‘Bumblebee’ insufla alma (nostálgica) a la saga Transformers

En 2007, Michael Bay convirtió el fenómeno Transformers en una de las sagas cinematográficas más taquilleras de la historia del cine. La primera adaptación live-action de la popular franquicia de juguetes y dibujos animados, protagonizada por Shia LaBeouf y Megan Fox, recaudó más de 700 millones de dólares en todo el mundo. Las siguientes entregas no hicieron más que mejorar esa cifra, dos de ellas (El lado oscuro de la luna y La era de la extinción) llegando a superar los mil millones de dólares globalmente. Sin embargo, mientras la saga escalaba en taquilla, cada película era peor valorada que la anterior, culminando en 2017 en el relativo fracaso de El último caballero con 605 millones, casi la mitad que la entrega precedente, La era de la extinción (1.104 millones).

La gente había perdido el interés en Transformers, así que había llegado el momento de renovar la franquicia de alguna manera. Las atronadoras orgías de efectos digitales y destrucción de tres horas habían pasado factura a la audiencia, y lo que la saga necesitaba era una simplificación y un cambio de aires. La respuesta: un spin-off precuela centrado en uno de los personajes favoritos de la audiencia, Bumblebee. De esta manera, Transformers podía empezar de nuevo sin tener que continuar la embarullada trama de la saga principal, que en El último caballero ya se había hundido en el absurdo y la incoherencia más insalvables.

Abandonando la línea temporal principal, Bumblebee se traslada hasta los 80 para narrarnos el origen del más famoso Autobot amarillo, y ya de paso resetear la saga contándonos cómo su especie llegó a la Tierra. En la dirección nos encontramos el primer cambio radicalMichael Bay cede la batuta a Travis Knight, avalado por su trabajo como animador y productor en el estudio LAIKA y director de la preciosa Kubo y las dos cuerdas mágicas. Una elección sorprendente, pero en línea con la voluntad de renovación creativa del estudio. A cargo del guion tenemos otra refrescante novedad. Después de cinco películas escritas y dirigidas exclusivamente por hombres, Christina Hodson se convirtió en la primera mujer guionista de Transformers. Su trabajo fue tan bien valorado que le llevó a fichar por DC para hacerse cargo de los guiones de Birds of PreyBatgirl.

Con Bumblebee, Knight y Hodson consiguen aportar a la saga lo que más le hacía falta: corazón. Ambientando la historia en los 80 y centrando su historia en la amistad entre una adolescente y un robot, la película se aleja de la acción descerebrada de las películas de Bay para acercarse más al cine familiar clásico de Steven Spielberg, quien sigue figurando como uno de los productores ejecutivos en la saga. La nostalgia ochentera (tan presente en la cultura audiovisual desde hace unos años) forma parte esencial de Bumblebee, una película con la que Travis emula con éxito el cine fantástico de aventuras de esa época. La diferencia es que en esta ocasión, el héroe de la historia es una heroína, Charlie (Hailee Steinfeld), una chica de 18 años apasionada de los coches que aun está lidiando con la muerte de su padre.

Y aquí es donde Bumblebee más se desmarca de sus predecesoras. La película no solo tiene protagonista femenina absoluta (en una saga tradicionalmente masculina), sino que además Charlie no está objetificada ni sexualizada para la mirada masculina en ningún momento (todo lo contrario a lo que Bay hizo con Megan Fox y Rosie Huntington-Whiteley). El tratamiento del personaje es verdaderamente ejemplar. Se trata de una adolescente independiente, imperfecta y con personalidad, alejada del estereotipo de la chica en apuros (es experta mecánica y no necesita que la salve ningún hombre), con un arco argumental centrado en la amistad y la autorrealización, aderezado con una simpática trama romántica secundaria (con un adorable Jorge Lendeborg Jr.) que nunca llega a definir al personaje. Detalles que hacen que salte a la vista que el guion está escrito por una mujer y Bay no está en la dirección, afortunadamente.

Como decía, el alma de la película es la bonita relación que se desarrolla entre Charlie y Bumblebee, una amistad que bebe directamente de clásicos como E.T. y (sobre todo) El gigante de hierro. Pero a Bumblebee tampoco le falta la acción por la que se caracteriza Transformers. Lo bueno es que en esta ocasión está mejor dosificada (y se ve mejor), dejando respirar a la película y al espectador entre persecuciones y set pieces. Si bien rebaja la escala de grandiosidad con respecto a la saga principal, los efectos digitales siguen siendo excelentes, tanto en lo que respecta a la animación de los Autobots y Decepticons como a la integración de las criaturas CGI con los humanos, clave para que la amistad entre Charlie y Bee resulte más creíble y emotiva (que un abrazo entre una humana y un amasijo de metal resulte tan cálido tiene mérito). Solo tropieza en la obligatoria trama gubernamental, que además de resultar rutinaria, no aprovecha la vis cómica de John Cena.

En definitiva, Bumblebee es lo mejor que le podía pasar a Transformers. Es simple, sí, pero también entrañable, imaginativa y divertida. Una de esas películas orientadas a los más jóvenes, que se gana con creces el derecho a caer en el tópico texto de contraportada: “Para disfrutar en familia una y otra vez”.

Pedro J. García

Bumblebee ya está disponible en España de la mano de Paramount Pictures en los siguientes formatos: DVD, Blu-ray, 4K UHD y dos ediciones especiales en caja metálica (una Blu-ray + DVD disponible en todos los puntos de venta y una 4K UHD + Blu-ray exclusiva de Amazon).

Las ediciones en alta definición incluyen más de una hora de contenido adicional, con escenas eliminadas y extendidas (incluida una escena inicial que no se vio en cines), un Motion Comic inédito que continúa las primeras aventuras terrestres de Bumblebee, y la función “Visión Bee”, que nos permite ver a la primera generación de Transformers en Cybertron con los ojos de Bumblebee.

