Midsommar: La belleza del horror

Ari Aster irrumpió a lo grande en el panorama cinematográfico causando sensación en el Festival de Sundance con su opera prima, Hereditary, una de las películas de terror más aclamadas (y divisivas) de los últimos años. La cinta protagonizada por Toni Collette y Alex Wolff se convirtió en uno de los éxitos sorpresa del año, siendo aplaudida por la crítica especializada y comentada hasta la saciedad en los círculos cinéfilos. Tan solo un año después, Aster regresa con su segundo largometraje, Midsommar, dispuesto a demostrar que lo de Hereditary no fue suerte del principiante.

Tras sumirnos en la oscuridad en su primera película, Aster escoge el camino opuesto en Midsommar, cuento de terror que transcurre a plena luz del día. La historia sigue a una pareja estadounidense en crisis (Florence Pugh y Jack Reynor) que viaja junto a sus amigos a una pequeña comuna en un idílico y remoto rincón de Suecia para asistir a sus peculiares celebraciones del solsticio de verano. Una vez allí, los turistas se ven envueltos en la belleza natural del lugar, que solo ve dos horas de oscuridad al día, y el carácter acogedor de sus habitantes. Sin embargo, a medida que avanza su estancia, la alegría de la celebración no tardará en dar paso a un ambiente siniestro en el que las ceremonias paganas del Midsommar se vuelven cada vez más perturbadoras y violentas.

La influencia en Midsommar de El hombre de mimbre (The Wicker Man) es más que evidente. Aster lleva a cabo un claro homenaje a la película de culto de los 70, recogiendo además inspiración de cintas como El bosqueLa matanza de Texas. De hecho, más allá de su ambición discursiva y formal y su carácter experimental, Midsommar es en el fondo un slasher de campamento, la típica película de terror sobre un grupo de jóvenes que se van de vacaciones y acaban adentrándose en una pesadilla de la que será difícil salir con vida y en la que tomarán una decisión estúpida detrás de otra. Todo envuelto en una escalofriante reflexión sobre la religión, la tradición, el folclore y el ser humano en el espíritu amargo de Ingmar Bergman. Una mezcla cuanto menos chocante que, sin embargo, funciona a la perfección.

Entrar en Midsommar ignorando lo que nos espera, al igual que sus propios protagonistas, es esencial para vivirla al máximo. Uno no sabe qué se va a encontrar en la película, pero desde el primer minuto puede sentir que va a ser algo difícil de digerir. Ese miedo a lo que pueda venir es lo que hace que la experiencia sea tan intensa e inquietante, más que el terror tradicional, que no abunda en el metraje. Aster realiza un magistral trabajo creando la tensión y manteniéndola durante las más de dos horas que dura el film, solo cediendo el control en un tercer acto que se alarga excesivamente y se pierde por momentos en su mitología. El desasosiego es la tónica general de una película que va aumentando los nervios estallando en arrebatos lisérgicos y culminando exabruptos de violencia gráfica y gore que dejan en shock. Las escenas más explícitas, si bien no son muy abundantes, ponen a prueba los límites del espectador con truculentas imágenes que desafían a mantener la mirada en la pantalla.

En cuanto al reparto, unos excelentes Florence Pugh (Lady Macbeth) y Jack Reynor (Sing Street) encabezan un grupo de jóvenes talentos (Will Poulter, William Jackson Harper, Vilhelm Blomgren) que se entregan al cien por cien a la locura de la historia. Pugh nos regala una de las interpretaciones más fascinantes de la temporada y Reynor una de las más osadas. Mientras, Aster realiza un trabajo notable caracterizando a los personajes y desplegando sus conflictos de manera que la tensión que ya existe entre ellos sirve para magnificar el suspense que recorre todo el film. Midsommar ha sido nombrada por muchos “la mejor película de ruptura de la historia”, a lo que se podría añadir “la mejor película sobre hacer una tesis de la historia”. Ambos títulos llevan algo de guasa (no en vano, la película tiene abundantes toques de humor absurdo), pero también sirven para dar fe de las múltiples capas que componen una obra que es mucho más de lo que aparenta.

