nuestras manos cambiar las cosas, y sobre todo, cambiarnos a nosotros. Se puede tomar como un castigo, un purgatorio que nos enseña que hagamos lo que hagamos, todo seguirá igual, o una oportunidad para corregir nuestros errores.

Es decir, al igual que The Good PlaceMuñeca rusa utiliza la premisa fantástica para reflexionar sobre cómo podemos ser mejores personas. Como en todos los relatos que incorporan saltos temporales, su guion se va complicando y ramificando con cada episodio, dando forma a una historia llena de giros y sorpresas que nos recuerda la importancia de hacer las paces con el pasado y aprender de los errores. Una historia que no ha acabado, ya que la serie está concebida para durar tres temporadas (buena idea, este tipo de series es mejor no estirarlas). Mientras esperamos la continuación, yo he decidido entrar en mi propio bucle y volver a ver la primera temporada. Afortunadamente, no hay que morir para hacerlo.

‘You’ y ‘Dentro del Laberinto’ son la misma historia y no me puedes convencer de lo contrario

Este artículo contiene spoilers de la primera temporada de You

Nueva semana, nuevo fenómeno viral de Netflix. La plataforma de streaming sigue generando éxitos en forma de series, realities y películas de las que todo el mundo habla en las redes sociales. El año acaba de empezar y ya tenemos tres: A ciegas, ¡A ordenar con Marie Kondo! y la que hoy nos ocupa, You. Estos días es difícil entrar a Twitter sin toparse con una avalancha de memes y debates a costa de cualquiera de las tres.

You es un provocador thriller originalmente producido para la cadena Lifetime, que Netflix distribuye fuera de Estados Unidos como parte de su oferta de series propias. Basada en la novela homónima de Caroline Kepnes, You está creada por Sera Gamble y Greg Berlanti, director de Con amor, Simon y responsable de las series de DC y Riverdale entre muchas otras. La historia gira en torno a Joe Goldberg (Penn Badgley, conocido por Gossip Girl), un joven librero de Nueva York que se obsesiona con una chica, Beck (Elizabeth Lail), y empieza a stalkearla hasta que consigue conquistarla, desatando en el proceso su naturaleza desequilibrada y psicópata.

La serie ha levantado una polvareda de críticas que aseguran que romantiza el acoso, pero lo cierto es que sus guiones, por predecibles y clichés que puedan ser, se aseguran de que esto no ocurra, dejando claro en todo momento que, aunque nadie en la serie sea precisamente un ejemplo de rectitud moral, Joe es el villano, el monstruo de la historia. El problema es que, claro, Penn Badgley, y por extensión el protagonista, es muy mono, y a la audiencia le cuesta muy poco colgarse de los psicópatas atractivos en la ficción, una constante en el cine y la televisión desde hace décadas (Christian Bale en American Psycho, Michael C. Hall en Dexter, Darren Criss en American Crime Story…).

Esta idea retorcida de enamorarse del malo de la película, del secuestrador o el asesino, saca a relucir nuestras pulsiones más oscuras. En el caso concreto de You, hace que nos cuestionemos más de una cosa sobre las relaciones, cómo entendemos el romanticismo y nuestros propios deseos, invitándonos también a reflexionar sobre la delgada línea que a veces separa el romance del acoso. En relación a esto, viendo la serie no pude evitar acordarme en más de una ocasión de mi película favorita de la infancia, Dentro del Laberinto, el clásico fantástico de los 80 dirigido por Jim Henson y protagonizado por David Bowie y Jennifer Connelly.

Dentro del Laberinto ha sido analizada en profundidad por su interesante subtexto sobre la maduración y el despertar sexual, pero también ha hecho arquear más de una ceja por la supuesta condición de depredador del Rey de los Goblins, Jareth, el personaje de Bowie, un hombre (goblin) adulto que se obsesiona con una adolescente de 15 años. Y entonces se me encendió la bombilla: salvando la diferencia de edad (y las marionetas, y los asesinatos), You y Dentro del Laberinto cuentan la misma historia.

Veamos, un hombre se enamora perdidamente de una mujer (a la que le encanta leer), desarrolla una obsesión malsana con ella y crea un juego siniestro en el que él parte con la ventaja porque la ha espiado de antemano. Jareth observa a Sarah en su dormitorio a través de una bola de cristal (de ahí saca todas las ideas para ponerle obstáculos y tentaciones en el Laberinto), mientras que Joe espía a Beck a través de las redes sociales, siguiéndola por la calle o mirando directamente por su ventana (hay que ver qué poco protegen los neoyorquinos su intimidad). Lo dos recaban información para usar en su beneficio y conquistar a su objeto de deseo. Y la frustración de ambos va en aumento cuando las circunstancias y las personas alrededor de su enamorada/presa les complican sus planes. Creepy total.

Regresando al tema del atractivo físico, aunque los cánones estéticos y de belleza han cambiado mucho en los últimos 30 años, hay que recordar que David Bowie fue uno de los mayores iconos sexuales para las y los adolescentes de los 70 y 80. El aspecto de Jareth (emblemático paquete incluido), entre una glamurosa estrella del rock y Heathcliff de Cumbres borrascosas, hizo que la audiencia juvenil de la época se pusiera de su parte y desease que Sarah aceptase quedarse con él. “Que me secuestre a mí” era, y es, un comentario frecuente. Y está pasando también con Joe, hasta el punto de que el propio actor ha tenido que aclarar en Twitter que es el malo de la serie, que es un asesino y no debemos soñar con vivir una relación con alguien así.

Por desgracia, ese es uno de los males de nuestra sociedad (al que yo reconozco contribuir): se lo perdonamos todo porque es guapo, porque nos pone. Pero esto no es Cincuenta sombras de Grey, donde sí se glorificaba la figura del hombre dominante y depredador, en You las cosas deberían estar más claras. Sobre todo cuando nos acercamos a la recta final de la primera temporada, en la que Joe muestra su verdadero rostro a Beck (al espectador llevaba mostrándoselo desde el primer capítulo). Es ahí, en el último episodio, donde me encontré con esto:

Es la misma línea de diálogo. Textual. “Todo lo que he hecho, lo he hecho por ti”. Jareth se la dice a Sarah durante el número musical ‘Within You’. Joe a Beck después de encerrarla. Solo es manipulación. La sala de Escher es la cámara de los libros de Joe, donde ambos retienen a la chica. Los dos prometen una vida ideal junto a ellos, cuando en realidad no es sino un cautiverio para ellas. Afortunadamente, en ambos casos, la chica se rebela. Sarah se resiste a caer en las redes de Jareth y su voluntad debilita el poder del Rey de los Goblins. Beck descubre por fin el pastel y, aunque parece tentada por lo que Joe le ofrece, también opone resistencia. Aunque en su caso no acaba tan bien.

Enamorarse del villano de la historia es algo muy frecuente. La inocencia de los 80 y el precioso mensaje de independencia y crecimiento que nos ofrecía Dentro del Laberinto amortiguaba su vertiente más problemática. En el caso de You contamos con más información y experiencia sobre este tema. Deberíamos tenerlo más claro, pero aun así, muchos se dejan embaucar por el acosador, hasta el punto de no verlo como tal cosa (como le ha ocurrido a gente muy joven como Millie Bobby Brown de Stranger Things, que defiende a Joe). Ahí es donde reside el problema, y ahí es donde tenemos que debatir y dialogar para aclarar cualquier confusión que la serie pueda crear. No pasa nada por colarse de malo, siempre y cuando sepamos distinguir la realidad de la ficción.

American Horror Story – Apocalypse: Regreso al futuro

Con ocho temporadas ya en su haber, American Horror Story es una de las mayores instituciones e impulsoras de la nueva antología televisiva. La serie de Ryan Murphy y Brad Falchuk regresa cada otoño puntual a la cita con sus entregados fans, a los que no les importa las veces que la serie los ha decepcionado o se ha desinflado después de un inicio prometedor. Después del declive que empezó a experimentar con Freak Show Hotel y la división que provocaron las diferentes (y en mi opinión infravaloradas) Roanoke Cult, AHS ha vuelto a sus raíces con uno de los mayores eventos televisivos del año, el crossover entre dos de sus temporadas más populares, Murder HouseCovenAHS Apocalypse es la temporada de los fans, la que recompensa su fidelidad incondicional dándole lo que más deseaban.

Con los primeros dos episodios de AHS Apocalypse, Murphy y Falchuk empezaban despistando. La temporada comenzaba con el fin de mundo, literalmente, planteando un futuro postapocalíptico en el que los supervivientes son en su mayoría mujeres y homosexuales (gracias por tanto), y una trama que no era exactamente lo que nos imaginábamos al pensar en ese prometido crossover. Tras esta suerte de prólogo, el tercer capítulo daba un giro para revelarse como lo que era realmente: una secuela directa de Coven, con elementos temáticos y personajes de Murder House entrelazados. Los gays y las mujeres seguían dominando la temporada (como toda la serie), y esta arrancaba de verdad con la fantasmagórica aparición de Cordelia Goode, Myrtle Snow y Madison Montgomery, que orquestaban el retorno de las brujas más queridas del universo AHS. Y con ellas, el humor más autoconsciente, las frases lapidarias y una mitología fantástica y folklórica que desde que fue introducida hace cinco años, necesitaba desarrollarse más a fondo.