El hijo (Brightburn): La maldición de Superman

El mito de Superman está profundamente arraigado en la cultura, trascendiendo desde su creación en los años 30 el ámbito de los cómics para instalarse en la sociedad y el imaginario colectivo. Aunque no practiquemos la fe cristiana, todos conocemos la historia de Jesucristo, de la misma manera que, seamos o no aficionados a los tebeos, todos estamos perfectamente familiarizados con la (análoga) leyenda del héroe de Krypton.

Actualmente, los superhéroes dominan la cultura mainstream y las películas basadas en los cómics de Marvel y DC arrasan en taquilla (con pocas excepciones). Su éxito continuado ha provocado una homogeneización del blockbuster que ha llevado a algunos creadores a buscar nuevas perspectivas desde las que presentar a los superhéroes, y a su vez, a un sector del público a buscar relecturas que aporten variedad y frescura al género.

Esta es exactamente la motivación detrás de El hijo (Brightburn), película de David Yarovesky (The Hive) que plantea qué pasaría si, en lugar de aprovechar sus poderes para hacer el bien y proteger a la humanidad, el visitante de Krypton se convirtiera en un supervillano sanguinario y despiadado. Brian Gunn y Mark Gunn, hermanos de James Gunn, son los encargados de reescribir la historia de Clark Kent, mientras que el director de Guardianes de la Galaxia los respalda desde la producción ejecutiva.

El hijo nos lleva de nuevo a Kansas, donde conocemos a Tori (Elizabeth Banks) y Kyle (David Denman), un joven matrimonio que ve cumplido su deseo de ser padres con la misteriosa llegada a su granja de un bebé de otro planeta. La pareja decide ocultar su origen extraterrestre y criarlo como su fuera suyo. Bautizado como Brandon, el niño crece mostrando indicios de gran inteligencia e inquietud por el mundo, pero al llegar a la pubertad, la oscuridad en su interior se adueña de él. Es entonces cuando Brandon empezará a descubrir el verdadero alcance sus extraordinarios poderes y los utilizará para hacer realidad sus impulsos y deseos más retorcidos, poniendo en peligro de muerte a todo aquel que se interponga en su camino, incluidos sus padres.

Yarovesky y los hermanos Gunn no ocultan en ningún momento sus intenciones satíricas (el protagonista se llama Brandon, posible ¿homenaje? al Superman cinematográfico menos popular, Brandon Routh), pero en lugar de reinventar al icónico personaje desde la comedia, lo hacen desde el terror puro y el drama familiarEl hijo sería algo así como un cruce entre una historia de orígenes superheroica y La maldición de Damian, con un desarrollo repleto de suspense y sobresaltos que va entregándose poco a poco al slasher. En este sentido, la película no escatima en violencia explícita y gore, sorprendiendo con muertes impactantemente macabras, lo cual resulta especialmente atrevido teniendo en cuenta que el psicópata que las perpetra es un niño.

El hijo es más oscura y perturbadora de lo que cabe esperar de una película de estudio, y aun así, da la sensación de que le falta mala leche, de que no va a por todas y no llega a ser todo lo radical y subversiva que se propone. Aunque entretiene y sabe mantener la tensión hasta el final, el guion apenas rasca la superficie y saca provecho a la jugosa premisa de la que parte, quedándose la mayor parte del tiempo en lo convencional. La escena post-créditos (evidentemente añadida a posteriori para facilitar una secuela) muestra un sentido del humor (muy marca Gunn, con cameo galáctico incluido) y una perversidad que le habría venido genial al resto de la película -y que seguramente será el camino a seguir en una hipotética segunda parte-, pero para cuando llega, ya es tarde.

La elección del joven Jackson A. Dunn (Scott Lang de pequeño en Vengadores: Endgame) como Brandon es uno de los mayores aciertos de la cinta. Su inquietante presencia capta perfectamente el espíritu de las películas sobre niños problemáticos/homicidas (la mencionada La profecíaEl buen hijo), y mantiene el interés por saber con qué sádica ocurrencia nos va a salir. Sin embargo, no es suficiente. El hijo es un thriller simple y efectivo que funciona bien como descanso del cine de superhéroes masivo, pero podría haber sido mucho más. Y eso es lo que al final lastra la película, que se conforma con cumplir en lugar de lanzarse al vacío de cabeza. Un consejo para la próxima: que James Gunn también escriba el guion.

Pedro J. García

Nota: ★★★

La viuda: A Greta le pasa algo

Pensaste que podías entrar en mi vida y trastornarla sin pensar en nadie más que en ti. El dolor que sentía Alex Forrest en su corazón era real, tanto como su trastorno límite de la personalidad y el machismo en los ojos de los espectadores que la conocieron en la gran pantalla a finales de los ochenta. Años en los que Adrian Lyne, Paul Verhoeven y Brian de Palma reinaban en taquilla con sus thrillers eróticos. Unas obras tremendamente excesivas, repletas de giros, más o menos bien escritas y en las que casi todo su interés residía en la maldad e inteligencia de sus mujeres protagonistas. No se confundan, no hablamos de la creación de iconos feministas por parte de unos hombres valientes, sino de una actualización del arquetipo negativo de las brujas. La citada Alex de Atracción fatal no es sino una bruja malvada rompehogares, de igual manera que Catherine Trammell en Instinto básico era una hechicera capaz de encandilar a cualquiera con su juego de piernas. Institucionalizado como un subgénero con todas las de la ley, llegaría el turno de las mucho más bastas Meredith Johnson de Acoso o la Peyton Flanders de La mano que mece la cuna. Con el final de los noventa, David Fincher mataría este tipo de películas con Seven, haciendo que el gran público y la crítica pasase a interesarse por otro tipo de thrillers psicológicos, supuestamente más intrincados.