Midsommar es la constatación de que Aster no es flor de un día (nunca mejor dicho). Su dominio y seguridad siendo esta su segunda película es asombroso, y su talento para la atmósfera y la composición, unido a la impecable fotografía de Pawel Pogorzelski y la magnífica banda sonora de The Haxan Cloak, da lugar a una experiencia envolvente y visualmente exquisita. La película está repleta de planos para enmarcar, encuadres creativos e inteligentes, y una belleza que no hace sino acentuar la desazón y el delirio en el que nos acaba sumiendo. Extraña, macabra, visceral, traumática, está claro que Midsommar no es una película para todos los públicos, sino que está en su naturaleza dividir. Sus escenas pueden estomagar, su duración puede pasar factura y el excentricismo perverso de Aster puede atragantarse. Pero si uno entra en su cegadora y alucinógena propuesta, obtendrá en recompensa un viaje cinematográfico imposible de olvidar.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

El Rey León: Mismo animal, piel nueva

Hay pocas cosas seguras en esta vida y una de ellas es que El Rey León es una de las mejores películas de animación de la historia. Otra sería que, tarde o temprano, Disney le haría un remake. Justo cuando se cumplen 25 años del estreno del clásico original, el estudio presenta su nueva versión, un espectáculo enteramente digital dirigido por Jon Favreau, quien hace tres años ya se enfrentase al reto de dar vida a animales realistas parlantes con El Libro de la Selva

Sin embargo, en esta ocasión, Favreau y Disney no han llevado a cabo una relectura como sí hicieron con el clásico de los 60 (cuyo escuálido guion tuvieron que modificar y ampliar necesariamente), sino que han optado por mantenerse lo más fiel posible a la original. Y es que si algo no está roto, no lo arregles, debieron pensar. El Rey León es una de las películas de Disney más queridas y está grabada a fuego en la memoria colectiva, así que, teniendo en cuenta que el público por lo general prefiere las adaptaciones literales, estaba claro que esa era la senda a seguir con este remake. Pero, ¿tiene sentido hacer la misma película otra vez?

La nueva versión de El Rey León es prácticamente una reproducción plano a plano de la original, un ejercicio de duplicación similar al Psycho de Gus Van Sant, solo que en este caso, el público sí tiene interés en verlo. Desde el sol que amanece sobre la sabana al compás de los míticos cantos tribales africanos hasta la última escena en la Roca de la manada, Favreau ha calcado las icónicas imágenes del film de Roger Allers y Rob Minkoff, respetando además su estructura narrativa, su ritmo, sus diálogos, su score (que el propio Hans Zimmer revisiona) y sus canciones, con la principal diferencia de que está realizada en imagen digital fotorrealista, lo que le confiere un aspecto de documental de naturaleza de National Geographic.

Aunque no asume ningún riesgo, sí hay pequeños cambios y novedades que se añaden de forma orgánica y en ningún caso modifican la trama o la esencia de los personajes que conocemos desde los 90. Por ejemplo, algunos diálogos se amplían, sobre todo los de Timón y Pumba, que protagonizan los momentos más divertidos (y más meta) del film; y cómo no, hay una nueva canción cuyo único propósito es competir en los Oscar, ‘Spirit’, interpretada por Beyoncé durante una escena de transición que en el clásico original no contenía diálogo, por lo que en ese caso realmente tampoco cambia nada. Por lo demás, se apoya en todo momento en la original, hasta el punto de que uno puede recitarla.

