Crítica de Frozen 2: Hacia lo desconocido

En su transición de la animación tradicional a la generada por ordenador, Disney tardó unos años en reproducir el tirón comercial del que había disfrutado una década antes. Películas como BoltEnredados¡Rompe Ralph! la situaron en el buen camino, pero el estudio necesitaba algo más para recuperar la magia de su época dorada de los 90. En 2013, nadie esperaba que Frozen: El reino del hielo fuera ese “algo más”, pero contra todo pronóstico, se acabó convirtiendo en una de las películas de animación más taquilleras de todos los tiempos (recaudó 1.276 millones de dólares mundialmente) y dio paso a un enorme fenómeno cultural.

El éxito masivo de Frozen convirtió a sus protagonistas en la obsesión de los más pequeños, desató una avalancha de mercadotecnia, hizo que el himno ‘Let It Go’ sonase en todas partes y finalmente generó una adaptación de Broadway, tal y como había ocurrido con El Rey León años atrás. El impacto de Frozen fue tan grande que una secuela estaba garantizada. Pero sus creadores, Chris Buck y Jennifer Lee, junto a los compositores de las canciones, Robert Lopez y Kristen Anderson-Lopez, decidieron tomarse su tiempo. Seis años que han dedicado a hacer una secuela que esté a la altura, en lugar de sacar cualquier cosa para aprovechar el éxito de la primera.

La tendencia renovadora que Disney había mostrado con películas anteriores como EncantadaEnredados alcanzaba en Frozen su máxima expresión con una historia que no se centraba en el amor romántico, sino en la relación entre dos hermanas, y que cambiaba la idea del matrimonio instantáneo por una relación en la que dos personas se conocen antes de enamorarse (el príncipe azul resultaba ser el villano y la película no terminaba en boda, sino con dos personajes iniciando una relación después de pasar tiempo juntos). Retomando su mensaje de empatía y autoaceptación, Frozen 2 continúa el espíritu moderno y revisionista de su antecesora a la vez que se enfrenta al reto de ampliar su universo y extender la historia más allá del “vivieron felices y comieron perdices”.

Para ello, Buck y Lee deciden volver al pasado y reescribir la historia de los padres de Elsa y Anna, creando alrededor de ellos una intrincada mitología que involucra los elementos de la naturaleza y la historia desconocida de su pueblo. Tras los acontecimientos de la primera entrega, el reino de Arendelle atraviesa una época de paz, Elsa y Anna viven felices rodeadas de las personas que más quieren y la vida transcurre sin contratiempos. Todo cambia cuando Elsa empieza a oír una voz misteriosa que la lleva junto Anna, Kristoff, Olaf y Sven a embarcarse en un viaje hacia lo más profundo del bosque encantado, un lugar del que nadie ha regresado nunca, donde se enfrentarán a grandes peligros para descubrir la verdad sobre su familia y desvelar el misterio de su reino.

Frozen 2 reutiliza los elementos que hicieron de la primera parte un fenómeno, pero consigue escapar de la repetición con una historia que explora lugares desconocidos en un ejercicio de expansión narrativa. La secuela es definitivamente más épica, madura y ambiciosa que la anterior, una película que además de seguir profundizando en la relación entre las hermanas y explorando la interesante identidad de Elsa, independiente, atormentada y en constante búsqueda, nos habla de cómo el pasado nos condiciona y cómo los jóvenes deben resolver los problemas heredados por las generaciones anteriores para hacer un mundo mejor. Un oportuno e inspirador discurso que sirve como reflejo de nuestra propia realidad en el momento actual.

En el apartado técnico y visual, Frozen 2 eleva el listón hasta lo más alto. Entre escenas de acción espectaculares, preciosos paisajes y números musicales formidables, la película está repleta de imágenes que pasan a ser instantáneamente icónicas y que dejarán boquiabiertos tanto a niños como a mayores (Elsa atravesando el mar, Elsa con el pelo suelo montada sobre el caballo de agua…). En cuanto a las canciones, el matrimonio Anderson-Lopez vuelve a dar en la diana con un repertorio digno del mejor musical de Broadway. En esta ocasión se echa de menos algo más de variedad (la mayoría de temas son baladas y algunas no muy memorables), pero hay incontestables temazos, como el vivificante número de apertura con todos los personajes, ‘Some Things Never Change’, la divertidísima parodia de los 90 interpretada por Kristoff, ‘Lost in the Woods’, y por supuesto, el monumental tema central, ‘Into the Unknown’, que funciona como la ‘Let It Go’ de la secuela sin ser exactamente una copia.

Donde Frozen 2 vuelve a fallar es en la construcción del guion, un problema que arrastra desde la primera película y que se acentúa al complicarse la historia en esta segunda parte. Uno de sus mayores aciertos es el hecho de que no cuenta con un villano, sino que el enemigo de los protagonistas es el mismo miedo, a lo desconocido y a ser uno mismo. Pero la trama que se construye a partir de esta idea resulta confusa y atropellada por momentos, sobre todo a la hora de ampliar lo visto en la primera parte, para lo que se recurre a la continuidad retroactiva, con resultados irregulares. Por el lado bueno, los diálogos son tan inspirados o incluso mejores que en la primera y abundan los chistes geniales y los momentos de metahumor que tan bien funcionaron en la anterior (guiños que en ese caso sirven para realizar un comentario muy autoconsciente de la misma). Por último, la película destaca por su fantástico desarrollo de personajes. Todos ellos crecen personal y emocionalmente en esta nueva aventura, en especial Elsa, personificando así uno de los mensajes principales de la película: dejar de tener miedo al cambio.

Y hablando de cambio, como ya se nos había avisado, la película no concreta nada sobre la sexualidad de Elsa. Como en la primera, su historia no gira en torno al amor romántico, por lo que sus creadores no han sentido la necesidad de definir su orientación sexual tampoco en la secuela. Pero esto no impide que existan varios momentos de subtexto queer (ol queerbaiting, según se mire), como la introducción de un nuevo personaje femenino con el que Elsa comparte una escena que parece diseñada para seguir alimentando las especulaciones, un diálogo en el que Anna le dice que la apoya en su decisión de vivir siendo “como quieres ser”, y de nuevo, las letras de sus canciones, que expresan un conflicto interior que puede seguir relacionándose al de la comunidad LGBTQ+ (como es el caso de su otro baladón, ‘Show Yourself’). El debate vuelve a estar servido.

A pesar de sus defectos, Frozen 2 es una secuela más que digna que hace honor a la primera entrega. Aunque el factor sorpresa ha desaparecido, la película encuentra la manera de continuar reescribiendo las normas de los cuentos de hadas y el cine de princesas de Disney, con una historia emocionante, empoderadora y muy divertida que piensa tanto en los niños como en los adultos. Salta a la vista que hay mucho trabajo detrás de la película y que los directores se han esforzado para no estancarse y realizar una continuación que haga justicia al éxito de la anterior. La espera ha merecido la pena y el resultado promete desatar de nuevo la frozenmanía.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

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