Llevamos ya casi una década sin Claude Chabrol, Brian De Palma hace mucho que perdió el norte, Adrian Lyne sigue sin salir de su residencia francesa y nadie se atreve a resucitar a las brujas. Si acaso ese bonito homenaje (y dignificación) a esas femme fatales que realizó el propio Fincher con la icónica Amy Dunne en Perdida o de manera tangencial las diabólicas protagonistas de Purasangre. Todo eso ha cambiado radicalmente con el estreno de La viuda (Greta). ¿Quién ha sido el osado de invocar a las brujas? Otro mastodonte de los noventa, el oscarizado Neil Jordan (Juego de lágrimas). El mismo que hace unos cuantos años nos trajo la bonita e infravalorada Byzantium y otros tantos más obsesionó a toda una generación con los chupasangres en la homoerótica Entrevista con el vampiro.

Frances (Chloë Grace Moretz) no es una chica de ciudad. Puede que viva en pleno Manhattan con una amiga extremadamente cool, pero sus costumbres son provincianas. Se disculpa, sonríe a los desconocidos y seguro que hasta saluda en su portal. Por lo que no debería extrañarnos que cuando se encuentra con un bolso en el metro, ella haga todo lo posible por devolvérselo a su dueña. Esa es Greta (Isabelle Huppert), una frágil mujer que vive en una casita de cuento a unas cuantas manzanas de Frances. Su marido hace años que murió y su hija está cursando sus estudios en París. Como buena pueblerina, Frances confiará en la bondad de los desconocidos y se convertirán en mejores amigas. De primeras, la viuda parece un interesante y estiloso modelo de conducta para la joven, pero a Greta le pasa algo.

La viuda sigue el canon noventero de esos thrillers de brujas malvadas, pero aparcando la alta carga erótica y omitiendo de manera radical e inteligente el rol de víctima justiciera del macho que proyectaban esos filmes. Realmente, la presencia de personajes masculinos queda casi reducida a un par de escenas del chico Jordan por excelencia, Stephen Rea (Juego de lágrimas). Greta y Frances son las dueñas absolutas de La viuda. Chloë Grace Moretz (Kick-Ass) vuelve a encadenar otra notable interpretación tras La (des)educación de Cameron Post y su robaescenas de Suspiria, confirmando que cuanto más arriesga en sus proyectos, mejores son sus resultados. Regla que se cumple a la perfección también con Maika Monroe (It Follows), que interpreta a la muy neoyorquina compañera de piso de Frances.

Caso aparte es el de Isabelle Huppert. Su Greta entra por la puerta grande al olimpo de esas malvadas brujas noventeras y se convierte en otra superheroína dentro del Universo Cinematográfico Huppert. Esta malvada bruja de la casita de jengibre es la prima lejana de su Erika Kohut de La pianista, o posiblemente el tipo de mujer en la que terminó convirtiéndose su Michèle de Elle, o como si su Helene de Mi madre se dejase de incestos o su Augustine de 8 mujeres se quedase sin tabaco.

En La viuda, Huppert no se corta (bueno, literalmente un poquito) y se entrega completamente al carácter extremo de su personaje. No hay tiempo para medias tintas en la cinta de Jordan. Ni rastro de la contención de la que hace gala en sus personajes para Michael Haneke, ni mucho menos de las buenas obras de los seres de luz que ha creado junto a Mia Hansen-Løve o Claire Denis. En La viuda, Isabelle va a tope. Es un verdadero placer ver a Huppert perseguir por las calles a Maika Monroe (fantástico guiño a la legendaria It Follows) o cómo le hierve el conejo a Chloë Grace Moretz en la desquiciante escena del restaurante. Este tipo de decisión interpretativa podría haber destrozado el film, pero con Huppert al mando, no hace sino engrandecerlo y hacer que La viuda no se pierda en la tan común desmemoria cinematográfica.

La viuda es un brillante, divertidísimo y autoparódico ejercicio cinematográfico de huppertxploitation sin ningún tipo de complejos, ni complicaciones. Una joya para amantes de la Huppert más Huppert.

David Lastra

Nota: ★★★★½

Aladdin: Un diamante convertido en circonita

Aladdin es uno de los clásicos animados más queridos de todos los tiempos. La película de 1992 representa junto a La SirenitaLa Bella y la BestiaEl Rey León una época dorada para Disney que marcó a varias generaciones y dejó huella en la cultura popular. En la actualidad, el estudio se encuentra viviendo una nueva era de esplendor en taquilla basada principalmente en la nostalgia del regreso a sus glorias del pasado. Películas como La Bella Durmiente, Alicia en el País de las Maravillas, Pedro y el dragón Elliot Dumbo han sido reinterpretadas libremente, mientras que para sus buques insignia de los 90 parecen haber optado por el remake literal, como vimos en La Bella y la Bestia, como se intuye por los adelantos de El Rey León y como comprobamos en la versión en carne y hueso de Aladdin.

Apenas dos meses antes de regresar a la sabana africana, Disney nos lleva de nuevo en alfombra mágica hasta el reino de Agrabah para revivir las aventuras del diamante en bruto que encontró la lámpara del Genio. El encargado de dirigir el remake es Guy Ritchie (Snatch, Sherlock Holmes). Una elección sorprendente, pero teniendo en cuenta el estilo enérgico y las dosis de acción de la original, no del todo incoherente. Con Aladdin, Disney ha realizado un ejercicio de reconstrucción muy parecido al de La Bella y la Bestia, una adaptación fiel que reproduce los puntos principales de la historia, los diálogos más icónicos y las canciones, añadiendo novedades que amplían, pero no alteran la trama original.