Sin embargo, la trama central de Apocalypse no se construye solo alrededor de las brujas, sino principalmente de un personaje de Murder House, Michael Langdon. El niño diabólico que se dedicaba a masacrar niñeras ha crecido para convertirse en el mago más poderoso del mundo (conocido como el Alfa), y ahora amenaza con hacerse con el título de Supreme, nunca antes ostentado por un hombre (no hace falta explicar la metáfora). A lo largo de la temporada y a través de continuos saltos en el tiempo, asistimos al fascinante desarrollo de un ser de profunda oscuridad y ambición que ha enamorado a la audiencia. La irresistible interpretación de Cody Fern, que ya nos había conquistado meses antes con su participación en otra antología de Murphy, The Assassination of Gianni Versace: American Crime Story, convierte a este perturbado personaje en el plato fuerte de Apocalypse. Con permiso de las brujas, tan divinas como cuando las conocimos (o más).

La temporada ha sido concisa, y su brevedad (diez episodios, la mayoría de menos de 40 minutos) ha evitado que se vaya demasiado por las ramas o descarrile de mala manera como le ha pasado muchas veces a la serie en el pasado. Aunque precisamente por eso también da la sensación de que esta vez se han quedado cortos y podían haber hecho más. No habrían venido mal un par de capítulos más para desarrollar más a fondo ese Apocalipsis con todas sus implicaciones y preparar la batalla final épica que parecía prometer al principio; y ya de paso darle más momentos para brillar a las brujas (sobre todo a las jóvenes, que por momentos parecen figurantes).

Eso no quiere decir que la resolución, el enfrentamiento final del aquelarre contra Michael, no haya sido satisfactoria. Al contrario. Este año, Murphy y Falchuk han sabido conducir la historia hacia un único objetivo y cerrarla con eficacia y trascendencia, que ya es más de lo que se puede decir de muchas temporadas. Aunque el episodio estrella haya sido el sexto (“Return to Murder House”), donde asistimos al esperado regreso de Jessica Lange y otros veteranos de la serie, el último capítulo ha sido el broche de oro a una temporada hecha para los seguidores. Murphy ha abrazado por completo la autorreflexividad y el autohomenaje en la entrega menos independiente de la serie, donde los regresos se han sucedido uno detrás de otro para gozo de la audiencia y las diferentes partes de su caótico universo han convergido para dar lugar a una narrativa más ambiciosa e interconectada, a la que había empezado a apuntar hace unos años.

Tan irreverente, excéntrica, descarada y petarda como en sus mejores momentos, pero ahora además con la gran Joan Collins robots satanistas con la forma de Kathy BatesAHS Apocalypse ha sacado provecho de la cualidad icónica que han alcanzado sus personajes (me atrevería a decir que Myrtle Snow es el verdadero corazón de la serie) y la presencia emblema de su camaleónico reparto (Sarah Paulson y Evan Peters siguen compitiendo por ver quién interpreta más personajes diferentes en una sola temporada y una excelente Billie Lourd se postula como una de las nuevas reinas murphyanas). Con todos ellos ha llevado a cabo el mayor alarde de fan service de la serie hasta la fecha, haciendo que presente, pasado y futuro se den la mano en una celebración del poder femenino.

Apocalypse ofrece clausura, y además lo hace con emoción, pero aun así sabe a poco. La serie está renovada para (al menos) dos temporadas más, y solo queda esperar que una de ellas sea una continuación de este Apocalypse. Llegados a este punto, no puede llegar a su fin sin otro gran crossover que termine por unir definitivamente todas sus temporadas.

Las escalofriantes aventuras de Sabrina: Así se hace un reboot

En pleno reinado de la nostalgia, las palabras remake o reboot están a la orden del día, pero esa sobreexposición no hace que sean tomadas a la ligera. Más bien, ese tipo de recreaciones son examinadas con lupa tanto por los adoradores del producto original como por aquellos que critican la falta de ideas originales de las grandes productoras. Tras el considerable éxito entre el público adolescente (y no tan adolescente) de Riverdale, Roberto Aguirre-Sacasa (guionista de los remakes de Carrie y Pánico al anochecer) decide recuperar a uno de los personajes más icónicos y queridos del universo Archie: Sabrina, la bruja adolescente.

Aunque ‘that cute little witch’ lleva dando tumbos desde comienzos de los años sesenta en las páginas de Archie Comics, Sabrina Spellman nació para el gran público con las facciones de Melissa Joan Hart. Después de ayudarnos con ciertos problemillas de la pubertad en Clarissa, Hart tuvo el detalle de acompañarnos por nuestra adolescencia con Sabrina, cosas de brujas. Ella y sus dos alocadas tías, Hilda y Zelda, nos rellenaban los ratos muertos con una acertada y naif mezcla de humor físico y cierta ironía en el lenguaje. Pero si alguien quedará para siempre en nuestra memoria audiovisual, ese será Salem Saberhagen, un gato parlanchín bastante aficionado a Julio Iglesias, que nos enseñó las artes de la ironía y el sarcasmo. Series como esta Sabrina y Salvados por la campana hicieron que nuestras pequeñas mentes se obsesionasen con el sueño de ser adolescentes en Estados Unidos. El problema es que nuestros colegios e institutos no dejaban de ser una versión feísta y acartonada de Yo y el mundo.

Esta afinidad sentimental ante el original televisivo hizo que el anuncio de una nueva versión provocase cierto enarcamiento de ceja. Y la aparición del creador de Riverdale en el proyecto hizo que las alarmas se disparasen, puesto que, además de un protagonista (extremadamente) resultón (físicamente, no actoralmente), su serie se había convertido en todo un sinsentido muy poco disfrutable después de un notable episodio piloto. Los ánimos se templaron al comprobar que Aguirre-Sacasa también era el encargado creativo de Archie Comics y creador de una de las series de cómics más interesantes de la factoría El más allá con Archie y de uno de sus spin-offs, Las escalofriantes aventuras de Sabrina. Esa Sabrina y no la original o la televisiva sería la base para la nueva producción para Netflix. A priori, esta decisión artística ya nos prometía una bruja mucho más oscura y bizarra de lo que estábamos acostumbrados hasta ahora.

El segundo y mayor reto era el nombramiento de la nueva Sabrina. Kiernan Shipka, la mismísima Sally Draper de Mad Men, se llevaba el gato al agua. No literalmente, porque la actriz es alérgica a los felinos. Shipka ha sido considerada como una de las mejores intérpretes infantiles de las últimas décadas gracias a su soberbio trabajo como hija del protagonista de la serie de Matthew Weiner, y la habíamos visto responder bastante bien en situaciones cómicas en sus pequeñas apariciones en series como Apartamento 23 o Unbreakable Kimmy Schmidt. Tampoco se había dejado amedrentar ante una leyenda como Susan Sarandon (Pena de muerte) en Feud: Bette and Joan, e incluso ya nos había mostrado su lado oscuro en La enviada del mal junto a Emma Roberts (American Horror Story). Es en ese reverso tenebroso (pero sin un ápice de maldad, al contrario que en la película), donde Shipka debería canalizar su Sabrina interior e intentar sacar adelante un personaje tan complicado como el de la más joven de los Spellman.

Con Aguirre-Sacasa y Shipka encabezando el proyecto, el miedo a la desacralización de nuestra infancia se convertía rápidamente en hype. Otra de los grandes peligros de nuestros tiempos, la rapidez del cambio en las expectativas. No obstante, Las escalofriantes aventuras de Sabrina se ha publicitado como el producto estrella de Netflix para este Halloween, como en su día fuera Stranger Things. ¿Estaría Shipka a la altura del icono?, ¿será tan soporífera como las desventuras de sus vecinos de Riverdale?, ¿habría química entre las nuevas Hilda y Zelda?, y, lo más importante, ¿Salem seguiría entonando el ‘Soy minero’ desde su sofá?

El primer miedo se disipa desde la primera escena de la serie: Kiernan Shipka es Sabrina Spellman. A medida que va bajando las escaleras del cine con sus Scoobies, Shipka nos muestra su Sabrina. No estamos ante una risueña chica rubia, sino a toda una mujer dando una clase magistral sobre el cine de zombis. ¿Impostado? Por supuesto. Su personaje es una adolescente redicha, la lideresa de su banda… y toda una bruja en potencia, no lo olvidemos. Ella es una freak que vive en una funeraria junto a sus dos tías y su primo. Una outsider como en su día fueran Buffy Summers o Angela Chase y como aquellas dos amazonas, ella tampoco se va a callar ante los peligros que atenacen a ella y a los suyos. El bullying en los centros escolares es uno de los temas vertebrales de la serie, tanto en el anodino instituto como en la academia de brujas. Logrando componer un acertado y realista retrato actual sobre este tipo de situaciones de acoso en los centros educativos, llegando a mostrar ciertas pautas de solución bastante acertadas, aunque no siempre podamos contar con una legión de infantes fallecidos cubriéndonos las espaldas.

