Carta al rey: Fantasía medieval adolescente para el siglo XXI

El pasado 20 de marzo se estrenó en Netflix Carta al rey (The Letter for the King), serie de fantasía creada por uno de los guionistas de Cómo entrenar a tu dragónWill Davies. Se basa en el clásico homónimo de 1962 escrito por la autora neerlandesa Tonke Dragt, considerado uno de los mejores libros infantiles del pasado siglo.

La serie sigue a Tiuri (Amir Wilson, La materia oscura), un joven aspirante a caballero nacido en el reino de Eviellan que se embarca en una peligrosa misión para entregar una carta al rey del país vecino. Acusado de traición y perseguido por un diverso grupo de jóvenes candidatos a caballero como él, Tiuri emprenderá un camino en el que forjará amistades, descubrirá sus poderes y se enfrentará a mil peligros y enemigos para hacer llegar a su destino la carta, que contiene información que podría evitar una guerra entre reinos.

Con una primera temporada de solo seis episodiosCarta al rey cuenta una historia cerrada que funciona por sí sola, aunque también deja la puerta abierta a una posible continuación. Siguiendo las convenciones de las historias de espada y brujería y muy influenciada por las leyendas artúricas, la serie se construye como una suerte de The Witcher o Juego de Tronos juvenil, con trazas de Merlín y El príncipe dragón, por nombrar unas cuantas. Es decir, aunque no aporta nada especialmente nuevo, ofrece bastantes alicientes para los amantes de la fantasía épica medieval, sobre todo para los más jóvenes.

Carta al rey es la clásica historia sobre un elegido que debe luchar contra las fuerzas del mal en una batalla entre la luz y la oscuridad para cumplir una profecía. Tiuri protagoniza el tradicional viaje del héroe en un relato de crecimiento personal sobre la amistad, el poder y búsqueda del coraje que la serie actualiza de varias maneras. En primer lugar, lanzando un mensaje que se puede extrapolar a nuestros días, sobre el papel de las nuevas generaciones en el destino del mundo (“El mundo es un lugar horrible”, “Entonces nos toca a personas como nosotros hacer algo al respecto”). Y en segundo, introduciendo la diversidad y el empoderamiento femenino.

El público más conservador ha criticado Carta al rey por efectuar cambios al libro solo para sumarse a la corriente de “corrección política” (sic), fortaleciendo a los personajes femeninos, añadiendo diversidad racial e incluso representación LGBTQ+ en una historia donde no suele haber nada de eso. Evidentemente, detrás de estas críticas hay mucho prejuicio e ignorancia, pero lo que sí es cierto es que Carta al rey acaba cayendo en un error por desgracia habitual de la representación queer en televisión, [SPOILER] como es el bury your gays, es decir, desvelar la homosexualidad de uno de sus personajes para inmediatamente después sacrificarlo y librarse así de continuar su historia [fin del SPOILER]. Una pena que lo que consigue por un lado, lo deshaga por otro.

Técnicamente hablando, se trata de una serie muy notable, con paisajes preciosos, buenos efectos digitales, escenas de acción con coreografías excelentemente ejecutadas y potentes secuencias a caballo (sin ir más lejos, The Witcher, con un presupuesto más alto, es mucho más inconsistente visual y técnicamente). Sin embargo, la historia no está a la altura de su cuidada factura, perdiéndose en su seriedad y prometiendo más de lo que termina dando.

A pesar de un par de giros sorprendentes que parecen buscar darle la vuelta a los tópicos de la fantasía medieval, Carta al rey se queda en la superficie y no llega a explorar realmente lo conflictos internos de sus personajes o sus ideas sobre el heroísmo o la guerra, construyendo tramas que acaban yendo a ninguna parte para terminar en un clímax mágico que se resuelve demasiado fácilmente y sabe a poco. Tampoco sobresale especialmente en el apartado interpretativo. Sus personajes son por lo general simpáticos y están bien definidos, pero la elección de un actor tan inexpresivo y apagado como Amir Wilson como Tiuri no es la más acertada, lo cual es un lastre gran parte de la temporada.

Pese a ser tan irregular y no aprovechar todo su potencial, la serie se puede disfrutar siempre que no se le exija demasiado y se entre en ella sabiendo que su público objetivo es probablemente más joven que tú. Como producto familiar, Carta al rey cumple su cometido de entretener, contando un cuento clásico e inspirador de héroes improbables que reescriben su destino en la guerra del bien contra el mal. Aunque podría haber sido algo más, se conforma con eso y funciona correctamente como pasatiempo sin mayores pretensiones. Lo que no sé es si esto es suficiente para despertar interés en una segunda temporada, sobre todo teniendo en cuenta lo poco (o nada) que se está hablando de ella.

[Crítica] Matthias & Maxime: Son (mis) amigos

If this is communication, I disconnect La incomunicación lo destruye todo. Más que la distancia o el tiempo. Mucho más que una cena recalentada o una infidelidad. Con incomunicación no hablamos necesariamente de los injustamente temidos silencios, sino de la absurda manía del ser humano de cerrarse ante sus personas más cercanas. Ese maldito miedo a ser juzgado por los demás y llegar a sentir vergüenza hace que nos coartemos y no seamos justos con los demás, ni mucho menos con nosotros mismos. Esta incomunicación supone el fin de todas nuestras relaciones sociales y va mermando progresivamente nuestro, ya mermado de por sí, amor propio. La quintaesencia de la estupidez humana.

Aunque extremadamente tóxica, o precisamente por esa misma razón, la incomunicación es uno de los demonios que mejores resultados han tenido en la gran pantalla. Directores como Michelangelo Antonioni (especialmente en su trilogía formada por La aventuraLa noche y El eclipse y en esa bola extra que fue El desierto rojo) o Michael Haneke (acertadísima su reflexión sobre el tema en la injustamente olvidada Código desconocido) han construido su leyenda en base a tan complicado concepto. Esa espiral de soledad creada (y buscada, como si fuese un escudo protector cualquiera) conforma la atmósfera que respiran los dos personajes protagonistas de Matthias & Maximela octava película de Xavier Dolan (Mommy, Laurence Anyways) como director.

Ese fantasma de la incomunicación ya llevaba apareciéndose en la filmografía del canadiense desde sus comienzos, pero alcanzó una corporeidad y una presencia máxima en los protagonistas de Solo el fin del mundo y, especialmente, en la inédita por estos lares The Death and Life of John F. Donovan. Hombres que se encuentran completamente aislados de su entorno por muy acompañados que estén, ya en una reunión familiar después de años de ausencia o en la cresta de su carrera interpretativa. Sin llegar al nivel de un presumible trastorno psicológico como es el caso del personaje de Kit ‘Jon Nieve’ Harington en The Death and Life of John F. Donovan, Matthias y Maxime sufren en sus carnes este mal en mayor o menor medida.

Maxime (interpretado por el propio Dolan, con una marca de nacimiento en la cara a lo Oliver Stark9-1-1) ha decidido dar un giro radical en su vida y pretende dejar atrás su desestructurado hogar familiar con su madre (Anne Dorval, la madre Dolan por excelencia) y su empleo como camarero por una presumiblemente nada glamourosa vida en Australia. Por su parte, Matthias (acertadísimo el novel Gabriel D’Almeida Freitas) es el sueño americano hecho canadiense (con raíces portuguesas, como apunta su madre). Trabador de cuello blanco con promesas de ‘un despacho con vistas’, una mujer guapa y educada con un toque chic que queda bien en cualquier ámbito, y una relación sana con su madre (ese ser de luz encarnado por Anne-Marie CadieuxBuenos vecinos). A priori, Matthias sería el personaje anti-Dolan por excelencia, pero no nos confiemos en ningún momento.

En Matthias & Maxime, como es habitual en Dolan, tenemos madres gritonas, veinteañeros arrasados por su existencia como si tuviesen ya ochenta años, adolescentes que guardan silencio… Pero en esta ocasión, en ese ecosistema habitual, Dolan introduce un agente externo, extremadamente ajeno: la bro culture. Nuestros dos protagonistas son parte de un grupo de amigos compuesto por hombres con un diverso abanico de formaciones académicas y poco más en común que su adolescencia. Algún que otro fumeta, un profesor, un niño pijo que toca el piano y nuestros dos amigos. Aunque ya nada sea lo de siempre, los amigos siguen quedando de vez en cuando. En una de esas reuniones, Erika (Camille Felton), la hermana de uno de ellos logra (tras una apuesta entre bros) que Matthias y Maxime participen en su cortometraje. Resulta muy gracioso ver a esa Erika, una millennial listilla y muy bocazas que suelta anglicismos siempre que puede, ya que estamos ante el reflejo caricaturesco de todos los males que achacaban a Dolan sus primeras obras. ¡Si hasta su corto expresionista/impresionista es muy ‘elmodóvar’! Ella y su hermano Rivette (Pier-Luc FunkGénesis) suponen el escaso alivio cómico de esta sentida aventura.

La escena en cuestión es un beso. Dos chicos besándose. Nada más. Algo que no debería escandalizar a nadie. Ni siquiera entre los amigos, que como todo grupo de hombres heterosexuales no paran de rozarse, toquetearse y bromear. Realmente ellos son diferentes a todo el estereotipo bro, el grupo de machotes no cae en ningún cuñadismo a lo largo del metraje, lo cual no sabemos es si debemos achacar ese fenómeno a la inexperiencia del director en estos lares o es una muestra de esperanza para con los hombres heterosexuales. Son muy ruidosos, aunque no tanto como una madre dolaniana. La gran diferencia en este caso es que su jolgorio es un apoyo positivo, no el origen de frustración, ni mucho menos un posible amplificador de ese vacío comunicativo. Ese beso trastoca la existencia de ambos, especialmente la de Matthias. Esa disrupción se convierte en un calvario para la calculada agenda vital del hombre perfecto y marcará el futuro de ambos. 

Lejos del barroquismo de alguna de sus obras, Matthias & Maxime pertenece a la rama de las historias mínimas de Dolan, como Tom en la granja o Solo el fin del mundo. Cintas en las que el realizador ha preferido centrarse de manera inteligente más en el poder de los diálogos que en el artificio de un bonito encuadre o en confeccionar mixtapes imposibles. Con eso no queremos decir que esta película no sea visualmente bonita, todo lo contrario. Como todo trabajo de Xavier Dolan, Matthias & Maxime es una obra de factura bellísima y posee alguna de las escenas más arrebatadoras de la temporada (el citado beso, el encuentro en el cuarto de los trastos o el baño solitario de Matthias perfectamente acompasado por la música de Jean-Michel Blais)… así como algún que otro momento musical loco con clásicos pop contemporáneos, pero todo con mucha más mesura de lo habitual.

Matthias & Maxime es otra lúcida fábula del joven maestro Dolan sobre la orientación del deseo y las frustraciones que provoca intentar negar lo evidente. Preciosa y desgarradora, como todo lo que toca su autor.

David Lastra

Nota: 9 (★★½) 

El viernes 27 de marzo, Avalon preestrena de manera excepcional ‘Matthias & Maxime’ en la plataforma Filmin durante cuarenta y ocho horas. El estreno en cines se posterga hasta el fin del estado de alarma.

‘Adiós’: La consagración dramática de Mario Casas (aunque no quieran reconocérselo)

Para mucha gente Mario Casas siempre será el macizo de El barco o el chulo de 3 metros sobre el cielo. Y no les podemos culpar. Durante años, el actor de La Coruña se labró una imagen muy reconocible como galán de extrarradio e ídolo atormentado de adolescentes, un rebelde sin causa y conquistador con ínfulas de príncipe y espíritu de cani que disfrutó de un lugar especial reservado en las carpetas del instituto de media España. Y que, como suele ocurrir, también generó muchos detractores.

Pero desde hace un tiempo, Casas está intentando quitarse de encima su imagen de ídolo adolescente, aceptando papeles exigentes con los que demostrar una versatilidad que muchos no quieren ver. El actor ha brillado en comedia de la mano de Álex de la Iglesia en las películas Las brujas de Zugarramurdi, Mi gran nocheEl bar. Ha resultado ser un gran protagonista de thriller con Grupo 7 Contratiempo. Ha emulado a los grandes iconos románticos del cine en Palmeras en la nieveY ha asumido duros retos físicos con sus papeles en El fotógrafo de Mauthausen y la crudísima Bajo la piel del lobo, lo que le ha valido el sobrenombre de “el Christian Bale español”.

Pero ninguno de estos trabajos alcanzan el nivel de entrega de Adiós, drama de 2019 dirigido por Paco Cabezas (Carne de neón, Penny Dreadful), en el que Casas se deja la piel y el alma interpretando a un dolido padre que se embarca en un viaje de venganza para tomarse la justicia por su mano tras la muerte de su hija pequeña en un accidente de coche.