Y ahí es donde empiezan los problemas. Vemos el remake de Aladdin como una reproducción, por lo tanto, es inevitable comparar a cada paso que da la película. Si los valores de producción de La Bella y la Bestia compensaban sus carencias, aquí no hacen más que subrayarlas. Ritchie, que escribe el guion junto al colaborador habitual de Tim Burton John August, ha tomado los elementos más representativos del clásico y los ha despojado de fuerza, de la magia que hacía a la original tan especial. A la película le falta ritmo y dinamismo, algo que le sobraba a la animada. La marca personal de Ritchie se puede detectar tenuemente en momentos contados (durante el literalmente apagado plano secuencia que abre con ‘Si a Arabia tú vas’ y en un par de planos de acción), pero por lo demás, la película podría estar dirigida por cualquiera. Es más, cualquiera seguramente habría hecho un trabajo mejor.

La necesidad de que todo tenga más lógica y sea más “realista” a ojos del espectador actual que su versión de dibujos hace que la película acabe quedándose a medio gas. La secuencia en la que Aladdin huye de los guardias en el bazar convierte al protagonista en experto en parkour, pero la ejecución es torpe y arrítmica, con una combinación de cámara lenta y rápida que no se entiende (¿dónde está el montaje frenético de Ritchie cuando sí se le necesita?); el escape de la Cueva de las Maravillas se queda a años luz de la trepidante montaña rusa 3D de la animada; la pieza central, ‘Un mundo ideal’, decepciona al llevar a Aladdin y Jasmine en un viaje en alfombra por el desierto a oscuras… y poco más; y el final es de lo más anticlimático, sacrificando la espectacularidad y grandiosidad por un desenlace excesivamente simple y desprovisto de dramatismo. A la película le falta ambición, ante los retos más difíciles, Ritchie elige las soluciones más aburridas, y lo que acabamos obteniendo es lo mismo, pero peor.

La inconsistencia también salta a la vista en su aspecto visual y su producción artística, puro artificio. Agrabah parece más pequeña, los escenarios dan sensación de set televisivo, el vestuario y la decoración deberían transmitir opulencia, pero parecen baratos, la fotografía cambia de una secuencia a otra, los efectos son muy irregulares y la iluminación es o demasiado dura o demasiado apagada. Todo parece hecho deprisa e, inexplicablemente, es como si faltaran medios. El toque Bollywood le añade cierto encanto, pero Ritchie no lo aprovecha del todo. Hacia la mitad del metraje hay un divertido nuevo número musical al estilo del cine indio, en el que Aladdin, manipulado mágicamente por el Genio, baila con Jasmine durante una fiesta en palacio. Esa escena, de lo mejor de la película, consigue un tono autoconscientemente kitsch que aporta vida y da impulso a la historia, pero es algo momentáneo.

Afortunadamente, en el apartado interpretativo sale mejor parada. Mena Massoud y Naomi Scott son unos Aladdin y Jasmine excelentes y ayudan a que el barco no se hunda. Ambos acometen sus personajes con toda la ilusión, energía y corazón que le falta al resto de la película. Pero es ella la que acaba destacando por encima de todos. Mientras Aladdin permanece prácticamente igual que en la versión animada (Massoud borda su irresistible encanto gamberro y bondad innata), Jasmine adquiere más protagonismo y es actualizada para adaptarse a nuestros tiempos y a la nueva actitud empoderadora de Disney. Con Jasmine, Disney va un paso más allá que con la Bella de Emma Watson. En esta versión para las nuevas generaciones, no solo está harta de su existencia encorsetada y rechaza casarse con un príncipe por obligación, sino que además quiere ser sultana. Una estelar Scott da vida a esta nueva Jasmine con compromiso y entrega, llevando las riendas de la historia en gran parte de la película y brillando especialmente con la nueva canción ‘Speechless’, una power ballad feminista escrita por los compositores de La La Land que acaba siendo de los momentos más potentes del film -a pesar de resultar inevitablemente postiza.

Lo del Genio es tema aparte. Will Smith se enfrentaba a un reto mayúsculo con uno de los personajes más icónicos de Disney, a quien interpretó originalmente nada más y nada menos que Robin Williams. Y el resultado podría haber sido mucho peor. Si bien el que fuera el príncipe de Bel Air fuerza demasiado sus manierismos en un intento de regresar a su gloria rapera y cool de los 90, sale bastante airoso llevándose al personaje a su terreno, haciendo lo que hizo Williams, pero a su manera y sin imitar. También consigue aportarle humanidad a pesar del desconcertante CGI que nos hace desear que fuera azul menos tiempo. Por su parte, Ritchie amplía su biografía y le regala un romance con la doncella de Jasmine, Dalia, lo cual nos deja momentos muy simpáticos que se agradecen. De quien no podemos decir nada bueno es de Jafar. Hacer más joven y atractivo al visir no era a priori mala idea, pero Marwan Kenzari se revela como la peor decisión de casting del Disney reciente. Para interpretar a un villano de este calibre hace falta imponer, tener carisma, saber actuar y proyectar la voz. Y a Kenzari le falta todo eso.