Las escalofriantes aventuras de Sabrina nos muestra a una adolescente en pleno conflicto dual entre su naturaleza efímera y su condición sobrenatural. A sus dieciséis años, Spellman debe decir adiós a su condición humana y convertirse en una bruja con todas las de la ley. Su decisión está más o menos clara… hasta que descubre que tal libertad es ilusoria y que todo es una imposición de la Iglesia de la Noche para convertirla en sierva del Señor Oscuro. Esa futura servidumbre, unida a la obligación de no volver a ver a sus amigas y a su pareja, hacen que Sabrina se rebele contra lo establecido y haga temblar los cimientos del Mal en la Tierra. Esta lucha es una metáfora acertada sobre los movimientos feministas actuales en la sociedad occidental, porque realmente el Señor Oscuro no es sino la representación del hombre blanco cisgénero heterosexual intentando imponer su decisión sobre una mujer. La buena noticia es que Sabrina no responde al arquetipo de damisela en apuros y no tiene ningún miedo ante la posible confrontación. Para la posteridad quedará su sentencia en pro de la educación sobre la necesidad de aprender hechizos poderosos para poder así vencer al maligno de una vez por todas para que ninguna otra mujer se tenga que ver en su tesitura.

Junto a Shipka, destacan en su reparto Lucy Davis (The Office, Wonder Woman) y Miranda Otto (Eowyn en la saga El Señor de los Anillos), como Hilda y Zelda Spellman; el otrora chico Disney, Ross Lynch (Teen Beach Movie) como Harvey, el novio de Sabrina; Chance Perdomo como Ambrose Spellman, el primo pansexual de Sabrina (real, no queerbating como hacía el maldito Jeff Davis en Teen Wolf); y, especialmente, una desatada Michelle Gomez (Missy en Doctor Who), como Mary Wardell, la mentora de Sabrina en su instituto humano, cuyo rostro esconde la identidad de una vieja conocida/enemiga de la familia Spellman, la mismísima Madame Satán. Todos ellos conforman un reparto solvente, excepcionalmente consistente, teniendo en cuenta las graves deficiencias interpretativas de su serie hermana.

Aunque no hemos comprobado si el doblaje de Las escalofriantes aventuras de Sabrina sigue haciendo bizarras referencias a Estopa, Enrique Iglesias o el demonio (a.k.a. José María Aznar) como la original, sí podemos afirmar que este no es el Salem Saberhagen que conocíamos. El nuevo gato de Sabrina es un gato negro de verdad, no una marioneta de felpa desquiciada. El “familiar” elegido por la bruja en la nueva serie es un ser inmisericorde. Voraz y atroz cuando abandona su forma gatuna. La única similitud con el Salem de Sabrina, cosas de brujas son sus cuatro patas, el pelaje y una fidelidad absoluta a la hechicera. Esta omisión de un alivio cómico como podía haber sido Salem es una decisión acorde al tono de la propia serie (que ya aparecía en el propio cómic de Aguirre-Sacasa): extremadamente oscura, pero no perniciosa.

Las claves visuales de Las escalofriantes aventuras de Sabrina se asemejan bastante a las de Riverdale, no obstante comparten gran parte del equipo artístico y técnico, pero se alejan lo suficiente de aquella como para no parecer el mismo producto. Allá donde Riverdale opta por una estética más videoclipera y actual, Sabrina se acerca más a una estética más cómic, oscura y, por momentos, añeja. Su imagen bebe directamente de clásicos cinematográficos de terror (algunos de ellos citados directamente, como El carnaval de las almas) y cult movies más actuales como Posesión infernal o La Bruja, homenajeada en una de las escenas más sobrecogedoras de la temporada. Si bien Sabrina no llega a ser tan bizarra como dichas influencias, sino que se acerca más al nivel de oscuridad de las entregas tercera, séptima y octava de la saga Harry Potter. No olvidemos que estamos ante una serie para un público mayoritario dentro de la plataforma de streaming por excelencia.

Las escalofriantes aventuras de Sabrina avanza con paso firme hacia una futura batalla entre el Bien y el Mal, entre la cara amable de la oscuridad y el amo y señor de la noche. Eso es inevitable, tanto como un crossover con Riverdale. Poco a poco el nombre de Greendale, la población donde reside Sabrina, ha ido apareciendo en unas cuantas conversaciones entre los habitantes de Riverdale (alllí es donde fue a parar Geraldine Grundy, la profesora de música y pareja/abusadora de Archie)… y los extraños descubrimientos del final del primer episodio de la tercera temporada de Riverdale (Labor Day) puede que hagan que Sabrina cruce el Sweetwater antes de lo previsto.

Las escalofriantes aventuras de Sabrina ya están aquí.

El hype es real.

Viva el Mal, que no el capital.

All I want for Halloween is you, Sabrina Spellman.

David Lastra

Maniac: ¿Y qué es normal?

Con True DetectiveCary Joji Fukunaga se alzó como uno de los talentos más prometedores de Hollywood gracias a su particular estilo y forma de narrar, a caballo entre lo misterioso, lo onírico y lo lisérgico. La misma semana que se anunciaba su fichaje como director de la película número 25 de James Bond, se estrenaba su nuevo trabajo, Maniac, en Netflix, plataforma a la que regresa después de dirigir en 2015 su primera película original, Beast of No Nation.

Creada por Patrick Somerville a partir de una ficción noruega del mismo nombre y producida y dirigida íntegramente por Fukunaga, Maniac es una miniserie compuesta de diez episodios de duración variable (entre 25 y 50 minutos aproximadamente) a la que favorece ser experimentada en una o dos sentadas. Al contrario que las series de Marvel, por ejemplo, Maniac se presta mucho mejor al binge-watching gracias a su duración, estilo narrativo y naturaleza cerrada (no habrá segunda temporada).

La historia transcurre en un futuro alternativo muy cercano a nuestros días y sigue a Annie Landsberg (Emma Stone) y Owen Milgrim (Jonah Hill), dos desconocidos que participan en un misterioso ensayo farmacéutico con la esperanza de curar sus trastornos psicológicos. Annie vive sin rumbo desde que perdió a su madre y su hermana, mientras que Owen, el quinto hijo de una difícil familia adinerada, padece esquizofrenia. Los dos se someten al tratamiento del doctor James K. Mantleray (Justin Theroux), consistente en una secuencia de píldoras que, en teoría, pueden reparar la mente a través de una serie de pruebas y simulaciones. El experimento no sale como su creador esperaba, y Annie y Owen no dejarán de encontrarse en las fantasías inducidas por el medicamento.

Maniac no es True Detective, pero tiene algo en común con ella: su aire extraño y lunático. Cuando uno se adentra en la serie de Netflix, no sabe muy bien qué esperar, y esa es la mejor manera de afrontar un relato de sus características. Impredecible, surrealista y excéntricaManiac se compone de varias historias dentro de una historia que, saltando entre géneros, nos plantean uno de los dilemas más recurrentes de la ciencia ficción: ¿Qué es real y qué es fantasía? (como Legion, pero con más mesura). Fukunaga explora esta idea y la psique de sus personajes sobre todo desde el humor, componiendo una comedia absurda, extravagante y en el fondo muy humanista, reminiscente del trabajo de Michel Gondry (¡Olvídate de mí!) y Spike Jonze (Cómo ser John Malkovich), y siempre en deuda con el Quijote de Cervantes y su eterna disyuntiva entre lo real y lo imaginario.

Uno de los puntos fuertes de Maniac es su fantástico reparto. Stone está en su mejor momento tras ganar el Oscar por La La Land, y aquí aprovecha ese impulso para componer una interpretación divertida, polifacética, profunda y en última instancia conmovedora (la preciosa relación con su hermana, encarnada por Julia Garner, es de lo mejor de la serie). Hill es el eslabón débil. No está a la altura de su compañera de reparto y falla cuando su personaje pone a prueba su versatilidad interpretativa y le exige ser gracioso (el actor, que saltó a la fama, precisamente junto a Stone, con la comedia Supersalidos parece haber perdido el sentido del humor). En el apartado secundario hay que elogiar a unos deliciosamente estrambóticos Justin Theroux y Sally Field, a los que (si hay justicia) veremos nominados al Emmy el próximo año, sin olvidar la presencia constante de Sonoya Mizuno y el siempre divertido Billy Magnussen, que interpreta a otro capullo arrogante, su especialidad.

Maniac es una marcianada absoluta, pero logra no perderse en sí misma con una historia que desafía la mente, pero se entiende, que ofrece respuestas, pero no sobreexplica, y sobre todo, que está constantemente salpicada de humor y emoción. La atmósfera, el diseño de producción retrofuturista, la banda sonora, todo está muy cuidado, pero afortunadamente lo de Fukunaga no se queda en el capricho o el mero ejercicio de estilo, sino que nos quiere contar algo. Maniac nos habla de muchas cosas: la conexión humana, la familia, el dolor de la pérdida, las enfermedades mentales, la delgada línea entre la cordura y la locura, y por encima de todo, el poder de las historias para entendernos, incluso curarnos. Y esa es una píldora que hay que tragarse sin pensarlo.

La importancia de Kate Messner y por qué nunca es tarde para descubrir ‘Todo es una mierda’

A principios de 2018, Netflix empezó a promocionar muy tímidamente su nueva serie original ambientada en los 90, Todo es una mierda (Everything Sucks!). Esta llegaba a rebufo del fenómeno Stranger Thingsy lo que muchos pensamos inmediatamente fue “Netflix ya tiene su serie de los 80, ahora quiere hacer lo mismo con los 90”. Pero Todo es una mierda no llegó ni a rozar el nivel de repercusión de Stranger Things. De hecho, Todo es una mierda fue cancelada tras una sola temporada.