El film recibió tres nominaciones a los Goya en apartados interpretativos (mejor actriz revelación para Pilar Gómez y mejor actriz de reparto para Natalia de Molina y Mona Martínez), pero un año más, la Academia de Cine volvió a ningunear a Casas (nunca ha sido nominado), a pesar de haber realizado una de las mejores interpretaciones del año, y de su carrera. Está claro que le tienen tanta manía como gran parte de público que aun no se lo toma en serio como actor y se ha quedado en el chiste de que no se le entiende -que sí, es verdad en muchos de sus trabajos y en Adiós no ayuda que sea un gallego interpretando a un sevillano con acento impostado, pero también lleva tiempo trabajando en su dicción y mejorando para quitarse ese sambenito, por lo que es injusto reducir sus interpretaciones solo a eso. Sobre todo cuando hay tantas películas españolas sin Mario Casas en las que hay que poner los subtítulos para enterarse de todo.

Pero vamos a centrarnos en la película, porque Adiós no es solo Mario Casas. También es Natalia de Molina, una de nuestras mejores actrices, que interpreta con garra y pesar a la mujer del personaje de Casas. También es Ruth Díaz, fantástica en su papel de recta  y afligida agente de policía al cargo de la investigación. Carlos Bardem, su jefe, un hombre de dudosa moralidad. El humorista Salva Reina en un papel revelación como yonqui (injustamente tampoco nominado al Goya). Y sobre todo Mona Martínez, inconmensurable matriarca de las 3000 viviendas de Sevilla dispuesta a hacer lo que sea para proteger a su clan.

Paco Cabezas dirige con pulso y valentía un drama criminal que se adentra en los bajos fondos de la ciudad andaluza para construir un intenso entramado de muerte, narcotráfico y corrupción policial que nos muestra el lado más descorazonador del ser humano. Un thriller elegante pero sucio y oscuro que nos sumerge en un lugar sin ley y orden para hacernos partícipes del dolor de sus personajes y ese duro sentimiento de no tener nada que perder.

Magnética, absorbente y angustiosa, así es Adiós, una de las mejores películas de 2019. Cabezas domina el equilibrio entre drama introspectivo y acción con una trama que, exceptuando algún que otro cliché y giro predecible, atrapa de principio a fin y golpea fuerte en el estómago. Pero sobre todo, Adiós es la (nueva) prueba de que Mario Casas es mucho mejor actor de lo que la mayoría piensa y que, dejando a un lado los prejuicios, cualquiera te puede sorprender.

Nota: ★★★★

Pedro J. García

Adiós ya está a la venta en DVD y Blu-ray de la mano de Sony Pictures. El Blu-ray contiene los siguientes extras:

  • La historia
  • La película
  • Triana
  • Eli
  • Juan Santos
  • Santacana
  • Director
  • Sevilla
  • Producción
  • Secuencia

Crónica de la Muestra SYFY de Cine Fantástico 2020

Aquí estamos un año más, de resaca después de un fin de semana maratoniano de cine fantástico. La Muestra SYFY, que ha celebrado este año su 17ª edición, congrega de nuevo a miles de aficionados al cine en Madrid, que durante cuatro días (del 5 al 8 de marzo) se convierte en una fiesta del cine de género. Fantasía, terror, ciencia ficción, acción y thriller en una selección de títulos, como siempre, muy variados.

La Muestra, presentada como siempre por la actriz y directora Leticia Dolera, comenzó el jueves con la premiere de Onward, la nueva cinta de Pixar, que este año ha decidido dejar descansar sus franquicias para volver a ofrecernos algo original, una aventura juvenil en homenaje al rol y la fantasía épica (podéis leer nuestra crítica aquí). La película animada inauguró un fin de semana en el que volvimos a comprobar lo fértil, diverso e internacional que es el género fantástico.

Invasiones extraterrestres, asesinos en serie, anime, cine de yakuzas, thriller social, posesiones infernales, viajes en el tiempo, zombies, cocodrilos y una fijación extraña por los perros… Con sus más y sus menos, como siempre, la programación de la Muestra este año nos ha dejado bastantes películas para el recuerdo, incluyendo la nueva ida de olla de Nicolas Cage, Color Out of Space y el regreso de Takashi Miike (Audition). También hubo hueco para celebrar los clásicos con la proyección especial de Regreso al futuro en su 35º aniversario. Y además, los más jóvenes (aunque no solo ellos) pudieron disfrutar del preestreno de la genial Trolls 2: Gira Mundial, dos semanas antes de su llegada a salas comerciales.

Sin más, os dejamos con nuestra opinión sobre todas las películas que vimos en la Muestra SYFY (menos la de clausura, Brahms. The Boy 2, que debido a problemas técnicos no se pudo proyectar en la sala 1). Tomad nota, porque algunas de ellas llegarán pronto a nuestras salas.

VIERNES

The Pool (Ping Lumpraploengm 2018)

Es fácil imaginarse lo que nos vamos a encontrar en una película tailandesa cuyos principales elementos son dos personas atrapadas en una piscina con un cocodrilo asesino durante 7 días, pero nada te puede preparar para el absurdo de The Pool. Al protagonista deben haberle echado mil maldiciones porque su mala suerte llega a ser surrealista. Además, a su compañera le han echado el mismo mal de ojo, aunque ella por lo menos es inmortal. Las situaciones en las que los personajes se encuentran y cómo se las ingenian para sobrevivir e intentar escapar de la piscina son tan inverosímiles y guardan tan poca relación con cualquier realidad o lógica que no puedes creer lo que estás viendo. Pero es justo por eso, y el descaro de un guionista y director al que le da igual todo, que The Pool no aburre ni un segundo y nos tiene enganchados y entretenidos durante sus 91 minutos.

Blood Quantum (Jeff Barnaby, 2019)

Primera invasión zombie de la Muestra. Se han contado tantísimos apocalipsis zombies en el cine en general, y en esta Muestra en particular, que no es fácil sobresalir y llegar a hacer algo interesante en este subgénero. Esta película canadiense empieza bien, situándose en Red Crow, reserva india micmac en la que los muertos (humanos y animales) van volviendo a la vida. Como punto interesante, los nativos indígenas de la zona parecen ser los únicos inmunes a los ataques de los muertos vivientes. Pero el interés por la premisa no tarda en desvanecerse, y lo que podía haber sido algo diferente acaba siendo una película más sin nada que aportar al manido cine de no muertos. Además, peca de ponerse un tanto intensa y tomarse demasiado en serio a sí misma, por lo que pierde la baza de ser entretenida.

Synchronic (Justin Benson, Aaron Moorhead, 2019)

Dos paramédicos con una longeva historia de amistad encadenan noches de atender extraños sucesos relacionados con una nueva droga de diseño, en plena epidemia de opioides de Estados Unidos. Unos habituales de la Muestra, el tándem Justin Benson/Aaron Moorhead (Resolution, Spring), presentan una propuesta más ambiciosa en su filmografía con dos actores de Hollywood como Anthony Mackie (Falcon en el Universo Marvel) y Jamie Dornan (el objeto del deseo de la saga Cincuenta sombras de Grey) y una trama bastante enrevesada. La historia empieza de forma misteriosa y muy intensa (su inmersivo diseño de sonido y banda sonora ayudan mucho a entrar en la película), mostrando los brutales efectos de las drogas y sus devastadoras consecuencias. Hacia la mitad, el argumento da un giro para centrarse en el personaje de Mackie y se convierte en una cinta de viajes en el tiempo. Synchronic es como dos películas luchando por ser una, un thriller de misterio y una aventura sci-fi que no terminan de tomar forma definitiva. Aunque tiene buenos momentos y entretiene, su prometedor inicio se va desinflando hacia algo más común. A destacar el hecho de que la historia esté impulsada por la amistad entre dos hombres dañados que se demuestran cariño y comparten sus sentimientos, algo que no suele verse en el cine fantástico.

Bacurau (Juliano Dornelles, Kleber Mendonça Filho, 2019)

Bacurau es un pequeño pueblo de Brasil en el que todos sus vecinos se conocen. Unidos ante el azote del alcalde de la región, político corrupto que solo les trata bien cuando necesita sus votos, deben unirse incluso más cuando una amenaza exterior mucho más violenta empieza a hacer acto de presencia en el lugar. Y hasta ahí vamos a leer. Lo mejor es enfrentarse al visionado de esta película, que viene precedida de muy buenas críticas y de un Premio Especial del Jurado en Cannes, sabiendo lo mínimo sobre ella. Se trata de una experiencia única. Una brutal fábula con sangrante denuncia social, retorcido sentido del humor y un desarrollo muy marciano en el que gran parte del tiempo no sabemos lo que está pasando. Llena de personajes curiosos y con una catártica recta final de lo más impactante, Bacurau es una de las películas más memorables de la Muestra este año, un trabajo desconcertante, frustrante y fascinante a partes iguales en el que las piezas tardan en encajar, pero cuando lo hacen, te golpean fuerte.

Shed of the Dead (Drew Cullingham, 2019)

Con esta comedia de terror sobre un aficionado al rol que se encuentra en medio de un apocalipsis zombie llega la primera sesión golfa de la Muestra 2020. Para el final de la noche se suelen dejar las propuestas más locas y desenfadadas, películas de serie B con bajo presupuesto y espíritu cutre a los que les solemos pasar por alto muchas cosas porque no están para tomárselas en serio. Siempre que sean divertidas y nos hagan pasar un buen rato a los valientes que nos quedamos en el cine hasta la madrugada. Desafortunadamente, no es el caso de Shed of the Dead, que además de cutre, no puede tener menos gracia. Esta película está hecha desde la perspectiva de una persona totalmente ajena al mundo actual, con un omnipresente machismo que empapa el 100% del metraje y nos muestra el peor lado del cine friki. En el film las mujeres solo existen para ser dos cosas: la persona que corta las alas al hombre provocando su desprecio o un objeto sexual que básicamente es una vagina andante. Resulta curioso que esta película con tan mal gusto haya sido recibida como “una película mala, sin más”, pero el año pasado Nación salvaje levantara tanta indignación…

SÁBADO

Trolls 2: Gira mundial (Walt Dohrn, David P. Smith, 2020)

Pudo haber alguna que otra sorpresa en la Muestra, pero ninguna comparada la de Trolls 2 (no confundir con la infame Troll 2). Los adorables e hiperactivos personajes basados en el popular juguete de los 80 vuelven en esta segunda parte en la que descubren que no son únicos en su especie. Distintas razas de trolls viven alrededor del mundo, cada una de ellas definida por un género musical. Su paz se ve amenazada por una troll rockera que emprende una gira mundial para someter a todos los trolls a su dictadura musical: una nación unida bajo un solo tipo de música. Si la primera Trolls es una de las películas de animación recientes más infravaloradas, esta secuela supera todas las expectativas. Un explosivo derroche de color, imaginación y creatividad que cuida tanto el aspecto visual (los diseños son geniales y las texturas aterciopeladas increíbles) como su guion. Lejos de ser la típica secuela desganda para seguir exprimiendo el éxito de una franquicia, Trolls 2 se curra (y mucho) una historia muy inteligente que acaba siendo un manifiesto pop a favor de la diversidad, la unidad y la tolerancia. Rebosante de buenas ideas, con un humor inteligentemente absurdo, música sin fin, energía por un tubo (sigue siendo lo más cercano a un viaje de ácido que nos va a dar el cine de animación) y un finísimo análisis de los géneros musicales y su historia, Trolls 2 presenta una rara avis en el cine animado infantil, una secuela irresistible para los más pequeños que ningún adulto debería pasar por alto.

The Cleansing Hour (Damien LeVeck, 2019)

Con The Cleansing Hour Damien LeVeck convierte en largometraje su corto homónimo de 2016. Y no pudo haber tomado mejor decisión, porque el resultado es muy bueno. El título del film es también el nombre de un programa online de exorcismos en directo presentado por un falso cura y producido por el mejor amigo de este. Como es de esperar, la farsa acaba volviéndose real cuando durante una de las emisiones ocurre una posesión real, lo que obliga a los participantes a enfrentarse a su pasado y descubre a los espectadores que todo lo que han visto hasta ahora es un montaje. El cine de exorcismos es otro subgénero del terror bastante manido, pero The Cleansing Hour logra salir de la rutina gracias a un equipo que la eleva por encima de la media con una dirección solvente, unos efectos especiales y de maquillaje de primera categoría y un guion que consigue mantener la tensión de principio a fin centrándose en un solo caso y en un espacio limitado, y mostrando las repercusiones a través de Internet alrededor del mundo.

Rabid (Jen Soska, Sylvia Soska, 2019)

Curioso que en 2019 se haya hecho este remake de la película de David Cronenberg del mismo título con guion aprobado por el propio director. Esto es un arma de doble filo por las expectativas que puede crear, que en este caso no están a la altura. La premisa es la misma, una tímida mujer que tras un accidente se somete a una técnica experimental de cirugía plástica y desarrolla un gusto por la carne cruda y la sangre que se torna en epidemia de rabiosos asesinos. La película no explota su punto fuerte, que es mostrar la sangre y la (nueva) carne, y en lugar de eso centra su desarrollo en unas vacías y aburridas secuencias dramáticas en las que no parece que pase nada porque… no está pasando nada.