Aladdin tiene sus momentos. Y la mayoría pertenecen a las nuevas escenas. La graciosísima Nasim Pedrad como Dalia es un soplo de aire fresco, el reparto (excepto Kenzari) cumple y el humor en general funciona, sobre todo en las escenas de cortejo y en la bonita amistad entre Aladdin y el Genio. Pero si la película se salva es sobre todo por Aladdin y Jasmine, el loable trabajo de Massoud y Scott (que se esmeran por levantar la función sabiendo que puede definir sus carreras) y la química romántica que hay entre ellos. Tristemente, lo demás no está a la altura. Falta emoción, falta alma, falla el villano, personajes secundarios como Iago y el Sultán se difuminan, la dirección deja mucho que desear, no hay planos memorables, las canciones palidecen comparadas con las originales, la historia avanza a trompicones y se echan de menos demasiadas cosas de la animada, lo que hace que estemos en un constante estado de expectación que nunca se cumple. Cuando Aladdin termina, lo único que queda es volver a ver la original para satisfacer ese deseo sin conceder que es el remake.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Fleabag: Una experiencia religiosa

Se suele abusar mucho del tópico, pero en este caso, su uso está más que justificado: Phoebe Waller-Bridge es una de las voces más frescas e interesantes del panorama audiovisual actual. Después de varios años buscando un hueco como actriz en la televisión británica (tuvo un papel recurrente en Broadchurch), se centraba en el guion y la producción creando dos series en 2016.

La primera, Crashing, una suerte de actualización millennial de la sitcom de amigos sobre un grupo de jóvenes que viven en un hospital abandonado, solo tuvo una temporada (disponible en Netflix). La segunda, Fleabag, la puso en el mapa y la convirtió en una de las creadoras jóvenes a seguir más de cerca del Reino Unido. Basada en su aclamado y premiado monólogo teatral del mismo título, Fleabag gira en torno a una joven londinense de gran ingenio y apetito sexual que utiliza el humor y el sexo para enmascarar el profundo dolor y la confusión que siente.

Dicho así, suena convencional. Comedias millennial urbanas sobre jóvenes perdidos que tratan de buscar su sitio en la vida las hay a patadas. Pero Fleabag conseguía desmarcarse de todas ellas gracias a la afiladísima escritura de Waller-Bridge, su enorme carisma como actriz y su manera de jugar con la narración. Por ejemplo, la protagonista (a la que conocemos como Fleabag, ya que nunca se llega a decir su nombre en la serie) emplea el sobreexplotado recurso de la ruptura de la cuarta pared mirando directamente a cámara, pero lejos de parecer un truco fácil, eleva la serie de nivel, haciendo partícipe al espectador de la vida Fleabag como ninguna otra serie lo había hecho antes.

Tras la primera temporada, Waller-Bridge decidió pasar a otros proyectos y aseguró que no habría más capítulos. En los dos años siguientes creó la serie de moda Killing Eve, fue chica Disney con un pequeño papel en Christopher Robin, se unió al universo Star Wars interpretando a la droide L3-37 en la fallida Han Solo: Una historia de Star Wars. Pero los espectadores de Fleabag seguían pegados a la pantalla esperando que Waller-Bridge les devolviera la mirada una vez más.

Nuestras plegarias (pun intended) fueron atendidas con el anuncio de una segunda temporada. Los nuevos capítulos (seis, como en la primera temporada) llegan a España en exclusiva a través de Amazon Prime Video, la encargada de estrenar la primera en nuestro país. Y no podemos sino recurrir a otro tópico manido: la espera ha merecido la pena.

La segunda temporada de Fleabag es la prueba fehaciente de que es mejor cuando los creadores no fuerzan la máquina para llegar a un plazo. Los tres años que han pasado entre una temporada y otra han servido para que Waller-Bridge se vuelva incluso más sólida como guionista, y también como observadora del comportamiento humano y las interacciones sociales. Estos nuevos capítulos siguen explorando el crecimiento de la protagonista a través de sus relaciones con los hombres y con su familia (con especial énfasis en el frágil lazo que la une a su hermana Claire, sin duda la historia de amor más bonita de la serie), pero incorporan además una trama central inesperada: Fleabag se enamora de un cura. *Se santigua*

Andrew Scott, conocido sobre todo por dar vida a Moriarty en Sherlock, interpreta al atractivo sacerdote que va a casar al padre de Fleabag (entrañable Bill Paterson) y su nueva mujer (la recientemente oscarizada y siempre genial Olivia Colman). Deslenguado, moderno, humano e irresistiblemente sexy, el cura se convierte en el pecaminoso objeto de deseo de la protagonista, y lo mejor (o lo peor, según se mire) es que su atracción es correspondida.

El personaje de Scott sirve para mostrar una conexión romántica más profunda que hace a Fleabag más vulnerable, pero también más fuerte. La química entre los dos actores es una cosa de otro mundo y sus diálogos son auténticas lecciones de guion de comedia romántica. Pero lo más llamativo es cómo el cura presenta una oportunidad para que Waller-Bridge lleve la ruptura de la cuarta pared un paso más allá.

Él es el único que se percata de los apartes que Fleabag hace para hablar con nosotros y expresar algo a través de una mirada cómplice. En un momento de la temporada, el cura le dice “¿Qué ha sido eso? ¿Adónde has ido?” al verla girar la cabeza hacia la cámara (invisible). Fleabag siente pánico y confusión; alguien, además del espectador, ha conseguido entrar en su mundo y parece empezar a conocerla de verdad. Es desconcertante para ella, pero fascinante para nosotros, que vemos cómo Waller-Bridge reescribe los códigos narrativos fusionando ficción y realidad para hacernos parte de su vida.

Guiñándonos, pidiéndonos auxilio en una situación embarazosa, buscando nuestro apoyo y aprobación, nos reconoce constantemente al otro lado de la pantalla y dentro del relato, nos convierte en sus confidentes y amigos, como le llega a sugerir a su psicóloga en otro escalofriante momento meta de la temporada. Por eso duele tanto cuando el humor da paso al dolor, cuando su tormento interior sale a la luz y la tristeza nos golpea. Y por eso, cuando Fleabag se despide de nosotros, es como si nos clavaran un puñal en el estómago.