Esta comedia generacional creada por Ben York Jones y Michael Mohan también juega la carta de la nostalgia. Utiliza muchos referentes pop de la época, hace avanzar su trama en lugares tan 90s como un concierto de Tori Amos o un videoclub Blockbuster, y las cintas VHS forman una parte importante de la historia. Pero estos elementos son algo más que un gancho. Jones y Mohan los diluyen astutamente en la experiencia más intrínsecamente nostálgica, y a menudo traumática, para todos: la adolescencia. Todo es una mierda transcurre en un instituto de la localidad de Boring, Oregon (que, aunque parezca mentira, es un lugar real) en 1996 (como My Mad Fat Diary) y narra la rivalidad entre los miembros del club de audiovisuales y los del club de teatro. Los primeros, por supuesto son los geeks, mientras que los segundos serían los freaks y, sorprendentemente, también los matones del instituto.

El primer capítulo de Todo es una mierda no es la mejor muestra de lo que más tarde va a ser la serie, a la que parece costarle un poco decidirse por qué tipo de historia quiere contar. Interpretada por actores desconocidos y filmada con estilo naturalista, casi amateur, que contrasta con el uso de numerosos clichés del género y personajes caricaturescos, la serie nos introduce en el universo de los novatos Luke (Jahi Di’Allo Winston), McQuaid (Rio Mangini) y Tyler (Quinn Liebling), tres parias sociales que se sobreviven al instituto en el club de audiovisuales, donde el primero se enamora de la hija del director, Kate, personaje que pronto se convertirá en el punto de vista principal de la serie.

Cuando los geeks destruyen por accidente los decorados de la obra del instituto causando su cancelación, el acoso por parte del club de teatro se vuelve insostenible, hasta que Luke propone una solución: unir los talentos de ambos grupos para realizar una película de ciencia ficción juntos. Esta colaboración desata nuevas tensiones, pero también sirve para que ambos grupos se conozcan mejor y desarrollen lo más parecido posible a una amistad, y también para que todos ellos se replanteen sus identidades y exploren quiénes quieren ser en realidad, en la más pura tradición de El club de los cinco.

Pero Todo es una mierda no es solo la crónica del choque de dos clases sociales durante la difícil etapa de la secundaria, sino también, y sobre todo, la historia de una adolescente descubriéndose a sí misma y su sexualidad en una década en la que Internet aun no estaba consolidado como fuente principal de información y comunicación. A lo largo de sus 10 episodios, la serie nos muestra cómo Kate (Peyton Kennedy evocando a una joven Jodie Foster y a su protegida Kristen Stewart) empieza a cuestionarse su identidad sexual, mientras desarrolla un cuelgue por la reina del drama club y su bully, Emaline (Sydney Sweeney), y a la vez empieza a salir con Mike para cubrir su secreto. Y esto es justamente lo que la distancia de la mayoría de historias de instituto a pesar de adherirse tanto a sus tópicos.

Incluso ahora, que tenemos personajes LGBTQ en casi todas las series teen y que acabamos de asistir a al hito cinematográfico de Con amor, Simon, la primera película adolescente mainstream con protagonista gay, es raro encontrarse una historia coming-of-age coming-out que se centre en una chica lesbiana. Por eso Todo es una mierda y la representación que ofrece era, y es, tan necesaria, porque aunque tengamos motivos para celebrar los pequeños (grandes) avances que estamos dando en este ámbito, las historias que gozan de más repercusión casi siempre están protagonizadas por varones gays.

La importancia de un personaje como Kate Messner no se puede pasar por alto, a pesar de que no se haya terminado de contar su historia. Si Todo es una mierda hubiera tenido mayor calado y hubiera durado lo suficiente como para ver a la protagonista compartir su verdad con el mundo, ahora mismo estaríamos hablando de todas las chicas jóvenes que han aceptado su sexualidad gracias a ella, de la misma manera que Simon Spier ha inspirado a muchos jóvenes a salir del armario. Por eso es especialmente doloroso que Netflix cancelara la serie, porque privó a todas esas chicas de ver evolucionar a Kate y, con su crecimiento, del imprescindible mensaje de aceptación que seguramente nos tenía preparado.

Eso sí, dejando a un lado lo que pudo haber sido y centrándonos en lo que ha podido ser, Todo es una mierda forma un relato lo suficientemente íntegro y cerrado como para que merezca la pena adentrarse en él, aunque sepamos que va a durar poco. Solo un par de cliffhangers rompen la ilusión de haber asistido a una historia completa. Por lo demás, su primera y única temporada se sostiene bien por sí sola y acaba siendo preciosa, sumándose a las grandes series teen de una sola temporada Freaks and Geeks (de la que es heredera directa) y My So-Called Life, tan efímeras e inolvidables como la propia adolescencia.

Pese a no tener el arranque más alentador, Todo es una mierda no tarda en dar razones para cogerle cariño. Es una serie profundamente entrañable, tierna y divertida, con personajes memorables, buenas interpretaciones (en especial las de Kennedy y Winston, ambos excelentes) y un punto melancólico muy acertado a la hora de retratar la adolescencia. Habla con tacto de la amistad, la familia y el aprendizaje, con todo el dolor, la decepción, los pequeños actos de rebeldía y también la ilusión que conlleva el proceso. Por eso recomiendo darle una oportunidad a pesar de la cancelación, en especial a aquellos (y sobre todo aquellas) que vivieron su adolescencia y, por tanto su despertar sexual, en los 90, ya que se sentirán especialmente identificados con ella. Quizá así, con el tiempo acabe ocupando el lugar que merece en el panteón de las series de culto.

9-1-1: ¿Policía? Soy adicto a la nueva serie de Ryan Murphy

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Ryan Murphy acaba de firmar un contrato multimillonario con Netflix para desarrollar contenidos originales para la plataforma. El productor deja detrás una fructífera etapa en Fox, que lo ha encumbrado como uno de los creadores televisivos más reconocibles, exitosos y solicitados del panorama catódico estadounidense. Pero antes de mudarse al gigante de la televisión por Internet (junto a otra todopoderosa productora, Shonda Rhimes), Murphy aun tiene un par de ases bajo la manga para Fox.

A las nuevas temporadas de American Horror StoryAmerican Crime StoryFeud se suma Pose, la esperada serie para FX sobre la cultura “ball” de Nueva York a finales de los 80, y también la reciente 9-1-1, drama policial sobre un grupo de rescate de Los Ángeles cuya primera temporada ya se ha emitido en Fox, y que tras sus excelentes índices de audiencia, volverá con una segunda temporada el año que viene. Mientras esperamos Pose ansiosos, zambullámonos en la adictiva locura que es 9-1-1.

9-1-1 está creada por Murphy y su leal coproductor Brad Falchuk, con el que ha desarrollado casi todas sus series (el segundo de abordo siempre en la sombra, que también se merece su reconocimiento). Se trata de una ficción policíaca que se puede adscribir a la tradición procedimental (episodios autoconclusivos, caso por semana, repetición de una fórmula narrativa), hasta que la dinamita presentando sus propias reglas. En un episodio de 9-1-1 suele haber varios casos, algunos están concebidos casi como gags y otros se desarrollan más ampliamente, pero el énfasis siempre recae en las vidas y los tumultos sentimentales de los protagonistas.

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La serie se divide en tres frentes. Por un lado la centralita de llamadas de la policía, donde conocemos a Abby (Connie Britton), una entrañable teleoperadora del 9-1-1 que vive con su madre enferma de Alzheimer. Por otro está la estación de bomberos, en la que trabaja un diverso grupo de profesionales de los primeros auxilios que incluye a Bobby (Peter Krause), Buck (Oliver Stark), Chim (Kenneth Choi) y Han (Aisha Hinds). Y por último tenemos a la sargento de la policía Athena Grant (Angela Bassett). Estas personas de caracteres atormentados, inseguros y problemáticos, pero osados y profesionales, se cruzarán a lo largo de los capítulos desarrollando amistades y relaciones mientras atienden a las emergencias más disparatadas.

9-1-1 recoge ese componente irresistible de la época temprana de Anatomía de Grey, que semana a semana sorprendía con los casos médicos más rocambolescos y enganchaba con las aventuras sentimentales de sus protagonistas, y le suma el factor demencial y provocador de American Horror Story, con emergencias y tramas pasadísimas de rosca e imágenes explícitas que harán las delicias de los fans del estilo over the top de Murphy y Falchuk. Porque aunque a primera vista pueda parecer una serie más “normal”, más de network, en el fondo tiene el mismo espíritu absurdo y exagerado de todos los trabajos de sus creadores. Eso hace que no sea una serie para todo el mundo. Quien busque un Mentes criminales o un Chicago Fire, que se vaya a otro sitio. Por ejemplo al spin-off de Anatomía de GreyStation 19, que maneja un concepto similar con menos riesgo y mucha menos gracia.

Uno de los mayores puntos fuertes de 9-1-1, además de su cuidado y creativo apartado visual, su sentido del humor y los retorcidos casos que nos plantea en cada capítulo (el piloto empieza con un bebé atrapado en una tubería, y a partir de ahí no deja de elevar el listón de excentricidad), es su excelente reparto. En especial Britton, que nos enamora con su personaje, su manera de responder a las llamadas de emergencia y su relación con el rompebragas, mucho más joven que ella, Buck; Krause, que ha encontrado al personaje más atormentado de su carrera después de Nate Fisher; y la fiera Bassett en la que es una de sus interpretaciones más desmesuradas y apasionadas de su carrera. Su mera presencia ya es un gran aliciente para ver la serie, pero cada personaje tiene algo interesante que ofrecer.