The Lodge (Severin Fiala, Veronika Franz, 2019)

Tras la trágica pérdida de su madre (Alicia Silverstone), dos hermanos se ven obligados a pasar los días antes de Navidad en una cabaña con la nueva novia de su padre (Riley Keough), aislados por una tormenta de nieve. A la tristeza de los niños se une el turbio pasado de su futura madrastra en una secta, lo que hará la estancia muy intensa y desagradable para todos. Tras la interesante Goodnight Mommy, sus directores saltan al inglés con esta historia de terror religioso cocido a fuego lento al más puro estilo europeo y con tintes de melodrama familiar. La tensión va en aumento durante todo el metraje con una sensación de frío y aislamiento muy lograda, perturbadoras secuencias oníricas y una locura que se va apoderando lentamente del relato hasta estallar en el clímax. Destaca una fantástica Riley Keough en su propia versión de El resplandor.

Color Out of Space (Richard Stanley, 2019)

Vuelve el equipo que nos trajo la delirante Mandy, esta vez con la adaptación de una historia corta de H. P. Lovecraft. En la inquietante Color Out of Space una familia que vive cerca de un bosque recibe en su jardín el impacto de un meteorito que está más vivo de lo que parece y ejerce en ellos una influencia que acabará convirtiendo sus vidas en una pesadilla. Lo que empieza como una película fantástica familiar al más puro estilo Spielberg, va tornándose en la más oscura y macabra de las pesadillas. Pero más allá de su violencia pesadillesca y su embriagadora psicodelia visual, lo que convierte Color Out of Space en una experiencia única es la sensación de amenaza indefinida que recorre la película, un invasor que se caracteriza únicamente como un “color” y que provoca un desconcierto absoluto. Esto, junto al progresivo deterioro de la familia (con un Nicolas Cage superándose en desquicio), alcanza unos niveles de perturbación y enajenación que los aficionados a la ciencia ficción terrorífica agradecerán.

Satanic Panic (Chelsea Stardust, 2019)

Cuando lo único destacable en una película es que no es tan mala como otra, hay un problema. La segunda y última sesión golfa de este año nos cuenta las desventuras de una repartidora de pizzas que se ve obligada a huir de una secta de ricachones satánicos (capitaneados nada menos que por Rebecca Romijn) que quieren usar su cuerpo virgen para invocar a un poderoso demonio. Donde Shed of the Dead tenía un chiste con gracia en toda la película, esta a lo mejor tenía cinco, y donde aquella eran 90 minutos de desagradable machismo, esta solo lo tiene durante una escena. El resto es más o menos lo mismo, humor muy poco inspirado y nada verdaderamente destacable más allá de la presencia de Romijn y Jerry O’Connell. Cuando una película empieza con un intento de violación mostrado en clave de comedia, mal vamos.

DOMINGO

Human Lost (Fuminori Kizaki, 2019)

Basado en una novela de Osamu Dazai, este anime de Fuminori Kizaki nos traslada a un Japón futuro en el que los médicos han quedado obsoletos gracias a que la poderosa organización S.H.E.L.L. ha conseguido la total salud de sus habitantes aumentando así la esperanza de vida a los 120 años. El director venía de realizar Bayonetta: Bloody Fate, película de animación basada en el videojuego de culto con una animación muy buena pero una historia muy deficiente. Aquí pasa lo mismo, ya que se alternan impresionantes escenas de acción con horriblemente confusas conversaciones que intentan continuamente que el espectador entienda el funcionamiento de esa sociedad futura, con intrincados diálogos y muchas siglas que no tienen sentido alguno y acaban por hacer desconectar totalmente.

Le daim (Quentin Dupieux, 2019)

El director Quentin Dupieux se ha ganado cierto nombre y culto con rarezas como Rubber, y sigue en el buen camino para convertirse en el representante francés de lo raro con esta comedia negra sobre un hombre no muy en sus cabales que se obsesiona (mucho) con su chaqueta de ante, hasta el punto de querer ser la única persona que lleve chaqueta en el mundo. Un punto de partida tan absurdo solo puede tener éxito si se desarrolla de la misma forma, y Le daim triunfa llevando el humor surrealista a un límite tremendamente disfrutable. Una propuesta excéntrica, atípica y original con un genial Jean Dujardin absolutamente genial y Àdele Haenel (Retrato de una mujer en llamas) sumando puntos para convertirse en una de nuestras actrices francesas favoritas. Otra de esas películas a las que es mejor adentrarse sabiendo muy poco.

First Love (Takashi Miike, 2019)

Hace tiempo que se nos viene vendiendo esta película como una vuelta a la forma del prolífico director japonés Takashi Miike, después de pasar demasiados años centrándose en adaptaciones live-action de mangas y animes sin demasiado interés. Y afortunadamente, sus fans podemos respirar tranquilos: Miike ha vuelto y es de verdad. Leo, un joven boxeador que cree que le queda poco tiempo de vida, se ve mezclado en una trama de tráfico de drogas que enfrenta a los yakuza con las mafias chinas, situación que además le lleva a convertirse en el improvisado protector de una joven prostituta drogadicta (en el fondo, esta es una muy retorcida date movie). Miike sabe como nadie mezclar una historia tan cruda con el amor de juventud y la comedia más estúpida, que en esta ocasión alcanza puntos gloriosos. Lo hace con su estilo personal e inconfundible, mostrando siempre los bajos fondos y la decadencia del Japón menos amable, con un pulso y un nervio en la dirección que nos vuelve a recordar por qué es un maestro único en lo que hace. Rememorar aquella maravilla que fue Dead or Alive hace ya 22 años (también con música de Kôji Endô) solo hace que confirmar que el genio de Miike nunca se apagó, solo que se había entretenido en otras cosas.

Escrito por Daniel Andréu y Pedro J. García

Locke & Key: Puerta a la decepción

En Locke & Key Netflix aúna dos de los géneros que mejor le están funcionando últimamente: la fantasía y el drama adolescente. La primera temporada, estrenada en febrero, parece estar teniendo buena acogida entre la audiencia, tal y como indica la nueva función de la plataforma que nos desvela diariamente cuáles son los 10 títulos más vistos de su catálogo. Desde que se pusieron en marcha los top 10, Locke & Key aparece todos los días entre las series más vistas del servicio. Aunque como bien sabéis, “más vista” no implica necesariamente mayor calidad.

La premisa de Locke & Key es muy atractiva, sobre todo para los aficionados a la fantasía juvenil con toques oscuros para adultos. La serie se basa en las exitosas novelas gráficas de IDW escritas por el hijo de Stephen King, Joe Hill (autor de otras recientes adaptaciones como En la hierba alta NOS4A2), e ilustradas por Gabriel Rodríguez. La historia nos lleva a una misteriosa mansión en la que la magia depara tantas maravillas como peligros.

La familia Locke, formada por Nina (Darby Stanchfield) y sus tres hijos, los adolescentes Tyler (Connor Jessup, American Crime) y Kinsey (Emilia Jones, Horrible Stories) y el pequeño Bode (Jackson Robert Scott, el icónico Georgie del remake de It), se muda a la casa ancestral Keyhouse tras la misteriosa muerte de su padre, Rendell Locke (Bill Heck, La balada de Buster Scruggs), asesinado a sangre fría delante de ellos. Traumatizados por la experiencia, los Locke descubren que la mansión está llena de llaves mágicas con poderes únicos, que podrían estar relacionadas con la muerte de su padre y un misterio mucho mayor del que creían.

A medida que van descubriendo las utilidades de cada llave, los hermanos vivirán fascinantes aventuras más allá del entendimiento humano, pero también se meterán en problemas, sobre todo cuando un temible demonio con forma de mujer llamado Dodge (Laysla De Oliveira) despierta y hace todo lo posible por robarles las llaves para adquirir su poder y llevar a cabo sus retorcidos planes.

Los productores Carlton Cuse (PerdidosBates Motel) y Meredith Averill (La maldición de Hill House) toman este prometedor material para convertirlo en una serie que, tristemente, no está a la altura de lo que promete. Con una historia confusa y mal estructurada y chirriantes cambios de tonoLocke & Key acaba siendo demasiado infantil para el público adulto y demasiado terrorífica y compleja para los niños, encontrándose en un cruce en el que no tiene muy claro hacia dónde quiere ir.

Los diferentes elementos de la serie no se unen de forma cohesiva. El drama, la fantasía, el componente coming-of-age y el horror (descafeinado) chocan en una primera temporada que adolece de una fuerte crisis de identidad. Los capítulos también tienen un evidente problema de ritmo. Como le ocurre a muchas series de Netflix, los acontecimientos se prolongan o aplazan demasiado para rellenar episodios a los que les sobran minutos. Así, aunque la temporada tiene buenos momentos en los que la tensión aumenta y la historia avanza, la trama se desarrolla muy atropelladamente.

Tampoco ayuda que las reglas internas de su universo fantástico sean tan aleatorias. Da la sensación de que no saben muy bien cómo utilizar la magia para crear suspense y tramas emocionantes, dosifican la información y el uso de las llaves con poca lógica. Además, sus protagonistas toman decisiones estúpidas todo el tiempo, lo cual dificulta conectar con ellos. Con excepción de Bode (el pequeño), sin duda el mejor de los Locke, los personajes son superficiales, sosos o directamente irritantes, como en el caso de Kinsey. Y si al menos tuvieran un antagonista interesante… pero ni eso. Dodge no impone, no es tan amenazante como debería y Laysla De Oliveira se revela como una mala decisión de casting.

Locke & Key es decente por momentos y sirve para pasar el rato, pero no es suficiente. Su potencial está a la vista en todo momento, por eso resulta tan frustrante que no sea aprovechado. A pesar de puntuales destellos de inspiración, la primera temporada es desordenada y aun así predecible. Su fantasía recoge muchos referentes (hay mucho de Narnia, que por supuesto se lleva su guiño, CoralinePesadillas, La maldición de Hill House, Una serie de catastróficas desdichas y hasta Del revés), pero no toma una forma definida en ningún momento -parece buscar el asombro de Spielberg o Zemeckis, pero se queda lejos. Y su historia carece de sentido de la dirección, con abundantes incoherencias, subtramas adolescentes que no aportan nada y una estructura mal organizada.

Hay espacio para crecer en una segunda temporada, pero con esta introducción tan decepcionante, necesitarán una llave mágica para conseguirlo.

Onward: Magia, fantasía épica y amor fraternal

Pixar lleva 25 años elevando el listón del cine de animación, siempre a la vanguardia técnica y creativa. Sin embargo, recientemente, el estudio de Emeryville se ha centrado principalmente en las secuelas (con excepción de Coco en 2016), cosechando récords en taquilla, pero también dando la sensación de que su creatividad ya no era tan fértil como hace unos años y estaba jugando demasiado sobre seguro. En 2020, Pixar aparca las secuelas para estrenar dos películas originales, Onward Soul, repitiendo así lo que hizo en 2015 con Del revés El viaje de Arlo.

Mientras esperamos el regreso del visionario Pete Docter (Monstruos S.A., Up, Del revés) con Soul, que se estrena en junio, el año de Pixar comienza con su película número 22, Onward, dirigida por Dan Scanlon, que debutó en el estudio con el corto de Cars, Mate y la luz fantasma y firmó su primer largometraje como director con la precuela Monstruos University. En esta ocasión, Pixar nos traslada a un mundo suburbano de fantasía en el que la magia ha quedado obsoleta debido al avance de la tecnología y criaturas mitológicas como elfos, minotauros, cíclopes, hadas y sirenas viven rodeados de las comodidades y los adelantos de la vida moderna, mientras que otras, como los unicornios, son tan comunes e indeseables como los roedores.

La historia se centra en dos hermanos elfos de caracteres muy opuestos, Ian y Barley Lightfoot (voces originales de Tom Holland y Chris Pratt), que se embarcan en una aventura para encontrar una gema mágica con la que completar un hechizo que les ayudará a pasar un día con su padre, quien falleció cuando los dos eran pequeños. Ian es un adolescente tímido y socialmente torpe que no se atreve a salir de su cascarón, mientras que Barley es todo lo contrario, un joven extrovertido y alocado que se pasa el día intentando que los demás recuperen el interés por la magia y yendo a todas partes en su amada furgoneta. Los dos emprenden un viaje a contrarreloj y lleno de peligros para ver a su padre, mientras su comprensiva madre (Julia Louis-Dreyfus) les sigue la pista para protegerlos. La odisea de los Lightfoot servirá para que Ian se atreva por fin a vivir una aventura en la que aprenderá a usar la magia gracias a Barley, del que se ha distanciado a medida que se ha hecho mayor.