Tras la segunda temporada, Waller-Bridge ha asegurado que esto es todo, que no habrá más Fleabag. Y aunque hizo lo mismo tras la primera, algo nos dice que esta vez es definitivo. Si es así, quedémonos con la satisfacción de haberla conocido, de haber disfrutado de dos temporadas absolutamente brillantesFleabag es sin lugar a dudas una de las mejores comedias generacionales que nos ha regalado la televisión, una obra prodigiosa, con diálogos sublimes, humor en constante estado de gracia (no me suelo reír en voz alta con las series, pero con esta, a carcajadas) y personajes inolvidables. Ya que estamos con los tópicos, un auténtico milagro.

Fleabag dice adiós. Pero como ocurre siempre que termina una serie, la vida sigue. En este caso, la nuestra y la suya continuarán en el mismo universo. Y aunque ya no la veamos, sabremos algo a ciencia cierta: Fleabag estará bien. Y nosotros también.

Muertos para mí (Dead to Me): Viudas desesperadas

Esta reseña va a ser breve. De hecho, se os va a pasar tan rápida como la primera temporada de la nueva serie original de Netflix Muertos para mí (Dead to Me). Y la razón es que, cuanto menos sepáis sobre ella, mejor. Así que vayamos al grano.

Dead to Me está creada por Liz Feldman (2 Broke Girls) y producida por ella junto al actor Will Ferrell, el oscarizado Adam McKay (La gran apuestaEl vicio del poder) y Jessica Elbaum (Despedida de solteraNunca entre amigos). Se trata de una comedia negra con tintes de thriller que gira en torno a la fuerte amistad que surge entre dos mujeres que se conocen en un grupo de apoyo para personas que han perdido a un ser querido.

Christina Applegate da vida a Jen, una viuda con dos hijos a la que le cuesta abrirse a los demás tras la muerte de su marido. Linda Cardellini es Judy, una mujer amable y necesitada de cariño que trata de superar su propia tragedia familiar. Aunque chocan al principio, Jen y Judy no tardan en convertirse en un apoyo imprescindible la una para la otra. Sin embargo, Judy oculta un oscuro secreto que amenaza con destruir su nueva amistad.

Y no necesitáis conocer más detalles. Los giros argumentales empiezan en el primer episodio y se suceden a lo largo de toda la temporada, construyendo una historia absorbente en la que la información se va desvelando de forma inteligente y sorprendente, transformando y manipulando el relato para que el espectador se vea obligado a cambiar sus conclusiones de un capítulo a otro. A medida que conocemos nuevos datos y asistimos al tenso (y divertido) desarrollo de los acontecimientos, nos vemos más inmersos en una historia que da mucho más de sí de lo que cabe esperar por su premisa limitada y la rapidez con la que avanza.

Muertos para mí fusiona con acierto el drama, la tragicomedia y el thriller en una historia sobre la pérdida, la amistad, la familia, el matrimonio y las apariencias en los suburbios. Por su trama y enfoque recuerda inevitablemente a la película de 2018 Un pequeño favor y series como Mujeres desesperadas o Big Little Lies, pero tiene personalidad propia, gracias sobre todo a sus dos excelentes protagonistas. Acompañadas de un estupendo reparto, del que destaca James Marsden (uno de los actores más infravalorados y desaprovechados de Hollywood), Applegate y Cardellini ofrecen las mejores interpretaciones de sus respectivas carreras. Su trabajo en la serie huele a nominaciones en la próxima temporada de premios.

Los diez capítulos de Dead to Me piden ser vistos de una o dos sentadas. No es una serie muy original, como tampoco revolucionaria, pero lo que hace, lo hace muy bien. Su retorcida trama engancha de principio a fin y deja con muchas ganas de una segunda temporada. Es imposible no involucrarse emocionalmente con la amistad de Jen y Judy, dos personajes femeninos complejos y fascinantes a los que queremos ver triunfar y cuya relación deseamos que sobreviva a pesar de todo. Servíos un vino blanco (o vuestro veneno de preferencia), acomodaos en el sofá, y cuando hayáis terminado la temporada, venid a contármelo todo. A la hora que sea, estoy despierto toda la noche.

The Society: Jugar a ser adulto

Mientras cada nuevo intento de saga young adult se la pega en los cines, el drama adolescente es uno de los géneros más fértiles de la televisión. Y esto es algo que Netflix sabe perfectamente. El formato serial se ajusta fácilmente a este tipo de historias y sirve para enganchar y fidelizar al público más joven. La plataforma de streaming se ha especializado en series adolescentes con enfoque adulto y atrevido. Por trece razones, Las escalofriantes aventuras de Sabrina, Sex Education o Élite se encuentran entre sus programas más populares y más comentados en Internet. Por eso, The Society era una apuesta segura.

Creada por Christopher Keyser (Cinco en familia, Tyrant), The Society sigue los compases del thriller teen post-apocalíptico, pero (sorprendentemente) no está basada en ninguna serie de novelas. Al menos no abiertamente. La serie, cuya primera temporada consta de 10 episodios de una hora de duración, recuerda a muchas cosas que ya hemos visto. Quizá demasiadas. Tiene algo de Under the Dome, de Perdidos (y todas las series que trataron de imitarla en los años siguientes a su estreno), del cómic The WoodsThe 100Wayward Pines, distopías Y.A. como El corredor del laberinto, y por supuesto, El señor de las moscas.

Con estos referentes, no es difícil hacerse una idea de lo que uno se va a encontrar en The Society. La serie gira en torno a los adolescentes de un pequeño pueblo que, tras un corto viaje en autobús, regresan a casa para comprobar que todos los adultos han desaparecido y no hay manera de salir de allí. La confusión da paso a la euforia y el desenfreno por la ausencia de figuras autoritarias. Pero pronto se dan cuenta de que su situación podría ser permanente, por lo que deben organizarse para crear normas de convivencia, soluciones para lidiar con la escasez de recursos y un sistema para resolver los problemas que puedan surgir, incluido el crimen. Es decir, levantar una sociedad desde cero, en una situación extrema y sin la ayuda de sus mayores.