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Debo reiterar que 9-1-1 no es una serie policial al uso. Hay un episodio dedicado a la luna llena, que provoca los comportamientos más extraños y violentos en la población de LA (además de un parto múltiple de lo más divertido), un especial de San Valentín que bien podría ser un capítulo de AHS, e insisto, casos imposibles que harán que se nos salgan los ojos de las órbitas, y que, aunque no lo creáis, están basados en llamadas reales a la policía. Es decir, 9-1-1 es un viaje salvaje con giros inesperados y emociones a flor de piel, una serie que, si no nos la tomamos demasiado en serio, se puede convertir en nuestra nueva droga televisiva favorita.

En España, 9-1-1 se emite en Fox Life. La primera temporada completa está disponible en Movistar+.

American Gods – Primera Temporada [Reseña y sorteo]

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Cuando Starz, la cadena de OutlanderAsh vs. Evil Dead entre otras, anunció que estaba preparando una adaptación del best-seller internacional American Gods con Bryan Fuller (Hannibal) al frente del proyecto, el júbilo se apoderó de los fans de Neil Gaiman y los aficionados al género fantástico en general, que está atravesando un momento muy fértil. La idea de una serie basada en una de las novelas más celebradas del popular autor británico, producida por uno de los productores televisivos más creativos y visualmente estimulantes del momento, era demasiado atractiva como para no dejarse invadir por el entusiasmo.

El pasado mes de abril, Starz estrenó American Gods (en España la ofrece en exclusiva Amazon Prime Video), rodeada de una gran expectación y precedida de varias promos que vaticinaban una de las series más sorprendentes e impactantes de los últimos años. Y lo cierto es que, a pesar de un comienzo algo confuso y titubeante (lógico por otra parte teniendo en cuenta el material en el que se basa y el estilo de su autor), no decepcionó, confirmándose a lo largo de 8 episodios como una ficción osada y completamente diferente a cualquier otra cosa que hay ahora mismo en televisión.

American Gods relata la lucha encarnizada entre los dioses antiguos y los nuevos, una contienda que tiene lugar en varios frentes y viene a reflejar la dualidad de la sociedad norteamericana, así como la dicotomía entre tradición y tecnología, la realidad física y la virtual, en un mundo en el que las fronteras entre el bien y el mal están más difusas que nunca.

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La historia sigue los pasos de Shadow Moon (Ricky Whittle), quien tras cumplir tres años de condena por robar un casino, es puesto en libertad el día que recibe la noticia de que su esposa, Laura (Emily Browning), ha muerto en un accidente de coche en pleno acto sexual con otro hombre. De camino al funeral, Shadow se encuentra con el misterioso Mr. Wednesday (Ian McShane), un peculiar y enigmático individuo que lo sabe todo sobre su vida. Shadow acepta el puesto de “guardaespaldas” de Mr. Wednesday, embarcándose así con él en un impredecible viaje a través de Norteamérica en el que descubrirá un mundo oculto donde la magia es real, una realidad adyacente a la de los mortales donde se está fraguando un conflicto fatal entre dioses, en el que Shadow tendrá un papel más importante del que cree.

Bryan Fuller es uno de los productores más personales e imaginativos que hay actualmente en televisión. Su ojo prodigioso para la estética, su preciosismo macabro y el respeto que siente por el género fantástico lo convertían en el candidato idóneo para acometer este loco proyecto. Claro que, por otro lado, Fuller se suele mover peligrosamente en la línea que separa lo sublime de lo pretencioso, cayendo a veces en el error del estilo sobre la sustancia. Afortunadamente, en American Gods esto no pasa, a pesar de que en ocasiones lo parezca. Lo mejor de la serie es que, además de sacar los ojos de las órbitas con sus imágenes, de una plasticidad y una belleza inigualables, cuenta una historia fascinante con unos personajes que enamoran.

De todos ellos es precisamente el protagonista, Shadow, el menos interesante, quizá porque la interpretación de Whittle carece de los matices y el carisma que requiere el personaje (aunque tiempo al tiempo, que el viaje personal de Shadow acaba de empezar y él sigue tan confundido como nosotros). Le hacen sombra (pun intended) Ian McShane, que brilla con una interpretación deliciosamente excéntrica, y la infravalorada Emily Browning, cuyo personaje conocemos en profundidad en el que es el mejor episodio de la temporada, “Git Gone”, un standalone hermoso y melancólico que compone una de las horas más redondas que se han visto en televisión este año.

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Y por supuesto, mención aparte merecen los demás dioses y criaturas fantásticas, en especial un desatado Pablo Schreiber como el divertido leprechaun Mad Sweeney, la siempre genial Kristin Chenoweth como la diosa de la Pascua y por encima de todos, ahí arriba, en lo más alto del Olimpo de American Gods, Gillian Anderson como Media, la diosa de la comunicación, un personaje que permite a la venerada actriz de Expediente X demostrar su versatilidad al convertirse en diferentes iconos de la cultura popular, como David Bowie, Marilyn Monroe o Lucille Ball, y que se revela como un golpe maestro de casting (una diosa real de la cultura pop encarnando a la diosa de los mass media en la ficción, más perfecto imposible). Solo por sus breves pero cegadoras apariciones, la serie merece la pena.

American Gods es una serie insólita, asombrosa, extraña, y sobre todo muy atrevida. Que forme parte de Starz, la única cadena que hace sombra de verdad a HBO en cuanto a violencia gráfica y contenido sexual, permite a Fuller dar rienda suelta a sus pulsiones más oscuras y sensuales, con escenas que se quedan para siempre en la retina, como la presentación de Bilquis (Yetide Badaki), que se traga al hombre con la vagina después del coito, o el encuentro sexual entre Salim (Omid Abtahi) y el Genio (Mousa Kraish), una secuencia de sexo gay de lo más explícito que se ha visto jamás en televisión.

Con su brutal apartado visual, sus seductores personajes y su compromiso con el delirio, American Gods es todo un regalo para los sentidos, una serie apasionante que no ha hecho más que empezar. No me quiero ni imaginar cuando llegue la verdadera guerra entre dioses.

american-gods-blu-rayLa primera temporada de American Gods ya está a la venta en España de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. La serie se ha puesto a la venta en Blu-ray y DVD.

Ambas ediciones cuentan con contenidos adicionales perfectos para hacer más llevadera la espera de la segunda temporada:

• Entrevistas del reparto con Ian McShane, Ricky Whittle, Emily Browning y Bruce Langley

• Corto: “Antiguos dioses, Dioses modernos, Libro vd Show, Qué es American Gods”

• El origen de American Gods con Neil Gaiman

• Entrevistas en la Comic-Con de San Diego

¡CONCURSO! Si queréis ganar una copia en Blu-ray de la primera temporada de American Gods cortesía de Sony Pictures Home Entertainment, solo tenéis que dejar un comentario en esta entrada. Entre todos los que escribáis sortearemos el pack al azar, y el ganador o ganadora la recibirá en su casa gratis. Concurso solo válido para España. Finaliza el miércoles 6 de diciembre de 2017 a las 23:59h. ¡Suerte! [Este sorteo ha finalizado. Estad atentos a la página de Facebook de FNVLT para más concursos]

Spider-Man Homecoming: El “chico” araña vuelve a casa

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Spider-Man: Homecoming es el regreso a casa del Trepamuros en muchos sentidos: vuelve a Marvel, vuelve a la adolescencia y ahora vuelve también a los hogares con el lanzamiento de la película en España en DVD, Blu-ray y 4K Ultra HD y con múltiples ediciones.

Que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad” es algo que Marvel Studios tiene muy claro. Sobre todo desde que llegó a su acuerdo con Sony Pictures para compartir a uno de los superhéroes más populares de todos los tiempos, Spider-Man. Con Capitán América: Civil War, el Trepamuros hizo su esperado debut en el Universo Cinemático de Marvel, después de dos franquicias y dos iteraciones diferentes (y muy recientes) bajo el techo de Sony. El gran crossover dirigido por los hermanos Russo llegaba abarrotado de superhéroes, pero el nuevo Hombre Araña se las arregló para destacar entre todos ellos. La introducción de Tom Holland en el UCM se saldó con una reacción muy positiva por parte del público, y la consiguiente expectación por ver cómo se desenvolvía en su primera aventura en solitario dentro de este universo en expansión.

Pues bien, continuando la racha imparable de Marvel Studios, Spider-Man: Homecoming aprueba con nota su primer curso. Dirigido por Jon Watts, este nuevo reboot nos lleva de vuelta a las aulas para presentarnos a un Peter Parker adolescente y descubrirnos cómo es su vida después de pelear por primera vez junto a Los Vengadores. Con Tony Stark (Robert Downey Jr.) y Happy (Jon Favreau) como mentores y supervisores, Peter regresa a la normalidad en su barrio de Queens, donde espera a que lo llamen para embarcarse en su próxima misión con los Héroes Más Poderosos de la Tierra. Pero esa llamada tan deseada nunca llega, por lo que el muchacho tendrá que explorar sus poderes y su nueva responsabilidad como justiciero enmascarado por su cuenta. Así, Peter deberá compaginar su vida como estudiante con su labor como superhéroe y hallar su propia identidad antes de poder unirse oficialmente a Los Vengadores. Por supuesto, sus problemas cotidianos y la irrupción en su vida de un villano, El Buitre (Michael Keaton), le dificultarán considerablemente la tarea.