Siguiendo la estela de Frozen, solo que con hermanos en lugar de hermanas, Onward explora la familia y los lazos fraternales con la inteligencia y la sensibilidad que cabe esperar de Pixar, a la vez que homenajea la fantasía épica y el rol/RPG tipo Dragones y mazmorras o Zelda con grandes dosis de imaginación y creatividad. Por otro lado, en su historia también se pueden detectar ecos de Brave (el hechizo afecta al padre en lugar de a la madre en este caso), Zootrópolis (por el contraste humorístico entre los seres fantásticos y el mundo moderno), Indiana Jones y Los Goonies (adolescentes emprendiendo una búsqueda del tesoro llena de acertijos y trampas subterráneas), con un toque de Este muerto está muy vivo (en serio).

En general, la película está llena de buenas ideas, personajes divertidos (la Mantícora, voz de Octavia Spencer, es la robaescenas oficial) y un sentido muy desarrollado de la aventura, con estupendas escenas de acción y aprendizaje mágico siempre ligadas a la evolución y crecimiento de los personajes y un sentido del humor que, si bien no siempre llega a ser todo lo eficaz que debería, pone una sonrisa en la cara de principio a fin.

Se podría decir que Onward es 70% Disney y 30% Pixar. Esto no es necesariamente malo (los clásicos de Disney de la última década han subido mucho de nivel), pero se echa de menos en ella esa magia única que suelen tener las películas de Pixar. Aunque la idea de la que parte es muy buena (se inspira, por cierto, en la historia real del director, cuyo padre murió cuando él solo tenía un año), tiene mucho encanto y hay momentos memorables (la persecución en carretera, la escena del puente levadizo, las pruebas subterráneas), el desarrollo es más bien convencional y carece de ese componente que hace que las películas de Pixar se diferencien del resto. Al menos hasta que llegamos a los últimos veinte minutos.

Es en el acto final de Onward donde nos reencontramos con la magia del estudio del flexo en su máxima expresión. Esa capacidad para despertar emociones a flor de piel con una conclusión profunda y trascendental que resume a la perfección, incluso redefine y revaloriza, la historia que nos acaban de contar; una historia sobre amor fraternal que habla de la pérdida y la familia con sentimiento y madurez. Entre la acción épica y el drama más emotivo, Onward nos ofrece un desenlace precioso para sus personajes y nos deja con un bonito mensaje inspirador: atrévete a arriesgarte, a vivir una aventura. Al final, aunque parecía que no, Pixar vuelve a buscar la lágrima, y la encuentra.

A Onward le falta ese componente conceptualmente ambicioso de otras películas originales de Pixar, pero incluso siendo una de las entregas más modestas del estudio, tiene la calidad que se espera de ellos. Ni que decir tiene que visual y técnicamente es una maravilla (las texturas en los primeros planos son increíbles), además, cuenta con un guion muy sólido y termina con uno de los finales más conmovedores de su catálogo. Fusionando fantasía, aventura y drama coming-of-ageOnward no supone ninguna revolución (sería injusto pedírselo), pero nos recuerda que la verdadera magia de Pixar reside en saber contar historias con significado para todo el mundo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: La llamada de lo salvaje

Las películas con perro protagonista son un género en sí mismo, y además uno muy prolífico. Hay cientos y cientos de títulos centrados en “el mejor amigo del hombre”, y todos están cortados por el mismo patrón. Sin ir más lejos, el año pasado llegaron a las pantallas unos cuantos: Mi amigo EnzoUno más de la familiaTu mejor amigo: Un nuevo viaje. Está claro que este tipo de películas son rentables, ya que suelen costar poco y atraen a un público familiar muy amplio.

Este año se suma a la lista La llamada de lo salvaje (The Call of the Wild), film dirigido por Chris Sanders (mitad del tándem creativo que nos trajo Lilo & Stitch Cómo entrenar a tu dragón), basado en el clásico de la literatura escrito por el estadounidense Jack London. La historia gira en torno a Buck, un perro de gran tamaño y corazón que es arrancado de su hogar en California para ser utilizado como perro de trineo en las remotas tierras el Yukón en Alaska durante la fiebre del oro de los años 1890. Buck se convertirá pronto en el líder del equipo de canes encargados de entregar el correo, lo que le llevará a vivir una aventura en la que desarrollará una preciosa amistad con un hombre solitario (Harrison Ford, que también hace de narrador). Gracias a él, Buck descubrirá lo que es vivir siendo su propio maestro, lo que le llevará a encontrar su verdadero lugar en el mundo.

Más ambiciosa (y cara) que los títulos anteriormente mencionados, La llamada de lo salvaje presenta un híbrido de imagen real y animación por ordenador para dar vida a los animales de la película. Siguiendo la estela de El libro de la selvaEl rey león, Buck es una creación enteramente digital, al igual que el resto de perros que se encuentra en su aventura. Esto permite aumentar su expresividad a la vez que se evita utilizar a animales reales en el rodaje. Sin embargo, por mucha ventaja que suponga contar con perros CGI, el resultado final es irregular, por no decir desconcertante. Buck es un personaje divertido y entrañable, pero nunca resulta convincente como animal real. En todo momento salta a la vista que es una criatura digital, lo cual resta credibilidad y empatía, además de dificultar la suspensión de la incredulidad en las escenas de acción donde realiza hazañas más propias de una película de animación.

Si conseguimos acostumbrarnos a su inconsistencia visual y a la apariencia poco realista de Buck, La llamada de lo salvaje nos ofrece un pasatiempo familiar clásico bastante eficaz. Aunque hay bajones de ritmo, sobre todo en la segunda mitad del metraje, y en ocasiones se pasa de cursi y almibarada, la película cumple su propósito de entretener y emocionar, gracias en parte a la sinceridad y ausencia de pretensiones con la que está hecha. Y también a un divertido y emotivo Harrison Ford, que logra transmitir genuino cariño por Buck. A pesar de saber que el perro es digital, puedes sentir la conexión entre ambos, lo cual es un importante punto a favor.

La película cuenta con más actores humanos, entre ellos Omar Sy y Cara Gee, que interpretan a los dueños del trineo, Dan Stevens, que da vida al villano de la historia al más puro estilo Disney (caricaturizado y exagerado), y una Karen Gillan que tristemente aparece solo dos minutos, desaprovechando un talento polifacético del que sí han sacado partido el Universo Marvel y Jumanji. Sin embargo, el gran protagonista es Buck, quien aparece en varios pasajes sin intervención humana en los que da la sensación de que estamos viendo un film de animación; lo cual no es necesariamente positivo, ya que hace que parezca que hay varias películas distintas en una.

La llamada de lo salvaje es la clásica historia sobre un animal domesticado y maltratado por el humano que descubre la naturaleza y aprende a vivir por sí mismo; una película de corte navideño (por algún extraño motivo estrenada en febrero), que a pesar de ser uno de los proyectos heredados de Fox, parece una película 100% Disney. Con claros ecos a cintas animadas como BaltoTod y Toby (por momentos parece que estamos viendo un remake en acción real de la primera) y un espíritu atemporal, La llamada de lo salvaje no pretende inventar nada, solo proporcionar un refugio cálido y libre de cinismo para el espectador.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Queen & Slim: Un potente mensaje ahogado por un guion sin sentido

Con una fructífera carrera como directora de videoclips para Beyoncé, Lady Gaga o Rihanna y series de televisión (Insecure, Master of None) a sus espaldas, Melina Matsoukas debuta en el largometraje con Queen & Slim, road movie social escrita por la ganadora del Emmy Lena Waithe (Master of None) y protagonizada por Daniel Kaluuya (Déjame salir) y la revelación Jodie Turner-Smith, junto a Bokeem Woodbine (Spider-Man: Homecoming), Chloé Sevigny (Los muertos no mueren) y Flea (Identidad borrada).

Queen & Slim es la historia de un hombre (Kaluuya) y una mujer (Turner-Smith), los dos afroamericanos, que tras una primera cita se dirigen a casa cuando son parados por la policía. Lo que podría quedar en un incidente sin más acaba teniendo graves consecuencias cuando él dispara al oficial de policía en defensa propia. Preocupados por las posibles represalias, ambos deciden huir. Pero la escena ha sido grabada en vídeo desde el coche de policía y se vuelve viral. Mientras se embarcan en un peligroso viaje en carretera para escapar del país, encontrando numerosos aliados y desarrollando una profunda relación, la pareja se convierte en un símbolo de resistencia para la comunidad negra, víctima del trauma y la brutalidad policial en Estados Unidos.

Describir Queen & Slim como “la Bonnie & Clyde negra” es tan tópico y predecible como inevitable y acertado (la propia película hace ese mismo guiño). Alrededor de la idea de los amantes fugitivos, Matsoukas y Waithe construyen una historia muy potente sobre el racismo en Norteamérica en la que su mensaje llega alto y claro, en parte por la insistencia con la que se subraya continuamente. La película brilla en el aspecto visual, evidenciando la formación de Matsoukas en el videoclip y constatando su innegable sentido del gusto y fuerte personalidad estética. No cabe duda de que Queen & Slim tiene mucho estilo y actitud, sin embargo, la fuerza de sus imágenes se ve constantemente mermada por un guion más preocupado por el mensaje que por la lógica.

La historia empieza a cojear desde el primer momento en el que los protagonistas deciden huir de la escena del crimen. A partir de ahí, ambos toman un decisión estúpida tras otra, lo cual resulta aun más inverosímil si tenemos en cuenta que ella es abogada y consiguió absolver a una persona acusada de homicidio involuntario. Waithe fuerza constantemente los giros para llevar la trama por donde le interesa, abusando del deus ex machina (los personajes se salvan continuamente de las formas más fantasiosas) y descuidando detalles básicos, lo que resulta en un argumento lleno de agujeros narrativos y situaciones poco plausibles que dificultan la empatía con los protagonistas y restan impacto a la importante lección que quiere transmitir.

Queen & Slim nos habla de la violencia diaria a la que se enfrentan las personas negras en Estados Unidos, de la discriminación y el uso de perfiles raciales que condicionan sus vidas y los mantienen constantemente alerta por miedo a morir por una respuesta mal dada o a causa de un movimiento supuestamente sospechoso. Como decía, un mensaje muy valioso sin duda, pero aquí abordado sin apenas sutilidad y cayendo por momentos en lo maniqueo, lo cual contrarresta el notable trabajo de Matsoukas detrás de las cámaras. Tampoco ayuda un montaje atropellado y un metraje que se alarga en exceso, haciendo que tras una intensa primera parte en la que la directora maneja bien el suspense, la recta final se haga pesada y el impacto de su desenlace llegue demasiado tarde.

La idea de una comunidad ayudando a los fugitivos a escapar de sus opresores y en última instancia convirtiéndolos en héroes es muy buena, pero Waithe no sabe desarrollarla sin caer en lo obvio y lo machacón. A pesar de las excelentes interpretaciones de Kaluuya y Turner-Smith, su acertada fusión de thriller y romance y la más que solvente realización de Matsoukas, Queen & Slim se pierde en su afán de erigirse como película denuncia, manufacturando de forma muy autoconsciente su propio carácter icónico.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Fantasy Island

Llega a los cines la última película de la prolífica y rentable productora Blumhouse, el thriller fantástico con pinceladas de terror Fantasy Island. Habiendo conseguido ya establecerse como una marca reconocible, somos una buena parte de los aficionados al terror los que esperamos cada nueva película de la casa de Jason Blum con, como mínimo, algo de curiosidad, si no entusiasmo.

Dirigida por Jeff Wadlow (Kick Ass 2: Con un par), que repite con Lucy Hale (Pequeñas mentirosas), Fantasy Island es un reboot de la serie americana del mismo nombre que se emitió durante siete temporadas entre finales de los 70 y principios de los 80. Tanto en un caso como en otro, la acción transcurre en una misteriosa isla resort en la que los visitantes pueden cumplir sus más ansiadas fantasías, sueños que obviamente acaban mucho peor de lo que empiezan. El reparto cuenta con caras conocidas como Michael Peña, Ryan Hansen, Maggie Q, Portia Doubleday o Michael Rooker entre otros.

Por desgracia, la curiosidad por la premisa se desvanece nada más empezar el film, ya que no tardamos en encontrarnos con el enésimo uso del mismo recurso: un grupo de personas que no se conocen entre sí llegan o aparecen en un lugar común que les obliga a luchar por sus vidas a la vez que sus demonios interiores. Esta fórmula que ha dado tantísimos thrillers y películas de terror, como por ejemplo Cube (1997) o, sin ir más lejos, Escape Room, otro estreno de Sony Pictures del año pasado, cuya secuela es inminente gracias al éxito que tuvo esa primera parte. La segunda nunca será recordada como el clásico de culto que es la primera, pero supuso una grata sorpresa para los que no esperábamos nada y nos encontramos con una dirección solvente y un pulso en la narración y el desarrollo de la intriga muy eficientes. Que es justo lo que le falta a Fantasy Island.