La premisa es sin duda atrayente, sobre todo para el público más joven y los aficionados a la distopía adolescente. Sin embargo, The Society no da tanta importancia al misterio central como cabría esperar, sino que lo usa como pretexto para construir una fábula sociopolítica protagonizada por adolescentes que se ven forzados a ser adultos. Esa es la base de un género que se dedica a reflejar la sociedad desde los ojos de los más jóvenes, y que en este caso abarca más terreno que otros títulos similares, mostrándonos a través de las vivencias de sus protagonistas cómo se crean y funcionan las instituciones, la estructura laboral, cómo operan (y se corrompen) las fuerzas de la ley, las contradicciones e injusticias que se generan, los movimientos políticos y la disidencia, el papel de la religión, la democracia, la jerarquía y la función de los líderes… En este caso una líder autoimpuesta, Allie (Kahtryn Newton), que sigue el patrón Daenerys Targaryen o Laura Roslin, oscilando entre salvadora y tirana a lo largo de la temporada.

The Society aborda todos estos asuntos a partir de las tumultuosas relaciones amistosas, románticas y sexuales entre sus protagonistas, por lo que el factor drama adolescente está constantemente presente para los que lo busquen. Sin embargo, esto hace que el elemento de misterio quede sepultado prácticamente toda la temporada en favor de la creación de una sociedad en la que, durante mucho tiempo casi nadie se pregunta cómo han llegado allí y cómo pueden volver a casa, si es que pueden.

Después de plantear en el primer capítulo la necesidad de averiguar qué ha pasado, no es hasta el séptimo cuando se menciona un comité de investigación que ha estado estudiando la situación (nosotros no lo hemos visto) para ofrecer posibles hipótesis a lo que está ocurriendo. Y hasta el noveno, cuando ya han pasado más de seis meses, no se les ocurre hacer una expedición por el bosque que rodea el pueblo para intentar encontrar una salida, y no se les pasa por la cabeza investigar al conductor del autobús que los dejó allí. Y ese es uno de los principales problemas de The Society, que en su empeño en mostrarnos los engranajes de la sociedad y centrarse en sus personajes (algo que normalmente agradecemos de las series), se olvida de desarrollar el otro elemento clave de la historia.

Es un problema de planificación narrativa. La serie tiene demasiada prisa por mostrarnos a los adolescentes formando esa sociedad para a continuación ponerla en duda, por lo que acaba forzándolo hasta la artificialidad. No tardan en crear un sistema legal, celebrar un juicio (como los de la tele) o convocar elecciones generales. Hay asesinatos, un psicópata literal, una víctima de violencia doméstica que intenta envenenar a su pareja y un golpe contra el “estado policial” de Allie. Es demasiado. Todo en la primera temporada, y todo sin hacer apenas alusión a lo que los ha llevado a esa situación, obligando continuamente al espectador a cuestionar la lógica del relato (una cosa es que lo más importante no sea el misterio, sino los personajes, y otra que el misterio exista solo cuando se le antoja a los guionistas). A esto se añade que del numeroso reparto, hay muy pocos personajes con los que podamos sentir empatía. Eso si conseguimos distinguir los unos de los otros. Se comportan de manera exagerada (de nuevo para ajustarse a la voluntad de metáfora social de la serie) e irritante más allá del tópico del adolescente televisivo, protagonizan conversaciones en las que se nota demasiado al adulto que escribe/habla por ellos, y las relaciones son muy confusas y mal desarrolladas.

A pesar de todo esto, The Society es intermitentemente interesante. De hecho, tiene capítulos verdaderamente potentes y puede resultar provocadora y dar que pensar a su audiencia. Pero necesita centrarse. Tiene buenos actores, ahora debe dibujar mejor a sus personajes y dejarlos ser adolescentes, hacerlos más humanos y menos arquetípicos, estructurar mejor la historia, hacerla más creíble y encontrar un mayor equilibrio entre el drama, la reflexión y el misterio. A pesar de no poseer ni un ápice de originalidad, The Society tiene ingredientes de sobra para crear algo con impacto. La pregunta es, ¿tendrá el público paciencia con estos personajes o los abandonará a su suerte como ha hecho con tantas otras series parecidas?

Detective Pikachu: El sueño hecho realidad de los fans de Pokémon

El año 1999 está considerado como una de las mejores cosechas cinematográficas de los últimos tiempos. Un ejercicio en el que títulos como Magnolia, MatrixAmerican BeautyEyes Wide Shut, El club de la lucha o South Park. Más grande, más largo y sin cortes nos emocionaron y sorprendieron. El mismo 1999 en que llegaron a nuestras manos los debuts de Britney y Xtina, la llegada del Euro, el nacimiento de Amaia (la buena), nuestra primera cita con Jar Jar Binks y el miedo temible efecto 2000. Pero otro acontecimiento marcó nuestras vidas a finales de ese 1999: la llegada, por fin, de Pokémon a España. Aunque esos bichos ya llevaban campando a sus anchas por Japón desde 1996, a nosotros nos tocó esperar tres años. Pokémon Edición Roja, Pokémon Edición Azul. Dos colores para relatar el mismo viaje iniciático de Ash desde Pueblo Paleta a ser el mejor (y más ético) entrenador Pokémon de la historia.