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Tal y como Kevin Feige, el mandamás de Marvel Studios, adelantó en su día, Spider-Man: Homecoming es la primera entrega en una saga que toma prestada la idea de una película por curso de Harry Potter. Por tanto, estamos ante el primer año de Spider-Man, el curso en el que todavía no tenemos muy claro quiénes somos, o cómo llegar a ser quienes queremos ser. Sin embargo, Homecoming no es exactamente una origin story, más que nada porque la película evita contarnos de nuevo el origen del Hombre Araña. En su lugar, la picadura de araña o la muerte del tío Ben se mencionan de soslayo, sin apenas darle peso en el relato, en lugar hacer que el espectador tenga que verlo por tercera vez en tan poco tiempo (tampoco esperéis oír el famoso lema con el que empieza esta crítica). El origen de Spider-Man es conocido por todos, así que Marvel se ha permitido obviarlo para centrarse en las novedades del personaje y su afiliación a Los Vengadores.

Y las novedades que plantea Homecoming son numerosas y sirven para reinventar el personaje y su historia a base de licencias creativas que, aunque la distancian de la versión más clásica, no traicionan su esencia. Para empezar, el nuevo traje de Spider-Man es un híbrido del uniforme clásico y la armadura de Iron Man que sugiere una variación más tecnológica del héroe arácnido (con IA incluido, Karen, voz de Jennifer Connelly). Los personajes a su alrededor también han cambiado con respecto a sus versiones más icónicas. La tía May (Marisa Tomei) ya no es la anciana de siempre, sino una AILF en toda regla, el bully Flash Thompson ahora tiene el aspecto de Tony Revolori (totalmente opuesto a su imagen tradicional), y no hay rastro de Mary Jane (¿o sí?), J.J. Jameson o el archienemigo más emblemático de Spider-Man, El Duende Verde. Todo esto responde a esa necesidad de hacer de esta aventura el Año Uno del que hablaba, un Primer Curso de la Escuela de Superhéroes de Queens, para esquivar así el hastío de la repetición antes de introducir todos los elementos más reconocibles del personaje, cuando este esté asentado en su nueva piel.

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El rejuvenecimiento de Spider-Man aporta frescura y energía al Universo Marvel, con un planteamiento menos grandilocuente, rebajando la escala del peligro para no empezar la casa por el tejado y dejar espacio para tirarla por la ventana en el futuro de la franquicia. Por encima de todo, Spider-Man: Homecoming es una película de instituto, es decir, algo relativamente distinto a lo que hemos visto hasta ahora en el UCM. Y como tal, Watts y el equipo de Marvel han visto oportuno realizar con ella un homenaje al cine de John Hughes, el padre del cine teen moderno (El club de los cincoTodo en un día, La mujer explosiva). Homecoming es lo que sería una cinta de superhéroes si estuviera dirigida por Hughes. Estratificación social entre taquillas, dolores de crecimiento, geeks que se enamoran de la chica más guapa del instituto y se convierten en los héroes de la historia, alianzas amistosas ante la adversidad, escapadas a media noche por la ventana del dormitorio, el siempre trascendental baile anual… todo magnificado por las preocupaciones propias de la edad y el peligro de los villanos de cómic, y actualizado para adaptar los estereotipos del género a nuestros tiempos con un reparto más diverso (cabe destacar a Zendaya, que interpreta a la feminista Michelle, un homenaje directo al personaje de Ally Sheedy en El club de los cinco).

De hecho, más que el trepidante despliegue de acción, son las escenas del día a día en el instituto, la entrañable amistad entre Peter y Ned (Jacob Batalon), las clases, la imprescindible sala de detención, o las conversaciones con May (Tomei está espléndida y muy juguetona), lo que hace que Homecoming sobresalga (quien esto escribe echó de menos más escenas de este tipo). Si acaso, el único pero a este respecto (y no es pequeño) es el hecho de que los personajes femeninos tienen poco peso en la historia, siendo relegadas en todo momento a un segundo plano, algo que esperamos que se corrija en siguientes capítulos.

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Volviendo a nuestro protagonista, en Homecoming Tom Holland confirma lo que ya sospechamos viéndolo verlo en Civil War: Es un Peter Parker perfecto. Puede que incluso el Peter Parker definitivo. Natural, ingenioso, hiperactivo, y muy divertido. A pesar de la participación de Tony Stark como reclamo o cebo para la audiencia (ojo, tampoco sale tanto y su presencia está bien justificada), es Holland quien lleva las riendas de la historia en todo momento, brillando tanto en las escenas cómicas como en las dramáticas (su mejor momento es el más vulnerable, solo, desesperado, intentando salir de debajo de los escombros, como en una de las viñetas más memorables del cómic). Pero como no hay héroe sin villano, hay que destacar también a Michael Keaton como Adrian Toomes, un malo de Marvel en condiciones, para variar. Rizando el rizo de lo meta al volver a hacer de hombre pájaro después de ser Batman e interpretar a un actor a la sombra del superhéroe que le dio la fama en Birdman, Keaton da vida a un villano más real, un enemigo con presencia, entidad y motivación, alejado del tópico del megalómano con sed de poder. Su enfrentamiento con Peter nos conduce a un clímax de gran tensión que, afortunadamente, no recurre a la destrucción de una ciudad o el enésimo fin del mundo, sino que transcurre a un nivel mucho más personal y dramático.

Eso sí, el factor espectacular está ahí, con ambiciosas e imaginativas escenas de acción que sirven como esqueleto narrativo y van aumentando progresivamente en asombro e intensidad. Los set pieces de Homecoming son sencillamente soberbios, especialmente el que tiene lugar en el obelisco de Washington, y también el que transcurre durante un accidente de ferry (Spider-Man en estado puro). Pero lo que hace que la película se desmarque de otras entregas superheroicas es, más que sus stunts, su espíritu jovial y su humanidad. Peter Parker no ha hecho más que empezar, está aprendiendo, y por tanto, tropezará con muchas piedras antes de poder equipararse a sus mayores. Aunque Homecoming satisface como película individual, se deja muchas cosas en el tintero -personajes por explorar (solo hemos rozado la superficie de Flash, May o Michelle), poderes a desarrollar (el sentido arácnido no aparece), la relación de Spidey con Los Vengadores-, dando una buena muestra de su potencial que no gasta todos sus cartuchos y deja con ganas de más.

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Spider-Man: Homecoming es el mejor baile de bienvenida que Marvel podía organizarle al Trepamuros. Una película en la tradición marveliana, donde no falta la inalterable fusión de humor, acción y emoción que ha llevado al estudio a lo más alto, los abundantes guiños (tanto a los cómics como al futuro del Universo Marvel), y sus ceremoniosas escenas post-créditos (la segunda es una de las mejores del UCM, si no la mejor). Todo con un aire más desenfadado y ligero, lo que supone un respiro de la vertiente más épica del género. Poco se le puede reprochar a Spider-Man: Homecoming (si acaso su larga duración, de más de dos horas, aunque lo cierto es que tampoco le sobra nada, o el mencionado problema de la representación femenina); no es perfecta o grandiosa (porque no aspira a serlo), pero sí intachable en lo que se propone. Estamos ante una película de superhéroes ágil, luminosa y colorista, como manda el manual de Marvel, con buenas interpretaciones, diálogos ocurrentes, situaciones divertidas, muchos detalles escondidos que la hacen muy apta para el revisionado (de hecho mejora con las repeticiones, comprobado), y en la que se puede respirar el amor por los cómics en los que se basa (a pesar de los arriesgados cambios).

Nuestro amigo y vecino Spider-Man ha vuelto a la forma, con más entusiasmo e ilusión que nunca, logrando lo imposible: renovar el interés del público por un personaje que empezaba a ser sinónimo de agotamiento. Yo ya estoy contando los días para la próxima vuelta al cole de Peter Parker y todo lo que nos tenga reservado su segundo curso escolar.

Nota: ★★★★

EDICIONES Y CONTENIDOS ADICIONALES

Y esos revisionados de los que hablaba ya son posibles gracias a Sony Pictures Home Entertainment, que ya ha puesto a la venta en España Spider-Man: Homecoming en multitud de formatos y ediciones para toda clase de públicos.

Desde el pasado 22 de noviembre, la película está a la venta en DVD, Blu-ray, 3D y 4K UHD con, atención, siete ediciones diferentes cargadas de contenidos adicionales, además de estar disponible en alquiler y venta digital. Sony ha preparado un cuidadísimo y exhaustivo lanzamiento doméstico a la altura del éxito de la película en cines (recaudó 880 millones de dólares en todo el mundo, convirtiéndose en la quinta película más taquillera del año y la sexta en el ranking de Marvel), con diferentes ediciones para que el espectador tenga donde elegir, incluida una espectacular edición coleccionista con una estatua de resina de nuestro héroe arácnido enfrentándose al Buitre. La que yo he escogido es la preciosa edición limitada en Blu-ray caja metálica con el nuevo logo/drone del traje de Spider-Man a modo de imán que se adhiere en relieve sobre el estuche, y que sumo a mi colección de Marvel en steelbook.