A priori, que la película no cuente con el punto de partida más original no debería impedir que el producto final sea al menos divertido. Sin embargo, a medida que avanza el metraje nos damos cuenta de que le estamos pidiendo demasiado. Desafortunadamente, nos encontramos ante una de esas películas que se toman demasiado en serio a sí mismas, cuando lo que pide la historia es justo lo contrario: desvarío y humor. Pero era mucho esperar tratándose del mismo equipo que creó ese desastre llamado Verdad o reto.

Y es que no todo en Blumhouse van a ser aclamadas cintas de autor como Déjame salir Nosotros, loables divertimentos como Feliz día de tu muerteo reboots sólidos como La noche de Halloween. ¿En qué pensaban dando luz verde a este proyecto que presentaba las mismas carencias que Verdad o reto, una de sus películas peor valoradas recientemente?

Los guionistas, Jillian Jacobs, Christopher Roach y Jeff Wadlow, escriben a sus personajes recurriendo a las historias más básicas y planas posibles, tramas que cuando comienzan a entrelazarse abandonan toda la lógica, externa e interna. Simplemente no saben crear el conflicto, y mucho menos resolverlo, llegando a caer en el ridículo durante el tramo final. Es de agradecer que traten a los personajes femeninos con igualdad y les permitan descontrolarse, embrutecerse y expresar su sexualidad en lugar de reducirlas a estereotipos como la típica virgen o final girl. Pero también en esto se queda en la superficie, sin intención verdadera de reflexión o transgresión.

Con una duración de casi dos horas que empieza a excederse a los 85 minutos, decir que Fantasy Island es una oportunidad perdida quizás es exagerar un poco, porque tampoco había demasiadas expectativas por ella como para que fuera una decepción. Pero que el concepto de una isla mágica que cumple nuestras mayores fantasías podía haber dado muchísimo más de sí en otras manos, eso seguro.

Daniel Andréu

Nota: ★★

Crítica: Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de Harley Quinn)

“Harley Quinn no necesitaba un novio, necesitaba amigas”. Así lo ha expresado Margot Robbie en varias entrevistas a propósito del spin-off de Escuadrón Suicida centrado en su popular personaje. Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de Harley Quinn) se apoya completamente en esta idea. Harley sale de la sombra de su poderoso novio, el Joker, para dejar de ser “la chica de” y encontrar su lugar en el mundo. Una tarea complicada cuando no tienes la cabeza muy en su sitio, pero más llevadera cuando encuentras a otras mujeres en tu misma situación.

Aves de presa no borra los acontecimientos de la infame Escuadrón Suicida, sino que los utiliza como trampolín para crear una nueva historia con fundamento. Aunque Jared Leto no aparece en la película, su personaje está presente en todo momento para recordar a Harley quién ha sido a su lado y quién quiere ser sin él. Además del Príncipe Payaso del Crimen hay otras referencias a la película que convirtió a Harley Quinn en el disfraz favorito de media humanidad, guiños a otros personajes y un prólogo recapitulador que resume la biografía completa del personaje antes de iniciar su proceso de emancipación y convertirla en la gran protagonista de su nueva vida.

Con solo una película, Robbie convirtió a uno de los antihéroes más populares de DC en uno de los personajes más icónicos del cine reciente. Harley fue casi por unanimidad lo mejor de Escuadrón Suicida, y la actriz, que ejerce como productora en el spin-off, sabía que lo mejor para ella era sacarla de ahí y darle un nuevo grupo. Aves de presa es la rocambolesca historia de cómo se forma esta nueva pandilla femenina. Todo comienza con Harley abandonando al Joker, lo que alerta a todos sus enemigos de que, sin la protección de su novio, por fin hay vía libre para cazarla. A partir de ahí, se desata la locura.

Al más puro estilo John Wick, Harley pasa a ser el blanco de todos los malhechores de Gotham a los que hizo alguna jugarreta en el pasado. La ciudad entera se vuelve en su contra, incluido su villano más sádico (con permiso del Joker), Roman Sionis (Ewan McGregor), quien ha marcado como objetivo a una niña llamada Cass (Ella Jay Basco), que acaba bajo la protección de Harley. Sus caminos se cruzan con La Cazadora (Mary Elizabeth Winstead), Canario Negro (Jurnee Smollett-Bell) y Renee Montoya (Rosie Perez), tres mujeres agraviadas, cada una con su propia historia de emancipación, que no tendrán más remedio que unirse a Harley para derrotar a su enemigo común.

Aves de presa es una explosión de energía, color y violencia. Cathy Yan (Dead Pigs) dirige un espectáculo desenfadado y caótico en el que las mujeres de DC pasan al frente para protagonizar una historia retorcida de empoderamiento femenino y sororidad. Con estilo videoclipero, toneladas de actitud, una banda sonora que es dinamita y escenas de acción de lo más brutal (se nota la mano de Chad Stahelski, el director de John Wick, contratado para supervisar escenas adicionales), Aves de presa se desmarca del resto del Universo DC para seguir experimentando con sus posibilidades. El resultado es irregular, pero tremendamente divertido y decididamente gamberro.

Por supuesto, la estrella incontestable de la película es Robbie. La actriz vive y respira al personaje, a quien humaniza sin traicionar su espíritu volátil y amoral. Su trabajo es brillante, desde la autoconsciente voz en off tipo Deadpool hasta cómo se desenvuelve en la acción, pasando por unos primeros planos que enmarcan su rostro subrayando su talento para transmitir emociones. Además, el personaje también ha sido reconfigurado para desesclavizarlo de la mirada masculina, conservando su indudable naturaleza sexy, pero sin caer en la hipersexualización. Lo mismo se puede decir del resto de personajes femeninos, de los que destaca sobre todo una Mary Elizabeth Winstead feroz en las escenas de acción y muy divertida en las demás. McGregor por su parte también resalta como Black Mask con una interpretación a base de desquicio y amaneramiento, como un villano Disney armarizado con su propio secuaz enamorado (Chris Messina).

Pero Aves de presa está lejos de ser perfecta. Precisamente Black Mask es uno de sus puntos débiles. Salta a la vista que McGregor se lo está pasando en grande con el personaje, pero la película no sabe aprovecharlo del todo, y como le ocurre a tantos villanos en el cine de superhéroes, se queda en la superficie y acaba difuminándose en el acto final. Lo mismo le ocurre a varios otros personajes secundarios, como Canario Negro y Cass, a las que tampoco llegamos a conocer muy bien. En general, el guion introduce elementos y personajes para más adelante no sacarles partido o incluso olvidarse de ellos (se podía haber hecho mucho más con la hiena de Harley, por ejemplo).

Aunque supone una mejora enorme con respecto a Escuadrón Suicida y continúa la buena racha creativa de DC, Aves de presa sigue exhibiendo algunos de los problemas que lastraron a las primeras películas de su era moderna. Al principio le cuesta arrancar y encontrar el tono, los saltos en el tiempo de la narración no lineal perjudican al ritmo y se nota que ha habido dificultades para estructurar la película. Por otro lado, el humor no siempre resulta efectivo y desde luego no es para todo el mundo. Y por último, lo más importante, la película pasa tanto tiempo con los personajes por separado que cuando por fin se juntan, ya no queda apenas metraje. Sí, la batalla final es una gozada, pero aun así nos quedamos con las ganas de ver más escenas de grupo, de que se exploren mejor sus relaciones, de que se aproveche más la divertida dinámica entre ellas que solo vemos en los últimos minutos. Es como si tuvieran miedo a gastar demasiados cartuchos de cara a una secuela.

A pesar de sus defectos, Aves de presa es una de las películas más originales y potentes del DC reciente. Una auténtica fiesta que tiñe de color y purpurina la oscura Gotham y nos muestra el lado más desatado del estudio. Abundantes huesos rotos, una trepidante persecución en patines, una nube de cocaína que es para Harley como las espinacas para Popeye… Cualquier cosa es posible en una película que ha decidido mandar las reglas a la mierda y parece hasta arriba de éxtasis. Excéntrica, ultraviolenta y orgullosamente feminista, salvaje pero con su punto de ternura, liberada y emancipada, Aves de presa es la rebelión femenina que Harley Quinn y DC necesitaban.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Solo nos queda bailar (And Then We Danced)

Bailar como si no te estuviera mirando nadie. Bailar en tu habitación delante del espejo. Bailar como preámbulo al sexo. Como válvula de escape. Como idioma para comunicar lo que no se puede con palabras. Como pasaporte a una vida mejor. Bailar como respirar, como definirse y diferenciarse de la norma. Como existir.

Billy Elliot, Dirty Dancing, Girl, Ema..El cine ha recurrido a la danza en muchas ocasiones para contar historias de superación y de búsqueda de la identidad. Solo nos queda bailar (And Then We Danced), de Leban Akin, se une a esta larga lista con una historia que refleja a través del baile la insoportable tensión entre un país fuertemente anclado en la tradición, Georgia, y una juventud LGBTQ+ oprimida por su sociedad arcaica y conservadora. Tensión que desembocó en violencia durante el boicot organizado por la extrema derecha georgiana para protestar por la exhibición del film, disturbios que acabaron en numerosos arrestos e ingresos hospitalarios.

La película gira en torno a Merab (Levan Gelbakhiani), entregado bailarín de danza georgiana de familia pobre que lleva años entrenándose con su pareja de baile, Mary (Ana Javakishvili), para lograr un puesto en el grupo de danza nacional. La llegada del apuesto Irakli (Bachi Valishvili) altera profundamente su vida convirtiéndose en su principal rival, pero también su objeto de deseo. Irakli congenia inmediatamente con el resto de bailarines y se convierte en compañero de juergas del descarriado hermano de Merab (también miembro del grupo de baile), lo que lo acerca cada vez más a él. El aparente desinterés de Irakli se torna en una pasión correspondida que los llevará a vivir una aventura en contra de las normas que podría poner en peligro el futuro de ambos.

La danza georgiana es uno de los mayores símbolos de identidad del país. Se trata de una modalidad apoyada en la fuerza y la resistencia, alejada de la delicadeza del ballet y otras disciplinas, tal y como comprobamos en las viscerales y enérgicas secuencias de baile del film. En varias ocasiones, el entrenador de Merab recuerda a sus alumnos que la danza georgiana se basa en la masculinidad, entendida como sinónimo de fuerza y alejada de cualquier atisbo de sexo, feminidad o lo que para él es lo mismo, “debilidad”. Utilizando el tumulto interior de Merab, su forma de ser en relación a los demás bailarines y su apasionado romance con Irakli, Akin lleva a cabo una exploración de la masculinidad tóxica que plantea la necesidad urgente de desafiarla para deshacerse de ella.

La historia de amor entre Merab e Irakli se desarrolla con suma sensibilidad, realismo y una química indudable entre los actores. Gelbakhiani, la gran revelación de la película, es un portento a la hora de transmitir emociones. Con él se pueden sentir en primera persona las mariposas en el estómago, el magnetismo de la atracción sexual, la emoción del encuentro furtivo, la frustración de la espera y el silencio, y también el insoportable dolor del desamor. Es una interpretación de matices y miradas elocuentes que tiene bastante en común, aunque también nada que envidiar a la de Timothée Chalamet en Call Me by Your Name. Solo que en lugar de terminar en un primer plano, lo hace con una poderosa y sobrecogedora escena de baile (a lo Flashdance) que aparta el amor romántico para encontrar la catarsis en la liberación personal.

A pesar de caer en bastantes clichés del cine gay (no puede faltar la escena del enamorado oliendo una prenda de su objeto de deseo) y mostrarse demasiado prudente en su erotismo (en esta ocasión quizá justificado por lo opresivo del entorno), Solo nos queda bailar es una obra preciosa, así como muy valiosa en su denuncia de la homofobia y la violencia que las personas homosexuales viven a diario -y que la propia película ha recibido en su país. Una emocionante historia de autodescubrimiento y aceptación sobre la experiencia LGBTQ+ que recuerda al mundo lo importante (y necesario) que es atreverse a desafiar a la tradición, la sociedad y tu comunidad para escapar y florecer.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: El escándalo (Bombshell)

Las acusaciones a Harvey Weinstein por acoso sexual en 2017 provocaron un efecto avalancha que marcó un antes y un después en Hollywood, repercutiendo en todas las facetas de la sociedad alrededor del mundo. Miles de mujeres alzaban la voz después de décadas de silencio por miedo a las represalias de los hombres en el poder, creándose así el movimiento #MeToo, hashtag utilizado por miles de personas para compartir sus experiencias de acoso y agresión sexual en redes sociales.