La pokéleyenda llegada del Lejano Oriente era increíble… y bastante polémica. Menos mal que las críticas de ultraviolencia y el miedo a ataques epilépticos (¿quién no se acuerda de esos cienes de chavales japoneses que fueron hospitalizados después de ver un capítulo, incidente que llegó a parodiarse en Los Simpson?) se fueron disipando y dejaron vía libre a que la epidemia se expandiese por España. Pokémon no era solo un éxito de ventas en videojuegos, sino que cambió nuestro estilo de vida. No había ni un solo niño o niña que no merendase viendo la serie de animación, o que no se supiese los nombres (en su orden, claro está) de los 151 animalejos. Todo el mundo tenía su favorito. En mi caso, Slowpoke, por afinidad intelectual. Los ríos de España no, pero las evoluciones de Eevee al dedillo.

En 1999, Pokémon no te convertía en un niño rata, sino que enriquecía tu infancia de la misma manera que los libros Barco de Vapor lo habían estado haciendo hasta ese momento. Veinte años después, el mito sigue tan vigente como el primer día. Cada lanzamiento relacionado con la franquicia es visto como un acontecimiento (¿Hace falta que recordemos la locura que supuso Pokémon Go?). Las convenciones se suceden y las ventas por merchandising son imparables. No obstante, podemos considerar a Pikachu como el segundo ratón más importante de la cultura popular, justo entre Mickey y Pérez. No es de extrañar que Pokémon: Detective Pikachu, la esperadísima adaptación en clave live-action de uno de los últimos videojuegos de la factoría se haya convertido en uno de los acontecimientos cinematográficos de esta primera mitad del año.

Tim Goodman es un buen chico, solitario, pero bueno. Lo dice su apellido y sus buenas obras. Trabaja como perito desde hace años, cuida de su abuela y no ha sido capaz de encontrar a su alma gemela… y por alma gemela no hablamos de novio o novia, sino de un Pokémon con el que compartir su andadura vital. Un trágico acontecimiento le llevará a Ryme City, ciudad en la que Pokémon y humanos trabajan mano a mano por un futuro mejor. En esa urbe se encontrará con una criatura rubia fatal que le obligará a salir de su zona de confort y a patearse los barrios bajos de la ciudad en busca de respuestas. Ese sensual gentleman no es otro que un Pikachu, pero no uno cualquiera, sino el antiguo compañero del padre de Tim. Todo un Pikachu detective. He aquí el origen de las trepidantes aventuras de una extraña pareja al más puro estilo Lemmon-Matthau. Uno está de vuelta de todo y es un adicto a la cafeína (Pikachu) y el otro intenta aportar sensatez y buen corazón (Tim) a la locura de su compañero. Ningún ataque tipo Planta o Dragón es capaz de domar a este ratón eléctrico.

Pokémon: Detective Pikachu es una notable recreación de una investigación policíaca de vieja escuela, pero con Pokémon de por medio. Las desventuras del pintoresco tándem formado por Goodman y Pikachu responden a los mismos parámetros de las cintas de Humphrey Bogart, pero sustituyendo el humo del tabaco y los contrabandos en puertos pesqueros por unos misteriosos polvos que asalvajan a los Pokémon y que hacen que Tim pueda comunicarse perfectamente con Pikachu. La química entre ambos personajes es envidiable. Justice Smith (Jurassic World: El reino caído y chico Luhrmann en la fallida The Get Down) es el corazón de la película y refleja a la perfección la usual inocencia y tenacidad del buen chico protagonista de este tipo de películas. Pero el verdadero robaescenas de Pokémon: Detective Pikachu no es otro que el mismísimo Pikachu. La animación y el diseño de personaje es completamente encomiable. Todo un prodigio que se ve amplificado por el estupendo trabajo de doblaje del mismísimo Ryan Reynolds, que, a pesar de llevar al personaje a terreno Deadpool (versión para todos los públicos), logra captar la esencia psicótica y adorable del personaje dotándole de una personalidad propia.

Pero más allá de cierta predictibilidad en los giros y algún que otro momento engorroso en la trama, Pokémon: Detective Pikachu es una verdadera delicatessen visual y todo un orgasmo para los fans de la franquicia. Ningún fan debería extrañarse si dos lagrimones surcan sus pómulos al ver los primeros Pokémon en pantalla. Resulta impresionante ver sus movimientos y la integración de la mayor parte de los mismos en el espacio. Aunque alguna que otra ausencia nos cabree (¡¿dónde está Slowpoke?!) y algún que otro icónico personaje quede difuminado (Snorlax merecía su propia escena), para la posteridad siempre quedará el divertidísimo interrogatorio a Mr. Mime, el drama de Cubone, los exabruptos de la Ludicolo, los preciosos Bulbasaur o ese Psyduck que merece un spin-off dirigido por Michael Haneke.

Con esta película, Rob Letterman sigue su redención comenzada con Pesadillas y en unos proyectos más hará que nos olvidemos de una vez por todas de El espantatiburones, posiblemente una de las peores experiencias que he vivido en una sala de cine, y que curiosamente, también era un acercamiento infantil al género noir. Destacable resulta la música del pluriempleado Henry Jackman, con ecos más que patentes de las composiciones de Joe Hisaishi para las cintas de Studio Ghibli, pero igualmente apropiada y disfrutable.

Pika-Pika. Déjate llevar por la cantinela. Hay que reiterar que Detective Pikachu es una película principalmente para niños y fans de Pokémon (que se volverán locos identificando a las especies que aparecen en cada plano), pero aun así, es un producto familiar bastante digno, funciona perfectamente como introducción a su universo y tiene alicientes de sobra (acción espectacular, buen sentido del humor, los one-liners de Reynolds) para los espectadores más casuales. Es imposible no caer rendido ante el Pikachu detective… ahora a esperar que esto no sea flor de un día y se convierta en toda una saga cinematográfica con diferentes aventuras por Johto, Hoenn, Sinnoh… y muchos Slowpokes.

David Lastra

Nota: ★★★½