Las diferencias más sustanciosas tienen lugar durante los números musicales, que, a excepción de ‘El ciclo de la vida’, que es exactamente igual, pierden ese toque mágico y simbólico de la animación tradicional para ajustarse al realismo que condiciona, y en gran medida, constriñe a la película. ‘Yo voy a ser el rey león’ funciona, porque encuentra la manera de respetar el número original sin cambiar la animación y ‘Hakuna Matata’ cumple su cometido gracias sobre todo al humor que brindan Timón y Pumba. Pero ‘Preparaos’ o ‘Es la noche del amor’ se quedan escasas, a pesar de contar con excelentes actualizaciones (producidas por Pharrell Williams) que insuflan nueva vida a los temazos inmortales de Tim Rice Elton John que nos sabemos de memoria.

En este sentido, uno de los mayores aciertos de la película es su impresionante reparto original, a cada cual más perfecto para su personaje. El cálido juego de voces de Donald Glover y Beyoncé como Simba y Nala es exquisito, Billy Eichner y Seth Rogen se mimetizan por completo con los tronchantes Timón y Pumba (risas garantizadas con ellos), el presentador John Oliver borda a Zazú, Chiwetel Ejiofor ofrece un auténtico recital dramático con Scar, haciendo más que justicia a uno de los mejores villanos del cine, y James Earl Jones repite como Mufasa, para gozo nostálgico de los que prefieran la versión original (los que la vean doblada no podrán evitar echar de menos a Constantino Romero).

No obstante, el buen hacer de su reparto no hace sino subrayar el principal problema de la película, que la riqueza en matices de sus interpretaciones se ve lastrada por la necesidad de mantener el realismo en la representación de los animales. Es decir, lo que transmiten las voces no se ve reflejado en los rostros inexpresivos de los leones, lo que hace que el remake caiga a menudo en el valle inquietante y, por tanto, pueda provocar desconexión emocional. Por muy mono que sea Simba (y lo es, mucho), si no vemos en su semblante el mismo dolor y miedo ante la muerte de su padre que vimos en su análogo 2D, es muy difícil emocionarse como lo hicimos entonces.

No cabe duda de que El Rey León es una gran proeza técnica y un espectáculo visual y sonoro increíble. El remake lleva la animación CGI a un nuevo nivel, con imágenes preciosas y un detallismo completamente apabullante. Pero a la vez que nos asombra con sus avances y la verosimilitud de sus personajes digitales, pone de manifiesto las limitaciones dramáticas de la técnica fotorrealista aplicada a los animales y, como consecuencia, acaba resultando más fría de lo que debería. Al final, es lo mismo, pero no es lo mismo. Está todo, pero falta algo. Parece real, pero cuesta encontrar el alma.

El Rey León halla su razón de ser en su naturaleza de experimento técnico y ejercicio nostálgico. Se trata de una historia que ya se ha contado más de una vez, que de hecho se cuenta una y otra vez en formato musical en varias ciudades del mundo con enorme éxito, y que ahora se vuelve a contar en el cine, tanto para las nuevas generaciones como para los que crecieron con el clásico de dibujos. Al margen de lo señalado, no se le puede reprochar mucho más al remake, porque es prácticamente la misma película. Es la misma obra maestra, con piel nueva, una que luce muy bien pero no arropa tanto. Por supuesto que podemos cuestionar la necesidad que había de hacerla, pero las cifras de taquilla nos darán la respuesta. Era inevitable, así es el ciclo de la vida.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Annabelle vuelve a casa: Niñeras contra las fuerzas del mal

El terror es uno de los géneros más lucrativos del cine, y Warner Bros. bien lo sabe. Con Expediente Warren (The Conjuring), el estudio vio un filón irresistible y empezó a desarrollar lo que a día de hoy ya es un universo cinematográfico propiamente dicho. La película de James Wan aportó el nexo de unión entre las próximas entregas: el matrimonio de investigadores de lo paranormal Ed y Lorraine Warren. A partir de ahí, la historia continuó en la secuela El caso Enfield y los spin-offs centrados en la muñeca Annabelle y el demonio Valak, más conocido como La Monja. El éxito de todas estas películas es incontestable y demuestra que el terror comercial vive una de sus mayores épocas de esplendor.