Entre las muchas personas que decidieron hablar para denunciar a sus agresores se encuentran numerosas celebridades, como la actriz Alyssa Milano (quien popularizó el hashtag originalmente), Mira Sorvino, Lady Gaga, Patricia Arquette, Rosario Dawson, e incluso algunos hombres, como Terry Crews y James Van Der Beek. Pero más allá del caso Weinstein, el suceso relacionado con el #MeToo que más conmocionó a la sociedad estadounidense fue el de la cadena conservadora Fox News y las acusaciones de acoso sexual por parte de varias mujeres a su ex CEO, Roger Ailes, uno de los hombres más poderosos de la televisión norteamericana.

Esta es la explosiva historia que narra El escándalo (Bombshell), de Jay Roach. El director, que cuenta con una amplia experiencia dirigiendo películas basadas en episodios y acontecimientos reales de la sociedad y la política norteamericana (Game Change, Trumbo, All the Way), se centra en tres personajes femeninos: las presentadoras Megyn Kelly (Charlize Theron) y Gretchen Carlson (Nicole Kidman), y la ayudante de producción Kayla Pospisil (Margot Robbie). Ellas son las protagonistas de una trama que se adentra en los rincones más oscuros de la televisión diurna en Estados Unidos para sacar los trapos sucios de la cadena favorita de Donald Trump.

Bombshell es la crónica de la caída del todopoderoso Roger Ailes (interpretado por el camaleónico y siempre excelente John Lithgow) a través de los ojos de sus víctimas, mujeres que durante años se vieron sometidas a un ambiente de trabajo sexista y tóxico en el que sufrieron cosificación constante (en Fox News las mesas son abiertas para que se vean las piernas de las periodistas) y sus cuerpos fueron tratados como mercancía o moneda de cambio por el pez gordo de la cadena. Mujeres que dijeron “ya basta” y derribaron al monstruo. Esta mirada reveladora e incisiva a los entresijos de Fox News trata de responder las dolorosas preguntas a las que las víctimas se deben enfrentar tristemente cuando deciden compartir su verdad: ¿Por qué no hablaron antes? ¿Por qué no hicieron nada para evitarlo? ¿Por qué debemos creerlas?

Lo hace con un guion en ocasiones poco sutil, pero siempre afilado, matizado y provocador, explorando el escabroso asunto que trata con garra y dramatismo, pero también con mucho sentido del humor. Y con un fantástico reparto lleno de caras conocidas (Kate McKinnon, Mark Duplass, Rob Delaney, Connie Britton, Allison Janney, Malcolm McDowell…), encabezado por un soberbio trío de actrices que se comen la pantalla. Transformadas por un prodigioso departamento de maquillaje y peluquería (lo de Charlize como Megyn Kelly es increíble) y entregadas por completo a una historia que exige máximo compromiso y dedicación, Theron, Kidman y Robbie honran con sus interpretaciones a las víctimas de Ailes y a todas las mujeres que, como ellas, se han atrevido a dar el paso.

Puede que Bombshell recuerde demasiado a cintas como La gran apuestaEl vicio del poder, de las que parece tomar mucho prestado, pero esto no debería menoscabar su valor. No solo es una película explosiva y escalofriante, sino también una historia del #MeToo oportuna y necesaria, una herramienta valiosa para abrir ojos y concienciar sin olvidar en ningún momento el entretenimiento cinematográfico.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Ema: Mala mujer

Pablo Larraín es una de las voces más estimulantes del cine actual. El realizador chileno ha demostrado su versatilidad en una filmografía llena de joyas eclécticas que retratan a un artista inquieto y diferente. Después de NoEl clubJackieNeruda, Larraín firma su obra más extrema, rebelde y original, Ema, un delirante canto a la libertad, de la mujer, de las nuevas generaciones y de su propia naturaleza como cineasta.

Ema es la historia de una enigmática bailarina y profesora de expresión física cuyo matrimonio queda hecho añicos tras un escabroso incidente que obliga a la pareja a devolver al niño que habían adoptado. Destrozada por la pérdida, enfrentada a su marido, un coreógrafo reputado bastante mayor que ella (Gael García Bernal), y decidida a recuperar aquello a lo que ha tenido que renunciar, Ema (Mariana Di Girolamo) se embarcará en una odisea personal de autoexploración en la que replanteará las relaciones a su alrededor y se liberará a través del sexo, el baile y la protesta vandálica.

Larraín nos lleva en un apasionado y subversivo viaje por las coloridas calles de Valparaíso en una experiencia cinematográfica inclasificable y provocadora. Ema no es una película complaciente, sino todo lo contrario, un trabajo agresivo, hecho para despertar emociones contradictorias, para incomodar y desafiar. La figura de Ema, interpretada con brío y valentía por una excitante Mariana Di Girolamo, es la de una mujer compleja que viene a derribar convenciones y expectativas, una persona que circunvala la sociopatía, y resulta tan áspera y distante como fascinante.

Alrededor de ella, Larraín construye una obra técnicamente brillante y visual y sonoramente portentosa que transita por las calles de una ciudad domada y una juventud necesitada de revolución. “La destrucción es una forma de creación”. Ema adopta esta filosofía y Larraín la plasma en la pantalla de forma (literalmente) incendiaria, utilizando la música y el baile, concretamente el reggaetón, como forma de expresión de la protagonista y su generación. Oponiéndose a las voces conservadoras (personificadas en el personaje de García Bernal) que identifican esta música como una herramienta esclavizadora que atonta y embrutece a las masas, Ema se reapropia de ella, la redefine y la reivindica justamente como lo contrario: un poderoso instrumento para liberarse, social, personal y sexualmente.

Rechazando por completo las normas y la moralina, Larraín lanza un agitador mensaje de empoderamiento femenino que da forma a una película anárquica, visceral e imprevisible. La improvisación de los actores (a los que solo se les dio pautas de argumento para interpretar a su manera) aporta naturalidad, desconcierto y dolor a una puesta en escena muy medida. Con una dirección y una fotografía impecables, Ema tiñe de ritmo y color una historia oscura, disfuncional y ocasionalmente cruel sobre la familia, el amor y la pérdida, un palpitante relato de locura y revolución sexual que no puede dejar indiferente a nadie.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Malasaña 32: El terror vive en Madrid

La gran ciudad siempre ha sido el sueño de muchos, tierra de oportunidades, trabajo y experiencias, y vía de escape para aquellos que desean salir de sus rutinarias vidas de pueblo. Pero una vez en Londres, Nueva York o Madrid, descubrimos que no todo es tan ideal como nos lo habían pintado y la experiencia es muy distinta a lo que esperábamos. A veces incluso se torna en pesadilla. En el caso de los Olmedo, una literal.

Malasaña 32 nos traslada al conocido barrio de Madrid en la década de los 70 en una de las primeras películas de Bambú Producciones, estudio detrás de series como VelvetLas chicas del cableEn el corredor de la muerteRamón CamposGema R. NeiraSalvador S. Molina y David Orea escriben el guion, mientras que Albert Pintó (Matar a Dios) se encarga de la dirección. En el reparto nos encontramos a Begoña Vargas (Alta mar), Iván Marcos (Fariña), Beatriz Segura (La caza. Monteperdido), Sergio Castellanos (La peste) y José Luís de Madariaga (Hierro), junto a nuestro internacional Javier Botet (especialista en monstruos que hemos visto en [REC]It o Expediente Warren) y un cameo sorpresa que es preferible no desvelar.

La historia, “basada en hechos reales”, sigue a una familia de seis miembros (pareja, tres hijos y abuelo) que se muda a la ciudad en busca de una oportunidad para pasar página y empezar una nueva vida, huyendo de un pueblo en el que las habladurías, los secretos y los malos recuerdos ya no les dejaban vivir. En Madrid dan con un piso de grandes dimensiones en el bullicioso barrio de Malasaña (una utopía en la actualidad) que permanece tal cual lo dejó su anterior inquilino hace cuatro años, después de morir. Al poco de instalarse en la casa, la familia empieza a experimentar fenómenos extraños en el edificio, donde una terrorífica presencia se dedica a atormentar sus existencias.

Malasaña 32 sigue el manual de las películas de casas encantadas al pie de la letra. No falta ningún cliché: el sótano tenebroso, las luces parpadeantes, los aparatos electrónicos que se encienden solos, el teléfono que suena a pesar de estar desconectado, los juegos infantiles que acaban mal, la médium, el niño que habla con alguien que no vemos, el gato impertinente de siempre, la mecedora vacía que se mueve… y así podría estar hasta mañana. La película no se deja ni un solo lugar común por explorar, lo que hace que recuerde demasiado a otras cintas de terror como Insidious, Expediente Warren y sobre todo Poltergeist y Amityville. Sin embargo, su falta de originalidad se ve suplida por una ejecución notable que hace que la película cumpla de sobra su cometido: entretener y asustar.

Con habilidad técnica y sentido del ritmo, Pintó maneja estupendamente la tensión y la anticipación, construyendo competentes escenas de suspense y trabajándose bien los abundantes sobresaltos sin olvidar el drama familiar y social que bombea la historia. La ambientación setentera está muy lograda, añadiendo al clásico cuento de fantasmas el inconfundible toque español que aportan esos edificios antiguos del centro de Madrid que ya inmortalizó Álex de la Iglesia en La comunidad, con sus escaleras de madera, sus mirillas-rosetón y sus apartamentos de techos altos. Y la espeluznante presencia demoníaca que amenaza a los Olmedo (demasiado similar a la Niña Medeiros, eso sí) garantiza un buen mal rato para el espectador.

Desafortunadamente, como le ocurre a muchas películas de terror, Malasaña 32 se pierde en un final que se empeña en dar respuestas enrevesadas (con algún que otro estereotipo anticuado además), acabando en un desenlace engorroso y confuso que sobreexplica demasiado para terminar encontrando una salida fácil. A pesar de todo, sus virtudes compensan sus traspiés: buena atmósfera y sustos, un reparto más que solvente y un monstruo que se queda en el subconsciente hacen de Malasaña 32 una película de terror eficaz a pesar de no aportar nada original al género.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Jojo Rabbit

Taika Waititi es uno de los directores más originales del panorama cinematográfico actual. Antes de saltar al mainstream dirigiendo la película más marciana de Marvel, Thor: Ragnarok, el cineasta neozelandés ya se había labrado un nombre entre los círculos cinéfilos y festivales gracias a joyas como BoyLo que hacemos en las sombrasHunt for the WilderpeopleCon su último trabajo, Jojo Rabbit, basado en el libro Caging Skies de Christine Leunens, Waititi aúna la sensibilidad libre e independiente de sus primeros films con el estilo hollywoodiense al que ha sabido adaptarse sin perder un ápice de su peculiar personalidad.

Jojo Rabbit es una sátira de la Segunda Guerra Mundial ambientada en la Alemania nazi que sigue al pequeño Jojo Betzler (Roman Griffin Davis), un ferviente seguidor de Hitler que inicia su adiestramiento en las Juventudes Hitlerianas para luchar por los ideales que el dictador y sus partidarios le han metido en la cabeza. Sin embargo, su visión del mundo cambiará al descubrir que su madre (Scarlett Johansson), una mujer soltera perteneciente a la resistencia clandestina, esconde a una chica judía (Thomasin McKenzie) en la habitación de su fallecida hija mayor. Ante esta situación, Jojo se replanteará su nacionalismo, para disgusto de su ridículo amigo imaginario: Hitler (interpretado por el propio Waititi).

En manos de otro, esta rocambolesca premisa podría haber salido muy mal, pero Waititi la lleva a buen puerto con su habitual sentido del humor y las dosis perfectas de emotividad. Su buena mano y experiencia con las historias coming-of-age le sirve para confeccionar una fábula ingeniosa, dulce y entrañable sobre un tema muy complicado. Lo consigue encontrando el equilibrio perfecto entre comedia y melodrama, con humor incisivo lleno de toques surrealistas que busca hacer reír sin faltar al respecto y deleita a la vez que aborda los horrores de la realidad histórica que satiriza y lanza su mensaje antibelicista. En definitiva, consiguiendo lo que algunos directores creen imposible: hacer humor de un tema delicado y escabroso sin ser ofensivo.

Jojo Rabbit es una obra de contrastes. El color y la magia de su puesta en escena (reminiscente del cine de Wes Anderson) cubre una verdad muy oscura. La película es excéntrica y arriesgada, pero a la vez es lo más accesible, incluso académico, que ha hecho Waititi (de ahí sus 6 nominaciones a los Oscar, incluyendo mejor película). Y la risa y el llanto se fusionan en una historia que divierte pero también golpea fuerte con su dureza y tristeza; especialmente durante su segunda parte, donde el director se pone serio y el drama y la tragedia nos llevan hasta el desenlace, aunque sin perder nunca la gracia y el optimismo.

El film cuenta con un reparto magnífico del que destaca el niño prodigio Roman Griffin Davis (simplemente extraordinario) y el hilarante Archie Yates (futuro protagonista del reboot de Solo en casa), Scarlett Johansson en uno de los mejores papeles de su carrera (la Academia la ha recompensado este año con dos merecidas nominaciones, una por esta y otra por Historia de un matrimonio) y un fantástico grupo de talentos cómicos: Rebel Wilson, Alfie Allen, Stephen Merchant y un divertidísimo Sam Rockwell.