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A continuación detallamos las características y contenidos de las siete ediciones de Spider-Man: Homecoming, que vienen con una simpática presentación de Tom Holland previa al menú.

bluray– La edición sencilla en DVD incluye la película en definición estándar y los siguientes extras:

• Featurette “Buscando a Spider-Man”: ¿cómo fue el casting para encontrar al perfecto Spider-Man? Con la prueba de Tom Holland para conseguir el papel.
• Featurette “Jon Watts: primero de la clase”: una visita al set con el director Jon Watts, para descubrir cómo se desenvuelve en una superproducción de este tamaño.
• Dos piezas sobre la experiencia de Realidad Virtual de Homecoming en PS4.

– La edición sencilla en Blu-ray contiene todos los extras del DVD y los siguientes contenidos adicionales:

• Diez escenas eliminadas y extendidas.
• Tomas falsas de los actores.
• La “Guía de estudio de Spidey”: una pista pop-up en la película que incluye datos, curiosidades y anécdotas del rodaje, los cómics y el universo Marvel.
• Anuncios alternativos e inéditos del Capitán América.
iman• Featurette “Tras la batalla”: Kevin Feige y el resto de productores despejan incógnitas sobre lo ocurrido entre la “Batalla de Nueva York” y el arranque de Homecoming.
• Featurette “La telaraña enredada”, que nos sumerge en la integración de Spider-Man en el Universo Cinematográfico Marvel.
• Y mucho más

– La edición en 3D consiste en un combo con la película en disco Blu-ray 3D, el Blu-ray con todos sus extras, así como un bonus disc, también Blu-ray, que incluye el mini-documental “Galería de villanos”, un repaso a los adversarios del héroe, incluido “El Buitre”, a cargo de los responsables de la película y personalidades del mundo del cine y el cómic que se declaran fans del “trepamuros”.

– La edición 4K UHD cuenta con un disco 4K UHD con las tecnologías Dolby Vision y Dolby Atmos. Además de la película en ultra alta definición, el disco 4K incluye la pista pop-up “Guía de estudio de Spidey” y una galería de fotos. Esta edición también trae el Blu-ray estándar con todos sus extras y el bonus disc con la “Galería de villanos”.

steelbook_G2_Blue_ray_cover– La edición coleccionista incluye una espectacular escultura de resina, limitada y numerada, esculpida por Paul Harding, uno de los artistas más reconocidos en la industria del cómic. En una caja de diseño personalizado encontraremos esta estatua junto a un cómic de Spider-Man inédito y la película en todos los formatos posibles: DVD, Blu-ray, 3D y 4K UHD, así como el Blu-ray de extras con la “Galería de villanos”.

– La edición limitada en caja metálica (Blu-ray) viene en un precioso diseño steelbook que encantará a los amantes de Spider-Man, y que incluye un imán exclusivo con la forma de la icónica araña del traje del trepamuros, así como un cómic inédito. Esta edición incluye la película en Blu-ray y el bonus disc.

– La edición limitada en caja metálica (4K UHD) viene con un diseño alternativo y es exclusiva de Amazon. Incluye la película en 4K UHD, el cómic inédito y un segundo disco con la película y todos sus extras en Blu-ray.

‘Stranger Things 2’ es una obra de arte pop

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[Esta entrada NO contiene spoilers]

No fuimos conscientes de hasta qué punto es verdad aquello de que Netflix está cambiando la manera de hacer y consumir cine y televisión hasta el verano de 2016. Fue entonces cuando se estrenó en la plataforma la primera temporada de Stranger Things, precedida de una campaña de marketing más bien discreta que no hacía prever ni remotamente lo que acabaría pasando. La serie creada por los hermanos Matt y Ross Duffer se convirtió en el mayor éxito del verano, redefiniendo el concepto de “blockbuster estival” para quitarle al cine la exclusividad que tenía sobre él. Es decir, en un verano cinematográfico especialmente escuálido, el mayor “taquillazo” de la temporada fue una serie de televisión.

Y lejos de menguar con el tiempo, la onda expansiva de ese fenómeno siguió creciendo en los meses posteriores a su estreno, gracias al boca-oreja, a la insistencia (o pesadez) de los medios y al factor on demand, que permite empezar y seguir las series al ritmo que cada uno quiere. Con Stranger Things no pasó como con otras series originales de Netflix, que se consumen de una o dos tacadas y se olvidan incluso más rápido. Al contrario que le ha ocurrido a Las 4 estaciones de las Chicas Gilmore The DefendersStranger Things sí se quedó en la conversación online, sí traspasó la línea que separa el entorno seriéfilo del mainstream. La primera temporada se desgranó hasta el último plano, sus actores infantiles se convirtieron en estrellas mediáticas, algunas de sus tramas se viralizaron hasta el absurdo (#JusticeForBarb) y su estilo influyó inmediatamente en productos posteriores (It). En gran medida, todo fue gracias al factor nostálgico, a lo bien que la serie jugaba la carta del homenaje cinéfilo para capitalizar la morriña de tiempos mejores que tiene secuestrada al espectador estos días.

En los 15 meses que han transcurrido entre el estreno de la primera temporada de Stranger Things y la segunda, el revuelo alrededor de la serie no ha hecho más que crecer, y por tanto, la expectación por los nuevos episodios se ha disparado hacia la estratosfera. Ante una situación así, en la que una creación se le va de las manos a su responsable para convertirse en propiedad de los espectadores, parece imposible afrontar una continuación sin que el impacto cultural devore a la serie. Pero los hermanos Duffer lo han conseguido. La segunda temporada de Stranger Things no solo está a la altura y conserva intacto el espíritu de la primera, sino que además va más allá siguiendo las reglas de las secuelas cinematográficas, aumentando y multiplicando todo lo que funcionó la primera vez con resultados más que satisfactorios.

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Stranger Things 2 es más grande, más ruidosa, más épica, más espectacular, tiene más acción, más terror, más personajes, más efectos visuales, y sobre todo, más homenajes cinéfilos. Pero como en la primera entrega, la serie es mucho más que mera nostalgia o pirotecnia. Los hermanos Duffer han sabido dominar el arte del pastiche sin olvidar la importancia de dar al espectador una historia y unos personajes por los que preocuparse, y afortunadamente, la secuela vuelve a encontrar ese equilibrio, en un contexto magnificado por factores externos. Como reza uno de sus eslóganes, Stranger Things es más Stranger que antes, pero en la búsqueda del “más grande todavía”, los Duffer no han descuidado lo que en el fondo ha hecho de esta serie un éxito más allá del truco de la nostalgia: su adictivo misterio, su extraordinario apartado visual y, sobre todo, sus fantásticos personajes, elevados en tiempo récord a la categoría de iconos de la cultura popular.

Sobre el argumento de Stranger Things 2 es mejor no entrar en detalle (por ahora). Baste decir que los nueve episodios que conforman la temporada están repletos de escenas, sorpresas, guiños y diálogos que en los próximos meses serán analizados y convertidos en meme hasta la saciedad. Si la primera temporada bebía de Encuentros en la tercera fase, Alien, E.T., Cuenta conmigo o Los Goonies (en general, de todo lo que fuese Steven Spielberg y Stephen King), la segunda sigue homenajeando a estas películas mientras aumenta su cantera de referentes con alusiones inconfundibles a otros clásicos del cine fantástico y de terror como Jóvenes ocultos, Gremlins, Los Cazafantasmas, El exorcista o incluso Parque Jurásico. Pero como decíamos, la nostalgia no fagocita a la historia porque los Duffer se aseguran de que lo más importante sea siempre el devenir de los personajes, sus relaciones, y el misterio. Un misterio que este año adquiere un cariz más terrorífico y apocalíptico con la amenaza de un monstruo del Upside Down mucho más grande y peligroso que el Demogorgon, una criatura de pesadilla que volverá a hacer sufrir a Will (Noah Schnapp) y a su madre lo que no está dicho.

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Además de seguir conociendo a los personajes del año pasado, contamos con nuevos fichajes, el matón Billy (Dacre Montgomery bordando al personaje televisivo más odioso del año), su hermanastra Max (Sadie Sink), que se unirá a la pandilla de Will, y en un golpe maestro de casting, Sean Astin (Mikey de Los Goonies) interpreta al afable Bob, la nueva pareja de Joyce Byers (Winona Ryder), oportunidad que los Duffer aprovechan para introducir el guiño más meta de la temporada.

Pero no os preocupéis, los nuevos personajes no eclipsan a los antiguos (con excepción de la hermana de Lucas, que se va a convertir con toda seguridad en la sensación de los próximos meses, y si no, acordaos), sino que los recién llegados se suman a la historia de forma orgánica, dejando que los personajes que ya conocemos lleven las riendas de la temporada. David Harbour redondea a su Jim Hopper con una interpretación si cabe más humana y matizada, Joyce empieza la temporada tranquila, pero acaba tan deliciosa y conmovedoramente histérica como la primera vez (aunque Ryder le ha cogido mejor el punto al personaje y está más equilibrada), y Steve Harrington (Joe Keery) continúa su proceso de reinvención para alzarse como héroe y candidato a ser uno de los personajes más queridos de la serie (el Team Steve va a aumentar considerablemente), sin olvidar a Nancy (Natalia Dyer), aun más fuerte y guerrera que el año pasado (Molly Ringwald Redux). Pero son los niños los que vuelven llevarse la serie de calle, especialmente Dustin (Gaten Matarazzo), Will (Schnapp se deja la piel en la recta final) y, por supuesto, Eleven (Millie Bobby Brown), cuyo enigmático pasado forma parte central de una temporada en la que la niña sigue evolucionando y descubriendo el alcance de sus poderes, de camino a convertirse en una auténtica superheroína (o mutante, que quizá sería más adecuado en este caso) y destapando a su vez una trama con mucho potencial para próximas temporadas.