La nueva película del Warrenverso se centra por tercera vez en la muñeca diabólica, pero en esta ocasión no está sola. Annabelle vuelve a casa (Annabelle Comes Home) cuenta cómo los Warren, decididos a evitar que esta siga sembrando el terror, la llevan a la sala de objetos malditos que se encuentra en el sótano de su casa, donde la guardan en una vitrina sagrada que ha sido bendecida por un sacerdote. Los Warren deben pasar unos días fuera y dejan a su niñera de confianza, Mary Ellen (Madison Iseman), al cuidado de su hija de diez años, Judy (McKenna Grace). Todo transcurre con relativa normalidad hasta la llegada de Daniela (Katie Sarife), problemática amiga de Mary Ellen, cuya insana curiosidad por la misteriosa sala de los objetos de los Warren acaba liberando de nuevo a la muñeca poseída, despertando a su vez al resto de espíritus malignos de la habitación.

El listón de la saga Annabelle estaba más bien bajo, por lo que no era del todo difícil superar lo visto hasta ahora. Si Annabelle: Creation mejoraba ligeramente la terrible primera película, Annabelle vuelve a casa supone un salto de calidad considerable con respecto a sus dos antecesoras. Para empezar, la presencia de Vera Farmiga y Patrick Wilson, aunque breve, eleva la película y nos deja en su prólogo con una de las mejores escenas de toda la saga. Los Warren no tardan en ceder el protagonismo a la prometedora McKenna Grace, que encabeza un reparto adolescente con el que se rejuvenece la franquicia. Annabelle vuelve a casa transcurre en los 60, pero tiene ese inconfundible aroma a slasher de los 80 protagonizado por niñeras (Halloween); incluso puede recordar a las típicas aventuras juveniles de aquella década (Aventuras en la gran ciudad), resultando en una mezcla de lo más curiosa.

Gary Dauberman, guionista de It, La monja y las dos anteriores entregas de Annabelle, salta por primera vez a la dirección con Annabelle vuelve a casa (que también vuelve a escribir), y realiza un trabajo técnicamente notable tras las cámaras. Dauberman se aproxima al suspense con inteligencia y autoconsciencia, evitando la repetición con ingenio. No faltan los sustos traicioneros, los jumpscares de toda la vida, pero también se divierte jugando con los espacios y las expectativas del espectador, preparando sobresaltos que nunca llegan, con los que pone de manifiesto la importancia del preámbulo por encima incluso del susto en sí mismo. En este sentido, otro de los grandes aciertos de la película con respecto a las dos anteriores es su sentido del humorAnnabelle vuelve a casa tiene guiños cómplices a la audiencia y oportunos momentos de comedia que ayudan a aliviar la tensión y hacen a los personajes más humanos.

Esto ayuda a conectar más con ellos y que acompañarlos en la recta final sea aun más intenso. Dauberman se reserva lo mejor para un tercer acto de infarto en el que las emociones fuertes se suceden una detrás de otra. La muñeca es solo un pretexto para desplegar todo un ejército de criaturas y entes que hacen las veces de catálogo de futuros spin-offs del WarrenversoAnnabelle vuelve a casa es un festival de monstruos, cada uno con su propia leyenda a desarrollar, que nos dejan escalofriantes y creativas imágenes de terror y fantasía. Lejos de haberse agotado, la sala de los Warren nos demuestra que la saga está llena de posibilidades.

A Annabelle vuelve a casa, como a la mayoría de películas de terror de multicine, le falta riesgo y un poco de sangre  y al final no es nada que no hayamos visto ya muchas veces. Pero está por encima de la media gracias a un guion que es consciente de sus propios mecanismos y sabe cómo utilizarlos en su favor, un sentido del humor refrescante e incluso algunas dosis de ternura y romance que consiguen no desentonar. Terrorífica y divertida a partes igualesAnnabelle vuelve a casa es la prueba de que Warner ha conseguido dominar la fórmula del terror mainstream como Marvel ha hecho con la de los superhéroes.

Pedro J. García

Nota: ★★★½