A pesar de experimentar un bajón de ritmo hacia la mitad del metraje, Jojo Rabbit es un triunfo absoluto del cine, una película mágica, luminosa y llena de energía que se queda en el recuerdo. Lejos de perder su idiosincrásica voz, Waititi sigue asumiendo riesgos y los supera con una visión muy clara de lo que quiere contar, dotando de alma a sus personajes y contando historias que parecen increíbles pero se sienten muy reales.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: La maldición (The Grudge)

Hace unos 20 años se originó en Japón un fenómeno cinematográfico que traspasó todas las fronteras: el J-Horror. Las películas de terror sobre fantasmas atormentados (y sus largas cabelleras negras) que aterrorizan a inocentes mortales se multiplicaron en muy pocos años, siendo The Ring la película que ha quedado como mayor exponente de aquella moda. Si hubiera que dar una medalla de plata a la popularidad esa sería para La maldición (Ju-onThe Grudge), película que, a pesar de ser realmente la tercera de la serie, catapultó a la fama a su director, Takashi Shimizu. Su éxito llevó a desarrollar varias secuelas y remakes, entre ellas uno americano protagonizado por Sarah Michelle Gellar, que el propio Shimizu dirigió.

En esta época de remakes y reboots en la que los estudios no dejan de rescatar franquicias del pasado, en 2020 vuelve Ju-on. La nueva versión viene de la mano de Nicolas Pesce, que dirige y escribe el guion. Viniendo de dirigir la muy interesante adaptación de la novela de Ryu Murakami Piercing (premio a la mejor interpretación masculina en el festival Nocturna 2018), y con el mismísimo Sam Raimi como productor, aumentaban las esperanzas de que la franquicia fuera relanzada con acierto.

En esta ocasión, no se trata de un remake plano a plano como con las versiones yanquis, sino que el film expande el universo de las películas originales conectando directamente con ellas al llevar la maldición a Estados Unidos a través de una persona que vuelve de una estancia en Japón a su hogar en Estados Unidos. Esto dará lugar a una serie de macabros asesinatos cuyas víctimas son los inquilinos que van ocupando el hogar a lo largo de dos años. La detective Muldoon (Andrea Riseborough), desoyendo los consejos de su compañero Goodman (Demián Bichir), empieza a investigar esos crímenes, acabando ella misma siendo acechada por los fantasmas del edificio.

A pesar de un arranque esperanzador, la película va perdiendo fuelle conforme avanza. Si bien Pesce cambia la dinámica narrativa que ya se ha repetido tantas veces, lo cual se agradece, la historia sigue siendo tan escuálida como en las originales japonesas. Empezando por las innecesarias sobreexplicaciones para despistados, siguiendo por el recurso fácil de la investigación policial, y terminando por que al final no deja de ser la misma película de siempre con los mismos sustos de siempre, acompañados de estridentes golpes de sonido con apariciones repentinas y efectos de suspiros cada vez que un fantasma pasa por detrás del plano. Lo hemos visto tantas veces que ya no surte efecto.

Y no solo no es original en ese sentido, sino que en su insistencia en el flashback, acaba resultando confusa y desorganizada, saltándose muchas reglas y dejando muchos agujeros a lo largo de sus escasos 90 minutos. Por el lado bueno, su apartado artístico sobresale especialmente. Los personajes, aunque basados en clichés, están interpretados por actores solventes que les sacan el máximo partido. La fotografía y el diseño de producción tienen un tono oscuro y sucio muy adecuado. Pero sin lugar a dudas, lo mejor y que hace que merezca la pena ir a verla, son los efectos de maquillaje, que por suerte, se alejan del acabado barato y amateur de las japonesas. Cuando no es digital por las exigencias de algunas escenas concretas, la violencia es muy cruda y realista, digna de los mejores momentos de Sam Raimi, quien sin duda imprime su personalidad en este aspecto. Gracias a esto, la gran Lin Shaye nos da las mejores escenas, que merecen ser vistas en la pantalla grande porque (sin desvelar más) son bastante bestias.

En definitiva, esta nueva Maldición es disfrutable, pero deja la sensación de oportunidad desaprovechada, ya que con sus elementos y el equipo que hay detrás, podría haber salido algo mucho más divertido y mejor. Una pena Raimi no la haya llevado un paso más allá como sí hizo con el brutal reboot de Evil Dead.

Daniel Andréu

Nota: ★★½

Jumanji – Siguiente nivel: Otra partida ganadora

Contra todo pronóstico, Jumanji: Bienvenidos a la jungla se convirtió en una de las grandes sorpresas de la taquilla de 2017-2018. Con una entrega de Star Wars y el sleeper El gran showman como principales competidoras durante la temporada navideña, la secuela tardía del clásico protagonizado por Robin Williams superó todas las expectativas rozando los mil millones de dólares de recaudación mundial y recibiendo una respuesta muy positiva por parte del público. Lógicamente, Sony Pictures no tardó en anunciar una tercera parte que llega tan solo dos años después para intentar repetir la hazaña.

Jumanji: Siguiente nivel recupera a su cuarteto protagonista original, Dwayne Johnson, Karen Gillan, Jack Black y Kevin Hart, a los que se suman Danny DeVito, Danny Glover y Awkwafina, además de Nick Jonas y Rhys Darby, que también repiten. La pandilla original regresa al videojuego para jugar una nueva partida en la que la misión ha cambiado para llevarles desde las dunas del desierto hasta las montañas nevadas, pasando por otros lugares inexplorados del mundo de Jumanji, donde deberán enfrentarse a lo inesperado para salir de allí con vida antes de que sea game over.

Bienvenidos a la jungla funcionó tan bien, que Jake Kasdan apenas ha modificado nada con respecto a ella. Aunque tengamos nuevos personajes y localizaciones, en el fondo es la misma película. Y no podemos reprochárselo teniendo en cuenta que el resultado vuelve a ser un producto familiar bastante digno y entretenido de principio a fin. Más allá de sus energéticas y espectaculares escenas de acción, el éxito de esta nueva secuela (y del reboot en general) descansa en la química de su reparto. Salta a la vista en todo momento que todos se lo están pasando en grande haciendo la película y su diversión resulta tan contagiosa que casi te reta a no pasártelo bien.

Es cierto que el factor sorpresa se ha desvanecido y que a la película le cuesta arrancar, con un inicio que no se esfuerza por justificar que los protagonistas vuelvan a entrar en el juego (aquí es donde más se notan las prisas por hacerla cuanto antes). Pero una vez de vuelta en Jumanji, la película despega y el ritmo apenas decae hasta el final. De nuevo, lo mejor es el contraste entre los avatares y las personalidades de los jugadores, que han cambiado con respecto a la primera partida. Johnson y Hart vuelven a estar desternillantes, en esta ocasión imitando/bordando a DeVito y Glover respectivamente, y la película saca el mejor partido de los cambios de personalidad para dejarnos momentos muy divertidos en los que todos los actores se lucen cómicamente (Awkwafina poseída por DeVito también es genial).

Por lo demás, Jumanji: Siguiente nivel se desarrolla como un videojuego que no te deja soltar el mando hasta que has completado la misión. Sony ha encontrado la fórmula ganadora con esta franquicia y ha sabido reproducirla para realizar otra película de aventuras infalible para todos los públicos, cargada de acción y humor, en la que lo más importante no son los efectos digitales, sino los actores. Si bien repite esquema y no aporta nada a lo que ya habíamos visto, Jumanji: Siguiente nivel consigue escapar de la maldición de las secuelas, preparando el terreno para una tercera parte (cuarta si contamos la original) que promete cambiar las reglas del juego.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Kristen Stewart es una bomba de relojería en la disfrutable ‘Los Ángeles de Charlie’

En cada generación, nace una elegida… Heroína equivocada, pero ya me entendéis. Cada cierto tiempo, los iconos del pasado vuelven, se regeneran y se renuevan de cara a las nuevas generaciones. Los Ángeles de Charlie se apuntan a la moda de los reboots con una nueva versión dirigida por Elizabeth Banks (Dando la nota) que trata de llevar la franquicia al siglo XXI con un flamante nuevo trío de Ángeles al frente y una mujer al cargo de la misión detrás (y delante) de las cámaras.

La nueva iteración de Los Ángeles de Charlie cuenta con Kristen Stewart (Personal Shopper), Naomi Scott (Aladdin) y la recién llegada Ella Balinska como relevo de las anteriores Ángeles, Drew Barrymore, Lucy Liu y Cameron Diaz. Tres jóvenes actrices que no viene a borrar lo visto en las entregas de 2000 y 2003 dirigidas por McG, sino a extender y actualizar la saga que tiene su origen en la mítica serie de los 70 del mismo nombre.

Es decir, el reboot no es total, sino más bien una continuación que transcurre en el mismo universo, el cual unifica mediante simpáticos guiños al pasado y cameos. En este nuevo comienzo, la Agencia Townsend se ha expandido globalmente y opera con varios equipos de Ángeles guiados por sus correspondientes Bosleys. Elizabeth Banks interpreta a la Bosley de la impredecible Sabina (Stewart) y la disciplinada Jane (Balinska), a las que se suman la nueva incorporación del equipo, Jane (Scott), una joven ingeniera de sistemas clave en el desarrollo de una codiciada tecnología que podría poner el mundo en peligro de caer en las manos equivocadas. Juntas deberán entrar en acción en una aventura alrededor del mundo para evitar que esto ocurra.

El clamor por una nueva Los Ángeles de Charlie era prácticamente inexistente. Si acaso, los espectadores habrían preferido una tercera entrega con Barrymore, Liu y Diaz, pero Sony optó por un relanzamiento para nuevas generaciones similar al de la exitosa Jumanji: Bienvenidos a la jungla y sobre todo la fallida Men in Black: Internacional, con la que guarda más similitudes. Este ha sido uno de los factores que la versión de Banks no haya sido recibida con los brazos abiertos, demostrando así que el público se ha cansado de reboots y franquicias (a menos que sean de superhéroes).

Ahora bien, debate sobre si era necesaria o no aparte (la respuesta la conocemos todos), la nueva Los Ángeles de Charlie está aquí y resulta que, si nos animamos a verla, nos encontraremos con un pasatiempo desenfadado, altamente imperfecto, pero muy disfrutable. Y es que la gente se ha tomado su existencia muy serio, cuando ni la propia película se toma en serio a sí misma. Banks sigue el espíritu mamarracho y divertido de las anteriores películas, que con el paso del tiempo han acabado ocupando un lugar especial en nuestro recuerdo, pero que no son precisamente obras maestras (si sirve como indicativo, la primera tiene un 5,5 en IMDb y la segunda un 4,9), sino más bien divertimentos exagerados y tontorrones para pasar un buen rato.

Y eso es justo lo que ofrece la reinterpretación de Banks, intriga y acción con mucho sentido del humor, cambios de vestuario, una buena banda sonora y una gran capacidad para reírse de sí misma. Claro que lo mejor de Los Ángeles de Charlie son sus tres energéticas protagonistas, en especial una explosiva y carismática Stewart, con la que Balinska y Scott mantienen una química indudable y contagiosa. Las tres dan la talla de sobra tanto en las escenas de acción como en los momentos de comedia, formando un equipo infalible y perfectamente compenetrado. Todos giran alrededor de ellas, Banks, un Patrick Stewart que pasaba por ahí, Sam Claflin pasándoselo genial parodiando a un ridículo gurú tecnológico y el novio de Internet Noah Centineo como “el chico de la película”.

El problema es que las habilidades de sus protagonistas no se ven del todo aprovechadas por una trama demasiado genérica y una historia a la que le falta sustancia. En lugar de sorprender, el guion transcurre por terreno demasiado conocido y la premisa “artefacto peligroso que hay que sustraer de manos enemigas para salvar el mundo” la hemos visto demasiadas veces.

Afortunadamente, Los Ángeles de Charlie posee suficientes atractivos y momentos de diversión como para hacer la vista gorda a una carencia que, si pensamos en las anteriores películas, tampoco debería ser tan importante (vamos, que no es James Bond ni pretende serlo). Abrazando abierta y orgullosamente el feminismo y con evidente cariño por la propiedad que está manejando, Banks ha realizado una Charlie’s Angels más moderna y empoderadora– yendo incluso adonde otros grandes estudios no se atreven haciendo que una de sus Ángeles sea abiertamente queer-, una película sexy, llena de estilazo y humor petardo para satisfacer a cualquiera que decida verla sin tomársela muy en serio y descubra que no es tan mala como creía.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Por qué Billy Elliot sigue siendo tan importante en la lucha contra la masculinidad tóxica

«No sé… Me siento muy bien. Al principio estoy agarrotado, pero cuando empiezo a moverme lo olvido todo. Y… es como si desapareciera, como si desapareciera y todo mi cuerpo cambiara. Como si tuviera fuego dentro y me veo volando, como un pájaro. Siento como electricidad. Sí, como electricidad».