Stranger Things 2 demuestra que a veces más sí es mejor. Aunque por momentos corre el riesgo de perderse en la ambición de hacerlo todo más grande, la serie sale siempre a flote gracias a una historia que extiende su mitología de la forma más adictiva y emocionante, empleando el mismo cóctel de aventuras, acción, ciencia ficción y humor que hizo de la primera un triunfo absoluto. Pero lo mejor es que la nueva temporada no se limita a reproducir el esquema de la primera, sino que se ocupa de avanzar la historia explorando las consecuencias de lo ocurrido mientras sigue desarrollando a sus personajes, en el caso de los más jóvenes orientándolos hacia la adolescencia, a la maduración que suele ocupar el núcleo de las cintas juveniles de los 80 en las que se basa la serie y que aquí nos deja momentos muy divertidos y entrañables.

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Como en la primera temporada, los nuevos capítulos de Stranger Things se pasan en un suspiro (cuando menos te lo esperas, aparecen los créditos finales), indicio de que no se ha desperdiciado ni un solo minuto, y están plagados de imágenes memorables, frases para estampar camisetas y ese cariño que hace que el espectador se involucre a otro nivel. Stranger Things es entretenimiento de altura, un producto masivo digno, de los que cuesta mucho encontrar y no tanto desprestigiar con un “pues no es para tanto”. Está claro que los que han acabado saturados con ella o no se tragaron la píldora nostálgica, no solo no disfrutarán de la segunda, sino que esta le dará mucha más munición para criticarla. Pero si, como yo y tantos otros, os dejasteis conquistar por la propuesta de los Duffer, Stranger Things 2 es otro arcón sin fondo para explorar en el desván, un mapa del tesoro en el que no importa tanto llegar a la X, sino disfrutar de las emociones fuertes que nos depara la búsqueda.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Will & Grace, gracias por volver, os necesitábamos

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El hombre o la mujer aun no han inventado la máquina del tiempo, pero el cine y la televisión se están encargando de que no haga falta. Entre 2016 y 2017 hemos tenido en nuestras pantallas nuevas temporadas de Expediente XLas chicas Gilmore Twin Peaks, además de una continuación de Padres forzosos, por no hablar del éxito de productos nostálgicos de la década de los 80 como Stranger Things o la película It, y la llegada de secuelas tardías como Blade Runner 2049. Es decir, para volver atrás en el tiempo solo hay que ir al cine o encender la tele (o el ordenador o dispositivo móvil de preferencia).

Esta burbuja de los revivals y los reboots también ha propiciado el clima perfecto para el regreso de una de las sitcoms más queridas de finales de los 90 y principios de los 2000. No hablamos de Friends, cuyo muy hipotético revival no tiene apenas posibilidades de ocurrir, como ya han dicho sus estrellas por activa y por pasiva, y a pesar de la insistencia de los muchos fans que necesitan ver a los seis amigos de Manhattan reunidos de nuevo. No, nos referimos a la otra serie más exitosa del mítico Jueves de Comedia de NBC, Will & Grace, la revolucionaria y transgresora comedia creada por David Kohan y Max Mutchnick en 1998 que, aunque no tuvo tanta repercusión en nuestro país como en Estados Unidos, pasó a la historia como una de las series más vistas y premiadas de su época.

Once años después de su final original, Will & Grace regresa para adaptarse a un panorama televisivo que ella misma contribuyó a cambiar. Estamos hablando de una serie emitida en el prime time de una cadena en abierto durante los 90 con un protagonista gay (y un secundario robaescenas todavía más gay). Si bien es cierto que durante los ocho años que se mantuvo en antena no se libró de las críticas, sobre todo por el tratamiento de Will (Eric McCormack), al que no se le dejaba vivir el romance y el sexo con la libertad que sí disfrutaba Grace (Debra Messing) como personaje, no se puede negar que la serie avanzó la causa LGBTQ en televisión, contribuyendo a la mayor visibilización y la normalización que vivimos hoy en día. Pero como todavía queda mucho por hacer y cierto individuo de tez naranja está amenazando las libertades de tantas personas, Will & Grace ha decidido volver para reclamar su lugar de honor en la lucha por un mundo más tolerante, divertido, y sobre todo, más gay.

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Este otoño, el cuarteto maravillas formado por Eric McCormack, Debra Messing, Sean Hayes y Megan Mullally ha recuperado a los personajes que los convirtieron en iconos de la televisión y por los que consiguieron pleno de Emmys (Mullally tiene dos, los demás uno cada uno). Verlos en el primer episodio de la novena temporada, más de una década después de despedirnos de ellos, provoca una sensación extraña, incluso desorientadora (¿Dónde estoy? ¿Qué año es? ¿Qué está pasando?). Pero una vez pasados los primeros minutos, se transforma en tranquilidad y confort: es como si no se hubieran ido nunca, como si nunca hubieran dejado de interpretar a estos personajes. La facilidad con la que los cuatro se transforman de nuevo en Will, Grace, Jack y Karen y demuestran que siguen siendo cuatro monstruos de la comedia (sobre todo cuando están juntos) hace que todo miedo y duda acerca del revival se disipe: Will & Grace no ha vuelto en vano. De hecho, ha vuelto en el mejor momento posible.

Con Trump en la Casa Blanca, nunca son suficientes las voces en contra de sus políticas de opresión y represión, y Will & Grace ha sentido que la necesitábamos. El primer episodio del revival es un dardo envenenado a la administración Trump, media hora de comedia punzante y combativa en la que no se menciona ni una sola vez el nombre del presidente, porque no hace falta. La carga política de “11 Years Later” (dirigido por el mítico James Burrows, que se encargó de los 187 episodios originales y realizará también los nuevos) disminuye en los siguientes episodios, donde el cuarteto protagonista retoma sus neuróticas vidas y complicadas relaciones, ignorando por completo el divisivo final original (para ello se recurre al cliché noventero por excelencia: todo fue un sueño). El mundo a su alrededor ha cambiado (los móviles forman parte de su vida diaria, las referencias culturales han evolucionado), pero a grandes rasgos, ellos siguen siendo los mismos de siempre. En este sentido, lo más interesante de la “nueva” Will & Grace es ver cómo sus protagonistas lidian con el paso del tiempo y con la realidad de que ya no son tan jóvenes (aunque los cuatro estén envidiablemente fantásticos).

Ahí es donde Will & Grace suele sobresalir especialmente. Además de hacer reír a carcajadas con sus chispeantes diálogos y su magistral comedia física, siempre supo sacar provecho de las miserias, preocupaciones y excentricidades de sus personajes para rascar en la superficie de sus divertidas personalidades y salpicar la comedia con ocasionales momentos de drama, crudeza y contundentes dosis de realidad que la distanciaban de otras sitcoms mucho más amables. Will y Grace siguen viviendo juntos, inmersos en la misma amistad disfuncional que ejercía como núcleo de la serie original y que les impedía (y les impide) madurar y encontrar la estabilidad en el amor. Jack reniega de su pasado (no quiere saber nada de “Just Jack!”) y está explorando nuevas opciones profesionales (o eso dice) mientras se enfrenta a la nueva escena del sexo casual, negándose a quedar obsoleto por su edad. Y Karen… bueno, Karen es la bomba impredecible de siempre, tan cáustica, ofensiva e hilarante como hace once años, pero, eso sí, más republicana que nunca, y algo incompleta por la ausencia de su Rosario (Shelley Morrison se retiró hace años).

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Sin embargo, no parece que la serie se haya quedado estancada en el pasado, sino que lo está utilizando para examinar el presente y mirar al futuro. Por ejemplo, en el segundo episodio Will empieza a salir con un chico mucho más joven que él (Ben Platt). Cuando se da cuenta de lo desconectado que está el joven con la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ, Will renuncia al sexo con él para darle un sermón sobre lo que su generación hizo para que millennials y gen-Z disfruten ahora de mayor libertad para ser ellos mismos, sacrificando el placer personal por educar a las nuevas generaciones y que estas no se olviden del trabajo que nos queda. Es decir, Will & Grace está inevitablemente condicionada por el pasado (los cameos, uno de los mayores reclamos de la serie original, no pueden faltar), pero no permite que la nostalgia o el “cualquier tiempo pasado fue mejor” le impida avanzar y deja espacio para que sus personajes intenten madurar, por imposible que parezca (siguen siendo lo peor, y por eso los queremos tanto).

Por ahora, Will & Grace está funcionando excepcionalmente bien en los índices de audiencia y NBC la renovó para otra temporada antes del estreno de esta, de la que además extendió el número de episodios, de 10 a 16. La recepción ha sido generalmente positiva. Aunque es evidente que el formato de sitcom multicámara con público en directo se ha quedado anticuado, la serie consigue mantenerse fresca y mordaz gracias a la inigualable química de su reparto, sus afilados diálogos, la laxitud de la cadena dejándole ser (incluso) más picante que antes y su compromiso a la hora de reflejar la actualidad y denunciar la injusticia y la hipocresía. Pero por encima de todo, su capacidad para hacer llorar de la risa está intacta. Messing, McCormack, Hayes y Mullally siguen en plena forma y sus personajes tan geniales, graciosos e irreverentes como siempre, así que por mí, que Will & Grace dure ocho temporadas más.