Se acaba la segunda década del siglo XXI y seguimos estancados en el pasado, incluso retrocediendo en algunos aspectos. Aunque los diferentes movimientos progresistas por la igualdad sin importar el género, la sexualidad o la raza han tomado mucha fuerza en los últimos años, los prejuicios y el pensamiento arcaico continúan causando mucho daño en la sociedad.

A día de hoy, tanto en nuestra vida diaria como en la publicidad o el entretenimiento se sigue haciendo distinción entre cosas de mujer y cosas de hombre cuando no hay ninguna necesidad de hacer marcación por género. Recientemente se hizo viral una lamentable crítica de cine que aseguraba que los niños no estarían interesados en Frozen 2, porque es una película de niñas. Ya desde pequeños se nos dice lo que nos tiene que gustar o con qué juguetes tenemos que jugar según seamos niño o niña. Para ellos los coches, las películas de acción y los juegos de fuerza y destreza. Para ellas las muñecas, las historias de princesas y las actividades relacionadas con la maternidad y el hogar. Para ellos el azul, para ellas el rosa.

Para ellos el boxeo. Para ellas el ballet.

El problema del sexismo y la masculinidad tóxica o frágil afecta y moldea a las personas desde bien pequeñas, reprimiendo comportamientos totalmente naturales porque no son socialmente aceptados según las supuestas normas. Afortunadamente, el cine y la televisión han ejercido como poderosos agentes de cambio en este sentido. Si bien es cierto que muchas películas perpetúan los roles de género anticuados, otras han luchado por romperlos y demostrar que el género o la orientación sexual no deberían restringirnos en ningún aspecto de la vida.

Sería en caso del clásico moderno nominado a 3 Oscar Billy Elliot (2000). La película dirigida por Stephen Daldry (Las horas, The Crown) está considerada como una de las piezas clave en la batalla contra los estereotipos de género de las últimas décadas. Su impacto en cines resonó en todo el mundo, dando lugar a un auténtico fenómeno que perduró en el tiempo hasta convertirse en una exitosa obra musical -con composiciones de Elton John- en el West End de Londres.

La preciosa historia del pequeño Billy (Jamie Bell), un talentoso e impulsivo niño que vive dividido entre su pasión recién descubierta por el ballet y una familia rota de mineros que se enfrenta a una violenta huelga en la Inglaterra de Margaret Thatcher en 1984, inspiró a miles de personas que, como el protagonista, se sentían como bichos raros porque sus pasiones no eran las que supuestamente se debían corresponder con su género. Billy practica boxeo porque es lo que deben hacer los chicos, pero su verdadero amor es la danza, para la que posee un don muy especial. Su padre y su hermano, paradigmas de la masculinidad tóxica, se oponen a que Billy aprenda una disciplina tradicionalmente femenina, pero acaban apoyándolo, al igual que una comunidad entera que quiere para el niño lo que ellos no tuvieron: libertad para elegir qué quieres ser y escapar de un pueblo que se te ha quedado pequeño.

Billy Elliot nos habla de la necesidad de que el hombre también se abra y exprese sus sentimientos, ya sea de forma artística o a través de sus relaciones con los demás. Pero la lección no se queda ahí, sino que también incorpora un mensaje de tolerancia y aceptación a la comunidad LGBTQ+. Billy asegura en varias ocasiones que no es gay “a pesar” de gustarle el ballet, pero su mejor amigo, Michael (Stuart Wells), sí lo es. En lugar de rechazarlo (como reacción al propio rechazo que él siente y para distanciarse de la homosexualidad que otros proyectan en él), Billy acepta a su amigo tal y como es y no lo juzga cuando este lo besa o se viste de mujer, llegando incluso a fortalecer su amistad, lo cual ofrece un ejemplo de solidaridad y humanidad que sigue siendo muy valioso.

Billy Elliot supuso el lanzamiento de un jovencísimo Jamie Bell, que sorprendió al mundo entero con una portentosa interpretación merecedora de nominación al Oscar (que no se llevó). La energía y la delicadeza de su trabajo tanto en los momentos dramáticos y cómicos como en las magníficas escenas de baile, sumado a un extraordinario elenco adulto encabezado por Gary Lewis como el padre de Billy y Julie Walters (que sí fue justamente nominada por la Academia) como su profesora de ballet, dan forma a una película profundamente sensible, capaz de tocar la fibra sin caer en excesos de sentimentalismo.

Además de ser una de las películas más emocionantes y entrañables de los últimos 20 años, Billy Elliot pasó a la historia del cine por la forma en la que desafiaba los estereotipos de género con un personaje que se negaba a ser condicionado por ellos y se expresaba y liberaba a través de su pasión por el baile. Esto la convierte en precursora de una nueva masculinidad que representan nuevas estrellas jóvenes como Tom Holland (que interpretó a Billy en el teatro), Harry Styles o Timothée Chalamet. Gracias al film y al éxito de su adaptación musical (que ha llegado a muchos países, entre ellos España), Billy Elliot sigue siendo un modelo a seguir tanto para niños como para adultos, un ejemplo de que, en la búsqueda de la identidad debemos mirar hacia dentro y no prestar atención a lo que la sociedad quiere imponernos por ser una cosa u otra.

Pedro J. García

Billy Elliot está disponible en una nueva edición en pack con la película y el musical. Universal Pictures también ha puesto a la venta Los Miserables Jesucristo Superstar en este mismo formato doble.

Merlí Sapere Aude: Los años universitarios de Pol Rubio

[Reseña de los 5 primeros episodios de Merlí: Sapere Aude. Contiene spoilers de la serie original.]

Merlí llegó a las pantallas en 2015, convirtiéndose en un fenómeno de audiencia en Cataluña que se extendió al resto de España y parte del mundo, gracias a su emisión en Netflix. A lo largo de tres temporadas, la serie creada por Héctor Lozano nos introdujo en las vidas de un grupo de estudiantes de secundaria y su profesor de Filosofía, Merlí, cuyo original método de enseñanza calaba hondo en sus vidas y los marcaba para siempre. Merlí consiguió que miles de personas hicieran lo que nunca habían hecho: ver una serie en catalán (los que no la vieron doblada, claro).

Desde su final en enero de 2018, los fans de la serie clamaban por una continuación de algún tipo. Merlí terminaba con la muerte de su personaje titular y un salto en el tiempo que nos mostraba el futuro de sus alumnos. Habiendo obtenido ya ese “final feliz”, la mejor opción para seguir contando la historia era rellenar los huecos de la línea temporal. Así, Lozano ha creado Merlí: Sapere Aude, spin-off/secuela/precuela desarrollado exclusivamente para Movistar+ que nos muestra lo que ocurrió entre la muerte de Merlí y ese final con los personajes como adultos.

Pol Rubio (Carlos Cuevas) fue el estudiante favorito de Merlí y también el personaje favorito de la audiencia. Estaba claro que de haber un spin-off, se centraría en él. Y así ha sido. Merlí: Sapere Aude sigue al carismático Pol en su primer año de universidad, después de decidir que lo que quiere en la vida es convertirse en la persona que más ha influido en ella: Merlí. La primera temporada, que consta de 8 episodios dirigidos por Menna Fité y rodados en catalán y castellano (con gotas de inglés y francés), nos enseña sus primeros pasos en la carrera de Filosofía, donde hará nuevas amistades y entablará una relación especial con su profesora de Ética, María Bolaño (María Pujalte), irreverente catedrática que recuerda a Merlí en su personalidad provocadora y sus métodos poco ortodoxos.

Merlí: Sapere Aude es fiel a la experiencia universitaria y lo que significa para la vida de una persona que empieza a dejar atrás su adolescencia. Entre clases y fiestas en una Barcelona vibrante y multicultural, la serie explora esa etapa vital caracterizada por la experimentación y la búsqueda de la identidad. La Filosofía sigue siendo el hilo conductor en este spin-off que continúa el espíritu inquieto e inquisitivo de la serie madre, pero de forma más madura, que invita a pensar, a cuestionarse las cosas y a intentar ver el mundo desde perspectivas diferentes. En este sentido, la presencia de Merlí se siente continuamente, ya sea a través de los dilemas éticos y filosóficos que plantea cada episodio y que afectan directamente a la vida de los personajes (corrección política, psicología de masas, hedonistas vs kantianos), en el propio Pol o a través de la madre del profesor (la Calduch grande como siempre) y su hijo, ambos presentes en el spin-off.

Gracias a ese flashforward con el que terminaba Merlí, sabíamos que Pol y Bruno (David Solans) acababan juntos. Merlí: Sapere Aude se encarga de indagar en el camino que nos llevará a ese futuro en pareja. Aunque ya no van a clase juntos (Bruno estudia Historia y ha creado su propio grupo de amigos), los dos siguen el uno en la vida del otro. Cada uno vive la pérdida de Merlí de una manera, lo cual provoca tensiones entre ellos, pero el deseo y la atracción mutua que sienten los empujará el uno al otro constantemente. Es decir, aunque la serie se centre en Pol y sus nuevas relaciones (con hombres y mujeres), los fans de Brunol tendrán dosis suficientes de la (futura) pareja como para quedar más que satisfechos.

Hablando de sus nuevas relaciones, Merlí: Sapere Aude introduce un nuevo plantel de personajes excelentemente caracterizados que acompañarán a Pol en su aventura universitaria: Rai (Pablo Capuz), un chico rico y arrogante con el que Pol choca constantemente pero acaba desarrollando una fuerte amistad que deviene en atracción sexual (por primera vez en su vida) no correspondida; Minerva (Azul Fernández), argentina extrovertida con problemas económicos cuyo piso sirve como punto de encuentro y lugar de fiesta de la pandilla; Oti (Claudia Vega), compañera de Pol atrapada en una relación monótona y por ello deseosa de vivir al máximo la experiencia universitaria, aunque le lleve a cometer más de un error; y Biel (Pere Vallribera), muchacho cariñoso e inocente, pero deseoso de salir de su caparazón, que se enamora perdidamente de la inalcanzable Minerva. Las nuevas incorporaciones forman junto a Pol un grupo compenetrado desde el principio, creando una dinámica de relaciones que podría dar mucho juego en futuras temporadas.

Si Merlí se caracterizaba por su representación sin tapujos de la vida de los adolescentes, el spin-off eleva considerablemente las dosis de atrevimiento, especialmente en el terreno erótico y sexual. El inicio del primer episodio es toda una declaración de intenciones: la serie comienza literalmente con un primer plano del trasero de Pol en la ducha. Y eso no es nada. Además de explotar constantemente el físico y atractivo de Carlos Cuevas (casi todos los personajes se sienten atraídos por él, hasta la Bolaño, y así nos lo hacen ver), Merlí: Sapere Aude va más allá en las escenas de sexo y desnudos, con momentos que van a dar mucho que hablar entre los fans (spoiler: en el cuarto episodio hay una transgresora escena de masturbación anal y un encuentro sexual en el que un personaje muerde la visible erección de otro a través de la ropa interior. Fin de spoiler).

Tener un protagonista bisexual masculino y que lo sea de verdad, no solo de boquilla, es un avance, pero la identidad y búsqueda sexual de Pol, en pleno proceso de aceptación de su propia sexualidad, es solo una parte del viaje que nos propone Merlí: Sapere Aude (aquí los personajes van a clase y estudian, no como en otras series). La primera temporada aborda otros temas como la diferencia de clases, la muerte, el abuso en las tasas universitarias, el alcoholismo, el divorcio o el amor en diferentes estadios de la vida, y lo hace reproduciendo el estilo de su serie madre, con sus virtudes (personajes cautivadores, tramas siempre interesantes) y sus defectos (idealización excesiva, pobre diversidad étnica y falta de naturalidad en algunos momentos).

A juzgar por los primeros cinco capítulos, Merlí: Sapere Aude será un éxito entre los fans de Merlí. Después de sus tres temporadas, Lozano acomete el spin-off con seguridad y confianza desde el principio, superando el primer cuatrimestre con buenísima nota. El estupendo trabajo interpretativo de Carlos Cuevas, que encarna con soltura el proceso madurativo y las contradicciones de Pol (tan atrevido como inexperto), es uno de los mayores ganchos de una serie a la que no le sobran atractivos. Merlí: Sapere Aude es la discípula aventajada que emprende el vuelo por sí sola siguiendo el ejemplo de su maestro. La máxima de Horacio, “Sapere aude”, se convierte en la guía de Pol y de una serie que nos invita a pensar constantemente y que nos habla entre otras cosas del deseo. El sexual, el de vivir, el de crecer, y sobre todo, el de saber.

La primera temporada de Merlí: Sapere Aude se estrena el 5 de diciembre en Movistar+.